Yolanda Cuevas Ayneto

Cuando muere un padre o una madre: todo lo que necesitamos saber sobre una de las pérdidas más profundas de la vida

Hay pérdidas que nos cambian.

Y perder a un padre o una madre es una de ellas.

Da igual que tengamos 20, 45 o 70 años. Da igual que nuestro padre tuviera 60 o 95. Da igual incluso que supiéramos que iba a ocurrir.

Hay algo que se rompe cuando muere una de las personas que estuvo en el origen de nuestra propia historia.

Para algunas personas supone perder a su mayor apoyo. Para otras, a su confidente. Para otras, a la persona que siempre estaba “ahí”, incluso aunque la relación no fuera especialmente cercana. Y para algunas supone también enfrentarse a una historia complicada, a conversaciones pendientes, a heridas antiguas o a una relación que nunca llegó a ser la que necesitaban.

Por eso no existe una única forma de vivir la muerte de un padre o una madre.

No existe un duelo “correcto”.

Y, sobre todo, no existe una edad a partir de la cual perder a tus padres deje de doler.

La muerte de un padre o una madre no solo significa perder a una persona

Cuando muere un padre o una madre, muchas veces perdemos varias cosas al mismo tiempo.

Podemos perder:

  • A la persona concreta.
  • Una figura de referencia.
  • Un apoyo emocional.
  • Parte de nuestra historia.
  • Los recuerdos compartidos.
  • La sensación de tener un lugar al que volver.
  • A alguien que nos conocía desde antes de que nosotros mismos pudiéramos recordarlo.
  • La idea de seguir siendo “hijo” o “hija” de alguien que está en el mundo.

A veces la muerte de un progenitor nos enfrenta también a nuestra propia mortalidad.

De repente pensamos:

“Ahora me toca a mí ser la siguiente generación”.

O:

“Ya no queda nadie que me recuerde como era de pequeña”.

La muerte de los padres puede provocar cambios profundos en la identidad, especialmente en la edad adulta. La pérdida del último progenitor, además, puede tener un significado especialmente intenso porque modifica la percepción de pertenencia, familia y continuidad generacional. 

No es lo mismo perder a un padre a los 15 que a los 50

La edad del hijo o hija importa. No porque determine cuánto se va a sufrir, sino porque determina qué significa esa pérdida en ese momento vital.

Cuando se pierde a un padre o madre siendo niño

El niño no solo pierde a una persona querida.

Puede perder seguridad, estabilidad y una figura necesaria para su desarrollo.

Además, su comprensión de la muerte dependerá de su edad y de su capacidad para entender que la ausencia es definitiva.

Necesitará adultos que puedan explicarle lo ocurrido con claridad, responder a sus preguntas y permitirle expresar el dolor sin obligarle a hacerlo de una manera determinada.

Un niño puede llorar intensamente y, media hora después, querer jugar.

Eso no significa que no le importe.

Significa que los niños entran y salen del dolor de una forma diferente a los adultos.

Perder a un padre o madre en la adolescencia

La adolescencia ya es una etapa de enormes cambios.

La muerte puede llegar en un momento en el que la persona está intentando construir su propia identidad, separarse de sus padres y, al mismo tiempo, todavía los necesita profundamente.

Puede aparecer rabia.

Puede haber sensación de injusticia.

Puede surgir miedo a perder también al otro progenitor.

Y, en ocasiones, el adolescente puede sentir que tiene que hacerse mayor demasiado deprisa.

Perder a un padre o madre siendo adulto

A menudo se minimiza este dolor.

Se escucha:

“Bueno, ya era mayor”.

“Es ley de vida”.

“Por lo menos lo has tenido muchos años”.

Pero haber tenido a alguien durante muchos años no hace que su ausencia sea más sencilla.

A veces ocurre precisamente lo contrario.

Décadas de conversaciones, costumbres, llamadas, comidas familiares y experiencias compartidas dejan una huella enorme.

Puedes tener 50 años y sentirte huérfano.

Puedes tener 65 y sentirte de repente profundamente solo.

Porque, aunque seamos adultos, seguimos siendo hijos.

Y una parte de nosotros puede seguir necesitando a nuestros padres incluso cuando ya no dependemos de ellos.

Tampoco es lo mismo cómo murió

Las circunstancias de la muerte influyen profundamente en la experiencia del duelo.

La muerte repentina

Un accidente, un infarto inesperado o una muerte súbita pueden dejar a la persona con una sensación de irrealidad.

No hubo tiempo para prepararse.

No hubo despedida.

No hubo oportunidad de decir determinadas cosas.

La mente puede quedarse atrapada intentando reconstruir lo ocurrido:

“¿Y si hubiera hecho algo?”

“¿Y si hubiera llegado antes?”

“¿Y si hubiera insistido?”

El duelo puede mezclarse con shock y, en algunos casos, con elementos traumáticos.

Cuando la muerte llega después de una enfermedad larga

Aquí aparece algo que muchas personas no saben nombrar.

El duelo puede comenzar antes de la muerte.

Durante meses o años, la familia puede ir viendo cómo esa persona cambia, pierde capacidades o se deteriora.

Hay ingresos.

Altas.

Recaídas.

Esperanza.

Miedo.

Hospitales.

Pruebas.

Esperas.

Llamadas a cualquier hora.

Y una incertidumbre constante.

A esto puede sumarse lo que conocemos como duelo anticipado: empezar a experimentar pérdidas emocionales mientras la persona todavía está viva.

Pero que hayas ido preparándote no significa que la muerte duela menos.

Muchas personas sienten:

“Sabía que iba a pasar, pero no estaba preparada”.

Y ambas cosas pueden ser verdad.

Cuando has sido cuidador o cuidadora: el duelo tiene una dimensión más.

Esta es una parte especialmente importante.

Cuando una persona ha dedicado meses o años a cuidar de su padre o madre, la muerte no solo supone perderle.

También supone perder una función que ocupaba gran parte de su vida.

Durante mucho tiempo todo ha podido organizarse alrededor de esa persona:

Las citas médicas.

Los hospitales.

Los medicamentos.

Las visitas.

Las llamadas.

La preocupación.

La vigilancia.

La incertidumbre.

De repente, todo se detiene.

Y puede aparecer una sensación extraña:

“¿Y ahora qué hago?”

Incluso puede sentirse vacío, desorientación o una especie de ausencia de propósito.

No significa que queramos recuperar la enfermedad.

Significa que nuestro cuerpo y nuestra mente llevaban mucho tiempo viviendo en un estado de alerta y responsabilidad.

Después de la muerte, no siempre llega inmediatamente el descanso.

A veces llega el derrumbe.

A veces el cuerpo se permite sentir lo que no pudo sentir mientras tenía que seguir funcionando.

Y, en ocasiones, aparece incluso alivio.

Esto también puede generar culpa.

Pero sentir alivio porque alguien ha dejado de sufrir, o porque ha terminado una situación agotadora, no significa querer menos a la persona.

En el duelo pueden convivir emociones aparentemente contradictorias.

Amor y alivio.

Tristeza y descanso.

Dolor y agradecimiento.

Rabia y culpa.

Nada de eso invalida el vínculo.

La relación que tenías con tu padre o tu madre cambia el duelo

No todas las personas lloran la muerte de sus padres por las mismas razones.

Cuando había una relación cercana y segura

La pérdida puede sentirse como perder un refugio.

Una persona a la que llamar.

Alguien que conocía nuestra historia.

Alguien que celebraba nuestros logros y nos acompañaba en los fracasos.

La ausencia puede aparecer en miles de pequeños momentos:

“Esto se lo tendría que contar”.

“Le habría gustado esto”.

“¿Qué pensaría?”

Y esa es una de las formas en las que la ausencia continúa apareciendo.

Cuando la relación era complicada

Aquí el duelo puede ser especialmente confuso.

Porque no solo se llora lo que existió.

A veces también se llora lo que nunca existió.

La conversación que nunca se tuvo.

El abrazo que nunca llegó.

El reconocimiento esperado durante años.

La posibilidad, aunque fuera pequeña, de que algún día la relación cambiara.

Cuando una persona muere, también puede morir la esperanza de reparar determinadas cosas.

Por eso pueden aparecer rabia, tristeza, culpa o incluso alivio.

Y ninguna de estas emociones convierte a alguien en mala hija o mal hijo.

Las relaciones ambivalentes o conflictivas pueden añadir complejidad al duelo. 

La edad con la que murió tu padre o tu madre también importa

Cuando alguien muere joven, suele aparecer una sensación intensa de ruptura del orden esperado.

“No le tocaba todavía”.

“Era demasiado pronto”.

Cuando muere una persona muy mayor, socialmente se tiende a pensar que la pérdida debería ser más fácil de aceptar.

Pero comprender racionalmente que una muerte forma parte del ciclo vital no elimina el dolor emocional.

Una persona puede pensar:

“Ha vivido una vida larga y bonita”.

Y, al mismo tiempo:

“No quiero que no esté”.

Ambas cosas pueden coexistir.

Antes de que muera: qué podemos hacer cuando sabemos que se acerca el final

No siempre tenemos esta oportunidad.

Y es importante decirlo: quien no pudo despedirse no tiene que sentirse culpable.

Muchas muertes son inesperadas.

Y, además, incluso cuando sabemos que alguien está muy enfermo, nunca sabemos realmente cuándo será el último día.

Pero cuando existe tiempo, algunas cosas pueden ayudarnos.

Hablar, si la situación lo permite

No hace falta tener “la conversación perfecta”.

A veces basta con decir:

“Te quiero”.

“Gracias”.

“Me alegro de haber sido tu hija”.

“Hay algo que siempre recordaré de ti”.

“¿Hay algo que quieras decirme?”

No todas las despedidas tienen que ser dramáticas.

Una conversación cotidiana también puede convertirse después en un recuerdo importante.

Preguntar por su historia

Una de las cosas más bonitas que podemos hacer es preguntar.

¿Cómo fue su infancia?

¿Cómo conoció a nuestra madre o padre?

¿Qué recuerda de nosotros cuando éramos pequeños?

¿Cuál fue uno de los momentos más felices de su vida?

¿Qué le hubiera gustado hacer?

¿Qué consejo nos daría?

Podemos grabar algunas conversaciones, si la persona está de acuerdo.

No para convertir los últimos días en un proyecto.

Sino para conservar su voz, su manera de contar las cosas y parte de su historia.

Recuperar recuerdos

Mirar fotografías.

Escuchar música.

Volver a lugares importantes.

Cocinar algo que le guste.

Recordar anécdotas familiares.

A veces, cuando la enfermedad ha ocupado todo el espacio, es importante recuperar a la persona más allá de su condición de enferma.

Recordar quién era antes de los hospitales.

Decir lo pendiente

No siempre será posible.

Y no siempre será conveniente.

Pero algunas personas necesitan aprovechar ese tiempo para expresar agradecimiento, pedir perdón o perdonar.

Otras no.

No existe la obligación de reconciliarse antes de una muerte.

Las relaciones humanas son complejas.

Y una despedida no tiene que cumplir con un guion ideal.

Después del entierro: cuando todo el mundo vuelve a casa

Esta es, para muchas personas, una de las partes más difíciles.

Durante los días anteriores hay mucho que hacer.

Llamadas.

Hospital.

Trámites.

Familia.

Preparar el funeral.

Recibir a la gente.

Tomar decisiones.

Pero después del entierro llega el silencio.

Y muchas personas describen ese momento como el verdadero comienzo de la ausencia.

Todo el mundo vuelve poco a poco a su vida.

Pero tú no.

Tu vida acaba de cambiar.

Es frecuente que el primer día después del funeral resulte especialmente duro.

Ya no hay nada urgente que organizar.

Y entonces aparece la realidad.

Ha muerto. Y ahora tengo que aprender a vivir en un mundo en el que esa persona no está.

Qué hacer los primeros días después del entierro

No existe una fórmula.

Pero sí algunas cosas que pueden ayudar.

1. Reduce las exigencias

No es momento de pedirte productividad.

Ni decisiones importantes si pueden esperar.

Ni volver inmediatamente a ser “la de siempre”.

El duelo consume mucha energía.

Tu concentración puede disminuir.

Puedes olvidar cosas.

Sentirte cansado.

Dormir mal.

O no tener ganas de nada.

El cuerpo también está viviendo la pérdida.

2. No llenes todos los silencios

Muchas personas intentan ocupar cada minuto.

Trabajar.

Limpiar.

Organizar.

Salir.

Estar continuamente con gente.

Las distracciones pueden ser necesarias y saludables en determinados momentos.

Pero intentar escapar constantemente del dolor puede hacer más difícil procesar lo ocurrido.

No tienes que estar todo el día llorando.

Pero tampoco tienes que huir de cada emoción.

El duelo necesita momentos para sentirse y momentos para descansar de él.

3. Cuida las necesidades básicas

Parece algo pequeño, pero en los primeros días puede ser difícil.

Comer.

Beber agua.

Dormir.

Ducharte.

Salir a caminar.

Respirar aire libre.

No solucionan el duelo.

Pero ayudan a sostener un cuerpo que está atravesando una experiencia emocional enorme. Las recomendaciones generales incluyen mantener rutinas básicas, actividad física adaptada, alimentación y apoyo social, sin pretender hacerlo todo de golpe. 

4. Deja que alguien te ayude

Y, si puedes, pide ayuda concreta.

No solo:

“Estoy mal”.

Sino:

“¿Puedes venir esta tarde?”

“¿Puedes hacerme la compra?”

“¿Podemos salir a caminar?”

“¿Puedes acompañarme a hacer este trámite?”

Cuando estamos en duelo, incluso las tareas sencillas pueden resultar agotadoras.

Actividades que pueden ayudar después de perder a un padre o una madre

No son obligaciones.

No hay que hacerlas todas.

Son posibilidades.

Escribirle una carta

Puedes escribir:

Lo que no pudiste decir.

Lo que agradeces.

Lo que te enfada.

Lo que echas de menos.

Lo que está pasando desde que se fue.

No tienes que enseñársela a nadie.

Crear una caja de recuerdos

Puedes guardar:

Fotografías.

Cartas.

Objetos.

Una receta escrita de su puño y letra.

Una prenda.

Una entrada.

Una nota.

Algo que tenga significado.

Hacer un álbum de su vida

No solo de su muerte. De su vida.

Recoger fotografías y pedir a familiares que escriban recuerdos o anécdotas.

A veces ayuda reconstruir la historia completa de una persona.

Hablar de él o de ella

Muchas personas dejan de mencionar al fallecido porque tienen miedo de hacer daño.

Pero, a menudo, lo que más duele no es escuchar su nombre.

Es sentir que el mundo empieza a olvidarlo.

Hablar de la persona.

Contar anécdotas.

Decir su nombre.

Recordar.

Todo esto puede formar parte de mantener un vínculo significativo con quien ha muerto.

Las actividades de recuerdo y homenaje pueden ayudar a integrar la relación y honrar la vida de la persona fallecida. 

Mantener algún ritual

Puede ser:

Encender una vela en determinadas fechas.

Escuchar una canción.

Cocinar su comida favorita.

Ir a un lugar especial.

Hacer algo que le gustaba.

No se trata de quedarse atrapado en el pasado.

Se trata de encontrar una nueva manera de relacionarnos con el recuerdo.

¿Hay que retirar inmediatamente sus cosas?

No. No existe ninguna norma que diga cuándo hay que hacerlo. Algunas personas necesitan guardar determinadas cosas rápidamente.

Otras necesitan meses. O años.

Algunas conservan objetos concretos toda su vida.

No hay una manera psicológicamente correcta.

Lo importante es que las decisiones no se tomen únicamente por presión externa. Por eso no es tampoco tarea del entorno.

“No puedes tener su habitación así”.

“Ya deberías quitar sus cosas”.

“Te estás agarrando al pasado”.

Cada persona necesita su propio tiempo.

Los trámites pueden ser una segunda fuente de agotamiento

Después de una muerte hay una cantidad enorme de cuestiones prácticas.

Documentación.

Bancos.

Herencias.

Seguros.

Objetos.

Viviendas.

Papeles.

Y muchas veces hay que hacerlo mientras emocionalmente apenas podemos pensar.

Si es posible, repartir responsabilidades entre familiares puede evitar que una sola persona cargue con todo.

También es importante entender que los conflictos familiares pueden intensificarse en estos momentos.

El duelo no convierte automáticamente a las familias en un lugar de armonía.

A veces activa antiguas heridas, rivalidades y diferencias.

Intentar resolver todos los conflictos familiares en los primeros días no siempre es una buena idea.

La culpa: una de las emociones más frecuentes

“Debería haber ido más”.

“Podría haberme dado cuenta antes”.

“Ese día estaba cansada”.

“No le llamé”.

“Discutimos”.

“No estuve cuando murió”.

La culpa suele buscar una sensación de control.

Porque a veces resulta insoportable aceptar que no podíamos evitar lo ocurrido.

La mente revisa.

Busca errores.

Construye escenarios alternativos.

Pero cuidar de alguien, amar a alguien o ser su hijo no significa haberlo hecho todo perfectamente.

Ninguna relación humana es perfecta.

Y ninguna muerte deja todo perfectamente cerrado.

Cuando aparece alivio

Esto merece decirse claramente. Puedes sentir alivio.

Especialmente después de una enfermedad larga, dolorosa o con mucho sufrimiento.

Puedes sentir alivio porque tu padre o tu madre ya no sufre.

Porque ha terminado una agonía.

Porque tú ya no vives pendiente de una llamada del hospital.

Porque tu cuerpo ha dejado de estar en alerta permanente.

Y después sentir culpa por ese alivio.

Pero el alivio no borra el amor.

Puedes echar muchísimo de menos a alguien y, al mismo tiempo, sentir que descansar de una situación extremadamente dura ha supuesto un cambio físico y emocional.

Las emociones en el duelo no son coherentes ni ordenadas.

Son humanas.

Los aniversarios y las fechas importantes

El primer cumpleaños.

La primera Navidad.

El primer cumpleaños tuyo sin esa persona.

El Día del Padre o de la Madre.

El aniversario de la muerte.

Estas fechas pueden anticiparse con ansiedad.

Puede ayudar decidir previamente qué quieres hacer.

No dejarlo siempre al azar.

Puedes elegir:

  • Estar acompañado.
  • Estar solo.
  • Hacer un homenaje.
  • Evitar determinados compromisos.
  • Ir a un lugar significativo.
  • Hablar de esa persona.
  • No hacer nada especial.

También puedes cambiar de opinión.

El duelo no avanza en línea recta

Habrá días mejores. Y después, días terribles.

Puedes pensar que estás mejorando y llorar desconsoladamente porque has encontrado una chaqueta, escuchado una canción o visto su número en el teléfono.

Eso no significa que hayas retrocedido. El duelo suele funcionar más como olas que como una escalera.

Con el tiempo, generalmente las olas no desaparecen por completo.

Pero aprendemos a reconocerlas. A saber que vienen.

Y, poco a poco, suelen dejar de arrasarnos con la misma intensidad.

No existe un calendario universal ni unas fases obligatorias que todas las personas deban atravesar en orden. 

¿Cuándo conviene pedir ayuda psicológica?

Estar destrozado después de perder a un padre o una madre no significa necesariamente que necesites terapia.

El duelo no es una enfermedad. Y sentir dolor no es algo que haya que eliminar rápidamente.

Sin embargo, pedir ayuda puede ser importante cuando:

  • El dolor no permite funcionar mínimamente durante un tiempo prolongado.
  • Existe una sensación de bloqueo que no disminuye.
  • La muerte fue traumática.
  • Hay imágenes o recuerdos intrusivos.
  • Aparece una culpa intensa y persistente.
  • Existe una relación previa muy conflictiva que complica la elaboración.
  • Hay aislamiento total.
  • Aparecen pensamientos de muerte o de no querer seguir viviendo.
  • El sufrimiento, con el paso de los meses, sigue siendo igual o aumenta en intensidad.
  • Resulta imposible aceptar la realidad de la muerte o retomar aspectos básicos de la vida cotidiana.

Las muertes repentinas o traumáticas y determinados factores relacionales o circunstanciales pueden aumentar la vulnerabilidad a un duelo más complicado. 

Pedir ayuda no significa que estés haciendo mal el duelo.

A veces significa simplemente que no quieres atravesar solo algo que es demasiado grande.

Quizá lo más importante: no tienes que “superar” a tu padre o a tu madre

Hay una idea que hace mucho daño:

“Algún día lo superarás”. Quizá no se trata de superar. Porque no queremos superar a las personas que hemos amado como si fueran una enfermedad o un obstáculo. Se trata de otra cosa. De aprender a vivir con una ausencia.

De construir una vida en la que esa persona ya no está físicamente, pero en la que su historia sigue formando parte de nosotros.

Al principio, la ausencia ocupa todo el espacio.

Después, poco a poco, la vida empieza a crecer alrededor del dolor.

No porque olvidemos.

No porque queramos menos.

Sino porque sobrevivir también es una forma de amor.

Si acabas de enterrar a tu padre o a tu madre:

No tienes que saber qué hacer mañana.

No tienes que gestionar perfectamente lo que sientes.

No tienes que ser fuerte.

No tienes que consolar a todo el mundo.

No tienes que ordenar sus cosas.

No tienes que volver a trabajar emocionalmente como si nada hubiera ocurrido.

No tienes que dejar de llorar porque “ya ha pasado el funeral”.

No tienes que estar triste todo el tiempo.

No tienes que sentir solo tristeza.

Puedes estar roto.

Puedes estar enfadado.

Puedes sentir alivio.

Puedes no sentir nada durante unas horas.

Puedes reírte y sentirte culpable después.

Puedes echarle de menos incluso cuando llevabas años preparándote para su muerte.

Puedes descubrir que el verdadero dolor ha empezado ahora, cuando se han acabado las visitas, los hospitales, las llamadas y las decisiones.

Cuando todo el mundo se ha ido.

Cuando vuelves a casa.

Y ya no está.

No hay una forma correcta de querer a alguien después de que haya muerto.

Solo hay una tarea lenta y profundamente humana:

aprender a seguir viviendo sin tener que dejar de amar y recordar.

Aquí comparto ideas para lo primeros 30 días después de perder a una madre o padre.

Una lista: “50 cosas que puedes hacer cuando alguien que quieres acaba de morir”

  • Para cuando necesito sentir.
  • Para cuando necesito distraerme.
  • Para cuando necesito recordar.
  • Para cuando necesito compañía.
  • Para cuando necesito descansar del dolor.

En mi próximo artículo te las comparto.

Y para finalizar: Cosas que nadie te cuenta sobre perder a un padre o una madre”

Por ejemplo:

  • Que el funeral no es el final, sino muchas veces el principio real del duelo.
  • Que puedes sentir alivio y dolor a la vez.
  • Que puedes tener 60 años y sentirte huérfano.
  • Que la relación cambia, pero no desaparece necesariamente de tu vida interior.
  • Que puedes empezar a echarle más de menos meses después.
  • Que ver sufrir a un padre durante años también deja huella.
  • Que cuidar puede hacer que después no sepas quién eres sin esa responsabilidad.
  • Que a veces lloras más por cosas pequeñas que por el momento de la muerte.
  • Que no todo el mundo de la familia hará el duelo igual.
  • Que no tienes que dejar de nombrarlo para “seguir adelante”.

Cualquier duda o si quieres compartir tu experiencia puedes dejarlo en comentarios. Te leo con cariño y te mando un abrazo.

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Yolanda Cuevas

2 respuestas a «Cuando muere un padre o una madre: todo lo que necesitamos saber sobre una de las pérdidas más profundas de la vida»

❤️A veces siento que mi vida es como un puzzle al que le faltan dos piezas fundamentales: mi padre y mi madre. Aunque el tiempo pase, su ausencia sigue estando ahí, en ese pequeño espacio que nadie puede llenar. Los echo de menos de una manera que es difícil explicar con palabras, porque no es solo echar de menos a dos personas, es echar de menos una parte de mí, de mi historia y de todo lo que soy. Hay días en los que siento su falta más que otros, pero siempre estarán presentes en mi corazón ❤️. Muchas gracias por todo lo que compartes ,da gusto encontrar personas como tú en la vida, qué reconfortan ,arropan y ayudan . Te mando un besico y un abrazo 🧡

MCarmen gracias por compartir algo tan íntimo y tan bonito.

Me ha llegado una imagen del puzzle, porque cuando perdemos a nuestros padres no perdemos únicamente a dos personas: también cambia una parte de nuestra propia historia, de nuestra identidad y de ese lugar desde el que nos hemos construido.

El duelo no consiste en conseguir llenar esas piezas que faltan, porque hay ausencias que no se llenan. Consiste, poco a poco, en aprender a construir una nueva imagen de nuestra vida incluyendo ese vacío, el amor, los recuerdos y también todo lo que ellos dejaron en nosotros.

Habrá días en los que la ausencia pese más y otros en los que podamos sentir su presencia de una manera más serena. Y ambas cosas caben en el duelo.

Gracias a ti por por confiarme tu dolor. Te mando un abrazo enorme 🧡

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