Yolanda Cuevas Ayneto

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Los mejores equipos no solo existen en el deporte.

No todos los equipos juegan en un estadio. Algunos juegan cada día en casa, en el trabajo, con la pareja o entre amigos. La diferencia entre desgastarse o crecer juntos suele depender de cómo jugamos ese partido. Estas preguntas pueden ayudarte a mirar a tu equipo con otros ojos.

❤️ Pareja

  • ¿Estamos jugando en el mismo equipo o intentando ganar discusiones?
  • ¿Nuestro objetivo es tener razón o entendernos?
  • ¿Qué podríamos conseguir si colaboráramos más y compitiéramos menos?
  • ¿Nos recordamos que estamos en el mismo lado del campo?

👨‍👩‍👧 Familia

  • ¿En casa se siente que todos remamos en la misma dirección?
  • ¿Qué une realmente a nuestra familia además de compartir un apellido?
  • ¿Cómo resolvemos los conflictos: como rivales o como un equipo?
  • ¿Qué necesita nuestra familia para sentirse más unida?

💼 Trabajo

  • ¿Mi equipo comparte un propósito o solo comparte una oficina?
  • ¿Celebramos los logros de los demás o competimos constantemente?
  • ¿Qué cambiaría si todos sintiéramos que el éxito es colectivo?
  • ¿Estoy contribuyendo al equipo o solo cumpliendo mi parte?

👥 Amigos

  • ¿Con qué personas siento que puedo ser yo sin competir?
  • ¿Quién celebra mis éxitos como si fueran propios?
  • ¿Estoy cuidando las amistades que realmente suman a mi vida?
  • ¿Qué hace que un grupo de amigos se convierta en un verdadero equipo?

⚽ Reflexión final

  • Si el fútbol puede unir a millones de personas durante 90 minutos… ¿qué podría unir más a las personas que forman parte de tu vida?
  • ¿Cuál es el objetivo común que une a tu pareja, tu familia, tus amigos o tu equipo de trabajo?
  • ¿Qué pasaría si dejáramos de preguntarnos quién tiene razón y empezáramos a preguntarnos qué necesita nuestro equipo para ganar?
  • ¿En qué equipo de tu vida hace falta empezar a jugar juntos y dejar de jugar unos contra otros?

Un abrazo.

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10 formas de cuidar tu sistema nervioso

Porque muchas veces el problema no es que seas débil. Es que llevas demasiado tiempo viviendo en alerta.

“Solo quiero sentirme tranquila.”

Es una de las frases que más escucho en consulta.

Y normalmente llega acompañada de otras muchas:

“Estoy siempre cansada.”

“Me sobresalto por cualquier cosa.”

“No consigo desconectar.”

“Mi cabeza no para.”

“Sé que no hay peligro, pero mi cuerpo actúa como si lo hubiera.”

Si alguna de estas frases resuena contigo, quiero decirte algo importante:

Quizá no necesites esforzarte más.

Quizá tu sistema nervioso necesite sentirse más seguro.

Durante mucho tiempo hemos pensado que la ansiedad, el estrés o el agotamiento eran simplemente problemas de la mente.

Hoy sabemos que también tienen mucho que ver con nuestro cuerpo y con nuestro sistema nervioso.

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, hay algo que repito con frecuencia:

No podemos pedir calma a un sistema nervioso que siente que sigue en peligro.

Y esa diferencia cambia completamente la forma de entender lo que nos ocurre.

¿Qué es exactamente el sistema nervioso?

Imagina que dentro de ti existe un gran detector de seguridad. Su trabajo consiste en responder continuamente a una pregunta:

“¿Estoy a salvo?”

Si la respuesta es sí…

Respiras con calma.

Piensas con claridad.

Duermes mejor.

Te relacionas con facilidad.

Disfrutas.

Aprendes.

Creas.

Pero si interpreta que existe una amenaza…Todo cambia.

Tu corazón se acelera.

Tus músculos se tensan.

Respiras peor.

La mente empieza a anticipar problemas.

Y tu cuerpo entra en modo supervivencia.

Lo curioso es que ese peligro no siempre está delante de nosotros.

A veces pertenece al pasado. Y el sistema nervioso sigue reaccionando como si todavía estuviera ocurriendo.

Por eso comprenderlo es tan importante.

Porque dejamos de preguntarnos:

“¿Qué me pasa?”

Para empezar a preguntarnos:

“¿Qué necesita mi sistema nervioso?”

1. Dormir lo suficiente

Dormir no es un lujo.

Es el momento en que el cerebro se limpia, reorganiza recuerdos, regula emociones y recupera energía.

de una mala noche solemos estar más irritables, más impulsivos y más sensibles al estrés.

No es casualidad. Nuestro sistema nervioso tiene menos recursos para responder.

Dormir bien es uno de los mejores regalos que podemos hacerle.

2. Respirar despacio y por la nariz

Respiramos miles de veces al día.

Pero pocas personas saben que la forma en que respiramos cambia la forma en que se siente nuestro sistema nervioso.

Cuando respiramos rápido y por la boca enviamos una señal de alerta.

Cuando respiramos lentamente y por la nariz favorecemos un estado de mayor seguridad fisiológica.

No solucionará todos los problemas. Pero sí puede ayudar a que tu cuerpo deje de interpretar que necesita estar preparado para sobrevivir.

Tienes aquí mi taller Aprender a respirar por la nariz.

3. Mueve tu cuerpo

Nuestro organismo nació para moverse. No para permanecer diez horas sentado delante de una pantalla.

Caminar.

Bailar.

Montar en bicicleta.

Nadar.

Hacer fuerza.

Todo movimiento ayuda a descargar tensión acumulada y favorece la regulación del sistema nervioso. No hace falta hacerlo perfecto.

Hace falta hacerlo con cierta frecuencia.

4. Regálate naturaleza

¿Has notado alguna vez cómo cambia tu respiración cuando caminas por un bosque o escuchas el mar? La naturaleza disminuye la activación fisiológica y facilita que nuestro organismo salga del modo supervivencia.

Diez minutos bajo un árbol hacen más por nuestro sistema nervioso que una hora mirando el móvil.

5. Aprende a poner límites

Decir siempre que sí también cansa al sistema nervioso.

Vivir intentando agradar.

Responder inmediatamente.

Estar disponible para todo el mundo.

No querer decepcionar.

Todo eso mantiene al organismo en un estado continuo de exigencia.

Los límites no alejan a las personas adecuadas.

Protegen tu bienestar.

6. Rodéate de personas con las que puedas bajar la guardia

Nos regulamos mucho más de lo que imaginamos a través de otras personas. Una conversación tranquila.

Una mirada de comprensión.

Un abrazo.

Sentirnos escuchados.

El sistema nervioso también aprende seguridad a través del vínculo.

Por eso elegir bien con quién compartimos la vida también es autocuidado.

7. Haz pausas antes de que tu cuerpo las imponga

Muchas personas solo descansan cuando ya no pueden más.

Cuando aparece la ansiedad.

Cuando enferman.

Cuando el cuerpo dice basta.

Pero el descanso no debería llegar solo después del agotamiento.

Las pausas pequeñas también regulan.

Cinco minutos respirando.

Un café sin móvil.

Mirar por la ventana.

Caminar un poco.

No hace falta esperar a romperse para empezar a cuidarse.

8. Practica mindfulness

Mindfulness no consiste en dejar la mente en blanco.

Consiste en volver al momento presente una y otra vez.

Cuando entrenamos la atención dejamos de vivir constantemente atrapados entre el pasado y el futuro.

Y eso también ayuda al sistema nervioso a encontrar momentos de calma.

No necesitamos meditar una hora.

A veces bastan cinco minutos de presencia real.

Como instructora en mindfulness acompañado con diferentes iniciativas online en vivo. Si estás interesada escríbeme yolandayolandacuevas.es

9. Procesa aquello que todavía duele

Hay experiencias que el tiempo no termina de resolver.

Infancias difíciles.

Pérdidas.

Accidentes.

Abandono.

Situaciones de miedo.

Nuestro cerebro puede seguir reaccionando como si aquello todavía estuviera ocurriendo.

Por eso descansar, respirar o hacer ejercicio a veces no es suficiente.

En esos casos necesitamos procesar lo vivido. Aquí es donde terapias como EMDR pueden marcar una gran diferencia. No porque borren el pasado sino porque ayudan al cerebro a dejar de vivirlo como si siguiera ocurriendo hoy.

Muchas personas describen ese cambio con una frase preciosa:

“Lo recuerdo… pero ya no lo siento igual.” Y eso transforma profundamente la manera de vivir.

Aquí te dejo un podcast donde hablo sobre ello.

10. Háblate como hablarías a alguien que quieres

Hay personas que hacen meditación.

Respiran.

Van al gimnasio.

Pero después se pasan el día diciéndose:

“No llego.” “Soy un desastre.” “Nunca hago suficiente.”

Nuestro diálogo interno también regula nuestro sistema nervioso.

Cada palabra que nos dirigimos deja una huella.

La amabilidad no elimina los problemas. Pero crea un lugar mucho más seguro desde el que afrontarlos.

Una pregunta que puede cambiar muchas cosas. La próxima vez que notes ansiedad, tensión o agotamiento…

En lugar de preguntarte “¿Qué me pasa?”

Prueba a preguntarte:

“¿Qué necesita mi sistema nervioso en este momento?”

Quizá necesite descanso.

Quizá movimiento.

Quizá compañía.

Quizá silencio.

Quizá ayuda.

Quizá simplemente sentirse seguro.

Vivimos en una sociedad que nos enseña a exigirnos mucho. Pero muy pocas veces nos enseña a regularnos.

Nos esforzamos por ser más productivos. Más eficientes. Más fuertes. Cuando quizá la verdadera pregunta sea otra.

¿Estoy cuidando el sistema que sostiene toda mi vida?

Porque un sistema nervioso regulado no hace que desaparezcan los problemas. Pero sí cambia profundamente la forma en que somos capaces de afrontarlos.

Y quiero que recuerdes algo:

Tu sistema nervioso no necesita que seas más fuerte. Necesita sentirse más seguro.

Y esa seguridad, poco a poco, también puede aprenderse. Porque sanar no siempre consiste en hacer más. Muchas veces consiste en empezar a tratarnos con la calma, el cuidado y la comprensión que llevamos tanto tiempo necesitando.

Un abrazo y espero que te ayude a reflexionar, entenderte y saber por donde empezar.

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Cuando el cerebro decide en medio del peligro: por qué en una emergencia no pensamos igual


Cada vez que ocurre una tragedia, además del dolor aparecen las preguntas.

¿Por qué no salieron antes? ¿Por qué no hicieron caso a las recomendaciones? ¿Cómo pudieron tomar esa decisión?

Son preguntas profundamente humanas. Nuestro cerebro necesita encontrar una explicación cuando ocurre algo tan difícil de comprender. A veces, incluso buscamos una causa sencilla que nos haga sentir que algo así podría evitarse siempre.

Sin embargo, la psicología, la neurociencia y el estudio del trauma nos recuerdan algo importante: el cerebro que toma decisiones en una situación de peligro extremo no funciona igual que el cerebro con el que ahora analizamos lo sucedido desde la calma.

Comprender esto no significa justificar decisiones equivocadas ni evitar analizar responsabilidades cuando corresponda. Significa entender cómo responde un ser humano cuando siente que su vida está amenazada.

Cuando la supervivencia toma el control

Ante un incendio u otra situación de emergencia, el cerebro detecta una posible amenaza en cuestión de milisegundos.

La amígdala, una estructura especializada en detectar el peligro, activa rápidamente el sistema de supervivencia. El organismo libera hormonas del estrés, aumenta la frecuencia cardiaca, la respiración se acelera y todo el cuerpo se prepara para proteger la vida.

En ese momento el objetivo principal ya no es analizar todas las posibilidades de forma racional.

El objetivo es sobrevivir.

Nuestro cerebro intenta encontrar una solución rápida utilizando los recursos que considera más accesibles en ese instante.

Pensar bajo estrés no es pensar peor, es pensar diferente

Muchas personas imaginan que, en una emergencia, basta con “pensar con lógica”. Sin embargo, el elevado nivel de activación afecta al funcionamiento de la corteza prefrontal, la región implicada en valorar alternativas, inhibir impulsos y tomar decisiones complejas.

No deja de funcionar por completo, pero puede verse limitada por la intensidad del estrés.

Es como intentar resolver un problema muy complejo mientras suena una alarma ensordecedora y alguien nos grita que corramos.

El cerebro sigue tomando decisiones, pero dispone de menos recursos para hacerlo de forma reflexiva.

La visión en túnel: cuando el mundo se estrecha

Otro fenómeno frecuente es la llamada visión en túnel.

La atención deja de abarcar todo lo que ocurre y se concentra en una única posibilidad.

La persona puede pensar:

  • “Por aquí he entrado, por aquí salgo.”
  • “Si me quedo aquí quizá esté más protegido.”
  • “Siempre se ha controlado el fuego.”
  • “Voy a esperar un poco antes de moverme.”

No necesariamente porque sea la mejor opción, sino porque el cerebro reduce el número de alternativas para responder con rapidez.

Desde fuera puede parecer incomprensible.

Desde dentro, puede sentirse como la única posibilidad imaginable.

Nuestro cerebro también utiliza lo que ya conoce

Cuando disponemos de poca información, el cerebro completa los huecos utilizando experiencias previas.

Si una persona ha vivido pequeños incendios que terminaron controlándose rápidamente, es posible que interprete la situación actual desde ese aprendizaje.

Los modelos mentales que hemos construido durante años influyen enormemente en cómo interpretamos el peligro.

El cerebro no analiza únicamente lo que está ocurriendo.

También intenta predecir lo que ocurrirá basándose en lo que ya conoce.

Y esas predicciones, en ocasiones, pueden alejarnos de la realidad del momento.

Cuando el riesgo tarda en parecer real

Existe otro fenómeno psicológico muy conocido: la normalización del riesgo.

Durante los primeros momentos de una amenaza grave, algunas personas minimizan lo que ocurre.

No porque sean irresponsables.

Sino porque aceptar que el peligro es real implica enfrentarse a una situación emocionalmente abrumadora.

Pensamientos como:

“Seguro que no será para tanto.”

“Ahora enseguida lo controlarán.”

“Esperemos un poco.”

son intentos del cerebro de reducir el impacto emocional de una realidad difícil de asumir.

Paradójicamente, esa estrategia de protección puede retrasar decisiones que deberían tomarse con rapidez.

No solo decide la razón

En situaciones extremas también influyen muchos otros factores:

-El apego a la vivienda.

-La preocupación por familiares o mascotas.

-La dificultad para abandonar pertenencias importantes.

-La confianza en una interpretación propia.

-La información incompleta.

-El miedo.

El bloqueo.

Todo ello forma parte del proceso de toma de decisiones.

Por eso, reducir una tragedia a un simple “no hicieron caso” suele dejar fuera gran parte de la complejidad psicológica que existe detrás.

El peligro de juzgar desde después

Cuando conocemos el desenlace, nuestro cerebro cae fácilmente en un fenómeno llamado sesgo retrospectivo.

Es la tendencia a pensar que el resultado era mucho más evidente de lo que realmente era.

Entonces aparecen frases como:

“Era obvio lo que había que hacer.”

“Yo habría salido inmediatamente.”

“¿Cómo no se dieron cuenta?”

Pero esa valoración se realiza con una ventaja enorme: conocemos el final de la historia.

Las personas que estaban allí no disponían de esa información.

Tomaban decisiones con incertidumbre, miedo, información parcial y un sistema nervioso completamente activado.

Nuestro cerebro necesita creer que el mundo es predecible porque esa sensación nos aporta seguridad.

Pensar que “era evidente” nos hace sentir que nosotros actuaríamos mejor.

Sin embargo, esa sensación suele ser una ilusión creada por el conocimiento posterior.

Comprender no significa justificar

Explicar cómo funciona el cerebro en situaciones extremas no elimina la responsabilidad cuando existan errores, negligencias o decisiones que deban investigarse.

La psicología no sustituye al análisis de los hechos. Lo complementa.

Nos recuerda que hay personas que no toman decisiones desde la calma cuando sienten que su vida corre peligro. Las toman con un cerebro diseñado, desde hace miles de años, para sobrevivir.

Y ese cerebro, aunque extraordinariamente eficaz en muchas ocasiones, también tiene limitaciones o está condicionado en esos momentos por otras vivencias y circunstancias.

Quizá una de las mayores enseñanzas que podemos extraer de estas tragedias sea esta:

Antes de juzgar una decisión tomada bajo un miedo extremo, conviene recordar que nosotros la analizamos desde un lugar seguro, con toda la información y con un sistema nervioso en calma.

Ellos no.

En una emergencia hay incertidumbre. Las personas no tienen una visión completa de lo que está ocurriendo: no conocen la evolución del fuego, las condiciones exactas del lugar ni las consecuencias de cada alternativa.
El sesgo retrospectivo: juzgar con información que antes no existía
Después de una tragedia aparece con frecuencia el sesgo retrospectivo, también llamado sesgo de “lo sabía desde el principio”.
Es la tendencia del cerebro a creer que un acontecimiento era más predecible de lo que realmente era antes de que ocurriera.


Cuando conocemos el desenlace, miramos hacia atrás y pensamos:
“Era evidente”.
“Lo lógico era salir”.
“¿Cómo no se dieron cuenta?”.
Pero olvidamos algo fundamental: quienes tomaron esas decisiones no tenían la información que tenemos nosotros después.
Juzgamos el pasado con el mapa completo, mientras que la persona tuvo que decidir cuando solo tenía una parte del camino.


Comprender no significa justificar
Explicar cómo funciona el cerebro en una emergencia no significa quitar responsabilidad ni afirmar que todas las decisiones fueron adecuadas.
Significa añadir una capa necesaria de comprensión.


La conducta humana no puede analizarse únicamente desde el resultado final. También hay que mirar el contexto: el nivel de amenaza, la información disponible, el estado emocional, la historia de aprendizaje y la respuesta del sistema nervioso.


La psicología nos recuerda que una persona en una situación extrema no está tomando decisiones como lo haría en un día normal sentado tranquilamente en casa.
La pregunta más humana
Quizás, ante una tragedia, además de preguntarnos “¿por qué no hicieron caso?”, podemos hacernos una pregunta más profunda:
“¿Qué estaba percibiendo esa persona en ese momento para que esa decisión tuviera sentido desde su cerebro?”

Comprender cómo funciona el cerebro humano no borra el dolor ni cambia el desenlace. Pero sí nos ayuda a mirar estas situaciones con más conocimiento, más humanidad y menos simplificaciones.

Porque detrás de cada decisión tomada en una emergencia hay una persona intentando sobrevivir con el cerebro que la evolución le ha dado para hacerlo.

DEP y un abrazo a sus familias y amigos en estos momentos tan duros, difíciles.

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Final de curso: una oportunidad para la reflexión como profesora.

Una invitación para profesores que empiezan y para quienes llevan años enseñando

Junio llega y, para muchos docentes, aparece una mezcla difícil de explicar.

Alivio por terminar. Cansancio acumulado. Satisfacción por algunas cosas. Frustración por otras. La sensación de no haber llegado a todo.

Y, a veces, una necesidad enorme de desconectar y no pensar más. Es comprensible.

La docencia es una profesión apasionante, pero también una de las más exigentes emocionalmente. No solo se enseña una materia. Se acompaña, se contienen emociones, se gestionan conflictos, se sostienen familias, se atiende la diversidad, se responde a cambios continuos y, mientras tanto, se intenta no perder la ilusión.

Por eso, quizá terminar el curso no debería ser únicamente sobrevivir hasta las vacaciones.

También puede ser una oportunidad para hacer una pausa y preguntarnos:

¿Cómo estoy yo después de todo lo vivido?

Porque un curso no es solo una sucesión de clases. Es una parte importante de nuestra vida. Y merece ser mirada más allá de las notas y los resultados.

Es fácil acabar el curso centrándonos únicamente en lo que salió mal:

Los conflictos.
La burocracia.
La falta de recursos.
Los alumnos difíciles.
Las familias exigentes.
El cansancio.

Y todo eso es real. Pero si únicamente hacemos balance desde el agotamiento, corremos el riesgo de olvidarnos de algo importante:

También hemos aprendido, crecido y sostenido mucho más de lo que solemos reconocer.

Preguntas para hacer balance del curso:
¿Cómo llegué y cómo termino?
¿Con qué ilusión empecé septiembre?
¿Cómo me siento ahora?
¿Qué emociones predominan?
¿Estoy cansada o profundamente agotada?
¿Necesito descansar o necesito algo más?
¿Qué ha sido lo más difícil para mí?

No siempre es lo mismo. Quizá ha sido:

La sobrecarga administrativa.
La convivencia en el aula.
La falta de motivación del alumnado.
Las exigencias externas.
La presión por llegar a todo.
La relación con compañeros o familias.
Sentir que no tienes tiempo para enseñar como te gustaría.

Pregúntate:

-¿Qué me ha hecho sufrir más este curso?

-Porque identificarlo es el primer paso para cuidarlo.

-¿Qué me ha sostenido?

A veces olvidamos mirar los recursos.

¿Qué alumnos me han emocionado?
¿Qué compañeros me han hecho sentir acompañada?
¿Qué momentos me recordaron por qué elegí esta profesión?
¿Qué fortalezas descubrí en mí?
La profesión docente necesita mucho más que conocimientos. Enseñar requiere habilidades emocionales constantemente:

-Flexibilidad

-Porque ningún día sale exactamente como estaba previsto.

-Regulación emocional

Para gestionar la frustración, los conflictos y la incertidumbre.

-Comunicación: Con alumnos, familias y compañeros.

-Paciencia: Porque los resultados no siempre son inmediatos.

-Capacidad de adaptación: Porque la educación cambia continuamente.

-Empatía: Sin perderse uno mismo.

-Capacidad para poner límites: Porque cuidar no significa poder con todo.

-Autocompasión: Porque ser buen profesor no significa ser perfecto.

Algunas preguntas incómodas, pero necesarias
¿Estoy intentando salvar a todo el mundo?
¿Me exijo más de lo que le exigiría a otro compañero?
¿Siento culpa cuando no llego a todo?
¿Me llevo el trabajo a casa constantemente?
¿He confundido vocación con sacrificio?
¿Hace cuánto tiempo que no disfruto enseñando?
¿Estoy dando desde la ilusión o desde la supervivencia?
¿Quién cuida al que cuida?


Si eres un profesor que empieza…

Quizá este curso te haya hecho dudar.

Puede que hayas sentido:

Miedo a equivocarte.
Síndrome del impostor.
Sensación de no saber suficiente.
Agotamiento.
Comparaciones con otros docentes.

Nadie aprende a ser profesor en un año.

La experiencia no se construye en los cursos de formación, sino en las miradas, los errores, los grupos difíciles, las dudas y las pequeñas victorias cotidianas.

No necesitas hacerlo perfecto. Necesitas tiempo, formarte con corazón más allá del conocimiento.

Si llevas muchos años enseñando…

Quizá hayas notado:

Más cansancio que ilusión.
Menos paciencia.
Desgaste emocional.
Desmotivación.
La sensación de que todo cambia demasiado rápido.

Y quizá te preguntas:

¿Sigo siendo el profesor que quería ser?

La experiencia es una enorme fortaleza, pero también necesita ser cuidada.

No es fracasar reconocer que algo pesa.

No es debilidad admitir que estás cansado.

El peligro de normalizar el agotamiento

Hay frases que se escuchan mucho en educación:

“Es lo que hay.”

“Todos estamos igual.”

“Ya descansaré en verano.”

“Esto forma parte del trabajo.”

Pero normalizar el agotamiento no lo convierte en saludable.

Un docente agotado no necesita únicamente vacaciones, necesita espacios donde sentirse acompañado, reconocido y cuidado. Porque detrás de cada profesor hay una persona:

-Con miedos.

-Con preocupaciones.

-Con una vida fuera del aula.

-Con emociones.

Y con una salud mental que también merece atención.

Algunas preguntas para cerrar el curso con conciencia
¿De qué me siento orgullosa este año?
¿Qué he aprendido de mis alumnos?
¿Qué quiero seguir haciendo el próximo curso?
¿Qué necesito cambiar?
¿Qué límites necesito cuidar mejor?
¿Qué me gustaría dejar atrás?
¿Qué necesito para disfrutar más de mi profesión?
¿Cómo quiero llegar a septiembre?

Quizá no podamos cambiar todas las dificultades de la educación. Pero sí podemos evitar pasar por un curso más sin detenernos a mirar cómo estamos.

Porque enseñar deja huella. Pero enseñar también desgasta.

Y cuidar a quienes educan no es un lujo. Es una necesidad.

Ojalá este verano no sea solo una pausa para recuperar fuerzas.

Ojalá sea también un espacio para reconocer todo lo vivido, agradecer lo que sí salió bien y recordar que, antes de ser profesor, eres persona.

Y ninguna vocación debería costarte la salud.

Gracias por este curso.

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Si como niño o adolescente no te apetece ir al psicólogo, quiero decirte algo.

Si estás leyendo esto, o te lo están leyendo quizá eres uno de esos niños o adolescentes a los que no les hace demasiada ilusión venir al psicólogo.

Y quiero empezar diciéndote algo importante: lo entiendo. De verdad. Muchas veces no sois vosotros quienes habéis decidido venir. A veces son vuestros padres, un profesor o alguien que os quiere y está preocupado por vosotros. Y es normal que aparezcan dudas. Quizá te preguntas si tendrás que contar cosas que no quieres contar.

Quizá te da vergüenza.

Quizá piensas que ir al psicólogo es para personas que tienen problemas muy graves, y lo tuyo no es para tanto.

O quizá simplemente estás cansado. Cansado/a de que te pregunten cómo estás, de que te digan lo que tienes que hacer o de sentir que nadie entiende realmente lo que te pasa.

Si es así, quiero que sepas que no eres el único.Muchos niños y adolescentes llegan a consulta con pocas ganas y con muchas preguntas. ¿También los adultos!

Es entendible y uno está incómodo o confundida. No hace falta que vengas convencido/a.

Solo te pediría una cosa: que me des una oportunidad.

Algunas promesas que quiero hacerte

No voy a obligarte a hablar de nada para lo que no estés preparado.

No espero que el primer día me cuentes toda tu vida.

Me gusta ir poco a poco. Así me gustaría que lo hicieran conmigo.

A veces empezamos hablando de fútbol, de videojuegos, de música, de aficiones, moda o de cualquier otra cosa.

Lo importante no es correr.

Lo importante es que te sientas en seguridad.

Tampoco voy a juzgarte.

Da igual si te enfadas mucho, si lloras con facilidad, si te cuesta concentrarte, si tienes conductas, comportamientos que no gustan, si tienes miedos, si te preocupa lo que los demás piensen o si ni siquiera sabes explicar qué te pasa.

Mi trabajo no es decirte lo que haces mal. Mi trabajo es ayudarte a comprenderte y ver cómo podemos estar y ser mejor. Porque muchas veces detrás de las cosas que hacemos hay razones que merecen ser entendidas, no castigadas.

En consulta no solo hablamos

Hay personas que imaginan una consulta con una silla y un montón de preguntas. Casi casi como un interrogatorio como en las pelis.

Pero trabajar con niños y adolescentes es mucho más que eso.

Utilizamos dibujos, metáforas, juegos, historias, ejercicios y recursos que nos ayudan a entender mejor lo que ocurre por dentro.

Aprendemos cómo funciona el cerebro.

Por qué a veces el corazón se acelera.

Por qué aparecen los miedos.

Por qué cuesta concentrarse o por qué hay días en los que uno está enfadado/a y ni siquiera sabe muy bien por qué.

También aprendemos qué son los pensamientos y las emociones.

Porque a veces creemos que somos nuestros pensamientos. Y no es así.

Los pensamientos son cosas que aparecen en nuestra mente, pero no siempre dicen la verdad.

Y las emociones no son enemigas.

La rabia, el miedo, la tristeza o la ansiedad no son malas. Son mensajes pero en idiomas a veces desconocidos…y yo conozco muchos de esos mensajes. Juntos lo vamos a descubrir.

Y cuando aprendemos a escucharlos y entenderlos, y acompañarlos dejan de dar tanto miedo.

Tu cuerpo también habla

Seguro que alguna vez has sentido un nudo en el estómago antes de un examen, el corazón acelerado cuando te asustas o ganas de llorar sin saber muy bien por qué.

Significa que tu cuerpo está intentando protegerte.

En consulta también aprendemos cómo funciona el sistema nervioso.

Entendemos por qué a veces vivimos en alerta, por qué nos bloqueamos o por qué reaccionamos sin querer hacerlo.

Y aprendemos recursos para volver a sentir calma y seguridad.

Porque nadie os enseña estas cosas en el colegio y, sin embargo, son herramientas que os acompañarán toda la vida. Por eso a mi me gustaría que en los coles hubiera una asignatura que se llamara Psicología para la vida.

¿Y qué es eso del EMDR?

Como terapeuta EMDR, una de las cosas que más me gusta es ayudar a los niños y adolescentes a entender que no hay nada defectuoso en ellos.

A veces vivimos experiencias difíciles, sustos, cambios, pérdidas o momentos que nos desbordan.

Y nuestro cerebro, intentando protegernos, puede quedarse funcionando como si el peligro siguiera ahí.

EMDR es una terapia que ayuda al cerebro a procesar esas experiencias y a quedarse tranquilo de nuevo.

Pero quiero que sepas algo importante. Nunca se trata de obligarte a recordar cosas ni de hacerte sufrir.

Antes de trabajar cualquier experiencia difícil, aprendemos recursos, construimos seguridad y vamos siempre a tu ritmo.

Porque para mí es más importante que te sientas acompañado que ir deprisa.

Y tus padres también forman parte del equipo

A veces los niños llegan pensando que vienen porque ellos son el problema.

Y quiero decirte algo que considero muy importante.

Tú no eres el problema.

Por eso, además de trabajar contigo, también trabajo con tus padres en la medida que sea. Lo digo porque a veces por horarios, separaciones etc no es fácil.

Les ayudo a entender cómo funciona tu cerebro, tus emociones y tu sistema nervioso.

Les acompaño para que puedan comprender mejor lo que necesitas y para que todos aprendamos nuevas formas de relacionarnos.

Porque cuando los adultos entienden más, suelen enfadarse menos y acompañar mejor. Ellos lo intentan hacerlo bien pero no siempre lo consiguen y hay que explicarlo.

Y porque en esto no se trata de buscar culpables, sino de sumar.

Y si no sabes qué decir, tampoco pasa nada

De verdad.

No hace falta que vengas con las respuestas. No hace falta que sepas explicar lo que te pasa.

Incluso puedes decirme:

“No sé por qué estoy aquí.”

“No me apetece hablar.”

“Estoy nervioso.”

“O simplemente… no sé.”

Con eso es suficiente.

Porque precisamente para eso estamos los psicólogos.

Para acompañaros a entender lo que os pasa, para ayudaros a sentiros más seguros y para recordaros algo que nunca deberíais olvidar:

No tenéis que poder con todo vosotros solos.

Con cariño, te espero.

Yolanda Cuevas
Psicóloga y terapeuta EMDR
Instructora de mindfulness

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10 excusas que te pones para no hacer ejercicio.


Y por qué quizá no tienen que ver con la pereza…

“Debería hacer más ejercicio.”

Es una frase que escucho mucho. O que todas nos hemos dicho alguna vez. Y también una frase que muchas personas se repiten con culpa.

Porque sabemos que nos va bien.
Porque cada vez conocemos los beneficios.
Porque leemos artículos, vemos vídeos y escuchado consejos.

Y, sin embargo, pasan los días, las semanas o incluso los años y siguen y muchas personas siguen sin empezar.

Entonces aparecen conclusiones y monólogos internos que machacan:

“Soy un desastre.”
“No tengo fuerza de voluntad.”
“Soy muy vaga.”

Pero, ¿y si el problema no fuera la falta de voluntad?

¿Y si simplemente estamos intentando empezar de una forma demasiado exigente?

Como psicóloga, veo con frecuencia que muchas personas convierten el ejercicio en una obligación más de la lista. Algo que hacer perfecto, durante una hora, cinco días por semana y con resultados rápidos. Y cuando no pueden mantenerlo, concluyen que han fracasado.

Pero quizá la pregunta no es:

“¿Por qué no soy capaz?”

Sino:

“¿Qué me está impidiendo empezar de una manera más amable conmigo?”

No fuimos diseñados para vivir sentados Nuestro cuerpo está diseñado para moverse. Sí o sí. NO ES OPCIONAL.

No necesariamente para correr maratones o levantar grandes pesos.

Sino para caminar.
Estirarse.
Respirar.
Bailar.
Subir escaleras.
Jugar.
Moverse.

Sin embargo, vivimos muchas horas sentados.

-Trabajamos sentados.
-Conducimos sentados.
-Descansamos sentados.
-Nos entretenemos sentados con tv, libros, ordenadores, móviles…

Y poco a poco hemos normalizado un estilo de vida que nuestro cuerpo no reconoce como natural. Y el cuerpo y la mente lo paga, lo chilla, enferma.

También hay personas que viven agotadas.

-Trabajan y en muchos más de lo deseado bien por tareas o bien por horas.
-Cuidan de otros.
-Llegan a casa y se unen otras responsabilidades

Y cuando por fin tienen un rato libre, lo único que desean es descansar.

Y es comprensible. Porque nadie puede dar desde un depósito vacío.

Por eso, antes de exigirte más, quizá merece la pena preguntarte:

-¿Cómo estoy realmente?
-¿Qué nivel de energía tengo?
-¿Necesito empezar por descansar mejor?
-¿Estoy esperando tener motivación para empezar?

Porque la motivación es maravillosa…pero suele ser una visitante caprichosa.

Los hábitos, en cambio, permanecen.

La trampa del “todo o nada”

Muchas personas además creen que si no pueden hacer una hora de ejercicio, entonces no merece la pena hacer nada.

Pero caminar veinte minutos cuenta.

Subir escaleras cuenta.

Bailar mientras haces las tareas de casa cuenta.

Mover el cuerpo diez minutos cuenta.

Cualquier snack deportivo saltar, sentadillas, giros de brazos…

Porque el cerebro no necesita perfección. Necesita repetición.

Y el hábito se construye con pequeños pasos, no con grandes esfuerzos imposibles de mantener en muchos casos.

El ejercicio no es un castigo

Durante años nos han vendido el ejercicio como una forma de adelgazar, compensar excesos, de jóvenes o corregir nuestro cuerpo.

Pero el movimiento es mucho más que eso.

Es una forma de cuidar:

🧠 Tu cerebro.

❤️ Tu corazón.

😌 Tu ansiedad.

💤 Tu sueño.

😊 Tu estado de ánimo.

🦴 Tus huesos.

🌿 Tu sistema nervioso.

El ejercicio es prevención. Es dignidad hacia futuro como insistimos en nuestro espectáculo: Autocuidado para la vida real. Es un seguro de vida.

No tienes que ganarte el derecho a moverte. Tu cuerpo merece movimiento porque está vivo.

Te planteo algunas preguntas para reflexionar

Antes de pensar en qué ejercicio hacer, quizá puedes preguntarte:

¿Qué relación tengo con mi cuerpo?
¿Hago ejercicio desde el amor o desde la exigencia?
¿Estoy esperando hacerlo perfecto?
¿Qué actividad disfrutaba cuando era niño o niña?
¿Qué movimiento podría incorporar a mi vida sin agobiarme?
¿Qué me impide empezar?
¿Qué excusa aparece con más frecuencia?
¿Y qué necesitaría para ayudarme a dar el primer paso?


Cómo empezar sin agobiarte.

-Olvídate de hacerlo perfecto.

-Empieza pequeño.

– Camina diez minutos al día.
-Aparca un poco más lejos.
-Sustituye el ascensor por las escaleras. Sube y baja escaleras. Deja el ascensor antes de que llegue a tu planta y escaleras!
-Haz ejercicios de fuerza dos veces por semana.

-Compra unas gomas elásticas.
-Pon música y baila, salta.

-Haz unos snacks cada hora.
-Aprovecha para quedar caminando con alguien.
-Celebra la constancia, no la intensidad.

Porque muchas veces no necesitamos más motivación. Necesitamos menos exigencia. Y también aprender a hacer las cosas sin ganas, pero sí tirar de responsabilidad.

Y si un día no tienes ganas además de preguntarte tus razones si decides no hacer lo que te proponías, no pasa nada. La disciplina no consiste en hacerlo perfecto todos los días. Puedes hacer tu mínimo o cambiar de actividad.

Consiste en volver.

Volver al día siguiente.

Volver la semana siguiente.

Volver sin castigarte.

Volver sin empezar desde cero.

Porque un mal día no borra todo lo anterior.

Quizá no necesitas convertirte en una persona deportista.

Quizá solo necesitas convertirte en una persona que se cuida un poco más.

Porque no se trata de correr una maratón. De competir en natación o en partidos de baloncesto…Se trata de llegar a mayor con más salud, más energía y una mejor calidad de vida. Con más dignidad. De qué nos van a servir más esperanza de vida si no tenemos calidad de vida. No quiero vivir mi vejez de la cama al sofá y del sofá a la cama, Hoy construimos nuestro musculo futuro, agilidad, flexibilidad futura. Quiero salir del coche sin ayuda, quiero agacharme a por algo sin ayuda, quiero pode recoger un tarro del armario, o llevar una bolsa de la compra con peso.

Y quiero hacerte una última pregunta:

Si dentro de diez años pudieras agradecerle algo a tu yo actual…
¿Le agradecerías haber esperado otro lunes?
¿O le agradecerías haber empezado poco a poco?

Porque el cuerpo y la mente agradecen mucho más la constancia que la perfección. Necesitan movimiento.

Deseo que esta entrada haya sido inspiradora para mejorar tu vida.

Sea para deporte o cualquier otra actividad o cambio te podría ayudar el nuevo reto en la APP PATRIPSICOLOGA que comienza en julio.

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La importancia de saber acompañar las emociones y las sensaciones difíciles.

Hay momentos en los que las emociones llegan con tanta intensidad que nuestra primera reacción es intentar quitárnoslas de encima.

La ansiedad.
La tristeza.
La incertidumbre.
El miedo.
La angustia.

Y es comprensible.

Nadie nos enseñó a relacionarnos con el malestar. Nos enseñaron a distraernos, a ser fuertes, a no llorar demasiado, a pensar en otra cosa o a intentar controlar lo que sentimos.

Sin embargo, las emociones no son enemigas. Son experiencias humanas que necesitan ser escuchadas, entendidas, trabajadas y acompañadas.

Por eso, una de las habilidades más importantes que podemos desarrollar es aprender a estar con aquello que sentimos sin luchar continuamente contra ello.

Y para eso, bajar al cuerpo suele ser una de las mejores decisiones que podemos tomar.

Porque cuando una emoción es intensa, no siempre necesitamos entenderla con la cabeza. Necesitamos sentir que podemos sostenerla. Que no nos domina,

La atención plena y la conciencia corporal nos ayudan precisamente a eso: a observar con amabilidad lo que está ocurriendo dentro de nosotros, sin juzgarnos, sin exigirnos estar bien y sin tener que resolverlo todo inmediatamente. Diversos estudios muestran que las prácticas de mindfulness y la conciencia corporal favorecen la regulación emocional y una relación más saludable con las experiencias difíciles.

No esperes a que la emoción sea insoportable para practicar.

No hace falta estar desbordado para empezar.

De hecho, cuanto más entrenamos cuando las emociones tienen una intensidad pequeña o moderada, más capacidad desarrollamos para reconocerlas en el cuerpo y responder con aquello que realmente necesitamos.

Poco a poco aprendemos a identificar el nudo en el estómago, la presión en el pecho, la tensión en la garganta o la agitación interna.

Y entonces dejamos de reaccionar automáticamente para empezar a responder con más conciencia y amabilidad.

La práctica que te comparto a continuación es una invitación a acompañarte.

No pretende eliminar lo que sientes.

No pretende que dejes de tener miedo, tristeza o ansiedad.

Pretende recordarte algo profundamente humano:

Que puedes aprender a estar con lo que sientes sin sentirte sola, sin pelearte contigo y sin perderte en ello.

Deseo de corazón que esta practica te ayude a conectar con tu cuerpo, a tratarte con más ternura y a descubrir que incluso las emociones difíciles pueden ser escuchadas y acompañadas.

– Respira.

– No tienes que hacerlo perfecto.

– Solo necesitas estar presente.

Y dejar que, poco a poco, tu cuerpo y tu corazón encuentren el camino hacia una mayor calma.

Aquí la practica

Aquí el escaneo corporal

Aquí un artículo MUY IMPORTANTE sobre la ansiedad

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Vacaciones: mucho más que viajar


Una reflexión sobre el descanso, la vida que llevamos y la necesidad de volver a nosotros mismos

Hace unos días escuché a alguien decir:

“Este año no voy a tener vacaciones de verdad porque no me voy a ningún sitio.”

Y me hizo pensar. Porque hemos llegado a asociar tanto las vacaciones con viajar, hacer maletas, coger aviones o llenar las redes sociales de fotografías bonitas, que a veces olvidamos algo importante:

Las vacaciones no son un lugar. Son una necesidad. Y quizá también una oportunidad.

Una oportunidad para detenernos un momento y preguntarnos cómo estamos viviendo. Porque si algo observo como psicóloga es que muchas personas llegan al verano agotadas.

No cansadas. Agotadas.

-Agotadas de correr.
-De producir.
-De cumplir.
-De responder mensajes.
-De atender responsabilidades.
-De estar disponibles para todo y para todos.

Vivimos en una sociedad que premia la productividad y que, muchas veces, mira el descanso con sospecha. Parece que siempre hay algo pendiente.

-Algo que hacer.
-Algo que mejorar.
-Algo que resolver.

Y poco a poco acabamos viviendo con la sensación de que parar es perder el tiempo.

Sin embargo, nuestro cuerpo y nuestra mente cuentan una historia diferente. No estamos diseñados para permanecer siempre en modo rendimiento.

Necesitamos alternar esfuerzo y recuperación. Acción y pausa. Exigencia y descanso.

Igual que el corazón se contrae y se relaja para seguir latiendo, nosotros también necesitamos momentos para recuperarnos.

Y las vacaciones pueden ser precisamente eso.

Un espacio para volver a respirar.

Descansar no es un premio

A veces vivimos el descanso como una recompensa.

“Cuando termine esto descansaré.”

“Cuando llegue agosto me relajaré.”

“Cuando solucione este problema pararé.”

Pero siempre aparece algo nuevo.

Y así pasan los meses.

Y los años.

Y seguimos posponiendo el cuidado personal.

La realidad es que descansar no debería ser un premio por haber aguantado mucho.

Debería ser una parte natural de la vida.

Porque descansar no es dejar de avanzar. Descansar es recuperar la energía necesaria para seguir caminando.

Las vacaciones no tienen que ser perfectas

Quizá una de las mayores trampas actuales son las expectativas.

Las redes sociales nos muestran vacaciones espectaculares.

-Playas paradisíacas.
-Atardeceres perfectos.
-Viajes increíbles.

Y sin darnos cuenta podemos empezar a pensar que nuestras vacaciones deberían parecerse a eso.

Pero la vida real es diferente.

-Hay familias con presupuestos ajustados.

-Personas que cuidan de familiares.

-Personas que trabajan parte del verano.

-Personas que atraviesan momentos difíciles.

Y aun así pueden encontrar espacios de descanso.

Porque descansar no siempre significa viajar lejos.

-A veces significa levantarse sin despertador.

-Dar un paseo sin mirar el reloj.

-Leer un libro.

-Dormir una siesta.

-Tomar un café con calma.

-Conversar sin prisas.

-Escuchar el silencio.

-Volver a mirar el cielo.

Hay descansos que no caben en una fotografía y, sin embargo, transforman profundamente cómo nos sentimos.

Lo que recuperamos cuando descansamos

Cuando aflojamos el ritmo ocurren cosas importantes.

Nuestra mente se vuelve más clara.

Las emociones encuentran espacio para procesarse.

La creatividad reaparece.

Dormimos mejor.

Tenemos más paciencia.

Nos sentimos más presentes.

Incluso nuestras relaciones suelen mejorar porque dejamos de vivir permanentemente en modo urgencia.

Muchas veces no nos damos cuenta de cuánto necesitábamos parar hasta que por fin lo hacemos.

Y descubrimos que llevábamos demasiado tiempo funcionando en automático.

Volver a uno mismo

Quizá una de las cosas más valiosas que pueden ofrecernos las vacaciones es la posibilidad de reencontrarnos.

Durante el año es fácil perder contacto con nosotros mismos.

Con nuestras necesidades.

Con nuestros valores.

Con aquello que realmente nos importa.

Las obligaciones ocupan tanto espacio que apenas queda tiempo para escucharnos.

Por eso las vacaciones también pueden ser una invitación.

No solo a descansar.

Sino a preguntarnos:

¿Estoy viviendo la vida que quiero vivir?

¿Hay algo que necesito cambiar?

¿Qué me está quitando energía?

¿Qué me ayuda a sentirme bien?

¿Dónde me siento realmente yo?

Porque a veces lo que necesitamos no es únicamente descansar unos días.

A veces necesitamos revisar cómo estamos viviendo el resto del año.

Algunas preguntas para este verano

No para responderlas deprisa.

Sino para sentarte con ellas y escucharte.

¿Qué significa para mí descansar de verdad?

¿Cuándo fue la última vez que sentí calma?

¿Qué actividades me ayudan a recargar energía?

¿Qué personas me hacen sentir más en paz?

¿Qué estoy necesitando en este momento de mi vida?

¿Qué quiero llevarme de este año?

¿Qué me gustaría dejar atrás?

¿Qué estoy agradeciendo últimamente?

¿Qué espacio me estoy dando para mí?

Si pudiera escuchar a mi cuerpo, ¿qué me estaría pidiendo?

Recuerda:

-No todas las vacaciones serán iguales.

-No todas serán perfectas.

-No todas estarán llenas de momentos extraordinarios.

Y no pasa nada.

Porque el verdadero valor de las vacaciones no está en el destino.

Está en el permiso.

El permiso para bajar el ritmo.

Para respirar más despacio.

Para recordar que somos algo más que nuestras obligaciones.

Para conectar con quienes queremos.

Y para volver a nosotros mismos.

Quizá este verano no necesites hacer más.

Quizá necesites sentir más.

Mirar más.

Escuchar más.

Descansar más.

Y recordar algo que olvidamos con demasiada frecuencia:

Tu bienestar no es un lujo. Es una necesidad.

Y cuidar de ti nunca debería quedarse para el final de la lista.

Te deseo de corazón que en estas vacaciones te permitas lo que necesitas.

Abrazo.

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Agresiones sexuales en adolescentes: impacto psicológico, prevención e intervención temprana.

Cada vez que aparece una noticia relacionada con una agresión o abuso sexual entre adolescentes, es normal que como sociedad sintamos indignación, preocupación e incluso miedo.

Se habla de denuncias, de centros educativos, de protocolos, de responsabilidades legales y de las consecuencias para quienes han cometido la agresión.

Y todo ello es necesario.​ Pero como psicóloga especializada en trauma y EMDR, hay algo que me preocupa especialmente: lo que ocurre después con los adolescentes que han sufrido esa experiencia y con las familias que intentan acompañarlos sin saber muy bien cómo hacerlo.

Porque cuando una agresión sexual sucede, no estamos hablando únicamente de un hecho.​ Estamos hablando de una experiencia que puede impactar profundamente en la forma en que una persona se relaciona consigo misma, con los demás y con el mundo.

​El impacto es siempre importante sea la edad que sea ​pero cuando ocurre en la adolescencia, una etapa tan importante para el desarrollo, el impacto puede ser aún mayor.

La adolescencia es mucho más frágil de lo que a veces pensamos

Desde fuera podemos ver adolescentes que salen con sus amigos, utilizan redes sociales, estudian, practican deporte o parecen seguir con su vida normal.
Pero por dentro están construyendo aspectos fundamentales de quienes serán en el futuro.

​-Están desarrollando su identidad.
​-Aprenden a relacionarse con su cuerpo.

​-Descubren la intimidad, el afecto y la sexualidad.
​-Buscan pertenecer a un grupo.
​-Intentan sentirse aceptados.
​-Aprenden a confiar en sí mismos y en los demás.

Cuando una agresión o abuso irrumpe en este proceso, puede alterar muchas de esas bases.​ Por eso es tan importante no minimizar lo ocurrido ni pensar que el tiempo, por sí solo, lo resolverá.

El trauma no siempre se ve​ y una de las dificultades que encontramos muchas veces es que las consecuencias no siempre aparecen de forma inmediata.

Hay adolescentes que lloran, hablan y expresan su sufrimiento.​ Pero también hay otros que parecen seguir adelante.

Vuelven al instituto.​ Salen con sus amigos.​ Incluso dicen que están bien.

Y sin embargo, por dentro, pueden estar librando una batalla enorme.

​-Ansiedad constante.
​-Problemas para dormir.
​-Pesadillas.
​-Miedo a determinadas situaciones o personas.
​-Ataques de pánico.
​-Irritabilidad.
​-Dificultades de concentración.
​-Tristeza profunda.
​-Sentimientos de culpa o vergüenza.
​-Desconexión emocional.
​-Consumo de alcohol o sustancias.
​-Conductas de riesgo.
​-Autolesiones.

A veces los padres observan cambios y no consiguen entender qué está ocurriendo.​ Porque no siempre dicen lo ocurrido nada más que sucede. El miedo, la vergüenza-, el bloqueo, las amenazas no dejan hablar.

Su hijo o hija ya no es el mismo.
​-Se aísla.
​-Se enfada con facilidad.
​-Parece distante.
​-Pierde interés por actividades que antes disfrutaba.

Y muchas veces detrás de estos cambios encontramos un sistema nervioso que sigue sintiéndose en peligro.

Lo que más duele no siempre es la agresión

Aunque pueda resultar difícil de comprender, en consulta vemos con frecuencia que algunas de las heridas más profundas no proceden únicamente de lo ocurrido.

También aparecen por cómo se interpreta lo ocurrido.

Muchos adolescentes desarrollan pensamientos como:

“Podría haberlo evitado.”
“Fue culpa mía.”
“No debería haber estado allí.”
“Seguro que hice algo mal.”
“Ahora nadie me va a entender.”

La culpa y la vergüenza suelen convertirse en compañeras silenciosas del trauma.
Y son especialmente dañinas porque aíslan.
Hacen que la persona deje de pedir ayuda.
Hacen que se esconda.​ Que dude de sí misma.
Que piense que tiene que cargar sola con el dolor.

Por eso una de las primeras tareas terapéuticas consiste en ayudarles a comprender que la responsabilidad siempre pertenece a quien agrede.

Nunca a quien sufrió la agresión.

Un mensaje para los padres

Si eres madre o padre y estás leyendo estas líneas, probablemente una de las emociones que más te acompañe sea la impotencia.

Es normal.
Nadie nos prepara para ver sufrir a nuestros hijos.​ Y mucho menos para afrontar una situación así.

Muchos padres se preguntan:
“¿Qué tendría que haber hecho?”
“¿Cómo no me di cuenta?”
“¿Y si hubiera estado más pendiente?”

La culpa también suele aparecer en las familias.
Sin embargo, en este momento lo más importante no es buscar culpables.
Lo más importante es convertirse en una base segura para el adolescente.
​-Escuchar sin juzgar.
​-Creer lo que cuenta.
​-Respetar sus tiempos.

​-Acompañar sin presionar.

Y transmitir un mensaje fundamental:​ “No estás sol​a/o. Vamos a atravesar esto juntos.”

Muchas veces los adolescentes no necesitan respuestas perfectas.

Necesitan sentir que alguien permanece a su lado incluso cuando ellos mismos no entienden lo que sienten.

¿Por qué es importante intervenir cuanto antes?

Porque el cerebro tiene una enorme capacidad de recuperación cuando recibe la ayuda adecuada.

Las experiencias traumáticas pueden quedar almacenadas de una forma diferente en nuestro sistema nervioso.
Es como si una parte del cerebro siguiera reaccionando como si el peligro todavía estuviera presente.
Por eso algunas personas siguen sintiendo miedo, vergüenza o inseguridad meses e incluso años después de que la situación haya terminado.

No porque sean débiles.​ N​i porque quieran llamar la atención.

Sino porque su cerebro sigue intentando protegerlas.

La intervención temprana puede reducir enormemente el impacto a largo plazo.
Puede ayudar a recuperar la sensación de seguridad.
Puede prevenir dificultades futuras en las relaciones, la autoestima o la salud mental.
Y puede evitar que el sufrimiento se cronifique.

El papel de EMDR en la recuperación

Una de las herramientas que utilizo habitualmente en consulta es EMDR.
EMDR no busca borrar recuerdos.​ Tampoco pretende que la persona olvide lo sucedido.

Lo que hace es ayudar al cerebro a procesar una experiencia que quedó bloqueada.

Cuando esto ocurre, el recuerdo deja de vivirse como una amenaza constante.
La persona puede recordar lo ocurrido sin quedar atrapada emocionalmente en ello.​ Poco a poco recupera sensación de control, seguridad y confianza.

Y algo muy importante: vuelve a conectar con la idea de que su vida es mucho más grande que aquello que le ocurrió.

La prevención empieza mucho antes

Cuando hablamos de prevención solemos pensar en protocolos o medidas de seguridad.​ Pero la prevención empieza mucho antes.

Empieza cuando enseñamos a nuestros hijos a reconocer sus emociones.
Cuando les enseñamos a poner límites.
Cuando hablamos de consentimiento.

Cuando fomentamos el respeto.
Cuando les ayudamos a diferenciar presión de cariño.
Cuando les enseñamos que tienen derecho a decir no.
Cuando construimos espacios donde puedan hablar sin miedo.

La prevención también es educación emocional.​ Y es responsabilidad de ​TODOS.

He acompañado a muchas personas que llegaron a consulta pensando que jamás volverían a sentirse seguras.
Personas que creían que aquella experiencia las definiría para siempre.

Y quiero decir algo importante.

Lo ocurrido importa.​ Las consecuencias importan.​ El dolor importa.

Pero la historia no termina ahí.

Con apoyo, comprensión y ayuda especializada, muchas personas consiguen reconstruirse.
Sino porque aprenden a vivir sin que el trauma dirija cada paso de su vida.

Si tú, tu hijo​/a o alguien cercano está atravesando una situación así, no esperéis a que el tiempo lo cure todo.

Pedir ayuda no es una señal de debilidad.​ Es una forma de proteger el presente y también el futuro.

​Un abrazo.

Aquí un podcast sobre trauma Conoce el trauma y como limita y condiciona

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Lo que la ansiedad quiere que sepas

“Estoy cansada de sentirme así.”

Es una de las frases que más escucho en consulta.

Personas que viven pendientes de todo.
Que anticipan problemas constantemente.
Que sienten tensión aunque aparentemente todo vaya bien.
Que se despiertan cansadas.
Que notan el corazón acelerado.
Que no consiguen desconectar.

Y muchas llegan pensando que tienen un problema llamado ansiedad. Pero con frecuencia les digo algo que les sorprende: La ansiedad no suele ser el problema. La ansiedad suele ser la señal.

Una señal de que algo dentro de nosotros lleva tiempo intentando ser escuchado.

Porque la ansiedad no aparece para fastidiarnos la vida. Aparece para protegernos.

El problema es que, a veces, nuestro sistema nervioso sigue funcionando como si existiera un peligro aunque ese peligro ya no esté presente.

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, he aprendido que detrás de muchas ansiedades hay historias, experiencias, aprendizajes y heridas que todavía siguen activando la alarma.

Por eso hoy quiero compartir contigo diez cosas que la ansiedad querría que supieras.

  1. La ansiedad no es tu enemiga

Sé que probablemente no se siente así. Cuando te cuesta respirar, cuando el pecho se aprieta o cuando tu mente no deja de dar vueltas, es difícil pensar que la ansiedad intenta ayudarte.

Pero la ansiedad es una respuesta de supervivencia.Tu cerebro cree que necesita protegerte.

El problema aparece cuando esa alarma permanece activada más tiempo del necesario. No se trata de luchar contra ella. Se trata de comprender qué intenta decirte.

  1. Tu cuerpo también habla

Muchas personas creen que la ansiedad ocurre únicamente en la mente. Sin embargo, la ansiedad también vive en el cuerpo.

Tensión muscular.
Dolor de estómago.
Nudo en la garganta.
Cansancio constante.
Palpitaciones.
Sensación de falta de aire.

Tu cuerpo no está exagerando. Está comunicando algo. A veces lo que no hemos podido expresar con palabras aparece a través de sensaciones físicas.

Por eso en terapia no trabajamos únicamente con pensamientos. También escuchamos al cuerpo.

  1. No todo es racional

¿Te ha pasado alguna vez pensar:

“Sé que no tiene sentido preocuparme tanto, pero no puedo evitarlo”?

Eso ocurre porque la ansiedad no siempre nace en la parte racional del cerebro.

Muchas respuestas de ansiedad se activan desde sistemas mucho más antiguos relacionados con la supervivencia. Tu cuerpo puede reaccionar antes de que tu mente comprenda lo que está ocurriendo.

Por eso no siempre basta con repetirse que todo está bien.

Cuando el sistema nervioso está en alerta, necesita sentirse seguro, no solo convencerse de que debería estarlo.

  1. La evitación alimenta la ansiedad

La ansiedad nos empuja a evitar.

Evitar conversaciones.
Evitar lugares.
Evitar situaciones.
Evitar decisiones.

Y aunque a corto plazo parece aliviar, a largo plazo fortalece el miedo.

Cada vez que evitamos algo, nuestro cerebro aprende:”Menos mal que no fui. Era peligroso.” Y la próxima vez la alarma sonará todavía más fuerte.

Por eso uno de los caminos hacia la recuperación implica recuperar espacios, experiencias y situaciones que la ansiedad nos ha ido quitando.

Paso a paso. Con seguridad. Pero sin dejar que sea ella quien dirija nuestra vida.

  1. Respirar puede ayudarte

Respiramos unas veinte mil veces al día.

Y, sin embargo, pocas veces prestamos atención a cómo lo hacemos.

Cuando estamos ansiosos solemos respirar más rápido, más superficialmente y con mayor tensión.La buena noticia es que la respiración es una de las puertas de entrada más accesibles para influir sobre el sistema nervioso.

Una respiración lenta, nasal y consciente puede ayudar a enviar una señal de calma al cerebro.

No porque elimine todos los problemas. Sino porque le recuerda al organismo que, en este momento, está a salvo. Aquí mi taller Aprender a respirar

  1. Dormir importa más de lo que imaginas

Cuando dormimos poco, el cerebro interpreta el mundo como un lugar más amenazante.

Nos volvemos más reactivos.
Más sensibles.
Más impulsivos.

La amígdala cerebral, implicada en la detección de amenazas, se activa con mayor facilidad.

Y la corteza prefrontal, encargada de regular emociones y tomar decisiones, funciona peor.

Por eso muchas personas sienten que todo les supera cuando llevan semanas descansando mal. Dormir no es un lujo. Es una necesidad emocional.

  1. Los pensamientos no son hechos

Uno de los mayores engaños de la ansiedad es hacernos creer que todo lo que pensamos es verdad.

“Seguro que algo irá mal.”
“No voy a poder.”
“Me va a pasar algo.”
“Voy a decepcionar a todo el mundo.”

La ansiedad suele hablar en forma de predicciones. Pero una predicción no es una realidad.

Aprender a observar los pensamientos sin obedecerlos automáticamente es una habilidad que transforma profundamente la relación con la ansiedad. Te recomiendo el libro Sal de tu mente entra en tu vida.

  1. Tu historia influye

A veces la ansiedad parece no tener explicación.

Pero cuando exploramos la historia de la persona empiezan a aparecer pistas.

Infancias donde hubo mucha incertidumbre.
Experiencias de rechazo.
Situaciones de pérdida.
Entornos impredecibles.
Momentos de miedo intenso.

El cerebro aprende. Y si aprendió que el mundo podía ser peligroso, seguirá intentando protegerte incluso muchos años después. No porque estés roto.

Porque está haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñado: sobrevivir.

  1. EMDR puede ayudarte

Aquí es donde muchas personas empiezan a entender por qué llevan años luchando contra la ansiedad sin obtener resultados duraderos. Porque a veces el problema no está en el presente.

Está en experiencias del pasado que continúan activando la alarma.

EMDR permite procesar recuerdos, experiencias y situaciones que quedaron almacenadas de forma disfuncional en el sistema nervioso.

No se trata de olvidar lo vivido. Se trata de que deje de activar tu cuerpo como si siguiera ocurriendo hoy.

Muchas personas describen el proceso diciendo:

“Ahora entiendo lo que pasó, pero ya no lo siento igual.”

Y esa diferencia puede cambiar profundamente la forma de vivir.

Aquí te dejo un podcast relacionado. Aquí.

  1. Se puede superar

Quizá llevas años sintiendo ansiedad. Quizá has llegado a pensar que siempre serás así.

Pero la ansiedad no tiene por qué ser tu identidad. No eres una persona ansiosa. Eres una persona que está experimentando ansiedad.

Y eso marca una gran diferencia.

Tu cerebro puede aprender.
Tu sistema nervioso puede regularse.
Tu cuerpo puede recuperar la calma.

Hay esperanza.

Y no porque la vida vaya a dejar de tener dificultades. Sino porque puedes aprender a vivirlas desde un lugar muy diferente.

Si has llegado hasta aquí y te has sentido identificado, quiero decirte algo.

No estás exagerando.
No estás imaginando cosas.
No te falta fuerza de voluntad.

Probablemente llevas demasiado tiempo sosteniendo más de lo que tu sistema nervioso puede gestionar solo.

La ansiedad no siempre habla de peligro.

A veces habla de cansancio de exigencia, de heridas, de pérdidas, de necesidades no atendidas.

Y quizá ha llegado el momento de escucharla de otra manera.

Porque cuando comprendemos lo que la ansiedad intenta contarnos, dejamos de luchar contra nosotros mismos y comenzamos, por fin, a sanar.

Te abrazo y deseo que esta entrada haya sido inspiradora para ti.

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