Yolanda Cuevas Ayneto

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HALLOWEEN: EL MIEDO TIENE UNA HISTORIA

¿Y si detrás de los monstruos del cine hubiera algo que también reconocemos en nuestra propia vida?

Cada Halloween aparecen los mismos personajes: Frankenstein, Chucky, Drácula, Freddy Krueger, Pennywise… Nos disfrazamos de ellos, vemos sus películas y disfrutamos pasando un poco de miedo, siempre que sepamos que estamos a salvo en el sofá.

Pero hay algo que me parece especialmente interesante de estas historias. Detrás de muchos de estos personajes encontramos experiencias que conocemos bastante bien: el rechazo, el abandono, los celos, el miedo a perder el control, la traición, la vergüenza o el dolor de una pérdida.

El cine convierte esos sentimientos en monstruos. La vida cotidiana, en cambio, los muestra de formas mucho más discretas. En una persona que necesita agradar constantemente, en alguien que desconfía después de una traición, en quien no consigue descansar porque vive preocupado o en quien sigue sintiendo vergüenza por algo que ocurrió hace muchos años.

Te propongo mirar a diez personajes de terror desde otro lugar. No para buscarles un diagnóstico, sino para descubrir qué podemos aprender de sus historias y, de paso, de las nuestras.

1. Frankenstein: cuando el rechazo acaba formando parte de nuestra identidad

Lo más triste de la criatura de Frankenstein es que busca aceptación, pero encuentra rechazo. Su apariencia provoca miedo, incluso antes de que los demás conozcan sus intenciones.

Imagina crecer sintiendo que hay algo en ti que molesta, que no encaja o que nadie quiere conocer. Escuchar tantas veces que eres raro, torpe o insuficiente que terminas creyéndolo.

En consulta encuentro personas adultas que todavía se describen con palabras que escucharon durante su infancia. Personas que evitan mostrarse como son por miedo a volver a sentirse rechazadas.

El rechazo continuado puede hacer que acabemos mirándonos a través de los ojos de quienes nos hicieron daño.

Y aquí surge una pregunta: ¿cuánto de lo que crees sobre ti nació realmente de ti y cuánto procede de lo que otros te hicieron sentir?

2. Chucky: cuando quien parece inofensivo puede hacernos daño

Un muñeco infantil debería inspirar ternura y seguridad. Precisamente por eso Chucky resulta tan inquietante: convierte algo familiar en una amenaza.

En la vida real, las personas que nos hacen daño no llevan necesariamente una apariencia amenazante. Pueden ser encantadoras, simpáticas y estar muy bien consideradas por los demás.

Piensa en alguien que delante de otras personas se muestra amable, pero en privado te ridiculiza, te controla o te hace dudar continuamente de lo que has vivido.

Una de las experiencias más desconcertantes en este tipo de relaciones es que los demás no siempre reconocen lo que está sucediendo. Y la persona que sufre puede terminar preguntándose si estará exagerando.

¿Alguna vez has desconfiado de tu propia percepción porque todo el mundo veía a una persona de manera muy distinta a como la vivías tú?

3. Pennywise: los miedos infantiles que siguen viviendo en nosotros

El payaso de It tiene una habilidad aterradora: sabe encontrar aquello que más teme cada una de sus víctimas.

Y aquí aparece una reflexión que me parece muy importante. No todos tenemos miedo de las mismas cosas, porque nuestras historias tampoco son iguales.

Hay quien teme profundamente quedarse solo, quien vive pendiente de no equivocarse, quien necesita tenerlo todo previsto y quien interpreta cualquier gesto de desaprobación como una amenaza.

Algunos de esos miedos están relacionados con experiencias anteriores. Un niño que creció sintiendo que debía hacerlo todo perfecto para recibir reconocimiento puede convertirse en un adulto que se angustia ante cualquier error. Quien vivió abandonos importantes puede sentir una intensa inseguridad cuando alguien se distancia.

El tiempo pasa, pero algunas respuestas que aprendimos para protegernos pueden seguir activándose muchos años después.

¿Y si alguno de tus miedos actuales tuviera más relación con lo que viviste que con lo que realmente está sucediendo ahora?

4. Freddy Krueger: cuando ni siquiera dormir nos permite descansar

Freddy aparece en los sueños. Sus víctimas intentan mantenerse despiertas porque dormir se convierte en un peligro.

Fuera de la pantalla hay personas que también llegan a la noche con miedo. No porque aparezca Freddy, sino porque saben que, en cuanto se acuesten, empezarán las preocupaciones, los recuerdos o las pesadillas.

Durante el día pueden mantenerse ocupadas, trabajar, atender a la familia y resolver problemas. Pero cuando todo se queda en silencio, aparece aquello que llevaban horas intentando apartar.

En personas que han vivido experiencias traumáticas, el sueño también puede alterarse porque el organismo continúa funcionando como si necesitara permanecer alerta.

Por eso, cuando alguien lleva tiempo durmiendo mal, además de revisar sus hábitos, conviene interesarse por lo que está viviendo y por aquello que le preocupa.

¿Qué sigue manteniendo tu mente encendida cuando llega el momento de descansar?

5. Drácula: cuando el amor se confunde con la posesión

Drácula seduce, fascina y ejerce poder sobre sus víctimas. Su historia puede servirnos para reflexionar sobre esas relaciones donde la atracción acaba mezclándose con el control.

Todavía escuchamos frases como «se pone celoso porque me quiere mucho», «necesita saber dónde estoy porque se preocupa por mí» o «no le gusta que salga con ciertas personas porque tiene miedo de perderme».

El problema aparece cuando, poco a poco, una persona comienza a renunciar a su libertad para evitar los enfados o las inseguridades de su pareja.

El control no siempre comienza con una prohibición. Puede empezar con pequeños comentarios, reproches, preguntas constantes o gestos que parecen inocentes.

Y llega un momento en el que uno ya no sabe muy bien si decide libremente o si está intentando evitar la reacción del otro.

Una relación debería permitirnos ser quienes somos, no obligarnos a hacernos cada vez más pequeños para conservarla.

6. Ghostface: cuando el miedo viene de alguien en quien confiábamos

Una de las características más inquietantes de Scream es que detrás de la máscara puede esconderse alguien cercano.

Y pocas experiencias nos descolocan tanto como descubrir que una persona en la que confiábamos nos ha traicionado.

Después de una infidelidad, una mentira prolongada, una amistad que nos hizo daño o una experiencia de abuso, puede aparecer una pregunta difícil de responder: «¿Cómo no me di cuenta?».

La persona comienza a revisar conversaciones, recuerdos y detalles que antes parecían normales. En ocasiones llega incluso a desconfiar de su propio criterio.

Y ese miedo puede trasladarse a otras relaciones. Por evitar una nueva decepción, podemos terminar construyendo una distancia enorme con quienes intentan acercarse.

Protegernos después de una experiencia dolorosa es comprensible. Pero vivir desconfiando de todo el mundo también puede convertirse en una forma de sufrimiento.

¿Te estás protegiendo de quien te hizo daño o has terminado protegiéndote también de personas que no tienen nada que ver con aquella historia?

7. Carrie: las humillaciones que seguimos recordando muchos años después

Carrie es una adolescente que sufre burlas, rechazo y humillaciones por parte de sus compañeros. En casa tampoco encuentra la comprensión y el cariño que necesita.

Su historia me hace pensar en todos esos niños y adolescentes que pasan años sintiéndose avergonzados de sí mismos.

Hay experiencias escolares que parecen pequeñas desde la mirada adulta, pero que pueden dejar una huella profunda: un apodo humillante, una burla delante de toda la clase, una fotografía compartida para ridiculizar, una exclusión repetida.

Conozco el peso que algunas de esas experiencias pueden seguir teniendo décadas después. Personas que, siendo adultas, temen hablar en público, mostrar su cuerpo, expresar una opinión o exponerse a la posibilidad de que alguien se ría de ellas.

Carrie lleva el sufrimiento a una respuesta violenta propia de la ficción. En la realidad, sufrir acoso no convierte a nadie en una persona peligrosa.

Pero sí sabemos que la humillación puede dañar profundamente la manera en que alguien se percibe.

¿Sigues mirándote con los ojos de alguien que te hizo sentir inferior hace muchos años?

8. Babadook: el dolor que no desaparece por intentar ignorarlo

En The Babadook, una madre y su hijo conviven con el dolor de una pérdida. El monstruo puede interpretarse como una representación de ese sufrimiento que continúa presente, aunque resulte difícil reconocerlo.

Me parece una de las metáforas más interesantes de esta selección.

Vivimos rodeados de mensajes que nos animan a pasar página rápidamente, ser fuertes y continuar adelante. Pero hay pérdidas que cambian profundamente nuestra vida.

Una muerte, una separación, una enfermedad, la pérdida de un proyecto importante o incluso la vida que imaginábamos tener.

El duelo no siempre se presenta únicamente como tristeza. Puede aparecer irritabilidad, culpa, agotamiento o miedo al futuro. Y también momentos de alivio o tranquilidad que generan sentimientos contradictorios.

En ocasiones, una persona intenta funcionar como si nada hubiera sucedido porque cree que ya debería estar bien.

Pero el dolor no entiende de calendarios.

¿Hay alguna pérdida en tu vida a la que todavía no has podido dedicarle el espacio que necesitabas?

9. Jigsaw: cuando alguien utiliza el sufrimiento como una supuesta enseñanza

Jigsaw somete a sus víctimas a pruebas terribles convencido de que así aprenderán a valorar la vida.

Su historia, evidentemente extrema, me recuerda algunas frases que todavía escuchamos en las relaciones familiares, de pareja o incluso en la educación.

«Te digo estas cosas porque quiero que mejores».

«Si soy duro contigo es por tu bien».

«Tienes que sufrir para aprender».

«Algún día me agradecerás lo que estoy haciendo».

Detrás de algunas de estas expresiones puede esconderse la idea de que tenemos derecho a humillar, controlar o castigar a alguien si creemos que nuestras intenciones son buenas.

Pero querer ayudar a una persona no nos da derecho a decidir por ella ni a utilizar su sufrimiento como método de aprendizaje.

Podemos poner límites, corregir conductas y acompañar decisiones difíciles sin destruir la autoestima de nadie.

¿Alguna vez te hicieron daño y después te dijeron que era por tu bien?

10. Hannibal Lecter: comprender tus emociones no significa preocuparse por ti

Hannibal Lecter es inteligente, educado, observador y capaz de identificar las vulnerabilidades de quienes tiene delante.

Y eso es precisamente lo que lo convierte en un personaje tan inquietante.

En nuestras relaciones podemos encontrarnos con personas que parecen comprendernos perfectamente. Saben qué nos preocupa, qué necesitamos escuchar, cuáles son nuestros miedos y dónde están nuestras inseguridades.

Pero existe una diferencia importante entre conocer emocionalmente a alguien y utilizar ese conocimiento para cuidarlo.

Hay personas que recuerdan nuestras confidencias para acompañarnos en momentos difíciles. Otras pueden utilizarlas para hacernos sentir culpables, manipular nuestras decisiones o conseguir que cedamos.

La inteligencia emocional, por sí sola, no garantiza que alguien actúe con bondad o respeto.

Una buena pregunta para valorar nuestras relaciones es qué hace la otra persona con aquello que sabe que nos duele. ¿Lo protege o lo utiliza en nuestra contra?


Los monstruos del cine llevan máscara. Nuestros miedos, casi nunca.

Después de recorrer estas diez historias, resulta curioso comprobar que lo que más nos inquieta no siempre es la apariencia del personaje, sino aquello que representa.

El rechazo de Frankenstein, los temores infantiles de Pennywise, la traición de Ghostface, la humillación de Carrie, la posesión de Drácula o el duelo de Babadook nos acercan a experiencias que forman parte de la vida de muchas personas.

Y aquí hay algo que considero fundamental desde mi trabajo como psicóloga.

Comprender la historia de una persona no significa justificar sus comportamientos. Haber sufrido rechazo, abandono, acoso o experiencias traumáticas no convierte a nadie en agresor. Tampoco podemos explicar toda conducta dañina a partir de una herida emocional.

Sin embargo, conocer nuestras experiencias sí puede ayudarnos a entender algunas de nuestras reacciones.

Por qué nos cuesta tanto confiar, por qué nos sentimos amenazados ante una crítica, por qué necesitamos controlar determinadas situaciones o por qué una separación nos despierta una angustia que parece desproporcionada.

Hay personas que llevan años intentando eliminar sus miedos sin haber tenido la oportunidad de comprenderlos. Y otras que han normalizado relaciones y situaciones que les hacen daño porque han convivido con ellas durante demasiado tiempo.

La psicología nos ofrece un espacio para revisar esas historias, reconocer lo que hemos aprendido, trabajar las experiencias que continúan afectándonos y desarrollar otras maneras de responder.

No todos los miedos tienen su origen en el pasado. Algunos nos advierten de peligros actuales que necesitamos atender. Otros están relacionados con preocupaciones sobre el futuro. Lo importante es aprender a distinguirlos y comprender qué necesitamos en cada situación.

Este Halloween veremos monstruos, máscaras, disfraces y películas de terror. Quizá podamos aprovecharlo también para mirar con un poco más de curiosidad nuestros propios miedos.

Porque podemos quitarnos un disfraz al terminar la fiesta, pero hay formas de protegernos que llevamos utilizando durante tantos años que ya casi no recordamos cuándo empezamos a necesitarlas.

Y puede que ahí haya una historia que merezca la pena escuchar.

Y tú, ¿qué miedos llevas contigo?

Los monstruos del cine desaparecen cuando termina la película. Pero algunos de nuestros miedos llevan tantos años acompañándonos que hemos aprendido a vivir con ellos sin preguntarnos de dónde vienen.

Antes de terminar, te invito a mirar un poco más allá de los disfraces y dedicarte unas preguntas:

  • ¿Qué parte de ti has aprendido a esconder por miedo a que los demás no te acepten?
  • ¿Qué cosas sigues intentando demostrar, y a quién, aunque esa persona ya no forme parte de tu vida?
  • ¿Hay alguna experiencia de tu infancia que todavía influya en cómo reaccionas cuando te sientes rechazado, criticado o abandonado?
  • ¿Qué situación de tu vida actual te provoca una reacción emocional mucho más intensa de lo que tú mismo consigues comprender?
  • ¿Has confundido alguna vez que alguien te necesitara, te celara o te controlara con que te quisiera mucho?
  • ¿Qué has dejado de hacer, decir o intentar por miedo a volver a sufrir una experiencia del pasado?
  • ¿Hay alguna frase que te dijeron hace años y que todavía aparece en tu cabeza cuando dudas de tu valía?
  • ¿Qué relación, pérdida o etapa de tu vida sigues intentando cerrar sin haberte permitido reconocer cuánto te dolió?
  • ¿Con quién te cuesta poner límites porque temes su reacción, decepcionarle o perder su cariño?
  • ¿Qué forma de protegerte te ayudó en otro momento de tu vida, pero ahora puede estar impidiéndote vivir como deseas?

No necesitas responderlas todas ni encontrar una explicación para cada miedo. Puede que alguna te haga recordar algo, que otra te incomode o que descubras una relación entre experiencias que nunca habías conectado.

Porque hay algo que merece la pena preguntarnos: ¿cuántas decisiones de nuestra vida estamos tomando desde lo que deseamos y cuántas desde aquello que tememos que vuelva a suceder?

Este Halloween, además de mirar las máscaras de los demás, quizá podamos prestar atención a las nuestras. A esas que construimos para agradar, evitar conflictos, parecer fuertes, no decepcionar o impedir que vuelvan a hacernos daño.

¿Qué miedo te gustaría que dejara de decidir por ti?

Tal vez las respuestas tengan más relación de la que imaginas.

Yolanda Cuevas
Psicóloga especializada en EMDR y trauma.

Instructora en mindfulness y respiración.

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Cuando la frustración se apodera de ti: aprender a sentirla sin dejar que decida por ti

Hay momentos en los que lo que más daño nos hace no es lo que ha sucedido, sino cómo hemos reaccionado ante ello.

Piensa en la última vez que algo no salió como esperabas. Una conversación que terminó mal, un plan que se estropeó, una respuesta que no llegó, alguien que no hizo lo que tú considerabas lógico, una equivocación tuya después de mucho esfuerzo.

¿Cómo reaccionaste?

Puede que te enfadaras más de lo que te hubiera gustado. Que levantaras la voz, dijeras algo hiriente, te encerraras en el silencio o mandaras un mensaje del que después te arrepentiste. Tal vez abandonaste algo importante porque no estaba saliendo como querías, o pasaste el resto del día de mal humor, haciendo pagar a otras personas algo que ni siquiera tenía que ver con ellas.

Y después, cuando todo pasó, llegó esa sensación tan conocida.

«No tendría que haber reaccionado así».

«He vuelto a hacerlo».

«No era para tanto».

«¿Por qué me pongo de esta manera?».

Es curioso cómo cambia nuestra forma de ver las cosas cuando disminuye la intensidad emocional. Lo que hace unas horas parecía insoportable ahora resulta más manejable. Encontramos otras explicaciones, se nos ocurren soluciones y podemos reconocer que había más de una manera de responder.

Pero lo que dijimos ya está dicho. La oportunidad que abandonamos puede haberse perdido. La persona a la que queríamos cuidar quizá terminó herida. Y a la frustración inicial se suma una nueva carga: la culpa.

La frustración ha pasado, pero las consecuencias de nuestra reacción pueden permanecer.

Por eso quiero hablarte de esta emoción. Porque no podemos evitar que aparezca, ni sería saludable intentarlo, pero sí podemos aprender a relacionarnos con ella de otra manera.

¿Qué es realmente la frustración y por qué puede afectarnos tanto?

La frustración aparece cuando existe una distancia entre lo que deseamos, necesitamos o esperamos y lo que finalmente sucede.

Querías que te escucharan y te interrumpieron. Habías organizado tu día y surgió un imprevisto. Esperabas reconocimiento por tu esfuerzo y nadie lo valoró. Pensabas que ibas a conseguir algo y recibiste un no.

En todos estos ejemplos hay algo en común: la realidad no ha respondido a tus expectativas.

La frustración es una experiencia humana normal. Nos informa de que algo nos importa, de que encontramos un obstáculo o de que una necesidad no ha sido satisfecha. Puede ayudarnos a reconocer problemas, revisar decisiones, perseverar o buscar alternativas.

El problema aparece cuando esa emoción adquiere tanta intensidad que dejamos de escuchar lo que nos está diciendo y empezamos a actuar exclusivamente desde ella.

Hay personas que la experimentan como un enfado intenso. Otras lloran, se bloquean, se desesperan o sienten una enorme necesidad de abandonar. También hay quienes no expresan su frustración hacia fuera, pero se castigan internamente con pensamientos muy duros.

Una misma situación puede provocar respuestas completamente diferentes. Para alguien, un cambio de planes será una molestia pasajera. Para otra persona, puede convertirse en una experiencia de descontrol que arruine toda su tarde.

La diferencia no siempre está en lo que ha ocurrido, sino en lo que esa situación significa para cada persona, en su historia y en los recursos que tiene disponibles en ese momento.

¿Por qué algunas personas toleran tan mal la frustración?

Me parece importante explicar esto porque, cuando alguien se desborda con frecuencia, suele recibir comentarios como «tienes que aprender a controlarte», «no es para tanto» o «te enfadas por cualquier cosa».

Esas frases pocas veces ayudan a comprender lo que está sucediendo.

La tolerancia a la frustración se desarrolla a lo largo de la vida, influida por el temperamento, las experiencias de aprendizaje, las relaciones, las circunstancias y las habilidades de regulación emocional.

Hay personas que crecieron en entornos donde apenas se les permitió equivocarse. Un error podía traer críticas, humillaciones o rechazo. Para ellas, las cosas que salen mal pueden despertar emociones que van mucho más allá de una simple decepción.

Otras aprendieron que había que conseguir resultados, hacerlo todo bien y no perder el control. Cuando algo se tuerce, lo viven como un fracaso personal.

También hay quienes crecieron viendo a los adultos responder a los contratiempos con gritos, amenazas, silencios prolongados o desesperación. Si nadie nos enseña otras formas de gestionar el malestar, podemos acabar repitiendo aquello que conocemos.

Y hay personas que han pasado por experiencias difíciles, situaciones de inseguridad o relaciones en las que no tenían capacidad para decidir. En algunas de ellas, perder el control de una situación actual puede activar una sensación de amenaza que resulta desproporcionada respecto al acontecimiento presente.

Desde mi trabajo con el trauma, considero importante explorar estas conexiones, sin asumir que toda dificultad para gestionar la frustración tiene necesariamente un origen traumático.

A ello hay que añadir algo que olvidamos con facilidad: el estado en el que llegamos a una situación.

Cuando llevas días durmiendo mal, soportando demasiada presión, acumulando responsabilidades o sintiendo que nadie cuenta contigo, tu margen para tolerar un nuevo contratiempo puede ser mucho menor.

Por eso conviene sustituir una pregunta que juzga por otra que ayuda a comprender.

En lugar de preguntarte «¿qué me pasa para ponerme así?», prueba con:

«¿Qué está haciendo que esto resulte tan difícil de soportar para mí?».

Cuando detrás de la frustración hay algo más

Imagina que has quedado con tu pareja y, a última hora, te dice que tiene que cancelar el plan.

Te enfadas muchísimo. Contestas con frialdad, haces algún reproche y terminas diciendo que ya no quieres organizar nada más.

Pero ¿qué ha sucedido realmente dentro de ti?

Puede que la cancelación te haya hecho sentir poco importante. Que te haya recordado otras ocasiones en las que percibiste que no contaban contigo. O que llevaras días necesitando compartir tiempo y ese encuentro tuviera para ti un significado especial.

Lo mismo puede ocurrir cuando alguien no responde a un mensaje, cuando un compañero cuestiona nuestro trabajo o cuando un hijo no hace lo que le pedimos.

La situación visible es una parte de la historia. Nuestra interpretación, nuestras necesidades y lo que hemos aprendido en experiencias anteriores también pueden participar en la reacción.

Por eso, cuando la frustración es recurrente o especialmente intensa, aprender técnicas para tranquilizarse puede ser útil, pero merece la pena investigar qué está activándose y por qué.

La trampa de querer que todo sea como tú esperabas

Una de las grandes dificultades para tolerar la frustración es convertir nuestros deseos en exigencias.

Me gustaría que mi pareja me comprendiera, por supuesto. Pero puedo empezar a sufrir mucho más si pienso que tiene que comprenderme siempre y de la manera que yo espero.

Quiero que las cosas salgan bien. Es legítimo. Pero puedo hacerme daño si interpreto que no puedo soportar que algo salga mal.

Me gustaría que alguien reconociera mi esfuerzo. Sin embargo, si mi bienestar depende por completo de recibir ese reconocimiento, quedaré muy expuesto a las respuestas de los demás.

Hay una diferencia enorme entre desear algo intensamente y considerar insoportable que no suceda.

No todo lo que queremos depende de nosotros. Ni las personas van a responder siempre como esperamos, ni todos los esfuerzos tendrán el resultado deseado, ni la vida será justa en todas las circunstancias.

Aceptar esta realidad no significa resignarse, permitir faltas de respeto o dejar de luchar por lo importante.

Significa reconocer que hay situaciones que podemos cambiar y otras ante las que tendremos que aprender a responder sin destruir nuestro bienestar por el camino.

Y también significa reconocer las injusticias reales: algunas frustraciones nacen de condiciones laborales abusivas, dificultades económicas, desigualdades o relaciones dañinas. En esos casos, regularse puede ayudarnos a actuar con más claridad, pero no sustituye la necesidad de cambiar aquello que nos perjudica.

Cuando la frustración te convierte, durante unos minutos, en alguien que no quieres ser

Esta es una de las reflexiones que más me interesa compartir contigo.

Imagina que uno de tus valores es el respeto. Te importa tratar bien a los demás, especialmente a las personas que quieres.

Pero cuando algo te frustra, gritas, interrumpes, ridiculizas o haces comentarios que sabes que pueden herir.

Quizá valoras mucho el esfuerzo y la constancia, pero abandonas proyectos en cuanto algo no sale como esperabas.

O deseas tener una relación de pareja cercana y afectuosa, pero cuando te sientes decepcionado castigas al otro con indiferencia durante horas.

Lo doloroso es que, cuando recuperas la calma, reconoces que esa conducta no representa la persona que quieres ser.

Hay una distancia entre tus valores y tu comportamiento que se ha hecho visible precisamente cuando más difícil te resultaba actuar de acuerdo con ellos.

Y merece la pena prestarle atención.

Porque nuestros valores no sirven únicamente para definirnos cuando todo va bien. También pueden orientarnos cuando estamos enfadados, decepcionados, cansados o heridos.

Una pregunta especialmente útil en esos momentos es:

«Si actúo como me está pidiendo ahora mismo mi frustración, ¿me acercaré o me alejaré de la persona que quiero ser?».

No necesitas dejar de sentir para actuar con respeto. Puedes estar muy enfadado y decidir no insultar. Puedes sentir una enorme decepción y evitar tomar una decisión definitiva. Puedes reconocer que necesitas distancia sin utilizar el silencio para castigar.

Eso también es aprender a regularse.

El problema de querer resolver la frustración inmediatamente

Cuando sentimos una emoción desagradable intensa, nuestro impulso puede ser eliminarla cuanto antes.

Queremos responder al mensaje ahora. Exigir explicaciones. Conseguir que el otro reconozca que tenemos razón. Abandonar lo que estamos haciendo. Tomar una decisión que termine con la incertidumbre.

Y, en ocasiones, actuamos con esa urgencia porque confundimos aliviar el malestar con resolver el problema.

Gritar puede producir una descarga momentánea, pero deteriorar la conversación. Dejar un proyecto puede eliminar durante unas horas la sensación de fracaso, pero privarnos de algo que realmente deseábamos. Enviar un mensaje impulsivo puede hacernos sentir que hemos recuperado el control, pero generar un conflicto mayor.

La reacción inmediata puede ofrecer alivio a corto plazo y crear dificultades a largo plazo.

Aprender a tolerar la frustración implica desarrollar una capacidad especialmente valiosa: poder sentir algo desagradable sin necesitar que desaparezca inmediatamente ni obedecer todos los impulsos que genera.

Esta habilidad no aparece de un día para otro. Se entrena.

Cinco situaciones cotidianas en las que puedes reconocerte

En pareja

Tu pareja no reacciona como esperabas y piensas: «Le da igual lo que siento». Respondes con reproches. Detrás puede haber tristeza, necesidad de atención o miedo a no ser importante.

Otra posibilidad: «Esto me ha dolido. Quiero hablarlo, pero necesito ordenar lo que siento».

En el trabajo

Recibes una crítica y piensas: «Todo lo hago mal». Te pones a la defensiva o pierdes la motivación.

Otra posibilidad: «Esto me incomoda. Voy a valorar qué parte puede ayudarme y qué parte no comparto».

Con tus hijos

Les pides algo varias veces y pierdes la paciencia. Acabas gritando, aunque sabes que querías enseñarles a gestionar las dificultades con respeto.

Otra posibilidad: detenerte, regularte y mantener el límite con firmeza, sin recurrir a la intimidación.

Contigo mismo

Te equivocas haciendo algo nuevo y concluyes: «No sirvo para esto». Abandonas antes de permitirte aprender.

Otra posibilidad: «Me gustaría hacerlo mejor, pero estoy aprendiendo. Un error no define mi capacidad».

Ante los imprevistos

Una gestión se retrasa y todo tu día parece arruinado. Descargas el mal humor con quienes te rodean.

Otra posibilidad: «Esto me fastidia. ¿Qué puedo reorganizar y qué voy a tener que aceptar hoy?».

Cómo empezar a entrenar tu tolerancia a la frustración

La regulación emocional no consiste en vivir permanentemente en calma. Consiste en aprender a reconocer lo que sentimos, comprenderlo y responder de maneras que cuiden nuestra vida y nuestras relaciones, incluso cuando el malestar sigue presente.

Quiero proponerte varios ejercicios. No los leas únicamente como consejos para recordar cuando estés muy alterado. Intenta practicarlos también en momentos de tranquilidad.

1. Aprende a reconocer cuándo empieza a subir la frustración

Casi siempre existen señales previas, aunque no siempre sabemos identificarlas.

Puede que empieces a hablar más deprisa, aprietes la mandíbula, sientas calor en el pecho, respires de manera más superficial o experimentes una urgencia creciente por responder.

También aparecen pensamientos característicos: «Siempre me pasa lo mismo», «No lo soporto», «Ya está bien», «Todo sale mal».

Reconocer esas señales tempranas permite intervenir antes de alcanzar una intensidad difícil de manejar.

2. Date permiso para sentir, pero no para hacer cualquier cosa

Estar frustrado es legítimo. Hacer daño no es una consecuencia inevitable ni una conducta que debamos justificar por sentirnos desbordados.

Puedes decirte: «Estoy muy frustrado. Lo que ha pasado me importa. Voy a darme un poco de tiempo antes de decidir qué hacer».

Si lo necesitas, deja temporalmente una conversación, camina, apoya los pies en el suelo o realiza unas respiraciones lentas y cómodas. No busques obligarte a estar bien; busca recuperar suficiente margen para elegir.

3. Revisa la historia que te estás contando

Cuando estamos frustrados, tendemos en ocasiones a interpretar la situación de forma extrema.

«Nunca me escuchan».

«Todo me sale mal».

«Lo ha hecho para fastidiarme».

«No puedo con esto».

Prueba a preguntarte si estás describiendo hechos o interpretándolos, si existen otras explicaciones y si la situación es tan definitiva como la estás sintiendo.

No necesitas convencerte de que todo está bien. Necesitas ampliar tu perspectiva.

4. Practica pequeñas frustraciones voluntarias

La tolerancia aumenta cuando aprendemos, de manera gradual, que podemos atravesar una incomodidad sin reaccionar automáticamente para eliminarla.

Puedes practicar esperando un poco antes de mirar el móvil, aceptando un pequeño cambio de planes, permitiéndote no destacar en una actividad nueva o continuando una tarea razonablemente difícil aunque no obtengas resultados inmediatos.

El objetivo no es buscar sufrimiento ni soportar situaciones perjudiciales. Es desarrollar flexibilidad ante contratiempos cotidianos, seguros y asumibles.

5. Aprende a reparar sin castigarte

Puede que, pese a todo lo anterior, vuelvas a reaccionar de una manera que no te guste.

En ese caso, evita los dos extremos: justificar tu conducta porque estabas frustrado o machacarte durante horas por haber perdido el control.

Reconoce lo sucedido, responsabilízate, repara el daño cuando sea posible y aprende de la experiencia.

Puedes decir: «Ayer estaba muy frustrado, pero eso no justifica cómo te hablé. Siento haberte herido. Estoy trabajando para responder de otra manera».

La culpa puede convertirse en una oportunidad para cambiar, siempre que no termine siendo únicamente una forma de castigarnos.

MI MAPA DE LA FRUSTRACIÓN

Te propongo recordar una situación reciente en la que la frustración te dominó. Elige una que puedas revisar sin sentirte desbordado

  1. ¿Qué ocurrió realmente?
  2. ¿Qué esperabas que sucediera?
  3. ¿Qué sentiste y notaste en tu cuerpo?
  4. ¿Qué te dijiste en ese momento?
  5. ¿Cómo reaccionaste y qué consecuencias tuvo?
  6. ¿Qué valor personal te habría gustado cuidar?
  7. ¿Qué respuesta alternativa quieres ensayar la próxima vez?

Un reto de siete días para entrenar la frustración

Durante una semana, observa cómo respondes a pequeñas situaciones incómodas. Puedes utilizar esta propuesta a tu ritmo, repitiendo los días que necesites.

Día 1. Observa

Detecta una frustración cotidiana sin intentar cambiar nada todavía. Anota qué la desencadenó.

Día 2. Reconoce tu cuerpo

Busca las primeras señales físicas de tensión, enfado o impaciencia.

Día 3. Practica la pausa

Ante una pequeña contrariedad, espera antes de contestar o tomar una decisión.

Día 4. Flexibiliza

Acepta un cambio de planes de poca importancia y observa cómo evoluciona tu malestar.

Día 5. Cambia una exigencia

Sustituye un «tiene que salir así» por «me gustaría que saliera así, pero puedo afrontar otras posibilidades».

Día 6. Actúa desde un valor

En una situación difícil, elige conscientemente una conducta que represente cómo quieres comportarte.

Día 7. Revisa

Reconoce qué has aprendido, qué te sigue costando y qué pequeño cambio quieres mantener.No buscamos siete días perfectos. Buscamos siete oportunidades para aprender.

Preguntas para mirar un poco más dentro de ti

Te invito a dedicar unos minutos a estas preguntas. Algunas pueden resultar incómodas, especialmente si llevas tiempo justificando determinadas reacciones porque sientes que los demás te provocan.

  1. ¿Qué cosas pequeñas consiguen arruinarte un día entero? ¿Cuánto espacio de tu vida les estás entregando?
  2. ¿Qué suele dolerte más cuando algo no sale como esperabas: perder el control, sentirte rechazado, equivocarte, no ser reconocido o no conseguir lo que deseas?
  3. ¿Qué aprendiste en tu infancia sobre equivocarte, esperar, perder o recibir un no?
  4. ¿A quién suelen alcanzar las consecuencias de tu frustración? ¿Son siempre las personas responsables de lo que ha ocurrido?
  5. ¿Cuántas veces has perdido algo importante intentando ganar una discusión o demostrar que tenías razón?
  6. ¿Qué proyectos, conversaciones u oportunidades has abandonado porque no soportabas que las cosas fueran difíciles?
  7. ¿Qué te dices cuando cometes un error? ¿Le hablarías así a alguien a quien quieres?
  8. ¿Qué emociones te cuesta reconocer debajo del enfado: tristeza, vergüenza, miedo, soledad, decepción?
  9. ¿Cómo cambiarían tus relaciones si aprendieras a expresar tu frustración sin convertirla en un ataque?
  10. Si alguien observara cómo reaccionas cuando la vida no te da lo que quieres, ¿qué aprendería de ti sobre el respeto, la paciencia y el cuidado?
  11. ¿Qué parte de tu bienestar estás dejando en manos de que todo salga como habías previsto?
  12. ¿Qué te gustaría empezar a hacer de manera diferente para que, cuando pase la frustración, puedas sentirte en paz con tu comportamiento?

Y si tu frustración tiene raíces más profundas…

Hay personas que llevan muchos años reaccionando de forma intensa ante determinadas situaciones. Lo han intentado cambiar, han leído consejos, han practicado ejercicios y, sin embargo, cuando llega el momento, sienten que todo vuelve a suceder.

En estos casos puede ser importante mirar más allá de la reacción.

Comprender qué experiencias contribuyeron a desarrollar esa sensibilidad, qué creencias tenemos sobre nosotros mismos, qué amenazas interpretamos en determinadas situaciones y qué recursos de regulación hemos aprendido.

Desde la psicoterapia podemos trabajar estas dificultades de una manera más profunda. Cuando existen experiencias traumáticas o recuerdos que siguen activando respuestas intensas, el abordaje del trauma, incluido EMDR cuando está indicado, puede formar parte del tratamiento.

El mindfulness también puede ayudarnos a desarrollar una mayor conciencia de nuestras emociones, pensamientos y sensaciones corporales, creando oportunidades para responder de una manera más consciente.

Y algo importante: si la frustración está dando lugar a intimidación, agresiones o comportamientos dañinos reiterados, conviene buscar ayuda profesional. Comprender el origen de una reacción nunca elimina la responsabilidad de cambiarla.

La próxima vez que algo no salga como esperabas…

Quiero terminar proponiéndote una reflexión.

Piensa en cuántas horas de tu vida has perdido enfadándote por cosas que finalmente se resolvieron. Cuántas conversaciones se estropearon por una reacción impulsiva. Cuántos momentos agradables quedaron empañados porque algo no sucedió exactamente como habías imaginado.

Y también en cuánto sufrimiento te has añadido por exigir que todo saliera bien, por no permitirte equivocarte o por interpretar cada obstáculo como un fracaso.

Seguramente hayas comprobado muchas veces que la frustración termina disminuyendo. Que aquello que parecía insoportable deja de serlo. Que, con algo de distancia, encuentras maneras de afrontar lo que antes te desbordaba.

Pero hay algo que merece especialmente nuestra atención: mientras esperamos a que la emoción pase, nuestra vida sigue sucediendo.

Siguen ahí las personas que queremos, las oportunidades que deseamos aprovechar, las conversaciones que merecen ser cuidadas y los proyectos por los que tanto hemos trabajado.

No quiero animarte a que aceptes cualquier cosa, a que renuncies a tus deseos o a que te conformes con situaciones injustas. Quiero animarte a desarrollar la capacidad de atravesar aquello que te incomoda sin perder de vista lo que verdaderamente importa.

Porque puedes sentir frustración y seguir siendo amable. Puedes estar decepcionado y mantener tus compromisos. Puedes enfadarte y poner límites con firmeza. Puedes fracasar en algo y seguir confiando en tu capacidad para aprender.

Y cuando no lo consigas, porque habrá ocasiones en las que no lo consigas, puedes responsabilizarte, reparar y volver a intentarlo.

Ojalá la próxima vez que algo no salga como esperabas no tengas que añadir al disgusto inicial el dolor de haberte comportado en contra de tus propios valores.

Que puedas mirar atrás y pensar:

«No salió como quería. Me costó aceptarlo. Me enfadé, me dolió y tuve que hacer un esfuerzo para gestionarlo. Pero esta vez elegí cómo quería responder».

Porque, al final, una parte importante de nuestro bienestar depende de aprender a vivir también esos días en los que las cosas no salen como deseábamos.

Y esa capacidad se puede seguir desarrollando a cualquier edad.

Yolanda Cuevas, psicóloga especializada en trauma y EMDR. Instructora de mindfulness.

yolandacuevas.es

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Volver al presente a través de los sentidos: una herramienta para cuando la mente se queda atrapada en el pasado o se adelanta al futuro


Hay momentos en los que estamos físicamente en un lugar, pero nuestra atención está en otro sitio. Podemos estar sentados en casa, trabajando, conduciendo o intentando dormir y, sin embargo, nuestra mente sigue enganchada a una conversación de hace días, a algo que ocurrió hace años o a una situación que tememos que pueda suceder mañana.


Cuando esto ocurre, el cuerpo también puede reaccionar. Aparece tensión, aceleración, inquietud, presión en el pecho, pensamientos repetitivos o esa sensación de no poder salir de lo mismo. Y aunque racionalmente sepamos que en ese momento no está ocurriendo aquello que recordamos o tememos, nuestro sistema nervioso puede seguir respondiendo como si tuviera que protegernos de algo.


Una de las herramientas que podemos utilizar en esos momentos es volver al presente a través de los sentidos.
No es una técnica mágica ni pretende eliminar de inmediato lo que sentimos. Su objetivo es mucho más sencillo: ayudar a nuestra atención y a nuestro cerebro a registrar de nuevo qué está ocurriendo aquí y ahora.


¿Por qué los sentidos pueden ayudarnos a volver al presente?

La ansiedad, la preocupación o algunos recuerdos difíciles tienen algo en común: muchas veces nos alejan del momento actual.
Podemos quedarnos atrapados en el pasado, repasando lo que sucedió, lo que hicimos, lo que nos dijeron o lo que nos habría gustado hacer de otra manera. O podemos vivir adelantándonos continuamente al futuro: imaginando problemas, anticipando conversaciones, pensando qué podría salir mal o intentando tener bajo control situaciones que todavía no han ocurrido.
Mientras tanto, el presente queda en un segundo plano.


Los sentidos nos ofrecen información que pertenece al ahora. Lo que estoy viendo está ocurriendo en este momento. El sonido que escucho pertenece a este instante. La temperatura que noto en mis manos, el contacto de mis pies con el suelo o el sabor de lo que estoy bebiendo son señales actuales.
Dirigir conscientemente la atención hacia ellas puede ayudar a interrumpir, aunque sea por unos momentos, ese viaje continuo entre pasado y futuro.
Podemos pensar en ello como una forma de orientación. No estamos diciendo al cuerpo “cálmate” ni intentando convencerlo de que no pasa nada. Le estamos ofreciendo información: mira dónde estás ahora, escucha lo que hay a tu alrededor, siente el suelo bajo tus pies, observa este momento.
Y esto puede ser especialmente importante cuando lo que estamos sintiendo tiene relación con experiencias pasadas. En determinados momentos, un recuerdo, una sensación corporal, una conversación o una situación actual pueden activar respuestas que pertenecen en parte a otras experiencias. Volver a mirar alrededor y registrar el contexto actual ayuda al cerebro a diferenciar mejor entre aquello que ocurrió entonces y lo que está ocurriendo ahora.
La técnica 5-4-3-2-1
Una de las formas más conocidas de practicarlo es utilizar los cinco sentidos siguiendo esta secuencia:
5 cosas que ves.
Mira a tu alrededor y nombra cinco cosas. No tienen que ser especiales: una lámpara, una ventana, una taza, un árbol, el color de una pared.
4 cosas que puedes tocar o sentir con el cuerpo.
Puedes notar el contacto de los pies con el suelo, la espalda apoyada en una silla, la textura de tu ropa o coger algún objeto y fijarte en cómo se siente en las manos.
3 cosas que oyes.
Escucha durante unos segundos. Quizá haya tráfico, una conversación lejana, pájaros, un ordenador, el ruido de tu propia respiración.
2 cosas que hueles.
El café, una crema, el aire de la habitación, una planta, tu ropa. No es necesario que sean olores intensos.
1 cosa que saboreas.
Puedes observar el sabor que ya hay en tu boca o beber un poco de agua, tomar una infusión, un caramelo o algún alimento prestando atención a lo que notas.


El ejercicio no consiste en hacerlo perfectamente ni en completar necesariamente todos los pasos. Hay personas a las que les resulta suficiente mirar a su alrededor, tocar algo y escuchar varios sonidos. Otras necesitan dedicarle unos minutos.
Lo importante es la intención de llevar la atención hacia información que pertenece al momento presente.


¿Cuándo puede ser útil?
Puede ayudarte cuando notes que la ansiedad comienza a aumentar, cuando llevas un rato dando vueltas al mismo pensamiento o cuando te das cuenta de que estás anticipando continuamente algo que todavía no ha sucedido.
También puede resultar útil después de una conversación difícil, cuando una emoción te ha desbordado, si aparece un recuerdo que te activa mucho o cuando llegas a casa después de un día especialmente intenso y notas que tu cuerpo todavía sigue funcionando como si tuviera que responder a algo.


Hay personas que utilizan estas estrategias cuando les cuesta conciliar el sueño porque su cabeza empieza a repasar el día o a organizar mentalmente el siguiente. O antes de una situación que saben que les genera mucha activación.
Incluso puede practicarse cuando estamos tranquilos. De hecho, entrenar estas habilidades en momentos de calma facilita que podamos recordarlas y utilizarlas cuando estamos más activados. Las estrategias de regulación suelen funcionar mejor cuando forman parte de nuestro repertorio habitual y no aparecen únicamente cuando ya estamos completamente desbordados.
Volver al presente no significa dejar de sentir
Este matiz me parece especialmente importante.
A veces utilizamos herramientas de regulación con la expectativa de que hagan desaparecer inmediatamente la ansiedad, la tristeza, el miedo o el malestar. Y si después de hacer un ejercicio seguimos sintiéndonos incómodos pensamos que “no ha funcionado”.
Pero volver al presente no tiene como objetivo borrar una emoción.
Puedes orientarte, mirar alrededor, sentir tus pies sobre el suelo y seguir estando triste. Puedes escuchar los sonidos de la habitación y continuar sintiendo nervios. Puedes hacer el ejercicio 5-4-3-2-1 y que la preocupación siga ahí.
La diferencia puede estar en que ya no estás completamente absorbido por ella.
A veces conseguimos bajar la intensidad. Otras veces simplemente recuperamos un poco de espacio para poder pensar qué necesitamos, pedir ayuda, movernos, descansar, hablar con alguien o tomar una decisión con mayor claridad.
La regulación no significa estar siempre tranquilo. Significa disponer de más posibilidades para acompañar lo que nos ocurre sin quedar completamente arrastrados por ello.
Cuando una herramienta de regulación se convierte en algo que necesitas constantemente
Estas técnicas pueden ser muy útiles, pero también es importante no convertirlas en la única respuesta.
Si necesitas utilizarlas continuamente porque tu cuerpo vuelve una y otra vez a estados de mucha alerta, ansiedad o desbordamiento, merece la pena preguntarnos qué está ocurriendo.
A veces tratamos de regular una reacción sin explorar suficientemente por qué esa reacción aparece con tanta frecuencia.
Puede haber estrés sostenido, una situación vital que está siendo demasiado exigente, conflictos que no estamos abordando, miedo, pérdidas, experiencias pasadas que siguen teniendo impacto, relaciones que nos generan inseguridad o formas aprendidas de estar en alerta que nuestro sistema nervioso continúa utilizando porque en algún momento fueron necesarias.
En estos casos, las herramientas de regulación pueden ayudar a manejar los momentos difíciles, pero probablemente necesitemos algo más.

Podríamos compararlo con bajar el volumen de una alarma que suena una y otra vez. Puede venir muy bien aprender a reducir el ruido, pero si vuelve a sonar todos los días, también tendremos que averiguar por qué se está activando.
En terapia no solo trabajamos estrategias para sentirnos mejor cuando aparece la activación. También intentamos comprender qué la dispara, qué experiencias están relacionadas con ella, qué interpretaciones hacemos, qué está ocurriendo en nuestra vida actual y qué necesita ser elaborado de una manera más profunda.
En el trabajo con trauma esto es especialmente relevante. Algunas respuestas de ansiedad, hipervigilancia o desconexión no aparecen porque la persona esté “haciendo algo mal”, sino porque su sistema nervioso aprendió a protegerse de determinada manera. Las herramientas de orientación al presente pueden ayudar a mostrarle poco a poco que el contexto actual es diferente, pero en muchos casos será necesario trabajar también las experiencias que hicieron necesaria esa protección.
No todo se resuelve regulándonos mejor
Vivimos un momento en el que hablamos mucho de regulación del sistema nervioso, respiración, mindfulness, grounding y diferentes herramientas para bajar la activación. Todas ellas pueden ser valiosas.
Pero me parece importante no transmitir la idea de que si una persona sigue teniendo ansiedad es porque no respira suficientemente bien, no medita, no practica grounding o todavía no ha encontrado “la técnica correcta”.


Hay situaciones que necesitan ser comprendidas. Hay experiencias que necesitan ser procesadas. Hay límites que necesitan ponerse. Hay relaciones que quizá necesitan cambiar. Hay duelos que necesitan tiempo y acompañamiento. Y hay historias de vida que no se resuelven únicamente aprendiendo a calmarnos.
Regular puede ayudarnos a estar suficientemente presentes para poder hacer ese trabajo.

Ese es, para mí, uno de los lugares más interesantes de estas herramientas: no como una manera de tapar lo que sentimos, sino como una ayuda para poder acercarnos a ello con algo más de estabilidad.
La próxima vez que notes que tu mente está muy lejos del momento actual, puedes probar algo sencillo: mirar a tu alrededor y nombrar lo que ves, escuchar varios sonidos, notar tus pies en el suelo, tocar algún objeto cercano.
Y hacerte una pregunta:
¿Qué está ocurriendo realmente ahora mismo?
A veces ese pequeño gesto es suficiente para recuperar un poco de presente.


Y si descubres que necesitas regresar una y otra vez porque algo te lleva constantemente al pasado o te mantiene viviendo en el futuro, quizá la pregunta ya no sea solamente cómo regularte, sino qué necesita ser atendido con más profundidad.

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Quizá este haya sido vuestro último verano juntos: preguntas para mirar la relación antes de seguir por inercia

Digo verano como puede ser último cumpleaños juntos, últimas navidades, último viaje…

Hay parejas que este verano han viajado juntas, han compartido comidas, fotografías, familia, playa, planes y días de descanso sin saber que quizá haya sido su último verano como pareja.

Otras puede que sí lo hayan pensado.

Quizá durante una cena en silencio.

En una discusión que volvió a repetirse.

Mientras uno caminaba unos metros por delante del otro.

Al acostarse después de un día entero compartido y sentir, aun así, una enorme distancia.

O simplemente al aparecer una pregunta incómoda:

“¿Quiero seguir viviendo así?”

Septiembre suele traer rutinas, horarios, colegios, trabajo y obligaciones. Pero para algunas personas también trae algo más: la necesidad de mirar su relación.

Durante el año es relativamente fácil seguir funcionando.

Hay agendas.

Niños.

Trabajo.

Cansancio.

Compras.

Deporte.

Compromisos.

Problemas que resolver.

Y muchas relaciones consiguen mantenerse durante mucho tiempo dentro de esa maquinaria cotidiana sin que nadie se detenga realmente a preguntarse cómo están.

Las vacaciones cambian el escenario.

De repente hay más horas juntos.

Menos excusas para no hablar.

Más convivencia.

Más expectativas.

Más posibilidades de observar cómo nos sentimos cuando simplemente estamos con esa persona.

Y algunas parejas descubren que disfrutan de esa cercanía.

Otras descubren precisamente lo contrario.

Las vacaciones no rompen necesariamente una pareja

A veces escuchamos que después del verano aumentan las crisis o las separaciones y puede parecer que las vacaciones son las responsables.

Pero unas vacaciones rara vez destruyen por sí solas una relación que estaba bien.

Con frecuencia simplemente hacen más visible lo que durante meses había quedado escondido detrás de la rutina.

La dificultad para comunicarse.

La falta de intimidad.

El resentimiento acumulado.

La sensación de estar solos estando acompañados.

Las diferencias en la forma de educar.

El reparto desigual de responsabilidades.

La falta de deseo.

La ausencia de proyectos compartidos.

La sensación de no sentirse visto.

Los conflictos con las familias.

El dinero.

Los celos.

La pérdida de confianza.

O esa impresión difícil de explicar de que seguimos compartiendo una vida, pero ya no sabemos si estamos compartiendo una relación.

También puede ocurrir lo contrario.

Hay parejas que llegan agotadas a las vacaciones y, cuando desaparece parte de la presión cotidiana, vuelven a encontrarse.

Se ríen.

Hablan.

Recuperan el contacto.

Recuerdan por qué se eligieron.

Por eso no conviene interpretar automáticamente unas malas vacaciones como el final de una relación.

Lo importante es preguntarse qué han mostrado esas vacaciones acerca de cómo estamos realmente juntos.

Hay relaciones que llevan años esperando que algo cambie

En consulta aparecen muchas personas que llevan mucho tiempo formulándose las mismas preguntas.

Un año más.

Otro verano.

Otra Navidad.

Otro aniversario.

Otra crisis.

Otra reconciliación.

Otra promesa.

Y vuelven a pensar:

“Después del verano hablaremos.”

“Cuando los niños sean mayores.”

“Cuando termine esta etapa laboral.”

“Cuando estemos menos cansados.”

“Cuando cambie.”

“Cuando yo esté mejor.”

“Cuando tengamos más tiempo.”

El problema es que los años también pasan mientras esperamos.

Y a veces no estamos esperando realmente que la relación cambie.

Estamos esperando que algo externo tome la decisión por nosotros.

Esperar que sea el otro quien decida

Hay personas que saben desde hace tiempo que algo no funciona, pero no consiguen tomar una decisión.

Entonces empiezan a vivir en una especie de espera emocional.

Esperan que sea la otra persona quien termine la relación.

Que ocurra una discusión definitiva.

Que haya una infidelidad que justifique irse.

Que aparezca alguien nuevo.

Que suceda algo suficientemente grave como para no sentirse culpables por marcharse.

Es comprensible.

Tomar decisiones importantes implica asumir pérdidas, dudas y responsabilidad.

Pero dejar que nuestra vida quede suspendida esperando que otra persona decida también es una decisión.

Aunque parezca que no estamos haciendo nada.

Esperar que aparezca alguien que nos rescate

A veces una relación termina emocionalmente mucho antes de que termine formalmente.

Y entonces puede aparecer otra persona.

Alguien que escucha.

Que mira.

Que pregunta.

Que hace sentir deseado.

Que recuerda una parte de nosotros que parecía dormida.

No siempre esa tercera persona es la causa de la ruptura.

En ocasiones simplemente ilumina necesidades que llevaban mucho tiempo sin ser atendidas.

Pero también conviene ser prudente.

Cuando estamos emocionalmente vacíos, la atención de alguien nuevo puede sentirse extraordinariamente intensa.

Y podemos confundir el alivio con la compatibilidad.

La novedad con el amor.

La validación con un proyecto de vida.

Antes de pensar quién podría rescatarnos de nuestra relación, quizá necesitemos preguntarnos algo más difícil:

“¿Qué decisión tomaría sobre mi relación si no hubiera absolutamente nadie más esperando fuera?”

También existe la inercia

No todas las relaciones que continúan lo hacen porque ambos estén bien.

Algunas continúan porque llevan muchos años.

Porque hay hijos.

Porque existe una casa.

Una hipoteca.

Una economía compartida.

Familias mezcladas.

Amigos comunes.

Rutinas.

Recuerdos.

Una historia que pesa mucho.

Y miedo.

Miedo a equivocarse.

Miedo a estar solo.

Miedo a empezar de nuevo.

Miedo a hacer daño.

Miedo a arrepentirse.

Miedo a perder estabilidad.

Todo eso importa.

No deberíamos minimizarlo.

Separarse no consiste únicamente en dejar de convivir con alguien. Puede implicar reorganizar una vida entera.

Pero permanecer tampoco debería convertirse automáticamente en la opción menos dolorosa.

A veces quedarse durante años en una relación donde uno ha dejado de sentirse vivo también tiene un coste.

Y está la esperanza

La esperanza puede ser una enorme aliada en una pareja.

Permite atravesar momentos difíciles.

Perdonar.

Reparar.

Aprender.

Esperar mientras el otro atraviesa una crisis.

Comprender que las relaciones tienen etapas.

El problema aparece cuando confundimos esperanza con espera infinita.

Hay una diferencia entre:

“Estamos atravesando una dificultad y los dos estamos intentando cambiar algo”

y

“Llevo años esperando que algún día todo sea diferente.”

Las relaciones no cambian porque deseemos intensamente que cambien.

Cambian cuando las personas implicadas hacen cosas diferentes.

No todas las crisis significan que haya que separarse

Una pareja puede atravesar periodos muy difíciles y seguir teniendo una relación valiosa.

Puede haber distancia.

Pérdida de deseo.

Cansancio.

Problemas de comunicación.

Etapas de desconexión.

Crisis personales.

Dificultades económicas.

Duelo.

Enfermedad.

Crianza.

Estrés.

Cambios vitales.

Y aun así existir algo importante entre ambos.

La pregunta no debería ser únicamente:

“¿Tenemos problemas?”

Porque todas las relaciones los tienen.

Quizá sea más útil preguntarse:

“¿Qué hacemos con los problemas que tenemos?”

¿Podemos hablar?

¿Podemos escucharnos?

¿Reconocemos nuestra parte?

¿Intentamos reparar cuando hacemos daño?

¿Existe interés genuino por comprender al otro?

¿Hay disposición para cambiar comportamientos?

¿O siempre acabamos exactamente en el mismo lugar?

No se trata solo de preguntarse si todavía quieres a tu pareja

Podemos querer profundamente a alguien y, aun así, no saber construir una relación saludable con esa persona.

También podemos confundir amor con apego, historia compartida, necesidad, miedo a perder o dificultad para estar solos.

Por eso la pregunta:

“¿Le quiero?”

puede quedarse corta.

Tal vez necesitemos añadir:

“¿Me gusta la relación que estamos construyendo?”

Porque una relación no se sostiene únicamente por lo que sentimos.

También por cómo nos tratamos.

Algunas preguntas que quizá merezca la pena hacerse

No hace falta responderlas todas de una vez.

Ni tomar decisiones después de leerlas.

Pero quizá sí permitirnos contestarlas con sinceridad.

Sobre cómo estoy yo

¿Cómo me siento habitualmente dentro de esta relación?

¿Puedo ser yo mismo o siento que tengo que medir constantemente lo que digo, hago o necesito?

¿Me siento acompañado?

¿Me siento escuchado?

¿Me siento respetado?

¿Me siento querido de una manera que puedo reconocer y recibir?

¿Hay partes importantes de mí que he ido apagando para que la relación funcione?

¿Quién soy yo cuando estoy con esta persona?

¿Me gusta esa versión de mí?

Sobre lo que siento por mi pareja

¿Siento afecto?

¿Admiración?

¿Deseo?

¿Ternura?

¿Interés?

¿Curiosidad por su mundo?

¿O principalmente responsabilidad, costumbre o miedo a perder lo construido?

Cuando imagino que mi pareja entra por la puerta, ¿qué ocurre dentro de mí?

Cuando estamos separados unos días, ¿echo de menos a esa persona o simplemente la estructura de nuestra vida?

Sobre cómo nos relacionamos

¿Podemos hablar de lo difícil sin destruirnos?

¿Nos sentimos seguros emocionalmente el uno con el otro?

¿Podemos expresar necesidades sin que inmediatamente aparezca la defensa?

¿Sabemos pedir perdón?

¿Sabemos reparar?

¿Repetimos los mismos conflictos una y otra vez?

¿Los problemas se trabajan o simplemente se dejan enfriar hasta la siguiente vez?

Cuando uno sufre, ¿el otro intenta comprender o demostrar que tiene razón?

Sobre nuestras necesidades

¿Qué necesito actualmente de una relación?

¿Se lo he comunicado claramente a mi pareja?

¿Estoy esperando que lo adivine?

¿Qué necesita mi pareja?

¿Lo sé realmente?

¿Hay necesidades importantes de alguno de los dos que llevan mucho tiempo sin tener espacio?

¿Cuáles son negociables?

¿Cuáles no?

Sobre lo que anhelo

Si imaginara mi relación dentro de cinco años exactamente como está ahora, ¿cómo me sentiría?

¿Me tranquiliza?

¿Me entristece?

¿Me asusta?

¿Qué echo de menos?

¿Qué me gustaría recuperar?

¿Qué me gustaría construir que nunca hemos tenido?

¿Qué tipo de pareja quiero ser yo?

Sobre nuestra disposición real a cambiar

Esta quizá sea una de las preguntas más importantes.

¿Estamos dispuestos a trabajar en la relación o simplemente queremos que deje de doler sin cambiar nada?

Porque trabajar una relación implica algo más que decir:

“Voy a intentarlo.”

Puede implicar revisar cómo hablamos.

Aprender a escuchar.

Modificar comportamientos.

Poner límites.

Repartir responsabilidades.

Revisar heridas anteriores.

Trabajar los celos.

Recuperar espacios de intimidad.

Aceptar diferencias.

Ir a terapia.

Cambiar dinámicas familiares.

Reconocer errores.

Y, sobre todo, sostener esos cambios en el tiempo.

Podemos preguntar:

¿Qué estoy dispuesto a cambiar yo?

¿Qué no estoy dispuesto a seguir aceptando?

¿Qué necesitaría ver diferente para volver a confiar en la relación?

¿Qué necesitaría mi pareja de mí?

¿Estamos los dos implicados o uno lleva mucho tiempo intentando sostener el vínculo mientras el otro simplemente permanece?

Una pregunta especialmente incómoda

A veces puede ayudar preguntarse:

“Si conociera hoy a esta persona exactamente como es ahora, ¿volvería a elegirla?”

No para borrar toda vuestra historia.

La historia importa.

Pero precisamente porque llevamos años con alguien podemos dejar de preguntarnos si todavía existe una elección.

Y una pareja necesita, de alguna manera, seguir eligiéndose.

No necesariamente con la intensidad del comienzo.

Pero sí con alguna forma de:

“Quiero estar aquí.”

No solamente:

“No sé cómo irme.”

También conviene imaginar ambos caminos

Cuando alguien está atrapado en una relación suele imaginar con muchísimo detalle todo lo malo que podría ocurrir si se marcha.

La soledad.

Los hijos.

El dinero.

La vivienda.

Las familias.

El arrepentimiento.

Pero pocas veces hace el ejercicio contrario.

¿Qué puede ocurrir si me quedo y nada cambia?

¿Cómo estaré dentro de tres años?

¿Y dentro de diez?

¿Qué aprenderán mis hijos sobre las relaciones observando la nuestra?

¿Qué parte de mí seguirá creciendo?

¿Y cuál puede ir desapareciendo?

No se trata de utilizar estas preguntas para empujarnos a separarnos.

Se trata de mirar las dos decisiones completas.

Porque quedarse también tiene consecuencias.

Si queréis hablarlo juntos

Estas preguntas también pueden convertirse en una conversación de pareja.

Pero merece la pena elegir bien el momento.

No durante una discusión.

No cuando uno quiere demostrarle algo al otro.

No para sacar una lista de reproches.

Sino desde una intención diferente:

“Quiero saber dónde estamos.”

Podéis preguntaros:

¿Qué valoras todavía de nuestra relación?

¿Qué es lo que más te está doliendo últimamente?

¿Qué necesitas de mí que quizá no estás recibiendo?

¿Qué crees que necesito yo?

¿Qué echas de menos de nosotros?

¿Qué te gustaría que cambiara?

¿Qué estás dispuesto a cambiar tú?

¿Qué crees que todavía merece la pena cuidar?

¿Hay algo que llevas tiempo sin atreverte a decirme?

¿Quieres realmente intentar reconstruir nuestra relación?

Y después intentar escuchar las respuestas.

No solo preparar la defensa.

A veces la respuesta será quedarse y trabajar

Puede que después de hablar descubráis que debajo del cansancio todavía hay un vínculo importante.

Que todavía existe deseo de cuidarlo.

Que ambos reconocéis vuestra responsabilidad.

Que hay cosas dañadas, pero reparables.

Que necesitáis nuevas herramientas.

Que quizá habéis estado esperando cambios sin saber cómo producirlos.

Entonces una crisis puede convertirse en un punto de inflexión.

No para volver exactamente a la pareja que erais antes.

Sino para construir una relación diferente.

Y otras veces la respuesta puede ser aceptar que algo ha terminado

También puede ocurrir que uno de los dos ya no quiera continuar.

Que haya demasiado daño.

Que se hayan cruzado límites importantes.

Que no exista voluntad de cambio.

Que la relación lleve mucho tiempo sostenida únicamente por miedo, dependencia, obligación o costumbre.

Aceptar esto puede ser profundamente doloroso.

Pero una relación no fracasa necesariamente porque termine.

Hay relaciones que cumplieron una función importante durante muchos años.

Hubo amor.

Hubo crecimiento.

Hubo familia.

Hubo experiencias compartidas.

Y aun así pueden llegar a un final.

A veces cerrar una etapa también puede ser una forma de respeto hacia lo que fue.

Quizá septiembre no tenga que ser el mes de tomar una decisión

Pero sí puede convertirse en el momento de dejar de posponer ciertas preguntas.

Porque hay relaciones que necesitan una oportunidad.

Otras necesitan ayuda.

Otras necesitan límites.

Otras necesitan una conversación pendiente desde hace años.

Y algunas quizá necesiten una despedida.

No existe una única respuesta válida.

Cada pareja tiene su historia, sus circunstancias, sus heridas, sus responsabilidades y sus posibilidades.

Pero sí hay algo que todas merecen:

que las decisiones importantes no se tomen únicamente desde la inercia.

Quizá este haya sido vuestro último verano juntos.

O quizá haya sido el verano que os hizo daros cuenta de que todavía queréis construir muchos más.

Lo importante no es saberlo hoy.

Lo importante es empezar a preguntaros, con toda la sinceridad posible:

¿Dónde estamos?

¿Qué necesitamos?

¿Qué seguimos eligiendo?

¿Qué tendría que cambiar?

¿Y estamos realmente dispuestos a hacerlo?

Porque a veces una relación no necesita que decidamos inmediatamente si quedarnos o marcharnos.

Necesita primero que dejemos de mirar hacia otro lado.

Te comparto que sale nuestro libro AMOR 52 semanas para cuidar la pareja.

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La vuelta a septiembre y el estrés.

Volver después del verano no siempre es tan sencillo como guardar la maleta y poner el despertador.

Hay personas que retoman septiembre con ganas, cierta ilusión por recuperar rutinas o incluso agradeciendo volver a una estructura más ordenada. Pero para otras la vuelta se hace bastante más cuesta arriba. Aparece cansancio, irritabilidad, dificultad para concentrarse, peor humor, sensación de agobio o ese pensamiento bastante reconocible de “no puedo con todo esto otra vez”.

Y no hace falta que haya ocurrido nada grave.

A veces simplemente estamos notando el contraste.

Durante las vacaciones cambia nuestra relación con el tiempo. Aunque no todo el mundo descanse igual ni todas las vacaciones sean realmente reparadoras, suele haber menos horarios, menos obligaciones simultáneas y algo más de margen para decidir qué hacer y cuándo hacerlo.

Nos levantamos más tarde, improvisamos más, estamos más tiempo fuera de casa, vemos a otras personas, comemos de otra manera, dormimos distinto o simplemente dejamos de mirar constantemente el reloj.

Y de pronto volvemos.

Vuelven los despertadores, los desplazamientos, los correos, las reuniones, las mochilas, las actividades, la compra, los deberes, las prisas, la conciliación y todas esas pequeñas decisiones que ocupan muchísimo espacio mental aunque a veces ni siquiera seamos conscientes de ello.

Por eso la vuelta no es únicamente volver al trabajo.

Es volver a un ritmo.

Y el cuerpo también tiene que adaptarse a ese cambio.

A veces empezamos a sufrir antes de haber vuelto

Hay algo que ocurre con frecuencia y que tiene mucho que ver con la ansiedad: la anticipación.

Todavía estamos de vacaciones y nuestra cabeza ya está en el lunes.

Pensamos en los correos acumulados, en todo lo que habrá que resolver, en madrugar, en preparar a los niños, en las reuniones pendientes o en esa agenda que sabemos que va a volver a llenarse rápidamente.

Y entonces empezamos a vivir mentalmente una situación que todavía no está ocurriendo.

El último domingo puede dejar de ser domingo porque nuestra cabeza ya está en el trabajo.

Los últimos días de agosto o los primeros de septiembre se convierten en una especie de cuenta atrás.

“No quiero que llegue.”

“Mañana otra vez.”

“Qué rápido se ha terminado.”

La anticipación activa nuestro malestar antes de que exista realmente la demanda.

Y cuando finalmente volvemos ya podemos hacerlo con una sensación importante de cansancio previo.

¿Existe realmente el síndrome postvacacional?

Se habla mucho de “síndrome postvacacional”, pero conviene poner un poco de contexto.

No estamos hablando de un trastorno psicológico.

Es bastante normal que durante unos días aparezcan cansancio, apatía, irritabilidad, cierta dificultad para concentrarse, sueño alterado o sensación de desorganización.

Nuestro cuerpo y nuestra cabeza están reajustándose a horarios, demandas y ritmos diferentes.

Eso no significa necesariamente que algo vaya mal.

El problema es convertir cualquier incomodidad en una patología.

Ahora bien, también conviene observar cuánto dura ese malestar, qué intensidad tiene y qué ocurre cuando pasan las primeras semanas.

Porque a veces septiembre simplemente cuesta.

Pero otras veces la vuelta hace visible algo que ya estaba ahí.

Quizá no siempre nos cuesta volver de vacaciones

Hay una pregunta interesante que podemos hacernos:

¿Me cuesta volver porque se han terminado las vacaciones o me cuesta volver a la vida que tenía antes?

No es lo mismo.

Puede que lo que pese sea un trabajo que nos genera mucha tensión.

O un nivel de exigencia que llevamos meses sosteniendo.

Una agenda permanentemente llena.

Una conciliación complicada.

La sensación de no tener nunca tiempo propio.

Una relación que nos preocupa.

Un cansancio acumulado que las vacaciones han aliviado, pero no han resuelto.

O simplemente una forma de vivir en la que prácticamente todo nuestro tiempo está organizado alrededor de obligaciones.

Las vacaciones generan contraste.

Y a veces ese contraste nos permite notar cosas que durante el año hemos normalizado.

Quizá hemos dormido mejor.

Quizá hemos tenido menos dolor de cabeza.

Quizá hemos estado más pacientes.

Quizá hemos necesitado menos el móvil.

Quizá hemos discutido menos.

Quizá nos hemos sentido más presentes.

Y cuando volvemos, algunas sensaciones reaparecen rápidamente.

Eso puede resultar incómodo, pero también puede darnos información.

No para tomar decisiones impulsivas ni para pensar que debemos cambiar nuestra vida entera en septiembre.

Simplemente para observar.

El error de querer recuperar toda nuestra vida en 24 horas

Hay algo bastante típico en la vuelta.

Llegamos de vacaciones y parece que el lunes tiene que estar todo funcionando perfectamente.

La casa organizada.

La nevera llena.

Los correos contestados.

El gimnasio retomado.

La alimentación perfecta.

Los horarios de sueño corregidos.

Las actividades de los niños organizadas.

Los objetivos del curso definidos.

Y, si puede ser, con buen humor.

Es una exigencia bastante poco realista.

Volver también necesita transición.

No hace falta resolver todo lo pendiente en dos días.

Priorizar puede ser mucho más útil que intentar recuperar inmediatamente el control de todo.

¿Qué necesita realmente mi atención esta semana?

¿Qué puede esperar?

¿Qué estoy intentando resolver únicamente porque me incomoda tener algo pendiente?

Separar lo urgente de lo importante ayuda a reducir bastante la sensación de saturación.

Recuperar la rutina sin convertirla en una carrera

El cuerpo agradece volver poco a poco a ciertas referencias.

El sueño suele ser una de las primeras.

Durante el verano cambiamos bastante los horarios y volver a acostarnos y levantarnos a determinadas horas puede costar unos días.

También ayuda recuperar comidas más regulares, movimiento físico, exposición a luz natural y cierta estructura cotidiana.

Pero estructura no significa llenar cada espacio.

Septiembre tiene algo curioso: además de volver, muchas veces intentamos empezar una vida nueva.

Gimnasio.

Idiomas.

Dieta.

Curso.

Organización.

Nuevas rutinas.

Objetivos.

Y a veces lo que necesitamos al volver no es añadir más cosas.

Es dejar algo de margen.

No guardemos todo lo agradable hasta las próximas vacaciones

Este punto me parece especialmente importante.

A veces nuestra vida queda organizada de una manera bastante extrema: durante meses trabajamos, cumplimos obligaciones y vamos tirando. Y después esperamos las vacaciones como el único momento en el que podremos descansar de verdad.

Si todo lo agradable queda reservado para unas pocas semanas al año, es lógico que volver se haga difícil.

Quizá podemos preguntarnos qué pequeñas cosas del verano pueden seguir existiendo en septiembre.

Un paseo al final del día.

Tomar algo en una terraza.

Leer.

Ver a alguien que nos hace bien.

Salir al campo.

Tener una tarde sin planes.

Cenar fuera un viernes.

Dormir un poco más el fin de semana.

No hace falta reproducir las vacaciones.

Se trata de no construir una rutina completamente desprovista de descanso, disfrute y espacios propios.

Preguntarnos qué es exactamente lo que nos pesa

Cuando decimos “me cuesta volver” estamos agrupando muchas cosas diferentes.

Por eso puede ayudar concretar.

¿Me cuesta madrugar?

¿El trabajo?

¿El trayecto?

¿La conciliación?

¿El ritmo de las tardes?

¿La falta de tiempo?

¿La sensación de tener demasiadas responsabilidades?

¿Volver a determinadas relaciones?

¿No tener espacio para mí?

Cuanto más específica sea la pregunta, más posibilidades tenemos de encontrar algún cambio posible.

Porque quizá no podemos modificar nuestro trabajo ahora mismo.

Pero sí revisar cómo organizamos las tardes.

Quizá no podemos eliminar determinadas obligaciones.

Pero sí dejar de añadir otras.

Quizá no podemos cambiar completamente nuestro horario.

Pero podemos proteger algún espacio semanal.

Los cambios pequeños suelen ser mucho más sostenibles que las grandes promesas de septiembre.

Y si cada vuelta se hace insoportable

Si el malestar se mantiene durante semanas, aumenta, interfiere de forma importante en el sueño, el trabajo, las relaciones o el funcionamiento cotidiano, merece la pena prestarle más atención.

No tanto porque “volver de vacaciones” sea el problema, sino porque quizá la vuelta está señalando algo que necesita ser entendido.

A veces necesitamos descansar.

Otras veces necesitamos cambiar algo.

Y otras necesitamos ayuda para comprender por qué estamos viviendo nuestro día a día con tanta tensión.

Las vacaciones pueden aliviar muchas cosas temporalmente.

Pero no siempre resuelven aquello que nos estaba desgastando antes de irnos.

Por eso quizá septiembre también puede servir para observar.

No únicamente para llenar la agenda de nuevos propósitos.

Sino para preguntarnos cómo estamos viviendo.

Qué nos hace bien.

Qué nos está agotando.

Qué hemos echado de menos durante las vacaciones.

Y, curiosamente, qué no hemos echado de menos en absoluto.

Porque las vacaciones no deberían ser el único lugar de nuestra vida en el que podemos descansar, disfrutar o sentir que tenemos tiempo.

Quizá la vuelta también pueda ayudarnos a construir una vida cotidiana de la que no necesitemos estar deseando escapar constantemente.

 

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Septiembre y la prisa por llenar sus tardes: ¿extraescolares para quién?

Llega septiembre y, casi al mismo tiempo que compramos cuadernos, revisamos horarios y recuperamos los despertadores, aparece otra tarea en muchas familias:

¿A qué le apuntamos este año?

Inglés.

Fútbol.

Baile.

Robótica.

Piano.

Natación.

Refuerzo.

Teatro.

Judo.

Ajedrez.

Y empieza una especie de puzle familiar en el que intentamos encajar horarios, trabajo, colegio, hermanos, desplazamientos y actividades.

A veces cuesta más cuadrar la semana de un niño de ocho años que la agenda de un adulto.

Las actividades extraescolares pueden aportar muchísimo. Sería injusto presentarlas como algo negativo. Pueden descubrir intereses que el colegio no alcanza a mostrar, favorecer relaciones sociales, ofrecer experiencias de competencia y autonomía, permitir movimiento, creatividad, expresión artística, pertenencia a un equipo o simplemente proporcionar un espacio en el que un niño se siente bien.

Hay niños que encuentran en una cancha, en una piscina, en una escuela de música o en un taller de teatro una parte importante de sí mismos.

El problema empieza cuando dejamos de mirar al niño que tenemos delante y comenzamos a organizar su infancia desde las necesidades, los temores o las expectativas de los adultos.

Y septiembre se presta mucho a eso.

Antes de preguntarnos a qué apuntarle, quizá convendría preguntarnos por qué.

Las razones pueden ser muy diferentes.

Y no todas dependen realmente de una elección.

Muchas familias necesitan cubrir las horas que quedan entre la salida del colegio y el final de su jornada laboral. No tienen abuelos disponibles, redes de apoyo ni posibilidades reales de reducir horarios.

En esos casos una extraescolar también cumple una función de cuidado.

Conviene decirlo porque resulta muy fácil recomendar “más tardes libres” cuando alguien tiene a otra persona esperando a sus hijos a las cinco.

La conciliación continúa siendo, para muchas familias, un problema estructural que termina resolviéndose como se puede.

Hay otras razones.

Queremos que hagan deporte porque pasan demasiadas horas sentados.

Que aprendan inglés porque sabemos que les será útil.

Que conozcan la música.

Que prueben actividades diferentes.

Que hagan amigos fuera del colegio.

Que tengan un espacio propio.

Todo eso puede tener sentido.

Pero hay motivos menos visibles que también merecen ser observados.

A veces apuntamos a nuestros hijos a cosas que nosotros hubiéramos querido hacer.

“A mí nunca me llevaron a música y siempre me quedó esa espinita.”

O intentamos evitarles algo que nos dolió.

“Yo lo pasé fatal porque no sabía inglés y no quiero que le ocurra.”

O imaginamos que empezar muy pronto les dará una ventaja en el futuro.

“Si empieza ahora, llegará mucho más lejos.”

Incluso podemos buscar, sin ser del todo conscientes, sentirnos buenos padres a través de sus oportunidades.

Queremos ofrecerles todo aquello que quizá nosotros no tuvimos.

Es comprensible.

El problema aparece cuando confundimos dar oportunidades con asegurarnos de que las aprovechen como nosotros imaginamos.

Porque nuestros hijos no han venido a completar nuestra biografía.

Puede que aquello que a ti te hubiera hecho inmensamente feliz a los diez años a tu hijo le aburra soberanamente.

Y también puede ocurrir al revés.

“Quiero que aproveche el tiempo”

Esta frase merece un momento.

¿Qué significa exactamente aprovechar el tiempo cuando hablamos de infancia?

Hacer inglés puede ser aprovecharlo.

Entrenar también.

Aprender piano.

Leer.

Pero pasar una hora construyendo una cabaña con cojines también.

Bajar al parque sin ningún objetivo.

Inventar un juego absurdo.

Aburrirse durante un rato.

Dibujar sin que nadie le enseñe cómo hacerlo.

Hablar con su hermano.

Estar en casa.

No hacer nada especialmente productivo.

Una parte de la infancia necesita espacios que no estén organizados por adultos.

No porque todo el tiempo libre vaya a transformarse mágicamente en creatividad o en una experiencia maravillosa. A veces los niños se aburrirán, protestarán, discutirán o pedirán una pantalla.

También eso forma parte de aprender a gestionar el tiempo propio.

Cuando cada tarde tiene horario, profesor, equipación, instrucciones y objetivos, quedan menos oportunidades para decidir:

“¿Y ahora qué hago?”

Esa pequeña pregunta tiene bastante más valor del que parece.

Las extraescolares pueden ser extraordinarias

Cuando una actividad encaja con el niño, puede convertirse en una fuente enorme de bienestar.

Un deporte puede ayudarle a descubrir que su cuerpo es fuerte y capaz.

El teatro puede ofrecer un lugar inesperado a un niño tímido.

La música puede convertirse en una forma de expresar emociones que todavía no sabe explicar.

Un equipo puede darle sentido de pertenencia.

Una disciplina artística o deportiva también enseña algo que hoy cuesta especialmente: repetir, frustrarse, esperar, practicar y comprobar que mejorar requiere tiempo.

Y hay profesores, entrenadores y monitores que se convierten en adultos significativos en la vida de un niño.

Adultos que ven capacidades que quizá todavía nadie había visto.

Que acompañan.

Que ponen límites.

Que enseñan.

Que hacen sentirse competente a alguien que en otros contextos no se siente así.

Eso también es infancia.

Por eso sería simplista concluir que “los niños tienen demasiadas extraescolares” como una verdad universal.

Hay niños con agendas aparentemente intensas que están encantados.

Y otros que con una sola actividad ya están desbordados.

Hay adolescentes que entrenan muchas horas porque aman profundamente su deporte y encuentran allí amigos, identidad y bienestar.

No podemos decidir si una agenda es excesiva contando únicamente las actividades.

Tenemos que mirar cómo está viviendo ese niño esa agenda.

Porque una actividad buena también puede empezar a pesar

A veces lo vemos poco a poco.

El niño sale del colegio, merienda deprisa en el coche, se cambia mientras llega al entrenamiento, vuelve a casa tarde, cena, hace deberes, prepara la mochila y se acuesta.

Al día siguiente, otra vez.

Y otra.

Desde fuera parece organizado.

Por dentro puede estar agotado.

Entonces aparecen irritabilidad, discusiones por cualquier cosa, dificultad para levantarse, dolores de barriga antes de una actividad, problemas para dormir, lloros que parecen desproporcionados, más enfados, rechazo constante a salir de casa o una frase repetida:

“No quiero ir.”

Eso merece ser escuchado.

Pero escuchar tampoco significa cancelar una actividad cada vez que un niño dice que no quiere ir.

Hay días en que tampoco nosotros queremos trabajar.

Un niño puede resistirse porque está cansado, porque ha discutido con un compañero, porque atraviesa una fase de inseguridad o porque aprender algo difícil también frustra.

Abandonar inmediatamente ante cualquier incomodidad tampoco le enseña demasiado.

Necesitamos mirar el conjunto.

¿Es una protesta puntual o lleva semanas así?

¿Cuando llega disfruta aunque le costara salir de casa?

¿Se siente seguro?

¿Hay algún problema con compañeros o adultos?

¿La actividad le sigue interesando?

¿Está pudiendo descansar?

¿Está viviendo la experiencia como suya o como algo que tiene que hacer para no decepcionarnos?

Ahí suele estar mucha de la información.

Cuando la afición empieza a convertirse en una deuda con los padres

Hay frases que muchos niños conocen muy bien:

“Con lo que cuesta y ahora dices que no quieres ir.”

“Fuiste tú quien pidió apuntarte.”

“No puedes dejar todo lo que empiezas.”

“Tienes unas condiciones increíbles, sería una pena desaprovecharlas.”

“Yo a tu edad hubiera dado cualquier cosa por tener esta oportunidad.”

Algunas contienen una parte razonable.

Claro que podemos enseñar compromiso.

Claro que conviene aprender que una decisión tiene cierta continuidad.

Claro que muchas habilidades requieren atravesar momentos en los que apetece abandonar.

Pero hay una diferencia importante entre enseñar perseverancia y convertir una actividad infantil en una obligación emocional hacia los padres.

Un niño no debería continuar durante años haciendo algo que detesta porque sus padres han invertido dinero, porque tiene talento o porque abandonar se interpreta automáticamente como falta de constancia.

A veces dejar una actividad también es aprender.

Aprender qué me gusta.

Qué no.

Qué estoy dispuesto a esforzarme por conseguir.

Qué etapa ha terminado.

Incluso los adultos cambiamos de gimnasio, de aficiones, de proyectos y de trabajos.

Curiosamente, a veces pedimos a los niños una certeza vocacional que nosotros tampoco tenemos.

El peligro de convertir todas sus capacidades en rendimiento

Hay niños rápidos.

Ágiles.

Musicales.

Buenos dibujando.

Con facilidad para los idiomas.

Y enseguida aparece alrededor una maquinaria adulta:

“Tiene potencial.”

Entonces vienen más entrenamientos.

Más clases.

Competiciones.

Exámenes.

Pruebas.

Objetivos.

Aquello que empezó como placer puede convertirse lentamente en evaluación.

No ocurre siempre. Hay niños y adolescentes que disfrutan muchísimo de la competición y quieren avanzar, entrenar más y asumir desafíos mayores.

Pero conviene comprobar de vez en cuando que detrás del rendimiento sigue existiendo una persona.

Una persona que necesita saber que su valor no cambia si queda primero, cuarto o último.

Que puede tener talento y decidir no convertirlo en profesión.

Que puede tocar bien el piano sin querer presentarse a un concurso.

Que puede jugar extraordinariamente al fútbol y, aun así, preferir jugar por placer.

Los dones de nuestros hijos no son proyectos familiares.

Hay otro extremo que tampoco ayuda demasiado

También podemos equivocarnos intentando protegerles de cualquier exigencia.

Si dejamos que abandonen cada actividad cuando llega la frustración, si evitamos todo aquello que les cuesta o si pensamos que disfrutar significa estar motivado permanentemente, podemos privarles de aprendizajes importantes.

Aprender algo requiere momentos aburridos.

Hay entrenamientos malos.

Días en los que no sale una pieza.

Clases en las que uno se siente torpe.

Partidos que se pierden.

Compañeros mejores que nosotros.

El bienestar infantil no consiste en eliminar cualquier incomodidad.

Consiste también en que puedan atravesarla acompañados y descubrir que son capaces.

Por eso necesitamos algo bastante más difícil que decidir entre “muchas” o “pocas” extraescolares.

Necesitamos observar.

¿Cómo saber si quizá estamos llenando demasiado su semana?

No existe un número perfecto de actividades que sirva para todas las familias.

Dos extraescolares pueden ser excesivas para un niño que sale tarde del colegio, necesita mucho descanso y tiene desplazamientos largos.

Cuatro pueden funcionar para otro adolescente que ha elegido esas actividades, disfruta con ellas y conserva tiempo suficiente para dormir, estudiar, estar con amigos y descansar.

Más útil que contar actividades es revisar de vez en cuando algunas cosas:

  • ¿Duerme las horas que necesita o estamos robándole sueño para que todo quepa?
  • ¿Tiene algún rato durante la semana que no esté decidido de antemano?
  • ¿Puede jugar, hablar, descansar o simplemente quedarse en casa?
  • ¿La mayoría de las actividades responden a intereses suyos o fundamentalmente nuestros?
  • ¿Cómo está emocionalmente desde que empezó el curso?
  • ¿Hay demasiadas prisas, trayectos y conflictos familiares alrededor de sus horarios?
  • ¿Tiene tiempo para relacionarse con nosotros sin que todo consista en “date prisa”, “llegamos tarde”, “haz los deberes” y “prepara la mochila”?
  • ¿Sabe que puede decirnos que algo no le gusta sin sentir que nos decepciona?
  • ¿Seguimos escuchando lo que necesita este año o mantenemos automáticamente la agenda del año pasado?
  • Y una especialmente incómoda: si esta actividad desapareciera mañana, ¿a quién le daría más pena, a nuestro hijo o a nosotros?

Septiembre también despierta nuestros miedos como padres

Queremos prepararles para un futuro incierto.

Idiomas.

Tecnología.

Deporte.

Habilidades sociales.

Disciplina.

Creatividad.

Todo parece necesario.

Y es fácil sentir que, si no ofrecemos suficientes oportunidades, nuestros hijos se quedarán atrás.

Pero una infancia no puede construirse permanentemente alrededor del miedo a quedarse atrás.

No todo tiene que empezar a los cuatro años.

No todas las habilidades necesitan cultivarse desde pequeños.

No perderán necesariamente su oportunidad porque empiecen más tarde.

Y quizá tampoco necesiten ser buenos en tantas cosas.

Hay algo agotador en esa idea contemporánea de que cada capacidad debe desarrollarse, cada tarde debe aprovecharse y cada interés infantil debería convertirse rápidamente en una clase.

A veces un niño necesita simplemente tener diez años.

También deberíamos preguntarnos cómo están viviendo las familias esta carrera

Porque las agendas infantiles afectan a toda la casa.

Hay padres que salen del trabajo corriendo para convertirse durante tres horas en conductores.

Hermanos esperando entrenamientos.

Cenas tardías.

Conversaciones dentro del coche.

Fines de semana organizados alrededor de competiciones.

Presupuestos familiares sometidos a un esfuerzo considerable.

Y una sensación frecuente de no llegar a nada.

Si una actividad genera bienestar en el niño pero está dejando exhausta a toda la familia, también merece revisarse.

No porque los adultos tengan que estar cómodos permanentemente.

Criar implica renuncias.

Pero el bienestar familiar es un sistema. Lo que ocurre a uno afecta a los demás.

A veces necesitamos aceptar algo muy poco espectacular:

no podemos ofrecerles todo.

Y probablemente tampoco lo necesitan.

¿Y qué podemos hacer desde los colegios?

Los centros educativos también pueden ayudar a cambiar cierta cultura de hiperocupación.

Recordando a las familias que el descanso forma parte del desarrollo.

Evitando transmitir que un buen alumno es aquel que además hace idiomas, deporte, música, tecnología y cualquier otra actividad disponible.

Mirando con atención a esos niños que llegan cansados.

Hablando con las familias cuando observan cambios importantes.

Coordinando, cuando sea posible, las demandas académicas para que las tardes no se conviertan simplemente en una prolongación del colegio.

Y ofreciendo actividades desde una mirada educativa, no exclusivamente competitiva.

Una extraescolar puede ser un lugar maravilloso para aprender.

También debería poder seguir siendo un lugar donde jugar.

Quizá la pregunta de septiembre no sea “¿a qué le apuntamos?”

Podríamos probar con otra conversación.

Sentarnos.

Mirar el horario real.

Escuchar al niño.

Explicar también nuestras necesidades.

“Necesitamos que dos tardes estés aquí porque nosotros estamos trabajando.”

“Sabemos que te apetece probar baloncesto.”

“Este año vas a tener más deberes.”

“Queremos proteger algún día para que puedas descansar.”

No hace falta fingir que los hijos toman todas las decisiones de una familia. No es así.

Los adultos organizamos, ponemos límites, decidimos cuestiones económicas y conciliamos necesidades que los niños todavía no pueden comprender completamente.

Pero sí podemos hacerles partícipes de su propia vida.

Y revisar.

Porque lo que funcionaba con siete años quizá no funcione con nueve.

Porque un niño puede enamorarse de una actividad que inicialmente no quería probar.

Y puede cansarse de otra que adoró durante tres años.

Porque crecer también consiste en cambiar.

Este septiembre, antes de llenar todos los huecos de la agenda, quizá merezca la pena dejar alguno sin resolver.

No necesariamente para hacer algo extraordinario.

Precisamente para lo contrario.

Para volver del colegio y merendar sin correr.

Para quedarse jugando.

Para hablar.

Para aburrirse un poco.

Para descansar después de un día difícil.

Para que aparezca espontáneamente un amigo.

Para que una tarde pueda cambiar de planes.

Para poder decir:

“Hoy no tenemos nada.”

Y que eso no nos parezca tiempo perdido.

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50 cosas que puedes hacer cuando ha muerto tu padre o tu madre

Tras el anterior artículo puedes leerlo aquí.

Te comparto actividades que pueden ayudar en estos momentos.

Esta lista no es un tratamiento ni un calendario. No necesitas hacer estas 50 cosas. En duelo, a veces lo más saludable es sentir; otras veces distraerse; otras recordar; otras dejarse cuidar; y otras simplemente sobrevivir al día. Se trata de saber qué y cómo hacer, reconocerte y ayudarte o pedir ayuda.

Para cuando necesito sentir

  1. Escribirle una carta.
  2. Llorar sin intentar detenerte.
  3. Escribir cómo fue el día de su muerte.
  4. Anotar todo lo que echas de menos.
  5. Escribir también aquello que te enfada.
  6. Hablar en voz alta como si pudieras contarle cómo estás.
  7. Escuchar una canción que te conecte con esa persona.
  8. Mirar fotografías y permitir que aparezca lo que tenga que aparecer.
  9. Escribir qué habría necesitado decirle.
  10. Poner nombre a lo que sientes, aunque haya emociones contradictorias.

Para cuando necesito distraerme
11. Ver una película o serie sencilla.
12. Salir a caminar sin ningún objetivo.
13. Cocinar algo.
14. Ordenar un espacio pequeño, sin entrar todavía en sus pertenencias si no quieres.
15. Hacer una actividad manual.
16. Leer algo que no tenga relación con el duelo.
17. Escuchar un pódcast.
18. Estar con alguien con quien no tengas que hablar necesariamente de la pérdida.
19. Ir a tomar un café o sentarte un rato fuera de casa.
20. Permitirte unas horas en las que el duelo no sea el centro de todo.

Para cuando necesito recordar
21. Crear una caja de recuerdos.
22. Hacer un álbum con fotografías de distintas etapas de su vida.
23. Guardar alguna nota escrita de su puño y letra.
24. Recuperar recetas que preparaba.
25. Preguntar a familiares por anécdotas que quizá no conocías.
26. Hacer una lista de expresiones o frases que decía mucho.
27. Escuchar su música favorita.
28. Visitar algún lugar importante para vuestra historia.
29. Escribir diez cosas que aprendiste de él o de ella.
30. Crear un pequeño ritual para alguna fecha significativa.

Para cuando necesito compañía
31. Decirle a alguien claramente: “Hoy necesito que estés conmigo”.
32. Pedir que te acompañen a hacer un trámite.
33. Comer con alguien aunque no tengas muchas ganas de hablar.
34. Llamar a una persona que también conociera a tu padre o a tu madre.
35. Compartir recuerdos con hermanos u otros familiares, si la relación lo permite.
36. Pedir ayuda práctica con compras, comida, niños o gestiones.
37. Dar un paseo acompañado.
38. Decirle a alguien qué necesitas y también qué no necesitas escuchar.
39. Buscar un grupo de duelo si compartir con otras personas te ayuda.
40. Pedir ayuda psicológica cuando sientas que necesitas un espacio propio para todo lo que está ocurriendo.

Para cuando necesito descansar del dolor
41. Dormir o tumbarte si tu cuerpo lo pide.
42. Ducharte con calma.
43. Comer algo sencillo que te siente bien.
44. Salir al sol o al aire libre unos minutos.
45. Hacer respiraciones lentas sin exigirte sentirte mejor.
46. Reducir compromisos que puedan esperar.
47. Apagar el teléfono durante un rato si las llamadas te saturan.
48. Poner límites a visitas o conversaciones cuando estés agotado.
49. Hacer algo agradable sin interpretar que disfrutar significa olvidar.
50. Recordarte algo esencial: hoy no tienes que resolver tu duelo; solo atravesar este día como puedas.

Espero que te ayuden a ti y a los tuyos. Si sabes de alguien que esté pasando por una perdida compártelo.

Si dudas si necesitas ayuda psicológica en estos momentos en mi próximo artículo trataré el tema.

Aquí artículos relacionados:

Cuando muera un padre o una madre

Carta para quienes no pudieron tener con sus padres la relación que necesitaban.

Abrazo

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Carta para quienes no pudieron tener con sus padres la relación que necesitaban

Hay pérdidas de las que se habla mucho y otras de las que cuesta bastante más hablar.

Cuando muere un padre o una madre, parece que alrededor existe una especie de guion sobre cómo debería sentirse una persona. Se espera tristeza, vacío, añoranza, desconsuelo. Y muchas veces aparece todo eso. Pero no siempre.

A veces muere un padre o una madre y no lloras como pensabas que ibas a llorar. No sientes ese vacío del que hablan los demás. Incluso puedes notar alivio. Y entonces, además de la muerte, aparece otra cosa: la sensación de que quizá hay algo extraño en ti por no estar sintiendo lo que se supone que deberías sentir.

Pero quizá tu historia con ellos fue distinta.

Quizá hubo cariño, sí, pero también mucha distancia. O años de discusiones, silencios, críticas, rechazo, negligencia, inestabilidad, adicciones, enfermedad mental o situaciones que te hicieron daño. Tal vez hubo una relación que desde fuera podía parecer normal y, sin embargo, dentro de casa faltaron cosas muy importantes.

Porque un hijo puede haber tenido comida, estudios, vacaciones y una casa donde vivir y, aun así, haber crecido sintiendo que no podía apoyarse emocionalmente en sus padres. Puede haber faltado sentirse visto, escuchado, protegido, aceptado. Puede haber faltado algo tan básico como poder acercarse sin miedo o sentir que uno era importante tal y como era.

Y cuando una relación ha sido así, la muerte también puede sentirse de una manera distinta.

A veces no solo muere la persona.

Muere la posibilidad.

La posibilidad de que algún día las cosas fueran diferentes. De que tu padre pudiera reconocer aquello que te hizo daño. De que tu madre pudiera escucharte de otra manera. De tener esa conversación que llevabas años imaginando. De escuchar un “lo siento”. De preguntar algo que nunca te atreviste a preguntar. De entender. De acercaros. De reparar algo. O simplemente de comprobar si todavía quedaba alguna forma de encontraros.

Mientras alguien está vivo, incluso cuando la relación es muy mala, puede quedar una pequeña puerta abierta en algún lugar de nuestra cabeza.

“Algún día.”

“Quizá más adelante.”

“Cuando pueda hablar de esto.”

“Cuando esté preparado.”

“Cuando deje de doler tanto.”

Y de pronto esa persona muere.

Y esa puerta se cierra.

A veces ese es el verdadero golpe.

Porque no siempre lloramos a la persona que tuvimos. En ocasiones lloramos al padre o a la madre que necesitábamos y nunca llegamos a tener.

Y ese duelo puede ser especialmente solitario.

Porque desde fuera alguien puede decirte: “Pero si casi no teníais relación”. Como si la distancia protegiera del dolor. O quizá escuches: “Después de todo lo que te hizo, casi mejor”. Como si una historia afectiva pudiera resumirse así.

Pero las relaciones importantes casi nunca son tan sencillas.

Podemos querer a alguien y estar profundamente heridos por él. Podemos haber necesitado alejarnos y seguir deseando que algún día algo cambiara. Podemos echar de menos a una persona con la que apenas podíamos estar. Podemos sentir alivio porque se ha terminado una relación que nos hacía daño y, al mismo tiempo, sentir tristeza porque también se ha terminado para siempre cualquier posibilidad de que fuera distinta.

Todo eso puede convivir.

También puede ocurrir que, cuando muere, sientas descanso.

Que tu cuerpo se relaje de una forma que te sorprenda. Que desaparezca una tensión que llevaba años contigo. Que ya no tengas miedo de una llamada, de una discusión, de una exigencia, de una humillación o de volver a entrar en una dinámica que te hacía daño.

Y entonces quizá aparezca la culpa.

“¿Cómo puedo sentir alivio porque ha muerto mi padre?”

“¿Qué clase de hija soy si no estoy destrozada?”

Pero el alivio no siempre habla de falta de amor. A veces habla de cuánto habías sufrido. De cuánto tiempo llevabas protegiéndote. De la energía que necesitabas para sostener esa relación o para defenderte de ella.

Hay personas que, además, apenas sienten nada cuando sus padres mueren. Y eso también puede resultar desconcertante.

Pero a veces la distancia emocional empezó mucho antes de la muerte.

Quizá llevabas años despidiéndote de esa relación sin saber que estabas haciéndolo. Cada decepción fue cerrando un poco más la puerta. Cada intento fallido. Cada límite que tuviste que poner. Cada vez que asumiste que no ibas a recibir aquello que necesitabas.

En algunas historias, la muerte física llega mucho después de que el vínculo ya hubiera cambiado profundamente.

No necesitas fabricar tristeza para demostrar que eres una buena persona. Ni sentir más para cumplir con la imagen de lo que debería ser perder a un padre o a una madre.

Tu duelo tiene que ver con vuestra historia real, no con la historia que se suponía que deberíais haber tenido.

Hay personas que pueden revisar esa relación antes de que sus padres mueran. Hablan, preguntan, confrontan, ponen límites, entienden algunas cosas. A veces consiguen acercarse. Otras veces deciden mantener distancia, pero lo hacen desde un lugar diferente. Algunas pueden reparar algo.

Pero no todo el mundo tiene esa oportunidad.

A veces el padre o la madre no quiere hablar. Niega lo ocurrido. No puede asumir responsabilidad. El contacto sigue siendo perjudicial. Hay demasiado daño. O simplemente la muerte llega antes de que todo eso pueda suceder.

Y entonces puede aparecer otra sensación difícil: “Ahora ya no puedo hacer nada”.

Pero sí hay algo que todavía puede hacerse.

No con esa persona.

Contigo.

Porque una relación puede terminar con la muerte y, sin embargo, seguir viviendo durante mucho tiempo en la forma en la que te miras, te relacionas, pones límites, eliges pareja, reaccionas ante el rechazo o interpretas lo que los demás sienten hacia ti.

Puede seguir en la culpa. En la vergüenza. En la sensación de no ser suficiente. En la necesidad de agradar. En el miedo a decepcionar. En la rabia que nunca pudiste expresar o en una tristeza que quizá llevabas años apartando.

Y todo eso se puede mirar después.

A veces, incluso, es después cuando uno empieza a poder hacerlo.

No porque tengas que “cerrar” la historia ni porque exista una forma perfecta de resolverla. Tampoco porque tengas que perdonar si no quieres hacerlo.

Sanar una historia puede significar muchas otras cosas.

Puede ser entender mejor lo que ocurrió y dejar de justificar aquello que te hizo daño. Reconocer lo que necesitaste y no recibiste. Darle un lugar a la rabia sin vivir atrapado en ella. Poder recordar sin volver emocionalmente al mismo punto. Aprender a tratarte de una manera distinta a como quizá te trataron.

Y también puede significar aceptar algo muy doloroso: que hay respuestas que nunca van a llegar.

No siempre sabremos por qué hicieron lo que hicieron.

No siempre habrá una disculpa.

No siempre podremos entenderlo todo.

Pero nuestra vida no tiene por qué quedarse detenida esperando esas respuestas.

Si tu padre o tu madre ha muerto y no sientes lo que creías que ibas a sentir, no hace falta que te fuerces.

Si lloras mucho, está bien.

Si lloras poco, también.

Si sientes alivio, quizá convenga escuchar qué te cuenta ese alivio sobre lo que viviste.

Si aparece rabia, quizá tenga algo que decir.

Si sientes culpa, merece ser mirada con cuidado, no obedecida automáticamente.

Y si lo que más te duele es lo que nunca ocurrió entre vosotros, eso también forma parte del duelo.

Tal vez ahora, cuando esa relación ya no puede cambiar fuera, puedas empezar a trabajar cómo quieres vivir tú con ella por dentro.

A veces eso necesitará tiempo. A veces necesitará ayuda profesional, especialmente cuando hay trauma, maltrato, negligencia o recuerdos que siguen teniendo demasiado peso. No porque haya nada que corregir en ti, sino porque algunas historias son demasiado complejas para seguir cargándolas siempre de la misma manera.

Y quizá haya algo que puedas empezar a hacer ahora por ti.

Escucharte de una forma en la que no te escucharon.

Creerte.

Protegerte.

Poner límites sin sentir que estás haciendo algo malo.

Tratar con más cuidado esa parte tuya que durante tantos años siguió esperando que algún día las cosas fueran diferentes.

La muerte de un padre o de una madre puede cerrar definitivamente una relación.

Pero no tiene por qué decidir para siempre cómo vas a vivir con lo que ocurrió en ella.

Un abrazo.

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No todos los veranos se disfrutan. Algunos se atraviesan.


Y atravesarlos también es vivir.

Este verano no solo pacientes sino amigas, conocidas se han debatido entre la vida y la muerte y siguen haciéndolo. O han acompañado a sus padres en sus últimos meses, semanas y días…

Desde aquí quiero dedicar unas palabras a todas aquellas personas que este verano han estado enfermas, ingresadas, esperando un diagnóstico, recuperándose de una intervención, afrontando un empeoramiento o simplemente intentandolo un día más.

Y también a quienes han estado al otro lado: acompañando a una persona querida, pasando noches en un hospital, esperando resultados, cuidando, preocupándose, intentando transmitir calma cuando por dentro también tenían miedo.

Sé que mientras alrededor se hablaba de vacaciones, viajes, terrazas, fiestas y momentos felices, para algunas personas el verano ha significado hospitales, incertidumbre, cansancio, dolor y muchas emociones difíciles de nombrar.

Y no siempre es fácil ver cómo la vida parece continuar para los demás cuando la propia vida se ha detenido.

Es normal sentir tristeza.
Es normal tener miedo.
Es normal estar cansado.
Es normal preguntarse «¿por qué a nosotros?».
Es normal incluso no tener fuerzas para agradecer, sonreír o mostrarse fuerte.

No hay una manera correcta de vivir una enfermedad ni de acompañar a alguien que queremos.

Desde la psicología sabemos que atravesar una situación de enfermedad no afecta únicamente al cuerpo. También puede sacudir nuestra sensación de seguridad, nuestra percepción del futuro, nuestras rutinas, nuestras relaciones y nuestra manera de mirar la vida.

Por eso, si este verano ha sido así para ti, no te exijas volver a ser quien eras antes de que todo esto ocurriera de un día para otro.

Date tiempo y cuídate. Pide ayuda no tienes que hacerlo sola.

Y si has estado acompañando, recuerda también que cuidar no significa olvidarte de ti. Quien acompaña también necesita descanso, apoyo, espacios para desahogarse y permiso para reconocer que no siempre puede con todo.

Quizá este verano no ha dejado las fotografías que imaginabas.

Quizá ha dejado otras: conversaciones en pasillos, manos que sostienen, silencios compartidos, lágrimas escondidas, pequeñas mejorías, personas que estuvieron, gestos que no olvidarás.

Y eso también forma parte de la vida.

No quiero decirte que «todo pasa por algo».
Ni que tienes que encontrarle un aprendizaje.
Ni que tienes que ser fuerte. etc etc…

Solo quiero recordarte algo:

Has hecho lo que has podido con lo que te ha tocado vivir. Y eso merece ser reconocido primero por ti.

A quienes habéis estado enfermos.
A quienes habéis estado ingresados.
A quienes habéis cuidado.
A quienes habéis esperado.
A quienes habéis tenido miedo.

O aún estáis ahí.

Ojalá poco a poco llegue el momento de volver a respirar con un poco más de calma.

Y cuando llegue, no tengas prisa.

También mereces recuperarte de todo lo que has tenido que atravesar.

Te abrazo fuerte.

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Final de curso: no cierres el curso sin mirar todo lo que has vivido

Una reflexión para alumnos y familias antes de empezar una nueva etapa

Termina un curso y parece que lo único importante es saber si has aprobado, suspendido, pasado de curso o conseguido las notas que esperabas.

Pero un curso escolar es mucho más que unas calificaciones.

Durante estos meses has tenido que aprender contenidos, organizarte, levantarte muchos días sin ganas, conocer profesores nuevos, convivir con compañeros, afrontar exámenes, gestionar nervios, tomar decisiones, equivocarte, solucionar problemas, soportar decepciones y adaptarte a situaciones que probablemente en septiembre todavía no sabías cómo ibas a afrontar.

Por eso, antes de guardar la mochila y pasar página, merece la pena detenerse un momento.

No para juzgarte.

Para entenderte.

Porque mirar lo vivido puede ayudarte mucho más de lo que imaginas a empezar el próximo curso.

¿Recuerdas cómo te sentías hace un año?

Intenta volver mentalmente al comienzo del curso.

Quizá tenías miedo.

A los profesores nuevos.

A que las asignaturas fueran demasiado difíciles.

A no encajar.

A separarte de algunos amigos.

A conocer compañeros nuevos.

A no estar a la altura.

A suspender.

A equivocarte.

A que ocurriera algo que ni siquiera sabías explicar.

Hay comienzos que despiertan mucha incertidumbre porque nuestro cerebro se siente más tranquilo cuando sabe qué va a ocurrir.

Lo nuevo no siempre es peligroso, pero todavía no tenemos información suficiente para saber cómo será. Y por eso pueden aparecer nervios, inseguridad o pensamientos como:

“No voy a poder.”

“Va a ser demasiado difícil.”

“Seguro que me va mal.”

“No voy a conocer a nadie.”

“Los demás estarán más preparados que yo.”

Dentro de poco probablemente volverás a enfrentarte a algo parecido.

Un nuevo curso.

Quizá profesores diferentes.

Más dificultad.

Otros compañeros.

Un nuevo instituto.

Bachillerato.

La universidad.

Formación profesional.

O simplemente otro año en el mismo centro.

Y si aparecen los nervios, recuerda algo importante:

Ya has vivido otros comienzos que también parecían difíciles antes de conocerlos.

Piensa en todo lo que en septiembre te preocupaba y que después acabaste haciendo con normalidad.

Aquella clase a la que no querías entrar.

Ese profesor que te imponía.

Ese examen que parecía imposible.

La presentación delante de los demás.

Hablar con alguien nuevo.

Ir solo a algún sitio.

Organizarte con más asignaturas.

Pedir ayuda.

Superar una decepción.

No significa que todo haya salido bien.

Probablemente algunas cosas fueron incluso más difíciles de lo que esperabas.

Pero tú tampoco eres exactamente la misma persona que empezó el curso. Has vivido cosas que entonces todavía no sabías que eras capaz de afrontar.

Y eso también cuenta.

No todo lo que salió mal significa que hayas fracasado

Quizá este curso no ha sido como imaginabas.

Puede que hayas suspendido.

Que hayas estudiado menos de lo que necesitabas.

Que te hayas confiado.

Que hayas procrastinado.

Que hayas tenido problemas con compañeros.

Que hayas perdido una amistad.

Que hayas pasado por dificultades familiares.

Que te hayas sentido solo.

Que hayas tenido ansiedad.

Que hayas estado desmotivado.

Que no hayas conseguido organizarte.

Que tu teléfono, las redes sociales, los videojuegos o cualquier otra distracción te hayan quitado más tiempo del que querías reconocer.

O quizá has hecho un esfuerzo enorme y aun así los resultados no han sido los esperados.

No todas las dificultades dependen de nosotros.

Y tampoco todas nuestras decisiones son completamente conscientes.

Nuestro estado emocional, la presión, el cansancio, nuestra historia, el ambiente familiar, las amistades, nuestras inseguridades o la necesidad de sentirnos aceptados pueden influir muchísimo en lo que hacemos.

Pero entender por qué hiciste algo no significa justificarlo todo.

Significa poder aprender.

Una de las preguntas más importantes al terminar el curso no es solamente:

“¿Qué me ha pasado?”

También es:

“¿Qué parte de lo ocurrido dependía de mí?”

Y esa pregunta necesita responderse sin machacarte, pero también sin engañarte.

Responsabilizarte no significa culparte

Hay una diferencia enorme entre culpa y responsabilidad.

La culpa suele decir:

“Soy un desastre.”

“Soy vago.”

“No sirvo para estudiar.”

“Siempre lo hago todo mal.”

“Soy peor que los demás.”

La responsabilidad pregunta:

“¿Qué hice?”

“¿Qué no hice?”

“¿Por qué ocurrió?”

“¿Qué estaba necesitando?”

“¿Qué decisión tomé?”

“¿Qué consecuencias tuvo?”

“¿Qué puedo hacer de otra manera la próxima vez?”

Cuando conviertes un error en una etiqueta sobre quién eres, es difícil cambiar.

Cuando lo conviertes en información, puedes aprender.

Quizá descubriste que dejarlo todo para el último día no te funciona.

Que necesitas pedir ayuda antes.

Que estudiar mirando continuamente el móvil te hace tardar el doble.

Que hay compañeros con los que te diviertes pero con los que acabas haciendo cosas que después no te gustan.

Que dormir poco te afecta mucho más de lo que pensabas.

Que cuando algo te sale mal enseguida piensas que no eres capaz.

Que has dedicado muchas horas a preocuparte y pocas a empezar.

Que necesitas aprender a organizarte.

O quizá descubriste algo completamente diferente:

Que eras mucho más responsable de lo que pensabas.

Que supiste reaccionar ante un problema.

Que conseguiste pedir ayuda.

Que te atreviste a hacer algo que te daba miedo.

Que mejoraste una asignatura.

Que pusiste límites a alguien.

Que sobreviviste a una etapa personal complicada mientras seguías intentando estudiar.

Eso también necesitas verlo.

No hagas balance únicamente mirando las notas

Las notas importan porque aportan información sobre determinados aprendizajes.

Pero no cuentan toda la historia de un curso.

Hay aprendizajes que nunca aparecerán en un boletín.

Aprender a hablar con alguien cuando tienes un problema.

Alejarte de una amistad que te hacía daño.

Reconocer que necesitas ayuda.

Tolerar una mala nota sin pensar que todo está perdido.

Descubrir que una asignatura que odiabas puede interesarte.

Atreverte a preguntar en clase.

Ser capaz de defender a un compañero.

Aprender a organizarte un poco mejor.

Aceptar que no siempre puedes hacerlo todo perfecto.

Volver después de haber suspendido.

Seguir intentándolo cuando estabas pasando por una etapa difícil.

Todo eso también es crecimiento.

Mira también tus decisiones

Durante el curso tomas cientos de pequeñas decisiones.

Algunas parecen poco importantes.

Estudio ahora o después.

Pregunto o me quedo con la duda.

Duermo o sigo con el móvil.

Voy a clase o falto.

Hago el trabajo o lo dejo para mañana.

Copio o intento hacerlo.

Me junto con estas personas o con otras.

Participo en una burla o me aparto.

Pido ayuda o escondo que estoy mal.

Le digo a alguien lo que me está molestando o acumulo hasta explotar.

Una decisión aislada probablemente no determina tu futuro.

Pero muchas pequeñas decisiones repetidas terminan construyendo hábitos.

Y los hábitos sí pueden cambiar mucho nuestra vida.

Por eso, quizá el final de curso sea un buen momento para preguntarte:

¿Qué decisiones me acercaron a la persona que quiero ser y cuáles me alejaron?

No se trata de exigirte perfección.

Se trata de conocerte mejor.

Si algo no salió bien, intenta comprender qué había detrás

Decir simplemente “no estudié” explica muy poco.

Puedes investigar un poco más.

¿Por qué no estudiabas?

¿Te aburría?

¿No entendías y te daba vergüenza preguntar?

¿Pensabas que aunque estudiaras suspenderías igualmente?

¿Te costaba empezar?

¿Te distraías constantemente?

¿Estabas agotado?

¿Dormías mal?

¿Estabas viviendo algo que ocupaba casi toda tu cabeza?

¿Necesitabas sentir que decidías tú y estudiar se había convertido en una batalla con tus padres?

¿Habías perdido la motivación?

¿Te comparabas continuamente?

¿Te daba miedo esforzarte mucho y descubrir que aun así podías suspender?

Dos alumnos pueden hacer exactamente lo mismo y tener motivos completamente diferentes.

Comprender el motivo es importante porque la solución también será diferente.

Y si este curso fue muy difícil…

Hay alumnos que terminarán el curso pensando:

“Lo he superado.”

Y otros quizá estén pensando:

“No he podido.”

También para ellos tiene que existir esta reflexión.

No siempre se supera todo a la primera.

A veces repetir, suspender, cambiar de centro, necesitar apoyo psicológico, recibir ayuda educativa o reconocer que algo nos supera forma parte del camino.

Lo importante es intentar que la experiencia no termine únicamente en:

“Me fue mal.”

Pregúntate:

¿Qué ocurrió?

¿Qué estaba atravesando?

¿Qué me faltó?

¿Qué ayuda necesitaba?

¿Qué intenté?

¿Qué hubiera podido hacer diferente?

¿Qué necesito cambiar ahora?

¿Qué necesito que cambien también los adultos que me acompañan?

Responsabilizar a un adolescente de lo que puede hacer no significa dejarle solo con lo que no puede resolver.

Para las familias: cuidado con convertir esta conversación en otro examen

Cuando un hijo termina el curso, los adultos podemos caer rápidamente en:

“Te lo dije.”

“Si hubieras estudiado…”

“Ya veremos el año que viene.”

“Con el móvil todo el día era normal.”

“Tu primo sí que…”

Probablemente ninguna de estas frases produzca demasiada reflexión.

Cuando una persona siente que va a ser juzgada, suele defenderse.

Minimiza.

Oculta.

Discute.

Se justifica.

O deja de hablar.

Si queremos que nuestros hijos desarrollen responsabilidad, necesitamos permitir que puedan pensar sobre sus errores sin sentir que reconocerlos va a convertirse inmediatamente en un castigo o un sermón.

Podemos preguntar:

“¿Qué crees que te ha funcionado este año?”

“¿Qué cambiarías?”

“¿Dónde crees que podemos ayudarte?”

“¿Qué necesitas empezar a hacer tú?”

“¿Hubo algo que nosotros no supimos ver?”

Escuchar sus respuestas puede enseñarnos mucho.

Incluso cuando no nos gustan.

No prepares septiembre únicamente comprando libros

Preparar un nuevo curso también puede significar conocerte mejor.

Puedes preguntarte:

¿Cómo estudio mejor?

¿A qué hora me concentro más?

¿Qué cosas me distraen?

¿Cómo sé que estoy empezando a saturarme?

¿A quién puedo pedir ayuda?

¿Qué asignaturas necesitarán más atención desde el principio?

¿Qué ocurrió el año pasado cuando empecé a dejarme llevar?

¿Qué hábitos quiero cambiar antes de que vuelvan a convertirse en un problema?

¿Qué personas me hacen bien?

¿Qué límites necesito aprender a poner?

¿Qué quiero hacer diferente cuando algo me dé miedo?

Cuando aparezca el miedo al nuevo curso

Quizá dentro de unas semanas empieces a pensar:

“No sé cómo será.”

“Seguro que será dificilísimo.”

“No voy a poder.”

Cuando ocurra, prueba a mirar hacia atrás.

Recuerda septiembre del año pasado.

Tampoco sabías todo lo que iba a ocurrir.

Y aun así fuiste avanzando día tras día.

Hubo cosas que salieron bien.

Otras regular.

Algunas mal.

Pero de todas ellas puedes sacar información.

La confianza no consiste en tener la seguridad de que todo va a salir bien.

Consiste en saber que, si aparecen dificultades, puedes intentar afrontarlas, pedir ayuda, aprender, corregir y volver a intentarlo.

No necesitas empezar septiembre sintiéndote completamente seguro.

Solo necesitas recordar que ya no empiezas desde cero.

Empiezas con la experiencia de todo lo vivido este año.

Preguntas para cerrar el curso

Busca un momento tranquilo. No necesitas responderlas todas de una vez.

Sobre cómo empezaste

¿Cómo me sentía al comenzar el curso?

¿Qué era lo que más miedo me daba?

¿Qué imaginaba que iba a ser muy difícil?

¿Qué terminó siendo más sencillo de lo que esperaba?

¿Qué fui aprendiendo a hacer con el paso de los meses?

Sobre lo que salió bien

¿De qué me siento orgulloso?

¿Qué conseguí que al principio parecía difícil?

¿Qué asignatura, habilidad o situación mejoré?

¿Qué hice bien aunque nadie me felicitara por ello?

¿Qué miedo conseguí afrontar?

¿Cuándo fui responsable?

¿Cuándo ayudé a alguien?

¿Qué descubrí sobre mí?

Sobre lo difícil

¿Qué fue lo que peor llevé este curso?

¿Qué situaciones me hicieron sufrir?

¿Cuándo pensé en abandonar o dejar de intentarlo?

¿Qué necesitaba en esos momentos?

¿Pedí ayuda?

Si no la pedí, ¿qué me lo impedía?

Sobre mis decisiones

¿Qué decisiones me ayudaron?

¿Qué decisiones terminaron perjudicándome?

¿Qué hice sabiendo que probablemente tendría consecuencias?

¿Por qué lo hice?

¿Qué estaba buscando en ese momento?

¿Qué podría hacer diferente si volviera a ocurrir?

Sobre mis hábitos

¿Cómo he dormido durante el curso?

¿Cuánto ha influido el móvil en mi concentración?

¿He dejado demasiadas cosas para el último momento?

¿He sabido organizarme?

¿Qué método de estudio me ha funcionado?

¿Cuándo rendía mejor?

¿Qué hábito debería empezar antes de septiembre?

Sobre mis relaciones

¿Con quién me he sentido yo mismo?

¿Qué amistades me han hecho bien?

¿Alguna relación me ha hecho sentir pequeño, inseguro o incómodo?

¿He hecho alguna cosa para encajar que realmente no quería hacer?

¿He tratado a los demás como me gustaría que me trataran?

¿Hay alguien a quien debería pedir perdón?

¿Hay alguien a quien debería dar las gracias?

¿Necesito alejarme de alguna relación o poner algún límite?

Sobre mis emociones

¿Qué emoción he sentido más este curso?

¿Qué situaciones me provocaban ansiedad?

¿Qué hacía cuando estaba enfadado?

¿Qué hago cuando estoy triste?

¿Sé reconocer cuándo necesito parar?

¿Qué hago cuando algo me sale mal?

¿Cómo me hablo cuando me equivoco?

Sobre el próximo curso

¿Qué quiero repetir?

¿Qué quiero dejar atrás?

¿Qué quiero empezar a hacer diferente?

¿Qué tres cosas dependen principalmente de mí?

¿Qué cosas necesitaré pedir a otros?

¿A quién puedo acudir si empiezo a sentirme desbordado?

¿Qué miedo tengo respecto al próximo curso?

¿Qué pruebas tengo de que quizá sea capaz de manejarlo mejor de lo que imagino?

¿Qué me gustaría poder decir de mí mismo cuando termine el próximo curso?

Una última pregunta

Imagina que puedes hablar durante cinco minutos con la persona que eras al empezar este curso.

Probablemente podrías contarle muchas cosas.

Podrías avisarle de errores.

Tranquilizarle respecto a algunos miedos.

Decirle que disfrute determinados momentos.

Animarle a pedir ayuda antes.

Recordarle que algunas personas que parecían imprescindibles dejarán de serlo.

O explicarle que aquello que ahora parece enorme terminará haciéndose más pequeño.

Ahora piensa en ti dentro de un año.

¿Qué crees que tu “yo” del futuro agradecería que empezaras a hacer desde hoy?

Quizá esa sea una buena manera de cerrar el curso.

No preguntándote únicamente qué nota has sacado.

Sino preguntándote:

¿Qué he aprendido de mí?

Porque aprobar asignaturas es importante.

Pero aprender a conocerte, responsabilizarte de tus decisiones, pedir ayuda cuando la necesitas, tolerar los errores y confiar poco a poco en tu capacidad para afrontar lo desconocido también forma parte de crecer.

No empiezas el próximo curso desde cero.

Empiezas desde todo lo que este año te ha enseñado.

Una reflexión para alumnos y familias antes de empezar una nueva etapa

Termina un curso y parece que lo único importante es saber si has aprobado, suspendido, pasado de curso o conseguido las notas que esperabas.

Pero un curso escolar es mucho más que unas calificaciones.

Durante estos meses has tenido que aprender contenidos, organizarte, levantarte muchos días sin ganas, conocer profesores nuevos, convivir con compañeros, afrontar exámenes, gestionar nervios, tomar decisiones, equivocarte, solucionar problemas, soportar decepciones y adaptarte a situaciones que probablemente en septiembre todavía no sabías cómo ibas a afrontar.

Por eso, antes de guardar la mochila y pasar página, merece la pena detenerse un momento.

No para juzgarte.

Para entenderte.

Porque mirar lo vivido puede ayudarte mucho más de lo que imaginas a empezar el próximo curso.

¿Recuerdas cómo te sentías hace un año?

Intenta volver mentalmente al comienzo del curso.

Quizá tenías miedo.

A los profesores nuevos.

A que las asignaturas fueran demasiado difíciles.

A no encajar.

A separarte de algunos amigos.

A conocer compañeros nuevos.

A no estar a la altura.

A suspender.

A equivocarte.

A que ocurriera algo que ni siquiera sabías explicar.

Hay comienzos que despiertan mucha incertidumbre porque nuestro cerebro se siente más tranquilo cuando sabe qué va a ocurrir.

Lo nuevo no siempre es peligroso, pero todavía no tenemos información suficiente para saber cómo será. Y por eso pueden aparecer nervios, inseguridad o pensamientos como:

“No voy a poder.”

“Va a ser demasiado difícil.”

“Seguro que me va mal.”

“No voy a conocer a nadie.”

“Los demás estarán más preparados que yo.”

Dentro de poco probablemente volverás a enfrentarte a algo parecido.

Un nuevo curso.

Quizá profesores diferentes.

Más dificultad.

Otros compañeros.

Un nuevo instituto.

Bachillerato.

La universidad.

Formación profesional.

O simplemente otro año en el mismo centro.

Y si aparecen los nervios, recuerda algo importante:

Ya has vivido otros comienzos que también parecían difíciles antes de conocerlos.

Piensa en todo lo que en septiembre te preocupaba y que después acabaste haciendo con normalidad.

Aquella clase a la que no querías entrar.

Ese profesor que te imponía.

Ese examen que parecía imposible.

La presentación delante de los demás.

Hablar con alguien nuevo.

Ir solo a algún sitio.

Organizarte con más asignaturas.

Pedir ayuda.

Superar una decepción.

No significa que todo haya salido bien.

Probablemente algunas cosas fueron incluso más difíciles de lo que esperabas.

Pero tú tampoco eres exactamente la misma persona que empezó el curso.

Has vivido cosas que entonces todavía no sabías que eras capaz de afrontar.

Y eso también cuenta.

No todo lo que salió mal significa que hayas fracasado

Quizá este curso no ha sido como imaginabas.

Puede que hayas suspendido.

Que hayas estudiado menos de lo que necesitabas.

Que te hayas confiado.

Que hayas procrastinado.

Que hayas tenido problemas con compañeros.

Que hayas perdido una amistad.

Que hayas pasado por dificultades familiares.

Que te hayas sentido solo.

Que hayas tenido ansiedad.

Que hayas estado desmotivado.

Que no hayas conseguido organizarte.

Que tu teléfono, las redes sociales, los videojuegos o cualquier otra distracción te hayan quitado más tiempo del que querías reconocer.

O quizá has hecho un esfuerzo enorme y aun así los resultados no han sido los esperados.

No todas las dificultades dependen de nosotros.

Y tampoco todas nuestras decisiones son completamente conscientes.

Nuestro estado emocional, la presión, el cansancio, nuestra historia, el ambiente familiar, las amistades, nuestras inseguridades o la necesidad de sentirnos aceptados pueden influir muchísimo en lo que hacemos.

Pero entender por qué hiciste algo no significa justificarlo todo.

Significa poder aprender.

Una de las preguntas más importantes al terminar el curso no es solamente:

“¿Qué me ha pasado?”

También es:

“¿Qué parte de lo ocurrido dependía de mí?”

Y esa pregunta necesita responderse sin machacarte, pero también sin engañarte.

Responsabilizarte no significa culparte

Hay una diferencia enorme entre culpa y responsabilidad.

La culpa suele decir:

“Soy un desastre.”

“Soy vago.”

“No sirvo para estudiar.”

“Siempre lo hago todo mal.”

“Soy peor que los demás.”

La responsabilidad pregunta:

“¿Qué hice?”

“¿Qué no hice?”

“¿Por qué ocurrió?”

“¿Qué estaba necesitando?”

“¿Qué decisión tomé?”

“¿Qué consecuencias tuvo?”

“¿Qué puedo hacer de otra manera la próxima vez?”

Cuando conviertes un error en una etiqueta sobre quién eres, es difícil cambiar.

Cuando lo conviertes en información, puedes aprender.

Quizá descubriste que dejarlo todo para el último día no te funciona.

Que necesitas pedir ayuda antes.

Que estudiar mirando continuamente el móvil te hace tardar el doble.

Que hay compañeros con los que te diviertes pero con los que acabas haciendo cosas que después no te gustan.

Que dormir poco te afecta mucho más de lo que pensabas.

Que cuando algo te sale mal enseguida piensas que no eres capaz.

Que has dedicado muchas horas a preocuparte y pocas a empezar.

Que necesitas aprender a organizarte.

O quizá descubriste algo completamente diferente:

Que eras mucho más responsable de lo que pensabas.

Que supiste reaccionar ante un problema.

Que conseguiste pedir ayuda.

Que te atreviste a hacer algo que te daba miedo.

Que mejoraste una asignatura.

Que pusiste límites a alguien.

Que sobreviviste a una etapa personal complicada mientras seguías intentando estudiar.

Eso también necesitas verlo.

No hagas balance únicamente mirando las notas

Las notas importan porque aportan información sobre determinados aprendizajes.

Pero no cuentan toda la historia de un curso.

Hay aprendizajes que nunca aparecerán en un boletín.

Aprender a hablar con alguien cuando tienes un problema.

Alejarte de una amistad que te hacía daño.

Reconocer que necesitas ayuda.

Tolerar una mala nota sin pensar que todo está perdido.

Descubrir que una asignatura que odiabas puede interesarte.

Atreverte a preguntar en clase.

Ser capaz de defender a un compañero.

Aprender a organizarte un poco mejor.

Aceptar que no siempre puedes hacerlo todo perfecto.

Volver después de haber suspendido.

Seguir intentándolo cuando estabas pasando por una etapa difícil.

Todo eso también es crecimiento.

Mira también tus decisiones

Durante el curso tomas cientos de pequeñas decisiones.

Algunas parecen poco importantes.

Estudio ahora o después.

Pregunto o me quedo con la duda.

Duermo o sigo con el móvil.

Voy a clase o falto.

Hago el trabajo o lo dejo para mañana.

Copio o intento hacerlo.

Me junto con estas personas o con otras.

Participo en una burla o me aparto.

Pido ayuda o escondo que estoy mal.

Le digo a alguien lo que me está molestando o acumulo hasta explotar.

Una decisión aislada probablemente no determina tu futuro.

Pero muchas pequeñas decisiones repetidas terminan construyendo hábitos.

Y los hábitos sí pueden cambiar mucho nuestra vida.

Por eso, quizá el final de curso sea un buen momento para preguntarte:

¿Qué decisiones me acercaron a la persona que quiero ser y cuáles me alejaron?

No se trata de exigirte perfección.

Se trata de conocerte mejor.

Si algo no salió bien, intenta comprender qué había detrás

Decir simplemente “no estudié” explica muy poco.

Puedes investigar un poco más.

¿Por qué no estudiabas?

¿Te aburría?

¿No entendías y te daba vergüenza preguntar?

¿Pensabas que aunque estudiaras suspenderías igualmente?

¿Te costaba empezar?

¿Te distraías constantemente?

¿Estabas agotado?

¿Dormías mal?

¿Estabas viviendo algo que ocupaba casi toda tu cabeza?

¿Necesitabas sentir que decidías tú y estudiar se había convertido en una batalla con tus padres?

¿Habías perdido la motivación?

¿Te comparabas continuamente?

¿Te daba miedo esforzarte mucho y descubrir que aun así podías suspender?

Dos alumnos pueden hacer exactamente lo mismo y tener motivos completamente diferentes.

Comprender el motivo es importante porque la solución también será diferente.

Y si este curso fue muy difícil…

Hay alumnos que terminarán el curso pensando:

“Lo he superado.”

Y otros quizá estén pensando:

“No he podido.”

También para ellos tiene que existir esta reflexión.

No siempre se supera todo a la primera.

A veces repetir, suspender, cambiar de centro, necesitar apoyo psicológico, recibir ayuda educativa o reconocer que algo nos supera forma parte del camino.

Lo importante es intentar que la experiencia no termine únicamente en:

“Me fue mal.”

Pregúntate:

¿Qué ocurrió?

¿Qué estaba atravesando?

¿Qué me faltó?

¿Qué ayuda necesitaba?

¿Qué intenté?

¿Qué hubiera podido hacer diferente?

¿Qué necesito cambiar ahora?

¿Qué necesito que cambien también los adultos que me acompañan?

Responsabilizar a un adolescente de lo que puede hacer no significa dejarle solo con lo que no puede resolver.

Para las familias: cuidado con convertir esta conversación en otro examen

Cuando un hijo termina el curso, los adultos podemos caer rápidamente en:

“Te lo dije.”

“Si hubieras estudiado…”

“Ya veremos el año que viene.”

“Con el móvil todo el día era normal.”

“Tu primo sí que…”

Probablemente ninguna de estas frases produzca demasiada reflexión.

Cuando una persona siente que va a ser juzgada, suele defenderse.

Minimiza.

Oculta.

Discute.

Se justifica.

O deja de hablar.

Si queremos que nuestros hijos desarrollen responsabilidad, necesitamos permitir que puedan pensar sobre sus errores sin sentir que reconocerlos va a convertirse inmediatamente en un castigo o un sermón.

Podemos preguntar:

“¿Qué crees que te ha funcionado este año?”

“¿Qué cambiarías?”

“¿Dónde crees que podemos ayudarte?”

“¿Qué necesitas empezar a hacer tú?”

“¿Hubo algo que nosotros no supimos ver?”

Escuchar sus respuestas puede enseñarnos mucho.

Incluso cuando no nos gustan.

No prepares septiembre únicamente comprando libros

Preparar un nuevo curso también puede significar conocerte mejor.

Puedes preguntarte:

¿Cómo estudio mejor?

¿A qué hora me concentro más?

¿Qué cosas me distraen?

¿Cómo sé que estoy empezando a saturarme?

¿A quién puedo pedir ayuda?

¿Qué asignaturas necesitarán más atención desde el principio?

¿Qué ocurrió el año pasado cuando empecé a dejarme llevar?

¿Qué hábitos quiero cambiar antes de que vuelvan a convertirse en un problema?

¿Qué personas me hacen bien?

¿Qué límites necesito aprender a poner?

¿Qué quiero hacer diferente cuando algo me dé miedo?

Cuando aparezca el miedo al nuevo curso

Quizá dentro de unas semanas empieces a pensar:

“No sé cómo será.”

“Seguro que será dificilísimo.”

“No voy a poder.”

Cuando ocurra, prueba a mirar hacia atrás.

Recuerda septiembre del año pasado.

Tampoco sabías todo lo que iba a ocurrir.

Y aun así fuiste avanzando día tras día.

Hubo cosas que salieron bien.

Otras regular.

Algunas mal.

Pero de todas ellas puedes sacar información.

La confianza no consiste en tener la seguridad de que todo va a salir bien.

Consiste en saber que, si aparecen dificultades, puedes intentar afrontarlas, pedir ayuda, aprender, corregir y volver a intentarlo.

No necesitas empezar septiembre sintiéndote completamente seguro.

Solo necesitas recordar que ya no empiezas desde cero.

Empiezas con la experiencia de todo lo vivido este año.

Preguntas para cerrar el curso

Busca un momento tranquilo. No necesitas responderlas todas de una vez.

Sobre cómo empezaste

¿Cómo me sentía al comenzar el curso?

¿Qué era lo que más miedo me daba?

¿Qué imaginaba que iba a ser muy difícil?

¿Qué terminó siendo más sencillo de lo que esperaba?

¿Qué fui aprendiendo a hacer con el paso de los meses?

Sobre lo que salió bien

¿De qué me siento orgulloso?

¿Qué conseguí que al principio parecía difícil?

¿Qué asignatura, habilidad o situación mejoré?

¿Qué hice bien aunque nadie me felicitara por ello?

¿Qué miedo conseguí afrontar?

¿Cuándo fui responsable?

¿Cuándo ayudé a alguien?

¿Qué descubrí sobre mí?

Sobre lo difícil

¿Qué fue lo que peor llevé este curso?

¿Qué situaciones me hicieron sufrir?

¿Cuándo pensé en abandonar o dejar de intentarlo?

¿Qué necesitaba en esos momentos?

¿Pedí ayuda?

Si no la pedí, ¿qué me lo impedía?

Sobre mis decisiones

¿Qué decisiones me ayudaron?

¿Qué decisiones terminaron perjudicándome?

¿Qué hice sabiendo que probablemente tendría consecuencias?

¿Por qué lo hice?

¿Qué estaba buscando en ese momento?

¿Qué podría hacer diferente si volviera a ocurrir?

Sobre mis hábitos

¿Cómo he dormido durante el curso?

¿Cuánto ha influido el móvil en mi concentración?

¿He dejado demasiadas cosas para el último momento?

¿He sabido organizarme?

¿Qué método de estudio me ha funcionado?

¿Cuándo rendía mejor?

¿Qué hábito debería empezar antes de septiembre?

Sobre mis relaciones

¿Con quién me he sentido yo mismo?

¿Qué amistades me han hecho bien?

¿Alguna relación me ha hecho sentir pequeño, inseguro o incómodo?

¿He hecho alguna cosa para encajar que realmente no quería hacer?

¿He tratado a los demás como me gustaría que me trataran?

¿Hay alguien a quien debería pedir perdón?

¿Hay alguien a quien debería dar las gracias?

¿Necesito alejarme de alguna relación o poner algún límite?

Sobre mis emociones

¿Qué emoción he sentido más este curso?

¿Qué situaciones me provocaban ansiedad?

¿Qué hacía cuando estaba enfadado?

¿Qué hago cuando estoy triste?

¿Sé reconocer cuándo necesito parar?

¿Qué hago cuando algo me sale mal?

¿Cómo me hablo cuando me equivoco?

Sobre el próximo curso

¿Qué quiero repetir?

¿Qué quiero dejar atrás?

¿Qué quiero empezar a hacer diferente?

¿Qué tres cosas dependen principalmente de mí?

¿Qué cosas necesitaré pedir a otros?

¿A quién puedo acudir si empiezo a sentirme desbordado?

¿Qué miedo tengo respecto al próximo curso?

¿Qué pruebas tengo de que quizá sea capaz de manejarlo mejor de lo que imagino?

¿Qué me gustaría poder decir de mí mismo cuando termine el próximo curso?

Una última pregunta

Imagina que puedes hablar durante cinco minutos con la persona que eras al empezar este curso.

Probablemente podrías contarle muchas cosas.

Podrías avisarle de errores.

Tranquilizarle respecto a algunos miedos.

Decirle que disfrute determinados momentos.

Animarle a pedir ayuda antes.

Recordarle que algunas personas que parecían imprescindibles dejarán de serlo.

O explicarle que aquello que ahora parece enorme terminará haciéndose más pequeño.

Ahora piensa en ti dentro de un año.

¿Qué crees que tu “yo” del futuro agradecería que empezaras a hacer desde hoy?

Quizá esa sea una buena manera de cerrar el curso.

No preguntándote únicamente qué nota has sacado.

Sino preguntándote:

¿Qué he aprendido de mí?

Porque aprobar asignaturas es importante.

Pero aprender a conocerte, responsabilizarte de tus decisiones, pedir ayuda cuando la necesitas, tolerar los errores y confiar poco a poco en tu capacidad para afrontar lo desconocido también forma parte de crecer.

No empiezas el próximo curso desde cero.Empiezas desde todo lo que este año te ha enseñado.

Te deseo lo mejor en tu verano y en tu nuevo curso.

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