Yolanda Cuevas Ayneto

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“Quiero controlar mi ansiedad”

Hola Yolanda:

“Llevo meses sintiéndome nerviosa casi todo el tiempo. Mi cabeza no para. Me preocupo por cosas que todavía no han ocurrido y siento que estoy siempre en alerta. Estoy cansada de darle vueltas a todo y me gustaría aprender a controlar mi ansiedad.”

Cuando leo mensajes así, lo primero que pienso es que detrás de esas palabras suele haber mucho cansancio.

El cansancio de intentar estar bien y no conseguirlo.

El cansancio de decirse a una misma que debería relajarse.

El cansancio de escuchar consejos que no terminan de funcionar.

Y también el cansancio de sentir que algo tan cotidiano como descansar, desconectar o disfrutar se ha convertido en una tarea difícil.

Por eso, si tú también te reconoces en estas líneas, quiero compartir que cada semana escucho a personas que describen sensaciones muy parecidas. Personas que viven con la sensación de tener la cabeza siempre ocupada, de estar pendientes de todo, de anticipar problemas o de sentir una inquietud constante incluso cuando aparentemente todo va bien.

Muchas veces llegan preocupadas porque creen que tienen un problema de ansiedad.

Y aunque la ansiedad está presente, con frecuencia descubrimos que la historia es bastante más compleja.

La ansiedad no suele ser el problema. Suele ser la señal.

Imagina por un momento la alarma de una casa. Su función es avisarnos cuando existe una amenaza. Gracias a ella podemos reaccionar, protegernos y actuar.

El problema aparece cuando la alarma sigue sonando aunque ya no haya ningún peligro.

Eso es lo que les ocurre a muchas personas.

Su sistema nervioso ha aprendido a permanecer atento, vigilante y preparado para reaccionar. Y aunque racionalmente saben que están a salvo, su cuerpo sigue actuando como si tuviera que defenderse de algo.

Por eso aparecen pensamientos repetitivos, preocupación constante, tensión muscular, dificultad para descansar o esa sensación de estar siempre aceleradas.

No porque sean débiles.

No porque estén exagerando.

No porque les falte fuerza de voluntad.

Sino porque su organismo lleva demasiado tiempo funcionando en modo supervivencia.

Cuando vivir en alerta se convierte en una costumbre

Algo que me llama la atención en consulta es que muchas personas ni siquiera son conscientes de cuánto tiempo llevan viviendo así.

Se han acostumbrado a preocuparse.

A anticiparse.

A controlar.

A revisar todo varias veces.

A pensar en todos los escenarios posibles.

A sentirse responsables de todo.

Y como llevan años haciéndolo, terminan creyendo que esa es su forma de ser.

Sin embargo, cuando profundizamos un poco más solemos encontrar algo diferente. Encontramos historias.

Historias de personas que crecieron en entornos muy exigentes.

Personas que aprendieron pronto a no molestar.

Personas que tuvieron que asumir responsabilidades demasiado pronto.

Personas que recibieron muchas críticas.

Personas que pasaron por experiencias dolorosas que dejaron una huella emocional importante.

Personas que aprendieron que relajarse podía ser peligroso porque cuando bajaban la guardia ocurrían cosas que les hacían daño.

Y entonces todo empieza a tener sentido.

Porque la ansiedad deja de parecer un enemigo y empieza a mostrarse como una estrategia de protección.

Una estrategia que quizá fue útil en algún momento, pero que hoy está generando sufrimiento.

Lo que me interesa comprender cuando alguien me habla de ansiedad

Cuando una persona entra en consulta diciendo que tiene ansiedad, mi primera pregunta no es cómo quitarla.

Mi primera pregunta suele ser otra.

¿Qué está intentando proteger esa ansiedad?

¿Qué teme?

¿Qué ha vivido?

¿Qué ha aprendido sobre sí misma y sobre el mundo?

¿Qué necesita para sentirse segura?

Porque detrás de la ansiedad casi siempre hay algo que merece ser escuchado.

A veces es miedo.

A veces es inseguridad.

A veces es agotamiento.

A veces son heridas emocionales que nunca tuvieron espacio para sanar.

Y otras veces son años de autoexigencia y presión interna que han terminado pasando factura.

Más allá de aprender técnicas

Por supuesto que existen herramientas que ayudan.

La respiración.

El mindfulness.

La regulación emocional.

Los recursos corporales.

Todo ello puede ser muy útil y forma parte del proceso.

Pero mi experiencia me ha enseñado que muchas personas no necesitan únicamente aprender a relajarse.

Necesitan comprender por qué no consiguen relajarse.

Necesitan entender qué mantiene encendida esa alarma.

Necesitan reconstruir la sensación de seguridad que quizá se perdió en algún momento del camino.

Por eso, además de trabajar herramientas prácticas, exploramos las experiencias, aprendizajes y creencias que siguen influyendo en el presente.

Y cuando es adecuado, utilizamos EMDR para ayudar al cerebro a procesar aquellas vivencias que continúan activando respuestas emocionales de forma automática.

La buena noticia

Después de muchos años trabajando con personas que sufren ansiedad, hay algo que me gusta recordarles.

Tu ansiedad no es tu identidad.

No naciste siendo ansiedad.

No eres una persona rota.

No estás condenada a vivir así para siempre.

Tu cerebro aprendió a protegerte de una determinada manera.

Y del mismo modo puede aprender nuevas formas de sentirse seguro.

Si te has sentido identificada con estas palabras, quizá ha llegado el momento de dejar de luchar contra ti misma.

Quizá ha llegado el momento de escuchar qué está intentando decirte esa ansiedad.

Porque vivir no debería consistir únicamente en sobrevivir.

Y pedir ayuda no es una señal de debilidad.

Muchas veces es el primer paso para recuperar la calma, la confianza y la libertad que llevas demasiado tiempo buscando.

Yolanda Cuevas
Psicóloga especializada en EMDR y trauma.
Instructora en mindfulness y respiración

Yolanda@yolandacuevas.es

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Lo que tu cerebro hace mientras duermes.

Aunque tú creas que no hace nada.

Hay personas que presumen de dormir poco como si fuera una medalla de productividad.

“Duermo cuatro horas y funciono perfectamente.”

A veces dan ganas de responderles:
“Y mi móvil también funciona con un 3% de batería… hasta que se apaga en el peor momento.”

La realidad es que dormir no es un lujo, ni una pérdida de tiempo, ni una concesión para personas “poco ocupadas”. Dormir es una de las actividades biológicas más sofisticadas y esenciales que realiza el ser humano.

Mientras tú descansas, tu cerebro no se va de vacaciones. No apaga las luces, no cuelga el cartel de “cerrado por descanso” y no se pone a ver series.

Todo lo contrario.

Se activa como el turno de noche de una gran empresa: limpia, repara, organiza, archiva, toma decisiones y deja todo preparado para el día siguiente.

Si pudiéramos observar lo que ocurre en nuestro cerebro durante la noche, probablemente sentiríamos más respeto por algo tan aparentemente simple como cerrar los ojos y dormir.

  1. El cerebro saca la basura

Durante el sueño profundo entra en acción el llamado sistema glinfático, una red de limpieza cerebral descubierta relativamente hace pocos años.

Su función es eliminar sustancias de desecho acumuladas durante el día, entre ellas proteínas como la beta-amiloide, asociadas a enfermedades neurodegenerativas como Enfermedad de Alzheimer.

Imagina que tu cerebro es una gran ciudad. Durante el día se genera tráfico, contaminación, residuos y ruido. Por la noche, cuando baja la actividad, aparecen los camiones de limpieza para dejar las calles despejadas.

Dormir bien es como contratar al mejor servicio de limpieza nocturna para tu cerebro.

  1. Procesa tus emociones

¿Te has acostado alguna vez sintiendo que tu vida era un desastre y te has levantado pensando: “Bueno, quizá no era para tanto”?

Durante el sueño, especialmente en la fase REM, el cerebro procesa las experiencias emocionales del día. La amígdala cerebral reduce su hiperactivación y la corteza prefrontal recupera su capacidad para modular impulsos y emociones.

En otras palabras: el cerebro baja el volumen del drama y sube el volumen de la perspectiva.

Por eso nunca es buena idea tomar decisiones trascendentales a las tres de la madrugada.

  1. Guarda lo importante y elimina lo accesorio

Cada día vivimos miles de experiencias, conversaciones, aprendizajes y pensamientos.

El cerebro necesita decidir qué merece ser guardado y qué puede ir directamente a la papelera.

Mientras dormimos:Se consolidan recuerdos.
Se fortalecen aprendizajes.
Se integran conocimientos.
Se optimizan habilidades.

Es como si el cerebro fuera un bibliotecario nocturno que ordena libros, archiva documentos y etiqueta la información más valiosa.

Por eso estudiar y dormir suele ser mucho más eficaz que estudiar toda la noche y presentarse al examen con cara de zombi.

  1. Da sentido a lo vivido

Dormir no solo almacena información. También conecta puntos.

Durante la fase REM, el cerebro enlaza recuerdos, emociones y conocimientos previos, generando nuevas interpretaciones y perspectivas.

A veces nos despertamos entendiendo mejor una conversación, una pérdida, un conflicto o una decisión importante. Como si nuestro cerebro hubiera estado toda la noche resolviendo un rompecabezas silenciosamente.

Y, de hecho, eso es exactamente lo que estaba haciendo.

  1. Repara y fortalece las conexiones neuronales

Cada pensamiento, aprendizaje o experiencia deja huella en el cerebro.

Durante el sueño se activan procesos de mantenimiento celular y reparación, y se refuerzan las conexiones neuronales que usamos con más frecuencia.

Este fenómeno se relaciona con la Neuroplasticidad, es decir, la capacidad del cerebro para adaptarse y transformarse a lo largo de la vida.

Dormir es, literalmente, parte del proceso de reconstrucción cerebral.

  1. Regula hormonas fundamentales

El sueño influye en un complejo sistema hormonal que afecta al estado de ánimo, el apetito, el crecimiento y la respuesta al estrés.

Entre las hormonas reguladas destacan:

Cortisol.
Melatonina.
Hormona del crecimiento.
Leptina.
Grelina.

Cuando dormimos poco, podemos sentir más ansiedad, más hambre, menos energía y mayor dificultad para concentrarnos.

A veces no necesitas más café. Necesitas más almohada.

  1. Refuerza el sistema inmunitario

Dormir es una de las herramientas más poderosas de prevención.

Durante el sueño, el organismo regula moléculas implicadas en la defensa frente a infecciones y en el control de la inflamación. Dormir poco no solo afecta al humor: también nos vuelve más vulnerables físicamente.

Tu sistema inmunitario también agradece una buena noche de descanso.

  1. Despierta la creatividad

Muchos descubrimientos, ideas brillantes y soluciones inesperadas han aparecido después de dormir. El cerebro aprovecha la noche para conectar elementos que durante el día parecían inconexos.

Por eso, cuando no encuentras una solución, a veces el mejor consejo no es “sigue pensando”, sino “vete a dormir”.

Tu cerebro puede continuar trabajando mientras tú descansas.

El mejor compañero de brainstorming puede ser una buena almohada.

  1. Reduce el estrés y restablece el equilibrio

Durante el sueño, el sistema nervioso autónomo disminuye la frecuencia cardíaca, reduce la presión arterial y facilita un estado profundo de recuperación.

Es como pasar del modo “alarma” al modo “mantenimiento”.

En una sociedad que vive acelerada, dormir es una de las formas más naturales de regular el organismo.

  1. Te prepara para un nuevo día

Después de dormir bien, el cerebro recupera funciones esenciales como:

Atención.
Concentración.
Toma de decisiones.
Autocontrol.
Motivación.
Capacidad de adaptación.

Dormir no es detenerse. Es cargar el sistema operativo. Es actualizar el software. Es reiniciar con mejores condiciones.

Cada noche, mientras creemos que “no estamos haciendo nada”, nuestro cerebro está:

Limpiando residuos.
Reparando tejidos.
Regulando emociones.
Consolidando aprendizajes.
Fortaleciendo defensas.
Restaurando el equilibrio.

Dormir es uno de los actos de autocuidado más profundos y subestimados que existen.

No es tiempo perdido. No es un lujo. No es una debilidad.

Es una necesidad biológica fundamental para pensar mejor, sentir mejor y vivir mejor.

Así que esta noche, cuando te metas en la cama, recuerda que no solo estás descansando.

Estás permitiendo que una de las máquinas más extraordinarias del universo, tu MARAVILLOSO cerebro haga su trabajo silencioso para ayudarte a despertar más fuerte, más claro y más equilibrado mañana.

Y eso, sinceramente, merece ser priorizado y cuidado.

Te enlazo a mis meditaciones para practicar de día y puedas descansar mejor de noche. Aquí.

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EMDR no es solo una técnica: es un abordaje terapéutico completo

Cuando hablamos de EMDR muchas personas piensan automáticamente en el movimiento ocular.

“Ah, sí, eso de seguir los dedos con la mirada”.

“Eye Movement Desensitization and Reprocessing”, que en español se traduce como “Desensibilización y Reprocesamiento por Movimientos Oculares”.

Desensibilización: reducir la intensidad emocional asociada a recuerdos dolorosos.

Reprocesamiento: ayudar al cerebro a integrar esas experiencias de forma adaptativa, para que dejen de generar malestar o reacciones desproporcionadas en el presente.

Pero EMDR es mucho más que una técnica concreta. Es un abordaje terapéutico estructurado, profundo y cuidadosamente planificado, que tiene en cuenta la historia completa de la persona y su capacidad actual para sostener el procesamiento emocional.

Antes de procesar, hay que comprender

En EMDR no empezamos trabajando directamente los recuerdos difíciles.

Primero exploramos la biografía de la persona:

¿Qué experiencias han sido significativas?

¿Qué eventos pueden haber dejado huella?

¿Qué creencias se formaron a partir de esas vivencias?

¿Cómo impactaron en su autoestima, en sus relaciones y en su manera de gestionar emociones?

No se trata solo de “qué pasó”, sino de cómo quedó almacenado en su sistema nervioso.

Evaluamos la estabilidad actual

Antes de reprocesar experiencias traumáticas o dolorosas, valoramos algo esencial:

¿Tiene la persona recursos suficientes para afrontar lo que pueda activarse?

En esta fase trabajamos:

Regulación emocional

Identificación de señales corporales

Desarrollo de recursos internos (lugares seguros, figuras de apoyo, experiencias fortalecedoras)

Ampliación de la ventana de tolerancia

Porque EMDR no consiste en revivir el trauma sin sostén.

Consiste en procesarlo con seguridad.

La preparación no es un trámite. Es terapia.

La fase de preparación puede durar varias sesiones. Y no es “esperar para empezar lo importante”.

Es parte fundamental del tratamiento.

Cuando ayudamos a una persona a conectar con recursos, a comprender cómo funciona su sistema nervioso y a sentirse acompañada, ya estamos produciendo cambios terapéuticos profundos.

La alianza terapéutica es la base

En cualquier enfoque terapéutico la relación es importante. En EMDR es imprescindible.

-El procesamiento solo es posible cuando existe:

-Confianza

-Seguridad relacional

-Sensación de acompañamiento

-Ritmo respetado

-No forzamos recuerdos. No aceleramos procesos.

-Seguimos la capacidad del sistema nervioso.

Procesar no es remover. Es integrar.

Cuando finalmente se inicia el reprocesamiento, no buscamos que la persona “reviva” el dolor.

Buscamos que el recuerdo pierda la carga emocional desbordante y pueda integrarse como parte del pasado.

Que deje de activarse como si estuviera ocurriendo ahora.

Ese es el objetivo del abordaje EMDR:

no borrar la historia, sino ayudar al cerebro a digerirla.

EMDR no es una técnica aislada.

Es un modelo que integra evaluación, estabilización, procesamiento e integración.

Y, sobre todo, es un trabajo profundamente respetuoso con los tiempos y la capacidad de cada persona.

Evidencia científica:

https://www.emdr-es.org/Sobre-EMDR/Investigaciones-que-avalan-el-EMDR-como-psicoterapia

Si quieres empezar escríbeme a yolanda@yolandacuevas.es

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¿Por qué nos cuesta tanto poner límites?

Hablar de límites se ha vuelto cada vez más frecuente. Escuchamos constantemente frases como “aprende a decir no”, “priorízate” o “pon límites sanos”. Y aunque muchas personas comprenden la importancia de hacerlo, en la práctica sigue siendo una de las dificultades emocionales más comunes.

Porque poner límites no consiste únicamente en rechazar algo o marcar distancia. En muchas ocasiones implica enfrentarnos al miedo al conflicto, al rechazo, a decepcionar a otros o incluso a sentir culpa por pensar en nosotros mismos.

Detrás de la dificultad para poner límites suele haber una historia personal: aprendizajes, experiencias, inseguridades o dinámicas relacionales donde quizás nos acostumbramos a priorizar las necesidades ajenas antes que las propias. Por eso, entender los beneficios de poner límites es importante, pero comprender por qué no los ponemos es clave para poder trabajarlo de una forma más profunda y consciente.

Los límites saludables no nos alejan de los demás; nos ayudan a construir relaciones más honestas, equilibradas y respetuosas. También nos permiten proteger nuestra salud mental, cuidar nuestra energía y vivir de una manera más coherente con lo que necesitamos y sentimos.

5 razones para aprender a poner límites

  1. Proteges tu bienestar emocional

Poner límites te ayuda a evitar el agotamiento, la sobrecarga emocional y el estrés constante.

  1. Te valoras a ti misma

Cuando pones límites, estás transmitiendo el mensaje de que tus necesidades, emociones y tiempos también importan.

  1. Mejoras tus relaciones

Los límites claros crean relaciones más sanas, honestas y respetuosas. Ayudan a evitar el resentimiento y favorecen una comunicación más auténtica.

  1. Tomas el control de tu vida

Dejas de vivir únicamente para cumplir expectativas ajenas y empiezas a elegir aquello que realmente es bueno para ti.

  1. Ganas en autoestima y confianza

Cada vez que expresas un límite de forma saludable, fortaleces la confianza en ti misma y en tus decisiones.

Entonces… ¿por qué cuesta tanto poner límites?

A veces sabemos que poner límites es importante… y aun así nos cuesta muchísimo hacerlo.

Y no es porque no sepamos decir “no”. Muchas veces detrás hay miedo, culpa, necesidad de aprobación o el aprendizaje de haber priorizado siempre a los demás antes que a nosotros mismos.

Entender los beneficios de poner límites puede motivarnos. Pero comprender por qué no los ponemos es lo que realmente nos ayuda a trabajarlo desde la raíz.

Porque los límites no se aprenden solo con frases bonitas. Se construyen con autoestima, seguridad y permiso para cuidarnos también a nosotros mismos.

Algunas razones frecuentes por las que cuesta poner límites
-Miedo al rechazo o al conflicto
-Necesidad de agradar y ser aceptados
-Sentimiento de culpa
-Baja autoestima
-Haber aprendido a priorizar siempre a los demás
-Creer que poner límites es ser egoísta
-Miedo a decepcionar
-Dependencia emocional
-Falta de seguridad personal
-Haber crecido en entornos donde no se respetaban los límites
-Confundir amor con aguantarlo todo
-Temor a quedarse solos
-Exceso de responsabilidad hacia los demás
-Dificultad para identificar las propias necesidades
-Estrés o agotamiento emocional que dificulta reaccionar


La importancia de trabajarlo

Aprender a poner límites es un proceso. Y como todo proceso emocional, no se cambia de un día para otro solo porque entendamos racionalmente que sería bueno hacerlo.

Muchas personas saben perfectamente qué deberían hacer, pero sienten que algo dentro les impide actuar de otra manera. Ahí es donde aparece la importancia de mirar más allá de la conducta y comprender qué experiencias, heridas, miedos o aprendizajes pueden estar sosteniendo esa dificultad.

A veces cuesta poner límites porque durante mucho tiempo aprendimos que teníamos que agradar, cuidar, adaptarnos o soportar para sentirnos queridos, válidos o aceptados. Y cuando esas respuestas llevan años acompañándonos, nuestro sistema emocional puede vivir el poner límites como una amenaza, aunque sepamos que es necesario.

Por eso, trabajar los límites no consiste únicamente en aprender técnicas de comunicación o frases asertivas. También implica fortalecer la autoestima, conectar con nuestras necesidades, regular el miedo, sanar heridas emocionales y desarrollar seguridad interna.

¿Cómo puede ayudar EMDR?

Terapias como EMDR pueden ser de gran ayuda para trabajar esta dificultad desde una raíz más profunda. EMDR permite abordar experiencias pasadas que han podido influir en la dificultad para poner límites, ayudando a reprocesar emociones, creencias negativas y patrones que siguen activos en el presente.

Muchas veces, detrás de un “no puedo decir que no” hay miedo al abandono, rechazo, culpa o experiencias donde nuestras necesidades no fueron escuchadas, respetadas o validadas.

Sanar esas experiencias no solo ayuda a comprendernos mejor, sino también a responder desde un lugar más consciente, seguro y libre.

Porque poner límites no es dejar de querer a los demás.
Es empezar también a cuidarte a ti.

Yolanda@yolandacuevas.es

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“Fui al psicólogo y no me ayudó”

Muchas personas dicen alguna vez:
“Ya fui al psicólogo y no me ayudó”.
Y detrás de esa frase suele haber decepción, cansancio y, a veces, la sensación de que “esto no tiene solución”. Una mala experiencia no lo dice todo.

Pero que una experiencia en terapia no haya funcionado no significa que la psicología no funcione, ni que tú no tengas arreglo. Significa, simplemente, que algo en ese proceso no encajó. Y esto es lo que hay que investigar.

Hablar de esto es importante, porque muchas personas que hoy siguen sufriendo dejaron de pedir ayuda después de una única experiencia que no fue buena.

La terapia no es una fórmula mágica

Ir al psicólogo no es como tomarse una pastilla que actúa sola. La terapia es un proceso relacional, y como en cualquier relación humana, influyen muchos factores.

-A veces, el problema no es “la terapia”, sino cómo, cuándo, con quién y en qué momento vital se dio.

Factores que pueden haber influido en que no ayudara

1. No era el momento adecuado

Hay momentos en los que vamos a terapia:

  • porque nos obligan
  • para tranquilizar a alguien
  • o sin tener claro para qué estamos allí.

Si no estás preparado para mirar lo que duele, la terapia puede sentirse incómoda, inútil o frustrante. Y eso no significa que nunca vaya a funcionar, sino que quizá aún no era el momento.

2. No hubo conexión con el profesional

Esto es más importante de lo que parece.
Sentirte escuchado, comprendido y seguro es clave.

Si no hubo conexión, confianza o sensación de entendimiento, es muy difícil que el proceso avance.
Y no es culpa tuya ni del profesional: simplemente, no todas las personas encajan con todas.

– Cambiar de psicólogo no es fracasar, es cuidarte.

3. Expectativas poco realistas

A veces esperamos:

  • sentirnos bien en pocas sesiones
  • recibir consejos rápidos
  • o que el psicólogo nos diga exactamente qué hacer.

Cuando eso no pasa, aparece la decepción. Pero la terapia no suele ser rápida ni cómoda al principio.
-A veces remueve antes de aliviar. Como una herida cuando se desinfecta.

4. El enfoque no era el adecuado para ti

Existen muchos enfoques psicológicos. Algunos son más prácticos, otros más emocionales, otros más profundos.

Un enfoque puede funcionar muy bien para una persona y no para otra.
Eso no invalida tu experiencia, pero tampoco invalida la posibilidad de que otro tipo de terapia sí te ayude.

5. Dificultad para abrirte

Hablar de lo que duele no es fácil. A veces vamos, pero:

  • callamos lo importante
  • minimizamos
  • o no nos atrevemos a decir lo que realmente sentimos.

-La terapia necesita tiempo y seguridad para que esto cambie.
Y si no se dio, el proceso pudo quedarse en la superficie.

6. Problemas externos no resueltos

A veces el contexto (familia, estudios, trabajo, relaciones) sigue siendo muy difícil, y eso hace que el cambio sea lento.

-La terapia no siempre puede cambiar el entorno de inmediato, pero sí puede ayudarte a afrontarlo de otra manera.

Darse otra oportunidad no invalida lo vivido

Darte otra oportunidad no significa negar que aquella experiencia fue frustrante. Significa reconocer algo muy valiente:
“Eso no me ayudó, pero sigo mereciendo sentirme mejor.”

Puedes hacerlo diferente:

  • probando otro profesional
  • preguntando por el enfoque
  • expresando desde el inicio tus miedos o decepciones
  • marcando qué te gustaría que fuera distinto esta vez.

Y para finalizar:

Si alguna vez pensaste o piensas que…
“La terapia no es para mí”, quizá lo que no fue para ti fue esa terapia, en ese momento y con esa persona.

La salud mental no es un camino lineal.
Y pedir ayuda de nuevo no es retroceder: es insistir en tu bienestar.

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3 días para parar, respirar y reconectar contigo.

Como psicóloga e instructora de mindfulness certificada, he acompañado a muchas personas a lo largo de diferentes iniciativas como el programa MBSR o Doce meses mindfulness, espacios más profundos y de mayor recorrido en los que cultivar la atención, la conciencia y el bienestar de forma sostenida.

Ahora quiero proponerte algo diferente: una iniciativa más breve, accesible y cercana, pensada para ti si:

-quieres iniciarte en mindfulness

-sientes curiosidad por estas prácticas

-necesitas hacer una pausa y resetearte

-o deseas retomar hábitos de autocuidado que has ido dejando

Porque no siempre hace falta empezar por algo largo.

A veces, pequeños encuentros pueden marcar un antes y un después.

¿En qué consiste?

Se trata de 3 encuentros de 1 hora, online en vivo, los miércoles 20, 27 de mayo y 3 de junio a las 20:00.

Cada sesión estará centrada en un aspecto clave con un enfoque práctico y experiencial. Se enviará material de lectura y meditaciones grabadas.

Día 1 Parar y volver al momento presente

Aprenderás a salir del piloto automático y a conectar con la respiración como ancla al aquí y ahora.

Día 2 Conectar con el cuerpo

Exploraremos cómo el cuerpo nos habla y cómo escuchar sus señales para comprender mejor nuestras emociones y necesidades.

Día 3 Tratarte con amabilidad

Introduciremos la autocompasión como una forma de relacionarte contigo mismo desde el cuidado y la comprensión.

🧘‍♀️ ¿Qué te vas a encontrar?

-Meditaciones guiadas en cada sesión

-Ejercicios sencillos para integrar en tu día a día

-Espacios de reflexión para profundizar en tu experiencia

-Un entorno cercano y seguro donde conectar contigo

💛 Una oportunidad para ti.

Esta iniciativa es una invitación a parar, escucharte y reconectar contigo misma.

Un espacio donde empezar o retomar el camino del mindfulness, desde la sencillez y el cuidado.

Porque conocerte más no requiere grandes cambios, sino momentos de presencia, atención y amabilidad hacia ti.

Si esta iniciativa es para ti te espero dentro.

Escríbeme a yolanda@yolandacuevas.es para reservar tu plaza.

Son limitadas.

Esta iniciativa creada para ti tiene el valor de: 49 euros

No se graba por privacidad.

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Cuando cuesta pedir ayuda psicológica.

Pedir ayuda psicológica no siempre es fácil. Muchas personas, jóvenes y no tan jóvenes,saben que no están bien, pero aun así se resisten a ir al psicólogo. No porque no lo necesiten, sino porque da miedo, vergüenza o sensación de fracaso.

Si te reconoces en esto, estas ideas pueden ayudarte.

“No estoy tan mal”

Esta es una de las frases más comunes. Solemos pensar que hay que tocar fondo para pedir ayuda.
La realidad es que no hace falta estar fatal para ir al psicólogo.
La terapia no es solo para cuando ya no puedes más, también es para entenderte, prevenir y aprender a cuidarte antes de que el malestar crezca.

👉 Estar “mal suficiente” no es un requisito.

“Debería poder con esto solo”

Crecer escuchando que hay que ser fuerte hace que pedir ayuda parezca debilidad. Pero pedir ayuda no te hace menos capaz, te hace responsable contigo mismo.

Nadie aprende matemáticas, a conducir o a relacionarse sin ayuda.
La salud mental no es diferente.

👉 Ser fuerte también es saber cuándo no puedes solo.

“No sabría qué decir”

No necesitas llevar un discurso preparado. Puedes empezar con algo tan simple como:

  • “No me siento bien y no sé por qué”
  • “Últimamente estoy desbordado”
  • “No sé si esto es grave, pero me preocupa”

El psicólogo está para ayudarte a poner palabras a lo que aún no las tiene.

👉 No saber explicarte también es un motivo para ir.

“Me da vergüenza”

La vergüenza es una emoción muy frecuente cuando hablamos de lo que duele. Pero en terapia no se juzga, no se ridiculiza y no se invalida.

Lo que para ti es difícil, merece ser escuchado.
Y lo que callas por vergüenza suele pesar más de lo que parece.

👉 Hablar con alguien seguro puede aliviar más de lo que imaginas.

“¿Y si ir al psicólogo significa que tengo un problema grave?”

Ir al psicólogo no te pone una etiqueta.
No te define.
No te hace “raro” ni “débil”.

Significa que estás prestando atención a tu bienestar emocional.

👉 Cuidar tu salud mental es tan normal como cuidar tu cuerpo y ambos están relacionados y en comunicación constante.

Recuerda…

Si te cuesta pedir ayuda, puedes empezar diciéndote esto:

“No tengo que poder con todo. Pedir ayuda también es cuidarme.”

Dar el paso no te cambia quién eres,
pero puede cambiar cómo te sientes.

Date una oportunidad y después decide.

Pero ¿Y qué pasa cuando he ido al psicólogo y no me ha ayudado? En la próxima entrada hablo de ello.

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Entrenamiento del nervio vago

El nervio vago es una de las piezas clave para entender cómo funciona tu bienestar emocional y físico. No es solo un concepto de moda en psicología: es un sistema real, biológico, que conecta tu cerebro con órganos como el corazón, los pulmones o el intestino, influyendo directamente en cómo te sientes, cómo respondes al estrés y cómo te recuperas de él.

Forma parte del sistema nervioso parasimpático, encargado de ayudarte a salir del estado de alerta. Dicho de forma sencilla, es el sistema que le dice a tu cuerpo: “ya estás a salvo, puedes relajarte”. Cuando este sistema funciona de forma equilibrada (lo que se conoce como buen tono vagal), es más fácil regular las emociones, descansar bien, digerir correctamente y afrontar las dificultades con mayor claridad.

El problema es que vivimos en un contexto que activa constantemente el sistema de alerta: prisas, exigencia, sobrecarga mental, incertidumbre… Cuando esto se mantiene en el tiempo, el nervio vago pierde eficacia y el cuerpo se acostumbra a vivir en tensión. Esto no solo afecta al estado emocional, sino también al cuerpo: fatiga, problemas digestivos, dificultad para desconectar o sensación de estar siempre “en marcha”.

La buena noticia es que el nervio vago se puede entrenar. No desde la exigencia, sino desde la repetición de pequeñas experiencias de seguridad.

Algunas de las formas más eficaces de estimularlo son:

  • Respiración lenta y consciente: especialmente al alargar la exhalación. Esto envía una señal directa de calma al sistema nervioso.
  • Contacto con el cuerpo: prácticas como el mindfulness, el escaneo corporal o simplemente parar y notar sensaciones ayudan a reconectar.
  • Movimiento suave: caminar, estirarte o practicar yoga favorece la regulación del sistema.
  • Relaciones seguras: sentirte escuchado, acompañado o en conexión con otros regula profundamente el sistema nervioso.
  • Estimulación vocal: cantar, tararear o incluso hablar de forma calmada activa el nervio vago.
  • Rutinas de descanso: respetar pausas y tiempos de recuperación es clave para que el sistema pueda resetearse.

Entrenar el nervio vago no consiste en “estar siempre tranquilo”, sino en tener la capacidad de volver a la calma después del estrés. Es flexibilidad, no perfección.

Cuando empiezas a trabajar con tu sistema nervioso en lugar de luchar contra él, cambia la forma en la que te relacionas contigo mismo. Aparece más comprensión, más regulación y, poco a poco, más bienestar.

Porque la calma no es algo que se fuerza.

Es algo que el cuerpo aprende a permitir.

Te dejo ejercicios concretos, simples y aplicables en el día a día para estimular el nervio vago y favorecer la regulación del sistema nervioso:

1. Respiración con exhalación larga

Inhala por la nariz durante 4 segundos y exhala lentamente por la boca durante 6–8 segundos.

Hazlo durante 2–5 minutos.

👌🏼 La clave está en alargar la exhalación, porque activa directamente la respuesta de calma.

2. Tarareo o canto

Tararea una canción, canta o incluso haz sonidos suaves durante unos minutos.

👌🏼 La vibración en la garganta estimula el nervio vago a nivel fisiológico. Pasa por detrás. 

3. Agua fría en el rostro

Salpica tu cara con agua fría o aplica una compresa fría en mejillas y ojos durante 20–30 segundos.

👌🏼 Activa el llamado “reflejo de inmersión”, ayudando a reducir la activación.

4. Escaneo corporal

Cierra los ojos y lleva la atención lentamente por tu cuerpo (pies, piernas, abdomen, pecho, cara), sin cambiar nada, solo observando.

👌🏼Ayuda a reconectar con el cuerpo y salir del exceso de mente.

Te dejo mis dos escaneos corporales:

Aquí

Aquí

5. Balanceo suave

Siéntate y balancéate suavemente hacia delante y hacia atrás o de lado a lado.

👌🏼  El movimiento rítmico genera sensación de seguridad en el sistema nervioso.

6. Abrazo consciente 

Abrázate a ti mismo (o a alguien de confianza) durante al menos 20–30 segundos.

👌🏼 El contacto sostenido transmite seguridad y regula el sistema.

7. Mirada segura

Mira a tu alrededor lentamente y nombra (mentalmente o en voz baja) 5 cosas que ves.

👌🏼 Ayuda al cerebro a salir del modo amenaza y situarse en el presente.

8. Movimiento lento y consciente

Camina despacio prestando atención a cada paso o haz estiramientos suaves.

👌🏼 El cuerpo aprende que puede moverse sin estar en alerta.

9. Respiración con manos en el cuerpo

Coloca una mano en el pecho y otra en el abdomen. Respira notando el movimiento bajo tus manos.

👌🏼 Aumenta la sensación de seguridad interna.

10. Pausa de seguridad

Haz una pausa y pregúntate:

¿Ahora mismo estoy a salvo? ¿Dónde estoy? ¿Qué estoy haciendo? 

👌🏼 Muchas veces el cuerpo sigue en alerta aunque el peligro ya no esté.

No necesitas hacerlos todos.

Lo importante es la regularidad, no la perfección. Pero empieza.

Pequeños momentos repetidos de calma son los que enseñan a tu sistema nervioso que puede soltar.

Ya me cuentas tu cambios!

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Qué decir (y qué no decir) cuando un amigo tiene problemas psicológicos.

Reflexión para adolescentes y jóvenes, y para todos.

Durante la adolescencia y la juventud se viven muchas cosas intensas: cambios, dudas, presión social, expectativas, miedos, primeras pérdidas. No es extraño que, en algún momento, un amigo o una amiga empiece a apagarse, a aislarse, a estar triste casi todo el tiempo o a decir que no puede más. En unos casos se tiene un amigo/a con depresión en otras ansiedad, trastornos alimentarios, trastornos de conducta…y no sé sabe qué hacer, decir, no decir…en definitiva acompañar en un momento tan difícil a un amigo/a.

Una pregunta muy común:
¿Cómo le ayudo sin empeorar las cosas? Porque ni en el cole, instituto o en casa me lo han enseñado.

Cuando alguien que quieres no está bien

La mayoría de jóvenes quiere ayudar. El problema es que nadie nos enseña cómo acompañar el sufrimiento emocional. Aprendemos a escuchar problemas prácticos, pero no emociones profundas como la tristeza, la ansiedad o la desesperanza.

Por eso, muchas veces, desde el cariño, decimos frases que parecen positivas pero que pueden doler:

  • “No es para tanto”
  • “Tienes que ser fuerte”
  • “Todo el mundo pasa por eso”
  • “Pon más de tu parte”
  • “Anímate”

Estas frases no suelen ayudar porque hacen que la persona se sienta incomprendida o invalidada, como si lo que siente estuviera mal o fuera exagerado. Lo que genera rabia, frustración, impotencia, distancia…

Lo que sí ayuda: aprender a estar

Acompañar a alguien con depresión o malestar psicológico no es tener las palabras perfectas, es tener una actitud clara.

Algunas claves importantes:

  • Escucha más de lo que hablas. No hace falta responder a todo.
  • Valida lo que siente, aunque no lo entiendas del todo:
    “Siento que estés así”, “Debe ser muy duro para ti”.
  • Evita comparar con otras personas o situaciones.
  • Respeta su ritmo, pero no desaparezcas.

A veces, un simple “Estoy aquí contigo” es más poderoso que cualquier consejo.

Acompañar no es cargar con todo

Algo muy importante: no eres responsable de curar a tu amigo o amiga.
Acompañar no significa convertirte en su terapeuta ni guardar secretos que te superan.

Si tu amigo/a:

  • habla de hacerse daño
  • dice que no quiere vivir
  • se aísla completamente
  • o notas que la situación te desborda,

pedir ayuda a un adulto de confianza o a un profesional no es traicionar. Es cuidar. A veces, es la mejor forma de ayudar de verdad.

Cuidarte también es importante

Estar cerca de alguien que sufre puede afectar mucho. Puedes sentir culpa, miedo, cansancio o frustración. Eso no te hace mala persona, te hace humano.

Pregúntate también:

  • ¿Cómo estoy yo con esto?
  • ¿Tengo con quién hablar?
  • ¿Hasta dónde puedo acompañar sin hacerme daño?

Cuidar de otro no debería implicar dejarte de lado.

En un mundo donde parece que siempre hay que estar bien, hablar de depresión sigue siendo difícil. Pero el silencio duele más que la imperfección.

Aprender qué decir, qué no decir y cuándo pedir ayuda es una habilidad emocional fundamental.
Hablar de salud físico-mental entre amigos puede fortalecer vínculos, aliviar soledad y, en algunos casos, salvar vidas.

Si eres adolescente o joven, recuerda:
👉 No necesitas saberlo todo para acompañar bien.
👉 Tu presencia importa.
👉 Y pedir ayuda también es una forma de querer.

Un abrazo a todos.

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Día del padre, una oportunidad.

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Hoy, en el Día del Padre, es una oportunidad para mirar esta relación con más profundidad. Porque hablar de padres no es hablar solo de amor incondicional o de agradecimiento, también es abrir espacio a la complejidad.

Hay padres que han sabido acompañar, sostener y validar. Padres que enseñaron a expresar emociones, a confiar, a sentirse suficiente. Y hay otros que, desde sus propias limitaciones, ausencias o heridas, no pudieron hacerlo de la manera que un hijo necesitaba, necesita.

Y ambas realidades dejan huella.

La relación con nuestro padre influye en cómo nos comunicamos, en cómo gestionamos lo que sentimos, en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos y a los demás. Puede marcar nuestra autoestima, nuestra forma de vincularnos, nuestra necesidad de control o nuestro miedo al rechazo. A veces, incluso, ese impacto aparece en forma de dolor que no siempre sabemos nombrar.

Pero entender esto no es para quedarnos atrapados en el pasado, sino para darle sentido.

Hablar de la relación entre padres e hijos es hablar de una de las experiencias más influyentes en la vida de una persona. No es una relación estática, cambia con el tiempo, evoluciona… pero también arrastra huellas que, si no se revisan, pueden acompañarnos durante años.

En la infancia, los hijos necesitan sentirse seguros, vistos y validados. Cuando esto ocurre, se construyen bases sólidas: una autoestima más sana, una mayor confianza en el mundo y una mejor capacidad para identificar y expresar emociones. Sin embargo, cuando predominan las críticas, la exigencia, la ausencia emocional o la invalidación, pueden aparecer sentimientos de inseguridad, miedo o la sensación de no ser suficiente. Muchos niños aprenden a silenciar lo que sienten o a adaptarse en exceso para recibir amor, sin entender del todo qué les ocurre.

Durante la adolescencia, la necesidad principal cambia: aparece la búsqueda de identidad y autonomía. Es una etapa intensa, donde las emociones se viven con mayor fuerza y la necesidad de ser comprendido se vuelve clave. Aquí, los conflictos con los padres suelen girar en torno a la comunicación, el control o la falta de límites claros. Algunos adolescentes se sienten incomprendidos o poco escuchados; otros, excesivamente controlados o, por el contrario, desorientados ante la falta de guía. En este momento vital, la forma en que los padres acompañan puede influir directamente en cómo el joven se percibe a sí mismo y en cómo aprende a relacionarse con la autoridad, los límites y su propio mundo emocional.

En la edad adulta, la relación con los se transforma. Es frecuente que emerjan con más claridad las heridas no resueltas: emociones como el resentimiento, la tristeza o la distancia. También pueden aparecer patrones aprendidos que se repiten en otras relaciones, como en la pareja o en la propia crianza. Dificultades para poner límites, una autoestima frágil o una necesidad constante de aprobación pueden tener su origen en esas primeras experiencias. A veces, además, surge un proceso más profundo: el duelo por lo que no fue, por aquello que se necesitó y no estuvo disponible.

Porque ser padre no es fácil. Cada uno educa con lo que recibió, con lo que pudo aprender y con las herramientas que tiene en ese momento. Pero tampoco es fácil ser hijo. Especialmente cuando lo emocional no ha sido acompañado como se necesitaba.

Por eso, este día puede ser también un espacio de conciencia.
Para agradecer lo que sí estuvo.
Para reconocer lo que dolió.
Y, sobre todo, para responsabilizarnos de lo que hacemos hoy con esa historia. Porque hoy hay muchos más recursos disponibles para hacerlo mejor.

Porque aunque no elegimos de dónde venimos, sí podemos elegir cómo seguimos. Podemos aprender a comunicarnos de otra manera, a relacionarnos desde un lugar más sano, a tratarnos con más respeto y a cortar dinámicas que no queremos repetir.

Y en ese proceso, a veces, también aparece algo importante: la posibilidad de mirar a nuestros padres con más humanidad. No para justificarlo todo, sino para comprender que, detrás de su forma de ser padres, también hay una historia. Y que no se trata de quien tienen razón sino de querer entender y respetar las razones por las que cada parte actúa como actúa.

Ahí es donde aparece la verdadera oportunidad: no en tener una historia perfecta, sino en ser capaces de comprenderla, integrarla y transformarla. Por ambas partes.

Hoy no es solo un día para celebrar.
Es un día para comprender, integrar y, si hace falta, empezar a sanar.

Te abrazo si eres padre, te abrazo si eres hijo.

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