Yolanda Cuevas Ayneto

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Cuando el cerebro decide en medio del peligro: por qué en una emergencia no pensamos igual


Cada vez que ocurre una tragedia, además del dolor aparecen las preguntas.

¿Por qué no salieron antes? ¿Por qué no hicieron caso a las recomendaciones? ¿Cómo pudieron tomar esa decisión?

Son preguntas profundamente humanas. Nuestro cerebro necesita encontrar una explicación cuando ocurre algo tan difícil de comprender. A veces, incluso buscamos una causa sencilla que nos haga sentir que algo así podría evitarse siempre.

Sin embargo, la psicología, la neurociencia y el estudio del trauma nos recuerdan algo importante: el cerebro que toma decisiones en una situación de peligro extremo no funciona igual que el cerebro con el que ahora analizamos lo sucedido desde la calma.

Comprender esto no significa justificar decisiones equivocadas ni evitar analizar responsabilidades cuando corresponda. Significa entender cómo responde un ser humano cuando siente que su vida está amenazada.

Cuando la supervivencia toma el control

Ante un incendio u otra situación de emergencia, el cerebro detecta una posible amenaza en cuestión de milisegundos.

La amígdala, una estructura especializada en detectar el peligro, activa rápidamente el sistema de supervivencia. El organismo libera hormonas del estrés, aumenta la frecuencia cardiaca, la respiración se acelera y todo el cuerpo se prepara para proteger la vida.

En ese momento el objetivo principal ya no es analizar todas las posibilidades de forma racional.

El objetivo es sobrevivir.

Nuestro cerebro intenta encontrar una solución rápida utilizando los recursos que considera más accesibles en ese instante.

Pensar bajo estrés no es pensar peor, es pensar diferente

Muchas personas imaginan que, en una emergencia, basta con “pensar con lógica”. Sin embargo, el elevado nivel de activación afecta al funcionamiento de la corteza prefrontal, la región implicada en valorar alternativas, inhibir impulsos y tomar decisiones complejas.

No deja de funcionar por completo, pero puede verse limitada por la intensidad del estrés.

Es como intentar resolver un problema muy complejo mientras suena una alarma ensordecedora y alguien nos grita que corramos.

El cerebro sigue tomando decisiones, pero dispone de menos recursos para hacerlo de forma reflexiva.

La visión en túnel: cuando el mundo se estrecha

Otro fenómeno frecuente es la llamada visión en túnel.

La atención deja de abarcar todo lo que ocurre y se concentra en una única posibilidad.

La persona puede pensar:

  • “Por aquí he entrado, por aquí salgo.”
  • “Si me quedo aquí quizá esté más protegido.”
  • “Siempre se ha controlado el fuego.”
  • “Voy a esperar un poco antes de moverme.”

No necesariamente porque sea la mejor opción, sino porque el cerebro reduce el número de alternativas para responder con rapidez.

Desde fuera puede parecer incomprensible.

Desde dentro, puede sentirse como la única posibilidad imaginable.

Nuestro cerebro también utiliza lo que ya conoce

Cuando disponemos de poca información, el cerebro completa los huecos utilizando experiencias previas.

Si una persona ha vivido pequeños incendios que terminaron controlándose rápidamente, es posible que interprete la situación actual desde ese aprendizaje.

Los modelos mentales que hemos construido durante años influyen enormemente en cómo interpretamos el peligro.

El cerebro no analiza únicamente lo que está ocurriendo.

También intenta predecir lo que ocurrirá basándose en lo que ya conoce.

Y esas predicciones, en ocasiones, pueden alejarnos de la realidad del momento.

Cuando el riesgo tarda en parecer real

Existe otro fenómeno psicológico muy conocido: la normalización del riesgo.

Durante los primeros momentos de una amenaza grave, algunas personas minimizan lo que ocurre.

No porque sean irresponsables.

Sino porque aceptar que el peligro es real implica enfrentarse a una situación emocionalmente abrumadora.

Pensamientos como:

“Seguro que no será para tanto.”

“Ahora enseguida lo controlarán.”

“Esperemos un poco.”

son intentos del cerebro de reducir el impacto emocional de una realidad difícil de asumir.

Paradójicamente, esa estrategia de protección puede retrasar decisiones que deberían tomarse con rapidez.

No solo decide la razón

En situaciones extremas también influyen muchos otros factores:

-El apego a la vivienda.

-La preocupación por familiares o mascotas.

-La dificultad para abandonar pertenencias importantes.

-La confianza en una interpretación propia.

-La información incompleta.

-El miedo.

El bloqueo.

Todo ello forma parte del proceso de toma de decisiones.

Por eso, reducir una tragedia a un simple “no hicieron caso” suele dejar fuera gran parte de la complejidad psicológica que existe detrás.

El peligro de juzgar desde después

Cuando conocemos el desenlace, nuestro cerebro cae fácilmente en un fenómeno llamado sesgo retrospectivo.

Es la tendencia a pensar que el resultado era mucho más evidente de lo que realmente era.

Entonces aparecen frases como:

“Era obvio lo que había que hacer.”

“Yo habría salido inmediatamente.”

“¿Cómo no se dieron cuenta?”

Pero esa valoración se realiza con una ventaja enorme: conocemos el final de la historia.

Las personas que estaban allí no disponían de esa información.

Tomaban decisiones con incertidumbre, miedo, información parcial y un sistema nervioso completamente activado.

Nuestro cerebro necesita creer que el mundo es predecible porque esa sensación nos aporta seguridad.

Pensar que “era evidente” nos hace sentir que nosotros actuaríamos mejor.

Sin embargo, esa sensación suele ser una ilusión creada por el conocimiento posterior.

Comprender no significa justificar

Explicar cómo funciona el cerebro en situaciones extremas no elimina la responsabilidad cuando existan errores, negligencias o decisiones que deban investigarse.

La psicología no sustituye al análisis de los hechos. Lo complementa.

Nos recuerda que hay personas que no toman decisiones desde la calma cuando sienten que su vida corre peligro. Las toman con un cerebro diseñado, desde hace miles de años, para sobrevivir.

Y ese cerebro, aunque extraordinariamente eficaz en muchas ocasiones, también tiene limitaciones o está condicionado en esos momentos por otras vivencias y circunstancias.

Quizá una de las mayores enseñanzas que podemos extraer de estas tragedias sea esta:

Antes de juzgar una decisión tomada bajo un miedo extremo, conviene recordar que nosotros la analizamos desde un lugar seguro, con toda la información y con un sistema nervioso en calma.

Ellos no.

En una emergencia hay incertidumbre. Las personas no tienen una visión completa de lo que está ocurriendo: no conocen la evolución del fuego, las condiciones exactas del lugar ni las consecuencias de cada alternativa.
El sesgo retrospectivo: juzgar con información que antes no existía
Después de una tragedia aparece con frecuencia el sesgo retrospectivo, también llamado sesgo de “lo sabía desde el principio”.
Es la tendencia del cerebro a creer que un acontecimiento era más predecible de lo que realmente era antes de que ocurriera.


Cuando conocemos el desenlace, miramos hacia atrás y pensamos:
“Era evidente”.
“Lo lógico era salir”.
“¿Cómo no se dieron cuenta?”.
Pero olvidamos algo fundamental: quienes tomaron esas decisiones no tenían la información que tenemos nosotros después.
Juzgamos el pasado con el mapa completo, mientras que la persona tuvo que decidir cuando solo tenía una parte del camino.


Comprender no significa justificar
Explicar cómo funciona el cerebro en una emergencia no significa quitar responsabilidad ni afirmar que todas las decisiones fueron adecuadas.
Significa añadir una capa necesaria de comprensión.


La conducta humana no puede analizarse únicamente desde el resultado final. También hay que mirar el contexto: el nivel de amenaza, la información disponible, el estado emocional, la historia de aprendizaje y la respuesta del sistema nervioso.


La psicología nos recuerda que una persona en una situación extrema no está tomando decisiones como lo haría en un día normal sentado tranquilamente en casa.
La pregunta más humana
Quizás, ante una tragedia, además de preguntarnos “¿por qué no hicieron caso?”, podemos hacernos una pregunta más profunda:
“¿Qué estaba percibiendo esa persona en ese momento para que esa decisión tuviera sentido desde su cerebro?”

Comprender cómo funciona el cerebro humano no borra el dolor ni cambia el desenlace. Pero sí nos ayuda a mirar estas situaciones con más conocimiento, más humanidad y menos simplificaciones.

Porque detrás de cada decisión tomada en una emergencia hay una persona intentando sobrevivir con el cerebro que la evolución le ha dado para hacerlo.

DEP y un abrazo a sus familias y amigos en estos momentos tan duros, difíciles.

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Si como niño o adolescente no te apetece ir al psicólogo, quiero decirte algo.

Si estás leyendo esto, o te lo están leyendo quizá eres uno de esos niños o adolescentes a los que no les hace demasiada ilusión venir al psicólogo.

Y quiero empezar diciéndote algo importante: lo entiendo. De verdad. Muchas veces no sois vosotros quienes habéis decidido venir. A veces son vuestros padres, un profesor o alguien que os quiere y está preocupado por vosotros. Y es normal que aparezcan dudas. Quizá te preguntas si tendrás que contar cosas que no quieres contar.

Quizá te da vergüenza.

Quizá piensas que ir al psicólogo es para personas que tienen problemas muy graves, y lo tuyo no es para tanto.

O quizá simplemente estás cansado. Cansado/a de que te pregunten cómo estás, de que te digan lo que tienes que hacer o de sentir que nadie entiende realmente lo que te pasa.

Si es así, quiero que sepas que no eres el único.Muchos niños y adolescentes llegan a consulta con pocas ganas y con muchas preguntas. ¿También los adultos!

Es entendible y uno está incómodo o confundida. No hace falta que vengas convencido/a.

Solo te pediría una cosa: que me des una oportunidad.

Algunas promesas que quiero hacerte

No voy a obligarte a hablar de nada para lo que no estés preparado.

No espero que el primer día me cuentes toda tu vida.

Me gusta ir poco a poco. Así me gustaría que lo hicieran conmigo.

A veces empezamos hablando de fútbol, de videojuegos, de música, de aficiones, moda o de cualquier otra cosa.

Lo importante no es correr.

Lo importante es que te sientas en seguridad.

Tampoco voy a juzgarte.

Da igual si te enfadas mucho, si lloras con facilidad, si te cuesta concentrarte, si tienes conductas, comportamientos que no gustan, si tienes miedos, si te preocupa lo que los demás piensen o si ni siquiera sabes explicar qué te pasa.

Mi trabajo no es decirte lo que haces mal. Mi trabajo es ayudarte a comprenderte y ver cómo podemos estar y ser mejor. Porque muchas veces detrás de las cosas que hacemos hay razones que merecen ser entendidas, no castigadas.

En consulta no solo hablamos

Hay personas que imaginan una consulta con una silla y un montón de preguntas. Casi casi como un interrogatorio como en las pelis.

Pero trabajar con niños y adolescentes es mucho más que eso.

Utilizamos dibujos, metáforas, juegos, historias, ejercicios y recursos que nos ayudan a entender mejor lo que ocurre por dentro.

Aprendemos cómo funciona el cerebro.

Por qué a veces el corazón se acelera.

Por qué aparecen los miedos.

Por qué cuesta concentrarse o por qué hay días en los que uno está enfadado/a y ni siquiera sabe muy bien por qué.

También aprendemos qué son los pensamientos y las emociones.

Porque a veces creemos que somos nuestros pensamientos. Y no es así.

Los pensamientos son cosas que aparecen en nuestra mente, pero no siempre dicen la verdad.

Y las emociones no son enemigas.

La rabia, el miedo, la tristeza o la ansiedad no son malas. Son mensajes pero en idiomas a veces desconocidos…y yo conozco muchos de esos mensajes. Juntos lo vamos a descubrir.

Y cuando aprendemos a escucharlos y entenderlos, y acompañarlos dejan de dar tanto miedo.

Tu cuerpo también habla

Seguro que alguna vez has sentido un nudo en el estómago antes de un examen, el corazón acelerado cuando te asustas o ganas de llorar sin saber muy bien por qué.

Significa que tu cuerpo está intentando protegerte.

En consulta también aprendemos cómo funciona el sistema nervioso.

Entendemos por qué a veces vivimos en alerta, por qué nos bloqueamos o por qué reaccionamos sin querer hacerlo.

Y aprendemos recursos para volver a sentir calma y seguridad.

Porque nadie os enseña estas cosas en el colegio y, sin embargo, son herramientas que os acompañarán toda la vida. Por eso a mi me gustaría que en los coles hubiera una asignatura que se llamara Psicología para la vida.

¿Y qué es eso del EMDR?

Como terapeuta EMDR, una de las cosas que más me gusta es ayudar a los niños y adolescentes a entender que no hay nada defectuoso en ellos.

A veces vivimos experiencias difíciles, sustos, cambios, pérdidas o momentos que nos desbordan.

Y nuestro cerebro, intentando protegernos, puede quedarse funcionando como si el peligro siguiera ahí.

EMDR es una terapia que ayuda al cerebro a procesar esas experiencias y a quedarse tranquilo de nuevo.

Pero quiero que sepas algo importante. Nunca se trata de obligarte a recordar cosas ni de hacerte sufrir.

Antes de trabajar cualquier experiencia difícil, aprendemos recursos, construimos seguridad y vamos siempre a tu ritmo.

Porque para mí es más importante que te sientas acompañado que ir deprisa.

Y tus padres también forman parte del equipo

A veces los niños llegan pensando que vienen porque ellos son el problema.

Y quiero decirte algo que considero muy importante.

Tú no eres el problema.

Por eso, además de trabajar contigo, también trabajo con tus padres en la medida que sea. Lo digo porque a veces por horarios, separaciones etc no es fácil.

Les ayudo a entender cómo funciona tu cerebro, tus emociones y tu sistema nervioso.

Les acompaño para que puedan comprender mejor lo que necesitas y para que todos aprendamos nuevas formas de relacionarnos.

Porque cuando los adultos entienden más, suelen enfadarse menos y acompañar mejor. Ellos lo intentan hacerlo bien pero no siempre lo consiguen y hay que explicarlo.

Y porque en esto no se trata de buscar culpables, sino de sumar.

Y si no sabes qué decir, tampoco pasa nada

De verdad.

No hace falta que vengas con las respuestas. No hace falta que sepas explicar lo que te pasa.

Incluso puedes decirme:

“No sé por qué estoy aquí.”

“No me apetece hablar.”

“Estoy nervioso.”

“O simplemente… no sé.”

Con eso es suficiente.

Porque precisamente para eso estamos los psicólogos.

Para acompañaros a entender lo que os pasa, para ayudaros a sentiros más seguros y para recordaros algo que nunca deberíais olvidar:

No tenéis que poder con todo vosotros solos.

Con cariño, te espero.

Yolanda Cuevas
Psicóloga y terapeuta EMDR
Instructora de mindfulness

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Por qué la primera atención psicológica tras una catástrofe influye en la recuperación posterior

Cuando ocurre una catástrofe, un accidente grave, muertes repentinas, situaciones de amenaza extrema, solemos pensar que el impacto psicológico dependerá únicamente de la magnitud de lo vivido. Sin embargo, desde la psicología del trauma sabemos que no solo importa lo que pasó, sino cómo fue acompañada la persona en los momentos posteriores.

La manera en que se actúa a nivel psicológico en las primeras horas y días tiene un peso determinante en la recuperación a medio y largo plazo.

El cerebro necesita saber si el peligro ha terminado

Ante una situación extrema, el cerebro entra en modo supervivencia. La amígdala activa la alarma y prioriza la protección, mientras que las áreas encargadas del razonamiento y la organización de la experiencia reducen su funcionamiento.

En ese estado, el cerebro lanza una pregunta fundamental:
“¿Sigo en peligro o ya estoy a salvo?”

Si el entorno ofrece seguridad, calma y presencia humana regulada, el sistema nervioso empieza a desactivar la alarma. Si, por el contrario, la persona permanece expuesta al caos, la soledad, las imágenes o la presión emocional, el cerebro mantiene la alerta, aunque el peligro objetivo ya haya pasado.

Cómo se consolida la memoria traumática

Las experiencias traumáticas no se almacenan como recuerdos normales. Cuando hay una activación muy elevada, el recuerdo queda grabado de forma fragmentada: imágenes sueltas, sonidos, sensaciones corporales o emociones intensas, sin una narrativa clara.

La forma de intervenir psicológicamente al inicio influye directamente en este proceso:

  • Alta activación mantenida → recuerdos intrusivos, reviviscencias, hipervigilancia.
  • Regulación temprana → mayor integración del recuerdo y menor carga emocional posterior.

No se trata de borrar lo ocurrido, sino de cómo queda registrado en el cerebro.

El cuerpo también necesita completar la respuesta

En una catástrofe, muchas respuestas naturales del cuerpo (huir, protegerse, gritar, moverse) quedan bloqueadas. Si el sistema nervioso no puede descargar esa activación, el cuerpo permanece en un estado de tensión crónica.

Por eso, las intervenciones tempranas que incluyen respiración, contacto con el suelo, movimientos suaves o sensación de abrigo no son “detalles”: ayudan a que el cuerpo entienda que ya no está en peligro y pueda volver progresivamente al equilibrio.

Indefensión y soledad: factores que agravan el trauma

Uno de los factores que más aumenta el riesgo de trauma posterior es la sensación de indefensión: sentirse solo, desbordado o sin control.

Las actuaciones psicológicas que:

  • Devuelven sensación de elección
  • Respetan el ritmo de la persona
  • Cubren necesidades básicas
  • Ofrecen presencia calmada

reducen significativamente el impacto traumático y favorecen la recuperación.

Por qué no siempre es bueno forzar a hablar

Durante las primeras horas o días, el recuerdo aún no está organizado. Forzar el relato o revivir detalles con alta activación puede fijar aún más las imágenes traumáticas.

Hoy sabemos que hablar no siempre ayuda en caliente. Acompañar, escuchar si la persona lo necesita y respetar silencios es, muchas veces, la intervención más protectora.

El apoyo social como factor protector

La presencia de otras personas calmadas y disponibles regula el sistema nervioso. El trauma se cronifica con más facilidad cuando se vive en aislamiento. El acompañamiento temprano, incluso sin palabras, actúa como un potente factor de protección psicológica.

La ventana temprana de recuperación

En los primeros días existe una ventana de plasticidad: el recuerdo aún no está completamente consolidado. Esto hace que la atención psicológica temprana, respetuosa y reguladora tenga un impacto real en la evolución posterior.

Desde enfoques como el trauma y terapias como EMDR, entendemos que el problema no es el recuerdo en sí, sino que quede almacenado como si siguiera ocurriendo ahora. La intervención adecuada reduce la probabilidad de que ese recuerdo quede “atascado”.

La primera respuesta psicológica tras una catástrofe no es secundaria ni opcional. Es el terreno sobre el que se construye la recuperación.

Actuar desde la seguridad, la regulación y la humanidad puede marcar la diferencia entre un dolor que se procesa con el tiempo y un trauma que se cronifica.

Yolanda Cuevas
Psicóloga experta en trauma y EMDR

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La importancia de saber acompañar las emociones y las sensaciones difíciles.

Hay momentos en los que las emociones llegan con tanta intensidad que nuestra primera reacción es intentar quitárnoslas de encima.

La ansiedad.
La tristeza.
La incertidumbre.
El miedo.
La angustia.

Y es comprensible.

Nadie nos enseñó a relacionarnos con el malestar. Nos enseñaron a distraernos, a ser fuertes, a no llorar demasiado, a pensar en otra cosa o a intentar controlar lo que sentimos.

Sin embargo, las emociones no son enemigas. Son experiencias humanas que necesitan ser escuchadas, entendidas, trabajadas y acompañadas.

Por eso, una de las habilidades más importantes que podemos desarrollar es aprender a estar con aquello que sentimos sin luchar continuamente contra ello.

Y para eso, bajar al cuerpo suele ser una de las mejores decisiones que podemos tomar.

Porque cuando una emoción es intensa, no siempre necesitamos entenderla con la cabeza. Necesitamos sentir que podemos sostenerla. Que no nos domina,

La atención plena y la conciencia corporal nos ayudan precisamente a eso: a observar con amabilidad lo que está ocurriendo dentro de nosotros, sin juzgarnos, sin exigirnos estar bien y sin tener que resolverlo todo inmediatamente. Diversos estudios muestran que las prácticas de mindfulness y la conciencia corporal favorecen la regulación emocional y una relación más saludable con las experiencias difíciles.

No esperes a que la emoción sea insoportable para practicar.

No hace falta estar desbordado para empezar.

De hecho, cuanto más entrenamos cuando las emociones tienen una intensidad pequeña o moderada, más capacidad desarrollamos para reconocerlas en el cuerpo y responder con aquello que realmente necesitamos.

Poco a poco aprendemos a identificar el nudo en el estómago, la presión en el pecho, la tensión en la garganta o la agitación interna.

Y entonces dejamos de reaccionar automáticamente para empezar a responder con más conciencia y amabilidad.

La práctica que te comparto a continuación es una invitación a acompañarte.

No pretende eliminar lo que sientes.

No pretende que dejes de tener miedo, tristeza o ansiedad.

Pretende recordarte algo profundamente humano:

Que puedes aprender a estar con lo que sientes sin sentirte sola, sin pelearte contigo y sin perderte en ello.

Deseo de corazón que esta practica te ayude a conectar con tu cuerpo, a tratarte con más ternura y a descubrir que incluso las emociones difíciles pueden ser escuchadas y acompañadas.

– Respira.

– No tienes que hacerlo perfecto.

– Solo necesitas estar presente.

Y dejar que, poco a poco, tu cuerpo y tu corazón encuentren el camino hacia una mayor calma.

Aquí la practica

Aquí el escaneo corporal

Aquí un artículo MUY IMPORTANTE sobre la ansiedad

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Lo que la ansiedad quiere que sepas

“Estoy cansada de sentirme así.”

Es una de las frases que más escucho en consulta.

Personas que viven pendientes de todo.
Que anticipan problemas constantemente.
Que sienten tensión aunque aparentemente todo vaya bien.
Que se despiertan cansadas.
Que notan el corazón acelerado.
Que no consiguen desconectar.

Y muchas llegan pensando que tienen un problema llamado ansiedad. Pero con frecuencia les digo algo que les sorprende: La ansiedad no suele ser el problema. La ansiedad suele ser la señal.

Una señal de que algo dentro de nosotros lleva tiempo intentando ser escuchado.

Porque la ansiedad no aparece para fastidiarnos la vida. Aparece para protegernos.

El problema es que, a veces, nuestro sistema nervioso sigue funcionando como si existiera un peligro aunque ese peligro ya no esté presente.

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, he aprendido que detrás de muchas ansiedades hay historias, experiencias, aprendizajes y heridas que todavía siguen activando la alarma.

Por eso hoy quiero compartir contigo diez cosas que la ansiedad querría que supieras.

  1. La ansiedad no es tu enemiga

Sé que probablemente no se siente así. Cuando te cuesta respirar, cuando el pecho se aprieta o cuando tu mente no deja de dar vueltas, es difícil pensar que la ansiedad intenta ayudarte.

Pero la ansiedad es una respuesta de supervivencia.Tu cerebro cree que necesita protegerte.

El problema aparece cuando esa alarma permanece activada más tiempo del necesario. No se trata de luchar contra ella. Se trata de comprender qué intenta decirte.

  1. Tu cuerpo también habla

Muchas personas creen que la ansiedad ocurre únicamente en la mente. Sin embargo, la ansiedad también vive en el cuerpo.

Tensión muscular.
Dolor de estómago.
Nudo en la garganta.
Cansancio constante.
Palpitaciones.
Sensación de falta de aire.

Tu cuerpo no está exagerando. Está comunicando algo. A veces lo que no hemos podido expresar con palabras aparece a través de sensaciones físicas.

Por eso en terapia no trabajamos únicamente con pensamientos. También escuchamos al cuerpo.

  1. No todo es racional

¿Te ha pasado alguna vez pensar:

“Sé que no tiene sentido preocuparme tanto, pero no puedo evitarlo”?

Eso ocurre porque la ansiedad no siempre nace en la parte racional del cerebro.

Muchas respuestas de ansiedad se activan desde sistemas mucho más antiguos relacionados con la supervivencia. Tu cuerpo puede reaccionar antes de que tu mente comprenda lo que está ocurriendo.

Por eso no siempre basta con repetirse que todo está bien.

Cuando el sistema nervioso está en alerta, necesita sentirse seguro, no solo convencerse de que debería estarlo.

  1. La evitación alimenta la ansiedad

La ansiedad nos empuja a evitar.

Evitar conversaciones.
Evitar lugares.
Evitar situaciones.
Evitar decisiones.

Y aunque a corto plazo parece aliviar, a largo plazo fortalece el miedo.

Cada vez que evitamos algo, nuestro cerebro aprende:”Menos mal que no fui. Era peligroso.” Y la próxima vez la alarma sonará todavía más fuerte.

Por eso uno de los caminos hacia la recuperación implica recuperar espacios, experiencias y situaciones que la ansiedad nos ha ido quitando.

Paso a paso. Con seguridad. Pero sin dejar que sea ella quien dirija nuestra vida.

  1. Respirar puede ayudarte

Respiramos unas veinte mil veces al día.

Y, sin embargo, pocas veces prestamos atención a cómo lo hacemos.

Cuando estamos ansiosos solemos respirar más rápido, más superficialmente y con mayor tensión.La buena noticia es que la respiración es una de las puertas de entrada más accesibles para influir sobre el sistema nervioso.

Una respiración lenta, nasal y consciente puede ayudar a enviar una señal de calma al cerebro.

No porque elimine todos los problemas. Sino porque le recuerda al organismo que, en este momento, está a salvo. Aquí mi taller Aprender a respirar

  1. Dormir importa más de lo que imaginas

Cuando dormimos poco, el cerebro interpreta el mundo como un lugar más amenazante.

Nos volvemos más reactivos.
Más sensibles.
Más impulsivos.

La amígdala cerebral, implicada en la detección de amenazas, se activa con mayor facilidad.

Y la corteza prefrontal, encargada de regular emociones y tomar decisiones, funciona peor.

Por eso muchas personas sienten que todo les supera cuando llevan semanas descansando mal. Dormir no es un lujo. Es una necesidad emocional.

  1. Los pensamientos no son hechos

Uno de los mayores engaños de la ansiedad es hacernos creer que todo lo que pensamos es verdad.

“Seguro que algo irá mal.”
“No voy a poder.”
“Me va a pasar algo.”
“Voy a decepcionar a todo el mundo.”

La ansiedad suele hablar en forma de predicciones. Pero una predicción no es una realidad.

Aprender a observar los pensamientos sin obedecerlos automáticamente es una habilidad que transforma profundamente la relación con la ansiedad. Te recomiendo el libro Sal de tu mente entra en tu vida.

  1. Tu historia influye

A veces la ansiedad parece no tener explicación.

Pero cuando exploramos la historia de la persona empiezan a aparecer pistas.

Infancias donde hubo mucha incertidumbre.
Experiencias de rechazo.
Situaciones de pérdida.
Entornos impredecibles.
Momentos de miedo intenso.

El cerebro aprende. Y si aprendió que el mundo podía ser peligroso, seguirá intentando protegerte incluso muchos años después. No porque estés roto.

Porque está haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñado: sobrevivir.

  1. EMDR puede ayudarte

Aquí es donde muchas personas empiezan a entender por qué llevan años luchando contra la ansiedad sin obtener resultados duraderos. Porque a veces el problema no está en el presente.

Está en experiencias del pasado que continúan activando la alarma.

EMDR permite procesar recuerdos, experiencias y situaciones que quedaron almacenadas de forma disfuncional en el sistema nervioso.

No se trata de olvidar lo vivido. Se trata de que deje de activar tu cuerpo como si siguiera ocurriendo hoy.

Muchas personas describen el proceso diciendo:

“Ahora entiendo lo que pasó, pero ya no lo siento igual.”

Y esa diferencia puede cambiar profundamente la forma de vivir.

Aquí te dejo un podcast relacionado. Aquí.

  1. Se puede superar

Quizá llevas años sintiendo ansiedad. Quizá has llegado a pensar que siempre serás así.

Pero la ansiedad no tiene por qué ser tu identidad. No eres una persona ansiosa. Eres una persona que está experimentando ansiedad.

Y eso marca una gran diferencia.

Tu cerebro puede aprender.
Tu sistema nervioso puede regularse.
Tu cuerpo puede recuperar la calma.

Hay esperanza.

Y no porque la vida vaya a dejar de tener dificultades. Sino porque puedes aprender a vivirlas desde un lugar muy diferente.

Si has llegado hasta aquí y te has sentido identificado, quiero decirte algo.

No estás exagerando.
No estás imaginando cosas.
No te falta fuerza de voluntad.

Probablemente llevas demasiado tiempo sosteniendo más de lo que tu sistema nervioso puede gestionar solo.

La ansiedad no siempre habla de peligro.

A veces habla de cansancio de exigencia, de heridas, de pérdidas, de necesidades no atendidas.

Y quizá ha llegado el momento de escucharla de otra manera.

Porque cuando comprendemos lo que la ansiedad intenta contarnos, dejamos de luchar contra nosotros mismos y comenzamos, por fin, a sanar.

Te abrazo y deseo que esta entrada haya sido inspiradora para ti.

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EMDR no es solo una técnica: es un abordaje terapéutico completo

Cuando hablamos de EMDR muchas personas piensan automáticamente en el movimiento ocular.

“Ah, sí, eso de seguir los dedos con la mirada”.

“Eye Movement Desensitization and Reprocessing”, que en español se traduce como “Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares”.

Desensibilización: reducir la intensidad emocional asociada a recuerdos dolorosos.

Reprocesamiento: ayudar al cerebro a integrar esas experiencias de forma adaptativa, para que dejen de generar malestar o reacciones desproporcionadas en el presente.

Pero EMDR es mucho más que una técnica concreta. Es un abordaje terapéutico estructurado, profundo y cuidadosamente planificado, que tiene en cuenta la historia completa de la persona y su capacidad actual para sostener el procesamiento emocional.

Antes de procesar, hay que comprender

En EMDR no empezamos trabajando directamente los recuerdos difíciles.

Primero exploramos la biografía de la persona:

¿Qué experiencias han sido significativas?

¿Qué eventos pueden haber dejado huella?

¿Qué creencias se formaron a partir de esas vivencias?

¿Cómo impactaron en su autoestima, en sus relaciones y en su manera de gestionar emociones?

No se trata solo de “qué pasó”, sino de cómo quedó almacenado en su sistema nervioso.

Evaluamos la estabilidad actual

Antes de reprocesar experiencias traumáticas o dolorosas, valoramos algo esencial:

¿Tiene la persona recursos suficientes para afrontar lo que pueda activarse?

En esta fase trabajamos:

Regulación emocional

Identificación de señales corporales

Desarrollo de recursos internos (lugares seguros, figuras de apoyo, experiencias fortalecedoras)

Ampliación de la ventana de tolerancia

Porque EMDR no consiste en revivir el trauma sin sostén.

Consiste en procesarlo con seguridad.

La preparación no es un trámite. Es terapia.

La fase de preparación puede durar varias sesiones. Y no es “esperar para empezar lo importante”.

Es parte fundamental del tratamiento.

Cuando ayudamos a una persona a conectar con recursos, a comprender cómo funciona su sistema nervioso y a sentirse acompañada, ya estamos produciendo cambios terapéuticos profundos.

La alianza terapéutica es la base

En cualquier enfoque terapéutico la relación es importante. En EMDR es imprescindible.

-El procesamiento solo es posible cuando existe:

-Confianza

-Seguridad relacional

-Sensación de acompañamiento

-Ritmo respetado

-No forzamos recuerdos. No aceleramos procesos.

-Seguimos la capacidad del sistema nervioso.

Procesar no es remover. Es integrar.

Cuando finalmente se inicia el reprocesamiento, no buscamos que la persona “reviva” el dolor.

Buscamos que el recuerdo pierda la carga emocional desbordante y pueda integrarse como parte del pasado.

Que deje de activarse como si estuviera ocurriendo ahora.

Ese es el objetivo del abordaje EMDR:

no borrar la historia, sino ayudar al cerebro a digerirla.

EMDR no es una técnica aislada.

Es un modelo que integra evaluación, estabilización, procesamiento e integración.

Y, sobre todo, es un trabajo profundamente respetuoso con los tiempos y la capacidad de cada persona.

Evidencia científica:

https://www.emdr-es.org/Sobre-EMDR/Investigaciones-que-avalan-el-EMDR-como-psicoterapia

Si quieres empezar escríbeme a yolanda@yolandacuevas.es

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“Fui al psicólogo y no me ayudó”

Muchas personas dicen alguna vez:
“Ya fui al psicólogo y no me ayudó”.
Y detrás de esa frase suele haber decepción, cansancio y, a veces, la sensación de que “esto no tiene solución”. Una mala experiencia no lo dice todo.

Pero que una experiencia en terapia no haya funcionado no significa que la psicología no funcione, ni que tú no tengas arreglo. Significa, simplemente, que algo en ese proceso no encajó. Y esto es lo que hay que investigar.

Hablar de esto es importante, porque muchas personas que hoy siguen sufriendo dejaron de pedir ayuda después de una única experiencia que no fue buena.

La terapia no es una fórmula mágica

Ir al psicólogo no es como tomarse una pastilla que actúa sola. La terapia es un proceso relacional, y como en cualquier relación humana, influyen muchos factores.

-A veces, el problema no es “la terapia”, sino cómo, cuándo, con quién y en qué momento vital se dio.

Factores que pueden haber influido en que no ayudara

1. No era el momento adecuado

Hay momentos en los que vamos a terapia:

  • porque nos obligan
  • para tranquilizar a alguien
  • o sin tener claro para qué estamos allí.

Si no estás preparado para mirar lo que duele, la terapia puede sentirse incómoda, inútil o frustrante. Y eso no significa que nunca vaya a funcionar, sino que quizá aún no era el momento.

2. No hubo conexión con el profesional

Esto es más importante de lo que parece.
Sentirte escuchado, comprendido y seguro es clave.

Si no hubo conexión, confianza o sensación de entendimiento, es muy difícil que el proceso avance.
Y no es culpa tuya ni del profesional: simplemente, no todas las personas encajan con todas.

– Cambiar de psicólogo no es fracasar, es cuidarte.

3. Expectativas poco realistas

A veces esperamos:

  • sentirnos bien en pocas sesiones
  • recibir consejos rápidos
  • o que el psicólogo nos diga exactamente qué hacer.

Cuando eso no pasa, aparece la decepción. Pero la terapia no suele ser rápida ni cómoda al principio.
-A veces remueve antes de aliviar. Como una herida cuando se desinfecta.

4. El enfoque no era el adecuado para ti

Existen muchos enfoques psicológicos. Algunos son más prácticos, otros más emocionales, otros más profundos.

Un enfoque puede funcionar muy bien para una persona y no para otra.
Eso no invalida tu experiencia, pero tampoco invalida la posibilidad de que otro tipo de terapia sí te ayude.

5. Dificultad para abrirte

Hablar de lo que duele no es fácil. A veces vamos, pero:

  • callamos lo importante
  • minimizamos
  • o no nos atrevemos a decir lo que realmente sentimos.

-La terapia necesita tiempo y seguridad para que esto cambie.
Y si no se dio, el proceso pudo quedarse en la superficie.

6. Problemas externos no resueltos

A veces el contexto (familia, estudios, trabajo, relaciones) sigue siendo muy difícil, y eso hace que el cambio sea lento.

-La terapia no siempre puede cambiar el entorno de inmediato, pero sí puede ayudarte a afrontarlo de otra manera.

Darse otra oportunidad no invalida lo vivido

Darte otra oportunidad no significa negar que aquella experiencia fue frustrante. Significa reconocer algo muy valiente:
“Eso no me ayudó, pero sigo mereciendo sentirme mejor.”

Puedes hacerlo diferente:

  • probando otro profesional
  • preguntando por el enfoque
  • expresando desde el inicio tus miedos o decepciones
  • marcando qué te gustaría que fuera distinto esta vez.

Y para finalizar:

Si alguna vez pensaste o piensas que…
“La terapia no es para mí”, quizá lo que no fue para ti fue esa terapia, en ese momento y con esa persona.

La salud mental no es un camino lineal.
Y pedir ayuda de nuevo no es retroceder: es insistir en tu bienestar.

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Cuando cuesta pedir ayuda psicológica.

Pedir ayuda psicológica no siempre es fácil. Muchas personas, jóvenes y no tan jóvenes,saben que no están bien, pero aun así se resisten a ir al psicólogo. No porque no lo necesiten, sino porque da miedo, vergüenza o sensación de fracaso.

Si te reconoces en esto, estas ideas pueden ayudarte.

“No estoy tan mal”

Esta es una de las frases más comunes. Solemos pensar que hay que tocar fondo para pedir ayuda.
La realidad es que no hace falta estar fatal para ir al psicólogo.
La terapia no es solo para cuando ya no puedes más, también es para entenderte, prevenir y aprender a cuidarte antes de que el malestar crezca.

👉 Estar “mal suficiente” no es un requisito.

“Debería poder con esto solo”

Crecer escuchando que hay que ser fuerte hace que pedir ayuda parezca debilidad. Pero pedir ayuda no te hace menos capaz, te hace responsable contigo mismo.

Nadie aprende matemáticas, a conducir o a relacionarse sin ayuda.
La salud mental no es diferente.

👉 Ser fuerte también es saber cuándo no puedes solo.

“No sabría qué decir”

No necesitas llevar un discurso preparado. Puedes empezar con algo tan simple como:

  • “No me siento bien y no sé por qué”
  • “Últimamente estoy desbordado”
  • “No sé si esto es grave, pero me preocupa”

El psicólogo está para ayudarte a poner palabras a lo que aún no las tiene.

👉 No saber explicarte también es un motivo para ir.

“Me da vergüenza”

La vergüenza es una emoción muy frecuente cuando hablamos de lo que duele. Pero en terapia no se juzga, no se ridiculiza y no se invalida.

Lo que para ti es difícil, merece ser escuchado.
Y lo que callas por vergüenza suele pesar más de lo que parece.

👉 Hablar con alguien seguro puede aliviar más de lo que imaginas.

“¿Y si ir al psicólogo significa que tengo un problema grave?”

Ir al psicólogo no te pone una etiqueta.
No te define.
No te hace “raro” ni “débil”.

Significa que estás prestando atención a tu bienestar emocional.

👉 Cuidar tu salud mental es tan normal como cuidar tu cuerpo y ambos están relacionados y en comunicación constante.

Recuerda…

Si te cuesta pedir ayuda, puedes empezar diciéndote esto:

“No tengo que poder con todo. Pedir ayuda también es cuidarme.”

Dar el paso no te cambia quién eres,
pero puede cambiar cómo te sientes.

Date una oportunidad y después decide.

Pero ¿Y qué pasa cuando he ido al psicólogo y no me ha ayudado? En la próxima entrada hablo de ello.

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Día del padre, una oportunidad.

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Hoy, en el Día del Padre, es una oportunidad para mirar esta relación con más profundidad. Porque hablar de padres no es hablar solo de amor incondicional o de agradecimiento, también es abrir espacio a la complejidad.

Hay padres que han sabido acompañar, sostener y validar. Padres que enseñaron a expresar emociones, a confiar, a sentirse suficiente. Y hay otros que, desde sus propias limitaciones, ausencias o heridas, no pudieron hacerlo de la manera que un hijo necesitaba, necesita.

Y ambas realidades dejan huella.

La relación con nuestro padre influye en cómo nos comunicamos, en cómo gestionamos lo que sentimos, en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos y a los demás. Puede marcar nuestra autoestima, nuestra forma de vincularnos, nuestra necesidad de control o nuestro miedo al rechazo. A veces, incluso, ese impacto aparece en forma de dolor que no siempre sabemos nombrar.

Pero entender esto no es para quedarnos atrapados en el pasado, sino para darle sentido.

Hablar de la relación entre padres e hijos es hablar de una de las experiencias más influyentes en la vida de una persona. No es una relación estática, cambia con el tiempo, evoluciona… pero también arrastra huellas que, si no se revisan, pueden acompañarnos durante años.

En la infancia, los hijos necesitan sentirse seguros, vistos y validados. Cuando esto ocurre, se construyen bases sólidas: una autoestima más sana, una mayor confianza en el mundo y una mejor capacidad para identificar y expresar emociones. Sin embargo, cuando predominan las críticas, la exigencia, la ausencia emocional o la invalidación, pueden aparecer sentimientos de inseguridad, miedo o la sensación de no ser suficiente. Muchos niños aprenden a silenciar lo que sienten o a adaptarse en exceso para recibir amor, sin entender del todo qué les ocurre.

Durante la adolescencia, la necesidad principal cambia: aparece la búsqueda de identidad y autonomía. Es una etapa intensa, donde las emociones se viven con mayor fuerza y la necesidad de ser comprendido se vuelve clave. Aquí, los conflictos con los padres suelen girar en torno a la comunicación, el control o la falta de límites claros. Algunos adolescentes se sienten incomprendidos o poco escuchados; otros, excesivamente controlados o, por el contrario, desorientados ante la falta de guía. En este momento vital, la forma en que los padres acompañan puede influir directamente en cómo el joven se percibe a sí mismo y en cómo aprende a relacionarse con la autoridad, los límites y su propio mundo emocional.

En la edad adulta, la relación con los se transforma. Es frecuente que emerjan con más claridad las heridas no resueltas: emociones como el resentimiento, la tristeza o la distancia. También pueden aparecer patrones aprendidos que se repiten en otras relaciones, como en la pareja o en la propia crianza. Dificultades para poner límites, una autoestima frágil o una necesidad constante de aprobación pueden tener su origen en esas primeras experiencias. A veces, además, surge un proceso más profundo: el duelo por lo que no fue, por aquello que se necesitó y no estuvo disponible.

Porque ser padre no es fácil. Cada uno educa con lo que recibió, con lo que pudo aprender y con las herramientas que tiene en ese momento. Pero tampoco es fácil ser hijo. Especialmente cuando lo emocional no ha sido acompañado como se necesitaba.

Por eso, este día puede ser también un espacio de conciencia.
Para agradecer lo que sí estuvo.
Para reconocer lo que dolió.
Y, sobre todo, para responsabilizarnos de lo que hacemos hoy con esa historia. Porque hoy hay muchos más recursos disponibles para hacerlo mejor.

Porque aunque no elegimos de dónde venimos, sí podemos elegir cómo seguimos. Podemos aprender a comunicarnos de otra manera, a relacionarnos desde un lugar más sano, a tratarnos con más respeto y a cortar dinámicas que no queremos repetir.

Y en ese proceso, a veces, también aparece algo importante: la posibilidad de mirar a nuestros padres con más humanidad. No para justificarlo todo, sino para comprender que, detrás de su forma de ser padres, también hay una historia. Y que no se trata de quien tienen razón sino de querer entender y respetar las razones por las que cada parte actúa como actúa.

Ahí es donde aparece la verdadera oportunidad: no en tener una historia perfecta, sino en ser capaces de comprenderla, integrarla y transformarla. Por ambas partes.

Hoy no es solo un día para celebrar.
Es un día para comprender, integrar y, si hace falta, empezar a sanar.

Te abrazo si eres padre, te abrazo si eres hijo.

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Cuando una quiere ir a terapia de pareja y el otro no.

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En consulta es muy frecuente escuchar una frase parecida a esta:

“Yo quiero que vayamos a terapia, pero mi pareja dice que él no tiene ningún problema.”

Muchas mujeres llegan con frustración, tristeza o sensación de soledad en la relación. Sienten que algo no está funcionando, que la comunicación se ha deteriorado o que ciertos conflictos se repiten una y otra vez. Pero cuando plantean la posibilidad de acudir a terapia, se encuentran con una negativa.

Esto puede generar mucho dolor y desconcierto.
¿Cómo es posible que uno quiera cuidar la relación y el otro no quiera hablar de lo que ocurre?

Sin embargo, la realidad suele ser bastante más compleja.

Detrás de esa resistencia, muchas veces no hay desinterés ni falta de amor por la relación, sino miedos, aprendizajes emocionales y mecanismos de defensa profundamente arraigados.

Por qué muchas mujeres están más predispuestas a acudir a terapia

No es casualidad que, en la mayoría de los casos, sea la mujer quien propone acudir a terapia.

Esto tiene mucho que ver con cómo hemos sido educados emocionalmente.

Tradicionalmente, las mujeres han recibido más permiso social para hablar de lo que sienten, compartir preocupaciones o pedir apoyo. Desde pequeñas suelen estar más expuestas a conversaciones emocionales: con amigas, familiares o en espacios de cuidado.

Esto hace que, cuando aparece un malestar en la relación, tiendan a buscar ayuda o espacios de reflexión con más facilidad.

No significa que sufran más que los hombres, pero sí que tienen más práctica en poner palabras a lo que sienten y en buscar apoyo cuando algo duele.

Por qué muchos hombres muestran más resistencia

Muchos hombres han crecido con mensajes muy distintos sobre el mundo emocional.

A muchos se les ha enseñado que:

  • hablar de emociones es innecesario o incómodo
  • mostrar vulnerabilidad es signo de debilidad
  • los problemas se solucionan solos o “tirando hacia adelante”
  • pedir ayuda significa que algo en uno está mal

Cuando una persona ha crecido con estas ideas, la terapia puede percibirse como una amenaza, incluso aunque no sea consciente de ello.

Pueden aparecer pensamientos como:

  • “Van a pensar que yo soy el problema”
  • “Me van a juzgar”
  • “No quiero remover cosas”
  • “Si hablamos de esto igual todo empeora”
  • “Yo estoy bien, no hace falta”

Desde fuera puede parecer desinterés, pero muchas veces se trata de un sistema de defensa que intenta protegerse de emociones que nunca aprendieron a manejar.

En términos de apego, no es extraño encontrar estrategias más evitativas, donde la persona ha aprendido a regularse distanciándose del malestar en lugar de explorándolo. Dejamos de hablar del tema.

La terapia no es un juicio

Una de las creencias más extendidas sobre la terapia de pareja es que se trata de un espacio donde alguien determina quién tiene razón y quién se equivoca.

Pero la terapia no funciona así. No es un juicio. No es un lugar para señalar culpables.

Es un espacio seguro y neutral donde poder comprender lo que está pasando entre los dos.

Muchas veces las parejas llegan pensando que su problema es la comunicación, pero en realidad detrás suele haber necesidades emocionales no expresadas, heridas antiguas o dinámicas relacionales que se han ido consolidando con el tiempo.

La terapia permite mirar esas dinámicas con más claridad y con menos defensividad.

Tener un espacio para pensar, sentir y expresar

En el día a día es muy difícil tener conversaciones profundas sin que aparezcan reproches, malentendidos o emociones intensas.

Las prisas, el cansancio, las responsabilidades familiares o laborales hacen que muchas conversaciones importantes se queden a medias o terminen en discusiones.

La terapia ofrece algo que muchas parejas no han tenido nunca:

un espacio protegido para parar y escucharse de verdad.

Un lugar donde cada persona pueda:

  • expresar lo que siente sin ser interrumpida
  • comprender qué le está pasando al otro
  • explorar necesidades emocionales que nunca se han puesto en palabras
  • identificar patrones que se repiten
  • aprender nuevas formas de comunicarse

A menudo, solo el hecho de poder hablar con calma y sentirse escuchado ya produce cambios importantes.

Cuando comprendemos, las defensas bajan

Desde enfoques basados en el apego y en el trabajo con trauma relacional, sabemos que muchas discusiones de pareja no son realmente sobre lo que parecen.

No se trata solo de quién recoge más en casa, quién dedica más tiempo a la familia o quién se equivoca en una discusión.

Muchas veces, debajo de esos conflictos aparecen preguntas mucho más profundas:

  • ¿Soy importante para ti?
  • ¿Puedo contar contigo cuando te necesito?
  • ¿Me ves y me entiendes?
  • ¿Estoy solo en esto o estamos juntos?

Cuando estas necesidades no se sienten seguras, el sistema nervioso se activa y aparecen defensas como el ataque, la crítica, la evitación o el silencio.

La terapia ayuda a entender estas reacciones desde otro lugar, reduciendo la sensación de amenaza y permitiendo que aparezcan conversaciones más honestas.

Los beneficios que muchas parejas descubren

Aunque al principio algunas personas llegan con dudas o incluso cierta resistencia, muchas parejas descubren que la terapia les ofrece algo muy valioso.

Entre los beneficios más habituales se encuentran:

  • comprender mejor las necesidades emocionales del otro
  • aprender a comunicarse sin entrar en escaladas de conflicto
  • identificar patrones que generan distancia
  • reparar heridas acumuladas en la relación
  • fortalecer la sensación de equipo
  • recuperar cercanía, intimidad y complicidad

En muchos casos, la terapia no solo mejora la relación de pareja, sino también la forma en que cada persona se comprende a sí misma.

A veces el proceso empieza por uno

También es importante saber que no siempre la pareja empieza la terapia al mismo tiempo.

En muchas ocasiones, una persona comienza el proceso individualmente, reflexiona sobre su forma de relacionarse, aprende nuevas maneras de comunicarse y esto poco a poco genera cambios en la dinámica de la relación.

Cuando la conversación cambia y el clima emocional se vuelve más seguro, muchas parejas terminan animándose a dar ese paso juntos.

Pedir ayuda es un acto de cuidado

Acudir a terapia no significa que la relación esté rota.

Significa que hay algo lo suficientemente importante como para querer entenderlo y cuidarlo. Y no olvidemos Momentos de transición vital que ponen a prueba la relación:

-nacimiento de un hijo

-adolescencia de los hijos

-independencia de los hijos

-cambios laborales

-enfermedad

-duelo

-jubilación

Las relaciones no vienen con un manual de instrucciones.
Todos traemos historias, aprendizajes emocionales y heridas que influyen en cómo nos relacionamos.

La terapia es simplemente un espacio para comprender mejor todo eso y encontrar nuevas formas de estar juntos.

Y muchas veces, el primer paso no es convencer al otro, sino abrir la posibilidad de mirar la relación con curiosidad y sin juicio.

Aquí te enlazo a otra entrada Diez motivos para acudir a terapia de pareja

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