Yolanda Cuevas Ayneto

Final de curso: no cierres el curso sin mirar todo lo que has vivido

Una reflexión para alumnos y familias antes de empezar una nueva etapa

Termina un curso y parece que lo único importante es saber si has aprobado, suspendido, pasado de curso o conseguido las notas que esperabas.

Pero un curso escolar es mucho más que unas calificaciones.

Durante estos meses has tenido que aprender contenidos, organizarte, levantarte muchos días sin ganas, conocer profesores nuevos, convivir con compañeros, afrontar exámenes, gestionar nervios, tomar decisiones, equivocarte, solucionar problemas, soportar decepciones y adaptarte a situaciones que probablemente en septiembre todavía no sabías cómo ibas a afrontar.

Por eso, antes de guardar la mochila y pasar página, merece la pena detenerse un momento.

No para juzgarte.

Para entenderte.

Porque mirar lo vivido puede ayudarte mucho más de lo que imaginas a empezar el próximo curso.

¿Recuerdas cómo te sentías hace un año?

Intenta volver mentalmente al comienzo del curso.

Quizá tenías miedo.

A los profesores nuevos.

A que las asignaturas fueran demasiado difíciles.

A no encajar.

A separarte de algunos amigos.

A conocer compañeros nuevos.

A no estar a la altura.

A suspender.

A equivocarte.

A que ocurriera algo que ni siquiera sabías explicar.

Hay comienzos que despiertan mucha incertidumbre porque nuestro cerebro se siente más tranquilo cuando sabe qué va a ocurrir.

Lo nuevo no siempre es peligroso, pero todavía no tenemos información suficiente para saber cómo será. Y por eso pueden aparecer nervios, inseguridad o pensamientos como:

“No voy a poder.”

“Va a ser demasiado difícil.”

“Seguro que me va mal.”

“No voy a conocer a nadie.”

“Los demás estarán más preparados que yo.”

Dentro de poco probablemente volverás a enfrentarte a algo parecido.

Un nuevo curso.

Quizá profesores diferentes.

Más dificultad.

Otros compañeros.

Un nuevo instituto.

Bachillerato.

La universidad.

Formación profesional.

O simplemente otro año en el mismo centro.

Y si aparecen los nervios, recuerda algo importante:

Ya has vivido otros comienzos que también parecían difíciles antes de conocerlos.

Piensa en todo lo que en septiembre te preocupaba y que después acabaste haciendo con normalidad.

Aquella clase a la que no querías entrar.

Ese profesor que te imponía.

Ese examen que parecía imposible.

La presentación delante de los demás.

Hablar con alguien nuevo.

Ir solo a algún sitio.

Organizarte con más asignaturas.

Pedir ayuda.

Superar una decepción.

No significa que todo haya salido bien.

Probablemente algunas cosas fueron incluso más difíciles de lo que esperabas.

Pero tú tampoco eres exactamente la misma persona que empezó el curso. Has vivido cosas que entonces todavía no sabías que eras capaz de afrontar.

Y eso también cuenta.

No todo lo que salió mal significa que hayas fracasado

Quizá este curso no ha sido como imaginabas.

Puede que hayas suspendido.

Que hayas estudiado menos de lo que necesitabas.

Que te hayas confiado.

Que hayas procrastinado.

Que hayas tenido problemas con compañeros.

Que hayas perdido una amistad.

Que hayas pasado por dificultades familiares.

Que te hayas sentido solo.

Que hayas tenido ansiedad.

Que hayas estado desmotivado.

Que no hayas conseguido organizarte.

Que tu teléfono, las redes sociales, los videojuegos o cualquier otra distracción te hayan quitado más tiempo del que querías reconocer.

O quizá has hecho un esfuerzo enorme y aun así los resultados no han sido los esperados.

No todas las dificultades dependen de nosotros.

Y tampoco todas nuestras decisiones son completamente conscientes.

Nuestro estado emocional, la presión, el cansancio, nuestra historia, el ambiente familiar, las amistades, nuestras inseguridades o la necesidad de sentirnos aceptados pueden influir muchísimo en lo que hacemos.

Pero entender por qué hiciste algo no significa justificarlo todo.

Significa poder aprender.

Una de las preguntas más importantes al terminar el curso no es solamente:

“¿Qué me ha pasado?”

También es:

“¿Qué parte de lo ocurrido dependía de mí?”

Y esa pregunta necesita responderse sin machacarte, pero también sin engañarte.

Responsabilizarte no significa culparte

Hay una diferencia enorme entre culpa y responsabilidad.

La culpa suele decir:

“Soy un desastre.”

“Soy vago.”

“No sirvo para estudiar.”

“Siempre lo hago todo mal.”

“Soy peor que los demás.”

La responsabilidad pregunta:

“¿Qué hice?”

“¿Qué no hice?”

“¿Por qué ocurrió?”

“¿Qué estaba necesitando?”

“¿Qué decisión tomé?”

“¿Qué consecuencias tuvo?”

“¿Qué puedo hacer de otra manera la próxima vez?”

Cuando conviertes un error en una etiqueta sobre quién eres, es difícil cambiar.

Cuando lo conviertes en información, puedes aprender.

Quizá descubriste que dejarlo todo para el último día no te funciona.

Que necesitas pedir ayuda antes.

Que estudiar mirando continuamente el móvil te hace tardar el doble.

Que hay compañeros con los que te diviertes pero con los que acabas haciendo cosas que después no te gustan.

Que dormir poco te afecta mucho más de lo que pensabas.

Que cuando algo te sale mal enseguida piensas que no eres capaz.

Que has dedicado muchas horas a preocuparte y pocas a empezar.

Que necesitas aprender a organizarte.

O quizá descubriste algo completamente diferente:

Que eras mucho más responsable de lo que pensabas.

Que supiste reaccionar ante un problema.

Que conseguiste pedir ayuda.

Que te atreviste a hacer algo que te daba miedo.

Que mejoraste una asignatura.

Que pusiste límites a alguien.

Que sobreviviste a una etapa personal complicada mientras seguías intentando estudiar.

Eso también necesitas verlo.

No hagas balance únicamente mirando las notas

Las notas importan porque aportan información sobre determinados aprendizajes.

Pero no cuentan toda la historia de un curso.

Hay aprendizajes que nunca aparecerán en un boletín.

Aprender a hablar con alguien cuando tienes un problema.

Alejarte de una amistad que te hacía daño.

Reconocer que necesitas ayuda.

Tolerar una mala nota sin pensar que todo está perdido.

Descubrir que una asignatura que odiabas puede interesarte.

Atreverte a preguntar en clase.

Ser capaz de defender a un compañero.

Aprender a organizarte un poco mejor.

Aceptar que no siempre puedes hacerlo todo perfecto.

Volver después de haber suspendido.

Seguir intentándolo cuando estabas pasando por una etapa difícil.

Todo eso también es crecimiento.

Mira también tus decisiones

Durante el curso tomas cientos de pequeñas decisiones.

Algunas parecen poco importantes.

Estudio ahora o después.

Pregunto o me quedo con la duda.

Duermo o sigo con el móvil.

Voy a clase o falto.

Hago el trabajo o lo dejo para mañana.

Copio o intento hacerlo.

Me junto con estas personas o con otras.

Participo en una burla o me aparto.

Pido ayuda o escondo que estoy mal.

Le digo a alguien lo que me está molestando o acumulo hasta explotar.

Una decisión aislada probablemente no determina tu futuro.

Pero muchas pequeñas decisiones repetidas terminan construyendo hábitos.

Y los hábitos sí pueden cambiar mucho nuestra vida.

Por eso, quizá el final de curso sea un buen momento para preguntarte:

¿Qué decisiones me acercaron a la persona que quiero ser y cuáles me alejaron?

No se trata de exigirte perfección.

Se trata de conocerte mejor.

Si algo no salió bien, intenta comprender qué había detrás

Decir simplemente “no estudié” explica muy poco.

Puedes investigar un poco más.

¿Por qué no estudiabas?

¿Te aburría?

¿No entendías y te daba vergüenza preguntar?

¿Pensabas que aunque estudiaras suspenderías igualmente?

¿Te costaba empezar?

¿Te distraías constantemente?

¿Estabas agotado?

¿Dormías mal?

¿Estabas viviendo algo que ocupaba casi toda tu cabeza?

¿Necesitabas sentir que decidías tú y estudiar se había convertido en una batalla con tus padres?

¿Habías perdido la motivación?

¿Te comparabas continuamente?

¿Te daba miedo esforzarte mucho y descubrir que aun así podías suspender?

Dos alumnos pueden hacer exactamente lo mismo y tener motivos completamente diferentes.

Comprender el motivo es importante porque la solución también será diferente.

Y si este curso fue muy difícil…

Hay alumnos que terminarán el curso pensando:

“Lo he superado.”

Y otros quizá estén pensando:

“No he podido.”

También para ellos tiene que existir esta reflexión.

No siempre se supera todo a la primera.

A veces repetir, suspender, cambiar de centro, necesitar apoyo psicológico, recibir ayuda educativa o reconocer que algo nos supera forma parte del camino.

Lo importante es intentar que la experiencia no termine únicamente en:

“Me fue mal.”

Pregúntate:

¿Qué ocurrió?

¿Qué estaba atravesando?

¿Qué me faltó?

¿Qué ayuda necesitaba?

¿Qué intenté?

¿Qué hubiera podido hacer diferente?

¿Qué necesito cambiar ahora?

¿Qué necesito que cambien también los adultos que me acompañan?

Responsabilizar a un adolescente de lo que puede hacer no significa dejarle solo con lo que no puede resolver.

Para las familias: cuidado con convertir esta conversación en otro examen

Cuando un hijo termina el curso, los adultos podemos caer rápidamente en:

“Te lo dije.”

“Si hubieras estudiado…”

“Ya veremos el año que viene.”

“Con el móvil todo el día era normal.”

“Tu primo sí que…”

Probablemente ninguna de estas frases produzca demasiada reflexión.

Cuando una persona siente que va a ser juzgada, suele defenderse.

Minimiza.

Oculta.

Discute.

Se justifica.

O deja de hablar.

Si queremos que nuestros hijos desarrollen responsabilidad, necesitamos permitir que puedan pensar sobre sus errores sin sentir que reconocerlos va a convertirse inmediatamente en un castigo o un sermón.

Podemos preguntar:

“¿Qué crees que te ha funcionado este año?”

“¿Qué cambiarías?”

“¿Dónde crees que podemos ayudarte?”

“¿Qué necesitas empezar a hacer tú?”

“¿Hubo algo que nosotros no supimos ver?”

Escuchar sus respuestas puede enseñarnos mucho.

Incluso cuando no nos gustan.

No prepares septiembre únicamente comprando libros

Preparar un nuevo curso también puede significar conocerte mejor.

Puedes preguntarte:

¿Cómo estudio mejor?

¿A qué hora me concentro más?

¿Qué cosas me distraen?

¿Cómo sé que estoy empezando a saturarme?

¿A quién puedo pedir ayuda?

¿Qué asignaturas necesitarán más atención desde el principio?

¿Qué ocurrió el año pasado cuando empecé a dejarme llevar?

¿Qué hábitos quiero cambiar antes de que vuelvan a convertirse en un problema?

¿Qué personas me hacen bien?

¿Qué límites necesito aprender a poner?

¿Qué quiero hacer diferente cuando algo me dé miedo?

Cuando aparezca el miedo al nuevo curso

Quizá dentro de unas semanas empieces a pensar:

“No sé cómo será.”

“Seguro que será dificilísimo.”

“No voy a poder.”

Cuando ocurra, prueba a mirar hacia atrás.

Recuerda septiembre del año pasado.

Tampoco sabías todo lo que iba a ocurrir.

Y aun así fuiste avanzando día tras día.

Hubo cosas que salieron bien.

Otras regular.

Algunas mal.

Pero de todas ellas puedes sacar información.

La confianza no consiste en tener la seguridad de que todo va a salir bien.

Consiste en saber que, si aparecen dificultades, puedes intentar afrontarlas, pedir ayuda, aprender, corregir y volver a intentarlo.

No necesitas empezar septiembre sintiéndote completamente seguro.

Solo necesitas recordar que ya no empiezas desde cero.

Empiezas con la experiencia de todo lo vivido este año.

Preguntas para cerrar el curso

Busca un momento tranquilo. No necesitas responderlas todas de una vez.

Sobre cómo empezaste

¿Cómo me sentía al comenzar el curso?

¿Qué era lo que más miedo me daba?

¿Qué imaginaba que iba a ser muy difícil?

¿Qué terminó siendo más sencillo de lo que esperaba?

¿Qué fui aprendiendo a hacer con el paso de los meses?

Sobre lo que salió bien

¿De qué me siento orgulloso?

¿Qué conseguí que al principio parecía difícil?

¿Qué asignatura, habilidad o situación mejoré?

¿Qué hice bien aunque nadie me felicitara por ello?

¿Qué miedo conseguí afrontar?

¿Cuándo fui responsable?

¿Cuándo ayudé a alguien?

¿Qué descubrí sobre mí?

Sobre lo difícil

¿Qué fue lo que peor llevé este curso?

¿Qué situaciones me hicieron sufrir?

¿Cuándo pensé en abandonar o dejar de intentarlo?

¿Qué necesitaba en esos momentos?

¿Pedí ayuda?

Si no la pedí, ¿qué me lo impedía?

Sobre mis decisiones

¿Qué decisiones me ayudaron?

¿Qué decisiones terminaron perjudicándome?

¿Qué hice sabiendo que probablemente tendría consecuencias?

¿Por qué lo hice?

¿Qué estaba buscando en ese momento?

¿Qué podría hacer diferente si volviera a ocurrir?

Sobre mis hábitos

¿Cómo he dormido durante el curso?

¿Cuánto ha influido el móvil en mi concentración?

¿He dejado demasiadas cosas para el último momento?

¿He sabido organizarme?

¿Qué método de estudio me ha funcionado?

¿Cuándo rendía mejor?

¿Qué hábito debería empezar antes de septiembre?

Sobre mis relaciones

¿Con quién me he sentido yo mismo?

¿Qué amistades me han hecho bien?

¿Alguna relación me ha hecho sentir pequeño, inseguro o incómodo?

¿He hecho alguna cosa para encajar que realmente no quería hacer?

¿He tratado a los demás como me gustaría que me trataran?

¿Hay alguien a quien debería pedir perdón?

¿Hay alguien a quien debería dar las gracias?

¿Necesito alejarme de alguna relación o poner algún límite?

Sobre mis emociones

¿Qué emoción he sentido más este curso?

¿Qué situaciones me provocaban ansiedad?

¿Qué hacía cuando estaba enfadado?

¿Qué hago cuando estoy triste?

¿Sé reconocer cuándo necesito parar?

¿Qué hago cuando algo me sale mal?

¿Cómo me hablo cuando me equivoco?

Sobre el próximo curso

¿Qué quiero repetir?

¿Qué quiero dejar atrás?

¿Qué quiero empezar a hacer diferente?

¿Qué tres cosas dependen principalmente de mí?

¿Qué cosas necesitaré pedir a otros?

¿A quién puedo acudir si empiezo a sentirme desbordado?

¿Qué miedo tengo respecto al próximo curso?

¿Qué pruebas tengo de que quizá sea capaz de manejarlo mejor de lo que imagino?

¿Qué me gustaría poder decir de mí mismo cuando termine el próximo curso?

Una última pregunta

Imagina que puedes hablar durante cinco minutos con la persona que eras al empezar este curso.

Probablemente podrías contarle muchas cosas.

Podrías avisarle de errores.

Tranquilizarle respecto a algunos miedos.

Decirle que disfrute determinados momentos.

Animarle a pedir ayuda antes.

Recordarle que algunas personas que parecían imprescindibles dejarán de serlo.

O explicarle que aquello que ahora parece enorme terminará haciéndose más pequeño.

Ahora piensa en ti dentro de un año.

¿Qué crees que tu “yo” del futuro agradecería que empezaras a hacer desde hoy?

Quizá esa sea una buena manera de cerrar el curso.

No preguntándote únicamente qué nota has sacado.

Sino preguntándote:

¿Qué he aprendido de mí?

Porque aprobar asignaturas es importante.

Pero aprender a conocerte, responsabilizarte de tus decisiones, pedir ayuda cuando la necesitas, tolerar los errores y confiar poco a poco en tu capacidad para afrontar lo desconocido también forma parte de crecer.

No empiezas el próximo curso desde cero.

Empiezas desde todo lo que este año te ha enseñado.

Una reflexión para alumnos y familias antes de empezar una nueva etapa

Termina un curso y parece que lo único importante es saber si has aprobado, suspendido, pasado de curso o conseguido las notas que esperabas.

Pero un curso escolar es mucho más que unas calificaciones.

Durante estos meses has tenido que aprender contenidos, organizarte, levantarte muchos días sin ganas, conocer profesores nuevos, convivir con compañeros, afrontar exámenes, gestionar nervios, tomar decisiones, equivocarte, solucionar problemas, soportar decepciones y adaptarte a situaciones que probablemente en septiembre todavía no sabías cómo ibas a afrontar.

Por eso, antes de guardar la mochila y pasar página, merece la pena detenerse un momento.

No para juzgarte.

Para entenderte.

Porque mirar lo vivido puede ayudarte mucho más de lo que imaginas a empezar el próximo curso.

¿Recuerdas cómo te sentías hace un año?

Intenta volver mentalmente al comienzo del curso.

Quizá tenías miedo.

A los profesores nuevos.

A que las asignaturas fueran demasiado difíciles.

A no encajar.

A separarte de algunos amigos.

A conocer compañeros nuevos.

A no estar a la altura.

A suspender.

A equivocarte.

A que ocurriera algo que ni siquiera sabías explicar.

Hay comienzos que despiertan mucha incertidumbre porque nuestro cerebro se siente más tranquilo cuando sabe qué va a ocurrir.

Lo nuevo no siempre es peligroso, pero todavía no tenemos información suficiente para saber cómo será. Y por eso pueden aparecer nervios, inseguridad o pensamientos como:

“No voy a poder.”

“Va a ser demasiado difícil.”

“Seguro que me va mal.”

“No voy a conocer a nadie.”

“Los demás estarán más preparados que yo.”

Dentro de poco probablemente volverás a enfrentarte a algo parecido.

Un nuevo curso.

Quizá profesores diferentes.

Más dificultad.

Otros compañeros.

Un nuevo instituto.

Bachillerato.

La universidad.

Formación profesional.

O simplemente otro año en el mismo centro.

Y si aparecen los nervios, recuerda algo importante:

Ya has vivido otros comienzos que también parecían difíciles antes de conocerlos.

Piensa en todo lo que en septiembre te preocupaba y que después acabaste haciendo con normalidad.

Aquella clase a la que no querías entrar.

Ese profesor que te imponía.

Ese examen que parecía imposible.

La presentación delante de los demás.

Hablar con alguien nuevo.

Ir solo a algún sitio.

Organizarte con más asignaturas.

Pedir ayuda.

Superar una decepción.

No significa que todo haya salido bien.

Probablemente algunas cosas fueron incluso más difíciles de lo que esperabas.

Pero tú tampoco eres exactamente la misma persona que empezó el curso.

Has vivido cosas que entonces todavía no sabías que eras capaz de afrontar.

Y eso también cuenta.

No todo lo que salió mal significa que hayas fracasado

Quizá este curso no ha sido como imaginabas.

Puede que hayas suspendido.

Que hayas estudiado menos de lo que necesitabas.

Que te hayas confiado.

Que hayas procrastinado.

Que hayas tenido problemas con compañeros.

Que hayas perdido una amistad.

Que hayas pasado por dificultades familiares.

Que te hayas sentido solo.

Que hayas tenido ansiedad.

Que hayas estado desmotivado.

Que no hayas conseguido organizarte.

Que tu teléfono, las redes sociales, los videojuegos o cualquier otra distracción te hayan quitado más tiempo del que querías reconocer.

O quizá has hecho un esfuerzo enorme y aun así los resultados no han sido los esperados.

No todas las dificultades dependen de nosotros.

Y tampoco todas nuestras decisiones son completamente conscientes.

Nuestro estado emocional, la presión, el cansancio, nuestra historia, el ambiente familiar, las amistades, nuestras inseguridades o la necesidad de sentirnos aceptados pueden influir muchísimo en lo que hacemos.

Pero entender por qué hiciste algo no significa justificarlo todo.

Significa poder aprender.

Una de las preguntas más importantes al terminar el curso no es solamente:

“¿Qué me ha pasado?”

También es:

“¿Qué parte de lo ocurrido dependía de mí?”

Y esa pregunta necesita responderse sin machacarte, pero también sin engañarte.

Responsabilizarte no significa culparte

Hay una diferencia enorme entre culpa y responsabilidad.

La culpa suele decir:

“Soy un desastre.”

“Soy vago.”

“No sirvo para estudiar.”

“Siempre lo hago todo mal.”

“Soy peor que los demás.”

La responsabilidad pregunta:

“¿Qué hice?”

“¿Qué no hice?”

“¿Por qué ocurrió?”

“¿Qué estaba necesitando?”

“¿Qué decisión tomé?”

“¿Qué consecuencias tuvo?”

“¿Qué puedo hacer de otra manera la próxima vez?”

Cuando conviertes un error en una etiqueta sobre quién eres, es difícil cambiar.

Cuando lo conviertes en información, puedes aprender.

Quizá descubriste que dejarlo todo para el último día no te funciona.

Que necesitas pedir ayuda antes.

Que estudiar mirando continuamente el móvil te hace tardar el doble.

Que hay compañeros con los que te diviertes pero con los que acabas haciendo cosas que después no te gustan.

Que dormir poco te afecta mucho más de lo que pensabas.

Que cuando algo te sale mal enseguida piensas que no eres capaz.

Que has dedicado muchas horas a preocuparte y pocas a empezar.

Que necesitas aprender a organizarte.

O quizá descubriste algo completamente diferente:

Que eras mucho más responsable de lo que pensabas.

Que supiste reaccionar ante un problema.

Que conseguiste pedir ayuda.

Que te atreviste a hacer algo que te daba miedo.

Que mejoraste una asignatura.

Que pusiste límites a alguien.

Que sobreviviste a una etapa personal complicada mientras seguías intentando estudiar.

Eso también necesitas verlo.

No hagas balance únicamente mirando las notas

Las notas importan porque aportan información sobre determinados aprendizajes.

Pero no cuentan toda la historia de un curso.

Hay aprendizajes que nunca aparecerán en un boletín.

Aprender a hablar con alguien cuando tienes un problema.

Alejarte de una amistad que te hacía daño.

Reconocer que necesitas ayuda.

Tolerar una mala nota sin pensar que todo está perdido.

Descubrir que una asignatura que odiabas puede interesarte.

Atreverte a preguntar en clase.

Ser capaz de defender a un compañero.

Aprender a organizarte un poco mejor.

Aceptar que no siempre puedes hacerlo todo perfecto.

Volver después de haber suspendido.

Seguir intentándolo cuando estabas pasando por una etapa difícil.

Todo eso también es crecimiento.

Mira también tus decisiones

Durante el curso tomas cientos de pequeñas decisiones.

Algunas parecen poco importantes.

Estudio ahora o después.

Pregunto o me quedo con la duda.

Duermo o sigo con el móvil.

Voy a clase o falto.

Hago el trabajo o lo dejo para mañana.

Copio o intento hacerlo.

Me junto con estas personas o con otras.

Participo en una burla o me aparto.

Pido ayuda o escondo que estoy mal.

Le digo a alguien lo que me está molestando o acumulo hasta explotar.

Una decisión aislada probablemente no determina tu futuro.

Pero muchas pequeñas decisiones repetidas terminan construyendo hábitos.

Y los hábitos sí pueden cambiar mucho nuestra vida.

Por eso, quizá el final de curso sea un buen momento para preguntarte:

¿Qué decisiones me acercaron a la persona que quiero ser y cuáles me alejaron?

No se trata de exigirte perfección.

Se trata de conocerte mejor.

Si algo no salió bien, intenta comprender qué había detrás

Decir simplemente “no estudié” explica muy poco.

Puedes investigar un poco más.

¿Por qué no estudiabas?

¿Te aburría?

¿No entendías y te daba vergüenza preguntar?

¿Pensabas que aunque estudiaras suspenderías igualmente?

¿Te costaba empezar?

¿Te distraías constantemente?

¿Estabas agotado?

¿Dormías mal?

¿Estabas viviendo algo que ocupaba casi toda tu cabeza?

¿Necesitabas sentir que decidías tú y estudiar se había convertido en una batalla con tus padres?

¿Habías perdido la motivación?

¿Te comparabas continuamente?

¿Te daba miedo esforzarte mucho y descubrir que aun así podías suspender?

Dos alumnos pueden hacer exactamente lo mismo y tener motivos completamente diferentes.

Comprender el motivo es importante porque la solución también será diferente.

Y si este curso fue muy difícil…

Hay alumnos que terminarán el curso pensando:

“Lo he superado.”

Y otros quizá estén pensando:

“No he podido.”

También para ellos tiene que existir esta reflexión.

No siempre se supera todo a la primera.

A veces repetir, suspender, cambiar de centro, necesitar apoyo psicológico, recibir ayuda educativa o reconocer que algo nos supera forma parte del camino.

Lo importante es intentar que la experiencia no termine únicamente en:

“Me fue mal.”

Pregúntate:

¿Qué ocurrió?

¿Qué estaba atravesando?

¿Qué me faltó?

¿Qué ayuda necesitaba?

¿Qué intenté?

¿Qué hubiera podido hacer diferente?

¿Qué necesito cambiar ahora?

¿Qué necesito que cambien también los adultos que me acompañan?

Responsabilizar a un adolescente de lo que puede hacer no significa dejarle solo con lo que no puede resolver.

Para las familias: cuidado con convertir esta conversación en otro examen

Cuando un hijo termina el curso, los adultos podemos caer rápidamente en:

“Te lo dije.”

“Si hubieras estudiado…”

“Ya veremos el año que viene.”

“Con el móvil todo el día era normal.”

“Tu primo sí que…”

Probablemente ninguna de estas frases produzca demasiada reflexión.

Cuando una persona siente que va a ser juzgada, suele defenderse.

Minimiza.

Oculta.

Discute.

Se justifica.

O deja de hablar.

Si queremos que nuestros hijos desarrollen responsabilidad, necesitamos permitir que puedan pensar sobre sus errores sin sentir que reconocerlos va a convertirse inmediatamente en un castigo o un sermón.

Podemos preguntar:

“¿Qué crees que te ha funcionado este año?”

“¿Qué cambiarías?”

“¿Dónde crees que podemos ayudarte?”

“¿Qué necesitas empezar a hacer tú?”

“¿Hubo algo que nosotros no supimos ver?”

Escuchar sus respuestas puede enseñarnos mucho.

Incluso cuando no nos gustan.

No prepares septiembre únicamente comprando libros

Preparar un nuevo curso también puede significar conocerte mejor.

Puedes preguntarte:

¿Cómo estudio mejor?

¿A qué hora me concentro más?

¿Qué cosas me distraen?

¿Cómo sé que estoy empezando a saturarme?

¿A quién puedo pedir ayuda?

¿Qué asignaturas necesitarán más atención desde el principio?

¿Qué ocurrió el año pasado cuando empecé a dejarme llevar?

¿Qué hábitos quiero cambiar antes de que vuelvan a convertirse en un problema?

¿Qué personas me hacen bien?

¿Qué límites necesito aprender a poner?

¿Qué quiero hacer diferente cuando algo me dé miedo?

Cuando aparezca el miedo al nuevo curso

Quizá dentro de unas semanas empieces a pensar:

“No sé cómo será.”

“Seguro que será dificilísimo.”

“No voy a poder.”

Cuando ocurra, prueba a mirar hacia atrás.

Recuerda septiembre del año pasado.

Tampoco sabías todo lo que iba a ocurrir.

Y aun así fuiste avanzando día tras día.

Hubo cosas que salieron bien.

Otras regular.

Algunas mal.

Pero de todas ellas puedes sacar información.

La confianza no consiste en tener la seguridad de que todo va a salir bien.

Consiste en saber que, si aparecen dificultades, puedes intentar afrontarlas, pedir ayuda, aprender, corregir y volver a intentarlo.

No necesitas empezar septiembre sintiéndote completamente seguro.

Solo necesitas recordar que ya no empiezas desde cero.

Empiezas con la experiencia de todo lo vivido este año.

Preguntas para cerrar el curso

Busca un momento tranquilo. No necesitas responderlas todas de una vez.

Sobre cómo empezaste

¿Cómo me sentía al comenzar el curso?

¿Qué era lo que más miedo me daba?

¿Qué imaginaba que iba a ser muy difícil?

¿Qué terminó siendo más sencillo de lo que esperaba?

¿Qué fui aprendiendo a hacer con el paso de los meses?

Sobre lo que salió bien

¿De qué me siento orgulloso?

¿Qué conseguí que al principio parecía difícil?

¿Qué asignatura, habilidad o situación mejoré?

¿Qué hice bien aunque nadie me felicitara por ello?

¿Qué miedo conseguí afrontar?

¿Cuándo fui responsable?

¿Cuándo ayudé a alguien?

¿Qué descubrí sobre mí?

Sobre lo difícil

¿Qué fue lo que peor llevé este curso?

¿Qué situaciones me hicieron sufrir?

¿Cuándo pensé en abandonar o dejar de intentarlo?

¿Qué necesitaba en esos momentos?

¿Pedí ayuda?

Si no la pedí, ¿qué me lo impedía?

Sobre mis decisiones

¿Qué decisiones me ayudaron?

¿Qué decisiones terminaron perjudicándome?

¿Qué hice sabiendo que probablemente tendría consecuencias?

¿Por qué lo hice?

¿Qué estaba buscando en ese momento?

¿Qué podría hacer diferente si volviera a ocurrir?

Sobre mis hábitos

¿Cómo he dormido durante el curso?

¿Cuánto ha influido el móvil en mi concentración?

¿He dejado demasiadas cosas para el último momento?

¿He sabido organizarme?

¿Qué método de estudio me ha funcionado?

¿Cuándo rendía mejor?

¿Qué hábito debería empezar antes de septiembre?

Sobre mis relaciones

¿Con quién me he sentido yo mismo?

¿Qué amistades me han hecho bien?

¿Alguna relación me ha hecho sentir pequeño, inseguro o incómodo?

¿He hecho alguna cosa para encajar que realmente no quería hacer?

¿He tratado a los demás como me gustaría que me trataran?

¿Hay alguien a quien debería pedir perdón?

¿Hay alguien a quien debería dar las gracias?

¿Necesito alejarme de alguna relación o poner algún límite?

Sobre mis emociones

¿Qué emoción he sentido más este curso?

¿Qué situaciones me provocaban ansiedad?

¿Qué hacía cuando estaba enfadado?

¿Qué hago cuando estoy triste?

¿Sé reconocer cuándo necesito parar?

¿Qué hago cuando algo me sale mal?

¿Cómo me hablo cuando me equivoco?

Sobre el próximo curso

¿Qué quiero repetir?

¿Qué quiero dejar atrás?

¿Qué quiero empezar a hacer diferente?

¿Qué tres cosas dependen principalmente de mí?

¿Qué cosas necesitaré pedir a otros?

¿A quién puedo acudir si empiezo a sentirme desbordado?

¿Qué miedo tengo respecto al próximo curso?

¿Qué pruebas tengo de que quizá sea capaz de manejarlo mejor de lo que imagino?

¿Qué me gustaría poder decir de mí mismo cuando termine el próximo curso?

Una última pregunta

Imagina que puedes hablar durante cinco minutos con la persona que eras al empezar este curso.

Probablemente podrías contarle muchas cosas.

Podrías avisarle de errores.

Tranquilizarle respecto a algunos miedos.

Decirle que disfrute determinados momentos.

Animarle a pedir ayuda antes.

Recordarle que algunas personas que parecían imprescindibles dejarán de serlo.

O explicarle que aquello que ahora parece enorme terminará haciéndose más pequeño.

Ahora piensa en ti dentro de un año.

¿Qué crees que tu “yo” del futuro agradecería que empezaras a hacer desde hoy?

Quizá esa sea una buena manera de cerrar el curso.

No preguntándote únicamente qué nota has sacado.

Sino preguntándote:

¿Qué he aprendido de mí?

Porque aprobar asignaturas es importante.

Pero aprender a conocerte, responsabilizarte de tus decisiones, pedir ayuda cuando la necesitas, tolerar los errores y confiar poco a poco en tu capacidad para afrontar lo desconocido también forma parte de crecer.

No empiezas el próximo curso desde cero.Empiezas desde todo lo que este año te ha enseñado.

Te deseo lo mejor en tu verano y en tu nuevo curso.

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