Yolanda Cuevas Ayneto

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Agresiones sexuales en adolescentes: impacto psicológico, prevención e intervención temprana.

Cada vez que aparece una noticia relacionada con una agresión o abuso sexual entre adolescentes, es normal que como sociedad sintamos indignación, preocupación e incluso miedo.

Se habla de denuncias, de centros educativos, de protocolos, de responsabilidades legales y de las consecuencias para quienes han cometido la agresión.

Y todo ello es necesario.​ Pero como psicóloga especializada en trauma y EMDR, hay algo que me preocupa especialmente: lo que ocurre después con los adolescentes que han sufrido esa experiencia y con las familias que intentan acompañarlos sin saber muy bien cómo hacerlo.

Porque cuando una agresión sexual sucede, no estamos hablando únicamente de un hecho.​ Estamos hablando de una experiencia que puede impactar profundamente en la forma en que una persona se relaciona consigo misma, con los demás y con el mundo.

​El impacto es siempre importante sea la edad que sea ​pero cuando ocurre en la adolescencia, una etapa tan importante para el desarrollo, el impacto puede ser aún mayor.

La adolescencia es mucho más frágil de lo que a veces pensamos

Desde fuera podemos ver adolescentes que salen con sus amigos, utilizan redes sociales, estudian, practican deporte o parecen seguir con su vida normal.
Pero por dentro están construyendo aspectos fundamentales de quienes serán en el futuro.

​-Están desarrollando su identidad.
​-Aprenden a relacionarse con su cuerpo.

​-Descubren la intimidad, el afecto y la sexualidad.
​-Buscan pertenecer a un grupo.
​-Intentan sentirse aceptados.
​-Aprenden a confiar en sí mismos y en los demás.

Cuando una agresión o abuso irrumpe en este proceso, puede alterar muchas de esas bases.​ Por eso es tan importante no minimizar lo ocurrido ni pensar que el tiempo, por sí solo, lo resolverá.

El trauma no siempre se ve​ y una de las dificultades que encontramos muchas veces es que las consecuencias no siempre aparecen de forma inmediata.

Hay adolescentes que lloran, hablan y expresan su sufrimiento.​ Pero también hay otros que parecen seguir adelante.

Vuelven al instituto.​ Salen con sus amigos.​ Incluso dicen que están bien.

Y sin embargo, por dentro, pueden estar librando una batalla enorme.

​-Ansiedad constante.
​-Problemas para dormir.
​-Pesadillas.
​-Miedo a determinadas situaciones o personas.
​-Ataques de pánico.
​-Irritabilidad.
​-Dificultades de concentración.
​-Tristeza profunda.
​-Sentimientos de culpa o vergüenza.
​-Desconexión emocional.
​-Consumo de alcohol o sustancias.
​-Conductas de riesgo.
​-Autolesiones.

A veces los padres observan cambios y no consiguen entender qué está ocurriendo.​ Porque no siempre dicen lo ocurrido nada más que sucede. El miedo, la vergüenza-, el bloqueo, las amenazas no dejan hablar.

Su hijo o hija ya no es el mismo.
​-Se aísla.
​-Se enfada con facilidad.
​-Parece distante.
​-Pierde interés por actividades que antes disfrutaba.

Y muchas veces detrás de estos cambios encontramos un sistema nervioso que sigue sintiéndose en peligro.

Lo que más duele no siempre es la agresión

Aunque pueda resultar difícil de comprender, en consulta vemos con frecuencia que algunas de las heridas más profundas no proceden únicamente de lo ocurrido.

También aparecen por cómo se interpreta lo ocurrido.

Muchos adolescentes desarrollan pensamientos como:

“Podría haberlo evitado.”
“Fue culpa mía.”
“No debería haber estado allí.”
“Seguro que hice algo mal.”
“Ahora nadie me va a entender.”

La culpa y la vergüenza suelen convertirse en compañeras silenciosas del trauma.
Y son especialmente dañinas porque aíslan.
Hacen que la persona deje de pedir ayuda.
Hacen que se esconda.​ Que dude de sí misma.
Que piense que tiene que cargar sola con el dolor.

Por eso una de las primeras tareas terapéuticas consiste en ayudarles a comprender que la responsabilidad siempre pertenece a quien agrede.

Nunca a quien sufrió la agresión.

Un mensaje para los padres

Si eres madre o padre y estás leyendo estas líneas, probablemente una de las emociones que más te acompañe sea la impotencia.

Es normal.
Nadie nos prepara para ver sufrir a nuestros hijos.​ Y mucho menos para afrontar una situación así.

Muchos padres se preguntan:
“¿Qué tendría que haber hecho?”
“¿Cómo no me di cuenta?”
“¿Y si hubiera estado más pendiente?”

La culpa también suele aparecer en las familias.
Sin embargo, en este momento lo más importante no es buscar culpables.
Lo más importante es convertirse en una base segura para el adolescente.
​-Escuchar sin juzgar.
​-Creer lo que cuenta.
​-Respetar sus tiempos.

​-Acompañar sin presionar.

Y transmitir un mensaje fundamental:​ “No estás sol​a/o. Vamos a atravesar esto juntos.”

Muchas veces los adolescentes no necesitan respuestas perfectas.

Necesitan sentir que alguien permanece a su lado incluso cuando ellos mismos no entienden lo que sienten.

¿Por qué es importante intervenir cuanto antes?

Porque el cerebro tiene una enorme capacidad de recuperación cuando recibe la ayuda adecuada.

Las experiencias traumáticas pueden quedar almacenadas de una forma diferente en nuestro sistema nervioso.
Es como si una parte del cerebro siguiera reaccionando como si el peligro todavía estuviera presente.
Por eso algunas personas siguen sintiendo miedo, vergüenza o inseguridad meses e incluso años después de que la situación haya terminado.

No porque sean débiles.​ N​i porque quieran llamar la atención.

Sino porque su cerebro sigue intentando protegerlas.

La intervención temprana puede reducir enormemente el impacto a largo plazo.
Puede ayudar a recuperar la sensación de seguridad.
Puede prevenir dificultades futuras en las relaciones, la autoestima o la salud mental.
Y puede evitar que el sufrimiento se cronifique.

El papel de EMDR en la recuperación

Una de las herramientas que utilizo habitualmente en consulta es EMDR.
EMDR no busca borrar recuerdos.​ Tampoco pretende que la persona olvide lo sucedido.

Lo que hace es ayudar al cerebro a procesar una experiencia que quedó bloqueada.

Cuando esto ocurre, el recuerdo deja de vivirse como una amenaza constante.
La persona puede recordar lo ocurrido sin quedar atrapada emocionalmente en ello.​ Poco a poco recupera sensación de control, seguridad y confianza.

Y algo muy importante: vuelve a conectar con la idea de que su vida es mucho más grande que aquello que le ocurrió.

La prevención empieza mucho antes

Cuando hablamos de prevención solemos pensar en protocolos o medidas de seguridad.​ Pero la prevención empieza mucho antes.

Empieza cuando enseñamos a nuestros hijos a reconocer sus emociones.
Cuando les enseñamos a poner límites.
Cuando hablamos de consentimiento.

Cuando fomentamos el respeto.
Cuando les ayudamos a diferenciar presión de cariño.
Cuando les enseñamos que tienen derecho a decir no.
Cuando construimos espacios donde puedan hablar sin miedo.

La prevención también es educación emocional.​ Y es responsabilidad de ​TODOS.

He acompañado a muchas personas que llegaron a consulta pensando que jamás volverían a sentirse seguras.
Personas que creían que aquella experiencia las definiría para siempre.

Y quiero decir algo importante.

Lo ocurrido importa.​ Las consecuencias importan.​ El dolor importa.

Pero la historia no termina ahí.

Con apoyo, comprensión y ayuda especializada, muchas personas consiguen reconstruirse.
Sino porque aprenden a vivir sin que el trauma dirija cada paso de su vida.

Si tú, tu hijo​/a o alguien cercano está atravesando una situación así, no esperéis a que el tiempo lo cure todo.

Pedir ayuda no es una señal de debilidad.​ Es una forma de proteger el presente y también el futuro.

​Un abrazo.

Aquí un podcast sobre trauma Conoce el trauma y como limita y condiciona

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Lo que la ansiedad quiere que sepas

“Estoy cansada de sentirme así.”

Es una de las frases que más escucho en consulta.

Personas que viven pendientes de todo.
Que anticipan problemas constantemente.
Que sienten tensión aunque aparentemente todo vaya bien.
Que se despiertan cansadas.
Que notan el corazón acelerado.
Que no consiguen desconectar.

Y muchas llegan pensando que tienen un problema llamado ansiedad. Pero con frecuencia les digo algo que les sorprende: La ansiedad no suele ser el problema. La ansiedad suele ser la señal.

Una señal de que algo dentro de nosotros lleva tiempo intentando ser escuchado.

Porque la ansiedad no aparece para fastidiarnos la vida. Aparece para protegernos.

El problema es que, a veces, nuestro sistema nervioso sigue funcionando como si existiera un peligro aunque ese peligro ya no esté presente.

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, he aprendido que detrás de muchas ansiedades hay historias, experiencias, aprendizajes y heridas que todavía siguen activando la alarma.

Por eso hoy quiero compartir contigo diez cosas que la ansiedad querría que supieras.

  1. La ansiedad no es tu enemiga

Sé que probablemente no se siente así. Cuando te cuesta respirar, cuando el pecho se aprieta o cuando tu mente no deja de dar vueltas, es difícil pensar que la ansiedad intenta ayudarte.

Pero la ansiedad es una respuesta de supervivencia.Tu cerebro cree que necesita protegerte.

El problema aparece cuando esa alarma permanece activada más tiempo del necesario. No se trata de luchar contra ella. Se trata de comprender qué intenta decirte.

  1. Tu cuerpo también habla

Muchas personas creen que la ansiedad ocurre únicamente en la mente. Sin embargo, la ansiedad también vive en el cuerpo.

Tensión muscular.
Dolor de estómago.
Nudo en la garganta.
Cansancio constante.
Palpitaciones.
Sensación de falta de aire.

Tu cuerpo no está exagerando. Está comunicando algo. A veces lo que no hemos podido expresar con palabras aparece a través de sensaciones físicas.

Por eso en terapia no trabajamos únicamente con pensamientos. También escuchamos al cuerpo.

  1. No todo es racional

¿Te ha pasado alguna vez pensar:

“Sé que no tiene sentido preocuparme tanto, pero no puedo evitarlo”?

Eso ocurre porque la ansiedad no siempre nace en la parte racional del cerebro.

Muchas respuestas de ansiedad se activan desde sistemas mucho más antiguos relacionados con la supervivencia. Tu cuerpo puede reaccionar antes de que tu mente comprenda lo que está ocurriendo.

Por eso no siempre basta con repetirse que todo está bien.

Cuando el sistema nervioso está en alerta, necesita sentirse seguro, no solo convencerse de que debería estarlo.

  1. La evitación alimenta la ansiedad

La ansiedad nos empuja a evitar.

Evitar conversaciones.
Evitar lugares.
Evitar situaciones.
Evitar decisiones.

Y aunque a corto plazo parece aliviar, a largo plazo fortalece el miedo.

Cada vez que evitamos algo, nuestro cerebro aprende:”Menos mal que no fui. Era peligroso.” Y la próxima vez la alarma sonará todavía más fuerte.

Por eso uno de los caminos hacia la recuperación implica recuperar espacios, experiencias y situaciones que la ansiedad nos ha ido quitando.

Paso a paso. Con seguridad. Pero sin dejar que sea ella quien dirija nuestra vida.

  1. Respirar puede ayudarte

Respiramos unas veinte mil veces al día.

Y, sin embargo, pocas veces prestamos atención a cómo lo hacemos.

Cuando estamos ansiosos solemos respirar más rápido, más superficialmente y con mayor tensión.La buena noticia es que la respiración es una de las puertas de entrada más accesibles para influir sobre el sistema nervioso.

Una respiración lenta, nasal y consciente puede ayudar a enviar una señal de calma al cerebro.

No porque elimine todos los problemas. Sino porque le recuerda al organismo que, en este momento, está a salvo. Aquí mi taller Aprender a respirar

  1. Dormir importa más de lo que imaginas

Cuando dormimos poco, el cerebro interpreta el mundo como un lugar más amenazante.

Nos volvemos más reactivos.
Más sensibles.
Más impulsivos.

La amígdala cerebral, implicada en la detección de amenazas, se activa con mayor facilidad.

Y la corteza prefrontal, encargada de regular emociones y tomar decisiones, funciona peor.

Por eso muchas personas sienten que todo les supera cuando llevan semanas descansando mal. Dormir no es un lujo. Es una necesidad emocional.

  1. Los pensamientos no son hechos

Uno de los mayores engaños de la ansiedad es hacernos creer que todo lo que pensamos es verdad.

“Seguro que algo irá mal.”
“No voy a poder.”
“Me va a pasar algo.”
“Voy a decepcionar a todo el mundo.”

La ansiedad suele hablar en forma de predicciones. Pero una predicción no es una realidad.

Aprender a observar los pensamientos sin obedecerlos automáticamente es una habilidad que transforma profundamente la relación con la ansiedad. Te recomiendo el libro Sal de tu mente entra en tu vida.

  1. Tu historia influye

A veces la ansiedad parece no tener explicación.

Pero cuando exploramos la historia de la persona empiezan a aparecer pistas.

Infancias donde hubo mucha incertidumbre.
Experiencias de rechazo.
Situaciones de pérdida.
Entornos impredecibles.
Momentos de miedo intenso.

El cerebro aprende. Y si aprendió que el mundo podía ser peligroso, seguirá intentando protegerte incluso muchos años después. No porque estés roto.

Porque está haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñado: sobrevivir.

  1. EMDR puede ayudarte

Aquí es donde muchas personas empiezan a entender por qué llevan años luchando contra la ansiedad sin obtener resultados duraderos. Porque a veces el problema no está en el presente.

Está en experiencias del pasado que continúan activando la alarma.

EMDR permite procesar recuerdos, experiencias y situaciones que quedaron almacenadas de forma disfuncional en el sistema nervioso.

No se trata de olvidar lo vivido. Se trata de que deje de activar tu cuerpo como si siguiera ocurriendo hoy.

Muchas personas describen el proceso diciendo:

“Ahora entiendo lo que pasó, pero ya no lo siento igual.”

Y esa diferencia puede cambiar profundamente la forma de vivir.

Aquí te dejo un podcast relacionado. Aquí.

  1. Se puede superar

Quizá llevas años sintiendo ansiedad. Quizá has llegado a pensar que siempre serás así.

Pero la ansiedad no tiene por qué ser tu identidad. No eres una persona ansiosa. Eres una persona que está experimentando ansiedad.

Y eso marca una gran diferencia.

Tu cerebro puede aprender.
Tu sistema nervioso puede regularse.
Tu cuerpo puede recuperar la calma.

Hay esperanza.

Y no porque la vida vaya a dejar de tener dificultades. Sino porque puedes aprender a vivirlas desde un lugar muy diferente.

Si has llegado hasta aquí y te has sentido identificado, quiero decirte algo.

No estás exagerando.
No estás imaginando cosas.
No te falta fuerza de voluntad.

Probablemente llevas demasiado tiempo sosteniendo más de lo que tu sistema nervioso puede gestionar solo.

La ansiedad no siempre habla de peligro.

A veces habla de cansancio de exigencia, de heridas, de pérdidas, de necesidades no atendidas.

Y quizá ha llegado el momento de escucharla de otra manera.

Porque cuando comprendemos lo que la ansiedad intenta contarnos, dejamos de luchar contra nosotros mismos y comenzamos, por fin, a sanar.

Te abrazo y deseo que esta entrada haya sido inspiradora para ti.

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“Quiero controlar mi ansiedad”

Hola Yolanda:

“Llevo meses sintiéndome nerviosa casi todo el tiempo. Mi cabeza no para. Me preocupo por cosas que todavía no han ocurrido y siento que estoy siempre en alerta. Estoy cansada de darle vueltas a todo y me gustaría aprender a controlar mi ansiedad.”

Cuando leo mensajes así, lo primero que pienso es que detrás de esas palabras suele haber mucho cansancio.

El cansancio de intentar estar bien y no conseguirlo.

El cansancio de decirse a una misma que debería relajarse.

El cansancio de escuchar consejos que no terminan de funcionar.

Y también el cansancio de sentir que algo tan cotidiano como descansar, desconectar o disfrutar se ha convertido en una tarea difícil.

Por eso, si tú también te reconoces en estas líneas, quiero compartir que cada semana escucho a personas que describen sensaciones muy parecidas. Personas que viven con la sensación de tener la cabeza siempre ocupada, de estar pendientes de todo, de anticipar problemas o de sentir una inquietud constante incluso cuando aparentemente todo va bien.

Muchas veces llegan preocupadas porque creen que tienen un problema de ansiedad.

Y aunque la ansiedad está presente, con frecuencia descubrimos que la historia es bastante más compleja.

La ansiedad no suele ser el problema. Suele ser la señal.

Imagina por un momento la alarma de una casa. Su función es avisarnos cuando existe una amenaza. Gracias a ella podemos reaccionar, protegernos y actuar.

El problema aparece cuando la alarma sigue sonando aunque ya no haya ningún peligro.

Eso es lo que les ocurre a muchas personas.

Su sistema nervioso ha aprendido a permanecer atento, vigilante y preparado para reaccionar. Y aunque racionalmente saben que están a salvo, su cuerpo sigue actuando como si tuviera que defenderse de algo.

Por eso aparecen pensamientos repetitivos, preocupación constante, tensión muscular, dificultad para descansar o esa sensación de estar siempre aceleradas.

No porque sean débiles.

No porque estén exagerando.

No porque les falte fuerza de voluntad.

Sino porque su organismo lleva demasiado tiempo funcionando en modo supervivencia.

Cuando vivir en alerta se convierte en una costumbre

Algo que me llama la atención en consulta es que muchas personas ni siquiera son conscientes de cuánto tiempo llevan viviendo así.

Se han acostumbrado a preocuparse.

A anticiparse.

A controlar.

A revisar todo varias veces.

A pensar en todos los escenarios posibles.

A sentirse responsables de todo.

Y como llevan años haciéndolo, terminan creyendo que esa es su forma de ser.

Sin embargo, cuando profundizamos un poco más solemos encontrar algo diferente. Encontramos historias.

Historias de personas que crecieron en entornos muy exigentes.

Personas que aprendieron pronto a no molestar.

Personas que tuvieron que asumir responsabilidades demasiado pronto.

Personas que recibieron muchas críticas.

Personas que pasaron por experiencias dolorosas que dejaron una huella emocional importante.

Personas que aprendieron que relajarse podía ser peligroso porque cuando bajaban la guardia ocurrían cosas que les hacían daño.

Y entonces todo empieza a tener sentido.

Porque la ansiedad deja de parecer un enemigo y empieza a mostrarse como una estrategia de protección.

Una estrategia que quizá fue útil en algún momento, pero que hoy está generando sufrimiento.

Lo que me interesa comprender cuando alguien me habla de ansiedad

Cuando una persona entra en consulta diciendo que tiene ansiedad, mi primera pregunta no es cómo quitarla.

Mi primera pregunta suele ser otra.

¿Qué está intentando proteger esa ansiedad?

¿Qué teme?

¿Qué ha vivido?

¿Qué ha aprendido sobre sí misma y sobre el mundo?

¿Qué necesita para sentirse segura?

Porque detrás de la ansiedad casi siempre hay algo que merece ser escuchado.

A veces es miedo.

A veces es inseguridad.

A veces es agotamiento.

A veces son heridas emocionales que nunca tuvieron espacio para sanar.

Y otras veces son años de autoexigencia y presión interna que han terminado pasando factura.

Más allá de aprender técnicas

Por supuesto que existen herramientas que ayudan.

La respiración.

El mindfulness.

La regulación emocional.

Los recursos corporales.

Todo ello puede ser muy útil y forma parte del proceso.

Pero mi experiencia me ha enseñado que muchas personas no necesitan únicamente aprender a relajarse.

Necesitan comprender por qué no consiguen relajarse.

Necesitan entender qué mantiene encendida esa alarma.

Necesitan reconstruir la sensación de seguridad que quizá se perdió en algún momento del camino.

Por eso, además de trabajar herramientas prácticas, exploramos las experiencias, aprendizajes y creencias que siguen influyendo en el presente.

Y cuando es adecuado, utilizamos EMDR para ayudar al cerebro a procesar aquellas vivencias que continúan activando respuestas emocionales de forma automática.

La buena noticia

Después de muchos años trabajando con personas que sufren ansiedad, hay algo que me gusta recordarles.

Tu ansiedad no es tu identidad.

No naciste siendo ansiedad.

No eres una persona rota.

No estás condenada a vivir así para siempre.

Tu cerebro aprendió a protegerte de una determinada manera.

Y del mismo modo puede aprender nuevas formas de sentirse seguro.

Si te has sentido identificada con estas palabras, quizá ha llegado el momento de dejar de luchar contra ti misma.

Quizá ha llegado el momento de escuchar qué está intentando decirte esa ansiedad.

Porque vivir no debería consistir únicamente en sobrevivir.

Y pedir ayuda no es una señal de debilidad.

Muchas veces es el primer paso para recuperar la calma, la confianza y la libertad que llevas demasiado tiempo buscando.

Yolanda Cuevas
Psicóloga especializada en EMDR y trauma.
Instructora en mindfulness y respiración

Yolanda@yolandacuevas.es

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EMDR no es solo una técnica: es un abordaje terapéutico completo

Cuando hablamos de EMDR muchas personas piensan automáticamente en el movimiento ocular.

“Ah, sí, eso de seguir los dedos con la mirada”.

“Eye Movement Desensitization and Reprocessing”, que en español se traduce como “Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares”.

Desensibilización: reducir la intensidad emocional asociada a recuerdos dolorosos.

Reprocesamiento: ayudar al cerebro a integrar esas experiencias de forma adaptativa, para que dejen de generar malestar o reacciones desproporcionadas en el presente.

Pero EMDR es mucho más que una técnica concreta. Es un abordaje terapéutico estructurado, profundo y cuidadosamente planificado, que tiene en cuenta la historia completa de la persona y su capacidad actual para sostener el procesamiento emocional.

Antes de procesar, hay que comprender

En EMDR no empezamos trabajando directamente los recuerdos difíciles.

Primero exploramos la biografía de la persona:

¿Qué experiencias han sido significativas?

¿Qué eventos pueden haber dejado huella?

¿Qué creencias se formaron a partir de esas vivencias?

¿Cómo impactaron en su autoestima, en sus relaciones y en su manera de gestionar emociones?

No se trata solo de “qué pasó”, sino de cómo quedó almacenado en su sistema nervioso.

Evaluamos la estabilidad actual

Antes de reprocesar experiencias traumáticas o dolorosas, valoramos algo esencial:

¿Tiene la persona recursos suficientes para afrontar lo que pueda activarse?

En esta fase trabajamos:

Regulación emocional

Identificación de señales corporales

Desarrollo de recursos internos (lugares seguros, figuras de apoyo, experiencias fortalecedoras)

Ampliación de la ventana de tolerancia

Porque EMDR no consiste en revivir el trauma sin sostén.

Consiste en procesarlo con seguridad.

La preparación no es un trámite. Es terapia.

La fase de preparación puede durar varias sesiones. Y no es “esperar para empezar lo importante”.

Es parte fundamental del tratamiento.

Cuando ayudamos a una persona a conectar con recursos, a comprender cómo funciona su sistema nervioso y a sentirse acompañada, ya estamos produciendo cambios terapéuticos profundos.

La alianza terapéutica es la base

En cualquier enfoque terapéutico la relación es importante. En EMDR es imprescindible.

-El procesamiento solo es posible cuando existe:

-Confianza

-Seguridad relacional

-Sensación de acompañamiento

-Ritmo respetado

-No forzamos recuerdos. No aceleramos procesos.

-Seguimos la capacidad del sistema nervioso.

Procesar no es remover. Es integrar.

Cuando finalmente se inicia el reprocesamiento, no buscamos que la persona “reviva” el dolor.

Buscamos que el recuerdo pierda la carga emocional desbordante y pueda integrarse como parte del pasado.

Que deje de activarse como si estuviera ocurriendo ahora.

Ese es el objetivo del abordaje EMDR:

no borrar la historia, sino ayudar al cerebro a digerirla.

EMDR no es una técnica aislada.

Es un modelo que integra evaluación, estabilización, procesamiento e integración.

Y, sobre todo, es un trabajo profundamente respetuoso con los tiempos y la capacidad de cada persona.

Evidencia científica:

https://www.emdr-es.org/Sobre-EMDR/Investigaciones-que-avalan-el-EMDR-como-psicoterapia

Si quieres empezar escríbeme a yolanda@yolandacuevas.es

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¿Por qué nos cuesta tanto poner límites?

Hablar de límites se ha vuelto cada vez más frecuente. Escuchamos constantemente frases como “aprende a decir no”, “priorízate” o “pon límites sanos”. Y aunque muchas personas comprenden la importancia de hacerlo, en la práctica sigue siendo una de las dificultades emocionales más comunes.

Porque poner límites no consiste únicamente en rechazar algo o marcar distancia. En muchas ocasiones implica enfrentarnos al miedo al conflicto, al rechazo, a decepcionar a otros o incluso a sentir culpa por pensar en nosotros mismos.

Detrás de la dificultad para poner límites suele haber una historia personal: aprendizajes, experiencias, inseguridades o dinámicas relacionales donde quizás nos acostumbramos a priorizar las necesidades ajenas antes que las propias. Por eso, entender los beneficios de poner límites es importante, pero comprender por qué no los ponemos es clave para poder trabajarlo de una forma más profunda y consciente.

Los límites saludables no nos alejan de los demás; nos ayudan a construir relaciones más honestas, equilibradas y respetuosas. También nos permiten proteger nuestra salud mental, cuidar nuestra energía y vivir de una manera más coherente con lo que necesitamos y sentimos.

5 razones para aprender a poner límites

  1. Proteges tu bienestar emocional

Poner límites te ayuda a evitar el agotamiento, la sobrecarga emocional y el estrés constante.

  1. Te valoras a ti misma

Cuando pones límites, estás transmitiendo el mensaje de que tus necesidades, emociones y tiempos también importan.

  1. Mejoras tus relaciones

Los límites claros crean relaciones más sanas, honestas y respetuosas. Ayudan a evitar el resentimiento y favorecen una comunicación más auténtica.

  1. Tomas el control de tu vida

Dejas de vivir únicamente para cumplir expectativas ajenas y empiezas a elegir aquello que realmente es bueno para ti.

  1. Ganas en autoestima y confianza

Cada vez que expresas un límite de forma saludable, fortaleces la confianza en ti misma y en tus decisiones.

Entonces… ¿por qué cuesta tanto poner límites?

A veces sabemos que poner límites es importante… y aun así nos cuesta muchísimo hacerlo.

Y no es porque no sepamos decir “no”. Muchas veces detrás hay miedo, culpa, necesidad de aprobación o el aprendizaje de haber priorizado siempre a los demás antes que a nosotros mismos.

Entender los beneficios de poner límites puede motivarnos. Pero comprender por qué no los ponemos es lo que realmente nos ayuda a trabajarlo desde la raíz.

Porque los límites no se aprenden solo con frases bonitas. Se construyen con autoestima, seguridad y permiso para cuidarnos también a nosotros mismos.

Algunas razones frecuentes por las que cuesta poner límites
-Miedo al rechazo o al conflicto
-Necesidad de agradar y ser aceptados
-Sentimiento de culpa
-Baja autoestima
-Haber aprendido a priorizar siempre a los demás
-Creer que poner límites es ser egoísta
-Miedo a decepcionar
-Dependencia emocional
-Falta de seguridad personal
-Haber crecido en entornos donde no se respetaban los límites
-Confundir amor con aguantarlo todo
-Temor a quedarse solos
-Exceso de responsabilidad hacia los demás
-Dificultad para identificar las propias necesidades
-Estrés o agotamiento emocional que dificulta reaccionar


La importancia de trabajarlo

Aprender a poner límites es un proceso. Y como todo proceso emocional, no se cambia de un día para otro solo porque entendamos racionalmente que sería bueno hacerlo.

Muchas personas saben perfectamente qué deberían hacer, pero sienten que algo dentro les impide actuar de otra manera. Ahí es donde aparece la importancia de mirar más allá de la conducta y comprender qué experiencias, heridas, miedos o aprendizajes pueden estar sosteniendo esa dificultad.

A veces cuesta poner límites porque durante mucho tiempo aprendimos que teníamos que agradar, cuidar, adaptarnos o soportar para sentirnos queridos, válidos o aceptados. Y cuando esas respuestas llevan años acompañándonos, nuestro sistema emocional puede vivir el poner límites como una amenaza, aunque sepamos que es necesario.

Por eso, trabajar los límites no consiste únicamente en aprender técnicas de comunicación o frases asertivas. También implica fortalecer la autoestima, conectar con nuestras necesidades, regular el miedo, sanar heridas emocionales y desarrollar seguridad interna.

¿Cómo puede ayudar EMDR?

Terapias como EMDR pueden ser de gran ayuda para trabajar esta dificultad desde una raíz más profunda. EMDR permite abordar experiencias pasadas que han podido influir en la dificultad para poner límites, ayudando a reprocesar emociones, creencias negativas y patrones que siguen activos en el presente.

Muchas veces, detrás de un “no puedo decir que no” hay miedo al abandono, rechazo, culpa o experiencias donde nuestras necesidades no fueron escuchadas, respetadas o validadas.

Sanar esas experiencias no solo ayuda a comprendernos mejor, sino también a responder desde un lugar más consciente, seguro y libre.

Porque poner límites no es dejar de querer a los demás.
Es empezar también a cuidarte a ti.

Yolanda@yolandacuevas.es

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