Yolanda Cuevas Ayneto

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“Quiero controlar mi ansiedad”

Hola Yolanda:

“Llevo meses sintiéndome nerviosa casi todo el tiempo. Mi cabeza no para. Me preocupo por cosas que todavía no han ocurrido y siento que estoy siempre en alerta. Estoy cansada de darle vueltas a todo y me gustaría aprender a controlar mi ansiedad.”

Cuando leo mensajes así, lo primero que pienso es que detrás de esas palabras suele haber mucho cansancio.

El cansancio de intentar estar bien y no conseguirlo.

El cansancio de decirse a una misma que debería relajarse.

El cansancio de escuchar consejos que no terminan de funcionar.

Y también el cansancio de sentir que algo tan cotidiano como descansar, desconectar o disfrutar se ha convertido en una tarea difícil.

Por eso, si tú también te reconoces en estas líneas, quiero compartir que cada semana escucho a personas que describen sensaciones muy parecidas. Personas que viven con la sensación de tener la cabeza siempre ocupada, de estar pendientes de todo, de anticipar problemas o de sentir una inquietud constante incluso cuando aparentemente todo va bien.

Muchas veces llegan preocupadas porque creen que tienen un problema de ansiedad.

Y aunque la ansiedad está presente, con frecuencia descubrimos que la historia es bastante más compleja.

La ansiedad no suele ser el problema. Suele ser la señal.

Imagina por un momento la alarma de una casa. Su función es avisarnos cuando existe una amenaza. Gracias a ella podemos reaccionar, protegernos y actuar.

El problema aparece cuando la alarma sigue sonando aunque ya no haya ningún peligro.

Eso es lo que les ocurre a muchas personas.

Su sistema nervioso ha aprendido a permanecer atento, vigilante y preparado para reaccionar. Y aunque racionalmente saben que están a salvo, su cuerpo sigue actuando como si tuviera que defenderse de algo.

Por eso aparecen pensamientos repetitivos, preocupación constante, tensión muscular, dificultad para descansar o esa sensación de estar siempre aceleradas.

No porque sean débiles.

No porque estén exagerando.

No porque les falte fuerza de voluntad.

Sino porque su organismo lleva demasiado tiempo funcionando en modo supervivencia.

Cuando vivir en alerta se convierte en una costumbre

Algo que me llama la atención en consulta es que muchas personas ni siquiera son conscientes de cuánto tiempo llevan viviendo así.

Se han acostumbrado a preocuparse.

A anticiparse.

A controlar.

A revisar todo varias veces.

A pensar en todos los escenarios posibles.

A sentirse responsables de todo.

Y como llevan años haciéndolo, terminan creyendo que esa es su forma de ser.

Sin embargo, cuando profundizamos un poco más solemos encontrar algo diferente. Encontramos historias.

Historias de personas que crecieron en entornos muy exigentes.

Personas que aprendieron pronto a no molestar.

Personas que tuvieron que asumir responsabilidades demasiado pronto.

Personas que recibieron muchas críticas.

Personas que pasaron por experiencias dolorosas que dejaron una huella emocional importante.

Personas que aprendieron que relajarse podía ser peligroso porque cuando bajaban la guardia ocurrían cosas que les hacían daño.

Y entonces todo empieza a tener sentido.

Porque la ansiedad deja de parecer un enemigo y empieza a mostrarse como una estrategia de protección.

Una estrategia que quizá fue útil en algún momento, pero que hoy está generando sufrimiento.

Lo que me interesa comprender cuando alguien me habla de ansiedad

Cuando una persona entra en consulta diciendo que tiene ansiedad, mi primera pregunta no es cómo quitarla.

Mi primera pregunta suele ser otra.

¿Qué está intentando proteger esa ansiedad?

¿Qué teme?

¿Qué ha vivido?

¿Qué ha aprendido sobre sí misma y sobre el mundo?

¿Qué necesita para sentirse segura?

Porque detrás de la ansiedad casi siempre hay algo que merece ser escuchado.

A veces es miedo.

A veces es inseguridad.

A veces es agotamiento.

A veces son heridas emocionales que nunca tuvieron espacio para sanar.

Y otras veces son años de autoexigencia y presión interna que han terminado pasando factura.

Más allá de aprender técnicas

Por supuesto que existen herramientas que ayudan.

La respiración.

El mindfulness.

La regulación emocional.

Los recursos corporales.

Todo ello puede ser muy útil y forma parte del proceso.

Pero mi experiencia me ha enseñado que muchas personas no necesitan únicamente aprender a relajarse.

Necesitan comprender por qué no consiguen relajarse.

Necesitan entender qué mantiene encendida esa alarma.

Necesitan reconstruir la sensación de seguridad que quizá se perdió en algún momento del camino.

Por eso, además de trabajar herramientas prácticas, exploramos las experiencias, aprendizajes y creencias que siguen influyendo en el presente.

Y cuando es adecuado, utilizamos EMDR para ayudar al cerebro a procesar aquellas vivencias que continúan activando respuestas emocionales de forma automática.

La buena noticia

Después de muchos años trabajando con personas que sufren ansiedad, hay algo que me gusta recordarles.

Tu ansiedad no es tu identidad.

No naciste siendo ansiedad.

No eres una persona rota.

No estás condenada a vivir así para siempre.

Tu cerebro aprendió a protegerte de una determinada manera.

Y del mismo modo puede aprender nuevas formas de sentirse seguro.

Si te has sentido identificada con estas palabras, quizá ha llegado el momento de dejar de luchar contra ti misma.

Quizá ha llegado el momento de escuchar qué está intentando decirte esa ansiedad.

Porque vivir no debería consistir únicamente en sobrevivir.

Y pedir ayuda no es una señal de debilidad.

Muchas veces es el primer paso para recuperar la calma, la confianza y la libertad que llevas demasiado tiempo buscando.

Yolanda Cuevas
Psicóloga especializada en EMDR y trauma.
Instructora en mindfulness y respiración

Yolanda@yolandacuevas.es

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EMDR no es solo una técnica: es un abordaje terapéutico completo

Cuando hablamos de EMDR muchas personas piensan automáticamente en el movimiento ocular.

“Ah, sí, eso de seguir los dedos con la mirada”.

“Eye Movement Desensitization and Reprocessing”, que en español se traduce como “Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares”.

Desensibilización: reducir la intensidad emocional asociada a recuerdos dolorosos.

Reprocesamiento: ayudar al cerebro a integrar esas experiencias de forma adaptativa, para que dejen de generar malestar o reacciones desproporcionadas en el presente.

Pero EMDR es mucho más que una técnica concreta. Es un abordaje terapéutico estructurado, profundo y cuidadosamente planificado, que tiene en cuenta la historia completa de la persona y su capacidad actual para sostener el procesamiento emocional.

Antes de procesar, hay que comprender

En EMDR no empezamos trabajando directamente los recuerdos difíciles.

Primero exploramos la biografía de la persona:

¿Qué experiencias han sido significativas?

¿Qué eventos pueden haber dejado huella?

¿Qué creencias se formaron a partir de esas vivencias?

¿Cómo impactaron en su autoestima, en sus relaciones y en su manera de gestionar emociones?

No se trata solo de “qué pasó”, sino de cómo quedó almacenado en su sistema nervioso.

Evaluamos la estabilidad actual

Antes de reprocesar experiencias traumáticas o dolorosas, valoramos algo esencial:

¿Tiene la persona recursos suficientes para afrontar lo que pueda activarse?

En esta fase trabajamos:

Regulación emocional

Identificación de señales corporales

Desarrollo de recursos internos (lugares seguros, figuras de apoyo, experiencias fortalecedoras)

Ampliación de la ventana de tolerancia

Porque EMDR no consiste en revivir el trauma sin sostén.

Consiste en procesarlo con seguridad.

La preparación no es un trámite. Es terapia.

La fase de preparación puede durar varias sesiones. Y no es “esperar para empezar lo importante”.

Es parte fundamental del tratamiento.

Cuando ayudamos a una persona a conectar con recursos, a comprender cómo funciona su sistema nervioso y a sentirse acompañada, ya estamos produciendo cambios terapéuticos profundos.

La alianza terapéutica es la base

En cualquier enfoque terapéutico la relación es importante. En EMDR es imprescindible.

-El procesamiento solo es posible cuando existe:

-Confianza

-Seguridad relacional

-Sensación de acompañamiento

-Ritmo respetado

-No forzamos recuerdos. No aceleramos procesos.

-Seguimos la capacidad del sistema nervioso.

Procesar no es remover. Es integrar.

Cuando finalmente se inicia el reprocesamiento, no buscamos que la persona “reviva” el dolor.

Buscamos que el recuerdo pierda la carga emocional desbordante y pueda integrarse como parte del pasado.

Que deje de activarse como si estuviera ocurriendo ahora.

Ese es el objetivo del abordaje EMDR:

no borrar la historia, sino ayudar al cerebro a digerirla.

EMDR no es una técnica aislada.

Es un modelo que integra evaluación, estabilización, procesamiento e integración.

Y, sobre todo, es un trabajo profundamente respetuoso con los tiempos y la capacidad de cada persona.

Evidencia científica:

https://www.emdr-es.org/Sobre-EMDR/Investigaciones-que-avalan-el-EMDR-como-psicoterapia

Si quieres empezar escríbeme a yolanda@yolandacuevas.es

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¿Por qué nos cuesta tanto poner límites?

Hablar de límites se ha vuelto cada vez más frecuente. Escuchamos constantemente frases como “aprende a decir no”, “priorízate” o “pon límites sanos”. Y aunque muchas personas comprenden la importancia de hacerlo, en la práctica sigue siendo una de las dificultades emocionales más comunes.

Porque poner límites no consiste únicamente en rechazar algo o marcar distancia. En muchas ocasiones implica enfrentarnos al miedo al conflicto, al rechazo, a decepcionar a otros o incluso a sentir culpa por pensar en nosotros mismos.

Detrás de la dificultad para poner límites suele haber una historia personal: aprendizajes, experiencias, inseguridades o dinámicas relacionales donde quizás nos acostumbramos a priorizar las necesidades ajenas antes que las propias. Por eso, entender los beneficios de poner límites es importante, pero comprender por qué no los ponemos es clave para poder trabajarlo de una forma más profunda y consciente.

Los límites saludables no nos alejan de los demás; nos ayudan a construir relaciones más honestas, equilibradas y respetuosas. También nos permiten proteger nuestra salud mental, cuidar nuestra energía y vivir de una manera más coherente con lo que necesitamos y sentimos.

5 razones para aprender a poner límites

  1. Proteges tu bienestar emocional

Poner límites te ayuda a evitar el agotamiento, la sobrecarga emocional y el estrés constante.

  1. Te valoras a ti misma

Cuando pones límites, estás transmitiendo el mensaje de que tus necesidades, emociones y tiempos también importan.

  1. Mejoras tus relaciones

Los límites claros crean relaciones más sanas, honestas y respetuosas. Ayudan a evitar el resentimiento y favorecen una comunicación más auténtica.

  1. Tomas el control de tu vida

Dejas de vivir únicamente para cumplir expectativas ajenas y empiezas a elegir aquello que realmente es bueno para ti.

  1. Ganas en autoestima y confianza

Cada vez que expresas un límite de forma saludable, fortaleces la confianza en ti misma y en tus decisiones.

Entonces… ¿por qué cuesta tanto poner límites?

A veces sabemos que poner límites es importante… y aun así nos cuesta muchísimo hacerlo.

Y no es porque no sepamos decir “no”. Muchas veces detrás hay miedo, culpa, necesidad de aprobación o el aprendizaje de haber priorizado siempre a los demás antes que a nosotros mismos.

Entender los beneficios de poner límites puede motivarnos. Pero comprender por qué no los ponemos es lo que realmente nos ayuda a trabajarlo desde la raíz.

Porque los límites no se aprenden solo con frases bonitas. Se construyen con autoestima, seguridad y permiso para cuidarnos también a nosotros mismos.

Algunas razones frecuentes por las que cuesta poner límites
-Miedo al rechazo o al conflicto
-Necesidad de agradar y ser aceptados
-Sentimiento de culpa
-Baja autoestima
-Haber aprendido a priorizar siempre a los demás
-Creer que poner límites es ser egoísta
-Miedo a decepcionar
-Dependencia emocional
-Falta de seguridad personal
-Haber crecido en entornos donde no se respetaban los límites
-Confundir amor con aguantarlo todo
-Temor a quedarse solos
-Exceso de responsabilidad hacia los demás
-Dificultad para identificar las propias necesidades
-Estrés o agotamiento emocional que dificulta reaccionar


La importancia de trabajarlo

Aprender a poner límites es un proceso. Y como todo proceso emocional, no se cambia de un día para otro solo porque entendamos racionalmente que sería bueno hacerlo.

Muchas personas saben perfectamente qué deberían hacer, pero sienten que algo dentro les impide actuar de otra manera. Ahí es donde aparece la importancia de mirar más allá de la conducta y comprender qué experiencias, heridas, miedos o aprendizajes pueden estar sosteniendo esa dificultad.

A veces cuesta poner límites porque durante mucho tiempo aprendimos que teníamos que agradar, cuidar, adaptarnos o soportar para sentirnos queridos, válidos o aceptados. Y cuando esas respuestas llevan años acompañándonos, nuestro sistema emocional puede vivir el poner límites como una amenaza, aunque sepamos que es necesario.

Por eso, trabajar los límites no consiste únicamente en aprender técnicas de comunicación o frases asertivas. También implica fortalecer la autoestima, conectar con nuestras necesidades, regular el miedo, sanar heridas emocionales y desarrollar seguridad interna.

¿Cómo puede ayudar EMDR?

Terapias como EMDR pueden ser de gran ayuda para trabajar esta dificultad desde una raíz más profunda. EMDR permite abordar experiencias pasadas que han podido influir en la dificultad para poner límites, ayudando a reprocesar emociones, creencias negativas y patrones que siguen activos en el presente.

Muchas veces, detrás de un “no puedo decir que no” hay miedo al abandono, rechazo, culpa o experiencias donde nuestras necesidades no fueron escuchadas, respetadas o validadas.

Sanar esas experiencias no solo ayuda a comprendernos mejor, sino también a responder desde un lugar más consciente, seguro y libre.

Porque poner límites no es dejar de querer a los demás.
Es empezar también a cuidarte a ti.

Yolanda@yolandacuevas.es

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