
Digo verano como puede ser último cumpleaños juntos, últimas navidades, último viaje…
Hay parejas que este verano han viajado juntas, han compartido comidas, fotografías, familia, playa, planes y días de descanso sin saber que quizá haya sido su último verano como pareja.
Otras puede que sí lo hayan pensado.
Quizá durante una cena en silencio.
En una discusión que volvió a repetirse.
Mientras uno caminaba unos metros por delante del otro.
Al acostarse después de un día entero compartido y sentir, aun así, una enorme distancia.
O simplemente al aparecer una pregunta incómoda:
“¿Quiero seguir viviendo así?”
Septiembre suele traer rutinas, horarios, colegios, trabajo y obligaciones. Pero para algunas personas también trae algo más: la necesidad de mirar su relación.
Durante el año es relativamente fácil seguir funcionando.
Hay agendas.
Niños.
Trabajo.
Cansancio.
Compras.
Deporte.
Compromisos.
Problemas que resolver.
Y muchas relaciones consiguen mantenerse durante mucho tiempo dentro de esa maquinaria cotidiana sin que nadie se detenga realmente a preguntarse cómo están.
Las vacaciones cambian el escenario.
De repente hay más horas juntos.
Menos excusas para no hablar.
Más convivencia.
Más expectativas.
Más posibilidades de observar cómo nos sentimos cuando simplemente estamos con esa persona.
Y algunas parejas descubren que disfrutan de esa cercanía.
Otras descubren precisamente lo contrario.
Las vacaciones no rompen necesariamente una pareja
A veces escuchamos que después del verano aumentan las crisis o las separaciones y puede parecer que las vacaciones son las responsables.
Pero unas vacaciones rara vez destruyen por sí solas una relación que estaba bien.
Con frecuencia simplemente hacen más visible lo que durante meses había quedado escondido detrás de la rutina.
La dificultad para comunicarse.
La falta de intimidad.
El resentimiento acumulado.
La sensación de estar solos estando acompañados.
Las diferencias en la forma de educar.
El reparto desigual de responsabilidades.
La falta de deseo.
La ausencia de proyectos compartidos.
La sensación de no sentirse visto.
Los conflictos con las familias.
El dinero.
Los celos.
La pérdida de confianza.
O esa impresión difícil de explicar de que seguimos compartiendo una vida, pero ya no sabemos si estamos compartiendo una relación.
También puede ocurrir lo contrario.
Hay parejas que llegan agotadas a las vacaciones y, cuando desaparece parte de la presión cotidiana, vuelven a encontrarse.
Se ríen.
Hablan.
Recuperan el contacto.
Recuerdan por qué se eligieron.
Por eso no conviene interpretar automáticamente unas malas vacaciones como el final de una relación.
Lo importante es preguntarse qué han mostrado esas vacaciones acerca de cómo estamos realmente juntos.

Hay relaciones que llevan años esperando que algo cambie
En consulta aparecen muchas personas que llevan mucho tiempo formulándose las mismas preguntas.
Un año más.
Otro verano.
Otra Navidad.
Otro aniversario.
Otra crisis.
Otra reconciliación.
Otra promesa.
Y vuelven a pensar:
“Después del verano hablaremos.”
“Cuando los niños sean mayores.”
“Cuando termine esta etapa laboral.”
“Cuando estemos menos cansados.”
“Cuando cambie.”
“Cuando yo esté mejor.”
“Cuando tengamos más tiempo.”
El problema es que los años también pasan mientras esperamos.
Y a veces no estamos esperando realmente que la relación cambie.
Estamos esperando que algo externo tome la decisión por nosotros.
Esperar que sea el otro quien decida
Hay personas que saben desde hace tiempo que algo no funciona, pero no consiguen tomar una decisión.
Entonces empiezan a vivir en una especie de espera emocional.
Esperan que sea la otra persona quien termine la relación.
Que ocurra una discusión definitiva.
Que haya una infidelidad que justifique irse.
Que aparezca alguien nuevo.
Que suceda algo suficientemente grave como para no sentirse culpables por marcharse.
Es comprensible.
Tomar decisiones importantes implica asumir pérdidas, dudas y responsabilidad.
Pero dejar que nuestra vida quede suspendida esperando que otra persona decida también es una decisión.
Aunque parezca que no estamos haciendo nada.
Esperar que aparezca alguien que nos rescate
A veces una relación termina emocionalmente mucho antes de que termine formalmente.
Y entonces puede aparecer otra persona.
Alguien que escucha.
Que mira.
Que pregunta.
Que hace sentir deseado.
Que recuerda una parte de nosotros que parecía dormida.
No siempre esa tercera persona es la causa de la ruptura.
En ocasiones simplemente ilumina necesidades que llevaban mucho tiempo sin ser atendidas.
Pero también conviene ser prudente.
Cuando estamos emocionalmente vacíos, la atención de alguien nuevo puede sentirse extraordinariamente intensa.
Y podemos confundir el alivio con la compatibilidad.
La novedad con el amor.
La validación con un proyecto de vida.
Antes de pensar quién podría rescatarnos de nuestra relación, quizá necesitemos preguntarnos algo más difícil:
“¿Qué decisión tomaría sobre mi relación si no hubiera absolutamente nadie más esperando fuera?”

También existe la inercia
No todas las relaciones que continúan lo hacen porque ambos estén bien.
Algunas continúan porque llevan muchos años.
Porque hay hijos.
Porque existe una casa.
Una hipoteca.
Una economía compartida.
Familias mezcladas.
Amigos comunes.
Rutinas.
Recuerdos.
Una historia que pesa mucho.
Y miedo.
Miedo a equivocarse.
Miedo a estar solo.
Miedo a empezar de nuevo.
Miedo a hacer daño.
Miedo a arrepentirse.
Miedo a perder estabilidad.
Todo eso importa.
No deberíamos minimizarlo.
Separarse no consiste únicamente en dejar de convivir con alguien. Puede implicar reorganizar una vida entera.
Pero permanecer tampoco debería convertirse automáticamente en la opción menos dolorosa.
A veces quedarse durante años en una relación donde uno ha dejado de sentirse vivo también tiene un coste.
Y está la esperanza
La esperanza puede ser una enorme aliada en una pareja.
Permite atravesar momentos difíciles.
Perdonar.
Reparar.
Aprender.
Esperar mientras el otro atraviesa una crisis.
Comprender que las relaciones tienen etapas.
El problema aparece cuando confundimos esperanza con espera infinita.
Hay una diferencia entre:
“Estamos atravesando una dificultad y los dos estamos intentando cambiar algo”
y
“Llevo años esperando que algún día todo sea diferente.”
Las relaciones no cambian porque deseemos intensamente que cambien.
Cambian cuando las personas implicadas hacen cosas diferentes.
No todas las crisis significan que haya que separarse
Una pareja puede atravesar periodos muy difíciles y seguir teniendo una relación valiosa.
Puede haber distancia.
Pérdida de deseo.
Cansancio.
Problemas de comunicación.
Etapas de desconexión.
Crisis personales.
Dificultades económicas.
Duelo.
Enfermedad.
Crianza.
Estrés.
Cambios vitales.
Y aun así existir algo importante entre ambos.
La pregunta no debería ser únicamente:
“¿Tenemos problemas?”
Porque todas las relaciones los tienen.
Quizá sea más útil preguntarse:
“¿Qué hacemos con los problemas que tenemos?”
¿Podemos hablar?
¿Podemos escucharnos?
¿Reconocemos nuestra parte?
¿Intentamos reparar cuando hacemos daño?
¿Existe interés genuino por comprender al otro?
¿Hay disposición para cambiar comportamientos?
¿O siempre acabamos exactamente en el mismo lugar?

No se trata solo de preguntarse si todavía quieres a tu pareja
Podemos querer profundamente a alguien y, aun así, no saber construir una relación saludable con esa persona.
También podemos confundir amor con apego, historia compartida, necesidad, miedo a perder o dificultad para estar solos.
Por eso la pregunta:
“¿Le quiero?”
puede quedarse corta.
Tal vez necesitemos añadir:
“¿Me gusta la relación que estamos construyendo?”
Porque una relación no se sostiene únicamente por lo que sentimos.
También por cómo nos tratamos.
Algunas preguntas que quizá merezca la pena hacerse
No hace falta responderlas todas de una vez.
Ni tomar decisiones después de leerlas.
Pero quizá sí permitirnos contestarlas con sinceridad.
Sobre cómo estoy yo
¿Cómo me siento habitualmente dentro de esta relación?
¿Puedo ser yo mismo o siento que tengo que medir constantemente lo que digo, hago o necesito?
¿Me siento acompañado?
¿Me siento escuchado?
¿Me siento respetado?
¿Me siento querido de una manera que puedo reconocer y recibir?
¿Hay partes importantes de mí que he ido apagando para que la relación funcione?
¿Quién soy yo cuando estoy con esta persona?
¿Me gusta esa versión de mí?
Sobre lo que siento por mi pareja
¿Siento afecto?
¿Admiración?
¿Deseo?
¿Ternura?
¿Interés?
¿Curiosidad por su mundo?
¿O principalmente responsabilidad, costumbre o miedo a perder lo construido?
Cuando imagino que mi pareja entra por la puerta, ¿qué ocurre dentro de mí?
Cuando estamos separados unos días, ¿echo de menos a esa persona o simplemente la estructura de nuestra vida?
Sobre cómo nos relacionamos
¿Podemos hablar de lo difícil sin destruirnos?
¿Nos sentimos seguros emocionalmente el uno con el otro?
¿Podemos expresar necesidades sin que inmediatamente aparezca la defensa?
¿Sabemos pedir perdón?
¿Sabemos reparar?
¿Repetimos los mismos conflictos una y otra vez?
¿Los problemas se trabajan o simplemente se dejan enfriar hasta la siguiente vez?
Cuando uno sufre, ¿el otro intenta comprender o demostrar que tiene razón?
Sobre nuestras necesidades
¿Qué necesito actualmente de una relación?
¿Se lo he comunicado claramente a mi pareja?
¿Estoy esperando que lo adivine?
¿Qué necesita mi pareja?
¿Lo sé realmente?
¿Hay necesidades importantes de alguno de los dos que llevan mucho tiempo sin tener espacio?
¿Cuáles son negociables?
¿Cuáles no?
Sobre lo que anhelo
Si imaginara mi relación dentro de cinco años exactamente como está ahora, ¿cómo me sentiría?
¿Me tranquiliza?
¿Me entristece?
¿Me asusta?
¿Qué echo de menos?
¿Qué me gustaría recuperar?
¿Qué me gustaría construir que nunca hemos tenido?
¿Qué tipo de pareja quiero ser yo?
Sobre nuestra disposición real a cambiar
Esta quizá sea una de las preguntas más importantes.
¿Estamos dispuestos a trabajar en la relación o simplemente queremos que deje de doler sin cambiar nada?
Porque trabajar una relación implica algo más que decir:
“Voy a intentarlo.”
Puede implicar revisar cómo hablamos.
Aprender a escuchar.
Modificar comportamientos.
Poner límites.
Repartir responsabilidades.
Revisar heridas anteriores.
Trabajar los celos.
Recuperar espacios de intimidad.
Aceptar diferencias.
Ir a terapia.
Cambiar dinámicas familiares.
Reconocer errores.
Y, sobre todo, sostener esos cambios en el tiempo.
Podemos preguntar:
¿Qué estoy dispuesto a cambiar yo?
¿Qué no estoy dispuesto a seguir aceptando?
¿Qué necesitaría ver diferente para volver a confiar en la relación?
¿Qué necesitaría mi pareja de mí?
¿Estamos los dos implicados o uno lleva mucho tiempo intentando sostener el vínculo mientras el otro simplemente permanece?

Una pregunta especialmente incómoda
A veces puede ayudar preguntarse:
“Si conociera hoy a esta persona exactamente como es ahora, ¿volvería a elegirla?”
No para borrar toda vuestra historia.
La historia importa.
Pero precisamente porque llevamos años con alguien podemos dejar de preguntarnos si todavía existe una elección.
Y una pareja necesita, de alguna manera, seguir eligiéndose.
No necesariamente con la intensidad del comienzo.
Pero sí con alguna forma de:
“Quiero estar aquí.”
No solamente:
“No sé cómo irme.”
También conviene imaginar ambos caminos
Cuando alguien está atrapado en una relación suele imaginar con muchísimo detalle todo lo malo que podría ocurrir si se marcha.
La soledad.
Los hijos.
El dinero.
La vivienda.
Las familias.
El arrepentimiento.
Pero pocas veces hace el ejercicio contrario.
¿Qué puede ocurrir si me quedo y nada cambia?
¿Cómo estaré dentro de tres años?
¿Y dentro de diez?
¿Qué aprenderán mis hijos sobre las relaciones observando la nuestra?
¿Qué parte de mí seguirá creciendo?
¿Y cuál puede ir desapareciendo?
No se trata de utilizar estas preguntas para empujarnos a separarnos.
Se trata de mirar las dos decisiones completas.
Porque quedarse también tiene consecuencias.
Si queréis hablarlo juntos
Estas preguntas también pueden convertirse en una conversación de pareja.
Pero merece la pena elegir bien el momento.
No durante una discusión.
No cuando uno quiere demostrarle algo al otro.
No para sacar una lista de reproches.
Sino desde una intención diferente:
“Quiero saber dónde estamos.”
Podéis preguntaros:
¿Qué valoras todavía de nuestra relación?
¿Qué es lo que más te está doliendo últimamente?
¿Qué necesitas de mí que quizá no estás recibiendo?
¿Qué crees que necesito yo?
¿Qué echas de menos de nosotros?
¿Qué te gustaría que cambiara?
¿Qué estás dispuesto a cambiar tú?
¿Qué crees que todavía merece la pena cuidar?
¿Hay algo que llevas tiempo sin atreverte a decirme?
¿Quieres realmente intentar reconstruir nuestra relación?
Y después intentar escuchar las respuestas.
No solo preparar la defensa.
A veces la respuesta será quedarse y trabajar
Puede que después de hablar descubráis que debajo del cansancio todavía hay un vínculo importante.
Que todavía existe deseo de cuidarlo.
Que ambos reconocéis vuestra responsabilidad.
Que hay cosas dañadas, pero reparables.
Que necesitáis nuevas herramientas.
Que quizá habéis estado esperando cambios sin saber cómo producirlos.
Entonces una crisis puede convertirse en un punto de inflexión.
No para volver exactamente a la pareja que erais antes.
Sino para construir una relación diferente.
Y otras veces la respuesta puede ser aceptar que algo ha terminado
También puede ocurrir que uno de los dos ya no quiera continuar.
Que haya demasiado daño.
Que se hayan cruzado límites importantes.
Que no exista voluntad de cambio.
Que la relación lleve mucho tiempo sostenida únicamente por miedo, dependencia, obligación o costumbre.
Aceptar esto puede ser profundamente doloroso.
Pero una relación no fracasa necesariamente porque termine.
Hay relaciones que cumplieron una función importante durante muchos años.
Hubo amor.
Hubo crecimiento.
Hubo familia.
Hubo experiencias compartidas.
Y aun así pueden llegar a un final.
A veces cerrar una etapa también puede ser una forma de respeto hacia lo que fue.
Quizá septiembre no tenga que ser el mes de tomar una decisión
Pero sí puede convertirse en el momento de dejar de posponer ciertas preguntas.
Porque hay relaciones que necesitan una oportunidad.
Otras necesitan ayuda.
Otras necesitan límites.
Otras necesitan una conversación pendiente desde hace años.
Y algunas quizá necesiten una despedida.
No existe una única respuesta válida.
Cada pareja tiene su historia, sus circunstancias, sus heridas, sus responsabilidades y sus posibilidades.
Pero sí hay algo que todas merecen:
que las decisiones importantes no se tomen únicamente desde la inercia.
Quizá este haya sido vuestro último verano juntos.
O quizá haya sido el verano que os hizo daros cuenta de que todavía queréis construir muchos más.
Lo importante no es saberlo hoy.
Lo importante es empezar a preguntaros, con toda la sinceridad posible:
¿Dónde estamos?
¿Qué necesitamos?
¿Qué seguimos eligiendo?
¿Qué tendría que cambiar?
¿Y estamos realmente dispuestos a hacerlo?
Porque a veces una relación no necesita que decidamos inmediatamente si quedarnos o marcharnos.
Necesita primero que dejemos de mirar hacia otro lado.
Te comparto que sale nuestro libro AMOR 52 semanas para cuidar la pareja.