Yolanda Cuevas Ayneto

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¿Por qué algunos niños y adolescentes hacen bullying?

Cada vez que se hace viral una agresión entre menores sentimos una mezcla de rabia, tristeza e incomprensión. Vemos cómo una niña es rodeada, insultada o golpeada mientras otras personas observan, ríen, graban o animan, y nos preguntamos cómo alguien tan joven puede llegar a actuar con tanta crueldad.

Ante escenas así, nuestra mente busca rápidamente una explicación. Necesitamos ordenar lo que estamos viendo y encontrar responsables. Aparecen entonces frases como: «Son malas personas», «sus padres no las han educado» o «seguro que lo hacen porque tienen baja autoestima».

Sin embargo, el acoso escolar no surge por una única causa y tampoco existe un perfil psicológico que permita identificar fácilmente a todos los menores que acosan. Es un fenómeno complejo en el que pueden confluir características personales, necesidades emocionales, experiencias familiares, dinámicas grupales, respuestas escolares y factores sociales y digitales.

Comprender estos factores no significa disculpar la violencia ni restarle gravedad. Significa intervenir sobre algo más profundo que la conducta visible para poder proteger a la víctima, exigir responsabilidad y evitar que vuelva a ocurrir.

No toda agresión es bullying, aunque toda agresión debe preocuparnos

Antes de hablar de acoso escolar, conviene diferenciar una agresión puntual, una pelea o un conflicto entre iguales de una situación de bullying.

El acoso suele incluir tres elementos:

  • Existe intención de causar daño.
  • Se produce un desequilibrio de poder.
  • La conducta se repite o tiene capacidad para mantenerse y repetirse.

El poder no depende únicamente de la fuerza física. Puede proceder de la popularidad, del número de personas que forman el grupo, de la capacidad para influir en los demás, del acceso a información íntima o de la posibilidad de humillar públicamente a alguien a través de las redes sociales.

Esta distinción no resta gravedad a una agresión aislada. Una sola agresión puede ser profundamente dañina y debe recibir respuesta. Pero para hablar con rigor de bullying necesitamos conocer la historia completa: si existían amenazas anteriores, exclusión, burlas, rumores, mensajes, difusión de imágenes, persecución digital u otras conductas mantenidas en el tiempo.

No existe un único perfil del menor que acosa

Algunos menores que acosan presentan inseguridad, impulsividad, dificultades emocionales o experiencias adversas. Otros son sociables, populares, tienen habilidades para relacionarse y saben utilizar su influencia dentro del grupo.

También hay niños que sufren acoso en un contexto y, en otro, agreden a compañeros sobre los que tienen más poder. Algunos lideran la conducta, otros colaboran, ríen, graban, difunden o permanecen en silencio.

Por eso debemos desconfiar de afirmaciones como:

«Una niña feliz no haría eso».

«En su casa nunca ha visto violencia».

«Mi hijo es muy cariñoso conmigo, así que es imposible».

Un menor puede querer a su familia, comportarse correctamente con los adultos y, al mismo tiempo, participar en conductas muy dañinas con sus iguales. No siempre se comporta de la misma manera en casa, en clase, con su grupo de amigos o en internet.

1. La búsqueda de poder y estatus social

Durante la adolescencia, la pertenencia y la posición dentro del grupo adquieren una enorme importancia. Algunos menores descubren que ridiculizar, excluir o controlar a otra persona les proporciona atención, popularidad o una posición dominante.

El acoso puede convertirse así en una estrategia social:

«Si los demás me temen, nadie me cuestionará».

«Si decido quién entra y quién queda fuera, tengo poder».

«Si todos se ríen conmigo, soy importante».

Cuando esa conducta consigue su objetivo y no encuentra consecuencias claras, puede repetirse y volverse cada vez más grave. El menor aprende que humillar, amenazar o intimidar funciona.

2. La necesidad de pertenecer

No todos los participantes inician el acoso. Algunos se suman porque temen quedarse fuera del grupo, perder una amistad o convertirse en el siguiente objetivo.

Pueden pensar:

«Si no participo, se enfadarán conmigo».

«Todo el mundo lo hace».

«Solo estaba siguiendo la broma».

«Yo no le pegué; solamente grabé».

La presión grupal no elimina la responsabilidad, pero ayuda a comprender por qué jóvenes que quizá nunca actuarían así estando solos pueden participar en comportamientos crueles cuando se encuentran dentro de un grupo.

Cada uno puede sentir que su aportación es pequeña. Sin embargo, para la víctima, todas esas participaciones forman una experiencia conjunta de intimidación, aislamiento y humillación.

3. El miedo a convertirse en la próxima víctima

En determinados grupos, colocarse al lado de quien intimida puede convertirse en una forma de protección.

El mensaje implícito es: «Si estoy con quien tiene poder, no me lo harán a mí».

Algunos menores ríen, difunden rumores, graban o colaboran con el acoso no porque sientan un rechazo personal hacia la víctima, sino porque tienen miedo de perder su posición o convertirse en el siguiente objetivo.

Este mecanismo se fortalece cuando los adultos no intervienen con claridad. Si nadie garantiza la seguridad, algunos niños pueden aprender que la mejor manera de sobrevivir socialmente es alinearse con quien agrede.

4. Dificultades relacionadas con la empatía

Algunos menores tienen dificultades para reconocer las emociones de los demás, imaginar las consecuencias de sus actos o conectar con el dolor que están provocando.

Otros sí perciben el sufrimiento, pero lo minimizan o se desconectan de él para poder continuar. Llaman a la víctima exagerada, débil, rara, pesada o provocadora. De este modo, dejan de verla como una persona completa y la convierten en una etiqueta.

La empatía no consiste únicamente en darse cuenta de que alguien está llorando. Significa permitir que ese sufrimiento influya en nuestra conducta.

Y la empatía necesita educación, modelado y práctica. No se desarrolla mediante una única charla después de una agresión. Se construye diariamente a través de la forma en que los adultos hablan de otras personas, resuelven los conflictos, reconocen el daño y reparan sus propios errores.

5. Dificultades para regular las emociones

La rabia, la frustración, los celos, la vergüenza y el miedo al rechazo pueden vivirse con mucha intensidad durante la infancia y la adolescencia.

Cuando un menor no sabe identificar lo que siente, tolerar la frustración, resolver un conflicto, aceptar un límite o pedir ayuda, puede descargar esas emociones sobre alguien a quien percibe como más vulnerable.

Esto no significa que los niños con dificultades emocionales sean violentos. La inmensa mayoría no lo son. Significa que una regulación emocional insuficiente, combinada con otros factores, puede aumentar el riesgo de determinadas conductas.

La emoción puede explicar una parte del comportamiento, pero no lo justifica ni lo convierte en inevitable.

6. Haber sufrido violencia, rechazo o humillación

Algunos menores que agreden han sido previamente dañados, rechazados, humillados o expuestos a relaciones violentas.

Pueden haber aprendido que solo existen dos posiciones: dominar o ser dominado. Para no volver a ocupar el lugar vulnerable, intentan colocarse en el poderoso.

En algunos casos aparece una identificación con quien agrede: reproducen sobre otra persona aquello que antes vivieron porque ese fue el modelo de relación que aprendieron.

Sin embargo, debemos evitar una generalización injusta. Haber sufrido violencia o acoso no convierte automáticamente a nadie en agresor. Muchas víctimas desarrollan una gran sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Hablamos de un posible factor de riesgo, nunca de un destino.

7. Modelos familiares basados en el desprecio o el poder

Los niños aprenden no solo de lo que les decimos, sino también de lo que observan.

Cuando viven en un entorno donde los conflictos se resuelven mediante gritos, amenazas, desprecio, burlas, castigos humillantes o violencia, pueden interiorizar que someter al otro es una forma válida de relacionarse.

No es necesario que exista violencia física. También educan los comentarios despectivos sobre otras personas, las bromas crueles, la intolerancia hacia quien es diferente, la humillación como forma de corregir o la idea de que pedir perdón es un signo de debilidad.

Esto no significa que todo menor que acosa proceda de una familia violenta o negligente. Culpar automáticamente a las familias simplifica demasiado el problema y puede hacer que los padres se defiendan en lugar de colaborar.

La pregunta más útil no es únicamente qué ha ocurrido en la familia, sino qué necesita revisar y aprender ahora todo el sistema que rodea al menor.

8. Falta de límites, supervisión o consecuencias coherentes

Los menores necesitan saber que los adultos conocen su vida, establecen límites y actúan cuando se cruzan determinadas líneas.

Una educación excesivamente permisiva, una supervisión insuficiente, unas normas cambiantes o unas consecuencias que nunca se cumplen pueden dificultar la interiorización de la responsabilidad.

Pero también puede ocurrir lo contrario. Una educación autoritaria basada en el miedo, el control y la obediencia puede transmitir que quien tiene más poder está legitimado para imponerse sobre quien tiene menos.

Un límite adecuado no abandona ni humilla. Detiene la conducta, protege a la víctima y ayuda al menor responsable a comprender lo sucedido, asumir las consecuencias y reparar el daño cuando sea posible.

9. La diferencia entre el hijo que conocemos y su comportamiento con el grupo

Cuando una madre o un padre afirma que no sabía nada, es posible que esté diciendo la verdad.

Los adolescentes pueden ocultar conversaciones, borrar mensajes, utilizar cuentas alternativas y comportarse de forma diferente según el contexto. En casa pueden mostrarse tranquilos y afectuosos; con determinados amigos, participar en dinámicas que su familia no reconocería.

No haberse enterado antes no convierte automáticamente a los padres en negligentes.

La cuestión decisiva es qué hacen cuando se enteran.

Negar los hechos, minimizar la conducta, culpar a la víctima o preocuparse únicamente por defender la imagen del hijo impide cualquier cambio. Una respuesta responsable comienza aceptando la posibilidad de que el menor haya hecho algo grave, aunque resulte doloroso y no encaje con la imagen que la familia tenía de él.

10. Una cultura escolar que no interviene a tiempo

El acoso no se mantiene únicamente por la conducta de quien agrede. Necesita un contexto que permita su continuidad.

Cuando las burlas se consideran «cosas de niños», las peticiones de ayuda se interpretan como exageraciones, la víctima debe demostrar repetidamente lo sucedido o las medidas se limitan a pedir que ambas partes «hagan las paces», el desequilibrio de poder permanece.

Los centros educativos necesitan protocolos claros, vías seguras para comunicar lo que ocurre, supervisión de los espacios menos estructurados y una intervención que incluya al grupo.

No basta con trasladar a la víctima de clase, pedirle que ignore las provocaciones o aconsejarle que se defienda. La responsabilidad de detener el acoso nunca puede recaer sobre quien lo está sufriendo.

11. El papel de quienes observan

El bullying no es solamente una relación entre quien agrede y quien es agredido. En muchas situaciones hay otras personas que observan y cuya reacción influye directamente en lo que sucede.

Algunas ayudan activamente a quien agrede. Otras ríen, animan, graban o comparten. Muchas permanecen en silencio porque tienen miedo o no saben qué hacer.

La risa proporciona aprobación.

La grabación ofrece una audiencia.

La difusión multiplica la humillación.

El silencio puede ser interpretado como permiso.

No todas estas conductas tienen la misma gravedad, pero ninguna es completamente neutral.

También debemos reconocer que muchos espectadores sienten miedo. Por eso no basta con decirles: «Deberías haberlo impedido». Necesitan aprender formas seguras de actuar: pedir ayuda, acompañar a la víctima, informar a un adulto de confianza, conservar pruebas sin difundirlas y negarse a convertir el daño en entretenimiento.

El grupo puede reforzar el acoso, pero también puede detenerlo.

12. Las redes sociales y la conversión del daño en espectáculo

Antes, algunas agresiones terminaban cuando la víctima regresaba a casa. Hoy el daño puede continuar durante las veinticuatro horas.

Las redes sociales amplían la audiencia, aceleran la difusión y generan una falsa sensación de distancia. A través de una pantalla, el sufrimiento puede parecer menos real. Los comentarios, las visualizaciones y los «me gusta» pueden convertir la humillación en una forma de reconocimiento social.

Grabar una agresión no es un acto neutral. Puede aumentar el poder de quien agrede y prolongar el daño mucho después de que termine el ataque.

Compartir un vídeo para denunciar lo ocurrido también puede perjudicar a la víctima. Aunque la intención sea condenar la violencia, cada reproducción vuelve a exponer su miedo, su dolor y su humillación.

Denunciar no exige difundir.

13. Los prejuicios y el rechazo hacia la diferencia

El aspecto físico, el origen, la orientación sexual, la identidad, la discapacidad, la manera de hablar, la situación económica, los gustos o cualquier característica percibida como diferente pueden utilizarse para seleccionar a una víctima.

Pero la diferencia no provoca el acoso.

Lo provoca quien decide convertirla en motivo de desprecio y el contexto que lo consiente.

Cuando en una familia, un centro educativo o una comunidad se normalizan comentarios racistas, clasistas, machistas, homófobos, capacitistas o humillantes, los menores reciben el mensaje de que algunas personas merecen menos respeto.

Prevenir el bullying también exige educar activamente en diversidad, dignidad y convivencia.

14. La deshumanización de la víctima

Para mantener la violencia, quien agrede suele construir una narración que la justifique:

«Se lo buscó».

«Es insoportable».

«Todo el mundo la odia».

«Solo era una broma».

«Exagera para llamar la atención».

Estas frases reducen la culpa y permiten continuar. La víctima deja de ser percibida como una persona con emociones, vínculos, miedo y dignidad, y se convierte en «la rara», «la pesada» o «la que sobra».

Una intervención eficaz debe romper esa deshumanización. Pero no debe hacerlo obligando prematuramente a la víctima a enfrentarse a quienes la dañaron, perdonar o aceptar una mediación para la que todavía no está preparada.

No solo debemos preocuparnos de que nuestros hijos no sufran bullying

Cuando se habla de acoso escolar, es comprensible que las familias se pregunten primero si su hijo puede estar siendo víctima:

¿Lo excluyen?

¿Se burlan de él?

¿Le amenazan?

¿Está sufriendo en silencio?

Son preguntas necesarias, pero no pueden ser las únicas.

También debemos preguntarnos cómo trata nuestro hijo a los demás cuando no estamos delante.

¿Se ríe cuando humillan a alguien?

¿Participa en grupos donde se señala o se excluye?

¿Difunde rumores, fotografías o vídeos?

¿Graba en lugar de pedir ayuda?

¿Utiliza información íntima para hacer daño?

¿Se une al grupo para no quedarse fuera?

¿Guarda silencio por miedo?

¿Llama «broma» a algo que está haciendo sufrir a otra persona?

A menudo los adultos nos preocupamos por criar hijos capaces de defenderse, poner límites y pedir ayuda. Pero también necesitamos educarlos para que no utilicen su fuerza, su popularidad, su grupo o las redes para dañar a otros.

La tarea de una familia no consiste únicamente en proteger a su hijo de quienes puedan hacerle daño. También consiste en enseñarle a no convertirse en quien humilla, excluye, amenaza, graba, comparte o celebra el sufrimiento ajeno.

No basta con decir:

«Mi hijo nunca haría eso».

«Lo conozco perfectamente».

«Seguro que le provocaron».

«Solo estaba mirando».

«Él no pegó a nadie».

Negar lo ocurrido puede proteger momentáneamente a los padres de la culpa, la vergüenza o el desconcierto, pero deja desprotegida a la víctima e impide que el propio hijo asuma responsabilidades y cambie.

Educar también es atreverse a formular una pregunta incómoda:

¿Cómo trata mi hijo a los demás cuando cree que ningún adulto está mirando?

Estas conversaciones deben producirse antes de que aparezca un problema. Podemos preguntar:

«¿Hay alguien en vuestra clase a quien estén dejando de lado?».

«¿Qué ocurre en vuestro grupo cuando alguien es diferente?».

«¿Alguna vez te has reído para que no se rieran de ti?».

«¿Se ha compartido algún vídeo para avergonzar a alguien?».

«¿Qué podrías hacer sin ponerte en peligro si presenciaras una agresión?».

«¿A qué adulto pedirías ayuda?».

«¿Cómo crees que se siente esa persona cuando los demás se ríen?».

Educar no es asegurarle a un hijo que siempre tiene razón. Tampoco es evitarle cualquier consecuencia. En ocasiones, la forma más responsable de proteger su desarrollo consiste en ayudarle a mirar de frente lo que ha hecho, asumir el daño causado y aprender otra manera de relacionarse.

No solo necesitamos criar hijos que sepan pedir ayuda cuando los dañan. También hijos capaces de reconocer cuándo están dañando, detenerse, reparar y no utilizar al grupo como excusa.

¿Qué deben hacer los padres cuando descubren que su hijo ha participado?

El primer impulso puede ser negarlo, justificarlo o sentir que lo sucedido cuestiona toda la educación familiar.

Pero defender a un hijo no significa protegerlo de las consecuencias de sus actos.

Significa ayudarlo a detener una conducta que puede dañar gravemente a otra persona y comprometer su propio desarrollo.

Los padres necesitan conocer los hechos completos, hablar con el centro educativo y con los profesionales implicados, revisar el teléfono y las redes cuando sea necesario y establecer límites claros.

Conviene evitar dos extremos: la minimización y la humillación.

Decir «no ha sido para tanto» impide asumir el daño. Pero decirle «eres una persona horrible» tampoco enseña responsabilidad. Una persona no es exactamente lo mismo que la conducta que ha realizado, aunque esa conducta sea grave.

Es más útil transmitir:

«Lo que has hecho es grave».

«No voy a justificarlo».

«Necesito comprender qué ocurrió».

«Vas a asumir las consecuencias».

«Vamos a trabajar para que no vuelva a suceder».

«Reparar no consiste únicamente en pedir perdón».

Una disculpa puede formar parte del proceso, pero no debe utilizarse como una manera rápida de cerrar el caso. La víctima no tiene obligación de aceptarla, perdonar ni participar en una mediación.

Cuando existe un desequilibrio de poder, forzar un encuentro entre ambas partes puede aumentar el daño. La reparación debe estar guiada por profesionales, respetar la seguridad de la víctima y no responder solamente a la necesidad de aliviar la culpa de quien agredió.

Quien acosa también necesita intervención

Proteger prioritariamente a la víctima no está reñido con ayudar al menor que ha agredido.

Una sanción puede ser necesaria, pero difícilmente será suficiente si no se trabaja aquello que sostiene la conducta: la búsqueda de poder, la presión del grupo, la falta de empatía, la impulsividad, la necesidad de aprobación, la exposición a violencia, las dificultades familiares o la ausencia de límites.

El objetivo no es evitarle las consecuencias. Es conseguir que comprenda el daño, desarrolle responsabilidad, aprenda formas diferentes de relacionarse y pueda cambiar.

El menor que acosa necesita límites, consecuencias, supervisión y ayuda. Comprender su historia no significa situarlo al mismo nivel que la víctima ni confundir las responsabilidades.

Los comportamientos de acoso no tienen por qué definir para siempre la identidad de un menor. Pero el cambio exige una intervención adulta firme, sostenida y coordinada.

La víctima no necesita consejos para ser más fuerte: necesita estar segura

Ante el acoso todavía se escuchan frases como:

«No les hagas caso».

«Defiéndete».

«Tienes que hacerte respetar».

«Procura no quedarte sola».

«Seguro que algo habrás hecho».

Estas respuestas desplazan la responsabilidad hacia quien está sufriendo y pueden hacer que se sienta culpable por no haber sabido detener algo que estaba fuera de su control.

La prioridad debe ser interrumpir el contacto, valorar el riesgo, preservar las pruebas, proteger su intimidad, ofrecer apoyo psicológico cuando sea necesario y garantizar que pueda continuar su vida escolar sin miedo.

La víctima necesita ser creída.

Necesita escuchar con claridad que no es culpable.

Necesita saber que no tiene que resolver sola la situación.

Y necesita comprobar que los adultos no se limitan a escuchar, sino que actúan.

Comprender no es justificar

Preguntarnos por qué un niño o un adolescente hace bullying no pretende suavizar la gravedad de sus actos.

Comprender permite intervenir antes y mejor.

Podemos reconocer que un menor tiene una historia, unas necesidades y unas dificultades y, al mismo tiempo, afirmar con absoluta claridad que ninguna de ellas le da derecho a humillar, amenazar, excluir o agredir.

Podemos proteger a la víctima sin deshumanizar a quien agrede.

Podemos exigir responsabilidad sin convertir a un menor en un monstruo irrecuperable.

Podemos ayudar a quien ha agredido sin confundirlo con quien ha sufrido la agresión.

Y podemos pedir a las familias, los centros educativos, las instituciones, las plataformas digitales y al conjunto de la sociedad que dejen de tratar el bullying como un problema privado entre menores.

El acoso es una dinámica colectiva.

Se alimenta del poder, el miedo, la necesidad de pertenecer, los prejuicios, la ausencia de límites, la pasividad de los espectadores, la difusión digital y la tardanza de los adultos.

Por eso también debe detenerse colectivamente.

-No compartamos las imágenes.

-No mostremos los rostros.

-No investiguemos la vida de los menores en las redes.

-No convirtamos el dolor de una víctima en entretenimiento.

Utilicemos estos casos para mirar más allá del vídeo y formularnos preguntas más incómodas y necesarias:

¿Están haciendo daño a mi hijo?

Pero también:

¿Podría mi hijo estar dañando a alguien?

¿Qué estamos enseñando, permitiendo o dejando de ver para que un menor llegue a sentir que humillar a otra persona le proporciona poder?

Comprender no es justificar.

Es proteger, responsabilizar, educar e intervenir.

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Agresiones sexuales en adolescentes: impacto psicológico, prevención e intervención temprana.

Cada vez que aparece una noticia relacionada con una agresión o abuso sexual entre adolescentes, es normal que como sociedad sintamos indignación, preocupación e incluso miedo.

Se habla de denuncias, de centros educativos, de protocolos, de responsabilidades legales y de las consecuencias para quienes han cometido la agresión.

Y todo ello es necesario.​ Pero como psicóloga especializada en trauma y EMDR, hay algo que me preocupa especialmente: lo que ocurre después con los adolescentes que han sufrido esa experiencia y con las familias que intentan acompañarlos sin saber muy bien cómo hacerlo.

Porque cuando una agresión sexual sucede, no estamos hablando únicamente de un hecho.​ Estamos hablando de una experiencia que puede impactar profundamente en la forma en que una persona se relaciona consigo misma, con los demás y con el mundo.

​El impacto es siempre importante sea la edad que sea ​pero cuando ocurre en la adolescencia, una etapa tan importante para el desarrollo, el impacto puede ser aún mayor.

La adolescencia es mucho más frágil de lo que a veces pensamos

Desde fuera podemos ver adolescentes que salen con sus amigos, utilizan redes sociales, estudian, practican deporte o parecen seguir con su vida normal.
Pero por dentro están construyendo aspectos fundamentales de quienes serán en el futuro.

​-Están desarrollando su identidad.
​-Aprenden a relacionarse con su cuerpo.

​-Descubren la intimidad, el afecto y la sexualidad.
​-Buscan pertenecer a un grupo.
​-Intentan sentirse aceptados.
​-Aprenden a confiar en sí mismos y en los demás.

Cuando una agresión o abuso irrumpe en este proceso, puede alterar muchas de esas bases.​ Por eso es tan importante no minimizar lo ocurrido ni pensar que el tiempo, por sí solo, lo resolverá.

El trauma no siempre se ve​ y una de las dificultades que encontramos muchas veces es que las consecuencias no siempre aparecen de forma inmediata.

Hay adolescentes que lloran, hablan y expresan su sufrimiento.​ Pero también hay otros que parecen seguir adelante.

Vuelven al instituto.​ Salen con sus amigos.​ Incluso dicen que están bien.

Y sin embargo, por dentro, pueden estar librando una batalla enorme.

​-Ansiedad constante.
​-Problemas para dormir.
​-Pesadillas.
​-Miedo a determinadas situaciones o personas.
​-Ataques de pánico.
​-Irritabilidad.
​-Dificultades de concentración.
​-Tristeza profunda.
​-Sentimientos de culpa o vergüenza.
​-Desconexión emocional.
​-Consumo de alcohol o sustancias.
​-Conductas de riesgo.
​-Autolesiones.

A veces los padres observan cambios y no consiguen entender qué está ocurriendo.​ Porque no siempre dicen lo ocurrido nada más que sucede. El miedo, la vergüenza-, el bloqueo, las amenazas no dejan hablar.

Su hijo o hija ya no es el mismo.
​-Se aísla.
​-Se enfada con facilidad.
​-Parece distante.
​-Pierde interés por actividades que antes disfrutaba.

Y muchas veces detrás de estos cambios encontramos un sistema nervioso que sigue sintiéndose en peligro.

Lo que más duele no siempre es la agresión

Aunque pueda resultar difícil de comprender, en consulta vemos con frecuencia que algunas de las heridas más profundas no proceden únicamente de lo ocurrido.

También aparecen por cómo se interpreta lo ocurrido.

Muchos adolescentes desarrollan pensamientos como:

“Podría haberlo evitado.”
“Fue culpa mía.”
“No debería haber estado allí.”
“Seguro que hice algo mal.”
“Ahora nadie me va a entender.”

La culpa y la vergüenza suelen convertirse en compañeras silenciosas del trauma.
Y son especialmente dañinas porque aíslan.
Hacen que la persona deje de pedir ayuda.
Hacen que se esconda.​ Que dude de sí misma.
Que piense que tiene que cargar sola con el dolor.

Por eso una de las primeras tareas terapéuticas consiste en ayudarles a comprender que la responsabilidad siempre pertenece a quien agrede.

Nunca a quien sufrió la agresión.

Un mensaje para los padres

Si eres madre o padre y estás leyendo estas líneas, probablemente una de las emociones que más te acompañe sea la impotencia.

Es normal.
Nadie nos prepara para ver sufrir a nuestros hijos.​ Y mucho menos para afrontar una situación así.

Muchos padres se preguntan:
“¿Qué tendría que haber hecho?”
“¿Cómo no me di cuenta?”
“¿Y si hubiera estado más pendiente?”

La culpa también suele aparecer en las familias.
Sin embargo, en este momento lo más importante no es buscar culpables.
Lo más importante es convertirse en una base segura para el adolescente.
​-Escuchar sin juzgar.
​-Creer lo que cuenta.
​-Respetar sus tiempos.

​-Acompañar sin presionar.

Y transmitir un mensaje fundamental:​ “No estás sol​a/o. Vamos a atravesar esto juntos.”

Muchas veces los adolescentes no necesitan respuestas perfectas.

Necesitan sentir que alguien permanece a su lado incluso cuando ellos mismos no entienden lo que sienten.

¿Por qué es importante intervenir cuanto antes?

Porque el cerebro tiene una enorme capacidad de recuperación cuando recibe la ayuda adecuada.

Las experiencias traumáticas pueden quedar almacenadas de una forma diferente en nuestro sistema nervioso.
Es como si una parte del cerebro siguiera reaccionando como si el peligro todavía estuviera presente.
Por eso algunas personas siguen sintiendo miedo, vergüenza o inseguridad meses e incluso años después de que la situación haya terminado.

No porque sean débiles.​ N​i porque quieran llamar la atención.

Sino porque su cerebro sigue intentando protegerlas.

La intervención temprana puede reducir enormemente el impacto a largo plazo.
Puede ayudar a recuperar la sensación de seguridad.
Puede prevenir dificultades futuras en las relaciones, la autoestima o la salud mental.
Y puede evitar que el sufrimiento se cronifique.

El papel de EMDR en la recuperación

Una de las herramientas que utilizo habitualmente en consulta es EMDR.
EMDR no busca borrar recuerdos.​ Tampoco pretende que la persona olvide lo sucedido.

Lo que hace es ayudar al cerebro a procesar una experiencia que quedó bloqueada.

Cuando esto ocurre, el recuerdo deja de vivirse como una amenaza constante.
La persona puede recordar lo ocurrido sin quedar atrapada emocionalmente en ello.​ Poco a poco recupera sensación de control, seguridad y confianza.

Y algo muy importante: vuelve a conectar con la idea de que su vida es mucho más grande que aquello que le ocurrió.

La prevención empieza mucho antes

Cuando hablamos de prevención solemos pensar en protocolos o medidas de seguridad.​ Pero la prevención empieza mucho antes.

Empieza cuando enseñamos a nuestros hijos a reconocer sus emociones.
Cuando les enseñamos a poner límites.
Cuando hablamos de consentimiento.

Cuando fomentamos el respeto.
Cuando les ayudamos a diferenciar presión de cariño.
Cuando les enseñamos que tienen derecho a decir no.
Cuando construimos espacios donde puedan hablar sin miedo.

La prevención también es educación emocional.​ Y es responsabilidad de ​TODOS.

He acompañado a muchas personas que llegaron a consulta pensando que jamás volverían a sentirse seguras.
Personas que creían que aquella experiencia las definiría para siempre.

Y quiero decir algo importante.

Lo ocurrido importa.​ Las consecuencias importan.​ El dolor importa.

Pero la historia no termina ahí.

Con apoyo, comprensión y ayuda especializada, muchas personas consiguen reconstruirse.
Sino porque aprenden a vivir sin que el trauma dirija cada paso de su vida.

Si tú, tu hijo​/a o alguien cercano está atravesando una situación así, no esperéis a que el tiempo lo cure todo.

Pedir ayuda no es una señal de debilidad.​ Es una forma de proteger el presente y también el futuro.

​Un abrazo.

Aquí un podcast sobre trauma Conoce el trauma y como limita y condiciona

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Lo que la ansiedad quiere que sepas

“Estoy cansada de sentirme así.”

Es una de las frases que más escucho en consulta.

Personas que viven pendientes de todo.
Que anticipan problemas constantemente.
Que sienten tensión aunque aparentemente todo vaya bien.
Que se despiertan cansadas.
Que notan el corazón acelerado.
Que no consiguen desconectar.

Y muchas llegan pensando que tienen un problema llamado ansiedad. Pero con frecuencia les digo algo que les sorprende: La ansiedad no suele ser el problema. La ansiedad suele ser la señal.

Una señal de que algo dentro de nosotros lleva tiempo intentando ser escuchado.

Porque la ansiedad no aparece para fastidiarnos la vida. Aparece para protegernos.

El problema es que, a veces, nuestro sistema nervioso sigue funcionando como si existiera un peligro aunque ese peligro ya no esté presente.

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, he aprendido que detrás de muchas ansiedades hay historias, experiencias, aprendizajes y heridas que todavía siguen activando la alarma.

Por eso hoy quiero compartir contigo diez cosas que la ansiedad querría que supieras.

  1. La ansiedad no es tu enemiga

Sé que probablemente no se siente así. Cuando te cuesta respirar, cuando el pecho se aprieta o cuando tu mente no deja de dar vueltas, es difícil pensar que la ansiedad intenta ayudarte.

Pero la ansiedad es una respuesta de supervivencia.Tu cerebro cree que necesita protegerte.

El problema aparece cuando esa alarma permanece activada más tiempo del necesario. No se trata de luchar contra ella. Se trata de comprender qué intenta decirte.

  1. Tu cuerpo también habla

Muchas personas creen que la ansiedad ocurre únicamente en la mente. Sin embargo, la ansiedad también vive en el cuerpo.

Tensión muscular.
Dolor de estómago.
Nudo en la garganta.
Cansancio constante.
Palpitaciones.
Sensación de falta de aire.

Tu cuerpo no está exagerando. Está comunicando algo. A veces lo que no hemos podido expresar con palabras aparece a través de sensaciones físicas.

Por eso en terapia no trabajamos únicamente con pensamientos. También escuchamos al cuerpo.

  1. No todo es racional

¿Te ha pasado alguna vez pensar:

“Sé que no tiene sentido preocuparme tanto, pero no puedo evitarlo”?

Eso ocurre porque la ansiedad no siempre nace en la parte racional del cerebro.

Muchas respuestas de ansiedad se activan desde sistemas mucho más antiguos relacionados con la supervivencia. Tu cuerpo puede reaccionar antes de que tu mente comprenda lo que está ocurriendo.

Por eso no siempre basta con repetirse que todo está bien.

Cuando el sistema nervioso está en alerta, necesita sentirse seguro, no solo convencerse de que debería estarlo.

  1. La evitación alimenta la ansiedad

La ansiedad nos empuja a evitar.

Evitar conversaciones.
Evitar lugares.
Evitar situaciones.
Evitar decisiones.

Y aunque a corto plazo parece aliviar, a largo plazo fortalece el miedo.

Cada vez que evitamos algo, nuestro cerebro aprende:”Menos mal que no fui. Era peligroso.” Y la próxima vez la alarma sonará todavía más fuerte.

Por eso uno de los caminos hacia la recuperación implica recuperar espacios, experiencias y situaciones que la ansiedad nos ha ido quitando.

Paso a paso. Con seguridad. Pero sin dejar que sea ella quien dirija nuestra vida.

  1. Respirar puede ayudarte

Respiramos unas veinte mil veces al día.

Y, sin embargo, pocas veces prestamos atención a cómo lo hacemos.

Cuando estamos ansiosos solemos respirar más rápido, más superficialmente y con mayor tensión.La buena noticia es que la respiración es una de las puertas de entrada más accesibles para influir sobre el sistema nervioso.

Una respiración lenta, nasal y consciente puede ayudar a enviar una señal de calma al cerebro.

No porque elimine todos los problemas. Sino porque le recuerda al organismo que, en este momento, está a salvo. Aquí mi taller Aprender a respirar

  1. Dormir importa más de lo que imaginas

Cuando dormimos poco, el cerebro interpreta el mundo como un lugar más amenazante.

Nos volvemos más reactivos.
Más sensibles.
Más impulsivos.

La amígdala cerebral, implicada en la detección de amenazas, se activa con mayor facilidad.

Y la corteza prefrontal, encargada de regular emociones y tomar decisiones, funciona peor.

Por eso muchas personas sienten que todo les supera cuando llevan semanas descansando mal. Dormir no es un lujo. Es una necesidad emocional.

  1. Los pensamientos no son hechos

Uno de los mayores engaños de la ansiedad es hacernos creer que todo lo que pensamos es verdad.

“Seguro que algo irá mal.”
“No voy a poder.”
“Me va a pasar algo.”
“Voy a decepcionar a todo el mundo.”

La ansiedad suele hablar en forma de predicciones. Pero una predicción no es una realidad.

Aprender a observar los pensamientos sin obedecerlos automáticamente es una habilidad que transforma profundamente la relación con la ansiedad. Te recomiendo el libro Sal de tu mente entra en tu vida.

  1. Tu historia influye

A veces la ansiedad parece no tener explicación.

Pero cuando exploramos la historia de la persona empiezan a aparecer pistas.

Infancias donde hubo mucha incertidumbre.
Experiencias de rechazo.
Situaciones de pérdida.
Entornos impredecibles.
Momentos de miedo intenso.

El cerebro aprende. Y si aprendió que el mundo podía ser peligroso, seguirá intentando protegerte incluso muchos años después. No porque estés roto.

Porque está haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñado: sobrevivir.

  1. EMDR puede ayudarte

Aquí es donde muchas personas empiezan a entender por qué llevan años luchando contra la ansiedad sin obtener resultados duraderos. Porque a veces el problema no está en el presente.

Está en experiencias del pasado que continúan activando la alarma.

EMDR permite procesar recuerdos, experiencias y situaciones que quedaron almacenadas de forma disfuncional en el sistema nervioso.

No se trata de olvidar lo vivido. Se trata de que deje de activar tu cuerpo como si siguiera ocurriendo hoy.

Muchas personas describen el proceso diciendo:

“Ahora entiendo lo que pasó, pero ya no lo siento igual.”

Y esa diferencia puede cambiar profundamente la forma de vivir.

Aquí te dejo un podcast relacionado. Aquí.

  1. Se puede superar

Quizá llevas años sintiendo ansiedad. Quizá has llegado a pensar que siempre serás así.

Pero la ansiedad no tiene por qué ser tu identidad. No eres una persona ansiosa. Eres una persona que está experimentando ansiedad.

Y eso marca una gran diferencia.

Tu cerebro puede aprender.
Tu sistema nervioso puede regularse.
Tu cuerpo puede recuperar la calma.

Hay esperanza.

Y no porque la vida vaya a dejar de tener dificultades. Sino porque puedes aprender a vivirlas desde un lugar muy diferente.

Si has llegado hasta aquí y te has sentido identificado, quiero decirte algo.

No estás exagerando.
No estás imaginando cosas.
No te falta fuerza de voluntad.

Probablemente llevas demasiado tiempo sosteniendo más de lo que tu sistema nervioso puede gestionar solo.

La ansiedad no siempre habla de peligro.

A veces habla de cansancio de exigencia, de heridas, de pérdidas, de necesidades no atendidas.

Y quizá ha llegado el momento de escucharla de otra manera.

Porque cuando comprendemos lo que la ansiedad intenta contarnos, dejamos de luchar contra nosotros mismos y comenzamos, por fin, a sanar.

Te abrazo y deseo que esta entrada haya sido inspiradora para ti.

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“Quiero controlar mi ansiedad”

Hola Yolanda:

“Llevo meses sintiéndome nerviosa casi todo el tiempo. Mi cabeza no para. Me preocupo por cosas que todavía no han ocurrido y siento que estoy siempre en alerta. Estoy cansada de darle vueltas a todo y me gustaría aprender a controlar mi ansiedad.”

Cuando leo mensajes así, lo primero que pienso es que detrás de esas palabras suele haber mucho cansancio.

El cansancio de intentar estar bien y no conseguirlo.

El cansancio de decirse a una misma que debería relajarse.

El cansancio de escuchar consejos que no terminan de funcionar.

Y también el cansancio de sentir que algo tan cotidiano como descansar, desconectar o disfrutar se ha convertido en una tarea difícil.

Por eso, si tú también te reconoces en estas líneas, quiero compartir que cada semana escucho a personas que describen sensaciones muy parecidas. Personas que viven con la sensación de tener la cabeza siempre ocupada, de estar pendientes de todo, de anticipar problemas o de sentir una inquietud constante incluso cuando aparentemente todo va bien.

Muchas veces llegan preocupadas porque creen que tienen un problema de ansiedad.

Y aunque la ansiedad está presente, con frecuencia descubrimos que la historia es bastante más compleja.

La ansiedad no suele ser el problema. Suele ser la señal.

Imagina por un momento la alarma de una casa. Su función es avisarnos cuando existe una amenaza. Gracias a ella podemos reaccionar, protegernos y actuar.

El problema aparece cuando la alarma sigue sonando aunque ya no haya ningún peligro.

Eso es lo que les ocurre a muchas personas.

Su sistema nervioso ha aprendido a permanecer atento, vigilante y preparado para reaccionar. Y aunque racionalmente saben que están a salvo, su cuerpo sigue actuando como si tuviera que defenderse de algo.

Por eso aparecen pensamientos repetitivos, preocupación constante, tensión muscular, dificultad para descansar o esa sensación de estar siempre aceleradas.

No porque sean débiles.

No porque estén exagerando.

No porque les falte fuerza de voluntad.

Sino porque su organismo lleva demasiado tiempo funcionando en modo supervivencia.

Cuando vivir en alerta se convierte en una costumbre

Algo que me llama la atención en consulta es que muchas personas ni siquiera son conscientes de cuánto tiempo llevan viviendo así.

Se han acostumbrado a preocuparse.

A anticiparse.

A controlar.

A revisar todo varias veces.

A pensar en todos los escenarios posibles.

A sentirse responsables de todo.

Y como llevan años haciéndolo, terminan creyendo que esa es su forma de ser.

Sin embargo, cuando profundizamos un poco más solemos encontrar algo diferente. Encontramos historias.

Historias de personas que crecieron en entornos muy exigentes.

Personas que aprendieron pronto a no molestar.

Personas que tuvieron que asumir responsabilidades demasiado pronto.

Personas que recibieron muchas críticas.

Personas que pasaron por experiencias dolorosas que dejaron una huella emocional importante.

Personas que aprendieron que relajarse podía ser peligroso porque cuando bajaban la guardia ocurrían cosas que les hacían daño.

Y entonces todo empieza a tener sentido.

Porque la ansiedad deja de parecer un enemigo y empieza a mostrarse como una estrategia de protección.

Una estrategia que quizá fue útil en algún momento, pero que hoy está generando sufrimiento.

Lo que me interesa comprender cuando alguien me habla de ansiedad

Cuando una persona entra en consulta diciendo que tiene ansiedad, mi primera pregunta no es cómo quitarla.

Mi primera pregunta suele ser otra.

¿Qué está intentando proteger esa ansiedad?

¿Qué teme?

¿Qué ha vivido?

¿Qué ha aprendido sobre sí misma y sobre el mundo?

¿Qué necesita para sentirse segura?

Porque detrás de la ansiedad casi siempre hay algo que merece ser escuchado.

A veces es miedo.

A veces es inseguridad.

A veces es agotamiento.

A veces son heridas emocionales que nunca tuvieron espacio para sanar.

Y otras veces son años de autoexigencia y presión interna que han terminado pasando factura.

Más allá de aprender técnicas

Por supuesto que existen herramientas que ayudan.

La respiración.

El mindfulness.

La regulación emocional.

Los recursos corporales.

Todo ello puede ser muy útil y forma parte del proceso.

Pero mi experiencia me ha enseñado que muchas personas no necesitan únicamente aprender a relajarse.

Necesitan comprender por qué no consiguen relajarse.

Necesitan entender qué mantiene encendida esa alarma.

Necesitan reconstruir la sensación de seguridad que quizá se perdió en algún momento del camino.

Por eso, además de trabajar herramientas prácticas, exploramos las experiencias, aprendizajes y creencias que siguen influyendo en el presente.

Y cuando es adecuado, utilizamos EMDR para ayudar al cerebro a procesar aquellas vivencias que continúan activando respuestas emocionales de forma automática.

La buena noticia

Después de muchos años trabajando con personas que sufren ansiedad, hay algo que me gusta recordarles.

Tu ansiedad no es tu identidad.

No naciste siendo ansiedad.

No eres una persona rota.

No estás condenada a vivir así para siempre.

Tu cerebro aprendió a protegerte de una determinada manera.

Y del mismo modo puede aprender nuevas formas de sentirse seguro.

Si te has sentido identificada con estas palabras, quizá ha llegado el momento de dejar de luchar contra ti misma.

Quizá ha llegado el momento de escuchar qué está intentando decirte esa ansiedad.

Porque vivir no debería consistir únicamente en sobrevivir.

Y pedir ayuda no es una señal de debilidad.

Muchas veces es el primer paso para recuperar la calma, la confianza y la libertad que llevas demasiado tiempo buscando.

Yolanda Cuevas
Psicóloga especializada en EMDR y trauma.
Instructora en mindfulness y respiración

Yolanda@yolandacuevas.es

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EMDR no es solo una técnica: es un abordaje terapéutico completo

Cuando hablamos de EMDR muchas personas piensan automáticamente en el movimiento ocular.

“Ah, sí, eso de seguir los dedos con la mirada”.

“Eye Movement Desensitization and Reprocessing”, que en español se traduce como “Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares”.

Desensibilización: reducir la intensidad emocional asociada a recuerdos dolorosos.

Reprocesamiento: ayudar al cerebro a integrar esas experiencias de forma adaptativa, para que dejen de generar malestar o reacciones desproporcionadas en el presente.

Pero EMDR es mucho más que una técnica concreta. Es un abordaje terapéutico estructurado, profundo y cuidadosamente planificado, que tiene en cuenta la historia completa de la persona y su capacidad actual para sostener el procesamiento emocional.

Antes de procesar, hay que comprender

En EMDR no empezamos trabajando directamente los recuerdos difíciles.

Primero exploramos la biografía de la persona:

¿Qué experiencias han sido significativas?

¿Qué eventos pueden haber dejado huella?

¿Qué creencias se formaron a partir de esas vivencias?

¿Cómo impactaron en su autoestima, en sus relaciones y en su manera de gestionar emociones?

No se trata solo de “qué pasó”, sino de cómo quedó almacenado en su sistema nervioso.

Evaluamos la estabilidad actual

Antes de reprocesar experiencias traumáticas o dolorosas, valoramos algo esencial:

¿Tiene la persona recursos suficientes para afrontar lo que pueda activarse?

En esta fase trabajamos:

Regulación emocional

Identificación de señales corporales

Desarrollo de recursos internos (lugares seguros, figuras de apoyo, experiencias fortalecedoras)

Ampliación de la ventana de tolerancia

Porque EMDR no consiste en revivir el trauma sin sostén.

Consiste en procesarlo con seguridad.

La preparación no es un trámite. Es terapia.

La fase de preparación puede durar varias sesiones. Y no es “esperar para empezar lo importante”.

Es parte fundamental del tratamiento.

Cuando ayudamos a una persona a conectar con recursos, a comprender cómo funciona su sistema nervioso y a sentirse acompañada, ya estamos produciendo cambios terapéuticos profundos.

La alianza terapéutica es la base

En cualquier enfoque terapéutico la relación es importante. En EMDR es imprescindible.

-El procesamiento solo es posible cuando existe:

-Confianza

-Seguridad relacional

-Sensación de acompañamiento

-Ritmo respetado

-No forzamos recuerdos. No aceleramos procesos.

-Seguimos la capacidad del sistema nervioso.

Procesar no es remover. Es integrar.

Cuando finalmente se inicia el reprocesamiento, no buscamos que la persona “reviva” el dolor.

Buscamos que el recuerdo pierda la carga emocional desbordante y pueda integrarse como parte del pasado.

Que deje de activarse como si estuviera ocurriendo ahora.

Ese es el objetivo del abordaje EMDR:

no borrar la historia, sino ayudar al cerebro a digerirla.

EMDR no es una técnica aislada.

Es un modelo que integra evaluación, estabilización, procesamiento e integración.

Y, sobre todo, es un trabajo profundamente respetuoso con los tiempos y la capacidad de cada persona.

Evidencia científica:

https://www.emdr-es.org/Sobre-EMDR/Investigaciones-que-avalan-el-EMDR-como-psicoterapia

Si quieres empezar escríbeme a yolanda@yolandacuevas.es

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¿Por qué nos cuesta tanto poner límites?

Hablar de límites se ha vuelto cada vez más frecuente. Escuchamos constantemente frases como “aprende a decir no”, “priorízate” o “pon límites sanos”. Y aunque muchas personas comprenden la importancia de hacerlo, en la práctica sigue siendo una de las dificultades emocionales más comunes.

Porque poner límites no consiste únicamente en rechazar algo o marcar distancia. En muchas ocasiones implica enfrentarnos al miedo al conflicto, al rechazo, a decepcionar a otros o incluso a sentir culpa por pensar en nosotros mismos.

Detrás de la dificultad para poner límites suele haber una historia personal: aprendizajes, experiencias, inseguridades o dinámicas relacionales donde quizás nos acostumbramos a priorizar las necesidades ajenas antes que las propias. Por eso, entender los beneficios de poner límites es importante, pero comprender por qué no los ponemos es clave para poder trabajarlo de una forma más profunda y consciente.

Los límites saludables no nos alejan de los demás; nos ayudan a construir relaciones más honestas, equilibradas y respetuosas. También nos permiten proteger nuestra salud mental, cuidar nuestra energía y vivir de una manera más coherente con lo que necesitamos y sentimos.

5 razones para aprender a poner límites

  1. Proteges tu bienestar emocional

Poner límites te ayuda a evitar el agotamiento, la sobrecarga emocional y el estrés constante.

  1. Te valoras a ti misma

Cuando pones límites, estás transmitiendo el mensaje de que tus necesidades, emociones y tiempos también importan.

  1. Mejoras tus relaciones

Los límites claros crean relaciones más sanas, honestas y respetuosas. Ayudan a evitar el resentimiento y favorecen una comunicación más auténtica.

  1. Tomas el control de tu vida

Dejas de vivir únicamente para cumplir expectativas ajenas y empiezas a elegir aquello que realmente es bueno para ti.

  1. Ganas en autoestima y confianza

Cada vez que expresas un límite de forma saludable, fortaleces la confianza en ti misma y en tus decisiones.

Entonces… ¿por qué cuesta tanto poner límites?

A veces sabemos que poner límites es importante… y aun así nos cuesta muchísimo hacerlo.

Y no es porque no sepamos decir “no”. Muchas veces detrás hay miedo, culpa, necesidad de aprobación o el aprendizaje de haber priorizado siempre a los demás antes que a nosotros mismos.

Entender los beneficios de poner límites puede motivarnos. Pero comprender por qué no los ponemos es lo que realmente nos ayuda a trabajarlo desde la raíz.

Porque los límites no se aprenden solo con frases bonitas. Se construyen con autoestima, seguridad y permiso para cuidarnos también a nosotros mismos.

Algunas razones frecuentes por las que cuesta poner límites
-Miedo al rechazo o al conflicto
-Necesidad de agradar y ser aceptados
-Sentimiento de culpa
-Baja autoestima
-Haber aprendido a priorizar siempre a los demás
-Creer que poner límites es ser egoísta
-Miedo a decepcionar
-Dependencia emocional
-Falta de seguridad personal
-Haber crecido en entornos donde no se respetaban los límites
-Confundir amor con aguantarlo todo
-Temor a quedarse solos
-Exceso de responsabilidad hacia los demás
-Dificultad para identificar las propias necesidades
-Estrés o agotamiento emocional que dificulta reaccionar


La importancia de trabajarlo

Aprender a poner límites es un proceso. Y como todo proceso emocional, no se cambia de un día para otro solo porque entendamos racionalmente que sería bueno hacerlo.

Muchas personas saben perfectamente qué deberían hacer, pero sienten que algo dentro les impide actuar de otra manera. Ahí es donde aparece la importancia de mirar más allá de la conducta y comprender qué experiencias, heridas, miedos o aprendizajes pueden estar sosteniendo esa dificultad.

A veces cuesta poner límites porque durante mucho tiempo aprendimos que teníamos que agradar, cuidar, adaptarnos o soportar para sentirnos queridos, válidos o aceptados. Y cuando esas respuestas llevan años acompañándonos, nuestro sistema emocional puede vivir el poner límites como una amenaza, aunque sepamos que es necesario.

Por eso, trabajar los límites no consiste únicamente en aprender técnicas de comunicación o frases asertivas. También implica fortalecer la autoestima, conectar con nuestras necesidades, regular el miedo, sanar heridas emocionales y desarrollar seguridad interna.

¿Cómo puede ayudar EMDR?

Terapias como EMDR pueden ser de gran ayuda para trabajar esta dificultad desde una raíz más profunda. EMDR permite abordar experiencias pasadas que han podido influir en la dificultad para poner límites, ayudando a reprocesar emociones, creencias negativas y patrones que siguen activos en el presente.

Muchas veces, detrás de un “no puedo decir que no” hay miedo al abandono, rechazo, culpa o experiencias donde nuestras necesidades no fueron escuchadas, respetadas o validadas.

Sanar esas experiencias no solo ayuda a comprendernos mejor, sino también a responder desde un lugar más consciente, seguro y libre.

Porque poner límites no es dejar de querer a los demás.
Es empezar también a cuidarte a ti.

Yolanda@yolandacuevas.es

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