Un terremoto no solo puede mover el suelo. Puede alterar, durante un tiempo, nuestra sensación más básica de seguridad: “estoy a salvo”.
Desde la psicología del trauma sabemos que una experiencia potencialmente traumática no depende únicamente de lo que ocurre, sino también de cómo nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso consiguen procesarlo después.
Por eso, tras un terremoto, algunas personas pueden recuperarse progresivamente y volver a sentirse seguras, mientras que otras pueden quedar atrapadas en un estado de alarma, miedo o evitación.
Y algo importante: tener reacciones intensas después de un terremoto no significa necesariamente haber desarrollado un trauma psicológico. Tras una emergencia, el malestar psicológico es muy frecuente y, en muchas personas, disminuye con el tiempo. (Organización Mundial de la Salud)

¿Qué ocurre psicológicamente después de un terremoto?
Un terremoto tiene una característica especialmente impactante: puede romper nuestra sensación de control y predictibilidad.
Estamos acostumbrados a pensar que nuestra casa, nuestra cama, nuestro barrio o el suelo que pisamos son lugares relativamente seguros. De repente, esa seguridad puede desaparecer en segundos.
El cerebro puede registrar:
● “Mi casa ya no es segura”.
● “El suelo puede volver a moverse”.
● “No puedo controlar lo que ocurre”.
● “Podría pasar otra vez”.
● “No sé cuándo volverá a suceder”.
● “Si cierro los ojos, podría ocurrir algo”.
Estas conclusiones pueden ser adaptativas inmediatamente después del desastre. El problema aparece cuando el sistema nervioso continúa comportándose como si el peligro siguiera presente cuando ya no lo está.
1. Cómo puede cambiar nuestra forma de pensar
Después de un terremoto pueden aparecer pensamientos repetitivos y una vigilancia constante.
La persona puede empezar a interpretar pequeñas señales como amenazas:
“¿Has notado que se ha movido?”
“¿Y si vuelve a temblar?”
“¿Y si este ruido significa algo?”
“¿Y si el edificio no aguanta?”
También pueden aparecer:
● dificultad para concentrarse;
● problemas para tomar decisiones;
● pensamientos catastróficos;
● preocupación constante;
● recuerdos intrusivos;
● imágenes mentales del terremoto;
● dificultad para pensar en el futuro;
● sensación de que “algo malo va a pasar”.
En algunas personas aparece además una modificación de sus creencias sobre sí mismas y sobre el mundo:
“El mundo no es seguro.”
“No puedo confiar en nadie.”
“No tengo control.”
“Si me relajo, ocurrirá algo.”
“Debería haber hecho algo diferente.”
Esta última idea es especialmente importante.
Después de una catástrofe, el cerebro puede intentar reconstruir la sensación de control buscando constantemente qué podríamos haber hecho para evitarla.
2. Cómo puede cambiar nuestra forma de sentir
El miedo es probablemente la emoción más evidente, pero no es la única.
Puede aparecer:
● ansiedad;
● irritabilidad;
● tristeza;
● impotencia;
● culpa;
● rabia;
● sensación de vulnerabilidad;
● angustia;
● desconexión emocional;
● sensación de irrealidad;
● sobresaltos frecuentes.
También puede existir una aparente contradicción:
personas que no sienten nada.
Pueden decir:
> “Estoy bien. No me ha afectado.”
Pero sentirse emocionalmente anestesiadas, desconectadas o funcionando en “piloto automático”.
Esto también puede formar parte de una respuesta de protección del organismo.
3. Cómo puede cambiar nuestra forma de comportarnos
Cuando el cerebro interpreta que existe peligro, modifica nuestra conducta para aumentar las posibilidades de supervivencia.
Por eso, después de un terremoto podemos observar:
-Evitación
-No querer entrar en casa, dormir solo, utilizar ascensores, permanecer en determinados edificios o estar lejos de otras personas.
-Hipervigilancia
-Comprobar constantemente puertas, paredes, estructuras, noticias, aplicaciones sísmicas o pequeños movimientos.
-Conductas de seguridad
-Dormir vestido, preparar una mochila permanentemente, dormir cerca de la salida o no separarse de los hijos.
-Alteraciones del sueño
-Dificultad para conciliar el sueño, despertares frecuentes, pesadillas o miedo a quedarse dormido.
-Cambios sociales
-Algunas personas buscan constantemente compañía; otras se aíslan.
-Cambios en el funcionamiento cotidiano
-Puede costar trabajar, estudiar, conducir, concentrarse o realizar actividades que antes eran normales.
Estas respuestas no deben interpretarse automáticamente como “debilidad”. Muchas son intentos del cerebro de recuperar una sensación de seguridad.
4. ¿Qué ocurre en el sistema nervioso?
Aquí aparece una de las claves para comprender el trauma.
Ante una amenaza, nuestro organismo activa sistemas destinados a detectar peligro y responder rápidamente.
El sistema nervioso autónomo participa en esta respuesta, aumentando la activación fisiológica: corazón acelerado, tensión muscular, respiración más rápida, sudoración, vigilancia y preparación para actuar.
Después de un terremoto, el problema puede aparecer cuando esta alarma no termina de apagarse.
La persona puede continuar sintiendo:
“Tengo que estar preparado por si vuelve a ocurrir.”
Es como si el cuerpo hubiera aprendido:
> **peligro = terremoto = tengo que estar alerta.**
Por eso un ruido, una vibración, una puerta que se mueve o incluso hablar del terremoto puede desencadenar una respuesta física intensa.
No es que la persona “esté exagerando”.
Su sistema nervioso está respondiendo a una señal que ha aprendido a interpretar como peligrosa.

5. ¿Qué ocurre en el cerebro?
No existe una única “zona del trauma”. Lo que ocurre es una modificación de la interacción entre diferentes sistemas cerebrales implicados en la detección de amenaza, memoria, regulación emocional y contextualización.
La amígdala
Participa en la detección y respuesta ante señales de amenaza.
Después de una experiencia traumática puede aumentar la reactividad ante estímulos asociados al peligro.
Por eso, después de un terremoto, un sonido o movimiento que antes era neutro puede convertirse en una señal de alarma.
El hipocampo
Ayuda a contextualizar los recuerdos y a diferenciar “esto ocurrió entonces” de “esto está ocurriendo ahora”.
Cuando una experiencia queda mal integrada, algunos recuerdos pueden sentirse especialmente vívidos o actuales.
La persona no solo recuerda.
Puede sentir que vuelve a estar allí.
La corteza prefrontal
Participa en procesos como la regulación, la toma de decisiones, la atención y la valoración de la situación.
Cuando el sistema de amenaza está muy activado, puede resultar más difícil utilizar estas capacidades con normalidad.
Por eso una persona muy asustada puede saber racionalmente que está a salvo y, sin embargo, seguir sintiéndose en peligro.
La ínsula
Participa, entre otras funciones, en la percepción e interpretación de señales internas del cuerpo.
Esto ayuda a comprender por qué después de una experiencia traumática algunas personas pueden prestar mucha atención a su corazón, respiración, tensión muscular, mareos o cualquier pequeña sensación corporal.
El cuerpo se convierte en un detector permanente de señales de peligro.
6. ¿Por qué algunas personas desarrollan trauma y otras no?
Esta es una pregunta fundamental.
No todas las personas expuestas a un terremoto desarrollan TEPT.
Influyen numerosos factores: la intensidad y duración de la exposición, haber sufrido lesiones o pérdidas, la sensación de amenaza vital, experiencias traumáticas previas, recursos personales, apoyo social, condiciones posteriores al desastre y la posibilidad de recuperar seguridad y estabilidad.
Por eso no debemos patologizar automáticamente las reacciones normales después de una catástrofe.
El objetivo inicial no es conseguir que alguien “no sienta nada”.
Es ayudarle a recuperar progresivamente:
seguridad + regulación + conexión + funcionamiento.

7. ¿Podemos prevenir que un terremoto se convierta en trauma?
No podemos garantizar que una persona no desarrolle un trastorno de estrés postraumático.
Pero sí podemos reducir factores de riesgo y favorecer la recuperación natural.
Y esto empieza incluso antes del terremoto.
Prepararse también es una intervención psicológica
Conocer qué hacer durante una emergencia, tener un plan familiar, saber dónde reunirse, disponer de información fiable y preparar recursos básicos puede disminuir la sensación de indefensión.
La preparación no elimina el miedo.
Pero puede aumentar la percepción de capacidad:
“No sé qué ocurrirá, pero sé qué puedo hacer.”
8. Después del terremoto: primero seguridad, después procesamiento
En las primeras horas y días, la prioridad no debería ser obligar a la persona a contar una y otra vez lo sucedido.
Necesitamos:
● garantizar seguridad física;
● cubrir necesidades básicas;
● proporcionar información fiable;
● favorecer el contacto con personas de confianza;
● recuperar rutinas progresivamente;
● facilitar descanso y sueño;
● reducir la exposición constante a imágenes y noticias;
● permitir que la persona hable si quiere, sin presionarla para hacerlo.
La Organización Mundial de la Salud recomienda la denominada Primeros Auxilios Psicológicos, que consisten en ofrecer apoyo humano, práctico y respetuoso, atender necesidades, escuchar sin forzar a hablar, favorecer la calma y conectar a la persona con recursos y apoyos. (Organización Mundial de la Salud)
Y hay algo especialmente importante:
No necesitamos hacer un “interrogatorio emocional” inmediatamente después.
La evidencia no apoya realizar de forma universal sesiones únicas de debriefing en las que se obliga a las personas a reconstruir detalladamente lo ocurrido. Las intervenciones preventivas deben adaptarse a las necesidades y síntomas de cada persona. (SIETE)
9. ¿Cuándo puede ser necesario pedir ayuda psicológica?
Conviene prestar atención cuando, después de las primeras semanas, las reacciones continúan siendo intensas o interfieren significativamente en la vida cotidiana.
Por ejemplo:
● pesadillas frecuentes;
● recuerdos intrusivos;
● sensación constante de peligro;
● ataques de pánico;
● evitación intensa;
● miedo incapacitante a permanecer en edificios;
● hipervigilancia permanente;
● alteraciones importantes del sueño;
● irritabilidad intensa;
● desconexión emocional;
● dificultad para trabajar o cuidar de uno mismo;
● aislamiento;
● sensación de que el acontecimiento sigue ocurriendo.
No hay que esperar necesariamente a que pasen meses si el sufrimiento es intenso.
La intervención temprana puede ser especialmente importante en personas que presentan síntomas significativos o un riesgo elevado. Las guías de la International Society for Traumatic Stress Studies señalan que las intervenciones deben dirigirse especialmente a quienes presentan mayor sintomatología, y consideran el EMDR entre las intervenciones con recomendación para el tratamiento temprano del estrés postraumático clínicamente significativo.
10. ¿Qué papel puede tener EMDR?
Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, para mí esta es una distinción esencial:
EMDR no consiste simplemente en hacer que una persona cuente lo que le ocurrió y mover los ojos.
Es un abordaje estructurado que busca ayudar al cerebro a reprocesar recuerdos traumáticos que continúan generando una respuesta de amenaza en el presente.
La OMS incluye EMDR entre las intervenciones psicológicas con evidencia para el tratamiento del TEPT. (Organización Mundial de la Salud)
Después de un desastre también se han estudiado protocolos de EMDR adaptados a acontecimientos traumáticos recientes. En personas afectadas por el terremoto de Emilia-Romaña de 2012, por ejemplo, se investigó el protocolo R-TEP de EMDR dentro de los primeros meses posteriores al acontecimiento.
Pero hay una idea que considero fundamental:
no todas las personas que viven un terremoto necesitan EMDR.
La mayoría puede recuperarse de forma natural con seguridad, apoyo, recursos y tiempo. La intervención psicológica debe responder a las necesidades de la persona y no convertir una reacción humana normal en una enfermedad.

11. ¿Qué podemos hacer para favorecer la recuperación?
Después de un terremoto, cuidar el sistema nervioso también significa volver poco a poco a la vida.
Mantener rutinas dentro de lo posible.
Dormir y descansar, aunque el sueño pueda estar alterado inicialmente.
Mover el cuerpo de manera adaptada a las circunstancias.
Respirar y utilizar estrategias de regulación cuando aparezca activación.
Limitar la exposición continua a noticias e imágenes del desastre.
Hablar con personas de confianza, sin obligarnos a relatar lo sucedido.
Aceptar las reacciones emocionales sin interpretarlas automáticamente como una señal de que estamos empeorando.
Y, sobre todo: volver progresivamente a aquellas actividades que transmiten normalidad y seguridad.
Una última reflexión
Un terremoto puede enseñarnos algo que también observamos en consulta:la seguridad no es solamente una idea; también es una experiencia corporal.
Podemos decirnos:
“Ya ha pasado.” Pero si el sistema nervioso continúa interpretando el mundo como peligroso, necesitaremos algo más que razonamientos para volver a sentirnos seguros.
Por eso, después de una experiencia potencialmente traumática, no se trata de obligarnos a olvidar.
Se trata de ayudar al cerebro y al cuerpo a aprender: “Eso ocurrió. Fue real. Fue difícil. Pero ahora estoy aquí.”
Y cuando el recuerdo deja de sentirse como una amenaza presente y empieza a ocupar su lugar en nuestra historia, podemos volver a mirar hacia delante.
Prevenir el trauma no significa evitar sentir.
Significa crear las condiciones para que aquello que hemos vivido pueda ser integrado sin quedarse viviendo dentro de nosotros.
Un abrazo a todos. Con cariño deseo que haya sido inspirador y os ayude.
