Yolanda Cuevas Ayneto

Volver al “cole” sin ilusión: cuando septiembre pesa antes de empezar

Hay profesores que, cuando se acerca septiembre, empiezan a preparar materiales, imaginar proyectos nuevos, pensar en su alumnado y sentir esa mezcla de nervios e ilusión que acompaña a los comienzos.

Y hay otros que sienten algo muy diferente.
Un nudo en el estómago.
Más irritabilidad.
Problemas para dormir.
Pereza al pensar en volver al centro.
La sensación de que las vacaciones han pasado demasiado rápido.

Pensamientos como:
“No tengo ganas.”
“No sé si puedo con otro curso igual.”
“Solo de pensarlo me agobio.”“Todavía no he empezado y ya estoy cansada.”

Y, junto a todo ello, puede aparecer además cierta culpa.

Porque se supone que septiembre es comienzo.
Nuevos alumnos.​ Nuevos proyectos.​ Nuevas oportunidades.

Se supone que debería haber ilusión.​ Pero no siempre la hay.

Y quizá una de las primeras cosas que necesitamos comprender es precisamente esta:
No sentir ilusión por volver no significa necesariamente que hayas dejado de querer tu profesión.

A veces significa que hay algo que pesa y merece ser escuchado.
Después de varias semanas de vacaciones, volver puede costar.

Volver al trabajo después de un periodo de descanso implica siempre una transición.

Cambian los horarios.
La manera de dormir.
El ritmo de los días.
Las responsabilidades.
Las demandas cognitivas.
La cantidad de decisiones que tenemos que tomar.
El nivel de estimulación.

Y nuestro cerebro necesita volver a adaptarse.

Por eso puede aparecer cierta resistencia, incluso aunque tengamos un trabajo que nos gusta.
No es algo exclusivo de los profesores.
Le ocurre a muchas personas después de las vacaciones.
De hecho, hay quien está deseando volver porque durante las vacaciones se siente peor.
Quizá ha habido conflictos familiares.
Soledad.
Problemas de pareja.

Dificultades económicas.
Enfermedad.
Cuidado de familiares.

O simplemente demasiado tiempo para pensar.

Para algunas personas, la estructura del trabajo organiza, distrae, conecta socialmente y proporciona sentido.

Por eso no todos vivimos las vacaciones ni la vuelta de la misma manera.

Y eso nos recuerda algo importante:

muchas veces no hablamos únicamente de profesiones, hablamos de personas.

Personas que llegan a septiembre con historias diferentes.

Pero en la docencia hay algo más

Aunque cierta resistencia a volver sea normal, en algunos profesores el malestar empieza bastante antes de pisar el aula.
Aparece simplemente al pensar en el centro.

Al recibir el primer correo.
Al entrar en el grupo de WhatsApp.

Al ver el calendario.
Al pensar en determinadas familias.
En determinados compañeros.
En determinadas clases.

En determinados conflictos que quedaron asociados al curso anterior.

Y ahí conviene preguntarse:
¿Qué es exactamente lo que me agobia de volver?
Porque decir simplemente:​ “no tengo ganas de empezar”puede esconder muchas cosas diferentes.

A veces no pesa septiembre. Pesa lo que dejamos en junio.

Durante las vacaciones podemos alejarnos físicamente del centro, pero no necesariamente procesamos todo lo que ocurrió durante el curso.

Quizá hubo una familia que cuestionó continuamente tu trabajo.
Un alumno que te desafió durante meses.
Una situación de acoso.
Una denuncia.
Un conflicto con dirección.
Un compañero con el que la relación se deterioró.
Una clase que te hizo sentir que no eras capaz.
Un alumno al que intentase ayudar y no pudiste.
Un problema que acabó formalmente, pero emocionalmente siguió abierto.

Cuando volvemos al mismo lugar donde vivimos situaciones que generaron tensión, frustración o impotencia, nuestro cerebro puede anticipar que algo parecido volverá a ocurrir.

Y esa anticipación puede sentirse como ansiedad.​ No porque esté sucediendo algo en ese momento.

Sino porque nuestro sistema está diciendo:
“No quiero volver a pasar por aquello.”

A veces el cuerpo recuerda antes de que sepamos explicar qué estamos sintiendo.


La incertidumbre también agota


Los comienzos implican incertidumbre.
¿Qué grupo tendré?
¿Cómo serán mis alumnos?
¿Cómo será la relación con las familias?
¿Tendré apoyos?
¿Habrá cambios en el centro?
¿Conseguiré gestionar bien ese grupo complicado?
¿Llegaré a todo?
¿Volverán los mismos problemas?

Nuestro cerebro intenta reducir la incertidumbre anticipándose.
El problema aparece cuando esa anticipación se convierte en un desfile de escenarios negativos.

Todavía no ha empezado el curso y mentalmente ya hemos discutido con tres familias, tenido problemas con dos alumnos y terminado agotados en diciembre.

La mente intenta protegernos preparándonos para lo peor.

Pero muchas veces consigue lo contrario:​ nos hace empezar a sufrir antes de que ocurra nada.

Quizá estás cansada de luchar contra cosas que no dependen de ti.

Una parte importante del desgaste docente no procede únicamente de enseñar.

Procede de intentar enseñar dentro de determinadas circunstancias.
Falta de recursos.
Ratios elevadas.
Necesidades educativas complejas.
Burocracia.
Cambios legislativos.
Falta de especialistas.
Poco tiempo.
Dificultades para coordinarse.
Exigencias de familias.
Conflictos entre compañeros.
Sensación de falta de reconocimiento.
Decisiones que se toman lejos del aula pero afectan directamente a quien está dentro de ella.

Puede llegar un momento en el que el profesor no esté cansado de enseñar.

Está cansado de intentar enseñar como cree que debería hacerse sin disponer de los medios necesarios para hacerlo.

Y eso genera mucha frustración.

Porque cuando una persona es muy comprometida puede acabar intentando compensar personalmente las carencias de todo un sistema.

Trabajando más.
Preparando más.
Dando más horas.
Pensando más en casa.
Asumiendo responsabilidades que no le corresponden.
Pero hay algo importante que recordar: tu compromiso no puede solucionar todas las deficiencias del sistema educativo.

Y reconocerlo no significa desentenderse.​ Significa saber dónde termina tu responsabilidad.
A veces detrás del agobio hay exceso de responsabilidad.

Muchos profesores tienen un nivel de exigencia muy alto.

Quieren llegar a todos.
Motivar a todos.
Atender individualmente.
Preparar buenas clases.
Responder bien a las familias.
Estar disponibles.
Resolver conflictos.
Detectar problemas emocionales.
Adaptarse a las necesidades individuales.
Innovar.
Formarse.
Ser pacientes.
Ser comprensivos.

Y además hacerlo manteniendo siempre una actitud positiva.

Pero una persona no puede sostener permanentemente tantas demandas sin coste.

Hay docentes que entran cada curso con una especie de mandato interno:

“Tengo que hacerlo todo bien.”

Y quizá septiembre podría empezar de otra manera:

“Voy a hacer mi trabajo lo mejor que pueda dentro de las circunstancias que tenga.”

Parece una diferencia pequeña.​ Psicológicamente no lo es.

Quizá no es el trabajo.

​ También conviene hacerse una pregunta que muchas veces olvidamos:

¿Cómo estoy yo fuera del colegio?

Porque podemos atribuir todo nuestro malestar al trabajo cuando quizá estamos atravesando:

Problemas familiares.
Una separación.
Una enfermedad.
El cuidado de padres mayores.
Dificultades económicas.
Problemas con los hijos.
Duelo.
Cambios hormonales.
Falta de descanso.
Soledad.
Insatisfacción personal.
Una etapa vital complicada.

A veces el curso empieza exactamente en el momento en que nuestros recursos personales están más bajos.

Y entonces cualquier demanda parece mucho mayor.

No significa necesariamente que haya algo mal en tu trabajo.

Quizá significa que ahora mismo estás sosteniendo demasiado en otros lugares de tu vida.

¿Y si llevas años sintiéndote así?

Hay una diferencia importante entre sentir cierta pereza o resistencia al volver y llevar mucho tiempo sintiendo rechazo, agotamiento o desconexión.

Si cada septiembre empiezas peor.
Si necesitas meses para recuperarte del curso anterior.
Si las vacaciones ya no parecen suficientes.
Si has perdido la paciencia casi constantemente.
Si te notas emocionalmente distante del alumnado.
Si todo te irrita.
Si la sensación de agotamiento aparece incluso antes de empezar.

Quizá no necesites simplemente “ponerle ganas”.

Puede haber un desgaste emocional acumulado que merece atención.

Porque la motivación no siempre se recupera obligándonos a estar motivados.
A veces necesitamos comprender primero qué la ha ido apagando.

Antes de empezar: recuerda también lo que sí funcionó.

Cuando estamos cansados, nuestro cerebro tiende a recordar con facilidad aquello que salió mal.

El conflicto.
​La familia difícil.
El alumno que nos desafió.
La clase que nunca terminó de funcionar.
La reunión desagradable.
Pero probablemente el curso anterior también tuvo otros momentos.
Un alumno que avanzó.
Una conversación que ayudó.
Una familia que agradeció tu trabajo.
Un proyecto que salió bien.
Una clase en la que disfrutaste.
Un compañero que estuvo ahí.
Una dificultad que ahora gestionarías de otra manera.

En mi artículo “Final de curso: una oportunidad para la reflexión como profesora” proponía precisamente hacer ese balance antes de cerrar el curso.

Si lo hiciste, quizá este sea un buen momento para recuperarlo.

Y si no lo hiciste, todavía puedes preguntarte:

¿Qué hice bien el curso pasado?
¿Qué aprendí?
¿Qué situación que antes me desbordaba ahora sé manejar mejor?
¿Qué alumnos recuerdo con cariño?
¿De qué me siento orgullosa?
¿Qué quiero volver a hacer este año?

Porque empezar un nuevo curso no significa empezar de cero.
Llegas con todo lo que aprendiste durante los anteriores.

No necesitas sentir una gran ilusión para empezar.

Existe cierta presión por comenzar septiembre tremendamente motivados.

Pero las emociones no funcionan por obligación.

Decirte:
“debería estar contenta”
“tengo que motivarme”
“venga, cambia el chip”​ no suele generar motivación.

A veces genera más rechazo.
Puedes empezar simplemente reconociendo:

“Ahora mismo me cuesta volver.”​ Sin dramatizarlo.

Sin juzgarte.​ Sin convertirlo automáticamente en:

“ya no me gusta mi profesión”.

Quizá la ilusión aparezca después.
Cuando conozcas al grupo.
Cuando conectes con un alumno.
Cuando una clase salga bien.
Cuando vuelvas a reírte con tus compañeros.
Cuando algo que preparaste funcione.

La motivación no siempre precede a la acción.
A veces aparece mientras estamos actuando.


Haz más pequeño el curso.
Pensar:
“tengo nueve meses por delante”
puede resultar abrumador.​ No necesitas gestionar hoy todo lo que ocurrirá hasta junio.

Solo necesitas gestionar el comienzo.​ La primera semana.​ El primer grupo.​ La primera reunión.​ El primer día.

Cuando estamos ansiosos tendemos a adelantarnos demasiado.

Volver al presente reduce mucho la sensación de amenaza.

Pregúntate:

¿Qué necesito resolver realmente esta semana?​ No todo el curso.​ Esta semana.

Diferencia lo que depende de ti de lo que no depende de ti,
Probablemente no puedas decidir:

La ratio.
La legislación.
Los recursos disponibles.
Las decisiones de la administración.
La personalidad de determinadas familias.
El comportamiento de todos los alumnos.
La actitud de todos tus compañeros.

Pero quizá sí puedas decidir:

Cómo organizar determinadas tareas.
Qué límites poner.
Cuándo contestar correos.

A quién pedir ayuda.
Cómo hablarte después de cometer un error.
Qué conflictos merecen tu energía.
Cuándo parar.
Qué cosas dejar de hacer igual que el año pasado.
Qué compañeros buscar cuando necesites apoyo.
Dónde proteger mejor tu vida personal.

Esta distinción es fundamental.​ Porque dedicar constantemente energía a lo que no podemos controlar genera mucha impotencia.

Habla antes de estar desbordada.

A veces los profesores intentan aguantar demasiado.

“Ya se solucionará.”
“No quiero molestar.”
“Todos estamos igual.”
“Debería poder manejarlo.”

Pero pedir apoyo pronto puede evitar que una dificultad pequeña termine convirtiéndose en un problema enorme.

Habla con tu equipo.
Con orientación.
Con jefatura.
Con dirección.Con aquellos compañeros con los que puedas sentirte segura.

Pedir ayuda no significa que no sepas hacer tu trabajo.

La docencia es demasiado compleja como para ejercerla completamente en solitario.

Organízate pensando también en tu energía
No todo se organiza únicamente por horas.

También necesitamos organizarnos según la carga mental y emocional.

Quizá puedas preguntarte:

¿Qué tareas me agotan más?
¿Cuáles puedo simplificar?
¿Qué hago por costumbre aunque ya no tenga sentido?
¿Qué puedo preparar con antelación?
¿Qué estoy haciendo de manera demasiado perfeccionista?
¿Qué podría compartir o coordinar con compañeros?
¿Qué necesito dejar de llevarme a casa?

Ser buen profesor no significa dedicar todas las horas posibles a ser profesor.

También necesitas ser tú.​ Cuida cómo te hablas

Durante un curso ocurrirán errores.

Habrá clases malas.
Días en los que perderás la paciencia.
Decisiones que después tomarías de otra manera.
Alumnos con los que te costará conectar.
Familias que interpretarán algo de forma diferente.

Si cada dificultad se convierte en:

“soy mala profesora”
​”no sé gestionar una clase”
“esto me viene grande”
“no debería haber reaccionado así”

tu profesión se convierte en una evaluación permanente de tu valía personal.

Intenta cambiar la pregunta.

En lugar de:

“¿Qué dice esto de mí?”

pregúntate:

“¿Qué puedo aprender de esto?”

Porque la experiencia docente también se construye reparando.

Recupera tu propia manera de enseñar

Después de años de exigencias, protocolos, evaluaciones y obligaciones podemos alejarnos de aquello que inicialmente nos conectó con la profesión.

Pregúntate:

¿Qué disfruto enseñando?
¿Qué tipo de actividades me hacen sentir más yo?
¿Qué momentos con los alumnos me gustan especialmente?
¿Qué quiero aportar además de contenidos?
¿Qué profesor quiero ser este año?

No el profesor perfecto.
No el que esperan todos.

El profesor que tú quieres intentar ser.

Quizá la motivación no aparezca intentando hacerlo todo.
Quizá aparezca recuperando algo que para ti tiene sentido.

Y pregúntate qué quieres hacer diferente este curso

No necesitas cambiar diez cosas.

Elige una o dos.

Quizá:

No responder correos a cualquier hora.
Pedir ayuda antes.
No llevarte todos los conflictos a casa.
Preparar menos y confiar más en tu experiencia.
Dedicar más tiempo a aquello que sí funciona.
Compararte menos con otros profesores.
Poner límites antes de llegar al enfado.
Hablar con dirección de una situación que el año pasado callaste.
Reservarte un espacio real de descanso durante la semana.

Celebrar más lo que funciona.

Una pequeña modificación mantenida durante meses puede cambiar mucho más que una lista enorme de propósitos de septiembre.

Un nuevo curso no tiene que parecerse al anterior.

Puede que vuelvas al mismo centro.
Al mismo despacho.
Al mismo aula.

Incluso a algunos de los mismos alumnos.

Pero tú ya no eres exactamente la misma persona que llegó allí hace un año.
Sabes cosas que entonces no sabías.​ Has aprendido de algunos errores.

Has comprobado que puedes afrontar situaciones que en su momento parecían enormes.

Has descubierto límites.
Fortalezas.
Necesidades.

También quizá heridas.

Y todo eso forma parte del profesional que vuelve ahora.

Por eso, si septiembre te genera agobio, no necesitas obligarte a sentir entusiasmo.

Quizá necesitas escucharte.
Preguntarte qué te preocupa.
Diferenciar qué pertenece al presente y qué estás anticipando.
Recordar qué funcionó.
Pedir apoyo donde lo necesitas.
Organizar mejor aquello que sí depende de ti.

Y entrar poco a poco.

Porque la ilusión no siempre llega el 1 de septiembre.
A veces aparece días después.
En una conversación.
En una mirada.
En una clase que funciona.
En un alumno que empieza a confiar.
En ese instante pequeño en el que recuerdas por qué elegiste enseñar.

Y si tarda en aparecer, tampoco significa que hayas fracasado.

Quizá sea simplemente una señal de que necesitas cuidarte de otra manera este curso.

En junio te invité a preguntarte cómo terminabas.

Ahora, antes de volver, quizá la pregunta sea otra:

¿Cómo quiero empezar sin abandonarme a mí misma por el camino?

No todo depende de ti.​ Pero algunas cosas sí.

Y quizá ahí esté un buen lugar para comenzar.

Porque cuidar al profesor no es separar a la persona de su profesión.

Es precisamente recordar que detrás de quien enseña siempre hay alguien que también necesita sentirse sostenido, respetado, acompañado y cuidado.

​Deseo que este artículo haya sido inspirador para seguir o también reconocer qué queda pendiente y hay que trabajar de algún modo.

Abrazo a todos los profesores y mis pacientes.

Os deseo el mejor inicio de curso posible.

Imagen de Yolanda Cuevas

Yolanda Cuevas

2 respuestas a «Volver al “cole” sin ilusión: cuando septiembre pesa antes de empezar»

Muchísimas gracias. Me ha parecido una gran ayuda. Me he sentido muy comprendida. A mí además de todo lo mencionado se me suma la presión de ser autónoma: tener que buscar alumnos, difundir contenido para hacer atractivo mi centro, muchísima competencia… También la presión de muchos padres que quieren tener en tí una especie de coach para sus hijos que siempre los esté motivando. Pero es que estudiar y trabajar cuesta. La mayoría de las veces hay que ponerse primero y la motivación viene después, durante el proceso.
Gracias de nuevo por recordarnos que somos seres humanos y que muchas veces nos exigimos más de lo que podemos. Seguiré tus recomendaciones y recordaré que tengo la inmensa suerte de tener la profesión más bonita del mundo. Porque realmente el cariño que recibimos de nuestros alumnos, la ilusión cuando van viendo sus progresos y la gratitud de muchos padres es muy gratificante. Un abrazo

Muchísimas gracias a ti por compartirlo con tanta honestidad y cariño. 🧡🫂

A veces, detrás de un profesor o de una persona que acompaña a otros, olvidamos que también hay una persona que se cansa, que duda, que tiene presión y que necesita parar.

Y lo que cuentas sobre ser autónoma añade una carga que muchas veces no se ve: buscar alumnos, comunicar, diferenciarte, gestionar un centro, lidiar con la competencia… y, además, responder a las expectativas de las familias.

También me parece muy importante lo que dices sobre la motivación. No podemos convertir la motivación en el requisito imprescindible para empezar. Hay momentos en los que toca ponerse primero, hacer lo que corresponde aunque no apetezca, y confiar en que la motivación puede aparecer durante el camino, cuando empezamos a experimentar pequeños avances.

Y qué bonito que, a pesar de todo, puedas mirar tu profesión y reconocer también todo lo que te devuelve. La ilusión de un alumno cuando progresa, el cariño, la gratitud de una familia… son de esas cosas que recuerdan por qué merece la pena.

Un abrazo enorme y mucho ánimo para esta vuelta.

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