
Llega septiembre y, casi al mismo tiempo que compramos cuadernos, revisamos horarios y recuperamos los despertadores, aparece otra tarea en muchas familias:
¿A qué le apuntamos este año?
Inglés.
Fútbol.
Baile.
Robótica.
Piano.
Natación.
Refuerzo.
Teatro.
Judo.
Ajedrez.
Y empieza una especie de puzle familiar en el que intentamos encajar horarios, trabajo, colegio, hermanos, desplazamientos y actividades.
A veces cuesta más cuadrar la semana de un niño de ocho años que la agenda de un adulto.
Las actividades extraescolares pueden aportar muchísimo. Sería injusto presentarlas como algo negativo. Pueden descubrir intereses que el colegio no alcanza a mostrar, favorecer relaciones sociales, ofrecer experiencias de competencia y autonomía, permitir movimiento, creatividad, expresión artística, pertenencia a un equipo o simplemente proporcionar un espacio en el que un niño se siente bien.
Hay niños que encuentran en una cancha, en una piscina, en una escuela de música o en un taller de teatro una parte importante de sí mismos.
El problema empieza cuando dejamos de mirar al niño que tenemos delante y comenzamos a organizar su infancia desde las necesidades, los temores o las expectativas de los adultos.
Y septiembre se presta mucho a eso.
Antes de preguntarnos a qué apuntarle, quizá convendría preguntarnos por qué.
Las razones pueden ser muy diferentes.
Y no todas dependen realmente de una elección.
Muchas familias necesitan cubrir las horas que quedan entre la salida del colegio y el final de su jornada laboral. No tienen abuelos disponibles, redes de apoyo ni posibilidades reales de reducir horarios.
En esos casos una extraescolar también cumple una función de cuidado.
Conviene decirlo porque resulta muy fácil recomendar “más tardes libres” cuando alguien tiene a otra persona esperando a sus hijos a las cinco.
La conciliación continúa siendo, para muchas familias, un problema estructural que termina resolviéndose como se puede.
Hay otras razones.
Queremos que hagan deporte porque pasan demasiadas horas sentados.
Que aprendan inglés porque sabemos que les será útil.
Que conozcan la música.
Que prueben actividades diferentes.
Que hagan amigos fuera del colegio.
Que tengan un espacio propio.
Todo eso puede tener sentido.
Pero hay motivos menos visibles que también merecen ser observados.
A veces apuntamos a nuestros hijos a cosas que nosotros hubiéramos querido hacer.
“A mí nunca me llevaron a música y siempre me quedó esa espinita.”
O intentamos evitarles algo que nos dolió.
“Yo lo pasé fatal porque no sabía inglés y no quiero que le ocurra.”
O imaginamos que empezar muy pronto les dará una ventaja en el futuro.
“Si empieza ahora, llegará mucho más lejos.”
Incluso podemos buscar, sin ser del todo conscientes, sentirnos buenos padres a través de sus oportunidades.
Queremos ofrecerles todo aquello que quizá nosotros no tuvimos.
Es comprensible.
El problema aparece cuando confundimos dar oportunidades con asegurarnos de que las aprovechen como nosotros imaginamos.
Porque nuestros hijos no han venido a completar nuestra biografía.
Puede que aquello que a ti te hubiera hecho inmensamente feliz a los diez años a tu hijo le aburra soberanamente.
Y también puede ocurrir al revés.

“Quiero que aproveche el tiempo”
Esta frase merece un momento.
¿Qué significa exactamente aprovechar el tiempo cuando hablamos de infancia?
Hacer inglés puede ser aprovecharlo.
Entrenar también.
Aprender piano.
Leer.
Pero pasar una hora construyendo una cabaña con cojines también.
Bajar al parque sin ningún objetivo.
Inventar un juego absurdo.
Aburrirse durante un rato.
Dibujar sin que nadie le enseñe cómo hacerlo.
Hablar con su hermano.
Estar en casa.
No hacer nada especialmente productivo.
Una parte de la infancia necesita espacios que no estén organizados por adultos.
No porque todo el tiempo libre vaya a transformarse mágicamente en creatividad o en una experiencia maravillosa. A veces los niños se aburrirán, protestarán, discutirán o pedirán una pantalla.
También eso forma parte de aprender a gestionar el tiempo propio.
Cuando cada tarde tiene horario, profesor, equipación, instrucciones y objetivos, quedan menos oportunidades para decidir:
“¿Y ahora qué hago?”
Esa pequeña pregunta tiene bastante más valor del que parece.

Las extraescolares pueden ser extraordinarias
Cuando una actividad encaja con el niño, puede convertirse en una fuente enorme de bienestar.
Un deporte puede ayudarle a descubrir que su cuerpo es fuerte y capaz.
El teatro puede ofrecer un lugar inesperado a un niño tímido.
La música puede convertirse en una forma de expresar emociones que todavía no sabe explicar.
Un equipo puede darle sentido de pertenencia.
Una disciplina artística o deportiva también enseña algo que hoy cuesta especialmente: repetir, frustrarse, esperar, practicar y comprobar que mejorar requiere tiempo.
Y hay profesores, entrenadores y monitores que se convierten en adultos significativos en la vida de un niño.
Adultos que ven capacidades que quizá todavía nadie había visto.
Que acompañan.
Que ponen límites.
Que enseñan.
Que hacen sentirse competente a alguien que en otros contextos no se siente así.
Eso también es infancia.
Por eso sería simplista concluir que “los niños tienen demasiadas extraescolares” como una verdad universal.
Hay niños con agendas aparentemente intensas que están encantados.
Y otros que con una sola actividad ya están desbordados.
Hay adolescentes que entrenan muchas horas porque aman profundamente su deporte y encuentran allí amigos, identidad y bienestar.
No podemos decidir si una agenda es excesiva contando únicamente las actividades.
Tenemos que mirar cómo está viviendo ese niño esa agenda.

Porque una actividad buena también puede empezar a pesar
A veces lo vemos poco a poco.
El niño sale del colegio, merienda deprisa en el coche, se cambia mientras llega al entrenamiento, vuelve a casa tarde, cena, hace deberes, prepara la mochila y se acuesta.
Al día siguiente, otra vez.
Y otra.
Desde fuera parece organizado.
Por dentro puede estar agotado.
Entonces aparecen irritabilidad, discusiones por cualquier cosa, dificultad para levantarse, dolores de barriga antes de una actividad, problemas para dormir, lloros que parecen desproporcionados, más enfados, rechazo constante a salir de casa o una frase repetida:
“No quiero ir.”
Eso merece ser escuchado.
Pero escuchar tampoco significa cancelar una actividad cada vez que un niño dice que no quiere ir.
Hay días en que tampoco nosotros queremos trabajar.
Un niño puede resistirse porque está cansado, porque ha discutido con un compañero, porque atraviesa una fase de inseguridad o porque aprender algo difícil también frustra.
Abandonar inmediatamente ante cualquier incomodidad tampoco le enseña demasiado.
Necesitamos mirar el conjunto.
¿Es una protesta puntual o lleva semanas así?
¿Cuando llega disfruta aunque le costara salir de casa?
¿Se siente seguro?
¿Hay algún problema con compañeros o adultos?
¿La actividad le sigue interesando?
¿Está pudiendo descansar?
¿Está viviendo la experiencia como suya o como algo que tiene que hacer para no decepcionarnos?
Ahí suele estar mucha de la información.

Cuando la afición empieza a convertirse en una deuda con los padres
Hay frases que muchos niños conocen muy bien:
“Con lo que cuesta y ahora dices que no quieres ir.”
“Fuiste tú quien pidió apuntarte.”
“No puedes dejar todo lo que empiezas.”
“Tienes unas condiciones increíbles, sería una pena desaprovecharlas.”
“Yo a tu edad hubiera dado cualquier cosa por tener esta oportunidad.”
Algunas contienen una parte razonable.
Claro que podemos enseñar compromiso.
Claro que conviene aprender que una decisión tiene cierta continuidad.
Claro que muchas habilidades requieren atravesar momentos en los que apetece abandonar.
Pero hay una diferencia importante entre enseñar perseverancia y convertir una actividad infantil en una obligación emocional hacia los padres.
Un niño no debería continuar durante años haciendo algo que detesta porque sus padres han invertido dinero, porque tiene talento o porque abandonar se interpreta automáticamente como falta de constancia.
A veces dejar una actividad también es aprender.
Aprender qué me gusta.
Qué no.
Qué estoy dispuesto a esforzarme por conseguir.
Qué etapa ha terminado.
Incluso los adultos cambiamos de gimnasio, de aficiones, de proyectos y de trabajos.
Curiosamente, a veces pedimos a los niños una certeza vocacional que nosotros tampoco tenemos.

El peligro de convertir todas sus capacidades en rendimiento
Hay niños rápidos.
Ágiles.
Musicales.
Buenos dibujando.
Con facilidad para los idiomas.
Y enseguida aparece alrededor una maquinaria adulta:
“Tiene potencial.”
Entonces vienen más entrenamientos.
Más clases.
Competiciones.
Exámenes.
Pruebas.
Objetivos.
Aquello que empezó como placer puede convertirse lentamente en evaluación.
No ocurre siempre. Hay niños y adolescentes que disfrutan muchísimo de la competición y quieren avanzar, entrenar más y asumir desafíos mayores.
Pero conviene comprobar de vez en cuando que detrás del rendimiento sigue existiendo una persona.
Una persona que necesita saber que su valor no cambia si queda primero, cuarto o último.
Que puede tener talento y decidir no convertirlo en profesión.
Que puede tocar bien el piano sin querer presentarse a un concurso.
Que puede jugar extraordinariamente al fútbol y, aun así, preferir jugar por placer.
Los dones de nuestros hijos no son proyectos familiares.

Hay otro extremo que tampoco ayuda demasiado
También podemos equivocarnos intentando protegerles de cualquier exigencia.
Si dejamos que abandonen cada actividad cuando llega la frustración, si evitamos todo aquello que les cuesta o si pensamos que disfrutar significa estar motivado permanentemente, podemos privarles de aprendizajes importantes.
Aprender algo requiere momentos aburridos.
Hay entrenamientos malos.
Días en los que no sale una pieza.
Clases en las que uno se siente torpe.
Partidos que se pierden.
Compañeros mejores que nosotros.
El bienestar infantil no consiste en eliminar cualquier incomodidad.
Consiste también en que puedan atravesarla acompañados y descubrir que son capaces.
Por eso necesitamos algo bastante más difícil que decidir entre “muchas” o “pocas” extraescolares.
Necesitamos observar.
¿Cómo saber si quizá estamos llenando demasiado su semana?
No existe un número perfecto de actividades que sirva para todas las familias.
Dos extraescolares pueden ser excesivas para un niño que sale tarde del colegio, necesita mucho descanso y tiene desplazamientos largos.
Cuatro pueden funcionar para otro adolescente que ha elegido esas actividades, disfruta con ellas y conserva tiempo suficiente para dormir, estudiar, estar con amigos y descansar.
Más útil que contar actividades es revisar de vez en cuando algunas cosas:
- ¿Duerme las horas que necesita o estamos robándole sueño para que todo quepa?
- ¿Tiene algún rato durante la semana que no esté decidido de antemano?
- ¿Puede jugar, hablar, descansar o simplemente quedarse en casa?
- ¿La mayoría de las actividades responden a intereses suyos o fundamentalmente nuestros?
- ¿Cómo está emocionalmente desde que empezó el curso?
- ¿Hay demasiadas prisas, trayectos y conflictos familiares alrededor de sus horarios?
- ¿Tiene tiempo para relacionarse con nosotros sin que todo consista en “date prisa”, “llegamos tarde”, “haz los deberes” y “prepara la mochila”?
- ¿Sabe que puede decirnos que algo no le gusta sin sentir que nos decepciona?
- ¿Seguimos escuchando lo que necesita este año o mantenemos automáticamente la agenda del año pasado?
- Y una especialmente incómoda: si esta actividad desapareciera mañana, ¿a quién le daría más pena, a nuestro hijo o a nosotros?

Septiembre también despierta nuestros miedos como padres
Queremos prepararles para un futuro incierto.
Idiomas.
Tecnología.
Deporte.
Habilidades sociales.
Disciplina.
Creatividad.
Todo parece necesario.
Y es fácil sentir que, si no ofrecemos suficientes oportunidades, nuestros hijos se quedarán atrás.
Pero una infancia no puede construirse permanentemente alrededor del miedo a quedarse atrás.
No todo tiene que empezar a los cuatro años.
No todas las habilidades necesitan cultivarse desde pequeños.
No perderán necesariamente su oportunidad porque empiecen más tarde.
Y quizá tampoco necesiten ser buenos en tantas cosas.
Hay algo agotador en esa idea contemporánea de que cada capacidad debe desarrollarse, cada tarde debe aprovecharse y cada interés infantil debería convertirse rápidamente en una clase.
A veces un niño necesita simplemente tener diez años.
También deberíamos preguntarnos cómo están viviendo las familias esta carrera
Porque las agendas infantiles afectan a toda la casa.
Hay padres que salen del trabajo corriendo para convertirse durante tres horas en conductores.
Hermanos esperando entrenamientos.
Cenas tardías.
Conversaciones dentro del coche.
Fines de semana organizados alrededor de competiciones.
Presupuestos familiares sometidos a un esfuerzo considerable.
Y una sensación frecuente de no llegar a nada.
Si una actividad genera bienestar en el niño pero está dejando exhausta a toda la familia, también merece revisarse.
No porque los adultos tengan que estar cómodos permanentemente.
Criar implica renuncias.
Pero el bienestar familiar es un sistema. Lo que ocurre a uno afecta a los demás.
A veces necesitamos aceptar algo muy poco espectacular:
no podemos ofrecerles todo.
Y probablemente tampoco lo necesitan.
¿Y qué podemos hacer desde los colegios?
Los centros educativos también pueden ayudar a cambiar cierta cultura de hiperocupación.
Recordando a las familias que el descanso forma parte del desarrollo.
Evitando transmitir que un buen alumno es aquel que además hace idiomas, deporte, música, tecnología y cualquier otra actividad disponible.
Mirando con atención a esos niños que llegan cansados.
Hablando con las familias cuando observan cambios importantes.
Coordinando, cuando sea posible, las demandas académicas para que las tardes no se conviertan simplemente en una prolongación del colegio.
Y ofreciendo actividades desde una mirada educativa, no exclusivamente competitiva.
Una extraescolar puede ser un lugar maravilloso para aprender.
También debería poder seguir siendo un lugar donde jugar.

Quizá la pregunta de septiembre no sea “¿a qué le apuntamos?”
Podríamos probar con otra conversación.
Sentarnos.
Mirar el horario real.
Escuchar al niño.
Explicar también nuestras necesidades.
“Necesitamos que dos tardes estés aquí porque nosotros estamos trabajando.”
“Sabemos que te apetece probar baloncesto.”
“Este año vas a tener más deberes.”
“Queremos proteger algún día para que puedas descansar.”
No hace falta fingir que los hijos toman todas las decisiones de una familia. No es así.
Los adultos organizamos, ponemos límites, decidimos cuestiones económicas y conciliamos necesidades que los niños todavía no pueden comprender completamente.
Pero sí podemos hacerles partícipes de su propia vida.
Y revisar.
Porque lo que funcionaba con siete años quizá no funcione con nueve.
Porque un niño puede enamorarse de una actividad que inicialmente no quería probar.
Y puede cansarse de otra que adoró durante tres años.
Porque crecer también consiste en cambiar.
Este septiembre, antes de llenar todos los huecos de la agenda, quizá merezca la pena dejar alguno sin resolver.
No necesariamente para hacer algo extraordinario.
Precisamente para lo contrario.
Para volver del colegio y merendar sin correr.
Para quedarse jugando.
Para hablar.
Para aburrirse un poco.
Para descansar después de un día difícil.
Para que aparezca espontáneamente un amigo.
Para que una tarde pueda cambiar de planes.
Para poder decir:
“Hoy no tenemos nada.”
Y que eso no nos parezca tiempo perdido.