¿Y si detrás de los monstruos del cine hubiera algo que también reconocemos en nuestra propia vida?
Cada Halloween aparecen los mismos personajes: Frankenstein, Chucky, Drácula, Freddy Krueger, Pennywise… Nos disfrazamos de ellos, vemos sus películas y disfrutamos pasando un poco de miedo, siempre que sepamos que estamos a salvo en el sofá.
Pero hay algo que me parece especialmente interesante de estas historias. Detrás de muchos de estos personajes encontramos experiencias que conocemos bastante bien: el rechazo, el abandono, los celos, el miedo a perder el control, la traición, la vergüenza o el dolor de una pérdida.
El cine convierte esos sentimientos en monstruos. La vida cotidiana, en cambio, los muestra de formas mucho más discretas. En una persona que necesita agradar constantemente, en alguien que desconfía después de una traición, en quien no consigue descansar porque vive preocupado o en quien sigue sintiendo vergüenza por algo que ocurrió hace muchos años.
Te propongo mirar a diez personajes de terror desde otro lugar. No para buscarles un diagnóstico, sino para descubrir qué podemos aprender de sus historias y, de paso, de las nuestras.
1. Frankenstein: cuando el rechazo acaba formando parte de nuestra identidad

Lo más triste de la criatura de Frankenstein es que busca aceptación, pero encuentra rechazo. Su apariencia provoca miedo, incluso antes de que los demás conozcan sus intenciones.
Imagina crecer sintiendo que hay algo en ti que molesta, que no encaja o que nadie quiere conocer. Escuchar tantas veces que eres raro, torpe o insuficiente que terminas creyéndolo.
En consulta encuentro personas adultas que todavía se describen con palabras que escucharon durante su infancia. Personas que evitan mostrarse como son por miedo a volver a sentirse rechazadas.
El rechazo continuado puede hacer que acabemos mirándonos a través de los ojos de quienes nos hicieron daño.
Y aquí surge una pregunta: ¿cuánto de lo que crees sobre ti nació realmente de ti y cuánto procede de lo que otros te hicieron sentir?
2. Chucky: cuando quien parece inofensivo puede hacernos daño

Un muñeco infantil debería inspirar ternura y seguridad. Precisamente por eso Chucky resulta tan inquietante: convierte algo familiar en una amenaza.
En la vida real, las personas que nos hacen daño no llevan necesariamente una apariencia amenazante. Pueden ser encantadoras, simpáticas y estar muy bien consideradas por los demás.
Piensa en alguien que delante de otras personas se muestra amable, pero en privado te ridiculiza, te controla o te hace dudar continuamente de lo que has vivido.
Una de las experiencias más desconcertantes en este tipo de relaciones es que los demás no siempre reconocen lo que está sucediendo. Y la persona que sufre puede terminar preguntándose si estará exagerando.
¿Alguna vez has desconfiado de tu propia percepción porque todo el mundo veía a una persona de manera muy distinta a como la vivías tú?
3. Pennywise: los miedos infantiles que siguen viviendo en nosotros

El payaso de It tiene una habilidad aterradora: sabe encontrar aquello que más teme cada una de sus víctimas.
Y aquí aparece una reflexión que me parece muy importante. No todos tenemos miedo de las mismas cosas, porque nuestras historias tampoco son iguales.
Hay quien teme profundamente quedarse solo, quien vive pendiente de no equivocarse, quien necesita tenerlo todo previsto y quien interpreta cualquier gesto de desaprobación como una amenaza.
Algunos de esos miedos están relacionados con experiencias anteriores. Un niño que creció sintiendo que debía hacerlo todo perfecto para recibir reconocimiento puede convertirse en un adulto que se angustia ante cualquier error. Quien vivió abandonos importantes puede sentir una intensa inseguridad cuando alguien se distancia.
El tiempo pasa, pero algunas respuestas que aprendimos para protegernos pueden seguir activándose muchos años después.
¿Y si alguno de tus miedos actuales tuviera más relación con lo que viviste que con lo que realmente está sucediendo ahora?
4. Freddy Krueger: cuando ni siquiera dormir nos permite descansar

Freddy aparece en los sueños. Sus víctimas intentan mantenerse despiertas porque dormir se convierte en un peligro.
Fuera de la pantalla hay personas que también llegan a la noche con miedo. No porque aparezca Freddy, sino porque saben que, en cuanto se acuesten, empezarán las preocupaciones, los recuerdos o las pesadillas.
Durante el día pueden mantenerse ocupadas, trabajar, atender a la familia y resolver problemas. Pero cuando todo se queda en silencio, aparece aquello que llevaban horas intentando apartar.
En personas que han vivido experiencias traumáticas, el sueño también puede alterarse porque el organismo continúa funcionando como si necesitara permanecer alerta.
Por eso, cuando alguien lleva tiempo durmiendo mal, además de revisar sus hábitos, conviene interesarse por lo que está viviendo y por aquello que le preocupa.
¿Qué sigue manteniendo tu mente encendida cuando llega el momento de descansar?
5. Drácula: cuando el amor se confunde con la posesión

Drácula seduce, fascina y ejerce poder sobre sus víctimas. Su historia puede servirnos para reflexionar sobre esas relaciones donde la atracción acaba mezclándose con el control.
Todavía escuchamos frases como «se pone celoso porque me quiere mucho», «necesita saber dónde estoy porque se preocupa por mí» o «no le gusta que salga con ciertas personas porque tiene miedo de perderme».
El problema aparece cuando, poco a poco, una persona comienza a renunciar a su libertad para evitar los enfados o las inseguridades de su pareja.
El control no siempre comienza con una prohibición. Puede empezar con pequeños comentarios, reproches, preguntas constantes o gestos que parecen inocentes.
Y llega un momento en el que uno ya no sabe muy bien si decide libremente o si está intentando evitar la reacción del otro.
Una relación debería permitirnos ser quienes somos, no obligarnos a hacernos cada vez más pequeños para conservarla.
6. Ghostface: cuando el miedo viene de alguien en quien confiábamos

Una de las características más inquietantes de Scream es que detrás de la máscara puede esconderse alguien cercano.
Y pocas experiencias nos descolocan tanto como descubrir que una persona en la que confiábamos nos ha traicionado.
Después de una infidelidad, una mentira prolongada, una amistad que nos hizo daño o una experiencia de abuso, puede aparecer una pregunta difícil de responder: «¿Cómo no me di cuenta?».
La persona comienza a revisar conversaciones, recuerdos y detalles que antes parecían normales. En ocasiones llega incluso a desconfiar de su propio criterio.
Y ese miedo puede trasladarse a otras relaciones. Por evitar una nueva decepción, podemos terminar construyendo una distancia enorme con quienes intentan acercarse.
Protegernos después de una experiencia dolorosa es comprensible. Pero vivir desconfiando de todo el mundo también puede convertirse en una forma de sufrimiento.
¿Te estás protegiendo de quien te hizo daño o has terminado protegiéndote también de personas que no tienen nada que ver con aquella historia?
7. Carrie: las humillaciones que seguimos recordando muchos años después

Carrie es una adolescente que sufre burlas, rechazo y humillaciones por parte de sus compañeros. En casa tampoco encuentra la comprensión y el cariño que necesita.
Su historia me hace pensar en todos esos niños y adolescentes que pasan años sintiéndose avergonzados de sí mismos.
Hay experiencias escolares que parecen pequeñas desde la mirada adulta, pero que pueden dejar una huella profunda: un apodo humillante, una burla delante de toda la clase, una fotografía compartida para ridiculizar, una exclusión repetida.
Conozco el peso que algunas de esas experiencias pueden seguir teniendo décadas después. Personas que, siendo adultas, temen hablar en público, mostrar su cuerpo, expresar una opinión o exponerse a la posibilidad de que alguien se ría de ellas.
Carrie lleva el sufrimiento a una respuesta violenta propia de la ficción. En la realidad, sufrir acoso no convierte a nadie en una persona peligrosa.
Pero sí sabemos que la humillación puede dañar profundamente la manera en que alguien se percibe.
¿Sigues mirándote con los ojos de alguien que te hizo sentir inferior hace muchos años?
8. Babadook: el dolor que no desaparece por intentar ignorarlo

En The Babadook, una madre y su hijo conviven con el dolor de una pérdida. El monstruo puede interpretarse como una representación de ese sufrimiento que continúa presente, aunque resulte difícil reconocerlo.
Me parece una de las metáforas más interesantes de esta selección.
Vivimos rodeados de mensajes que nos animan a pasar página rápidamente, ser fuertes y continuar adelante. Pero hay pérdidas que cambian profundamente nuestra vida.
Una muerte, una separación, una enfermedad, la pérdida de un proyecto importante o incluso la vida que imaginábamos tener.
El duelo no siempre se presenta únicamente como tristeza. Puede aparecer irritabilidad, culpa, agotamiento o miedo al futuro. Y también momentos de alivio o tranquilidad que generan sentimientos contradictorios.
En ocasiones, una persona intenta funcionar como si nada hubiera sucedido porque cree que ya debería estar bien.
Pero el dolor no entiende de calendarios.
¿Hay alguna pérdida en tu vida a la que todavía no has podido dedicarle el espacio que necesitabas?
9. Jigsaw: cuando alguien utiliza el sufrimiento como una supuesta enseñanza

Jigsaw somete a sus víctimas a pruebas terribles convencido de que así aprenderán a valorar la vida.
Su historia, evidentemente extrema, me recuerda algunas frases que todavía escuchamos en las relaciones familiares, de pareja o incluso en la educación.
«Te digo estas cosas porque quiero que mejores».
«Si soy duro contigo es por tu bien».
«Tienes que sufrir para aprender».
«Algún día me agradecerás lo que estoy haciendo».
Detrás de algunas de estas expresiones puede esconderse la idea de que tenemos derecho a humillar, controlar o castigar a alguien si creemos que nuestras intenciones son buenas.
Pero querer ayudar a una persona no nos da derecho a decidir por ella ni a utilizar su sufrimiento como método de aprendizaje.
Podemos poner límites, corregir conductas y acompañar decisiones difíciles sin destruir la autoestima de nadie.
¿Alguna vez te hicieron daño y después te dijeron que era por tu bien?
10. Hannibal Lecter: comprender tus emociones no significa preocuparse por ti

Hannibal Lecter es inteligente, educado, observador y capaz de identificar las vulnerabilidades de quienes tiene delante.
Y eso es precisamente lo que lo convierte en un personaje tan inquietante.
En nuestras relaciones podemos encontrarnos con personas que parecen comprendernos perfectamente. Saben qué nos preocupa, qué necesitamos escuchar, cuáles son nuestros miedos y dónde están nuestras inseguridades.
Pero existe una diferencia importante entre conocer emocionalmente a alguien y utilizar ese conocimiento para cuidarlo.
Hay personas que recuerdan nuestras confidencias para acompañarnos en momentos difíciles. Otras pueden utilizarlas para hacernos sentir culpables, manipular nuestras decisiones o conseguir que cedamos.
La inteligencia emocional, por sí sola, no garantiza que alguien actúe con bondad o respeto.
Una buena pregunta para valorar nuestras relaciones es qué hace la otra persona con aquello que sabe que nos duele. ¿Lo protege o lo utiliza en nuestra contra?
Los monstruos del cine llevan máscara. Nuestros miedos, casi nunca.
Después de recorrer estas diez historias, resulta curioso comprobar que lo que más nos inquieta no siempre es la apariencia del personaje, sino aquello que representa.
El rechazo de Frankenstein, los temores infantiles de Pennywise, la traición de Ghostface, la humillación de Carrie, la posesión de Drácula o el duelo de Babadook nos acercan a experiencias que forman parte de la vida de muchas personas.
Y aquí hay algo que considero fundamental desde mi trabajo como psicóloga.
Comprender la historia de una persona no significa justificar sus comportamientos. Haber sufrido rechazo, abandono, acoso o experiencias traumáticas no convierte a nadie en agresor. Tampoco podemos explicar toda conducta dañina a partir de una herida emocional.
Sin embargo, conocer nuestras experiencias sí puede ayudarnos a entender algunas de nuestras reacciones.
Por qué nos cuesta tanto confiar, por qué nos sentimos amenazados ante una crítica, por qué necesitamos controlar determinadas situaciones o por qué una separación nos despierta una angustia que parece desproporcionada.
Hay personas que llevan años intentando eliminar sus miedos sin haber tenido la oportunidad de comprenderlos. Y otras que han normalizado relaciones y situaciones que les hacen daño porque han convivido con ellas durante demasiado tiempo.
La psicología nos ofrece un espacio para revisar esas historias, reconocer lo que hemos aprendido, trabajar las experiencias que continúan afectándonos y desarrollar otras maneras de responder.
No todos los miedos tienen su origen en el pasado. Algunos nos advierten de peligros actuales que necesitamos atender. Otros están relacionados con preocupaciones sobre el futuro. Lo importante es aprender a distinguirlos y comprender qué necesitamos en cada situación.
Este Halloween veremos monstruos, máscaras, disfraces y películas de terror. Quizá podamos aprovecharlo también para mirar con un poco más de curiosidad nuestros propios miedos.
Porque podemos quitarnos un disfraz al terminar la fiesta, pero hay formas de protegernos que llevamos utilizando durante tantos años que ya casi no recordamos cuándo empezamos a necesitarlas.
Y puede que ahí haya una historia que merezca la pena escuchar.
Y tú, ¿qué miedos llevas contigo?
Los monstruos del cine desaparecen cuando termina la película. Pero algunos de nuestros miedos llevan tantos años acompañándonos que hemos aprendido a vivir con ellos sin preguntarnos de dónde vienen.
Antes de terminar, te invito a mirar un poco más allá de los disfraces y dedicarte unas preguntas:
- ¿Qué parte de ti has aprendido a esconder por miedo a que los demás no te acepten?
- ¿Qué cosas sigues intentando demostrar, y a quién, aunque esa persona ya no forme parte de tu vida?
- ¿Hay alguna experiencia de tu infancia que todavía influya en cómo reaccionas cuando te sientes rechazado, criticado o abandonado?
- ¿Qué situación de tu vida actual te provoca una reacción emocional mucho más intensa de lo que tú mismo consigues comprender?
- ¿Has confundido alguna vez que alguien te necesitara, te celara o te controlara con que te quisiera mucho?
- ¿Qué has dejado de hacer, decir o intentar por miedo a volver a sufrir una experiencia del pasado?
- ¿Hay alguna frase que te dijeron hace años y que todavía aparece en tu cabeza cuando dudas de tu valía?
- ¿Qué relación, pérdida o etapa de tu vida sigues intentando cerrar sin haberte permitido reconocer cuánto te dolió?
- ¿Con quién te cuesta poner límites porque temes su reacción, decepcionarle o perder su cariño?
- ¿Qué forma de protegerte te ayudó en otro momento de tu vida, pero ahora puede estar impidiéndote vivir como deseas?
No necesitas responderlas todas ni encontrar una explicación para cada miedo. Puede que alguna te haga recordar algo, que otra te incomode o que descubras una relación entre experiencias que nunca habías conectado.
Porque hay algo que merece la pena preguntarnos: ¿cuántas decisiones de nuestra vida estamos tomando desde lo que deseamos y cuántas desde aquello que tememos que vuelva a suceder?
Este Halloween, además de mirar las máscaras de los demás, quizá podamos prestar atención a las nuestras. A esas que construimos para agradar, evitar conflictos, parecer fuertes, no decepcionar o impedir que vuelvan a hacernos daño.
¿Qué miedo te gustaría que dejara de decidir por ti?
Tal vez las respuestas tengan más relación de la que imaginas.
Yolanda Cuevas
Psicóloga especializada en EMDR y trauma.
Instructora en mindfulness y respiración.

























