Hay momentos en los que estamos físicamente en un lugar, pero nuestra atención está en otro sitio. Podemos estar sentados en casa, trabajando, conduciendo o intentando dormir y, sin embargo, nuestra mente sigue enganchada a una conversación de hace días, a algo que ocurrió hace años o a una situación que tememos que pueda suceder mañana.
Cuando esto ocurre, el cuerpo también puede reaccionar. Aparece tensión, aceleración, inquietud, presión en el pecho, pensamientos repetitivos o esa sensación de no poder salir de lo mismo. Y aunque racionalmente sepamos que en ese momento no está ocurriendo aquello que recordamos o tememos, nuestro sistema nervioso puede seguir respondiendo como si tuviera que protegernos de algo.
Una de las herramientas que podemos utilizar en esos momentos es volver al presente a través de los sentidos. No es una técnica mágica ni pretende eliminar de inmediato lo que sentimos. Su objetivo es mucho más sencillo: ayudar a nuestra atención y a nuestro cerebro a registrar de nuevo qué está ocurriendo aquí y ahora.
¿Por qué los sentidos pueden ayudarnos a volver al presente? La ansiedad, la preocupación o algunos recuerdos difíciles tienen algo en común: muchas veces nos alejan del momento actual. Podemos quedarnos atrapados en el pasado, repasando lo que sucedió, lo que hicimos, lo que nos dijeron o lo que nos habría gustado hacer de otra manera. O podemos vivir adelantándonos continuamente al futuro: imaginando problemas, anticipando conversaciones, pensando qué podría salir mal o intentando tener bajo control situaciones que todavía no han ocurrido. Mientras tanto, el presente queda en un segundo plano.
Los sentidos nos ofrecen información que pertenece al ahora. Lo que estoy viendo está ocurriendo en este momento. El sonido que escucho pertenece a este instante. La temperatura que noto en mis manos, el contacto de mis pies con el suelo o el sabor de lo que estoy bebiendo son señales actuales. Dirigir conscientemente la atención hacia ellas puede ayudar a interrumpir, aunque sea por unos momentos, ese viaje continuo entre pasado y futuro. Podemos pensar en ello como una forma de orientación. No estamos diciendo al cuerpo “cálmate” ni intentando convencerlo de que no pasa nada. Le estamos ofreciendo información: mira dónde estás ahora, escucha lo que hay a tu alrededor, siente el suelo bajo tus pies, observa este momento. Y esto puede ser especialmente importante cuando lo que estamos sintiendo tiene relación con experiencias pasadas. En determinados momentos, un recuerdo, una sensación corporal, una conversación o una situación actual pueden activar respuestas que pertenecen en parte a otras experiencias. Volver a mirar alrededor y registrar el contexto actual ayuda al cerebro a diferenciar mejor entre aquello que ocurrió entonces y lo que está ocurriendo ahora. La técnica 5-4-3-2-1 Una de las formas más conocidas de practicarlo es utilizar los cinco sentidos siguiendo esta secuencia: 5 cosas que ves. Mira a tu alrededor y nombra cinco cosas. No tienen que ser especiales: una lámpara, una ventana, una taza, un árbol, el color de una pared. 4 cosas que puedes tocar o sentir con el cuerpo. Puedes notar el contacto de los pies con el suelo, la espalda apoyada en una silla, la textura de tu ropa o coger algún objeto y fijarte en cómo se siente en las manos. 3 cosas que oyes. Escucha durante unos segundos. Quizá haya tráfico, una conversación lejana, pájaros, un ordenador, el ruido de tu propia respiración. 2 cosas que hueles. El café, una crema, el aire de la habitación, una planta, tu ropa. No es necesario que sean olores intensos. 1 cosa que saboreas. Puedes observar el sabor que ya hay en tu boca o beber un poco de agua, tomar una infusión, un caramelo o algún alimento prestando atención a lo que notas.
El ejercicio no consiste en hacerlo perfectamente ni en completar necesariamente todos los pasos. Hay personas a las que les resulta suficiente mirar a su alrededor, tocar algo y escuchar varios sonidos. Otras necesitan dedicarle unos minutos. Lo importante es la intención de llevar la atención hacia información que pertenece al momento presente.
¿Cuándo puede ser útil? Puede ayudarte cuando notes que la ansiedad comienza a aumentar, cuando llevas un rato dando vueltas al mismo pensamiento o cuando te das cuenta de que estás anticipando continuamente algo que todavía no ha sucedido. También puede resultar útil después de una conversación difícil, cuando una emoción te ha desbordado, si aparece un recuerdo que te activa mucho o cuando llegas a casa después de un día especialmente intenso y notas que tu cuerpo todavía sigue funcionando como si tuviera que responder a algo.
Hay personas que utilizan estas estrategias cuando les cuesta conciliar el sueño porque su cabeza empieza a repasar el día o a organizar mentalmente el siguiente. O antes de una situación que saben que les genera mucha activación. Incluso puede practicarse cuando estamos tranquilos. De hecho, entrenar estas habilidades en momentos de calma facilita que podamos recordarlas y utilizarlas cuando estamos más activados. Las estrategias de regulación suelen funcionar mejor cuando forman parte de nuestro repertorio habitual y no aparecen únicamente cuando ya estamos completamente desbordados. Volver al presente no significa dejar de sentir Este matiz me parece especialmente importante. A veces utilizamos herramientas de regulación con la expectativa de que hagan desaparecer inmediatamente la ansiedad, la tristeza, el miedo o el malestar. Y si después de hacer un ejercicio seguimos sintiéndonos incómodos pensamos que “no ha funcionado”. Pero volver al presente no tiene como objetivo borrar una emoción. Puedes orientarte, mirar alrededor, sentir tus pies sobre el suelo y seguir estando triste. Puedes escuchar los sonidos de la habitación y continuar sintiendo nervios. Puedes hacer el ejercicio 5-4-3-2-1 y que la preocupación siga ahí. La diferencia puede estar en que ya no estás completamente absorbido por ella. A veces conseguimos bajar la intensidad. Otras veces simplemente recuperamos un poco de espacio para poder pensar qué necesitamos, pedir ayuda, movernos, descansar, hablar con alguien o tomar una decisión con mayor claridad. La regulación no significa estar siempre tranquilo. Significa disponer de más posibilidades para acompañar lo que nos ocurre sin quedar completamente arrastrados por ello. Cuando una herramienta de regulación se convierte en algo que necesitas constantemente Estas técnicas pueden ser muy útiles, pero también es importante no convertirlas en la única respuesta. Si necesitas utilizarlas continuamente porque tu cuerpo vuelve una y otra vez a estados de mucha alerta, ansiedad o desbordamiento, merece la pena preguntarnos qué está ocurriendo. A veces tratamos de regular una reacción sin explorar suficientemente por qué esa reacción aparece con tanta frecuencia. Puede haber estrés sostenido, una situación vital que está siendo demasiado exigente, conflictos que no estamos abordando, miedo, pérdidas, experiencias pasadas que siguen teniendo impacto, relaciones que nos generan inseguridad o formas aprendidas de estar en alerta que nuestro sistema nervioso continúa utilizando porque en algún momento fueron necesarias. En estos casos, las herramientas de regulación pueden ayudar a manejar los momentos difíciles, pero probablemente necesitemos algo más.
Podríamos compararlo con bajar el volumen de una alarma que suena una y otra vez. Puede venir muy bien aprender a reducir el ruido, pero si vuelve a sonar todos los días, también tendremos que averiguar por qué se está activando. En terapia no solo trabajamos estrategias para sentirnos mejor cuando aparece la activación. También intentamos comprender qué la dispara, qué experiencias están relacionadas con ella, qué interpretaciones hacemos, qué está ocurriendo en nuestra vida actual y qué necesita ser elaborado de una manera más profunda. En el trabajo con trauma esto es especialmente relevante. Algunas respuestas de ansiedad, hipervigilancia o desconexión no aparecen porque la persona esté “haciendo algo mal”, sino porque su sistema nervioso aprendió a protegerse de determinada manera. Las herramientas de orientación al presente pueden ayudar a mostrarle poco a poco que el contexto actual es diferente, pero en muchos casos será necesario trabajar también las experiencias que hicieron necesaria esa protección. No todo se resuelve regulándonos mejor Vivimos un momento en el que hablamos mucho de regulación del sistema nervioso, respiración, mindfulness, grounding y diferentes herramientas para bajar la activación. Todas ellas pueden ser valiosas. Pero me parece importante no transmitir la idea de que si una persona sigue teniendo ansiedad es porque no respira suficientemente bien, no medita, no practica grounding o todavía no ha encontrado “la técnica correcta”.
Hay situaciones que necesitan ser comprendidas. Hay experiencias que necesitan ser procesadas. Hay límites que necesitan ponerse. Hay relaciones que quizá necesitan cambiar. Hay duelos que necesitan tiempo y acompañamiento. Y hay historias de vida que no se resuelven únicamente aprendiendo a calmarnos. Regular puede ayudarnos a estar suficientemente presentes para poder hacer ese trabajo.
Ese es, para mí, uno de los lugares más interesantes de estas herramientas: no como una manera de tapar lo que sentimos, sino como una ayuda para poder acercarnos a ello con algo más de estabilidad. La próxima vez que notes que tu mente está muy lejos del momento actual, puedes probar algo sencillo: mirar a tu alrededor y nombrar lo que ves, escuchar varios sonidos, notar tus pies en el suelo, tocar algún objeto cercano. Y hacerte una pregunta: ¿Qué está ocurriendo realmente ahora mismo? A veces ese pequeño gesto es suficiente para recuperar un poco de presente.
Y si descubres que necesitas regresar una y otra vez porque algo te lleva constantemente al pasado o te mantiene viviendo en el futuro, quizá la pregunta ya no sea solamente cómo regularte, sino qué necesita ser atendido con más profundidad.
Digo verano como puede ser último cumpleaños juntos, últimas navidades, último viaje…
Hay parejas que este verano han viajado juntas, han compartido comidas, fotografías, familia, playa, planes y días de descanso sin saber que quizá haya sido su último verano como pareja.
Otras puede que sí lo hayan pensado.
Quizá durante una cena en silencio.
En una discusión que volvió a repetirse.
Mientras uno caminaba unos metros por delante del otro.
Al acostarse después de un día entero compartido y sentir, aun así, una enorme distancia.
O simplemente al aparecer una pregunta incómoda:
“¿Quiero seguir viviendo así?”
Septiembre suele traer rutinas, horarios, colegios, trabajo y obligaciones. Pero para algunas personas también trae algo más: la necesidad de mirar su relación.
Durante el año es relativamente fácil seguir funcionando.
Hay agendas.
Niños.
Trabajo.
Cansancio.
Compras.
Deporte.
Compromisos.
Problemas que resolver.
Y muchas relaciones consiguen mantenerse durante mucho tiempo dentro de esa maquinaria cotidiana sin que nadie se detenga realmente a preguntarse cómo están.
Las vacaciones cambian el escenario.
De repente hay más horas juntos.
Menos excusas para no hablar.
Más convivencia.
Más expectativas.
Más posibilidades de observar cómo nos sentimos cuando simplemente estamos con esa persona.
Y algunas parejas descubren que disfrutan de esa cercanía.
Otras descubren precisamente lo contrario.
Las vacaciones no rompen necesariamente una pareja
A veces escuchamos que después del verano aumentan las crisis o las separaciones y puede parecer que las vacaciones son las responsables.
Pero unas vacaciones rara vez destruyen por sí solas una relación que estaba bien.
Con frecuencia simplemente hacen más visible lo que durante meses había quedado escondido detrás de la rutina.
La dificultad para comunicarse.
La falta de intimidad.
El resentimiento acumulado.
La sensación de estar solos estando acompañados.
Las diferencias en la forma de educar.
El reparto desigual de responsabilidades.
La falta de deseo.
La ausencia de proyectos compartidos.
La sensación de no sentirse visto.
Los conflictos con las familias.
El dinero.
Los celos.
La pérdida de confianza.
O esa impresión difícil de explicar de que seguimos compartiendo una vida, pero ya no sabemos si estamos compartiendo una relación.
También puede ocurrir lo contrario.
Hay parejas que llegan agotadas a las vacaciones y, cuando desaparece parte de la presión cotidiana, vuelven a encontrarse.
Se ríen.
Hablan.
Recuperan el contacto.
Recuerdan por qué se eligieron.
Por eso no conviene interpretar automáticamente unas malas vacaciones como el final de una relación.
Lo importante es preguntarse qué han mostrado esas vacaciones acerca de cómo estamos realmente juntos.
Hay relaciones que llevan años esperando que algo cambie
En consulta aparecen muchas personas que llevan mucho tiempo formulándose las mismas preguntas.
Un año más.
Otro verano.
Otra Navidad.
Otro aniversario.
Otra crisis.
Otra reconciliación.
Otra promesa.
Y vuelven a pensar:
“Después del verano hablaremos.”
“Cuando los niños sean mayores.”
“Cuando termine esta etapa laboral.”
“Cuando estemos menos cansados.”
“Cuando cambie.”
“Cuando yo esté mejor.”
“Cuando tengamos más tiempo.”
El problema es que los años también pasan mientras esperamos.
Y a veces no estamos esperando realmente que la relación cambie.
Estamos esperando que algo externo tome la decisión por nosotros.
Esperar que sea el otro quien decida
Hay personas que saben desde hace tiempo que algo no funciona, pero no consiguen tomar una decisión.
Entonces empiezan a vivir en una especie de espera emocional.
Esperan que sea la otra persona quien termine la relación.
Que ocurra una discusión definitiva.
Que haya una infidelidad que justifique irse.
Que aparezca alguien nuevo.
Que suceda algo suficientemente grave como para no sentirse culpables por marcharse.
Es comprensible.
Tomar decisiones importantes implica asumir pérdidas, dudas y responsabilidad.
Pero dejar que nuestra vida quede suspendida esperando que otra persona decida también es una decisión.
Aunque parezca que no estamos haciendo nada.
Esperar que aparezca alguien que nos rescate
A veces una relación termina emocionalmente mucho antes de que termine formalmente.
Y entonces puede aparecer otra persona.
Alguien que escucha.
Que mira.
Que pregunta.
Que hace sentir deseado.
Que recuerda una parte de nosotros que parecía dormida.
No siempre esa tercera persona es la causa de la ruptura.
En ocasiones simplemente ilumina necesidades que llevaban mucho tiempo sin ser atendidas.
Pero también conviene ser prudente.
Cuando estamos emocionalmente vacíos, la atención de alguien nuevo puede sentirse extraordinariamente intensa.
Y podemos confundir el alivio con la compatibilidad.
La novedad con el amor.
La validación con un proyecto de vida.
Antes de pensar quién podría rescatarnos de nuestra relación, quizá necesitemos preguntarnos algo más difícil:
“¿Qué decisión tomaría sobre mi relación si no hubiera absolutamente nadie más esperando fuera?”
También existe la inercia
No todas las relaciones que continúan lo hacen porque ambos estén bien.
Algunas continúan porque llevan muchos años.
Porque hay hijos.
Porque existe una casa.
Una hipoteca.
Una economía compartida.
Familias mezcladas.
Amigos comunes.
Rutinas.
Recuerdos.
Una historia que pesa mucho.
Y miedo.
Miedo a equivocarse.
Miedo a estar solo.
Miedo a empezar de nuevo.
Miedo a hacer daño.
Miedo a arrepentirse.
Miedo a perder estabilidad.
Todo eso importa.
No deberíamos minimizarlo.
Separarse no consiste únicamente en dejar de convivir con alguien. Puede implicar reorganizar una vida entera.
Pero permanecer tampoco debería convertirse automáticamente en la opción menos dolorosa.
A veces quedarse durante años en una relación donde uno ha dejado de sentirse vivo también tiene un coste.
Y está la esperanza
La esperanza puede ser una enorme aliada en una pareja.
Permite atravesar momentos difíciles.
Perdonar.
Reparar.
Aprender.
Esperar mientras el otro atraviesa una crisis.
Comprender que las relaciones tienen etapas.
El problema aparece cuando confundimos esperanza con espera infinita.
Hay una diferencia entre:
“Estamos atravesando una dificultad y los dos estamos intentando cambiar algo”
y
“Llevo años esperando que algún día todo sea diferente.”
Las relaciones no cambian porque deseemos intensamente que cambien.
Cambian cuando las personas implicadas hacen cosas diferentes.
No todas las crisis significan que haya que separarse
Una pareja puede atravesar periodos muy difíciles y seguir teniendo una relación valiosa.
Puede haber distancia.
Pérdida de deseo.
Cansancio.
Problemas de comunicación.
Etapas de desconexión.
Crisis personales.
Dificultades económicas.
Duelo.
Enfermedad.
Crianza.
Estrés.
Cambios vitales.
Y aun así existir algo importante entre ambos.
La pregunta no debería ser únicamente:
“¿Tenemos problemas?”
Porque todas las relaciones los tienen.
Quizá sea más útil preguntarse:
“¿Qué hacemos con los problemas que tenemos?”
¿Podemos hablar?
¿Podemos escucharnos?
¿Reconocemos nuestra parte?
¿Intentamos reparar cuando hacemos daño?
¿Existe interés genuino por comprender al otro?
¿Hay disposición para cambiar comportamientos?
¿O siempre acabamos exactamente en el mismo lugar?
No se trata solo de preguntarse si todavía quieres a tu pareja
Podemos querer profundamente a alguien y, aun así, no saber construir una relación saludable con esa persona.
También podemos confundir amor con apego, historia compartida, necesidad, miedo a perder o dificultad para estar solos.
Por eso la pregunta:
“¿Le quiero?”
puede quedarse corta.
Tal vez necesitemos añadir:
“¿Me gusta la relación que estamos construyendo?”
Porque una relación no se sostiene únicamente por lo que sentimos.
También por cómo nos tratamos.
Algunas preguntas que quizá merezca la pena hacerse
No hace falta responderlas todas de una vez.
Ni tomar decisiones después de leerlas.
Pero quizá sí permitirnos contestarlas con sinceridad.
Sobre cómo estoy yo
¿Cómo me siento habitualmente dentro de esta relación?
¿Puedo ser yo mismo o siento que tengo que medir constantemente lo que digo, hago o necesito?
¿Me siento acompañado?
¿Me siento escuchado?
¿Me siento respetado?
¿Me siento querido de una manera que puedo reconocer y recibir?
¿Hay partes importantes de mí que he ido apagando para que la relación funcione?
¿Quién soy yo cuando estoy con esta persona?
¿Me gusta esa versión de mí?
Sobre lo que siento por mi pareja
¿Siento afecto?
¿Admiración?
¿Deseo?
¿Ternura?
¿Interés?
¿Curiosidad por su mundo?
¿O principalmente responsabilidad, costumbre o miedo a perder lo construido?
Cuando imagino que mi pareja entra por la puerta, ¿qué ocurre dentro de mí?
Cuando estamos separados unos días, ¿echo de menos a esa persona o simplemente la estructura de nuestra vida?
Sobre cómo nos relacionamos
¿Podemos hablar de lo difícil sin destruirnos?
¿Nos sentimos seguros emocionalmente el uno con el otro?
¿Podemos expresar necesidades sin que inmediatamente aparezca la defensa?
¿Sabemos pedir perdón?
¿Sabemos reparar?
¿Repetimos los mismos conflictos una y otra vez?
¿Los problemas se trabajan o simplemente se dejan enfriar hasta la siguiente vez?
Cuando uno sufre, ¿el otro intenta comprender o demostrar que tiene razón?
Sobre nuestras necesidades
¿Qué necesito actualmente de una relación?
¿Se lo he comunicado claramente a mi pareja?
¿Estoy esperando que lo adivine?
¿Qué necesita mi pareja?
¿Lo sé realmente?
¿Hay necesidades importantes de alguno de los dos que llevan mucho tiempo sin tener espacio?
¿Cuáles son negociables?
¿Cuáles no?
Sobre lo que anhelo
Si imaginara mi relación dentro de cinco años exactamente como está ahora, ¿cómo me sentiría?
¿Me tranquiliza?
¿Me entristece?
¿Me asusta?
¿Qué echo de menos?
¿Qué me gustaría recuperar?
¿Qué me gustaría construir que nunca hemos tenido?
¿Qué tipo de pareja quiero ser yo?
Sobre nuestra disposición real a cambiar
Esta quizá sea una de las preguntas más importantes.
¿Estamos dispuestos a trabajar en la relación o simplemente queremos que deje de doler sin cambiar nada?
Porque trabajar una relación implica algo más que decir:
“Voy a intentarlo.”
Puede implicar revisar cómo hablamos.
Aprender a escuchar.
Modificar comportamientos.
Poner límites.
Repartir responsabilidades.
Revisar heridas anteriores.
Trabajar los celos.
Recuperar espacios de intimidad.
Aceptar diferencias.
Ir a terapia.
Cambiar dinámicas familiares.
Reconocer errores.
Y, sobre todo, sostener esos cambios en el tiempo.
Podemos preguntar:
¿Qué estoy dispuesto a cambiar yo?
¿Qué no estoy dispuesto a seguir aceptando?
¿Qué necesitaría ver diferente para volver a confiar en la relación?
¿Qué necesitaría mi pareja de mí?
¿Estamos los dos implicados o uno lleva mucho tiempo intentando sostener el vínculo mientras el otro simplemente permanece?
Una pregunta especialmente incómoda
A veces puede ayudar preguntarse:
“Si conociera hoy a esta persona exactamente como es ahora, ¿volvería a elegirla?”
No para borrar toda vuestra historia.
La historia importa.
Pero precisamente porque llevamos años con alguien podemos dejar de preguntarnos si todavía existe una elección.
Y una pareja necesita, de alguna manera, seguir eligiéndose.
No necesariamente con la intensidad del comienzo.
Pero sí con alguna forma de:
“Quiero estar aquí.”
No solamente:
“No sé cómo irme.”
También conviene imaginar ambos caminos
Cuando alguien está atrapado en una relación suele imaginar con muchísimo detalle todo lo malo que podría ocurrir si se marcha.
La soledad.
Los hijos.
El dinero.
La vivienda.
Las familias.
El arrepentimiento.
Pero pocas veces hace el ejercicio contrario.
¿Qué puede ocurrir si me quedo y nada cambia?
¿Cómo estaré dentro de tres años?
¿Y dentro de diez?
¿Qué aprenderán mis hijos sobre las relaciones observando la nuestra?
¿Qué parte de mí seguirá creciendo?
¿Y cuál puede ir desapareciendo?
No se trata de utilizar estas preguntas para empujarnos a separarnos.
Se trata de mirar las dos decisiones completas.
Porque quedarse también tiene consecuencias.
Si queréis hablarlo juntos
Estas preguntas también pueden convertirse en una conversación de pareja.
Pero merece la pena elegir bien el momento.
No durante una discusión.
No cuando uno quiere demostrarle algo al otro.
No para sacar una lista de reproches.
Sino desde una intención diferente:
“Quiero saber dónde estamos.”
Podéis preguntaros:
¿Qué valoras todavía de nuestra relación?
¿Qué es lo que más te está doliendo últimamente?
¿Qué necesitas de mí que quizá no estás recibiendo?
¿Qué crees que necesito yo?
¿Qué echas de menos de nosotros?
¿Qué te gustaría que cambiara?
¿Qué estás dispuesto a cambiar tú?
¿Qué crees que todavía merece la pena cuidar?
¿Hay algo que llevas tiempo sin atreverte a decirme?
Volver después del verano no siempre es tan sencillo como guardar la maleta y poner el despertador.
Hay personas que retoman septiembre con ganas, cierta ilusión por recuperar rutinas o incluso agradeciendo volver a una estructura más ordenada. Pero para otras la vuelta se hace bastante más cuesta arriba. Aparece cansancio, irritabilidad, dificultad para concentrarse, peor humor, sensación de agobio o ese pensamiento bastante reconocible de “no puedo con todo esto otra vez”.
Y no hace falta que haya ocurrido nada grave.
A veces simplemente estamos notando el contraste.
Durante las vacaciones cambia nuestra relación con el tiempo. Aunque no todo el mundo descanse igual ni todas las vacaciones sean realmente reparadoras, suele haber menos horarios, menos obligaciones simultáneas y algo más de margen para decidir qué hacer y cuándo hacerlo.
Nos levantamos más tarde, improvisamos más, estamos más tiempo fuera de casa, vemos a otras personas, comemos de otra manera, dormimos distinto o simplemente dejamos de mirar constantemente el reloj.
Y de pronto volvemos.
Vuelven los despertadores, los desplazamientos, los correos, las reuniones, las mochilas, las actividades, la compra, los deberes, las prisas, la conciliación y todas esas pequeñas decisiones que ocupan muchísimo espacio mental aunque a veces ni siquiera seamos conscientes de ello.
Por eso la vuelta no es únicamente volver al trabajo.
Es volver a un ritmo.
Y el cuerpo también tiene que adaptarse a ese cambio.
A veces empezamos a sufrir antes de haber vuelto
Hay algo que ocurre con frecuencia y que tiene mucho que ver con la ansiedad: la anticipación.
Todavía estamos de vacaciones y nuestra cabeza ya está en el lunes.
Pensamos en los correos acumulados, en todo lo que habrá que resolver, en madrugar, en preparar a los niños, en las reuniones pendientes o en esa agenda que sabemos que va a volver a llenarse rápidamente.
Y entonces empezamos a vivir mentalmente una situación que todavía no está ocurriendo.
El último domingo puede dejar de ser domingo porque nuestra cabeza ya está en el trabajo.
Los últimos días de agosto o los primeros de septiembre se convierten en una especie de cuenta atrás.
“No quiero que llegue.”
“Mañana otra vez.”
“Qué rápido se ha terminado.”
La anticipación activa nuestro malestar antes de que exista realmente la demanda.
Y cuando finalmente volvemos ya podemos hacerlo con una sensación importante de cansancio previo.
¿Existe realmente el síndrome postvacacional?
Se habla mucho de “síndrome postvacacional”, pero conviene poner un poco de contexto.
No estamos hablando de un trastorno psicológico.
Es bastante normal que durante unos días aparezcan cansancio, apatía, irritabilidad, cierta dificultad para concentrarse, sueño alterado o sensación de desorganización.
Nuestro cuerpo y nuestra cabeza están reajustándose a horarios, demandas y ritmos diferentes.
Eso no significa necesariamente que algo vaya mal.
El problema es convertir cualquier incomodidad en una patología.
Ahora bien, también conviene observar cuánto dura ese malestar, qué intensidad tiene y qué ocurre cuando pasan las primeras semanas.
Porque a veces septiembre simplemente cuesta.
Pero otras veces la vuelta hace visible algo que ya estaba ahí.
Quizá no siempre nos cuesta volver de vacaciones
Hay una pregunta interesante que podemos hacernos:
¿Me cuesta volver porque se han terminado las vacaciones o me cuesta volver a la vida que tenía antes?
No es lo mismo.
Puede que lo que pese sea un trabajo que nos genera mucha tensión.
O un nivel de exigencia que llevamos meses sosteniendo.
Una agenda permanentemente llena.
Una conciliación complicada.
La sensación de no tener nunca tiempo propio.
Una relación que nos preocupa.
Un cansancio acumulado que las vacaciones han aliviado, pero no han resuelto.
O simplemente una forma de vivir en la que prácticamente todo nuestro tiempo está organizado alrededor de obligaciones.
Las vacaciones generan contraste.
Y a veces ese contraste nos permite notar cosas que durante el año hemos normalizado.
Quizá hemos dormido mejor.
Quizá hemos tenido menos dolor de cabeza.
Quizá hemos estado más pacientes.
Quizá hemos necesitado menos el móvil.
Quizá hemos discutido menos.
Quizá nos hemos sentido más presentes.
Y cuando volvemos, algunas sensaciones reaparecen rápidamente.
Eso puede resultar incómodo, pero también puede darnos información.
No para tomar decisiones impulsivas ni para pensar que debemos cambiar nuestra vida entera en septiembre.
Simplemente para observar.
El error de querer recuperar toda nuestra vida en 24 horas
Hay algo bastante típico en la vuelta.
Llegamos de vacaciones y parece que el lunes tiene que estar todo funcionando perfectamente.
La casa organizada.
La nevera llena.
Los correos contestados.
El gimnasio retomado.
La alimentación perfecta.
Los horarios de sueño corregidos.
Las actividades de los niños organizadas.
Los objetivos del curso definidos.
Y, si puede ser, con buen humor.
Es una exigencia bastante poco realista.
Volver también necesita transición.
No hace falta resolver todo lo pendiente en dos días.
Priorizar puede ser mucho más útil que intentar recuperar inmediatamente el control de todo.
¿Qué necesita realmente mi atención esta semana?
¿Qué puede esperar?
¿Qué estoy intentando resolver únicamente porque me incomoda tener algo pendiente?
Separar lo urgente de lo importante ayuda a reducir bastante la sensación de saturación.
Recuperar la rutina sin convertirla en una carrera
El cuerpo agradece volver poco a poco a ciertas referencias.
El sueño suele ser una de las primeras.
Durante el verano cambiamos bastante los horarios y volver a acostarnos y levantarnos a determinadas horas puede costar unos días.
También ayuda recuperar comidas más regulares, movimiento físico, exposición a luz natural y cierta estructura cotidiana.
Pero estructura no significa llenar cada espacio.
Septiembre tiene algo curioso: además de volver, muchas veces intentamos empezar una vida nueva.
Gimnasio.
Idiomas.
Dieta.
Curso.
Organización.
Nuevas rutinas.
Objetivos.
Y a veces lo que necesitamos al volver no es añadir más cosas.
Es dejar algo de margen.
No guardemos todo lo agradable hasta las próximas vacaciones
Este punto me parece especialmente importante.
A veces nuestra vida queda organizada de una manera bastante extrema: durante meses trabajamos, cumplimos obligaciones y vamos tirando. Y después esperamos las vacaciones como el único momento en el que podremos descansar de verdad.
Si todo lo agradable queda reservado para unas pocas semanas al año, es lógico que volver se haga difícil.
Quizá podemos preguntarnos qué pequeñas cosas del verano pueden seguir existiendo en septiembre.
Un paseo al final del día.
Tomar algo en una terraza.
Leer.
Ver a alguien que nos hace bien.
Salir al campo.
Tener una tarde sin planes.
Cenar fuera un viernes.
Dormir un poco más el fin de semana.
No hace falta reproducir las vacaciones.
Se trata de no construir una rutina completamente desprovista de descanso, disfrute y espacios propios.
Preguntarnos qué es exactamente lo que nos pesa
Cuando decimos “me cuesta volver” estamos agrupando muchas cosas diferentes.
Por eso puede ayudar concretar.
¿Me cuesta madrugar?
¿El trabajo?
¿El trayecto?
¿La conciliación?
¿El ritmo de las tardes?
¿La falta de tiempo?
¿La sensación de tener demasiadas responsabilidades?
¿Volver a determinadas relaciones?
¿No tener espacio para mí?
Cuanto más específica sea la pregunta, más posibilidades tenemos de encontrar algún cambio posible.
Porque quizá no podemos modificar nuestro trabajo ahora mismo.
Pero sí revisar cómo organizamos las tardes.
Quizá no podemos eliminar determinadas obligaciones.
Pero sí dejar de añadir otras.
Quizá no podemos cambiar completamente nuestro horario.
Pero podemos proteger algún espacio semanal.
Los cambios pequeños suelen ser mucho más sostenibles que las grandes promesas de septiembre.
Y si cada vuelta se hace insoportable
Si el malestar se mantiene durante semanas, aumenta, interfiere de forma importante en el sueño, el trabajo, las relaciones o el funcionamiento cotidiano, merece la pena prestarle más atención.
No tanto porque “volver de vacaciones” sea el problema, sino porque quizá la vuelta está señalando algo que necesita ser entendido.
A veces necesitamos descansar.
Otras veces necesitamos cambiar algo.
Y otras necesitamos ayuda para comprender por qué estamos viviendo nuestro día a día con tanta tensión.
Las vacaciones pueden aliviar muchas cosas temporalmente.
Pero no siempre resuelven aquello que nos estaba desgastando antes de irnos.
Por eso quizá septiembre también puede servir para observar.
No únicamente para llenar la agenda de nuevos propósitos.
Sino para preguntarnos cómo estamos viviendo.
Qué nos hace bien.
Qué nos está agotando.
Qué hemos echado de menos durante las vacaciones.
Y, curiosamente, qué no hemos echado de menos en absoluto.
Porque las vacaciones no deberían ser el único lugar de nuestra vida en el que podemos descansar, disfrutar o sentir que tenemos tiempo.
Quizá la vuelta también pueda ayudarnos a construir una vida cotidiana de la que no necesitemos estar deseando escapar constantemente.
Llega septiembre y, casi al mismo tiempo que compramos cuadernos, revisamos horarios y recuperamos los despertadores, aparece otra tarea en muchas familias:
¿A qué le apuntamos este año?
Inglés.
Fútbol.
Baile.
Robótica.
Piano.
Natación.
Refuerzo.
Teatro.
Judo.
Ajedrez.
Y empieza una especie de puzle familiar en el que intentamos encajar horarios, trabajo, colegio, hermanos, desplazamientos y actividades.
A veces cuesta más cuadrar la semana de un niño de ocho años que la agenda de un adulto.
Las actividades extraescolares pueden aportar muchísimo. Sería injusto presentarlas como algo negativo. Pueden descubrir intereses que el colegio no alcanza a mostrar, favorecer relaciones sociales, ofrecer experiencias de competencia y autonomía, permitir movimiento, creatividad, expresión artística, pertenencia a un equipo o simplemente proporcionar un espacio en el que un niño se siente bien.
Hay niños que encuentran en una cancha, en una piscina, en una escuela de música o en un taller de teatro una parte importante de sí mismos.
El problema empieza cuando dejamos de mirar al niño que tenemos delante y comenzamos a organizar su infancia desde las necesidades, los temores o las expectativas de los adultos.
Y septiembre se presta mucho a eso.
Antes de preguntarnos a qué apuntarle, quizá convendría preguntarnos por qué.
Las razones pueden ser muy diferentes.
Y no todas dependen realmente de una elección.
Muchas familias necesitan cubrir las horas que quedan entre la salida del colegio y el final de su jornada laboral. No tienen abuelos disponibles, redes de apoyo ni posibilidades reales de reducir horarios.
En esos casos una extraescolar también cumple una función de cuidado.
Conviene decirlo porque resulta muy fácil recomendar “más tardes libres” cuando alguien tiene a otra persona esperando a sus hijos a las cinco.
La conciliación continúa siendo, para muchas familias, un problema estructural que termina resolviéndose como se puede.
Hay otras razones.
Queremos que hagan deporte porque pasan demasiadas horas sentados.
Que aprendan inglés porque sabemos que les será útil.
Que conozcan la música.
Que prueben actividades diferentes.
Que hagan amigos fuera del colegio.
Que tengan un espacio propio.
Todo eso puede tener sentido.
Pero hay motivos menos visibles que también merecen ser observados.
A veces apuntamos a nuestros hijos a cosas que nosotros hubiéramos querido hacer.
“A mí nunca me llevaron a música y siempre me quedó esa espinita.”
O intentamos evitarles algo que nos dolió.
“Yo lo pasé fatal porque no sabía inglés y no quiero que le ocurra.”
O imaginamos que empezar muy pronto les dará una ventaja en el futuro.
“Si empieza ahora, llegará mucho más lejos.”
Incluso podemos buscar, sin ser del todo conscientes, sentirnos buenos padres a través de sus oportunidades.
Queremos ofrecerles todo aquello que quizá nosotros no tuvimos.
Es comprensible.
El problema aparece cuando confundimos dar oportunidades con asegurarnos de que las aprovechen como nosotros imaginamos.
Porque nuestros hijos no han venido a completar nuestra biografía.
Puede que aquello que a ti te hubiera hecho inmensamente feliz a los diez años a tu hijo le aburra soberanamente.
Y también puede ocurrir al revés.
“Quiero que aproveche el tiempo”
Esta frase merece un momento.
¿Qué significa exactamente aprovechar el tiempo cuando hablamos de infancia?
Hacer inglés puede ser aprovecharlo.
Entrenar también.
Aprender piano.
Leer.
Pero pasar una hora construyendo una cabaña con cojines también.
Bajar al parque sin ningún objetivo.
Inventar un juego absurdo.
Aburrirse durante un rato.
Dibujar sin que nadie le enseñe cómo hacerlo.
Hablar con su hermano.
Estar en casa.
No hacer nada especialmente productivo.
Una parte de la infancia necesita espacios que no estén organizados por adultos.
No porque todo el tiempo libre vaya a transformarse mágicamente en creatividad o en una experiencia maravillosa. A veces los niños se aburrirán, protestarán, discutirán o pedirán una pantalla.
También eso forma parte de aprender a gestionar el tiempo propio.
Cuando cada tarde tiene horario, profesor, equipación, instrucciones y objetivos, quedan menos oportunidades para decidir:
“¿Y ahora qué hago?”
Esa pequeña pregunta tiene bastante más valor del que parece.
Las extraescolares pueden ser extraordinarias
Cuando una actividad encaja con el niño, puede convertirse en una fuente enorme de bienestar.
Un deporte puede ayudarle a descubrir que su cuerpo es fuerte y capaz.
El teatro puede ofrecer un lugar inesperado a un niño tímido.
La música puede convertirse en una forma de expresar emociones que todavía no sabe explicar.
Un equipo puede darle sentido de pertenencia.
Una disciplina artística o deportiva también enseña algo que hoy cuesta especialmente: repetir, frustrarse, esperar, practicar y comprobar que mejorar requiere tiempo.
Y hay profesores, entrenadores y monitores que se convierten en adultos significativos en la vida de un niño.
Adultos que ven capacidades que quizá todavía nadie había visto.
Que acompañan.
Que ponen límites.
Que enseñan.
Que hacen sentirse competente a alguien que en otros contextos no se siente así.
Eso también es infancia.
Por eso sería simplista concluir que “los niños tienen demasiadas extraescolares” como una verdad universal.
Hay niños con agendas aparentemente intensas que están encantados.
Y otros que con una sola actividad ya están desbordados.
Hay adolescentes que entrenan muchas horas porque aman profundamente su deporte y encuentran allí amigos, identidad y bienestar.
No podemos decidir si una agenda es excesiva contando únicamente las actividades.
Tenemos que mirar cómo está viviendo ese niño esa agenda.
Porque una actividad buena también puede empezar a pesar
A veces lo vemos poco a poco.
El niño sale del colegio, merienda deprisa en el coche, se cambia mientras llega al entrenamiento, vuelve a casa tarde, cena, hace deberes, prepara la mochila y se acuesta.
Al día siguiente, otra vez.
Y otra.
Desde fuera parece organizado.
Por dentro puede estar agotado.
Entonces aparecen irritabilidad, discusiones por cualquier cosa, dificultad para levantarse, dolores de barriga antes de una actividad, problemas para dormir, lloros que parecen desproporcionados, más enfados, rechazo constante a salir de casa o una frase repetida:
“No quiero ir.”
Eso merece ser escuchado.
Pero escuchar tampoco significa cancelar una actividad cada vez que un niño dice que no quiere ir.
Hay días en que tampoco nosotros queremos trabajar.
Un niño puede resistirse porque está cansado, porque ha discutido con un compañero, porque atraviesa una fase de inseguridad o porque aprender algo difícil también frustra.
Abandonar inmediatamente ante cualquier incomodidad tampoco le enseña demasiado.
Necesitamos mirar el conjunto.
¿Es una protesta puntual o lleva semanas así?
¿Cuando llega disfruta aunque le costara salir de casa?
¿Se siente seguro?
¿Hay algún problema con compañeros o adultos?
¿La actividad le sigue interesando?
¿Está pudiendo descansar?
¿Está viviendo la experiencia como suya o como algo que tiene que hacer para no decepcionarnos?
Ahí suele estar mucha de la información.
Cuando la afición empieza a convertirse en una deuda con los padres
Hay frases que muchos niños conocen muy bien:
“Con lo que cuesta y ahora dices que no quieres ir.”
“Fuiste tú quien pidió apuntarte.”
“No puedes dejar todo lo que empiezas.”
“Tienes unas condiciones increíbles, sería una pena desaprovecharlas.”
“Yo a tu edad hubiera dado cualquier cosa por tener esta oportunidad.”
Algunas contienen una parte razonable.
Claro que podemos enseñar compromiso.
Claro que conviene aprender que una decisión tiene cierta continuidad.
Claro que muchas habilidades requieren atravesar momentos en los que apetece abandonar.
Pero hay una diferencia importante entre enseñar perseverancia y convertir una actividad infantil en una obligación emocional hacia los padres.
Un niño no debería continuar durante años haciendo algo que detesta porque sus padres han invertido dinero, porque tiene talento o porque abandonar se interpreta automáticamente como falta de constancia.
A veces dejar una actividad también es aprender.
Aprender qué me gusta.
Qué no.
Qué estoy dispuesto a esforzarme por conseguir.
Qué etapa ha terminado.
Incluso los adultos cambiamos de gimnasio, de aficiones, de proyectos y de trabajos.
Curiosamente, a veces pedimos a los niños una certeza vocacional que nosotros tampoco tenemos.
El peligro de convertir todas sus capacidades en rendimiento
Hay niños rápidos.
Ágiles.
Musicales.
Buenos dibujando.
Con facilidad para los idiomas.
Y enseguida aparece alrededor una maquinaria adulta:
“Tiene potencial.”
Entonces vienen más entrenamientos.
Más clases.
Competiciones.
Exámenes.
Pruebas.
Objetivos.
Aquello que empezó como placer puede convertirse lentamente en evaluación.
No ocurre siempre. Hay niños y adolescentes que disfrutan muchísimo de la competición y quieren avanzar, entrenar más y asumir desafíos mayores.
Pero conviene comprobar de vez en cuando que detrás del rendimiento sigue existiendo una persona.
Una persona que necesita saber que su valor no cambia si queda primero, cuarto o último.
Que puede tener talento y decidir no convertirlo en profesión.
Que puede tocar bien el piano sin querer presentarse a un concurso.
Que puede jugar extraordinariamente al fútbol y, aun así, preferir jugar por placer.
Los dones de nuestros hijos no son proyectos familiares.
Hay otro extremo que tampoco ayuda demasiado
También podemos equivocarnos intentando protegerles de cualquier exigencia.
Si dejamos que abandonen cada actividad cuando llega la frustración, si evitamos todo aquello que les cuesta o si pensamos que disfrutar significa estar motivado permanentemente, podemos privarles de aprendizajes importantes.
Aprender algo requiere momentos aburridos.
Hay entrenamientos malos.
Días en los que no sale una pieza.
Clases en las que uno se siente torpe.
Partidos que se pierden.
Compañeros mejores que nosotros.
El bienestar infantil no consiste en eliminar cualquier incomodidad.
Consiste también en que puedan atravesarla acompañados y descubrir que son capaces.
Por eso necesitamos algo bastante más difícil que decidir entre “muchas” o “pocas” extraescolares.
Necesitamos observar.
¿Cómo saber si quizá estamos llenando demasiado su semana?
No existe un número perfecto de actividades que sirva para todas las familias.
Dos extraescolares pueden ser excesivas para un niño que sale tarde del colegio, necesita mucho descanso y tiene desplazamientos largos.
Cuatro pueden funcionar para otro adolescente que ha elegido esas actividades, disfruta con ellas y conserva tiempo suficiente para dormir, estudiar, estar con amigos y descansar.
Más útil que contar actividades es revisar de vez en cuando algunas cosas:
¿Duerme las horas que necesita o estamos robándole sueño para que todo quepa?
¿Tiene algún rato durante la semana que no esté decidido de antemano?
¿Puede jugar, hablar, descansar o simplemente quedarse en casa?
¿La mayoría de las actividades responden a intereses suyos o fundamentalmente nuestros?
¿Cómo está emocionalmente desde que empezó el curso?
¿Hay demasiadas prisas, trayectos y conflictos familiares alrededor de sus horarios?
¿Tiene tiempo para relacionarse con nosotros sin que todo consista en “date prisa”, “llegamos tarde”, “haz los deberes” y “prepara la mochila”?
¿Sabe que puede decirnos que algo no le gusta sin sentir que nos decepciona?
¿Seguimos escuchando lo que necesita este año o mantenemos automáticamente la agenda del año pasado?
Y una especialmente incómoda: si esta actividad desapareciera mañana, ¿a quién le daría más pena, a nuestro hijo o a nosotros?
Septiembre también despierta nuestros miedos como padres
Queremos prepararles para un futuro incierto.
Idiomas.
Tecnología.
Deporte.
Habilidades sociales.
Disciplina.
Creatividad.
Todo parece necesario.
Y es fácil sentir que, si no ofrecemos suficientes oportunidades, nuestros hijos se quedarán atrás.
Pero una infancia no puede construirse permanentemente alrededor del miedo a quedarse atrás.
No todo tiene que empezar a los cuatro años.
No todas las habilidades necesitan cultivarse desde pequeños.
No perderán necesariamente su oportunidad porque empiecen más tarde.
Y quizá tampoco necesiten ser buenos en tantas cosas.
Hay algo agotador en esa idea contemporánea de que cada capacidad debe desarrollarse, cada tarde debe aprovecharse y cada interés infantil debería convertirse rápidamente en una clase.
A veces un niño necesita simplemente tener diez años.
También deberíamos preguntarnos cómo están viviendo las familias esta carrera
Porque las agendas infantiles afectan a toda la casa.
Hay padres que salen del trabajo corriendo para convertirse durante tres horas en conductores.
Hermanos esperando entrenamientos.
Cenas tardías.
Conversaciones dentro del coche.
Fines de semana organizados alrededor de competiciones.
Presupuestos familiares sometidos a un esfuerzo considerable.
Y una sensación frecuente de no llegar a nada.
Si una actividad genera bienestar en el niño pero está dejando exhausta a toda la familia, también merece revisarse.
No porque los adultos tengan que estar cómodos permanentemente.
Criar implica renuncias.
Pero el bienestar familiar es un sistema. Lo que ocurre a uno afecta a los demás.
A veces necesitamos aceptar algo muy poco espectacular:
no podemos ofrecerles todo.
Y probablemente tampoco lo necesitan.
¿Y qué podemos hacer desde los colegios?
Los centros educativos también pueden ayudar a cambiar cierta cultura de hiperocupación.
Recordando a las familias que el descanso forma parte del desarrollo.
Evitando transmitir que un buen alumno es aquel que además hace idiomas, deporte, música, tecnología y cualquier otra actividad disponible.
Mirando con atención a esos niños que llegan cansados.
Hablando con las familias cuando observan cambios importantes.
Coordinando, cuando sea posible, las demandas académicas para que las tardes no se conviertan simplemente en una prolongación del colegio.
Y ofreciendo actividades desde una mirada educativa, no exclusivamente competitiva.
Una extraescolar puede ser un lugar maravilloso para aprender.
También debería poder seguir siendo un lugar donde jugar.
Quizá la pregunta de septiembre no sea “¿a qué le apuntamos?”
Podríamos probar con otra conversación.
Sentarnos.
Mirar el horario real.
Escuchar al niño.
Explicar también nuestras necesidades.
“Necesitamos que dos tardes estés aquí porque nosotros estamos trabajando.”
“Sabemos que te apetece probar baloncesto.”
“Este año vas a tener más deberes.”
“Queremos proteger algún día para que puedas descansar.”
No hace falta fingir que los hijos toman todas las decisiones de una familia. No es así.
Los adultos organizamos, ponemos límites, decidimos cuestiones económicas y conciliamos necesidades que los niños todavía no pueden comprender completamente.
Pero sí podemos hacerles partícipes de su propia vida.
Y revisar.
Porque lo que funcionaba con siete años quizá no funcione con nueve.
Porque un niño puede enamorarse de una actividad que inicialmente no quería probar.
Y puede cansarse de otra que adoró durante tres años.
Porque crecer también consiste en cambiar.
Este septiembre, antes de llenar todos los huecos de la agenda, quizá merezca la pena dejar alguno sin resolver.
Una lesión deportiva nunca afecta únicamente a un músculo, un tendón, una articulación o un hueso.
A veces rompe también un proyecto.
Un comienzo de temporada. Una convocatoria. Una marca que parecía cercana. Un fichaje. Una renovación. Una beca. Una competición que llevaba meses preparando. La posibilidad de demostrar algo. O simplemente ese lugar en el que una persona se sentía fuerte, competente y feliz.
Por eso, cuando un deportista se lesiona, podemos estar muy pendientes de la resonancia, del diagnóstico, de los plazos, de la fisioterapia, de la fuerza, de la movilidad y de cuándo podrá volver a entrenar.
Y olvidarnos de preguntarle algo mucho más sencillo:
“¿Cómo estás llevando todo esto?”
Porque mientras rehabilitamos el cuerpo, puede estar ocurriendo otra rehabilitación mucho menos visible.
La de la mente.
Una lesión puede sentirse como una pequeña ruptura en la propia vida
Desde fuera puede parecer:
“Son unas semanas”.
“Ya volverás”.
“Podría haber sido peor”.
“Tienes que pensar en positivo”.
Pero quien se lesiona no vive solamente el número de semanas que aparece en el informe médico.
Vive lo que esas semanas significan.
Para un deportista profesional pueden significar contrato, rendimiento, dinero, posición dentro del equipo o miedo a perder una oportunidad.
Para un adolescente pueden significar quedarse fuera mientras sus compañeros siguen jugando, perder su sitio o sentir que está decepcionando a su entrenador.
Para un niño puede significar no entender por qué ya no puede hacer aquello que más le gusta.
Para un deportista amateur puede significar perder su principal forma de desconectar, relacionarse, regular el estrés o sentirse bien consigo mismo.
Por eso dos personas con exactamente la misma lesión pueden vivirla psicológicamente de maneras completamente diferentes.
La evidencia científica reconoce que las respuestas emocionales y cognitivas después de una lesión influyen en el proceso de rehabilitación y en el regreso al deporte. Pueden aparecer miedo, frustración, ansiedad, tristeza, irritabilidad, pérdida de confianza o preocupación por una nueva lesión.
Y ninguna de estas respuestas significa que el deportista sea débil.
Significa que aquello que acaba de ocurrir importa.
Cuando aparece el “¿por qué ahora?”
Hay lesiones que duelen especialmente por el momento en el que llegan.
Justo cuando estabas mejor.
Cuando acababas de subir de categoría.
Cuando habías conseguido un contrato.
Cuando empezabas a ganar minutos.
Cuando te habían aumentado el sueldo.
Cuando habías trabajado todo el verano.
Cuando por fin estabas disfrutando otra vez.
Y entonces la pregunta no es solamente:
“¿Cuánto tardaré en recuperarme?”
Aparecen muchas más:
“¿Y si pierdo mi puesto?”
“¿Qué pensará el club?”
“¿Y si he decepcionado a quienes confiaron en mí?”
“¿Y si ahora no doy el nivel?”
“¿Y si fichan a otra persona?”
“¿Y si no vuelvo a ser el mismo?”
“¿Por qué me pasa justo ahora?”
“¿Y si vuelvo y me rompo otra vez?”
Ahí empieza una parte de la lesión que no aparece en ninguna resonancia.
La culpa del deportista lesionado
Hay algo que veo especialmente importante trabajar: la culpa.
El deportista puede sentirse culpable por lesionarse.
Y racionalmente resulta extraño: nadie decide lesionarse.
Pero emocionalmente pueden aparecer pensamientos como:
“Acaban de confiar en mí y ahora no puedo responder”.
“Me están pagando y no estoy jugando”.
“Estoy fallando al equipo”.
“Mis compañeros están haciendo el trabajo y yo no”.
“He defraudado al entrenador”.
“Tenía que haber hecho algo diferente”.
La responsabilidad profesional no debe confundirse con culpabilidad.
Lesionarse forma parte del riesgo inherente al deporte.
Un contrato no se firma únicamente con el deportista sano de hoy. Se firma con una persona que practica una actividad en la que existen rendimiento, carga, incertidumbre, enfermedad y lesión.
Estar lesionado no convierte al deportista en menos comprometido.
Y recuperarse adecuadamente también forma parte de su trabajo.
Hay un duelo deportivo
Sin necesidad de patologizar una lesión, sí podemos entender que contiene elementos propios de una pérdida.
Temporalmente se pierde algo.
La rutina.
El entrenamiento.
La competición.
La sensación de progreso.
El contacto diario con determinados compañeros.
La autonomía.
La confianza en el cuerpo.
A veces incluso se pierde momentáneamente una parte de la identidad.
Y pueden aparecer tristeza, rabia, incredulidad, frustración, negociación mental o momentos de aceptación y otros de desesperanza.
No necesariamente en un orden determinado.
La recuperación emocional tampoco es lineal.
Puedes estar animado el lunes y hundirte el miércoles después de ver entrenar al equipo.
Puedes avanzar físicamente mucho y sentirte peor psicológicamente.
Puedes recibir una buena noticia médica y continuar teniendo miedo.
Todo eso puede formar parte del proceso.
Cuando “soy deportista” ocupa demasiado espacio
Para muchos deportistas el deporte no es simplemente algo que hacen.
Es una parte fundamental de quienes son.
“Soy futbolista.”
“Soy nadadora.”
“Soy corredor.”
“Soy gimnasta.”
“Soy tenista.”
Desde edades muy tempranas, gran parte de su tiempo, amistades, reconocimiento, objetivos y autoestima pueden haberse construido alrededor del rendimiento deportivo.
Esto tiene aspectos maravillosos.
Pero también puede hacer especialmente difícil una lesión.
Si una persona siente que vale principalmente por lo que consigue deportivamente, cuando temporalmente deja de competir puede aparecer una pregunta muy dolorosa:
“¿Quién soy cuando no puedo hacer lo que mejor sé hacer?”
La identidad deportiva es uno de los factores psicológicos relevantes en la experiencia de una lesión y en sus consecuencias.
Por eso una rehabilitación completa también puede ayudar al deportista a recordar:
Practicas deporte. Te apasiona. Puede ser incluso tu profesión. Pero eres mucho más que tu rendimiento.La lesión también puede romper la confianza en el cuerpo
Antes de lesionarte corrías, saltando, girabas o chocabas sin analizar cada movimiento.
Después, el cerebro puede empezar a vigilar.
“¿He notado algo?”
“¿Eso ha tirado?”
“¿Estaré forzando?”
“¿Y si vuelve a pasar?”
El cuerpo que antes era aliado puede convertirse durante un tiempo en algo que inspeccionar constantemente.
Y esto es especialmente frecuente cuando la lesión fue importante, dolorosa, inesperada o recurrente.
Una persona puede estar físicamente preparada para realizar un movimiento y, sin embargo, frenar inconscientemente.
No entrar igual al contacto.
No apoyar igual.
Reducir velocidad.
Dudar antes de saltar.
Evitar determinadas acciones.
El miedo a una nueva lesión es uno de los factores psicológicos más estudiados en el retorno deportivo y aparece con frecuencia entre las razones por las que algunos atletas no recuperan su nivel previo de participación.
Esto nos lleva a una idea fundamental:
Estar recuperado físicamente y sentirse preparado psicológicamente no son exactamente lo mismo.
La preparación psicológica para volver al deporte se relaciona con el retorno deportivo y constituye una dimensión relevante de la recuperación.
Y si además es una recaída…
Una segunda lesión o una lesión que aparece poco después de recuperarse puede tener un impacto diferente.
Porque el deportista ya sabe lo que viene.
Conoce las pruebas.
La rehabilitación.
Las semanas sin competir.
Los ejercicios repetidos.
La pérdida de condición física.
La espera.
Y puede aparecer rápidamente:
“Otra vez no.”
También puede romperse una creencia que se había reconstruido:
“Ya estaba bien.”
“Pensaba que esto había terminado.”
“Había vuelto a confiar.”
Por eso, ante una recaída, no siempre funciona decir:
“Ya lo superaste una vez, lo volverás a hacer.”
Probablemente sea cierto.
Pero antes puede necesitar escuchar:
“Entiendo que esta vez te duela especialmente porque acababas de recuperar tu vida deportiva.”
Validar no significa alimentar el miedo.
Significa no obligar a la persona a esconderlo.
El peligro de convertir cada día de rehabilitación en un examen
Hay deportistas que afrontan la recuperación con la misma exigencia con la que compiten.
Y entonces aparece otra trampa:
“Hoy tendría que estar mejor.”
“Debería doblar más.”
“Debería correr ya.”
“Fulano volvió antes.”
“Si me duele significa que voy mal.”
“Necesito recuperar cuanto antes el tiempo perdido.”
Pero el organismo no funciona siguiendo nuestra impaciencia.
Una recuperación contiene avances, estancamientos y días mejores o peores.
Por eso conviene sustituir:
“¿Cuánto me falta?”
por preguntas como:
“¿Qué toca trabajar hoy?”
“¿Qué pequeña mejora puedo observar?”
“¿Qué depende de mí?”
“¿Qué necesita mi cuerpo ahora?”
El objetivo psicológico no es dejar de desear volver.
Es conseguir que el deseo de volver no sabotee el proceso necesario para hacerlo bien.
Lo que sí ayuda psicológicamente durante una lesión
1. Tener información clara
La incertidumbre alimenta la ansiedad.
Necesitamos que el deportista pueda comprender qué lesión tiene, qué se está haciendo, qué se espera aproximadamente en cada fase y cuáles son los criterios de progresión.
No se trata de prometer fechas imposibles.
Se trata de reducir incertidumbre innecesaria.
2. Dividir una recuperación larga en objetivos pequeños
Pensar:
“Me quedan seis meses”
puede resultar abrumador.
Pensar:
“Esta semana el objetivo es recuperar este rango de movimiento”
resulta mucho más manejable.
El establecimiento de objetivos se utiliza como una de las estrategias psicológicas dentro de la rehabilitación deportiva.
No todo progreso se mide en partidos jugados.
A veces progreso significa doblar cinco grados más.
Dormir mejor.
Sentir menos dolor.
Volver al gimnasio.
Correr diez minutos.
Hacer un cambio de dirección.
Entrenar parcialmente con el grupo.
3. Mantener al deportista conectado con su entorno
Cuando un jugador se lesiona existe el riesgo de que desaparezca también socialmente.
El equipo entrena.
Viaja.
Compite.
Celebra.
Y el lesionado comienza otro calendario completamente diferente: médicos, gimnasio, fisioterapia y casa.
Siempre que las circunstancias lo permitan, sentirse parte del grupo importa.
Una lesión debería apartar temporalmente al deportista de determinadas tareas físicas.
No necesariamente del equipo.
4. Permitir emociones desagradables
Un deportista puede estar enfadado.
Triste.
Asustado.
Cansado.
Envidiar durante un momento a quien está jugando.
No querer ver un partido algún día.
Sentirse harto de rehabilitar.
Tener pensamientos negativos.
La salud psicológica no consiste en mantenerse permanentemente motivado.
Consiste en poder experimentar esas emociones sin quedarse atrapado en ellas ni interpretar su aparición como fracaso.
5. Trabajar lo que sí depende de él
Una lesión contiene muchas variables incontrolables.
Pero todavía existen parcelas de control:
Cumplir la rehabilitación.
Dormir.
Alimentarse adecuadamente.
Comunicar dolor y sensaciones.
Mantener las rutinas posibles.
Trabajar psicológicamente.
Cuidar otras áreas de la vida.
Preparar mentalmente el retorno.
La sensación de agencia protege frente a esa experiencia tan desagradable de sentir que “mi carrera está ahora en manos de algo que no controlo”.
6. Utilizar entrenamiento psicológico
La rehabilitación puede incorporar herramientas como:
establecimiento de objetivos;
técnicas de relajación;
visualización e imaginería;
regulación emocional;
trabajo con pensamientos;
autodiálog
mindfulness;
manejo de incertidumbre;
exposición progresiva a movimientos temidos;
entrenamiento de confianza.
Estas estrategias forman parte de las intervenciones psicológicas descritas en rehabilitación deportiva.
La visualización no consiste simplemente en imaginar que ganas
Puede utilizarse de una forma mucho más específica.
Imaginar:
el movimiento que empieza a dar miedo;
una incorporación progresiva al entrenamiento;
un salto;
un apoyo;
un giro;
una entrada;
una salida de tacos;
un gesto técnico;
un contacto físico;
la vuelta al escenario donde se produjo la lesión.
La finalidad no es convencer al cerebro de que “todo irá bien”.
Es ayudarle progresivamente a recuperar familiaridad y seguridad ante aquello que ahora interpreta con mayor amenaza.
Volver al lugar de la lesión
A veces el problema aparece de forma muy concreta.
La misma curva.
El mismo terreno.
El mismo pabellón.
El mismo salto.
El mismo rival.
El mismo gesto.
El deportista sabe racionalmente que está recuperado, pero su cuerpo responde con tensión, miedo o bloqueo.
Esto merece atención.
Porque algunas lesiones suceden en circunstancias que se viven con gran sensación de amenaza: una caída grave, una luxación impactante, una fractura, una colisión, pérdida de consciencia o escenas con mucho dolor.
En algunos casos pueden quedar recuerdos especialmente perturbadores o respuestas de alarma vinculadas al accidente.
Cuando esto ocurre, además del trabajo habitual de psicología deportiva, puede ser conveniente valorar un tratamiento psicológico específico centrado en el procesamiento del acontecimiento traumático.
EMDR puede ser una de las intervenciones a considerar cuando existe una experiencia traumática que continúa generando una respuesta significativa, siempre dentro de una valoración clínica individual.
No toda lesión produce trauma psicológico.
Pero tampoco debemos asumir que ninguna lo hace.
El día del alta médica no termina necesariamente la lesión
Este punto me parece esencial.
Imaginemos que el médico dice:
“Puedes volver.”
Todo el mundo celebra.
Pero el deportista piensa:
“¿Seguro?”
La recuperación física puede haber avanzado más deprisa que la seguridad subjetiva.
Por eso el retorno debería plantearse como un proceso, no únicamente como una fecha.
Primero determinadas acciones.
Después entrenamiento parcial.
Después entrenamiento completo.
Después competición.
Y progresivamente, recuperación de ritmo, confianza y automatismos.
La literatura sobre retorno al deporte lleva años señalando la relevancia de la preparación psicológica junto a los criterios físicos y funcionales.
“Ya puedes jugar” no significa “ya eres el mismo jugador”
Este mensaje también evita mucha angustia.
Después de meses parado, el primer partido no tiene por qué demostrar nada.
Probablemente falten:
ritmo;
automatismos;
condición física específica;
lectura de juego;
confianza;
tolerancia al contacto;
sensaciones competitivas.
Pretender regresar exactamente al nivel previo desde el primer día puede transformar cada entrenamiento en una evaluación.
Volver a competir también forma parte de la rehabilitación.
No es el examen final de la rehabilitación.
El miedo a recaer no debe avergonzar al deportista
A veces el deportista piensa:
“Antes hacía esto sin pensar.”
“Ahora dudo.”
“Me estoy volviendo cobarde.”
No.
Tu cerebro ha aprendido que ese movimiento, contexto o situación estuvo asociado a daño.
Ahora necesita experiencias progresivas que le permitan actualizar esa información.
La respuesta no debería ser:
“No tengas miedo.”
Sino:
“Vamos a conseguir que vuelvas a sentirte seguro haciéndolo.”
Cuidado con la presión invisible del entorno
No toda presión se expresa diciendo:
“Tienes que volver ya.”
A veces aparece en pequeñas frases:
“Te necesitamos.”
“A ver si llegas para el domingo.”
“Ya llevas bastante, ¿no?”
“Fulano tuvo lo mismo y volvió en cuatro meses.”
“Pareces estar perfectamente.”
O en preguntas diarias:
“¿Cuándo vuelves?”
“¿Cuánto te queda?”
Aunque exista buena intención, escuchar constantemente estas preguntas puede convertir la recuperación en una cuenta atrás.
A veces es mucho más útil preguntar:
“¿Cómo vas?”
o incluso:
“¿Qué necesitas de nosotros durante este proceso?”
Entrenadores: vuestra reacción importa más de lo que parece
Un deportista lesionado observa.
Observa si seguís hablándole.
Si preguntáis cómo está.
Si continúa sintiéndose miembro del equipo.
Si vuestra atención desaparece porque ya no puede aportar rendimiento.
Especialmente en niños y adolescentes, esto deja huella.
El mensaje debería ser:
“Ahora no puedes competir, pero sigues formando parte de nosotros.”
Porque cuando el vínculo depende únicamente del rendimiento, la lesión puede ser vivida también como exclusión.
Padres de jóvenes deportistas: no tengáis más prisa que su cuerpo
Cuando se lesiona un hijo aparecen también miedo, frustración e impotencia.
Pero conviene vigilar algunos mensajes:
“Con todo lo que habías conseguido…”
“Justo ahora que estabas jugando tan bien…”
“Vas a perder la temporada.”
“Espero que no pierdas el sitio.”
Aunque reflejen preocupaciones reales, pueden añadir al dolor físico el miedo a decepcionar.
Un niño o adolescente necesita saber:
“Queremos que te recuperes bien. No necesitamos que vuelvas antes.”
Y también:
“Lo importante que eres para nosotros no cambia porque estés jugando o estés lesionado.”
En deporte juvenil se reconoce cada vez más la importancia de proteger la salud psicológica, el disfrute, el desarrollo personal y la identidad más allá del resultado deportivo.
¿Cuándo pedir ayuda psicológica?
No hace falta esperar a que el deportista esté completamente desbordado.
Conviene consultar cuando aparecen, por ejemplo:
miedo intenso y persistente a volver;
ansiedad elevada
tristeza mantenida;
aislamiento;
culpabilidad excesiva;
irritabilidad muy marcada;
alteraciones importantes de sueño;
pérdida profunda de motivación;
rumiación constante sobre la lesión;
obsesión con los plazos;
conductas de rehabilitación excesivas o demasiado evitativas;
dificultad para acudir al lugar donde ocurrió;
recuerdos intrusivos del accidente;
pánico ante determinados movimientos;
pérdida importante de autoestima;
sensación de no saber quién se es fuera del deporte.
Las lesiones pueden desencadenar o hacer visibles dificultades psicológicas que necesitan atención clínica, incluida ansiedad o síntomas depresivos.
Pedir ayuda psicológica no significa que la rehabilitación esté yendo mal.
Puede significar precisamente que estamos haciendo una rehabilitación completa.
Preguntas que pueden ayudar a un deportista lesionado
Más que decirle constantemente lo que debería sentir, podemos preguntarle:
¿Qué es lo que más te está doliendo de esta lesión aparte del dolor físico?
¿Qué es lo que más miedo te da ahora mismo?
¿Qué significa para ti estar lesionado en este momento concreto de tu carrera?
¿Sientes que has decepcionado a alguien?
¿Te estás culpando por algo?
¿Qué pensamientos aparecen cuando imaginas tu vuelta?
¿Qué movimiento o situación te genera más inseguridad?
¿Sientes que sigues perteneciendo al equipo?
¿Qué parte de todo esto sí depende de ti?
¿Qué estás aprendiendo de ti durante esta recuperación?
¿Quién eres además de deportista?
¿Qué necesitarías escuchar ahora de tu entrenador, familia, club o compañeros?
Una lesión no tiene por qué convertirse en “algo bueno”
A veces se romantiza demasiado la adversidad.
“Volverás más fuerte.”
“Todo pasa por algo.”
“Esto te hará mejor.”
Quizá.
Pero no tenemos que exigirle a nadie que encuentre inmediatamente una enseñanza en algo que le duele.
Una lesión puede ser simplemente una experiencia difícil.
Y después, con tiempo, quizá permita descubrir cosas.
Aprender a escuchar el cuerpo.
Conocer mejor los propios límites.
Entrenar la paciencia.
Ampliar la identidad.
Aprender a pedir ayuda.
Entender cómo responde la mente ante la incertidumbre.
Descubrir una fortaleza que antes no había necesitado utilizar.
Pero ese significado no se impone.
Se construye.
No preguntes solamente cuándo podrá volver
Tal vez deberíamos empezar a cambiar una pregunta muy habitual en deporte.
Cuando alguien se lesiona preguntamos:
“¿Cuánto tiempo tiene?”
Quizá habría que añadir:
“¿Y cómo está?”
Porque podemos reparar perfectamente un ligamento y dejar intacto el miedo.
Podemos recuperar la fuerza y no recuperar la confianza.
Podemos dar el alta médica a un cuerpo que todavía no se siente seguro.
Podemos conseguir que un deportista vuelva al campo sin haberle ayudado a volver psicológicamente.
Por eso la recuperación deportiva debería contemplar a la persona completa.
Cuerpo.
Mente.
Identidad.
Emociones.
Entorno.
Confianza.
Y proyecto de futuro.
Para el deportista que ahora mismo está lesionado
Puede que hoy estés viendo entrenar a otros mientras tú haces rehabilitación.
Puede que acabases de conseguir una oportunidad y sientas que se te escapa.
Puede que estuvieras viviendo tu mejor temporada.
Puede que sea tu primera lesión.
O quizá estés pensando desesperadamente:
“Otra vez.”
No necesitas fingir que esto no te importa.
Puedes estar enfadado.
Puedes tener miedo.
Puedes sentir incertidumbre.
Puedes preguntarte qué ocurrirá contigo.
Pero intenta no confundir este momento con toda tu historia deportiva.
Estás lesionado. No eres una lesión.
Tu valor no disminuye porque durante un tiempo no puedas competir.
Ahora tu trabajo quizá no sea marcar, correr, saltar, ganar o mejorar una marca.
Ahora tu trabajo es otro:
recuperarte.
Cuidar el cuerpo.
Cuidar la cabeza.
Aceptar ayuda.
Tener paciencia.
Avanzar etapa a etapa.
Y cuando llegue el momento, no solo volver a estar físicamente preparado.
Volver a confiar.
Porque una verdadera recuperación no termina solamente cuando el cuerpo puede hacerlo.
Termina cuando, poco a poco, tú también vuelves a sentir:
“Puedo hacerlo.”
Recuerda: Estás lesionado. No eres una lesión.
Deseo que este artículo sea inspirador aquí otra entrada relacionad que escribí en el 2013
Te comparto actividades que pueden ayudar en estos momentos.
Esta lista no es un tratamiento ni un calendario. No necesitas hacer estas 50 cosas. En duelo, a veces lo más saludable es sentir; otras veces distraerse; otras recordar; otras dejarse cuidar; y otras simplemente sobrevivir al día. Se trata de saber qué y cómo hacer, reconocerte y ayudarte o pedir ayuda.
Para cuando necesito sentir
Escribirle una carta.
Llorar sin intentar detenerte.
Escribir cómo fue el día de su muerte.
Anotar todo lo que echas de menos.
Escribir también aquello que te enfada.
Hablar en voz alta como si pudieras contarle cómo estás.
Escuchar una canción que te conecte con esa persona.
Mirar fotografías y permitir que aparezca lo que tenga que aparecer.
Escribir qué habría necesitado decirle.
Poner nombre a lo que sientes, aunque haya emociones contradictorias.
Para cuando necesito distraerme 11. Ver una película o serie sencilla. 12. Salir a caminar sin ningún objetivo. 13. Cocinar algo. 14. Ordenar un espacio pequeño, sin entrar todavía en sus pertenencias si no quieres. 15. Hacer una actividad manual. 16. Leer algo que no tenga relación con el duelo. 17. Escuchar un pódcast. 18. Estar con alguien con quien no tengas que hablar necesariamente de la pérdida. 19. Ir a tomar un café o sentarte un rato fuera de casa. 20. Permitirte unas horas en las que el duelo no sea el centro de todo.
Para cuando necesito recordar 21. Crear una caja de recuerdos. 22. Hacer un álbum con fotografías de distintas etapas de su vida. 23. Guardar alguna nota escrita de su puño y letra. 24. Recuperar recetas que preparaba. 25. Preguntar a familiares por anécdotas que quizá no conocías. 26. Hacer una lista de expresiones o frases que decía mucho. 27. Escuchar su música favorita. 28. Visitar algún lugar importante para vuestra historia. 29. Escribir diez cosas que aprendiste de él o de ella. 30. Crear un pequeño ritual para alguna fecha significativa.
Para cuando necesito compañía 31. Decirle a alguien claramente: “Hoy necesito que estés conmigo”. 32. Pedir que te acompañen a hacer un trámite. 33. Comer con alguien aunque no tengas muchas ganas de hablar. 34. Llamar a una persona que también conociera a tu padre o a tu madre. 35. Compartir recuerdos con hermanos u otros familiares, si la relación lo permite. 36. Pedir ayuda práctica con compras, comida, niños o gestiones. 37. Dar un paseo acompañado. 38. Decirle a alguien qué necesitas y también qué no necesitas escuchar. 39. Buscar un grupo de duelo si compartir con otras personas te ayuda. 40. Pedir ayuda psicológica cuando sientas que necesitas un espacio propio para todo lo que está ocurriendo.
Para cuando necesito descansar del dolor 41. Dormir o tumbarte si tu cuerpo lo pide. 42. Ducharte con calma. 43. Comer algo sencillo que te siente bien. 44. Salir al sol o al aire libre unos minutos. 45. Hacer respiraciones lentas sin exigirte sentirte mejor. 46. Reducir compromisos que puedan esperar. 47. Apagar el teléfono durante un rato si las llamadas te saturan. 48. Poner límites a visitas o conversaciones cuando estés agotado. 49. Hacer algo agradable sin interpretar que disfrutar significa olvidar. 50. Recordarte algo esencial: hoy no tienes que resolver tu duelo; solo atravesar este día como puedas.
Espero que te ayuden a ti y a los tuyos. Si sabes de alguien que esté pasando por una perdida compártelo.
Si dudas si necesitas ayuda psicológica en estos momentos en mi próximo artículo trataré el tema.
Hay pérdidas de las que se habla mucho y otras de las que cuesta bastante más hablar.
Cuando muere un padre o una madre, parece que alrededor existe una especie de guion sobre cómo debería sentirse una persona. Se espera tristeza, vacío, añoranza, desconsuelo. Y muchas veces aparece todo eso. Pero no siempre.
A veces muere un padre o una madre y no lloras como pensabas que ibas a llorar. No sientes ese vacío del que hablan los demás. Incluso puedes notar alivio. Y entonces, además de la muerte, aparece otra cosa: la sensación de que quizá hay algo extraño en ti por no estar sintiendo lo que se supone que deberías sentir.
Pero quizá tu historia con ellos fue distinta.
Quizá hubo cariño, sí, pero también mucha distancia. O años de discusiones, silencios, críticas, rechazo, negligencia, inestabilidad, adicciones, enfermedad mental o situaciones que te hicieron daño. Tal vez hubo una relación que desde fuera podía parecer normal y, sin embargo, dentro de casa faltaron cosas muy importantes.
Porque un hijo puede haber tenido comida, estudios, vacaciones y una casa donde vivir y, aun así, haber crecido sintiendo que no podía apoyarse emocionalmente en sus padres. Puede haber faltado sentirse visto, escuchado, protegido, aceptado. Puede haber faltado algo tan básico como poder acercarse sin miedo o sentir que uno era importante tal y como era.
Y cuando una relación ha sido así, la muerte también puede sentirse de una manera distinta.
A veces no solo muere la persona.
Muere la posibilidad.
La posibilidad de que algún día las cosas fueran diferentes. De que tu padre pudiera reconocer aquello que te hizo daño. De que tu madre pudiera escucharte de otra manera. De tener esa conversación que llevabas años imaginando. De escuchar un “lo siento”. De preguntar algo que nunca te atreviste a preguntar. De entender. De acercaros. De reparar algo. O simplemente de comprobar si todavía quedaba alguna forma de encontraros.
Mientras alguien está vivo, incluso cuando la relación es muy mala, puede quedar una pequeña puerta abierta en algún lugar de nuestra cabeza.
“Algún día.”
“Quizá más adelante.”
“Cuando pueda hablar de esto.”
“Cuando esté preparado.”
“Cuando deje de doler tanto.”
Y de pronto esa persona muere.
Y esa puerta se cierra.
A veces ese es el verdadero golpe.
Porque no siempre lloramos a la persona que tuvimos. En ocasiones lloramos al padre o a la madre que necesitábamos y nunca llegamos a tener.
Y ese duelo puede ser especialmente solitario.
Porque desde fuera alguien puede decirte: “Pero si casi no teníais relación”. Como si la distancia protegiera del dolor. O quizá escuches: “Después de todo lo que te hizo, casi mejor”. Como si una historia afectiva pudiera resumirse así.
Pero las relaciones importantes casi nunca son tan sencillas.
Podemos querer a alguien y estar profundamente heridos por él. Podemos haber necesitado alejarnos y seguir deseando que algún día algo cambiara. Podemos echar de menos a una persona con la que apenas podíamos estar. Podemos sentir alivio porque se ha terminado una relación que nos hacía daño y, al mismo tiempo, sentir tristeza porque también se ha terminado para siempre cualquier posibilidad de que fuera distinta.
Todo eso puede convivir.
También puede ocurrir que, cuando muere, sientas descanso.
Que tu cuerpo se relaje de una forma que te sorprenda. Que desaparezca una tensión que llevaba años contigo. Que ya no tengas miedo de una llamada, de una discusión, de una exigencia, de una humillación o de volver a entrar en una dinámica que te hacía daño.
Y entonces quizá aparezca la culpa.
“¿Cómo puedo sentir alivio porque ha muerto mi padre?”
“¿Qué clase de hija soy si no estoy destrozada?”
Pero el alivio no siempre habla de falta de amor. A veces habla de cuánto habías sufrido. De cuánto tiempo llevabas protegiéndote. De la energía que necesitabas para sostener esa relación o para defenderte de ella.
Hay personas que, además, apenas sienten nada cuando sus padres mueren. Y eso también puede resultar desconcertante.
Pero a veces la distancia emocional empezó mucho antes de la muerte.
Quizá llevabas años despidiéndote de esa relación sin saber que estabas haciéndolo. Cada decepción fue cerrando un poco más la puerta. Cada intento fallido. Cada límite que tuviste que poner. Cada vez que asumiste que no ibas a recibir aquello que necesitabas.
En algunas historias, la muerte física llega mucho después de que el vínculo ya hubiera cambiado profundamente.
No necesitas fabricar tristeza para demostrar que eres una buena persona. Ni sentir más para cumplir con la imagen de lo que debería ser perder a un padre o a una madre.
Tu duelo tiene que ver con vuestra historia real, no con la historia que se suponía que deberíais haber tenido.
Hay personas que pueden revisar esa relación antes de que sus padres mueran. Hablan, preguntan, confrontan, ponen límites, entienden algunas cosas. A veces consiguen acercarse. Otras veces deciden mantener distancia, pero lo hacen desde un lugar diferente. Algunas pueden reparar algo.
Pero no todo el mundo tiene esa oportunidad.
A veces el padre o la madre no quiere hablar. Niega lo ocurrido. No puede asumir responsabilidad. El contacto sigue siendo perjudicial. Hay demasiado daño. O simplemente la muerte llega antes de que todo eso pueda suceder.
Y entonces puede aparecer otra sensación difícil: “Ahora ya no puedo hacer nada”.
Pero sí hay algo que todavía puede hacerse.
No con esa persona.
Contigo.
Porque una relación puede terminar con la muerte y, sin embargo, seguir viviendo durante mucho tiempo en la forma en la que te miras, te relacionas, pones límites, eliges pareja, reaccionas ante el rechazo o interpretas lo que los demás sienten hacia ti.
Puede seguir en la culpa. En la vergüenza. En la sensación de no ser suficiente. En la necesidad de agradar. En el miedo a decepcionar. En la rabia que nunca pudiste expresar o en una tristeza que quizá llevabas años apartando.
Y todo eso se puede mirar después.
A veces, incluso, es después cuando uno empieza a poder hacerlo.
No porque tengas que “cerrar” la historia ni porque exista una forma perfecta de resolverla. Tampoco porque tengas que perdonar si no quieres hacerlo.
Sanar una historia puede significar muchas otras cosas.
Puede ser entender mejor lo que ocurrió y dejar de justificar aquello que te hizo daño. Reconocer lo que necesitaste y no recibiste. Darle un lugar a la rabia sin vivir atrapado en ella. Poder recordar sin volver emocionalmente al mismo punto. Aprender a tratarte de una manera distinta a como quizá te trataron.
Y también puede significar aceptar algo muy doloroso: que hay respuestas que nunca van a llegar.
No siempre sabremos por qué hicieron lo que hicieron.
No siempre habrá una disculpa.
No siempre podremos entenderlo todo.
Pero nuestra vida no tiene por qué quedarse detenida esperando esas respuestas.
Si tu padre o tu madre ha muerto y no sientes lo que creías que ibas a sentir, no hace falta que te fuerces.
Si lloras mucho, está bien.
Si lloras poco, también.
Si sientes alivio, quizá convenga escuchar qué te cuenta ese alivio sobre lo que viviste.
Si aparece rabia, quizá tenga algo que decir.
Si sientes culpa, merece ser mirada con cuidado, no obedecida automáticamente.
Y si lo que más te duele es lo que nunca ocurrió entre vosotros, eso también forma parte del duelo.
Tal vez ahora, cuando esa relación ya no puede cambiar fuera, puedas empezar a trabajar cómo quieres vivir tú con ella por dentro.
A veces eso necesitará tiempo. A veces necesitará ayuda profesional, especialmente cuando hay trauma, maltrato, negligencia o recuerdos que siguen teniendo demasiado peso. No porque haya nada que corregir en ti, sino porque algunas historias son demasiado complejas para seguir cargándolas siempre de la misma manera.
Y quizá haya algo que puedas empezar a hacer ahora por ti.
Escucharte de una forma en la que no te escucharon.
Creerte.
Protegerte.
Poner límites sin sentir que estás haciendo algo malo.
Tratar con más cuidado esa parte tuya que durante tantos años siguió esperando que algún día las cosas fueran diferentes.
La muerte de un padre o de una madre puede cerrar definitivamente una relación.
Pero no tiene por qué decidir para siempre cómo vas a vivir con lo que ocurrió en ella.
Da igual que tengamos 20, 45 o 70 años. Da igual que nuestro padre tuviera 60 o 95. Da igual incluso que supiéramos que iba a ocurrir.
Hay algo que se rompe cuando muere una de las personas que estuvo en el origen de nuestra propia historia.
Para algunas personas supone perder a su mayor apoyo. Para otras, a su confidente. Para otras, a la persona que siempre estaba “ahí”, incluso aunque la relación no fuera especialmente cercana. Y para algunas supone también enfrentarse a una historia complicada, a conversaciones pendientes, a heridas antiguas o a una relación que nunca llegó a ser la que necesitaban.
Por eso no existe una única forma de vivir la muerte de un padre o una madre.
No existe un duelo “correcto”.
Y, sobre todo, no existe una edad a partir de la cual perder a tus padres deje de doler.
La muerte de un padre o una madre no solo significa perder a una persona
Cuando muere un padre o una madre, muchas veces perdemos varias cosas al mismo tiempo.
Podemos perder:
A la persona concreta.
Una figura de referencia.
Un apoyo emocional.
Parte de nuestra historia.
Los recuerdos compartidos.
La sensación de tener un lugar al que volver.
A alguien que nos conocía desde antes de que nosotros mismos pudiéramos recordarlo.
La idea de seguir siendo “hijo” o “hija” de alguien que está en el mundo.
A veces la muerte de un progenitor nos enfrenta también a nuestra propia mortalidad.
De repente pensamos:
“Ahora me toca a mí ser la siguiente generación”.
O:
“Ya no queda nadie que me recuerde como era de pequeña”.
La muerte de los padres puede provocar cambios profundos en la identidad, especialmente en la edad adulta. La pérdida del último progenitor, además, puede tener un significado especialmente intenso porque modifica la percepción de pertenencia, familia y continuidad generacional.
No es lo mismo perder a un padre a los 15 que a los 50
La edad del hijo o hija importa. No porque determine cuánto se va a sufrir, sino porque determina qué significa esa pérdida en ese momento vital.
Cuando se pierde a un padre o madre siendo niño
El niño no solo pierde a una persona querida.
Puede perder seguridad, estabilidad y una figura necesaria para su desarrollo.
Además, su comprensión de la muerte dependerá de su edad y de su capacidad para entender que la ausencia es definitiva.
Necesitará adultos que puedan explicarle lo ocurrido con claridad, responder a sus preguntas y permitirle expresar el dolor sin obligarle a hacerlo de una manera determinada.
Un niño puede llorar intensamente y, media hora después, querer jugar.
Eso no significa que no le importe.
Significa que los niños entran y salen del dolor de una forma diferente a los adultos.
Perder a un padre o madre en la adolescencia
La adolescencia ya es una etapa de enormes cambios.
La muerte puede llegar en un momento en el que la persona está intentando construir su propia identidad, separarse de sus padres y, al mismo tiempo, todavía los necesita profundamente.
Puede aparecer rabia.
Puede haber sensación de injusticia.
Puede surgir miedo a perder también al otro progenitor.
Y, en ocasiones, el adolescente puede sentir que tiene que hacerse mayor demasiado deprisa.
Perder a un padre o madre siendo adulto
A menudo se minimiza este dolor.
Se escucha:
“Bueno, ya era mayor”.
“Es ley de vida”.
“Por lo menos lo has tenido muchos años”.
Pero haber tenido a alguien durante muchos años no hace que su ausencia sea más sencilla.
A veces ocurre precisamente lo contrario.
Décadas de conversaciones, costumbres, llamadas, comidas familiares y experiencias compartidas dejan una huella enorme.
Puedes tener 50 años y sentirte huérfano.
Puedes tener 65 y sentirte de repente profundamente solo.
Porque, aunque seamos adultos, seguimos siendo hijos.
Y una parte de nosotros puede seguir necesitando a nuestros padres incluso cuando ya no dependemos de ellos.
Tampoco es lo mismo cómo murió
Las circunstancias de la muerte influyen profundamente en la experiencia del duelo.
La muerte repentina
Un accidente, un infarto inesperado o una muerte súbita pueden dejar a la persona con una sensación de irrealidad.
No hubo tiempo para prepararse.
No hubo despedida.
No hubo oportunidad de decir determinadas cosas.
La mente puede quedarse atrapada intentando reconstruir lo ocurrido:
“¿Y si hubiera hecho algo?”
“¿Y si hubiera llegado antes?”
“¿Y si hubiera insistido?”
El duelo puede mezclarse con shock y, en algunos casos, con elementos traumáticos.
Cuando la muerte llega después de una enfermedad larga
Aquí aparece algo que muchas personas no saben nombrar.
El duelo puede comenzar antes de la muerte.
Durante meses o años, la familia puede ir viendo cómo esa persona cambia, pierde capacidades o se deteriora.
Hay ingresos.
Altas.
Recaídas.
Esperanza.
Miedo.
Hospitales.
Pruebas.
Esperas.
Llamadas a cualquier hora.
Y una incertidumbre constante.
A esto puede sumarse lo que conocemos como duelo anticipado: empezar a experimentar pérdidas emocionales mientras la persona todavía está viva.
Pero que hayas ido preparándote no significa que la muerte duela menos.
Muchas personas sienten:
“Sabía que iba a pasar, pero no estaba preparada”.
Y ambas cosas pueden ser verdad.
Cuando has sido cuidador o cuidadora: el duelo tiene una dimensión más.
Esta es una parte especialmente importante.
Cuando una persona ha dedicado meses o años a cuidar de su padre o madre, la muerte no solo supone perderle.
También supone perder una función que ocupaba gran parte de su vida.
Durante mucho tiempo todo ha podido organizarse alrededor de esa persona:
Las citas médicas.
Los hospitales.
Los medicamentos.
Las visitas.
Las llamadas.
La preocupación.
La vigilancia.
La incertidumbre.
De repente, todo se detiene.
Y puede aparecer una sensación extraña:
“¿Y ahora qué hago?”
Incluso puede sentirse vacío, desorientación o una especie de ausencia de propósito.
No significa que queramos recuperar la enfermedad.
Significa que nuestro cuerpo y nuestra mente llevaban mucho tiempo viviendo en un estado de alerta y responsabilidad.
Después de la muerte, no siempre llega inmediatamente el descanso.
A veces llega el derrumbe.
A veces el cuerpo se permite sentir lo que no pudo sentir mientras tenía que seguir funcionando.
Y, en ocasiones, aparece incluso alivio.
Esto también puede generar culpa.
Pero sentir alivio porque alguien ha dejado de sufrir, o porque ha terminado una situación agotadora, no significa querer menos a la persona.
En el duelo pueden convivir emociones aparentemente contradictorias.
Amor y alivio.
Tristeza y descanso.
Dolor y agradecimiento.
Rabia y culpa.
Nada de eso invalida el vínculo.
La relación que tenías con tu padre o tu madre cambia el duelo
No todas las personas lloran la muerte de sus padres por las mismas razones.
Cuando había una relación cercana y segura
La pérdida puede sentirse como perder un refugio.
Una persona a la que llamar.
Alguien que conocía nuestra historia.
Alguien que celebraba nuestros logros y nos acompañaba en los fracasos.
La ausencia puede aparecer en miles de pequeños momentos:
“Esto se lo tendría que contar”.
“Le habría gustado esto”.
“¿Qué pensaría?”
Y esa es una de las formas en las que la ausencia continúa apareciendo.
Cuando la relación era complicada
Aquí el duelo puede ser especialmente confuso.
Porque no solo se llora lo que existió.
A veces también se llora lo que nunca existió.
La conversación que nunca se tuvo.
El abrazo que nunca llegó.
El reconocimiento esperado durante años.
La posibilidad, aunque fuera pequeña, de que algún día la relación cambiara.
Cuando una persona muere, también puede morir la esperanza de reparar determinadas cosas.
Por eso pueden aparecer rabia, tristeza, culpa o incluso alivio.
Y ninguna de estas emociones convierte a alguien en mala hija o mal hijo.
Las relaciones ambivalentes o conflictivas pueden añadir complejidad al duelo.
La edad con la que murió tu padre o tu madre también importa
Cuando alguien muere joven, suele aparecer una sensación intensa de ruptura del orden esperado.
“No le tocaba todavía”.
“Era demasiado pronto”.
Cuando muere una persona muy mayor, socialmente se tiende a pensar que la pérdida debería ser más fácil de aceptar.
Pero comprender racionalmente que una muerte forma parte del ciclo vital no elimina el dolor emocional.
Una persona puede pensar:
“Ha vivido una vida larga y bonita”.
Y, al mismo tiempo:
“No quiero que no esté”.
Ambas cosas pueden coexistir.
Antes de que muera: qué podemos hacer cuando sabemos que se acerca el final
No siempre tenemos esta oportunidad.
Y es importante decirlo: quien no pudo despedirse no tiene que sentirse culpable.
Muchas muertes son inesperadas.
Y, además, incluso cuando sabemos que alguien está muy enfermo, nunca sabemos realmente cuándo será el último día.
Pero cuando existe tiempo, algunas cosas pueden ayudarnos.
Hablar, si la situación lo permite
No hace falta tener “la conversación perfecta”.
A veces basta con decir:
“Te quiero”.
“Gracias”.
“Me alegro de haber sido tu hija”.
“Hay algo que siempre recordaré de ti”.
“¿Hay algo que quieras decirme?”
No todas las despedidas tienen que ser dramáticas.
Una conversación cotidiana también puede convertirse después en un recuerdo importante.
Preguntar por su historia
Una de las cosas más bonitas que podemos hacer es preguntar.
¿Cómo fue su infancia?
¿Cómo conoció a nuestra madre o padre?
¿Qué recuerda de nosotros cuando éramos pequeños?
¿Cuál fue uno de los momentos más felices de su vida?
¿Qué le hubiera gustado hacer?
¿Qué consejo nos daría?
Podemos grabar algunas conversaciones, si la persona está de acuerdo.
No para convertir los últimos días en un proyecto.
Sino para conservar su voz, su manera de contar las cosas y parte de su historia.
Recuperar recuerdos
Mirar fotografías.
Escuchar música.
Volver a lugares importantes.
Cocinar algo que le guste.
Recordar anécdotas familiares.
A veces, cuando la enfermedad ha ocupado todo el espacio, es importante recuperar a la persona más allá de su condición de enferma.
Recordar quién era antes de los hospitales.
Decir lo pendiente
No siempre será posible.
Y no siempre será conveniente.
Pero algunas personas necesitan aprovechar ese tiempo para expresar agradecimiento, pedir perdón o perdonar.
Otras no.
No existe la obligación de reconciliarse antes de una muerte.
Las relaciones humanas son complejas.
Y una despedida no tiene que cumplir con un guion ideal.
Después del entierro: cuando todo el mundo vuelve a casa
Esta es, para muchas personas, una de las partes más difíciles.
Durante los días anteriores hay mucho que hacer.
Llamadas.
Hospital.
Trámites.
Familia.
Preparar el funeral.
Recibir a la gente.
Tomar decisiones.
Pero después del entierro llega el silencio.
Y muchas personas describen ese momento como el verdadero comienzo de la ausencia.
Todo el mundo vuelve poco a poco a su vida.
Pero tú no.
Tu vida acaba de cambiar.
Es frecuente que el primer día después del funeral resulte especialmente duro.
Ya no hay nada urgente que organizar.
Y entonces aparece la realidad.
Ha muerto. Y ahora tengo que aprender a vivir en un mundo en el que esa persona no está.
Qué hacer los primeros días después del entierro
No existe una fórmula.
Pero sí algunas cosas que pueden ayudar.
1. Reduce las exigencias
No es momento de pedirte productividad.
Ni decisiones importantes si pueden esperar.
Ni volver inmediatamente a ser “la de siempre”.
El duelo consume mucha energía.
Tu concentración puede disminuir.
Puedes olvidar cosas.
Sentirte cansado.
Dormir mal.
O no tener ganas de nada.
El cuerpo también está viviendo la pérdida.
2. No llenes todos los silencios
Muchas personas intentan ocupar cada minuto.
Trabajar.
Limpiar.
Organizar.
Salir.
Estar continuamente con gente.
Las distracciones pueden ser necesarias y saludables en determinados momentos.
Pero intentar escapar constantemente del dolor puede hacer más difícil procesar lo ocurrido.
No tienes que estar todo el día llorando.
Pero tampoco tienes que huir de cada emoción.
El duelo necesita momentos para sentirse y momentos para descansar de él.
3. Cuida las necesidades básicas
Parece algo pequeño, pero en los primeros días puede ser difícil.
Comer.
Beber agua.
Dormir.
Ducharte.
Salir a caminar.
Respirar aire libre.
No solucionan el duelo.
Pero ayudan a sostener un cuerpo que está atravesando una experiencia emocional enorme. Las recomendaciones generales incluyen mantener rutinas básicas, actividad física adaptada, alimentación y apoyo social, sin pretender hacerlo todo de golpe.
4. Deja que alguien te ayude
Y, si puedes, pide ayuda concreta.
No solo:
“Estoy mal”.
Sino:
“¿Puedes venir esta tarde?”
“¿Puedes hacerme la compra?”
“¿Podemos salir a caminar?”
“¿Puedes acompañarme a hacer este trámite?”
Cuando estamos en duelo, incluso las tareas sencillas pueden resultar agotadoras.
Actividades que pueden ayudar después de perder a un padre o una madre
No son obligaciones.
No hay que hacerlas todas.
Son posibilidades.
Escribirle una carta
Puedes escribir:
Lo que no pudiste decir.
Lo que agradeces.
Lo que te enfada.
Lo que echas de menos.
Lo que está pasando desde que se fue.
No tienes que enseñársela a nadie.
Crear una caja de recuerdos
Puedes guardar:
Fotografías.
Cartas.
Objetos.
Una receta escrita de su puño y letra.
Una prenda.
Una entrada.
Una nota.
Algo que tenga significado.
Hacer un álbum de su vida
No solo de su muerte. De su vida.
Recoger fotografías y pedir a familiares que escriban recuerdos o anécdotas.
A veces ayuda reconstruir la historia completa de una persona.
Hablar de él o de ella
Muchas personas dejan de mencionar al fallecido porque tienen miedo de hacer daño.
Pero, a menudo, lo que más duele no es escuchar su nombre.
Es sentir que el mundo empieza a olvidarlo.
Hablar de la persona.
Contar anécdotas.
Decir su nombre.
Recordar.
Todo esto puede formar parte de mantener un vínculo significativo con quien ha muerto.
Las actividades de recuerdo y homenaje pueden ayudar a integrar la relación y honrar la vida de la persona fallecida.
Mantener algún ritual
Puede ser:
Encender una vela en determinadas fechas.
Escuchar una canción.
Cocinar su comida favorita.
Ir a un lugar especial.
Hacer algo que le gustaba.
No se trata de quedarse atrapado en el pasado.
Se trata de encontrar una nueva manera de relacionarnos con el recuerdo.
¿Hay que retirar inmediatamente sus cosas?
No. No existe ninguna norma que diga cuándo hay que hacerlo. Algunas personas necesitan guardar determinadas cosas rápidamente.
Otras necesitan meses. O años.
Algunas conservan objetos concretos toda su vida.
No hay una manera psicológicamente correcta.
Lo importante es que las decisiones no se tomen únicamente por presión externa. Por eso no es tampoco tarea del entorno.
“No puedes tener su habitación así”.
“Ya deberías quitar sus cosas”.
“Te estás agarrando al pasado”.
Cada persona necesita su propio tiempo.
Los trámites pueden ser una segunda fuente de agotamiento
Después de una muerte hay una cantidad enorme de cuestiones prácticas.
Documentación.
Bancos.
Herencias.
Seguros.
Objetos.
Viviendas.
Papeles.
Y muchas veces hay que hacerlo mientras emocionalmente apenas podemos pensar.
Si es posible, repartir responsabilidades entre familiares puede evitar que una sola persona cargue con todo.
También es importante entender que los conflictos familiares pueden intensificarse en estos momentos.
El duelo no convierte automáticamente a las familias en un lugar de armonía.
A veces activa antiguas heridas, rivalidades y diferencias.
Intentar resolver todos los conflictos familiares en los primeros días no siempre es una buena idea.
La culpa: una de las emociones más frecuentes
“Debería haber ido más”.
“Podría haberme dado cuenta antes”.
“Ese día estaba cansada”.
“No le llamé”.
“Discutimos”.
“No estuve cuando murió”.
La culpa suele buscar una sensación de control.
Porque a veces resulta insoportable aceptar que no podíamos evitar lo ocurrido.
La mente revisa.
Busca errores.
Construye escenarios alternativos.
Pero cuidar de alguien, amar a alguien o ser su hijo no significa haberlo hecho todo perfectamente.
Ninguna relación humana es perfecta.
Y ninguna muerte deja todo perfectamente cerrado.
Cuando aparece alivio
Esto merece decirse claramente. Puedes sentir alivio.
Especialmente después de una enfermedad larga, dolorosa o con mucho sufrimiento.
Puedes sentir alivio porque tu padre o tu madre ya no sufre.
Porque ha terminado una agonía.
Porque tú ya no vives pendiente de una llamada del hospital.
Porque tu cuerpo ha dejado de estar en alerta permanente.
Y después sentir culpa por ese alivio.
Pero el alivio no borra el amor.
Puedes echar muchísimo de menos a alguien y, al mismo tiempo, sentir que descansar de una situación extremadamente dura ha supuesto un cambio físico y emocional.
Las emociones en el duelo no son coherentes ni ordenadas.
Son humanas.
Los aniversarios y las fechas importantes
El primer cumpleaños.
La primera Navidad.
El primer cumpleaños tuyo sin esa persona.
El Día del Padre o de la Madre.
El aniversario de la muerte.
Estas fechas pueden anticiparse con ansiedad.
Puede ayudar decidir previamente qué quieres hacer.
No dejarlo siempre al azar.
Puedes elegir:
Estar acompañado.
Estar solo.
Hacer un homenaje.
Evitar determinados compromisos.
Ir a un lugar significativo.
Hablar de esa persona.
No hacer nada especial.
También puedes cambiar de opinión.
El duelo no avanza en línea recta
Habrá días mejores. Y después, días terribles.
Puedes pensar que estás mejorando y llorar desconsoladamente porque has encontrado una chaqueta, escuchado una canción o visto su número en el teléfono.
Eso no significa que hayas retrocedido. El duelo suele funcionar más como olas que como una escalera.
Con el tiempo, generalmente las olas no desaparecen por completo.
Pero aprendemos a reconocerlas. A saber que vienen.
Y, poco a poco, suelen dejar de arrasarnos con la misma intensidad.
No existe un calendario universal ni unas fases obligatorias que todas las personas deban atravesar en orden.
¿Cuándo conviene pedir ayuda psicológica?
Estar destrozado después de perder a un padre o una madre no significa necesariamente que necesites terapia.
El duelo no es una enfermedad. Y sentir dolor no es algo que haya que eliminar rápidamente.
Sin embargo, pedir ayuda puede ser importante cuando:
El dolor no permite funcionar mínimamente durante un tiempo prolongado.
Existe una sensación de bloqueo que no disminuye.
La muerte fue traumática.
Hay imágenes o recuerdos intrusivos.
Aparece una culpa intensa y persistente.
Existe una relación previa muy conflictiva que complica la elaboración.
Hay aislamiento total.
Aparecen pensamientos de muerte o de no querer seguir viviendo.
El sufrimiento, con el paso de los meses, sigue siendo igual o aumenta en intensidad.
Resulta imposible aceptar la realidad de la muerte o retomar aspectos básicos de la vida cotidiana.
Las muertes repentinas o traumáticas y determinados factores relacionales o circunstanciales pueden aumentar la vulnerabilidad a un duelo más complicado.
Pedir ayuda no significa que estés haciendo mal el duelo.
A veces significa simplemente que no quieres atravesar solo algo que es demasiado grande.
Quizá lo más importante: no tienes que “superar” a tu padre o a tu madre
Hay una idea que hace mucho daño:
“Algún día lo superarás”. Quizá no se trata de superar. Porque no queremos superar a las personas que hemos amado como si fueran una enfermedad o un obstáculo. Se trata de otra cosa. De aprender a vivir con una ausencia.
De construir una vida en la que esa persona ya no está físicamente, pero en la que su historia sigue formando parte de nosotros.
Al principio, la ausencia ocupa todo el espacio.
Después, poco a poco, la vida empieza a crecer alrededor del dolor.
No porque olvidemos.
No porque queramos menos.
Sino porque sobrevivir también es una forma de amor.
Si acabas de enterrar a tu padre o a tu madre:
No tienes que saber qué hacer mañana.
No tienes que gestionar perfectamente lo que sientes.
No tienes que ser fuerte.
No tienes que consolar a todo el mundo.
No tienes que ordenar sus cosas.
No tienes que volver a trabajar emocionalmente como si nada hubiera ocurrido.
No tienes que dejar de llorar porque “ya ha pasado el funeral”.
No tienes que estar triste todo el tiempo.
No tienes que sentir solo tristeza.
Puedes estar roto.
Puedes estar enfadado.
Puedes sentir alivio.
Puedes no sentir nada durante unas horas.
Puedes reírte y sentirte culpable después.
Puedes echarle de menos incluso cuando llevabas años preparándote para su muerte.
Puedes descubrir que el verdadero dolor ha empezado ahora, cuando se han acabado las visitas, los hospitales, las llamadas y las decisiones.
Cuando todo el mundo se ha ido.
Cuando vuelves a casa.
Y ya no está.
No hay una forma correcta de querer a alguien después de que haya muerto.
Solo hay una tarea lenta y profundamente humana:
aprender a seguir viviendo sin tener que dejar de amar y recordar.
Aquí comparto ideas para lo primeros 30 días después de perder a una madre o padre.
Una lista: “50 cosas que puedes hacer cuando alguien que quieres acaba de morir”
Para cuando necesito sentir.
Para cuando necesito distraerme.
Para cuando necesito recordar.
Para cuando necesito compañía.
Para cuando necesito descansar del dolor.
En mi próximo artículo te las comparto.
Y para finalizar: Cosas que nadie te cuenta sobre perder a un padre o una madre”
Por ejemplo:
Que el funeral no es el final, sino muchas veces el principio real del duelo.
Que puedes sentir alivio y dolor a la vez.
Que puedes tener 60 años y sentirte huérfano.
Que la relación cambia, pero no desaparece necesariamente de tu vida interior.
Que puedes empezar a echarle más de menos meses después.
Que ver sufrir a un padre durante años también deja huella.
Que cuidar puede hacer que después no sepas quién eres sin esa responsabilidad.
Que a veces lloras más por cosas pequeñas que por el momento de la muerte.
Que no todo el mundo de la familia hará el duelo igual.
Que no tienes que dejar de nombrarlo para “seguir adelante”.
Cualquier duda o si quieres compartir tu experiencia puedes dejarlo en comentarios. Te leo con cariño y te mando un abrazo.
Puedes suscribirte a mi web AQUÍ y recibir mis artículos, recursos e iniciativas.
Este verano no solo pacientes sino amigas, conocidas se han debatido entre la vida y la muerte y siguen haciéndolo. O han acompañado a sus padres en sus últimos meses, semanas y días…
Desde aquí quiero dedicar unas palabras a todas aquellas personas que este verano han estado enfermas, ingresadas, esperando un diagnóstico, recuperándose de una intervención, afrontando un empeoramiento o simplemente intentandolo un día más.
Y también a quienes han estado al otro lado: acompañando a una persona querida, pasando noches en un hospital, esperando resultados, cuidando, preocupándose, intentando transmitir calma cuando por dentro también tenían miedo.
Sé que mientras alrededor se hablaba de vacaciones, viajes, terrazas, fiestas y momentos felices, para algunas personas el verano ha significado hospitales, incertidumbre, cansancio, dolor y muchas emociones difíciles de nombrar.
Y no siempre es fácil ver cómo la vida parece continuar para los demás cuando la propia vida se ha detenido.
Es normal sentir tristeza. Es normal tener miedo. Es normal estar cansado. Es normal preguntarse «¿por qué a nosotros?». Es normal incluso no tener fuerzas para agradecer, sonreír o mostrarse fuerte.
No hay una manera correcta de vivir una enfermedad ni de acompañar a alguien que queremos.
Desde la psicología sabemos que atravesar una situación de enfermedad no afecta únicamente al cuerpo. También puede sacudir nuestra sensación de seguridad, nuestra percepción del futuro, nuestras rutinas, nuestras relaciones y nuestra manera de mirar la vida.
Por eso, si este verano ha sido así para ti, no te exijas volver a ser quien eras antes de que todo esto ocurriera de un día para otro.
Date tiempo y cuídate. Pide ayuda no tienes que hacerlo sola.
Y si has estado acompañando, recuerda también que cuidar no significa olvidarte de ti. Quien acompaña también necesita descanso, apoyo, espacios para desahogarse y permiso para reconocer que no siempre puede con todo.
Quizá este verano no ha dejado las fotografías que imaginabas.
Quizá ha dejado otras: conversaciones en pasillos, manos que sostienen, silencios compartidos, lágrimas escondidas, pequeñas mejorías, personas que estuvieron, gestos que no olvidarás.
Y eso también forma parte de la vida.
No quiero decirte que «todo pasa por algo». Ni que tienes que encontrarle un aprendizaje. Ni que tienes que ser fuerte. etc etc…
Solo quiero recordarte algo:
Has hecho lo que has podido con lo que te ha tocado vivir. Y eso merece ser reconocido primero por ti.
A quienes habéis estado enfermos. A quienes habéis estado ingresados. A quienes habéis cuidado. A quienes habéis esperado. A quienes habéis tenido miedo.
O aún estáis ahí.
Ojalá poco a poco llegue el momento de volver a respirar con un poco más de calma.
Y cuando llegue, no tengas prisa.
También mereces recuperarte de todo lo que has tenido que atravesar.
Te abrazo fuerte.
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Una reflexión para alumnos y familias antes de empezar una nueva etapa
Termina un curso y parece que lo único importante es saber si has aprobado, suspendido, pasado de curso o conseguido las notas que esperabas.
Pero un curso escolar es mucho más que unas calificaciones.
Durante estos meses has tenido que aprender contenidos, organizarte, levantarte muchos días sin ganas, conocer profesores nuevos, convivir con compañeros, afrontar exámenes, gestionar nervios, tomar decisiones, equivocarte, solucionar problemas, soportar decepciones y adaptarte a situaciones que probablemente en septiembre todavía no sabías cómo ibas a afrontar.
Por eso, antes de guardar la mochila y pasar página, merece la pena detenerse un momento.
No para juzgarte.
Para entenderte.
Porque mirar lo vivido puede ayudarte mucho más de lo que imaginas a empezar el próximo curso.
¿Recuerdas cómo te sentías hace un año?
Intenta volver mentalmente al comienzo del curso.
Quizá tenías miedo.
A los profesores nuevos.
A que las asignaturas fueran demasiado difíciles.
A no encajar.
A separarte de algunos amigos.
A conocer compañeros nuevos.
A no estar a la altura.
A suspender.
A equivocarte.
A que ocurriera algo que ni siquiera sabías explicar.
Hay comienzos que despiertan mucha incertidumbre porque nuestro cerebro se siente más tranquilo cuando sabe qué va a ocurrir.
Lo nuevo no siempre es peligroso, pero todavía no tenemos información suficiente para saber cómo será. Y por eso pueden aparecer nervios, inseguridad o pensamientos como:
“No voy a poder.”
“Va a ser demasiado difícil.”
“Seguro que me va mal.”
“No voy a conocer a nadie.”
“Los demás estarán más preparados que yo.”
Dentro de poco probablemente volverás a enfrentarte a algo parecido.
Un nuevo curso.
Quizá profesores diferentes.
Más dificultad.
Otros compañeros.
Un nuevo instituto.
Bachillerato.
La universidad.
Formación profesional.
O simplemente otro año en el mismo centro.
Y si aparecen los nervios, recuerda algo importante:
Ya has vivido otros comienzos que también parecían difíciles antes de conocerlos.
Piensa en todo lo que en septiembre te preocupaba y que después acabaste haciendo con normalidad.
Aquella clase a la que no querías entrar.
Ese profesor que te imponía.
Ese examen que parecía imposible.
La presentación delante de los demás.
Hablar con alguien nuevo.
Ir solo a algún sitio.
Organizarte con más asignaturas.
Pedir ayuda.
Superar una decepción.
No significa que todo haya salido bien.
Probablemente algunas cosas fueron incluso más difíciles de lo que esperabas.
Pero tú tampoco eres exactamente la misma persona que empezó el curso. Has vivido cosas que entonces todavía no sabías que eras capaz de afrontar.
Y eso también cuenta.
No todo lo que salió mal significa que hayas fracasado
Quizá este curso no ha sido como imaginabas.
Puede que hayas suspendido.
Que hayas estudiado menos de lo que necesitabas.
Que te hayas confiado.
Que hayas procrastinado.
Que hayas tenido problemas con compañeros.
Que hayas perdido una amistad.
Que hayas pasado por dificultades familiares.
Que te hayas sentido solo.
Que hayas tenido ansiedad.
Que hayas estado desmotivado.
Que no hayas conseguido organizarte.
Que tu teléfono, las redes sociales, los videojuegos o cualquier otra distracción te hayan quitado más tiempo del que querías reconocer.
O quizá has hecho un esfuerzo enorme y aun así los resultados no han sido los esperados.
No todas las dificultades dependen de nosotros.
Y tampoco todas nuestras decisiones son completamente conscientes.
Nuestro estado emocional, la presión, el cansancio, nuestra historia, el ambiente familiar, las amistades, nuestras inseguridades o la necesidad de sentirnos aceptados pueden influir muchísimo en lo que hacemos.
Pero entender por qué hiciste algo no significa justificarlo todo.
Significa poder aprender.
Una de las preguntas más importantes al terminar el curso no es solamente:
“¿Qué me ha pasado?”
También es:
“¿Qué parte de lo ocurrido dependía de mí?”
Y esa pregunta necesita responderse sin machacarte, pero también sin engañarte.
Responsabilizarte no significa culparte
Hay una diferencia enorme entre culpa y responsabilidad.
La culpa suele decir:
“Soy un desastre.”
“Soy vago.”
“No sirvo para estudiar.”
“Siempre lo hago todo mal.”
“Soy peor que los demás.”
La responsabilidad pregunta:
“¿Qué hice?”
“¿Qué no hice?”
“¿Por qué ocurrió?”
“¿Qué estaba necesitando?”
“¿Qué decisión tomé?”
“¿Qué consecuencias tuvo?”
“¿Qué puedo hacer de otra manera la próxima vez?”
Cuando conviertes un error en una etiqueta sobre quién eres, es difícil cambiar.
Cuando lo conviertes en información, puedes aprender.
Quizá descubriste que dejarlo todo para el último día no te funciona.
Que necesitas pedir ayuda antes.
Que estudiar mirando continuamente el móvil te hace tardar el doble.
Que hay compañeros con los que te diviertes pero con los que acabas haciendo cosas que después no te gustan.
Que dormir poco te afecta mucho más de lo que pensabas.
Que cuando algo te sale mal enseguida piensas que no eres capaz.
Que has dedicado muchas horas a preocuparte y pocas a empezar.
Que necesitas aprender a organizarte.
O quizá descubriste algo completamente diferente:
Que eras mucho más responsable de lo que pensabas.
Que supiste reaccionar ante un problema.
Que conseguiste pedir ayuda.
Que te atreviste a hacer algo que te daba miedo.
Que mejoraste una asignatura.
Que pusiste límites a alguien.
Que sobreviviste a una etapa personal complicada mientras seguías intentando estudiar.
Eso también necesitas verlo.
No hagas balance únicamente mirando las notas
Las notas importan porque aportan información sobre determinados aprendizajes.
Pero no cuentan toda la historia de un curso.
Hay aprendizajes que nunca aparecerán en un boletín.
Aprender a hablar con alguien cuando tienes un problema.
Alejarte de una amistad que te hacía daño.
Reconocer que necesitas ayuda.
Tolerar una mala nota sin pensar que todo está perdido.
Descubrir que una asignatura que odiabas puede interesarte.
Atreverte a preguntar en clase.
Ser capaz de defender a un compañero.
Aprender a organizarte un poco mejor.
Aceptar que no siempre puedes hacerlo todo perfecto.
Volver después de haber suspendido.
Seguir intentándolo cuando estabas pasando por una etapa difícil.
Todo eso también es crecimiento.
Mira también tus decisiones
Durante el curso tomas cientos de pequeñas decisiones.
Algunas parecen poco importantes.
Estudio ahora o después.
Pregunto o me quedo con la duda.
Duermo o sigo con el móvil.
Voy a clase o falto.
Hago el trabajo o lo dejo para mañana.
Copio o intento hacerlo.
Me junto con estas personas o con otras.
Participo en una burla o me aparto.
Pido ayuda o escondo que estoy mal.
Le digo a alguien lo que me está molestando o acumulo hasta explotar.
Una decisión aislada probablemente no determina tu futuro.
Pero muchas pequeñas decisiones repetidas terminan construyendo hábitos.
Y los hábitos sí pueden cambiar mucho nuestra vida.
Por eso, quizá el final de curso sea un buen momento para preguntarte:
¿Qué decisiones me acercaron a la persona que quiero ser y cuáles me alejaron?
No se trata de exigirte perfección.
Se trata de conocerte mejor.
Si algo no salió bien, intenta comprender qué había detrás
Decir simplemente “no estudié” explica muy poco.
Puedes investigar un poco más.
¿Por qué no estudiabas?
¿Te aburría?
¿No entendías y te daba vergüenza preguntar?
¿Pensabas que aunque estudiaras suspenderías igualmente?
¿Te costaba empezar?
¿Te distraías constantemente?
¿Estabas agotado?
¿Dormías mal?
¿Estabas viviendo algo que ocupaba casi toda tu cabeza?
¿Necesitabas sentir que decidías tú y estudiar se había convertido en una batalla con tus padres?
¿Habías perdido la motivación?
¿Te comparabas continuamente?
¿Te daba miedo esforzarte mucho y descubrir que aun así podías suspender?
Dos alumnos pueden hacer exactamente lo mismo y tener motivos completamente diferentes.
Comprender el motivo es importante porque la solución también será diferente.
Y si este curso fue muy difícil…
Hay alumnos que terminarán el curso pensando:
“Lo he superado.”
Y otros quizá estén pensando:
“No he podido.”
También para ellos tiene que existir esta reflexión.
No siempre se supera todo a la primera.
A veces repetir, suspender, cambiar de centro, necesitar apoyo psicológico, recibir ayuda educativa o reconocer que algo nos supera forma parte del camino.
Lo importante es intentar que la experiencia no termine únicamente en:
“Me fue mal.”
Pregúntate:
¿Qué ocurrió?
¿Qué estaba atravesando?
¿Qué me faltó?
¿Qué ayuda necesitaba?
¿Qué intenté?
¿Qué hubiera podido hacer diferente?
¿Qué necesito cambiar ahora?
¿Qué necesito que cambien también los adultos que me acompañan?
Responsabilizar a un adolescente de lo que puede hacer no significa dejarle solo con lo que no puede resolver.
Para las familias: cuidado con convertir esta conversación en otro examen
Cuando un hijo termina el curso, los adultos podemos caer rápidamente en:
“Te lo dije.”
“Si hubieras estudiado…”
“Ya veremos el año que viene.”
“Con el móvil todo el día era normal.”
“Tu primo sí que…”
Probablemente ninguna de estas frases produzca demasiada reflexión.
Cuando una persona siente que va a ser juzgada, suele defenderse.
Minimiza.
Oculta.
Discute.
Se justifica.
O deja de hablar.
Si queremos que nuestros hijos desarrollen responsabilidad, necesitamos permitir que puedan pensar sobre sus errores sin sentir que reconocerlos va a convertirse inmediatamente en un castigo o un sermón.
Podemos preguntar:
“¿Qué crees que te ha funcionado este año?”
“¿Qué cambiarías?”
“¿Dónde crees que podemos ayudarte?”
“¿Qué necesitas empezar a hacer tú?”
“¿Hubo algo que nosotros no supimos ver?”
Escuchar sus respuestas puede enseñarnos mucho.
Incluso cuando no nos gustan.
No prepares septiembre únicamente comprando libros
Preparar un nuevo curso también puede significar conocerte mejor.
Puedes preguntarte:
¿Cómo estudio mejor?
¿A qué hora me concentro más?
¿Qué cosas me distraen?
¿Cómo sé que estoy empezando a saturarme?
¿A quién puedo pedir ayuda?
¿Qué asignaturas necesitarán más atención desde el principio?
¿Qué ocurrió el año pasado cuando empecé a dejarme llevar?
¿Qué hábitos quiero cambiar antes de que vuelvan a convertirse en un problema?
¿Qué personas me hacen bien?
¿Qué límites necesito aprender a poner?
¿Qué quiero hacer diferente cuando algo me dé miedo?
Cuando aparezca el miedo al nuevo curso
Quizá dentro de unas semanas empieces a pensar:
“No sé cómo será.”
“Seguro que será dificilísimo.”
“No voy a poder.”
Cuando ocurra, prueba a mirar hacia atrás.
Recuerda septiembre del año pasado.
Tampoco sabías todo lo que iba a ocurrir.
Y aun así fuiste avanzando día tras día.
Hubo cosas que salieron bien.
Otras regular.
Algunas mal.
Pero de todas ellas puedes sacar información.
La confianza no consiste en tener la seguridad de que todo va a salir bien.
Consiste en saber que, si aparecen dificultades, puedes intentar afrontarlas, pedir ayuda, aprender, corregir y volver a intentarlo.
No necesitas empezar septiembre sintiéndote completamente seguro.
Solo necesitas recordar que ya no empiezas desde cero.
Empiezas con la experiencia de todo lo vivido este año.
Preguntas para cerrar el curso
Busca un momento tranquilo. No necesitas responderlas todas de una vez.
Sobre cómo empezaste
¿Cómo me sentía al comenzar el curso?
¿Qué era lo que más miedo me daba?
¿Qué imaginaba que iba a ser muy difícil?
¿Qué terminó siendo más sencillo de lo que esperaba?
¿Qué fui aprendiendo a hacer con el paso de los meses?
Sobre lo que salió bien
¿De qué me siento orgulloso?
¿Qué conseguí que al principio parecía difícil?
¿Qué asignatura, habilidad o situación mejoré?
¿Qué hice bien aunque nadie me felicitara por ello?
¿Qué miedo conseguí afrontar?
¿Cuándo fui responsable?
¿Cuándo ayudé a alguien?
¿Qué descubrí sobre mí?
Sobre lo difícil
¿Qué fue lo que peor llevé este curso?
¿Qué situaciones me hicieron sufrir?
¿Cuándo pensé en abandonar o dejar de intentarlo?
¿Qué necesitaba en esos momentos?
¿Pedí ayuda?
Si no la pedí, ¿qué me lo impedía?
Sobre mis decisiones
¿Qué decisiones me ayudaron?
¿Qué decisiones terminaron perjudicándome?
¿Qué hice sabiendo que probablemente tendría consecuencias?
¿Por qué lo hice?
¿Qué estaba buscando en ese momento?
¿Qué podría hacer diferente si volviera a ocurrir?
Sobre mis hábitos
¿Cómo he dormido durante el curso?
¿Cuánto ha influido el móvil en mi concentración?
¿He dejado demasiadas cosas para el último momento?
¿He sabido organizarme?
¿Qué método de estudio me ha funcionado?
¿Cuándo rendía mejor?
¿Qué hábito debería empezar antes de septiembre?
Sobre mis relaciones
¿Con quién me he sentido yo mismo?
¿Qué amistades me han hecho bien?
¿Alguna relación me ha hecho sentir pequeño, inseguro o incómodo?
¿He hecho alguna cosa para encajar que realmente no quería hacer?
¿He tratado a los demás como me gustaría que me trataran?
¿Hay alguien a quien debería pedir perdón?
¿Hay alguien a quien debería dar las gracias?
¿Necesito alejarme de alguna relación o poner algún límite?
Sobre mis emociones
¿Qué emoción he sentido más este curso?
¿Qué situaciones me provocaban ansiedad?
¿Qué hacía cuando estaba enfadado?
¿Qué hago cuando estoy triste?
¿Sé reconocer cuándo necesito parar?
¿Qué hago cuando algo me sale mal?
¿Cómo me hablo cuando me equivoco?
Sobre el próximo curso
¿Qué quiero repetir?
¿Qué quiero dejar atrás?
¿Qué quiero empezar a hacer diferente?
¿Qué tres cosas dependen principalmente de mí?
¿Qué cosas necesitaré pedir a otros?
¿A quién puedo acudir si empiezo a sentirme desbordado?
¿Qué miedo tengo respecto al próximo curso?
¿Qué pruebas tengo de que quizá sea capaz de manejarlo mejor de lo que imagino?
¿Qué me gustaría poder decir de mí mismo cuando termine el próximo curso?
Una última pregunta
Imagina que puedes hablar durante cinco minutos con la persona que eras al empezar este curso.
Probablemente podrías contarle muchas cosas.
Podrías avisarle de errores.
Tranquilizarle respecto a algunos miedos.
Decirle que disfrute determinados momentos.
Animarle a pedir ayuda antes.
Recordarle que algunas personas que parecían imprescindibles dejarán de serlo.
O explicarle que aquello que ahora parece enorme terminará haciéndose más pequeño.
Ahora piensa en ti dentro de un año.
¿Qué crees que tu “yo” del futuro agradecería que empezaras a hacer desde hoy?
Quizá esa sea una buena manera de cerrar el curso.
No preguntándote únicamente qué nota has sacado.
Sino preguntándote:
¿Qué he aprendido de mí?
Porque aprobar asignaturas es importante.
Pero aprender a conocerte, responsabilizarte de tus decisiones, pedir ayuda cuando la necesitas, tolerar los errores y confiar poco a poco en tu capacidad para afrontar lo desconocido también forma parte de crecer.
No empiezas el próximo curso desde cero.
Empiezas desde todo lo que este año te ha enseñado.
Una reflexión para alumnos y familias antes de empezar una nueva etapa
Termina un curso y parece que lo único importante es saber si has aprobado, suspendido, pasado de curso o conseguido las notas que esperabas.
Pero un curso escolar es mucho más que unas calificaciones.
Durante estos meses has tenido que aprender contenidos, organizarte, levantarte muchos días sin ganas, conocer profesores nuevos, convivir con compañeros, afrontar exámenes, gestionar nervios, tomar decisiones, equivocarte, solucionar problemas, soportar decepciones y adaptarte a situaciones que probablemente en septiembre todavía no sabías cómo ibas a afrontar.
Por eso, antes de guardar la mochila y pasar página, merece la pena detenerse un momento.
No para juzgarte.
Para entenderte.
Porque mirar lo vivido puede ayudarte mucho más de lo que imaginas a empezar el próximo curso.
¿Recuerdas cómo te sentías hace un año?
Intenta volver mentalmente al comienzo del curso.
Quizá tenías miedo.
A los profesores nuevos.
A que las asignaturas fueran demasiado difíciles.
A no encajar.
A separarte de algunos amigos.
A conocer compañeros nuevos.
A no estar a la altura.
A suspender.
A equivocarte.
A que ocurriera algo que ni siquiera sabías explicar.
Hay comienzos que despiertan mucha incertidumbre porque nuestro cerebro se siente más tranquilo cuando sabe qué va a ocurrir.
Lo nuevo no siempre es peligroso, pero todavía no tenemos información suficiente para saber cómo será. Y por eso pueden aparecer nervios, inseguridad o pensamientos como:
“No voy a poder.”
“Va a ser demasiado difícil.”
“Seguro que me va mal.”
“No voy a conocer a nadie.”
“Los demás estarán más preparados que yo.”
Dentro de poco probablemente volverás a enfrentarte a algo parecido.
Un nuevo curso.
Quizá profesores diferentes.
Más dificultad.
Otros compañeros.
Un nuevo instituto.
Bachillerato.
La universidad.
Formación profesional.
O simplemente otro año en el mismo centro.
Y si aparecen los nervios, recuerda algo importante:
Ya has vivido otros comienzos que también parecían difíciles antes de conocerlos.
Piensa en todo lo que en septiembre te preocupaba y que después acabaste haciendo con normalidad.
Aquella clase a la que no querías entrar.
Ese profesor que te imponía.
Ese examen que parecía imposible.
La presentación delante de los demás.
Hablar con alguien nuevo.
Ir solo a algún sitio.
Organizarte con más asignaturas.
Pedir ayuda.
Superar una decepción.
No significa que todo haya salido bien.
Probablemente algunas cosas fueron incluso más difíciles de lo que esperabas.
Pero tú tampoco eres exactamente la misma persona que empezó el curso.
Has vivido cosas que entonces todavía no sabías que eras capaz de afrontar.
Y eso también cuenta.
No todo lo que salió mal significa que hayas fracasado
Quizá este curso no ha sido como imaginabas.
Puede que hayas suspendido.
Que hayas estudiado menos de lo que necesitabas.
Que te hayas confiado.
Que hayas procrastinado.
Que hayas tenido problemas con compañeros.
Que hayas perdido una amistad.
Que hayas pasado por dificultades familiares.
Que te hayas sentido solo.
Que hayas tenido ansiedad.
Que hayas estado desmotivado.
Que no hayas conseguido organizarte.
Que tu teléfono, las redes sociales, los videojuegos o cualquier otra distracción te hayan quitado más tiempo del que querías reconocer.
O quizá has hecho un esfuerzo enorme y aun así los resultados no han sido los esperados.
No todas las dificultades dependen de nosotros.
Y tampoco todas nuestras decisiones son completamente conscientes.
Nuestro estado emocional, la presión, el cansancio, nuestra historia, el ambiente familiar, las amistades, nuestras inseguridades o la necesidad de sentirnos aceptados pueden influir muchísimo en lo que hacemos.
Pero entender por qué hiciste algo no significa justificarlo todo.
Significa poder aprender.
Una de las preguntas más importantes al terminar el curso no es solamente:
“¿Qué me ha pasado?”
También es:
“¿Qué parte de lo ocurrido dependía de mí?”
Y esa pregunta necesita responderse sin machacarte, pero también sin engañarte.
Responsabilizarte no significa culparte
Hay una diferencia enorme entre culpa y responsabilidad.
La culpa suele decir:
“Soy un desastre.”
“Soy vago.”
“No sirvo para estudiar.”
“Siempre lo hago todo mal.”
“Soy peor que los demás.”
La responsabilidad pregunta:
“¿Qué hice?”
“¿Qué no hice?”
“¿Por qué ocurrió?”
“¿Qué estaba necesitando?”
“¿Qué decisión tomé?”
“¿Qué consecuencias tuvo?”
“¿Qué puedo hacer de otra manera la próxima vez?”
Cuando conviertes un error en una etiqueta sobre quién eres, es difícil cambiar.
Cuando lo conviertes en información, puedes aprender.
Quizá descubriste que dejarlo todo para el último día no te funciona.
Que necesitas pedir ayuda antes.
Que estudiar mirando continuamente el móvil te hace tardar el doble.
Que hay compañeros con los que te diviertes pero con los que acabas haciendo cosas que después no te gustan.
Que dormir poco te afecta mucho más de lo que pensabas.
Que cuando algo te sale mal enseguida piensas que no eres capaz.
Que has dedicado muchas horas a preocuparte y pocas a empezar.
Que necesitas aprender a organizarte.
O quizá descubriste algo completamente diferente:
Que eras mucho más responsable de lo que pensabas.
Que supiste reaccionar ante un problema.
Que conseguiste pedir ayuda.
Que te atreviste a hacer algo que te daba miedo.
Que mejoraste una asignatura.
Que pusiste límites a alguien.
Que sobreviviste a una etapa personal complicada mientras seguías intentando estudiar.
Eso también necesitas verlo.
No hagas balance únicamente mirando las notas
Las notas importan porque aportan información sobre determinados aprendizajes.
Pero no cuentan toda la historia de un curso.
Hay aprendizajes que nunca aparecerán en un boletín.
Aprender a hablar con alguien cuando tienes un problema.
Alejarte de una amistad que te hacía daño.
Reconocer que necesitas ayuda.
Tolerar una mala nota sin pensar que todo está perdido.
Descubrir que una asignatura que odiabas puede interesarte.
Atreverte a preguntar en clase.
Ser capaz de defender a un compañero.
Aprender a organizarte un poco mejor.
Aceptar que no siempre puedes hacerlo todo perfecto.
Volver después de haber suspendido.
Seguir intentándolo cuando estabas pasando por una etapa difícil.
Todo eso también es crecimiento.
Mira también tus decisiones
Durante el curso tomas cientos de pequeñas decisiones.
Algunas parecen poco importantes.
Estudio ahora o después.
Pregunto o me quedo con la duda.
Duermo o sigo con el móvil.
Voy a clase o falto.
Hago el trabajo o lo dejo para mañana.
Copio o intento hacerlo.
Me junto con estas personas o con otras.
Participo en una burla o me aparto.
Pido ayuda o escondo que estoy mal.
Le digo a alguien lo que me está molestando o acumulo hasta explotar.
Una decisión aislada probablemente no determina tu futuro.
Pero muchas pequeñas decisiones repetidas terminan construyendo hábitos.
Y los hábitos sí pueden cambiar mucho nuestra vida.
Por eso, quizá el final de curso sea un buen momento para preguntarte:
¿Qué decisiones me acercaron a la persona que quiero ser y cuáles me alejaron?
No se trata de exigirte perfección.
Se trata de conocerte mejor.
Si algo no salió bien, intenta comprender qué había detrás
Decir simplemente “no estudié” explica muy poco.
Puedes investigar un poco más.
¿Por qué no estudiabas?
¿Te aburría?
¿No entendías y te daba vergüenza preguntar?
¿Pensabas que aunque estudiaras suspenderías igualmente?
¿Te costaba empezar?
¿Te distraías constantemente?
¿Estabas agotado?
¿Dormías mal?
¿Estabas viviendo algo que ocupaba casi toda tu cabeza?
¿Necesitabas sentir que decidías tú y estudiar se había convertido en una batalla con tus padres?
¿Habías perdido la motivación?
¿Te comparabas continuamente?
¿Te daba miedo esforzarte mucho y descubrir que aun así podías suspender?
Dos alumnos pueden hacer exactamente lo mismo y tener motivos completamente diferentes.
Comprender el motivo es importante porque la solución también será diferente.
Y si este curso fue muy difícil…
Hay alumnos que terminarán el curso pensando:
“Lo he superado.”
Y otros quizá estén pensando:
“No he podido.”
También para ellos tiene que existir esta reflexión.
No siempre se supera todo a la primera.
A veces repetir, suspender, cambiar de centro, necesitar apoyo psicológico, recibir ayuda educativa o reconocer que algo nos supera forma parte del camino.
Lo importante es intentar que la experiencia no termine únicamente en:
“Me fue mal.”
Pregúntate:
¿Qué ocurrió?
¿Qué estaba atravesando?
¿Qué me faltó?
¿Qué ayuda necesitaba?
¿Qué intenté?
¿Qué hubiera podido hacer diferente?
¿Qué necesito cambiar ahora?
¿Qué necesito que cambien también los adultos que me acompañan?
Responsabilizar a un adolescente de lo que puede hacer no significa dejarle solo con lo que no puede resolver.
Para las familias: cuidado con convertir esta conversación en otro examen
Cuando un hijo termina el curso, los adultos podemos caer rápidamente en:
“Te lo dije.”
“Si hubieras estudiado…”
“Ya veremos el año que viene.”
“Con el móvil todo el día era normal.”
“Tu primo sí que…”
Probablemente ninguna de estas frases produzca demasiada reflexión.
Cuando una persona siente que va a ser juzgada, suele defenderse.
Minimiza.
Oculta.
Discute.
Se justifica.
O deja de hablar.
Si queremos que nuestros hijos desarrollen responsabilidad, necesitamos permitir que puedan pensar sobre sus errores sin sentir que reconocerlos va a convertirse inmediatamente en un castigo o un sermón.
Podemos preguntar:
“¿Qué crees que te ha funcionado este año?”
“¿Qué cambiarías?”
“¿Dónde crees que podemos ayudarte?”
“¿Qué necesitas empezar a hacer tú?”
“¿Hubo algo que nosotros no supimos ver?”
Escuchar sus respuestas puede enseñarnos mucho.
Incluso cuando no nos gustan.
No prepares septiembre únicamente comprando libros
Preparar un nuevo curso también puede significar conocerte mejor.
Puedes preguntarte:
¿Cómo estudio mejor?
¿A qué hora me concentro más?
¿Qué cosas me distraen?
¿Cómo sé que estoy empezando a saturarme?
¿A quién puedo pedir ayuda?
¿Qué asignaturas necesitarán más atención desde el principio?
¿Qué ocurrió el año pasado cuando empecé a dejarme llevar?
¿Qué hábitos quiero cambiar antes de que vuelvan a convertirse en un problema?
¿Qué personas me hacen bien?
¿Qué límites necesito aprender a poner?
¿Qué quiero hacer diferente cuando algo me dé miedo?
Cuando aparezca el miedo al nuevo curso
Quizá dentro de unas semanas empieces a pensar:
“No sé cómo será.”
“Seguro que será dificilísimo.”
“No voy a poder.”
Cuando ocurra, prueba a mirar hacia atrás.
Recuerda septiembre del año pasado.
Tampoco sabías todo lo que iba a ocurrir.
Y aun así fuiste avanzando día tras día.
Hubo cosas que salieron bien.
Otras regular.
Algunas mal.
Pero de todas ellas puedes sacar información.
La confianza no consiste en tener la seguridad de que todo va a salir bien.
Consiste en saber que, si aparecen dificultades, puedes intentar afrontarlas, pedir ayuda, aprender, corregir y volver a intentarlo.
No necesitas empezar septiembre sintiéndote completamente seguro.
Solo necesitas recordar que ya no empiezas desde cero.
Empiezas con la experiencia de todo lo vivido este año.
Preguntas para cerrar el curso
Busca un momento tranquilo. No necesitas responderlas todas de una vez.
Sobre cómo empezaste
¿Cómo me sentía al comenzar el curso?
¿Qué era lo que más miedo me daba?
¿Qué imaginaba que iba a ser muy difícil?
¿Qué terminó siendo más sencillo de lo que esperaba?
¿Qué fui aprendiendo a hacer con el paso de los meses?
Sobre lo que salió bien
¿De qué me siento orgulloso?
¿Qué conseguí que al principio parecía difícil?
¿Qué asignatura, habilidad o situación mejoré?
¿Qué hice bien aunque nadie me felicitara por ello?
¿Qué miedo conseguí afrontar?
¿Cuándo fui responsable?
¿Cuándo ayudé a alguien?
¿Qué descubrí sobre mí?
Sobre lo difícil
¿Qué fue lo que peor llevé este curso?
¿Qué situaciones me hicieron sufrir?
¿Cuándo pensé en abandonar o dejar de intentarlo?
¿Qué necesitaba en esos momentos?
¿Pedí ayuda?
Si no la pedí, ¿qué me lo impedía?
Sobre mis decisiones
¿Qué decisiones me ayudaron?
¿Qué decisiones terminaron perjudicándome?
¿Qué hice sabiendo que probablemente tendría consecuencias?
¿Por qué lo hice?
¿Qué estaba buscando en ese momento?
¿Qué podría hacer diferente si volviera a ocurrir?
Sobre mis hábitos
¿Cómo he dormido durante el curso?
¿Cuánto ha influido el móvil en mi concentración?
¿He dejado demasiadas cosas para el último momento?
¿He sabido organizarme?
¿Qué método de estudio me ha funcionado?
¿Cuándo rendía mejor?
¿Qué hábito debería empezar antes de septiembre?
Sobre mis relaciones
¿Con quién me he sentido yo mismo?
¿Qué amistades me han hecho bien?
¿Alguna relación me ha hecho sentir pequeño, inseguro o incómodo?
¿He hecho alguna cosa para encajar que realmente no quería hacer?
¿He tratado a los demás como me gustaría que me trataran?
¿Hay alguien a quien debería pedir perdón?
¿Hay alguien a quien debería dar las gracias?
¿Necesito alejarme de alguna relación o poner algún límite?
Sobre mis emociones
¿Qué emoción he sentido más este curso?
¿Qué situaciones me provocaban ansiedad?
¿Qué hacía cuando estaba enfadado?
¿Qué hago cuando estoy triste?
¿Sé reconocer cuándo necesito parar?
¿Qué hago cuando algo me sale mal?
¿Cómo me hablo cuando me equivoco?
Sobre el próximo curso
¿Qué quiero repetir?
¿Qué quiero dejar atrás?
¿Qué quiero empezar a hacer diferente?
¿Qué tres cosas dependen principalmente de mí?
¿Qué cosas necesitaré pedir a otros?
¿A quién puedo acudir si empiezo a sentirme desbordado?
¿Qué miedo tengo respecto al próximo curso?
¿Qué pruebas tengo de que quizá sea capaz de manejarlo mejor de lo que imagino?
¿Qué me gustaría poder decir de mí mismo cuando termine el próximo curso?
Una última pregunta
Imagina que puedes hablar durante cinco minutos con la persona que eras al empezar este curso.
Probablemente podrías contarle muchas cosas.
Podrías avisarle de errores.
Tranquilizarle respecto a algunos miedos.
Decirle que disfrute determinados momentos.
Animarle a pedir ayuda antes.
Recordarle que algunas personas que parecían imprescindibles dejarán de serlo.
O explicarle que aquello que ahora parece enorme terminará haciéndose más pequeño.
Ahora piensa en ti dentro de un año.
¿Qué crees que tu “yo” del futuro agradecería que empezaras a hacer desde hoy?
Quizá esa sea una buena manera de cerrar el curso.
No preguntándote únicamente qué nota has sacado.
Sino preguntándote:
¿Qué he aprendido de mí?
Porque aprobar asignaturas es importante.
Pero aprender a conocerte, responsabilizarte de tus decisiones, pedir ayuda cuando la necesitas, tolerar los errores y confiar poco a poco en tu capacidad para afrontar lo desconocido también forma parte de crecer.
No empiezas el próximo curso desde cero.Empiezas desde todo lo que este año te ha enseñado.
Te deseo lo mejor en tu verano y en tu nuevo curso.
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