
Qué decir, qué evitar y cómo ayudar a una persona que acaba de vivir una experiencia extrema.
Cuando una persona acaba de sobrevivir a un accidente, recibe la noticia de una pérdida o espera información sobre un familiar, quienes están a su alrededor pueden sentir una enorme necesidad de ayudar.
Queremos encontrar palabras que tranquilicen, conseguir que deje de llorar, explicarle que todo irá bien o animarla a hablar de lo ocurrido.
Pero acompañar psicológicamente no consiste en conseguir que alguien deje de sufrir cuanto antes.
En ocasiones, las intervenciones mejor intencionadas pueden resultar invasivas si no tenemos en cuenta el estado y las necesidades de la persona.
Como psicóloga, creo que una de las enseñanzas más importantes que podemos transmitir ante una tragedia es esta: antes de preguntarnos qué debemos decir, necesitamos comprender qué puede estar necesitando la persona que tenemos delante.
Las primeras horas no son el momento de resolverlo todo
Después de una experiencia extrema, algunas personas presentan una gran activación emocional. Otras parecen desconectadas, están confusas o tienen dificultades para concentrarse.
También pueden aparecer temblores, llanto, miedo, silencio, enfado o una aparente tranquilidad.
Ninguna de estas respuestas, de forma aislada, permite determinar cómo se encuentra psicológicamente una persona ni cómo evolucionará.
Por eso, no deberíamos interpretar automáticamente que alguien está bien porque no llora, ni que está desarrollando un trauma porque se muestra muy alterado.
En las primeras horas conviene priorizar lo más inmediato: seguridad, atención médica, orientación, descanso, contacto con personas de confianza y acceso a información fiable.
No es necesario conseguir que la persona comprenda completamente lo sucedido ni que encuentre palabras para expresar todo lo que siente.
Primeros auxilios psicológicos: observar, escuchar y conectar

No se trata de hacer psicoterapia en el lugar de una tragedia. Es una forma de ofrecer apoyo humano, práctico y respetuoso.
Observar significa identificar necesidades y posibles riesgos. ¿La persona está físicamente segura? ¿Necesita atención sanitaria? ¿Está sola? ¿Dispone de información? ¿Hay menores u otras personas que requieren especial protección?
Escuchar implica acercarse con respeto, preguntar qué necesita y prestar atención sin presionar. Escuchar no significa exigir explicaciones ni pedir detalles dolorosos. O entrevistar por varios medios de comunicación.
Conectar consiste en facilitar ayuda concreta: contactar con familiares, proporcionar información oficial, acompañar hasta un lugar seguro o facilitar el acceso a recursos profesionales y sociales.
Estos principios pueden parecer sencillos, pero adquieren una enorme importancia cuando la persona ha perdido temporalmente parte de su sensación de seguridad y control.
Qué podemos decir y qué es preferible evitar

No existen palabras capaces de eliminar el dolor de una tragedia. Pero sí podemos evitar añadir incomodidad, presión o falsas expectativas.
Podemos decir:
- «Estoy aquí contigo. No tienes que hablar si no quieres».
- «¿Hay alguien a quien quieras que avisemos?».
- «No tengo esa información todavía. Vamos a buscar una fuente oficial».
- «¿Prefieres estar acompañado o necesitas un poco de espacio?».
- «Puedo ayudarte con algo concreto. No tienes que resolverlo todo ahora».
En cambio, conviene evitar expresiones como «tienes que ser fuerte», «no llores», «intenta no pensar en ello» o «sé exactamente cómo te sientes».
También debemos tener cuidado con las frases tranquilizadoras que no podemos garantizar: «Seguro que está bien», «no te preocupes» o «todo saldrá bien».
A veces, reconocer la incertidumbre con delicadeza es más respetuoso que intentar eliminarla con una promesa.
No obligar a contar lo ocurrido también es cuidar
Después de una tragedia, una persona puede recibir preguntas insistentes de familiares, conocidos o periodistas.
«¿Qué viste?».
«¿Cómo conseguiste salir?».
«¿Qué pasó exactamente?».
«¿En qué momento te diste cuenta de que podías morir?».
Aunque estas preguntas surjan de la preocupación, pueden obligar a la persona a enfrentarse repetidamente a detalles que quizá no desea o necesita en ese momento.
Hablar voluntariamente con alguien de confianza puede resultar beneficioso. Pero obligar a reconstruir emocionalmente los acontecimientos no ha demostrado ser una intervención preventiva eficaz. Al contrario puede ser retraumatizante.
De hecho, las recomendaciones internacionales desaconsejan el debriefing psicológico rutinario utilizado con el objetivo de prevenir el estrés postraumático.
Esto no significa que debamos impedir que alguien hable. Significa que debemos permitirle elegir y evitar convertir el relato de lo sucedido en una obligación.
Cuando una familia espera noticias
Hay situaciones especialmente difíciles: aquellas en las que una persona sabe que ha sucedido algo grave, pero todavía no conoce qué le ha ocurrido a alguien querido.
En estas circunstancias pueden aparecer miedo, esperanza, desesperación, irritabilidad o una necesidad constante de buscar información.
La incertidumbre puede resultar extremadamente angustiosa.
Pero no debemos anticipar una pérdida que todavía no ha sido confirmada ni intentar preparar emocionalmente a la persona para un desenlace que desconocemos.
Es importante ayudarle a acceder a los canales oficiales, evitar rumores y procurar que tenga apoyo durante la espera.
También puede necesitar ayuda para resolver cuestiones prácticas: desplazamientos, atención a menores, alimentación, descanso o comunicación con otros familiares.
En momentos así, acompañar no siempre significa mantener una conversación. A veces significa estar disponible mientras llega una información que nadie desea recibir.
Cuando se confirma una muerte
La pérdida repentina de alguien querido puede producir una mezcla de dolor, incredulidad, enfado, bloqueo y desconcierto. Shock.
Cada persona vive el duelo de manera diferente. No existe una secuencia emocional obligatoria ni un tiempo universal para asumir una pérdida.
Es importante no imponer explicaciones, creencias o significados.
Frases como «todo pasa por algo», «ahora tienes que mirar hacia delante» o «al menos no sufrió» pueden resultar dolorosas, aunque se pronuncien intentando consolar.
No necesitamos encontrar una explicación que haga soportable lo insoportable.
Podemos reconocer el dolor y ofrecer nuestra presencia.
Y, especialmente, podemos mantenerla cuando pasan los primeros días.
Porque después de una tragedia, la atención pública disminuye, los mensajes dejan de llegar y las familias continúan enfrentándose a ausencias, trámites y cambios profundos en su vida cotidiana.
Los profesionales de emergencias también necesitan protección
Sanitarios, bomberos, policías, equipos de rescate, trabajadores ferroviarios, psicólogos y voluntarios pueden exponerse a situaciones de enorme intensidad.
Su preparación profesional puede proporcionarles herramientas importantes, pero no les hace inmunes al estrés.
Las organizaciones tienen la responsabilidad de facilitar descansos, relevos, apoyo entre compañeros, condiciones laborales adecuadas y acceso confidencial a atención especializada cuando se necesite.
No debería exigirse a los profesionales demostrar fortaleza a través del silencio ni participar obligatoriamente en sesiones donde tengan que relatar sus emociones.
Cuidar a quienes intervienen no significa cuestionar su capacidad profesional. Significa reconocer las exigencias humanas de su trabajo.
¿Y cuándo debemos pedir ayuda profesional?
Algunas personas necesitarán asistencia psicológica especializada desde las primeras fases por la intensidad de su sufrimiento, por alteraciones importantes de su funcionamiento o por circunstancias especialmente complejas.
Otras necesitarán seguimiento y podrán beneficiarse de una valoración en los días o semanas posteriores.
La atención debe adaptarse a cada situación, especialmente cuando existen lesiones, confusión significativa, pensamientos de hacerse daño o incapacidad para atender necesidades esenciales.
La ayuda profesional no debe confundirse con la obligación de iniciar inmediatamente un tratamiento centrado en los recuerdos traumáticos.
Primero hay que valorar qué está ocurriendo y qué necesita la persona.
El acompañamiento continúa cuando termina la emergencia
Muchas veces pensamos en la importancia de ayudar durante las primeras horas. Pero las consecuencias de una tragedia pueden acompañar a las familias y a los supervivientes durante mucho más tiempo.
Una llamada semanas después, una ayuda práctica, acompañar a una cita o recordar una fecha difícil pueden ser gestos especialmente significativos.
Acompañar también es respetar que una persona necesite hablar del acontecimiento en algunos momentos y recuperar conversaciones cotidianas en otros.
No siempre podemos aliviar el dolor de alguien. Pero podemos evitar que, además de sufrir, tenga que justificar su manera de reaccionar, cumplir nuestras expectativas o enfrentarse a todo sin apoyo.
Ante una tragedia, ayudar no consiste en tener las palabras perfectas.
Consiste en ofrecer seguridad, respeto, presencia y ayuda real.
Yolanda Cuevas
Especializada en trauma. Terapeuta EMDR
Artículo previo: Cuando ocurre una tragedia qué sucede en nuestro cerebro y cómo puede aparecer el trauma psicológico.




