
Cada vez que aparece una noticia relacionada con una agresión o abuso sexual entre adolescentes, es normal que como sociedad sintamos indignación, preocupación e incluso miedo.
Se habla de denuncias, de centros educativos, de protocolos, de responsabilidades legales y de las consecuencias para quienes han cometido la agresión.
Y todo ello es necesario. Pero como psicóloga especializada en trauma y EMDR, hay algo que me preocupa especialmente: lo que ocurre después con los adolescentes que han sufrido esa experiencia y con las familias que intentan acompañarlos sin saber muy bien cómo hacerlo.
Porque cuando una agresión sexual sucede, no estamos hablando únicamente de un hecho. Estamos hablando de una experiencia que puede impactar profundamente en la forma en que una persona se relaciona consigo misma, con los demás y con el mundo.
El impacto es siempre importante sea la edad que sea pero cuando ocurre en la adolescencia, una etapa tan importante para el desarrollo, el impacto puede ser aún mayor.
La adolescencia es mucho más frágil de lo que a veces pensamos
Desde fuera podemos ver adolescentes que salen con sus amigos, utilizan redes sociales, estudian, practican deporte o parecen seguir con su vida normal.
Pero por dentro están construyendo aspectos fundamentales de quienes serán en el futuro.
-Están desarrollando su identidad.
-Aprenden a relacionarse con su cuerpo.
-Descubren la intimidad, el afecto y la sexualidad.
-Buscan pertenecer a un grupo.
-Intentan sentirse aceptados.
-Aprenden a confiar en sí mismos y en los demás.
Cuando una agresión o abuso irrumpe en este proceso, puede alterar muchas de esas bases. Por eso es tan importante no minimizar lo ocurrido ni pensar que el tiempo, por sí solo, lo resolverá.
El trauma no siempre se ve y una de las dificultades que encontramos muchas veces es que las consecuencias no siempre aparecen de forma inmediata.
Hay adolescentes que lloran, hablan y expresan su sufrimiento. Pero también hay otros que parecen seguir adelante.
Vuelven al instituto. Salen con sus amigos. Incluso dicen que están bien.
Y sin embargo, por dentro, pueden estar librando una batalla enorme.
-Ansiedad constante.
-Problemas para dormir.
-Pesadillas.
-Miedo a determinadas situaciones o personas.
-Ataques de pánico.
-Irritabilidad.
-Dificultades de concentración.
-Tristeza profunda.
-Sentimientos de culpa o vergüenza.
-Desconexión emocional.
-Consumo de alcohol o sustancias.
-Conductas de riesgo.
-Autolesiones.
A veces los padres observan cambios y no consiguen entender qué está ocurriendo. Porque no siempre dicen lo ocurrido nada más que sucede. El miedo, la vergüenza-, el bloqueo, las amenazas no dejan hablar.
Su hijo o hija ya no es el mismo.
-Se aísla.
-Se enfada con facilidad.
-Parece distante.
-Pierde interés por actividades que antes disfrutaba.
Y muchas veces detrás de estos cambios encontramos un sistema nervioso que sigue sintiéndose en peligro.
Lo que más duele no siempre es la agresión
Aunque pueda resultar difícil de comprender, en consulta vemos con frecuencia que algunas de las heridas más profundas no proceden únicamente de lo ocurrido.
También aparecen por cómo se interpreta lo ocurrido.
Muchos adolescentes desarrollan pensamientos como:
“Podría haberlo evitado.”
“Fue culpa mía.”
“No debería haber estado allí.”
“Seguro que hice algo mal.”
“Ahora nadie me va a entender.”
La culpa y la vergüenza suelen convertirse en compañeras silenciosas del trauma.
Y son especialmente dañinas porque aíslan.
Hacen que la persona deje de pedir ayuda.
Hacen que se esconda. Que dude de sí misma.
Que piense que tiene que cargar sola con el dolor.
Por eso una de las primeras tareas terapéuticas consiste en ayudarles a comprender que la responsabilidad siempre pertenece a quien agrede.
Nunca a quien sufrió la agresión.
Un mensaje para los padres
Si eres madre o padre y estás leyendo estas líneas, probablemente una de las emociones que más te acompañe sea la impotencia.
Es normal.
Nadie nos prepara para ver sufrir a nuestros hijos. Y mucho menos para afrontar una situación así.
Muchos padres se preguntan:
“¿Qué tendría que haber hecho?”
“¿Cómo no me di cuenta?”
“¿Y si hubiera estado más pendiente?”
La culpa también suele aparecer en las familias.
Sin embargo, en este momento lo más importante no es buscar culpables.
Lo más importante es convertirse en una base segura para el adolescente.
-Escuchar sin juzgar.
-Creer lo que cuenta.
-Respetar sus tiempos.
-Acompañar sin presionar.
Y transmitir un mensaje fundamental: “No estás sola/o. Vamos a atravesar esto juntos.”
Muchas veces los adolescentes no necesitan respuestas perfectas.
Necesitan sentir que alguien permanece a su lado incluso cuando ellos mismos no entienden lo que sienten.
¿Por qué es importante intervenir cuanto antes?
Porque el cerebro tiene una enorme capacidad de recuperación cuando recibe la ayuda adecuada.
Las experiencias traumáticas pueden quedar almacenadas de una forma diferente en nuestro sistema nervioso.
Es como si una parte del cerebro siguiera reaccionando como si el peligro todavía estuviera presente.
Por eso algunas personas siguen sintiendo miedo, vergüenza o inseguridad meses e incluso años después de que la situación haya terminado.
No porque sean débiles. Ni porque quieran llamar la atención.
Sino porque su cerebro sigue intentando protegerlas.
La intervención temprana puede reducir enormemente el impacto a largo plazo.
Puede ayudar a recuperar la sensación de seguridad.
Puede prevenir dificultades futuras en las relaciones, la autoestima o la salud mental.
Y puede evitar que el sufrimiento se cronifique.
El papel de EMDR en la recuperación
Una de las herramientas que utilizo habitualmente en consulta es EMDR.
EMDR no busca borrar recuerdos. Tampoco pretende que la persona olvide lo sucedido.
Lo que hace es ayudar al cerebro a procesar una experiencia que quedó bloqueada.
Cuando esto ocurre, el recuerdo deja de vivirse como una amenaza constante.
La persona puede recordar lo ocurrido sin quedar atrapada emocionalmente en ello. Poco a poco recupera sensación de control, seguridad y confianza.
Y algo muy importante: vuelve a conectar con la idea de que su vida es mucho más grande que aquello que le ocurrió.
La prevención empieza mucho antes
Cuando hablamos de prevención solemos pensar en protocolos o medidas de seguridad. Pero la prevención empieza mucho antes.
Empieza cuando enseñamos a nuestros hijos a reconocer sus emociones.
Cuando les enseñamos a poner límites.
Cuando hablamos de consentimiento.
Cuando fomentamos el respeto.
Cuando les ayudamos a diferenciar presión de cariño.
Cuando les enseñamos que tienen derecho a decir no.
Cuando construimos espacios donde puedan hablar sin miedo.
La prevención también es educación emocional. Y es responsabilidad de TODOS.
He acompañado a muchas personas que llegaron a consulta pensando que jamás volverían a sentirse seguras.
Personas que creían que aquella experiencia las definiría para siempre.
Y quiero decir algo importante.
Lo ocurrido importa. Las consecuencias importan. El dolor importa.
Pero la historia no termina ahí.
Con apoyo, comprensión y ayuda especializada, muchas personas consiguen reconstruirse.
Sino porque aprenden a vivir sin que el trauma dirija cada paso de su vida.
Si tú, tu hijo/a o alguien cercano está atravesando una situación así, no esperéis a que el tiempo lo cure todo.
Pedir ayuda no es una señal de debilidad. Es una forma de proteger el presente y también el futuro.
Un abrazo.
Aquí un podcast sobre trauma Conoce el trauma y como limita y condiciona