Cuando una persona vive o presencia un accidente grave, una muerte repentina o imágenes extremadamente duras, algo cambia por dentro. A veces de forma inmediata, otras de manera silenciosa y progresiva. Muchas personas se preguntan: “¿Por qué me siento así si ya ha pasado?” o “¿Qué me está ocurriendo?”.
La respuesta no está en la debilidad, sino en cómo funciona el cerebro y el cuerpo ante el trauma.
El cerebro en modo supervivencia
Ante una amenaza extrema, el cerebro activa un sistema primitivo de protección. La amígdala, encargada de detectar peligro, se pone en alerta máxima. Al mismo tiempo, la parte más racional del cerebro, la corteza prefrontal, reduce su actividad. Esto tiene una función clara: sobrevivir.
En ese momento, el cerebro no está preparado para reflexionar ni elaborar lo que ocurre, sino para reaccionar. Por eso, las experiencias traumáticas no se almacenan como recuerdos normales, sino como fragmentos sensoriales: imágenes, sonidos, olores, sensaciones corporales o emociones intensas.
Esto explica por qué, tiempo después, pueden aparecer:
- Imágenes intrusivas que vuelven sin querer
- Sensación de irrealidad o desconexión
- Dificultad para concentrarse o tomar decisiones
- Hipervigilancia, sobresaltos o miedo constante
No es que la persona “no pase página”; es que el cerebro sigue interpretando que el peligro continúa.
El cuerpo también recuerda
El trauma no se queda solo en la mente. El cuerpo entra en un estado de activación sostenida: aumento de adrenalina y cortisol, tensión muscular, aceleración del pulso, alteraciones digestivas, temblores o sensación de frío y bloqueo.
En algunas personas aparece una respuesta de hiperactivación (ansiedad, inquietud, irritabilidad) y en otras una de hipoactivación (apatía, desconexión emocional, sensación de estar “apagado”). Ambas son respuestas normales del sistema nervioso ante una experiencia abrumadora.
Aunque racionalmente sepamos que el peligro ha pasado, el cuerpo aún no lo sabe.
Reacciones normales tras vivir o presenciar una situación traumática
En los primeros días o semanas es habitual experimentar:
- Llanto inesperado o, por el contrario, ausencia de emociones
- Dificultades para dormir
- Pensamientos repetitivos sobre lo ocurrido
- Culpa o sensación de impotencia
- Necesidad de hablar constantemente o deseo de aislarse
Estas reacciones no indican un trastorno en sí mismas. Son señales de que el sistema nervioso está intentando procesar una experiencia para la que no estaba preparado.
El impacto de las imágenes
El cerebro no distingue con claridad entre lo vivido en primera persona y lo visto repetidamente a través de imágenes. La exposición continuada a escenas explícitas puede tener un efecto traumático, especialmente en niños, adolescentes y personas vulnerables.
Limitar la exposición, evitar el consumo en bucle y no compartir imágenes innecesarias no es negar la realidad: es cuidar la salud mental individual y colectiva.
Qué podemos hacer si hemos vivido o presenciado algo potencialmente traumático
1. Regular el cuerpo antes que la mente
En trauma, el cuerpo va primero. Respirar de forma lenta, sentir los pies en el suelo, notar el contacto con una superficie firme, abrigarse o beber algo caliente ayuda a enviar al cerebro un mensaje de seguridad.
2. Volver al presente
Cuando aparecen imágenes o recuerdos, es útil anclarse al aquí y ahora: nombrar lo que vemos alrededor, tocar objetos con textura, recordar conscientemente que “esto ya ha pasado”.
3. No forzar el relato
Hablar no siempre ayuda en caliente. Cada persona necesita su propio ritmo para elaborar lo ocurrido. Escuchar sin presionar es una de las formas más efectivas de acompañar.
4. Cuidar la información que consumimos
Elegir cuándo y cómo informarnos protege al sistema nervioso de una sobreestimulación innecesaria.
5. Buscar ayuda profesional si el malestar persiste
Cuando las imágenes no cesan, el miedo no disminuye, aparece bloqueo o evitación intensa, o el sufrimiento se mantiene con el paso de las semanas, es importante acudir a un profesional especializado en trauma.
EMDR y el procesamiento del trauma
Desde el enfoque del trauma y terapias como EMDR, entendemos que el problema no es lo que ocurrió, sino cómo quedó almacenado en el cerebro. El trauma es un recuerdo que sigue activándose como si estuviera ocurriendo ahora. El trabajo terapéutico permite que ese recuerdo se procese y se integre, perdiendo su carga emocional y corporal.
Ante situaciones extremas, no necesitamos ser fuertes ni “poder con todo”. Necesitamos seguridad, acompañamiento y comprensión. El cerebro y el cuerpo tienen una enorme capacidad de recuperación cuando se les ofrece el contexto adecuado.
Cuidar la salud mental en estos momentos no es un lujo: es una forma de prevención, humanidad y responsabilidad colectiva.
Acciones clave de autocuidado en los días posteriores a un evento traumático
Priorizar la regulación del sistema nervioso
En los primeros días, el objetivo no es “entender” lo ocurrido, sino volver a sentir seguridad en el cuerpo.
- Respiraciones lentas (exhalar más largo que inhalar)
- Contacto con superficies firmes (suelo, silla, pared)
- Movimientos suaves: caminar despacio, estiramientos lentos
- Mantener el cuerpo abrigado
👉 Pequeñas acciones repetidas varias veces al día ayudan más que grandes esfuerzos puntuales.
Sostener rutinas básicas
El trauma desorganiza. Las rutinas dan estructura al cerebro.
- Comer a horarios regulares, aunque sea poco
- Dormir y levantarse a la misma hora
- Mantener hábitos sencillos del día a día
La regularidad transmite seguridad al sistema nervioso.
Cuidar el descanso (aunque el sueño esté alterado)
- Evitar pantallas e información intensa antes de dormir
- Crear un ritual de cierre del día (ducha caliente, música suave)
- Si no se duerme bien, no forzarse ni culpabilizarse
Dormir mal los primeros días es frecuente y no significa que algo vaya mal.
Regular la exposición a información e imágenes
- Elegir momentos concretos para informarse
- Evitar ver imágenes explícitas o repetitivas
- No consumir noticias justo antes de dormir
El cerebro necesita pausas para procesar.
Buscar contacto humano seguro
- Estar con personas que no exijan explicaciones
- Compartir silencios, paseos o actividades simples
- Pedir ayuda práctica si es necesario
El trauma se amortigua en presencia segura.
Validar las propias reacciones
- No juzgar emociones ni ausencia de ellas
- Aceptar cambios de humor o cansancio
- Recordar: “esto es una respuesta normal a algo anormal”
La autocompasión es una herramienta terapéutica.
Evitar decisiones importantes
En los días posteriores:
- No hacer cambios vitales relevantes
- No tomar decisiones bajo alta activación emocional
El cerebro aún está en modo protección.
No forzar el relato
- Hablar solo cuando se sienta necesario
- No revivir detalles repetidamente
- Respetar el propio ritmo
Contar no siempre regula; a veces reactiva.
Actividades que ayudan a descargar el cuerpo
- Caminar
- Escribir sin releer
- Dibujar, ordenar, cocinar
- Duchas calientes seguidas de contacto con algo frío
El cuerpo necesita completar respuestas que quedaron bloqueadas.
Pedir ayuda profesional si el malestar no disminuye
Es importante consultar cuando:
- Las imágenes intrusivas continúan
- Hay bloqueo, desconexión o miedo intenso
- El cuerpo no logra bajar la activación
- El malestar persiste más de 2–3 semanas
En los días posteriores a una situación portencialmente traumática, cuidarse no es aislarse ni exigirse, sino escuchar al cuerpo, bajar el ritmo y permitir que el sistema nervioso vuelva poco a poco a sentirse a salvo.







