
Quizá tu pareja te ha propuesto ir a terapia y tu primera reacción ha sido pensar:
“Yo no tengo ningún problema.”
“¿Para qué vamos a ir?”
“Eso es cosa suya.”
Si te soy sincera, esa reacción es más común de lo que imaginas.
Como psicóloga que trabaja con parejas, he visto muchas veces cómo los hombres llegan a ese momento con dudas, incomodidad o incluso con cierta sensación de amenaza. Y quiero decirte algo importante desde el principio: esas dudas son comprensibles.
Muchos hombres han crecido con la idea de que los problemas se solucionan solos, trabajando más duro, aguantando o pasando página. También han aprendido que hablar demasiado de emociones no sirve para nada o que abrirse puede hacerles quedar expuestos.
Con esos aprendizajes, es lógico que la idea de sentarte en una consulta para hablar de lo que ocurre en tu relación no resulte especialmente atractiva. Da igual la causa o lo que actúa de disparador propio o de tu pareja o del momento vital.
Pero la terapia de pareja no es lo que muchas personas imaginan.
No es un lugar donde alguien va a decirte que eres el culpable de lo que ocurre. No es un juicio. No es un interrogatorio.
La terapia es simplemente un espacio donde poder entender mejor lo que está pasando entre los dos. Venga de quien venga.
Muchas veces las discusiones, las diferencias, las necesidades de pareja no tienen tanto que ver con quién tiene razón, sino con algo más profundo: sentirse escuchado, valorado, importante para el otro.
Cuando esas necesidades no se sienten seguras, cada persona reacciona como sabe. Algunos atacan, otros se defienden, otros se callan o se distancian.
Y poco a poco se crea una dinámica donde ambos terminan sintiéndose incomprendidos.
En consulta no trabajamos para decidir quién está bien y quién está mal. Trabajamos para entender esa dinámica y ayudaros a salir de ella.
También quiero decirte algo que muchos hombres descubren cuando finalmente se animan a venir: La terapia no solo ayuda a la relación.
También puede ayudarte a entenderte mejor a ti mismo.
A comprender por qué ciertas conversaciones te resultan tan incómodas.
Por qué a veces prefieres callar o apartarte cuando hay tensión.
Por qué algunas discusiones parecen escalar más de lo que deberían.
Y cuando uno empieza a entenderse mejor, también encuentra formas nuevas de relacionarse.
No necesitas tener todas las respuestas para acudir a una primera sesión. No necesitas ir convencido al cien por cien. A veces basta con algo mucho más sencillo: curiosidad y verlo como una oportunidad.
La curiosidad de ver si ese espacio puede ayudaros a entenderos mejor.
La curiosidad de escuchar a tu pareja en un contexto diferente.
La curiosidad de comprobar que hablar no siempre significa discutir.
Ir a una primera sesión no te obliga a nada.
No significa que estés admitiendo que todo es culpa tuya.
Ni que la relación esté rota.
Significa simplemente que estás dispuesto a explorar si hay una manera mejor de entenderos y de cuidar lo que habéis construido juntos.
Y eso, lejos de ser una debilidad, suele ser un gesto de responsabilidad afectiva y de valentía.
Porque las relaciones importantes merecen, al menos, la oportunidad de ser comprendidas.
Artículos anteriores relacionados:
10 motivos para acudir a terapia de pareja. Aquí
Cuando una quiere ir a terapia de pareja y el otro no. Aquí