Yolanda Cuevas Ayneto

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Carta para quienes no pudieron tener con sus padres la relación que necesitaban

Hay pérdidas de las que se habla mucho y otras de las que cuesta bastante más hablar.

Cuando muere un padre o una madre, parece que alrededor existe una especie de guion sobre cómo debería sentirse una persona. Se espera tristeza, vacío, añoranza, desconsuelo. Y muchas veces aparece todo eso. Pero no siempre.

A veces muere un padre o una madre y no lloras como pensabas que ibas a llorar. No sientes ese vacío del que hablan los demás. Incluso puedes notar alivio. Y entonces, además de la muerte, aparece otra cosa: la sensación de que quizá hay algo extraño en ti por no estar sintiendo lo que se supone que deberías sentir.

Pero quizá tu historia con ellos fue distinta.

Quizá hubo cariño, sí, pero también mucha distancia. O años de discusiones, silencios, críticas, rechazo, negligencia, inestabilidad, adicciones, enfermedad mental o situaciones que te hicieron daño. Tal vez hubo una relación que desde fuera podía parecer normal y, sin embargo, dentro de casa faltaron cosas muy importantes.

Porque un hijo puede haber tenido comida, estudios, vacaciones y una casa donde vivir y, aun así, haber crecido sintiendo que no podía apoyarse emocionalmente en sus padres. Puede haber faltado sentirse visto, escuchado, protegido, aceptado. Puede haber faltado algo tan básico como poder acercarse sin miedo o sentir que uno era importante tal y como era.

Y cuando una relación ha sido así, la muerte también puede sentirse de una manera distinta.

A veces no solo muere la persona.

Muere la posibilidad.

La posibilidad de que algún día las cosas fueran diferentes. De que tu padre pudiera reconocer aquello que te hizo daño. De que tu madre pudiera escucharte de otra manera. De tener esa conversación que llevabas años imaginando. De escuchar un “lo siento”. De preguntar algo que nunca te atreviste a preguntar. De entender. De acercaros. De reparar algo. O simplemente de comprobar si todavía quedaba alguna forma de encontraros.

Mientras alguien está vivo, incluso cuando la relación es muy mala, puede quedar una pequeña puerta abierta en algún lugar de nuestra cabeza.

“Algún día.”

“Quizá más adelante.”

“Cuando pueda hablar de esto.”

“Cuando esté preparado.”

“Cuando deje de doler tanto.”

Y de pronto esa persona muere.

Y esa puerta se cierra.

A veces ese es el verdadero golpe.

Porque no siempre lloramos a la persona que tuvimos. En ocasiones lloramos al padre o a la madre que necesitábamos y nunca llegamos a tener.

Y ese duelo puede ser especialmente solitario.

Porque desde fuera alguien puede decirte: “Pero si casi no teníais relación”. Como si la distancia protegiera del dolor. O quizá escuches: “Después de todo lo que te hizo, casi mejor”. Como si una historia afectiva pudiera resumirse así.

Pero las relaciones importantes casi nunca son tan sencillas.

Podemos querer a alguien y estar profundamente heridos por él. Podemos haber necesitado alejarnos y seguir deseando que algún día algo cambiara. Podemos echar de menos a una persona con la que apenas podíamos estar. Podemos sentir alivio porque se ha terminado una relación que nos hacía daño y, al mismo tiempo, sentir tristeza porque también se ha terminado para siempre cualquier posibilidad de que fuera distinta.

Todo eso puede convivir.

También puede ocurrir que, cuando muere, sientas descanso.

Que tu cuerpo se relaje de una forma que te sorprenda. Que desaparezca una tensión que llevaba años contigo. Que ya no tengas miedo de una llamada, de una discusión, de una exigencia, de una humillación o de volver a entrar en una dinámica que te hacía daño.

Y entonces quizá aparezca la culpa.

“¿Cómo puedo sentir alivio porque ha muerto mi padre?”

“¿Qué clase de hija soy si no estoy destrozada?”

Pero el alivio no siempre habla de falta de amor. A veces habla de cuánto habías sufrido. De cuánto tiempo llevabas protegiéndote. De la energía que necesitabas para sostener esa relación o para defenderte de ella.

Hay personas que, además, apenas sienten nada cuando sus padres mueren. Y eso también puede resultar desconcertante.

Pero a veces la distancia emocional empezó mucho antes de la muerte.

Quizá llevabas años despidiéndote de esa relación sin saber que estabas haciéndolo. Cada decepción fue cerrando un poco más la puerta. Cada intento fallido. Cada límite que tuviste que poner. Cada vez que asumiste que no ibas a recibir aquello que necesitabas.

En algunas historias, la muerte física llega mucho después de que el vínculo ya hubiera cambiado profundamente.

No necesitas fabricar tristeza para demostrar que eres una buena persona. Ni sentir más para cumplir con la imagen de lo que debería ser perder a un padre o a una madre.

Tu duelo tiene que ver con vuestra historia real, no con la historia que se suponía que deberíais haber tenido.

Hay personas que pueden revisar esa relación antes de que sus padres mueran. Hablan, preguntan, confrontan, ponen límites, entienden algunas cosas. A veces consiguen acercarse. Otras veces deciden mantener distancia, pero lo hacen desde un lugar diferente. Algunas pueden reparar algo.

Pero no todo el mundo tiene esa oportunidad.

A veces el padre o la madre no quiere hablar. Niega lo ocurrido. No puede asumir responsabilidad. El contacto sigue siendo perjudicial. Hay demasiado daño. O simplemente la muerte llega antes de que todo eso pueda suceder.

Y entonces puede aparecer otra sensación difícil: “Ahora ya no puedo hacer nada”.

Pero sí hay algo que todavía puede hacerse.

No con esa persona.

Contigo.

Porque una relación puede terminar con la muerte y, sin embargo, seguir viviendo durante mucho tiempo en la forma en la que te miras, te relacionas, pones límites, eliges pareja, reaccionas ante el rechazo o interpretas lo que los demás sienten hacia ti.

Puede seguir en la culpa. En la vergüenza. En la sensación de no ser suficiente. En la necesidad de agradar. En el miedo a decepcionar. En la rabia que nunca pudiste expresar o en una tristeza que quizá llevabas años apartando.

Y todo eso se puede mirar después.

A veces, incluso, es después cuando uno empieza a poder hacerlo.

No porque tengas que “cerrar” la historia ni porque exista una forma perfecta de resolverla. Tampoco porque tengas que perdonar si no quieres hacerlo.

Sanar una historia puede significar muchas otras cosas.

Puede ser entender mejor lo que ocurrió y dejar de justificar aquello que te hizo daño. Reconocer lo que necesitaste y no recibiste. Darle un lugar a la rabia sin vivir atrapado en ella. Poder recordar sin volver emocionalmente al mismo punto. Aprender a tratarte de una manera distinta a como quizá te trataron.

Y también puede significar aceptar algo muy doloroso: que hay respuestas que nunca van a llegar.

No siempre sabremos por qué hicieron lo que hicieron.

No siempre habrá una disculpa.

No siempre podremos entenderlo todo.

Pero nuestra vida no tiene por qué quedarse detenida esperando esas respuestas.

Si tu padre o tu madre ha muerto y no sientes lo que creías que ibas a sentir, no hace falta que te fuerces.

Si lloras mucho, está bien.

Si lloras poco, también.

Si sientes alivio, quizá convenga escuchar qué te cuenta ese alivio sobre lo que viviste.

Si aparece rabia, quizá tenga algo que decir.

Si sientes culpa, merece ser mirada con cuidado, no obedecida automáticamente.

Y si lo que más te duele es lo que nunca ocurrió entre vosotros, eso también forma parte del duelo.

Tal vez ahora, cuando esa relación ya no puede cambiar fuera, puedas empezar a trabajar cómo quieres vivir tú con ella por dentro.

A veces eso necesitará tiempo. A veces necesitará ayuda profesional, especialmente cuando hay trauma, maltrato, negligencia o recuerdos que siguen teniendo demasiado peso. No porque haya nada que corregir en ti, sino porque algunas historias son demasiado complejas para seguir cargándolas siempre de la misma manera.

Y quizá haya algo que puedas empezar a hacer ahora por ti.

Escucharte de una forma en la que no te escucharon.

Creerte.

Protegerte.

Poner límites sin sentir que estás haciendo algo malo.

Tratar con más cuidado esa parte tuya que durante tantos años siguió esperando que algún día las cosas fueran diferentes.

La muerte de un padre o de una madre puede cerrar definitivamente una relación.

Pero no tiene por qué decidir para siempre cómo vas a vivir con lo que ocurrió en ella.

Un abrazo.

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Cuando muere un padre o una madre: todo lo que necesitamos saber sobre una de las pérdidas más profundas de la vida

Hay pérdidas que nos cambian.

Y perder a un padre o una madre es una de ellas.

Da igual que tengamos 20, 45 o 70 años. Da igual que nuestro padre tuviera 60 o 95. Da igual incluso que supiéramos que iba a ocurrir.

Hay algo que se rompe cuando muere una de las personas que estuvo en el origen de nuestra propia historia.

Para algunas personas supone perder a su mayor apoyo. Para otras, a su confidente. Para otras, a la persona que siempre estaba “ahí”, incluso aunque la relación no fuera especialmente cercana. Y para algunas supone también enfrentarse a una historia complicada, a conversaciones pendientes, a heridas antiguas o a una relación que nunca llegó a ser la que necesitaban.

Por eso no existe una única forma de vivir la muerte de un padre o una madre.

No existe un duelo “correcto”.

Y, sobre todo, no existe una edad a partir de la cual perder a tus padres deje de doler.

La muerte de un padre o una madre no solo significa perder a una persona

Cuando muere un padre o una madre, muchas veces perdemos varias cosas al mismo tiempo.

Podemos perder:

  • A la persona concreta.
  • Una figura de referencia.
  • Un apoyo emocional.
  • Parte de nuestra historia.
  • Los recuerdos compartidos.
  • La sensación de tener un lugar al que volver.
  • A alguien que nos conocía desde antes de que nosotros mismos pudiéramos recordarlo.
  • La idea de seguir siendo “hijo” o “hija” de alguien que está en el mundo.

A veces la muerte de un progenitor nos enfrenta también a nuestra propia mortalidad.

De repente pensamos:

“Ahora me toca a mí ser la siguiente generación”.

O:

“Ya no queda nadie que me recuerde como era de pequeña”.

La muerte de los padres puede provocar cambios profundos en la identidad, especialmente en la edad adulta. La pérdida del último progenitor, además, puede tener un significado especialmente intenso porque modifica la percepción de pertenencia, familia y continuidad generacional. 

No es lo mismo perder a un padre a los 15 que a los 50

La edad del hijo o hija importa. No porque determine cuánto se va a sufrir, sino porque determina qué significa esa pérdida en ese momento vital.

Cuando se pierde a un padre o madre siendo niño

El niño no solo pierde a una persona querida.

Puede perder seguridad, estabilidad y una figura necesaria para su desarrollo.

Además, su comprensión de la muerte dependerá de su edad y de su capacidad para entender que la ausencia es definitiva.

Necesitará adultos que puedan explicarle lo ocurrido con claridad, responder a sus preguntas y permitirle expresar el dolor sin obligarle a hacerlo de una manera determinada.

Un niño puede llorar intensamente y, media hora después, querer jugar.

Eso no significa que no le importe.

Significa que los niños entran y salen del dolor de una forma diferente a los adultos.

Perder a un padre o madre en la adolescencia

La adolescencia ya es una etapa de enormes cambios.

La muerte puede llegar en un momento en el que la persona está intentando construir su propia identidad, separarse de sus padres y, al mismo tiempo, todavía los necesita profundamente.

Puede aparecer rabia.

Puede haber sensación de injusticia.

Puede surgir miedo a perder también al otro progenitor.

Y, en ocasiones, el adolescente puede sentir que tiene que hacerse mayor demasiado deprisa.

Perder a un padre o madre siendo adulto

A menudo se minimiza este dolor.

Se escucha:

“Bueno, ya era mayor”.

“Es ley de vida”.

“Por lo menos lo has tenido muchos años”.

Pero haber tenido a alguien durante muchos años no hace que su ausencia sea más sencilla.

A veces ocurre precisamente lo contrario.

Décadas de conversaciones, costumbres, llamadas, comidas familiares y experiencias compartidas dejan una huella enorme.

Puedes tener 50 años y sentirte huérfano.

Puedes tener 65 y sentirte de repente profundamente solo.

Porque, aunque seamos adultos, seguimos siendo hijos.

Y una parte de nosotros puede seguir necesitando a nuestros padres incluso cuando ya no dependemos de ellos.

Tampoco es lo mismo cómo murió

Las circunstancias de la muerte influyen profundamente en la experiencia del duelo.

La muerte repentina

Un accidente, un infarto inesperado o una muerte súbita pueden dejar a la persona con una sensación de irrealidad.

No hubo tiempo para prepararse.

No hubo despedida.

No hubo oportunidad de decir determinadas cosas.

La mente puede quedarse atrapada intentando reconstruir lo ocurrido:

“¿Y si hubiera hecho algo?”

“¿Y si hubiera llegado antes?”

“¿Y si hubiera insistido?”

El duelo puede mezclarse con shock y, en algunos casos, con elementos traumáticos.

Cuando la muerte llega después de una enfermedad larga

Aquí aparece algo que muchas personas no saben nombrar.

El duelo puede comenzar antes de la muerte.

Durante meses o años, la familia puede ir viendo cómo esa persona cambia, pierde capacidades o se deteriora.

Hay ingresos.

Altas.

Recaídas.

Esperanza.

Miedo.

Hospitales.

Pruebas.

Esperas.

Llamadas a cualquier hora.

Y una incertidumbre constante.

A esto puede sumarse lo que conocemos como duelo anticipado: empezar a experimentar pérdidas emocionales mientras la persona todavía está viva.

Pero que hayas ido preparándote no significa que la muerte duela menos.

Muchas personas sienten:

“Sabía que iba a pasar, pero no estaba preparada”.

Y ambas cosas pueden ser verdad.

Cuando has sido cuidador o cuidadora: el duelo tiene una dimensión más.

Esta es una parte especialmente importante.

Cuando una persona ha dedicado meses o años a cuidar de su padre o madre, la muerte no solo supone perderle.

También supone perder una función que ocupaba gran parte de su vida.

Durante mucho tiempo todo ha podido organizarse alrededor de esa persona:

Las citas médicas.

Los hospitales.

Los medicamentos.

Las visitas.

Las llamadas.

La preocupación.

La vigilancia.

La incertidumbre.

De repente, todo se detiene.

Y puede aparecer una sensación extraña:

“¿Y ahora qué hago?”

Incluso puede sentirse vacío, desorientación o una especie de ausencia de propósito.

No significa que queramos recuperar la enfermedad.

Significa que nuestro cuerpo y nuestra mente llevaban mucho tiempo viviendo en un estado de alerta y responsabilidad.

Después de la muerte, no siempre llega inmediatamente el descanso.

A veces llega el derrumbe.

A veces el cuerpo se permite sentir lo que no pudo sentir mientras tenía que seguir funcionando.

Y, en ocasiones, aparece incluso alivio.

Esto también puede generar culpa.

Pero sentir alivio porque alguien ha dejado de sufrir, o porque ha terminado una situación agotadora, no significa querer menos a la persona.

En el duelo pueden convivir emociones aparentemente contradictorias.

Amor y alivio.

Tristeza y descanso.

Dolor y agradecimiento.

Rabia y culpa.

Nada de eso invalida el vínculo.

La relación que tenías con tu padre o tu madre cambia el duelo

No todas las personas lloran la muerte de sus padres por las mismas razones.

Cuando había una relación cercana y segura

La pérdida puede sentirse como perder un refugio.

Una persona a la que llamar.

Alguien que conocía nuestra historia.

Alguien que celebraba nuestros logros y nos acompañaba en los fracasos.

La ausencia puede aparecer en miles de pequeños momentos:

“Esto se lo tendría que contar”.

“Le habría gustado esto”.

“¿Qué pensaría?”

Y esa es una de las formas en las que la ausencia continúa apareciendo.

Cuando la relación era complicada

Aquí el duelo puede ser especialmente confuso.

Porque no solo se llora lo que existió.

A veces también se llora lo que nunca existió.

La conversación que nunca se tuvo.

El abrazo que nunca llegó.

El reconocimiento esperado durante años.

La posibilidad, aunque fuera pequeña, de que algún día la relación cambiara.

Cuando una persona muere, también puede morir la esperanza de reparar determinadas cosas.

Por eso pueden aparecer rabia, tristeza, culpa o incluso alivio.

Y ninguna de estas emociones convierte a alguien en mala hija o mal hijo.

Las relaciones ambivalentes o conflictivas pueden añadir complejidad al duelo. 

La edad con la que murió tu padre o tu madre también importa

Cuando alguien muere joven, suele aparecer una sensación intensa de ruptura del orden esperado.

“No le tocaba todavía”.

“Era demasiado pronto”.

Cuando muere una persona muy mayor, socialmente se tiende a pensar que la pérdida debería ser más fácil de aceptar.

Pero comprender racionalmente que una muerte forma parte del ciclo vital no elimina el dolor emocional.

Una persona puede pensar:

“Ha vivido una vida larga y bonita”.

Y, al mismo tiempo:

“No quiero que no esté”.

Ambas cosas pueden coexistir.

Antes de que muera: qué podemos hacer cuando sabemos que se acerca el final

No siempre tenemos esta oportunidad.

Y es importante decirlo: quien no pudo despedirse no tiene que sentirse culpable.

Muchas muertes son inesperadas.

Y, además, incluso cuando sabemos que alguien está muy enfermo, nunca sabemos realmente cuándo será el último día.

Pero cuando existe tiempo, algunas cosas pueden ayudarnos.

Hablar, si la situación lo permite

No hace falta tener “la conversación perfecta”.

A veces basta con decir:

“Te quiero”.

“Gracias”.

“Me alegro de haber sido tu hija”.

“Hay algo que siempre recordaré de ti”.

“¿Hay algo que quieras decirme?”

No todas las despedidas tienen que ser dramáticas.

Una conversación cotidiana también puede convertirse después en un recuerdo importante.

Preguntar por su historia

Una de las cosas más bonitas que podemos hacer es preguntar.

¿Cómo fue su infancia?

¿Cómo conoció a nuestra madre o padre?

¿Qué recuerda de nosotros cuando éramos pequeños?

¿Cuál fue uno de los momentos más felices de su vida?

¿Qué le hubiera gustado hacer?

¿Qué consejo nos daría?

Podemos grabar algunas conversaciones, si la persona está de acuerdo.

No para convertir los últimos días en un proyecto.

Sino para conservar su voz, su manera de contar las cosas y parte de su historia.

Recuperar recuerdos

Mirar fotografías.

Escuchar música.

Volver a lugares importantes.

Cocinar algo que le guste.

Recordar anécdotas familiares.

A veces, cuando la enfermedad ha ocupado todo el espacio, es importante recuperar a la persona más allá de su condición de enferma.

Recordar quién era antes de los hospitales.

Decir lo pendiente

No siempre será posible.

Y no siempre será conveniente.

Pero algunas personas necesitan aprovechar ese tiempo para expresar agradecimiento, pedir perdón o perdonar.

Otras no.

No existe la obligación de reconciliarse antes de una muerte.

Las relaciones humanas son complejas.

Y una despedida no tiene que cumplir con un guion ideal.

Después del entierro: cuando todo el mundo vuelve a casa

Esta es, para muchas personas, una de las partes más difíciles.

Durante los días anteriores hay mucho que hacer.

Llamadas.

Hospital.

Trámites.

Familia.

Preparar el funeral.

Recibir a la gente.

Tomar decisiones.

Pero después del entierro llega el silencio.

Y muchas personas describen ese momento como el verdadero comienzo de la ausencia.

Todo el mundo vuelve poco a poco a su vida.

Pero tú no.

Tu vida acaba de cambiar.

Es frecuente que el primer día después del funeral resulte especialmente duro.

Ya no hay nada urgente que organizar.

Y entonces aparece la realidad.

Ha muerto. Y ahora tengo que aprender a vivir en un mundo en el que esa persona no está.

Qué hacer los primeros días después del entierro

No existe una fórmula.

Pero sí algunas cosas que pueden ayudar.

1. Reduce las exigencias

No es momento de pedirte productividad.

Ni decisiones importantes si pueden esperar.

Ni volver inmediatamente a ser “la de siempre”.

El duelo consume mucha energía.

Tu concentración puede disminuir.

Puedes olvidar cosas.

Sentirte cansado.

Dormir mal.

O no tener ganas de nada.

El cuerpo también está viviendo la pérdida.

2. No llenes todos los silencios

Muchas personas intentan ocupar cada minuto.

Trabajar.

Limpiar.

Organizar.

Salir.

Estar continuamente con gente.

Las distracciones pueden ser necesarias y saludables en determinados momentos.

Pero intentar escapar constantemente del dolor puede hacer más difícil procesar lo ocurrido.

No tienes que estar todo el día llorando.

Pero tampoco tienes que huir de cada emoción.

El duelo necesita momentos para sentirse y momentos para descansar de él.

3. Cuida las necesidades básicas

Parece algo pequeño, pero en los primeros días puede ser difícil.

Comer.

Beber agua.

Dormir.

Ducharte.

Salir a caminar.

Respirar aire libre.

No solucionan el duelo.

Pero ayudan a sostener un cuerpo que está atravesando una experiencia emocional enorme. Las recomendaciones generales incluyen mantener rutinas básicas, actividad física adaptada, alimentación y apoyo social, sin pretender hacerlo todo de golpe. 

4. Deja que alguien te ayude

Y, si puedes, pide ayuda concreta.

No solo:

“Estoy mal”.

Sino:

“¿Puedes venir esta tarde?”

“¿Puedes hacerme la compra?”

“¿Podemos salir a caminar?”

“¿Puedes acompañarme a hacer este trámite?”

Cuando estamos en duelo, incluso las tareas sencillas pueden resultar agotadoras.

Actividades que pueden ayudar después de perder a un padre o una madre

No son obligaciones.

No hay que hacerlas todas.

Son posibilidades.

Escribirle una carta

Puedes escribir:

Lo que no pudiste decir.

Lo que agradeces.

Lo que te enfada.

Lo que echas de menos.

Lo que está pasando desde que se fue.

No tienes que enseñársela a nadie.

Crear una caja de recuerdos

Puedes guardar:

Fotografías.

Cartas.

Objetos.

Una receta escrita de su puño y letra.

Una prenda.

Una entrada.

Una nota.

Algo que tenga significado.

Hacer un álbum de su vida

No solo de su muerte. De su vida.

Recoger fotografías y pedir a familiares que escriban recuerdos o anécdotas.

A veces ayuda reconstruir la historia completa de una persona.

Hablar de él o de ella

Muchas personas dejan de mencionar al fallecido porque tienen miedo de hacer daño.

Pero, a menudo, lo que más duele no es escuchar su nombre.

Es sentir que el mundo empieza a olvidarlo.

Hablar de la persona.

Contar anécdotas.

Decir su nombre.

Recordar.

Todo esto puede formar parte de mantener un vínculo significativo con quien ha muerto.

Las actividades de recuerdo y homenaje pueden ayudar a integrar la relación y honrar la vida de la persona fallecida. 

Mantener algún ritual

Puede ser:

Encender una vela en determinadas fechas.

Escuchar una canción.

Cocinar su comida favorita.

Ir a un lugar especial.

Hacer algo que le gustaba.

No se trata de quedarse atrapado en el pasado.

Se trata de encontrar una nueva manera de relacionarnos con el recuerdo.

¿Hay que retirar inmediatamente sus cosas?

No. No existe ninguna norma que diga cuándo hay que hacerlo. Algunas personas necesitan guardar determinadas cosas rápidamente.

Otras necesitan meses. O años.

Algunas conservan objetos concretos toda su vida.

No hay una manera psicológicamente correcta.

Lo importante es que las decisiones no se tomen únicamente por presión externa. Por eso no es tampoco tarea del entorno.

“No puedes tener su habitación así”.

“Ya deberías quitar sus cosas”.

“Te estás agarrando al pasado”.

Cada persona necesita su propio tiempo.

Los trámites pueden ser una segunda fuente de agotamiento

Después de una muerte hay una cantidad enorme de cuestiones prácticas.

Documentación.

Bancos.

Herencias.

Seguros.

Objetos.

Viviendas.

Papeles.

Y muchas veces hay que hacerlo mientras emocionalmente apenas podemos pensar.

Si es posible, repartir responsabilidades entre familiares puede evitar que una sola persona cargue con todo.

También es importante entender que los conflictos familiares pueden intensificarse en estos momentos.

El duelo no convierte automáticamente a las familias en un lugar de armonía.

A veces activa antiguas heridas, rivalidades y diferencias.

Intentar resolver todos los conflictos familiares en los primeros días no siempre es una buena idea.

La culpa: una de las emociones más frecuentes

“Debería haber ido más”.

“Podría haberme dado cuenta antes”.

“Ese día estaba cansada”.

“No le llamé”.

“Discutimos”.

“No estuve cuando murió”.

La culpa suele buscar una sensación de control.

Porque a veces resulta insoportable aceptar que no podíamos evitar lo ocurrido.

La mente revisa.

Busca errores.

Construye escenarios alternativos.

Pero cuidar de alguien, amar a alguien o ser su hijo no significa haberlo hecho todo perfectamente.

Ninguna relación humana es perfecta.

Y ninguna muerte deja todo perfectamente cerrado.

Cuando aparece alivio

Esto merece decirse claramente. Puedes sentir alivio.

Especialmente después de una enfermedad larga, dolorosa o con mucho sufrimiento.

Puedes sentir alivio porque tu padre o tu madre ya no sufre.

Porque ha terminado una agonía.

Porque tú ya no vives pendiente de una llamada del hospital.

Porque tu cuerpo ha dejado de estar en alerta permanente.

Y después sentir culpa por ese alivio.

Pero el alivio no borra el amor.

Puedes echar muchísimo de menos a alguien y, al mismo tiempo, sentir que descansar de una situación extremadamente dura ha supuesto un cambio físico y emocional.

Las emociones en el duelo no son coherentes ni ordenadas.

Son humanas.

Los aniversarios y las fechas importantes

El primer cumpleaños.

La primera Navidad.

El primer cumpleaños tuyo sin esa persona.

El Día del Padre o de la Madre.

El aniversario de la muerte.

Estas fechas pueden anticiparse con ansiedad.

Puede ayudar decidir previamente qué quieres hacer.

No dejarlo siempre al azar.

Puedes elegir:

  • Estar acompañado.
  • Estar solo.
  • Hacer un homenaje.
  • Evitar determinados compromisos.
  • Ir a un lugar significativo.
  • Hablar de esa persona.
  • No hacer nada especial.

También puedes cambiar de opinión.

El duelo no avanza en línea recta

Habrá días mejores. Y después, días terribles.

Puedes pensar que estás mejorando y llorar desconsoladamente porque has encontrado una chaqueta, escuchado una canción o visto su número en el teléfono.

Eso no significa que hayas retrocedido. El duelo suele funcionar más como olas que como una escalera.

Con el tiempo, generalmente las olas no desaparecen por completo.

Pero aprendemos a reconocerlas. A saber que vienen.

Y, poco a poco, suelen dejar de arrasarnos con la misma intensidad.

No existe un calendario universal ni unas fases obligatorias que todas las personas deban atravesar en orden. 

¿Cuándo conviene pedir ayuda psicológica?

Estar destrozado después de perder a un padre o una madre no significa necesariamente que necesites terapia.

El duelo no es una enfermedad. Y sentir dolor no es algo que haya que eliminar rápidamente.

Sin embargo, pedir ayuda puede ser importante cuando:

  • El dolor no permite funcionar mínimamente durante un tiempo prolongado.
  • Existe una sensación de bloqueo que no disminuye.
  • La muerte fue traumática.
  • Hay imágenes o recuerdos intrusivos.
  • Aparece una culpa intensa y persistente.
  • Existe una relación previa muy conflictiva que complica la elaboración.
  • Hay aislamiento total.
  • Aparecen pensamientos de muerte o de no querer seguir viviendo.
  • El sufrimiento, con el paso de los meses, sigue siendo igual o aumenta en intensidad.
  • Resulta imposible aceptar la realidad de la muerte o retomar aspectos básicos de la vida cotidiana.

Las muertes repentinas o traumáticas y determinados factores relacionales o circunstanciales pueden aumentar la vulnerabilidad a un duelo más complicado. 

Pedir ayuda no significa que estés haciendo mal el duelo.

A veces significa simplemente que no quieres atravesar solo algo que es demasiado grande.

Quizá lo más importante: no tienes que “superar” a tu padre o a tu madre

Hay una idea que hace mucho daño:

“Algún día lo superarás”. Quizá no se trata de superar. Porque no queremos superar a las personas que hemos amado como si fueran una enfermedad o un obstáculo. Se trata de otra cosa. De aprender a vivir con una ausencia.

De construir una vida en la que esa persona ya no está físicamente, pero en la que su historia sigue formando parte de nosotros.

Al principio, la ausencia ocupa todo el espacio.

Después, poco a poco, la vida empieza a crecer alrededor del dolor.

No porque olvidemos.

No porque queramos menos.

Sino porque sobrevivir también es una forma de amor.

Si acabas de enterrar a tu padre o a tu madre:

No tienes que saber qué hacer mañana.

No tienes que gestionar perfectamente lo que sientes.

No tienes que ser fuerte.

No tienes que consolar a todo el mundo.

No tienes que ordenar sus cosas.

No tienes que volver a trabajar emocionalmente como si nada hubiera ocurrido.

No tienes que dejar de llorar porque “ya ha pasado el funeral”.

No tienes que estar triste todo el tiempo.

No tienes que sentir solo tristeza.

Puedes estar roto.

Puedes estar enfadado.

Puedes sentir alivio.

Puedes no sentir nada durante unas horas.

Puedes reírte y sentirte culpable después.

Puedes echarle de menos incluso cuando llevabas años preparándote para su muerte.

Puedes descubrir que el verdadero dolor ha empezado ahora, cuando se han acabado las visitas, los hospitales, las llamadas y las decisiones.

Cuando todo el mundo se ha ido.

Cuando vuelves a casa.

Y ya no está.

No hay una forma correcta de querer a alguien después de que haya muerto.

Solo hay una tarea lenta y profundamente humana:

aprender a seguir viviendo sin tener que dejar de amar y recordar.

Aquí comparto ideas para lo primeros 30 días después de perder a una madre o padre.

Una lista: “50 cosas que puedes hacer cuando alguien que quieres acaba de morir”

  • Para cuando necesito sentir.
  • Para cuando necesito distraerme.
  • Para cuando necesito recordar.
  • Para cuando necesito compañía.
  • Para cuando necesito descansar del dolor.

En mi próximo artículo te las comparto.

Y para finalizar: Cosas que nadie te cuenta sobre perder a un padre o una madre”

Por ejemplo:

  • Que el funeral no es el final, sino muchas veces el principio real del duelo.
  • Que puedes sentir alivio y dolor a la vez.
  • Que puedes tener 60 años y sentirte huérfano.
  • Que la relación cambia, pero no desaparece necesariamente de tu vida interior.
  • Que puedes empezar a echarle más de menos meses después.
  • Que ver sufrir a un padre durante años también deja huella.
  • Que cuidar puede hacer que después no sepas quién eres sin esa responsabilidad.
  • Que a veces lloras más por cosas pequeñas que por el momento de la muerte.
  • Que no todo el mundo de la familia hará el duelo igual.
  • Que no tienes que dejar de nombrarlo para “seguir adelante”.

Cualquier duda o si quieres compartir tu experiencia puedes dejarlo en comentarios. Te leo con cariño y te mando un abrazo.

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Después de un terremoto: cómo ayudar a los niños a recuperar la seguridad

Llevar a un niño unos días con familiares a otra ciudad no es necesariamente malo ni necesariamente bueno. Depende de para qué se hace, de las condiciones de seguridad y, sobre todo, de cómo se encuentre el niño y de qué estabilidad pueda ofrecer ese entorno.

Tras un terremoto, los niños pueden expresar el impacto de forma muy corporal y conductual: dormir peor, despertarse, llorar más, estar más pegados a sus padres, tener miedo a separarse, irritarse, hacerse pis, jugar repetitivamente al terremoto o volver temporalmente a conductas de etapas anteriores. Son respuestas que pueden aparecer después de una situación de amenaza. 

¿Mejor quedarse o irse?

Si el lugar donde viven es seguro y las autoridades no indican evacuar, no recomendaría trasladar a un niño únicamente por miedo de los adultos.

¿Por qué?

Porque para un niño pequeño, después de que “la tierra haya dejado de ser segura”, perder además su casa, sus rutinas, su colegio, sus juguetes​, ciertos ensere y sus figuras de referencia puede añadir más cambios e incertidumbre.

Se recomienda, siempre que sea posible, mantener a los niños junto a sus cuidadores y conservar rutinas; si hay que cambiar de entorno, es importante crear nuevas rutinas y mantener las figuras de cuidado estables. 

Pero si la vivienda no es segura, hay riesgo de réplicas, las autoridades recomiendan salir o el entorno está objetivamente comprometido, marcharse es una medida de protección física, no una evitación psicológica. La seguridad física va primero. 

¿Qué necesitan especialmente los niños?

1. Un adulto regulado.
No necesitan que les digamos “no tengas miedo”. Necesitan percibir:
“Mamá/papá está aquí. Los adultos estamos ocupándonos de esto.”

2. Información sencilla y verdadera.
Sin detalles innecesarios ni imágenes.
“Ha temblado la tierra. Es normal que te hayas asustado. Ahora estamos aquí y estamos seguros.”

3. Contacto físico y cercanía.
Si quieren estar pegados, abrazados o dormir cerca unos días, podemos acompañarlos. No hay que interpretar automáticamente esa necesidad como “dependencia”​ como término negativo.

4. Rutinas.
Comer, dormir, jugar, bañarse, leer un cuento… Las pequeñas rutinas devuelven previsibilidad al cerebro infantil. 

5. Juego.
El juego es una de las formas que tienen los niños de procesar experiencias que todavía no pueden explicar con palabras. Podemos dejarles jugar, dibujar o hablar, sin dirigirles constantemente hacia el terremoto.

6. Menos exposición a vídeos y noticias.
Un niño no necesita ver una y otra vez imágenes de edificios cayéndose para comprender que ha ocurrido algo grave. Se recomienda proteger a los niños de escenas, relatos e imágenes especialmente perturbadoras. ​Al igual que recomendamos a los medios de comunicación a la hora de informar. Y a los adultos con la infoxicación y no informarse de noche que es cuando vamos a dormir.

​Importante:

No intentemos que nuestros hijos no tengan miedo.​ Se trata de acompañarles ​y se sientan seguros.​ Para ellos los adultos tienen que saber regularse y compartir su propia experiencia.

Y si después de las primeras semanas el miedo continúa siendo muy intenso, aparecen pesadillas frecuentes, ataques de pánico, evitación marcada, regresiones persistentes o el malestar interfiere claramente en su vida, conviene consultar con un profesional. Importante recomienda pedir ayuda cuando la ansiedad no remite o aparecen síntomas graves. 

Después de un terremoto, un niño no necesita una vida sin miedo. Necesita adultos que le ayuden a volver a sentir que el mundo puede ser seguro.

Una situación difícil también puede convertirse en una oportunidad psicológica

Un terremoto no es una experiencia que debamos minimizar ni convertir en algo positivo a la fuerza. Ha sido una situación potencialmente amenazante y es normal sentir miedo.

Pero, especialmente con los niños, podemos aprovechar estos días para enseñarles algo que les servirá para toda la vida:​ sentir miedo no significa no poder afrontarlo.

Podemos enseñarles que:

  • Las emociones intensas se pueden atravesar acompañados.
  • Podemos pedir ayuda cuando la necesitamos.
  • Nuestro cuerpo puede activarse ante el peligro y después aprender a recuperar la calma.
  • No todo lo que sentimos significa que algo malo esté ocurriendo ahora.
  • Podemos hablar de lo que nos pasa sin avergonzarnos.
  • Después de algo difícil podemos volver poco a poco a nuestras rutinas.
  • La familia puede convertirse en un lugar de seguridad y regulación.
  • No podemos controlar todo lo que ocurre, pero sí podemos aprender qué hacer cuando ocurre algo que nos asusta.

Y hay algo especialmente importante:

Los niños aprenden de cómo los adultos afrontamos el miedo.

Si ante cada pequeño ruido el adulto entra en pánico, busca constantemente información, habla continuamente del terremoto o transmite que “aquí puede pasar cualquier cosa”, el niño puede aprender:

“El mundo es peligroso y necesito estar alerta.”

Pero si el adulto puede decir:

“Sí, nos hemos asustado. Ha sido fuerte. Vamos a comprobar que estamos seguros y ahora vamos a seguir juntos.”

el mensaje cambia:

“Puedo sentir miedo y, aun así, estar acompañado. Los adultos saben qué hacer. El miedo pasa.”

Por eso, quizá estos días no se trate solamente de proteger a nuestros niños del miedo, sino también de enseñarles, con nuestro ejemplo, qué hacer con él.

Esta situación puede convertirse en una oportunidad para entrenar seguridad, regulación emocional, resiliencia, comunicación y confianza.

Sin negar lo ocurrido.
Sin forzarles a estar bien.
Sin sobreexponerles.

Acompañándoles.

​Un abrazo y mi anterior artículo relacionado AQUÍ

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Cuando la tierra tiembla, también puede temblar nuestra mente: impacto psicológico de un terremoto y cómo prevenir que se convierta en trauma.

Un terremoto no solo puede mover el suelo. Puede alterar, durante un tiempo, nuestra sensación más básica de seguridad: “estoy a salvo”.

Desde la psicología del trauma sabemos que una experiencia potencialmente traumática no depende únicamente de lo que ocurre, sino también de cómo nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso consiguen procesarlo después.

Por eso, tras un terremoto, algunas personas pueden recuperarse progresivamente y volver a sentirse seguras, mientras que otras pueden quedar atrapadas en un estado de alarma, miedo o evitación.

Y algo importante: tener reacciones intensas después de un terremoto no significa necesariamente haber desarrollado un trauma psicológico. Tras una emergencia, el malestar psicológico es muy frecuente y, en muchas personas, disminuye con el tiempo. (Organización Mundial de la Salud)

¿Qué ocurre psicológicamente después de un terremoto?

Un terremoto tiene una característica especialmente impactante: puede romper nuestra sensación de control y predictibilidad.

Estamos acostumbrados a pensar que nuestra casa, nuestra cama, nuestro barrio o el suelo que pisamos son lugares relativamente seguros. De repente, esa seguridad puede desaparecer en segundos.

El cerebro puede registrar:

● “Mi casa ya no es segura”.

● “El suelo puede volver a moverse”.

● “No puedo controlar lo que ocurre”.

● “Podría pasar otra vez”.

● “No sé cuándo volverá a suceder”.

● “Si cierro los ojos, podría ocurrir algo”.

Estas conclusiones pueden ser adaptativas inmediatamente después del desastre. El problema aparece cuando el sistema nervioso continúa comportándose como si el peligro siguiera presente cuando ya no lo está.

1. Cómo puede cambiar nuestra forma de pensar

Después de un terremoto pueden aparecer pensamientos repetitivos y una vigilancia constante.

La persona puede empezar a interpretar pequeñas señales como amenazas:

“¿Has notado que se ha movido?”
“¿Y si vuelve a temblar?”
“¿Y si este ruido significa algo?”
“¿Y si el edificio no aguanta?”

También pueden aparecer:

● dificultad para concentrarse;

● problemas para tomar decisiones;

● pensamientos catastróficos;

● preocupación constante;

● recuerdos intrusivos;

● imágenes mentales del terremoto;

● dificultad para pensar en el futuro;

● sensación de que “algo malo va a pasar”.

En algunas personas aparece además una modificación de sus creencias sobre sí mismas y sobre el mundo:

“El mundo no es seguro.”
“No puedo confiar en nadie.”
“No tengo control.”
“Si me relajo, ocurrirá algo.”
“Debería haber hecho algo diferente.”

Esta última idea es especialmente importante.

Después de una catástrofe, el cerebro puede intentar reconstruir la sensación de control buscando constantemente qué podríamos haber hecho para evitarla.

2. Cómo puede cambiar nuestra forma de sentir

El miedo es probablemente la emoción más evidente, pero no es la única.

Puede aparecer:

● ansiedad;

● irritabilidad;

● tristeza;

● impotencia;

● culpa;

● rabia;

● sensación de vulnerabilidad;

● angustia;

● desconexión emocional;

● sensación de irrealidad;

● sobresaltos frecuentes.

También puede existir una aparente contradicción:

personas que no sienten nada.

Pueden decir:

> “Estoy bien. No me ha afectado.”

Pero sentirse emocionalmente anestesiadas, desconectadas o funcionando en “piloto automático”.

Esto también puede formar parte de una respuesta de protección del organismo.

3. Cómo puede cambiar nuestra forma de comportarnos

Cuando el cerebro interpreta que existe peligro, modifica nuestra conducta para aumentar las posibilidades de supervivencia.

Por eso, después de un terremoto podemos observar:

-Evitación

-No querer entrar en casa, dormir solo, utilizar ascensores, permanecer en determinados edificios o estar lejos de otras personas.

-Hipervigilancia

-Comprobar constantemente puertas, paredes, estructuras, noticias, aplicaciones sísmicas o pequeños movimientos.

-Conductas de seguridad

-Dormir vestido, preparar una mochila permanentemente, dormir cerca de la salida o no separarse de los hijos.

-Alteraciones del sueño

-Dificultad para conciliar el sueño, despertares frecuentes, pesadillas o miedo a quedarse dormido.

-Cambios sociales

-Algunas personas buscan constantemente compañía; otras se aíslan.

-Cambios en el funcionamiento cotidiano

-Puede costar trabajar, estudiar, conducir, concentrarse o realizar actividades que antes eran normales.

Estas respuestas no deben interpretarse automáticamente como “debilidad”. Muchas son intentos del cerebro de recuperar una sensación de seguridad.

4. ¿Qué ocurre en el sistema nervioso?

Aquí aparece una de las claves para comprender el trauma.

Ante una amenaza, nuestro organismo activa sistemas destinados a detectar peligro y responder rápidamente.

El sistema nervioso autónomo participa en esta respuesta, aumentando la activación fisiológica: corazón acelerado, tensión muscular, respiración más rápida, sudoración, vigilancia y preparación para actuar.

Después de un terremoto, el problema puede aparecer cuando esta alarma no termina de apagarse.

La persona puede continuar sintiendo:

“Tengo que estar preparado por si vuelve a ocurrir.”

Es como si el cuerpo hubiera aprendido:

> **peligro = terremoto = tengo que estar alerta.**

Por eso un ruido, una vibración, una puerta que se mueve o incluso hablar del terremoto puede desencadenar una respuesta física intensa.

No es que la persona “esté exagerando”.

Su sistema nervioso está respondiendo a una señal que ha aprendido a interpretar como peligrosa.

5. ¿Qué ocurre en el cerebro?

No existe una única “zona del trauma”. Lo que ocurre es una modificación de la interacción entre diferentes sistemas cerebrales implicados en la detección de amenaza, memoria, regulación emocional y contextualización.

La amígdala

Participa en la detección y respuesta ante señales de amenaza.

Después de una experiencia traumática puede aumentar la reactividad ante estímulos asociados al peligro.

Por eso, después de un terremoto, un sonido o movimiento que antes era neutro puede convertirse en una señal de alarma.

El hipocampo

Ayuda a contextualizar los recuerdos y a diferenciar “esto ocurrió entonces” de “esto está ocurriendo ahora”.

Cuando una experiencia queda mal integrada, algunos recuerdos pueden sentirse especialmente vívidos o actuales.

La persona no solo recuerda.

Puede sentir que vuelve a estar allí.

La corteza prefrontal

Participa en procesos como la regulación, la toma de decisiones, la atención y la valoración de la situación.

Cuando el sistema de amenaza está muy activado, puede resultar más difícil utilizar estas capacidades con normalidad.

Por eso una persona muy asustada puede saber racionalmente que está a salvo y, sin embargo, seguir sintiéndose en peligro.

La ínsula

Participa, entre otras funciones, en la percepción e interpretación de señales internas del cuerpo.

Esto ayuda a comprender por qué después de una experiencia traumática algunas personas pueden prestar mucha atención a su corazón, respiración, tensión muscular, mareos o cualquier pequeña sensación corporal.

El cuerpo se convierte en un detector permanente de señales de peligro.

6. ¿Por qué algunas personas desarrollan trauma y otras no?

Esta es una pregunta fundamental.

No todas las personas expuestas a un terremoto desarrollan TEPT.

Influyen numerosos factores: la intensidad y duración de la exposición, haber sufrido lesiones o pérdidas, la sensación de amenaza vital, experiencias traumáticas previas, recursos personales, apoyo social, condiciones posteriores al desastre y la posibilidad de recuperar seguridad y estabilidad.

Por eso no debemos patologizar automáticamente las reacciones normales después de una catástrofe.

El objetivo inicial no es conseguir que alguien “no sienta nada”.

Es ayudarle a recuperar progresivamente:

seguridad + regulación + conexión + funcionamiento.

7. ¿Podemos prevenir que un terremoto se convierta en trauma?

No podemos garantizar que una persona no desarrolle un trastorno de estrés postraumático.

Pero sí podemos reducir factores de riesgo y favorecer la recuperación natural.

Y esto empieza incluso antes del terremoto.

Prepararse también es una intervención psicológica

Conocer qué hacer durante una emergencia, tener un plan familiar, saber dónde reunirse, disponer de información fiable y preparar recursos básicos puede disminuir la sensación de indefensión.

La preparación no elimina el miedo.

Pero puede aumentar la percepción de capacidad:

“No sé qué ocurrirá, pero sé qué puedo hacer.”

8. Después del terremoto: primero seguridad, después procesamiento

En las primeras horas y días, la prioridad no debería ser obligar a la persona a contar una y otra vez lo sucedido.

Necesitamos:

● garantizar seguridad física;

● cubrir necesidades básicas;

● proporcionar información fiable;

● favorecer el contacto con personas de confianza;

● recuperar rutinas progresivamente;

● facilitar descanso y sueño;

● reducir la exposición constante a imágenes y noticias;

● permitir que la persona hable si quiere, sin presionarla para hacerlo.

La Organización Mundial de la Salud recomienda la denominada Primeros Auxilios Psicológicos, que consisten en ofrecer apoyo humano, práctico y respetuoso, atender necesidades, escuchar sin forzar a hablar, favorecer la calma y conectar a la persona con recursos y apoyos. (Organización Mundial de la Salud)

Y hay algo especialmente importante:

No necesitamos hacer un “interrogatorio emocional” inmediatamente después.

La evidencia no apoya realizar de forma universal sesiones únicas de debriefing en las que se obliga a las personas a reconstruir detalladamente lo ocurrido. Las intervenciones preventivas deben adaptarse a las necesidades y síntomas de cada persona. (SIETE)

9. ¿Cuándo puede ser necesario pedir ayuda psicológica?

Conviene prestar atención cuando, después de las primeras semanas, las reacciones continúan siendo intensas o interfieren significativamente en la vida cotidiana.

Por ejemplo:

● pesadillas frecuentes;

● recuerdos intrusivos;

● sensación constante de peligro;

● ataques de pánico;

● evitación intensa;

● miedo incapacitante a permanecer en edificios;

● hipervigilancia permanente;

● alteraciones importantes del sueño;

● irritabilidad intensa;

● desconexión emocional;

● dificultad para trabajar o cuidar de uno mismo;

● aislamiento;

● sensación de que el acontecimiento sigue ocurriendo.

No hay que esperar necesariamente a que pasen meses si el sufrimiento es intenso.

La intervención temprana puede ser especialmente importante en personas que presentan síntomas significativos o un riesgo elevado. Las guías de la International Society for Traumatic Stress Studies señalan que las intervenciones deben dirigirse especialmente a quienes presentan mayor sintomatología, y consideran el EMDR entre las intervenciones con recomendación para el tratamiento temprano del estrés postraumático clínicamente significativo.

10. ¿Qué papel puede tener EMDR?

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, para mí esta es una distinción esencial:

EMDR no consiste simplemente en hacer que una persona cuente lo que le ocurrió y mover los ojos.

Es un abordaje estructurado que busca ayudar al cerebro a reprocesar recuerdos traumáticos que continúan generando una respuesta de amenaza en el presente.

La OMS incluye EMDR entre las intervenciones psicológicas con evidencia para el tratamiento del TEPT. (Organización Mundial de la Salud)

Después de un desastre también se han estudiado protocolos de EMDR adaptados a acontecimientos traumáticos recientes. En personas afectadas por el terremoto de Emilia-Romaña de 2012, por ejemplo, se investigó el protocolo R-TEP de EMDR dentro de los primeros meses posteriores al acontecimiento.

Pero hay una idea que considero fundamental:

no todas las personas que viven un terremoto necesitan EMDR.

La mayoría puede recuperarse de forma natural con seguridad, apoyo, recursos y tiempo. La intervención psicológica debe responder a las necesidades de la persona y no convertir una reacción humana normal en una enfermedad.

11. ¿Qué podemos hacer para favorecer la recuperación?

Después de un terremoto, cuidar el sistema nervioso también significa volver poco a poco a la vida.

Mantener rutinas dentro de lo posible.

Dormir y descansar, aunque el sueño pueda estar alterado inicialmente.

Mover el cuerpo de manera adaptada a las circunstancias.

Respirar y utilizar estrategias de regulación cuando aparezca activación.

Limitar la exposición continua a noticias e imágenes del desastre.

Hablar con personas de confianza, sin obligarnos a relatar lo sucedido.

Aceptar las reacciones emocionales sin interpretarlas automáticamente como una señal de que estamos empeorando.

Y, sobre todo: volver progresivamente a aquellas actividades que transmiten normalidad y seguridad.

Una última reflexión

Un terremoto puede enseñarnos algo que también observamos en consulta:la seguridad no es solamente una idea; también es una experiencia corporal.

Podemos decirnos:

“Ya ha pasado.” Pero si el sistema nervioso continúa interpretando el mundo como peligroso, necesitaremos algo más que razonamientos para volver a sentirnos seguros.

Por eso, después de una experiencia potencialmente traumática, no se trata de obligarnos a olvidar.

Se trata de ayudar al cerebro y al cuerpo a aprender: “Eso ocurrió. Fue real. Fue difícil. Pero ahora estoy aquí.”

Y cuando el recuerdo deja de sentirse como una amenaza presente y empieza a ocupar su lugar en nuestra historia, podemos volver a mirar hacia delante.

Prevenir el trauma no significa evitar sentir.
Significa crear las condiciones para que aquello que hemos vivido pueda ser integrado sin quedarse viviendo dentro de nosotros.

Un abrazo a todos. Con cariño deseo que haya sido inspirador y os ayude.

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Cuando el cerebro decide en medio del peligro: por qué en una emergencia no pensamos igual


Cada vez que ocurre una tragedia, además del dolor aparecen las preguntas.

¿Por qué no salieron antes? ¿Por qué no hicieron caso a las recomendaciones? ¿Cómo pudieron tomar esa decisión?

Son preguntas profundamente humanas. Nuestro cerebro necesita encontrar una explicación cuando ocurre algo tan difícil de comprender. A veces, incluso buscamos una causa sencilla que nos haga sentir que algo así podría evitarse siempre.

Sin embargo, la psicología, la neurociencia y el estudio del trauma nos recuerdan algo importante: el cerebro que toma decisiones en una situación de peligro extremo no funciona igual que el cerebro con el que ahora analizamos lo sucedido desde la calma.

Comprender esto no significa justificar decisiones equivocadas ni evitar analizar responsabilidades cuando corresponda. Significa entender cómo responde un ser humano cuando siente que su vida está amenazada.

Cuando la supervivencia toma el control

Ante un incendio u otra situación de emergencia, el cerebro detecta una posible amenaza en cuestión de milisegundos.

La amígdala, una estructura especializada en detectar el peligro, activa rápidamente el sistema de supervivencia. El organismo libera hormonas del estrés, aumenta la frecuencia cardiaca, la respiración se acelera y todo el cuerpo se prepara para proteger la vida.

En ese momento el objetivo principal ya no es analizar todas las posibilidades de forma racional.

El objetivo es sobrevivir.

Nuestro cerebro intenta encontrar una solución rápida utilizando los recursos que considera más accesibles en ese instante.

Pensar bajo estrés no es pensar peor, es pensar diferente

Muchas personas imaginan que, en una emergencia, basta con “pensar con lógica”. Sin embargo, el elevado nivel de activación afecta al funcionamiento de la corteza prefrontal, la región implicada en valorar alternativas, inhibir impulsos y tomar decisiones complejas.

No deja de funcionar por completo, pero puede verse limitada por la intensidad del estrés.

Es como intentar resolver un problema muy complejo mientras suena una alarma ensordecedora y alguien nos grita que corramos.

El cerebro sigue tomando decisiones, pero dispone de menos recursos para hacerlo de forma reflexiva.

La visión en túnel: cuando el mundo se estrecha

Otro fenómeno frecuente es la llamada visión en túnel.

La atención deja de abarcar todo lo que ocurre y se concentra en una única posibilidad.

La persona puede pensar:

  • “Por aquí he entrado, por aquí salgo.”
  • “Si me quedo aquí quizá esté más protegido.”
  • “Siempre se ha controlado el fuego.”
  • “Voy a esperar un poco antes de moverme.”

No necesariamente porque sea la mejor opción, sino porque el cerebro reduce el número de alternativas para responder con rapidez.

Desde fuera puede parecer incomprensible.

Desde dentro, puede sentirse como la única posibilidad imaginable.

Nuestro cerebro también utiliza lo que ya conoce

Cuando disponemos de poca información, el cerebro completa los huecos utilizando experiencias previas.

Si una persona ha vivido pequeños incendios que terminaron controlándose rápidamente, es posible que interprete la situación actual desde ese aprendizaje.

Los modelos mentales que hemos construido durante años influyen enormemente en cómo interpretamos el peligro.

El cerebro no analiza únicamente lo que está ocurriendo.

También intenta predecir lo que ocurrirá basándose en lo que ya conoce.

Y esas predicciones, en ocasiones, pueden alejarnos de la realidad del momento.

Cuando el riesgo tarda en parecer real

Existe otro fenómeno psicológico muy conocido: la normalización del riesgo.

Durante los primeros momentos de una amenaza grave, algunas personas minimizan lo que ocurre.

No porque sean irresponsables.

Sino porque aceptar que el peligro es real implica enfrentarse a una situación emocionalmente abrumadora.

Pensamientos como:

“Seguro que no será para tanto.”

“Ahora enseguida lo controlarán.”

“Esperemos un poco.”

son intentos del cerebro de reducir el impacto emocional de una realidad difícil de asumir.

Paradójicamente, esa estrategia de protección puede retrasar decisiones que deberían tomarse con rapidez.

No solo decide la razón

En situaciones extremas también influyen muchos otros factores:

-El apego a la vivienda.

-La preocupación por familiares o mascotas.

-La dificultad para abandonar pertenencias importantes.

-La confianza en una interpretación propia.

-La información incompleta.

-El miedo.

El bloqueo.

Todo ello forma parte del proceso de toma de decisiones.

Por eso, reducir una tragedia a un simple “no hicieron caso” suele dejar fuera gran parte de la complejidad psicológica que existe detrás.

El peligro de juzgar desde después

Cuando conocemos el desenlace, nuestro cerebro cae fácilmente en un fenómeno llamado sesgo retrospectivo.

Es la tendencia a pensar que el resultado era mucho más evidente de lo que realmente era.

Entonces aparecen frases como:

“Era obvio lo que había que hacer.”

“Yo habría salido inmediatamente.”

“¿Cómo no se dieron cuenta?”

Pero esa valoración se realiza con una ventaja enorme: conocemos el final de la historia.

Las personas que estaban allí no disponían de esa información.

Tomaban decisiones con incertidumbre, miedo, información parcial y un sistema nervioso completamente activado.

Nuestro cerebro necesita creer que el mundo es predecible porque esa sensación nos aporta seguridad.

Pensar que “era evidente” nos hace sentir que nosotros actuaríamos mejor.

Sin embargo, esa sensación suele ser una ilusión creada por el conocimiento posterior.

Comprender no significa justificar

Explicar cómo funciona el cerebro en situaciones extremas no elimina la responsabilidad cuando existan errores, negligencias o decisiones que deban investigarse.

La psicología no sustituye al análisis de los hechos. Lo complementa.

Nos recuerda que hay personas que no toman decisiones desde la calma cuando sienten que su vida corre peligro. Las toman con un cerebro diseñado, desde hace miles de años, para sobrevivir.

Y ese cerebro, aunque extraordinariamente eficaz en muchas ocasiones, también tiene limitaciones o está condicionado en esos momentos por otras vivencias y circunstancias.

Quizá una de las mayores enseñanzas que podemos extraer de estas tragedias sea esta:

Antes de juzgar una decisión tomada bajo un miedo extremo, conviene recordar que nosotros la analizamos desde un lugar seguro, con toda la información y con un sistema nervioso en calma.

Ellos no.

En una emergencia hay incertidumbre. Las personas no tienen una visión completa de lo que está ocurriendo: no conocen la evolución del fuego, las condiciones exactas del lugar ni las consecuencias de cada alternativa.
El sesgo retrospectivo: juzgar con información que antes no existía
Después de una tragedia aparece con frecuencia el sesgo retrospectivo, también llamado sesgo de “lo sabía desde el principio”.
Es la tendencia del cerebro a creer que un acontecimiento era más predecible de lo que realmente era antes de que ocurriera.


Cuando conocemos el desenlace, miramos hacia atrás y pensamos:
“Era evidente”.
“Lo lógico era salir”.
“¿Cómo no se dieron cuenta?”.
Pero olvidamos algo fundamental: quienes tomaron esas decisiones no tenían la información que tenemos nosotros después.
Juzgamos el pasado con el mapa completo, mientras que la persona tuvo que decidir cuando solo tenía una parte del camino.


Comprender no significa justificar
Explicar cómo funciona el cerebro en una emergencia no significa quitar responsabilidad ni afirmar que todas las decisiones fueron adecuadas.
Significa añadir una capa necesaria de comprensión.


La conducta humana no puede analizarse únicamente desde el resultado final. También hay que mirar el contexto: el nivel de amenaza, la información disponible, el estado emocional, la historia de aprendizaje y la respuesta del sistema nervioso.


La psicología nos recuerda que una persona en una situación extrema no está tomando decisiones como lo haría en un día normal sentado tranquilamente en casa.
La pregunta más humana
Quizás, ante una tragedia, además de preguntarnos “¿por qué no hicieron caso?”, podemos hacernos una pregunta más profunda:
“¿Qué estaba percibiendo esa persona en ese momento para que esa decisión tuviera sentido desde su cerebro?”

Comprender cómo funciona el cerebro humano no borra el dolor ni cambia el desenlace. Pero sí nos ayuda a mirar estas situaciones con más conocimiento, más humanidad y menos simplificaciones.

Porque detrás de cada decisión tomada en una emergencia hay una persona intentando sobrevivir con el cerebro que la evolución le ha dado para hacerlo.

DEP y un abrazo a sus familias y amigos en estos momentos tan duros, difíciles.

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Si como niño o adolescente no te apetece ir al psicólogo, quiero decirte algo.

Si estás leyendo esto, o te lo están leyendo quizá eres uno de esos niños o adolescentes a los que no les hace demasiada ilusión venir al psicólogo.

Y quiero empezar diciéndote algo importante: lo entiendo. De verdad. Muchas veces no sois vosotros quienes habéis decidido venir. A veces son vuestros padres, un profesor o alguien que os quiere y está preocupado por vosotros. Y es normal que aparezcan dudas. Quizá te preguntas si tendrás que contar cosas que no quieres contar.

Quizá te da vergüenza.

Quizá piensas que ir al psicólogo es para personas que tienen problemas muy graves, y lo tuyo no es para tanto.

O quizá simplemente estás cansado. Cansado/a de que te pregunten cómo estás, de que te digan lo que tienes que hacer o de sentir que nadie entiende realmente lo que te pasa.

Si es así, quiero que sepas que no eres el único.Muchos niños y adolescentes llegan a consulta con pocas ganas y con muchas preguntas. ¿También los adultos!

Es entendible y uno está incómodo o confundida. No hace falta que vengas convencido/a.

Solo te pediría una cosa: que me des una oportunidad.

Algunas promesas que quiero hacerte

No voy a obligarte a hablar de nada para lo que no estés preparado.

No espero que el primer día me cuentes toda tu vida.

Me gusta ir poco a poco. Así me gustaría que lo hicieran conmigo.

A veces empezamos hablando de fútbol, de videojuegos, de música, de aficiones, moda o de cualquier otra cosa.

Lo importante no es correr.

Lo importante es que te sientas en seguridad.

Tampoco voy a juzgarte.

Da igual si te enfadas mucho, si lloras con facilidad, si te cuesta concentrarte, si tienes conductas, comportamientos que no gustan, si tienes miedos, si te preocupa lo que los demás piensen o si ni siquiera sabes explicar qué te pasa.

Mi trabajo no es decirte lo que haces mal. Mi trabajo es ayudarte a comprenderte y ver cómo podemos estar y ser mejor. Porque muchas veces detrás de las cosas que hacemos hay razones que merecen ser entendidas, no castigadas.

En consulta no solo hablamos

Hay personas que imaginan una consulta con una silla y un montón de preguntas. Casi casi como un interrogatorio como en las pelis.

Pero trabajar con niños y adolescentes es mucho más que eso.

Utilizamos dibujos, metáforas, juegos, historias, ejercicios y recursos que nos ayudan a entender mejor lo que ocurre por dentro.

Aprendemos cómo funciona el cerebro.

Por qué a veces el corazón se acelera.

Por qué aparecen los miedos.

Por qué cuesta concentrarse o por qué hay días en los que uno está enfadado/a y ni siquiera sabe muy bien por qué.

También aprendemos qué son los pensamientos y las emociones.

Porque a veces creemos que somos nuestros pensamientos. Y no es así.

Los pensamientos son cosas que aparecen en nuestra mente, pero no siempre dicen la verdad.

Y las emociones no son enemigas.

La rabia, el miedo, la tristeza o la ansiedad no son malas. Son mensajes pero en idiomas a veces desconocidos…y yo conozco muchos de esos mensajes. Juntos lo vamos a descubrir.

Y cuando aprendemos a escucharlos y entenderlos, y acompañarlos dejan de dar tanto miedo.

Tu cuerpo también habla

Seguro que alguna vez has sentido un nudo en el estómago antes de un examen, el corazón acelerado cuando te asustas o ganas de llorar sin saber muy bien por qué.

Significa que tu cuerpo está intentando protegerte.

En consulta también aprendemos cómo funciona el sistema nervioso.

Entendemos por qué a veces vivimos en alerta, por qué nos bloqueamos o por qué reaccionamos sin querer hacerlo.

Y aprendemos recursos para volver a sentir calma y seguridad.

Porque nadie os enseña estas cosas en el colegio y, sin embargo, son herramientas que os acompañarán toda la vida. Por eso a mi me gustaría que en los coles hubiera una asignatura que se llamara Psicología para la vida.

¿Y qué es eso del EMDR?

Como terapeuta EMDR, una de las cosas que más me gusta es ayudar a los niños y adolescentes a entender que no hay nada defectuoso en ellos.

A veces vivimos experiencias difíciles, sustos, cambios, pérdidas o momentos que nos desbordan.

Y nuestro cerebro, intentando protegernos, puede quedarse funcionando como si el peligro siguiera ahí.

EMDR es una terapia que ayuda al cerebro a procesar esas experiencias y a quedarse tranquilo de nuevo.

Pero quiero que sepas algo importante. Nunca se trata de obligarte a recordar cosas ni de hacerte sufrir.

Antes de trabajar cualquier experiencia difícil, aprendemos recursos, construimos seguridad y vamos siempre a tu ritmo.

Porque para mí es más importante que te sientas acompañado que ir deprisa.

Y tus padres también forman parte del equipo

A veces los niños llegan pensando que vienen porque ellos son el problema.

Y quiero decirte algo que considero muy importante.

Tú no eres el problema.

Por eso, además de trabajar contigo, también trabajo con tus padres en la medida que sea. Lo digo porque a veces por horarios, separaciones etc no es fácil.

Les ayudo a entender cómo funciona tu cerebro, tus emociones y tu sistema nervioso.

Les acompaño para que puedan comprender mejor lo que necesitas y para que todos aprendamos nuevas formas de relacionarnos.

Porque cuando los adultos entienden más, suelen enfadarse menos y acompañar mejor. Ellos lo intentan hacerlo bien pero no siempre lo consiguen y hay que explicarlo.

Y porque en esto no se trata de buscar culpables, sino de sumar.

Y si no sabes qué decir, tampoco pasa nada

De verdad.

No hace falta que vengas con las respuestas. No hace falta que sepas explicar lo que te pasa.

Incluso puedes decirme:

“No sé por qué estoy aquí.”

“No me apetece hablar.”

“Estoy nervioso.”

“O simplemente… no sé.”

Con eso es suficiente.

Porque precisamente para eso estamos los psicólogos.

Para acompañaros a entender lo que os pasa, para ayudaros a sentiros más seguros y para recordaros algo que nunca deberíais olvidar:

No tenéis que poder con todo vosotros solos.

Con cariño, te espero.

Yolanda Cuevas
Psicóloga y terapeuta EMDR
Instructora de mindfulness

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Por qué la primera atención psicológica tras una catástrofe influye en la recuperación posterior

Cuando ocurre una catástrofe, un accidente grave, muertes repentinas, situaciones de amenaza extrema, solemos pensar que el impacto psicológico dependerá únicamente de la magnitud de lo vivido. Sin embargo, desde la psicología del trauma sabemos que no solo importa lo que pasó, sino cómo fue acompañada la persona en los momentos posteriores.

La manera en que se actúa a nivel psicológico en las primeras horas y días tiene un peso determinante en la recuperación a medio y largo plazo.

El cerebro necesita saber si el peligro ha terminado

Ante una situación extrema, el cerebro entra en modo supervivencia. La amígdala activa la alarma y prioriza la protección, mientras que las áreas encargadas del razonamiento y la organización de la experiencia reducen su funcionamiento.

En ese estado, el cerebro lanza una pregunta fundamental:
“¿Sigo en peligro o ya estoy a salvo?”

Si el entorno ofrece seguridad, calma y presencia humana regulada, el sistema nervioso empieza a desactivar la alarma. Si, por el contrario, la persona permanece expuesta al caos, la soledad, las imágenes o la presión emocional, el cerebro mantiene la alerta, aunque el peligro objetivo ya haya pasado.

Cómo se consolida la memoria traumática

Las experiencias traumáticas no se almacenan como recuerdos normales. Cuando hay una activación muy elevada, el recuerdo queda grabado de forma fragmentada: imágenes sueltas, sonidos, sensaciones corporales o emociones intensas, sin una narrativa clara.

La forma de intervenir psicológicamente al inicio influye directamente en este proceso:

  • Alta activación mantenida → recuerdos intrusivos, reviviscencias, hipervigilancia.
  • Regulación temprana → mayor integración del recuerdo y menor carga emocional posterior.

No se trata de borrar lo ocurrido, sino de cómo queda registrado en el cerebro.

El cuerpo también necesita completar la respuesta

En una catástrofe, muchas respuestas naturales del cuerpo (huir, protegerse, gritar, moverse) quedan bloqueadas. Si el sistema nervioso no puede descargar esa activación, el cuerpo permanece en un estado de tensión crónica.

Por eso, las intervenciones tempranas que incluyen respiración, contacto con el suelo, movimientos suaves o sensación de abrigo no son “detalles”: ayudan a que el cuerpo entienda que ya no está en peligro y pueda volver progresivamente al equilibrio.

Indefensión y soledad: factores que agravan el trauma

Uno de los factores que más aumenta el riesgo de trauma posterior es la sensación de indefensión: sentirse solo, desbordado o sin control.

Las actuaciones psicológicas que:

  • Devuelven sensación de elección
  • Respetan el ritmo de la persona
  • Cubren necesidades básicas
  • Ofrecen presencia calmada

reducen significativamente el impacto traumático y favorecen la recuperación.

Por qué no siempre es bueno forzar a hablar

Durante las primeras horas o días, el recuerdo aún no está organizado. Forzar el relato o revivir detalles con alta activación puede fijar aún más las imágenes traumáticas.

Hoy sabemos que hablar no siempre ayuda en caliente. Acompañar, escuchar si la persona lo necesita y respetar silencios es, muchas veces, la intervención más protectora.

El apoyo social como factor protector

La presencia de otras personas calmadas y disponibles regula el sistema nervioso. El trauma se cronifica con más facilidad cuando se vive en aislamiento. El acompañamiento temprano, incluso sin palabras, actúa como un potente factor de protección psicológica.

La ventana temprana de recuperación

En los primeros días existe una ventana de plasticidad: el recuerdo aún no está completamente consolidado. Esto hace que la atención psicológica temprana, respetuosa y reguladora tenga un impacto real en la evolución posterior.

Desde enfoques como el trauma y terapias como EMDR, entendemos que el problema no es el recuerdo en sí, sino que quede almacenado como si siguiera ocurriendo ahora. La intervención adecuada reduce la probabilidad de que ese recuerdo quede “atascado”.

La primera respuesta psicológica tras una catástrofe no es secundaria ni opcional. Es el terreno sobre el que se construye la recuperación.

Actuar desde la seguridad, la regulación y la humanidad puede marcar la diferencia entre un dolor que se procesa con el tiempo y un trauma que se cronifica.

Yolanda Cuevas
Psicóloga experta en trauma y EMDR

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La importancia de saber acompañar las emociones y las sensaciones difíciles.

Hay momentos en los que las emociones llegan con tanta intensidad que nuestra primera reacción es intentar quitárnoslas de encima.

La ansiedad.
La tristeza.
La incertidumbre.
El miedo.
La angustia.

Y es comprensible.

Nadie nos enseñó a relacionarnos con el malestar. Nos enseñaron a distraernos, a ser fuertes, a no llorar demasiado, a pensar en otra cosa o a intentar controlar lo que sentimos.

Sin embargo, las emociones no son enemigas. Son experiencias humanas que necesitan ser escuchadas, entendidas, trabajadas y acompañadas.

Por eso, una de las habilidades más importantes que podemos desarrollar es aprender a estar con aquello que sentimos sin luchar continuamente contra ello.

Y para eso, bajar al cuerpo suele ser una de las mejores decisiones que podemos tomar.

Porque cuando una emoción es intensa, no siempre necesitamos entenderla con la cabeza. Necesitamos sentir que podemos sostenerla. Que no nos domina,

La atención plena y la conciencia corporal nos ayudan precisamente a eso: a observar con amabilidad lo que está ocurriendo dentro de nosotros, sin juzgarnos, sin exigirnos estar bien y sin tener que resolverlo todo inmediatamente. Diversos estudios muestran que las prácticas de mindfulness y la conciencia corporal favorecen la regulación emocional y una relación más saludable con las experiencias difíciles.

No esperes a que la emoción sea insoportable para practicar.

No hace falta estar desbordado para empezar.

De hecho, cuanto más entrenamos cuando las emociones tienen una intensidad pequeña o moderada, más capacidad desarrollamos para reconocerlas en el cuerpo y responder con aquello que realmente necesitamos.

Poco a poco aprendemos a identificar el nudo en el estómago, la presión en el pecho, la tensión en la garganta o la agitación interna.

Y entonces dejamos de reaccionar automáticamente para empezar a responder con más conciencia y amabilidad.

La práctica que te comparto a continuación es una invitación a acompañarte.

No pretende eliminar lo que sientes.

No pretende que dejes de tener miedo, tristeza o ansiedad.

Pretende recordarte algo profundamente humano:

Que puedes aprender a estar con lo que sientes sin sentirte sola, sin pelearte contigo y sin perderte en ello.

Deseo de corazón que esta practica te ayude a conectar con tu cuerpo, a tratarte con más ternura y a descubrir que incluso las emociones difíciles pueden ser escuchadas y acompañadas.

– Respira.

– No tienes que hacerlo perfecto.

– Solo necesitas estar presente.

Y dejar que, poco a poco, tu cuerpo y tu corazón encuentren el camino hacia una mayor calma.

Aquí la practica

Aquí el escaneo corporal

Aquí un artículo MUY IMPORTANTE sobre la ansiedad

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Lo que la ansiedad quiere que sepas

“Estoy cansada de sentirme así.”

Es una de las frases que más escucho en consulta.

Personas que viven pendientes de todo.
Que anticipan problemas constantemente.
Que sienten tensión aunque aparentemente todo vaya bien.
Que se despiertan cansadas.
Que notan el corazón acelerado.
Que no consiguen desconectar.

Y muchas llegan pensando que tienen un problema llamado ansiedad. Pero con frecuencia les digo algo que les sorprende: La ansiedad no suele ser el problema. La ansiedad suele ser la señal.

Una señal de que algo dentro de nosotros lleva tiempo intentando ser escuchado.

Porque la ansiedad no aparece para fastidiarnos la vida. Aparece para protegernos.

El problema es que, a veces, nuestro sistema nervioso sigue funcionando como si existiera un peligro aunque ese peligro ya no esté presente.

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, he aprendido que detrás de muchas ansiedades hay historias, experiencias, aprendizajes y heridas que todavía siguen activando la alarma.

Por eso hoy quiero compartir contigo diez cosas que la ansiedad querría que supieras.

  1. La ansiedad no es tu enemiga

Sé que probablemente no se siente así. Cuando te cuesta respirar, cuando el pecho se aprieta o cuando tu mente no deja de dar vueltas, es difícil pensar que la ansiedad intenta ayudarte.

Pero la ansiedad es una respuesta de supervivencia.Tu cerebro cree que necesita protegerte.

El problema aparece cuando esa alarma permanece activada más tiempo del necesario. No se trata de luchar contra ella. Se trata de comprender qué intenta decirte.

  1. Tu cuerpo también habla

Muchas personas creen que la ansiedad ocurre únicamente en la mente. Sin embargo, la ansiedad también vive en el cuerpo.

Tensión muscular.
Dolor de estómago.
Nudo en la garganta.
Cansancio constante.
Palpitaciones.
Sensación de falta de aire.

Tu cuerpo no está exagerando. Está comunicando algo. A veces lo que no hemos podido expresar con palabras aparece a través de sensaciones físicas.

Por eso en terapia no trabajamos únicamente con pensamientos. También escuchamos al cuerpo.

  1. No todo es racional

¿Te ha pasado alguna vez pensar:

“Sé que no tiene sentido preocuparme tanto, pero no puedo evitarlo”?

Eso ocurre porque la ansiedad no siempre nace en la parte racional del cerebro.

Muchas respuestas de ansiedad se activan desde sistemas mucho más antiguos relacionados con la supervivencia. Tu cuerpo puede reaccionar antes de que tu mente comprenda lo que está ocurriendo.

Por eso no siempre basta con repetirse que todo está bien.

Cuando el sistema nervioso está en alerta, necesita sentirse seguro, no solo convencerse de que debería estarlo.

  1. La evitación alimenta la ansiedad

La ansiedad nos empuja a evitar.

Evitar conversaciones.
Evitar lugares.
Evitar situaciones.
Evitar decisiones.

Y aunque a corto plazo parece aliviar, a largo plazo fortalece el miedo.

Cada vez que evitamos algo, nuestro cerebro aprende:”Menos mal que no fui. Era peligroso.” Y la próxima vez la alarma sonará todavía más fuerte.

Por eso uno de los caminos hacia la recuperación implica recuperar espacios, experiencias y situaciones que la ansiedad nos ha ido quitando.

Paso a paso. Con seguridad. Pero sin dejar que sea ella quien dirija nuestra vida.

  1. Respirar puede ayudarte

Respiramos unas veinte mil veces al día.

Y, sin embargo, pocas veces prestamos atención a cómo lo hacemos.

Cuando estamos ansiosos solemos respirar más rápido, más superficialmente y con mayor tensión.La buena noticia es que la respiración es una de las puertas de entrada más accesibles para influir sobre el sistema nervioso.

Una respiración lenta, nasal y consciente puede ayudar a enviar una señal de calma al cerebro.

No porque elimine todos los problemas. Sino porque le recuerda al organismo que, en este momento, está a salvo. Aquí mi taller Aprender a respirar

  1. Dormir importa más de lo que imaginas

Cuando dormimos poco, el cerebro interpreta el mundo como un lugar más amenazante.

Nos volvemos más reactivos.
Más sensibles.
Más impulsivos.

La amígdala cerebral, implicada en la detección de amenazas, se activa con mayor facilidad.

Y la corteza prefrontal, encargada de regular emociones y tomar decisiones, funciona peor.

Por eso muchas personas sienten que todo les supera cuando llevan semanas descansando mal. Dormir no es un lujo. Es una necesidad emocional.

  1. Los pensamientos no son hechos

Uno de los mayores engaños de la ansiedad es hacernos creer que todo lo que pensamos es verdad.

“Seguro que algo irá mal.”
“No voy a poder.”
“Me va a pasar algo.”
“Voy a decepcionar a todo el mundo.”

La ansiedad suele hablar en forma de predicciones. Pero una predicción no es una realidad.

Aprender a observar los pensamientos sin obedecerlos automáticamente es una habilidad que transforma profundamente la relación con la ansiedad. Te recomiendo el libro Sal de tu mente entra en tu vida.

  1. Tu historia influye

A veces la ansiedad parece no tener explicación.

Pero cuando exploramos la historia de la persona empiezan a aparecer pistas.

Infancias donde hubo mucha incertidumbre.
Experiencias de rechazo.
Situaciones de pérdida.
Entornos impredecibles.
Momentos de miedo intenso.

El cerebro aprende. Y si aprendió que el mundo podía ser peligroso, seguirá intentando protegerte incluso muchos años después. No porque estés roto.

Porque está haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñado: sobrevivir.

  1. EMDR puede ayudarte

Aquí es donde muchas personas empiezan a entender por qué llevan años luchando contra la ansiedad sin obtener resultados duraderos. Porque a veces el problema no está en el presente.

Está en experiencias del pasado que continúan activando la alarma.

EMDR permite procesar recuerdos, experiencias y situaciones que quedaron almacenadas de forma disfuncional en el sistema nervioso.

No se trata de olvidar lo vivido. Se trata de que deje de activar tu cuerpo como si siguiera ocurriendo hoy.

Muchas personas describen el proceso diciendo:

“Ahora entiendo lo que pasó, pero ya no lo siento igual.”

Y esa diferencia puede cambiar profundamente la forma de vivir.

Aquí te dejo un podcast relacionado. Aquí.

  1. Se puede superar

Quizá llevas años sintiendo ansiedad. Quizá has llegado a pensar que siempre serás así.

Pero la ansiedad no tiene por qué ser tu identidad. No eres una persona ansiosa. Eres una persona que está experimentando ansiedad.

Y eso marca una gran diferencia.

Tu cerebro puede aprender.
Tu sistema nervioso puede regularse.
Tu cuerpo puede recuperar la calma.

Hay esperanza.

Y no porque la vida vaya a dejar de tener dificultades. Sino porque puedes aprender a vivirlas desde un lugar muy diferente.

Si has llegado hasta aquí y te has sentido identificado, quiero decirte algo.

No estás exagerando.
No estás imaginando cosas.
No te falta fuerza de voluntad.

Probablemente llevas demasiado tiempo sosteniendo más de lo que tu sistema nervioso puede gestionar solo.

La ansiedad no siempre habla de peligro.

A veces habla de cansancio de exigencia, de heridas, de pérdidas, de necesidades no atendidas.

Y quizá ha llegado el momento de escucharla de otra manera.

Porque cuando comprendemos lo que la ansiedad intenta contarnos, dejamos de luchar contra nosotros mismos y comenzamos, por fin, a sanar.

Te abrazo y deseo que esta entrada haya sido inspiradora para ti.

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EMDR no es solo una técnica: es un abordaje terapéutico completo

Cuando hablamos de EMDR muchas personas piensan automáticamente en el movimiento ocular.

“Ah, sí, eso de seguir los dedos con la mirada”.

“Eye Movement Desensitization and Reprocessing”, que en español se traduce como “Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares”.

Desensibilización: reducir la intensidad emocional asociada a recuerdos dolorosos.

Reprocesamiento: ayudar al cerebro a integrar esas experiencias de forma adaptativa, para que dejen de generar malestar o reacciones desproporcionadas en el presente.

Pero EMDR es mucho más que una técnica concreta. Es un abordaje terapéutico estructurado, profundo y cuidadosamente planificado, que tiene en cuenta la historia completa de la persona y su capacidad actual para sostener el procesamiento emocional.

Antes de procesar, hay que comprender

En EMDR no empezamos trabajando directamente los recuerdos difíciles.

Primero exploramos la biografía de la persona:

¿Qué experiencias han sido significativas?

¿Qué eventos pueden haber dejado huella?

¿Qué creencias se formaron a partir de esas vivencias?

¿Cómo impactaron en su autoestima, en sus relaciones y en su manera de gestionar emociones?

No se trata solo de “qué pasó”, sino de cómo quedó almacenado en su sistema nervioso.

Evaluamos la estabilidad actual

Antes de reprocesar experiencias traumáticas o dolorosas, valoramos algo esencial:

¿Tiene la persona recursos suficientes para afrontar lo que pueda activarse?

En esta fase trabajamos:

Regulación emocional

Identificación de señales corporales

Desarrollo de recursos internos (lugares seguros, figuras de apoyo, experiencias fortalecedoras)

Ampliación de la ventana de tolerancia

Porque EMDR no consiste en revivir el trauma sin sostén.

Consiste en procesarlo con seguridad.

La preparación no es un trámite. Es terapia.

La fase de preparación puede durar varias sesiones. Y no es “esperar para empezar lo importante”.

Es parte fundamental del tratamiento.

Cuando ayudamos a una persona a conectar con recursos, a comprender cómo funciona su sistema nervioso y a sentirse acompañada, ya estamos produciendo cambios terapéuticos profundos.

La alianza terapéutica es la base

En cualquier enfoque terapéutico la relación es importante. En EMDR es imprescindible.

-El procesamiento solo es posible cuando existe:

-Confianza

-Seguridad relacional

-Sensación de acompañamiento

-Ritmo respetado

-No forzamos recuerdos. No aceleramos procesos.

-Seguimos la capacidad del sistema nervioso.

Procesar no es remover. Es integrar.

Cuando finalmente se inicia el reprocesamiento, no buscamos que la persona “reviva” el dolor.

Buscamos que el recuerdo pierda la carga emocional desbordante y pueda integrarse como parte del pasado.

Que deje de activarse como si estuviera ocurriendo ahora.

Ese es el objetivo del abordaje EMDR:

no borrar la historia, sino ayudar al cerebro a digerirla.

EMDR no es una técnica aislada.

Es un modelo que integra evaluación, estabilización, procesamiento e integración.

Y, sobre todo, es un trabajo profundamente respetuoso con los tiempos y la capacidad de cada persona.

Evidencia científica:

https://www.emdr-es.org/Sobre-EMDR/Investigaciones-que-avalan-el-EMDR-como-psicoterapia

Si quieres empezar escríbeme a yolanda@yolandacuevas.es

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