Una invitación para profesores que empiezan y para quienes llevan años enseñando
Junio llega y, para muchos docentes, aparece una mezcla difícil de explicar.
Alivio por terminar. Cansancio acumulado. Satisfacción por algunas cosas. Frustración por otras. La sensación de no haber llegado a todo.
Y, a veces, una necesidad enorme de desconectar y no pensar más. Es comprensible.
La docencia es una profesión apasionante, pero también una de las más exigentes emocionalmente. No solo se enseña una materia. Se acompaña, se contienen emociones, se gestionan conflictos, se sostienen familias, se atiende la diversidad, se responde a cambios continuos y, mientras tanto, se intenta no perder la ilusión.
Por eso, quizá terminar el curso no debería ser únicamente sobrevivir hasta las vacaciones.
También puede ser una oportunidad para hacer una pausa y preguntarnos:
¿Cómo estoy yo después de todo lo vivido?
Porque un curso no es solo una sucesión de clases. Es una parte importante de nuestra vida. Y merece ser mirada más allá de las notas y los resultados.
Es fácil acabar el curso centrándonos únicamente en lo que salió mal:
Los conflictos.
La burocracia.
La falta de recursos.
Los alumnos difíciles.
Las familias exigentes.
El cansancio.
Y todo eso es real. Pero si únicamente hacemos balance desde el agotamiento, corremos el riesgo de olvidarnos de algo importante:
También hemos aprendido, crecido y sostenido mucho más de lo que solemos reconocer.
Preguntas para hacer balance del curso:
¿Cómo llegué y cómo termino?
¿Con qué ilusión empecé septiembre?
¿Cómo me siento ahora?
¿Qué emociones predominan?
¿Estoy cansada o profundamente agotada?
¿Necesito descansar o necesito algo más?
¿Qué ha sido lo más difícil para mí?
No siempre es lo mismo. Quizá ha sido:
La sobrecarga administrativa.
La convivencia en el aula.
La falta de motivación del alumnado.
Las exigencias externas.
La presión por llegar a todo.
La relación con compañeros o familias.
Sentir que no tienes tiempo para enseñar como te gustaría.
Pregúntate:
-¿Qué me ha hecho sufrir más este curso?
-Porque identificarlo es el primer paso para cuidarlo.
-¿Qué me ha sostenido?
A veces olvidamos mirar los recursos.
¿Qué alumnos me han emocionado?
¿Qué compañeros me han hecho sentir acompañada?
¿Qué momentos me recordaron por qué elegí esta profesión?
¿Qué fortalezas descubrí en mí?
La profesión docente necesita mucho más que conocimientos. Enseñar requiere habilidades emocionales constantemente:
-Flexibilidad
-Porque ningún día sale exactamente como estaba previsto.
-Regulación emocional
Para gestionar la frustración, los conflictos y la incertidumbre.
-Comunicación: Con alumnos, familias y compañeros.
-Paciencia: Porque los resultados no siempre son inmediatos.
-Capacidad de adaptación: Porque la educación cambia continuamente.
-Empatía: Sin perderse uno mismo.
-Capacidad para poner límites: Porque cuidar no significa poder con todo.
-Autocompasión: Porque ser buen profesor no significa ser perfecto.
Algunas preguntas incómodas, pero necesarias
¿Estoy intentando salvar a todo el mundo?
¿Me exijo más de lo que le exigiría a otro compañero?
¿Siento culpa cuando no llego a todo?
¿Me llevo el trabajo a casa constantemente?
¿He confundido vocación con sacrificio?
¿Hace cuánto tiempo que no disfruto enseñando?
¿Estoy dando desde la ilusión o desde la supervivencia?
¿Quién cuida al que cuida?
Si eres un profesor que empieza…
Quizá este curso te haya hecho dudar.
Puede que hayas sentido:
Miedo a equivocarte.
Síndrome del impostor.
Sensación de no saber suficiente.
Agotamiento.
Comparaciones con otros docentes.
Nadie aprende a ser profesor en un año.
La experiencia no se construye en los cursos de formación, sino en las miradas, los errores, los grupos difíciles, las dudas y las pequeñas victorias cotidianas.
No necesitas hacerlo perfecto. Necesitas tiempo, formarte con corazón más allá del conocimiento.
Si llevas muchos años enseñando…
Quizá hayas notado:
Más cansancio que ilusión.
Menos paciencia.
Desgaste emocional.
Desmotivación.
La sensación de que todo cambia demasiado rápido.
Y quizá te preguntas:
¿Sigo siendo el profesor que quería ser?
La experiencia es una enorme fortaleza, pero también necesita ser cuidada.
No es fracasar reconocer que algo pesa.
No es debilidad admitir que estás cansado.
El peligro de normalizar el agotamiento
Hay frases que se escuchan mucho en educación:
“Es lo que hay.”
“Todos estamos igual.”
“Ya descansaré en verano.”
“Esto forma parte del trabajo.”
Pero normalizar el agotamiento no lo convierte en saludable.
Un docente agotado no necesita únicamente vacaciones, necesita espacios donde sentirse acompañado, reconocido y cuidado. Porque detrás de cada profesor hay una persona:
-Con miedos.
-Con preocupaciones.
-Con una vida fuera del aula.
-Con emociones.
Y con una salud mental que también merece atención.
Algunas preguntas para cerrar el curso con conciencia
¿De qué me siento orgullosa este año?
¿Qué he aprendido de mis alumnos?
¿Qué quiero seguir haciendo el próximo curso?
¿Qué necesito cambiar?
¿Qué límites necesito cuidar mejor?
¿Qué me gustaría dejar atrás?
¿Qué necesito para disfrutar más de mi profesión?
¿Cómo quiero llegar a septiembre?
Quizá no podamos cambiar todas las dificultades de la educación. Pero sí podemos evitar pasar por un curso más sin detenernos a mirar cómo estamos.
Porque enseñar deja huella. Pero enseñar también desgasta.
Y cuidar a quienes educan no es un lujo. Es una necesidad.
Ojalá este verano no sea solo una pausa para recuperar fuerzas.
Ojalá sea también un espacio para reconocer todo lo vivido, agradecer lo que sí salió bien y recordar que, antes de ser profesor, eres persona.
Y ninguna vocación debería costarte la salud.
Gracias por este curso.