Yolanda Cuevas Ayneto

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HALLOWEEN: EL MIEDO TIENE UNA HISTORIA

¿Y si detrás de los monstruos del cine hubiera algo que también reconocemos en nuestra propia vida?

Cada Halloween aparecen los mismos personajes: Frankenstein, Chucky, Drácula, Freddy Krueger, Pennywise… Nos disfrazamos de ellos, vemos sus películas y disfrutamos pasando un poco de miedo, siempre que sepamos que estamos a salvo en el sofá.

Pero hay algo que me parece especialmente interesante de estas historias. Detrás de muchos de estos personajes encontramos experiencias que conocemos bastante bien: el rechazo, el abandono, los celos, el miedo a perder el control, la traición, la vergüenza o el dolor de una pérdida.

El cine convierte esos sentimientos en monstruos. La vida cotidiana, en cambio, los muestra de formas mucho más discretas. En una persona que necesita agradar constantemente, en alguien que desconfía después de una traición, en quien no consigue descansar porque vive preocupado o en quien sigue sintiendo vergüenza por algo que ocurrió hace muchos años.

Te propongo mirar a diez personajes de terror desde otro lugar. No para buscarles un diagnóstico, sino para descubrir qué podemos aprender de sus historias y, de paso, de las nuestras.

1. Frankenstein: cuando el rechazo acaba formando parte de nuestra identidad

Lo más triste de la criatura de Frankenstein es que busca aceptación, pero encuentra rechazo. Su apariencia provoca miedo, incluso antes de que los demás conozcan sus intenciones.

Imagina crecer sintiendo que hay algo en ti que molesta, que no encaja o que nadie quiere conocer. Escuchar tantas veces que eres raro, torpe o insuficiente que terminas creyéndolo.

En consulta encuentro personas adultas que todavía se describen con palabras que escucharon durante su infancia. Personas que evitan mostrarse como son por miedo a volver a sentirse rechazadas.

El rechazo continuado puede hacer que acabemos mirándonos a través de los ojos de quienes nos hicieron daño.

Y aquí surge una pregunta: ¿cuánto de lo que crees sobre ti nació realmente de ti y cuánto procede de lo que otros te hicieron sentir?

2. Chucky: cuando quien parece inofensivo puede hacernos daño

Un muñeco infantil debería inspirar ternura y seguridad. Precisamente por eso Chucky resulta tan inquietante: convierte algo familiar en una amenaza.

En la vida real, las personas que nos hacen daño no llevan necesariamente una apariencia amenazante. Pueden ser encantadoras, simpáticas y estar muy bien consideradas por los demás.

Piensa en alguien que delante de otras personas se muestra amable, pero en privado te ridiculiza, te controla o te hace dudar continuamente de lo que has vivido.

Una de las experiencias más desconcertantes en este tipo de relaciones es que los demás no siempre reconocen lo que está sucediendo. Y la persona que sufre puede terminar preguntándose si estará exagerando.

¿Alguna vez has desconfiado de tu propia percepción porque todo el mundo veía a una persona de manera muy distinta a como la vivías tú?

3. Pennywise: los miedos infantiles que siguen viviendo en nosotros

El payaso de It tiene una habilidad aterradora: sabe encontrar aquello que más teme cada una de sus víctimas.

Y aquí aparece una reflexión que me parece muy importante. No todos tenemos miedo de las mismas cosas, porque nuestras historias tampoco son iguales.

Hay quien teme profundamente quedarse solo, quien vive pendiente de no equivocarse, quien necesita tenerlo todo previsto y quien interpreta cualquier gesto de desaprobación como una amenaza.

Algunos de esos miedos están relacionados con experiencias anteriores. Un niño que creció sintiendo que debía hacerlo todo perfecto para recibir reconocimiento puede convertirse en un adulto que se angustia ante cualquier error. Quien vivió abandonos importantes puede sentir una intensa inseguridad cuando alguien se distancia.

El tiempo pasa, pero algunas respuestas que aprendimos para protegernos pueden seguir activándose muchos años después.

¿Y si alguno de tus miedos actuales tuviera más relación con lo que viviste que con lo que realmente está sucediendo ahora?

4. Freddy Krueger: cuando ni siquiera dormir nos permite descansar

Freddy aparece en los sueños. Sus víctimas intentan mantenerse despiertas porque dormir se convierte en un peligro.

Fuera de la pantalla hay personas que también llegan a la noche con miedo. No porque aparezca Freddy, sino porque saben que, en cuanto se acuesten, empezarán las preocupaciones, los recuerdos o las pesadillas.

Durante el día pueden mantenerse ocupadas, trabajar, atender a la familia y resolver problemas. Pero cuando todo se queda en silencio, aparece aquello que llevaban horas intentando apartar.

En personas que han vivido experiencias traumáticas, el sueño también puede alterarse porque el organismo continúa funcionando como si necesitara permanecer alerta.

Por eso, cuando alguien lleva tiempo durmiendo mal, además de revisar sus hábitos, conviene interesarse por lo que está viviendo y por aquello que le preocupa.

¿Qué sigue manteniendo tu mente encendida cuando llega el momento de descansar?

5. Drácula: cuando el amor se confunde con la posesión

Drácula seduce, fascina y ejerce poder sobre sus víctimas. Su historia puede servirnos para reflexionar sobre esas relaciones donde la atracción acaba mezclándose con el control.

Todavía escuchamos frases como «se pone celoso porque me quiere mucho», «necesita saber dónde estoy porque se preocupa por mí» o «no le gusta que salga con ciertas personas porque tiene miedo de perderme».

El problema aparece cuando, poco a poco, una persona comienza a renunciar a su libertad para evitar los enfados o las inseguridades de su pareja.

El control no siempre comienza con una prohibición. Puede empezar con pequeños comentarios, reproches, preguntas constantes o gestos que parecen inocentes.

Y llega un momento en el que uno ya no sabe muy bien si decide libremente o si está intentando evitar la reacción del otro.

Una relación debería permitirnos ser quienes somos, no obligarnos a hacernos cada vez más pequeños para conservarla.

6. Ghostface: cuando el miedo viene de alguien en quien confiábamos

Una de las características más inquietantes de Scream es que detrás de la máscara puede esconderse alguien cercano.

Y pocas experiencias nos descolocan tanto como descubrir que una persona en la que confiábamos nos ha traicionado.

Después de una infidelidad, una mentira prolongada, una amistad que nos hizo daño o una experiencia de abuso, puede aparecer una pregunta difícil de responder: «¿Cómo no me di cuenta?».

La persona comienza a revisar conversaciones, recuerdos y detalles que antes parecían normales. En ocasiones llega incluso a desconfiar de su propio criterio.

Y ese miedo puede trasladarse a otras relaciones. Por evitar una nueva decepción, podemos terminar construyendo una distancia enorme con quienes intentan acercarse.

Protegernos después de una experiencia dolorosa es comprensible. Pero vivir desconfiando de todo el mundo también puede convertirse en una forma de sufrimiento.

¿Te estás protegiendo de quien te hizo daño o has terminado protegiéndote también de personas que no tienen nada que ver con aquella historia?

7. Carrie: las humillaciones que seguimos recordando muchos años después

Carrie es una adolescente que sufre burlas, rechazo y humillaciones por parte de sus compañeros. En casa tampoco encuentra la comprensión y el cariño que necesita.

Su historia me hace pensar en todos esos niños y adolescentes que pasan años sintiéndose avergonzados de sí mismos.

Hay experiencias escolares que parecen pequeñas desde la mirada adulta, pero que pueden dejar una huella profunda: un apodo humillante, una burla delante de toda la clase, una fotografía compartida para ridiculizar, una exclusión repetida.

Conozco el peso que algunas de esas experiencias pueden seguir teniendo décadas después. Personas que, siendo adultas, temen hablar en público, mostrar su cuerpo, expresar una opinión o exponerse a la posibilidad de que alguien se ría de ellas.

Carrie lleva el sufrimiento a una respuesta violenta propia de la ficción. En la realidad, sufrir acoso no convierte a nadie en una persona peligrosa.

Pero sí sabemos que la humillación puede dañar profundamente la manera en que alguien se percibe.

¿Sigues mirándote con los ojos de alguien que te hizo sentir inferior hace muchos años?

8. Babadook: el dolor que no desaparece por intentar ignorarlo

En The Babadook, una madre y su hijo conviven con el dolor de una pérdida. El monstruo puede interpretarse como una representación de ese sufrimiento que continúa presente, aunque resulte difícil reconocerlo.

Me parece una de las metáforas más interesantes de esta selección.

Vivimos rodeados de mensajes que nos animan a pasar página rápidamente, ser fuertes y continuar adelante. Pero hay pérdidas que cambian profundamente nuestra vida.

Una muerte, una separación, una enfermedad, la pérdida de un proyecto importante o incluso la vida que imaginábamos tener.

El duelo no siempre se presenta únicamente como tristeza. Puede aparecer irritabilidad, culpa, agotamiento o miedo al futuro. Y también momentos de alivio o tranquilidad que generan sentimientos contradictorios.

En ocasiones, una persona intenta funcionar como si nada hubiera sucedido porque cree que ya debería estar bien.

Pero el dolor no entiende de calendarios.

¿Hay alguna pérdida en tu vida a la que todavía no has podido dedicarle el espacio que necesitabas?

9. Jigsaw: cuando alguien utiliza el sufrimiento como una supuesta enseñanza

Jigsaw somete a sus víctimas a pruebas terribles convencido de que así aprenderán a valorar la vida.

Su historia, evidentemente extrema, me recuerda algunas frases que todavía escuchamos en las relaciones familiares, de pareja o incluso en la educación.

«Te digo estas cosas porque quiero que mejores».

«Si soy duro contigo es por tu bien».

«Tienes que sufrir para aprender».

«Algún día me agradecerás lo que estoy haciendo».

Detrás de algunas de estas expresiones puede esconderse la idea de que tenemos derecho a humillar, controlar o castigar a alguien si creemos que nuestras intenciones son buenas.

Pero querer ayudar a una persona no nos da derecho a decidir por ella ni a utilizar su sufrimiento como método de aprendizaje.

Podemos poner límites, corregir conductas y acompañar decisiones difíciles sin destruir la autoestima de nadie.

¿Alguna vez te hicieron daño y después te dijeron que era por tu bien?

10. Hannibal Lecter: comprender tus emociones no significa preocuparse por ti

Hannibal Lecter es inteligente, educado, observador y capaz de identificar las vulnerabilidades de quienes tiene delante.

Y eso es precisamente lo que lo convierte en un personaje tan inquietante.

En nuestras relaciones podemos encontrarnos con personas que parecen comprendernos perfectamente. Saben qué nos preocupa, qué necesitamos escuchar, cuáles son nuestros miedos y dónde están nuestras inseguridades.

Pero existe una diferencia importante entre conocer emocionalmente a alguien y utilizar ese conocimiento para cuidarlo.

Hay personas que recuerdan nuestras confidencias para acompañarnos en momentos difíciles. Otras pueden utilizarlas para hacernos sentir culpables, manipular nuestras decisiones o conseguir que cedamos.

La inteligencia emocional, por sí sola, no garantiza que alguien actúe con bondad o respeto.

Una buena pregunta para valorar nuestras relaciones es qué hace la otra persona con aquello que sabe que nos duele. ¿Lo protege o lo utiliza en nuestra contra?


Los monstruos del cine llevan máscara. Nuestros miedos, casi nunca.

Después de recorrer estas diez historias, resulta curioso comprobar que lo que más nos inquieta no siempre es la apariencia del personaje, sino aquello que representa.

El rechazo de Frankenstein, los temores infantiles de Pennywise, la traición de Ghostface, la humillación de Carrie, la posesión de Drácula o el duelo de Babadook nos acercan a experiencias que forman parte de la vida de muchas personas.

Y aquí hay algo que considero fundamental desde mi trabajo como psicóloga.

Comprender la historia de una persona no significa justificar sus comportamientos. Haber sufrido rechazo, abandono, acoso o experiencias traumáticas no convierte a nadie en agresor. Tampoco podemos explicar toda conducta dañina a partir de una herida emocional.

Sin embargo, conocer nuestras experiencias sí puede ayudarnos a entender algunas de nuestras reacciones.

Por qué nos cuesta tanto confiar, por qué nos sentimos amenazados ante una crítica, por qué necesitamos controlar determinadas situaciones o por qué una separación nos despierta una angustia que parece desproporcionada.

Hay personas que llevan años intentando eliminar sus miedos sin haber tenido la oportunidad de comprenderlos. Y otras que han normalizado relaciones y situaciones que les hacen daño porque han convivido con ellas durante demasiado tiempo.

La psicología nos ofrece un espacio para revisar esas historias, reconocer lo que hemos aprendido, trabajar las experiencias que continúan afectándonos y desarrollar otras maneras de responder.

No todos los miedos tienen su origen en el pasado. Algunos nos advierten de peligros actuales que necesitamos atender. Otros están relacionados con preocupaciones sobre el futuro. Lo importante es aprender a distinguirlos y comprender qué necesitamos en cada situación.

Este Halloween veremos monstruos, máscaras, disfraces y películas de terror. Quizá podamos aprovecharlo también para mirar con un poco más de curiosidad nuestros propios miedos.

Porque podemos quitarnos un disfraz al terminar la fiesta, pero hay formas de protegernos que llevamos utilizando durante tantos años que ya casi no recordamos cuándo empezamos a necesitarlas.

Y puede que ahí haya una historia que merezca la pena escuchar.

Y tú, ¿qué miedos llevas contigo?

Los monstruos del cine desaparecen cuando termina la película. Pero algunos de nuestros miedos llevan tantos años acompañándonos que hemos aprendido a vivir con ellos sin preguntarnos de dónde vienen.

Antes de terminar, te invito a mirar un poco más allá de los disfraces y dedicarte unas preguntas:

  • ¿Qué parte de ti has aprendido a esconder por miedo a que los demás no te acepten?
  • ¿Qué cosas sigues intentando demostrar, y a quién, aunque esa persona ya no forme parte de tu vida?
  • ¿Hay alguna experiencia de tu infancia que todavía influya en cómo reaccionas cuando te sientes rechazado, criticado o abandonado?
  • ¿Qué situación de tu vida actual te provoca una reacción emocional mucho más intensa de lo que tú mismo consigues comprender?
  • ¿Has confundido alguna vez que alguien te necesitara, te celara o te controlara con que te quisiera mucho?
  • ¿Qué has dejado de hacer, decir o intentar por miedo a volver a sufrir una experiencia del pasado?
  • ¿Hay alguna frase que te dijeron hace años y que todavía aparece en tu cabeza cuando dudas de tu valía?
  • ¿Qué relación, pérdida o etapa de tu vida sigues intentando cerrar sin haberte permitido reconocer cuánto te dolió?
  • ¿Con quién te cuesta poner límites porque temes su reacción, decepcionarle o perder su cariño?
  • ¿Qué forma de protegerte te ayudó en otro momento de tu vida, pero ahora puede estar impidiéndote vivir como deseas?

No necesitas responderlas todas ni encontrar una explicación para cada miedo. Puede que alguna te haga recordar algo, que otra te incomode o que descubras una relación entre experiencias que nunca habías conectado.

Porque hay algo que merece la pena preguntarnos: ¿cuántas decisiones de nuestra vida estamos tomando desde lo que deseamos y cuántas desde aquello que tememos que vuelva a suceder?

Este Halloween, además de mirar las máscaras de los demás, quizá podamos prestar atención a las nuestras. A esas que construimos para agradar, evitar conflictos, parecer fuertes, no decepcionar o impedir que vuelvan a hacernos daño.

¿Qué miedo te gustaría que dejara de decidir por ti?

Tal vez las respuestas tengan más relación de la que imaginas.

Yolanda Cuevas
Psicóloga especializada en EMDR y trauma.

Instructora en mindfulness y respiración.

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Artículos autocuidado bienestar Oposiciones

«No tengo tiempo para hacer deporte, estoy opositando»

Hay una frase que escucho con frecuencia entre las personas que preparan oposiciones: «Cuando termine de estudiar, volveré a hacer deporte».

Y también otras parecidas: «Ahora no puedo perder una hora en el gimnasio», «Tengo demasiado temario», «Ya me cuidaré cuando apruebe».

Detrás de estas frases suele haber una preocupación comprensible. Preparar unas oposiciones exige tiempo, concentración y compromiso. Cuando sientes que nunca llegas a todo, cualquier actividad que no esté directamente relacionada con el temario puede parecerte un lujo.

Sin embargo, hay algo que conviene revisar: ¿de verdad no tienes tiempo para moverte o has empezado a considerar que cuidar tu cuerpo es menos importante que estudiar?

La oposición no tiene que excluir el deporte.

Tu cuerpo también está preparando la oposición

Durante la preparación puedes pasar muchas horas sentado, con tensión muscular, preocupaciones constantes y poco tiempo al aire libre.

Quizá notes molestias en la espalda, cansancio, irritabilidad o dificultad para desconectar al terminar la jornada.

El movimiento puede ayudarte a cuidar tu salud física, mejorar tu bienestar emocional y romper con el sedentarismo.

La actividad física regular tiene beneficios reconocidos para la salud mental y física. Pero conviene evitar convertirla en otra obligación con la que demostrar que eres una persona disciplinada.

No necesitas entrenar para una maratón mientras preparas una oposición. Necesitas encontrar maneras de moverte que encajen con tu vida y que puedas mantener.

El pensamiento de todo o nada

A menudo veo que las personas se proponen cambios demasiado grandes.

Alguien que lleva meses sin entrenar decide que, a partir del lunes, irá al gimnasio cinco días por semana. Durante unos días consigue cumplirlo, pero llega una semana complicada y abandona.

Entonces aparece la conocida conclusión: «No tengo fuerza de voluntad».

Me gustaría que contemplaras otra posibilidad. Quizá no falló tu voluntad, sino la dimensión del objetivo que te habías propuesto.

Caminar veinte minutos, salir a correr suavemente, hacer ejercicios de fuerza adaptados a tu condición física, bailar o desplazarte andando también son maneras de introducir movimiento.

Cuando el objetivo inicial es pequeño y realista, resulta más sencillo repetirlo y convertirlo en un hábito.

El deporte no tiene por qué competir con el estudio

Hay opositores que organizan su jornada como si cada minuto dedicado a otra actividad fuera un minuto robado a su futuro.

Pero estudiar durante más tiempo no garantiza aprender más.

Piensa en esas tardes en las que llevas horas sentado, lees varias veces el mismo párrafo y te cuesta recordar qué acabas de estudiar. En ocasiones, insistir no es la respuesta más útil. Levantarte, caminar, cambiar de ambiente o descansar puede ayudarte a retomar la tarea en mejores condiciones.

La BDNF (factor neurotrófico derivado del cerebro) es una proteína que desempeña un papel fundamental en la supervivencia de determinadas neuronas, la plasticidad cerebral y los mecanismos relacionados con el aprendizaje y la memoria.

Podríamos decir que ayuda al cerebro a mantener y modificar sus conexiones neuronales, algo esencial cuando aprendemos información nueva.

¿Qué relación tiene con el deporte?

Las investigaciones muestran que el ejercicio físico puede aumentar los niveles de BDNF medidos en sangre.

Lo importante es que la actividad física tiene beneficios para el funcionamiento cognitivo y el bienestar, por lo que merece formar parte de la preparación.

Empieza por algo que puedas cumplir

Te propongo elegir una actividad y adaptarla a tu momento actual.

Si llevas mucho tiempo sin moverte, comienza con paseos breves. Si disfrutas del gimnasio, reserva unos días que encajen de verdad con tu organización. Si te cuesta salir de casa, puedes incorporar pequeñas pausas de movilidad durante el estudio.

No te marques como objetivo compensar las horas que has estado sentado ni quemar calorías por sentirte culpable.

Busca una actividad que puedas disfrutar, aunque sea mínimamente, y que te permita reconectar con tu cuerpo.

Y si una semana no consigues mantener la rutina, evita convertirlo en una razón para abandonar. Reorganiza y continúa.

¿Qué ocurre cuando dejamos de cuidarnos?

Me preocupa especialmente cuando la preparación de una oposición empieza a justificar cualquier renuncia.

Dejar de hacer deporte, dormir menos, comer delante de los apuntes, no salir, abandonar aficiones…

Puede que inicialmente estos cambios parezcan temporales. Pero algunas oposiciones se prolongan durante años.

Por eso es importante preguntarte qué consecuencias puede tener para tu bienestar mantener esas renuncias durante tanto tiempo.

Algunas preguntas para ti

  • ¿Qué actividad física disfrutabas antes de empezar a opositar?
  • ¿Cuándo decidiste que ya no tenías tiempo para ella?
  • ¿Qué crees que ocurriría si reservaras veinte minutos para moverte?
  • ¿Tienes expectativas demasiado exigentes respecto al deporte?
  • ¿Cuál sería el primer paso que podrías dar esta semana?

No necesitas esperar a aprobar para volver a cuidar tu cuerpo.

La oposición es una parte importante de tu vida, pero tu salud sigue necesitando atención durante el camino.

Y recuerda: cuidarte hoy también importa, aunque todavía no sepas cuándo llegará el examen.

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Artículos autocuidado bienestar EMDR Trauma

Cuando ocurre una tragedia: qué sucede en nuestro cerebro y cómo puede aparecer el trauma psicológico

Comprender nuestras reacciones ante una experiencia extrema también es una forma de prevenir el sufrimiento.

Hay noticias que nos detienen. Noticias que nos recuerdan, de forma repentina y dolorosa, que la vida puede cambiar en unos segundos.

El accidente ferroviario ocurrido en Toledo nos ha enfrentado de nuevo al sufrimiento de muchas personas y familias. Detrás de las imágenes y las cifras hay vidas, historias, vínculos y proyectos que merecen todo nuestro respeto.

Cuando sucede una tragedia de estas características, pensamos en quienes han perdido la vida, en sus familias, en las personas heridas y en quienes han tenido que enfrentarse a una situación que jamás imaginaron vivir. También nos preguntamos qué ocurre psicológicamente después de una experiencia así.

Como psicóloga y terapeuta EMDR, considero importante explicar algo que a veces queda oculto detrás de las noticias: nuestro cerebro y nuestro cuerpo pueden responder de maneras muy diferentes ante una situación extrema, y comprender esas respuestas puede ayudarnos a acompañar mejor y a evitar sufrimiento añadido.

Nuestro cerebro está preparado para detectar amenazas

Imaginemos a una persona que viaja tranquilamente en un tren. Quizá está leyendo, trabajando, durmiendo o pensando en lo que hará cuando llegue a su destino.

De repente, ocurre algo inesperado. Un ruido, un movimiento violento, una sensación de peligro.

En una situación así, el organismo puede activar rápidamente sistemas relacionados con la supervivencia. Las estructuras cerebrales implicadas en detectar amenazas, los circuitos autonómicos y los sistemas hormonales del estrés comienzan a movilizar recursos para responder.

La amígdala participa en el procesamiento de la relevancia emocional y las amenazas. El hipocampo contribuye a organizar los recuerdos y su contexto. Las redes de la corteza prefrontal intervienen, entre otras funciones, en la valoración de situaciones, la atención y la regulación de las respuestas emocionales.

Estas estructuras no funcionan de manera independiente. Forman parte de redes complejas que interactúan continuamente.

Ante un peligro intenso, nuestra atención puede estrecharse y concentrarse en determinados estímulos. El corazón puede acelerarse, los músculos tensarse y nuestra capacidad para pensar con claridad o tomar decisiones complejas puede verse alterada.

No significa que el cerebro racional se haya desconectado por completo. Significa que, bajo condiciones extremas, cambia la manera en que distribuimos nuestros recursos de atención y respuesta.

Y esto ayuda a entender por qué, durante una tragedia, las personas no siempre actúan como creen que lo harían.

Luchar, huir, quedarse inmóvil: no elegimos todas nuestras respuestas

Cuando hablamos de situaciones traumáticas, solemos escuchar que las personas luchan o huyen.

Pero las respuestas humanas ante el peligro son mucho más complejas.

Algunas personas actúan con rapidez, buscan una salida o ayudan a quienes tienen cerca. Otras se quedan inmóviles durante unos instantes. Algunas lloran, gritan o parecen desorientadas. Otras muestran una calma sorprendente y realizan acciones automáticas.

También puede aparecer una sensación de desconexión: vivir lo que ocurre como si fuera irreal, percibir el tiempo de una manera extraña o sentirse emocionalmente distante.

No hay una reacción que, por sí sola, demuestre mayor fortaleza o debilidad.

Esto es especialmente importante porque después pueden aparecer preguntas dolorosas:

«¿Por qué no reaccioné antes?».

«¿Por qué me quedé paralizado?».

«¿Por qué ayudé a una persona y no a otra?».

«¿Cómo pude salir de allí sin darme cuenta de lo que estaba pasando?».

Estas preguntas pueden acompañarse de una culpa intensa, aunque la persona estuviera actuando bajo unas condiciones de amenaza y limitación extraordinarias.

Comprender las respuestas de supervivencia no significa que todas las conductas sean involuntarias ni que no podamos aprender a actuar en emergencias. Significa que no debemos juzgar retrospectivamente lo ocurrido como si una persona hubiera dispuesto de toda la información, el tiempo y la seguridad necesarios para elegir.

¿Por qué algunos “recuerdos” siguen apareciendo después?

El “recuerdo” de una experiencia extrema puede ser especialmente intenso.

Algunas personas conservan imágenes muy vivas de determinados momentos, sonidos, olores o sensaciones corporales. Se repten se reviven porque no está integrado como sería un recuerdo como lo conocemos. Otras presentan relatos incompletos, dificultades para establecer la secuencia de lo sucedido o lagunas relacionadas con determinadas circunstancias.

No existe un patrón único de memoria traumática.

El estrés intenso puede influir en cómo se codifica, consolida y recupera la información. En algunas personas, ciertos estímulos asociados al acontecimiento pueden desencadenar recuerdos involuntarios acompañados de miedo o malestar físico.

Imaginemos a alguien que ha sobrevivido a un accidente ferroviario. Semanas después, escucha un ruido metálico inesperado y experimenta una reacción intensa de alarma. Puede saber perfectamente que está en su casa, pero su organismo responde con un miedo desproporcionado a la situación presente.

No significa necesariamente que esté reviviendo literalmente todo el accidente. Puede tratarse de una respuesta condicionada a un estímulo que ha adquirido una fuerte asociación con el peligro.

En el trastorno de estrés postraumático, además, pueden aparecer recuerdos intrusivos, evitación, cambios persistentes en el estado emocional y las creencias, y un aumento de la sensación de amenaza.

La persona no elige deliberadamente estas reacciones.

Y comprenderlo resulta fundamental para dejar de interpretar su sufrimiento como falta de voluntad.

Una tragedia no conduce inevitablemente a un trauma psicológico persistente

Es importante diferenciar entre vivir un acontecimiento potencialmente traumático y desarrollar un trastorno psicológico.

Después de una experiencia extrema pueden aparecer miedo, tristeza, irritabilidad, dificultad para dormir, problemas de concentración, imágenes que vuelven sin querer o una necesidad intensa de permanecer acompañado.

Muchas de estas reacciones pueden formar parte de la respuesta inicial al estrés.

Con el paso de los días y las semanas, numerosas personas experimentan una mejoría progresiva, especialmente cuando cuentan con seguridad, apoyo y condiciones favorables para recuperarse.

Otras presentan dificultades persistentes y necesitan atención especializada.

La evolución depende de múltiples factores: la intensidad y las características de lo vivido, las lesiones físicas, las pérdidas, los antecedentes personales, los recursos disponibles, el apoyo social y las dificultades que aparecen después.

Porque una tragedia puede no terminar cuando acaba el peligro inmediato.

Una persona puede sobrevivir al accidente y después afrontar una recuperación física prolongada, incertidumbre laboral, problemas económicos o la pérdida de alguien querido.

Todos esos acontecimientos también forman parte de su proceso de adaptación.

¿Qué puede ayudar al cerebro y al organismo a recuperar seguridad?

No existe una fórmula que garantice evitar las consecuencias psicológicas de una tragedia.

Pero sí conocemos condiciones que pueden favorecer la recuperación.

La seguridad física y la atención médica son prioritarias. También lo son recibir información comprensible, cubrir necesidades básicas, contar con personas de confianza y recuperar progresivamente cierta capacidad de decisión.

Poder elegir si queremos hablar, descansar, estar acompañados o pedir ayuda puede ser importante en momentos en los que sentimos que hemos perdido el control.

Las rutinas, cuando las circunstancias lo permiten, también pueden proporcionar estabilidad. Comer, dormir, ejercicio físico, mantener algunos vínculos y recuperar actividades cotidianas ayudan a reconstruir cierta previsibilidad.

No debemos convertir estos cuidados en obligaciones. Nadie necesita recibir una nueva lista de exigencias después de haber vivido algo terrible.

Comprender no significa apresurar la recuperación

A veces queremos que las personas afectadas hablen, expresen todo lo que sienten y comiencen cuanto antes a superar lo vivido.

Sin embargo, no todas necesitan lo mismo ni están preparadas para hacerlo en el mismo momento.

Hablar puede ayudar cuando existe deseo, seguridad y un contexto adecuado. Pero obligar a contar repetidamente una experiencia dolorosa no es una forma de prevención psicológica.

Del mismo modo, permanecer en silencio no significa necesariamente estar bloqueado ni necesitar una intervención inmediata.

Lo importante es escuchar, observar la evolución y ofrecer ayuda ajustada a cada persona.

Si el malestar es muy intenso, empeora o interfiere significativamente en la vida cotidiana, es importante realizar una valoración profesional. No es necesario esperar meses para consultar.

Cuando ocurre una tragedia, no podemos borrar lo sucedido ni garantizar que todas las personas se recuperen sin dificultades.

Pero podemos comprender mejor las respuestas humanas ante el peligro, evitar juicios injustos y construir entornos que favorezcan la seguridad y el apoyo.

No todas las personas que sobreviven a una experiencia extrema desarrollarán un problema psicológico, trauma, estrés post traumático. Y quienes sí lo desarrollen pueden beneficiarse de tratamientos eficaces.

El trauma no debe convertirse en una etiqueta inevitable para cualquier persona que ha sufrido. Y la recuperación tampoco puede ser en una obligación apresurada.

Detrás de cada reacción hay una persona, unas circunstancias y una historia que merecen ser comprendidas.

Y comprender también es una manera de cuidar.

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Te abrazo.

Yolanda Cuevas Ayneto

Terapeuta EMDR especializada en trauma

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Artículos autocuidado bienestar Parejas Trauma

LOS 10 FANTASMAS QUE ASUSTAN AL AMOR

Hay miedos que se instalan en las relaciones sin que nos demos cuenta.

Hay fantasmas que no aparecen en las películas de terror. Se sientan a cenar contigo, duermen a tu lado y, poco a poco, pueden instalarse en tu relación.

No hacen ruido al entrar. No llevan sábanas blancas ni atraviesan paredes. Se esconden en conversaciones que evitamos, en silencios que se alargan, en gestos que dejamos de tener, en discusiones que se repiten y en heridas que siguen doliendo aunque hayan pasado muchos años.

Algunos llegan con nosotros, porque forman parte de nuestra historia. Otros aparecen por lo que sucede dentro de la propia relación. Y también están los que crecen silenciosamente entre las prisas, las responsabilidades y esa peligrosa sensación de que, como ya estamos juntos, el amor se cuidará solo.

En consulta veo cómo muchas parejas llegan preocupadas por lo que les está pasando, pero no siempre consiguen identificar qué hay debajo de sus discusiones o de su distanciamiento. Uno reclama atención mientras el otro siente que nunca hace suficiente. Uno necesita hablar y el otro se encierra en el silencio. Alguien tiene miedo de perder a su pareja y, sin darse cuenta, termina intentando controlarla.

Y así, dos personas que se quieren pueden acabar haciéndose daño.

He querido aprovechar Halloween para poner nombre a diez fantasmas que pueden aparecer en nuestras relaciones. Mi intención es que puedas reconocerlos, comprender qué los alimenta y preguntarte qué parte de responsabilidad tienes en la manera de afrontarlos.

Porque hay algo que considero importante: conocer nuestra historia emocional puede ayudarnos a entender nuestras reacciones, pero también necesitamos mirar qué estamos haciendo hoy con ellas.

Vamos a conocerlos.

1. El fantasma del abandono

«Tengo miedo de que un día dejes de elegirme».

Hay personas para las que una discusión es simplemente una discusión. Para otras, puede despertar un miedo enorme a que la relación termine.

Un mensaje que tarda en llegar, una pareja que necesita pasar tiempo a solas o una tarde en la que está menos cariñosa pueden vivirse como señales de que algo malo está a punto de suceder.

En ocasiones, detrás de esta angustia encontramos experiencias anteriores de abandono, rechazo, pérdidas o relaciones en las que el cariño era imprevisible. La persona aprendió que los vínculos podían romperse inesperadamente y ahora intenta anticiparse a cualquier señal de distancia.

El problema aparece cuando ese miedo comienza a dirigir la relación. Se buscan confirmaciones constantes de amor, se interpretan pequeños cambios como amenazas o se necesita una seguridad que ninguna pareja puede garantizar por completo.

Y puede producirse una paradoja dolorosa: cuanto más miedo tenemos de perder al otro, más comportamientos ponemos en marcha que pueden generar tensión y distancia.

Sentir miedo al abandono merece comprensión, especialmente cuando está relacionado con experiencias dolorosas. Pero también es importante aprender a reconocer cuándo estamos reaccionando ante una situación real y cuándo se está activando una herida anterior.

Para reflexionar: ¿Le estás pidiendo a tu pareja que te quiera o que te garantice que nunca vas a sufrir?

2. El fantasma de la indiferencia

«Me duele sentir que ya no me miras».

No todas las parejas se alejan entre gritos o grandes conflictos. Algunas lo hacen mientras preparan la cena, consultan el móvil o hablan de quién recoge a los niños.

Siguen organizando la casa, haciendo planes y compartiendo responsabilidades, pero cada vez saben menos de lo que siente la persona con la que viven.

La relación se llena de conversaciones prácticas: «¿Has comprado pan?», «¿A qué hora llegas?», «¿Quién lleva mañana el coche?». Y van desapareciendo otras preguntas: «¿Cómo estás de verdad?», «¿Qué te preocupa últimamente?», «¿Hay algo que necesites de mí?».

La indiferencia duele porque podemos acabar sintiéndonos invisibles para quien más nos importa.

No significa necesariamente que el amor haya desaparecido. El cansancio, el estrés o las exigencias de la vida pueden reducir nuestra disponibilidad emocional. Pero si esa desconexión se mantiene y nadie hace nada por atenderla, la distancia puede hacerse cada vez mayor.

Hay personas que dejan de compartir sus alegrías o preocupaciones porque sienten que su pareja apenas muestra interés. Y cuando alguien deja de buscarte para contarte lo que le pasa, conviene preguntarse qué ha ocurrido antes.

A veces recuperar la conexión comienza con algo aparentemente sencillo: volver a mirar, escuchar y mostrar curiosidad por la persona que tenemos delante.

Para reflexionar: ¿Cuándo fue la última vez que te interesaste por cómo está tu pareja, más allá de cómo le ha ido el día?

3. El fantasma de la desconfianza

«Quiero creerte, pero algo dentro de mí sigue dudando».

Cuando se rompe la confianza, no siempre basta con pedir perdón y prometer que no volverá a ocurrir.

Una mentira importante, una infidelidad, un secreto mantenido durante mucho tiempo o varias promesas incumplidas pueden dejar a una persona preguntándose constantemente si aquello volverá a suceder.

Quien ha sido herido necesita recuperar seguridad. Quien ha causado el daño puede sentirse frustrado porque, después de disculparse, su pareja sigue desconfiando.

Entonces aparecen conversaciones como: «¿Todavía seguimos con lo mismo?», «Ya te dije que no volvería a pasar» o «Si no confías en mí, no podemos continuar».

Pero recuperar la confianza requiere algo más que dar por cerrado un episodio.

Es necesario comprender el daño causado, escuchar lo que ha supuesto para la otra persona, asumir responsabilidades y demostrar con comportamientos consistentes que las cosas están cambiando.

También es importante que la reconstrucción no se convierta en una vigilancia permanente. Si ambos desean continuar, necesitarán encontrar una forma de reparar el vínculo que no consista en vivir indefinidamente bajo sospecha.

Y en algunas ocasiones la confianza no consigue recuperarse. Reconocerlo también puede ser parte de una decisión responsable.

Para reflexionar: ¿Estáis reparando lo que ocurrió o esperando que el tiempo lo borre?

4. El fantasma del pasado

«Sé que tú no eres quien me hizo daño, pero hay cosas que todavía me duelen».

No empezamos una relación desde cero.

Llegamos con una historia, con lo que aprendimos sobre el amor en nuestra familia, con nuestras experiencias de pareja anteriores y con determinadas maneras de protegernos.

Imagina que una persona creció en un hogar donde los silencios significaban enfados que podían durar días. Años después, cuando su pareja necesita un rato para tranquilizarse tras una discusión, puede experimentar una angustia enorme.

O alguien que vivió una infidelidad y ahora siente una gran inseguridad cuando su nueva pareja sale con amigos.

Es posible que su reacción tenga más relación con lo que vivió anteriormente que con lo que está sucediendo en ese momento.

Nuestro cerebro aprende de la experiencia y nuestro sistema nervioso puede reaccionar con especial intensidad ante situaciones que recuerdan a peligros pasados.

Comprender esto puede ayudar muchísimo a las parejas. Permite dejar de interpretar todas las reacciones como ataques personales y empezar a interesarse por lo que está ocurriendo emocionalmente.

Sin embargo, tener una herida anterior no significa que podamos responsabilizar a nuestra pareja actual de lo que hicieron otras personas.

Podemos pedir comprensión y apoyo mientras trabajamos aquello que sigue afectándonos. Y nuestra pareja puede acompañarnos sin convertirse en responsable de reparar toda nuestra historia.

Para reflexionar: ¿Qué parte de tus reacciones pertenece a esta relación y cuál podría venir de una historia anterior?

5. El fantasma de las discusiones que nunca terminan

«Siempre acabamos haciéndonos daño por lo mismo».

Hay parejas que discuten durante años sobre los mismos asuntos.

Puede cambiar el motivo: un comentario, un retraso, las tareas de casa o una decisión familiar. Pero llega un momento en el que ambos reconocen perfectamente lo que va a suceder.

Uno reclama, el otro se defiende. Uno insiste, el otro se aleja. Aparecen reproches antiguos, sube el tono de voz y terminan sintiéndose solos, enfadados e incomprendidos.

Lo curioso es que muchas veces los dos desean lo mismo: sentirse escuchados y queridos. Sin embargo, sus intentos de conseguirlo acaban alejándolos.

Detrás de una discusión por una tarea doméstica puede existir la sensación de no ser valorado. Detrás de una queja por falta de tiempo puede haber tristeza por la distancia emocional. Y detrás de una respuesta defensiva puede aparecer el miedo a sentirse nuevamente insuficiente.

Por eso es tan importante aprender a mirar más allá del motivo inmediato de una discusión.

Conviene preguntarnos qué está intentando comunicar cada uno, cómo respondemos cuando nos sentimos heridos y qué hacemos que termina empeorando el conflicto.

Discutir no significa necesariamente que una relación esté mal. La cuestión es cómo discutimos, qué hacemos después y si somos capaces de aprender algo de lo ocurrido.

Para reflexionar: ¿Queréis resolver el problema o necesitáis ganar la discusión?

6. El fantasma del control

«Si me quieres, deberías hacer esto por mí».

El control puede entrar en una relación disfrazado de preocupación.

«Te pregunto dónde estás porque me importas».

«No me gusta que quedes con esa persona porque te quiero».«Si sabes que me molesta, ¿por qué lo haces?».

Es comprensible que las parejas tengan inseguridades, necesidades diferentes y momentos de celos. Lo importante es qué hacemos con esas emociones.

Podemos expresar que algo nos incomoda, hablar de nuestras expectativas o pedir acuerdos. Pero eso es diferente de vigilar, amenazar, imponer prohibiciones o conseguir que la otra persona renuncie a su libertad para evitar nuestra reacción.

En algunas relaciones, quien recibe estas exigencias empieza a modificar su comportamiento sin apenas darse cuenta. Deja de quedar con determinadas amistades, evita contar ciertas cosas o pide permiso para decisiones que antes tomaba libremente.

Y eso merece especial atención.

El amor necesita confianza, respeto y capacidad para reconocer que nuestra pareja es una persona independiente.

Cuando el control se mantiene mediante miedo, intimidación o coerción, hablamos de una situación que puede constituir maltrato. En esos casos, la prioridad debe ser la seguridad de quien lo sufre, no buscar que ambas personas cedan por igual.

Para reflexionar: ¿Tu pareja puede decirte que no sin miedo a tu reacción?

7. El fantasma del deseo que se apaga

«Echo de menos sentir que me deseas».

El deseo no permanece igual durante todas las etapas de una relación.

El cansancio, el estrés, la crianza, los cambios hormonales, los problemas de salud, las preocupaciones o determinados conflictos pueden influir en nuestra vida sexual.

Sin embargo, muchas parejas viven estos cambios con una enorme dificultad para hablar de ellos.

Quien desea tener más encuentros íntimos puede interpretar la falta de iniciativa de su pareja como rechazo. Quien experimenta menos deseo puede sentirse presionado, culpable o insuficiente.

Y así, algo que debería poder hablarse con confianza termina convirtiéndose en una fuente de distancia.

También conviene recordar que la intimidad no se reduce a las relaciones sexuales. Incluye las caricias, el afecto, las conversaciones, la complicidad y esas pequeñas formas de acercarnos que mantienen viva la conexión.

Hay parejas que necesitan recuperar espacios compartidos; otras, revisar conflictos que están afectando a la intimidad. Algunas necesitan comprender mejor sus diferencias de deseo y encontrar formas de vivirlas sin culpa ni exigencias.

Lo importante es que ambos puedan expresar cómo se sienten sin convertir el deseo en una obligación ni interpretar automáticamente sus diferencias como falta de amor.

Para reflexionar: ¿Podéis hablar de vuestra intimidad sin convertir las diferencias de deseo en culpa o presión?

8. El fantasma del desequilibrio

«Estoy cansada de tener que ocuparme de todo».

Hay un cansancio que no siempre se ve.

Es el de quien recuerda las citas médicas, organiza las compras, está pendiente de los niños, anticipa lo que falta en casa, propone los planes familiares y además suele iniciar las conversaciones importantes de pareja.

No hablamos únicamente de hacer tareas. También hablamos del esfuerzo mental de estar pendiente de que las cosas sucedan.

En algunas relaciones, una persona siente que si ella no se ocupa, nada se hace. Mientras tanto, la otra puede creer sinceramente que existe un reparto equilibrado porque participa en determinadas tareas.

Cuando esta situación se prolonga, puede aparecer resentimiento, agotamiento y una sensación dolorosa de estar sosteniendo demasiado en soledad.

Y eso también afecta al amor.

Resulta difícil mantener la complicidad y el deseo de compartir tiempo cuando una persona siente que su pareja no reconoce todo lo que está haciendo.

Revisar el equilibrio de una relación implica hablar de responsabilidades, iniciativa, disponibilidad emocional y reconocimiento. No basta con decir «pídeme ayuda» cuando lo que se necesita es compartir la responsabilidad.

Para reflexionar: ¿Qué está sosteniendo tu pareja que tú apenas ves o reconoces?

9. El fantasma de dejar de crecer juntos

«Siento que estamos viviendo vidas diferentes».

Las personas cambiamos a lo largo de la vida.

No necesitamos lo mismo a los veinte que a los cuarenta o a los sesenta. Evolucionan nuestros intereses, nuestra manera de entender el amor, nuestras prioridades y nuestros proyectos.

Y esto también sucede dentro de una pareja.

El problema aparece cuando dejamos de interesarnos por esos cambios y seguimos relacionándonos con una imagen antigua de la persona que tenemos al lado.

Quizá tu pareja ahora necesita más tranquilidad, desea explorar nuevas aficiones, tiene otras preocupaciones o está revisando aspectos importantes de su vida.

¿Lo sabes? ¿Habéis hablado de ello?

Algunas parejas llevan tantos años juntas que creen conocerse perfectamente. Y precisamente esa familiaridad puede hacer que dejen de preguntarse quién es hoy la otra persona.

Crecer juntos no significa compartir absolutamente todos los intereses ni evolucionar al mismo ritmo. Significa mantener viva la curiosidad, respetar los cambios y buscar espacios donde seguir encontrándonos.

Porque el amor también necesita actualizarse.

Para reflexionar: ¿Sigues enamorándote de la persona que tu pareja es hoy o intentas recuperar a la que era hace años?

10. El fantasma de sentirse solo estando acompañado

«Lo que más me duele es sentir que no puedo contar contigo».

Hay una soledad especialmente dolorosa: la que se experimenta al lado de alguien a quien queremos.

No tiene que ver necesariamente con pasar poco tiempo juntos. Podemos compartir casa, cama, vacaciones y reuniones familiares y, sin embargo, sentir que nuestra pareja está emocionalmente muy lejos.

Ocurre cuando necesitamos consuelo y encontramos indiferencia, cuando intentamos hablar de algo importante y recibimos respuestas que minimizan nuestro malestar o cuando aprendemos que mostrar nuestra vulnerabilidad termina en discusión.

Con el tiempo, algunas personas dejan de compartir lo que sienten.

No porque hayan dejado de necesitar apoyo, sino porque han aprendido a no esperarlo.

Y cuando dejamos de buscar a nuestra pareja en los momentos difíciles, algo importante puede estar deteriorándose.

Sentirnos acompañados implica saber que podemos acudir al otro, que nuestras emociones tienen espacio y que no necesitamos aparentar fortaleza permanentemente.

No siempre podremos ofrecer la respuesta perfecta. Habrá días de cansancio, preocupaciones y dificultades personales. Pero podemos mostrar disponibilidad, escuchar y hacer sentir al otro que lo que le ocurre nos importa.

Para reflexionar: ¿Tu pareja siente que puede acudir a ti cuando está vulnerable o ha aprendido a guardarse lo que le pasa?

El miedo más grande quizá no sea perder a tu pareja…

Quizá sea perder la conexión mientras seguís juntos.

Dejar de preguntar, de escuchar, de agradecer, de miraros con curiosidad. Dar por hecho que el amor seguirá ahí aunque dejemos de cuidarlo.

Las relaciones no suelen deteriorarse por un único acontecimiento. En muchas ocasiones se acumulan pequeñas decepciones, conversaciones pendientes, necesidades que no se expresan y comportamientos que terminan convirtiéndose en costumbre.

Hasta que alguien dice: «Ya no estamos como antes».

Lo interesante es preguntarse qué ocurrió durante ese tiempo, qué dejamos de hacer, qué empezamos a tolerar y qué podríamos haber atendido antes.

También es importante reconocer que no todos estos fantasmas tienen el mismo origen.

Algunos están relacionados con nuestras experiencias anteriores y necesitan un trabajo personal. Otros aparecen por dinámicas que se han construido dentro de la pareja y requieren cambios compartidos. Y otros tienen que ver con circunstancias externas que nos están sobrepasando.

Comprender esa diferencia puede ayudarnos a dejar de buscar culpables y empezar a identificar responsabilidades.

Porque conocer las heridas de nuestra pareja puede ayudarnos a acompañarla mejor, pero no significa que debamos aceptar conductas que nos dañan. Del mismo modo, comprender nuestra propia historia no nos exime de responsabilizarnos de cómo tratamos a los demás.

El amor necesita afecto, pero también conversaciones incómodas, capacidad de reparar, límites, reconocimiento y voluntad de revisar aquello que hacemos.

Y no siempre las dos personas están igualmente dispuestas a trabajar. Una relación no puede sostenerse indefinidamente sobre el esfuerzo de una sola.

Una invitación a mirar vuestra relación de otra manera

Te propongo un ejercicio.

Puedes responder estas preguntas individualmente y, si existe suficiente seguridad y disposición para escucharos, compartir después algunas respuestas con tu pareja.

No es un examen para comprobar quién lo hace mejor. La intención es conoceros, entender qué os está pasando y descubrir qué necesita atención.

Preguntas para tomar conciencia

  1. ¿Qué fantasma reconoces más en tu relación actual? ¿Desde cuándo está presente y qué situaciones lo hacen aparecer?
  2. ¿Qué suele dolerte de tu pareja que todavía no has conseguido explicarle bien? ¿Qué necesitarías que comprendiera?
  3. ¿Qué comportamiento tuyo crees que hace sufrir a tu pareja, aunque no sea tu intención?
  4. ¿Hay alguna herida de tu historia personal que se active en vuestra relación? ¿Cómo reaccionas cuando aparece?
  5. ¿Qué has dejado de pedir porque te has cansado de no sentirte escuchado?
  6. ¿Qué parte de la relación estás dando por sentada? ¿Qué gestos de cuidado, complicidad o reconocimiento has ido abandonando?
  7. Cuando discutís, ¿qué intentas proteger realmente? ¿Tu necesidad de sentirte querido, de tener razón, de ser reconocido, de no sentirte abandonado?
  8. ¿Qué necesita tu pareja de ti en esta etapa de su vida que quizá antes no necesitaba? ¿Lo sabes o lo estás suponiendo?
  9. ¿Qué conversación estáis evitando porque teméis lo que pueda suceder al tenerla?
  10. ¿Qué podrías empezar a hacer de forma diferente esta semana para que tu pareja se sintiera más cuidada, escuchada o respetada?

Y una pregunta que considero especialmente importante

Si tu pareja tuviera que describir cómo se siente estando contigo, ¿qué crees que diría?

No lo que tú intentas transmitirle. No cuánto consideras que haces por ella. Sino cómo crees que vive realmente la relación.

Puede ser una pregunta incómoda, pero también una oportunidad para descubrir aspectos que quizá no estábamos viendo.

Trabajarse también es una manera de amar

Hay algo que me gustaría destacar para terminar.

Cuando hablamos de cuidar una relación, solemos pensar en hacer planes juntos, recuperar momentos de intimidad, viajar, sorprender al otro o dedicarle más tiempo.

Todo eso puede ser valioso.

Pero también cuidamos el amor cuando aprendemos a gestionar mejor nuestra frustración, cuando revisamos nuestras inseguridades, cuando dejamos de utilizar el silencio para castigar, cuando somos capaces de pedir perdón sin justificarnos continuamente o cuando aprendemos a escuchar algo que nos incomoda sin responder inmediatamente a la defensiva.

Trabajarse personalmente también puede beneficiar profundamente a la relación.

Y eso no significa asumir toda la responsabilidad de lo que sucede ni esforzarse por mantener cualquier vínculo a cualquier precio. Significa reconocer que nuestras experiencias, decisiones y comportamientos influyen en la manera en que nos relacionamos.

Quizá no podamos evitar que algunos fantasmas aparezcan. Los miedos, las diferencias, las pérdidas y las dificultades forman parte de la vida.

Pero sí podemos aprender a reconocer cuándo se están instalando, preguntarnos qué los alimenta y decidir qué queremos hacer con ellos.

Porque el amor no se cuida únicamente cuando todo va bien. También se cuida cuando tenemos la valentía de mirar aquello que nos está alejando.

Y ahora te pregunto:

¿Qué fantasma está ocupando demasiado espacio en vuestra relación?

¿Qué necesitas trabajar en ti para que ese miedo deje de dirigir tus reacciones?

¿Y qué necesitaríais cambiar entre los dos para volver a sentiros más cerca?

Quizá este Halloween sea una buena ocasión para descubrir que algunos de los fantasmas que más nos asustan no viven en casas encantadas.mViven en conversaciones que seguimos posponiendo.

Aquí te dejo un nuevo recurso AMOR 52 semanas para cuidar la relación de pareja

Yolanda Cuevas
Psicóloga especializada en EMDR y trauma. Terapia de pareja EFT. Instructora en mindfulness y respiración.

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Cuando la frustración se apodera de ti: aprender a sentirla sin dejar que decida por ti

Hay momentos en los que lo que más daño nos hace no es lo que ha sucedido, sino cómo hemos reaccionado ante ello.

Piensa en la última vez que algo no salió como esperabas. Una conversación que terminó mal, un plan que se estropeó, una respuesta que no llegó, alguien que no hizo lo que tú considerabas lógico, una equivocación tuya después de mucho esfuerzo.

¿Cómo reaccionaste?

Puede que te enfadaras más de lo que te hubiera gustado. Que levantaras la voz, dijeras algo hiriente, te encerraras en el silencio o mandaras un mensaje del que después te arrepentiste. Tal vez abandonaste algo importante porque no estaba saliendo como querías, o pasaste el resto del día de mal humor, haciendo pagar a otras personas algo que ni siquiera tenía que ver con ellas.

Y después, cuando todo pasó, llegó esa sensación tan conocida.

«No tendría que haber reaccionado así».

«He vuelto a hacerlo».

«No era para tanto».

«¿Por qué me pongo de esta manera?».

Es curioso cómo cambia nuestra forma de ver las cosas cuando disminuye la intensidad emocional. Lo que hace unas horas parecía insoportable ahora resulta más manejable. Encontramos otras explicaciones, se nos ocurren soluciones y podemos reconocer que había más de una manera de responder.

Pero lo que dijimos ya está dicho. La oportunidad que abandonamos puede haberse perdido. La persona a la que queríamos cuidar quizá terminó herida. Y a la frustración inicial se suma una nueva carga: la culpa.

La frustración ha pasado, pero las consecuencias de nuestra reacción pueden permanecer.

Por eso quiero hablarte de esta emoción. Porque no podemos evitar que aparezca, ni sería saludable intentarlo, pero sí podemos aprender a relacionarnos con ella de otra manera.

¿Qué es realmente la frustración y por qué puede afectarnos tanto?

La frustración aparece cuando existe una distancia entre lo que deseamos, necesitamos o esperamos y lo que finalmente sucede.

Querías que te escucharan y te interrumpieron. Habías organizado tu día y surgió un imprevisto. Esperabas reconocimiento por tu esfuerzo y nadie lo valoró. Pensabas que ibas a conseguir algo y recibiste un no.

En todos estos ejemplos hay algo en común: la realidad no ha respondido a tus expectativas.

La frustración es una experiencia humana normal. Nos informa de que algo nos importa, de que encontramos un obstáculo o de que una necesidad no ha sido satisfecha. Puede ayudarnos a reconocer problemas, revisar decisiones, perseverar o buscar alternativas.

El problema aparece cuando esa emoción adquiere tanta intensidad que dejamos de escuchar lo que nos está diciendo y empezamos a actuar exclusivamente desde ella.

Hay personas que la experimentan como un enfado intenso. Otras lloran, se bloquean, se desesperan o sienten una enorme necesidad de abandonar. También hay quienes no expresan su frustración hacia fuera, pero se castigan internamente con pensamientos muy duros.

Una misma situación puede provocar respuestas completamente diferentes. Para alguien, un cambio de planes será una molestia pasajera. Para otra persona, puede convertirse en una experiencia de descontrol que arruine toda su tarde.

La diferencia no siempre está en lo que ha ocurrido, sino en lo que esa situación significa para cada persona, en su historia y en los recursos que tiene disponibles en ese momento.

¿Por qué algunas personas toleran tan mal la frustración?

Me parece importante explicar esto porque, cuando alguien se desborda con frecuencia, suele recibir comentarios como «tienes que aprender a controlarte», «no es para tanto» o «te enfadas por cualquier cosa».

Esas frases pocas veces ayudan a comprender lo que está sucediendo.

La tolerancia a la frustración se desarrolla a lo largo de la vida, influida por el temperamento, las experiencias de aprendizaje, las relaciones, las circunstancias y las habilidades de regulación emocional.

Hay personas que crecieron en entornos donde apenas se les permitió equivocarse. Un error podía traer críticas, humillaciones o rechazo. Para ellas, las cosas que salen mal pueden despertar emociones que van mucho más allá de una simple decepción.

Otras aprendieron que había que conseguir resultados, hacerlo todo bien y no perder el control. Cuando algo se tuerce, lo viven como un fracaso personal.

También hay quienes crecieron viendo a los adultos responder a los contratiempos con gritos, amenazas, silencios prolongados o desesperación. Si nadie nos enseña otras formas de gestionar el malestar, podemos acabar repitiendo aquello que conocemos.

Y hay personas que han pasado por experiencias difíciles, situaciones de inseguridad o relaciones en las que no tenían capacidad para decidir. En algunas de ellas, perder el control de una situación actual puede activar una sensación de amenaza que resulta desproporcionada respecto al acontecimiento presente.

Desde mi trabajo con el trauma, considero importante explorar estas conexiones, sin asumir que toda dificultad para gestionar la frustración tiene necesariamente un origen traumático.

A ello hay que añadir algo que olvidamos con facilidad: el estado en el que llegamos a una situación.

Cuando llevas días durmiendo mal, soportando demasiada presión, acumulando responsabilidades o sintiendo que nadie cuenta contigo, tu margen para tolerar un nuevo contratiempo puede ser mucho menor.

Por eso conviene sustituir una pregunta que juzga por otra que ayuda a comprender.

En lugar de preguntarte «¿qué me pasa para ponerme así?», prueba con:

«¿Qué está haciendo que esto resulte tan difícil de soportar para mí?».

Cuando detrás de la frustración hay algo más

Imagina que has quedado con tu pareja y, a última hora, te dice que tiene que cancelar el plan.

Te enfadas muchísimo. Contestas con frialdad, haces algún reproche y terminas diciendo que ya no quieres organizar nada más.

Pero ¿qué ha sucedido realmente dentro de ti?

Puede que la cancelación te haya hecho sentir poco importante. Que te haya recordado otras ocasiones en las que percibiste que no contaban contigo. O que llevaras días necesitando compartir tiempo y ese encuentro tuviera para ti un significado especial.

Lo mismo puede ocurrir cuando alguien no responde a un mensaje, cuando un compañero cuestiona nuestro trabajo o cuando un hijo no hace lo que le pedimos.

La situación visible es una parte de la historia. Nuestra interpretación, nuestras necesidades y lo que hemos aprendido en experiencias anteriores también pueden participar en la reacción.

Por eso, cuando la frustración es recurrente o especialmente intensa, aprender técnicas para tranquilizarse puede ser útil, pero merece la pena investigar qué está activándose y por qué.

La trampa de querer que todo sea como tú esperabas

Una de las grandes dificultades para tolerar la frustración es convertir nuestros deseos en exigencias.

Me gustaría que mi pareja me comprendiera, por supuesto. Pero puedo empezar a sufrir mucho más si pienso que tiene que comprenderme siempre y de la manera que yo espero.

Quiero que las cosas salgan bien. Es legítimo. Pero puedo hacerme daño si interpreto que no puedo soportar que algo salga mal.

Me gustaría que alguien reconociera mi esfuerzo. Sin embargo, si mi bienestar depende por completo de recibir ese reconocimiento, quedaré muy expuesto a las respuestas de los demás.

Hay una diferencia enorme entre desear algo intensamente y considerar insoportable que no suceda.

No todo lo que queremos depende de nosotros. Ni las personas van a responder siempre como esperamos, ni todos los esfuerzos tendrán el resultado deseado, ni la vida será justa en todas las circunstancias.

Aceptar esta realidad no significa resignarse, permitir faltas de respeto o dejar de luchar por lo importante.

Significa reconocer que hay situaciones que podemos cambiar y otras ante las que tendremos que aprender a responder sin destruir nuestro bienestar por el camino.

Y también significa reconocer las injusticias reales: algunas frustraciones nacen de condiciones laborales abusivas, dificultades económicas, desigualdades o relaciones dañinas. En esos casos, regularse puede ayudarnos a actuar con más claridad, pero no sustituye la necesidad de cambiar aquello que nos perjudica.

Cuando la frustración te convierte, durante unos minutos, en alguien que no quieres ser

Esta es una de las reflexiones que más me interesa compartir contigo.

Imagina que uno de tus valores es el respeto. Te importa tratar bien a los demás, especialmente a las personas que quieres.

Pero cuando algo te frustra, gritas, interrumpes, ridiculizas o haces comentarios que sabes que pueden herir.

Quizá valoras mucho el esfuerzo y la constancia, pero abandonas proyectos en cuanto algo no sale como esperabas.

O deseas tener una relación de pareja cercana y afectuosa, pero cuando te sientes decepcionado castigas al otro con indiferencia durante horas.

Lo doloroso es que, cuando recuperas la calma, reconoces que esa conducta no representa la persona que quieres ser.

Hay una distancia entre tus valores y tu comportamiento que se ha hecho visible precisamente cuando más difícil te resultaba actuar de acuerdo con ellos.

Y merece la pena prestarle atención.

Porque nuestros valores no sirven únicamente para definirnos cuando todo va bien. También pueden orientarnos cuando estamos enfadados, decepcionados, cansados o heridos.

Una pregunta especialmente útil en esos momentos es:

«Si actúo como me está pidiendo ahora mismo mi frustración, ¿me acercaré o me alejaré de la persona que quiero ser?».

No necesitas dejar de sentir para actuar con respeto. Puedes estar muy enfadado y decidir no insultar. Puedes sentir una enorme decepción y evitar tomar una decisión definitiva. Puedes reconocer que necesitas distancia sin utilizar el silencio para castigar.

Eso también es aprender a regularse.

El problema de querer resolver la frustración inmediatamente

Cuando sentimos una emoción desagradable intensa, nuestro impulso puede ser eliminarla cuanto antes.

Queremos responder al mensaje ahora. Exigir explicaciones. Conseguir que el otro reconozca que tenemos razón. Abandonar lo que estamos haciendo. Tomar una decisión que termine con la incertidumbre.

Y, en ocasiones, actuamos con esa urgencia porque confundimos aliviar el malestar con resolver el problema.

Gritar puede producir una descarga momentánea, pero deteriorar la conversación. Dejar un proyecto puede eliminar durante unas horas la sensación de fracaso, pero privarnos de algo que realmente deseábamos. Enviar un mensaje impulsivo puede hacernos sentir que hemos recuperado el control, pero generar un conflicto mayor.

La reacción inmediata puede ofrecer alivio a corto plazo y crear dificultades a largo plazo.

Aprender a tolerar la frustración implica desarrollar una capacidad especialmente valiosa: poder sentir algo desagradable sin necesitar que desaparezca inmediatamente ni obedecer todos los impulsos que genera.

Esta habilidad no aparece de un día para otro. Se entrena.

Cinco situaciones cotidianas en las que puedes reconocerte

En pareja

Tu pareja no reacciona como esperabas y piensas: «Le da igual lo que siento». Respondes con reproches. Detrás puede haber tristeza, necesidad de atención o miedo a no ser importante.

Otra posibilidad: «Esto me ha dolido. Quiero hablarlo, pero necesito ordenar lo que siento».

En el trabajo

Recibes una crítica y piensas: «Todo lo hago mal». Te pones a la defensiva o pierdes la motivación.

Otra posibilidad: «Esto me incomoda. Voy a valorar qué parte puede ayudarme y qué parte no comparto».

Con tus hijos

Les pides algo varias veces y pierdes la paciencia. Acabas gritando, aunque sabes que querías enseñarles a gestionar las dificultades con respeto.

Otra posibilidad: detenerte, regularte y mantener el límite con firmeza, sin recurrir a la intimidación.

Contigo mismo

Te equivocas haciendo algo nuevo y concluyes: «No sirvo para esto». Abandonas antes de permitirte aprender.

Otra posibilidad: «Me gustaría hacerlo mejor, pero estoy aprendiendo. Un error no define mi capacidad».

Ante los imprevistos

Una gestión se retrasa y todo tu día parece arruinado. Descargas el mal humor con quienes te rodean.

Otra posibilidad: «Esto me fastidia. ¿Qué puedo reorganizar y qué voy a tener que aceptar hoy?».

Cómo empezar a entrenar tu tolerancia a la frustración

La regulación emocional no consiste en vivir permanentemente en calma. Consiste en aprender a reconocer lo que sentimos, comprenderlo y responder de maneras que cuiden nuestra vida y nuestras relaciones, incluso cuando el malestar sigue presente.

Quiero proponerte varios ejercicios. No los leas únicamente como consejos para recordar cuando estés muy alterado. Intenta practicarlos también en momentos de tranquilidad.

1. Aprende a reconocer cuándo empieza a subir la frustración

Casi siempre existen señales previas, aunque no siempre sabemos identificarlas.

Puede que empieces a hablar más deprisa, aprietes la mandíbula, sientas calor en el pecho, respires de manera más superficial o experimentes una urgencia creciente por responder.

También aparecen pensamientos característicos: «Siempre me pasa lo mismo», «No lo soporto», «Ya está bien», «Todo sale mal».

Reconocer esas señales tempranas permite intervenir antes de alcanzar una intensidad difícil de manejar.

2. Date permiso para sentir, pero no para hacer cualquier cosa

Estar frustrado es legítimo. Hacer daño no es una consecuencia inevitable ni una conducta que debamos justificar por sentirnos desbordados.

Puedes decirte: «Estoy muy frustrado. Lo que ha pasado me importa. Voy a darme un poco de tiempo antes de decidir qué hacer».

Si lo necesitas, deja temporalmente una conversación, camina, apoya los pies en el suelo o realiza unas respiraciones lentas y cómodas. No busques obligarte a estar bien; busca recuperar suficiente margen para elegir.

3. Revisa la historia que te estás contando

Cuando estamos frustrados, tendemos en ocasiones a interpretar la situación de forma extrema.

«Nunca me escuchan».

«Todo me sale mal».

«Lo ha hecho para fastidiarme».

«No puedo con esto».

Prueba a preguntarte si estás describiendo hechos o interpretándolos, si existen otras explicaciones y si la situación es tan definitiva como la estás sintiendo.

No necesitas convencerte de que todo está bien. Necesitas ampliar tu perspectiva.

4. Practica pequeñas frustraciones voluntarias

La tolerancia aumenta cuando aprendemos, de manera gradual, que podemos atravesar una incomodidad sin reaccionar automáticamente para eliminarla.

Puedes practicar esperando un poco antes de mirar el móvil, aceptando un pequeño cambio de planes, permitiéndote no destacar en una actividad nueva o continuando una tarea razonablemente difícil aunque no obtengas resultados inmediatos.

El objetivo no es buscar sufrimiento ni soportar situaciones perjudiciales. Es desarrollar flexibilidad ante contratiempos cotidianos, seguros y asumibles.

5. Aprende a reparar sin castigarte

Puede que, pese a todo lo anterior, vuelvas a reaccionar de una manera que no te guste.

En ese caso, evita los dos extremos: justificar tu conducta porque estabas frustrado o machacarte durante horas por haber perdido el control.

Reconoce lo sucedido, responsabilízate, repara el daño cuando sea posible y aprende de la experiencia.

Puedes decir: «Ayer estaba muy frustrado, pero eso no justifica cómo te hablé. Siento haberte herido. Estoy trabajando para responder de otra manera».

La culpa puede convertirse en una oportunidad para cambiar, siempre que no termine siendo únicamente una forma de castigarnos.

MI MAPA DE LA FRUSTRACIÓN

Te propongo recordar una situación reciente en la que la frustración te dominó. Elige una que puedas revisar sin sentirte desbordado

  1. ¿Qué ocurrió realmente?
  2. ¿Qué esperabas que sucediera?
  3. ¿Qué sentiste y notaste en tu cuerpo?
  4. ¿Qué te dijiste en ese momento?
  5. ¿Cómo reaccionaste y qué consecuencias tuvo?
  6. ¿Qué valor personal te habría gustado cuidar?
  7. ¿Qué respuesta alternativa quieres ensayar la próxima vez?

Un reto de siete días para entrenar la frustración

Durante una semana, observa cómo respondes a pequeñas situaciones incómodas. Puedes utilizar esta propuesta a tu ritmo, repitiendo los días que necesites.

Día 1. Observa

Detecta una frustración cotidiana sin intentar cambiar nada todavía. Anota qué la desencadenó.

Día 2. Reconoce tu cuerpo

Busca las primeras señales físicas de tensión, enfado o impaciencia.

Día 3. Practica la pausa

Ante una pequeña contrariedad, espera antes de contestar o tomar una decisión.

Día 4. Flexibiliza

Acepta un cambio de planes de poca importancia y observa cómo evoluciona tu malestar.

Día 5. Cambia una exigencia

Sustituye un «tiene que salir así» por «me gustaría que saliera así, pero puedo afrontar otras posibilidades».

Día 6. Actúa desde un valor

En una situación difícil, elige conscientemente una conducta que represente cómo quieres comportarte.

Día 7. Revisa

Reconoce qué has aprendido, qué te sigue costando y qué pequeño cambio quieres mantener.No buscamos siete días perfectos. Buscamos siete oportunidades para aprender.

Preguntas para mirar un poco más dentro de ti

Te invito a dedicar unos minutos a estas preguntas. Algunas pueden resultar incómodas, especialmente si llevas tiempo justificando determinadas reacciones porque sientes que los demás te provocan.

  1. ¿Qué cosas pequeñas consiguen arruinarte un día entero? ¿Cuánto espacio de tu vida les estás entregando?
  2. ¿Qué suele dolerte más cuando algo no sale como esperabas: perder el control, sentirte rechazado, equivocarte, no ser reconocido o no conseguir lo que deseas?
  3. ¿Qué aprendiste en tu infancia sobre equivocarte, esperar, perder o recibir un no?
  4. ¿A quién suelen alcanzar las consecuencias de tu frustración? ¿Son siempre las personas responsables de lo que ha ocurrido?
  5. ¿Cuántas veces has perdido algo importante intentando ganar una discusión o demostrar que tenías razón?
  6. ¿Qué proyectos, conversaciones u oportunidades has abandonado porque no soportabas que las cosas fueran difíciles?
  7. ¿Qué te dices cuando cometes un error? ¿Le hablarías así a alguien a quien quieres?
  8. ¿Qué emociones te cuesta reconocer debajo del enfado: tristeza, vergüenza, miedo, soledad, decepción?
  9. ¿Cómo cambiarían tus relaciones si aprendieras a expresar tu frustración sin convertirla en un ataque?
  10. Si alguien observara cómo reaccionas cuando la vida no te da lo que quieres, ¿qué aprendería de ti sobre el respeto, la paciencia y el cuidado?
  11. ¿Qué parte de tu bienestar estás dejando en manos de que todo salga como habías previsto?
  12. ¿Qué te gustaría empezar a hacer de manera diferente para que, cuando pase la frustración, puedas sentirte en paz con tu comportamiento?

Y si tu frustración tiene raíces más profundas…

Hay personas que llevan muchos años reaccionando de forma intensa ante determinadas situaciones. Lo han intentado cambiar, han leído consejos, han practicado ejercicios y, sin embargo, cuando llega el momento, sienten que todo vuelve a suceder.

En estos casos puede ser importante mirar más allá de la reacción.

Comprender qué experiencias contribuyeron a desarrollar esa sensibilidad, qué creencias tenemos sobre nosotros mismos, qué amenazas interpretamos en determinadas situaciones y qué recursos de regulación hemos aprendido.

Desde la psicoterapia podemos trabajar estas dificultades de una manera más profunda. Cuando existen experiencias traumáticas o recuerdos que siguen activando respuestas intensas, el abordaje del trauma, incluido EMDR cuando está indicado, puede formar parte del tratamiento.

El mindfulness también puede ayudarnos a desarrollar una mayor conciencia de nuestras emociones, pensamientos y sensaciones corporales, creando oportunidades para responder de una manera más consciente.

Y algo importante: si la frustración está dando lugar a intimidación, agresiones o comportamientos dañinos reiterados, conviene buscar ayuda profesional. Comprender el origen de una reacción nunca elimina la responsabilidad de cambiarla.

La próxima vez que algo no salga como esperabas…

Quiero terminar proponiéndote una reflexión.

Piensa en cuántas horas de tu vida has perdido enfadándote por cosas que finalmente se resolvieron. Cuántas conversaciones se estropearon por una reacción impulsiva. Cuántos momentos agradables quedaron empañados porque algo no sucedió exactamente como habías imaginado.

Y también en cuánto sufrimiento te has añadido por exigir que todo saliera bien, por no permitirte equivocarte o por interpretar cada obstáculo como un fracaso.

Seguramente hayas comprobado muchas veces que la frustración termina disminuyendo. Que aquello que parecía insoportable deja de serlo. Que, con algo de distancia, encuentras maneras de afrontar lo que antes te desbordaba.

Pero hay algo que merece especialmente nuestra atención: mientras esperamos a que la emoción pase, nuestra vida sigue sucediendo.

Siguen ahí las personas que queremos, las oportunidades que deseamos aprovechar, las conversaciones que merecen ser cuidadas y los proyectos por los que tanto hemos trabajado.

No quiero animarte a que aceptes cualquier cosa, a que renuncies a tus deseos o a que te conformes con situaciones injustas. Quiero animarte a desarrollar la capacidad de atravesar aquello que te incomoda sin perder de vista lo que verdaderamente importa.

Porque puedes sentir frustración y seguir siendo amable. Puedes estar decepcionado y mantener tus compromisos. Puedes enfadarte y poner límites con firmeza. Puedes fracasar en algo y seguir confiando en tu capacidad para aprender.

Y cuando no lo consigas, porque habrá ocasiones en las que no lo consigas, puedes responsabilizarte, reparar y volver a intentarlo.

Ojalá la próxima vez que algo no salga como esperabas no tengas que añadir al disgusto inicial el dolor de haberte comportado en contra de tus propios valores.

Que puedas mirar atrás y pensar:

«No salió como quería. Me costó aceptarlo. Me enfadé, me dolió y tuve que hacer un esfuerzo para gestionarlo. Pero esta vez elegí cómo quería responder».

Porque, al final, una parte importante de nuestro bienestar depende de aprender a vivir también esos días en los que las cosas no salen como deseábamos.

Y esa capacidad se puede seguir desarrollando a cualquier edad.

Yolanda Cuevas, psicóloga especializada en trauma y EMDR. Instructora de mindfulness.

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Volver al presente a través de los sentidos: una herramienta para cuando la mente se queda atrapada en el pasado o se adelanta al futuro


Hay momentos en los que estamos físicamente en un lugar, pero nuestra atención está en otro sitio. Podemos estar sentados en casa, trabajando, conduciendo o intentando dormir y, sin embargo, nuestra mente sigue enganchada a una conversación de hace días, a algo que ocurrió hace años o a una situación que tememos que pueda suceder mañana.


Cuando esto ocurre, el cuerpo también puede reaccionar. Aparece tensión, aceleración, inquietud, presión en el pecho, pensamientos repetitivos o esa sensación de no poder salir de lo mismo. Y aunque racionalmente sepamos que en ese momento no está ocurriendo aquello que recordamos o tememos, nuestro sistema nervioso puede seguir respondiendo como si tuviera que protegernos de algo.


Una de las herramientas que podemos utilizar en esos momentos es volver al presente a través de los sentidos.
No es una técnica mágica ni pretende eliminar de inmediato lo que sentimos. Su objetivo es mucho más sencillo: ayudar a nuestra atención y a nuestro cerebro a registrar de nuevo qué está ocurriendo aquí y ahora.


¿Por qué los sentidos pueden ayudarnos a volver al presente?

La ansiedad, la preocupación o algunos recuerdos difíciles tienen algo en común: muchas veces nos alejan del momento actual.
Podemos quedarnos atrapados en el pasado, repasando lo que sucedió, lo que hicimos, lo que nos dijeron o lo que nos habría gustado hacer de otra manera. O podemos vivir adelantándonos continuamente al futuro: imaginando problemas, anticipando conversaciones, pensando qué podría salir mal o intentando tener bajo control situaciones que todavía no han ocurrido.
Mientras tanto, el presente queda en un segundo plano.


Los sentidos nos ofrecen información que pertenece al ahora. Lo que estoy viendo está ocurriendo en este momento. El sonido que escucho pertenece a este instante. La temperatura que noto en mis manos, el contacto de mis pies con el suelo o el sabor de lo que estoy bebiendo son señales actuales.
Dirigir conscientemente la atención hacia ellas puede ayudar a interrumpir, aunque sea por unos momentos, ese viaje continuo entre pasado y futuro.
Podemos pensar en ello como una forma de orientación. No estamos diciendo al cuerpo “cálmate” ni intentando convencerlo de que no pasa nada. Le estamos ofreciendo información: mira dónde estás ahora, escucha lo que hay a tu alrededor, siente el suelo bajo tus pies, observa este momento.
Y esto puede ser especialmente importante cuando lo que estamos sintiendo tiene relación con experiencias pasadas. En determinados momentos, un recuerdo, una sensación corporal, una conversación o una situación actual pueden activar respuestas que pertenecen en parte a otras experiencias. Volver a mirar alrededor y registrar el contexto actual ayuda al cerebro a diferenciar mejor entre aquello que ocurrió entonces y lo que está ocurriendo ahora.
La técnica 5-4-3-2-1
Una de las formas más conocidas de practicarlo es utilizar los cinco sentidos siguiendo esta secuencia:
5 cosas que ves.
Mira a tu alrededor y nombra cinco cosas. No tienen que ser especiales: una lámpara, una ventana, una taza, un árbol, el color de una pared.
4 cosas que puedes tocar o sentir con el cuerpo.
Puedes notar el contacto de los pies con el suelo, la espalda apoyada en una silla, la textura de tu ropa o coger algún objeto y fijarte en cómo se siente en las manos.
3 cosas que oyes.
Escucha durante unos segundos. Quizá haya tráfico, una conversación lejana, pájaros, un ordenador, el ruido de tu propia respiración.
2 cosas que hueles.
El café, una crema, el aire de la habitación, una planta, tu ropa. No es necesario que sean olores intensos.
1 cosa que saboreas.
Puedes observar el sabor que ya hay en tu boca o beber un poco de agua, tomar una infusión, un caramelo o algún alimento prestando atención a lo que notas.


El ejercicio no consiste en hacerlo perfectamente ni en completar necesariamente todos los pasos. Hay personas a las que les resulta suficiente mirar a su alrededor, tocar algo y escuchar varios sonidos. Otras necesitan dedicarle unos minutos.
Lo importante es la intención de llevar la atención hacia información que pertenece al momento presente.


¿Cuándo puede ser útil?
Puede ayudarte cuando notes que la ansiedad comienza a aumentar, cuando llevas un rato dando vueltas al mismo pensamiento o cuando te das cuenta de que estás anticipando continuamente algo que todavía no ha sucedido.
También puede resultar útil después de una conversación difícil, cuando una emoción te ha desbordado, si aparece un recuerdo que te activa mucho o cuando llegas a casa después de un día especialmente intenso y notas que tu cuerpo todavía sigue funcionando como si tuviera que responder a algo.


Hay personas que utilizan estas estrategias cuando les cuesta conciliar el sueño porque su cabeza empieza a repasar el día o a organizar mentalmente el siguiente. O antes de una situación que saben que les genera mucha activación.
Incluso puede practicarse cuando estamos tranquilos. De hecho, entrenar estas habilidades en momentos de calma facilita que podamos recordarlas y utilizarlas cuando estamos más activados. Las estrategias de regulación suelen funcionar mejor cuando forman parte de nuestro repertorio habitual y no aparecen únicamente cuando ya estamos completamente desbordados.
Volver al presente no significa dejar de sentir
Este matiz me parece especialmente importante.
A veces utilizamos herramientas de regulación con la expectativa de que hagan desaparecer inmediatamente la ansiedad, la tristeza, el miedo o el malestar. Y si después de hacer un ejercicio seguimos sintiéndonos incómodos pensamos que “no ha funcionado”.
Pero volver al presente no tiene como objetivo borrar una emoción.
Puedes orientarte, mirar alrededor, sentir tus pies sobre el suelo y seguir estando triste. Puedes escuchar los sonidos de la habitación y continuar sintiendo nervios. Puedes hacer el ejercicio 5-4-3-2-1 y que la preocupación siga ahí.
La diferencia puede estar en que ya no estás completamente absorbido por ella.
A veces conseguimos bajar la intensidad. Otras veces simplemente recuperamos un poco de espacio para poder pensar qué necesitamos, pedir ayuda, movernos, descansar, hablar con alguien o tomar una decisión con mayor claridad.
La regulación no significa estar siempre tranquilo. Significa disponer de más posibilidades para acompañar lo que nos ocurre sin quedar completamente arrastrados por ello.
Cuando una herramienta de regulación se convierte en algo que necesitas constantemente
Estas técnicas pueden ser muy útiles, pero también es importante no convertirlas en la única respuesta.
Si necesitas utilizarlas continuamente porque tu cuerpo vuelve una y otra vez a estados de mucha alerta, ansiedad o desbordamiento, merece la pena preguntarnos qué está ocurriendo.
A veces tratamos de regular una reacción sin explorar suficientemente por qué esa reacción aparece con tanta frecuencia.
Puede haber estrés sostenido, una situación vital que está siendo demasiado exigente, conflictos que no estamos abordando, miedo, pérdidas, experiencias pasadas que siguen teniendo impacto, relaciones que nos generan inseguridad o formas aprendidas de estar en alerta que nuestro sistema nervioso continúa utilizando porque en algún momento fueron necesarias.
En estos casos, las herramientas de regulación pueden ayudar a manejar los momentos difíciles, pero probablemente necesitemos algo más.

Podríamos compararlo con bajar el volumen de una alarma que suena una y otra vez. Puede venir muy bien aprender a reducir el ruido, pero si vuelve a sonar todos los días, también tendremos que averiguar por qué se está activando.
En terapia no solo trabajamos estrategias para sentirnos mejor cuando aparece la activación. También intentamos comprender qué la dispara, qué experiencias están relacionadas con ella, qué interpretaciones hacemos, qué está ocurriendo en nuestra vida actual y qué necesita ser elaborado de una manera más profunda.
En el trabajo con trauma esto es especialmente relevante. Algunas respuestas de ansiedad, hipervigilancia o desconexión no aparecen porque la persona esté “haciendo algo mal”, sino porque su sistema nervioso aprendió a protegerse de determinada manera. Las herramientas de orientación al presente pueden ayudar a mostrarle poco a poco que el contexto actual es diferente, pero en muchos casos será necesario trabajar también las experiencias que hicieron necesaria esa protección.
No todo se resuelve regulándonos mejor
Vivimos un momento en el que hablamos mucho de regulación del sistema nervioso, respiración, mindfulness, grounding y diferentes herramientas para bajar la activación. Todas ellas pueden ser valiosas.
Pero me parece importante no transmitir la idea de que si una persona sigue teniendo ansiedad es porque no respira suficientemente bien, no medita, no practica grounding o todavía no ha encontrado “la técnica correcta”.


Hay situaciones que necesitan ser comprendidas. Hay experiencias que necesitan ser procesadas. Hay límites que necesitan ponerse. Hay relaciones que quizá necesitan cambiar. Hay duelos que necesitan tiempo y acompañamiento. Y hay historias de vida que no se resuelven únicamente aprendiendo a calmarnos.
Regular puede ayudarnos a estar suficientemente presentes para poder hacer ese trabajo.

Ese es, para mí, uno de los lugares más interesantes de estas herramientas: no como una manera de tapar lo que sentimos, sino como una ayuda para poder acercarnos a ello con algo más de estabilidad.
La próxima vez que notes que tu mente está muy lejos del momento actual, puedes probar algo sencillo: mirar a tu alrededor y nombrar lo que ves, escuchar varios sonidos, notar tus pies en el suelo, tocar algún objeto cercano.
Y hacerte una pregunta:
¿Qué está ocurriendo realmente ahora mismo?
A veces ese pequeño gesto es suficiente para recuperar un poco de presente.


Y si descubres que necesitas regresar una y otra vez porque algo te lleva constantemente al pasado o te mantiene viviendo en el futuro, quizá la pregunta ya no sea solamente cómo regularte, sino qué necesita ser atendido con más profundidad.

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Quizá este haya sido vuestro último verano juntos: preguntas para mirar la relación antes de seguir por inercia

Digo verano como puede ser último cumpleaños juntos, últimas navidades, último viaje…

Hay parejas que este verano han viajado juntas, han compartido comidas, fotografías, familia, playa, planes y días de descanso sin saber que quizá haya sido su último verano como pareja.

Otras puede que sí lo hayan pensado.

Quizá durante una cena en silencio.

En una discusión que volvió a repetirse.

Mientras uno caminaba unos metros por delante del otro.

Al acostarse después de un día entero compartido y sentir, aun así, una enorme distancia.

O simplemente al aparecer una pregunta incómoda:

“¿Quiero seguir viviendo así?”

Septiembre suele traer rutinas, horarios, colegios, trabajo y obligaciones. Pero para algunas personas también trae algo más: la necesidad de mirar su relación.

Durante el año es relativamente fácil seguir funcionando.

Hay agendas.

Niños.

Trabajo.

Cansancio.

Compras.

Deporte.

Compromisos.

Problemas que resolver.

Y muchas relaciones consiguen mantenerse durante mucho tiempo dentro de esa maquinaria cotidiana sin que nadie se detenga realmente a preguntarse cómo están.

Las vacaciones cambian el escenario.

De repente hay más horas juntos.

Menos excusas para no hablar.

Más convivencia.

Más expectativas.

Más posibilidades de observar cómo nos sentimos cuando simplemente estamos con esa persona.

Y algunas parejas descubren que disfrutan de esa cercanía.

Otras descubren precisamente lo contrario.

Las vacaciones no rompen necesariamente una pareja

A veces escuchamos que después del verano aumentan las crisis o las separaciones y puede parecer que las vacaciones son las responsables.

Pero unas vacaciones rara vez destruyen por sí solas una relación que estaba bien.

Con frecuencia simplemente hacen más visible lo que durante meses había quedado escondido detrás de la rutina.

La dificultad para comunicarse.

La falta de intimidad.

El resentimiento acumulado.

La sensación de estar solos estando acompañados.

Las diferencias en la forma de educar.

El reparto desigual de responsabilidades.

La falta de deseo.

La ausencia de proyectos compartidos.

La sensación de no sentirse visto.

Los conflictos con las familias.

El dinero.

Los celos.

La pérdida de confianza.

O esa impresión difícil de explicar de que seguimos compartiendo una vida, pero ya no sabemos si estamos compartiendo una relación.

También puede ocurrir lo contrario.

Hay parejas que llegan agotadas a las vacaciones y, cuando desaparece parte de la presión cotidiana, vuelven a encontrarse.

Se ríen.

Hablan.

Recuperan el contacto.

Recuerdan por qué se eligieron.

Por eso no conviene interpretar automáticamente unas malas vacaciones como el final de una relación.

Lo importante es preguntarse qué han mostrado esas vacaciones acerca de cómo estamos realmente juntos.

Hay relaciones que llevan años esperando que algo cambie

En consulta aparecen muchas personas que llevan mucho tiempo formulándose las mismas preguntas.

Un año más.

Otro verano.

Otra Navidad.

Otro aniversario.

Otra crisis.

Otra reconciliación.

Otra promesa.

Y vuelven a pensar:

“Después del verano hablaremos.”

“Cuando los niños sean mayores.”

“Cuando termine esta etapa laboral.”

“Cuando estemos menos cansados.”

“Cuando cambie.”

“Cuando yo esté mejor.”

“Cuando tengamos más tiempo.”

El problema es que los años también pasan mientras esperamos.

Y a veces no estamos esperando realmente que la relación cambie.

Estamos esperando que algo externo tome la decisión por nosotros.

Esperar que sea el otro quien decida

Hay personas que saben desde hace tiempo que algo no funciona, pero no consiguen tomar una decisión.

Entonces empiezan a vivir en una especie de espera emocional.

Esperan que sea la otra persona quien termine la relación.

Que ocurra una discusión definitiva.

Que haya una infidelidad que justifique irse.

Que aparezca alguien nuevo.

Que suceda algo suficientemente grave como para no sentirse culpables por marcharse.

Es comprensible.

Tomar decisiones importantes implica asumir pérdidas, dudas y responsabilidad.

Pero dejar que nuestra vida quede suspendida esperando que otra persona decida también es una decisión.

Aunque parezca que no estamos haciendo nada.

Esperar que aparezca alguien que nos rescate

A veces una relación termina emocionalmente mucho antes de que termine formalmente.

Y entonces puede aparecer otra persona.

Alguien que escucha.

Que mira.

Que pregunta.

Que hace sentir deseado.

Que recuerda una parte de nosotros que parecía dormida.

No siempre esa tercera persona es la causa de la ruptura.

En ocasiones simplemente ilumina necesidades que llevaban mucho tiempo sin ser atendidas.

Pero también conviene ser prudente.

Cuando estamos emocionalmente vacíos, la atención de alguien nuevo puede sentirse extraordinariamente intensa.

Y podemos confundir el alivio con la compatibilidad.

La novedad con el amor.

La validación con un proyecto de vida.

Antes de pensar quién podría rescatarnos de nuestra relación, quizá necesitemos preguntarnos algo más difícil:

“¿Qué decisión tomaría sobre mi relación si no hubiera absolutamente nadie más esperando fuera?”

También existe la inercia

No todas las relaciones que continúan lo hacen porque ambos estén bien.

Algunas continúan porque llevan muchos años.

Porque hay hijos.

Porque existe una casa.

Una hipoteca.

Una economía compartida.

Familias mezcladas.

Amigos comunes.

Rutinas.

Recuerdos.

Una historia que pesa mucho.

Y miedo.

Miedo a equivocarse.

Miedo a estar solo.

Miedo a empezar de nuevo.

Miedo a hacer daño.

Miedo a arrepentirse.

Miedo a perder estabilidad.

Todo eso importa.

No deberíamos minimizarlo.

Separarse no consiste únicamente en dejar de convivir con alguien. Puede implicar reorganizar una vida entera.

Pero permanecer tampoco debería convertirse automáticamente en la opción menos dolorosa.

A veces quedarse durante años en una relación donde uno ha dejado de sentirse vivo también tiene un coste.

Y está la esperanza

La esperanza puede ser una enorme aliada en una pareja.

Permite atravesar momentos difíciles.

Perdonar.

Reparar.

Aprender.

Esperar mientras el otro atraviesa una crisis.

Comprender que las relaciones tienen etapas.

El problema aparece cuando confundimos esperanza con espera infinita.

Hay una diferencia entre:

“Estamos atravesando una dificultad y los dos estamos intentando cambiar algo”

y

“Llevo años esperando que algún día todo sea diferente.”

Las relaciones no cambian porque deseemos intensamente que cambien.

Cambian cuando las personas implicadas hacen cosas diferentes.

No todas las crisis significan que haya que separarse

Una pareja puede atravesar periodos muy difíciles y seguir teniendo una relación valiosa.

Puede haber distancia.

Pérdida de deseo.

Cansancio.

Problemas de comunicación.

Etapas de desconexión.

Crisis personales.

Dificultades económicas.

Duelo.

Enfermedad.

Crianza.

Estrés.

Cambios vitales.

Y aun así existir algo importante entre ambos.

La pregunta no debería ser únicamente:

“¿Tenemos problemas?”

Porque todas las relaciones los tienen.

Quizá sea más útil preguntarse:

“¿Qué hacemos con los problemas que tenemos?”

¿Podemos hablar?

¿Podemos escucharnos?

¿Reconocemos nuestra parte?

¿Intentamos reparar cuando hacemos daño?

¿Existe interés genuino por comprender al otro?

¿Hay disposición para cambiar comportamientos?

¿O siempre acabamos exactamente en el mismo lugar?

No se trata solo de preguntarse si todavía quieres a tu pareja

Podemos querer profundamente a alguien y, aun así, no saber construir una relación saludable con esa persona.

También podemos confundir amor con apego, historia compartida, necesidad, miedo a perder o dificultad para estar solos.

Por eso la pregunta:

“¿Le quiero?”

puede quedarse corta.

Tal vez necesitemos añadir:

“¿Me gusta la relación que estamos construyendo?”

Porque una relación no se sostiene únicamente por lo que sentimos.

También por cómo nos tratamos.

Algunas preguntas que quizá merezca la pena hacerse

No hace falta responderlas todas de una vez.

Ni tomar decisiones después de leerlas.

Pero quizá sí permitirnos contestarlas con sinceridad.

Sobre cómo estoy yo

¿Cómo me siento habitualmente dentro de esta relación?

¿Puedo ser yo mismo o siento que tengo que medir constantemente lo que digo, hago o necesito?

¿Me siento acompañado?

¿Me siento escuchado?

¿Me siento respetado?

¿Me siento querido de una manera que puedo reconocer y recibir?

¿Hay partes importantes de mí que he ido apagando para que la relación funcione?

¿Quién soy yo cuando estoy con esta persona?

¿Me gusta esa versión de mí?

Sobre lo que siento por mi pareja

¿Siento afecto?

¿Admiración?

¿Deseo?

¿Ternura?

¿Interés?

¿Curiosidad por su mundo?

¿O principalmente responsabilidad, costumbre o miedo a perder lo construido?

Cuando imagino que mi pareja entra por la puerta, ¿qué ocurre dentro de mí?

Cuando estamos separados unos días, ¿echo de menos a esa persona o simplemente la estructura de nuestra vida?

Sobre cómo nos relacionamos

¿Podemos hablar de lo difícil sin destruirnos?

¿Nos sentimos seguros emocionalmente el uno con el otro?

¿Podemos expresar necesidades sin que inmediatamente aparezca la defensa?

¿Sabemos pedir perdón?

¿Sabemos reparar?

¿Repetimos los mismos conflictos una y otra vez?

¿Los problemas se trabajan o simplemente se dejan enfriar hasta la siguiente vez?

Cuando uno sufre, ¿el otro intenta comprender o demostrar que tiene razón?

Sobre nuestras necesidades

¿Qué necesito actualmente de una relación?

¿Se lo he comunicado claramente a mi pareja?

¿Estoy esperando que lo adivine?

¿Qué necesita mi pareja?

¿Lo sé realmente?

¿Hay necesidades importantes de alguno de los dos que llevan mucho tiempo sin tener espacio?

¿Cuáles son negociables?

¿Cuáles no?

Sobre lo que anhelo

Si imaginara mi relación dentro de cinco años exactamente como está ahora, ¿cómo me sentiría?

¿Me tranquiliza?

¿Me entristece?

¿Me asusta?

¿Qué echo de menos?

¿Qué me gustaría recuperar?

¿Qué me gustaría construir que nunca hemos tenido?

¿Qué tipo de pareja quiero ser yo?

Sobre nuestra disposición real a cambiar

Esta quizá sea una de las preguntas más importantes.

¿Estamos dispuestos a trabajar en la relación o simplemente queremos que deje de doler sin cambiar nada?

Porque trabajar una relación implica algo más que decir:

“Voy a intentarlo.”

Puede implicar revisar cómo hablamos.

Aprender a escuchar.

Modificar comportamientos.

Poner límites.

Repartir responsabilidades.

Revisar heridas anteriores.

Trabajar los celos.

Recuperar espacios de intimidad.

Aceptar diferencias.

Ir a terapia.

Cambiar dinámicas familiares.

Reconocer errores.

Y, sobre todo, sostener esos cambios en el tiempo.

Podemos preguntar:

¿Qué estoy dispuesto a cambiar yo?

¿Qué no estoy dispuesto a seguir aceptando?

¿Qué necesitaría ver diferente para volver a confiar en la relación?

¿Qué necesitaría mi pareja de mí?

¿Estamos los dos implicados o uno lleva mucho tiempo intentando sostener el vínculo mientras el otro simplemente permanece?

Una pregunta especialmente incómoda

A veces puede ayudar preguntarse:

“Si conociera hoy a esta persona exactamente como es ahora, ¿volvería a elegirla?”

No para borrar toda vuestra historia.

La historia importa.

Pero precisamente porque llevamos años con alguien podemos dejar de preguntarnos si todavía existe una elección.

Y una pareja necesita, de alguna manera, seguir eligiéndose.

No necesariamente con la intensidad del comienzo.

Pero sí con alguna forma de:

“Quiero estar aquí.”

No solamente:

“No sé cómo irme.”

También conviene imaginar ambos caminos

Cuando alguien está atrapado en una relación suele imaginar con muchísimo detalle todo lo malo que podría ocurrir si se marcha.

La soledad.

Los hijos.

El dinero.

La vivienda.

Las familias.

El arrepentimiento.

Pero pocas veces hace el ejercicio contrario.

¿Qué puede ocurrir si me quedo y nada cambia?

¿Cómo estaré dentro de tres años?

¿Y dentro de diez?

¿Qué aprenderán mis hijos sobre las relaciones observando la nuestra?

¿Qué parte de mí seguirá creciendo?

¿Y cuál puede ir desapareciendo?

No se trata de utilizar estas preguntas para empujarnos a separarnos.

Se trata de mirar las dos decisiones completas.

Porque quedarse también tiene consecuencias.

Si queréis hablarlo juntos

Estas preguntas también pueden convertirse en una conversación de pareja.

Pero merece la pena elegir bien el momento.

No durante una discusión.

No cuando uno quiere demostrarle algo al otro.

No para sacar una lista de reproches.

Sino desde una intención diferente:

“Quiero saber dónde estamos.”

Podéis preguntaros:

¿Qué valoras todavía de nuestra relación?

¿Qué es lo que más te está doliendo últimamente?

¿Qué necesitas de mí que quizá no estás recibiendo?

¿Qué crees que necesito yo?

¿Qué echas de menos de nosotros?

¿Qué te gustaría que cambiara?

¿Qué estás dispuesto a cambiar tú?

¿Qué crees que todavía merece la pena cuidar?

¿Hay algo que llevas tiempo sin atreverte a decirme?

¿Quieres realmente intentar reconstruir nuestra relación?

Y después intentar escuchar las respuestas.

No solo preparar la defensa.

A veces la respuesta será quedarse y trabajar

Puede que después de hablar descubráis que debajo del cansancio todavía hay un vínculo importante.

Que todavía existe deseo de cuidarlo.

Que ambos reconocéis vuestra responsabilidad.

Que hay cosas dañadas, pero reparables.

Que necesitáis nuevas herramientas.

Que quizá habéis estado esperando cambios sin saber cómo producirlos.

Entonces una crisis puede convertirse en un punto de inflexión.

No para volver exactamente a la pareja que erais antes.

Sino para construir una relación diferente.

Y otras veces la respuesta puede ser aceptar que algo ha terminado

También puede ocurrir que uno de los dos ya no quiera continuar.

Que haya demasiado daño.

Que se hayan cruzado límites importantes.

Que no exista voluntad de cambio.

Que la relación lleve mucho tiempo sostenida únicamente por miedo, dependencia, obligación o costumbre.

Aceptar esto puede ser profundamente doloroso.

Pero una relación no fracasa necesariamente porque termine.

Hay relaciones que cumplieron una función importante durante muchos años.

Hubo amor.

Hubo crecimiento.

Hubo familia.

Hubo experiencias compartidas.

Y aun así pueden llegar a un final.

A veces cerrar una etapa también puede ser una forma de respeto hacia lo que fue.

Quizá septiembre no tenga que ser el mes de tomar una decisión

Pero sí puede convertirse en el momento de dejar de posponer ciertas preguntas.

Porque hay relaciones que necesitan una oportunidad.

Otras necesitan ayuda.

Otras necesitan límites.

Otras necesitan una conversación pendiente desde hace años.

Y algunas quizá necesiten una despedida.

No existe una única respuesta válida.

Cada pareja tiene su historia, sus circunstancias, sus heridas, sus responsabilidades y sus posibilidades.

Pero sí hay algo que todas merecen:

que las decisiones importantes no se tomen únicamente desde la inercia.

Quizá este haya sido vuestro último verano juntos.

O quizá haya sido el verano que os hizo daros cuenta de que todavía queréis construir muchos más.

Lo importante no es saberlo hoy.

Lo importante es empezar a preguntaros, con toda la sinceridad posible:

¿Dónde estamos?

¿Qué necesitamos?

¿Qué seguimos eligiendo?

¿Qué tendría que cambiar?

¿Y estamos realmente dispuestos a hacerlo?

Porque a veces una relación no necesita que decidamos inmediatamente si quedarnos o marcharnos.

Necesita primero que dejemos de mirar hacia otro lado.

Te comparto que sale nuestro libro AMOR 52 semanas para cuidar la pareja.

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La vuelta a septiembre y el estrés.

Volver después del verano no siempre es tan sencillo como guardar la maleta y poner el despertador.

Hay personas que retoman septiembre con ganas, cierta ilusión por recuperar rutinas o incluso agradeciendo volver a una estructura más ordenada. Pero para otras la vuelta se hace bastante más cuesta arriba. Aparece cansancio, irritabilidad, dificultad para concentrarse, peor humor, sensación de agobio o ese pensamiento bastante reconocible de “no puedo con todo esto otra vez”.

Y no hace falta que haya ocurrido nada grave.

A veces simplemente estamos notando el contraste.

Durante las vacaciones cambia nuestra relación con el tiempo. Aunque no todo el mundo descanse igual ni todas las vacaciones sean realmente reparadoras, suele haber menos horarios, menos obligaciones simultáneas y algo más de margen para decidir qué hacer y cuándo hacerlo.

Nos levantamos más tarde, improvisamos más, estamos más tiempo fuera de casa, vemos a otras personas, comemos de otra manera, dormimos distinto o simplemente dejamos de mirar constantemente el reloj.

Y de pronto volvemos.

Vuelven los despertadores, los desplazamientos, los correos, las reuniones, las mochilas, las actividades, la compra, los deberes, las prisas, la conciliación y todas esas pequeñas decisiones que ocupan muchísimo espacio mental aunque a veces ni siquiera seamos conscientes de ello.

Por eso la vuelta no es únicamente volver al trabajo.

Es volver a un ritmo.

Y el cuerpo también tiene que adaptarse a ese cambio.

A veces empezamos a sufrir antes de haber vuelto

Hay algo que ocurre con frecuencia y que tiene mucho que ver con la ansiedad: la anticipación.

Todavía estamos de vacaciones y nuestra cabeza ya está en el lunes.

Pensamos en los correos acumulados, en todo lo que habrá que resolver, en madrugar, en preparar a los niños, en las reuniones pendientes o en esa agenda que sabemos que va a volver a llenarse rápidamente.

Y entonces empezamos a vivir mentalmente una situación que todavía no está ocurriendo.

El último domingo puede dejar de ser domingo porque nuestra cabeza ya está en el trabajo.

Los últimos días de agosto o los primeros de septiembre se convierten en una especie de cuenta atrás.

“No quiero que llegue.”

“Mañana otra vez.”

“Qué rápido se ha terminado.”

La anticipación activa nuestro malestar antes de que exista realmente la demanda.

Y cuando finalmente volvemos ya podemos hacerlo con una sensación importante de cansancio previo.

¿Existe realmente el síndrome postvacacional?

Se habla mucho de “síndrome postvacacional”, pero conviene poner un poco de contexto.

No estamos hablando de un trastorno psicológico.

Es bastante normal que durante unos días aparezcan cansancio, apatía, irritabilidad, cierta dificultad para concentrarse, sueño alterado o sensación de desorganización.

Nuestro cuerpo y nuestra cabeza están reajustándose a horarios, demandas y ritmos diferentes.

Eso no significa necesariamente que algo vaya mal.

El problema es convertir cualquier incomodidad en una patología.

Ahora bien, también conviene observar cuánto dura ese malestar, qué intensidad tiene y qué ocurre cuando pasan las primeras semanas.

Porque a veces septiembre simplemente cuesta.

Pero otras veces la vuelta hace visible algo que ya estaba ahí.

Quizá no siempre nos cuesta volver de vacaciones

Hay una pregunta interesante que podemos hacernos:

¿Me cuesta volver porque se han terminado las vacaciones o me cuesta volver a la vida que tenía antes?

No es lo mismo.

Puede que lo que pese sea un trabajo que nos genera mucha tensión.

O un nivel de exigencia que llevamos meses sosteniendo.

Una agenda permanentemente llena.

Una conciliación complicada.

La sensación de no tener nunca tiempo propio.

Una relación que nos preocupa.

Un cansancio acumulado que las vacaciones han aliviado, pero no han resuelto.

O simplemente una forma de vivir en la que prácticamente todo nuestro tiempo está organizado alrededor de obligaciones.

Las vacaciones generan contraste.

Y a veces ese contraste nos permite notar cosas que durante el año hemos normalizado.

Quizá hemos dormido mejor.

Quizá hemos tenido menos dolor de cabeza.

Quizá hemos estado más pacientes.

Quizá hemos necesitado menos el móvil.

Quizá hemos discutido menos.

Quizá nos hemos sentido más presentes.

Y cuando volvemos, algunas sensaciones reaparecen rápidamente.

Eso puede resultar incómodo, pero también puede darnos información.

No para tomar decisiones impulsivas ni para pensar que debemos cambiar nuestra vida entera en septiembre.

Simplemente para observar.

El error de querer recuperar toda nuestra vida en 24 horas

Hay algo bastante típico en la vuelta.

Llegamos de vacaciones y parece que el lunes tiene que estar todo funcionando perfectamente.

La casa organizada.

La nevera llena.

Los correos contestados.

El gimnasio retomado.

La alimentación perfecta.

Los horarios de sueño corregidos.

Las actividades de los niños organizadas.

Los objetivos del curso definidos.

Y, si puede ser, con buen humor.

Es una exigencia bastante poco realista.

Volver también necesita transición.

No hace falta resolver todo lo pendiente en dos días.

Priorizar puede ser mucho más útil que intentar recuperar inmediatamente el control de todo.

¿Qué necesita realmente mi atención esta semana?

¿Qué puede esperar?

¿Qué estoy intentando resolver únicamente porque me incomoda tener algo pendiente?

Separar lo urgente de lo importante ayuda a reducir bastante la sensación de saturación.

Recuperar la rutina sin convertirla en una carrera

El cuerpo agradece volver poco a poco a ciertas referencias.

El sueño suele ser una de las primeras.

Durante el verano cambiamos bastante los horarios y volver a acostarnos y levantarnos a determinadas horas puede costar unos días.

También ayuda recuperar comidas más regulares, movimiento físico, exposición a luz natural y cierta estructura cotidiana.

Pero estructura no significa llenar cada espacio.

Septiembre tiene algo curioso: además de volver, muchas veces intentamos empezar una vida nueva.

Gimnasio.

Idiomas.

Dieta.

Curso.

Organización.

Nuevas rutinas.

Objetivos.

Y a veces lo que necesitamos al volver no es añadir más cosas.

Es dejar algo de margen.

No guardemos todo lo agradable hasta las próximas vacaciones

Este punto me parece especialmente importante.

A veces nuestra vida queda organizada de una manera bastante extrema: durante meses trabajamos, cumplimos obligaciones y vamos tirando. Y después esperamos las vacaciones como el único momento en el que podremos descansar de verdad.

Si todo lo agradable queda reservado para unas pocas semanas al año, es lógico que volver se haga difícil.

Quizá podemos preguntarnos qué pequeñas cosas del verano pueden seguir existiendo en septiembre.

Un paseo al final del día.

Tomar algo en una terraza.

Leer.

Ver a alguien que nos hace bien.

Salir al campo.

Tener una tarde sin planes.

Cenar fuera un viernes.

Dormir un poco más el fin de semana.

No hace falta reproducir las vacaciones.

Se trata de no construir una rutina completamente desprovista de descanso, disfrute y espacios propios.

Preguntarnos qué es exactamente lo que nos pesa

Cuando decimos “me cuesta volver” estamos agrupando muchas cosas diferentes.

Por eso puede ayudar concretar.

¿Me cuesta madrugar?

¿El trabajo?

¿El trayecto?

¿La conciliación?

¿El ritmo de las tardes?

¿La falta de tiempo?

¿La sensación de tener demasiadas responsabilidades?

¿Volver a determinadas relaciones?

¿No tener espacio para mí?

Cuanto más específica sea la pregunta, más posibilidades tenemos de encontrar algún cambio posible.

Porque quizá no podemos modificar nuestro trabajo ahora mismo.

Pero sí revisar cómo organizamos las tardes.

Quizá no podemos eliminar determinadas obligaciones.

Pero sí dejar de añadir otras.

Quizá no podemos cambiar completamente nuestro horario.

Pero podemos proteger algún espacio semanal.

Los cambios pequeños suelen ser mucho más sostenibles que las grandes promesas de septiembre.

Y si cada vuelta se hace insoportable

Si el malestar se mantiene durante semanas, aumenta, interfiere de forma importante en el sueño, el trabajo, las relaciones o el funcionamiento cotidiano, merece la pena prestarle más atención.

No tanto porque “volver de vacaciones” sea el problema, sino porque quizá la vuelta está señalando algo que necesita ser entendido.

A veces necesitamos descansar.

Otras veces necesitamos cambiar algo.

Y otras necesitamos ayuda para comprender por qué estamos viviendo nuestro día a día con tanta tensión.

Las vacaciones pueden aliviar muchas cosas temporalmente.

Pero no siempre resuelven aquello que nos estaba desgastando antes de irnos.

Por eso quizá septiembre también puede servir para observar.

No únicamente para llenar la agenda de nuevos propósitos.

Sino para preguntarnos cómo estamos viviendo.

Qué nos hace bien.

Qué nos está agotando.

Qué hemos echado de menos durante las vacaciones.

Y, curiosamente, qué no hemos echado de menos en absoluto.

Porque las vacaciones no deberían ser el único lugar de nuestra vida en el que podemos descansar, disfrutar o sentir que tenemos tiempo.

Quizá la vuelta también pueda ayudarnos a construir una vida cotidiana de la que no necesitemos estar deseando escapar constantemente.

 

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Septiembre y la prisa por llenar sus tardes: ¿extraescolares para quién?

Llega septiembre y, casi al mismo tiempo que compramos cuadernos, revisamos horarios y recuperamos los despertadores, aparece otra tarea en muchas familias:

¿A qué le apuntamos este año?

Inglés.

Fútbol.

Baile.

Robótica.

Piano.

Natación.

Refuerzo.

Teatro.

Judo.

Ajedrez.

Y empieza una especie de puzle familiar en el que intentamos encajar horarios, trabajo, colegio, hermanos, desplazamientos y actividades.

A veces cuesta más cuadrar la semana de un niño de ocho años que la agenda de un adulto.

Las actividades extraescolares pueden aportar muchísimo. Sería injusto presentarlas como algo negativo. Pueden descubrir intereses que el colegio no alcanza a mostrar, favorecer relaciones sociales, ofrecer experiencias de competencia y autonomía, permitir movimiento, creatividad, expresión artística, pertenencia a un equipo o simplemente proporcionar un espacio en el que un niño se siente bien.

Hay niños que encuentran en una cancha, en una piscina, en una escuela de música o en un taller de teatro una parte importante de sí mismos.

El problema empieza cuando dejamos de mirar al niño que tenemos delante y comenzamos a organizar su infancia desde las necesidades, los temores o las expectativas de los adultos.

Y septiembre se presta mucho a eso.

Antes de preguntarnos a qué apuntarle, quizá convendría preguntarnos por qué.

Las razones pueden ser muy diferentes.

Y no todas dependen realmente de una elección.

Muchas familias necesitan cubrir las horas que quedan entre la salida del colegio y el final de su jornada laboral. No tienen abuelos disponibles, redes de apoyo ni posibilidades reales de reducir horarios.

En esos casos una extraescolar también cumple una función de cuidado.

Conviene decirlo porque resulta muy fácil recomendar “más tardes libres” cuando alguien tiene a otra persona esperando a sus hijos a las cinco.

La conciliación continúa siendo, para muchas familias, un problema estructural que termina resolviéndose como se puede.

Hay otras razones.

Queremos que hagan deporte porque pasan demasiadas horas sentados.

Que aprendan inglés porque sabemos que les será útil.

Que conozcan la música.

Que prueben actividades diferentes.

Que hagan amigos fuera del colegio.

Que tengan un espacio propio.

Todo eso puede tener sentido.

Pero hay motivos menos visibles que también merecen ser observados.

A veces apuntamos a nuestros hijos a cosas que nosotros hubiéramos querido hacer.

“A mí nunca me llevaron a música y siempre me quedó esa espinita.”

O intentamos evitarles algo que nos dolió.

“Yo lo pasé fatal porque no sabía inglés y no quiero que le ocurra.”

O imaginamos que empezar muy pronto les dará una ventaja en el futuro.

“Si empieza ahora, llegará mucho más lejos.”

Incluso podemos buscar, sin ser del todo conscientes, sentirnos buenos padres a través de sus oportunidades.

Queremos ofrecerles todo aquello que quizá nosotros no tuvimos.

Es comprensible.

El problema aparece cuando confundimos dar oportunidades con asegurarnos de que las aprovechen como nosotros imaginamos.

Porque nuestros hijos no han venido a completar nuestra biografía.

Puede que aquello que a ti te hubiera hecho inmensamente feliz a los diez años a tu hijo le aburra soberanamente.

Y también puede ocurrir al revés.

“Quiero que aproveche el tiempo”

Esta frase merece un momento.

¿Qué significa exactamente aprovechar el tiempo cuando hablamos de infancia?

Hacer inglés puede ser aprovecharlo.

Entrenar también.

Aprender piano.

Leer.

Pero pasar una hora construyendo una cabaña con cojines también.

Bajar al parque sin ningún objetivo.

Inventar un juego absurdo.

Aburrirse durante un rato.

Dibujar sin que nadie le enseñe cómo hacerlo.

Hablar con su hermano.

Estar en casa.

No hacer nada especialmente productivo.

Una parte de la infancia necesita espacios que no estén organizados por adultos.

No porque todo el tiempo libre vaya a transformarse mágicamente en creatividad o en una experiencia maravillosa. A veces los niños se aburrirán, protestarán, discutirán o pedirán una pantalla.

También eso forma parte de aprender a gestionar el tiempo propio.

Cuando cada tarde tiene horario, profesor, equipación, instrucciones y objetivos, quedan menos oportunidades para decidir:

“¿Y ahora qué hago?”

Esa pequeña pregunta tiene bastante más valor del que parece.

Las extraescolares pueden ser extraordinarias

Cuando una actividad encaja con el niño, puede convertirse en una fuente enorme de bienestar.

Un deporte puede ayudarle a descubrir que su cuerpo es fuerte y capaz.

El teatro puede ofrecer un lugar inesperado a un niño tímido.

La música puede convertirse en una forma de expresar emociones que todavía no sabe explicar.

Un equipo puede darle sentido de pertenencia.

Una disciplina artística o deportiva también enseña algo que hoy cuesta especialmente: repetir, frustrarse, esperar, practicar y comprobar que mejorar requiere tiempo.

Y hay profesores, entrenadores y monitores que se convierten en adultos significativos en la vida de un niño.

Adultos que ven capacidades que quizá todavía nadie había visto.

Que acompañan.

Que ponen límites.

Que enseñan.

Que hacen sentirse competente a alguien que en otros contextos no se siente así.

Eso también es infancia.

Por eso sería simplista concluir que “los niños tienen demasiadas extraescolares” como una verdad universal.

Hay niños con agendas aparentemente intensas que están encantados.

Y otros que con una sola actividad ya están desbordados.

Hay adolescentes que entrenan muchas horas porque aman profundamente su deporte y encuentran allí amigos, identidad y bienestar.

No podemos decidir si una agenda es excesiva contando únicamente las actividades.

Tenemos que mirar cómo está viviendo ese niño esa agenda.

Porque una actividad buena también puede empezar a pesar

A veces lo vemos poco a poco.

El niño sale del colegio, merienda deprisa en el coche, se cambia mientras llega al entrenamiento, vuelve a casa tarde, cena, hace deberes, prepara la mochila y se acuesta.

Al día siguiente, otra vez.

Y otra.

Desde fuera parece organizado.

Por dentro puede estar agotado.

Entonces aparecen irritabilidad, discusiones por cualquier cosa, dificultad para levantarse, dolores de barriga antes de una actividad, problemas para dormir, lloros que parecen desproporcionados, más enfados, rechazo constante a salir de casa o una frase repetida:

“No quiero ir.”

Eso merece ser escuchado.

Pero escuchar tampoco significa cancelar una actividad cada vez que un niño dice que no quiere ir.

Hay días en que tampoco nosotros queremos trabajar.

Un niño puede resistirse porque está cansado, porque ha discutido con un compañero, porque atraviesa una fase de inseguridad o porque aprender algo difícil también frustra.

Abandonar inmediatamente ante cualquier incomodidad tampoco le enseña demasiado.

Necesitamos mirar el conjunto.

¿Es una protesta puntual o lleva semanas así?

¿Cuando llega disfruta aunque le costara salir de casa?

¿Se siente seguro?

¿Hay algún problema con compañeros o adultos?

¿La actividad le sigue interesando?

¿Está pudiendo descansar?

¿Está viviendo la experiencia como suya o como algo que tiene que hacer para no decepcionarnos?

Ahí suele estar mucha de la información.

Cuando la afición empieza a convertirse en una deuda con los padres

Hay frases que muchos niños conocen muy bien:

“Con lo que cuesta y ahora dices que no quieres ir.”

“Fuiste tú quien pidió apuntarte.”

“No puedes dejar todo lo que empiezas.”

“Tienes unas condiciones increíbles, sería una pena desaprovecharlas.”

“Yo a tu edad hubiera dado cualquier cosa por tener esta oportunidad.”

Algunas contienen una parte razonable.

Claro que podemos enseñar compromiso.

Claro que conviene aprender que una decisión tiene cierta continuidad.

Claro que muchas habilidades requieren atravesar momentos en los que apetece abandonar.

Pero hay una diferencia importante entre enseñar perseverancia y convertir una actividad infantil en una obligación emocional hacia los padres.

Un niño no debería continuar durante años haciendo algo que detesta porque sus padres han invertido dinero, porque tiene talento o porque abandonar se interpreta automáticamente como falta de constancia.

A veces dejar una actividad también es aprender.

Aprender qué me gusta.

Qué no.

Qué estoy dispuesto a esforzarme por conseguir.

Qué etapa ha terminado.

Incluso los adultos cambiamos de gimnasio, de aficiones, de proyectos y de trabajos.

Curiosamente, a veces pedimos a los niños una certeza vocacional que nosotros tampoco tenemos.

El peligro de convertir todas sus capacidades en rendimiento

Hay niños rápidos.

Ágiles.

Musicales.

Buenos dibujando.

Con facilidad para los idiomas.

Y enseguida aparece alrededor una maquinaria adulta:

“Tiene potencial.”

Entonces vienen más entrenamientos.

Más clases.

Competiciones.

Exámenes.

Pruebas.

Objetivos.

Aquello que empezó como placer puede convertirse lentamente en evaluación.

No ocurre siempre. Hay niños y adolescentes que disfrutan muchísimo de la competición y quieren avanzar, entrenar más y asumir desafíos mayores.

Pero conviene comprobar de vez en cuando que detrás del rendimiento sigue existiendo una persona.

Una persona que necesita saber que su valor no cambia si queda primero, cuarto o último.

Que puede tener talento y decidir no convertirlo en profesión.

Que puede tocar bien el piano sin querer presentarse a un concurso.

Que puede jugar extraordinariamente al fútbol y, aun así, preferir jugar por placer.

Los dones de nuestros hijos no son proyectos familiares.

Hay otro extremo que tampoco ayuda demasiado

También podemos equivocarnos intentando protegerles de cualquier exigencia.

Si dejamos que abandonen cada actividad cuando llega la frustración, si evitamos todo aquello que les cuesta o si pensamos que disfrutar significa estar motivado permanentemente, podemos privarles de aprendizajes importantes.

Aprender algo requiere momentos aburridos.

Hay entrenamientos malos.

Días en los que no sale una pieza.

Clases en las que uno se siente torpe.

Partidos que se pierden.

Compañeros mejores que nosotros.

El bienestar infantil no consiste en eliminar cualquier incomodidad.

Consiste también en que puedan atravesarla acompañados y descubrir que son capaces.

Por eso necesitamos algo bastante más difícil que decidir entre “muchas” o “pocas” extraescolares.

Necesitamos observar.

¿Cómo saber si quizá estamos llenando demasiado su semana?

No existe un número perfecto de actividades que sirva para todas las familias.

Dos extraescolares pueden ser excesivas para un niño que sale tarde del colegio, necesita mucho descanso y tiene desplazamientos largos.

Cuatro pueden funcionar para otro adolescente que ha elegido esas actividades, disfruta con ellas y conserva tiempo suficiente para dormir, estudiar, estar con amigos y descansar.

Más útil que contar actividades es revisar de vez en cuando algunas cosas:

  • ¿Duerme las horas que necesita o estamos robándole sueño para que todo quepa?
  • ¿Tiene algún rato durante la semana que no esté decidido de antemano?
  • ¿Puede jugar, hablar, descansar o simplemente quedarse en casa?
  • ¿La mayoría de las actividades responden a intereses suyos o fundamentalmente nuestros?
  • ¿Cómo está emocionalmente desde que empezó el curso?
  • ¿Hay demasiadas prisas, trayectos y conflictos familiares alrededor de sus horarios?
  • ¿Tiene tiempo para relacionarse con nosotros sin que todo consista en “date prisa”, “llegamos tarde”, “haz los deberes” y “prepara la mochila”?
  • ¿Sabe que puede decirnos que algo no le gusta sin sentir que nos decepciona?
  • ¿Seguimos escuchando lo que necesita este año o mantenemos automáticamente la agenda del año pasado?
  • Y una especialmente incómoda: si esta actividad desapareciera mañana, ¿a quién le daría más pena, a nuestro hijo o a nosotros?

Septiembre también despierta nuestros miedos como padres

Queremos prepararles para un futuro incierto.

Idiomas.

Tecnología.

Deporte.

Habilidades sociales.

Disciplina.

Creatividad.

Todo parece necesario.

Y es fácil sentir que, si no ofrecemos suficientes oportunidades, nuestros hijos se quedarán atrás.

Pero una infancia no puede construirse permanentemente alrededor del miedo a quedarse atrás.

No todo tiene que empezar a los cuatro años.

No todas las habilidades necesitan cultivarse desde pequeños.

No perderán necesariamente su oportunidad porque empiecen más tarde.

Y quizá tampoco necesiten ser buenos en tantas cosas.

Hay algo agotador en esa idea contemporánea de que cada capacidad debe desarrollarse, cada tarde debe aprovecharse y cada interés infantil debería convertirse rápidamente en una clase.

A veces un niño necesita simplemente tener diez años.

También deberíamos preguntarnos cómo están viviendo las familias esta carrera

Porque las agendas infantiles afectan a toda la casa.

Hay padres que salen del trabajo corriendo para convertirse durante tres horas en conductores.

Hermanos esperando entrenamientos.

Cenas tardías.

Conversaciones dentro del coche.

Fines de semana organizados alrededor de competiciones.

Presupuestos familiares sometidos a un esfuerzo considerable.

Y una sensación frecuente de no llegar a nada.

Si una actividad genera bienestar en el niño pero está dejando exhausta a toda la familia, también merece revisarse.

No porque los adultos tengan que estar cómodos permanentemente.

Criar implica renuncias.

Pero el bienestar familiar es un sistema. Lo que ocurre a uno afecta a los demás.

A veces necesitamos aceptar algo muy poco espectacular:

no podemos ofrecerles todo.

Y probablemente tampoco lo necesitan.

¿Y qué podemos hacer desde los colegios?

Los centros educativos también pueden ayudar a cambiar cierta cultura de hiperocupación.

Recordando a las familias que el descanso forma parte del desarrollo.

Evitando transmitir que un buen alumno es aquel que además hace idiomas, deporte, música, tecnología y cualquier otra actividad disponible.

Mirando con atención a esos niños que llegan cansados.

Hablando con las familias cuando observan cambios importantes.

Coordinando, cuando sea posible, las demandas académicas para que las tardes no se conviertan simplemente en una prolongación del colegio.

Y ofreciendo actividades desde una mirada educativa, no exclusivamente competitiva.

Una extraescolar puede ser un lugar maravilloso para aprender.

También debería poder seguir siendo un lugar donde jugar.

Quizá la pregunta de septiembre no sea “¿a qué le apuntamos?”

Podríamos probar con otra conversación.

Sentarnos.

Mirar el horario real.

Escuchar al niño.

Explicar también nuestras necesidades.

“Necesitamos que dos tardes estés aquí porque nosotros estamos trabajando.”

“Sabemos que te apetece probar baloncesto.”

“Este año vas a tener más deberes.”

“Queremos proteger algún día para que puedas descansar.”

No hace falta fingir que los hijos toman todas las decisiones de una familia. No es así.

Los adultos organizamos, ponemos límites, decidimos cuestiones económicas y conciliamos necesidades que los niños todavía no pueden comprender completamente.

Pero sí podemos hacerles partícipes de su propia vida.

Y revisar.

Porque lo que funcionaba con siete años quizá no funcione con nueve.

Porque un niño puede enamorarse de una actividad que inicialmente no quería probar.

Y puede cansarse de otra que adoró durante tres años.

Porque crecer también consiste en cambiar.

Este septiembre, antes de llenar todos los huecos de la agenda, quizá merezca la pena dejar alguno sin resolver.

No necesariamente para hacer algo extraordinario.

Precisamente para lo contrario.

Para volver del colegio y merendar sin correr.

Para quedarse jugando.

Para hablar.

Para aburrirse un poco.

Para descansar después de un día difícil.

Para que aparezca espontáneamente un amigo.

Para que una tarde pueda cambiar de planes.

Para poder decir:

“Hoy no tenemos nada.”

Y que eso no nos parezca tiempo perdido.

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Cuando se lesiona el cuerpo, también se lesiona algo por dentro: la recuperación psicológica del deportista

Una lesión deportiva nunca afecta únicamente a un músculo, un tendón, una articulación o un hueso.

A veces rompe también un proyecto.

Un comienzo de temporada.
Una convocatoria.
Una marca que parecía cercana.
Un fichaje.
Una renovación.
Una beca.
Una competición que llevaba meses preparando.
La posibilidad de demostrar algo.
O simplemente ese lugar en el que una persona se sentía fuerte, competente y feliz.

Por eso, cuando un deportista se lesiona, podemos estar muy pendientes de la resonancia, del diagnóstico, de los plazos, de la fisioterapia, de la fuerza, de la movilidad y de cuándo podrá volver a entrenar.

Y olvidarnos de preguntarle algo mucho más sencillo:

“¿Cómo estás llevando todo esto?”

Porque mientras rehabilitamos el cuerpo, puede estar ocurriendo otra rehabilitación mucho menos visible.

La de la mente.

Una lesión puede sentirse como una pequeña ruptura en la propia vida

Desde fuera puede parecer:

“Son unas semanas”.

“Ya volverás”.

“Podría haber sido peor”.

“Tienes que pensar en positivo”.

Pero quien se lesiona no vive solamente el número de semanas que aparece en el informe médico.

Vive lo que esas semanas significan.

Para un deportista profesional pueden significar contrato, rendimiento, dinero, posición dentro del equipo o miedo a perder una oportunidad.

Para un adolescente pueden significar quedarse fuera mientras sus compañeros siguen jugando, perder su sitio o sentir que está decepcionando a su entrenador.

Para un niño puede significar no entender por qué ya no puede hacer aquello que más le gusta.

Para un deportista amateur puede significar perder su principal forma de desconectar, relacionarse, regular el estrés o sentirse bien consigo mismo.

Por eso dos personas con exactamente la misma lesión pueden vivirla psicológicamente de maneras completamente diferentes.

La evidencia científica reconoce que las respuestas emocionales y cognitivas después de una lesión influyen en el proceso de rehabilitación y en el regreso al deporte. Pueden aparecer miedo, frustración, ansiedad, tristeza, irritabilidad, pérdida de confianza o preocupación por una nueva lesión.

Y ninguna de estas respuestas significa que el deportista sea débil.

Significa que aquello que acaba de ocurrir importa.

Cuando aparece el “¿por qué ahora?”

Hay lesiones que duelen especialmente por el momento en el que llegan.

Justo cuando estabas mejor.

Cuando acababas de subir de categoría.

Cuando habías conseguido un contrato.

Cuando empezabas a ganar minutos.

Cuando te habían aumentado el sueldo.

Cuando habías trabajado todo el verano.

Cuando por fin estabas disfrutando otra vez.

Y entonces la pregunta no es solamente:

“¿Cuánto tardaré en recuperarme?”

Aparecen muchas más:

“¿Y si pierdo mi puesto?”

“¿Qué pensará el club?”

“¿Y si he decepcionado a quienes confiaron en mí?”

“¿Y si ahora no doy el nivel?”

“¿Y si fichan a otra persona?”

“¿Y si no vuelvo a ser el mismo?”

“¿Por qué me pasa justo ahora?”

“¿Y si vuelvo y me rompo otra vez?”

Ahí empieza una parte de la lesión que no aparece en ninguna resonancia.

La culpa del deportista lesionado

Hay algo que veo especialmente importante trabajar: la culpa.

El deportista puede sentirse culpable por lesionarse.

Y racionalmente resulta extraño: nadie decide lesionarse.

Pero emocionalmente pueden aparecer pensamientos como:

“Acaban de confiar en mí y ahora no puedo responder”.

“Me están pagando y no estoy jugando”.

“Estoy fallando al equipo”.

“Mis compañeros están haciendo el trabajo y yo no”.

“He defraudado al entrenador”.

“Tenía que haber hecho algo diferente”.

La responsabilidad profesional no debe confundirse con culpabilidad.

Lesionarse forma parte del riesgo inherente al deporte.

Un contrato no se firma únicamente con el deportista sano de hoy. Se firma con una persona que practica una actividad en la que existen rendimiento, carga, incertidumbre, enfermedad y lesión.

Estar lesionado no convierte al deportista en menos comprometido.

Y recuperarse adecuadamente también forma parte de su trabajo.

Hay un duelo deportivo

Sin necesidad de patologizar una lesión, sí podemos entender que contiene elementos propios de una pérdida.

Temporalmente se pierde algo.

La rutina.

El entrenamiento.

La competición.

La sensación de progreso.

El contacto diario con determinados compañeros.

La autonomía.

La confianza en el cuerpo.

A veces incluso se pierde momentáneamente una parte de la identidad.

Y pueden aparecer tristeza, rabia, incredulidad, frustración, negociación mental o momentos de aceptación y otros de desesperanza.

No necesariamente en un orden determinado.

La recuperación emocional tampoco es lineal.

Puedes estar animado el lunes y hundirte el miércoles después de ver entrenar al equipo.

Puedes avanzar físicamente mucho y sentirte peor psicológicamente.

Puedes recibir una buena noticia médica y continuar teniendo miedo.

Todo eso puede formar parte del proceso.

Cuando “soy deportista” ocupa demasiado espacio

Para muchos deportistas el deporte no es simplemente algo que hacen.

Es una parte fundamental de quienes son.

“Soy futbolista.”

“Soy nadadora.”

“Soy corredor.”

“Soy gimnasta.”

“Soy tenista.”

Desde edades muy tempranas, gran parte de su tiempo, amistades, reconocimiento, objetivos y autoestima pueden haberse construido alrededor del rendimiento deportivo.

Esto tiene aspectos maravillosos.

Pero también puede hacer especialmente difícil una lesión.

Si una persona siente que vale principalmente por lo que consigue deportivamente, cuando temporalmente deja de competir puede aparecer una pregunta muy dolorosa:

“¿Quién soy cuando no puedo hacer lo que mejor sé hacer?”

La identidad deportiva es uno de los factores psicológicos relevantes en la experiencia de una lesión y en sus consecuencias.

Por eso una rehabilitación completa también puede ayudar al deportista a recordar:

Practicas deporte. Te apasiona. Puede ser incluso tu profesión. Pero eres mucho más que tu rendimiento.La lesión también puede romper la confianza en el cuerpo

Antes de lesionarte corrías, saltando, girabas o chocabas sin analizar cada movimiento.

Después, el cerebro puede empezar a vigilar.

“¿He notado algo?”

“¿Eso ha tirado?”

“¿Estaré forzando?”

“¿Y si vuelve a pasar?”

El cuerpo que antes era aliado puede convertirse durante un tiempo en algo que inspeccionar constantemente.

Y esto es especialmente frecuente cuando la lesión fue importante, dolorosa, inesperada o recurrente.

Una persona puede estar físicamente preparada para realizar un movimiento y, sin embargo, frenar inconscientemente.

No entrar igual al contacto.

No apoyar igual.

Reducir velocidad.

Dudar antes de saltar.

Evitar determinadas acciones.

El miedo a una nueva lesión es uno de los factores psicológicos más estudiados en el retorno deportivo y aparece con frecuencia entre las razones por las que algunos atletas no recuperan su nivel previo de participación.

Esto nos lleva a una idea fundamental:

Estar recuperado físicamente y sentirse preparado psicológicamente no son exactamente lo mismo.

La preparación psicológica para volver al deporte se relaciona con el retorno deportivo y constituye una dimensión relevante de la recuperación.

Y si además es una recaída…

Una segunda lesión o una lesión que aparece poco después de recuperarse puede tener un impacto diferente.

Porque el deportista ya sabe lo que viene.

Conoce las pruebas.

La rehabilitación.

Las semanas sin competir.

Los ejercicios repetidos.

La pérdida de condición física.

La espera.

Y puede aparecer rápidamente:

“Otra vez no.”

También puede romperse una creencia que se había reconstruido:

“Ya estaba bien.”

“Pensaba que esto había terminado.”

“Había vuelto a confiar.”

Por eso, ante una recaída, no siempre funciona decir:

“Ya lo superaste una vez, lo volverás a hacer.”

Probablemente sea cierto.

Pero antes puede necesitar escuchar:

“Entiendo que esta vez te duela especialmente porque acababas de recuperar tu vida deportiva.”

Validar no significa alimentar el miedo.

Significa no obligar a la persona a esconderlo.

El peligro de convertir cada día de rehabilitación en un examen

Hay deportistas que afrontan la recuperación con la misma exigencia con la que compiten.

Y entonces aparece otra trampa:

“Hoy tendría que estar mejor.”

“Debería doblar más.”

“Debería correr ya.”

“Fulano volvió antes.”

“Si me duele significa que voy mal.”

“Necesito recuperar cuanto antes el tiempo perdido.”

Pero el organismo no funciona siguiendo nuestra impaciencia.

Una recuperación contiene avances, estancamientos y días mejores o peores.

Por eso conviene sustituir:

“¿Cuánto me falta?”

por preguntas como:

“¿Qué toca trabajar hoy?”

“¿Qué pequeña mejora puedo observar?”

“¿Qué depende de mí?”

“¿Qué necesita mi cuerpo ahora?”

El objetivo psicológico no es dejar de desear volver.

Es conseguir que el deseo de volver no sabotee el proceso necesario para hacerlo bien.


Lo que sí ayuda psicológicamente durante una lesión

1. Tener información clara

La incertidumbre alimenta la ansiedad.

Necesitamos que el deportista pueda comprender qué lesión tiene, qué se está haciendo, qué se espera aproximadamente en cada fase y cuáles son los criterios de progresión.

No se trata de prometer fechas imposibles.

Se trata de reducir incertidumbre innecesaria.

2. Dividir una recuperación larga en objetivos pequeños

Pensar:

“Me quedan seis meses”

puede resultar abrumador.

Pensar:

“Esta semana el objetivo es recuperar este rango de movimiento”

resulta mucho más manejable.

El establecimiento de objetivos se utiliza como una de las estrategias psicológicas dentro de la rehabilitación deportiva.

No todo progreso se mide en partidos jugados.

A veces progreso significa doblar cinco grados más.

Dormir mejor.

Sentir menos dolor.

Volver al gimnasio.

Correr diez minutos.

Hacer un cambio de dirección.

Entrenar parcialmente con el grupo.

3. Mantener al deportista conectado con su entorno

Cuando un jugador se lesiona existe el riesgo de que desaparezca también socialmente.

El equipo entrena.

Viaja.

Compite.

Celebra.

Y el lesionado comienza otro calendario completamente diferente: médicos, gimnasio, fisioterapia y casa.

Siempre que las circunstancias lo permitan, sentirse parte del grupo importa.

Una lesión debería apartar temporalmente al deportista de determinadas tareas físicas.

No necesariamente del equipo.

4. Permitir emociones desagradables

Un deportista puede estar enfadado.

Triste.

Asustado.

Cansado.

Envidiar durante un momento a quien está jugando.

No querer ver un partido algún día.

Sentirse harto de rehabilitar.

Tener pensamientos negativos.

La salud psicológica no consiste en mantenerse permanentemente motivado.

Consiste en poder experimentar esas emociones sin quedarse atrapado en ellas ni interpretar su aparición como fracaso.

5. Trabajar lo que sí depende de él

Una lesión contiene muchas variables incontrolables.

Pero todavía existen parcelas de control:

Cumplir la rehabilitación.

Dormir.

Alimentarse adecuadamente.

Comunicar dolor y sensaciones.

Mantener las rutinas posibles.

Trabajar psicológicamente.

Cuidar otras áreas de la vida.

Preparar mentalmente el retorno.

La sensación de agencia protege frente a esa experiencia tan desagradable de sentir que “mi carrera está ahora en manos de algo que no controlo”.

6. Utilizar entrenamiento psicológico

La rehabilitación puede incorporar herramientas como:

  • establecimiento de objetivos;
  • técnicas de relajación;
  • visualización e imaginería;
  • regulación emocional;
  • trabajo con pensamientos;
  • autodiálog
  • mindfulness;
  • manejo de incertidumbre;
  • exposición progresiva a movimientos temidos;
  • entrenamiento de confianza.

Estas estrategias forman parte de las intervenciones psicológicas descritas en rehabilitación deportiva.

La visualización no consiste simplemente en imaginar que ganas

Puede utilizarse de una forma mucho más específica.

Imaginar:

el movimiento que empieza a dar miedo;

una incorporación progresiva al entrenamiento;

un salto;

un apoyo;

un giro;

una entrada;

una salida de tacos;

un gesto técnico;

un contacto físico;

la vuelta al escenario donde se produjo la lesión.

La finalidad no es convencer al cerebro de que “todo irá bien”.

Es ayudarle progresivamente a recuperar familiaridad y seguridad ante aquello que ahora interpreta con mayor amenaza.

Volver al lugar de la lesión

A veces el problema aparece de forma muy concreta.

La misma curva.

El mismo terreno.

El mismo pabellón.

El mismo salto.

El mismo rival.

El mismo gesto.

El deportista sabe racionalmente que está recuperado, pero su cuerpo responde con tensión, miedo o bloqueo.

Esto merece atención.

Porque algunas lesiones suceden en circunstancias que se viven con gran sensación de amenaza: una caída grave, una luxación impactante, una fractura, una colisión, pérdida de consciencia o escenas con mucho dolor.

En algunos casos pueden quedar recuerdos especialmente perturbadores o respuestas de alarma vinculadas al accidente.

Cuando esto ocurre, además del trabajo habitual de psicología deportiva, puede ser conveniente valorar un tratamiento psicológico específico centrado en el procesamiento del acontecimiento traumático.

EMDR puede ser una de las intervenciones a considerar cuando existe una experiencia traumática que continúa generando una respuesta significativa, siempre dentro de una valoración clínica individual.

No toda lesión produce trauma psicológico.

Pero tampoco debemos asumir que ninguna lo hace.

El día del alta médica no termina necesariamente la lesión

Este punto me parece esencial.

Imaginemos que el médico dice:

“Puedes volver.”

Todo el mundo celebra.

Pero el deportista piensa:

“¿Seguro?”

La recuperación física puede haber avanzado más deprisa que la seguridad subjetiva.

Por eso el retorno debería plantearse como un proceso, no únicamente como una fecha.

Primero determinadas acciones.

Después entrenamiento parcial.

Después entrenamiento completo.

Después competición.

Y progresivamente, recuperación de ritmo, confianza y automatismos.

La literatura sobre retorno al deporte lleva años señalando la relevancia de la preparación psicológica junto a los criterios físicos y funcionales.

“Ya puedes jugar” no significa “ya eres el mismo jugador”

Este mensaje también evita mucha angustia.

Después de meses parado, el primer partido no tiene por qué demostrar nada.

Probablemente falten:

ritmo;

automatismos;

condición física específica;

lectura de juego;

confianza;

tolerancia al contacto;

sensaciones competitivas.

Pretender regresar exactamente al nivel previo desde el primer día puede transformar cada entrenamiento en una evaluación.

Volver a competir también forma parte de la rehabilitación.

No es el examen final de la rehabilitación.

El miedo a recaer no debe avergonzar al deportista

A veces el deportista piensa:

“Antes hacía esto sin pensar.”

“Ahora dudo.”

“Me estoy volviendo cobarde.”

No.

Tu cerebro ha aprendido que ese movimiento, contexto o situación estuvo asociado a daño.

Ahora necesita experiencias progresivas que le permitan actualizar esa información.

La respuesta no debería ser:

“No tengas miedo.”

Sino:

“Vamos a conseguir que vuelvas a sentirte seguro haciéndolo.”

Cuidado con la presión invisible del entorno

No toda presión se expresa diciendo:

“Tienes que volver ya.”

A veces aparece en pequeñas frases:

“Te necesitamos.”

“A ver si llegas para el domingo.”

“Ya llevas bastante, ¿no?”

“Fulano tuvo lo mismo y volvió en cuatro meses.”

“Pareces estar perfectamente.”

O en preguntas diarias:

“¿Cuándo vuelves?”

“¿Cuánto te queda?”

Aunque exista buena intención, escuchar constantemente estas preguntas puede convertir la recuperación en una cuenta atrás.

A veces es mucho más útil preguntar:

“¿Cómo vas?”

o incluso:

“¿Qué necesitas de nosotros durante este proceso?”

Entrenadores: vuestra reacción importa más de lo que parece

Un deportista lesionado observa.

Observa si seguís hablándole.

Si preguntáis cómo está.

Si continúa sintiéndose miembro del equipo.

Si vuestra atención desaparece porque ya no puede aportar rendimiento.

Especialmente en niños y adolescentes, esto deja huella.

El mensaje debería ser:

“Ahora no puedes competir, pero sigues formando parte de nosotros.”

Porque cuando el vínculo depende únicamente del rendimiento, la lesión puede ser vivida también como exclusión.

Padres de jóvenes deportistas: no tengáis más prisa que su cuerpo

Cuando se lesiona un hijo aparecen también miedo, frustración e impotencia.

Pero conviene vigilar algunos mensajes:

“Con todo lo que habías conseguido…”

“Justo ahora que estabas jugando tan bien…”

“Vas a perder la temporada.”

“Espero que no pierdas el sitio.”

Aunque reflejen preocupaciones reales, pueden añadir al dolor físico el miedo a decepcionar.

Un niño o adolescente necesita saber:

“Queremos que te recuperes bien. No necesitamos que vuelvas antes.”

Y también:

“Lo importante que eres para nosotros no cambia porque estés jugando o estés lesionado.”

En deporte juvenil se reconoce cada vez más la importancia de proteger la salud psicológica, el disfrute, el desarrollo personal y la identidad más allá del resultado deportivo.

¿Cuándo pedir ayuda psicológica?

No hace falta esperar a que el deportista esté completamente desbordado.

Conviene consultar cuando aparecen, por ejemplo:

miedo intenso y persistente a volver;

ansiedad elevada

tristeza mantenida;

aislamiento;

culpabilidad excesiva;

irritabilidad muy marcada;

alteraciones importantes de sueño;

pérdida profunda de motivación;

rumiación constante sobre la lesión;

obsesión con los plazos;

conductas de rehabilitación excesivas o demasiado evitativas;

dificultad para acudir al lugar donde ocurrió;

recuerdos intrusivos del accidente;

pánico ante determinados movimientos;

pérdida importante de autoestima;

sensación de no saber quién se es fuera del deporte.

Las lesiones pueden desencadenar o hacer visibles dificultades psicológicas que necesitan atención clínica, incluida ansiedad o síntomas depresivos.

Pedir ayuda psicológica no significa que la rehabilitación esté yendo mal.

Puede significar precisamente que estamos haciendo una rehabilitación completa.

Preguntas que pueden ayudar a un deportista lesionado

Más que decirle constantemente lo que debería sentir, podemos preguntarle:

¿Qué es lo que más te está doliendo de esta lesión aparte del dolor físico?

¿Qué es lo que más miedo te da ahora mismo?

¿Qué significa para ti estar lesionado en este momento concreto de tu carrera?

¿Sientes que has decepcionado a alguien?

¿Te estás culpando por algo?

¿Qué pensamientos aparecen cuando imaginas tu vuelta?

¿Qué movimiento o situación te genera más inseguridad?

¿Sientes que sigues perteneciendo al equipo?

¿Qué parte de todo esto sí depende de ti?

¿Qué estás aprendiendo de ti durante esta recuperación?

¿Quién eres además de deportista?

¿Qué necesitarías escuchar ahora de tu entrenador, familia, club o compañeros?

Una lesión no tiene por qué convertirse en “algo bueno”

A veces se romantiza demasiado la adversidad.

“Volverás más fuerte.”

“Todo pasa por algo.”

“Esto te hará mejor.”

Quizá.

Pero no tenemos que exigirle a nadie que encuentre inmediatamente una enseñanza en algo que le duele.

Una lesión puede ser simplemente una experiencia difícil.

Y después, con tiempo, quizá permita descubrir cosas.

Aprender a escuchar el cuerpo.

Conocer mejor los propios límites.

Entrenar la paciencia.

Ampliar la identidad.

Aprender a pedir ayuda.

Entender cómo responde la mente ante la incertidumbre.

Descubrir una fortaleza que antes no había necesitado utilizar.

Pero ese significado no se impone.

Se construye.

No preguntes solamente cuándo podrá volver

Tal vez deberíamos empezar a cambiar una pregunta muy habitual en deporte.

Cuando alguien se lesiona preguntamos:

“¿Cuánto tiempo tiene?”

Quizá habría que añadir:

“¿Y cómo está?”

Porque podemos reparar perfectamente un ligamento y dejar intacto el miedo.

Podemos recuperar la fuerza y no recuperar la confianza.

Podemos dar el alta médica a un cuerpo que todavía no se siente seguro.

Podemos conseguir que un deportista vuelva al campo sin haberle ayudado a volver psicológicamente.

Por eso la recuperación deportiva debería contemplar a la persona completa.

Cuerpo.

Mente.

Identidad.

Emociones.

Entorno.

Confianza.

Y proyecto de futuro.

Para el deportista que ahora mismo está lesionado

Puede que hoy estés viendo entrenar a otros mientras tú haces rehabilitación.

Puede que acabases de conseguir una oportunidad y sientas que se te escapa.

Puede que estuvieras viviendo tu mejor temporada.

Puede que sea tu primera lesión.

O quizá estés pensando desesperadamente:

“Otra vez.”

No necesitas fingir que esto no te importa.

Puedes estar enfadado.

Puedes tener miedo.

Puedes sentir incertidumbre.

Puedes preguntarte qué ocurrirá contigo.

Pero intenta no confundir este momento con toda tu historia deportiva.

Estás lesionado. No eres una lesión.

Tu valor no disminuye porque durante un tiempo no puedas competir.

Ahora tu trabajo quizá no sea marcar, correr, saltar, ganar o mejorar una marca.

Ahora tu trabajo es otro:

recuperarte.

Cuidar el cuerpo.

Cuidar la cabeza.

Aceptar ayuda.

Tener paciencia.

Avanzar etapa a etapa.

Y cuando llegue el momento, no solo volver a estar físicamente preparado.

Volver a confiar.

Porque una verdadera recuperación no termina solamente cuando el cuerpo puede hacerlo.

Termina cuando, poco a poco, tú también vuelves a sentir:

“Puedo hacerlo.”

Recuerda: Estás lesionado. No eres una lesión.

​Deseo que este artículo sea inspirador aquí otra entrada relacionad que escribí en el 2013 

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