Yolanda Cuevas Ayneto

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¿Por qué algunos niños y adolescentes hacen bullying?

Cada vez que se hace viral una agresión entre menores sentimos una mezcla de rabia, tristeza e incomprensión. Vemos cómo una niña es rodeada, insultada o golpeada mientras otras personas observan, ríen, graban o animan, y nos preguntamos cómo alguien tan joven puede llegar a actuar con tanta crueldad.

Ante escenas así, nuestra mente busca rápidamente una explicación. Necesitamos ordenar lo que estamos viendo y encontrar responsables. Aparecen entonces frases como: «Son malas personas», «sus padres no las han educado» o «seguro que lo hacen porque tienen baja autoestima».

Sin embargo, el acoso escolar no surge por una única causa y tampoco existe un perfil psicológico que permita identificar fácilmente a todos los menores que acosan. Es un fenómeno complejo en el que pueden confluir características personales, necesidades emocionales, experiencias familiares, dinámicas grupales, respuestas escolares y factores sociales y digitales.

Comprender estos factores no significa disculpar la violencia ni restarle gravedad. Significa intervenir sobre algo más profundo que la conducta visible para poder proteger a la víctima, exigir responsabilidad y evitar que vuelva a ocurrir.

No toda agresión es bullying, aunque toda agresión debe preocuparnos

Antes de hablar de acoso escolar, conviene diferenciar una agresión puntual, una pelea o un conflicto entre iguales de una situación de bullying.

El acoso suele incluir tres elementos:

  • Existe intención de causar daño.
  • Se produce un desequilibrio de poder.
  • La conducta se repite o tiene capacidad para mantenerse y repetirse.

El poder no depende únicamente de la fuerza física. Puede proceder de la popularidad, del número de personas que forman el grupo, de la capacidad para influir en los demás, del acceso a información íntima o de la posibilidad de humillar públicamente a alguien a través de las redes sociales.

Esta distinción no resta gravedad a una agresión aislada. Una sola agresión puede ser profundamente dañina y debe recibir respuesta. Pero para hablar con rigor de bullying necesitamos conocer la historia completa: si existían amenazas anteriores, exclusión, burlas, rumores, mensajes, difusión de imágenes, persecución digital u otras conductas mantenidas en el tiempo.

No existe un único perfil del menor que acosa

Algunos menores que acosan presentan inseguridad, impulsividad, dificultades emocionales o experiencias adversas. Otros son sociables, populares, tienen habilidades para relacionarse y saben utilizar su influencia dentro del grupo.

También hay niños que sufren acoso en un contexto y, en otro, agreden a compañeros sobre los que tienen más poder. Algunos lideran la conducta, otros colaboran, ríen, graban, difunden o permanecen en silencio.

Por eso debemos desconfiar de afirmaciones como:

«Una niña feliz no haría eso».

«En su casa nunca ha visto violencia».

«Mi hijo es muy cariñoso conmigo, así que es imposible».

Un menor puede querer a su familia, comportarse correctamente con los adultos y, al mismo tiempo, participar en conductas muy dañinas con sus iguales. No siempre se comporta de la misma manera en casa, en clase, con su grupo de amigos o en internet.

1. La búsqueda de poder y estatus social

Durante la adolescencia, la pertenencia y la posición dentro del grupo adquieren una enorme importancia. Algunos menores descubren que ridiculizar, excluir o controlar a otra persona les proporciona atención, popularidad o una posición dominante.

El acoso puede convertirse así en una estrategia social:

«Si los demás me temen, nadie me cuestionará».

«Si decido quién entra y quién queda fuera, tengo poder».

«Si todos se ríen conmigo, soy importante».

Cuando esa conducta consigue su objetivo y no encuentra consecuencias claras, puede repetirse y volverse cada vez más grave. El menor aprende que humillar, amenazar o intimidar funciona.

2. La necesidad de pertenecer

No todos los participantes inician el acoso. Algunos se suman porque temen quedarse fuera del grupo, perder una amistad o convertirse en el siguiente objetivo.

Pueden pensar:

«Si no participo, se enfadarán conmigo».

«Todo el mundo lo hace».

«Solo estaba siguiendo la broma».

«Yo no le pegué; solamente grabé».

La presión grupal no elimina la responsabilidad, pero ayuda a comprender por qué jóvenes que quizá nunca actuarían así estando solos pueden participar en comportamientos crueles cuando se encuentran dentro de un grupo.

Cada uno puede sentir que su aportación es pequeña. Sin embargo, para la víctima, todas esas participaciones forman una experiencia conjunta de intimidación, aislamiento y humillación.

3. El miedo a convertirse en la próxima víctima

En determinados grupos, colocarse al lado de quien intimida puede convertirse en una forma de protección.

El mensaje implícito es: «Si estoy con quien tiene poder, no me lo harán a mí».

Algunos menores ríen, difunden rumores, graban o colaboran con el acoso no porque sientan un rechazo personal hacia la víctima, sino porque tienen miedo de perder su posición o convertirse en el siguiente objetivo.

Este mecanismo se fortalece cuando los adultos no intervienen con claridad. Si nadie garantiza la seguridad, algunos niños pueden aprender que la mejor manera de sobrevivir socialmente es alinearse con quien agrede.

4. Dificultades relacionadas con la empatía

Algunos menores tienen dificultades para reconocer las emociones de los demás, imaginar las consecuencias de sus actos o conectar con el dolor que están provocando.

Otros sí perciben el sufrimiento, pero lo minimizan o se desconectan de él para poder continuar. Llaman a la víctima exagerada, débil, rara, pesada o provocadora. De este modo, dejan de verla como una persona completa y la convierten en una etiqueta.

La empatía no consiste únicamente en darse cuenta de que alguien está llorando. Significa permitir que ese sufrimiento influya en nuestra conducta.

Y la empatía necesita educación, modelado y práctica. No se desarrolla mediante una única charla después de una agresión. Se construye diariamente a través de la forma en que los adultos hablan de otras personas, resuelven los conflictos, reconocen el daño y reparan sus propios errores.

5. Dificultades para regular las emociones

La rabia, la frustración, los celos, la vergüenza y el miedo al rechazo pueden vivirse con mucha intensidad durante la infancia y la adolescencia.

Cuando un menor no sabe identificar lo que siente, tolerar la frustración, resolver un conflicto, aceptar un límite o pedir ayuda, puede descargar esas emociones sobre alguien a quien percibe como más vulnerable.

Esto no significa que los niños con dificultades emocionales sean violentos. La inmensa mayoría no lo son. Significa que una regulación emocional insuficiente, combinada con otros factores, puede aumentar el riesgo de determinadas conductas.

La emoción puede explicar una parte del comportamiento, pero no lo justifica ni lo convierte en inevitable.

6. Haber sufrido violencia, rechazo o humillación

Algunos menores que agreden han sido previamente dañados, rechazados, humillados o expuestos a relaciones violentas.

Pueden haber aprendido que solo existen dos posiciones: dominar o ser dominado. Para no volver a ocupar el lugar vulnerable, intentan colocarse en el poderoso.

En algunos casos aparece una identificación con quien agrede: reproducen sobre otra persona aquello que antes vivieron porque ese fue el modelo de relación que aprendieron.

Sin embargo, debemos evitar una generalización injusta. Haber sufrido violencia o acoso no convierte automáticamente a nadie en agresor. Muchas víctimas desarrollan una gran sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Hablamos de un posible factor de riesgo, nunca de un destino.

7. Modelos familiares basados en el desprecio o el poder

Los niños aprenden no solo de lo que les decimos, sino también de lo que observan.

Cuando viven en un entorno donde los conflictos se resuelven mediante gritos, amenazas, desprecio, burlas, castigos humillantes o violencia, pueden interiorizar que someter al otro es una forma válida de relacionarse.

No es necesario que exista violencia física. También educan los comentarios despectivos sobre otras personas, las bromas crueles, la intolerancia hacia quien es diferente, la humillación como forma de corregir o la idea de que pedir perdón es un signo de debilidad.

Esto no significa que todo menor que acosa proceda de una familia violenta o negligente. Culpar automáticamente a las familias simplifica demasiado el problema y puede hacer que los padres se defiendan en lugar de colaborar.

La pregunta más útil no es únicamente qué ha ocurrido en la familia, sino qué necesita revisar y aprender ahora todo el sistema que rodea al menor.

8. Falta de límites, supervisión o consecuencias coherentes

Los menores necesitan saber que los adultos conocen su vida, establecen límites y actúan cuando se cruzan determinadas líneas.

Una educación excesivamente permisiva, una supervisión insuficiente, unas normas cambiantes o unas consecuencias que nunca se cumplen pueden dificultar la interiorización de la responsabilidad.

Pero también puede ocurrir lo contrario. Una educación autoritaria basada en el miedo, el control y la obediencia puede transmitir que quien tiene más poder está legitimado para imponerse sobre quien tiene menos.

Un límite adecuado no abandona ni humilla. Detiene la conducta, protege a la víctima y ayuda al menor responsable a comprender lo sucedido, asumir las consecuencias y reparar el daño cuando sea posible.

9. La diferencia entre el hijo que conocemos y su comportamiento con el grupo

Cuando una madre o un padre afirma que no sabía nada, es posible que esté diciendo la verdad.

Los adolescentes pueden ocultar conversaciones, borrar mensajes, utilizar cuentas alternativas y comportarse de forma diferente según el contexto. En casa pueden mostrarse tranquilos y afectuosos; con determinados amigos, participar en dinámicas que su familia no reconocería.

No haberse enterado antes no convierte automáticamente a los padres en negligentes.

La cuestión decisiva es qué hacen cuando se enteran.

Negar los hechos, minimizar la conducta, culpar a la víctima o preocuparse únicamente por defender la imagen del hijo impide cualquier cambio. Una respuesta responsable comienza aceptando la posibilidad de que el menor haya hecho algo grave, aunque resulte doloroso y no encaje con la imagen que la familia tenía de él.

10. Una cultura escolar que no interviene a tiempo

El acoso no se mantiene únicamente por la conducta de quien agrede. Necesita un contexto que permita su continuidad.

Cuando las burlas se consideran «cosas de niños», las peticiones de ayuda se interpretan como exageraciones, la víctima debe demostrar repetidamente lo sucedido o las medidas se limitan a pedir que ambas partes «hagan las paces», el desequilibrio de poder permanece.

Los centros educativos necesitan protocolos claros, vías seguras para comunicar lo que ocurre, supervisión de los espacios menos estructurados y una intervención que incluya al grupo.

No basta con trasladar a la víctima de clase, pedirle que ignore las provocaciones o aconsejarle que se defienda. La responsabilidad de detener el acoso nunca puede recaer sobre quien lo está sufriendo.

11. El papel de quienes observan

El bullying no es solamente una relación entre quien agrede y quien es agredido. En muchas situaciones hay otras personas que observan y cuya reacción influye directamente en lo que sucede.

Algunas ayudan activamente a quien agrede. Otras ríen, animan, graban o comparten. Muchas permanecen en silencio porque tienen miedo o no saben qué hacer.

La risa proporciona aprobación.

La grabación ofrece una audiencia.

La difusión multiplica la humillación.

El silencio puede ser interpretado como permiso.

No todas estas conductas tienen la misma gravedad, pero ninguna es completamente neutral.

También debemos reconocer que muchos espectadores sienten miedo. Por eso no basta con decirles: «Deberías haberlo impedido». Necesitan aprender formas seguras de actuar: pedir ayuda, acompañar a la víctima, informar a un adulto de confianza, conservar pruebas sin difundirlas y negarse a convertir el daño en entretenimiento.

El grupo puede reforzar el acoso, pero también puede detenerlo.

12. Las redes sociales y la conversión del daño en espectáculo

Antes, algunas agresiones terminaban cuando la víctima regresaba a casa. Hoy el daño puede continuar durante las veinticuatro horas.

Las redes sociales amplían la audiencia, aceleran la difusión y generan una falsa sensación de distancia. A través de una pantalla, el sufrimiento puede parecer menos real. Los comentarios, las visualizaciones y los «me gusta» pueden convertir la humillación en una forma de reconocimiento social.

Grabar una agresión no es un acto neutral. Puede aumentar el poder de quien agrede y prolongar el daño mucho después de que termine el ataque.

Compartir un vídeo para denunciar lo ocurrido también puede perjudicar a la víctima. Aunque la intención sea condenar la violencia, cada reproducción vuelve a exponer su miedo, su dolor y su humillación.

Denunciar no exige difundir.

13. Los prejuicios y el rechazo hacia la diferencia

El aspecto físico, el origen, la orientación sexual, la identidad, la discapacidad, la manera de hablar, la situación económica, los gustos o cualquier característica percibida como diferente pueden utilizarse para seleccionar a una víctima.

Pero la diferencia no provoca el acoso.

Lo provoca quien decide convertirla en motivo de desprecio y el contexto que lo consiente.

Cuando en una familia, un centro educativo o una comunidad se normalizan comentarios racistas, clasistas, machistas, homófobos, capacitistas o humillantes, los menores reciben el mensaje de que algunas personas merecen menos respeto.

Prevenir el bullying también exige educar activamente en diversidad, dignidad y convivencia.

14. La deshumanización de la víctima

Para mantener la violencia, quien agrede suele construir una narración que la justifique:

«Se lo buscó».

«Es insoportable».

«Todo el mundo la odia».

«Solo era una broma».

«Exagera para llamar la atención».

Estas frases reducen la culpa y permiten continuar. La víctima deja de ser percibida como una persona con emociones, vínculos, miedo y dignidad, y se convierte en «la rara», «la pesada» o «la que sobra».

Una intervención eficaz debe romper esa deshumanización. Pero no debe hacerlo obligando prematuramente a la víctima a enfrentarse a quienes la dañaron, perdonar o aceptar una mediación para la que todavía no está preparada.

No solo debemos preocuparnos de que nuestros hijos no sufran bullying

Cuando se habla de acoso escolar, es comprensible que las familias se pregunten primero si su hijo puede estar siendo víctima:

¿Lo excluyen?

¿Se burlan de él?

¿Le amenazan?

¿Está sufriendo en silencio?

Son preguntas necesarias, pero no pueden ser las únicas.

También debemos preguntarnos cómo trata nuestro hijo a los demás cuando no estamos delante.

¿Se ríe cuando humillan a alguien?

¿Participa en grupos donde se señala o se excluye?

¿Difunde rumores, fotografías o vídeos?

¿Graba en lugar de pedir ayuda?

¿Utiliza información íntima para hacer daño?

¿Se une al grupo para no quedarse fuera?

¿Guarda silencio por miedo?

¿Llama «broma» a algo que está haciendo sufrir a otra persona?

A menudo los adultos nos preocupamos por criar hijos capaces de defenderse, poner límites y pedir ayuda. Pero también necesitamos educarlos para que no utilicen su fuerza, su popularidad, su grupo o las redes para dañar a otros.

La tarea de una familia no consiste únicamente en proteger a su hijo de quienes puedan hacerle daño. También consiste en enseñarle a no convertirse en quien humilla, excluye, amenaza, graba, comparte o celebra el sufrimiento ajeno.

No basta con decir:

«Mi hijo nunca haría eso».

«Lo conozco perfectamente».

«Seguro que le provocaron».

«Solo estaba mirando».

«Él no pegó a nadie».

Negar lo ocurrido puede proteger momentáneamente a los padres de la culpa, la vergüenza o el desconcierto, pero deja desprotegida a la víctima e impide que el propio hijo asuma responsabilidades y cambie.

Educar también es atreverse a formular una pregunta incómoda:

¿Cómo trata mi hijo a los demás cuando cree que ningún adulto está mirando?

Estas conversaciones deben producirse antes de que aparezca un problema. Podemos preguntar:

«¿Hay alguien en vuestra clase a quien estén dejando de lado?».

«¿Qué ocurre en vuestro grupo cuando alguien es diferente?».

«¿Alguna vez te has reído para que no se rieran de ti?».

«¿Se ha compartido algún vídeo para avergonzar a alguien?».

«¿Qué podrías hacer sin ponerte en peligro si presenciaras una agresión?».

«¿A qué adulto pedirías ayuda?».

«¿Cómo crees que se siente esa persona cuando los demás se ríen?».

Educar no es asegurarle a un hijo que siempre tiene razón. Tampoco es evitarle cualquier consecuencia. En ocasiones, la forma más responsable de proteger su desarrollo consiste en ayudarle a mirar de frente lo que ha hecho, asumir el daño causado y aprender otra manera de relacionarse.

No solo necesitamos criar hijos que sepan pedir ayuda cuando los dañan. También hijos capaces de reconocer cuándo están dañando, detenerse, reparar y no utilizar al grupo como excusa.

¿Qué deben hacer los padres cuando descubren que su hijo ha participado?

El primer impulso puede ser negarlo, justificarlo o sentir que lo sucedido cuestiona toda la educación familiar.

Pero defender a un hijo no significa protegerlo de las consecuencias de sus actos.

Significa ayudarlo a detener una conducta que puede dañar gravemente a otra persona y comprometer su propio desarrollo.

Los padres necesitan conocer los hechos completos, hablar con el centro educativo y con los profesionales implicados, revisar el teléfono y las redes cuando sea necesario y establecer límites claros.

Conviene evitar dos extremos: la minimización y la humillación.

Decir «no ha sido para tanto» impide asumir el daño. Pero decirle «eres una persona horrible» tampoco enseña responsabilidad. Una persona no es exactamente lo mismo que la conducta que ha realizado, aunque esa conducta sea grave.

Es más útil transmitir:

«Lo que has hecho es grave».

«No voy a justificarlo».

«Necesito comprender qué ocurrió».

«Vas a asumir las consecuencias».

«Vamos a trabajar para que no vuelva a suceder».

«Reparar no consiste únicamente en pedir perdón».

Una disculpa puede formar parte del proceso, pero no debe utilizarse como una manera rápida de cerrar el caso. La víctima no tiene obligación de aceptarla, perdonar ni participar en una mediación.

Cuando existe un desequilibrio de poder, forzar un encuentro entre ambas partes puede aumentar el daño. La reparación debe estar guiada por profesionales, respetar la seguridad de la víctima y no responder solamente a la necesidad de aliviar la culpa de quien agredió.

Quien acosa también necesita intervención

Proteger prioritariamente a la víctima no está reñido con ayudar al menor que ha agredido.

Una sanción puede ser necesaria, pero difícilmente será suficiente si no se trabaja aquello que sostiene la conducta: la búsqueda de poder, la presión del grupo, la falta de empatía, la impulsividad, la necesidad de aprobación, la exposición a violencia, las dificultades familiares o la ausencia de límites.

El objetivo no es evitarle las consecuencias. Es conseguir que comprenda el daño, desarrolle responsabilidad, aprenda formas diferentes de relacionarse y pueda cambiar.

El menor que acosa necesita límites, consecuencias, supervisión y ayuda. Comprender su historia no significa situarlo al mismo nivel que la víctima ni confundir las responsabilidades.

Los comportamientos de acoso no tienen por qué definir para siempre la identidad de un menor. Pero el cambio exige una intervención adulta firme, sostenida y coordinada.

La víctima no necesita consejos para ser más fuerte: necesita estar segura

Ante el acoso todavía se escuchan frases como:

«No les hagas caso».

«Defiéndete».

«Tienes que hacerte respetar».

«Procura no quedarte sola».

«Seguro que algo habrás hecho».

Estas respuestas desplazan la responsabilidad hacia quien está sufriendo y pueden hacer que se sienta culpable por no haber sabido detener algo que estaba fuera de su control.

La prioridad debe ser interrumpir el contacto, valorar el riesgo, preservar las pruebas, proteger su intimidad, ofrecer apoyo psicológico cuando sea necesario y garantizar que pueda continuar su vida escolar sin miedo.

La víctima necesita ser creída.

Necesita escuchar con claridad que no es culpable.

Necesita saber que no tiene que resolver sola la situación.

Y necesita comprobar que los adultos no se limitan a escuchar, sino que actúan.

Comprender no es justificar

Preguntarnos por qué un niño o un adolescente hace bullying no pretende suavizar la gravedad de sus actos.

Comprender permite intervenir antes y mejor.

Podemos reconocer que un menor tiene una historia, unas necesidades y unas dificultades y, al mismo tiempo, afirmar con absoluta claridad que ninguna de ellas le da derecho a humillar, amenazar, excluir o agredir.

Podemos proteger a la víctima sin deshumanizar a quien agrede.

Podemos exigir responsabilidad sin convertir a un menor en un monstruo irrecuperable.

Podemos ayudar a quien ha agredido sin confundirlo con quien ha sufrido la agresión.

Y podemos pedir a las familias, los centros educativos, las instituciones, las plataformas digitales y al conjunto de la sociedad que dejen de tratar el bullying como un problema privado entre menores.

El acoso es una dinámica colectiva.

Se alimenta del poder, el miedo, la necesidad de pertenecer, los prejuicios, la ausencia de límites, la pasividad de los espectadores, la difusión digital y la tardanza de los adultos.

Por eso también debe detenerse colectivamente.

-No compartamos las imágenes.

-No mostremos los rostros.

-No investiguemos la vida de los menores en las redes.

-No convirtamos el dolor de una víctima en entretenimiento.

Utilicemos estos casos para mirar más allá del vídeo y formularnos preguntas más incómodas y necesarias:

¿Están haciendo daño a mi hijo?

Pero también:

¿Podría mi hijo estar dañando a alguien?

¿Qué estamos enseñando, permitiendo o dejando de ver para que un menor llegue a sentir que humillar a otra persona le proporciona poder?

Comprender no es justificar.

Es proteger, responsabilizar, educar e intervenir.

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Cuando tu mente no confía ¿cómo puedes rendir?

La confianza es una consecuencia de cómo interpreta el cerebro la experiencia, de cómo responde el sistema nervioso al error y de las creencias que la persona ha construido sobre sí misma. Desde una perspectiva de psicología deportiva y EMDR, el trabajo puede ser muy profundo y, en muchos casos, más eficaz que limitarse a enseñar técnicas de motivación o pensamiento positivo.

Y aunque este artículo está centrado en el deporte seguro que aunque no seas deportista te puedes sentir identificada/o

Algunas de las áreas más importantes serían:

1. ¿Qué ha roto la confianza?

La confianza casi nunca desaparece de la nada. Conviene explorar cuándo comenzó.

  • Una lesión.
  • Un error importante.
  • Una mala temporada.
  • Un cambio de entrenador.
  • Haber pasado de ser el mejor a competir con deportistas de mayor nivel.
  • Críticas constantes.
  • Fracasar en una competición importante.
  • Compararse continuamente.

Con EMDR muchas veces encontramos que el cerebro sigue reaccionando como si aquel error siguiera ocurriendo hoy.

2. Experiencias anteriores que siguen activas

A veces el problema no nace en el deporte.

Puede haber recuerdos de infancia como:

  • “Nunca haces nada bien.”
  • Comparaciones con hermanos.
  • Padres muy exigentes.
  • Entrenadores humillantes.
  • Bullying.
  • Fracasos escolares.

Cada nueva competición reactiva esas antiguas experiencias.

El deportista cree que tiene miedo a competir, cuando en realidad su sistema nervioso está reviviendo sensaciones mucho más antiguas.

3. Creencias negativas sobre uno mismo

Es frecuente encontrar pensamientos como:

  • No soy suficiente.
  • Voy a fallar.
  • Todos son mejores.
  • No puedo con la presión.
  • Tengo que demostrar constantemente mi valor.
  • Si fallo decepcionaré a todos.
  • Solo valgo cuando gano.

EMDR permite trabajar el origen de estas creencias y sustituirlas por otras que el cerebro pueda integrar de forma auténtica, no como simples afirmaciones positivas.

4. El miedo al error

Muchos deportistas no juegan para ganar.

Juegan para no equivocarse.

Y eso cambia completamente la manera de competir.

Cuando el objetivo pasa a ser evitar el fallo:

  • aumenta la tensión,
  • disminuye la creatividad,
  • aparecen bloqueos,
  • se juega con miedo.

5. Regulación del sistema nervioso

La confianza también es fisiología.

Si el sistema nervioso entra en hiperactivación:

  • aumenta la tensión muscular,
  • empeora la coordinación,
  • disminuye la atención,
  • aparecen pensamientos catastróficos.

Por eso se trabaja con:

  • respiración,
  • mindfulness,
  • grounding,
  • regulación vagal,
  • conciencia corporal,
  • recuperación tras errores.

No solo para relajarse, sino para mantener un nivel óptimo de activación.

6. El diálogo interno

Muchos deportistas hablan consigo mismos de una forma que jamás utilizarían con un compañero.

Se dicen:

  • Eres un desastre.
  • Ya la has vuelto a liar.
  • No sirves para esto.

Aprender a cambiar ese diálogo no significa engañarse, sino desarrollar una voz interna que ayude a rendir incluso cuando las cosas no salen como esperan.

7. Perfeccionismo

Detrás de muchas faltas de confianza encontramos un perfeccionismo muy elevado.

No disfrutan.

Solo evalúan.

Cada entrenamiento es un examen.

Cada competición es un juicio.

Cada error confirma que “no son suficientes”.

8. Identidad

Algunos deportistas dejan de ser personas para convertirse únicamente en deportistas.

Su valor depende del resultado.

Cuando pierden sienten que fracasan ellos, no que han perdido una competición.

Uno de los trabajos más importantes consiste en separar:

Soy una persona que practica un deporte.

No:

Mi valor depende de cómo compita.

9. Presión externa

Familia.

Entrenadores.

Redes sociales.

Expectativas.

Patrocinadores.

A veces el problema no es competir.

Es sentir que cualquier fallo decepcionará a alguien.

10. Atención y concentración

Cuando la confianza baja, la atención suele dirigirse a:

  • lo que puede salir mal,
  • el rival,
  • el marcador,
  • el error anterior,
  • el juicio de los demás.

El entrenamiento psicológico busca devolver la atención al presente y a aquello que el deportista puede controlar en cada momento.

11. Lesiones y miedo a recaer

Tras una lesión es frecuente que el cuerpo esté recuperado, pero el cerebro no.

El deportista puede:

  • evitar ciertos movimientos,
  • competir con miedo,
  • perder agresividad,
  • sentir que “ya no es el mismo”.

EMDR cuenta con evidencia para ayudar a reprocesar experiencias traumáticas relacionadas con lesiones y facilitar una vuelta más segura desde el punto de vista psicológico.

12. Recuperarse después del error

Los grandes deportistas no son los que nunca fallan.

Son los que consiguen volver al presente rápidamente.

Se entrena:

  • aceptar el error,
  • regular la activación,
  • recuperar el foco,
  • evitar que un fallo provoque una cadena de errores.

Porque muchas competiciones no se pierden por el primer error, sino por todo lo que ocurre mentalmente después.

El objetivo final

El objetivo no es que el deportista deje de sentir nervios. Los nervios forman parte de competir.

El verdadero objetivo es que pueda confiar en sí mismo incluso cuando aparecen dudas, cometer errores sin que estos definan quién es y rendir desde la presencia, no desde el miedo. Cuando el sistema nervioso deja de vivir la competición como una amenaza constante y las experiencias que alimentaban la inseguridad se procesan adecuadamente, la confianza deja de depender del último resultado y empieza a convertirse en una forma más estable de relacionarse consigo mismo.

Si quieres saber más de EMDR además del enlace que te dejé arriba tienes un podcast aquí

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¿Por qué sentimos que “Hemos ganado” un Mundial si no hemos jugado ni un solo minuto? La psicología de la euforia colectiva.

España gana su segundo Mundial.

Suena el pitido final y, casi de inmediato, miles de personas salen a las calles. Se abrazan desconocidos, las plazas se llenan de banderas, los teléfonos no dejan de sonar y durante unas horas parece que el país entero respira al mismo ritmo. Hay niños que saltan sobre el sofá como si ellos hubieran marcado el gol decisivo, personas mayores que vuelven a emocionarse como hacía años que no lo hacían y amigos que hacía meses que no hablaban y se envían un mensaje con una sola frase: “¡Lo hemos conseguido!”

No decimos: “La selección ha ganado el Mundial.”

Decimos: “Hemos ganado.”

Y esa pequeña palabra, “hemos”, dice mucho más sobre el cerebro humano que sobre el fútbol.

Porque, objetivamente, ninguno de nosotros ha entrenado durante años, ha soportado la presión de una final o ha levantado la copa. Sin embargo, sentimos una alegría auténtica, un orgullo difícil de explicar y una sensación de victoria que parece también nuestra.

¿Por qué ocurre?

La respuesta tiene mucho menos que ver con el deporte de lo que imaginamos y mucho más con algo profundamente humano: la necesidad de pertenecer.

Desde que nacemos buscamos formar parte de algo. Primero de una familia, después de un grupo de amigos, de una clase, de un equipo, de una ciudad o de un país. Nuestro cerebro evolucionó durante miles de años aprendiendo que pertenecer a un grupo aumentaba las posibilidades de sobrevivir. Quedarse solo suponía un enorme riesgo. Por eso hoy seguimos sintiendo un bienestar especial cuando experimentamos que compartimos una identidad con otras personas.

Cuando un equipo con el que nos identificamos consigue una victoria histórica, el cerebro interpreta, en cierta medida, que ese éxito también fortalece al grupo del que formamos parte. No es extraño, por tanto, que vivamos esa alegría como algo propio. Es un mecanismo profundamente humano.

Quizá por eso suceden escenas que solo vemos en momentos muy concretos. Personas que jamás se habían visto terminan abrazándose en una plaza. Alguien celebra con quien tiene al lado sin preguntarse quién es, qué piensa o a qué se dedica. Durante unas horas desaparecen muchas de las diferencias que normalmente nos separan. La edad, la profesión, las ideas políticas o el lugar de origen pasan a un segundo plano porque hay algo que nos une por encima de todo: una emoción compartida.

Y pocas cosas tienen tanto poder psicológico como sentir que pertenecemos.

Pero hay algo todavía más fascinante. Incluso quienes apenas siguen el fútbol pueden terminar emocionándose viendo una celebración así. No hace falta ser un gran aficionado para notar un nudo en la garganta cuando todo un estadio canta al unísono o cuando un jugador rompe a llorar después de años de esfuerzo.

Las emociones son contagiosas.

Nuestro cerebro está continuamente observando las expresiones de quienes nos rodean. Interpreta sus gestos, sus voces, sus sonrisas y sus lágrimas para comprender qué ocurre en el entorno. Esa capacidad de sincronizarnos emocionalmente con los demás ha sido esencial para nuestra evolución y sigue formando parte de nuestra vida cotidiana. Cuando miles de personas ríen, saltan y celebran juntas, resulta muy difícil permanecer completamente indiferente.

La alegría también se contagia.

Y quizá la necesitamos más de lo que pensamos.

Vivimos en una época en la que estamos expuestos constantemente a noticias preocupantes. Abrimos el móvil y encontramos conflictos, enfermedades, problemas económicos, violencia o incertidumbre. Nuestro sistema nervioso dedica una enorme cantidad de energía a procesar amenazas, muchas de ellas lejanas, pero presentes cada día en nuestra mente.

Por eso, cuando aparece un acontecimiento positivo que millones de personas viven al mismo tiempo, ocurre algo muy interesante. No desaparecen los problemas, pero durante unas horas dejamos de mirar únicamente hacia aquello que preocupa. El cerebro encuentra un espacio para la esperanza, para la ilusión y para la conexión. Es como si pudiera descansar brevemente de estar siempre alerta.

También nuestro organismo participa en esa experiencia. Durante situaciones de celebración aumentan las probabilidades de liberar sustancias relacionadas con el bienestar, como la dopamina, implicada en la sensación de recompensa y motivación. Los abrazos, el contacto físico o el sentimiento de unión favorecen procesos en los que interviene la oxitocina, relacionada con el vínculo social. Reír, cantar, bailar o saltar juntos también puede contribuir a la liberación de endorfinas.

Todo ello nos recuerda que nuestro cerebro necesita experimentar emociones positivas compartidas para mantener un cierto equilibrio.

Sin embargo, toda emoción intensa tiene otra cara.

Estamos acostumbrados a pensar que solo el miedo o la ira alteran nuestra forma de decidir, pero la euforia también lo hace. Cuando nos sentimos extremadamente felices tendemos a percibir menos los riesgos, a confiar más en nuestras capacidades y a pensar que las consecuencias negativas son menos probables. Es entonces cuando algunas personas conducen de forma temeraria, consumen alcohol en exceso, realizan conductas peligrosas o se dejan arrastrar por la multitud sin detenerse a pensar.

La euforia no es un problema. Lo problemático es cuando dejamos que la emoción sustituya completamente al juicio.

Celebrar es sano pero perder la capacidad de cuidarnos no.

Y, curiosamente, hay otro momento del que casi nunca hablamos: el día después.

Cuando las plazas vuelven a estar vacías, las banderas regresan a los cajones y la rutina vuelve a ocupar su sitio, muchas personas experimentan una ligera sensación de bajón. Después de un pico emocional tan intenso, el sistema nervioso necesita volver poco a poco a su nivel habitual de activación. Algunas personas incluso describen una cierta nostalgia o vacío.

No significa que ocurra nada malo.

Significa, simplemente, que el cerebro no está diseñado para vivir permanentemente en estado de euforia.

Los propios deportistas conocen muy bien esta experiencia. Después de años persiguiendo un sueño, muchos describen una pregunta inesperada que aparece pocos días después de alcanzar el éxito: “¿Y ahora qué?” Por eso la psicología del deporte insiste tanto en que la identidad de un deportista no puede depender únicamente de las medallas o de los títulos. Cuando todo nuestro valor personal se apoya en un único objetivo, incluso la mayor de las victorias puede dejar un vacío difícil de entender.

Quizá esa reflexión también nos sirva al resto.

La verdadera riqueza emocional de un Mundial no está solo en levantar una copa. Está en los recuerdos que construimos, en las personas con las que compartimos ese momento, en las conversaciones que surgirán dentro de veinte años cuando alguien diga: “¿Te acuerdas de aquella final?”

Porque probablemente olvidemos el minuto exacto de un gol.

Pero difícilmente olvidaremos con quién estábamos cuando ocurrió.

Y eso nos recuerda algo profundamente humano. Las personas no necesitamos vivir permanentemente eufóricas para ser felices. Lo que realmente necesitamos son momentos que den sentido a nuestra historia, personas con las que compartirlos y emociones que nos hagan sentir que, por un instante, formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos.

Quizá ese sea el verdadero legado de una victoria como esta. No el trofeo que queda en una vitrina, sino la certeza de que seguimos necesitando celebrar juntos, emocionarnos juntos y recordar que, incluso en tiempos difíciles, todavía somos capaces de mirar a un desconocido, abrazarlo y sentir que, durante unos minutos, pertenece a nuestro mismo equipo.

Una nueva fecha inolvidable 19 de julio de 2026.

¿Dónde y con quién estabas?

Nos vemos en España para el Mundial 2030 siendo campeones del mundo.

No solo en esto también en donación de órganos y en investigación con bajos presupuestos…

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Los mejores equipos no solo existen en el deporte.

No todos los equipos juegan en un estadio. Algunos juegan cada día en casa, en el trabajo, con la pareja o entre amigos. La diferencia entre desgastarse o crecer juntos suele depender de cómo jugamos ese partido. Estas preguntas pueden ayudarte a mirar a tu equipo con otros ojos.

❤️ Pareja

  • ¿Estamos jugando en el mismo equipo o intentando ganar discusiones?
  • ¿Nuestro objetivo es tener razón o entendernos?
  • ¿Qué podríamos conseguir si colaboráramos más y compitiéramos menos?
  • ¿Nos recordamos que estamos en el mismo lado del campo?

👨‍👩‍👧 Familia

  • ¿En casa se siente que todos remamos en la misma dirección?
  • ¿Qué une realmente a nuestra familia además de compartir un apellido?
  • ¿Cómo resolvemos los conflictos: como rivales o como un equipo?
  • ¿Qué necesita nuestra familia para sentirse más unida?

💼 Trabajo

  • ¿Mi equipo comparte un propósito o solo comparte una oficina?
  • ¿Celebramos los logros de los demás o competimos constantemente?
  • ¿Qué cambiaría si todos sintiéramos que el éxito es colectivo?
  • ¿Estoy contribuyendo al equipo o solo cumpliendo mi parte?

👥 Amigos

  • ¿Con qué personas siento que puedo ser yo sin competir?
  • ¿Quién celebra mis éxitos como si fueran propios?
  • ¿Estoy cuidando las amistades que realmente suman a mi vida?
  • ¿Qué hace que un grupo de amigos se convierta en un verdadero equipo?

⚽ Reflexión final

  • Si el fútbol puede unir a millones de personas durante 90 minutos… ¿qué podría unir más a las personas que forman parte de tu vida?
  • ¿Cuál es el objetivo común que une a tu pareja, tu familia, tus amigos o tu equipo de trabajo?
  • ¿Qué pasaría si dejáramos de preguntarnos quién tiene razón y empezáramos a preguntarnos qué necesita nuestro equipo para ganar?
  • ¿En qué equipo de tu vida hace falta empezar a jugar juntos y dejar de jugar unos contra otros?

Un abrazo.

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Si como niño o adolescente no te apetece ir al psicólogo, quiero decirte algo.

Si estás leyendo esto, o te lo están leyendo quizá eres uno de esos niños o adolescentes a los que no les hace demasiada ilusión venir al psicólogo.

Y quiero empezar diciéndote algo importante: lo entiendo. De verdad. Muchas veces no sois vosotros quienes habéis decidido venir. A veces son vuestros padres, un profesor o alguien que os quiere y está preocupado por vosotros. Y es normal que aparezcan dudas. Quizá te preguntas si tendrás que contar cosas que no quieres contar.

Quizá te da vergüenza.

Quizá piensas que ir al psicólogo es para personas que tienen problemas muy graves, y lo tuyo no es para tanto.

O quizá simplemente estás cansado. Cansado/a de que te pregunten cómo estás, de que te digan lo que tienes que hacer o de sentir que nadie entiende realmente lo que te pasa.

Si es así, quiero que sepas que no eres el único.Muchos niños y adolescentes llegan a consulta con pocas ganas y con muchas preguntas. ¿También los adultos!

Es entendible y uno está incómodo o confundida. No hace falta que vengas convencido/a.

Solo te pediría una cosa: que me des una oportunidad.

Algunas promesas que quiero hacerte

No voy a obligarte a hablar de nada para lo que no estés preparado.

No espero que el primer día me cuentes toda tu vida.

Me gusta ir poco a poco. Así me gustaría que lo hicieran conmigo.

A veces empezamos hablando de fútbol, de videojuegos, de música, de aficiones, moda o de cualquier otra cosa.

Lo importante no es correr.

Lo importante es que te sientas en seguridad.

Tampoco voy a juzgarte.

Da igual si te enfadas mucho, si lloras con facilidad, si te cuesta concentrarte, si tienes conductas, comportamientos que no gustan, si tienes miedos, si te preocupa lo que los demás piensen o si ni siquiera sabes explicar qué te pasa.

Mi trabajo no es decirte lo que haces mal. Mi trabajo es ayudarte a comprenderte y ver cómo podemos estar y ser mejor. Porque muchas veces detrás de las cosas que hacemos hay razones que merecen ser entendidas, no castigadas.

En consulta no solo hablamos

Hay personas que imaginan una consulta con una silla y un montón de preguntas. Casi casi como un interrogatorio como en las pelis.

Pero trabajar con niños y adolescentes es mucho más que eso.

Utilizamos dibujos, metáforas, juegos, historias, ejercicios y recursos que nos ayudan a entender mejor lo que ocurre por dentro.

Aprendemos cómo funciona el cerebro.

Por qué a veces el corazón se acelera.

Por qué aparecen los miedos.

Por qué cuesta concentrarse o por qué hay días en los que uno está enfadado/a y ni siquiera sabe muy bien por qué.

También aprendemos qué son los pensamientos y las emociones.

Porque a veces creemos que somos nuestros pensamientos. Y no es así.

Los pensamientos son cosas que aparecen en nuestra mente, pero no siempre dicen la verdad.

Y las emociones no son enemigas.

La rabia, el miedo, la tristeza o la ansiedad no son malas. Son mensajes pero en idiomas a veces desconocidos…y yo conozco muchos de esos mensajes. Juntos lo vamos a descubrir.

Y cuando aprendemos a escucharlos y entenderlos, y acompañarlos dejan de dar tanto miedo.

Tu cuerpo también habla

Seguro que alguna vez has sentido un nudo en el estómago antes de un examen, el corazón acelerado cuando te asustas o ganas de llorar sin saber muy bien por qué.

Significa que tu cuerpo está intentando protegerte.

En consulta también aprendemos cómo funciona el sistema nervioso.

Entendemos por qué a veces vivimos en alerta, por qué nos bloqueamos o por qué reaccionamos sin querer hacerlo.

Y aprendemos recursos para volver a sentir calma y seguridad.

Porque nadie os enseña estas cosas en el colegio y, sin embargo, son herramientas que os acompañarán toda la vida. Por eso a mi me gustaría que en los coles hubiera una asignatura que se llamara Psicología para la vida.

¿Y qué es eso del EMDR?

Como terapeuta EMDR, una de las cosas que más me gusta es ayudar a los niños y adolescentes a entender que no hay nada defectuoso en ellos.

A veces vivimos experiencias difíciles, sustos, cambios, pérdidas o momentos que nos desbordan.

Y nuestro cerebro, intentando protegernos, puede quedarse funcionando como si el peligro siguiera ahí.

EMDR es una terapia que ayuda al cerebro a procesar esas experiencias y a quedarse tranquilo de nuevo.

Pero quiero que sepas algo importante. Nunca se trata de obligarte a recordar cosas ni de hacerte sufrir.

Antes de trabajar cualquier experiencia difícil, aprendemos recursos, construimos seguridad y vamos siempre a tu ritmo.

Porque para mí es más importante que te sientas acompañado que ir deprisa.

Y tus padres también forman parte del equipo

A veces los niños llegan pensando que vienen porque ellos son el problema.

Y quiero decirte algo que considero muy importante.

Tú no eres el problema.

Por eso, además de trabajar contigo, también trabajo con tus padres en la medida que sea. Lo digo porque a veces por horarios, separaciones etc no es fácil.

Les ayudo a entender cómo funciona tu cerebro, tus emociones y tu sistema nervioso.

Les acompaño para que puedan comprender mejor lo que necesitas y para que todos aprendamos nuevas formas de relacionarnos.

Porque cuando los adultos entienden más, suelen enfadarse menos y acompañar mejor. Ellos lo intentan hacerlo bien pero no siempre lo consiguen y hay que explicarlo.

Y porque en esto no se trata de buscar culpables, sino de sumar.

Y si no sabes qué decir, tampoco pasa nada

De verdad.

No hace falta que vengas con las respuestas. No hace falta que sepas explicar lo que te pasa.

Incluso puedes decirme:

“No sé por qué estoy aquí.”

“No me apetece hablar.”

“Estoy nervioso.”

“O simplemente… no sé.”

Con eso es suficiente.

Porque precisamente para eso estamos los psicólogos.

Para acompañaros a entender lo que os pasa, para ayudaros a sentiros más seguros y para recordaros algo que nunca deberíais olvidar:

No tenéis que poder con todo vosotros solos.

Con cariño, te espero.

Yolanda Cuevas
Psicóloga y terapeuta EMDR
Instructora de mindfulness

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10 excusas que te pones para no hacer ejercicio.


Y por qué quizá no tienen que ver con la pereza…

“Debería hacer más ejercicio.”

Es una frase que escucho mucho. O que todas nos hemos dicho alguna vez. Y también una frase que muchas personas se repiten con culpa.

Porque sabemos que nos va bien.
Porque cada vez conocemos los beneficios.
Porque leemos artículos, vemos vídeos y escuchado consejos.

Y, sin embargo, pasan los días, las semanas o incluso los años y siguen y muchas personas siguen sin empezar.

Entonces aparecen conclusiones y monólogos internos que machacan:

“Soy un desastre.”
“No tengo fuerza de voluntad.”
“Soy muy vaga.”

Pero, ¿y si el problema no fuera la falta de voluntad?

¿Y si simplemente estamos intentando empezar de una forma demasiado exigente?

Como psicóloga, veo con frecuencia que muchas personas convierten el ejercicio en una obligación más de la lista. Algo que hacer perfecto, durante una hora, cinco días por semana y con resultados rápidos. Y cuando no pueden mantenerlo, concluyen que han fracasado.

Pero quizá la pregunta no es:

“¿Por qué no soy capaz?”

Sino:

“¿Qué me está impidiendo empezar de una manera más amable conmigo?”

No fuimos diseñados para vivir sentados Nuestro cuerpo está diseñado para moverse. Sí o sí. NO ES OPCIONAL.

No necesariamente para correr maratones o levantar grandes pesos.

Sino para caminar.
Estirarse.
Respirar.
Bailar.
Subir escaleras.
Jugar.
Moverse.

Sin embargo, vivimos muchas horas sentados.

-Trabajamos sentados.
-Conducimos sentados.
-Descansamos sentados.
-Nos entretenemos sentados con tv, libros, ordenadores, móviles…

Y poco a poco hemos normalizado un estilo de vida que nuestro cuerpo no reconoce como natural. Y el cuerpo y la mente lo paga, lo chilla, enferma.

También hay personas que viven agotadas.

-Trabajan y en muchos más de lo deseado bien por tareas o bien por horas.
-Cuidan de otros.
-Llegan a casa y se unen otras responsabilidades

Y cuando por fin tienen un rato libre, lo único que desean es descansar.

Y es comprensible. Porque nadie puede dar desde un depósito vacío.

Por eso, antes de exigirte más, quizá merece la pena preguntarte:

-¿Cómo estoy realmente?
-¿Qué nivel de energía tengo?
-¿Necesito empezar por descansar mejor?
-¿Estoy esperando tener motivación para empezar?

Porque la motivación es maravillosa…pero suele ser una visitante caprichosa.

Los hábitos, en cambio, permanecen.

La trampa del “todo o nada”

Muchas personas además creen que si no pueden hacer una hora de ejercicio, entonces no merece la pena hacer nada.

Pero caminar veinte minutos cuenta.

Subir escaleras cuenta.

Bailar mientras haces las tareas de casa cuenta.

Mover el cuerpo diez minutos cuenta.

Cualquier snack deportivo saltar, sentadillas, giros de brazos…

Porque el cerebro no necesita perfección. Necesita repetición.

Y el hábito se construye con pequeños pasos, no con grandes esfuerzos imposibles de mantener en muchos casos.

El ejercicio no es un castigo

Durante años nos han vendido el ejercicio como una forma de adelgazar, compensar excesos, de jóvenes o corregir nuestro cuerpo.

Pero el movimiento es mucho más que eso.

Es una forma de cuidar:

🧠 Tu cerebro.

❤️ Tu corazón.

😌 Tu ansiedad.

💤 Tu sueño.

😊 Tu estado de ánimo.

🦴 Tus huesos.

🌿 Tu sistema nervioso.

El ejercicio es prevención. Es dignidad hacia futuro como insistimos en nuestro espectáculo: Autocuidado para la vida real. Es un seguro de vida.

No tienes que ganarte el derecho a moverte. Tu cuerpo merece movimiento porque está vivo.

Te planteo algunas preguntas para reflexionar

Antes de pensar en qué ejercicio hacer, quizá puedes preguntarte:

¿Qué relación tengo con mi cuerpo?
¿Hago ejercicio desde el amor o desde la exigencia?
¿Estoy esperando hacerlo perfecto?
¿Qué actividad disfrutaba cuando era niño o niña?
¿Qué movimiento podría incorporar a mi vida sin agobiarme?
¿Qué me impide empezar?
¿Qué excusa aparece con más frecuencia?
¿Y qué necesitaría para ayudarme a dar el primer paso?


Cómo empezar sin agobiarte.

-Olvídate de hacerlo perfecto.

-Empieza pequeño.

– Camina diez minutos al día.
-Aparca un poco más lejos.
-Sustituye el ascensor por las escaleras. Sube y baja escaleras. Deja el ascensor antes de que llegue a tu planta y escaleras!
-Haz ejercicios de fuerza dos veces por semana.

-Compra unas gomas elásticas.
-Pon música y baila, salta.

-Haz unos snacks cada hora.
-Aprovecha para quedar caminando con alguien.
-Celebra la constancia, no la intensidad.

Porque muchas veces no necesitamos más motivación. Necesitamos menos exigencia. Y también aprender a hacer las cosas sin ganas, pero sí tirar de responsabilidad.

Y si un día no tienes ganas además de preguntarte tus razones si decides no hacer lo que te proponías, no pasa nada. La disciplina no consiste en hacerlo perfecto todos los días. Puedes hacer tu mínimo o cambiar de actividad.

Consiste en volver.

Volver al día siguiente.

Volver la semana siguiente.

Volver sin castigarte.

Volver sin empezar desde cero.

Porque un mal día no borra todo lo anterior.

Quizá no necesitas convertirte en una persona deportista.

Quizá solo necesitas convertirte en una persona que se cuida un poco más.

Porque no se trata de correr una maratón. De competir en natación o en partidos de baloncesto…Se trata de llegar a mayor con más salud, más energía y una mejor calidad de vida. Con más dignidad. De qué nos van a servir más esperanza de vida si no tenemos calidad de vida. No quiero vivir mi vejez de la cama al sofá y del sofá a la cama, Hoy construimos nuestro musculo futuro, agilidad, flexibilidad futura. Quiero salir del coche sin ayuda, quiero agacharme a por algo sin ayuda, quiero pode recoger un tarro del armario, o llevar una bolsa de la compra con peso.

Y quiero hacerte una última pregunta:

Si dentro de diez años pudieras agradecerle algo a tu yo actual…
¿Le agradecerías haber esperado otro lunes?
¿O le agradecerías haber empezado poco a poco?

Porque el cuerpo y la mente agradecen mucho más la constancia que la perfección. Necesitan movimiento.

Deseo que esta entrada haya sido inspiradora para mejorar tu vida.

Sea para deporte o cualquier otra actividad o cambio te podría ayudar el nuevo reto en la APP PATRIPSICOLOGA que comienza en julio.

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Un espacio para volver a ti

Vivimos rodeados de estímulos, prisas, obligaciones y pensamientos que no siempre nos permiten escucharnos. A veces seguimos adelante sin parar, atendiendo a todo y a todos, mientras nos vamos alejando de nosotros mismos.

Por eso, detenerse unos minutos no es perder el tiempo. Es una forma de cuidarse.

Las meditaciones que encontrarás aquí son una invitación a hacer una pausa, respirar y reconectar con aquello que muchas veces queda en un segundo plano: tu cuerpo, tus emociones, tus necesidades y el momento presente.

No hace falta hacerlo perfecto ni tener experiencia previa. Solo necesitas regalarte unos minutos y permitirte estar.

A lo largo de los años, como psicóloga especializada en trauma y terapeuta EMDR, e instructora de mindfulness, he podido comprobar cómo pequeños momentos de presencia pueden convertirse en grandes aliados para afrontar el estrés, la ansiedad, las dificultades emocionales y también para vivir con más calma y consciencia.

¿Qué encontrarás?

-Meditaciones guiadas para diferentes momentos y necesidades.

-Prácticas para aprender a respirar, relajarte y regular tu sistema nervioso.

-Recursos para cultivar una relación más amable contigo.

-Reflexiones y ejercicios para integrar el mindfulness en la vida cotidiana.

-Información sobre talleres, programas e iniciativas relacionadas con el bienestar emocional y el autocuidado.

Porque mindfulness no consiste en dejar la mente en blanco ni en escapar de la vida, sino en aprender a estar presentes en ella con más conciencia, amabilidad y equilibrio.

Si te interesan mis iniciativas y contenido:

Suscríbete a mi web y recibirás las nuevas meditaciones, artículos, talleres y recursos que vaya compartiendo.

Este es un espacio de calma, autocuidado y crecimiento personal.

Gracias por estar aquí y valorar mi trabajo.

Quizá hoy solo necesites eso: parar, respirar y volver a casa, a ti.

Meditaciones aquí

Para suscribirte aquí

Yolanda Cuevas
Psicóloga · Terapeuta EMDR · Instructora de Mindfulness

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La importancia de saber acompañar las emociones y las sensaciones difíciles.

Hay momentos en los que las emociones llegan con tanta intensidad que nuestra primera reacción es intentar quitárnoslas de encima.

La ansiedad.
La tristeza.
La incertidumbre.
El miedo.
La angustia.

Y es comprensible.

Nadie nos enseñó a relacionarnos con el malestar. Nos enseñaron a distraernos, a ser fuertes, a no llorar demasiado, a pensar en otra cosa o a intentar controlar lo que sentimos.

Sin embargo, las emociones no son enemigas. Son experiencias humanas que necesitan ser escuchadas, entendidas, trabajadas y acompañadas.

Por eso, una de las habilidades más importantes que podemos desarrollar es aprender a estar con aquello que sentimos sin luchar continuamente contra ello.

Y para eso, bajar al cuerpo suele ser una de las mejores decisiones que podemos tomar.

Porque cuando una emoción es intensa, no siempre necesitamos entenderla con la cabeza. Necesitamos sentir que podemos sostenerla. Que no nos domina,

La atención plena y la conciencia corporal nos ayudan precisamente a eso: a observar con amabilidad lo que está ocurriendo dentro de nosotros, sin juzgarnos, sin exigirnos estar bien y sin tener que resolverlo todo inmediatamente. Diversos estudios muestran que las prácticas de mindfulness y la conciencia corporal favorecen la regulación emocional y una relación más saludable con las experiencias difíciles.

No esperes a que la emoción sea insoportable para practicar.

No hace falta estar desbordado para empezar.

De hecho, cuanto más entrenamos cuando las emociones tienen una intensidad pequeña o moderada, más capacidad desarrollamos para reconocerlas en el cuerpo y responder con aquello que realmente necesitamos.

Poco a poco aprendemos a identificar el nudo en el estómago, la presión en el pecho, la tensión en la garganta o la agitación interna.

Y entonces dejamos de reaccionar automáticamente para empezar a responder con más conciencia y amabilidad.

La práctica que te comparto a continuación es una invitación a acompañarte.

No pretende eliminar lo que sientes.

No pretende que dejes de tener miedo, tristeza o ansiedad.

Pretende recordarte algo profundamente humano:

Que puedes aprender a estar con lo que sientes sin sentirte sola, sin pelearte contigo y sin perderte en ello.

Deseo de corazón que esta practica te ayude a conectar con tu cuerpo, a tratarte con más ternura y a descubrir que incluso las emociones difíciles pueden ser escuchadas y acompañadas.

– Respira.

– No tienes que hacerlo perfecto.

– Solo necesitas estar presente.

Y dejar que, poco a poco, tu cuerpo y tu corazón encuentren el camino hacia una mayor calma.

Aquí la practica

Aquí el escaneo corporal

Aquí un artículo MUY IMPORTANTE sobre la ansiedad

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Vacaciones: mucho más que viajar


Una reflexión sobre el descanso, la vida que llevamos y la necesidad de volver a nosotros mismos

Hace unos días escuché a alguien decir:

“Este año no voy a tener vacaciones de verdad porque no me voy a ningún sitio.”

Y me hizo pensar. Porque hemos llegado a asociar tanto las vacaciones con viajar, hacer maletas, coger aviones o llenar las redes sociales de fotografías bonitas, que a veces olvidamos algo importante:

Las vacaciones no son un lugar. Son una necesidad. Y quizá también una oportunidad.

Una oportunidad para detenernos un momento y preguntarnos cómo estamos viviendo. Porque si algo observo como psicóloga es que muchas personas llegan al verano agotadas.

No cansadas. Agotadas.

-Agotadas de correr.
-De producir.
-De cumplir.
-De responder mensajes.
-De atender responsabilidades.
-De estar disponibles para todo y para todos.

Vivimos en una sociedad que premia la productividad y que, muchas veces, mira el descanso con sospecha. Parece que siempre hay algo pendiente.

-Algo que hacer.
-Algo que mejorar.
-Algo que resolver.

Y poco a poco acabamos viviendo con la sensación de que parar es perder el tiempo.

Sin embargo, nuestro cuerpo y nuestra mente cuentan una historia diferente. No estamos diseñados para permanecer siempre en modo rendimiento.

Necesitamos alternar esfuerzo y recuperación. Acción y pausa. Exigencia y descanso.

Igual que el corazón se contrae y se relaja para seguir latiendo, nosotros también necesitamos momentos para recuperarnos.

Y las vacaciones pueden ser precisamente eso.

Un espacio para volver a respirar.

Descansar no es un premio

A veces vivimos el descanso como una recompensa.

“Cuando termine esto descansaré.”

“Cuando llegue agosto me relajaré.”

“Cuando solucione este problema pararé.”

Pero siempre aparece algo nuevo.

Y así pasan los meses.

Y los años.

Y seguimos posponiendo el cuidado personal.

La realidad es que descansar no debería ser un premio por haber aguantado mucho.

Debería ser una parte natural de la vida.

Porque descansar no es dejar de avanzar. Descansar es recuperar la energía necesaria para seguir caminando.

Las vacaciones no tienen que ser perfectas

Quizá una de las mayores trampas actuales son las expectativas.

Las redes sociales nos muestran vacaciones espectaculares.

-Playas paradisíacas.
-Atardeceres perfectos.
-Viajes increíbles.

Y sin darnos cuenta podemos empezar a pensar que nuestras vacaciones deberían parecerse a eso.

Pero la vida real es diferente.

-Hay familias con presupuestos ajustados.

-Personas que cuidan de familiares.

-Personas que trabajan parte del verano.

-Personas que atraviesan momentos difíciles.

Y aun así pueden encontrar espacios de descanso.

Porque descansar no siempre significa viajar lejos.

-A veces significa levantarse sin despertador.

-Dar un paseo sin mirar el reloj.

-Leer un libro.

-Dormir una siesta.

-Tomar un café con calma.

-Conversar sin prisas.

-Escuchar el silencio.

-Volver a mirar el cielo.

Hay descansos que no caben en una fotografía y, sin embargo, transforman profundamente cómo nos sentimos.

Lo que recuperamos cuando descansamos

Cuando aflojamos el ritmo ocurren cosas importantes.

Nuestra mente se vuelve más clara.

Las emociones encuentran espacio para procesarse.

La creatividad reaparece.

Dormimos mejor.

Tenemos más paciencia.

Nos sentimos más presentes.

Incluso nuestras relaciones suelen mejorar porque dejamos de vivir permanentemente en modo urgencia.

Muchas veces no nos damos cuenta de cuánto necesitábamos parar hasta que por fin lo hacemos.

Y descubrimos que llevábamos demasiado tiempo funcionando en automático.

Volver a uno mismo

Quizá una de las cosas más valiosas que pueden ofrecernos las vacaciones es la posibilidad de reencontrarnos.

Durante el año es fácil perder contacto con nosotros mismos.

Con nuestras necesidades.

Con nuestros valores.

Con aquello que realmente nos importa.

Las obligaciones ocupan tanto espacio que apenas queda tiempo para escucharnos.

Por eso las vacaciones también pueden ser una invitación.

No solo a descansar.

Sino a preguntarnos:

¿Estoy viviendo la vida que quiero vivir?

¿Hay algo que necesito cambiar?

¿Qué me está quitando energía?

¿Qué me ayuda a sentirme bien?

¿Dónde me siento realmente yo?

Porque a veces lo que necesitamos no es únicamente descansar unos días.

A veces necesitamos revisar cómo estamos viviendo el resto del año.

Algunas preguntas para este verano

No para responderlas deprisa.

Sino para sentarte con ellas y escucharte.

¿Qué significa para mí descansar de verdad?

¿Cuándo fue la última vez que sentí calma?

¿Qué actividades me ayudan a recargar energía?

¿Qué personas me hacen sentir más en paz?

¿Qué estoy necesitando en este momento de mi vida?

¿Qué quiero llevarme de este año?

¿Qué me gustaría dejar atrás?

¿Qué estoy agradeciendo últimamente?

¿Qué espacio me estoy dando para mí?

Si pudiera escuchar a mi cuerpo, ¿qué me estaría pidiendo?

Recuerda:

-No todas las vacaciones serán iguales.

-No todas serán perfectas.

-No todas estarán llenas de momentos extraordinarios.

Y no pasa nada.

Porque el verdadero valor de las vacaciones no está en el destino.

Está en el permiso.

El permiso para bajar el ritmo.

Para respirar más despacio.

Para recordar que somos algo más que nuestras obligaciones.

Para conectar con quienes queremos.

Y para volver a nosotros mismos.

Quizá este verano no necesites hacer más.

Quizá necesites sentir más.

Mirar más.

Escuchar más.

Descansar más.

Y recordar algo que olvidamos con demasiada frecuencia:

Tu bienestar no es un lujo. Es una necesidad.

Y cuidar de ti nunca debería quedarse para el final de la lista.

Te deseo de corazón que en estas vacaciones te permitas lo que necesitas.

Abrazo.

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Lo que la ansiedad quiere que sepas

“Estoy cansada de sentirme así.”

Es una de las frases que más escucho en consulta.

Personas que viven pendientes de todo.
Que anticipan problemas constantemente.
Que sienten tensión aunque aparentemente todo vaya bien.
Que se despiertan cansadas.
Que notan el corazón acelerado.
Que no consiguen desconectar.

Y muchas llegan pensando que tienen un problema llamado ansiedad. Pero con frecuencia les digo algo que les sorprende: La ansiedad no suele ser el problema. La ansiedad suele ser la señal.

Una señal de que algo dentro de nosotros lleva tiempo intentando ser escuchado.

Porque la ansiedad no aparece para fastidiarnos la vida. Aparece para protegernos.

El problema es que, a veces, nuestro sistema nervioso sigue funcionando como si existiera un peligro aunque ese peligro ya no esté presente.

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, he aprendido que detrás de muchas ansiedades hay historias, experiencias, aprendizajes y heridas que todavía siguen activando la alarma.

Por eso hoy quiero compartir contigo diez cosas que la ansiedad querría que supieras.

  1. La ansiedad no es tu enemiga

Sé que probablemente no se siente así. Cuando te cuesta respirar, cuando el pecho se aprieta o cuando tu mente no deja de dar vueltas, es difícil pensar que la ansiedad intenta ayudarte.

Pero la ansiedad es una respuesta de supervivencia.Tu cerebro cree que necesita protegerte.

El problema aparece cuando esa alarma permanece activada más tiempo del necesario. No se trata de luchar contra ella. Se trata de comprender qué intenta decirte.

  1. Tu cuerpo también habla

Muchas personas creen que la ansiedad ocurre únicamente en la mente. Sin embargo, la ansiedad también vive en el cuerpo.

Tensión muscular.
Dolor de estómago.
Nudo en la garganta.
Cansancio constante.
Palpitaciones.
Sensación de falta de aire.

Tu cuerpo no está exagerando. Está comunicando algo. A veces lo que no hemos podido expresar con palabras aparece a través de sensaciones físicas.

Por eso en terapia no trabajamos únicamente con pensamientos. También escuchamos al cuerpo.

  1. No todo es racional

¿Te ha pasado alguna vez pensar:

“Sé que no tiene sentido preocuparme tanto, pero no puedo evitarlo”?

Eso ocurre porque la ansiedad no siempre nace en la parte racional del cerebro.

Muchas respuestas de ansiedad se activan desde sistemas mucho más antiguos relacionados con la supervivencia. Tu cuerpo puede reaccionar antes de que tu mente comprenda lo que está ocurriendo.

Por eso no siempre basta con repetirse que todo está bien.

Cuando el sistema nervioso está en alerta, necesita sentirse seguro, no solo convencerse de que debería estarlo.

  1. La evitación alimenta la ansiedad

La ansiedad nos empuja a evitar.

Evitar conversaciones.
Evitar lugares.
Evitar situaciones.
Evitar decisiones.

Y aunque a corto plazo parece aliviar, a largo plazo fortalece el miedo.

Cada vez que evitamos algo, nuestro cerebro aprende:”Menos mal que no fui. Era peligroso.” Y la próxima vez la alarma sonará todavía más fuerte.

Por eso uno de los caminos hacia la recuperación implica recuperar espacios, experiencias y situaciones que la ansiedad nos ha ido quitando.

Paso a paso. Con seguridad. Pero sin dejar que sea ella quien dirija nuestra vida.

  1. Respirar puede ayudarte

Respiramos unas veinte mil veces al día.

Y, sin embargo, pocas veces prestamos atención a cómo lo hacemos.

Cuando estamos ansiosos solemos respirar más rápido, más superficialmente y con mayor tensión.La buena noticia es que la respiración es una de las puertas de entrada más accesibles para influir sobre el sistema nervioso.

Una respiración lenta, nasal y consciente puede ayudar a enviar una señal de calma al cerebro.

No porque elimine todos los problemas. Sino porque le recuerda al organismo que, en este momento, está a salvo. Aquí mi taller Aprender a respirar

  1. Dormir importa más de lo que imaginas

Cuando dormimos poco, el cerebro interpreta el mundo como un lugar más amenazante.

Nos volvemos más reactivos.
Más sensibles.
Más impulsivos.

La amígdala cerebral, implicada en la detección de amenazas, se activa con mayor facilidad.

Y la corteza prefrontal, encargada de regular emociones y tomar decisiones, funciona peor.

Por eso muchas personas sienten que todo les supera cuando llevan semanas descansando mal. Dormir no es un lujo. Es una necesidad emocional.

  1. Los pensamientos no son hechos

Uno de los mayores engaños de la ansiedad es hacernos creer que todo lo que pensamos es verdad.

“Seguro que algo irá mal.”
“No voy a poder.”
“Me va a pasar algo.”
“Voy a decepcionar a todo el mundo.”

La ansiedad suele hablar en forma de predicciones. Pero una predicción no es una realidad.

Aprender a observar los pensamientos sin obedecerlos automáticamente es una habilidad que transforma profundamente la relación con la ansiedad. Te recomiendo el libro Sal de tu mente entra en tu vida.

  1. Tu historia influye

A veces la ansiedad parece no tener explicación.

Pero cuando exploramos la historia de la persona empiezan a aparecer pistas.

Infancias donde hubo mucha incertidumbre.
Experiencias de rechazo.
Situaciones de pérdida.
Entornos impredecibles.
Momentos de miedo intenso.

El cerebro aprende. Y si aprendió que el mundo podía ser peligroso, seguirá intentando protegerte incluso muchos años después. No porque estés roto.

Porque está haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñado: sobrevivir.

  1. EMDR puede ayudarte

Aquí es donde muchas personas empiezan a entender por qué llevan años luchando contra la ansiedad sin obtener resultados duraderos. Porque a veces el problema no está en el presente.

Está en experiencias del pasado que continúan activando la alarma.

EMDR permite procesar recuerdos, experiencias y situaciones que quedaron almacenadas de forma disfuncional en el sistema nervioso.

No se trata de olvidar lo vivido. Se trata de que deje de activar tu cuerpo como si siguiera ocurriendo hoy.

Muchas personas describen el proceso diciendo:

“Ahora entiendo lo que pasó, pero ya no lo siento igual.”

Y esa diferencia puede cambiar profundamente la forma de vivir.

Aquí te dejo un podcast relacionado. Aquí.

  1. Se puede superar

Quizá llevas años sintiendo ansiedad. Quizá has llegado a pensar que siempre serás así.

Pero la ansiedad no tiene por qué ser tu identidad. No eres una persona ansiosa. Eres una persona que está experimentando ansiedad.

Y eso marca una gran diferencia.

Tu cerebro puede aprender.
Tu sistema nervioso puede regularse.
Tu cuerpo puede recuperar la calma.

Hay esperanza.

Y no porque la vida vaya a dejar de tener dificultades. Sino porque puedes aprender a vivirlas desde un lugar muy diferente.

Si has llegado hasta aquí y te has sentido identificado, quiero decirte algo.

No estás exagerando.
No estás imaginando cosas.
No te falta fuerza de voluntad.

Probablemente llevas demasiado tiempo sosteniendo más de lo que tu sistema nervioso puede gestionar solo.

La ansiedad no siempre habla de peligro.

A veces habla de cansancio de exigencia, de heridas, de pérdidas, de necesidades no atendidas.

Y quizá ha llegado el momento de escucharla de otra manera.

Porque cuando comprendemos lo que la ansiedad intenta contarnos, dejamos de luchar contra nosotros mismos y comenzamos, por fin, a sanar.

Te abrazo y deseo que esta entrada haya sido inspiradora para ti.

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