
Y atravesarlos también es vivir.
Este verano no solo pacientes sino amigas, conocidas se han debatido entre la vida y la muerte y siguen haciéndolo. O han acompañado a sus padres en sus últimos meses, semanas y días…
Desde aquí quiero dedicar unas palabras a todas aquellas personas que este verano han estado enfermas, ingresadas, esperando un diagnóstico, recuperándose de una intervención, afrontando un empeoramiento o simplemente intentandolo un día más.
Y también a quienes han estado al otro lado: acompañando a una persona querida, pasando noches en un hospital, esperando resultados, cuidando, preocupándose, intentando transmitir calma cuando por dentro también tenían miedo.
Sé que mientras alrededor se hablaba de vacaciones, viajes, terrazas, fiestas y momentos felices, para algunas personas el verano ha significado hospitales, incertidumbre, cansancio, dolor y muchas emociones difíciles de nombrar.
Y no siempre es fácil ver cómo la vida parece continuar para los demás cuando la propia vida se ha detenido.
Es normal sentir tristeza.
Es normal tener miedo.
Es normal estar cansado.
Es normal preguntarse «¿por qué a nosotros?».
Es normal incluso no tener fuerzas para agradecer, sonreír o mostrarse fuerte.
No hay una manera correcta de vivir una enfermedad ni de acompañar a alguien que queremos.
Desde la psicología sabemos que atravesar una situación de enfermedad no afecta únicamente al cuerpo. También puede sacudir nuestra sensación de seguridad, nuestra percepción del futuro, nuestras rutinas, nuestras relaciones y nuestra manera de mirar la vida.
Por eso, si este verano ha sido así para ti, no te exijas volver a ser quien eras antes de que todo esto ocurriera de un día para otro.
Date tiempo y cuídate. Pide ayuda no tienes que hacerlo sola.
Y si has estado acompañando, recuerda también que cuidar no significa olvidarte de ti. Quien acompaña también necesita descanso, apoyo, espacios para desahogarse y permiso para reconocer que no siempre puede con todo.
Quizá este verano no ha dejado las fotografías que imaginabas.
Quizá ha dejado otras: conversaciones en pasillos, manos que sostienen, silencios compartidos, lágrimas escondidas, pequeñas mejorías, personas que estuvieron, gestos que no olvidarás.
Y eso también forma parte de la vida.

No quiero decirte que «todo pasa por algo».
Ni que tienes que encontrarle un aprendizaje.
Ni que tienes que ser fuerte. etc etc…
Solo quiero recordarte algo:
Has hecho lo que has podido con lo que te ha tocado vivir. Y eso merece ser reconocido primero por ti.
A quienes habéis estado enfermos.
A quienes habéis estado ingresados.
A quienes habéis cuidado.
A quienes habéis esperado.
A quienes habéis tenido miedo.
O aún estáis ahí.
Ojalá poco a poco llegue el momento de volver a respirar con un poco más de calma.
Y cuando llegue, no tengas prisa.
También mereces recuperarte de todo lo que has tenido que atravesar.
Te abrazo fuerte.
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