He tenido la oportunidad de compartir una jornada con el Dr. José Luis Marín organizada por la Asociación TCA de Aragón. Tras su intervención pude felicitarle, agradecerle su labor y compartir también mi propia experiencia profesional cuando decides trabajar “a contracorriente”.
En 2012 tomé la decisión de trabajar desde el abordaje del trauma y las experiencias adversas, incorporando EMDR a mi práctica clínica. En aquel momento, se me miraba “raro”. Hablar de trauma, de apego, de historia vital, no era lo habitual en muchos contextos clínicos. Catorce años después, algunos de aquellos colegas hoy se están formando precisamente en trauma y apego.
Eso me reafirma en algo profundamente importante: la ciencia evoluciona, pero también lo hace nuestra mirada.
Elegí mirar a la persona, no a la etiqueta diagnóstica. Elegí no reducir el sufrimiento a un manual. Elegí no depositar toda la esperanza en la medicación, ni asumir como incuestionable lo que durante décadas se dio por sentado. Y eso me permitió trabajar desde otro lugar: desde el vínculo, desde la comprensión, desde la historia.
Para mí hay ideas que son clave:
- La historia de nuestra vida cuenta más de lo que creemos. Por eso la pregunta “¿qué te pasa?” necesita transformarse en “¿qué te ha pasado?”. No es lo mismo hablar de un fallo que de una herida.
- La medicación puede ser un recurso valioso, pero no es un milagro. No debería haber medicación sin un espacio terapéutico que escuche, integre y dé sentido. Cuando solo tratamos el síntoma, sin ir a la raíz, el alivio puede convertirse en dependencia.
- El motivo de consulta suele ser el síntoma, pero el síntoma no es el problema: es la señal. Es el lenguaje del cuerpo y del sistema nervioso intentando adaptarse a algo que fue demasiado.
- Medicalizar y patologizar el sufrimiento humano no siempre es la solución. A veces lo que llamamos “trastorno” es una respuesta coherente a experiencias incoherentes.
- No existe salud mental por un lado y salud física por otro. Existe salud. Cuerpo y mente están profundamente unidos. El cuerpo recuerda. El cuerpo revive. El cuerpo reacciona a la historia vivida, incluso cuando la mente intenta olvidar.
- El trauma y las experiencias adversas necesitan ser escuchadas, comprendidas, elaboradas y procesadas. No desaparecen porque las ignoremos. El pasado no está pasado, está presente.
- La etiqueta diagnóstica puede aliviar a corto plazo porque ofrece una explicación, pero también puede limitar y condicionar la identidad si no se maneja con cuidado. El objetivo no es que alguien “aprenda a convivir con su etiqueta”, sino que gane autonomía y capacidad de autorregulación.
- Detrás del malestar siempre hay múltiples factores: biológicos, psicológicos, relacionales, sociales y estructurales. Solo una mirada amplia permite una intervención profunda y cambios a futuro.
Trabajar desde el trauma no es buscar culpables, es buscar comprensión. No es revivir el dolor, es integrarlo. No es anclarse en el pasado, es liberar el presente.
Y lo más esperanzador de todo: el sistema nervioso puede repararse. El vínculo sana. El cerebro cambia incluida la química. La persona no está rota; se adaptó como pudo.
Seguir apostando por ver personas y no enfermedades, historias y no etiquetas, procesos y no solo síntomas, es para mí un compromiso ético y humano.
Y cada vez somos más.
