Yolanda Cuevas Ayneto

Después de un terremoto: cómo ayudar a los niños a recuperar la seguridad

Llevar a un niño unos días con familiares a otra ciudad no es necesariamente malo ni necesariamente bueno. Depende de para qué se hace, de las condiciones de seguridad y, sobre todo, de cómo se encuentre el niño y de qué estabilidad pueda ofrecer ese entorno.

Tras un terremoto, los niños pueden expresar el impacto de forma muy corporal y conductual: dormir peor, despertarse, llorar más, estar más pegados a sus padres, tener miedo a separarse, irritarse, hacerse pis, jugar repetitivamente al terremoto o volver temporalmente a conductas de etapas anteriores. Son respuestas que pueden aparecer después de una situación de amenaza. 

¿Mejor quedarse o irse?

Si el lugar donde viven es seguro y las autoridades no indican evacuar, no recomendaría trasladar a un niño únicamente por miedo de los adultos.

¿Por qué?

Porque para un niño pequeño, después de que “la tierra haya dejado de ser segura”, perder además su casa, sus rutinas, su colegio, sus juguetes​, ciertos ensere y sus figuras de referencia puede añadir más cambios e incertidumbre.

Se recomienda, siempre que sea posible, mantener a los niños junto a sus cuidadores y conservar rutinas; si hay que cambiar de entorno, es importante crear nuevas rutinas y mantener las figuras de cuidado estables. 

Pero si la vivienda no es segura, hay riesgo de réplicas, las autoridades recomiendan salir o el entorno está objetivamente comprometido, marcharse es una medida de protección física, no una evitación psicológica. La seguridad física va primero. 

¿Qué necesitan especialmente los niños?

1. Un adulto regulado.
No necesitan que les digamos “no tengas miedo”. Necesitan percibir:
“Mamá/papá está aquí. Los adultos estamos ocupándonos de esto.”

2. Información sencilla y verdadera.
Sin detalles innecesarios ni imágenes.
“Ha temblado la tierra. Es normal que te hayas asustado. Ahora estamos aquí y estamos seguros.”

3. Contacto físico y cercanía.
Si quieren estar pegados, abrazados o dormir cerca unos días, podemos acompañarlos. No hay que interpretar automáticamente esa necesidad como “dependencia”​ como término negativo.

4. Rutinas.
Comer, dormir, jugar, bañarse, leer un cuento… Las pequeñas rutinas devuelven previsibilidad al cerebro infantil. 

5. Juego.
El juego es una de las formas que tienen los niños de procesar experiencias que todavía no pueden explicar con palabras. Podemos dejarles jugar, dibujar o hablar, sin dirigirles constantemente hacia el terremoto.

6. Menos exposición a vídeos y noticias.
Un niño no necesita ver una y otra vez imágenes de edificios cayéndose para comprender que ha ocurrido algo grave. Se recomienda proteger a los niños de escenas, relatos e imágenes especialmente perturbadoras. ​Al igual que recomendamos a los medios de comunicación a la hora de informar. Y a los adultos con la infoxicación y no informarse de noche que es cuando vamos a dormir.

​Importante:

No intentemos que nuestros hijos no tengan miedo.​ Se trata de acompañarles ​y se sientan seguros.​ Para ellos los adultos tienen que saber regularse y compartir su propia experiencia.

Y si después de las primeras semanas el miedo continúa siendo muy intenso, aparecen pesadillas frecuentes, ataques de pánico, evitación marcada, regresiones persistentes o el malestar interfiere claramente en su vida, conviene consultar con un profesional. Importante recomienda pedir ayuda cuando la ansiedad no remite o aparecen síntomas graves. 

Después de un terremoto, un niño no necesita una vida sin miedo. Necesita adultos que le ayuden a volver a sentir que el mundo puede ser seguro.

Una situación difícil también puede convertirse en una oportunidad psicológica

Un terremoto no es una experiencia que debamos minimizar ni convertir en algo positivo a la fuerza. Ha sido una situación potencialmente amenazante y es normal sentir miedo.

Pero, especialmente con los niños, podemos aprovechar estos días para enseñarles algo que les servirá para toda la vida:​ sentir miedo no significa no poder afrontarlo.

Podemos enseñarles que:

  • Las emociones intensas se pueden atravesar acompañados.
  • Podemos pedir ayuda cuando la necesitamos.
  • Nuestro cuerpo puede activarse ante el peligro y después aprender a recuperar la calma.
  • No todo lo que sentimos significa que algo malo esté ocurriendo ahora.
  • Podemos hablar de lo que nos pasa sin avergonzarnos.
  • Después de algo difícil podemos volver poco a poco a nuestras rutinas.
  • La familia puede convertirse en un lugar de seguridad y regulación.
  • No podemos controlar todo lo que ocurre, pero sí podemos aprender qué hacer cuando ocurre algo que nos asusta.

Y hay algo especialmente importante:

Los niños aprenden de cómo los adultos afrontamos el miedo.

Si ante cada pequeño ruido el adulto entra en pánico, busca constantemente información, habla continuamente del terremoto o transmite que “aquí puede pasar cualquier cosa”, el niño puede aprender:

“El mundo es peligroso y necesito estar alerta.”

Pero si el adulto puede decir:

“Sí, nos hemos asustado. Ha sido fuerte. Vamos a comprobar que estamos seguros y ahora vamos a seguir juntos.”

el mensaje cambia:

“Puedo sentir miedo y, aun así, estar acompañado. Los adultos saben qué hacer. El miedo pasa.”

Por eso, quizá estos días no se trate solamente de proteger a nuestros niños del miedo, sino también de enseñarles, con nuestro ejemplo, qué hacer con él.

Esta situación puede convertirse en una oportunidad para entrenar seguridad, regulación emocional, resiliencia, comunicación y confianza.

Sin negar lo ocurrido.
Sin forzarles a estar bien.
Sin sobreexponerles.

Acompañándoles.

​Un abrazo y mi anterior artículo relacionado AQUÍ

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Yolanda Cuevas

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