Yolanda Cuevas Ayneto

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Cuando tu mente no confía ¿cómo puedes rendir?

La confianza es una consecuencia de cómo interpreta el cerebro la experiencia, de cómo responde el sistema nervioso al error y de las creencias que la persona ha construido sobre sí misma. Desde una perspectiva de psicología deportiva y EMDR, el trabajo puede ser muy profundo y, en muchos casos, más eficaz que limitarse a enseñar técnicas de motivación o pensamiento positivo.

Y aunque este artículo está centrado en el deporte seguro que aunque no seas deportista te puedes sentir identificada/o

Algunas de las áreas más importantes serían:

1. ¿Qué ha roto la confianza?

La confianza casi nunca desaparece de la nada. Conviene explorar cuándo comenzó.

  • Una lesión.
  • Un error importante.
  • Una mala temporada.
  • Un cambio de entrenador.
  • Haber pasado de ser el mejor a competir con deportistas de mayor nivel.
  • Críticas constantes.
  • Fracasar en una competición importante.
  • Compararse continuamente.

Con EMDR muchas veces encontramos que el cerebro sigue reaccionando como si aquel error siguiera ocurriendo hoy.

2. Experiencias anteriores que siguen activas

A veces el problema no nace en el deporte.

Puede haber recuerdos de infancia como:

  • “Nunca haces nada bien.”
  • Comparaciones con hermanos.
  • Padres muy exigentes.
  • Entrenadores humillantes.
  • Bullying.
  • Fracasos escolares.

Cada nueva competición reactiva esas antiguas experiencias.

El deportista cree que tiene miedo a competir, cuando en realidad su sistema nervioso está reviviendo sensaciones mucho más antiguas.

3. Creencias negativas sobre uno mismo

Es frecuente encontrar pensamientos como:

  • No soy suficiente.
  • Voy a fallar.
  • Todos son mejores.
  • No puedo con la presión.
  • Tengo que demostrar constantemente mi valor.
  • Si fallo decepcionaré a todos.
  • Solo valgo cuando gano.

EMDR permite trabajar el origen de estas creencias y sustituirlas por otras que el cerebro pueda integrar de forma auténtica, no como simples afirmaciones positivas.

4. El miedo al error

Muchos deportistas no juegan para ganar.

Juegan para no equivocarse.

Y eso cambia completamente la manera de competir.

Cuando el objetivo pasa a ser evitar el fallo:

  • aumenta la tensión,
  • disminuye la creatividad,
  • aparecen bloqueos,
  • se juega con miedo.

5. Regulación del sistema nervioso

La confianza también es fisiología.

Si el sistema nervioso entra en hiperactivación:

  • aumenta la tensión muscular,
  • empeora la coordinación,
  • disminuye la atención,
  • aparecen pensamientos catastróficos.

Por eso se trabaja con:

  • respiración,
  • mindfulness,
  • grounding,
  • regulación vagal,
  • conciencia corporal,
  • recuperación tras errores.

No solo para relajarse, sino para mantener un nivel óptimo de activación.

6. El diálogo interno

Muchos deportistas hablan consigo mismos de una forma que jamás utilizarían con un compañero.

Se dicen:

  • Eres un desastre.
  • Ya la has vuelto a liar.
  • No sirves para esto.

Aprender a cambiar ese diálogo no significa engañarse, sino desarrollar una voz interna que ayude a rendir incluso cuando las cosas no salen como esperan.

7. Perfeccionismo

Detrás de muchas faltas de confianza encontramos un perfeccionismo muy elevado.

No disfrutan.

Solo evalúan.

Cada entrenamiento es un examen.

Cada competición es un juicio.

Cada error confirma que “no son suficientes”.

8. Identidad

Algunos deportistas dejan de ser personas para convertirse únicamente en deportistas.

Su valor depende del resultado.

Cuando pierden sienten que fracasan ellos, no que han perdido una competición.

Uno de los trabajos más importantes consiste en separar:

Soy una persona que practica un deporte.

No:

Mi valor depende de cómo compita.

9. Presión externa

Familia.

Entrenadores.

Redes sociales.

Expectativas.

Patrocinadores.

A veces el problema no es competir.

Es sentir que cualquier fallo decepcionará a alguien.

10. Atención y concentración

Cuando la confianza baja, la atención suele dirigirse a:

  • lo que puede salir mal,
  • el rival,
  • el marcador,
  • el error anterior,
  • el juicio de los demás.

El entrenamiento psicológico busca devolver la atención al presente y a aquello que el deportista puede controlar en cada momento.

11. Lesiones y miedo a recaer

Tras una lesión es frecuente que el cuerpo esté recuperado, pero el cerebro no.

El deportista puede:

  • evitar ciertos movimientos,
  • competir con miedo,
  • perder agresividad,
  • sentir que “ya no es el mismo”.

EMDR cuenta con evidencia para ayudar a reprocesar experiencias traumáticas relacionadas con lesiones y facilitar una vuelta más segura desde el punto de vista psicológico.

12. Recuperarse después del error

Los grandes deportistas no son los que nunca fallan.

Son los que consiguen volver al presente rápidamente.

Se entrena:

  • aceptar el error,
  • regular la activación,
  • recuperar el foco,
  • evitar que un fallo provoque una cadena de errores.

Porque muchas competiciones no se pierden por el primer error, sino por todo lo que ocurre mentalmente después.

El objetivo final

El objetivo no es que el deportista deje de sentir nervios. Los nervios forman parte de competir.

El verdadero objetivo es que pueda confiar en sí mismo incluso cuando aparecen dudas, cometer errores sin que estos definan quién es y rendir desde la presencia, no desde el miedo. Cuando el sistema nervioso deja de vivir la competición como una amenaza constante y las experiencias que alimentaban la inseguridad se procesan adecuadamente, la confianza deja de depender del último resultado y empieza a convertirse en una forma más estable de relacionarse consigo mismo.

Si quieres saber más de EMDR además del enlace que te dejé arriba tienes un podcast aquí

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¿Por qué sentimos que “Hemos ganado” un Mundial si no hemos jugado ni un solo minuto? La psicología de la euforia colectiva.

España gana su segundo Mundial.

Suena el pitido final y, casi de inmediato, miles de personas salen a las calles. Se abrazan desconocidos, las plazas se llenan de banderas, los teléfonos no dejan de sonar y durante unas horas parece que el país entero respira al mismo ritmo. Hay niños que saltan sobre el sofá como si ellos hubieran marcado el gol decisivo, personas mayores que vuelven a emocionarse como hacía años que no lo hacían y amigos que hacía meses que no hablaban y se envían un mensaje con una sola frase: “¡Lo hemos conseguido!”

No decimos: “La selección ha ganado el Mundial.”

Decimos: “Hemos ganado.”

Y esa pequeña palabra, “hemos”, dice mucho más sobre el cerebro humano que sobre el fútbol.

Porque, objetivamente, ninguno de nosotros ha entrenado durante años, ha soportado la presión de una final o ha levantado la copa. Sin embargo, sentimos una alegría auténtica, un orgullo difícil de explicar y una sensación de victoria que parece también nuestra.

¿Por qué ocurre?

La respuesta tiene mucho menos que ver con el deporte de lo que imaginamos y mucho más con algo profundamente humano: la necesidad de pertenecer.

Desde que nacemos buscamos formar parte de algo. Primero de una familia, después de un grupo de amigos, de una clase, de un equipo, de una ciudad o de un país. Nuestro cerebro evolucionó durante miles de años aprendiendo que pertenecer a un grupo aumentaba las posibilidades de sobrevivir. Quedarse solo suponía un enorme riesgo. Por eso hoy seguimos sintiendo un bienestar especial cuando experimentamos que compartimos una identidad con otras personas.

Cuando un equipo con el que nos identificamos consigue una victoria histórica, el cerebro interpreta, en cierta medida, que ese éxito también fortalece al grupo del que formamos parte. No es extraño, por tanto, que vivamos esa alegría como algo propio. Es un mecanismo profundamente humano.

Quizá por eso suceden escenas que solo vemos en momentos muy concretos. Personas que jamás se habían visto terminan abrazándose en una plaza. Alguien celebra con quien tiene al lado sin preguntarse quién es, qué piensa o a qué se dedica. Durante unas horas desaparecen muchas de las diferencias que normalmente nos separan. La edad, la profesión, las ideas políticas o el lugar de origen pasan a un segundo plano porque hay algo que nos une por encima de todo: una emoción compartida.

Y pocas cosas tienen tanto poder psicológico como sentir que pertenecemos.

Pero hay algo todavía más fascinante. Incluso quienes apenas siguen el fútbol pueden terminar emocionándose viendo una celebración así. No hace falta ser un gran aficionado para notar un nudo en la garganta cuando todo un estadio canta al unísono o cuando un jugador rompe a llorar después de años de esfuerzo.

Las emociones son contagiosas.

Nuestro cerebro está continuamente observando las expresiones de quienes nos rodean. Interpreta sus gestos, sus voces, sus sonrisas y sus lágrimas para comprender qué ocurre en el entorno. Esa capacidad de sincronizarnos emocionalmente con los demás ha sido esencial para nuestra evolución y sigue formando parte de nuestra vida cotidiana. Cuando miles de personas ríen, saltan y celebran juntas, resulta muy difícil permanecer completamente indiferente.

La alegría también se contagia.

Y quizá la necesitamos más de lo que pensamos.

Vivimos en una época en la que estamos expuestos constantemente a noticias preocupantes. Abrimos el móvil y encontramos conflictos, enfermedades, problemas económicos, violencia o incertidumbre. Nuestro sistema nervioso dedica una enorme cantidad de energía a procesar amenazas, muchas de ellas lejanas, pero presentes cada día en nuestra mente.

Por eso, cuando aparece un acontecimiento positivo que millones de personas viven al mismo tiempo, ocurre algo muy interesante. No desaparecen los problemas, pero durante unas horas dejamos de mirar únicamente hacia aquello que preocupa. El cerebro encuentra un espacio para la esperanza, para la ilusión y para la conexión. Es como si pudiera descansar brevemente de estar siempre alerta.

También nuestro organismo participa en esa experiencia. Durante situaciones de celebración aumentan las probabilidades de liberar sustancias relacionadas con el bienestar, como la dopamina, implicada en la sensación de recompensa y motivación. Los abrazos, el contacto físico o el sentimiento de unión favorecen procesos en los que interviene la oxitocina, relacionada con el vínculo social. Reír, cantar, bailar o saltar juntos también puede contribuir a la liberación de endorfinas.

Todo ello nos recuerda que nuestro cerebro necesita experimentar emociones positivas compartidas para mantener un cierto equilibrio.

Sin embargo, toda emoción intensa tiene otra cara.

Estamos acostumbrados a pensar que solo el miedo o la ira alteran nuestra forma de decidir, pero la euforia también lo hace. Cuando nos sentimos extremadamente felices tendemos a percibir menos los riesgos, a confiar más en nuestras capacidades y a pensar que las consecuencias negativas son menos probables. Es entonces cuando algunas personas conducen de forma temeraria, consumen alcohol en exceso, realizan conductas peligrosas o se dejan arrastrar por la multitud sin detenerse a pensar.

La euforia no es un problema. Lo problemático es cuando dejamos que la emoción sustituya completamente al juicio.

Celebrar es sano pero perder la capacidad de cuidarnos no.

Y, curiosamente, hay otro momento del que casi nunca hablamos: el día después.

Cuando las plazas vuelven a estar vacías, las banderas regresan a los cajones y la rutina vuelve a ocupar su sitio, muchas personas experimentan una ligera sensación de bajón. Después de un pico emocional tan intenso, el sistema nervioso necesita volver poco a poco a su nivel habitual de activación. Algunas personas incluso describen una cierta nostalgia o vacío.

No significa que ocurra nada malo.

Significa, simplemente, que el cerebro no está diseñado para vivir permanentemente en estado de euforia.

Los propios deportistas conocen muy bien esta experiencia. Después de años persiguiendo un sueño, muchos describen una pregunta inesperada que aparece pocos días después de alcanzar el éxito: “¿Y ahora qué?” Por eso la psicología del deporte insiste tanto en que la identidad de un deportista no puede depender únicamente de las medallas o de los títulos. Cuando todo nuestro valor personal se apoya en un único objetivo, incluso la mayor de las victorias puede dejar un vacío difícil de entender.

Quizá esa reflexión también nos sirva al resto.

La verdadera riqueza emocional de un Mundial no está solo en levantar una copa. Está en los recuerdos que construimos, en las personas con las que compartimos ese momento, en las conversaciones que surgirán dentro de veinte años cuando alguien diga: “¿Te acuerdas de aquella final?”

Porque probablemente olvidemos el minuto exacto de un gol.

Pero difícilmente olvidaremos con quién estábamos cuando ocurrió.

Y eso nos recuerda algo profundamente humano. Las personas no necesitamos vivir permanentemente eufóricas para ser felices. Lo que realmente necesitamos son momentos que den sentido a nuestra historia, personas con las que compartirlos y emociones que nos hagan sentir que, por un instante, formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos.

Quizá ese sea el verdadero legado de una victoria como esta. No el trofeo que queda en una vitrina, sino la certeza de que seguimos necesitando celebrar juntos, emocionarnos juntos y recordar que, incluso en tiempos difíciles, todavía somos capaces de mirar a un desconocido, abrazarlo y sentir que, durante unos minutos, pertenece a nuestro mismo equipo.

Una nueva fecha inolvidable 19 de julio de 2026.

¿Dónde y con quién estabas?

Nos vemos en España para el Mundial 2030 siendo campeones del mundo.

No solo en esto también en donación de órganos y en investigación con bajos presupuestos…

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Los mejores equipos no solo existen en el deporte.

No todos los equipos juegan en un estadio. Algunos juegan cada día en casa, en el trabajo, con la pareja o entre amigos. La diferencia entre desgastarse o crecer juntos suele depender de cómo jugamos ese partido. Estas preguntas pueden ayudarte a mirar a tu equipo con otros ojos.

❤️ Pareja

  • ¿Estamos jugando en el mismo equipo o intentando ganar discusiones?
  • ¿Nuestro objetivo es tener razón o entendernos?
  • ¿Qué podríamos conseguir si colaboráramos más y compitiéramos menos?
  • ¿Nos recordamos que estamos en el mismo lado del campo?

👨‍👩‍👧 Familia

  • ¿En casa se siente que todos remamos en la misma dirección?
  • ¿Qué une realmente a nuestra familia además de compartir un apellido?
  • ¿Cómo resolvemos los conflictos: como rivales o como un equipo?
  • ¿Qué necesita nuestra familia para sentirse más unida?

💼 Trabajo

  • ¿Mi equipo comparte un propósito o solo comparte una oficina?
  • ¿Celebramos los logros de los demás o competimos constantemente?
  • ¿Qué cambiaría si todos sintiéramos que el éxito es colectivo?
  • ¿Estoy contribuyendo al equipo o solo cumpliendo mi parte?

👥 Amigos

  • ¿Con qué personas siento que puedo ser yo sin competir?
  • ¿Quién celebra mis éxitos como si fueran propios?
  • ¿Estoy cuidando las amistades que realmente suman a mi vida?
  • ¿Qué hace que un grupo de amigos se convierta en un verdadero equipo?

⚽ Reflexión final

  • Si el fútbol puede unir a millones de personas durante 90 minutos… ¿qué podría unir más a las personas que forman parte de tu vida?
  • ¿Cuál es el objetivo común que une a tu pareja, tu familia, tus amigos o tu equipo de trabajo?
  • ¿Qué pasaría si dejáramos de preguntarnos quién tiene razón y empezáramos a preguntarnos qué necesita nuestro equipo para ganar?
  • ¿En qué equipo de tu vida hace falta empezar a jugar juntos y dejar de jugar unos contra otros?

Un abrazo.

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10 formas de cuidar tu sistema nervioso

Porque muchas veces el problema no es que seas débil. Es que llevas demasiado tiempo viviendo en alerta.

“Solo quiero sentirme tranquila.”

Es una de las frases que más escucho en consulta.

Y normalmente llega acompañada de otras muchas:

“Estoy siempre cansada.”

“Me sobresalto por cualquier cosa.”

“No consigo desconectar.”

“Mi cabeza no para.”

“Sé que no hay peligro, pero mi cuerpo actúa como si lo hubiera.”

Si alguna de estas frases resuena contigo, quiero decirte algo importante:

Quizá no necesites esforzarte más.

Quizá tu sistema nervioso necesite sentirse más seguro.

Durante mucho tiempo hemos pensado que la ansiedad, el estrés o el agotamiento eran simplemente problemas de la mente.

Hoy sabemos que también tienen mucho que ver con nuestro cuerpo y con nuestro sistema nervioso.

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, hay algo que repito con frecuencia:

No podemos pedir calma a un sistema nervioso que siente que sigue en peligro.

Y esa diferencia cambia completamente la forma de entender lo que nos ocurre.

¿Qué es exactamente el sistema nervioso?

Imagina que dentro de ti existe un gran detector de seguridad. Su trabajo consiste en responder continuamente a una pregunta:

“¿Estoy a salvo?”

Si la respuesta es sí…

Respiras con calma.

Piensas con claridad.

Duermes mejor.

Te relacionas con facilidad.

Disfrutas.

Aprendes.

Creas.

Pero si interpreta que existe una amenaza…Todo cambia.

Tu corazón se acelera.

Tus músculos se tensan.

Respiras peor.

La mente empieza a anticipar problemas.

Y tu cuerpo entra en modo supervivencia.

Lo curioso es que ese peligro no siempre está delante de nosotros.

A veces pertenece al pasado. Y el sistema nervioso sigue reaccionando como si todavía estuviera ocurriendo.

Por eso comprenderlo es tan importante.

Porque dejamos de preguntarnos:

“¿Qué me pasa?”

Para empezar a preguntarnos:

“¿Qué necesita mi sistema nervioso?”

1. Dormir lo suficiente

Dormir no es un lujo.

Es el momento en que el cerebro se limpia, reorganiza recuerdos, regula emociones y recupera energía.

de una mala noche solemos estar más irritables, más impulsivos y más sensibles al estrés.

No es casualidad. Nuestro sistema nervioso tiene menos recursos para responder.

Dormir bien es uno de los mejores regalos que podemos hacerle.

2. Respirar despacio y por la nariz

Respiramos miles de veces al día.

Pero pocas personas saben que la forma en que respiramos cambia la forma en que se siente nuestro sistema nervioso.

Cuando respiramos rápido y por la boca enviamos una señal de alerta.

Cuando respiramos lentamente y por la nariz favorecemos un estado de mayor seguridad fisiológica.

No solucionará todos los problemas. Pero sí puede ayudar a que tu cuerpo deje de interpretar que necesita estar preparado para sobrevivir.

Tienes aquí mi taller Aprender a respirar por la nariz.

3. Mueve tu cuerpo

Nuestro organismo nació para moverse. No para permanecer diez horas sentado delante de una pantalla.

Caminar.

Bailar.

Montar en bicicleta.

Nadar.

Hacer fuerza.

Todo movimiento ayuda a descargar tensión acumulada y favorece la regulación del sistema nervioso. No hace falta hacerlo perfecto.

Hace falta hacerlo con cierta frecuencia.

4. Regálate naturaleza

¿Has notado alguna vez cómo cambia tu respiración cuando caminas por un bosque o escuchas el mar? La naturaleza disminuye la activación fisiológica y facilita que nuestro organismo salga del modo supervivencia.

Diez minutos bajo un árbol hacen más por nuestro sistema nervioso que una hora mirando el móvil.

5. Aprende a poner límites

Decir siempre que sí también cansa al sistema nervioso.

Vivir intentando agradar.

Responder inmediatamente.

Estar disponible para todo el mundo.

No querer decepcionar.

Todo eso mantiene al organismo en un estado continuo de exigencia.

Los límites no alejan a las personas adecuadas.

Protegen tu bienestar.

6. Rodéate de personas con las que puedas bajar la guardia

Nos regulamos mucho más de lo que imaginamos a través de otras personas. Una conversación tranquila.

Una mirada de comprensión.

Un abrazo.

Sentirnos escuchados.

El sistema nervioso también aprende seguridad a través del vínculo.

Por eso elegir bien con quién compartimos la vida también es autocuidado.

7. Haz pausas antes de que tu cuerpo las imponga

Muchas personas solo descansan cuando ya no pueden más.

Cuando aparece la ansiedad.

Cuando enferman.

Cuando el cuerpo dice basta.

Pero el descanso no debería llegar solo después del agotamiento.

Las pausas pequeñas también regulan.

Cinco minutos respirando.

Un café sin móvil.

Mirar por la ventana.

Caminar un poco.

No hace falta esperar a romperse para empezar a cuidarse.

8. Practica mindfulness

Mindfulness no consiste en dejar la mente en blanco.

Consiste en volver al momento presente una y otra vez.

Cuando entrenamos la atención dejamos de vivir constantemente atrapados entre el pasado y el futuro.

Y eso también ayuda al sistema nervioso a encontrar momentos de calma.

No necesitamos meditar una hora.

A veces bastan cinco minutos de presencia real.

Como instructora en mindfulness acompañado con diferentes iniciativas online en vivo. Si estás interesada escríbeme yolandayolandacuevas.es

9. Procesa aquello que todavía duele

Hay experiencias que el tiempo no termina de resolver.

Infancias difíciles.

Pérdidas.

Accidentes.

Abandono.

Situaciones de miedo.

Nuestro cerebro puede seguir reaccionando como si aquello todavía estuviera ocurriendo.

Por eso descansar, respirar o hacer ejercicio a veces no es suficiente.

En esos casos necesitamos procesar lo vivido. Aquí es donde terapias como EMDR pueden marcar una gran diferencia. No porque borren el pasado sino porque ayudan al cerebro a dejar de vivirlo como si siguiera ocurriendo hoy.

Muchas personas describen ese cambio con una frase preciosa:

“Lo recuerdo… pero ya no lo siento igual.” Y eso transforma profundamente la manera de vivir.

Aquí te dejo un podcast donde hablo sobre ello.

10. Háblate como hablarías a alguien que quieres

Hay personas que hacen meditación.

Respiran.

Van al gimnasio.

Pero después se pasan el día diciéndose:

“No llego.” “Soy un desastre.” “Nunca hago suficiente.”

Nuestro diálogo interno también regula nuestro sistema nervioso.

Cada palabra que nos dirigimos deja una huella.

La amabilidad no elimina los problemas. Pero crea un lugar mucho más seguro desde el que afrontarlos.

Una pregunta que puede cambiar muchas cosas. La próxima vez que notes ansiedad, tensión o agotamiento…

En lugar de preguntarte “¿Qué me pasa?”

Prueba a preguntarte:

“¿Qué necesita mi sistema nervioso en este momento?”

Quizá necesite descanso.

Quizá movimiento.

Quizá compañía.

Quizá silencio.

Quizá ayuda.

Quizá simplemente sentirse seguro.

Vivimos en una sociedad que nos enseña a exigirnos mucho. Pero muy pocas veces nos enseña a regularnos.

Nos esforzamos por ser más productivos. Más eficientes. Más fuertes. Cuando quizá la verdadera pregunta sea otra.

¿Estoy cuidando el sistema que sostiene toda mi vida?

Porque un sistema nervioso regulado no hace que desaparezcan los problemas. Pero sí cambia profundamente la forma en que somos capaces de afrontarlos.

Y quiero que recuerdes algo:

Tu sistema nervioso no necesita que seas más fuerte. Necesita sentirse más seguro.

Y esa seguridad, poco a poco, también puede aprenderse. Porque sanar no siempre consiste en hacer más. Muchas veces consiste en empezar a tratarnos con la calma, el cuidado y la comprensión que llevamos tanto tiempo necesitando.

Un abrazo y espero que te ayude a reflexionar, entenderte y saber por donde empezar.

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Cuando el cerebro decide en medio del peligro: por qué en una emergencia no pensamos igual


Cada vez que ocurre una tragedia, además del dolor aparecen las preguntas.

¿Por qué no salieron antes? ¿Por qué no hicieron caso a las recomendaciones? ¿Cómo pudieron tomar esa decisión?

Son preguntas profundamente humanas. Nuestro cerebro necesita encontrar una explicación cuando ocurre algo tan difícil de comprender. A veces, incluso buscamos una causa sencilla que nos haga sentir que algo así podría evitarse siempre.

Sin embargo, la psicología, la neurociencia y el estudio del trauma nos recuerdan algo importante: el cerebro que toma decisiones en una situación de peligro extremo no funciona igual que el cerebro con el que ahora analizamos lo sucedido desde la calma.

Comprender esto no significa justificar decisiones equivocadas ni evitar analizar responsabilidades cuando corresponda. Significa entender cómo responde un ser humano cuando siente que su vida está amenazada.

Cuando la supervivencia toma el control

Ante un incendio u otra situación de emergencia, el cerebro detecta una posible amenaza en cuestión de milisegundos.

La amígdala, una estructura especializada en detectar el peligro, activa rápidamente el sistema de supervivencia. El organismo libera hormonas del estrés, aumenta la frecuencia cardiaca, la respiración se acelera y todo el cuerpo se prepara para proteger la vida.

En ese momento el objetivo principal ya no es analizar todas las posibilidades de forma racional.

El objetivo es sobrevivir.

Nuestro cerebro intenta encontrar una solución rápida utilizando los recursos que considera más accesibles en ese instante.

Pensar bajo estrés no es pensar peor, es pensar diferente

Muchas personas imaginan que, en una emergencia, basta con “pensar con lógica”. Sin embargo, el elevado nivel de activación afecta al funcionamiento de la corteza prefrontal, la región implicada en valorar alternativas, inhibir impulsos y tomar decisiones complejas.

No deja de funcionar por completo, pero puede verse limitada por la intensidad del estrés.

Es como intentar resolver un problema muy complejo mientras suena una alarma ensordecedora y alguien nos grita que corramos.

El cerebro sigue tomando decisiones, pero dispone de menos recursos para hacerlo de forma reflexiva.

La visión en túnel: cuando el mundo se estrecha

Otro fenómeno frecuente es la llamada visión en túnel.

La atención deja de abarcar todo lo que ocurre y se concentra en una única posibilidad.

La persona puede pensar:

  • “Por aquí he entrado, por aquí salgo.”
  • “Si me quedo aquí quizá esté más protegido.”
  • “Siempre se ha controlado el fuego.”
  • “Voy a esperar un poco antes de moverme.”

No necesariamente porque sea la mejor opción, sino porque el cerebro reduce el número de alternativas para responder con rapidez.

Desde fuera puede parecer incomprensible.

Desde dentro, puede sentirse como la única posibilidad imaginable.

Nuestro cerebro también utiliza lo que ya conoce

Cuando disponemos de poca información, el cerebro completa los huecos utilizando experiencias previas.

Si una persona ha vivido pequeños incendios que terminaron controlándose rápidamente, es posible que interprete la situación actual desde ese aprendizaje.

Los modelos mentales que hemos construido durante años influyen enormemente en cómo interpretamos el peligro.

El cerebro no analiza únicamente lo que está ocurriendo.

También intenta predecir lo que ocurrirá basándose en lo que ya conoce.

Y esas predicciones, en ocasiones, pueden alejarnos de la realidad del momento.

Cuando el riesgo tarda en parecer real

Existe otro fenómeno psicológico muy conocido: la normalización del riesgo.

Durante los primeros momentos de una amenaza grave, algunas personas minimizan lo que ocurre.

No porque sean irresponsables.

Sino porque aceptar que el peligro es real implica enfrentarse a una situación emocionalmente abrumadora.

Pensamientos como:

“Seguro que no será para tanto.”

“Ahora enseguida lo controlarán.”

“Esperemos un poco.”

son intentos del cerebro de reducir el impacto emocional de una realidad difícil de asumir.

Paradójicamente, esa estrategia de protección puede retrasar decisiones que deberían tomarse con rapidez.

No solo decide la razón

En situaciones extremas también influyen muchos otros factores:

-El apego a la vivienda.

-La preocupación por familiares o mascotas.

-La dificultad para abandonar pertenencias importantes.

-La confianza en una interpretación propia.

-La información incompleta.

-El miedo.

El bloqueo.

Todo ello forma parte del proceso de toma de decisiones.

Por eso, reducir una tragedia a un simple “no hicieron caso” suele dejar fuera gran parte de la complejidad psicológica que existe detrás.

El peligro de juzgar desde después

Cuando conocemos el desenlace, nuestro cerebro cae fácilmente en un fenómeno llamado sesgo retrospectivo.

Es la tendencia a pensar que el resultado era mucho más evidente de lo que realmente era.

Entonces aparecen frases como:

“Era obvio lo que había que hacer.”

“Yo habría salido inmediatamente.”

“¿Cómo no se dieron cuenta?”

Pero esa valoración se realiza con una ventaja enorme: conocemos el final de la historia.

Las personas que estaban allí no disponían de esa información.

Tomaban decisiones con incertidumbre, miedo, información parcial y un sistema nervioso completamente activado.

Nuestro cerebro necesita creer que el mundo es predecible porque esa sensación nos aporta seguridad.

Pensar que “era evidente” nos hace sentir que nosotros actuaríamos mejor.

Sin embargo, esa sensación suele ser una ilusión creada por el conocimiento posterior.

Comprender no significa justificar

Explicar cómo funciona el cerebro en situaciones extremas no elimina la responsabilidad cuando existan errores, negligencias o decisiones que deban investigarse.

La psicología no sustituye al análisis de los hechos. Lo complementa.

Nos recuerda que hay personas que no toman decisiones desde la calma cuando sienten que su vida corre peligro. Las toman con un cerebro diseñado, desde hace miles de años, para sobrevivir.

Y ese cerebro, aunque extraordinariamente eficaz en muchas ocasiones, también tiene limitaciones o está condicionado en esos momentos por otras vivencias y circunstancias.

Quizá una de las mayores enseñanzas que podemos extraer de estas tragedias sea esta:

Antes de juzgar una decisión tomada bajo un miedo extremo, conviene recordar que nosotros la analizamos desde un lugar seguro, con toda la información y con un sistema nervioso en calma.

Ellos no.

En una emergencia hay incertidumbre. Las personas no tienen una visión completa de lo que está ocurriendo: no conocen la evolución del fuego, las condiciones exactas del lugar ni las consecuencias de cada alternativa.
El sesgo retrospectivo: juzgar con información que antes no existía
Después de una tragedia aparece con frecuencia el sesgo retrospectivo, también llamado sesgo de “lo sabía desde el principio”.
Es la tendencia del cerebro a creer que un acontecimiento era más predecible de lo que realmente era antes de que ocurriera.


Cuando conocemos el desenlace, miramos hacia atrás y pensamos:
“Era evidente”.
“Lo lógico era salir”.
“¿Cómo no se dieron cuenta?”.
Pero olvidamos algo fundamental: quienes tomaron esas decisiones no tenían la información que tenemos nosotros después.
Juzgamos el pasado con el mapa completo, mientras que la persona tuvo que decidir cuando solo tenía una parte del camino.


Comprender no significa justificar
Explicar cómo funciona el cerebro en una emergencia no significa quitar responsabilidad ni afirmar que todas las decisiones fueron adecuadas.
Significa añadir una capa necesaria de comprensión.


La conducta humana no puede analizarse únicamente desde el resultado final. También hay que mirar el contexto: el nivel de amenaza, la información disponible, el estado emocional, la historia de aprendizaje y la respuesta del sistema nervioso.


La psicología nos recuerda que una persona en una situación extrema no está tomando decisiones como lo haría en un día normal sentado tranquilamente en casa.
La pregunta más humana
Quizás, ante una tragedia, además de preguntarnos “¿por qué no hicieron caso?”, podemos hacernos una pregunta más profunda:
“¿Qué estaba percibiendo esa persona en ese momento para que esa decisión tuviera sentido desde su cerebro?”

Comprender cómo funciona el cerebro humano no borra el dolor ni cambia el desenlace. Pero sí nos ayuda a mirar estas situaciones con más conocimiento, más humanidad y menos simplificaciones.

Porque detrás de cada decisión tomada en una emergencia hay una persona intentando sobrevivir con el cerebro que la evolución le ha dado para hacerlo.

DEP y un abrazo a sus familias y amigos en estos momentos tan duros, difíciles.

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Final de curso: una oportunidad para la reflexión como profesora.

Una invitación para profesores que empiezan y para quienes llevan años enseñando

Junio llega y, para muchos docentes, aparece una mezcla difícil de explicar.

Alivio por terminar. Cansancio acumulado. Satisfacción por algunas cosas. Frustración por otras. La sensación de no haber llegado a todo.

Y, a veces, una necesidad enorme de desconectar y no pensar más. Es comprensible.

La docencia es una profesión apasionante, pero también una de las más exigentes emocionalmente. No solo se enseña una materia. Se acompaña, se contienen emociones, se gestionan conflictos, se sostienen familias, se atiende la diversidad, se responde a cambios continuos y, mientras tanto, se intenta no perder la ilusión.

Por eso, quizá terminar el curso no debería ser únicamente sobrevivir hasta las vacaciones.

También puede ser una oportunidad para hacer una pausa y preguntarnos:

¿Cómo estoy yo después de todo lo vivido?

Porque un curso no es solo una sucesión de clases. Es una parte importante de nuestra vida. Y merece ser mirada más allá de las notas y los resultados.

Es fácil acabar el curso centrándonos únicamente en lo que salió mal:

Los conflictos.
La burocracia.
La falta de recursos.
Los alumnos difíciles.
Las familias exigentes.
El cansancio.

Y todo eso es real. Pero si únicamente hacemos balance desde el agotamiento, corremos el riesgo de olvidarnos de algo importante:

También hemos aprendido, crecido y sostenido mucho más de lo que solemos reconocer.

Preguntas para hacer balance del curso:
¿Cómo llegué y cómo termino?
¿Con qué ilusión empecé septiembre?
¿Cómo me siento ahora?
¿Qué emociones predominan?
¿Estoy cansada o profundamente agotada?
¿Necesito descansar o necesito algo más?
¿Qué ha sido lo más difícil para mí?

No siempre es lo mismo. Quizá ha sido:

La sobrecarga administrativa.
La convivencia en el aula.
La falta de motivación del alumnado.
Las exigencias externas.
La presión por llegar a todo.
La relación con compañeros o familias.
Sentir que no tienes tiempo para enseñar como te gustaría.

Pregúntate:

-¿Qué me ha hecho sufrir más este curso?

-Porque identificarlo es el primer paso para cuidarlo.

-¿Qué me ha sostenido?

A veces olvidamos mirar los recursos.

¿Qué alumnos me han emocionado?
¿Qué compañeros me han hecho sentir acompañada?
¿Qué momentos me recordaron por qué elegí esta profesión?
¿Qué fortalezas descubrí en mí?
La profesión docente necesita mucho más que conocimientos. Enseñar requiere habilidades emocionales constantemente:

-Flexibilidad

-Porque ningún día sale exactamente como estaba previsto.

-Regulación emocional

Para gestionar la frustración, los conflictos y la incertidumbre.

-Comunicación: Con alumnos, familias y compañeros.

-Paciencia: Porque los resultados no siempre son inmediatos.

-Capacidad de adaptación: Porque la educación cambia continuamente.

-Empatía: Sin perderse uno mismo.

-Capacidad para poner límites: Porque cuidar no significa poder con todo.

-Autocompasión: Porque ser buen profesor no significa ser perfecto.

Algunas preguntas incómodas, pero necesarias
¿Estoy intentando salvar a todo el mundo?
¿Me exijo más de lo que le exigiría a otro compañero?
¿Siento culpa cuando no llego a todo?
¿Me llevo el trabajo a casa constantemente?
¿He confundido vocación con sacrificio?
¿Hace cuánto tiempo que no disfruto enseñando?
¿Estoy dando desde la ilusión o desde la supervivencia?
¿Quién cuida al que cuida?


Si eres un profesor que empieza…

Quizá este curso te haya hecho dudar.

Puede que hayas sentido:

Miedo a equivocarte.
Síndrome del impostor.
Sensación de no saber suficiente.
Agotamiento.
Comparaciones con otros docentes.

Nadie aprende a ser profesor en un año.

La experiencia no se construye en los cursos de formación, sino en las miradas, los errores, los grupos difíciles, las dudas y las pequeñas victorias cotidianas.

No necesitas hacerlo perfecto. Necesitas tiempo, formarte con corazón más allá del conocimiento.

Si llevas muchos años enseñando…

Quizá hayas notado:

Más cansancio que ilusión.
Menos paciencia.
Desgaste emocional.
Desmotivación.
La sensación de que todo cambia demasiado rápido.

Y quizá te preguntas:

¿Sigo siendo el profesor que quería ser?

La experiencia es una enorme fortaleza, pero también necesita ser cuidada.

No es fracasar reconocer que algo pesa.

No es debilidad admitir que estás cansado.

El peligro de normalizar el agotamiento

Hay frases que se escuchan mucho en educación:

“Es lo que hay.”

“Todos estamos igual.”

“Ya descansaré en verano.”

“Esto forma parte del trabajo.”

Pero normalizar el agotamiento no lo convierte en saludable.

Un docente agotado no necesita únicamente vacaciones, necesita espacios donde sentirse acompañado, reconocido y cuidado. Porque detrás de cada profesor hay una persona:

-Con miedos.

-Con preocupaciones.

-Con una vida fuera del aula.

-Con emociones.

Y con una salud mental que también merece atención.

Algunas preguntas para cerrar el curso con conciencia
¿De qué me siento orgullosa este año?
¿Qué he aprendido de mis alumnos?
¿Qué quiero seguir haciendo el próximo curso?
¿Qué necesito cambiar?
¿Qué límites necesito cuidar mejor?
¿Qué me gustaría dejar atrás?
¿Qué necesito para disfrutar más de mi profesión?
¿Cómo quiero llegar a septiembre?

Quizá no podamos cambiar todas las dificultades de la educación. Pero sí podemos evitar pasar por un curso más sin detenernos a mirar cómo estamos.

Porque enseñar deja huella. Pero enseñar también desgasta.

Y cuidar a quienes educan no es un lujo. Es una necesidad.

Ojalá este verano no sea solo una pausa para recuperar fuerzas.

Ojalá sea también un espacio para reconocer todo lo vivido, agradecer lo que sí salió bien y recordar que, antes de ser profesor, eres persona.

Y ninguna vocación debería costarte la salud.

Gracias por este curso.

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Psicología del Deporte

Que el valor personal no dependa de ganar.

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¿Y si lleváramos años midiendo el éxito de la forma equivocada?

Vivimos en una sociedad que aplaude las medallas, los títulos, los ascensos y los récords. Pero pocas veces hablamos de todo lo que no se ve: los miedos, las renuncias, los errores, las lesiones, las dudas o la capacidad de levantarse una vez más.

Como psicóloga, me interesa especialmente esa parte invisible del rendimiento. Porque una persona no vale más por ganar ni vale menos por perder.

El éxito no debería definir quién eres.

En este artículo comparto una reflexión sobre la psicología del deporte, la presión por rendir y por qué aprender a relacionarnos de forma más sana con el éxito y el fracaso puede cambiar no solo nuestra vida deportiva, sino también nuestra manera de vivir.

Si alguna vez has sentido que solo eras suficiente cuando conseguías resultados, creo que estas líneas pueden ayudarte.

Puedes leer el artículo completo aquí.

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Si como niño o adolescente no te apetece ir al psicólogo, quiero decirte algo.

Si estás leyendo esto, o te lo están leyendo quizá eres uno de esos niños o adolescentes a los que no les hace demasiada ilusión venir al psicólogo.

Y quiero empezar diciéndote algo importante: lo entiendo. De verdad. Muchas veces no sois vosotros quienes habéis decidido venir. A veces son vuestros padres, un profesor o alguien que os quiere y está preocupado por vosotros. Y es normal que aparezcan dudas. Quizá te preguntas si tendrás que contar cosas que no quieres contar.

Quizá te da vergüenza.

Quizá piensas que ir al psicólogo es para personas que tienen problemas muy graves, y lo tuyo no es para tanto.

O quizá simplemente estás cansado. Cansado/a de que te pregunten cómo estás, de que te digan lo que tienes que hacer o de sentir que nadie entiende realmente lo que te pasa.

Si es así, quiero que sepas que no eres el único.Muchos niños y adolescentes llegan a consulta con pocas ganas y con muchas preguntas. ¿También los adultos!

Es entendible y uno está incómodo o confundida. No hace falta que vengas convencido/a.

Solo te pediría una cosa: que me des una oportunidad.

Algunas promesas que quiero hacerte

No voy a obligarte a hablar de nada para lo que no estés preparado.

No espero que el primer día me cuentes toda tu vida.

Me gusta ir poco a poco. Así me gustaría que lo hicieran conmigo.

A veces empezamos hablando de fútbol, de videojuegos, de música, de aficiones, moda o de cualquier otra cosa.

Lo importante no es correr.

Lo importante es que te sientas en seguridad.

Tampoco voy a juzgarte.

Da igual si te enfadas mucho, si lloras con facilidad, si te cuesta concentrarte, si tienes conductas, comportamientos que no gustan, si tienes miedos, si te preocupa lo que los demás piensen o si ni siquiera sabes explicar qué te pasa.

Mi trabajo no es decirte lo que haces mal. Mi trabajo es ayudarte a comprenderte y ver cómo podemos estar y ser mejor. Porque muchas veces detrás de las cosas que hacemos hay razones que merecen ser entendidas, no castigadas.

En consulta no solo hablamos

Hay personas que imaginan una consulta con una silla y un montón de preguntas. Casi casi como un interrogatorio como en las pelis.

Pero trabajar con niños y adolescentes es mucho más que eso.

Utilizamos dibujos, metáforas, juegos, historias, ejercicios y recursos que nos ayudan a entender mejor lo que ocurre por dentro.

Aprendemos cómo funciona el cerebro.

Por qué a veces el corazón se acelera.

Por qué aparecen los miedos.

Por qué cuesta concentrarse o por qué hay días en los que uno está enfadado/a y ni siquiera sabe muy bien por qué.

También aprendemos qué son los pensamientos y las emociones.

Porque a veces creemos que somos nuestros pensamientos. Y no es así.

Los pensamientos son cosas que aparecen en nuestra mente, pero no siempre dicen la verdad.

Y las emociones no son enemigas.

La rabia, el miedo, la tristeza o la ansiedad no son malas. Son mensajes pero en idiomas a veces desconocidos…y yo conozco muchos de esos mensajes. Juntos lo vamos a descubrir.

Y cuando aprendemos a escucharlos y entenderlos, y acompañarlos dejan de dar tanto miedo.

Tu cuerpo también habla

Seguro que alguna vez has sentido un nudo en el estómago antes de un examen, el corazón acelerado cuando te asustas o ganas de llorar sin saber muy bien por qué.

Significa que tu cuerpo está intentando protegerte.

En consulta también aprendemos cómo funciona el sistema nervioso.

Entendemos por qué a veces vivimos en alerta, por qué nos bloqueamos o por qué reaccionamos sin querer hacerlo.

Y aprendemos recursos para volver a sentir calma y seguridad.

Porque nadie os enseña estas cosas en el colegio y, sin embargo, son herramientas que os acompañarán toda la vida. Por eso a mi me gustaría que en los coles hubiera una asignatura que se llamara Psicología para la vida.

¿Y qué es eso del EMDR?

Como terapeuta EMDR, una de las cosas que más me gusta es ayudar a los niños y adolescentes a entender que no hay nada defectuoso en ellos.

A veces vivimos experiencias difíciles, sustos, cambios, pérdidas o momentos que nos desbordan.

Y nuestro cerebro, intentando protegernos, puede quedarse funcionando como si el peligro siguiera ahí.

EMDR es una terapia que ayuda al cerebro a procesar esas experiencias y a quedarse tranquilo de nuevo.

Pero quiero que sepas algo importante. Nunca se trata de obligarte a recordar cosas ni de hacerte sufrir.

Antes de trabajar cualquier experiencia difícil, aprendemos recursos, construimos seguridad y vamos siempre a tu ritmo.

Porque para mí es más importante que te sientas acompañado que ir deprisa.

Y tus padres también forman parte del equipo

A veces los niños llegan pensando que vienen porque ellos son el problema.

Y quiero decirte algo que considero muy importante.

Tú no eres el problema.

Por eso, además de trabajar contigo, también trabajo con tus padres en la medida que sea. Lo digo porque a veces por horarios, separaciones etc no es fácil.

Les ayudo a entender cómo funciona tu cerebro, tus emociones y tu sistema nervioso.

Les acompaño para que puedan comprender mejor lo que necesitas y para que todos aprendamos nuevas formas de relacionarnos.

Porque cuando los adultos entienden más, suelen enfadarse menos y acompañar mejor. Ellos lo intentan hacerlo bien pero no siempre lo consiguen y hay que explicarlo.

Y porque en esto no se trata de buscar culpables, sino de sumar.

Y si no sabes qué decir, tampoco pasa nada

De verdad.

No hace falta que vengas con las respuestas. No hace falta que sepas explicar lo que te pasa.

Incluso puedes decirme:

“No sé por qué estoy aquí.”

“No me apetece hablar.”

“Estoy nervioso.”

“O simplemente… no sé.”

Con eso es suficiente.

Porque precisamente para eso estamos los psicólogos.

Para acompañaros a entender lo que os pasa, para ayudaros a sentiros más seguros y para recordaros algo que nunca deberíais olvidar:

No tenéis que poder con todo vosotros solos.

Con cariño, te espero.

Yolanda Cuevas
Psicóloga y terapeuta EMDR
Instructora de mindfulness

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Por qué la primera atención psicológica tras una catástrofe influye en la recuperación posterior

Cuando ocurre una catástrofe, un accidente grave, muertes repentinas, situaciones de amenaza extrema, solemos pensar que el impacto psicológico dependerá únicamente de la magnitud de lo vivido. Sin embargo, desde la psicología del trauma sabemos que no solo importa lo que pasó, sino cómo fue acompañada la persona en los momentos posteriores.

La manera en que se actúa a nivel psicológico en las primeras horas y días tiene un peso determinante en la recuperación a medio y largo plazo.

El cerebro necesita saber si el peligro ha terminado

Ante una situación extrema, el cerebro entra en modo supervivencia. La amígdala activa la alarma y prioriza la protección, mientras que las áreas encargadas del razonamiento y la organización de la experiencia reducen su funcionamiento.

En ese estado, el cerebro lanza una pregunta fundamental:
“¿Sigo en peligro o ya estoy a salvo?”

Si el entorno ofrece seguridad, calma y presencia humana regulada, el sistema nervioso empieza a desactivar la alarma. Si, por el contrario, la persona permanece expuesta al caos, la soledad, las imágenes o la presión emocional, el cerebro mantiene la alerta, aunque el peligro objetivo ya haya pasado.

Cómo se consolida la memoria traumática

Las experiencias traumáticas no se almacenan como recuerdos normales. Cuando hay una activación muy elevada, el recuerdo queda grabado de forma fragmentada: imágenes sueltas, sonidos, sensaciones corporales o emociones intensas, sin una narrativa clara.

La forma de intervenir psicológicamente al inicio influye directamente en este proceso:

  • Alta activación mantenida → recuerdos intrusivos, reviviscencias, hipervigilancia.
  • Regulación temprana → mayor integración del recuerdo y menor carga emocional posterior.

No se trata de borrar lo ocurrido, sino de cómo queda registrado en el cerebro.

El cuerpo también necesita completar la respuesta

En una catástrofe, muchas respuestas naturales del cuerpo (huir, protegerse, gritar, moverse) quedan bloqueadas. Si el sistema nervioso no puede descargar esa activación, el cuerpo permanece en un estado de tensión crónica.

Por eso, las intervenciones tempranas que incluyen respiración, contacto con el suelo, movimientos suaves o sensación de abrigo no son “detalles”: ayudan a que el cuerpo entienda que ya no está en peligro y pueda volver progresivamente al equilibrio.

Indefensión y soledad: factores que agravan el trauma

Uno de los factores que más aumenta el riesgo de trauma posterior es la sensación de indefensión: sentirse solo, desbordado o sin control.

Las actuaciones psicológicas que:

  • Devuelven sensación de elección
  • Respetan el ritmo de la persona
  • Cubren necesidades básicas
  • Ofrecen presencia calmada

reducen significativamente el impacto traumático y favorecen la recuperación.

Por qué no siempre es bueno forzar a hablar

Durante las primeras horas o días, el recuerdo aún no está organizado. Forzar el relato o revivir detalles con alta activación puede fijar aún más las imágenes traumáticas.

Hoy sabemos que hablar no siempre ayuda en caliente. Acompañar, escuchar si la persona lo necesita y respetar silencios es, muchas veces, la intervención más protectora.

El apoyo social como factor protector

La presencia de otras personas calmadas y disponibles regula el sistema nervioso. El trauma se cronifica con más facilidad cuando se vive en aislamiento. El acompañamiento temprano, incluso sin palabras, actúa como un potente factor de protección psicológica.

La ventana temprana de recuperación

En los primeros días existe una ventana de plasticidad: el recuerdo aún no está completamente consolidado. Esto hace que la atención psicológica temprana, respetuosa y reguladora tenga un impacto real en la evolución posterior.

Desde enfoques como el trauma y terapias como EMDR, entendemos que el problema no es el recuerdo en sí, sino que quede almacenado como si siguiera ocurriendo ahora. La intervención adecuada reduce la probabilidad de que ese recuerdo quede “atascado”.

La primera respuesta psicológica tras una catástrofe no es secundaria ni opcional. Es el terreno sobre el que se construye la recuperación.

Actuar desde la seguridad, la regulación y la humanidad puede marcar la diferencia entre un dolor que se procesa con el tiempo y un trauma que se cronifica.

Yolanda Cuevas
Psicóloga experta en trauma y EMDR

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Artículos autocuidado bienestar Psicología y Salud

10 excusas que te pones para no hacer ejercicio.


Y por qué quizá no tienen que ver con la pereza…

“Debería hacer más ejercicio.”

Es una frase que escucho mucho. O que todas nos hemos dicho alguna vez. Y también una frase que muchas personas se repiten con culpa.

Porque sabemos que nos va bien.
Porque cada vez conocemos los beneficios.
Porque leemos artículos, vemos vídeos y escuchado consejos.

Y, sin embargo, pasan los días, las semanas o incluso los años y siguen y muchas personas siguen sin empezar.

Entonces aparecen conclusiones y monólogos internos que machacan:

“Soy un desastre.”
“No tengo fuerza de voluntad.”
“Soy muy vaga.”

Pero, ¿y si el problema no fuera la falta de voluntad?

¿Y si simplemente estamos intentando empezar de una forma demasiado exigente?

Como psicóloga, veo con frecuencia que muchas personas convierten el ejercicio en una obligación más de la lista. Algo que hacer perfecto, durante una hora, cinco días por semana y con resultados rápidos. Y cuando no pueden mantenerlo, concluyen que han fracasado.

Pero quizá la pregunta no es:

“¿Por qué no soy capaz?”

Sino:

“¿Qué me está impidiendo empezar de una manera más amable conmigo?”

No fuimos diseñados para vivir sentados Nuestro cuerpo está diseñado para moverse. Sí o sí. NO ES OPCIONAL.

No necesariamente para correr maratones o levantar grandes pesos.

Sino para caminar.
Estirarse.
Respirar.
Bailar.
Subir escaleras.
Jugar.
Moverse.

Sin embargo, vivimos muchas horas sentados.

-Trabajamos sentados.
-Conducimos sentados.
-Descansamos sentados.
-Nos entretenemos sentados con tv, libros, ordenadores, móviles…

Y poco a poco hemos normalizado un estilo de vida que nuestro cuerpo no reconoce como natural. Y el cuerpo y la mente lo paga, lo chilla, enferma.

También hay personas que viven agotadas.

-Trabajan y en muchos más de lo deseado bien por tareas o bien por horas.
-Cuidan de otros.
-Llegan a casa y se unen otras responsabilidades

Y cuando por fin tienen un rato libre, lo único que desean es descansar.

Y es comprensible. Porque nadie puede dar desde un depósito vacío.

Por eso, antes de exigirte más, quizá merece la pena preguntarte:

-¿Cómo estoy realmente?
-¿Qué nivel de energía tengo?
-¿Necesito empezar por descansar mejor?
-¿Estoy esperando tener motivación para empezar?

Porque la motivación es maravillosa…pero suele ser una visitante caprichosa.

Los hábitos, en cambio, permanecen.

La trampa del “todo o nada”

Muchas personas además creen que si no pueden hacer una hora de ejercicio, entonces no merece la pena hacer nada.

Pero caminar veinte minutos cuenta.

Subir escaleras cuenta.

Bailar mientras haces las tareas de casa cuenta.

Mover el cuerpo diez minutos cuenta.

Cualquier snack deportivo saltar, sentadillas, giros de brazos…

Porque el cerebro no necesita perfección. Necesita repetición.

Y el hábito se construye con pequeños pasos, no con grandes esfuerzos imposibles de mantener en muchos casos.

El ejercicio no es un castigo

Durante años nos han vendido el ejercicio como una forma de adelgazar, compensar excesos, de jóvenes o corregir nuestro cuerpo.

Pero el movimiento es mucho más que eso.

Es una forma de cuidar:

🧠 Tu cerebro.

❤️ Tu corazón.

😌 Tu ansiedad.

💤 Tu sueño.

😊 Tu estado de ánimo.

🦴 Tus huesos.

🌿 Tu sistema nervioso.

El ejercicio es prevención. Es dignidad hacia futuro como insistimos en nuestro espectáculo: Autocuidado para la vida real. Es un seguro de vida.

No tienes que ganarte el derecho a moverte. Tu cuerpo merece movimiento porque está vivo.

Te planteo algunas preguntas para reflexionar

Antes de pensar en qué ejercicio hacer, quizá puedes preguntarte:

¿Qué relación tengo con mi cuerpo?
¿Hago ejercicio desde el amor o desde la exigencia?
¿Estoy esperando hacerlo perfecto?
¿Qué actividad disfrutaba cuando era niño o niña?
¿Qué movimiento podría incorporar a mi vida sin agobiarme?
¿Qué me impide empezar?
¿Qué excusa aparece con más frecuencia?
¿Y qué necesitaría para ayudarme a dar el primer paso?


Cómo empezar sin agobiarte.

-Olvídate de hacerlo perfecto.

-Empieza pequeño.

– Camina diez minutos al día.
-Aparca un poco más lejos.
-Sustituye el ascensor por las escaleras. Sube y baja escaleras. Deja el ascensor antes de que llegue a tu planta y escaleras!
-Haz ejercicios de fuerza dos veces por semana.

-Compra unas gomas elásticas.
-Pon música y baila, salta.

-Haz unos snacks cada hora.
-Aprovecha para quedar caminando con alguien.
-Celebra la constancia, no la intensidad.

Porque muchas veces no necesitamos más motivación. Necesitamos menos exigencia. Y también aprender a hacer las cosas sin ganas, pero sí tirar de responsabilidad.

Y si un día no tienes ganas además de preguntarte tus razones si decides no hacer lo que te proponías, no pasa nada. La disciplina no consiste en hacerlo perfecto todos los días. Puedes hacer tu mínimo o cambiar de actividad.

Consiste en volver.

Volver al día siguiente.

Volver la semana siguiente.

Volver sin castigarte.

Volver sin empezar desde cero.

Porque un mal día no borra todo lo anterior.

Quizá no necesitas convertirte en una persona deportista.

Quizá solo necesitas convertirte en una persona que se cuida un poco más.

Porque no se trata de correr una maratón. De competir en natación o en partidos de baloncesto…Se trata de llegar a mayor con más salud, más energía y una mejor calidad de vida. Con más dignidad. De qué nos van a servir más esperanza de vida si no tenemos calidad de vida. No quiero vivir mi vejez de la cama al sofá y del sofá a la cama, Hoy construimos nuestro musculo futuro, agilidad, flexibilidad futura. Quiero salir del coche sin ayuda, quiero agacharme a por algo sin ayuda, quiero pode recoger un tarro del armario, o llevar una bolsa de la compra con peso.

Y quiero hacerte una última pregunta:

Si dentro de diez años pudieras agradecerle algo a tu yo actual…
¿Le agradecerías haber esperado otro lunes?
¿O le agradecerías haber empezado poco a poco?

Porque el cuerpo y la mente agradecen mucho más la constancia que la perfección. Necesitan movimiento.

Deseo que esta entrada haya sido inspiradora para mejorar tu vida.

Sea para deporte o cualquier otra actividad o cambio te podría ayudar el nuevo reto en la APP PATRIPSICOLOGA que comienza en julio.

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