
Cada vez que ocurre una tragedia, además del dolor aparecen las preguntas.
¿Por qué no salieron antes? ¿Por qué no hicieron caso a las recomendaciones? ¿Cómo pudieron tomar esa decisión?
Son preguntas profundamente humanas. Nuestro cerebro necesita encontrar una explicación cuando ocurre algo tan difícil de comprender. A veces, incluso buscamos una causa sencilla que nos haga sentir que algo así podría evitarse siempre.
Sin embargo, la psicología, la neurociencia y el estudio del trauma nos recuerdan algo importante: el cerebro que toma decisiones en una situación de peligro extremo no funciona igual que el cerebro con el que ahora analizamos lo sucedido desde la calma.
Comprender esto no significa justificar decisiones equivocadas ni evitar analizar responsabilidades cuando corresponda. Significa entender cómo responde un ser humano cuando siente que su vida está amenazada.
Cuando la supervivencia toma el control
Ante un incendio u otra situación de emergencia, el cerebro detecta una posible amenaza en cuestión de milisegundos.
La amígdala, una estructura especializada en detectar el peligro, activa rápidamente el sistema de supervivencia. El organismo libera hormonas del estrés, aumenta la frecuencia cardiaca, la respiración se acelera y todo el cuerpo se prepara para proteger la vida.
En ese momento el objetivo principal ya no es analizar todas las posibilidades de forma racional.
El objetivo es sobrevivir.
Nuestro cerebro intenta encontrar una solución rápida utilizando los recursos que considera más accesibles en ese instante.
Pensar bajo estrés no es pensar peor, es pensar diferente
Muchas personas imaginan que, en una emergencia, basta con “pensar con lógica”. Sin embargo, el elevado nivel de activación afecta al funcionamiento de la corteza prefrontal, la región implicada en valorar alternativas, inhibir impulsos y tomar decisiones complejas.
No deja de funcionar por completo, pero puede verse limitada por la intensidad del estrés.
Es como intentar resolver un problema muy complejo mientras suena una alarma ensordecedora y alguien nos grita que corramos.
El cerebro sigue tomando decisiones, pero dispone de menos recursos para hacerlo de forma reflexiva.
La visión en túnel: cuando el mundo se estrecha
Otro fenómeno frecuente es la llamada visión en túnel.
La atención deja de abarcar todo lo que ocurre y se concentra en una única posibilidad.
La persona puede pensar:
- “Por aquí he entrado, por aquí salgo.”
- “Si me quedo aquí quizá esté más protegido.”
- “Siempre se ha controlado el fuego.”
- “Voy a esperar un poco antes de moverme.”
No necesariamente porque sea la mejor opción, sino porque el cerebro reduce el número de alternativas para responder con rapidez.
Desde fuera puede parecer incomprensible.
Desde dentro, puede sentirse como la única posibilidad imaginable.
Nuestro cerebro también utiliza lo que ya conoce
Cuando disponemos de poca información, el cerebro completa los huecos utilizando experiencias previas.
Si una persona ha vivido pequeños incendios que terminaron controlándose rápidamente, es posible que interprete la situación actual desde ese aprendizaje.
Los modelos mentales que hemos construido durante años influyen enormemente en cómo interpretamos el peligro.
El cerebro no analiza únicamente lo que está ocurriendo.
También intenta predecir lo que ocurrirá basándose en lo que ya conoce.
Y esas predicciones, en ocasiones, pueden alejarnos de la realidad del momento.
Cuando el riesgo tarda en parecer real
Existe otro fenómeno psicológico muy conocido: la normalización del riesgo.
Durante los primeros momentos de una amenaza grave, algunas personas minimizan lo que ocurre.
No porque sean irresponsables.
Sino porque aceptar que el peligro es real implica enfrentarse a una situación emocionalmente abrumadora.
Pensamientos como:
“Seguro que no será para tanto.”
“Ahora enseguida lo controlarán.”
“Esperemos un poco.”
son intentos del cerebro de reducir el impacto emocional de una realidad difícil de asumir.
Paradójicamente, esa estrategia de protección puede retrasar decisiones que deberían tomarse con rapidez.
No solo decide la razón
En situaciones extremas también influyen muchos otros factores:
-El apego a la vivienda.
-La preocupación por familiares o mascotas.
-La dificultad para abandonar pertenencias importantes.
-La confianza en una interpretación propia.
-La información incompleta.
-El miedo.
El bloqueo.
Todo ello forma parte del proceso de toma de decisiones.
Por eso, reducir una tragedia a un simple “no hicieron caso” suele dejar fuera gran parte de la complejidad psicológica que existe detrás.
El peligro de juzgar desde después
Cuando conocemos el desenlace, nuestro cerebro cae fácilmente en un fenómeno llamado sesgo retrospectivo.
Es la tendencia a pensar que el resultado era mucho más evidente de lo que realmente era.
Entonces aparecen frases como:
“Era obvio lo que había que hacer.”
“Yo habría salido inmediatamente.”
“¿Cómo no se dieron cuenta?”
Pero esa valoración se realiza con una ventaja enorme: conocemos el final de la historia.
Las personas que estaban allí no disponían de esa información.
Tomaban decisiones con incertidumbre, miedo, información parcial y un sistema nervioso completamente activado.
Nuestro cerebro necesita creer que el mundo es predecible porque esa sensación nos aporta seguridad.
Pensar que “era evidente” nos hace sentir que nosotros actuaríamos mejor.
Sin embargo, esa sensación suele ser una ilusión creada por el conocimiento posterior.
Comprender no significa justificar
Explicar cómo funciona el cerebro en situaciones extremas no elimina la responsabilidad cuando existan errores, negligencias o decisiones que deban investigarse.
La psicología no sustituye al análisis de los hechos. Lo complementa.
Nos recuerda que hay personas que no toman decisiones desde la calma cuando sienten que su vida corre peligro. Las toman con un cerebro diseñado, desde hace miles de años, para sobrevivir.
Y ese cerebro, aunque extraordinariamente eficaz en muchas ocasiones, también tiene limitaciones o está condicionado en esos momentos por otras vivencias y circunstancias.
Quizá una de las mayores enseñanzas que podemos extraer de estas tragedias sea esta:
Antes de juzgar una decisión tomada bajo un miedo extremo, conviene recordar que nosotros la analizamos desde un lugar seguro, con toda la información y con un sistema nervioso en calma.
Ellos no.
En una emergencia hay incertidumbre. Las personas no tienen una visión completa de lo que está ocurriendo: no conocen la evolución del fuego, las condiciones exactas del lugar ni las consecuencias de cada alternativa.
El sesgo retrospectivo: juzgar con información que antes no existía
Después de una tragedia aparece con frecuencia el sesgo retrospectivo, también llamado sesgo de “lo sabía desde el principio”.
Es la tendencia del cerebro a creer que un acontecimiento era más predecible de lo que realmente era antes de que ocurriera.
Cuando conocemos el desenlace, miramos hacia atrás y pensamos:
“Era evidente”.
“Lo lógico era salir”.
“¿Cómo no se dieron cuenta?”.
Pero olvidamos algo fundamental: quienes tomaron esas decisiones no tenían la información que tenemos nosotros después.
Juzgamos el pasado con el mapa completo, mientras que la persona tuvo que decidir cuando solo tenía una parte del camino.
Comprender no significa justificar
Explicar cómo funciona el cerebro en una emergencia no significa quitar responsabilidad ni afirmar que todas las decisiones fueron adecuadas.
Significa añadir una capa necesaria de comprensión.
La conducta humana no puede analizarse únicamente desde el resultado final. También hay que mirar el contexto: el nivel de amenaza, la información disponible, el estado emocional, la historia de aprendizaje y la respuesta del sistema nervioso.
La psicología nos recuerda que una persona en una situación extrema no está tomando decisiones como lo haría en un día normal sentado tranquilamente en casa.
La pregunta más humana
Quizás, ante una tragedia, además de preguntarnos “¿por qué no hicieron caso?”, podemos hacernos una pregunta más profunda:
“¿Qué estaba percibiendo esa persona en ese momento para que esa decisión tuviera sentido desde su cerebro?”
Comprender cómo funciona el cerebro humano no borra el dolor ni cambia el desenlace. Pero sí nos ayuda a mirar estas situaciones con más conocimiento, más humanidad y menos simplificaciones.
Porque detrás de cada decisión tomada en una emergencia hay una persona intentando sobrevivir con el cerebro que la evolución le ha dado para hacerlo.
DEP y un abrazo a sus familias y amigos en estos momentos tan duros, difíciles.