Yolanda Cuevas Ayneto

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Lo que la ansiedad quiere que sepas

“Estoy cansada de sentirme así.”

Es una de las frases que más escucho en consulta.

Personas que viven pendientes de todo.
Que anticipan problemas constantemente.
Que sienten tensión aunque aparentemente todo vaya bien.
Que se despiertan cansadas.
Que notan el corazón acelerado.
Que no consiguen desconectar.

Y muchas llegan pensando que tienen un problema llamado ansiedad. Pero con frecuencia les digo algo que les sorprende: La ansiedad no suele ser el problema. La ansiedad suele ser la señal.

Una señal de que algo dentro de nosotros lleva tiempo intentando ser escuchado.

Porque la ansiedad no aparece para fastidiarnos la vida. Aparece para protegernos.

El problema es que, a veces, nuestro sistema nervioso sigue funcionando como si existiera un peligro aunque ese peligro ya no esté presente.

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, he aprendido que detrás de muchas ansiedades hay historias, experiencias, aprendizajes y heridas que todavía siguen activando la alarma.

Por eso hoy quiero compartir contigo diez cosas que la ansiedad querría que supieras.

  1. La ansiedad no es tu enemiga

Sé que probablemente no se siente así. Cuando te cuesta respirar, cuando el pecho se aprieta o cuando tu mente no deja de dar vueltas, es difícil pensar que la ansiedad intenta ayudarte.

Pero la ansiedad es una respuesta de supervivencia.Tu cerebro cree que necesita protegerte.

El problema aparece cuando esa alarma permanece activada más tiempo del necesario. No se trata de luchar contra ella. Se trata de comprender qué intenta decirte.

  1. Tu cuerpo también habla

Muchas personas creen que la ansiedad ocurre únicamente en la mente. Sin embargo, la ansiedad también vive en el cuerpo.

Tensión muscular.
Dolor de estómago.
Nudo en la garganta.
Cansancio constante.
Palpitaciones.
Sensación de falta de aire.

Tu cuerpo no está exagerando. Está comunicando algo. A veces lo que no hemos podido expresar con palabras aparece a través de sensaciones físicas.

Por eso en terapia no trabajamos únicamente con pensamientos. También escuchamos al cuerpo.

  1. No todo es racional

¿Te ha pasado alguna vez pensar:

“Sé que no tiene sentido preocuparme tanto, pero no puedo evitarlo”?

Eso ocurre porque la ansiedad no siempre nace en la parte racional del cerebro.

Muchas respuestas de ansiedad se activan desde sistemas mucho más antiguos relacionados con la supervivencia. Tu cuerpo puede reaccionar antes de que tu mente comprenda lo que está ocurriendo.

Por eso no siempre basta con repetirse que todo está bien.

Cuando el sistema nervioso está en alerta, necesita sentirse seguro, no solo convencerse de que debería estarlo.

  1. La evitación alimenta la ansiedad

La ansiedad nos empuja a evitar.

Evitar conversaciones.
Evitar lugares.
Evitar situaciones.
Evitar decisiones.

Y aunque a corto plazo parece aliviar, a largo plazo fortalece el miedo.

Cada vez que evitamos algo, nuestro cerebro aprende:”Menos mal que no fui. Era peligroso.” Y la próxima vez la alarma sonará todavía más fuerte.

Por eso uno de los caminos hacia la recuperación implica recuperar espacios, experiencias y situaciones que la ansiedad nos ha ido quitando.

Paso a paso. Con seguridad. Pero sin dejar que sea ella quien dirija nuestra vida.

  1. Respirar puede ayudarte

Respiramos unas veinte mil veces al día.

Y, sin embargo, pocas veces prestamos atención a cómo lo hacemos.

Cuando estamos ansiosos solemos respirar más rápido, más superficialmente y con mayor tensión.La buena noticia es que la respiración es una de las puertas de entrada más accesibles para influir sobre el sistema nervioso.

Una respiración lenta, nasal y consciente puede ayudar a enviar una señal de calma al cerebro.

No porque elimine todos los problemas. Sino porque le recuerda al organismo que, en este momento, está a salvo. Aquí mi taller Aprender a respirar

  1. Dormir importa más de lo que imaginas

Cuando dormimos poco, el cerebro interpreta el mundo como un lugar más amenazante.

Nos volvemos más reactivos.
Más sensibles.
Más impulsivos.

La amígdala cerebral, implicada en la detección de amenazas, se activa con mayor facilidad.

Y la corteza prefrontal, encargada de regular emociones y tomar decisiones, funciona peor.

Por eso muchas personas sienten que todo les supera cuando llevan semanas descansando mal. Dormir no es un lujo. Es una necesidad emocional.

  1. Los pensamientos no son hechos

Uno de los mayores engaños de la ansiedad es hacernos creer que todo lo que pensamos es verdad.

“Seguro que algo irá mal.”
“No voy a poder.”
“Me va a pasar algo.”
“Voy a decepcionar a todo el mundo.”

La ansiedad suele hablar en forma de predicciones. Pero una predicción no es una realidad.

Aprender a observar los pensamientos sin obedecerlos automáticamente es una habilidad que transforma profundamente la relación con la ansiedad. Te recomiendo el libro Sal de tu mente entra en tu vida.

  1. Tu historia influye

A veces la ansiedad parece no tener explicación.

Pero cuando exploramos la historia de la persona empiezan a aparecer pistas.

Infancias donde hubo mucha incertidumbre.
Experiencias de rechazo.
Situaciones de pérdida.
Entornos impredecibles.
Momentos de miedo intenso.

El cerebro aprende. Y si aprendió que el mundo podía ser peligroso, seguirá intentando protegerte incluso muchos años después. No porque estés roto.

Porque está haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñado: sobrevivir.

  1. EMDR puede ayudarte

Aquí es donde muchas personas empiezan a entender por qué llevan años luchando contra la ansiedad sin obtener resultados duraderos. Porque a veces el problema no está en el presente.

Está en experiencias del pasado que continúan activando la alarma.

EMDR permite procesar recuerdos, experiencias y situaciones que quedaron almacenadas de forma disfuncional en el sistema nervioso.

No se trata de olvidar lo vivido. Se trata de que deje de activar tu cuerpo como si siguiera ocurriendo hoy.

Muchas personas describen el proceso diciendo:

“Ahora entiendo lo que pasó, pero ya no lo siento igual.”

Y esa diferencia puede cambiar profundamente la forma de vivir.

Aquí te dejo un podcast relacionado. Aquí.

  1. Se puede superar

Quizá llevas años sintiendo ansiedad. Quizá has llegado a pensar que siempre serás así.

Pero la ansiedad no tiene por qué ser tu identidad. No eres una persona ansiosa. Eres una persona que está experimentando ansiedad.

Y eso marca una gran diferencia.

Tu cerebro puede aprender.
Tu sistema nervioso puede regularse.
Tu cuerpo puede recuperar la calma.

Hay esperanza.

Y no porque la vida vaya a dejar de tener dificultades. Sino porque puedes aprender a vivirlas desde un lugar muy diferente.

Si has llegado hasta aquí y te has sentido identificado, quiero decirte algo.

No estás exagerando.
No estás imaginando cosas.
No te falta fuerza de voluntad.

Probablemente llevas demasiado tiempo sosteniendo más de lo que tu sistema nervioso puede gestionar solo.

La ansiedad no siempre habla de peligro.

A veces habla de cansancio de exigencia, de heridas, de pérdidas, de necesidades no atendidas.

Y quizá ha llegado el momento de escucharla de otra manera.

Porque cuando comprendemos lo que la ansiedad intenta contarnos, dejamos de luchar contra nosotros mismos y comenzamos, por fin, a sanar.

Te abrazo y deseo que esta entrada haya sido inspiradora para ti.

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EMDR no es solo una técnica: es un abordaje terapéutico completo

Cuando hablamos de EMDR muchas personas piensan automáticamente en el movimiento ocular.

“Ah, sí, eso de seguir los dedos con la mirada”.

“Eye Movement Desensitization and Reprocessing”, que en español se traduce como “Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares”.

Desensibilización: reducir la intensidad emocional asociada a recuerdos dolorosos.

Reprocesamiento: ayudar al cerebro a integrar esas experiencias de forma adaptativa, para que dejen de generar malestar o reacciones desproporcionadas en el presente.

Pero EMDR es mucho más que una técnica concreta. Es un abordaje terapéutico estructurado, profundo y cuidadosamente planificado, que tiene en cuenta la historia completa de la persona y su capacidad actual para sostener el procesamiento emocional.

Antes de procesar, hay que comprender

En EMDR no empezamos trabajando directamente los recuerdos difíciles.

Primero exploramos la biografía de la persona:

¿Qué experiencias han sido significativas?

¿Qué eventos pueden haber dejado huella?

¿Qué creencias se formaron a partir de esas vivencias?

¿Cómo impactaron en su autoestima, en sus relaciones y en su manera de gestionar emociones?

No se trata solo de “qué pasó”, sino de cómo quedó almacenado en su sistema nervioso.

Evaluamos la estabilidad actual

Antes de reprocesar experiencias traumáticas o dolorosas, valoramos algo esencial:

¿Tiene la persona recursos suficientes para afrontar lo que pueda activarse?

En esta fase trabajamos:

Regulación emocional

Identificación de señales corporales

Desarrollo de recursos internos (lugares seguros, figuras de apoyo, experiencias fortalecedoras)

Ampliación de la ventana de tolerancia

Porque EMDR no consiste en revivir el trauma sin sostén.

Consiste en procesarlo con seguridad.

La preparación no es un trámite. Es terapia.

La fase de preparación puede durar varias sesiones. Y no es “esperar para empezar lo importante”.

Es parte fundamental del tratamiento.

Cuando ayudamos a una persona a conectar con recursos, a comprender cómo funciona su sistema nervioso y a sentirse acompañada, ya estamos produciendo cambios terapéuticos profundos.

La alianza terapéutica es la base

En cualquier enfoque terapéutico la relación es importante. En EMDR es imprescindible.

-El procesamiento solo es posible cuando existe:

-Confianza

-Seguridad relacional

-Sensación de acompañamiento

-Ritmo respetado

-No forzamos recuerdos. No aceleramos procesos.

-Seguimos la capacidad del sistema nervioso.

Procesar no es remover. Es integrar.

Cuando finalmente se inicia el reprocesamiento, no buscamos que la persona “reviva” el dolor.

Buscamos que el recuerdo pierda la carga emocional desbordante y pueda integrarse como parte del pasado.

Que deje de activarse como si estuviera ocurriendo ahora.

Ese es el objetivo del abordaje EMDR:

no borrar la historia, sino ayudar al cerebro a digerirla.

EMDR no es una técnica aislada.

Es un modelo que integra evaluación, estabilización, procesamiento e integración.

Y, sobre todo, es un trabajo profundamente respetuoso con los tiempos y la capacidad de cada persona.

Evidencia científica:

https://www.emdr-es.org/Sobre-EMDR/Investigaciones-que-avalan-el-EMDR-como-psicoterapia

Si quieres empezar escríbeme a yolanda@yolandacuevas.es

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“Fui al psicólogo y no me ayudó”

Muchas personas dicen alguna vez:
“Ya fui al psicólogo y no me ayudó”.
Y detrás de esa frase suele haber decepción, cansancio y, a veces, la sensación de que “esto no tiene solución”. Una mala experiencia no lo dice todo.

Pero que una experiencia en terapia no haya funcionado no significa que la psicología no funcione, ni que tú no tengas arreglo. Significa, simplemente, que algo en ese proceso no encajó. Y esto es lo que hay que investigar.

Hablar de esto es importante, porque muchas personas que hoy siguen sufriendo dejaron de pedir ayuda después de una única experiencia que no fue buena.

La terapia no es una fórmula mágica

Ir al psicólogo no es como tomarse una pastilla que actúa sola. La terapia es un proceso relacional, y como en cualquier relación humana, influyen muchos factores.

-A veces, el problema no es “la terapia”, sino cómo, cuándo, con quién y en qué momento vital se dio.

Factores que pueden haber influido en que no ayudara

1. No era el momento adecuado

Hay momentos en los que vamos a terapia:

  • porque nos obligan
  • para tranquilizar a alguien
  • o sin tener claro para qué estamos allí.

Si no estás preparado para mirar lo que duele, la terapia puede sentirse incómoda, inútil o frustrante. Y eso no significa que nunca vaya a funcionar, sino que quizá aún no era el momento.

2. No hubo conexión con el profesional

Esto es más importante de lo que parece.
Sentirte escuchado, comprendido y seguro es clave.

Si no hubo conexión, confianza o sensación de entendimiento, es muy difícil que el proceso avance.
Y no es culpa tuya ni del profesional: simplemente, no todas las personas encajan con todas.

– Cambiar de psicólogo no es fracasar, es cuidarte.

3. Expectativas poco realistas

A veces esperamos:

  • sentirnos bien en pocas sesiones
  • recibir consejos rápidos
  • o que el psicólogo nos diga exactamente qué hacer.

Cuando eso no pasa, aparece la decepción. Pero la terapia no suele ser rápida ni cómoda al principio.
-A veces remueve antes de aliviar. Como una herida cuando se desinfecta.

4. El enfoque no era el adecuado para ti

Existen muchos enfoques psicológicos. Algunos son más prácticos, otros más emocionales, otros más profundos.

Un enfoque puede funcionar muy bien para una persona y no para otra.
Eso no invalida tu experiencia, pero tampoco invalida la posibilidad de que otro tipo de terapia sí te ayude.

5. Dificultad para abrirte

Hablar de lo que duele no es fácil. A veces vamos, pero:

  • callamos lo importante
  • minimizamos
  • o no nos atrevemos a decir lo que realmente sentimos.

-La terapia necesita tiempo y seguridad para que esto cambie.
Y si no se dio, el proceso pudo quedarse en la superficie.

6. Problemas externos no resueltos

A veces el contexto (familia, estudios, trabajo, relaciones) sigue siendo muy difícil, y eso hace que el cambio sea lento.

-La terapia no siempre puede cambiar el entorno de inmediato, pero sí puede ayudarte a afrontarlo de otra manera.

Darse otra oportunidad no invalida lo vivido

Darte otra oportunidad no significa negar que aquella experiencia fue frustrante. Significa reconocer algo muy valiente:
“Eso no me ayudó, pero sigo mereciendo sentirme mejor.”

Puedes hacerlo diferente:

  • probando otro profesional
  • preguntando por el enfoque
  • expresando desde el inicio tus miedos o decepciones
  • marcando qué te gustaría que fuera distinto esta vez.

Y para finalizar:

Si alguna vez pensaste o piensas que…
“La terapia no es para mí”, quizá lo que no fue para ti fue esa terapia, en ese momento y con esa persona.

La salud mental no es un camino lineal.
Y pedir ayuda de nuevo no es retroceder: es insistir en tu bienestar.

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Cuando cuesta pedir ayuda psicológica.

Pedir ayuda psicológica no siempre es fácil. Muchas personas, jóvenes y no tan jóvenes,saben que no están bien, pero aun así se resisten a ir al psicólogo. No porque no lo necesiten, sino porque da miedo, vergüenza o sensación de fracaso.

Si te reconoces en esto, estas ideas pueden ayudarte.

“No estoy tan mal”

Esta es una de las frases más comunes. Solemos pensar que hay que tocar fondo para pedir ayuda.
La realidad es que no hace falta estar fatal para ir al psicólogo.
La terapia no es solo para cuando ya no puedes más, también es para entenderte, prevenir y aprender a cuidarte antes de que el malestar crezca.

👉 Estar “mal suficiente” no es un requisito.

“Debería poder con esto solo”

Crecer escuchando que hay que ser fuerte hace que pedir ayuda parezca debilidad. Pero pedir ayuda no te hace menos capaz, te hace responsable contigo mismo.

Nadie aprende matemáticas, a conducir o a relacionarse sin ayuda.
La salud mental no es diferente.

👉 Ser fuerte también es saber cuándo no puedes solo.

“No sabría qué decir”

No necesitas llevar un discurso preparado. Puedes empezar con algo tan simple como:

  • “No me siento bien y no sé por qué”
  • “Últimamente estoy desbordado”
  • “No sé si esto es grave, pero me preocupa”

El psicólogo está para ayudarte a poner palabras a lo que aún no las tiene.

👉 No saber explicarte también es un motivo para ir.

“Me da vergüenza”

La vergüenza es una emoción muy frecuente cuando hablamos de lo que duele. Pero en terapia no se juzga, no se ridiculiza y no se invalida.

Lo que para ti es difícil, merece ser escuchado.
Y lo que callas por vergüenza suele pesar más de lo que parece.

👉 Hablar con alguien seguro puede aliviar más de lo que imaginas.

“¿Y si ir al psicólogo significa que tengo un problema grave?”

Ir al psicólogo no te pone una etiqueta.
No te define.
No te hace “raro” ni “débil”.

Significa que estás prestando atención a tu bienestar emocional.

👉 Cuidar tu salud mental es tan normal como cuidar tu cuerpo y ambos están relacionados y en comunicación constante.

Recuerda…

Si te cuesta pedir ayuda, puedes empezar diciéndote esto:

“No tengo que poder con todo. Pedir ayuda también es cuidarme.”

Dar el paso no te cambia quién eres,
pero puede cambiar cómo te sientes.

Date una oportunidad y después decide.

Pero ¿Y qué pasa cuando he ido al psicólogo y no me ha ayudado? En la próxima entrada hablo de ello.

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Día del padre, una oportunidad.

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Hoy, en el Día del Padre, es una oportunidad para mirar esta relación con más profundidad. Porque hablar de padres no es hablar solo de amor incondicional o de agradecimiento, también es abrir espacio a la complejidad.

Hay padres que han sabido acompañar, sostener y validar. Padres que enseñaron a expresar emociones, a confiar, a sentirse suficiente. Y hay otros que, desde sus propias limitaciones, ausencias o heridas, no pudieron hacerlo de la manera que un hijo necesitaba, necesita.

Y ambas realidades dejan huella.

La relación con nuestro padre influye en cómo nos comunicamos, en cómo gestionamos lo que sentimos, en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos y a los demás. Puede marcar nuestra autoestima, nuestra forma de vincularnos, nuestra necesidad de control o nuestro miedo al rechazo. A veces, incluso, ese impacto aparece en forma de dolor que no siempre sabemos nombrar.

Pero entender esto no es para quedarnos atrapados en el pasado, sino para darle sentido.

Hablar de la relación entre padres e hijos es hablar de una de las experiencias más influyentes en la vida de una persona. No es una relación estática, cambia con el tiempo, evoluciona… pero también arrastra huellas que, si no se revisan, pueden acompañarnos durante años.

En la infancia, los hijos necesitan sentirse seguros, vistos y validados. Cuando esto ocurre, se construyen bases sólidas: una autoestima más sana, una mayor confianza en el mundo y una mejor capacidad para identificar y expresar emociones. Sin embargo, cuando predominan las críticas, la exigencia, la ausencia emocional o la invalidación, pueden aparecer sentimientos de inseguridad, miedo o la sensación de no ser suficiente. Muchos niños aprenden a silenciar lo que sienten o a adaptarse en exceso para recibir amor, sin entender del todo qué les ocurre.

Durante la adolescencia, la necesidad principal cambia: aparece la búsqueda de identidad y autonomía. Es una etapa intensa, donde las emociones se viven con mayor fuerza y la necesidad de ser comprendido se vuelve clave. Aquí, los conflictos con los padres suelen girar en torno a la comunicación, el control o la falta de límites claros. Algunos adolescentes se sienten incomprendidos o poco escuchados; otros, excesivamente controlados o, por el contrario, desorientados ante la falta de guía. En este momento vital, la forma en que los padres acompañan puede influir directamente en cómo el joven se percibe a sí mismo y en cómo aprende a relacionarse con la autoridad, los límites y su propio mundo emocional.

En la edad adulta, la relación con los se transforma. Es frecuente que emerjan con más claridad las heridas no resueltas: emociones como el resentimiento, la tristeza o la distancia. También pueden aparecer patrones aprendidos que se repiten en otras relaciones, como en la pareja o en la propia crianza. Dificultades para poner límites, una autoestima frágil o una necesidad constante de aprobación pueden tener su origen en esas primeras experiencias. A veces, además, surge un proceso más profundo: el duelo por lo que no fue, por aquello que se necesitó y no estuvo disponible.

Porque ser padre no es fácil. Cada uno educa con lo que recibió, con lo que pudo aprender y con las herramientas que tiene en ese momento. Pero tampoco es fácil ser hijo. Especialmente cuando lo emocional no ha sido acompañado como se necesitaba.

Por eso, este día puede ser también un espacio de conciencia.
Para agradecer lo que sí estuvo.
Para reconocer lo que dolió.
Y, sobre todo, para responsabilizarnos de lo que hacemos hoy con esa historia. Porque hoy hay muchos más recursos disponibles para hacerlo mejor.

Porque aunque no elegimos de dónde venimos, sí podemos elegir cómo seguimos. Podemos aprender a comunicarnos de otra manera, a relacionarnos desde un lugar más sano, a tratarnos con más respeto y a cortar dinámicas que no queremos repetir.

Y en ese proceso, a veces, también aparece algo importante: la posibilidad de mirar a nuestros padres con más humanidad. No para justificarlo todo, sino para comprender que, detrás de su forma de ser padres, también hay una historia. Y que no se trata de quien tienen razón sino de querer entender y respetar las razones por las que cada parte actúa como actúa.

Ahí es donde aparece la verdadera oportunidad: no en tener una historia perfecta, sino en ser capaces de comprenderla, integrarla y transformarla. Por ambas partes.

Hoy no es solo un día para celebrar.
Es un día para comprender, integrar y, si hace falta, empezar a sanar.

Te abrazo si eres padre, te abrazo si eres hijo.

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Cuando una quiere ir a terapia de pareja y el otro no.

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En consulta es muy frecuente escuchar una frase parecida a esta:

“Yo quiero que vayamos a terapia, pero mi pareja dice que él no tiene ningún problema.”

Muchas mujeres llegan con frustración, tristeza o sensación de soledad en la relación. Sienten que algo no está funcionando, que la comunicación se ha deteriorado o que ciertos conflictos se repiten una y otra vez. Pero cuando plantean la posibilidad de acudir a terapia, se encuentran con una negativa.

Esto puede generar mucho dolor y desconcierto.
¿Cómo es posible que uno quiera cuidar la relación y el otro no quiera hablar de lo que ocurre?

Sin embargo, la realidad suele ser bastante más compleja.

Detrás de esa resistencia, muchas veces no hay desinterés ni falta de amor por la relación, sino miedos, aprendizajes emocionales y mecanismos de defensa profundamente arraigados.

Por qué muchas mujeres están más predispuestas a acudir a terapia

No es casualidad que, en la mayoría de los casos, sea la mujer quien propone acudir a terapia.

Esto tiene mucho que ver con cómo hemos sido educados emocionalmente.

Tradicionalmente, las mujeres han recibido más permiso social para hablar de lo que sienten, compartir preocupaciones o pedir apoyo. Desde pequeñas suelen estar más expuestas a conversaciones emocionales: con amigas, familiares o en espacios de cuidado.

Esto hace que, cuando aparece un malestar en la relación, tiendan a buscar ayuda o espacios de reflexión con más facilidad.

No significa que sufran más que los hombres, pero sí que tienen más práctica en poner palabras a lo que sienten y en buscar apoyo cuando algo duele.

Por qué muchos hombres muestran más resistencia

Muchos hombres han crecido con mensajes muy distintos sobre el mundo emocional.

A muchos se les ha enseñado que:

  • hablar de emociones es innecesario o incómodo
  • mostrar vulnerabilidad es signo de debilidad
  • los problemas se solucionan solos o “tirando hacia adelante”
  • pedir ayuda significa que algo en uno está mal

Cuando una persona ha crecido con estas ideas, la terapia puede percibirse como una amenaza, incluso aunque no sea consciente de ello.

Pueden aparecer pensamientos como:

  • “Van a pensar que yo soy el problema”
  • “Me van a juzgar”
  • “No quiero remover cosas”
  • “Si hablamos de esto igual todo empeora”
  • “Yo estoy bien, no hace falta”

Desde fuera puede parecer desinterés, pero muchas veces se trata de un sistema de defensa que intenta protegerse de emociones que nunca aprendieron a manejar.

En términos de apego, no es extraño encontrar estrategias más evitativas, donde la persona ha aprendido a regularse distanciándose del malestar en lugar de explorándolo. Dejamos de hablar del tema.

La terapia no es un juicio

Una de las creencias más extendidas sobre la terapia de pareja es que se trata de un espacio donde alguien determina quién tiene razón y quién se equivoca.

Pero la terapia no funciona así. No es un juicio. No es un lugar para señalar culpables.

Es un espacio seguro y neutral donde poder comprender lo que está pasando entre los dos.

Muchas veces las parejas llegan pensando que su problema es la comunicación, pero en realidad detrás suele haber necesidades emocionales no expresadas, heridas antiguas o dinámicas relacionales que se han ido consolidando con el tiempo.

La terapia permite mirar esas dinámicas con más claridad y con menos defensividad.

Tener un espacio para pensar, sentir y expresar

En el día a día es muy difícil tener conversaciones profundas sin que aparezcan reproches, malentendidos o emociones intensas.

Las prisas, el cansancio, las responsabilidades familiares o laborales hacen que muchas conversaciones importantes se queden a medias o terminen en discusiones.

La terapia ofrece algo que muchas parejas no han tenido nunca:

un espacio protegido para parar y escucharse de verdad.

Un lugar donde cada persona pueda:

  • expresar lo que siente sin ser interrumpida
  • comprender qué le está pasando al otro
  • explorar necesidades emocionales que nunca se han puesto en palabras
  • identificar patrones que se repiten
  • aprender nuevas formas de comunicarse

A menudo, solo el hecho de poder hablar con calma y sentirse escuchado ya produce cambios importantes.

Cuando comprendemos, las defensas bajan

Desde enfoques basados en el apego y en el trabajo con trauma relacional, sabemos que muchas discusiones de pareja no son realmente sobre lo que parecen.

No se trata solo de quién recoge más en casa, quién dedica más tiempo a la familia o quién se equivoca en una discusión.

Muchas veces, debajo de esos conflictos aparecen preguntas mucho más profundas:

  • ¿Soy importante para ti?
  • ¿Puedo contar contigo cuando te necesito?
  • ¿Me ves y me entiendes?
  • ¿Estoy solo en esto o estamos juntos?

Cuando estas necesidades no se sienten seguras, el sistema nervioso se activa y aparecen defensas como el ataque, la crítica, la evitación o el silencio.

La terapia ayuda a entender estas reacciones desde otro lugar, reduciendo la sensación de amenaza y permitiendo que aparezcan conversaciones más honestas.

Los beneficios que muchas parejas descubren

Aunque al principio algunas personas llegan con dudas o incluso cierta resistencia, muchas parejas descubren que la terapia les ofrece algo muy valioso.

Entre los beneficios más habituales se encuentran:

  • comprender mejor las necesidades emocionales del otro
  • aprender a comunicarse sin entrar en escaladas de conflicto
  • identificar patrones que generan distancia
  • reparar heridas acumuladas en la relación
  • fortalecer la sensación de equipo
  • recuperar cercanía, intimidad y complicidad

En muchos casos, la terapia no solo mejora la relación de pareja, sino también la forma en que cada persona se comprende a sí misma.

A veces el proceso empieza por uno

También es importante saber que no siempre la pareja empieza la terapia al mismo tiempo.

En muchas ocasiones, una persona comienza el proceso individualmente, reflexiona sobre su forma de relacionarse, aprende nuevas maneras de comunicarse y esto poco a poco genera cambios en la dinámica de la relación.

Cuando la conversación cambia y el clima emocional se vuelve más seguro, muchas parejas terminan animándose a dar ese paso juntos.

Pedir ayuda es un acto de cuidado

Acudir a terapia no significa que la relación esté rota.

Significa que hay algo lo suficientemente importante como para querer entenderlo y cuidarlo. Y no olvidemos Momentos de transición vital que ponen a prueba la relación:

-nacimiento de un hijo

-adolescencia de los hijos

-independencia de los hijos

-cambios laborales

-enfermedad

-duelo

-jubilación

Las relaciones no vienen con un manual de instrucciones.
Todos traemos historias, aprendizajes emocionales y heridas que influyen en cómo nos relacionamos.

La terapia es simplemente un espacio para comprender mejor todo eso y encontrar nuevas formas de estar juntos.

Y muchas veces, el primer paso no es convencer al otro, sino abrir la posibilidad de mirar la relación con curiosidad y sin juicio.

Aquí te enlazo a otra entrada Diez motivos para acudir a terapia de pareja

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Una nueva mirada para la salud

He tenido la oportunidad de compartir una jornada con el Dr. José Luis Marín organizada por la Asociación TCA de Aragón. Tras su intervención pude felicitarle, agradecerle su labor y compartir también mi propia experiencia profesional cuando decides trabajar “a contracorriente”.

En 2012 tomé la decisión de trabajar desde el abordaje del trauma y las experiencias adversas, incorporando EMDR a mi práctica clínica. En aquel momento, se me miraba “raro”. Hablar de trauma, de apego, de historia vital, no era lo habitual en muchos contextos clínicos. Catorce años después, algunos de aquellos colegas hoy se están formando precisamente en trauma y apego.

Eso me reafirma en algo profundamente importante: la ciencia evoluciona, pero también lo hace nuestra mirada.

Elegí mirar a la persona, no a la etiqueta diagnóstica. Elegí no reducir el sufrimiento a un manual. Elegí no depositar toda la esperanza en la medicación, ni asumir como incuestionable lo que durante décadas se dio por sentado. Y eso me permitió trabajar desde otro lugar: desde el vínculo, desde la comprensión, desde la historia.

Para mí hay ideas que son clave:

  • La historia de nuestra vida cuenta más de lo que creemos. Por eso la pregunta “¿qué te pasa?” necesita transformarse en “¿qué te ha pasado?”. No es lo mismo hablar de un fallo que de una herida.
  • La medicación puede ser un recurso valioso, pero no es un milagro. No debería haber medicación sin un espacio terapéutico que escuche, integre y dé sentido. Cuando solo tratamos el síntoma, sin ir a la raíz, el alivio puede convertirse en dependencia.
  • El motivo de consulta suele ser el síntoma, pero el síntoma no es el problema: es la señal. Es el lenguaje del cuerpo y del sistema nervioso intentando adaptarse a algo que fue demasiado.
  • Medicalizar y patologizar el sufrimiento humano no siempre es la solución. A veces lo que llamamos “trastorno” es una respuesta coherente a experiencias incoherentes.
  • No existe salud mental por un lado y salud física por otro. Existe salud. Cuerpo y mente están profundamente unidos. El cuerpo recuerda. El cuerpo revive. El cuerpo reacciona a la historia vivida, incluso cuando la mente intenta olvidar.
  • El trauma y las experiencias adversas necesitan ser escuchadas, comprendidas, elaboradas y procesadas. No desaparecen porque las ignoremos. El pasado no está pasado, está presente.
  • La etiqueta diagnóstica puede aliviar a corto plazo porque ofrece una explicación, pero también puede limitar y condicionar la identidad si no se maneja con cuidado. El objetivo no es que alguien “aprenda a convivir con su etiqueta”, sino que gane autonomía y capacidad de autorregulación.
  • Detrás del malestar siempre hay múltiples factores: biológicos, psicológicos, relacionales, sociales y estructurales. Solo una mirada amplia permite una intervención profunda y cambios a futuro.

Trabajar desde el trauma no es buscar culpables, es buscar comprensión. No es revivir el dolor, es integrarlo. No es anclarse en el pasado, es liberar el presente.

Y lo más esperanzador de todo: el sistema nervioso puede repararse. El vínculo sana. El cerebro cambia incluida la química. La persona no está rota; se adaptó como pudo.

Seguir apostando por ver personas y no enfermedades, historias y no etiquetas, procesos y no solo síntomas, es para mí un compromiso ético y humano.

Y cada vez somos más.

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Primeros pasos de atención psicológica en las primeras 24 horas tras una catástrofe

Tras una catástrofe, un accidente grave o una situación altamente impactante, el sistema nervioso de las personas se encuentra en estado de alarma. En esas primeras horas, la prioridad no es comprender lo ocurrido ni elaborar emocionalmente el suceso, sino proteger, contener y regular. Lo que hagamos y lo que evitemos en las primeras 24 horas puede marcar una gran diferencia en la forma en que el impacto traumático se asienta o se amortigua.

En las primeras 24 horas no se hace terapia, se protege, contiene y regula.
El objetivo es reducir el impacto traumático, no elaborar lo ocurrido.

1.Garantizar seguridad real y percibida

Antes de cualquier intervención emocional:

  • Confirmar que la persona está a salvo
  • Alejarla de estímulos estresantes (ruido, imágenes, caos)
  • Proporcionar abrigo, agua, comida si es posible

👉 El cerebro no puede calmarse si no percibe seguridad.

2.Contacto humano tranquilo y respetuoso

  • Presentarse con nombre y función
  • Hablar despacio, tono bajo
  • Mantener contacto visual sin invadir
  • Respetar el espacio personal

La regulación se transmite de sistema nervioso a sistema nervioso.

3.Normalizar sin minimizar

Frases útiles:

  • “Lo que estás sintiendo es una reacción normal ante algo muy duro”
  • “No hay una forma correcta de reaccionar”
  • “Ahora mismo no tienes que entender nada”

Evitar:

  • “Tienes que ser fuerte”
  • “Todo pasa por algo”
  • “Cálmate”

4️.Regular el cuerpo (intervención clave)

Antes de preguntar o hablar del suceso:

  • Invitar a apoyar los pies en el suelo
  • Respiraciones lentas, acompañadas
  • Pedir que mire alrededor y nombre objetos
  • Facilitar movimientos suaves

👉 Esto reduce la activación y previene fijación traumática.

5.No forzar el relato

  • No pedir detalles del evento
  • No hacer preguntas innecesarias
  • Escuchar solo si la persona necesita hablar

Contar no siempre ayuda en las primeras horas.

6.Identificar necesidades básicas inmediatas

Preguntas simples:

  • “¿Hay alguien a quien necesites avisar?”
  • “¿Necesitas medicación, agua, abrigo?”
  • “¿Hay algún familiar o persona de apoyo?”

Cubrir lo práctico es intervención psicológica.

7. Proteger de la sobreexposición

  • Limitar acceso a imágenes o noticias
  • Evitar que la persona vuelva al lugar del impacto si no es necesario
  • Proteger especialmente a niños

8.Favorecer el contacto con figuras de apego

  • Reunir a familiares cuando sea posible
  • Facilitar que no estén solos

El trauma se amortigua en vínculos seguros.

9.Cerrar la intervención con orientación clara

Antes de terminar el contacto:

  • Explicar posibles reacciones normales en las próximas horas o días
  • Indicar qué señales requieren ayuda profesional
  • Asegurar continuidad de apoyo si es posible

10.Cuidar a los intervinientes

En las primeras 24 h también es clave:

  • Rotar turnos
  • Pausas de regulación
  • No acumular exposición continua

El trauma vicario también cuenta.

Señales de alarma inmediatas

Derivar de forma prioritaria si aparece:

  • Desorientación severa
  • Conductas de riesgo
  • Bloqueo extremo o disociación intensa
  • Riesgo suicida
  • Pérdida total de contacto con la realidad

En las primeras 24 horas tras una catástrofe, la mejor atención psicológica es presencia calmada, seguridad, cuerpo regulado y acompañamiento humano.

La próxima entrada: Por qué la primera atención psicológica tras una catástrofe influye en la recuperación posterior

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