Yolanda Cuevas Ayneto

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3 días para parar, respirar y reconectar contigo.

Como psicóloga e instructora de mindfulness certificada, he acompañado a muchas personas a lo largo de diferentes iniciativas como el programa MBSR o Doce meses mindfulness, espacios más profundos y de mayor recorrido en los que cultivar la atención, la conciencia y el bienestar de forma sostenida.

Ahora quiero proponerte algo diferente: una iniciativa más breve, accesible y cercana, pensada para ti si:

-quieres iniciarte en mindfulness

-sientes curiosidad por estas prácticas

-necesitas hacer una pausa y resetearte

-o deseas retomar hábitos de autocuidado que has ido dejando

Porque no siempre hace falta empezar por algo largo.

A veces, pequeños encuentros pueden marcar un antes y un después.

¿En qué consiste?

Se trata de 3 encuentros de 1 hora, online en vivo, los miércoles 20, 27 de mayo y 3 de junio a las 20:00.

Cada sesión estará centrada en un aspecto clave con un enfoque práctico y experiencial. Se enviará material de lectura y meditaciones grabadas.

Día 1 Parar y volver al momento presente

Aprenderás a salir del piloto automático y a conectar con la respiración como ancla al aquí y ahora.

Día 2 Conectar con el cuerpo

Exploraremos cómo el cuerpo nos habla y cómo escuchar sus señales para comprender mejor nuestras emociones y necesidades.

Día 3 Tratarte con amabilidad

Introduciremos la autocompasión como una forma de relacionarte contigo mismo desde el cuidado y la comprensión.

🧘‍♀️ ¿Qué te vas a encontrar?

-Meditaciones guiadas en cada sesión

-Ejercicios sencillos para integrar en tu día a día

-Espacios de reflexión para profundizar en tu experiencia

-Un entorno cercano y seguro donde conectar contigo

💛 Una oportunidad para ti.

Esta iniciativa es una invitación a parar, escucharte y reconectar contigo misma.

Un espacio donde empezar o retomar el camino del mindfulness, desde la sencillez y el cuidado.

Porque conocerte más no requiere grandes cambios, sino momentos de presencia, atención y amabilidad hacia ti.

Si esta iniciativa es para ti te espero dentro.

Escríbeme a yolanda@yolandacuevas.es para reservar tu plaza.

Son limitadas.

Esta iniciativa creada para ti tiene el valor de: 49 euros

No se graba por privacidad.

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Cuando cuesta pedir ayuda psicológica.

Pedir ayuda psicológica no siempre es fácil. Muchas personas, jóvenes y no tan jóvenes,saben que no están bien, pero aun así se resisten a ir al psicólogo. No porque no lo necesiten, sino porque da miedo, vergüenza o sensación de fracaso.

Si te reconoces en esto, estas ideas pueden ayudarte.

“No estoy tan mal”

Esta es una de las frases más comunes. Solemos pensar que hay que tocar fondo para pedir ayuda.
La realidad es que no hace falta estar fatal para ir al psicólogo.
La terapia no es solo para cuando ya no puedes más, también es para entenderte, prevenir y aprender a cuidarte antes de que el malestar crezca.

👉 Estar “mal suficiente” no es un requisito.

“Debería poder con esto solo”

Crecer escuchando que hay que ser fuerte hace que pedir ayuda parezca debilidad. Pero pedir ayuda no te hace menos capaz, te hace responsable contigo mismo.

Nadie aprende matemáticas, a conducir o a relacionarse sin ayuda.
La salud mental no es diferente.

👉 Ser fuerte también es saber cuándo no puedes solo.

“No sabría qué decir”

No necesitas llevar un discurso preparado. Puedes empezar con algo tan simple como:

  • “No me siento bien y no sé por qué”
  • “Últimamente estoy desbordado”
  • “No sé si esto es grave, pero me preocupa”

El psicólogo está para ayudarte a poner palabras a lo que aún no las tiene.

👉 No saber explicarte también es un motivo para ir.

“Me da vergüenza”

La vergüenza es una emoción muy frecuente cuando hablamos de lo que duele. Pero en terapia no se juzga, no se ridiculiza y no se invalida.

Lo que para ti es difícil, merece ser escuchado.
Y lo que callas por vergüenza suele pesar más de lo que parece.

👉 Hablar con alguien seguro puede aliviar más de lo que imaginas.

“¿Y si ir al psicólogo significa que tengo un problema grave?”

Ir al psicólogo no te pone una etiqueta.
No te define.
No te hace “raro” ni “débil”.

Significa que estás prestando atención a tu bienestar emocional.

👉 Cuidar tu salud mental es tan normal como cuidar tu cuerpo y ambos están relacionados y en comunicación constante.

Recuerda…

Si te cuesta pedir ayuda, puedes empezar diciéndote esto:

“No tengo que poder con todo. Pedir ayuda también es cuidarme.”

Dar el paso no te cambia quién eres,
pero puede cambiar cómo te sientes.

Date una oportunidad y después decide.

Pero ¿Y qué pasa cuando he ido al psicólogo y no me ha ayudado? En la próxima entrada hablo de ello.

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Entrenamiento del nervio vago

El nervio vago es una de las piezas clave para entender cómo funciona tu bienestar emocional y físico. No es solo un concepto de moda en psicología: es un sistema real, biológico, que conecta tu cerebro con órganos como el corazón, los pulmones o el intestino, influyendo directamente en cómo te sientes, cómo respondes al estrés y cómo te recuperas de él.

Forma parte del sistema nervioso parasimpático, encargado de ayudarte a salir del estado de alerta. Dicho de forma sencilla, es el sistema que le dice a tu cuerpo: “ya estás a salvo, puedes relajarte”. Cuando este sistema funciona de forma equilibrada (lo que se conoce como buen tono vagal), es más fácil regular las emociones, descansar bien, digerir correctamente y afrontar las dificultades con mayor claridad.

El problema es que vivimos en un contexto que activa constantemente el sistema de alerta: prisas, exigencia, sobrecarga mental, incertidumbre… Cuando esto se mantiene en el tiempo, el nervio vago pierde eficacia y el cuerpo se acostumbra a vivir en tensión. Esto no solo afecta al estado emocional, sino también al cuerpo: fatiga, problemas digestivos, dificultad para desconectar o sensación de estar siempre “en marcha”.

La buena noticia es que el nervio vago se puede entrenar. No desde la exigencia, sino desde la repetición de pequeñas experiencias de seguridad.

Algunas de las formas más eficaces de estimularlo son:

  • Respiración lenta y consciente: especialmente al alargar la exhalación. Esto envía una señal directa de calma al sistema nervioso.
  • Contacto con el cuerpo: prácticas como el mindfulness, el escaneo corporal o simplemente parar y notar sensaciones ayudan a reconectar.
  • Movimiento suave: caminar, estirarte o practicar yoga favorece la regulación del sistema.
  • Relaciones seguras: sentirte escuchado, acompañado o en conexión con otros regula profundamente el sistema nervioso.
  • Estimulación vocal: cantar, tararear o incluso hablar de forma calmada activa el nervio vago.
  • Rutinas de descanso: respetar pausas y tiempos de recuperación es clave para que el sistema pueda resetearse.

Entrenar el nervio vago no consiste en “estar siempre tranquilo”, sino en tener la capacidad de volver a la calma después del estrés. Es flexibilidad, no perfección.

Cuando empiezas a trabajar con tu sistema nervioso en lugar de luchar contra él, cambia la forma en la que te relacionas contigo mismo. Aparece más comprensión, más regulación y, poco a poco, más bienestar.

Porque la calma no es algo que se fuerza.

Es algo que el cuerpo aprende a permitir.

Te dejo ejercicios concretos, simples y aplicables en el día a día para estimular el nervio vago y favorecer la regulación del sistema nervioso:

1. Respiración con exhalación larga

Inhala por la nariz durante 4 segundos y exhala lentamente por la boca durante 6–8 segundos.

Hazlo durante 2–5 minutos.

👌🏼 La clave está en alargar la exhalación, porque activa directamente la respuesta de calma.

2. Tarareo o canto

Tararea una canción, canta o incluso haz sonidos suaves durante unos minutos.

👌🏼 La vibración en la garganta estimula el nervio vago a nivel fisiológico. Pasa por detrás. 

3. Agua fría en el rostro

Salpica tu cara con agua fría o aplica una compresa fría en mejillas y ojos durante 20–30 segundos.

👌🏼 Activa el llamado “reflejo de inmersión”, ayudando a reducir la activación.

4. Escaneo corporal

Cierra los ojos y lleva la atención lentamente por tu cuerpo (pies, piernas, abdomen, pecho, cara), sin cambiar nada, solo observando.

👌🏼Ayuda a reconectar con el cuerpo y salir del exceso de mente.

Te dejo mis dos escaneos corporales:

Aquí

Aquí

5. Balanceo suave

Siéntate y balancéate suavemente hacia delante y hacia atrás o de lado a lado.

👌🏼  El movimiento rítmico genera sensación de seguridad en el sistema nervioso.

6. Abrazo consciente 

Abrázate a ti mismo (o a alguien de confianza) durante al menos 20–30 segundos.

👌🏼 El contacto sostenido transmite seguridad y regula el sistema.

7. Mirada segura

Mira a tu alrededor lentamente y nombra (mentalmente o en voz baja) 5 cosas que ves.

👌🏼 Ayuda al cerebro a salir del modo amenaza y situarse en el presente.

8. Movimiento lento y consciente

Camina despacio prestando atención a cada paso o haz estiramientos suaves.

👌🏼 El cuerpo aprende que puede moverse sin estar en alerta.

9. Respiración con manos en el cuerpo

Coloca una mano en el pecho y otra en el abdomen. Respira notando el movimiento bajo tus manos.

👌🏼 Aumenta la sensación de seguridad interna.

10. Pausa de seguridad

Haz una pausa y pregúntate:

¿Ahora mismo estoy a salvo? ¿Dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo? 

👌🏼 Muchas veces el cuerpo sigue en alerta aunque el peligro ya no esté.

No necesitas hacerlos todos.

Lo importante es la regularidad, no la perfección. Pero empieza.

Pequeños momentos repetidos de calma son los que enseñan a tu sistema nervioso que puede soltar.

Ya me cuentas tu cambios!

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Carta a un hombre que duda sobre ir a terapia de pareja

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Quizá tu pareja te ha propuesto ir a terapia y tu primera reacción ha sido pensar:

“Yo no tengo ningún problema.”

“¿Para qué vamos a ir?”

“Eso es cosa suya.”

Si te soy sincera, esa reacción es más común de lo que imaginas.

Como psicóloga que trabaja con parejas, he visto muchas veces cómo los hombres llegan a ese momento con dudas, incomodidad o incluso con cierta sensación de amenaza. Y quiero decirte algo importante desde el principio: esas dudas son comprensibles.

Muchos hombres han crecido con la idea de que los problemas se solucionan solos, trabajando más duro, aguantando o pasando página. También han aprendido que hablar demasiado de emociones no sirve para nada o que abrirse puede hacerles quedar expuestos.

Con esos aprendizajes, es lógico que la idea de sentarte en una consulta para hablar de lo que ocurre en tu relación no resulte especialmente atractiva. Da igual la causa o lo que actúa de disparador propio o de tu pareja o del momento vital.

Pero la terapia de pareja no es lo que muchas personas imaginan.

No es un lugar donde alguien va a decirte que eres el culpable de lo que ocurre. No es un juicio. No es un interrogatorio.

La terapia es simplemente un espacio donde poder entender mejor lo que está pasando entre los dos. Venga de quien venga.

Muchas veces las discusiones, las diferencias, las necesidades de pareja no tienen tanto que ver con quién tiene razón, sino con algo más profundo: sentirse escuchado, valorado, importante para el otro.

Cuando esas necesidades no se sienten seguras, cada persona reacciona como sabe. Algunos atacan, otros se defienden, otros se callan o se distancian.

Y poco a poco se crea una dinámica donde ambos terminan sintiéndose incomprendidos.

En consulta no trabajamos para decidir quién está bien y quién está mal. Trabajamos para entender esa dinámica y ayudaros a salir de ella.

También quiero decirte algo que muchos hombres descubren cuando finalmente se animan a venir: La terapia no solo ayuda a la relación.

También puede ayudarte a entenderte mejor a ti mismo.

A comprender por qué ciertas conversaciones te resultan tan incómodas.

Por qué a veces prefieres callar o apartarte cuando hay tensión.

Por qué algunas discusiones parecen escalar más de lo que deberían.

Y cuando uno empieza a entenderse mejor, también encuentra formas nuevas de relacionarse.

No necesitas tener todas las respuestas para acudir a una primera sesión. No necesitas ir convencido al cien por cien. A veces basta con algo mucho más sencillo: curiosidad y verlo como una oportunidad.

La curiosidad de ver si ese espacio puede ayudaros a entenderos mejor.

La curiosidad de escuchar a tu pareja en un contexto diferente.

La curiosidad de comprobar que hablar no siempre significa discutir.

Ir a una primera sesión no te obliga a nada.

No significa que estés admitiendo que todo es culpa tuya.

Ni que la relación esté rota.

Significa simplemente que estás dispuesto a explorar si hay una manera mejor de entenderos y de cuidar lo que habéis construido juntos.

Y eso, lejos de ser una debilidad, suele ser un gesto de responsabilidad afectiva y de valentía.

Porque las relaciones importantes merecen, al menos, la oportunidad de ser comprendidas.

Artículos anteriores relacionados:

10 motivos para acudir a terapia de pareja. Aquí

Cuando una quiere ir a terapia de pareja y el otro no. Aquí

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Qué decir (y qué no decir) cuando un amigo tiene problemas psicológicos.

Reflexión para adolescentes y jóvenes, y para todos.

Durante la adolescencia y la juventud se viven muchas cosas intensas: cambios, dudas, presión social, expectativas, miedos, primeras pérdidas. No es extraño que, en algún momento, un amigo o una amiga empiece a apagarse, a aislarse, a estar triste casi todo el tiempo o a decir que no puede más. En unos casos se tiene un amigo/a con depresión en otras ansiedad, trastornos alimentarios, trastornos de conducta…y no sé sabe qué hacer, decir, no decir…en definitiva acompañar en un momento tan difícil a un amigo/a.

Una pregunta muy común:
¿Cómo le ayudo sin empeorar las cosas? Porque ni en el cole, instituto o en casa me lo han enseñado.

Cuando alguien que quieres no está bien

La mayoría de jóvenes quiere ayudar. El problema es que nadie nos enseña cómo acompañar el sufrimiento emocional. Aprendemos a escuchar problemas prácticos, pero no emociones profundas como la tristeza, la ansiedad o la desesperanza.

Por eso, muchas veces, desde el cariño, decimos frases que parecen positivas pero que pueden doler:

  • “No es para tanto”
  • “Tienes que ser fuerte”
  • “Todo el mundo pasa por eso”
  • “Pon más de tu parte”
  • “Anímate”

Estas frases no suelen ayudar porque hacen que la persona se sienta incomprendida o invalidada, como si lo que siente estuviera mal o fuera exagerado. Lo que genera rabia, frustración, impotencia, distancia…

Lo que sí ayuda: aprender a estar

Acompañar a alguien con depresión o malestar psicológico no es tener las palabras perfectas, es tener una actitud clara.

Algunas claves importantes:

  • Escucha más de lo que hablas. No hace falta responder a todo.
  • Valida lo que siente, aunque no lo entiendas del todo:
    “Siento que estés así”, “Debe ser muy duro para ti”.
  • Evita comparar con otras personas o situaciones.
  • Respeta su ritmo, pero no desaparezcas.

A veces, un simple “Estoy aquí contigo” es más poderoso que cualquier consejo.

Acompañar no es cargar con todo

Algo muy importante: no eres responsable de curar a tu amigo o amiga.
Acompañar no significa convertirte en su terapeuta ni guardar secretos que te superan.

Si tu amigo/a:

  • habla de hacerse daño
  • dice que no quiere vivir
  • se aísla completamente
  • o notas que la situación te desborda,

pedir ayuda a un adulto de confianza o a un profesional no es traicionar. Es cuidar. A veces, es la mejor forma de ayudar de verdad.

Cuidarte también es importante

Estar cerca de alguien que sufre puede afectar mucho. Puedes sentir culpa, miedo, cansancio o frustración. Eso no te hace mala persona, te hace humano.

Pregúntate también:

  • ¿Cómo estoy yo con esto?
  • ¿Tengo con quién hablar?
  • ¿Hasta dónde puedo acompañar sin hacerme daño?

Cuidar de otro no debería implicar dejarte de lado.

En un mundo donde parece que siempre hay que estar bien, hablar de depresión sigue siendo difícil. Pero el silencio duele más que la imperfección.

Aprender qué decir, qué no decir y cuándo pedir ayuda es una habilidad emocional fundamental.
Hablar de salud físico-mental entre amigos puede fortalecer vínculos, aliviar soledad y, en algunos casos, salvar vidas.

Si eres adolescente o joven, recuerda:
👉 No necesitas saberlo todo para acompañar bien.
👉 Tu presencia importa.
👉 Y pedir ayuda también es una forma de querer.

Un abrazo a todos.

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Día del padre, una oportunidad.

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Hoy, en el Día del Padre, es una oportunidad para mirar esta relación con más profundidad. Porque hablar de padres no es hablar solo de amor incondicional o de agradecimiento, también es abrir espacio a la complejidad.

Hay padres que han sabido acompañar, sostener y validar. Padres que enseñaron a expresar emociones, a confiar, a sentirse suficiente. Y hay otros que, desde sus propias limitaciones, ausencias o heridas, no pudieron hacerlo de la manera que un hijo necesitaba, necesita.

Y ambas realidades dejan huella.

La relación con nuestro padre influye en cómo nos comunicamos, en cómo gestionamos lo que sentimos, en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos y a los demás. Puede marcar nuestra autoestima, nuestra forma de vincularnos, nuestra necesidad de control o nuestro miedo al rechazo. A veces, incluso, ese impacto aparece en forma de dolor que no siempre sabemos nombrar.

Pero entender esto no es para quedarnos atrapados en el pasado, sino para darle sentido.

Hablar de la relación entre padres e hijos es hablar de una de las experiencias más influyentes en la vida de una persona. No es una relación estática, cambia con el tiempo, evoluciona… pero también arrastra huellas que, si no se revisan, pueden acompañarnos durante años.

En la infancia, los hijos necesitan sentirse seguros, vistos y validados. Cuando esto ocurre, se construyen bases sólidas: una autoestima más sana, una mayor confianza en el mundo y una mejor capacidad para identificar y expresar emociones. Sin embargo, cuando predominan las críticas, la exigencia, la ausencia emocional o la invalidación, pueden aparecer sentimientos de inseguridad, miedo o la sensación de no ser suficiente. Muchos niños aprenden a silenciar lo que sienten o a adaptarse en exceso para recibir amor, sin entender del todo qué les ocurre.

Durante la adolescencia, la necesidad principal cambia: aparece la búsqueda de identidad y autonomía. Es una etapa intensa, donde las emociones se viven con mayor fuerza y la necesidad de ser comprendido se vuelve clave. Aquí, los conflictos con los padres suelen girar en torno a la comunicación, el control o la falta de límites claros. Algunos adolescentes se sienten incomprendidos o poco escuchados; otros, excesivamente controlados o, por el contrario, desorientados ante la falta de guía. En este momento vital, la forma en que los padres acompañan puede influir directamente en cómo el joven se percibe a sí mismo y en cómo aprende a relacionarse con la autoridad, los límites y su propio mundo emocional.

En la edad adulta, la relación con los se transforma. Es frecuente que emerjan con más claridad las heridas no resueltas: emociones como el resentimiento, la tristeza o la distancia. También pueden aparecer patrones aprendidos que se repiten en otras relaciones, como en la pareja o en la propia crianza. Dificultades para poner límites, una autoestima frágil o una necesidad constante de aprobación pueden tener su origen en esas primeras experiencias. A veces, además, surge un proceso más profundo: el duelo por lo que no fue, por aquello que se necesitó y no estuvo disponible.

Porque ser padre no es fácil. Cada uno educa con lo que recibió, con lo que pudo aprender y con las herramientas que tiene en ese momento. Pero tampoco es fácil ser hijo. Especialmente cuando lo emocional no ha sido acompañado como se necesitaba.

Por eso, este día puede ser también un espacio de conciencia.
Para agradecer lo que sí estuvo.
Para reconocer lo que dolió.
Y, sobre todo, para responsabilizarnos de lo que hacemos hoy con esa historia. Porque hoy hay muchos más recursos disponibles para hacerlo mejor.

Porque aunque no elegimos de dónde venimos, sí podemos elegir cómo seguimos. Podemos aprender a comunicarnos de otra manera, a relacionarnos desde un lugar más sano, a tratarnos con más respeto y a cortar dinámicas que no queremos repetir.

Y en ese proceso, a veces, también aparece algo importante: la posibilidad de mirar a nuestros padres con más humanidad. No para justificarlo todo, sino para comprender que, detrás de su forma de ser padres, también hay una historia. Y que no se trata de quien tienen razón sino de querer entender y respetar las razones por las que cada parte actúa como actúa.

Ahí es donde aparece la verdadera oportunidad: no en tener una historia perfecta, sino en ser capaces de comprenderla, integrarla y transformarla. Por ambas partes.

Hoy no es solo un día para celebrar.
Es un día para comprender, integrar y, si hace falta, empezar a sanar.

Te abrazo si eres padre, te abrazo si eres hijo.

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10 motivos para acudir a terapia de pareja

Muchas personas piensan que la terapia de pareja solo es necesaria cuando la relación está al borde de romperse. Sin embargo, la realidad es muy diferente. La terapia no solo sirve para “arreglar” problemas graves, sino también para entender la relación, mejorar la comunicación y fortalecer el vínculo emocional.

Cada relación atraviesa momentos de dificultad o desacuerdo, y muchas veces las parejas se ven atrapadas en patrones que se repiten: discusiones que no se resuelven, distancia emocional, sentimientos de incomprensión o conflictos que parecen no tener salida. Estos patrones no significan necesariamente que la relación esté “fracasando”, sino que existe un espacio de mejora y aprendizaje que, con ayuda profesional, puede transformarse en crecimiento para ambos.

Además, la terapia ofrece un espacio neutral, seguro y respetuoso para expresar emociones, reflexionar sobre necesidades propias y de la pareja, y tomar decisiones conscientes sobre la relación, lejos de juicios y reproches.

A continuación, algunos de los motivos más frecuentes por los que las parejas acuden a terapia:

1. Dificultades en la comunicación

Muchas parejas no tienen necesariamente grandes problemas, pero sí formas de comunicarse que terminan generando distancia o conflicto:

  • discusiones que se repiten una y otra vez
  • sentirse poco escuchado o comprendido
  • evitar ciertos temas por miedo a discutir
  • conversaciones que terminan en reproches o silencios

La terapia ayuda a aprender nuevas formas de comunicarse y escucharse.

2. Conflictos recurrentes que no se resuelven

Hay temas que se repiten durante años: organización de la casa, familia política, dinero, tiempo juntos, crianza…
La sensación suele ser: “Siempre acabamos discutiendo por lo mismo”.

La terapia permite entender qué hay realmente debajo de esos conflictos y cambiar la dinámica.

3. Distanciamiento emocional

Algunas parejas no discuten demasiado, pero sienten que la relación se ha vuelto más fría o distante:

  • menos conversaciones profundas
  • sensación de vivir como compañeros de piso
  • pérdida de complicidad o intimidad

La terapia puede ayudar a reconectar emocionalmente.

4. Crisis importantes en la relación

Algunas situaciones generan un impacto fuerte en la pareja:

  • infidelidades
  • mentiras o pérdida de confianza
  • crisis vitales o cambios importantes
  • momentos de replanteamiento de la relación

La terapia ofrece un espacio seguro para procesar lo ocurrido y decidir cómo seguir.

5. Diferencias en valores o proyectos de vida

A veces aparecen desacuerdos importantes sobre temas como:

  • tener o no hijos
  • forma de educarlos
  • estilo de vida
  • prioridades laborales o personales

La terapia ayuda a explorar estas diferencias y encontrar acuerdos o comprensiones mutuas.

6. Problemas relacionados con la intimidad o la sexualidad

Las dificultades en la vida sexual son más frecuentes de lo que se suele hablar y pueden generar frustración, inseguridad o distancia.
La terapia permite abordar estos temas con respeto y sin juicio.

7. Momentos de transición vital

Algunas etapas ponen a prueba la relación:

  • nacimiento de un hijo
  • adolescencia de los hijos
  • cambios laborales
  • enfermedad
  • duelo
  • jubilación

La terapia ayuda a adaptarse juntos a estos cambios.

8. Sentimiento de soledad dentro de la relación

Una de las frases más dolorosas que se escucha en consulta es:
“Me siento solo/a aunque esté en pareja.”

La terapia puede ayudar a comprender por qué aparece esa sensación y cómo reconstruir el vínculo.

9. Dudas sobre continuar o no con la relación

En ocasiones uno o ambos miembros de la pareja se plantean si quieren seguir juntos.
La terapia puede ayudar a clarificar sentimientos y tomar decisiones más conscientes, ya sea para fortalecer la relación o, si es necesario, despedirse de ella de manera respetuosa y sana, evitando heridas innecesarias y promoviendo un cierre que favorezca el crecimiento personal de ambos.

10. Crecer como pareja

No todas las parejas llegan en crisis. Algunas simplemente desean:

  • mejorar su relación
  • conocerse mejor
  • prevenir conflictos futuros
  • fortalecer su vínculo

La terapia puede ser un espacio de cuidado y crecimiento relacional, donde ambos miembros aprenden a comprenderse y acompañarse mutuamente de manera más consciente.

Una idea importante

Ir a terapia de pareja no significa que la relación esté fracasando.
Muchas veces significa justo lo contrario: hay suficiente compromiso como para querer entender lo que ocurre y cuidar el vínculo.

Y algo que muchas parejas descubren cuando empiezan es que no se trata de encontrar culpables, sino de comprender las dinámicas que se han ido creando entre ambos y decidir cómo evolucionar juntos… o separarse de manera consciente y respetuosa si eso es lo más saludable.

Te puede interesar leer la anterior entrada Aquí Cuando una quiere ir a terapia de pareja y el otro no.

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Cambio de amistades en la adolescencia

Querido padre y madre:

La adolescencia es una etapa en la que las amistades empiezan a tener un peso muy importante en la vida de los hijos. A través de ellas no solo comparten tiempo y experiencias, sino que también van construyendo su identidad, su autoestima y su manera de relacionarse con los demás.

En este proceso es normal que aparezcan cambios en los grupos de amigos, conflictos, decepciones o momentos en los que se sienten excluidos o tratados de una forma que les hace daño. Aunque para los adultos pueda parecer algo “propio de la edad”, para ellos suele ser vivido con mucha intensidad.

Por eso, más que intentar resolver rápidamente la situación o decirles qué deberían hacer, es muy valioso acompañarles a reflexionar sobre lo que sienten y sobre cómo les tratan las personas con las que se relacionan. Estas conversaciones les ayudan a desarrollar algo fundamental para su vida: aprender a reconocer relaciones que les hacen bien, fortalecer su autoestima y empezar a poner límites cuando algo no les hace sentir respetados.

Cuando los padres cuentan con herramientas para escuchar, preguntar y acompañar sin juzgar, se convierten en una base segura desde la que los hijos pueden aprender a elegir amistades más sanas y a cuidarse en sus relaciones.

Acompañar estos procesos no significa evitarles todas las dificultades, sino ayudarles a comprender lo que viven, poner palabras a sus emociones y aprender poco a poco a darse el valor que merecen en sus relaciones.

¿Estás preparado/a? ¿Sientes que antes necesitas trabajarte en ciertas habilidades?

Para ti, adolescente:

A lo largo de la vida vamos conociendo a muchas personas y no todas las amistades nos hacen sentir igual. Algunas nos hacen sentir tranquilas, valoradas y libres para ser quienes somos. Otras veces, en cambio, podemos sentirnos confundidas, poco escuchadas o como si tuviéramos que esforzarnos mucho para encajar.

Cuando algo así pasa, no significa que haya “algo mal” en ti. A veces simplemente estamos aprendiendo qué tipo de relaciones nos hacen bien y cuáles no encajan tanto con lo que necesitamos.

Por eso vamos a hacer un pequeño ejercicio de reflexión. La idea no es juzgar a nadie ni decidir rápidamente quién es bueno o malo, sino mirar con calma cómo te has sentido tú en tus diferentes amistades desde tu infancia. A veces, cuando comparamos nuestras experiencias, podemos entender mejor qué cosas nos hacen sentir bien, qué cosas nos duelen y qué tipo de personas nos gustaría tener cerca.

Tus sentimientos son una información muy valiosa. Escucharlos te puede ayudar a cuidarte, valorarte más y elegir relaciones donde te sientas respetada y tranquila siendo tú misma.

Vamos a empezar pensando primero en cómo fue tu experiencia con tus amigas anteriores y después en cómo te sientes con tus nuevas amigas.

Preguntas sobre sus amigas anteriores

  • ¿Cómo te sentías normalmente cuando estabas con tus amigas anteriores?
  • ¿Qué cosas te gustaban de esa amistad?
  • ¿Qué cosas te hacían sentir incómoda o triste?
  • ¿Te sentías escuchada cuando contabas algo importante para ti?
  • Cuando había un problema, ¿cómo lo resolvíais?
  • ¿Sentías que podías ser tú misma o a veces tenías que adaptarte para encajar?
  • ¿Había momentos en los que te sentías excluida o poco importante?
  • ¿Qué aprendiste de esas amistades?
  • Si pudieras cambiar algo de cómo te trataron, ¿qué sería?

Preguntas sobre las nuevas amigas

  • ¿Cómo te sientes cuando estás con tus nuevas amigas?
  • ¿Qué cosas hacen que te hacen sentir bien?
  • ¿En qué momentos sientes que te escuchan o te tienen en cuenta?
  • ¿Te sientes más libre para ser tú misma con ellas?
  • ¿Qué tipo de cosas hacéis juntas que disfrutas?
  • Cuando no estás con ellas, ¿cómo te quedas emocionalmente?
  • ¿Sientes que te respetan cuando dices lo que piensas?
  • ¿Qué es lo que más valoras de estas nuevas amistades?

Preguntas para comparar y tomar conciencia

  • Si comparas cómo te sentías antes y cómo te sientes ahora, ¿qué notas diferente?
  • ¿Con qué grupo te has sentido más tranquila siendo tú misma?
  • ¿Dónde has sentido más respeto hacia ti?
  • ¿En qué grupo te has sentido más valorada?
  • ¿Con quién te sientes más libre de decir lo que piensas?
  • ¿Qué tipo de amistades te gustaría seguir teniendo en tu vida?
  • ¿Qué has aprendido sobre lo que necesitas en una amistad?

¿Cómo te gustaría que fueran las amistades que te acompañen en tu vida?

Esta pregunta está creada para ayudarte  a conectar con sus valores y no solo con lo que ha pasado.

Ahora te propongo 3 ejercicios sencillos y muy poderosos.

  1. El termómetro de las amistades

Te invito a indagar como estásdespués de estar con cada grupo de amigas/os.

  • Cuando quedabas con tus amigas anteriores, ¿cómo te sentías al volver a casa?
  • ¿Con más energía o más cansada emocionalmente?
  • ¿Te sentías tranquila o con muchas dudas en la cabeza?
  • ¿Sentías que podías ser tú misma o que tenías que esforzarte mucho para encajar?

Ahora con las nuevas amigas/os:

  • ¿Cómo te sientes después de estar con ellas?
  • ¿Qué emociones aparecen más: alegría, tranquilidad, inseguridad, presión…?


¿Qué tipo de personas hacen que tu “termómetro emocional” suba y cuáles lo bajan?

2. Las amistades que suman y las que restan

Puedes dibujar dos columnas:

Amistades que suman                                         Amistades que restan

Preguntas para ayudarle a reflexionar:

  • ¿Qué hacen las personas que te hacen sentir bien?
  • ¿Cómo te tratan cuando cometes un error?
  • ¿Cómo te hablan?
  • ¿Cómo te sientes cuando estás con ellas?
  • ¿Qué hacen las personas que te hacen sentir pequeña o incómoda?
  • ¿Qué cosas hacen que te hagan dudar de ti?
  • ¿Qué comportamientos te hacen daño?


¿En qué columna pondrías a tus antiguas amigas? ¿Y a las nuevas?

3. La prueba de la mejor amiga

Este ejercicio ayuda mucho a despertar autoestima y límites.

Pregúntate:

  • Si tu mejor amiga estuviera viviendo exactamente lo que tú viviste con tus antiguas amigas, ¿qué le dirías?
  • ¿Le dirías que merece ese trato o que merece algo mejor?
  • ¿Qué consejo le darías?

Después:

  • ¿Te mereces tú algo diferente?
  • ¿Qué tipo de personas crees que encajan más con lo que tú mereces?

Crecer también significa ir descubriendo qué tipo de personas queremos cerca en nuestra vida. No todas las amistades duran para siempre, y eso no es un fracaso, sino parte del camino de conocernos mejor.

Cada experiencia con otras personas nos enseña algo: qué nos hace sentir bien, qué nos duele y qué tipo de relaciones nos ayudan a ser nosotros mismos. Escuchar cómo te sientes cuando estás con alguien es una forma muy importante de cuidarte.

Recuerda que mereces amistades donde te sientas respetado, escuchado y valorado. Personas con las que puedas reír, equivocarte, ser tú mismo y sentirte tranquilo.

A veces crecer también implica tomar decisiones valientes: poner límites, alejarte de lugares donde no te sientes bien y acercarte a quienes sí te tratan con respeto.

Porque rodearte de personas que te hacen bien no es solo una elección…
es una forma de darte el valor que mereces.

Te abrazo,

Yolanda Cuevas

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Una nueva mirada para la salud

He tenido la oportunidad de compartir una jornada con el Dr. José Luis Marín organizada por la Asociación TCA de Aragón. Tras su intervención pude felicitarle, agradecerle su labor y compartir también mi propia experiencia profesional cuando decides trabajar “a contracorriente”.

En 2012 tomé la decisión de trabajar desde el abordaje del trauma y las experiencias adversas, incorporando EMDR a mi práctica clínica. En aquel momento, se me miraba “raro”. Hablar de trauma, de apego, de historia vital, no era lo habitual en muchos contextos clínicos. Catorce años después, algunos de aquellos colegas hoy se están formando precisamente en trauma y apego.

Eso me reafirma en algo profundamente importante: la ciencia evoluciona, pero también lo hace nuestra mirada.

Elegí mirar a la persona, no a la etiqueta diagnóstica. Elegí no reducir el sufrimiento a un manual. Elegí no depositar toda la esperanza en la medicación, ni asumir como incuestionable lo que durante décadas se dio por sentado. Y eso me permitió trabajar desde otro lugar: desde el vínculo, desde la comprensión, desde la historia.

Para mí hay ideas que son clave:

  • La historia de nuestra vida cuenta más de lo que creemos. Por eso la pregunta “¿qué te pasa?” necesita transformarse en “¿qué te ha pasado?”. No es lo mismo hablar de un fallo que de una herida.
  • La medicación puede ser un recurso valioso, pero no es un milagro. No debería haber medicación sin un espacio terapéutico que escuche, integre y dé sentido. Cuando solo tratamos el síntoma, sin ir a la raíz, el alivio puede convertirse en dependencia.
  • El motivo de consulta suele ser el síntoma, pero el síntoma no es el problema: es la señal. Es el lenguaje del cuerpo y del sistema nervioso intentando adaptarse a algo que fue demasiado.
  • Medicalizar y patologizar el sufrimiento humano no siempre es la solución. A veces lo que llamamos “trastorno” es una respuesta coherente a experiencias incoherentes.
  • No existe salud mental por un lado y salud física por otro. Existe salud. Cuerpo y mente están profundamente unidos. El cuerpo recuerda. El cuerpo revive. El cuerpo reacciona a la historia vivida, incluso cuando la mente intenta olvidar.
  • El trauma y las experiencias adversas necesitan ser escuchadas, comprendidas, elaboradas y procesadas. No desaparecen porque las ignoremos. El pasado no está pasado, está presente.
  • La etiqueta diagnóstica puede aliviar a corto plazo porque ofrece una explicación, pero también puede limitar y condicionar la identidad si no se maneja con cuidado. El objetivo no es que alguien “aprenda a convivir con su etiqueta”, sino que gane autonomía y capacidad de autorregulación.
  • Detrás del malestar siempre hay múltiples factores: biológicos, psicológicos, relacionales, sociales y estructurales. Solo una mirada amplia permite una intervención profunda y cambios a futuro.

Trabajar desde el trauma no es buscar culpables, es buscar comprensión. No es revivir el dolor, es integrarlo. No es anclarse en el pasado, es liberar el presente.

Y lo más esperanzador de todo: el sistema nervioso puede repararse. El vínculo sana. El cerebro cambia incluida la química. La persona no está rota; se adaptó como pudo.

Seguir apostando por ver personas y no enfermedades, historias y no etiquetas, procesos y no solo síntomas, es para mí un compromiso ético y humano.

Y cada vez somos más.

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Primeros pasos de atención psicológica en las primeras 24 horas tras una catástrofe

Tras una catástrofe, un accidente grave o una situación altamente impactante, el sistema nervioso de las personas se encuentra en estado de alarma. En esas primeras horas, la prioridad no es comprender lo ocurrido ni elaborar emocionalmente el suceso, sino proteger, contener y regular. Lo que hagamos y lo que evitemos en las primeras 24 horas puede marcar una gran diferencia en la forma en que el impacto traumático se asienta o se amortigua.

En las primeras 24 horas no se hace terapia, se protege, contiene y regula.
El objetivo es reducir el impacto traumático, no elaborar lo ocurrido.

1.Garantizar seguridad real y percibida

Antes de cualquier intervención emocional:

  • Confirmar que la persona está a salvo
  • Alejarla de estímulos estresantes (ruido, imágenes, caos)
  • Proporcionar abrigo, agua, comida si es posible

👉 El cerebro no puede calmarse si no percibe seguridad.

2.Contacto humano tranquilo y respetuoso

  • Presentarse con nombre y función
  • Hablar despacio, tono bajo
  • Mantener contacto visual sin invadir
  • Respetar el espacio personal

La regulación se transmite de sistema nervioso a sistema nervioso.

3.Normalizar sin minimizar

Frases útiles:

  • “Lo que estás sintiendo es una reacción normal ante algo muy duro”
  • “No hay una forma correcta de reaccionar”
  • “Ahora mismo no tienes que entender nada”

Evitar:

  • “Tienes que ser fuerte”
  • “Todo pasa por algo”
  • “Cálmate”

4️.Regular el cuerpo (intervención clave)

Antes de preguntar o hablar del suceso:

  • Invitar a apoyar los pies en el suelo
  • Respiraciones lentas, acompañadas
  • Pedir que mire alrededor y nombre objetos
  • Facilitar movimientos suaves

👉 Esto reduce la activación y previene fijación traumática.

5.No forzar el relato

  • No pedir detalles del evento
  • No hacer preguntas innecesarias
  • Escuchar solo si la persona necesita hablar

Contar no siempre ayuda en las primeras horas.

6.Identificar necesidades básicas inmediatas

Preguntas simples:

  • “¿Hay alguien a quien necesites avisar?”
  • “¿Necesitas medicación, agua, abrigo?”
  • “¿Hay algún familiar o persona de apoyo?”

Cubrir lo práctico es intervención psicológica.

7. Proteger de la sobreexposición

  • Limitar acceso a imágenes o noticias
  • Evitar que la persona vuelva al lugar del impacto si no es necesario
  • Proteger especialmente a niños

8.Favorecer el contacto con figuras de apego

  • Reunir a familiares cuando sea posible
  • Facilitar que no estén solos

El trauma se amortigua en vínculos seguros.

9.Cerrar la intervención con orientación clara

Antes de terminar el contacto:

  • Explicar posibles reacciones normales en las próximas horas o días
  • Indicar qué señales requieren ayuda profesional
  • Asegurar continuidad de apoyo si es posible

10.Cuidar a los intervinientes

En las primeras 24 h también es clave:

  • Rotar turnos
  • Pausas de regulación
  • No acumular exposición continua

El trauma vicario también cuenta.

Señales de alarma inmediatas

Derivar de forma prioritaria si aparece:

  • Desorientación severa
  • Conductas de riesgo
  • Bloqueo extremo o disociación intensa
  • Riesgo suicida
  • Pérdida total de contacto con la realidad

En las primeras 24 horas tras una catástrofe, la mejor atención psicológica es presencia calmada, seguridad, cuerpo regulado y acompañamiento humano.

La próxima entrada: Por qué la primera atención psicológica tras una catástrofe influye en la recuperación posterior

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