Yolanda Cuevas Ayneto

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Las primeras horas después de una tragedia: cómo acompañar sin añadir sufrimiento

Qué decir, qué evitar y cómo ayudar a una persona que acaba de vivir una experiencia extrema.

Cuando una persona acaba de sobrevivir a un accidente, recibe la noticia de una pérdida o espera información sobre un familiar, quienes están a su alrededor pueden sentir una enorme necesidad de ayudar.

Queremos encontrar palabras que tranquilicen, conseguir que deje de llorar, explicarle que todo irá bien o animarla a hablar de lo ocurrido.

Pero acompañar psicológicamente no consiste en conseguir que alguien deje de sufrir cuanto antes.

En ocasiones, las intervenciones mejor intencionadas pueden resultar invasivas si no tenemos en cuenta el estado y las necesidades de la persona.

Como psicóloga, creo que una de las enseñanzas más importantes que podemos transmitir ante una tragedia es esta: antes de preguntarnos qué debemos decir, necesitamos comprender qué puede estar necesitando la persona que tenemos delante.

Las primeras horas no son el momento de resolverlo todo

Después de una experiencia extrema, algunas personas presentan una gran activación emocional. Otras parecen desconectadas, están confusas o tienen dificultades para concentrarse.

También pueden aparecer temblores, llanto, miedo, silencio, enfado o una aparente tranquilidad.

Ninguna de estas respuestas, de forma aislada, permite determinar cómo se encuentra psicológicamente una persona ni cómo evolucionará.

Por eso, no deberíamos interpretar automáticamente que alguien está bien porque no llora, ni que está desarrollando un trauma porque se muestra muy alterado.

En las primeras horas conviene priorizar lo más inmediato: seguridad, atención médica, orientación, descanso, contacto con personas de confianza y acceso a información fiable.

No es necesario conseguir que la persona comprenda completamente lo sucedido ni que encuentre palabras para expresar todo lo que siente.

Primeros auxilios psicológicos: observar, escuchar y conectar

No se trata de hacer psicoterapia en el lugar de una tragedia. Es una forma de ofrecer apoyo humano, práctico y respetuoso.

Observar significa identificar necesidades y posibles riesgos. ¿La persona está físicamente segura? ¿Necesita atención sanitaria? ¿Está sola? ¿Dispone de información? ¿Hay menores u otras personas que requieren especial protección?

Escuchar implica acercarse con respeto, preguntar qué necesita y prestar atención sin presionar. Escuchar no significa exigir explicaciones ni pedir detalles dolorosos. O entrevistar por varios medios de comunicación.

Conectar consiste en facilitar ayuda concreta: contactar con familiares, proporcionar información oficial, acompañar hasta un lugar seguro o facilitar el acceso a recursos profesionales y sociales.

Estos principios pueden parecer sencillos, pero adquieren una enorme importancia cuando la persona ha perdido temporalmente parte de su sensación de seguridad y control.

Qué podemos decir y qué es preferible evitar

No existen palabras capaces de eliminar el dolor de una tragedia. Pero sí podemos evitar añadir incomodidad, presión o falsas expectativas.

Podemos decir:

  • «Estoy aquí contigo. No tienes que hablar si no quieres».
  • «¿Hay alguien a quien quieras que avisemos?».
  • «No tengo esa información todavía. Vamos a buscar una fuente oficial».
  • «¿Prefieres estar acompañado o necesitas un poco de espacio?».
  • «Puedo ayudarte con algo concreto. No tienes que resolverlo todo ahora».

En cambio, conviene evitar expresiones como «tienes que ser fuerte», «no llores», «intenta no pensar en ello» o «sé exactamente cómo te sientes».

También debemos tener cuidado con las frases tranquilizadoras que no podemos garantizar: «Seguro que está bien», «no te preocupes» o «todo saldrá bien».

A veces, reconocer la incertidumbre con delicadeza es más respetuoso que intentar eliminarla con una promesa.

No obligar a contar lo ocurrido también es cuidar

Después de una tragedia, una persona puede recibir preguntas insistentes de familiares, conocidos o periodistas.

«¿Qué viste?».

«¿Cómo conseguiste salir?».

«¿Qué pasó exactamente?».

«¿En qué momento te diste cuenta de que podías morir?».

Aunque estas preguntas surjan de la preocupación, pueden obligar a la persona a enfrentarse repetidamente a detalles que quizá no desea o necesita en ese momento.

Hablar voluntariamente con alguien de confianza puede resultar beneficioso. Pero obligar a reconstruir emocionalmente los acontecimientos no ha demostrado ser una intervención preventiva eficaz. Al contrario puede ser retraumatizante.

De hecho, las recomendaciones internacionales desaconsejan el debriefing psicológico rutinario utilizado con el objetivo de prevenir el estrés postraumático.

Esto no significa que debamos impedir que alguien hable. Significa que debemos permitirle elegir y evitar convertir el relato de lo sucedido en una obligación.

Cuando una familia espera noticias

Hay situaciones especialmente difíciles: aquellas en las que una persona sabe que ha sucedido algo grave, pero todavía no conoce qué le ha ocurrido a alguien querido.

En estas circunstancias pueden aparecer miedo, esperanza, desesperación, irritabilidad o una necesidad constante de buscar información.

La incertidumbre puede resultar extremadamente angustiosa.

Pero no debemos anticipar una pérdida que todavía no ha sido confirmada ni intentar preparar emocionalmente a la persona para un desenlace que desconocemos.

Es importante ayudarle a acceder a los canales oficiales, evitar rumores y procurar que tenga apoyo durante la espera.

También puede necesitar ayuda para resolver cuestiones prácticas: desplazamientos, atención a menores, alimentación, descanso o comunicación con otros familiares.

En momentos así, acompañar no siempre significa mantener una conversación. A veces significa estar disponible mientras llega una información que nadie desea recibir.

Cuando se confirma una muerte

La pérdida repentina de alguien querido puede producir una mezcla de dolor, incredulidad, enfado, bloqueo y desconcierto. Shock.

Cada persona vive el duelo de manera diferente. No existe una secuencia emocional obligatoria ni un tiempo universal para asumir una pérdida.

Es importante no imponer explicaciones, creencias o significados.

Frases como «todo pasa por algo», «ahora tienes que mirar hacia delante» o «al menos no sufrió» pueden resultar dolorosas, aunque se pronuncien intentando consolar.

No necesitamos encontrar una explicación que haga soportable lo insoportable.

Podemos reconocer el dolor y ofrecer nuestra presencia.

Y, especialmente, podemos mantenerla cuando pasan los primeros días.

Porque después de una tragedia, la atención pública disminuye, los mensajes dejan de llegar y las familias continúan enfrentándose a ausencias, trámites y cambios profundos en su vida cotidiana.

Los profesionales de emergencias también necesitan protección

Sanitarios, bomberos, policías, equipos de rescate, trabajadores ferroviarios, psicólogos y voluntarios pueden exponerse a situaciones de enorme intensidad.

Su preparación profesional puede proporcionarles herramientas importantes, pero no les hace inmunes al estrés.

Las organizaciones tienen la responsabilidad de facilitar descansos, relevos, apoyo entre compañeros, condiciones laborales adecuadas y acceso confidencial a atención especializada cuando se necesite.

No debería exigirse a los profesionales demostrar fortaleza a través del silencio ni participar obligatoriamente en sesiones donde tengan que relatar sus emociones.

Cuidar a quienes intervienen no significa cuestionar su capacidad profesional. Significa reconocer las exigencias humanas de su trabajo.

¿Y cuándo debemos pedir ayuda profesional?

Algunas personas necesitarán asistencia psicológica especializada desde las primeras fases por la intensidad de su sufrimiento, por alteraciones importantes de su funcionamiento o por circunstancias especialmente complejas.

Otras necesitarán seguimiento y podrán beneficiarse de una valoración en los días o semanas posteriores.

La atención debe adaptarse a cada situación, especialmente cuando existen lesiones, confusión significativa, pensamientos de hacerse daño o incapacidad para atender necesidades esenciales.

La ayuda profesional no debe confundirse con la obligación de iniciar inmediatamente un tratamiento centrado en los recuerdos traumáticos.

Primero hay que valorar qué está ocurriendo y qué necesita la persona.

El acompañamiento continúa cuando termina la emergencia

Muchas veces pensamos en la importancia de ayudar durante las primeras horas. Pero las consecuencias de una tragedia pueden acompañar a las familias y a los supervivientes durante mucho más tiempo.

Una llamada semanas después, una ayuda práctica, acompañar a una cita o recordar una fecha difícil pueden ser gestos especialmente significativos.

Acompañar también es respetar que una persona necesite hablar del acontecimiento en algunos momentos y recuperar conversaciones cotidianas en otros.

No siempre podemos aliviar el dolor de alguien. Pero podemos evitar que, además de sufrir, tenga que justificar su manera de reaccionar, cumplir nuestras expectativas o enfrentarse a todo sin apoyo.

Ante una tragedia, ayudar no consiste en tener las palabras perfectas.

Consiste en ofrecer seguridad, respeto, presencia y ayuda real.

Yolanda Cuevas

Especializada en trauma. Terapeuta EMDR

Artículo previo: Cuando ocurre una tragedia qué sucede en nuestro cerebro y cómo puede aparecer el trauma psicológico.

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La vuelta a septiembre y el estrés.

Volver después del verano no siempre es tan sencillo como guardar la maleta y poner el despertador.

Hay personas que retoman septiembre con ganas, cierta ilusión por recuperar rutinas o incluso agradeciendo volver a una estructura más ordenada. Pero para otras la vuelta se hace bastante más cuesta arriba. Aparece cansancio, irritabilidad, dificultad para concentrarse, peor humor, sensación de agobio o ese pensamiento bastante reconocible de “no puedo con todo esto otra vez”.

Y no hace falta que haya ocurrido nada grave.

A veces simplemente estamos notando el contraste.

Durante las vacaciones cambia nuestra relación con el tiempo. Aunque no todo el mundo descanse igual ni todas las vacaciones sean realmente reparadoras, suele haber menos horarios, menos obligaciones simultáneas y algo más de margen para decidir qué hacer y cuándo hacerlo.

Nos levantamos más tarde, improvisamos más, estamos más tiempo fuera de casa, vemos a otras personas, comemos de otra manera, dormimos distinto o simplemente dejamos de mirar constantemente el reloj.

Y de pronto volvemos.

Vuelven los despertadores, los desplazamientos, los correos, las reuniones, las mochilas, las actividades, la compra, los deberes, las prisas, la conciliación y todas esas pequeñas decisiones que ocupan muchísimo espacio mental aunque a veces ni siquiera seamos conscientes de ello.

Por eso la vuelta no es únicamente volver al trabajo.

Es volver a un ritmo.

Y el cuerpo también tiene que adaptarse a ese cambio.

A veces empezamos a sufrir antes de haber vuelto

Hay algo que ocurre con frecuencia y que tiene mucho que ver con la ansiedad: la anticipación.

Todavía estamos de vacaciones y nuestra cabeza ya está en el lunes.

Pensamos en los correos acumulados, en todo lo que habrá que resolver, en madrugar, en preparar a los niños, en las reuniones pendientes o en esa agenda que sabemos que va a volver a llenarse rápidamente.

Y entonces empezamos a vivir mentalmente una situación que todavía no está ocurriendo.

El último domingo puede dejar de ser domingo porque nuestra cabeza ya está en el trabajo.

Los últimos días de agosto o los primeros de septiembre se convierten en una especie de cuenta atrás.

“No quiero que llegue.”

“Mañana otra vez.”

“Qué rápido se ha terminado.”

La anticipación activa nuestro malestar antes de que exista realmente la demanda.

Y cuando finalmente volvemos ya podemos hacerlo con una sensación importante de cansancio previo.

¿Existe realmente el síndrome postvacacional?

Se habla mucho de “síndrome postvacacional”, pero conviene poner un poco de contexto.

No estamos hablando de un trastorno psicológico.

Es bastante normal que durante unos días aparezcan cansancio, apatía, irritabilidad, cierta dificultad para concentrarse, sueño alterado o sensación de desorganización.

Nuestro cuerpo y nuestra cabeza están reajustándose a horarios, demandas y ritmos diferentes.

Eso no significa necesariamente que algo vaya mal.

El problema es convertir cualquier incomodidad en una patología.

Ahora bien, también conviene observar cuánto dura ese malestar, qué intensidad tiene y qué ocurre cuando pasan las primeras semanas.

Porque a veces septiembre simplemente cuesta.

Pero otras veces la vuelta hace visible algo que ya estaba ahí.

Quizá no siempre nos cuesta volver de vacaciones

Hay una pregunta interesante que podemos hacernos:

¿Me cuesta volver porque se han terminado las vacaciones o me cuesta volver a la vida que tenía antes?

No es lo mismo.

Puede que lo que pese sea un trabajo que nos genera mucha tensión.

O un nivel de exigencia que llevamos meses sosteniendo.

Una agenda permanentemente llena.

Una conciliación complicada.

La sensación de no tener nunca tiempo propio.

Una relación que nos preocupa.

Un cansancio acumulado que las vacaciones han aliviado, pero no han resuelto.

O simplemente una forma de vivir en la que prácticamente todo nuestro tiempo está organizado alrededor de obligaciones.

Las vacaciones generan contraste.

Y a veces ese contraste nos permite notar cosas que durante el año hemos normalizado.

Quizá hemos dormido mejor.

Quizá hemos tenido menos dolor de cabeza.

Quizá hemos estado más pacientes.

Quizá hemos necesitado menos el móvil.

Quizá hemos discutido menos.

Quizá nos hemos sentido más presentes.

Y cuando volvemos, algunas sensaciones reaparecen rápidamente.

Eso puede resultar incómodo, pero también puede darnos información.

No para tomar decisiones impulsivas ni para pensar que debemos cambiar nuestra vida entera en septiembre.

Simplemente para observar.

El error de querer recuperar toda nuestra vida en 24 horas

Hay algo bastante típico en la vuelta.

Llegamos de vacaciones y parece que el lunes tiene que estar todo funcionando perfectamente.

La casa organizada.

La nevera llena.

Los correos contestados.

El gimnasio retomado.

La alimentación perfecta.

Los horarios de sueño corregidos.

Las actividades de los niños organizadas.

Los objetivos del curso definidos.

Y, si puede ser, con buen humor.

Es una exigencia bastante poco realista.

Volver también necesita transición.

No hace falta resolver todo lo pendiente en dos días.

Priorizar puede ser mucho más útil que intentar recuperar inmediatamente el control de todo.

¿Qué necesita realmente mi atención esta semana?

¿Qué puede esperar?

¿Qué estoy intentando resolver únicamente porque me incomoda tener algo pendiente?

Separar lo urgente de lo importante ayuda a reducir bastante la sensación de saturación.

Recuperar la rutina sin convertirla en una carrera

El cuerpo agradece volver poco a poco a ciertas referencias.

El sueño suele ser una de las primeras.

Durante el verano cambiamos bastante los horarios y volver a acostarnos y levantarnos a determinadas horas puede costar unos días.

También ayuda recuperar comidas más regulares, movimiento físico, exposición a luz natural y cierta estructura cotidiana.

Pero estructura no significa llenar cada espacio.

Septiembre tiene algo curioso: además de volver, muchas veces intentamos empezar una vida nueva.

Gimnasio.

Idiomas.

Dieta.

Curso.

Organización.

Nuevas rutinas.

Objetivos.

Y a veces lo que necesitamos al volver no es añadir más cosas.

Es dejar algo de margen.

No guardemos todo lo agradable hasta las próximas vacaciones

Este punto me parece especialmente importante.

A veces nuestra vida queda organizada de una manera bastante extrema: durante meses trabajamos, cumplimos obligaciones y vamos tirando. Y después esperamos las vacaciones como el único momento en el que podremos descansar de verdad.

Si todo lo agradable queda reservado para unas pocas semanas al año, es lógico que volver se haga difícil.

Quizá podemos preguntarnos qué pequeñas cosas del verano pueden seguir existiendo en septiembre.

Un paseo al final del día.

Tomar algo en una terraza.

Leer.

Ver a alguien que nos hace bien.

Salir al campo.

Tener una tarde sin planes.

Cenar fuera un viernes.

Dormir un poco más el fin de semana.

No hace falta reproducir las vacaciones.

Se trata de no construir una rutina completamente desprovista de descanso, disfrute y espacios propios.

Preguntarnos qué es exactamente lo que nos pesa

Cuando decimos “me cuesta volver” estamos agrupando muchas cosas diferentes.

Por eso puede ayudar concretar.

¿Me cuesta madrugar?

¿El trabajo?

¿El trayecto?

¿La conciliación?

¿El ritmo de las tardes?

¿La falta de tiempo?

¿La sensación de tener demasiadas responsabilidades?

¿Volver a determinadas relaciones?

¿No tener espacio para mí?

Cuanto más específica sea la pregunta, más posibilidades tenemos de encontrar algún cambio posible.

Porque quizá no podemos modificar nuestro trabajo ahora mismo.

Pero sí revisar cómo organizamos las tardes.

Quizá no podemos eliminar determinadas obligaciones.

Pero sí dejar de añadir otras.

Quizá no podemos cambiar completamente nuestro horario.

Pero podemos proteger algún espacio semanal.

Los cambios pequeños suelen ser mucho más sostenibles que las grandes promesas de septiembre.

Y si cada vuelta se hace insoportable

Si el malestar se mantiene durante semanas, aumenta, interfiere de forma importante en el sueño, el trabajo, las relaciones o el funcionamiento cotidiano, merece la pena prestarle más atención.

No tanto porque “volver de vacaciones” sea el problema, sino porque quizá la vuelta está señalando algo que necesita ser entendido.

A veces necesitamos descansar.

Otras veces necesitamos cambiar algo.

Y otras necesitamos ayuda para comprender por qué estamos viviendo nuestro día a día con tanta tensión.

Las vacaciones pueden aliviar muchas cosas temporalmente.

Pero no siempre resuelven aquello que nos estaba desgastando antes de irnos.

Por eso quizá septiembre también puede servir para observar.

No únicamente para llenar la agenda de nuevos propósitos.

Sino para preguntarnos cómo estamos viviendo.

Qué nos hace bien.

Qué nos está agotando.

Qué hemos echado de menos durante las vacaciones.

Y, curiosamente, qué no hemos echado de menos en absoluto.

Porque las vacaciones no deberían ser el único lugar de nuestra vida en el que podemos descansar, disfrutar o sentir que tenemos tiempo.

Quizá la vuelta también pueda ayudarnos a construir una vida cotidiana de la que no necesitemos estar deseando escapar constantemente.

 

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Si como niño o adolescente no te apetece ir al psicólogo, quiero decirte algo.

Si estás leyendo esto, o te lo están leyendo quizá eres uno de esos niños o adolescentes a los que no les hace demasiada ilusión venir al psicólogo.

Y quiero empezar diciéndote algo importante: lo entiendo. De verdad. Muchas veces no sois vosotros quienes habéis decidido venir. A veces son vuestros padres, un profesor o alguien que os quiere y está preocupado por vosotros. Y es normal que aparezcan dudas. Quizá te preguntas si tendrás que contar cosas que no quieres contar.

Quizá te da vergüenza.

Quizá piensas que ir al psicólogo es para personas que tienen problemas muy graves, y lo tuyo no es para tanto.

O quizá simplemente estás cansado. Cansado/a de que te pregunten cómo estás, de que te digan lo que tienes que hacer o de sentir que nadie entiende realmente lo que te pasa.

Si es así, quiero que sepas que no eres el único.Muchos niños y adolescentes llegan a consulta con pocas ganas y con muchas preguntas. ¿También los adultos!

Es entendible y uno está incómodo o confundida. No hace falta que vengas convencido/a.

Solo te pediría una cosa: que me des una oportunidad.

Algunas promesas que quiero hacerte

No voy a obligarte a hablar de nada para lo que no estés preparado.

No espero que el primer día me cuentes toda tu vida.

Me gusta ir poco a poco. Así me gustaría que lo hicieran conmigo.

A veces empezamos hablando de fútbol, de videojuegos, de música, de aficiones, moda o de cualquier otra cosa.

Lo importante no es correr.

Lo importante es que te sientas en seguridad.

Tampoco voy a juzgarte.

Da igual si te enfadas mucho, si lloras con facilidad, si te cuesta concentrarte, si tienes conductas, comportamientos que no gustan, si tienes miedos, si te preocupa lo que los demás piensen o si ni siquiera sabes explicar qué te pasa.

Mi trabajo no es decirte lo que haces mal. Mi trabajo es ayudarte a comprenderte y ver cómo podemos estar y ser mejor. Porque muchas veces detrás de las cosas que hacemos hay razones que merecen ser entendidas, no castigadas.

En consulta no solo hablamos

Hay personas que imaginan una consulta con una silla y un montón de preguntas. Casi casi como un interrogatorio como en las pelis.

Pero trabajar con niños y adolescentes es mucho más que eso.

Utilizamos dibujos, metáforas, juegos, historias, ejercicios y recursos que nos ayudan a entender mejor lo que ocurre por dentro.

Aprendemos cómo funciona el cerebro.

Por qué a veces el corazón se acelera.

Por qué aparecen los miedos.

Por qué cuesta concentrarse o por qué hay días en los que uno está enfadado/a y ni siquiera sabe muy bien por qué.

También aprendemos qué son los pensamientos y las emociones.

Porque a veces creemos que somos nuestros pensamientos. Y no es así.

Los pensamientos son cosas que aparecen en nuestra mente, pero no siempre dicen la verdad.

Y las emociones no son enemigas.

La rabia, el miedo, la tristeza o la ansiedad no son malas. Son mensajes pero en idiomas a veces desconocidos…y yo conozco muchos de esos mensajes. Juntos lo vamos a descubrir.

Y cuando aprendemos a escucharlos y entenderlos, y acompañarlos dejan de dar tanto miedo.

Tu cuerpo también habla

Seguro que alguna vez has sentido un nudo en el estómago antes de un examen, el corazón acelerado cuando te asustas o ganas de llorar sin saber muy bien por qué.

Significa que tu cuerpo está intentando protegerte.

En consulta también aprendemos cómo funciona el sistema nervioso.

Entendemos por qué a veces vivimos en alerta, por qué nos bloqueamos o por qué reaccionamos sin querer hacerlo.

Y aprendemos recursos para volver a sentir calma y seguridad.

Porque nadie os enseña estas cosas en el colegio y, sin embargo, son herramientas que os acompañarán toda la vida. Por eso a mi me gustaría que en los coles hubiera una asignatura que se llamara Psicología para la vida.

¿Y qué es eso del EMDR?

Como terapeuta EMDR, una de las cosas que más me gusta es ayudar a los niños y adolescentes a entender que no hay nada defectuoso en ellos.

A veces vivimos experiencias difíciles, sustos, cambios, pérdidas o momentos que nos desbordan.

Y nuestro cerebro, intentando protegernos, puede quedarse funcionando como si el peligro siguiera ahí.

EMDR es una terapia que ayuda al cerebro a procesar esas experiencias y a quedarse tranquilo de nuevo.

Pero quiero que sepas algo importante. Nunca se trata de obligarte a recordar cosas ni de hacerte sufrir.

Antes de trabajar cualquier experiencia difícil, aprendemos recursos, construimos seguridad y vamos siempre a tu ritmo.

Porque para mí es más importante que te sientas acompañado que ir deprisa.

Y tus padres también forman parte del equipo

A veces los niños llegan pensando que vienen porque ellos son el problema.

Y quiero decirte algo que considero muy importante.

Tú no eres el problema.

Por eso, además de trabajar contigo, también trabajo con tus padres en la medida que sea. Lo digo porque a veces por horarios, separaciones etc no es fácil.

Les ayudo a entender cómo funciona tu cerebro, tus emociones y tu sistema nervioso.

Les acompaño para que puedan comprender mejor lo que necesitas y para que todos aprendamos nuevas formas de relacionarnos.

Porque cuando los adultos entienden más, suelen enfadarse menos y acompañar mejor. Ellos lo intentan hacerlo bien pero no siempre lo consiguen y hay que explicarlo.

Y porque en esto no se trata de buscar culpables, sino de sumar.

Y si no sabes qué decir, tampoco pasa nada

De verdad.

No hace falta que vengas con las respuestas. No hace falta que sepas explicar lo que te pasa.

Incluso puedes decirme:

“No sé por qué estoy aquí.”

“No me apetece hablar.”

“Estoy nervioso.”

“O simplemente… no sé.”

Con eso es suficiente.

Porque precisamente para eso estamos los psicólogos.

Para acompañaros a entender lo que os pasa, para ayudaros a sentiros más seguros y para recordaros algo que nunca deberíais olvidar:

No tenéis que poder con todo vosotros solos.

Con cariño, te espero.

Yolanda Cuevas
Psicóloga y terapeuta EMDR
Instructora de mindfulness

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Para momentos de confusión por maltrato.

Querida,

Antes de hablar de ti, necesito hablar de algo importante: qué es realmente el maltrato.

El maltrato no es solo un golpe. No empieza necesariamente con violencia física. Muchas veces comienza con algo mucho más sutil: control, celos, críticas constantes, aislamiento, manipulación emocional.

El maltrato puede ser:

  • Psicológico: hacerte dudar de tu percepción, minimizar lo que sientes, llamarte exagerada, volverte insegura.
  • Emocional: alternar cariño con frialdad, castigarte con silencios, hacerte sentir culpable por su enfado.
  • Verbal: gritos, humillaciones, burlas disfrazadas de broma.
  • Económico: controlar el dinero, aprovecharse del negocio común, generar dependencia financiera.
  • Social: aislarte poco a poco de amistades o familia.
  • Físico: empujones, golpes, intimidación corporal.
  • Sexual: presión, chantaje o imposición.

El maltrato no es un momento puntual. Es un patrón.
Y suele seguir un ciclo: tensión, explosión, arrepentimiento, promesas, calma… y vuelta a empezar.

Muchas mujeres no lo identifican al principio porque el agresor no es violento todo el tiempo. Puede ser encantador, atento, vulnerable incluso. Puede tener heridas profundas, una biografía traumática, dificultades emocionales reales. Puede dar pena. Y tú quererle salvar, que contigo sea diferente.

Pero hay algo esencial que no debe confundirse nunca: comprender su dolor no significa justificar su violencia.

Nada justifica que alguien te controle, te haga sentir miedo, te quite dinero, limite, te reduzca o te dañe.

Y ahora quiero hablar de ti.

Sé que estás confundida.

Una parte de ti se pregunta cómo no lo vio antes.
Otra parte recuerda momentos bonitos y piensa que quizá podría cambiar.
Una parte siente rabia. Otra siente culpa.
Y en medio de todo eso, sientes vergüenza de que se sepa lo que ha pasado, y por si vuelves.

Primero, algo importante: no eres ingenua por no haberte dado cuenta. El maltrato se instala progresivamente poco a poco. Nadie entra en una relación pensando que va a ser maltratada. Entras porque hay amor, ilusión, conexión, necesidades y dependencia.

Que hoy mires atrás y te preguntes “¿cómo permití esto?” no significa que seas débil. Significa que estás empezando a tomar conciencia. Que en el fondo sabes que no quieres esto para ti.

También es normal que dudes en denunciar. Denunciar implica reconocer públicamente algo doloroso. Implica asumir que esto es real. Y una parte de ti todavía está vinculada emocionalmente, en shock, que no se cree lo que finalmente es.

Estás partida porque hay dos realidades conviviendo dentro de ti: La que recuerda momentos buenos, planes y sueños. Y la que recuerda el miedo.

El vínculo traumático hace que ambas convivan. El cerebro se aferra a los recuerdos positivos porque necesita esperanza. Eso no invalida lo que sentiste cuando estabas asustada.

Hay algo delicado que quiero decirte con respeto:
no solo es importante preguntarte por qué él actúa así, sino también por qué tú has tolerado ciertas cosas.

No desde la culpa, ni el juicio. Sino desde la comprensión.

Quizá aprendiste que amar es aguantar.
Quizá priorizas el vínculo por encima de tu bienestar.
Quizá el miedo a la soledad pesa más que el miedo al daño.
Quizá tu historia te enseñó a normalizar ciertas dinámicas.

Eso no te convierte en responsable del maltrato.
Pero sí es una oportunidad para que trabajes esas raíces y no repitas el patrón.

Si no miras eso, el riesgo no es solo volver con él. Es volver a una dinámica similar en otro rostro a futuro.

Él puede tener trauma. Puede tener heridas. Puede incluso tener un trastorno etc Pero sus heridas no son tu responsabilidad. Sanar a alguien no puede implicar destruirte a ti.

Y pregúntate algo en silencio:

¿Te sentías libre?
¿Podías ser tú sin miedo a su reacción?
¿Tu autoestima creció o disminuyó desde que estás con él?
¿Has tenido que esconder lo que pasa por si decides volver?

El amor sano no genera miedo.
No te hace dudar de tu percepción.
No te obliga a proteger su imagen mientras tú cargas con el dolor.

No tienes que decidir hoy.
Pero sí necesitas empezar a elegirte.

Estás confundida porque estás en un proceso de despertar. Y despertar duele. Duele aceptar que alguien a quien quisiste también te hizo daño.

Pero la claridad, aunque asuste, siempre es más segura que la negación.

Sea cual sea tu ritmo, que cada paso que des sea hacia tu dignidad, tu seguridad y tu salud emocional.

No estás loca.
No estás exagerando.
No estás sola en lo que sientes.

Estás en un momento crucial de tu vida.

Y mereces un amor donde no tengas que sobrevivir, sino vivir.

Apóyate en los tuyos, quizá tendrán que pensar por ti, tomar decisiones de protección porque no puedes por ti misma. A veces no hay tiempo para las dudas, ciertas decisiones no pueden esperar.

Denunciar y buscar ayuda profesional es una forma de protegerte, de poner límites claros y de empezar a reconstruir tu vida desde un lugar seguro.

Confía en tu familia, en las personas de confianza y en los recursos especializados. Ellos pueden ayudarte a planificar, acompañarte y sostenerte mientras decides cada paso. No tienes que hacerlo sola; tu seguridad y tu dignidad importan más que cualquier miedo o vergüenza.

Te abrazo con todo el corazón y con la certeza de que puedes salir de esto más fuerte, más consciente y más dueña de tu vida.

Tu vida merece ser vivida con libertad y cuidado.

016 el teléfono que te ayuda.

Lee estas líneas en diferentes momentos, a veces las defensas no nos permiten llegar hasta el fondo de lo que hay y verdaderamente importa.

Yolanda Cuevas

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Meditación para conectar con la calma en días intensos

A veces los días se llenan demasiado. Demasiadas prisas, demasiados pensamientos, demasiadas emociones juntas. Y aunque el cuerpo sigue avanzando, por dentro todo pide una pausa.

Esta meditación es una invitación a detenerte por unos minutos, a bajar el ritmo y a volver a tu centro. No necesitas que todo esté resuelto para empezar, ni sentirte tranquilo antes de escucharla. La calma no es algo que tengas que conseguir; es un lugar al que puedes volver cuando te permites respirar y estar presente.

Si hoy sientes cansancio, ruido mental, tensión en el cuerpo o simplemente la necesidad de parar, este espacio es para ti. Regálate estos minutos como un acto de cuidado, como un recordatorio de que incluso en los días intensos también puede haber calma.

Cuando estés listo… dale al play y permítete descansar.

Aquí

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La mente del deportista: ansiedad, error y presión mediática

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En el deporte profesional, el rendimiento no depende únicamente de la técnica o la condición física. Cada partido, cada jugada y cada error se viven dentro de un contexto emocional que influye directamente en cómo el deportista piensa, siente y actúa. La mente también compite, y muchas veces lo hace bajo una presión invisible para el público.

Las variables psicológicas que influyen en el rendimiento

El rendimiento deportivo está profundamente determinado por factores psicológicos que se entrenan igual que la fuerza o la velocidad:

1. Autoconfianza

Es la capacidad del deportista para creer en sus recursos incluso en momentos difíciles. Cuando la autoconfianza se tambalea, el atleta empieza a dudar, a anticipar fallos y a actuar desde el miedo.

2. Gestión de la ansiedad

La ansiedad aparece cuando la exigencia supera , o parece superar, los recursos de la persona. En el deporte, puede manifestarse con tensión muscular, bloqueo mental, errores por precipitación y pensamientos intrusivos que alejan del presente.

3. Atención y concentración

Un deportista necesita sostener la atención en el aquí y ahora. Tras un error, la mente tiende a viajar al pasado (“¿por qué fallé?”) o al futuro (“¿y si vuelve a pasar?”). Ese desplazamiento cognitivo afecta directamente al rendimiento.

4. Autodiálogo

Lo que un deportista se dice influye en cómo actúa. Un diálogo interno duro, crítico o catastrófico alimenta la ansiedad y reduce la capacidad de recuperación tras un fallo.

5. Tolerancia al error

El error forma parte del juego, pero no todos los deportistas han aprendido a convivir con él. Cuando el error se interpreta como un fracaso personal, surge el miedo, la rigidez y la pérdida de espontaneidad.

El impacto del juicio público y mediático

En el deporte actual, el error no solo se analiza en el vestuario: se expone, se repite, se comenta y se viraliza. El juicio externo puede generar un conflicto interno intenso:

  • miedo a decepcionar
  • temor a la crítica
  • presión por rendir siempre al máximo

Este caldo de cultivo incrementa la ansiedad y alimenta una sensación de vigilancia constante. No es extraño que, tras un fallo, el deportista experimente bloqueo, inseguridad y dificultad para recuperar su nivel habitual.

Cuando la ansiedad afecta al rendimiento

La ansiedad altera la mecánica fina del deportista. Puede provocar:

  • toma de decisiones más lenta o impulsiva
  • pérdida de precisión
  • tensión muscular
  • errores repetidos
  • mayor fatiga emocional

El cuerpo quiere rendir, pero la mente está luchando consigo misma.

El papel de la psicología deportiva

Acompañar a un deportista implica ayudarle a gestionar presión, construir autoconfianza y desarrollar herramientas para afrontar el error sin hundirse en él. Entre las intervenciones más habituales encontramos:

  • técnicas de respiración y regulación emocional
  • entrenamiento en atención plena
  • trabajo de autodiálogo
  • preparación ante escenarios de presión
  • fortalecimiento de la identidad más allá del rendimiento

La psicología deportiva no elimina la presión, pero sí enseña a convivir con ella sin que destruya el equilibrio interno.

Conclusión

Los deportistas no fallan porque sean débiles: fallan porque son humanos. Y en un entorno donde el juicio es inmediato y las expectativas son enormes, cuidar la salud mental es tan importante como entrenar el físico.

Detrás de cada error hay una historia emocional.

Detrás de cada recuperación, un trabajo psicológico silencioso.

El verdadero rendimiento nace cuando cuerpo y mente se alinean. Y eso también se entrena.

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Mis imprescindibles para el suelo pélvico.

Hoy quiero compartir 3 cosas!

-Un cinturón pélvico

-Un tronco propioceptivo

-Y el curso para el tronco

Objetivo: Fortalecer tu suelo pélvico y mejora tu postura sin dejar de moverte.

El cinturón pélvico Suelo Firme, me empieza a acompañar y recomiendo para nuestra salud corporal. No es una faja ni un cinturón lumbar.

Ideal para embarazadas, postparto (especialmente tras cesárea), PERO TAMBIÉN para personas con debilidad abdominal, dolor de espalda, prolapsos, o que realizan deporte de impacto como correr o están mucho tiempo de pie.

💥 Protege tu zona lumbar y tu suelo pélvico con libertad de movimiento.

Tener el cinturón pélvico, el tronco propioceptivo y el curso no es solo invertir en tu cuerpo, sino también en tu bienestar emocional.

  • El cinturón pélvico Suelo Firme te ayuda a proteger y fortalecer tu suelo pélvico, mejorar tu postura y prevenir molestias físicas que, si se mantienen en el tiempo, pueden afectar tu ánimo y tu calidad de vida.
  • El tronco propioceptivo mejora tu equilibrio, coordinación y conciencia corporal. Y eso, a nivel psicológico, se traduce en más confianza y seguridad en tus movimientos y en tu día a día.
  • El curso del tronco te da las herramientas para conocer tu cuerpo, cuidarlo y entrenarlo con consciencia, evitando lesiones y aprendiendo a escuchar lo que necesita. Esto fomenta una relación más amable contigo misma, reduciendo estrés y mejorando tu autoestima.

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Cinturón pélvico: https://www.ensuelofirme.com/tienda/comprar-cinturones-pelvicos/cinturon-pelvico-suelo-firme-by-physiomat/?ref=110

Tronco propioceptivo suelo pélvico: https://www.ensuelofirme.com/tienda/comprar-productos-ejercitadores-suelo-pelvico/tronco-de-propiocepcion-del-metodo-5p/?ref=110

Curso para el tronco de propiocepción: https://www.ensuelofirme.com/escuela-de-suelo-pelvico/curso-tronco-propiocepcion/?ref=16

Y ¡cuéntame!

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Meditación guiada para cultivar la aceptación

La vida no siempre sucede como esperamos. A veces nos encontramos con emociones intensas, pensamientos que nos incomodan o situaciones que escapan a nuestro control. En lugar de luchar contra ellas, podemos aprender a recibirlas con apertura y amabilidad.

Esta meditación guiada te invita a conectar con el momento presente, reconocer lo que está aquí y ahora, y soltar la necesidad de cambiarlo de inmediato. A través de la respiración consciente y una actitud compasiva, aprenderás a estar en paz con lo que surge, creando espacio para que la mente y el corazón descansen.

Guárdatela para practicar en momentos de tensión, cambios o incertidumbre, o simplemente como parte de tu rutina de mindfulness para vivir con mayor serenidad.

Aquí tienes el audio.

https://go.ivoox.com/rf/155399211

Recuerda mis iniciativas mindfulness

Doce meses mindfulness

Programa MBSR Reducción del Estrés Basado en Mindfulness

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¡Ya a la venta nuestro libro Autocuidado: 52 semanas para cuidar de ti!

Nos hace mucha ilusión compartir contigo que Autocuidado: 52 semanas para cuidar de ti ya está disponible en preventa.

El 2 de octubre en librerías.

Este libro nace del deseo de acompañarte a lo largo de un año completo, ofreciéndote cada semana una invitación a parar, reflexionar y reconectar contigo misma. Son 52 propuestas sencillas pero poderosas que te ayudarán a cultivar el bienestar, la calma y la amabilidad hacia ti.

Creemos que el autocuidado no es un lujo ni un acto egoísta, sino una necesidad que nos permite estar presentes en nuestra vida con mayor equilibrio y serenidad. A través de reflexiones, ejercicios prácticos y preguntas inspiradoras, este libro quiere convertirse en un espacio íntimo en el que puedas escucharte y cuidarte de una forma consciente.

📖 ¿Qué encontrarás en sus páginas?
✔️ Reflexiones semanales para inspirarte.
✔️ Ejercicios prácticos y propuestas de acción.
✔️ Preguntas poderosas para conocerte mejor.
✔️ Ideas para integrar el autocuidado en tu día a día.

Es un libro para ti o para regalar a alguien a quien quieras mucho. Porque cuidarnos es el primer paso para vivir con más plenitud.

Te invitamos a sumarte a este viaje de 52 semanas para cuidar de ti.

👉 Puedes conseguirlo aquí:

Ya han salido en webs los links de preventa:

https://www.penguinlibros.com/es/libros-autoayuda/398474-libro-autocuidado-9788425369131

A partir de octubre comenzarán las presentaciones y firma.

¡Te esperamos!

Patri y Yolanda


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