Yolanda Cuevas Ayneto

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Cuando se lesiona el cuerpo, también se lesiona algo por dentro: la recuperación psicológica del deportista

Una lesión deportiva nunca afecta únicamente a un músculo, un tendón, una articulación o un hueso.

A veces rompe también un proyecto.

Un comienzo de temporada.
Una convocatoria.
Una marca que parecía cercana.
Un fichaje.
Una renovación.
Una beca.
Una competición que llevaba meses preparando.
La posibilidad de demostrar algo.
O simplemente ese lugar en el que una persona se sentía fuerte, competente y feliz.

Por eso, cuando un deportista se lesiona, podemos estar muy pendientes de la resonancia, del diagnóstico, de los plazos, de la fisioterapia, de la fuerza, de la movilidad y de cuándo podrá volver a entrenar.

Y olvidarnos de preguntarle algo mucho más sencillo:

“¿Cómo estás llevando todo esto?”

Porque mientras rehabilitamos el cuerpo, puede estar ocurriendo otra rehabilitación mucho menos visible.

La de la mente.

Una lesión puede sentirse como una pequeña ruptura en la propia vida

Desde fuera puede parecer:

“Son unas semanas”.

“Ya volverás”.

“Podría haber sido peor”.

“Tienes que pensar en positivo”.

Pero quien se lesiona no vive solamente el número de semanas que aparece en el informe médico.

Vive lo que esas semanas significan.

Para un deportista profesional pueden significar contrato, rendimiento, dinero, posición dentro del equipo o miedo a perder una oportunidad.

Para un adolescente pueden significar quedarse fuera mientras sus compañeros siguen jugando, perder su sitio o sentir que está decepcionando a su entrenador.

Para un niño puede significar no entender por qué ya no puede hacer aquello que más le gusta.

Para un deportista amateur puede significar perder su principal forma de desconectar, relacionarse, regular el estrés o sentirse bien consigo mismo.

Por eso dos personas con exactamente la misma lesión pueden vivirla psicológicamente de maneras completamente diferentes.

La evidencia científica reconoce que las respuestas emocionales y cognitivas después de una lesión influyen en el proceso de rehabilitación y en el regreso al deporte. Pueden aparecer miedo, frustración, ansiedad, tristeza, irritabilidad, pérdida de confianza o preocupación por una nueva lesión.

Y ninguna de estas respuestas significa que el deportista sea débil.

Significa que aquello que acaba de ocurrir importa.

Cuando aparece el “¿por qué ahora?”

Hay lesiones que duelen especialmente por el momento en el que llegan.

Justo cuando estabas mejor.

Cuando acababas de subir de categoría.

Cuando habías conseguido un contrato.

Cuando empezabas a ganar minutos.

Cuando te habían aumentado el sueldo.

Cuando habías trabajado todo el verano.

Cuando por fin estabas disfrutando otra vez.

Y entonces la pregunta no es solamente:

“¿Cuánto tardaré en recuperarme?”

Aparecen muchas más:

“¿Y si pierdo mi puesto?”

“¿Qué pensará el club?”

“¿Y si he decepcionado a quienes confiaron en mí?”

“¿Y si ahora no doy el nivel?”

“¿Y si fichan a otra persona?”

“¿Y si no vuelvo a ser el mismo?”

“¿Por qué me pasa justo ahora?”

“¿Y si vuelvo y me rompo otra vez?”

Ahí empieza una parte de la lesión que no aparece en ninguna resonancia.

La culpa del deportista lesionado

Hay algo que veo especialmente importante trabajar: la culpa.

El deportista puede sentirse culpable por lesionarse.

Y racionalmente resulta extraño: nadie decide lesionarse.

Pero emocionalmente pueden aparecer pensamientos como:

“Acaban de confiar en mí y ahora no puedo responder”.

“Me están pagando y no estoy jugando”.

“Estoy fallando al equipo”.

“Mis compañeros están haciendo el trabajo y yo no”.

“He defraudado al entrenador”.

“Tenía que haber hecho algo diferente”.

La responsabilidad profesional no debe confundirse con culpabilidad.

Lesionarse forma parte del riesgo inherente al deporte.

Un contrato no se firma únicamente con el deportista sano de hoy. Se firma con una persona que practica una actividad en la que existen rendimiento, carga, incertidumbre, enfermedad y lesión.

Estar lesionado no convierte al deportista en menos comprometido.

Y recuperarse adecuadamente también forma parte de su trabajo.

Hay un duelo deportivo

Sin necesidad de patologizar una lesión, sí podemos entender que contiene elementos propios de una pérdida.

Temporalmente se pierde algo.

La rutina.

El entrenamiento.

La competición.

La sensación de progreso.

El contacto diario con determinados compañeros.

La autonomía.

La confianza en el cuerpo.

A veces incluso se pierde momentáneamente una parte de la identidad.

Y pueden aparecer tristeza, rabia, incredulidad, frustración, negociación mental o momentos de aceptación y otros de desesperanza.

No necesariamente en un orden determinado.

La recuperación emocional tampoco es lineal.

Puedes estar animado el lunes y hundirte el miércoles después de ver entrenar al equipo.

Puedes avanzar físicamente mucho y sentirte peor psicológicamente.

Puedes recibir una buena noticia médica y continuar teniendo miedo.

Todo eso puede formar parte del proceso.

Cuando “soy deportista” ocupa demasiado espacio

Para muchos deportistas el deporte no es simplemente algo que hacen.

Es una parte fundamental de quienes son.

“Soy futbolista.”

“Soy nadadora.”

“Soy corredor.”

“Soy gimnasta.”

“Soy tenista.”

Desde edades muy tempranas, gran parte de su tiempo, amistades, reconocimiento, objetivos y autoestima pueden haberse construido alrededor del rendimiento deportivo.

Esto tiene aspectos maravillosos.

Pero también puede hacer especialmente difícil una lesión.

Si una persona siente que vale principalmente por lo que consigue deportivamente, cuando temporalmente deja de competir puede aparecer una pregunta muy dolorosa:

“¿Quién soy cuando no puedo hacer lo que mejor sé hacer?”

La identidad deportiva es uno de los factores psicológicos relevantes en la experiencia de una lesión y en sus consecuencias.

Por eso una rehabilitación completa también puede ayudar al deportista a recordar:

Practicas deporte. Te apasiona. Puede ser incluso tu profesión. Pero eres mucho más que tu rendimiento.La lesión también puede romper la confianza en el cuerpo

Antes de lesionarte corrías, saltando, girabas o chocabas sin analizar cada movimiento.

Después, el cerebro puede empezar a vigilar.

“¿He notado algo?”

“¿Eso ha tirado?”

“¿Estaré forzando?”

“¿Y si vuelve a pasar?”

El cuerpo que antes era aliado puede convertirse durante un tiempo en algo que inspeccionar constantemente.

Y esto es especialmente frecuente cuando la lesión fue importante, dolorosa, inesperada o recurrente.

Una persona puede estar físicamente preparada para realizar un movimiento y, sin embargo, frenar inconscientemente.

No entrar igual al contacto.

No apoyar igual.

Reducir velocidad.

Dudar antes de saltar.

Evitar determinadas acciones.

El miedo a una nueva lesión es uno de los factores psicológicos más estudiados en el retorno deportivo y aparece con frecuencia entre las razones por las que algunos atletas no recuperan su nivel previo de participación.

Esto nos lleva a una idea fundamental:

Estar recuperado físicamente y sentirse preparado psicológicamente no son exactamente lo mismo.

La preparación psicológica para volver al deporte se relaciona con el retorno deportivo y constituye una dimensión relevante de la recuperación.

Y si además es una recaída…

Una segunda lesión o una lesión que aparece poco después de recuperarse puede tener un impacto diferente.

Porque el deportista ya sabe lo que viene.

Conoce las pruebas.

La rehabilitación.

Las semanas sin competir.

Los ejercicios repetidos.

La pérdida de condición física.

La espera.

Y puede aparecer rápidamente:

“Otra vez no.”

También puede romperse una creencia que se había reconstruido:

“Ya estaba bien.”

“Pensaba que esto había terminado.”

“Había vuelto a confiar.”

Por eso, ante una recaída, no siempre funciona decir:

“Ya lo superaste una vez, lo volverás a hacer.”

Probablemente sea cierto.

Pero antes puede necesitar escuchar:

“Entiendo que esta vez te duela especialmente porque acababas de recuperar tu vida deportiva.”

Validar no significa alimentar el miedo.

Significa no obligar a la persona a esconderlo.

El peligro de convertir cada día de rehabilitación en un examen

Hay deportistas que afrontan la recuperación con la misma exigencia con la que compiten.

Y entonces aparece otra trampa:

“Hoy tendría que estar mejor.”

“Debería doblar más.”

“Debería correr ya.”

“Fulano volvió antes.”

“Si me duele significa que voy mal.”

“Necesito recuperar cuanto antes el tiempo perdido.”

Pero el organismo no funciona siguiendo nuestra impaciencia.

Una recuperación contiene avances, estancamientos y días mejores o peores.

Por eso conviene sustituir:

“¿Cuánto me falta?”

por preguntas como:

“¿Qué toca trabajar hoy?”

“¿Qué pequeña mejora puedo observar?”

“¿Qué depende de mí?”

“¿Qué necesita mi cuerpo ahora?”

El objetivo psicológico no es dejar de desear volver.

Es conseguir que el deseo de volver no sabotee el proceso necesario para hacerlo bien.


Lo que sí ayuda psicológicamente durante una lesión

1. Tener información clara

La incertidumbre alimenta la ansiedad.

Necesitamos que el deportista pueda comprender qué lesión tiene, qué se está haciendo, qué se espera aproximadamente en cada fase y cuáles son los criterios de progresión.

No se trata de prometer fechas imposibles.

Se trata de reducir incertidumbre innecesaria.

2. Dividir una recuperación larga en objetivos pequeños

Pensar:

“Me quedan seis meses”

puede resultar abrumador.

Pensar:

“Esta semana el objetivo es recuperar este rango de movimiento”

resulta mucho más manejable.

El establecimiento de objetivos se utiliza como una de las estrategias psicológicas dentro de la rehabilitación deportiva.

No todo progreso se mide en partidos jugados.

A veces progreso significa doblar cinco grados más.

Dormir mejor.

Sentir menos dolor.

Volver al gimnasio.

Correr diez minutos.

Hacer un cambio de dirección.

Entrenar parcialmente con el grupo.

3. Mantener al deportista conectado con su entorno

Cuando un jugador se lesiona existe el riesgo de que desaparezca también socialmente.

El equipo entrena.

Viaja.

Compite.

Celebra.

Y el lesionado comienza otro calendario completamente diferente: médicos, gimnasio, fisioterapia y casa.

Siempre que las circunstancias lo permitan, sentirse parte del grupo importa.

Una lesión debería apartar temporalmente al deportista de determinadas tareas físicas.

No necesariamente del equipo.

4. Permitir emociones desagradables

Un deportista puede estar enfadado.

Triste.

Asustado.

Cansado.

Envidiar durante un momento a quien está jugando.

No querer ver un partido algún día.

Sentirse harto de rehabilitar.

Tener pensamientos negativos.

La salud psicológica no consiste en mantenerse permanentemente motivado.

Consiste en poder experimentar esas emociones sin quedarse atrapado en ellas ni interpretar su aparición como fracaso.

5. Trabajar lo que sí depende de él

Una lesión contiene muchas variables incontrolables.

Pero todavía existen parcelas de control:

Cumplir la rehabilitación.

Dormir.

Alimentarse adecuadamente.

Comunicar dolor y sensaciones.

Mantener las rutinas posibles.

Trabajar psicológicamente.

Cuidar otras áreas de la vida.

Preparar mentalmente el retorno.

La sensación de agencia protege frente a esa experiencia tan desagradable de sentir que “mi carrera está ahora en manos de algo que no controlo”.

6. Utilizar entrenamiento psicológico

La rehabilitación puede incorporar herramientas como:

  • establecimiento de objetivos;
  • técnicas de relajación;
  • visualización e imaginería;
  • regulación emocional;
  • trabajo con pensamientos;
  • autodiálog
  • mindfulness;
  • manejo de incertidumbre;
  • exposición progresiva a movimientos temidos;
  • entrenamiento de confianza.

Estas estrategias forman parte de las intervenciones psicológicas descritas en rehabilitación deportiva.

La visualización no consiste simplemente en imaginar que ganas

Puede utilizarse de una forma mucho más específica.

Imaginar:

el movimiento que empieza a dar miedo;

una incorporación progresiva al entrenamiento;

un salto;

un apoyo;

un giro;

una entrada;

una salida de tacos;

un gesto técnico;

un contacto físico;

la vuelta al escenario donde se produjo la lesión.

La finalidad no es convencer al cerebro de que “todo irá bien”.

Es ayudarle progresivamente a recuperar familiaridad y seguridad ante aquello que ahora interpreta con mayor amenaza.

Volver al lugar de la lesión

A veces el problema aparece de forma muy concreta.

La misma curva.

El mismo terreno.

El mismo pabellón.

El mismo salto.

El mismo rival.

El mismo gesto.

El deportista sabe racionalmente que está recuperado, pero su cuerpo responde con tensión, miedo o bloqueo.

Esto merece atención.

Porque algunas lesiones suceden en circunstancias que se viven con gran sensación de amenaza: una caída grave, una luxación impactante, una fractura, una colisión, pérdida de consciencia o escenas con mucho dolor.

En algunos casos pueden quedar recuerdos especialmente perturbadores o respuestas de alarma vinculadas al accidente.

Cuando esto ocurre, además del trabajo habitual de psicología deportiva, puede ser conveniente valorar un tratamiento psicológico específico centrado en el procesamiento del acontecimiento traumático.

EMDR puede ser una de las intervenciones a considerar cuando existe una experiencia traumática que continúa generando una respuesta significativa, siempre dentro de una valoración clínica individual.

No toda lesión produce trauma psicológico.

Pero tampoco debemos asumir que ninguna lo hace.

El día del alta médica no termina necesariamente la lesión

Este punto me parece esencial.

Imaginemos que el médico dice:

“Puedes volver.”

Todo el mundo celebra.

Pero el deportista piensa:

“¿Seguro?”

La recuperación física puede haber avanzado más deprisa que la seguridad subjetiva.

Por eso el retorno debería plantearse como un proceso, no únicamente como una fecha.

Primero determinadas acciones.

Después entrenamiento parcial.

Después entrenamiento completo.

Después competición.

Y progresivamente, recuperación de ritmo, confianza y automatismos.

La literatura sobre retorno al deporte lleva años señalando la relevancia de la preparación psicológica junto a los criterios físicos y funcionales.

“Ya puedes jugar” no significa “ya eres el mismo jugador”

Este mensaje también evita mucha angustia.

Después de meses parado, el primer partido no tiene por qué demostrar nada.

Probablemente falten:

ritmo;

automatismos;

condición física específica;

lectura de juego;

confianza;

tolerancia al contacto;

sensaciones competitivas.

Pretender regresar exactamente al nivel previo desde el primer día puede transformar cada entrenamiento en una evaluación.

Volver a competir también forma parte de la rehabilitación.

No es el examen final de la rehabilitación.

El miedo a recaer no debe avergonzar al deportista

A veces el deportista piensa:

“Antes hacía esto sin pensar.”

“Ahora dudo.”

“Me estoy volviendo cobarde.”

No.

Tu cerebro ha aprendido que ese movimiento, contexto o situación estuvo asociado a daño.

Ahora necesita experiencias progresivas que le permitan actualizar esa información.

La respuesta no debería ser:

“No tengas miedo.”

Sino:

“Vamos a conseguir que vuelvas a sentirte seguro haciéndolo.”

Cuidado con la presión invisible del entorno

No toda presión se expresa diciendo:

“Tienes que volver ya.”

A veces aparece en pequeñas frases:

“Te necesitamos.”

“A ver si llegas para el domingo.”

“Ya llevas bastante, ¿no?”

“Fulano tuvo lo mismo y volvió en cuatro meses.”

“Pareces estar perfectamente.”

O en preguntas diarias:

“¿Cuándo vuelves?”

“¿Cuánto te queda?”

Aunque exista buena intención, escuchar constantemente estas preguntas puede convertir la recuperación en una cuenta atrás.

A veces es mucho más útil preguntar:

“¿Cómo vas?”

o incluso:

“¿Qué necesitas de nosotros durante este proceso?”

Entrenadores: vuestra reacción importa más de lo que parece

Un deportista lesionado observa.

Observa si seguís hablándole.

Si preguntáis cómo está.

Si continúa sintiéndose miembro del equipo.

Si vuestra atención desaparece porque ya no puede aportar rendimiento.

Especialmente en niños y adolescentes, esto deja huella.

El mensaje debería ser:

“Ahora no puedes competir, pero sigues formando parte de nosotros.”

Porque cuando el vínculo depende únicamente del rendimiento, la lesión puede ser vivida también como exclusión.

Padres de jóvenes deportistas: no tengáis más prisa que su cuerpo

Cuando se lesiona un hijo aparecen también miedo, frustración e impotencia.

Pero conviene vigilar algunos mensajes:

“Con todo lo que habías conseguido…”

“Justo ahora que estabas jugando tan bien…”

“Vas a perder la temporada.”

“Espero que no pierdas el sitio.”

Aunque reflejen preocupaciones reales, pueden añadir al dolor físico el miedo a decepcionar.

Un niño o adolescente necesita saber:

“Queremos que te recuperes bien. No necesitamos que vuelvas antes.”

Y también:

“Lo importante que eres para nosotros no cambia porque estés jugando o estés lesionado.”

En deporte juvenil se reconoce cada vez más la importancia de proteger la salud psicológica, el disfrute, el desarrollo personal y la identidad más allá del resultado deportivo.

¿Cuándo pedir ayuda psicológica?

No hace falta esperar a que el deportista esté completamente desbordado.

Conviene consultar cuando aparecen, por ejemplo:

miedo intenso y persistente a volver;

ansiedad elevada

tristeza mantenida;

aislamiento;

culpabilidad excesiva;

irritabilidad muy marcada;

alteraciones importantes de sueño;

pérdida profunda de motivación;

rumiación constante sobre la lesión;

obsesión con los plazos;

conductas de rehabilitación excesivas o demasiado evitativas;

dificultad para acudir al lugar donde ocurrió;

recuerdos intrusivos del accidente;

pánico ante determinados movimientos;

pérdida importante de autoestima;

sensación de no saber quién se es fuera del deporte.

Las lesiones pueden desencadenar o hacer visibles dificultades psicológicas que necesitan atención clínica, incluida ansiedad o síntomas depresivos.

Pedir ayuda psicológica no significa que la rehabilitación esté yendo mal.

Puede significar precisamente que estamos haciendo una rehabilitación completa.

Preguntas que pueden ayudar a un deportista lesionado

Más que decirle constantemente lo que debería sentir, podemos preguntarle:

¿Qué es lo que más te está doliendo de esta lesión aparte del dolor físico?

¿Qué es lo que más miedo te da ahora mismo?

¿Qué significa para ti estar lesionado en este momento concreto de tu carrera?

¿Sientes que has decepcionado a alguien?

¿Te estás culpando por algo?

¿Qué pensamientos aparecen cuando imaginas tu vuelta?

¿Qué movimiento o situación te genera más inseguridad?

¿Sientes que sigues perteneciendo al equipo?

¿Qué parte de todo esto sí depende de ti?

¿Qué estás aprendiendo de ti durante esta recuperación?

¿Quién eres además de deportista?

¿Qué necesitarías escuchar ahora de tu entrenador, familia, club o compañeros?

Una lesión no tiene por qué convertirse en “algo bueno”

A veces se romantiza demasiado la adversidad.

“Volverás más fuerte.”

“Todo pasa por algo.”

“Esto te hará mejor.”

Quizá.

Pero no tenemos que exigirle a nadie que encuentre inmediatamente una enseñanza en algo que le duele.

Una lesión puede ser simplemente una experiencia difícil.

Y después, con tiempo, quizá permita descubrir cosas.

Aprender a escuchar el cuerpo.

Conocer mejor los propios límites.

Entrenar la paciencia.

Ampliar la identidad.

Aprender a pedir ayuda.

Entender cómo responde la mente ante la incertidumbre.

Descubrir una fortaleza que antes no había necesitado utilizar.

Pero ese significado no se impone.

Se construye.

No preguntes solamente cuándo podrá volver

Tal vez deberíamos empezar a cambiar una pregunta muy habitual en deporte.

Cuando alguien se lesiona preguntamos:

“¿Cuánto tiempo tiene?”

Quizá habría que añadir:

“¿Y cómo está?”

Porque podemos reparar perfectamente un ligamento y dejar intacto el miedo.

Podemos recuperar la fuerza y no recuperar la confianza.

Podemos dar el alta médica a un cuerpo que todavía no se siente seguro.

Podemos conseguir que un deportista vuelva al campo sin haberle ayudado a volver psicológicamente.

Por eso la recuperación deportiva debería contemplar a la persona completa.

Cuerpo.

Mente.

Identidad.

Emociones.

Entorno.

Confianza.

Y proyecto de futuro.

Para el deportista que ahora mismo está lesionado

Puede que hoy estés viendo entrenar a otros mientras tú haces rehabilitación.

Puede que acabases de conseguir una oportunidad y sientas que se te escapa.

Puede que estuvieras viviendo tu mejor temporada.

Puede que sea tu primera lesión.

O quizá estés pensando desesperadamente:

“Otra vez.”

No necesitas fingir que esto no te importa.

Puedes estar enfadado.

Puedes tener miedo.

Puedes sentir incertidumbre.

Puedes preguntarte qué ocurrirá contigo.

Pero intenta no confundir este momento con toda tu historia deportiva.

Estás lesionado. No eres una lesión.

Tu valor no disminuye porque durante un tiempo no puedas competir.

Ahora tu trabajo quizá no sea marcar, correr, saltar, ganar o mejorar una marca.

Ahora tu trabajo es otro:

recuperarte.

Cuidar el cuerpo.

Cuidar la cabeza.

Aceptar ayuda.

Tener paciencia.

Avanzar etapa a etapa.

Y cuando llegue el momento, no solo volver a estar físicamente preparado.

Volver a confiar.

Porque una verdadera recuperación no termina solamente cuando el cuerpo puede hacerlo.

Termina cuando, poco a poco, tú también vuelves a sentir:

“Puedo hacerlo.”

Recuerda: Estás lesionado. No eres una lesión.

​Deseo que este artículo sea inspirador aquí otra entrada relacionad que escribí en el 2013 

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Cuando tu mente no confía ¿cómo puedes rendir?

La confianza es una consecuencia de cómo interpreta el cerebro la experiencia, de cómo responde el sistema nervioso al error y de las creencias que la persona ha construido sobre sí misma. Desde una perspectiva de psicología deportiva y EMDR, el trabajo puede ser muy profundo y, en muchos casos, más eficaz que limitarse a enseñar técnicas de motivación o pensamiento positivo.

Y aunque este artículo está centrado en el deporte seguro que aunque no seas deportista te puedes sentir identificada/o

Algunas de las áreas más importantes serían:

1. ¿Qué ha roto la confianza?

La confianza casi nunca desaparece de la nada. Conviene explorar cuándo comenzó.

  • Una lesión.
  • Un error importante.
  • Una mala temporada.
  • Un cambio de entrenador.
  • Haber pasado de ser el mejor a competir con deportistas de mayor nivel.
  • Críticas constantes.
  • Fracasar en una competición importante.
  • Compararse continuamente.

Con EMDR muchas veces encontramos que el cerebro sigue reaccionando como si aquel error siguiera ocurriendo hoy.

2. Experiencias anteriores que siguen activas

A veces el problema no nace en el deporte.

Puede haber recuerdos de infancia como:

  • “Nunca haces nada bien.”
  • Comparaciones con hermanos.
  • Padres muy exigentes.
  • Entrenadores humillantes.
  • Bullying.
  • Fracasos escolares.

Cada nueva competición reactiva esas antiguas experiencias.

El deportista cree que tiene miedo a competir, cuando en realidad su sistema nervioso está reviviendo sensaciones mucho más antiguas.

3. Creencias negativas sobre uno mismo

Es frecuente encontrar pensamientos como:

  • No soy suficiente.
  • Voy a fallar.
  • Todos son mejores.
  • No puedo con la presión.
  • Tengo que demostrar constantemente mi valor.
  • Si fallo decepcionaré a todos.
  • Solo valgo cuando gano.

EMDR permite trabajar el origen de estas creencias y sustituirlas por otras que el cerebro pueda integrar de forma auténtica, no como simples afirmaciones positivas.

4. El miedo al error

Muchos deportistas no juegan para ganar.

Juegan para no equivocarse.

Y eso cambia completamente la manera de competir.

Cuando el objetivo pasa a ser evitar el fallo:

  • aumenta la tensión,
  • disminuye la creatividad,
  • aparecen bloqueos,
  • se juega con miedo.

5. Regulación del sistema nervioso

La confianza también es fisiología.

Si el sistema nervioso entra en hiperactivación:

  • aumenta la tensión muscular,
  • empeora la coordinación,
  • disminuye la atención,
  • aparecen pensamientos catastróficos.

Por eso se trabaja con:

  • respiración,
  • mindfulness,
  • grounding,
  • regulación vagal,
  • conciencia corporal,
  • recuperación tras errores.

No solo para relajarse, sino para mantener un nivel óptimo de activación.

6. El diálogo interno

Muchos deportistas hablan consigo mismos de una forma que jamás utilizarían con un compañero.

Se dicen:

  • Eres un desastre.
  • Ya la has vuelto a liar.
  • No sirves para esto.

Aprender a cambiar ese diálogo no significa engañarse, sino desarrollar una voz interna que ayude a rendir incluso cuando las cosas no salen como esperan.

7. Perfeccionismo

Detrás de muchas faltas de confianza encontramos un perfeccionismo muy elevado.

No disfrutan.

Solo evalúan.

Cada entrenamiento es un examen.

Cada competición es un juicio.

Cada error confirma que “no son suficientes”.

8. Identidad

Algunos deportistas dejan de ser personas para convertirse únicamente en deportistas.

Su valor depende del resultado.

Cuando pierden sienten que fracasan ellos, no que han perdido una competición.

Uno de los trabajos más importantes consiste en separar:

Soy una persona que practica un deporte.

No:

Mi valor depende de cómo compita.

9. Presión externa

Familia.

Entrenadores.

Redes sociales.

Expectativas.

Patrocinadores.

A veces el problema no es competir.

Es sentir que cualquier fallo decepcionará a alguien.

10. Atención y concentración

Cuando la confianza baja, la atención suele dirigirse a:

  • lo que puede salir mal,
  • el rival,
  • el marcador,
  • el error anterior,
  • el juicio de los demás.

El entrenamiento psicológico busca devolver la atención al presente y a aquello que el deportista puede controlar en cada momento.

11. Lesiones y miedo a recaer

Tras una lesión es frecuente que el cuerpo esté recuperado, pero el cerebro no.

El deportista puede:

  • evitar ciertos movimientos,
  • competir con miedo,
  • perder agresividad,
  • sentir que “ya no es el mismo”.

EMDR cuenta con evidencia para ayudar a reprocesar experiencias traumáticas relacionadas con lesiones y facilitar una vuelta más segura desde el punto de vista psicológico.

12. Recuperarse después del error

Los grandes deportistas no son los que nunca fallan.

Son los que consiguen volver al presente rápidamente.

Se entrena:

  • aceptar el error,
  • regular la activación,
  • recuperar el foco,
  • evitar que un fallo provoque una cadena de errores.

Porque muchas competiciones no se pierden por el primer error, sino por todo lo que ocurre mentalmente después.

El objetivo final

El objetivo no es que el deportista deje de sentir nervios. Los nervios forman parte de competir.

El verdadero objetivo es que pueda confiar en sí mismo incluso cuando aparecen dudas, cometer errores sin que estos definan quién es y rendir desde la presencia, no desde el miedo. Cuando el sistema nervioso deja de vivir la competición como una amenaza constante y las experiencias que alimentaban la inseguridad se procesan adecuadamente, la confianza deja de depender del último resultado y empieza a convertirse en una forma más estable de relacionarse consigo mismo.

Si quieres saber más de EMDR además del enlace que te dejé arriba tienes un podcast aquí

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¿Por qué sentimos que “Hemos ganado” un Mundial si no hemos jugado ni un solo minuto? La psicología de la euforia colectiva.

España gana su segundo Mundial.

Suena el pitido final y, casi de inmediato, miles de personas salen a las calles. Se abrazan desconocidos, las plazas se llenan de banderas, los teléfonos no dejan de sonar y durante unas horas parece que el país entero respira al mismo ritmo. Hay niños que saltan sobre el sofá como si ellos hubieran marcado el gol decisivo, personas mayores que vuelven a emocionarse como hacía años que no lo hacían y amigos que hacía meses que no hablaban y se envían un mensaje con una sola frase: “¡Lo hemos conseguido!”

No decimos: “La selección ha ganado el Mundial.”

Decimos: “Hemos ganado.”

Y esa pequeña palabra, “hemos”, dice mucho más sobre el cerebro humano que sobre el fútbol.

Porque, objetivamente, ninguno de nosotros ha entrenado durante años, ha soportado la presión de una final o ha levantado la copa. Sin embargo, sentimos una alegría auténtica, un orgullo difícil de explicar y una sensación de victoria que parece también nuestra.

¿Por qué ocurre?

La respuesta tiene mucho menos que ver con el deporte de lo que imaginamos y mucho más con algo profundamente humano: la necesidad de pertenecer.

Desde que nacemos buscamos formar parte de algo. Primero de una familia, después de un grupo de amigos, de una clase, de un equipo, de una ciudad o de un país. Nuestro cerebro evolucionó durante miles de años aprendiendo que pertenecer a un grupo aumentaba las posibilidades de sobrevivir. Quedarse solo suponía un enorme riesgo. Por eso hoy seguimos sintiendo un bienestar especial cuando experimentamos que compartimos una identidad con otras personas.

Cuando un equipo con el que nos identificamos consigue una victoria histórica, el cerebro interpreta, en cierta medida, que ese éxito también fortalece al grupo del que formamos parte. No es extraño, por tanto, que vivamos esa alegría como algo propio. Es un mecanismo profundamente humano.

Quizá por eso suceden escenas que solo vemos en momentos muy concretos. Personas que jamás se habían visto terminan abrazándose en una plaza. Alguien celebra con quien tiene al lado sin preguntarse quién es, qué piensa o a qué se dedica. Durante unas horas desaparecen muchas de las diferencias que normalmente nos separan. La edad, la profesión, las ideas políticas o el lugar de origen pasan a un segundo plano porque hay algo que nos une por encima de todo: una emoción compartida.

Y pocas cosas tienen tanto poder psicológico como sentir que pertenecemos.

Pero hay algo todavía más fascinante. Incluso quienes apenas siguen el fútbol pueden terminar emocionándose viendo una celebración así. No hace falta ser un gran aficionado para notar un nudo en la garganta cuando todo un estadio canta al unísono o cuando un jugador rompe a llorar después de años de esfuerzo.

Las emociones son contagiosas.

Nuestro cerebro está continuamente observando las expresiones de quienes nos rodean. Interpreta sus gestos, sus voces, sus sonrisas y sus lágrimas para comprender qué ocurre en el entorno. Esa capacidad de sincronizarnos emocionalmente con los demás ha sido esencial para nuestra evolución y sigue formando parte de nuestra vida cotidiana. Cuando miles de personas ríen, saltan y celebran juntas, resulta muy difícil permanecer completamente indiferente.

La alegría también se contagia.

Y quizá la necesitamos más de lo que pensamos.

Vivimos en una época en la que estamos expuestos constantemente a noticias preocupantes. Abrimos el móvil y encontramos conflictos, enfermedades, problemas económicos, violencia o incertidumbre. Nuestro sistema nervioso dedica una enorme cantidad de energía a procesar amenazas, muchas de ellas lejanas, pero presentes cada día en nuestra mente.

Por eso, cuando aparece un acontecimiento positivo que millones de personas viven al mismo tiempo, ocurre algo muy interesante. No desaparecen los problemas, pero durante unas horas dejamos de mirar únicamente hacia aquello que preocupa. El cerebro encuentra un espacio para la esperanza, para la ilusión y para la conexión. Es como si pudiera descansar brevemente de estar siempre alerta.

También nuestro organismo participa en esa experiencia. Durante situaciones de celebración aumentan las probabilidades de liberar sustancias relacionadas con el bienestar, como la dopamina, implicada en la sensación de recompensa y motivación. Los abrazos, el contacto físico o el sentimiento de unión favorecen procesos en los que interviene la oxitocina, relacionada con el vínculo social. Reír, cantar, bailar o saltar juntos también puede contribuir a la liberación de endorfinas.

Todo ello nos recuerda que nuestro cerebro necesita experimentar emociones positivas compartidas para mantener un cierto equilibrio.

Sin embargo, toda emoción intensa tiene otra cara.

Estamos acostumbrados a pensar que solo el miedo o la ira alteran nuestra forma de decidir, pero la euforia también lo hace. Cuando nos sentimos extremadamente felices tendemos a percibir menos los riesgos, a confiar más en nuestras capacidades y a pensar que las consecuencias negativas son menos probables. Es entonces cuando algunas personas conducen de forma temeraria, consumen alcohol en exceso, realizan conductas peligrosas o se dejan arrastrar por la multitud sin detenerse a pensar.

La euforia no es un problema. Lo problemático es cuando dejamos que la emoción sustituya completamente al juicio.

Celebrar es sano pero perder la capacidad de cuidarnos no.

Y, curiosamente, hay otro momento del que casi nunca hablamos: el día después.

Cuando las plazas vuelven a estar vacías, las banderas regresan a los cajones y la rutina vuelve a ocupar su sitio, muchas personas experimentan una ligera sensación de bajón. Después de un pico emocional tan intenso, el sistema nervioso necesita volver poco a poco a su nivel habitual de activación. Algunas personas incluso describen una cierta nostalgia o vacío.

No significa que ocurra nada malo.

Significa, simplemente, que el cerebro no está diseñado para vivir permanentemente en estado de euforia.

Los propios deportistas conocen muy bien esta experiencia. Después de años persiguiendo un sueño, muchos describen una pregunta inesperada que aparece pocos días después de alcanzar el éxito: “¿Y ahora qué?” Por eso la psicología del deporte insiste tanto en que la identidad de un deportista no puede depender únicamente de las medallas o de los títulos. Cuando todo nuestro valor personal se apoya en un único objetivo, incluso la mayor de las victorias puede dejar un vacío difícil de entender.

Quizá esa reflexión también nos sirva al resto.

La verdadera riqueza emocional de un Mundial no está solo en levantar una copa. Está en los recuerdos que construimos, en las personas con las que compartimos ese momento, en las conversaciones que surgirán dentro de veinte años cuando alguien diga: “¿Te acuerdas de aquella final?”

Porque probablemente olvidemos el minuto exacto de un gol.

Pero difícilmente olvidaremos con quién estábamos cuando ocurrió.

Y eso nos recuerda algo profundamente humano. Las personas no necesitamos vivir permanentemente eufóricas para ser felices. Lo que realmente necesitamos son momentos que den sentido a nuestra historia, personas con las que compartirlos y emociones que nos hagan sentir que, por un instante, formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos.

Quizá ese sea el verdadero legado de una victoria como esta. No el trofeo que queda en una vitrina, sino la certeza de que seguimos necesitando celebrar juntos, emocionarnos juntos y recordar que, incluso en tiempos difíciles, todavía somos capaces de mirar a un desconocido, abrazarlo y sentir que, durante unos minutos, pertenece a nuestro mismo equipo.

Una nueva fecha inolvidable 19 de julio de 2026.

¿Dónde y con quién estabas?

Nos vemos en España para el Mundial 2030 siendo campeones del mundo.

No solo en esto también en donación de órganos y en investigación con bajos presupuestos…

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Psicología del Deporte

Que el valor personal no dependa de ganar.

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¿Y si lleváramos años midiendo el éxito de la forma equivocada?

Vivimos en una sociedad que aplaude las medallas, los títulos, los ascensos y los récords. Pero pocas veces hablamos de todo lo que no se ve: los miedos, las renuncias, los errores, las lesiones, las dudas o la capacidad de levantarse una vez más.

Como psicóloga, me interesa especialmente esa parte invisible del rendimiento. Porque una persona no vale más por ganar ni vale menos por perder.

El éxito no debería definir quién eres.

En este artículo comparto una reflexión sobre la psicología del deporte, la presión por rendir y por qué aprender a relacionarnos de forma más sana con el éxito y el fracaso puede cambiar no solo nuestra vida deportiva, sino también nuestra manera de vivir.

Si alguna vez has sentido que solo eras suficiente cuando conseguías resultados, creo que estas líneas pueden ayudarte.

Puedes leer el artículo completo aquí.

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Artículos bienestar Psicología del Deporte Uncategorized

La mente del deportista: ansiedad, error y presión mediática

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En el deporte profesional, el rendimiento no depende únicamente de la técnica o la condición física. Cada partido, cada jugada y cada error se viven dentro de un contexto emocional que influye directamente en cómo el deportista piensa, siente y actúa. La mente también compite, y muchas veces lo hace bajo una presión invisible para el público.

Las variables psicológicas que influyen en el rendimiento

El rendimiento deportivo está profundamente determinado por factores psicológicos que se entrenan igual que la fuerza o la velocidad:

1. Autoconfianza

Es la capacidad del deportista para creer en sus recursos incluso en momentos difíciles. Cuando la autoconfianza se tambalea, el atleta empieza a dudar, a anticipar fallos y a actuar desde el miedo.

2. Gestión de la ansiedad

La ansiedad aparece cuando la exigencia supera , o parece superar, los recursos de la persona. En el deporte, puede manifestarse con tensión muscular, bloqueo mental, errores por precipitación y pensamientos intrusivos que alejan del presente.

3. Atención y concentración

Un deportista necesita sostener la atención en el aquí y ahora. Tras un error, la mente tiende a viajar al pasado (“¿por qué fallé?”) o al futuro (“¿y si vuelve a pasar?”). Ese desplazamiento cognitivo afecta directamente al rendimiento.

4. Autodiálogo

Lo que un deportista se dice influye en cómo actúa. Un diálogo interno duro, crítico o catastrófico alimenta la ansiedad y reduce la capacidad de recuperación tras un fallo.

5. Tolerancia al error

El error forma parte del juego, pero no todos los deportistas han aprendido a convivir con él. Cuando el error se interpreta como un fracaso personal, surge el miedo, la rigidez y la pérdida de espontaneidad.

El impacto del juicio público y mediático

En el deporte actual, el error no solo se analiza en el vestuario: se expone, se repite, se comenta y se viraliza. El juicio externo puede generar un conflicto interno intenso:

  • miedo a decepcionar
  • temor a la crítica
  • presión por rendir siempre al máximo

Este caldo de cultivo incrementa la ansiedad y alimenta una sensación de vigilancia constante. No es extraño que, tras un fallo, el deportista experimente bloqueo, inseguridad y dificultad para recuperar su nivel habitual.

Cuando la ansiedad afecta al rendimiento

La ansiedad altera la mecánica fina del deportista. Puede provocar:

  • toma de decisiones más lenta o impulsiva
  • pérdida de precisión
  • tensión muscular
  • errores repetidos
  • mayor fatiga emocional

El cuerpo quiere rendir, pero la mente está luchando consigo misma.

El papel de la psicología deportiva

Acompañar a un deportista implica ayudarle a gestionar presión, construir autoconfianza y desarrollar herramientas para afrontar el error sin hundirse en él. Entre las intervenciones más habituales encontramos:

  • técnicas de respiración y regulación emocional
  • entrenamiento en atención plena
  • trabajo de autodiálogo
  • preparación ante escenarios de presión
  • fortalecimiento de la identidad más allá del rendimiento

La psicología deportiva no elimina la presión, pero sí enseña a convivir con ella sin que destruya el equilibrio interno.

Conclusión

Los deportistas no fallan porque sean débiles: fallan porque son humanos. Y en un entorno donde el juicio es inmediato y las expectativas son enormes, cuidar la salud mental es tan importante como entrenar el físico.

Detrás de cada error hay una historia emocional.

Detrás de cada recuperación, un trabajo psicológico silencioso.

El verdadero rendimiento nace cuando cuerpo y mente se alinean. Y eso también se entrena.

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Psicología del Deporte

Si el ejercicio fuese una pastilla se prescribiría a todo el mundo.

Hoy te traigo este maravilloso podcast con el Dr. Alejandro Lucía sobre la importancia del ejercicio físico. Sí ya sé que lo sabes…pero recuerda que saberlo no es sentirlo. Así aquí otra oportunidad para ello.

Buen día.

#quedateencasa

 

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Artículos Colaboraciones Psicología del Deporte

Lesiones deportivas: Jorge Lorenzo regresa al lugar del dolor

Os dejo mi colaboración para ABC Deportes donde se reflexiona sobre el aspecto mental de las lesiones.

«Cuando algo se lesiona en el cuerpo, también algo se lesiona en la mente….

“El cuerpo tiene memoria, también de las lesiones y el dolor.”

Jorge Lorenzo regresa al lugar del dolor

https://www.abc.es/deportes/motos/abci-jorge-lorenzo-regresa-lugar-dolor-201909220120_noticia.html

Entrevista

-¿Es “bueno” tener miedo después de una lesión?

Somos pensamiento, emoción y comportamiento-conducta, es la llamada triada psicológica en psicología y los tres se interrelacionan y condicionan. El miedo es una emoción necesaria en la vida que va acompañada de pensamientos para la supervivencia, el cuidado y la protección. Ese es el origen y objetivo. Nos informa sobre lo peor porque el cerebro está diseñado para la supervivencia no entiende de lesiones en este caso…así que según la experiencia vivida, el impacto emocional de la lesión en las vías neurales, como se vivió, las consecuencia que ha habido…uno se queda impactado de un modo que condiciona la vuelta deportiva.

Cuando ese miedo paraliza y tiñe los pensamientos va a paralizarse la conducta en este caso en el entrenamiento, competición, en el riesgo que se asuma. Así que el miedo tiene grados y dependiendo de su intensidad influirá o condicionará más o menos. Desde “no entreno que no sea que me rompa otra vez” hasta hacer caso omiso de la prudencia y empezar antes de lo necesario la actividad o sobreactivar el cuerpo lo que puede provocar recaídas.

Así que si el miedo te domina tras una lesión se tarda más en volver a la rutina y al punto óptimo deportivo con las consecuencias que tiene.

– ¿Cómo se puede superar ese miedo a recaer?

Para trabajar el miedo hay que trabajar la triada psicológica que hemos comentado.

Por un lado conocer que pensamientos y creencias tiene el deportista de la lesión, son estilos ineficaces de pensamiento para poder trabajarlas.  Hay pensamiento de todo o nada, “O estoy al 100% o lo dejo” Adivinos prediciendo el futuro “No me van a valorar, a contratar…”, Generalizadores “Todo me pasa a mi” “Nunca me pasa nada bueno”, magnificando pensando lo peor “NO me recuperaré jamás”, los debería generadores de culpabilidad “No debería haber jugado” etiquetando “Soy un perdedor”, Concluyendo “Nunca seré el mismo”. Esta forma condiciona también las emociones y frena, limita la forma de actuar.

Hay que trabajar el monólogo interior lo que yo me digo. Aprender a tratarse con cariño y no con dureza. Lo que uno se dice a sí mismo sirve para regular estados emocionales, tener más autoconfianza, motivación, estar atento y afianzar conductas. Uno puede llegar a ser muy cruel consigo mismo. Es imprescindible trabajar el manejo de autoafirmaciones esas frases para controlar el estado psicológico, autoinstrucciones que son órdenes concretas sobre qué hacer y autorrefuerzos que son frases gratificantes. Todo esto es entrenable.

Por otro lado estrategia de regulación emocional. Cuánto miedo siente del 0-10, ponerle cara y nombre al miedo, aprender a hablar con él y con esa parte de mi que tiene miedo, saber utilizar el humor, donde se siente en el cuerpo, aprender a respirarlo para calmarlo, donde ha sentido los mismo anteriormente y así poder hacer una línea temporal de anteriores lesiones u otras circunstancias no relacionadas con el deporte pero que le recuerdan sentirse del mismo modo. Trabajar esas situaciones ayuda al cerebro a digerir el impacto emocional que hubo y finalmente cambiar la narrativa del suceso. Hay ocasiones que en una pequeña lesión la sintomatología, el estado emocional y lo que da vueltas al tema (rumiación en psicología) es desproporcionado y eso no cambia y uno no lo entiende dice…”como puede ser que ahora esté así y la otra vez que fue más grave no me afectara” bueno pues el tema es que el pasado se hace presente y lo que se está activando en la última lesión es el impacto emocional que no se digirió si no que se ocultó se tapó por diferentes motivos o presiones…no se le dio espacio …no es que no afectara…y ahora esta nueva lesión saca a la luz aquello.

Hay que aprender a poner el foco en lo que depende de uno y puede hacer y no malgastar energía en temas que no dependen de mi. Es decir más ocuparse y menos preocuparse. La preocupación enturbia la mente y malgaste energía.

– ¿El dolor tiene memoria?

Es el cuerpo el que guarda memoria del miedo, solo lo archiva como MIEDO, ya sea miedo a quedarse solo de niño en la cama, miedo a ir al dentista, miedo al primer día de cole, miedo al ver sangre, miedo a ciertas películas, ,miedo a estar solo, miedo a la crítica, a no ser aceptado..…al final son momentos de inseguridad de no control que la mente lo chequea como vida o muerte. Por eso uno puede huir, luchar o quedarse paralizado. Acompañado de rigidez muscular, aceleración del corazón, dificultad de pensar con claridad…angustia en el estómago…pensemos que evolutivamente hablando el sistema digestivo y reproductor son los dos sistemas que se paralizan para economizar energía y así por ejemplo echar a correr ante el miedo de ser atrapado y devorado… Pensemos que alguien lesionado en épocas prehistóricas no tenía muchas probabilidades de sobrevivir a una persecución por un animal…Así que nuestra mente mal interpreta las situaciones del s XXI Somos nosotros los que con entrenamiento mental podamos relacionarnos de forma diferente y dirigir nuestra mente de otro modo ante el primer chequeo de lo que ocurre de forma amenazante como en este caso es la lesión.

A veces uno no es consciente de momentos de miedo vividos están almacenados en el inconsciente pero no por ello no tienen valor. Han sucedido, el cuerpo lo ha vivido, sentido registrado. La clave está en que cuando a un deportista le choca la forma en que lleva una lesión es una señal para trabajar a nivel psicológico. Cuántas veces se dice “si me pasara a mi yo..” y luego ocurre lo contrario! Hay que trabajar a nivel cognitivo y a nivel emocional. Porque uno puede decir “sé que no es para tanto pero no duermo, tengo pesadillas…”

Y lo de la edad es relativo puede ser que un deportista “adulto” haya tenido menos lesiones que uno joven o que las experiencias previas sean diferentes.

– ¿Es verdad que se aprenden cosas de las lesiones, como todos los deportistas dicen, o es algo que se dicen para ser optimistas y las lesiones y el dolor es una faena, seas quien seas?

Las lesiones por si mismas no enseñan nada a no ser que decidas trabajarlas a nivel mental. Hay personas que se encierran en sí mismas y no ven ni deporte en televisión lo que señala cierta rigidez. El perfil contrario sería el que busca ayuda psicológica. Cuando algo se lesiona en el cuerpo también algo se lesiona en la mente. Las lesiones de alejan del equipo o de tu rutina, descolocan. Nadie las quiere pero es inherente al juego.

Los psicólogos deportivos aportamos herramientas muy útiles que se entrenan durante la lesión y después de la lesión para incorporarlas en su rutina deportiva.

Sabemos que un deportista estresado, con ansiedad, con presión e incertidumbre, baña su cuerpo en cortisol y adrenalina, se agita la respiración, el corazón aumenta sus latidos y uno se acelera,  tiene una musculatura más propensa a la lesión porque los músculos se tensan y estos son la base del deporte. Así que las técnicas de respiración en las que el número de inhalaciones son más cortas que las exhalaciones ayudan a tranquilizar la mente y con ello las amenazas como la 4-3-7 (inhlar en 4 mantener 3 y exhalar en 7 tiempos)

Está la relajación ENLACE Jacobson que se trabajan la tensión y relajación de diferentes partes del cuerpo, la visualización ENLACE que permite entrenar los ejercicios en tu mente aunque tu cuerpo no los pueda hacer (Carolina) Así que tu cerebro no desconecta de la práctica. No sabe diferenciar entre el ejercicio real e imaginario, se activan las misma zonas cerebrales. Así que visualizar es entrenar y es entrenable.

Escaneo corporal una práctica formal de Mindfulness, desarrollando la capacidad de estar en el cuerpo sin juzgar conectado a él escuchando todas las señales valiosas. Muchas veces el problema está en la gran desconexión mente y cuerpo que existe. El cuerpo hace unas cosas mientras la mente está en otras (muy común en el calentamiento).

Las lesiones deportivas tienen consecuencias negativas para el bienestar mental de los deportistas. No solo aumenta el miedo también la ira, la tristeza y la autoestima por perdida de valía y esto condiciona la recuperación, adherencia, rendimiento e incluso se dan situaciones de abandono deportivo si no se gestiona.  Así que la práctica de mindfulness para aprender a estar con los pensamientos y emociones de otro modo facilitan un mayor bienestar y equilibrio emocional que influye en la adherencia al programa de recuperación, relación con el entorno y equipo médico, reactividad emocional tras la lesión, una relación diferente con el dolor etc.

Ver y escuchar testimonios de deportistas que han superado lesiones es también de ayuda porque habre el foco.

 

Aquí un enlace a la wed La parte psicológica de las lesiones.

 

Enlaces de la semana relacionados con las lesiones de otros deportistas.

Rafa Nadal se retira de la Laver Cup 2019 por una lesión de muñeca.

La épica remontada de Carolina Marín después de 8 meses de lesión

La emoción y las lágrimas de Carolina

 

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Artículos Psicología del Deporte

Campeones con precocidad

En este enlace os dejo mi nueva colaboración con ABC deportes.

Aquí en pdf

Campeones en precocidad

La risa de Can Oncu cuando ganó el domingo, en Cheste, con quince años, su primera y única carrera en el Mundial de Moto3, era incontenible. La felicidad en el rostro de Alexander Zverev, maestro del tenis con 21 años, desbordaba por sus ojos. El orgullo de Usman Garuba en el Palacio de los Deportes de Madrid defendiendo la camiseta blanca con 16 años superaba incluso sus 202 centímetros de altura. Son campeones y ejemplo de muchos otros que, a su edad, aspiran a esos podios. Aunque no todos llegarán. Ni todos han llegado. Oncu, Zverev, Garuba son, por el momento, los elegidos para triunfar en el deporte. ¿Demasiado pronto?

A una edad en la que el físico y la cabeza están en constante cambio y todavía no se sabe muy bien dónde terminará el desarrollo, la competición puede ser una exigencia demasiado elevada o por el contrario, una vía para encarrilar un talento desatado. «No es incompatible ser adolescente con la competición. Te hace madurar antes y tienes una visión algo más clara de lo que quieres. Cambian tus prioridades, pero el deporte ayuda a que enfoques mejor tus metas que cualquier otro adolescente», observa Sara Bayón, entrenadora de la selección nacional de gimnasia rítmica. Con doce años sabía perfectamente que quería entrar en la selección nacional, con una claridad mayor que la de sus padres, uno de los pilares fundamentales en generar campeones bien orientados. «No pueden querer más que los propios hijos. No tienen que forzar en ningún momento, ni marcar las metas ni decidir por ellos llegar más lejos. Solo quererlos, apoyarlos, para que tengan la mente amueblada», afirma.

«Que tengamos talento para algo no significa que nos tengamos que dedicar a ello. Es difícil rendir al máximo en algo que no nos gusta. Para los progenitores el papel es clave: organizar el tiempo para no tener que decidir o incluso renunciar. Permitir que ese hijo con talento y que quiere continuar en ese camino tenga una vida completa, con diferentes prioridades, pero sin que les hagan sentir que tienen que abandonar cosas que les gustan», habla Lorena Cos, psicóloga del deporte. En la misma línea se expresa Yolanda Cuevas, también psicóloga de alto rendimiento, que subraya la importancia de dejar libertad de elección al adolescente: «A veces los padres ven potencial y los niños son arrastrados sin tener en cuenta sus gustos. Se proyecta aquello que les hubiera gustado a ellos. Forzar nunca es positivo. La mayoría de los niños forzados al deporte no llegarán a la élite, hay que tener los pies en el suelo con las expectativas. Muchos chavales dejan de disfrutar cuando se les exige por encima de sus posibilidades». «Forzar fuerzas un día, pero tiene que ser el deportista el que quiera seguir. Hay muchos casos de personas con mucho talento, que lo han tenido más fácil por eso, pero no les gusta trabajar. Y otros que sin tanto talento lo han logrado también con más trabajo. Lo valoran más. No hay que tirar demasiado de la cuerda ni dejar que se vayan. Una de cal y otra de arena», afina Bayón.

Un proceso largo

Por eso, no se puede utilizar el deporte como arma. «Te da unos valores colectivos, cooperación, responsabilidad. Castigar con no ir a entrenar es un mensaje incoherente porque pierdes todo ese aprendizaje que te sirve para muchas otras cosas», dice Cos. «No se estudia más por dejar el deporte y “tener” más tiempo. Muchas veces pasa al contrario porque la actividad física te ha enseñado a controlar y aprovechar mejor tus momentos de estudio», señala Bayón. «Hay que educar a los niños en la competitividad con ellos mismos, poner el foco en ellos y en su mejora y no en comparar con otros niños. Así que no crecen con una sana autoestima, no se sentirán capaces y abandonan más que se comprometen entrando en un círculo vicioso», acompaña Cuevas.

Si los padres se encargan de acompañar y apoyar, a los entrenadores les recae la responsabilidad de dirigir ese talento. «Hay que tener paciencia para encarrilarlo y administrarlo bien. Deben frenar la euforia si hay resultados a edades tempranas. Hacer entender que no solo es ganar o no una medalla, sino la trayectoria de aprendizaje, destacar qué se ha hecho bien del trabajo del día a día. Y gestionar los objetivos a largo plazo para que esos primeros grandes resultados no se estanquen», sigue Bayón. «Cuando somos pequeños disfrutamos del deporte porque es un juego. Luego pasa a ser una responsabilidad. Se debe enseñar a que hay momentos que no serán divertidos. Pero aun con doce o trece años si tienes esos objetivos claros sabes que solo los conseguirás si te levantas a las cinco de la mañana o te entrenas tantas horas. La interpretación de los momentos no divertidos cambia. Se aprende a disfrutar de otra manera», apostilla Cos.

Por supuesto, subrayan ambas, el entrenador debe ser capaz de transformar una posible «decepción» en un «seguir intentándolo». «Por eso se les debe inculcar pasión. Lo ideal: que te guste la competición para dar tu mayor nivel en ese instante, pero no todos lo logran. En gimnasia rítmica te juegas todo en un minuto y medio, y al ser un deporte de equipo, hay quien lo pasa muy mal por la responsabilidad que tiene sobre las compañeras. No obstante, el adolescente que hace deporte siempre sabe que caer es parte del proceso. No puedes estar siempre bien, pero sí te puedes levantar para llegar al máximo nivel en tu máximo de madurez, tengas la edad que tengas», corrobora Bayón, con mucha experiencia en acoger a niñas de 12 años y convertirlas en adultas de 22. «Es entender el error y la derrota como una lección, una oportunidad. No una amenaza ni mucho menos un fracaso», completa Cos.

Peligro: redes sociales

Tampoco, indica Cuevas, se puede sobreproteger de la decepción: «Cuando no se cumplen las expectativas uno se frustra y los niños de hoy no están acostumbrados a ello porque no se les permite entrenar esa emoción. Se intentan evitar pequeñas decepciones para que no sufran -como los marcadores abultados en ligas inferiores-, pero pierdes una oportunidad de adquirir una fortaleza mental, de entrenar la gestión de la derrota».

Las expertas asumen que, a veces, lo más difícil es crear un entorno sano para el adolescente. «Si todos los días la conversación gira en torno al resultado generas un foco de estrés que puede desembocar en un abandono. La competición forma parte del deporte, pero hay mucho componente de educación. Transmitir esa exigencia por los resultados no es necesario ni primordial ni positivo. Los resultados ya están implantados en la vida: llegar el primero para el bus, la nota para un examen… todo», comenta Cos. «Hay que saber preguntar tras la competición, no solo cuánto habéis quedado o cuántos goles has marcado, sino cuánto has aprendido. No promover la crítica ni las comparaciones ni en casa ni en los grupos de whatsapp», expone Cuevas. «Es un problema de ahora. Hay mucha información de cada deportista en redes sociales. Es muy fácil crear ídolos y también criticar. Una opinión en Instagram sobre tu actuación o tu cuerpo, a estas edades, marca mucho», advierte Bayón.

¿Qué hace a un adolescente campeón? Talento, constancia, pasión, libertad, buen entorno, aprendizaje… no hay fórmula mágica.

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Podcasts Psicología del Deporte Psicología y Salud

Podcast: Método Jacobson de relajación

La relajación muscular progresiva es una técnica de tratamiento del estrés desarrollada por el médico Edmund Jacobson en 1920. Jacobson argumentaba que ya que la tensión muscular acompaña a la ansiedad, uno puede reducir la ansiedad aprendiendo a relajar la tensión muscular. Este cambio corporal envía información al cerebro de calma y relajación no compatible con la tensión.

Busca el momento del día, agéndalo, se trata de tu momento y de tu bienestar clave para tu día a día. Se comienza tumbado sobre una manta o esterilla, libre de interrupciones ya sean personas o tecnología, con ropa cómoda. Con ello no me refiero a deportiva si no que no prete la ropa ni lleve objetos como relojes, pulseras, zapatos, recogidos en el pelo…que incomoden durante la práctica.
Durante la practica se tensan y relajan diferentes grupos musculares de las extremidades superiores, cara, tronco y extremidades inferiores.
En este audio paso una sola vez por cada grupo muscular pero puedes hacerlo doble hasta que familiarices durante 20-30 minutos y después usar esta versión más reducida.

Una vez familiarizado con la práctica y los grupos musculares no hará falta el audio y en cualquier momento se puede realizar sin tener que estar tumbados. Es decir en diferentes posturas como sentado en cualquier lugar (asiento del coche, silla en el trabajo, en casa, grada en entorno deportivo, de pie…
Recuerda la práctica y con ello la repetición es la clave en el entrenamiento mental, psicológico.

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