Hay pérdidas de las que se habla mucho y otras de las que cuesta bastante más hablar.
Cuando muere un padre o una madre, parece que alrededor existe una especie de guion sobre cómo debería sentirse una persona. Se espera tristeza, vacío, añoranza, desconsuelo. Y muchas veces aparece todo eso. Pero no siempre.
A veces muere un padre o una madre y no lloras como pensabas que ibas a llorar. No sientes ese vacío del que hablan los demás. Incluso puedes notar alivio. Y entonces, además de la muerte, aparece otra cosa: la sensación de que quizá hay algo extraño en ti por no estar sintiendo lo que se supone que deberías sentir.
Pero quizá tu historia con ellos fue distinta.
Quizá hubo cariño, sí, pero también mucha distancia. O años de discusiones, silencios, críticas, rechazo, negligencia, inestabilidad, adicciones, enfermedad mental o situaciones que te hicieron daño. Tal vez hubo una relación que desde fuera podía parecer normal y, sin embargo, dentro de casa faltaron cosas muy importantes.
Porque un hijo puede haber tenido comida, estudios, vacaciones y una casa donde vivir y, aun así, haber crecido sintiendo que no podía apoyarse emocionalmente en sus padres. Puede haber faltado sentirse visto, escuchado, protegido, aceptado. Puede haber faltado algo tan básico como poder acercarse sin miedo o sentir que uno era importante tal y como era.
Y cuando una relación ha sido así, la muerte también puede sentirse de una manera distinta.
A veces no solo muere la persona.
Muere la posibilidad.
La posibilidad de que algún día las cosas fueran diferentes. De que tu padre pudiera reconocer aquello que te hizo daño. De que tu madre pudiera escucharte de otra manera. De tener esa conversación que llevabas años imaginando. De escuchar un “lo siento”. De preguntar algo que nunca te atreviste a preguntar. De entender. De acercaros. De reparar algo. O simplemente de comprobar si todavía quedaba alguna forma de encontraros.
Mientras alguien está vivo, incluso cuando la relación es muy mala, puede quedar una pequeña puerta abierta en algún lugar de nuestra cabeza.
“Algún día.”
“Quizá más adelante.”
“Cuando pueda hablar de esto.”
“Cuando esté preparado.”
“Cuando deje de doler tanto.”
Y de pronto esa persona muere.
Y esa puerta se cierra.
A veces ese es el verdadero golpe.
Porque no siempre lloramos a la persona que tuvimos. En ocasiones lloramos al padre o a la madre que necesitábamos y nunca llegamos a tener.
Y ese duelo puede ser especialmente solitario.
Porque desde fuera alguien puede decirte: “Pero si casi no teníais relación”. Como si la distancia protegiera del dolor. O quizá escuches: “Después de todo lo que te hizo, casi mejor”. Como si una historia afectiva pudiera resumirse así.
Pero las relaciones importantes casi nunca son tan sencillas.
Podemos querer a alguien y estar profundamente heridos por él. Podemos haber necesitado alejarnos y seguir deseando que algún día algo cambiara. Podemos echar de menos a una persona con la que apenas podíamos estar. Podemos sentir alivio porque se ha terminado una relación que nos hacía daño y, al mismo tiempo, sentir tristeza porque también se ha terminado para siempre cualquier posibilidad de que fuera distinta.
Todo eso puede convivir.
También puede ocurrir que, cuando muere, sientas descanso.
Que tu cuerpo se relaje de una forma que te sorprenda. Que desaparezca una tensión que llevaba años contigo. Que ya no tengas miedo de una llamada, de una discusión, de una exigencia, de una humillación o de volver a entrar en una dinámica que te hacía daño.
Y entonces quizá aparezca la culpa.
“¿Cómo puedo sentir alivio porque ha muerto mi padre?”
“¿Qué clase de hija soy si no estoy destrozada?”
Pero el alivio no siempre habla de falta de amor. A veces habla de cuánto habías sufrido. De cuánto tiempo llevabas protegiéndote. De la energía que necesitabas para sostener esa relación o para defenderte de ella.
Hay personas que, además, apenas sienten nada cuando sus padres mueren. Y eso también puede resultar desconcertante.
Pero a veces la distancia emocional empezó mucho antes de la muerte.
Quizá llevabas años despidiéndote de esa relación sin saber que estabas haciéndolo. Cada decepción fue cerrando un poco más la puerta. Cada intento fallido. Cada límite que tuviste que poner. Cada vez que asumiste que no ibas a recibir aquello que necesitabas.
En algunas historias, la muerte física llega mucho después de que el vínculo ya hubiera cambiado profundamente.
No necesitas fabricar tristeza para demostrar que eres una buena persona. Ni sentir más para cumplir con la imagen de lo que debería ser perder a un padre o a una madre.
Tu duelo tiene que ver con vuestra historia real, no con la historia que se suponía que deberíais haber tenido.
Hay personas que pueden revisar esa relación antes de que sus padres mueran. Hablan, preguntan, confrontan, ponen límites, entienden algunas cosas. A veces consiguen acercarse. Otras veces deciden mantener distancia, pero lo hacen desde un lugar diferente. Algunas pueden reparar algo.
Pero no todo el mundo tiene esa oportunidad.
A veces el padre o la madre no quiere hablar. Niega lo ocurrido. No puede asumir responsabilidad. El contacto sigue siendo perjudicial. Hay demasiado daño. O simplemente la muerte llega antes de que todo eso pueda suceder.
Y entonces puede aparecer otra sensación difícil: “Ahora ya no puedo hacer nada”.
Pero sí hay algo que todavía puede hacerse.
No con esa persona.
Contigo.
Porque una relación puede terminar con la muerte y, sin embargo, seguir viviendo durante mucho tiempo en la forma en la que te miras, te relacionas, pones límites, eliges pareja, reaccionas ante el rechazo o interpretas lo que los demás sienten hacia ti.
Puede seguir en la culpa. En la vergüenza. En la sensación de no ser suficiente. En la necesidad de agradar. En el miedo a decepcionar. En la rabia que nunca pudiste expresar o en una tristeza que quizá llevabas años apartando.
Y todo eso se puede mirar después.
A veces, incluso, es después cuando uno empieza a poder hacerlo.
No porque tengas que “cerrar” la historia ni porque exista una forma perfecta de resolverla. Tampoco porque tengas que perdonar si no quieres hacerlo.
Sanar una historia puede significar muchas otras cosas.
Puede ser entender mejor lo que ocurrió y dejar de justificar aquello que te hizo daño. Reconocer lo que necesitaste y no recibiste. Darle un lugar a la rabia sin vivir atrapado en ella. Poder recordar sin volver emocionalmente al mismo punto. Aprender a tratarte de una manera distinta a como quizá te trataron.
Y también puede significar aceptar algo muy doloroso: que hay respuestas que nunca van a llegar.
No siempre sabremos por qué hicieron lo que hicieron.
No siempre habrá una disculpa.
No siempre podremos entenderlo todo.
Pero nuestra vida no tiene por qué quedarse detenida esperando esas respuestas.
Si tu padre o tu madre ha muerto y no sientes lo que creías que ibas a sentir, no hace falta que te fuerces.
Si lloras mucho, está bien.
Si lloras poco, también.
Si sientes alivio, quizá convenga escuchar qué te cuenta ese alivio sobre lo que viviste.
Si aparece rabia, quizá tenga algo que decir.
Si sientes culpa, merece ser mirada con cuidado, no obedecida automáticamente.
Y si lo que más te duele es lo que nunca ocurrió entre vosotros, eso también forma parte del duelo.
Tal vez ahora, cuando esa relación ya no puede cambiar fuera, puedas empezar a trabajar cómo quieres vivir tú con ella por dentro.
A veces eso necesitará tiempo. A veces necesitará ayuda profesional, especialmente cuando hay trauma, maltrato, negligencia o recuerdos que siguen teniendo demasiado peso. No porque haya nada que corregir en ti, sino porque algunas historias son demasiado complejas para seguir cargándolas siempre de la misma manera.
Y quizá haya algo que puedas empezar a hacer ahora por ti.
Escucharte de una forma en la que no te escucharon.
Creerte.
Protegerte.
Poner límites sin sentir que estás haciendo algo malo.
Tratar con más cuidado esa parte tuya que durante tantos años siguió esperando que algún día las cosas fueran diferentes.
La muerte de un padre o de una madre puede cerrar definitivamente una relación.
Pero no tiene por qué decidir para siempre cómo vas a vivir con lo que ocurrió en ella.
Da igual que tengamos 20, 45 o 70 años. Da igual que nuestro padre tuviera 60 o 95. Da igual incluso que supiéramos que iba a ocurrir.
Hay algo que se rompe cuando muere una de las personas que estuvo en el origen de nuestra propia historia.
Para algunas personas supone perder a su mayor apoyo. Para otras, a su confidente. Para otras, a la persona que siempre estaba “ahí”, incluso aunque la relación no fuera especialmente cercana. Y para algunas supone también enfrentarse a una historia complicada, a conversaciones pendientes, a heridas antiguas o a una relación que nunca llegó a ser la que necesitaban.
Por eso no existe una única forma de vivir la muerte de un padre o una madre.
No existe un duelo “correcto”.
Y, sobre todo, no existe una edad a partir de la cual perder a tus padres deje de doler.
La muerte de un padre o una madre no solo significa perder a una persona
Cuando muere un padre o una madre, muchas veces perdemos varias cosas al mismo tiempo.
Podemos perder:
A la persona concreta.
Una figura de referencia.
Un apoyo emocional.
Parte de nuestra historia.
Los recuerdos compartidos.
La sensación de tener un lugar al que volver.
A alguien que nos conocía desde antes de que nosotros mismos pudiéramos recordarlo.
La idea de seguir siendo “hijo” o “hija” de alguien que está en el mundo.
A veces la muerte de un progenitor nos enfrenta también a nuestra propia mortalidad.
De repente pensamos:
“Ahora me toca a mí ser la siguiente generación”.
O:
“Ya no queda nadie que me recuerde como era de pequeña”.
La muerte de los padres puede provocar cambios profundos en la identidad, especialmente en la edad adulta. La pérdida del último progenitor, además, puede tener un significado especialmente intenso porque modifica la percepción de pertenencia, familia y continuidad generacional.
No es lo mismo perder a un padre a los 15 que a los 50
La edad del hijo o hija importa. No porque determine cuánto se va a sufrir, sino porque determina qué significa esa pérdida en ese momento vital.
Cuando se pierde a un padre o madre siendo niño
El niño no solo pierde a una persona querida.
Puede perder seguridad, estabilidad y una figura necesaria para su desarrollo.
Además, su comprensión de la muerte dependerá de su edad y de su capacidad para entender que la ausencia es definitiva.
Necesitará adultos que puedan explicarle lo ocurrido con claridad, responder a sus preguntas y permitirle expresar el dolor sin obligarle a hacerlo de una manera determinada.
Un niño puede llorar intensamente y, media hora después, querer jugar.
Eso no significa que no le importe.
Significa que los niños entran y salen del dolor de una forma diferente a los adultos.
Perder a un padre o madre en la adolescencia
La adolescencia ya es una etapa de enormes cambios.
La muerte puede llegar en un momento en el que la persona está intentando construir su propia identidad, separarse de sus padres y, al mismo tiempo, todavía los necesita profundamente.
Puede aparecer rabia.
Puede haber sensación de injusticia.
Puede surgir miedo a perder también al otro progenitor.
Y, en ocasiones, el adolescente puede sentir que tiene que hacerse mayor demasiado deprisa.
Perder a un padre o madre siendo adulto
A menudo se minimiza este dolor.
Se escucha:
“Bueno, ya era mayor”.
“Es ley de vida”.
“Por lo menos lo has tenido muchos años”.
Pero haber tenido a alguien durante muchos años no hace que su ausencia sea más sencilla.
A veces ocurre precisamente lo contrario.
Décadas de conversaciones, costumbres, llamadas, comidas familiares y experiencias compartidas dejan una huella enorme.
Puedes tener 50 años y sentirte huérfano.
Puedes tener 65 y sentirte de repente profundamente solo.
Porque, aunque seamos adultos, seguimos siendo hijos.
Y una parte de nosotros puede seguir necesitando a nuestros padres incluso cuando ya no dependemos de ellos.
Tampoco es lo mismo cómo murió
Las circunstancias de la muerte influyen profundamente en la experiencia del duelo.
La muerte repentina
Un accidente, un infarto inesperado o una muerte súbita pueden dejar a la persona con una sensación de irrealidad.
No hubo tiempo para prepararse.
No hubo despedida.
No hubo oportunidad de decir determinadas cosas.
La mente puede quedarse atrapada intentando reconstruir lo ocurrido:
“¿Y si hubiera hecho algo?”
“¿Y si hubiera llegado antes?”
“¿Y si hubiera insistido?”
El duelo puede mezclarse con shock y, en algunos casos, con elementos traumáticos.
Cuando la muerte llega después de una enfermedad larga
Aquí aparece algo que muchas personas no saben nombrar.
El duelo puede comenzar antes de la muerte.
Durante meses o años, la familia puede ir viendo cómo esa persona cambia, pierde capacidades o se deteriora.
Hay ingresos.
Altas.
Recaídas.
Esperanza.
Miedo.
Hospitales.
Pruebas.
Esperas.
Llamadas a cualquier hora.
Y una incertidumbre constante.
A esto puede sumarse lo que conocemos como duelo anticipado: empezar a experimentar pérdidas emocionales mientras la persona todavía está viva.
Pero que hayas ido preparándote no significa que la muerte duela menos.
Muchas personas sienten:
“Sabía que iba a pasar, pero no estaba preparada”.
Y ambas cosas pueden ser verdad.
Cuando has sido cuidador o cuidadora: el duelo tiene una dimensión más.
Esta es una parte especialmente importante.
Cuando una persona ha dedicado meses o años a cuidar de su padre o madre, la muerte no solo supone perderle.
También supone perder una función que ocupaba gran parte de su vida.
Durante mucho tiempo todo ha podido organizarse alrededor de esa persona:
Las citas médicas.
Los hospitales.
Los medicamentos.
Las visitas.
Las llamadas.
La preocupación.
La vigilancia.
La incertidumbre.
De repente, todo se detiene.
Y puede aparecer una sensación extraña:
“¿Y ahora qué hago?”
Incluso puede sentirse vacío, desorientación o una especie de ausencia de propósito.
No significa que queramos recuperar la enfermedad.
Significa que nuestro cuerpo y nuestra mente llevaban mucho tiempo viviendo en un estado de alerta y responsabilidad.
Después de la muerte, no siempre llega inmediatamente el descanso.
A veces llega el derrumbe.
A veces el cuerpo se permite sentir lo que no pudo sentir mientras tenía que seguir funcionando.
Y, en ocasiones, aparece incluso alivio.
Esto también puede generar culpa.
Pero sentir alivio porque alguien ha dejado de sufrir, o porque ha terminado una situación agotadora, no significa querer menos a la persona.
En el duelo pueden convivir emociones aparentemente contradictorias.
Amor y alivio.
Tristeza y descanso.
Dolor y agradecimiento.
Rabia y culpa.
Nada de eso invalida el vínculo.
La relación que tenías con tu padre o tu madre cambia el duelo
No todas las personas lloran la muerte de sus padres por las mismas razones.
Cuando había una relación cercana y segura
La pérdida puede sentirse como perder un refugio.
Una persona a la que llamar.
Alguien que conocía nuestra historia.
Alguien que celebraba nuestros logros y nos acompañaba en los fracasos.
La ausencia puede aparecer en miles de pequeños momentos:
“Esto se lo tendría que contar”.
“Le habría gustado esto”.
“¿Qué pensaría?”
Y esa es una de las formas en las que la ausencia continúa apareciendo.
Cuando la relación era complicada
Aquí el duelo puede ser especialmente confuso.
Porque no solo se llora lo que existió.
A veces también se llora lo que nunca existió.
La conversación que nunca se tuvo.
El abrazo que nunca llegó.
El reconocimiento esperado durante años.
La posibilidad, aunque fuera pequeña, de que algún día la relación cambiara.
Cuando una persona muere, también puede morir la esperanza de reparar determinadas cosas.
Por eso pueden aparecer rabia, tristeza, culpa o incluso alivio.
Y ninguna de estas emociones convierte a alguien en mala hija o mal hijo.
Las relaciones ambivalentes o conflictivas pueden añadir complejidad al duelo.
La edad con la que murió tu padre o tu madre también importa
Cuando alguien muere joven, suele aparecer una sensación intensa de ruptura del orden esperado.
“No le tocaba todavía”.
“Era demasiado pronto”.
Cuando muere una persona muy mayor, socialmente se tiende a pensar que la pérdida debería ser más fácil de aceptar.
Pero comprender racionalmente que una muerte forma parte del ciclo vital no elimina el dolor emocional.
Una persona puede pensar:
“Ha vivido una vida larga y bonita”.
Y, al mismo tiempo:
“No quiero que no esté”.
Ambas cosas pueden coexistir.
Antes de que muera: qué podemos hacer cuando sabemos que se acerca el final
No siempre tenemos esta oportunidad.
Y es importante decirlo: quien no pudo despedirse no tiene que sentirse culpable.
Muchas muertes son inesperadas.
Y, además, incluso cuando sabemos que alguien está muy enfermo, nunca sabemos realmente cuándo será el último día.
Pero cuando existe tiempo, algunas cosas pueden ayudarnos.
Hablar, si la situación lo permite
No hace falta tener “la conversación perfecta”.
A veces basta con decir:
“Te quiero”.
“Gracias”.
“Me alegro de haber sido tu hija”.
“Hay algo que siempre recordaré de ti”.
“¿Hay algo que quieras decirme?”
No todas las despedidas tienen que ser dramáticas.
Una conversación cotidiana también puede convertirse después en un recuerdo importante.
Preguntar por su historia
Una de las cosas más bonitas que podemos hacer es preguntar.
¿Cómo fue su infancia?
¿Cómo conoció a nuestra madre o padre?
¿Qué recuerda de nosotros cuando éramos pequeños?
¿Cuál fue uno de los momentos más felices de su vida?
¿Qué le hubiera gustado hacer?
¿Qué consejo nos daría?
Podemos grabar algunas conversaciones, si la persona está de acuerdo.
No para convertir los últimos días en un proyecto.
Sino para conservar su voz, su manera de contar las cosas y parte de su historia.
Recuperar recuerdos
Mirar fotografías.
Escuchar música.
Volver a lugares importantes.
Cocinar algo que le guste.
Recordar anécdotas familiares.
A veces, cuando la enfermedad ha ocupado todo el espacio, es importante recuperar a la persona más allá de su condición de enferma.
Recordar quién era antes de los hospitales.
Decir lo pendiente
No siempre será posible.
Y no siempre será conveniente.
Pero algunas personas necesitan aprovechar ese tiempo para expresar agradecimiento, pedir perdón o perdonar.
Otras no.
No existe la obligación de reconciliarse antes de una muerte.
Las relaciones humanas son complejas.
Y una despedida no tiene que cumplir con un guion ideal.
Después del entierro: cuando todo el mundo vuelve a casa
Esta es, para muchas personas, una de las partes más difíciles.
Durante los días anteriores hay mucho que hacer.
Llamadas.
Hospital.
Trámites.
Familia.
Preparar el funeral.
Recibir a la gente.
Tomar decisiones.
Pero después del entierro llega el silencio.
Y muchas personas describen ese momento como el verdadero comienzo de la ausencia.
Todo el mundo vuelve poco a poco a su vida.
Pero tú no.
Tu vida acaba de cambiar.
Es frecuente que el primer día después del funeral resulte especialmente duro.
Ya no hay nada urgente que organizar.
Y entonces aparece la realidad.
Ha muerto. Y ahora tengo que aprender a vivir en un mundo en el que esa persona no está.
Qué hacer los primeros días después del entierro
No existe una fórmula.
Pero sí algunas cosas que pueden ayudar.
1. Reduce las exigencias
No es momento de pedirte productividad.
Ni decisiones importantes si pueden esperar.
Ni volver inmediatamente a ser “la de siempre”.
El duelo consume mucha energía.
Tu concentración puede disminuir.
Puedes olvidar cosas.
Sentirte cansado.
Dormir mal.
O no tener ganas de nada.
El cuerpo también está viviendo la pérdida.
2. No llenes todos los silencios
Muchas personas intentan ocupar cada minuto.
Trabajar.
Limpiar.
Organizar.
Salir.
Estar continuamente con gente.
Las distracciones pueden ser necesarias y saludables en determinados momentos.
Pero intentar escapar constantemente del dolor puede hacer más difícil procesar lo ocurrido.
No tienes que estar todo el día llorando.
Pero tampoco tienes que huir de cada emoción.
El duelo necesita momentos para sentirse y momentos para descansar de él.
3. Cuida las necesidades básicas
Parece algo pequeño, pero en los primeros días puede ser difícil.
Comer.
Beber agua.
Dormir.
Ducharte.
Salir a caminar.
Respirar aire libre.
No solucionan el duelo.
Pero ayudan a sostener un cuerpo que está atravesando una experiencia emocional enorme. Las recomendaciones generales incluyen mantener rutinas básicas, actividad física adaptada, alimentación y apoyo social, sin pretender hacerlo todo de golpe.
4. Deja que alguien te ayude
Y, si puedes, pide ayuda concreta.
No solo:
“Estoy mal”.
Sino:
“¿Puedes venir esta tarde?”
“¿Puedes hacerme la compra?”
“¿Podemos salir a caminar?”
“¿Puedes acompañarme a hacer este trámite?”
Cuando estamos en duelo, incluso las tareas sencillas pueden resultar agotadoras.
Actividades que pueden ayudar después de perder a un padre o una madre
No son obligaciones.
No hay que hacerlas todas.
Son posibilidades.
Escribirle una carta
Puedes escribir:
Lo que no pudiste decir.
Lo que agradeces.
Lo que te enfada.
Lo que echas de menos.
Lo que está pasando desde que se fue.
No tienes que enseñársela a nadie.
Crear una caja de recuerdos
Puedes guardar:
Fotografías.
Cartas.
Objetos.
Una receta escrita de su puño y letra.
Una prenda.
Una entrada.
Una nota.
Algo que tenga significado.
Hacer un álbum de su vida
No solo de su muerte. De su vida.
Recoger fotografías y pedir a familiares que escriban recuerdos o anécdotas.
A veces ayuda reconstruir la historia completa de una persona.
Hablar de él o de ella
Muchas personas dejan de mencionar al fallecido porque tienen miedo de hacer daño.
Pero, a menudo, lo que más duele no es escuchar su nombre.
Es sentir que el mundo empieza a olvidarlo.
Hablar de la persona.
Contar anécdotas.
Decir su nombre.
Recordar.
Todo esto puede formar parte de mantener un vínculo significativo con quien ha muerto.
Las actividades de recuerdo y homenaje pueden ayudar a integrar la relación y honrar la vida de la persona fallecida.
Mantener algún ritual
Puede ser:
Encender una vela en determinadas fechas.
Escuchar una canción.
Cocinar su comida favorita.
Ir a un lugar especial.
Hacer algo que le gustaba.
No se trata de quedarse atrapado en el pasado.
Se trata de encontrar una nueva manera de relacionarnos con el recuerdo.
¿Hay que retirar inmediatamente sus cosas?
No. No existe ninguna norma que diga cuándo hay que hacerlo. Algunas personas necesitan guardar determinadas cosas rápidamente.
Otras necesitan meses. O años.
Algunas conservan objetos concretos toda su vida.
No hay una manera psicológicamente correcta.
Lo importante es que las decisiones no se tomen únicamente por presión externa. Por eso no es tampoco tarea del entorno.
“No puedes tener su habitación así”.
“Ya deberías quitar sus cosas”.
“Te estás agarrando al pasado”.
Cada persona necesita su propio tiempo.
Los trámites pueden ser una segunda fuente de agotamiento
Después de una muerte hay una cantidad enorme de cuestiones prácticas.
Documentación.
Bancos.
Herencias.
Seguros.
Objetos.
Viviendas.
Papeles.
Y muchas veces hay que hacerlo mientras emocionalmente apenas podemos pensar.
Si es posible, repartir responsabilidades entre familiares puede evitar que una sola persona cargue con todo.
También es importante entender que los conflictos familiares pueden intensificarse en estos momentos.
El duelo no convierte automáticamente a las familias en un lugar de armonía.
A veces activa antiguas heridas, rivalidades y diferencias.
Intentar resolver todos los conflictos familiares en los primeros días no siempre es una buena idea.
La culpa: una de las emociones más frecuentes
“Debería haber ido más”.
“Podría haberme dado cuenta antes”.
“Ese día estaba cansada”.
“No le llamé”.
“Discutimos”.
“No estuve cuando murió”.
La culpa suele buscar una sensación de control.
Porque a veces resulta insoportable aceptar que no podíamos evitar lo ocurrido.
La mente revisa.
Busca errores.
Construye escenarios alternativos.
Pero cuidar de alguien, amar a alguien o ser su hijo no significa haberlo hecho todo perfectamente.
Ninguna relación humana es perfecta.
Y ninguna muerte deja todo perfectamente cerrado.
Cuando aparece alivio
Esto merece decirse claramente. Puedes sentir alivio.
Especialmente después de una enfermedad larga, dolorosa o con mucho sufrimiento.
Puedes sentir alivio porque tu padre o tu madre ya no sufre.
Porque ha terminado una agonía.
Porque tú ya no vives pendiente de una llamada del hospital.
Porque tu cuerpo ha dejado de estar en alerta permanente.
Y después sentir culpa por ese alivio.
Pero el alivio no borra el amor.
Puedes echar muchísimo de menos a alguien y, al mismo tiempo, sentir que descansar de una situación extremadamente dura ha supuesto un cambio físico y emocional.
Las emociones en el duelo no son coherentes ni ordenadas.
Son humanas.
Los aniversarios y las fechas importantes
El primer cumpleaños.
La primera Navidad.
El primer cumpleaños tuyo sin esa persona.
El Día del Padre o de la Madre.
El aniversario de la muerte.
Estas fechas pueden anticiparse con ansiedad.
Puede ayudar decidir previamente qué quieres hacer.
No dejarlo siempre al azar.
Puedes elegir:
Estar acompañado.
Estar solo.
Hacer un homenaje.
Evitar determinados compromisos.
Ir a un lugar significativo.
Hablar de esa persona.
No hacer nada especial.
También puedes cambiar de opinión.
El duelo no avanza en línea recta
Habrá días mejores. Y después, días terribles.
Puedes pensar que estás mejorando y llorar desconsoladamente porque has encontrado una chaqueta, escuchado una canción o visto su número en el teléfono.
Eso no significa que hayas retrocedido. El duelo suele funcionar más como olas que como una escalera.
Con el tiempo, generalmente las olas no desaparecen por completo.
Pero aprendemos a reconocerlas. A saber que vienen.
Y, poco a poco, suelen dejar de arrasarnos con la misma intensidad.
No existe un calendario universal ni unas fases obligatorias que todas las personas deban atravesar en orden.
¿Cuándo conviene pedir ayuda psicológica?
Estar destrozado después de perder a un padre o una madre no significa necesariamente que necesites terapia.
El duelo no es una enfermedad. Y sentir dolor no es algo que haya que eliminar rápidamente.
Sin embargo, pedir ayuda puede ser importante cuando:
El dolor no permite funcionar mínimamente durante un tiempo prolongado.
Existe una sensación de bloqueo que no disminuye.
La muerte fue traumática.
Hay imágenes o recuerdos intrusivos.
Aparece una culpa intensa y persistente.
Existe una relación previa muy conflictiva que complica la elaboración.
Hay aislamiento total.
Aparecen pensamientos de muerte o de no querer seguir viviendo.
El sufrimiento, con el paso de los meses, sigue siendo igual o aumenta en intensidad.
Resulta imposible aceptar la realidad de la muerte o retomar aspectos básicos de la vida cotidiana.
Las muertes repentinas o traumáticas y determinados factores relacionales o circunstanciales pueden aumentar la vulnerabilidad a un duelo más complicado.
Pedir ayuda no significa que estés haciendo mal el duelo.
A veces significa simplemente que no quieres atravesar solo algo que es demasiado grande.
Quizá lo más importante: no tienes que “superar” a tu padre o a tu madre
Hay una idea que hace mucho daño:
“Algún día lo superarás”. Quizá no se trata de superar. Porque no queremos superar a las personas que hemos amado como si fueran una enfermedad o un obstáculo. Se trata de otra cosa. De aprender a vivir con una ausencia.
De construir una vida en la que esa persona ya no está físicamente, pero en la que su historia sigue formando parte de nosotros.
Al principio, la ausencia ocupa todo el espacio.
Después, poco a poco, la vida empieza a crecer alrededor del dolor.
No porque olvidemos.
No porque queramos menos.
Sino porque sobrevivir también es una forma de amor.
Si acabas de enterrar a tu padre o a tu madre:
No tienes que saber qué hacer mañana.
No tienes que gestionar perfectamente lo que sientes.
No tienes que ser fuerte.
No tienes que consolar a todo el mundo.
No tienes que ordenar sus cosas.
No tienes que volver a trabajar emocionalmente como si nada hubiera ocurrido.
No tienes que dejar de llorar porque “ya ha pasado el funeral”.
No tienes que estar triste todo el tiempo.
No tienes que sentir solo tristeza.
Puedes estar roto.
Puedes estar enfadado.
Puedes sentir alivio.
Puedes no sentir nada durante unas horas.
Puedes reírte y sentirte culpable después.
Puedes echarle de menos incluso cuando llevabas años preparándote para su muerte.
Puedes descubrir que el verdadero dolor ha empezado ahora, cuando se han acabado las visitas, los hospitales, las llamadas y las decisiones.
Cuando todo el mundo se ha ido.
Cuando vuelves a casa.
Y ya no está.
No hay una forma correcta de querer a alguien después de que haya muerto.
Solo hay una tarea lenta y profundamente humana:
aprender a seguir viviendo sin tener que dejar de amar y recordar.
Aquí comparto ideas para lo primeros 30 días después de perder a una madre o padre.
Una lista: “50 cosas que puedes hacer cuando alguien que quieres acaba de morir”
Para cuando necesito sentir.
Para cuando necesito distraerme.
Para cuando necesito recordar.
Para cuando necesito compañía.
Para cuando necesito descansar del dolor.
En mi próximo artículo te las comparto.
Y para finalizar: Cosas que nadie te cuenta sobre perder a un padre o una madre”
Por ejemplo:
Que el funeral no es el final, sino muchas veces el principio real del duelo.
Que puedes sentir alivio y dolor a la vez.
Que puedes tener 60 años y sentirte huérfano.
Que la relación cambia, pero no desaparece necesariamente de tu vida interior.
Que puedes empezar a echarle más de menos meses después.
Que ver sufrir a un padre durante años también deja huella.
Que cuidar puede hacer que después no sepas quién eres sin esa responsabilidad.
Que a veces lloras más por cosas pequeñas que por el momento de la muerte.
Que no todo el mundo de la familia hará el duelo igual.
Que no tienes que dejar de nombrarlo para “seguir adelante”.
Cualquier duda o si quieres compartir tu experiencia puedes dejarlo en comentarios. Te leo con cariño y te mando un abrazo.
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Este verano no solo pacientes sino amigas, conocidas se han debatido entre la vida y la muerte y siguen haciéndolo. O han acompañado a sus padres en sus últimos meses, semanas y días…
Desde aquí quiero dedicar unas palabras a todas aquellas personas que este verano han estado enfermas, ingresadas, esperando un diagnóstico, recuperándose de una intervención, afrontando un empeoramiento o simplemente intentandolo un día más.
Y también a quienes han estado al otro lado: acompañando a una persona querida, pasando noches en un hospital, esperando resultados, cuidando, preocupándose, intentando transmitir calma cuando por dentro también tenían miedo.
Sé que mientras alrededor se hablaba de vacaciones, viajes, terrazas, fiestas y momentos felices, para algunas personas el verano ha significado hospitales, incertidumbre, cansancio, dolor y muchas emociones difíciles de nombrar.
Y no siempre es fácil ver cómo la vida parece continuar para los demás cuando la propia vida se ha detenido.
Es normal sentir tristeza. Es normal tener miedo. Es normal estar cansado. Es normal preguntarse «¿por qué a nosotros?». Es normal incluso no tener fuerzas para agradecer, sonreír o mostrarse fuerte.
No hay una manera correcta de vivir una enfermedad ni de acompañar a alguien que queremos.
Desde la psicología sabemos que atravesar una situación de enfermedad no afecta únicamente al cuerpo. También puede sacudir nuestra sensación de seguridad, nuestra percepción del futuro, nuestras rutinas, nuestras relaciones y nuestra manera de mirar la vida.
Por eso, si este verano ha sido así para ti, no te exijas volver a ser quien eras antes de que todo esto ocurriera de un día para otro.
Date tiempo y cuídate. Pide ayuda no tienes que hacerlo sola.
Y si has estado acompañando, recuerda también que cuidar no significa olvidarte de ti. Quien acompaña también necesita descanso, apoyo, espacios para desahogarse y permiso para reconocer que no siempre puede con todo.
Quizá este verano no ha dejado las fotografías que imaginabas.
Quizá ha dejado otras: conversaciones en pasillos, manos que sostienen, silencios compartidos, lágrimas escondidas, pequeñas mejorías, personas que estuvieron, gestos que no olvidarás.
Y eso también forma parte de la vida.
No quiero decirte que «todo pasa por algo». Ni que tienes que encontrarle un aprendizaje. Ni que tienes que ser fuerte. etc etc…
Solo quiero recordarte algo:
Has hecho lo que has podido con lo que te ha tocado vivir. Y eso merece ser reconocido primero por ti.
A quienes habéis estado enfermos. A quienes habéis estado ingresados. A quienes habéis cuidado. A quienes habéis esperado. A quienes habéis tenido miedo.
O aún estáis ahí.
Ojalá poco a poco llegue el momento de volver a respirar con un poco más de calma.
Y cuando llegue, no tengas prisa.
También mereces recuperarte de todo lo que has tenido que atravesar.
Te abrazo fuerte.
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Una reflexión para alumnos y familias antes de empezar una nueva etapa
Termina un curso y parece que lo único importante es saber si has aprobado, suspendido, pasado de curso o conseguido las notas que esperabas.
Pero un curso escolar es mucho más que unas calificaciones.
Durante estos meses has tenido que aprender contenidos, organizarte, levantarte muchos días sin ganas, conocer profesores nuevos, convivir con compañeros, afrontar exámenes, gestionar nervios, tomar decisiones, equivocarte, solucionar problemas, soportar decepciones y adaptarte a situaciones que probablemente en septiembre todavía no sabías cómo ibas a afrontar.
Por eso, antes de guardar la mochila y pasar página, merece la pena detenerse un momento.
No para juzgarte.
Para entenderte.
Porque mirar lo vivido puede ayudarte mucho más de lo que imaginas a empezar el próximo curso.
¿Recuerdas cómo te sentías hace un año?
Intenta volver mentalmente al comienzo del curso.
Quizá tenías miedo.
A los profesores nuevos.
A que las asignaturas fueran demasiado difíciles.
A no encajar.
A separarte de algunos amigos.
A conocer compañeros nuevos.
A no estar a la altura.
A suspender.
A equivocarte.
A que ocurriera algo que ni siquiera sabías explicar.
Hay comienzos que despiertan mucha incertidumbre porque nuestro cerebro se siente más tranquilo cuando sabe qué va a ocurrir.
Lo nuevo no siempre es peligroso, pero todavía no tenemos información suficiente para saber cómo será. Y por eso pueden aparecer nervios, inseguridad o pensamientos como:
“No voy a poder.”
“Va a ser demasiado difícil.”
“Seguro que me va mal.”
“No voy a conocer a nadie.”
“Los demás estarán más preparados que yo.”
Dentro de poco probablemente volverás a enfrentarte a algo parecido.
Un nuevo curso.
Quizá profesores diferentes.
Más dificultad.
Otros compañeros.
Un nuevo instituto.
Bachillerato.
La universidad.
Formación profesional.
O simplemente otro año en el mismo centro.
Y si aparecen los nervios, recuerda algo importante:
Ya has vivido otros comienzos que también parecían difíciles antes de conocerlos.
Piensa en todo lo que en septiembre te preocupaba y que después acabaste haciendo con normalidad.
Aquella clase a la que no querías entrar.
Ese profesor que te imponía.
Ese examen que parecía imposible.
La presentación delante de los demás.
Hablar con alguien nuevo.
Ir solo a algún sitio.
Organizarte con más asignaturas.
Pedir ayuda.
Superar una decepción.
No significa que todo haya salido bien.
Probablemente algunas cosas fueron incluso más difíciles de lo que esperabas.
Pero tú tampoco eres exactamente la misma persona que empezó el curso. Has vivido cosas que entonces todavía no sabías que eras capaz de afrontar.
Y eso también cuenta.
No todo lo que salió mal significa que hayas fracasado
Quizá este curso no ha sido como imaginabas.
Puede que hayas suspendido.
Que hayas estudiado menos de lo que necesitabas.
Que te hayas confiado.
Que hayas procrastinado.
Que hayas tenido problemas con compañeros.
Que hayas perdido una amistad.
Que hayas pasado por dificultades familiares.
Que te hayas sentido solo.
Que hayas tenido ansiedad.
Que hayas estado desmotivado.
Que no hayas conseguido organizarte.
Que tu teléfono, las redes sociales, los videojuegos o cualquier otra distracción te hayan quitado más tiempo del que querías reconocer.
O quizá has hecho un esfuerzo enorme y aun así los resultados no han sido los esperados.
No todas las dificultades dependen de nosotros.
Y tampoco todas nuestras decisiones son completamente conscientes.
Nuestro estado emocional, la presión, el cansancio, nuestra historia, el ambiente familiar, las amistades, nuestras inseguridades o la necesidad de sentirnos aceptados pueden influir muchísimo en lo que hacemos.
Pero entender por qué hiciste algo no significa justificarlo todo.
Significa poder aprender.
Una de las preguntas más importantes al terminar el curso no es solamente:
“¿Qué me ha pasado?”
También es:
“¿Qué parte de lo ocurrido dependía de mí?”
Y esa pregunta necesita responderse sin machacarte, pero también sin engañarte.
Responsabilizarte no significa culparte
Hay una diferencia enorme entre culpa y responsabilidad.
La culpa suele decir:
“Soy un desastre.”
“Soy vago.”
“No sirvo para estudiar.”
“Siempre lo hago todo mal.”
“Soy peor que los demás.”
La responsabilidad pregunta:
“¿Qué hice?”
“¿Qué no hice?”
“¿Por qué ocurrió?”
“¿Qué estaba necesitando?”
“¿Qué decisión tomé?”
“¿Qué consecuencias tuvo?”
“¿Qué puedo hacer de otra manera la próxima vez?”
Cuando conviertes un error en una etiqueta sobre quién eres, es difícil cambiar.
Cuando lo conviertes en información, puedes aprender.
Quizá descubriste que dejarlo todo para el último día no te funciona.
Que necesitas pedir ayuda antes.
Que estudiar mirando continuamente el móvil te hace tardar el doble.
Que hay compañeros con los que te diviertes pero con los que acabas haciendo cosas que después no te gustan.
Que dormir poco te afecta mucho más de lo que pensabas.
Que cuando algo te sale mal enseguida piensas que no eres capaz.
Que has dedicado muchas horas a preocuparte y pocas a empezar.
Que necesitas aprender a organizarte.
O quizá descubriste algo completamente diferente:
Que eras mucho más responsable de lo que pensabas.
Que supiste reaccionar ante un problema.
Que conseguiste pedir ayuda.
Que te atreviste a hacer algo que te daba miedo.
Que mejoraste una asignatura.
Que pusiste límites a alguien.
Que sobreviviste a una etapa personal complicada mientras seguías intentando estudiar.
Eso también necesitas verlo.
No hagas balance únicamente mirando las notas
Las notas importan porque aportan información sobre determinados aprendizajes.
Pero no cuentan toda la historia de un curso.
Hay aprendizajes que nunca aparecerán en un boletín.
Aprender a hablar con alguien cuando tienes un problema.
Alejarte de una amistad que te hacía daño.
Reconocer que necesitas ayuda.
Tolerar una mala nota sin pensar que todo está perdido.
Descubrir que una asignatura que odiabas puede interesarte.
Atreverte a preguntar en clase.
Ser capaz de defender a un compañero.
Aprender a organizarte un poco mejor.
Aceptar que no siempre puedes hacerlo todo perfecto.
Volver después de haber suspendido.
Seguir intentándolo cuando estabas pasando por una etapa difícil.
Todo eso también es crecimiento.
Mira también tus decisiones
Durante el curso tomas cientos de pequeñas decisiones.
Algunas parecen poco importantes.
Estudio ahora o después.
Pregunto o me quedo con la duda.
Duermo o sigo con el móvil.
Voy a clase o falto.
Hago el trabajo o lo dejo para mañana.
Copio o intento hacerlo.
Me junto con estas personas o con otras.
Participo en una burla o me aparto.
Pido ayuda o escondo que estoy mal.
Le digo a alguien lo que me está molestando o acumulo hasta explotar.
Una decisión aislada probablemente no determina tu futuro.
Pero muchas pequeñas decisiones repetidas terminan construyendo hábitos.
Y los hábitos sí pueden cambiar mucho nuestra vida.
Por eso, quizá el final de curso sea un buen momento para preguntarte:
¿Qué decisiones me acercaron a la persona que quiero ser y cuáles me alejaron?
No se trata de exigirte perfección.
Se trata de conocerte mejor.
Si algo no salió bien, intenta comprender qué había detrás
Decir simplemente “no estudié” explica muy poco.
Puedes investigar un poco más.
¿Por qué no estudiabas?
¿Te aburría?
¿No entendías y te daba vergüenza preguntar?
¿Pensabas que aunque estudiaras suspenderías igualmente?
¿Te costaba empezar?
¿Te distraías constantemente?
¿Estabas agotado?
¿Dormías mal?
¿Estabas viviendo algo que ocupaba casi toda tu cabeza?
¿Necesitabas sentir que decidías tú y estudiar se había convertido en una batalla con tus padres?
¿Habías perdido la motivación?
¿Te comparabas continuamente?
¿Te daba miedo esforzarte mucho y descubrir que aun así podías suspender?
Dos alumnos pueden hacer exactamente lo mismo y tener motivos completamente diferentes.
Comprender el motivo es importante porque la solución también será diferente.
Y si este curso fue muy difícil…
Hay alumnos que terminarán el curso pensando:
“Lo he superado.”
Y otros quizá estén pensando:
“No he podido.”
También para ellos tiene que existir esta reflexión.
No siempre se supera todo a la primera.
A veces repetir, suspender, cambiar de centro, necesitar apoyo psicológico, recibir ayuda educativa o reconocer que algo nos supera forma parte del camino.
Lo importante es intentar que la experiencia no termine únicamente en:
“Me fue mal.”
Pregúntate:
¿Qué ocurrió?
¿Qué estaba atravesando?
¿Qué me faltó?
¿Qué ayuda necesitaba?
¿Qué intenté?
¿Qué hubiera podido hacer diferente?
¿Qué necesito cambiar ahora?
¿Qué necesito que cambien también los adultos que me acompañan?
Responsabilizar a un adolescente de lo que puede hacer no significa dejarle solo con lo que no puede resolver.
Para las familias: cuidado con convertir esta conversación en otro examen
Cuando un hijo termina el curso, los adultos podemos caer rápidamente en:
“Te lo dije.”
“Si hubieras estudiado…”
“Ya veremos el año que viene.”
“Con el móvil todo el día era normal.”
“Tu primo sí que…”
Probablemente ninguna de estas frases produzca demasiada reflexión.
Cuando una persona siente que va a ser juzgada, suele defenderse.
Minimiza.
Oculta.
Discute.
Se justifica.
O deja de hablar.
Si queremos que nuestros hijos desarrollen responsabilidad, necesitamos permitir que puedan pensar sobre sus errores sin sentir que reconocerlos va a convertirse inmediatamente en un castigo o un sermón.
Podemos preguntar:
“¿Qué crees que te ha funcionado este año?”
“¿Qué cambiarías?”
“¿Dónde crees que podemos ayudarte?”
“¿Qué necesitas empezar a hacer tú?”
“¿Hubo algo que nosotros no supimos ver?”
Escuchar sus respuestas puede enseñarnos mucho.
Incluso cuando no nos gustan.
No prepares septiembre únicamente comprando libros
Preparar un nuevo curso también puede significar conocerte mejor.
Puedes preguntarte:
¿Cómo estudio mejor?
¿A qué hora me concentro más?
¿Qué cosas me distraen?
¿Cómo sé que estoy empezando a saturarme?
¿A quién puedo pedir ayuda?
¿Qué asignaturas necesitarán más atención desde el principio?
¿Qué ocurrió el año pasado cuando empecé a dejarme llevar?
¿Qué hábitos quiero cambiar antes de que vuelvan a convertirse en un problema?
¿Qué personas me hacen bien?
¿Qué límites necesito aprender a poner?
¿Qué quiero hacer diferente cuando algo me dé miedo?
Cuando aparezca el miedo al nuevo curso
Quizá dentro de unas semanas empieces a pensar:
“No sé cómo será.”
“Seguro que será dificilísimo.”
“No voy a poder.”
Cuando ocurra, prueba a mirar hacia atrás.
Recuerda septiembre del año pasado.
Tampoco sabías todo lo que iba a ocurrir.
Y aun así fuiste avanzando día tras día.
Hubo cosas que salieron bien.
Otras regular.
Algunas mal.
Pero de todas ellas puedes sacar información.
La confianza no consiste en tener la seguridad de que todo va a salir bien.
Consiste en saber que, si aparecen dificultades, puedes intentar afrontarlas, pedir ayuda, aprender, corregir y volver a intentarlo.
No necesitas empezar septiembre sintiéndote completamente seguro.
Solo necesitas recordar que ya no empiezas desde cero.
Empiezas con la experiencia de todo lo vivido este año.
Preguntas para cerrar el curso
Busca un momento tranquilo. No necesitas responderlas todas de una vez.
Sobre cómo empezaste
¿Cómo me sentía al comenzar el curso?
¿Qué era lo que más miedo me daba?
¿Qué imaginaba que iba a ser muy difícil?
¿Qué terminó siendo más sencillo de lo que esperaba?
¿Qué fui aprendiendo a hacer con el paso de los meses?
Sobre lo que salió bien
¿De qué me siento orgulloso?
¿Qué conseguí que al principio parecía difícil?
¿Qué asignatura, habilidad o situación mejoré?
¿Qué hice bien aunque nadie me felicitara por ello?
¿Qué miedo conseguí afrontar?
¿Cuándo fui responsable?
¿Cuándo ayudé a alguien?
¿Qué descubrí sobre mí?
Sobre lo difícil
¿Qué fue lo que peor llevé este curso?
¿Qué situaciones me hicieron sufrir?
¿Cuándo pensé en abandonar o dejar de intentarlo?
¿Qué necesitaba en esos momentos?
¿Pedí ayuda?
Si no la pedí, ¿qué me lo impedía?
Sobre mis decisiones
¿Qué decisiones me ayudaron?
¿Qué decisiones terminaron perjudicándome?
¿Qué hice sabiendo que probablemente tendría consecuencias?
¿Por qué lo hice?
¿Qué estaba buscando en ese momento?
¿Qué podría hacer diferente si volviera a ocurrir?
Sobre mis hábitos
¿Cómo he dormido durante el curso?
¿Cuánto ha influido el móvil en mi concentración?
¿He dejado demasiadas cosas para el último momento?
¿He sabido organizarme?
¿Qué método de estudio me ha funcionado?
¿Cuándo rendía mejor?
¿Qué hábito debería empezar antes de septiembre?
Sobre mis relaciones
¿Con quién me he sentido yo mismo?
¿Qué amistades me han hecho bien?
¿Alguna relación me ha hecho sentir pequeño, inseguro o incómodo?
¿He hecho alguna cosa para encajar que realmente no quería hacer?
¿He tratado a los demás como me gustaría que me trataran?
¿Hay alguien a quien debería pedir perdón?
¿Hay alguien a quien debería dar las gracias?
¿Necesito alejarme de alguna relación o poner algún límite?
Sobre mis emociones
¿Qué emoción he sentido más este curso?
¿Qué situaciones me provocaban ansiedad?
¿Qué hacía cuando estaba enfadado?
¿Qué hago cuando estoy triste?
¿Sé reconocer cuándo necesito parar?
¿Qué hago cuando algo me sale mal?
¿Cómo me hablo cuando me equivoco?
Sobre el próximo curso
¿Qué quiero repetir?
¿Qué quiero dejar atrás?
¿Qué quiero empezar a hacer diferente?
¿Qué tres cosas dependen principalmente de mí?
¿Qué cosas necesitaré pedir a otros?
¿A quién puedo acudir si empiezo a sentirme desbordado?
¿Qué miedo tengo respecto al próximo curso?
¿Qué pruebas tengo de que quizá sea capaz de manejarlo mejor de lo que imagino?
¿Qué me gustaría poder decir de mí mismo cuando termine el próximo curso?
Una última pregunta
Imagina que puedes hablar durante cinco minutos con la persona que eras al empezar este curso.
Probablemente podrías contarle muchas cosas.
Podrías avisarle de errores.
Tranquilizarle respecto a algunos miedos.
Decirle que disfrute determinados momentos.
Animarle a pedir ayuda antes.
Recordarle que algunas personas que parecían imprescindibles dejarán de serlo.
O explicarle que aquello que ahora parece enorme terminará haciéndose más pequeño.
Ahora piensa en ti dentro de un año.
¿Qué crees que tu “yo” del futuro agradecería que empezaras a hacer desde hoy?
Quizá esa sea una buena manera de cerrar el curso.
No preguntándote únicamente qué nota has sacado.
Sino preguntándote:
¿Qué he aprendido de mí?
Porque aprobar asignaturas es importante.
Pero aprender a conocerte, responsabilizarte de tus decisiones, pedir ayuda cuando la necesitas, tolerar los errores y confiar poco a poco en tu capacidad para afrontar lo desconocido también forma parte de crecer.
No empiezas el próximo curso desde cero.
Empiezas desde todo lo que este año te ha enseñado.
Una reflexión para alumnos y familias antes de empezar una nueva etapa
Termina un curso y parece que lo único importante es saber si has aprobado, suspendido, pasado de curso o conseguido las notas que esperabas.
Pero un curso escolar es mucho más que unas calificaciones.
Durante estos meses has tenido que aprender contenidos, organizarte, levantarte muchos días sin ganas, conocer profesores nuevos, convivir con compañeros, afrontar exámenes, gestionar nervios, tomar decisiones, equivocarte, solucionar problemas, soportar decepciones y adaptarte a situaciones que probablemente en septiembre todavía no sabías cómo ibas a afrontar.
Por eso, antes de guardar la mochila y pasar página, merece la pena detenerse un momento.
No para juzgarte.
Para entenderte.
Porque mirar lo vivido puede ayudarte mucho más de lo que imaginas a empezar el próximo curso.
¿Recuerdas cómo te sentías hace un año?
Intenta volver mentalmente al comienzo del curso.
Quizá tenías miedo.
A los profesores nuevos.
A que las asignaturas fueran demasiado difíciles.
A no encajar.
A separarte de algunos amigos.
A conocer compañeros nuevos.
A no estar a la altura.
A suspender.
A equivocarte.
A que ocurriera algo que ni siquiera sabías explicar.
Hay comienzos que despiertan mucha incertidumbre porque nuestro cerebro se siente más tranquilo cuando sabe qué va a ocurrir.
Lo nuevo no siempre es peligroso, pero todavía no tenemos información suficiente para saber cómo será. Y por eso pueden aparecer nervios, inseguridad o pensamientos como:
“No voy a poder.”
“Va a ser demasiado difícil.”
“Seguro que me va mal.”
“No voy a conocer a nadie.”
“Los demás estarán más preparados que yo.”
Dentro de poco probablemente volverás a enfrentarte a algo parecido.
Un nuevo curso.
Quizá profesores diferentes.
Más dificultad.
Otros compañeros.
Un nuevo instituto.
Bachillerato.
La universidad.
Formación profesional.
O simplemente otro año en el mismo centro.
Y si aparecen los nervios, recuerda algo importante:
Ya has vivido otros comienzos que también parecían difíciles antes de conocerlos.
Piensa en todo lo que en septiembre te preocupaba y que después acabaste haciendo con normalidad.
Aquella clase a la que no querías entrar.
Ese profesor que te imponía.
Ese examen que parecía imposible.
La presentación delante de los demás.
Hablar con alguien nuevo.
Ir solo a algún sitio.
Organizarte con más asignaturas.
Pedir ayuda.
Superar una decepción.
No significa que todo haya salido bien.
Probablemente algunas cosas fueron incluso más difíciles de lo que esperabas.
Pero tú tampoco eres exactamente la misma persona que empezó el curso.
Has vivido cosas que entonces todavía no sabías que eras capaz de afrontar.
Y eso también cuenta.
No todo lo que salió mal significa que hayas fracasado
Quizá este curso no ha sido como imaginabas.
Puede que hayas suspendido.
Que hayas estudiado menos de lo que necesitabas.
Que te hayas confiado.
Que hayas procrastinado.
Que hayas tenido problemas con compañeros.
Que hayas perdido una amistad.
Que hayas pasado por dificultades familiares.
Que te hayas sentido solo.
Que hayas tenido ansiedad.
Que hayas estado desmotivado.
Que no hayas conseguido organizarte.
Que tu teléfono, las redes sociales, los videojuegos o cualquier otra distracción te hayan quitado más tiempo del que querías reconocer.
O quizá has hecho un esfuerzo enorme y aun así los resultados no han sido los esperados.
No todas las dificultades dependen de nosotros.
Y tampoco todas nuestras decisiones son completamente conscientes.
Nuestro estado emocional, la presión, el cansancio, nuestra historia, el ambiente familiar, las amistades, nuestras inseguridades o la necesidad de sentirnos aceptados pueden influir muchísimo en lo que hacemos.
Pero entender por qué hiciste algo no significa justificarlo todo.
Significa poder aprender.
Una de las preguntas más importantes al terminar el curso no es solamente:
“¿Qué me ha pasado?”
También es:
“¿Qué parte de lo ocurrido dependía de mí?”
Y esa pregunta necesita responderse sin machacarte, pero también sin engañarte.
Responsabilizarte no significa culparte
Hay una diferencia enorme entre culpa y responsabilidad.
La culpa suele decir:
“Soy un desastre.”
“Soy vago.”
“No sirvo para estudiar.”
“Siempre lo hago todo mal.”
“Soy peor que los demás.”
La responsabilidad pregunta:
“¿Qué hice?”
“¿Qué no hice?”
“¿Por qué ocurrió?”
“¿Qué estaba necesitando?”
“¿Qué decisión tomé?”
“¿Qué consecuencias tuvo?”
“¿Qué puedo hacer de otra manera la próxima vez?”
Cuando conviertes un error en una etiqueta sobre quién eres, es difícil cambiar.
Cuando lo conviertes en información, puedes aprender.
Quizá descubriste que dejarlo todo para el último día no te funciona.
Que necesitas pedir ayuda antes.
Que estudiar mirando continuamente el móvil te hace tardar el doble.
Que hay compañeros con los que te diviertes pero con los que acabas haciendo cosas que después no te gustan.
Que dormir poco te afecta mucho más de lo que pensabas.
Que cuando algo te sale mal enseguida piensas que no eres capaz.
Que has dedicado muchas horas a preocuparte y pocas a empezar.
Que necesitas aprender a organizarte.
O quizá descubriste algo completamente diferente:
Que eras mucho más responsable de lo que pensabas.
Que supiste reaccionar ante un problema.
Que conseguiste pedir ayuda.
Que te atreviste a hacer algo que te daba miedo.
Que mejoraste una asignatura.
Que pusiste límites a alguien.
Que sobreviviste a una etapa personal complicada mientras seguías intentando estudiar.
Eso también necesitas verlo.
No hagas balance únicamente mirando las notas
Las notas importan porque aportan información sobre determinados aprendizajes.
Pero no cuentan toda la historia de un curso.
Hay aprendizajes que nunca aparecerán en un boletín.
Aprender a hablar con alguien cuando tienes un problema.
Alejarte de una amistad que te hacía daño.
Reconocer que necesitas ayuda.
Tolerar una mala nota sin pensar que todo está perdido.
Descubrir que una asignatura que odiabas puede interesarte.
Atreverte a preguntar en clase.
Ser capaz de defender a un compañero.
Aprender a organizarte un poco mejor.
Aceptar que no siempre puedes hacerlo todo perfecto.
Volver después de haber suspendido.
Seguir intentándolo cuando estabas pasando por una etapa difícil.
Todo eso también es crecimiento.
Mira también tus decisiones
Durante el curso tomas cientos de pequeñas decisiones.
Algunas parecen poco importantes.
Estudio ahora o después.
Pregunto o me quedo con la duda.
Duermo o sigo con el móvil.
Voy a clase o falto.
Hago el trabajo o lo dejo para mañana.
Copio o intento hacerlo.
Me junto con estas personas o con otras.
Participo en una burla o me aparto.
Pido ayuda o escondo que estoy mal.
Le digo a alguien lo que me está molestando o acumulo hasta explotar.
Una decisión aislada probablemente no determina tu futuro.
Pero muchas pequeñas decisiones repetidas terminan construyendo hábitos.
Y los hábitos sí pueden cambiar mucho nuestra vida.
Por eso, quizá el final de curso sea un buen momento para preguntarte:
¿Qué decisiones me acercaron a la persona que quiero ser y cuáles me alejaron?
No se trata de exigirte perfección.
Se trata de conocerte mejor.
Si algo no salió bien, intenta comprender qué había detrás
Decir simplemente “no estudié” explica muy poco.
Puedes investigar un poco más.
¿Por qué no estudiabas?
¿Te aburría?
¿No entendías y te daba vergüenza preguntar?
¿Pensabas que aunque estudiaras suspenderías igualmente?
¿Te costaba empezar?
¿Te distraías constantemente?
¿Estabas agotado?
¿Dormías mal?
¿Estabas viviendo algo que ocupaba casi toda tu cabeza?
¿Necesitabas sentir que decidías tú y estudiar se había convertido en una batalla con tus padres?
¿Habías perdido la motivación?
¿Te comparabas continuamente?
¿Te daba miedo esforzarte mucho y descubrir que aun así podías suspender?
Dos alumnos pueden hacer exactamente lo mismo y tener motivos completamente diferentes.
Comprender el motivo es importante porque la solución también será diferente.
Y si este curso fue muy difícil…
Hay alumnos que terminarán el curso pensando:
“Lo he superado.”
Y otros quizá estén pensando:
“No he podido.”
También para ellos tiene que existir esta reflexión.
No siempre se supera todo a la primera.
A veces repetir, suspender, cambiar de centro, necesitar apoyo psicológico, recibir ayuda educativa o reconocer que algo nos supera forma parte del camino.
Lo importante es intentar que la experiencia no termine únicamente en:
“Me fue mal.”
Pregúntate:
¿Qué ocurrió?
¿Qué estaba atravesando?
¿Qué me faltó?
¿Qué ayuda necesitaba?
¿Qué intenté?
¿Qué hubiera podido hacer diferente?
¿Qué necesito cambiar ahora?
¿Qué necesito que cambien también los adultos que me acompañan?
Responsabilizar a un adolescente de lo que puede hacer no significa dejarle solo con lo que no puede resolver.
Para las familias: cuidado con convertir esta conversación en otro examen
Cuando un hijo termina el curso, los adultos podemos caer rápidamente en:
“Te lo dije.”
“Si hubieras estudiado…”
“Ya veremos el año que viene.”
“Con el móvil todo el día era normal.”
“Tu primo sí que…”
Probablemente ninguna de estas frases produzca demasiada reflexión.
Cuando una persona siente que va a ser juzgada, suele defenderse.
Minimiza.
Oculta.
Discute.
Se justifica.
O deja de hablar.
Si queremos que nuestros hijos desarrollen responsabilidad, necesitamos permitir que puedan pensar sobre sus errores sin sentir que reconocerlos va a convertirse inmediatamente en un castigo o un sermón.
Podemos preguntar:
“¿Qué crees que te ha funcionado este año?”
“¿Qué cambiarías?”
“¿Dónde crees que podemos ayudarte?”
“¿Qué necesitas empezar a hacer tú?”
“¿Hubo algo que nosotros no supimos ver?”
Escuchar sus respuestas puede enseñarnos mucho.
Incluso cuando no nos gustan.
No prepares septiembre únicamente comprando libros
Preparar un nuevo curso también puede significar conocerte mejor.
Puedes preguntarte:
¿Cómo estudio mejor?
¿A qué hora me concentro más?
¿Qué cosas me distraen?
¿Cómo sé que estoy empezando a saturarme?
¿A quién puedo pedir ayuda?
¿Qué asignaturas necesitarán más atención desde el principio?
¿Qué ocurrió el año pasado cuando empecé a dejarme llevar?
¿Qué hábitos quiero cambiar antes de que vuelvan a convertirse en un problema?
¿Qué personas me hacen bien?
¿Qué límites necesito aprender a poner?
¿Qué quiero hacer diferente cuando algo me dé miedo?
Cuando aparezca el miedo al nuevo curso
Quizá dentro de unas semanas empieces a pensar:
“No sé cómo será.”
“Seguro que será dificilísimo.”
“No voy a poder.”
Cuando ocurra, prueba a mirar hacia atrás.
Recuerda septiembre del año pasado.
Tampoco sabías todo lo que iba a ocurrir.
Y aun así fuiste avanzando día tras día.
Hubo cosas que salieron bien.
Otras regular.
Algunas mal.
Pero de todas ellas puedes sacar información.
La confianza no consiste en tener la seguridad de que todo va a salir bien.
Consiste en saber que, si aparecen dificultades, puedes intentar afrontarlas, pedir ayuda, aprender, corregir y volver a intentarlo.
No necesitas empezar septiembre sintiéndote completamente seguro.
Solo necesitas recordar que ya no empiezas desde cero.
Empiezas con la experiencia de todo lo vivido este año.
Preguntas para cerrar el curso
Busca un momento tranquilo. No necesitas responderlas todas de una vez.
Sobre cómo empezaste
¿Cómo me sentía al comenzar el curso?
¿Qué era lo que más miedo me daba?
¿Qué imaginaba que iba a ser muy difícil?
¿Qué terminó siendo más sencillo de lo que esperaba?
¿Qué fui aprendiendo a hacer con el paso de los meses?
Sobre lo que salió bien
¿De qué me siento orgulloso?
¿Qué conseguí que al principio parecía difícil?
¿Qué asignatura, habilidad o situación mejoré?
¿Qué hice bien aunque nadie me felicitara por ello?
¿Qué miedo conseguí afrontar?
¿Cuándo fui responsable?
¿Cuándo ayudé a alguien?
¿Qué descubrí sobre mí?
Sobre lo difícil
¿Qué fue lo que peor llevé este curso?
¿Qué situaciones me hicieron sufrir?
¿Cuándo pensé en abandonar o dejar de intentarlo?
¿Qué necesitaba en esos momentos?
¿Pedí ayuda?
Si no la pedí, ¿qué me lo impedía?
Sobre mis decisiones
¿Qué decisiones me ayudaron?
¿Qué decisiones terminaron perjudicándome?
¿Qué hice sabiendo que probablemente tendría consecuencias?
¿Por qué lo hice?
¿Qué estaba buscando en ese momento?
¿Qué podría hacer diferente si volviera a ocurrir?
Sobre mis hábitos
¿Cómo he dormido durante el curso?
¿Cuánto ha influido el móvil en mi concentración?
¿He dejado demasiadas cosas para el último momento?
¿He sabido organizarme?
¿Qué método de estudio me ha funcionado?
¿Cuándo rendía mejor?
¿Qué hábito debería empezar antes de septiembre?
Sobre mis relaciones
¿Con quién me he sentido yo mismo?
¿Qué amistades me han hecho bien?
¿Alguna relación me ha hecho sentir pequeño, inseguro o incómodo?
¿He hecho alguna cosa para encajar que realmente no quería hacer?
¿He tratado a los demás como me gustaría que me trataran?
¿Hay alguien a quien debería pedir perdón?
¿Hay alguien a quien debería dar las gracias?
¿Necesito alejarme de alguna relación o poner algún límite?
Sobre mis emociones
¿Qué emoción he sentido más este curso?
¿Qué situaciones me provocaban ansiedad?
¿Qué hacía cuando estaba enfadado?
¿Qué hago cuando estoy triste?
¿Sé reconocer cuándo necesito parar?
¿Qué hago cuando algo me sale mal?
¿Cómo me hablo cuando me equivoco?
Sobre el próximo curso
¿Qué quiero repetir?
¿Qué quiero dejar atrás?
¿Qué quiero empezar a hacer diferente?
¿Qué tres cosas dependen principalmente de mí?
¿Qué cosas necesitaré pedir a otros?
¿A quién puedo acudir si empiezo a sentirme desbordado?
¿Qué miedo tengo respecto al próximo curso?
¿Qué pruebas tengo de que quizá sea capaz de manejarlo mejor de lo que imagino?
¿Qué me gustaría poder decir de mí mismo cuando termine el próximo curso?
Una última pregunta
Imagina que puedes hablar durante cinco minutos con la persona que eras al empezar este curso.
Probablemente podrías contarle muchas cosas.
Podrías avisarle de errores.
Tranquilizarle respecto a algunos miedos.
Decirle que disfrute determinados momentos.
Animarle a pedir ayuda antes.
Recordarle que algunas personas que parecían imprescindibles dejarán de serlo.
O explicarle que aquello que ahora parece enorme terminará haciéndose más pequeño.
Ahora piensa en ti dentro de un año.
¿Qué crees que tu “yo” del futuro agradecería que empezaras a hacer desde hoy?
Quizá esa sea una buena manera de cerrar el curso.
No preguntándote únicamente qué nota has sacado.
Sino preguntándote:
¿Qué he aprendido de mí?
Porque aprobar asignaturas es importante.
Pero aprender a conocerte, responsabilizarte de tus decisiones, pedir ayuda cuando la necesitas, tolerar los errores y confiar poco a poco en tu capacidad para afrontar lo desconocido también forma parte de crecer.
No empiezas el próximo curso desde cero.Empiezas desde todo lo que este año te ha enseñado.
Te deseo lo mejor en tu verano y en tu nuevo curso.
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En un mundo cada vez más rápido y digital, a veces olvidamos algo profundamente humano: necesitamos el contacto físico. Un abrazo, una caricia o un beso no son solo gestos de afecto, son herramientas biológicas y emocionales que influyen directamente en nuestro bienestar.
Screenshot
🧠 ¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando nos abrazamos?
Cuando tenemos contacto físico afectivo, mutuo y de una forma determinada nuestro cerebro se activa de una forma muy especial:
-Liberamos oxitocina, conocida como la hormona del vínculo, que nos ayuda a sentirnos seguros, conectados y en calma.
-Aumenta la dopamina, relacionada con el placer y la motivación.
-Se regula la serotonina, favoreciendo el equilibrio emocional.
-Disminuye el cortisol, la hormona del estrés.
Es decir, el contacto físico actúa como una especie de “regulador natural” de nuestro sistema emocional.
Un abrazo sincero puede reducir la ansiedad, mejorar el estado de ánimo y generar una sensación inmediata de bienestar.
✋ La piel: mucho más que una barrera
La piel es el órgano más grande del cuerpo y también uno de los más sensibles. Está llena de receptores que no solo detectan el tacto, sino también la intención.
Nuestro cuerpo puede diferenciar entre un toque neutro, sin más y una caricia afectiva. Existen fibras nerviosas especializadas en percibir el contacto emocional, lo que explica por qué una caricia puede calmarnos profundamente.
El contacto físico, por tanto, es una forma de comunicación emocional silenciosa, pero muy poderosa.
🧬 Una necesidad evolutiva, no un capricho
Desde el punto de vista evolutivo, el contacto físico ha sido clave para nuestra supervivencia.
Los seres humanos nacemos completamente dependientes. Un bebé no solo necesita alimento, necesita contacto para que su cerebro y su sistema nervioso se desarrollen adecuadamente. El abrazo regula, calma y organiza.
Antes de poder hablar, ya nos regulábamos a través del contacto.
Además, en términos evolutivos, el contacto físico ha favorecido la cohesión social. Igual que otros primates se acicalan para fortalecer vínculos, los seres humanos utilizamos el abrazo, la caricia o el beso como formas de generar confianza, pertenencia y seguridad.
En la vida adulta, el contacto también cumple una función importante en la pareja: fortalece el vínculo, aumenta la intimidad y favorece relaciones más estables.
❤️ Beneficios emocionales del contacto afectivo
El contacto físico saludable:
-Reduce la sensación de soledad
-Disminuye la ansiedad
-Aumenta la sensación de seguridad
-Refuerza los vínculos afectivos
-Nos ayuda a regular el sistema nervioso
En definitiva, nos conecta con nosotros mismos y con los demás.
🤔 ¿Por qué a algunas personas no les gusta el contacto físico?
Es importante entender que no todas las personas viven el contacto de la misma manera, y eso también es válido.
Algunas de las razones pueden ser:
-Haber crecido en entornos con poco contacto físico
-Experiencias negativas o traumáticas
-Alta sensibilidad a los estímulos
-Diferentes formas de expresar el afecto
-Necesidad de proteger el espacio personal
El cuerpo de cada persona tiene su propia historia, y el contacto solo es saludable cuando se vive desde la seguridad y el consentimiento.
El cariño no solo se expresa con el tacto. También puede mostrarse con palabras, gestos o presencia.
Tan importante como dar un abrazo, es saber cuándo no darlo.
El respeto por los límites del otro también es una forma de cuidado emocional.
Aun así, no debemos olvidar que el contacto físico forma parte de nuestra naturaleza. Nos regula, nos calma y nos conecta.
Porque, al final, algo tan sencillo como un abrazo no es solo un gesto es una necesidad humana.
Pero…
Cuando la necesidad de contacto se vuelve excesiva
Cuando la necesidad de contacto es muy intensa o constante, y no tiene en cuenta los límites del otro, puede volverse invasiva.
En muchos casos, esta necesidad elevada no habla tanto de “demasiado cariño”, sino de una necesidad emocional no cubierta.
Puede estar relacionada con:
-Carencias afectivas tempranas: personas que no recibieron suficiente contacto, seguridad o disponibilidad emocional en la infancia pueden buscar en la vida adulta ese “llenado” a través del contacto físico.
-Apego inseguro: especialmente en estilos de apego ansioso, donde hay una fuerte necesidad de cercanía, validación y miedo a la distancia o al abandono.
-Dificultades en la regulación emocional: el contacto se convierte en una forma rápida de calmar la ansiedad, la inseguridad o el malestar interno.
-Sensación de vacío o soledad: el cuerpo busca conexión cuando emocionalmente se siente desconectado.
-Necesidad de reafirmación: el contacto físico puede vivirse como una prueba de amor, aceptación o presencia del otro.
El problema aparece cuando esa necesidad no se regula internamente y se deposita completamente en el otro, sin atender a su comodidad o consentimiento. En esos casos, el contacto deja de ser un puente y se convierte en una forma de invadir.
Es importante entender que la necesidad es legítima, pero la forma de satisfacerla necesita ser consciente y respetuosa.
En estos casos se puede aprender a:
-Identificar qué emoción hay detrás (¿soledad, miedo, inseguridad?)
-Desarrollar recursos propios de regulación
-Respetar los límites del otro
-Y construir vínculos donde el contacto sea compartido, no impuesto
Todo ello permite transformar esa necesidad en una forma de conexión más sana y segura.
Porque el contacto que realmente suma no es el que se necesita desesperadamente, sino el que se ofrece y se recibe desde la calma, el respeto y la presencia.
Como ves en tu forma de abrazar tienes pistas para saber qué puedes trabajar.
Llevar a un niño unos días con familiares a otra ciudad no es necesariamente malo ni necesariamente bueno. Depende de para qué se hace, de las condiciones de seguridad y, sobre todo, de cómo se encuentre el niño y de qué estabilidad pueda ofrecer ese entorno.
Tras un terremoto, los niños pueden expresar el impacto de forma muy corporal y conductual: dormir peor, despertarse, llorar más, estar más pegados a sus padres, tener miedo a separarse, irritarse, hacerse pis, jugar repetitivamente al terremoto o volver temporalmente a conductas de etapas anteriores. Son respuestas que pueden aparecer después de una situación de amenaza.
¿Mejor quedarse o irse?
Si el lugar donde viven es seguro y las autoridades no indican evacuar, no recomendaría trasladar a un niño únicamente por miedo de los adultos.
¿Por qué?
Porque para un niño pequeño, después de que “la tierra haya dejado de ser segura”, perder además su casa, sus rutinas, su colegio, sus juguetes, ciertos ensere y sus figuras de referencia puede añadir más cambios e incertidumbre.
Se recomienda, siempre que sea posible, mantener a los niños junto a sus cuidadores y conservar rutinas; si hay que cambiar de entorno, es importante crear nuevas rutinas y mantener las figuras de cuidado estables.
Pero si la vivienda no es segura, hay riesgo de réplicas, las autoridades recomiendan salir o el entorno está objetivamente comprometido, marcharse es una medida de protección física, no una evitación psicológica. La seguridad física va primero.
¿Qué necesitan especialmente los niños?
1. Un adulto regulado. No necesitan que les digamos “no tengas miedo”. Necesitan percibir: “Mamá/papá está aquí. Los adultos estamos ocupándonos de esto.”
2. Información sencilla y verdadera. Sin detalles innecesarios ni imágenes. “Ha temblado la tierra. Es normal que te hayas asustado. Ahora estamos aquí y estamos seguros.”
3. Contacto físico y cercanía. Si quieren estar pegados, abrazados o dormir cerca unos días, podemos acompañarlos. No hay que interpretar automáticamente esa necesidad como “dependencia” como término negativo.
4. Rutinas. Comer, dormir, jugar, bañarse, leer un cuento… Las pequeñas rutinas devuelven previsibilidad al cerebro infantil.
5. Juego. El juego es una de las formas que tienen los niños de procesar experiencias que todavía no pueden explicar con palabras. Podemos dejarles jugar, dibujar o hablar, sin dirigirles constantemente hacia el terremoto.
6. Menos exposición a vídeos y noticias. Un niño no necesita ver una y otra vez imágenes de edificios cayéndose para comprender que ha ocurrido algo grave. Se recomienda proteger a los niños de escenas, relatos e imágenes especialmente perturbadoras. Al igual que recomendamos a los medios de comunicación a la hora de informar. Y a los adultos con la infoxicación y no informarse de noche que es cuando vamos a dormir.
Importante:
No intentemos que nuestros hijos no tengan miedo. Se trata de acompañarles y se sientan seguros. Para ellos los adultos tienen que saber regularse y compartir su propia experiencia.
Y si después de las primeras semanas el miedo continúa siendo muy intenso, aparecen pesadillas frecuentes, ataques de pánico, evitación marcada, regresiones persistentes o el malestar interfiere claramente en su vida, conviene consultar con un profesional. Importante recomienda pedir ayuda cuando la ansiedad no remite o aparecen síntomas graves.
Después de un terremoto, un niño no necesita una vida sin miedo. Necesita adultos que le ayuden a volver a sentir que el mundo puede ser seguro.
Una situación difícil también puede convertirse en una oportunidad psicológica
Un terremoto no es una experiencia que debamos minimizar ni convertir en algo positivo a la fuerza. Ha sido una situación potencialmente amenazante y es normal sentir miedo.
Pero, especialmente con los niños, podemos aprovechar estos días para enseñarles algo que les servirá para toda la vida: sentir miedo no significa no poder afrontarlo.
Podemos enseñarles que:
Las emociones intensas se pueden atravesar acompañados.
Podemos pedir ayuda cuando la necesitamos.
Nuestro cuerpo puede activarse ante el peligro y después aprender a recuperar la calma.
No todo lo que sentimos significa que algo malo esté ocurriendo ahora.
Podemos hablar de lo que nos pasa sin avergonzarnos.
Después de algo difícil podemos volver poco a poco a nuestras rutinas.
La familia puede convertirse en un lugar de seguridad y regulación.
No podemos controlar todo lo que ocurre, pero sí podemos aprender qué hacer cuando ocurre algo que nos asusta.
Y hay algo especialmente importante:
Los niños aprenden de cómo los adultos afrontamos el miedo.
Si ante cada pequeño ruido el adulto entra en pánico, busca constantemente información, habla continuamente del terremoto o transmite que “aquí puede pasar cualquier cosa”, el niño puede aprender:
“El mundo es peligroso y necesito estar alerta.”
Pero si el adulto puede decir:
“Sí, nos hemos asustado. Ha sido fuerte. Vamos a comprobar que estamos seguros y ahora vamos a seguir juntos.”
el mensaje cambia:
“Puedo sentir miedo y, aun así, estar acompañado. Los adultos saben qué hacer. El miedo pasa.”
Por eso, quizá estos días no se trate solamente de proteger a nuestros niños del miedo, sino también de enseñarles, con nuestro ejemplo, qué hacer con él.
Esta situación puede convertirse en una oportunidad para entrenar seguridad, regulación emocional, resiliencia, comunicación y confianza.
Sin negar lo ocurrido. Sin forzarles a estar bien. Sin sobreexponerles.
Un terremoto no solo puede mover el suelo. Puede alterar, durante un tiempo, nuestra sensación más básica de seguridad: “estoy a salvo”.
Desde la psicología del trauma sabemos que una experiencia potencialmente traumática no depende únicamente de lo que ocurre, sino también de cómo nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso consiguen procesarlo después.
Por eso, tras un terremoto, algunas personas pueden recuperarse progresivamente y volver a sentirse seguras, mientras que otras pueden quedar atrapadas en un estado de alarma, miedo o evitación.
Y algo importante: tener reacciones intensas después de un terremoto no significa necesariamente haber desarrollado un trauma psicológico. Tras una emergencia, el malestar psicológico es muy frecuente y, en muchas personas, disminuye con el tiempo. (Organización Mundial de la Salud)
¿Qué ocurre psicológicamente después de un terremoto?
Un terremoto tiene una característica especialmente impactante: puede romper nuestra sensación de control y predictibilidad.
Estamos acostumbrados a pensar que nuestra casa, nuestra cama, nuestro barrio o el suelo que pisamos son lugares relativamente seguros. De repente, esa seguridad puede desaparecer en segundos.
El cerebro puede registrar:
● “Mi casa ya no es segura”.
● “El suelo puede volver a moverse”.
● “No puedo controlar lo que ocurre”.
● “Podría pasar otra vez”.
● “No sé cuándo volverá a suceder”.
● “Si cierro los ojos, podría ocurrir algo”.
Estas conclusiones pueden ser adaptativas inmediatamente después del desastre. El problema aparece cuando el sistema nervioso continúa comportándose como si el peligro siguiera presente cuando ya no lo está.
1. Cómo puede cambiar nuestra forma de pensar
Después de un terremoto pueden aparecer pensamientos repetitivos y una vigilancia constante.
La persona puede empezar a interpretar pequeñas señales como amenazas:
“¿Has notado que se ha movido?” “¿Y si vuelve a temblar?” “¿Y si este ruido significa algo?” “¿Y si el edificio no aguanta?”
También pueden aparecer:
● dificultad para concentrarse;
● problemas para tomar decisiones;
● pensamientos catastróficos;
● preocupación constante;
● recuerdos intrusivos;
● imágenes mentales del terremoto;
● dificultad para pensar en el futuro;
● sensación de que “algo malo va a pasar”.
En algunas personas aparece además una modificación de sus creencias sobre sí mismas y sobre el mundo:
“El mundo no es seguro.” “No puedo confiar en nadie.” “No tengo control.” “Si me relajo, ocurrirá algo.” “Debería haber hecho algo diferente.”
Esta última idea es especialmente importante.
Después de una catástrofe, el cerebro puede intentar reconstruir la sensación de control buscando constantemente qué podríamos haber hecho para evitarla.
2. Cómo puede cambiar nuestra forma de sentir
El miedo es probablemente la emoción más evidente, pero no es la única.
Puede aparecer:
● ansiedad;
● irritabilidad;
● tristeza;
● impotencia;
● culpa;
● rabia;
● sensación de vulnerabilidad;
● angustia;
● desconexión emocional;
● sensación de irrealidad;
● sobresaltos frecuentes.
También puede existir una aparente contradicción:
personas que no sienten nada.
Pueden decir:
> “Estoy bien. No me ha afectado.”
Pero sentirse emocionalmente anestesiadas, desconectadas o funcionando en “piloto automático”.
Esto también puede formar parte de una respuesta de protección del organismo.
3. Cómo puede cambiar nuestra forma de comportarnos
Cuando el cerebro interpreta que existe peligro, modifica nuestra conducta para aumentar las posibilidades de supervivencia.
Por eso, después de un terremoto podemos observar:
-Evitación
-No querer entrar en casa, dormir solo, utilizar ascensores, permanecer en determinados edificios o estar lejos de otras personas.
-Dormir vestido, preparar una mochila permanentemente, dormir cerca de la salida o no separarse de los hijos.
-Alteraciones del sueño
-Dificultad para conciliar el sueño, despertares frecuentes, pesadillas o miedo a quedarse dormido.
-Cambios sociales
-Algunas personas buscan constantemente compañía; otras se aíslan.
-Cambios en el funcionamiento cotidiano
-Puede costar trabajar, estudiar, conducir, concentrarse o realizar actividades que antes eran normales.
Estas respuestas no deben interpretarse automáticamente como “debilidad”. Muchas son intentos del cerebro de recuperar una sensación de seguridad.
4. ¿Qué ocurre en el sistema nervioso?
Aquí aparece una de las claves para comprender el trauma.
Ante una amenaza, nuestro organismo activa sistemas destinados a detectar peligro y responder rápidamente.
El sistema nervioso autónomo participa en esta respuesta, aumentando la activación fisiológica: corazón acelerado, tensión muscular, respiración más rápida, sudoración, vigilancia y preparación para actuar.
Después de un terremoto, el problema puede aparecer cuando esta alarma no termina de apagarse.
La persona puede continuar sintiendo:
“Tengo que estar preparado por si vuelve a ocurrir.”
Es como si el cuerpo hubiera aprendido:
> **peligro = terremoto = tengo que estar alerta.**
Por eso un ruido, una vibración, una puerta que se mueve o incluso hablar del terremoto puede desencadenar una respuesta física intensa.
No es que la persona “esté exagerando”.
Su sistema nervioso está respondiendo a una señal que ha aprendido a interpretar como peligrosa.
5. ¿Qué ocurre en el cerebro?
No existe una única “zona del trauma”. Lo que ocurre es una modificación de la interacción entre diferentes sistemas cerebrales implicados en la detección de amenaza, memoria, regulación emocional y contextualización.
La amígdala
Participa en la detección y respuesta ante señales de amenaza.
Después de una experiencia traumática puede aumentar la reactividad ante estímulos asociados al peligro.
Por eso, después de un terremoto, un sonido o movimiento que antes era neutro puede convertirse en una señal de alarma.
El hipocampo
Ayuda a contextualizar los recuerdos y a diferenciar “esto ocurrió entonces” de “esto está ocurriendo ahora”.
Cuando una experiencia queda mal integrada, algunos recuerdos pueden sentirse especialmente vívidos o actuales.
La persona no solo recuerda.
Puede sentir que vuelve a estar allí.
La corteza prefrontal
Participa en procesos como la regulación, la toma de decisiones, la atención y la valoración de la situación.
Cuando el sistema de amenaza está muy activado, puede resultar más difícil utilizar estas capacidades con normalidad.
Por eso una persona muy asustada puede saber racionalmente que está a salvo y, sin embargo, seguir sintiéndose en peligro.
La ínsula
Participa, entre otras funciones, en la percepción e interpretación de señales internas del cuerpo.
Esto ayuda a comprender por qué después de una experiencia traumática algunas personas pueden prestar mucha atención a su corazón, respiración, tensión muscular, mareos o cualquier pequeña sensación corporal.
El cuerpo se convierte en un detector permanente de señales de peligro.
6. ¿Por qué algunas personas desarrollan trauma y otras no?
Esta es una pregunta fundamental.
No todas las personas expuestas a un terremoto desarrollan TEPT.
Influyen numerosos factores: la intensidad y duración de la exposición, haber sufrido lesiones o pérdidas, la sensación de amenaza vital, experiencias traumáticas previas, recursos personales, apoyo social, condiciones posteriores al desastre y la posibilidad de recuperar seguridad y estabilidad.
Por eso no debemos patologizar automáticamente las reacciones normales después de una catástrofe.
El objetivo inicial no es conseguir que alguien “no sienta nada”.
7. ¿Podemos prevenir que un terremoto se convierta en trauma?
No podemos garantizar que una persona no desarrolle un trastorno de estrés postraumático.
Pero sí podemos reducir factores de riesgo y favorecer la recuperación natural.
Y esto empieza incluso antes del terremoto.
Prepararse también es una intervención psicológica
Conocer qué hacer durante una emergencia, tener un plan familiar, saber dónde reunirse, disponer de información fiable y preparar recursos básicos puede disminuir la sensación de indefensión.
La preparación no elimina el miedo.
Pero puede aumentar la percepción de capacidad:
“No sé qué ocurrirá, pero sé qué puedo hacer.”
8. Después del terremoto: primero seguridad, después procesamiento
En las primeras horas y días, la prioridad no debería ser obligar a la persona a contar una y otra vez lo sucedido.
Necesitamos:
● garantizar seguridad física;
● cubrir necesidades básicas;
● proporcionar información fiable;
● favorecer el contacto con personas de confianza;
● recuperar rutinas progresivamente;
● facilitar descanso y sueño;
● reducir la exposición constante a imágenes y noticias;
● permitir que la persona hable si quiere, sin presionarla para hacerlo.
La Organización Mundial de la Salud recomienda la denominada Primeros Auxilios Psicológicos, que consisten en ofrecer apoyo humano, práctico y respetuoso, atender necesidades, escuchar sin forzar a hablar, favorecer la calma y conectar a la persona con recursos y apoyos. (Organización Mundial de la Salud)
Y hay algo especialmente importante:
No necesitamos hacer un “interrogatorio emocional” inmediatamente después.
La evidencia no apoya realizar de forma universal sesiones únicas de debriefing en las que se obliga a las personas a reconstruir detalladamente lo ocurrido. Las intervenciones preventivas deben adaptarse a las necesidades y síntomas de cada persona. (SIETE)
9. ¿Cuándo puede ser necesario pedir ayuda psicológica?
Conviene prestar atención cuando, después de las primeras semanas, las reacciones continúan siendo intensas o interfieren significativamente en la vida cotidiana.
Por ejemplo:
● pesadillas frecuentes;
● recuerdos intrusivos;
● sensación constante de peligro;
● ataques de pánico;
● evitación intensa;
● miedo incapacitante a permanecer en edificios;
● hipervigilancia permanente;
● alteraciones importantes del sueño;
● irritabilidad intensa;
● desconexión emocional;
● dificultad para trabajar o cuidar de uno mismo;
● aislamiento;
● sensación de que el acontecimiento sigue ocurriendo.
No hay que esperar necesariamente a que pasen meses si el sufrimiento es intenso.
La intervención temprana puede ser especialmente importante en personas que presentan síntomas significativos o un riesgo elevado. Las guías de la International Society for Traumatic Stress Studies señalan que las intervenciones deben dirigirse especialmente a quienes presentan mayor sintomatología, y consideran el EMDR entre las intervenciones con recomendación para el tratamiento temprano del estrés postraumático clínicamente significativo.
10. ¿Qué papel puede tener EMDR?
Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, para mí esta es una distinción esencial:
EMDR no consiste simplemente en hacer que una persona cuente lo que le ocurrió y mover los ojos.
Es un abordaje estructurado que busca ayudar al cerebro a reprocesar recuerdos traumáticos que continúan generando una respuesta de amenaza en el presente.
La OMS incluye EMDR entre las intervenciones psicológicas con evidencia para el tratamiento del TEPT. (Organización Mundial de la Salud)
Después de un desastre también se han estudiado protocolos de EMDR adaptados a acontecimientos traumáticos recientes. En personas afectadas por el terremoto de Emilia-Romaña de 2012, por ejemplo, se investigó el protocolo R-TEP de EMDR dentro de los primeros meses posteriores al acontecimiento.
Pero hay una idea que considero fundamental:
no todas las personas que viven un terremoto necesitan EMDR.
La mayoría puede recuperarse de forma natural con seguridad, apoyo, recursos y tiempo. La intervención psicológica debe responder a las necesidades de la persona y no convertir una reacción humana normal en una enfermedad.
11. ¿Qué podemos hacer para favorecer la recuperación?
Después de un terremoto, cuidar el sistema nervioso también significa volver poco a poco a la vida.
Mantener rutinas dentro de lo posible.
Dormir y descansar, aunque el sueño pueda estar alterado inicialmente.
Mover el cuerpo de manera adaptada a las circunstancias.
Respirar y utilizar estrategias de regulación cuando aparezca activación.
Limitar la exposición continua a noticias e imágenes del desastre.
Hablar con personas de confianza, sin obligarnos a relatar lo sucedido.
Aceptar las reacciones emocionales sin interpretarlas automáticamente como una señal de que estamos empeorando.
Y, sobre todo: volver progresivamente a aquellas actividades que transmiten normalidad y seguridad.
Una última reflexión
Un terremoto puede enseñarnos algo que también observamos en consulta:la seguridad no es solamente una idea; también es una experiencia corporal.
Podemos decirnos:
“Ya ha pasado.” Pero si el sistema nervioso continúa interpretando el mundo como peligroso, necesitaremos algo más que razonamientos para volver a sentirnos seguros.
Por eso, después de una experiencia potencialmente traumática, no se trata de obligarnos a olvidar.
Se trata de ayudar al cerebro y al cuerpo a aprender: “Eso ocurrió. Fue real. Fue difícil. Pero ahora estoy aquí.”
Y cuando el recuerdo deja de sentirse como una amenaza presente y empieza a ocupar su lugar en nuestra historia, podemos volver a mirar hacia delante.
Prevenir el trauma no significa evitar sentir. Significa crear las condiciones para que aquello que hemos vivido pueda ser integrado sin quedarse viviendo dentro de nosotros.
Un abrazo a todos. Con cariño deseo que haya sido inspirador y os ayude.
Hay profesoras y profesores que, cuando observan a un alumno sentado solo en el recreo, no ven únicamente a un niño apartado.
Reconocen una postura, una forma de bajar la mirada, un silencio demasiado largo, una risa del grupo que desde fuera podría parecer inofensiva. Perciben algo que quizá no saben explicar del todo, pero que su historia identifica antes que sus palabras.
Porque algunos docentes también fueron esos niños.
También sintieron miedo al entrar en clase. También intentaron pasar desapercibidos. También supieron lo que era comprobar quién había llegado antes al patio, buscar un lugar seguro o fingir que preferían estar solos. Algunos escucharon insultos, sufrieron burlas, fueron excluidos o descubrieron que nadie parecía darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.
Con los años eligieron una profesión que los llevó de nuevo a las aulas. Pero esta vez regresaron como adultos capaces de mirar, intervenir y proteger.
Su experiencia puede convertirse en una fuente extraordinaria de sensibilidad. Aunque también puede reactivar heridas que todavía necesitan ser atendidas.
Cuando la experiencia propia permite detectar lo que otros no ven
El bullying no siempre se presenta de manera evidente.
No siempre hay golpes, amenazas directas o una agresión que un adulto pueda presenciar. En muchas ocasiones aparece en pequeños gestos repetidos:
Una silla que nadie quiere ocupar.
Un grupo que se calla cuando llega alguien.
Una alumna que siempre se queda sin pareja.
Un mote disfrazado de broma.
Una mirada compartida antes de que todos se rían.
Un adolescente que deja de participar, pide ir al baño con frecuencia o comienza a faltar los días en que hay educación física, exposiciones orales o trabajos en grupo.
Quienes sufrieron acoso pueden ser especialmente sensibles a estas señales. Saben que una víctima no siempre pide ayuda de forma clara. Comprenden que el silencio no significa que no esté ocurriendo nada y que un menor puede negar lo sucedido porque siente vergüenza, miedo a las represalias o desconfianza hacia los adultos.
También saben que la frase «solo están jugando» puede esconder una realidad mucho más dolorosa.
Esta mirada entrenada por la experiencia puede permitirles intervenir antes, preguntar de otra manera y ofrecer al alumno algo que quizá ellos mismos necesitaron en su momento: un adulto que se da cuenta.
La importancia de sentirse visto
Para un niño que está sufriendo acoso, descubrir que un profesor ha percibido lo que ocurre puede ser profundamente reparador.
No porque una conversación resuelva por sí sola la situación, sino porque rompe uno de los mensajes más dañinos del bullying:
«Estoy solo».
Cuando un docente se acerca con respeto y dice «he observado que últimamente te quedas aparte», «me preocupa cómo te están tratando» o «no tienes que contarme todo ahora, pero quiero que sepas que estoy aquí», está ofreciendo seguridad sin forzar.
Está diciendo:
«Te veo».
«Lo que ocurre importa».
«No tienes que resolverlo solo».
«Hay adultos dispuestos a actuar».
A veces, una intervención temprana evita que una dinámica se consolide. Otras veces, no puede borrar lo vivido, pero impide que el menor siga interpretando que nadie lo protegió porque no merecía ser protegido.
Del dolor vivido a la capacidad de proteger
Algunas personas transforman su experiencia de bullying en una sensibilidad especial hacia los alumnos más vulnerables.
Prestan atención a quien queda fuera.
Organizan los grupos procurando que nadie sea siempre el último elegido.
No utilizan la humillación como forma de corregir.
Cuidan el tono con el que se dirigen al alumnado.
Evitan exponer innecesariamente a quien se siente inseguro.
Observan no solo quién agrede, sino también quién ríe, quién graba, quién calla por miedo y quién intenta ayudar.
Comprenden que el clima del aula se construye en detalles cotidianos y que la prevención no comienza el día en que aparece una denuncia. Comienza mucho antes, en la forma en que se corrige una burla, se habla de las diferencias, se distribuye el poder y se responde ante el sufrimiento.
Estos docentes pueden ofrecer algo especialmente valioso: la certeza de que haber sido víctima no condena a una persona a sentirse indefensa para siempre.
Su propia presencia puede transmitir un mensaje esperanzador:
«Lo que te están haciendo ahora no determina quién serás».
Pero haberlo vivido no siempre facilita la intervención
La experiencia propia puede aumentar la sensibilidad, pero también puede activar recuerdos, emociones y respuestas corporales.
Un profesor que sufrió bullying puede sentir una reacción especialmente intensa al presenciar una humillación. Puede aparecer rabia, ansiedad, bloqueo, ganas de intervenir de forma inmediata o una sensación de urgencia difícil de regular.
Quizá el tono de un alumno, una risa colectiva o una escena en el pasillo le devuelva, por un instante, a su propia adolescencia.
No se trata de que esté confundiendo conscientemente el pasado con el presente. Es posible que su sistema nervioso reconozca señales asociadas a una experiencia que en su momento se vivió con miedo, vergüenza o indefensión.
Puede sentir:
«Esto no puede volver a pasar».
«Tengo que protegerlo ahora mismo».
«Nadie hizo nada por mí».
«No soporto ver esta situación».
También puede ocurrir lo contrario: que la experiencia propia provoque evitación. Algunos docentes pueden minimizar lo que observan porque reconocerlo les resulta demasiado doloroso. Otros pueden pensar que el alumno debe resistir como ellos resistieron o interpretar determinadas conductas desde su propia historia.
Haber vivido bullying no convierte automáticamente a nadie en experto ni garantiza que siempre pueda intervenir con calma. La experiencia personal puede ofrecer comprensión, pero necesita acompañarse de formación, protocolos, apoyo institucional y, en ocasiones, un trabajo terapéutico propio.
Cuando la historia personal entra en el aula
Los docentes no dejan su biografía en la puerta del centro.
Entran en clase con sus conocimientos, sus valores, sus recursos y también con sus heridas. Esto no los hace menos profesionales. Los hace humanos.
La cuestión no es evitar que una experiencia personal produzca emoción, sino aprender a reconocer cuándo esa emoción está ayudando a comprender al alumno y cuándo puede interferir en la intervención.
Pueden resultar útiles algunas preguntas:
¿Qué parte de esta situación pertenece al alumno y cuál conecta con mi propia historia?
¿Estoy reaccionando solo ante lo que está ocurriendo ahora o también ante lo que me ocurrió a mí?
¿Puedo mantenerme disponible sin asumir que su experiencia será idéntica a la mía?
¿Estoy escuchando lo que este menor necesita o intentando ofrecerle lo que yo habría necesitado?
¿Necesito compartir esta situación con el equipo de orientación o pedir apoyo?
¿Estoy actuando desde la protección serena o desde una urgencia emocional que me desborda?
Estas preguntas no pretenden cuestionar la capacidad del docente. Ayudan a que la sensibilidad se convierta en una herramienta de protección y no en una fuente de desgaste.
No todos los alumnos necesitan conocer la historia del profesor
Algunos docentes se plantean contar al alumnado que ellos también sufrieron acoso.
Compartir una experiencia personal puede humanizar, ofrecer esperanza y reducir la sensación de aislamiento. Escuchar a un adulto decir «yo también pasé por algo parecido y pedir ayuda fue importante» puede ser muy significativo.
Pero la revelación debe estar al servicio del menor, no de la necesidad emocional del adulto.
Conviene preguntarse:
¿Contarlo ayudará realmente a este alumno?
¿Puedo compartirlo sin colocarle en la posición de cuidarme o consolarme?
¿Puedo hablar de ello sin desbordarme?
¿Estoy respetando mi propia intimidad?
¿Existe una forma más útil de transmitir apoyo sin narrar detalles personales?
No hace falta contar la propia historia para demostrar comprensión. A veces basta con estar presente, creer, escuchar y actuar.
La empatía no sustituye el protocolo
La sensibilidad de un profesor puede ser decisiva, pero no debería convertirlo en la única persona responsable de proteger al menor.
El bullying necesita una respuesta coordinada. No puede depender exclusivamente de que un docente tenga una historia personal que le permita detectarlo.
Hace falta:
Activar los protocolos del centro.
Registrar los hechos.
Escuchar por separado a las personas implicadas.
Valorar el riesgo y la continuidad de las conductas.
Proteger a la víctima también en los espacios digitales.
Trabajar con las familias.
Intervenir con quien agrede y con el grupo.
Supervisar patios, pasillos, vestuarios y otros espacios menos estructurados.
Evitar mediaciones prematuras cuando existe un desequilibrio de poder.
Realizar seguimiento, aunque aparentemente la situación haya cesado.
Un profesor sensible puede abrir la puerta. Pero necesita que detrás exista una institución preparada para responder.
El riesgo de cargar en soledad con cada historia
Los docentes que han sufrido bullying pueden implicarse profundamente con el alumnado que atraviesa experiencias similares. Esa implicación es valiosa, pero también puede generar desgaste.
Sentir que deben salvar a todos los niños, estar disponibles en todo momento o compensar aquello que los adultos no hicieron por ellos puede conducir a una sobrecarga emocional importante.
Además, presenciar repetidamente relatos de humillación, violencia o exclusión puede despertar recuerdos propios y generar fatiga por empatía, tristeza, irritabilidad, dificultades para desconectar o sensación de impotencia.
Cuidarse no significa volverse menos comprometido.
Significa poder seguir estando disponible sin quedar atrapado en cada situación.
Puede ayudar:
Compartir la responsabilidad con el equipo.
Respetar los límites profesionales.
Buscar supervisión o asesoramiento.
Reconocer las propias señales de activación.
Pedir ayuda psicológica cuando una situación despierta recuerdos intensos o interfiere en la vida cotidiana.
No asumir que ser fuerte consiste en soportarlo todo en silencio.
Los docentes también necesitan espacios seguros donde hablar de lo que viven.
La formación puede transformar la intuición en una intervención eficaz
La experiencia personal ofrece una sensibilidad que ningún manual puede reproducir. Pero la formación permite ordenar esa intuición y actuar con mayor seguridad.
Es importante que el profesorado conozca:
Las diferencias entre conflicto, agresión y acoso.
Las formas menos visibles de exclusión.
El papel de los espectadores.
El impacto de la difusión digital.
Las respuestas de bloqueo, huida o sometimiento.
Las razones por las que una víctima puede callar o retractarse.
La manera de preguntar sin culpabilizar.
Las medidas que protegen y las que pueden aumentar la exposición.
Los límites de la confidencialidad cuando existe riesgo.
Cómo documentar y comunicar lo observado.
La sensibilidad y el conocimiento no compiten. Se complementan.
También pueden ser referentes para quienes han acosado
La ayuda docente no se limita a la víctima.
Un profesor que conoce el daño que produce el acoso puede mantener una posición firme frente a la conducta sin reducir al alumno agresor a una identidad fija.
Puede transmitirle:
«Lo que has hecho es grave».
«No voy a justificarlo».
«Vas a asumir consecuencias».
«También voy a ayudarte a comprender por qué has actuado así».
«Esta conducta no tiene que definir quién serás, pero cambiar exige responsabilidad».
Quien sufrió bullying puede saber que deshumanizar a una persona es parte del problema. Por eso puede proteger a la víctima sin convertir al menor que agrede en un monstruo irrecuperable.
Esto no significa colocarlos al mismo nivel ni confundir responsabilidades. Significa comprender que una intervención completa debe detener el daño, proteger, responsabilizar y educar.
A quienes lo vivieron y hoy enseñan
A todas las profesoras y profesores que alguna vez sintieron miedo al entrar en clase y hoy procuran que nadie atraviese solo un pasillo.
A quienes fueron excluidos y ahora observan con cuidado quién se queda fuera.
A quienes no encontraron palabras para pedir ayuda y hoy saben escuchar incluso lo que un alumno todavía no puede contar.
A quienes recuerdan lo que dolía una risa y por eso no permiten que la humillación se disfrace de broma.
A quienes intervienen, preguntan, documentan, acompañan y vuelven a comprobar días después que el menor sigue estando bien.
Gracias.
Gracias por convertir una parte dolorosa de vuestra historia en una forma de cuidado.
Gracias por ofrecer una mirada que no se limita a enseñar una asignatura, sino que protege la dignidad de quienes están aprendiendo.
Y también gracias a quienes reconocen que algunas escenas todavía les afectan y deciden pedir ayuda. Atender las propias heridas no resta valor profesional. Permite acompañar desde un lugar más seguro, libre y consciente.
Una experiencia dolorosa no tiene que ser únicamente una herida
Haber sufrido bullying puede dejar miedo, vergüenza, desconfianza o una sensibilidad especial ante el rechazo. Pero también puede convertirse, cuando ha sido comprendido y elaborado, en una forma profunda de conciencia.
No porque el daño haya sido necesario.
No porque debamos agradecer haberlo vivido.
Sino porque una persona puede decidir qué hacer hoy con aquello que nunca debió ocurrir.
Algunos docentes transforman su experiencia en atención.
La indefensión, en protección.
El silencio, en preguntas.
La soledad, en presencia.
Y quizá una de las reparaciones más poderosas consiste precisamente en eso: convertirse en el adulto que uno necesitó cuando era niño.
No para salvar a todos en soledad.
No para revivir continuamente la propia historia.
Sino para poder mirar a un alumno y transmitirle, con palabras y con acciones:
«Te veo. Te creo. Lo que te ocurre importa. Y no vamos a dejarte solo».
El bullying no siempre termina cuando cesan las agresiones.
Aunque el menor cambie de clase, de colegio o deje de recibir mensajes, su sistema nervioso puede continuar comportándose como si el peligro siguiera presente. Puede permanecer en alerta, anticipar nuevas humillaciones, interpretar determinadas miradas como amenazas o evitar lugares y relaciones que le recuerdan lo vivido.
La victimización repetida puede funcionar como una experiencia traumática interpersonal y relacionarse con síntomas de estrés postraumático, ansiedad, depresión, aislamiento, somatización, evitación y dificultades para confiar en los demás. No todos los menores acosados desarrollarán un trauma, pero el impacto puede ser profundo y mantenerse mucho tiempo después de que el acoso haya terminado.
La terapia EMDR puede ser útil cuando esas experiencias no han quedado integradas como algo que ocurrió en el pasado, sino que siguen activándose emocional y corporalmente en el presente.
No se trabaja únicamente lo que pasó
En terapia no se atiende solo al recuerdo concreto de una agresión. También pueden trabajarse:
las burlas y humillaciones repetidas;
el miedo a acudir al colegio;
la sensación de no poder escapar;
el momento en el que nadie intervino;
la difusión de fotografías o vídeos;
el silencio de los compañeros;
la falta de respuesta de los adultos;
y las conclusiones dolorosas que el menor construyó sobre sí mismo.
Después del bullying pueden quedar creencias como:
«Soy débil».
«Hay algo malo en mí».
«No pertenezco».
«No puedo defenderme».
«No estoy seguro con otras personas».
«Si confío, volverán a hacerme daño».
«No soy suficiente».
EMDR busca que el recuerdo pueda reprocesarse y conectarse con información más adaptativa. El objetivo no es borrar lo sucedido ni convencer al menor de que no fue importante. Es ayudarle a recordar sin volver a sentir que está ocurriendo ahora.
Puede reducir la activación asociada a los recuerdos
Algunos niños y adolescentes reaccionan intensamente ante situaciones que guardan alguna relación con el acoso: entrar en el aula, escuchar risas, recibir un mensaje, exponer un trabajo, encontrarse con un grupo de compañeros o notar que alguien los observa.
Su cuerpo puede responder con taquicardia, bloqueo, temblores, dolor abdominal, llanto, rabia o necesidad de escapar.
Mediante EMDR pueden procesarse los recuerdos y desencadenantes que mantienen esa respuesta de alarma. La terapia EMDR cuenta con respaldo para el tratamiento del estrés postraumático y está contemplada por la Organización Mundial de la Salud para niños y adolescentes con TEPT.
Ayuda a trabajar la vergüenza y la culpa
Una de las consecuencias más dolorosas del bullying es que la víctima puede terminar creyendo la narración de quienes la agredieron.
Puede pensar que sufrió el acoso por su aspecto, su carácter, su cuerpo, sus dificultades, sus gustos o por no haber sabido defenderse. Incluso puede culparse por haberse quedado paralizada, haber llorado o no haber pedido ayuda antes.
EMDR permite trabajar tanto los recuerdos como esas interpretaciones:
«No fue culpa mía».
«Quedarme bloqueado fue una respuesta de supervivencia».
«Lo que hicieron habla de sus conductas, no de mi valor».
«Ahora tengo recursos y adultos que pueden protegerme».
No se trata de imponer frases positivas, sino de facilitar que la persona pueda sentirlas como verdaderas después de procesar lo vivido.
Puede reparar la sensación de indefensión
El bullying suele incluir repetición y desequilibrio de poder. La víctima puede sentir que haga lo que haga no logrará detenerlo.
Esa indefensión puede trasladarse posteriormente a otras situaciones: evitar conflictos, someterse para ser aceptada, desconfiar de los grupos o interpretar que nunca podrá protegerse.
En el trabajo con EMDR se identifican y reprocesan los momentos en los que la persona se sintió atrapada, sola o incapaz de actuar. También se fortalecen recursos de seguridad, regulación, protección y capacidad para pedir ayuda.
Permite trabajar las heridas relacionales
A veces lo más traumático no es únicamente la agresión, sino que nadie interviniera.
Puede doler que los amigos se rieran, que los compañeros difundieran el vídeo, que un profesor no se diera cuenta o que los adultos minimizaran lo ocurrido.
El aprendizaje que queda puede ser:
«Nadie me protegerá».
«No puedo confiar».
«Cuando necesito ayuda, estoy solo».
Por eso el tratamiento no debe centrarse exclusivamente en reducir el miedo. También necesita abordar la ruptura de la confianza, la pertenencia y la seguridad en las relaciones.
Puede ayudar cuando el bullying ha reactivado experiencias anteriores
El impacto no depende únicamente de lo que ocurrió, sino también de la historia previa del menor.
Una exclusión actual puede conectar con experiencias anteriores de abandono. Una humillación pública puede reactivar críticas familiares. Sentirse solo frente a un grupo puede enlazar con otras situaciones de indefensión.
EMDR permite elaborar un mapa de experiencias relacionadas, en lugar de trabajar cada síntoma como si estuviera aislado.
También puede utilizarse con quienes han agredido
EMDR no es únicamente una herramienta para las víctimas. En algunos casos puede formar parte del tratamiento de menores que han acosado cuando existen experiencias traumáticas previas, violencia sufrida, humillación, rechazo, miedo o aprendizajes relacionales que influyen en su conducta.
Pero esto requiere una aclaración fundamental: trabajar la historia de quien agrede no elimina su responsabilidad.
La intervención debe incluir límites, consecuencias, desarrollo de empatía, revisión de la presión grupal y reparación del daño cuando sea posible y seguro. Comprender el origen de la conducta no significa justificarla.
EMDR no sustituye la protección
La terapia no puede compensar un entorno en el que el acoso continúa.
Antes o junto al procesamiento terapéutico es necesario:
detener las agresiones;
activar los protocolos del centro;
proteger al menor también en el entorno digital;
preservar las pruebas sin difundirlas;
coordinarse con la familia y la escuela;
y garantizar que la víctima no tenga que exponerse continuamente a quienes la dañan.
No podemos pedirle al cerebro que procese una experiencia como pasada mientras el peligro sigue presente.
La intervención debe adaptarse a la edad, los síntomas, la estabilidad, el apoyo familiar y la capacidad de regulación. En muchas ocasiones, primero es necesario crear seguridad, fortalecer recursos y recuperar cierta sensación de control.
Lo que EMDR puede ayudar a recuperar
El objetivo no es conseguir que el menor olvide.
Es ayudarle a recuperar:
la sensación de seguridad;
la confianza en sí mismo;
la capacidad para relacionarse sin anticipar daño;
la libertad para acudir al colegio sin miedo;
una imagen propia que no esté definida por las humillaciones;
y la certeza de que lo ocurrido pertenece a su historia, pero no determina quién es.
Porque el bullying puede terminar en el exterior y continuar durante años en el interior.
EMDR puede ayudar a que aquello que todavía se vive como una amenaza presente pueda convertirse, por fin, en una experiencia pasada.
Las vacaciones suelen presentarse como ese momento del año en el que, por fin, deberíamos descansar, desconectar, disfrutar y volver completamente renovados.
Pero no siempre ocurre así.
Hay personas que regresan con más energía. Otras vuelven cansadas, irritables, tristes o con una sensación difícil de explicar. Algunas han descansado físicamente, pero su cabeza no ha parado ni un solo día. Otras han estado pendientes del trabajo, de los correos, de lo que habían dejado sin terminar o de todo lo que tendrán que afrontar al regresar.
También hay quienes, justo al empezar las vacaciones, se ponen enfermos. Aparecen migrañas, problemas digestivos, contracturas, catarros, agotamiento extremo o una necesidad enorme de dormir.
Y entonces surge la pregunta:
¿Por qué me encuentro peor justo cuando, en teoría, debería estar mejor?
Cuando el cuerpo se detiene después de sostener demasiado
Durante meses podemos funcionar en modo automático.
Cumplimos horarios, resolvemos problemas, cuidamos de otras personas, trabajamos, organizamos la casa y vamos respondiendo a lo urgente. El cuerpo se mantiene activado porque siente que todavía hay cosas que hacer.
A veces no somos plenamente conscientes del cansancio mientras estamos dentro de esa dinámica. Seguimos porque “hay que seguir”.
Pero cuando llegan las vacaciones y se produce un parón brusco, el organismo puede dejar de sostener ese estado de alerta. Al bajar el ritmo, aparece todo aquello que había quedado contenido: el agotamiento, la tensión acumulada, las emociones pendientes o las molestias físicas que no habíamos querido escuchar.
Es que llevábamos demasiado tiempo viviendo por encima de nuestras posibilidades físicas y emocionales. ¿Te ha pasado?
El cuerpo no siempre se rompe cuando estamos en plena exigencia. A veces espera hasta que siente que, por fin, puede hacerlo.
¿Has descansado o solamente has cambiado de escenario?
Irse de vacaciones no garantiza descansar.
Podemos trasladarnos a la playa, a la montaña o a otro país y seguir llevando dentro la misma prisa, la misma exigencia y la misma necesidad de control.
Podemos intentar aprovechar cada minuto, llenar todos los días de planes, visitar todos los lugares, hacer fotografías constantemente, cuidar de que todo el mundo esté contento o preocuparnos porque las vacaciones no están siendo tan perfectas como imaginábamos.
En ocasiones convertimos también el descanso en una tarea que debemos hacer bien.
Queremos disfrutar mucho, descansar mucho, aprovechar mucho y volver transformados.
Pero el descanso no siempre aparece al cambiar de lugar. Para descansar de verdad también necesitamos sentir que no tenemos que estar produciendo, complaciendo, resolviendo ni demostrando nada.
Cuando el trabajo se va de vacaciones contigo
Quizá físicamente estabas lejos, pero mentalmente seguías trabajando.
Pensabas en los asuntos pendientes, revisabas mensajes, anticipabas problemas o contabas los días que quedaban para regresar.
Puede que incluso sintieras culpa al descansar.
Hay personas que solo se sienten valiosas cuando están siendo útiles. Cuando dejan de producir, aparece inquietud, vacío o la sensación de estar perdiendo el tiempo.
Por eso desconectar puede resultar más difícil de lo esperado.
No siempre se trata de falta de voluntad. A veces el sistema nervioso se ha acostumbrado tanto a vivir en alerta que la calma resulta extraña.
Incluso puede resultar incómoda.
La vuelta también puede mostrarte lo que no encaja
Las vacaciones crean cierta distancia respecto a la vida cotidiana.
Y esa distancia puede ayudarnos a ver con más claridad cosas que durante el año normalizamos.
Quizá al volver has sentido una presión enorme al pensar en tu trabajo.
Quizá has descubierto que necesitas otro ritmo.
Puede que hayas notado cuánto te cuesta convivir con determinadas personas, cuánto esfuerzo haces por evitar conflictos o cuánto te desconectas de ti para que los demás estén bien.
Tal vez durante estos días has comido de otra manera, has dormido más, has caminado, has hablado con calma o has tenido tiempo para actividades que te hacen sentir vivo.
Y al regresar aparece el contraste.
No porque las vacaciones sean la vida real y el resto del año no lo sea, sino porque a veces el descanso nos recuerda necesidades que llevábamos tiempo ignorando.
Lo que las vacaciones pueden mostrarte sobre tus relaciones
Viajar o pasar más tiempo juntos también puede intensificar la convivencia.
Las vacaciones no solucionan los problemas de pareja. En ocasiones los hacen más visibles.
Al desaparecer las rutinas, podemos descubrir que apenas sabemos compartir tiempo sin obligaciones. Surgen discusiones por los planes, el dinero, la organización, las familias, la crianza o las distintas formas de descansar.
También puede aparecer la sensación de que una persona sostiene toda la carga mental mientras la otra simplemente “está de vacaciones”.
No es necesario dramatizar cada conflicto, pero sí escuchar lo que se repite.
¿Habéis podido disfrutar juntos?
¿Habéis respetado las necesidades de ambos?
¿Había espacio para el descanso individual?
¿Os habéis sentido acompañados o más solos estando juntos?
Las vacaciones también pueden mostrar cómo nos relacionamos cuando ya no existen tantas distracciones.
Amistades, familia y el derecho a elegir
Durante las vacaciones muchas personas pasan más tiempo con familiares o amistades.
Y eso puede ser agradable, pero también agotador.
Tal vez has vuelto a ocupar papeles antiguos: la persona que organiza, la que cede, la que evita que haya problemas, la que escucha a todo el mundo o la que nunca dice que no.
Puede que hayas aceptado planes que no deseabas para no decepcionar. Quizá te has relacionado desde la obligación y no desde el deseo.
No todas las relaciones que forman parte de nuestra historia continúan siendo lugares seguros en el presente.
Las vacaciones pueden ayudarte a observar con quién puedes ser tú mismo, con quién te sientes en tensión y qué límites necesitas empezar a construir.
Alimentación, cuerpo y culpa
Durante las vacaciones suelen cambiar los horarios, la alimentación y las rutinas de movimiento.
Eso forma parte de salir de la vida habitual.
El problema aparece cuando la vuelta se convierte en un castigo.
Dietas extremas, ejercicio compulsivo, culpa por haber comido, rechazo hacia el cuerpo o necesidad de compensar rápidamente.
Tu cuerpo no necesita que lo castigues por haber disfrutado.
Quizá necesita recuperar poco a poco sus horarios, hidratarse, descansar, moverse de una manera amable y volver a una alimentación que le siente bien.
Cuidarse no debería ser una forma de pagar por haberse permitido vivir.
El “síndrome” de la vuelta no siempre habla de falta de adaptación
Es normal que los primeros días cueste recuperar horarios, concentración y energía.
Pasar del descanso a la exigencia requiere un periodo de ajuste.
Pero si la angustia al regresar es muy intensa, se mantiene durante semanas o aparece cada vez que piensas en tu vida cotidiana, puede ser importante no reducirlo todo a “síndrome posvacacional” (síndrome que no existe como tal).
A veces no sufrimos únicamente porque las vacaciones hayan terminado.
Sufrimos porque volvemos a una realidad que nos desgasta.
A un trabajo sin límites.
A una relación en la que no nos sentimos vistos.
A una agenda imposible.
A una forma de alimentarnos o cuidarnos que no nos hace bien.
A vínculos que sostenemos por costumbre.
A una vida organizada alrededor de lo que debemos hacer y muy poco alrededor de lo que necesitamos.
Algunas preguntas para reflexionar tras las vacaciones
No necesitas responderlas todas de una vez. Puedes elegir aquellas que más te remuevan.
Sobre el descanso
¿He conseguido descansar de verdad o solamente he cambiado de actividad?
¿En qué momento sentí que mi cuerpo empezaba a relajarse?
¿Qué me impedía desconectar?
¿He necesitado varios días para dejar de sentirme en alerta?
¿Me he permitido no hacer nada sin sentir culpa?
¿Cómo ha respondido mi cuerpo cuando he parado?
Sobre el trabajo y la vuelta
¿Cuántas veces pensé en el trabajo durante las vacaciones?
¿Qué era exactamente lo que me preocupaba?
¿Qué siento cuando pienso en volver?
¿Qué parte de mi trabajo me desgasta más?
¿Qué límites necesito proteger?
¿Estoy sosteniendo una carga que ya no puedo mantener?
¿Mi vida laboral está ocupando demasiado espacio mental?
Sobre tu cuerpo y tu salud
¿Cómo he dormido durante estos días?
¿Qué síntomas han aparecido al bajar el ritmo?
¿Cuánto cansancio acumulado estaba ignorando?
¿Qué hábitos hacen que mi cuerpo se sienta mejor?
¿Qué señales físicas llevo tiempo minimizando?
¿Necesito consultar algún síntoma en lugar de seguir posponiéndolo?
Sobre la alimentación
¿He podido comer disfrutando o he estado pendiente de controlar y compensar?
¿Qué relación he tenido con mi cuerpo durante estos días?
¿Qué rutinas alimentarias me ayudan a sentirme bien?
¿Estoy cuidándome o castigándome?
¿Qué necesitaría cambiar desde la amabilidad y no desde la culpa?
Sobre la pareja
¿Cómo me he sentido compartiendo más tiempo con mi pareja?
¿Hemos podido descansar ambos?
¿Cómo hemos repartido la organización y la carga mental?
¿Qué conflictos se han repetido?
¿Hemos sabido escucharnos?
¿He tenido que callarme necesidades para evitar discusiones?
¿Qué conversación importante estamos posponiendo?
Sobre amistades y familia
¿Con qué personas me he sentido tranquilo y auténtico?
¿Con quién he estado más pendiente de agradar?
¿Qué encuentros me han dado energía?
¿Cuáles me han dejado agotado?
¿He aceptado planes que realmente no quería?
¿Qué límites necesito poner a partir de ahora?
¿Qué relaciones quiero cuidar más y cuáles necesito revisar?
Sobre la vida que estás construyendo
¿Qué he echado de menos durante las vacaciones?
¿Qué no he echado de menos en absoluto?
¿Qué parte de estos días me gustaría incorporar a mi vida habitual?
¿Qué ritmo necesito para sentirme más presente?
¿Qué estoy haciendo por obligación, miedo o costumbre?
¿Qué aspecto de mi vida ya no está alineado conmigo?
¿Qué pequeño cambio podría empezar esta semana?
¿Estoy viviendo de una forma que puedo sostener durante todo el año?
No vuelvas exactamente igual
Las vacaciones no tienen que cambiarte la vida.
Pero quizá pueden ayudarte a mirarla con un poco más de honestidad.
No se trata de tomar decisiones impulsivas, abandonar todas tus responsabilidades ni convertir cada malestar en una señal de que debes cambiarlo todo.
Se trata de escuchar.
Escuchar qué te ha hecho bien.
Qué te ha agotado.
Qué has necesitado.
Qué has tolerado demasiado tiempo.
Qué quieres conservar.
Y qué ya no deseas seguir sosteniendo de la misma manera.
Puede que no puedas vivir todo el año como si estuvieras de vacaciones.
Pero tampoco deberías necesitar escapar de tu vida para poder sentirte bien.
Quizá la verdadera reflexión después del descanso no sea únicamente:
“¿He disfrutado de mis vacaciones?”
Sino también:
“¿Qué me están enseñando estas vacaciones sobre la vida a la que estoy volviendo?”