Yolanda Cuevas Ayneto

Cuando ocurre una tragedia: qué sucede en nuestro cerebro y cómo puede aparecer el trauma psicológico

Comprender nuestras reacciones ante una experiencia extrema también es una forma de prevenir el sufrimiento.

Hay noticias que nos detienen. Noticias que nos recuerdan, de forma repentina y dolorosa, que la vida puede cambiar en unos segundos.

El accidente ferroviario ocurrido en Toledo nos ha enfrentado de nuevo al sufrimiento de muchas personas y familias. Detrás de las imágenes y las cifras hay vidas, historias, vínculos y proyectos que merecen todo nuestro respeto.

Cuando sucede una tragedia de estas características, pensamos en quienes han perdido la vida, en sus familias, en las personas heridas y en quienes han tenido que enfrentarse a una situación que jamás imaginaron vivir. También nos preguntamos qué ocurre psicológicamente después de una experiencia así.

Como psicóloga y terapeuta EMDR, considero importante explicar algo que a veces queda oculto detrás de las noticias: nuestro cerebro y nuestro cuerpo pueden responder de maneras muy diferentes ante una situación extrema, y comprender esas respuestas puede ayudarnos a acompañar mejor y a evitar sufrimiento añadido.

Nuestro cerebro está preparado para detectar amenazas

Imaginemos a una persona que viaja tranquilamente en un tren. Quizá está leyendo, trabajando, durmiendo o pensando en lo que hará cuando llegue a su destino.

De repente, ocurre algo inesperado. Un ruido, un movimiento violento, una sensación de peligro.

En una situación así, el organismo puede activar rápidamente sistemas relacionados con la supervivencia. Las estructuras cerebrales implicadas en detectar amenazas, los circuitos autonómicos y los sistemas hormonales del estrés comienzan a movilizar recursos para responder.

La amígdala participa en el procesamiento de la relevancia emocional y las amenazas. El hipocampo contribuye a organizar los recuerdos y su contexto. Las redes de la corteza prefrontal intervienen, entre otras funciones, en la valoración de situaciones, la atención y la regulación de las respuestas emocionales.

Estas estructuras no funcionan de manera independiente. Forman parte de redes complejas que interactúan continuamente.

Ante un peligro intenso, nuestra atención puede estrecharse y concentrarse en determinados estímulos. El corazón puede acelerarse, los músculos tensarse y nuestra capacidad para pensar con claridad o tomar decisiones complejas puede verse alterada.

No significa que el cerebro racional se haya desconectado por completo. Significa que, bajo condiciones extremas, cambia la manera en que distribuimos nuestros recursos de atención y respuesta.

Y esto ayuda a entender por qué, durante una tragedia, las personas no siempre actúan como creen que lo harían.

Luchar, huir, quedarse inmóvil: no elegimos todas nuestras respuestas

Cuando hablamos de situaciones traumáticas, solemos escuchar que las personas luchan o huyen.

Pero las respuestas humanas ante el peligro son mucho más complejas.

Algunas personas actúan con rapidez, buscan una salida o ayudan a quienes tienen cerca. Otras se quedan inmóviles durante unos instantes. Algunas lloran, gritan o parecen desorientadas. Otras muestran una calma sorprendente y realizan acciones automáticas.

También puede aparecer una sensación de desconexión: vivir lo que ocurre como si fuera irreal, percibir el tiempo de una manera extraña o sentirse emocionalmente distante.

No hay una reacción que, por sí sola, demuestre mayor fortaleza o debilidad.

Esto es especialmente importante porque después pueden aparecer preguntas dolorosas:

«¿Por qué no reaccioné antes?».

«¿Por qué me quedé paralizado?».

«¿Por qué ayudé a una persona y no a otra?».

«¿Cómo pude salir de allí sin darme cuenta de lo que estaba pasando?».

Estas preguntas pueden acompañarse de una culpa intensa, aunque la persona estuviera actuando bajo unas condiciones de amenaza y limitación extraordinarias.

Comprender las respuestas de supervivencia no significa que todas las conductas sean involuntarias ni que no podamos aprender a actuar en emergencias. Significa que no debemos juzgar retrospectivamente lo ocurrido como si una persona hubiera dispuesto de toda la información, el tiempo y la seguridad necesarios para elegir.

¿Por qué algunos “recuerdos” siguen apareciendo después?

El “recuerdo” de una experiencia extrema puede ser especialmente intenso.

Algunas personas conservan imágenes muy vivas de determinados momentos, sonidos, olores o sensaciones corporales. Se repten se reviven porque no está integrado como sería un recuerdo como lo conocemos. Otras presentan relatos incompletos, dificultades para establecer la secuencia de lo sucedido o lagunas relacionadas con determinadas circunstancias.

No existe un patrón único de memoria traumática.

El estrés intenso puede influir en cómo se codifica, consolida y recupera la información. En algunas personas, ciertos estímulos asociados al acontecimiento pueden desencadenar recuerdos involuntarios acompañados de miedo o malestar físico.

Imaginemos a alguien que ha sobrevivido a un accidente ferroviario. Semanas después, escucha un ruido metálico inesperado y experimenta una reacción intensa de alarma. Puede saber perfectamente que está en su casa, pero su organismo responde con un miedo desproporcionado a la situación presente.

No significa necesariamente que esté reviviendo literalmente todo el accidente. Puede tratarse de una respuesta condicionada a un estímulo que ha adquirido una fuerte asociación con el peligro.

En el trastorno de estrés postraumático, además, pueden aparecer recuerdos intrusivos, evitación, cambios persistentes en el estado emocional y las creencias, y un aumento de la sensación de amenaza.

La persona no elige deliberadamente estas reacciones.

Y comprenderlo resulta fundamental para dejar de interpretar su sufrimiento como falta de voluntad.

Una tragedia no conduce inevitablemente a un trauma psicológico persistente

Es importante diferenciar entre vivir un acontecimiento potencialmente traumático y desarrollar un trastorno psicológico.

Después de una experiencia extrema pueden aparecer miedo, tristeza, irritabilidad, dificultad para dormir, problemas de concentración, imágenes que vuelven sin querer o una necesidad intensa de permanecer acompañado.

Muchas de estas reacciones pueden formar parte de la respuesta inicial al estrés.

Con el paso de los días y las semanas, numerosas personas experimentan una mejoría progresiva, especialmente cuando cuentan con seguridad, apoyo y condiciones favorables para recuperarse.

Otras presentan dificultades persistentes y necesitan atención especializada.

La evolución depende de múltiples factores: la intensidad y las características de lo vivido, las lesiones físicas, las pérdidas, los antecedentes personales, los recursos disponibles, el apoyo social y las dificultades que aparecen después.

Porque una tragedia puede no terminar cuando acaba el peligro inmediato.

Una persona puede sobrevivir al accidente y después afrontar una recuperación física prolongada, incertidumbre laboral, problemas económicos o la pérdida de alguien querido.

Todos esos acontecimientos también forman parte de su proceso de adaptación.

¿Qué puede ayudar al cerebro y al organismo a recuperar seguridad?

No existe una fórmula que garantice evitar las consecuencias psicológicas de una tragedia.

Pero sí conocemos condiciones que pueden favorecer la recuperación.

La seguridad física y la atención médica son prioritarias. También lo son recibir información comprensible, cubrir necesidades básicas, contar con personas de confianza y recuperar progresivamente cierta capacidad de decisión.

Poder elegir si queremos hablar, descansar, estar acompañados o pedir ayuda puede ser importante en momentos en los que sentimos que hemos perdido el control.

Las rutinas, cuando las circunstancias lo permiten, también pueden proporcionar estabilidad. Comer, dormir, ejercicio físico, mantener algunos vínculos y recuperar actividades cotidianas ayudan a reconstruir cierta previsibilidad.

No debemos convertir estos cuidados en obligaciones. Nadie necesita recibir una nueva lista de exigencias después de haber vivido algo terrible.

Comprender no significa apresurar la recuperación

A veces queremos que las personas afectadas hablen, expresen todo lo que sienten y comiencen cuanto antes a superar lo vivido.

Sin embargo, no todas necesitan lo mismo ni están preparadas para hacerlo en el mismo momento.

Hablar puede ayudar cuando existe deseo, seguridad y un contexto adecuado. Pero obligar a contar repetidamente una experiencia dolorosa no es una forma de prevención psicológica.

Del mismo modo, permanecer en silencio no significa necesariamente estar bloqueado ni necesitar una intervención inmediata.

Lo importante es escuchar, observar la evolución y ofrecer ayuda ajustada a cada persona.

Si el malestar es muy intenso, empeora o interfiere significativamente en la vida cotidiana, es importante realizar una valoración profesional. No es necesario esperar meses para consultar.

Cuando ocurre una tragedia, no podemos borrar lo sucedido ni garantizar que todas las personas se recuperen sin dificultades.

Pero podemos comprender mejor las respuestas humanas ante el peligro, evitar juicios injustos y construir entornos que favorezcan la seguridad y el apoyo.

No todas las personas que sobreviven a una experiencia extrema desarrollarán un problema psicológico, trauma, estrés post traumático. Y quienes sí lo desarrollen pueden beneficiarse de tratamientos eficaces.

El trauma no debe convertirse en una etiqueta inevitable para cualquier persona que ha sufrido. Y la recuperación tampoco puede ser en una obligación apresurada.

Detrás de cada reacción hay una persona, unas circunstancias y una historia que merecen ser comprendidas.

Y comprender también es una manera de cuidar.

Presta atención a nuevos artículos relacionados.

Te abrazo.

Yolanda Cuevas Ayneto

Terapeuta EMDR especializada en trauma

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Yolanda Cuevas

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