
Volver después del verano no siempre es tan sencillo como guardar la maleta y poner el despertador.
Hay personas que retoman septiembre con ganas, cierta ilusión por recuperar rutinas o incluso agradeciendo volver a una estructura más ordenada. Pero para otras la vuelta se hace bastante más cuesta arriba. Aparece cansancio, irritabilidad, dificultad para concentrarse, peor humor, sensación de agobio o ese pensamiento bastante reconocible de “no puedo con todo esto otra vez”.
Y no hace falta que haya ocurrido nada grave.
A veces simplemente estamos notando el contraste.
Durante las vacaciones cambia nuestra relación con el tiempo. Aunque no todo el mundo descanse igual ni todas las vacaciones sean realmente reparadoras, suele haber menos horarios, menos obligaciones simultáneas y algo más de margen para decidir qué hacer y cuándo hacerlo.
Nos levantamos más tarde, improvisamos más, estamos más tiempo fuera de casa, vemos a otras personas, comemos de otra manera, dormimos distinto o simplemente dejamos de mirar constantemente el reloj.
Y de pronto volvemos.
Vuelven los despertadores, los desplazamientos, los correos, las reuniones, las mochilas, las actividades, la compra, los deberes, las prisas, la conciliación y todas esas pequeñas decisiones que ocupan muchísimo espacio mental aunque a veces ni siquiera seamos conscientes de ello.
Por eso la vuelta no es únicamente volver al trabajo.
Es volver a un ritmo.
Y el cuerpo también tiene que adaptarse a ese cambio.
A veces empezamos a sufrir antes de haber vuelto
Hay algo que ocurre con frecuencia y que tiene mucho que ver con la ansiedad: la anticipación.
Todavía estamos de vacaciones y nuestra cabeza ya está en el lunes.
Pensamos en los correos acumulados, en todo lo que habrá que resolver, en madrugar, en preparar a los niños, en las reuniones pendientes o en esa agenda que sabemos que va a volver a llenarse rápidamente.
Y entonces empezamos a vivir mentalmente una situación que todavía no está ocurriendo.
El último domingo puede dejar de ser domingo porque nuestra cabeza ya está en el trabajo.
Los últimos días de agosto o los primeros de septiembre se convierten en una especie de cuenta atrás.
“No quiero que llegue.”
“Mañana otra vez.”
“Qué rápido se ha terminado.”
La anticipación activa nuestro malestar antes de que exista realmente la demanda.
Y cuando finalmente volvemos ya podemos hacerlo con una sensación importante de cansancio previo.
¿Existe realmente el síndrome postvacacional?
Se habla mucho de “síndrome postvacacional”, pero conviene poner un poco de contexto.
No estamos hablando de un trastorno psicológico.
Es bastante normal que durante unos días aparezcan cansancio, apatía, irritabilidad, cierta dificultad para concentrarse, sueño alterado o sensación de desorganización.
Nuestro cuerpo y nuestra cabeza están reajustándose a horarios, demandas y ritmos diferentes.
Eso no significa necesariamente que algo vaya mal.
El problema es convertir cualquier incomodidad en una patología.
Ahora bien, también conviene observar cuánto dura ese malestar, qué intensidad tiene y qué ocurre cuando pasan las primeras semanas.
Porque a veces septiembre simplemente cuesta.
Pero otras veces la vuelta hace visible algo que ya estaba ahí.
Quizá no siempre nos cuesta volver de vacaciones
Hay una pregunta interesante que podemos hacernos:
¿Me cuesta volver porque se han terminado las vacaciones o me cuesta volver a la vida que tenía antes?
No es lo mismo.
Puede que lo que pese sea un trabajo que nos genera mucha tensión.
O un nivel de exigencia que llevamos meses sosteniendo.
Una agenda permanentemente llena.
Una conciliación complicada.
La sensación de no tener nunca tiempo propio.
Una relación que nos preocupa.
Un cansancio acumulado que las vacaciones han aliviado, pero no han resuelto.
O simplemente una forma de vivir en la que prácticamente todo nuestro tiempo está organizado alrededor de obligaciones.
Las vacaciones generan contraste.
Y a veces ese contraste nos permite notar cosas que durante el año hemos normalizado.
Quizá hemos dormido mejor.
Quizá hemos tenido menos dolor de cabeza.
Quizá hemos estado más pacientes.
Quizá hemos necesitado menos el móvil.
Quizá hemos discutido menos.
Quizá nos hemos sentido más presentes.
Y cuando volvemos, algunas sensaciones reaparecen rápidamente.
Eso puede resultar incómodo, pero también puede darnos información.
No para tomar decisiones impulsivas ni para pensar que debemos cambiar nuestra vida entera en septiembre.
Simplemente para observar.

El error de querer recuperar toda nuestra vida en 24 horas
Hay algo bastante típico en la vuelta.
Llegamos de vacaciones y parece que el lunes tiene que estar todo funcionando perfectamente.
La casa organizada.
La nevera llena.
Los correos contestados.
El gimnasio retomado.
La alimentación perfecta.
Los horarios de sueño corregidos.
Las actividades de los niños organizadas.
Los objetivos del curso definidos.
Y, si puede ser, con buen humor.
Es una exigencia bastante poco realista.
Volver también necesita transición.
No hace falta resolver todo lo pendiente en dos días.
Priorizar puede ser mucho más útil que intentar recuperar inmediatamente el control de todo.
¿Qué necesita realmente mi atención esta semana?
¿Qué puede esperar?
¿Qué estoy intentando resolver únicamente porque me incomoda tener algo pendiente?
Separar lo urgente de lo importante ayuda a reducir bastante la sensación de saturación.
Recuperar la rutina sin convertirla en una carrera
El cuerpo agradece volver poco a poco a ciertas referencias.
El sueño suele ser una de las primeras.
Durante el verano cambiamos bastante los horarios y volver a acostarnos y levantarnos a determinadas horas puede costar unos días.
También ayuda recuperar comidas más regulares, movimiento físico, exposición a luz natural y cierta estructura cotidiana.
Pero estructura no significa llenar cada espacio.
Septiembre tiene algo curioso: además de volver, muchas veces intentamos empezar una vida nueva.
Gimnasio.
Idiomas.
Dieta.
Curso.
Organización.
Nuevas rutinas.
Objetivos.
Y a veces lo que necesitamos al volver no es añadir más cosas.
Es dejar algo de margen.
No guardemos todo lo agradable hasta las próximas vacaciones
Este punto me parece especialmente importante.
A veces nuestra vida queda organizada de una manera bastante extrema: durante meses trabajamos, cumplimos obligaciones y vamos tirando. Y después esperamos las vacaciones como el único momento en el que podremos descansar de verdad.
Si todo lo agradable queda reservado para unas pocas semanas al año, es lógico que volver se haga difícil.
Quizá podemos preguntarnos qué pequeñas cosas del verano pueden seguir existiendo en septiembre.
Un paseo al final del día.
Tomar algo en una terraza.
Leer.
Ver a alguien que nos hace bien.
Salir al campo.
Tener una tarde sin planes.
Cenar fuera un viernes.
Dormir un poco más el fin de semana.
No hace falta reproducir las vacaciones.
Se trata de no construir una rutina completamente desprovista de descanso, disfrute y espacios propios.
Preguntarnos qué es exactamente lo que nos pesa
Cuando decimos “me cuesta volver” estamos agrupando muchas cosas diferentes.
Por eso puede ayudar concretar.
¿Me cuesta madrugar?
¿El trabajo?
¿El trayecto?
¿La conciliación?
¿El ritmo de las tardes?
¿La falta de tiempo?
¿La sensación de tener demasiadas responsabilidades?
¿Volver a determinadas relaciones?
¿No tener espacio para mí?
Cuanto más específica sea la pregunta, más posibilidades tenemos de encontrar algún cambio posible.
Porque quizá no podemos modificar nuestro trabajo ahora mismo.
Pero sí revisar cómo organizamos las tardes.
Quizá no podemos eliminar determinadas obligaciones.
Pero sí dejar de añadir otras.
Quizá no podemos cambiar completamente nuestro horario.
Pero podemos proteger algún espacio semanal.
Los cambios pequeños suelen ser mucho más sostenibles que las grandes promesas de septiembre.
Y si cada vuelta se hace insoportable
Si el malestar se mantiene durante semanas, aumenta, interfiere de forma importante en el sueño, el trabajo, las relaciones o el funcionamiento cotidiano, merece la pena prestarle más atención.
No tanto porque “volver de vacaciones” sea el problema, sino porque quizá la vuelta está señalando algo que necesita ser entendido.
A veces necesitamos descansar.
Otras veces necesitamos cambiar algo.
Y otras necesitamos ayuda para comprender por qué estamos viviendo nuestro día a día con tanta tensión.
Las vacaciones pueden aliviar muchas cosas temporalmente.
Pero no siempre resuelven aquello que nos estaba desgastando antes de irnos.
Por eso quizá septiembre también puede servir para observar.
No únicamente para llenar la agenda de nuevos propósitos.
Sino para preguntarnos cómo estamos viviendo.
Qué nos hace bien.
Qué nos está agotando.
Qué hemos echado de menos durante las vacaciones.
Y, curiosamente, qué no hemos echado de menos en absoluto.
Porque las vacaciones no deberían ser el único lugar de nuestra vida en el que podemos descansar, disfrutar o sentir que tenemos tiempo.
Quizá la vuelta también pueda ayudarnos a construir una vida cotidiana de la que no necesitemos estar deseando escapar constantemente.