Yolanda Cuevas Ayneto

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Artículos autocuidado Psicología y Salud

Volver al “cole” sin ilusión: cuando septiembre pesa antes de empezar

Hay profesores que, cuando se acerca septiembre, empiezan a preparar materiales, imaginar proyectos nuevos, pensar en su alumnado y sentir esa mezcla de nervios e ilusión que acompaña a los comienzos.

Y hay otros que sienten algo muy diferente.
Un nudo en el estómago.
Más irritabilidad.
Problemas para dormir.
Pereza al pensar en volver al centro.
La sensación de que las vacaciones han pasado demasiado rápido.

Pensamientos como:
“No tengo ganas.”
“No sé si puedo con otro curso igual.”
“Solo de pensarlo me agobio.”“Todavía no he empezado y ya estoy cansada.”

Y, junto a todo ello, puede aparecer además cierta culpa.

Porque se supone que septiembre es comienzo.
Nuevos alumnos.​ Nuevos proyectos.​ Nuevas oportunidades.

Se supone que debería haber ilusión.​ Pero no siempre la hay.

Y quizá una de las primeras cosas que necesitamos comprender es precisamente esta:
No sentir ilusión por volver no significa necesariamente que hayas dejado de querer tu profesión.

A veces significa que hay algo que pesa y merece ser escuchado.
Después de varias semanas de vacaciones, volver puede costar.

Volver al trabajo después de un periodo de descanso implica siempre una transición.

Cambian los horarios.
La manera de dormir.
El ritmo de los días.
Las responsabilidades.
Las demandas cognitivas.
La cantidad de decisiones que tenemos que tomar.
El nivel de estimulación.

Y nuestro cerebro necesita volver a adaptarse.

Por eso puede aparecer cierta resistencia, incluso aunque tengamos un trabajo que nos gusta.
No es algo exclusivo de los profesores.
Le ocurre a muchas personas después de las vacaciones.
De hecho, hay quien está deseando volver porque durante las vacaciones se siente peor.
Quizá ha habido conflictos familiares.
Soledad.
Problemas de pareja.

Dificultades económicas.
Enfermedad.
Cuidado de familiares.

O simplemente demasiado tiempo para pensar.

Para algunas personas, la estructura del trabajo organiza, distrae, conecta socialmente y proporciona sentido.

Por eso no todos vivimos las vacaciones ni la vuelta de la misma manera.

Y eso nos recuerda algo importante:

muchas veces no hablamos únicamente de profesiones, hablamos de personas.

Personas que llegan a septiembre con historias diferentes.

Pero en la docencia hay algo más

Aunque cierta resistencia a volver sea normal, en algunos profesores el malestar empieza bastante antes de pisar el aula.
Aparece simplemente al pensar en el centro.

Al recibir el primer correo.
Al entrar en el grupo de WhatsApp.

Al ver el calendario.
Al pensar en determinadas familias.
En determinados compañeros.
En determinadas clases.

En determinados conflictos que quedaron asociados al curso anterior.

Y ahí conviene preguntarse:
¿Qué es exactamente lo que me agobia de volver?
Porque decir simplemente:​ “no tengo ganas de empezar”puede esconder muchas cosas diferentes.

A veces no pesa septiembre. Pesa lo que dejamos en junio.

Durante las vacaciones podemos alejarnos físicamente del centro, pero no necesariamente procesamos todo lo que ocurrió durante el curso.

Quizá hubo una familia que cuestionó continuamente tu trabajo.
Un alumno que te desafió durante meses.
Una situación de acoso.
Una denuncia.
Un conflicto con dirección.
Un compañero con el que la relación se deterioró.
Una clase que te hizo sentir que no eras capaz.
Un alumno al que intentase ayudar y no pudiste.
Un problema que acabó formalmente, pero emocionalmente siguió abierto.

Cuando volvemos al mismo lugar donde vivimos situaciones que generaron tensión, frustración o impotencia, nuestro cerebro puede anticipar que algo parecido volverá a ocurrir.

Y esa anticipación puede sentirse como ansiedad.​ No porque esté sucediendo algo en ese momento.

Sino porque nuestro sistema está diciendo:
“No quiero volver a pasar por aquello.”

A veces el cuerpo recuerda antes de que sepamos explicar qué estamos sintiendo.


La incertidumbre también agota


Los comienzos implican incertidumbre.
¿Qué grupo tendré?
¿Cómo serán mis alumnos?
¿Cómo será la relación con las familias?
¿Tendré apoyos?
¿Habrá cambios en el centro?
¿Conseguiré gestionar bien ese grupo complicado?
¿Llegaré a todo?
¿Volverán los mismos problemas?

Nuestro cerebro intenta reducir la incertidumbre anticipándose.
El problema aparece cuando esa anticipación se convierte en un desfile de escenarios negativos.

Todavía no ha empezado el curso y mentalmente ya hemos discutido con tres familias, tenido problemas con dos alumnos y terminado agotados en diciembre.

La mente intenta protegernos preparándonos para lo peor.

Pero muchas veces consigue lo contrario:​ nos hace empezar a sufrir antes de que ocurra nada.

Quizá estás cansada de luchar contra cosas que no dependen de ti.

Una parte importante del desgaste docente no procede únicamente de enseñar.

Procede de intentar enseñar dentro de determinadas circunstancias.
Falta de recursos.
Ratios elevadas.
Necesidades educativas complejas.
Burocracia.
Cambios legislativos.
Falta de especialistas.
Poco tiempo.
Dificultades para coordinarse.
Exigencias de familias.
Conflictos entre compañeros.
Sensación de falta de reconocimiento.
Decisiones que se toman lejos del aula pero afectan directamente a quien está dentro de ella.

Puede llegar un momento en el que el profesor no esté cansado de enseñar.

Está cansado de intentar enseñar como cree que debería hacerse sin disponer de los medios necesarios para hacerlo.

Y eso genera mucha frustración.

Porque cuando una persona es muy comprometida puede acabar intentando compensar personalmente las carencias de todo un sistema.

Trabajando más.
Preparando más.
Dando más horas.
Pensando más en casa.
Asumiendo responsabilidades que no le corresponden.
Pero hay algo importante que recordar: tu compromiso no puede solucionar todas las deficiencias del sistema educativo.

Y reconocerlo no significa desentenderse.​ Significa saber dónde termina tu responsabilidad.
A veces detrás del agobio hay exceso de responsabilidad.

Muchos profesores tienen un nivel de exigencia muy alto.

Quieren llegar a todos.
Motivar a todos.
Atender individualmente.
Preparar buenas clases.
Responder bien a las familias.
Estar disponibles.
Resolver conflictos.
Detectar problemas emocionales.
Adaptarse a las necesidades individuales.
Innovar.
Formarse.
Ser pacientes.
Ser comprensivos.

Y además hacerlo manteniendo siempre una actitud positiva.

Pero una persona no puede sostener permanentemente tantas demandas sin coste.

Hay docentes que entran cada curso con una especie de mandato interno:

“Tengo que hacerlo todo bien.”

Y quizá septiembre podría empezar de otra manera:

“Voy a hacer mi trabajo lo mejor que pueda dentro de las circunstancias que tenga.”

Parece una diferencia pequeña.​ Psicológicamente no lo es.

Quizá no es el trabajo.

​ También conviene hacerse una pregunta que muchas veces olvidamos:

¿Cómo estoy yo fuera del colegio?

Porque podemos atribuir todo nuestro malestar al trabajo cuando quizá estamos atravesando:

Problemas familiares.
Una separación.
Una enfermedad.
El cuidado de padres mayores.
Dificultades económicas.
Problemas con los hijos.
Duelo.
Cambios hormonales.
Falta de descanso.
Soledad.
Insatisfacción personal.
Una etapa vital complicada.

A veces el curso empieza exactamente en el momento en que nuestros recursos personales están más bajos.

Y entonces cualquier demanda parece mucho mayor.

No significa necesariamente que haya algo mal en tu trabajo.

Quizá significa que ahora mismo estás sosteniendo demasiado en otros lugares de tu vida.

¿Y si llevas años sintiéndote así?

Hay una diferencia importante entre sentir cierta pereza o resistencia al volver y llevar mucho tiempo sintiendo rechazo, agotamiento o desconexión.

Si cada septiembre empiezas peor.
Si necesitas meses para recuperarte del curso anterior.
Si las vacaciones ya no parecen suficientes.
Si has perdido la paciencia casi constantemente.
Si te notas emocionalmente distante del alumnado.
Si todo te irrita.
Si la sensación de agotamiento aparece incluso antes de empezar.

Quizá no necesites simplemente “ponerle ganas”.

Puede haber un desgaste emocional acumulado que merece atención.

Porque la motivación no siempre se recupera obligándonos a estar motivados.
A veces necesitamos comprender primero qué la ha ido apagando.

Antes de empezar: recuerda también lo que sí funcionó.

Cuando estamos cansados, nuestro cerebro tiende a recordar con facilidad aquello que salió mal.

El conflicto.
​La familia difícil.
El alumno que nos desafió.
La clase que nunca terminó de funcionar.
La reunión desagradable.
Pero probablemente el curso anterior también tuvo otros momentos.
Un alumno que avanzó.
Una conversación que ayudó.
Una familia que agradeció tu trabajo.
Un proyecto que salió bien.
Una clase en la que disfrutaste.
Un compañero que estuvo ahí.
Una dificultad que ahora gestionarías de otra manera.

En mi artículo “Final de curso: una oportunidad para la reflexión como profesora” proponía precisamente hacer ese balance antes de cerrar el curso.

Si lo hiciste, quizá este sea un buen momento para recuperarlo.

Y si no lo hiciste, todavía puedes preguntarte:

¿Qué hice bien el curso pasado?
¿Qué aprendí?
¿Qué situación que antes me desbordaba ahora sé manejar mejor?
¿Qué alumnos recuerdo con cariño?
¿De qué me siento orgullosa?
¿Qué quiero volver a hacer este año?

Porque empezar un nuevo curso no significa empezar de cero.
Llegas con todo lo que aprendiste durante los anteriores.

No necesitas sentir una gran ilusión para empezar.

Existe cierta presión por comenzar septiembre tremendamente motivados.

Pero las emociones no funcionan por obligación.

Decirte:
“debería estar contenta”
“tengo que motivarme”
“venga, cambia el chip”​ no suele generar motivación.

A veces genera más rechazo.
Puedes empezar simplemente reconociendo:

“Ahora mismo me cuesta volver.”​ Sin dramatizarlo.

Sin juzgarte.​ Sin convertirlo automáticamente en:

“ya no me gusta mi profesión”.

Quizá la ilusión aparezca después.
Cuando conozcas al grupo.
Cuando conectes con un alumno.
Cuando una clase salga bien.
Cuando vuelvas a reírte con tus compañeros.
Cuando algo que preparaste funcione.

La motivación no siempre precede a la acción.
A veces aparece mientras estamos actuando.


Haz más pequeño el curso.
Pensar:
“tengo nueve meses por delante”
puede resultar abrumador.​ No necesitas gestionar hoy todo lo que ocurrirá hasta junio.

Solo necesitas gestionar el comienzo.​ La primera semana.​ El primer grupo.​ La primera reunión.​ El primer día.

Cuando estamos ansiosos tendemos a adelantarnos demasiado.

Volver al presente reduce mucho la sensación de amenaza.

Pregúntate:

¿Qué necesito resolver realmente esta semana?​ No todo el curso.​ Esta semana.

Diferencia lo que depende de ti de lo que no depende de ti,
Probablemente no puedas decidir:

La ratio.
La legislación.
Los recursos disponibles.
Las decisiones de la administración.
La personalidad de determinadas familias.
El comportamiento de todos los alumnos.
La actitud de todos tus compañeros.

Pero quizá sí puedas decidir:

Cómo organizar determinadas tareas.
Qué límites poner.
Cuándo contestar correos.

A quién pedir ayuda.
Cómo hablarte después de cometer un error.
Qué conflictos merecen tu energía.
Cuándo parar.
Qué cosas dejar de hacer igual que el año pasado.
Qué compañeros buscar cuando necesites apoyo.
Dónde proteger mejor tu vida personal.

Esta distinción es fundamental.​ Porque dedicar constantemente energía a lo que no podemos controlar genera mucha impotencia.

Habla antes de estar desbordada.

A veces los profesores intentan aguantar demasiado.

“Ya se solucionará.”
“No quiero molestar.”
“Todos estamos igual.”
“Debería poder manejarlo.”

Pero pedir apoyo pronto puede evitar que una dificultad pequeña termine convirtiéndose en un problema enorme.

Habla con tu equipo.
Con orientación.
Con jefatura.
Con dirección.Con aquellos compañeros con los que puedas sentirte segura.

Pedir ayuda no significa que no sepas hacer tu trabajo.

La docencia es demasiado compleja como para ejercerla completamente en solitario.

Organízate pensando también en tu energía
No todo se organiza únicamente por horas.

También necesitamos organizarnos según la carga mental y emocional.

Quizá puedas preguntarte:

¿Qué tareas me agotan más?
¿Cuáles puedo simplificar?
¿Qué hago por costumbre aunque ya no tenga sentido?
¿Qué puedo preparar con antelación?
¿Qué estoy haciendo de manera demasiado perfeccionista?
¿Qué podría compartir o coordinar con compañeros?
¿Qué necesito dejar de llevarme a casa?

Ser buen profesor no significa dedicar todas las horas posibles a ser profesor.

También necesitas ser tú.​ Cuida cómo te hablas

Durante un curso ocurrirán errores.

Habrá clases malas.
Días en los que perderás la paciencia.
Decisiones que después tomarías de otra manera.
Alumnos con los que te costará conectar.
Familias que interpretarán algo de forma diferente.

Si cada dificultad se convierte en:

“soy mala profesora”
​”no sé gestionar una clase”
“esto me viene grande”
“no debería haber reaccionado así”

tu profesión se convierte en una evaluación permanente de tu valía personal.

Intenta cambiar la pregunta.

En lugar de:

“¿Qué dice esto de mí?”

pregúntate:

“¿Qué puedo aprender de esto?”

Porque la experiencia docente también se construye reparando.

Recupera tu propia manera de enseñar

Después de años de exigencias, protocolos, evaluaciones y obligaciones podemos alejarnos de aquello que inicialmente nos conectó con la profesión.

Pregúntate:

¿Qué disfruto enseñando?
¿Qué tipo de actividades me hacen sentir más yo?
¿Qué momentos con los alumnos me gustan especialmente?
¿Qué quiero aportar además de contenidos?
¿Qué profesor quiero ser este año?

No el profesor perfecto.
No el que esperan todos.

El profesor que tú quieres intentar ser.

Quizá la motivación no aparezca intentando hacerlo todo.
Quizá aparezca recuperando algo que para ti tiene sentido.

Y pregúntate qué quieres hacer diferente este curso

No necesitas cambiar diez cosas.

Elige una o dos.

Quizá:

No responder correos a cualquier hora.
Pedir ayuda antes.
No llevarte todos los conflictos a casa.
Preparar menos y confiar más en tu experiencia.
Dedicar más tiempo a aquello que sí funciona.
Compararte menos con otros profesores.
Poner límites antes de llegar al enfado.
Hablar con dirección de una situación que el año pasado callaste.
Reservarte un espacio real de descanso durante la semana.

Celebrar más lo que funciona.

Una pequeña modificación mantenida durante meses puede cambiar mucho más que una lista enorme de propósitos de septiembre.

Un nuevo curso no tiene que parecerse al anterior.

Puede que vuelvas al mismo centro.
Al mismo despacho.
Al mismo aula.

Incluso a algunos de los mismos alumnos.

Pero tú ya no eres exactamente la misma persona que llegó allí hace un año.
Sabes cosas que entonces no sabías.​ Has aprendido de algunos errores.

Has comprobado que puedes afrontar situaciones que en su momento parecían enormes.

Has descubierto límites.
Fortalezas.
Necesidades.

También quizá heridas.

Y todo eso forma parte del profesional que vuelve ahora.

Por eso, si septiembre te genera agobio, no necesitas obligarte a sentir entusiasmo.

Quizá necesitas escucharte.
Preguntarte qué te preocupa.
Diferenciar qué pertenece al presente y qué estás anticipando.
Recordar qué funcionó.
Pedir apoyo donde lo necesitas.
Organizar mejor aquello que sí depende de ti.

Y entrar poco a poco.

Porque la ilusión no siempre llega el 1 de septiembre.
A veces aparece días después.
En una conversación.
En una mirada.
En una clase que funciona.
En un alumno que empieza a confiar.
En ese instante pequeño en el que recuerdas por qué elegiste enseñar.

Y si tarda en aparecer, tampoco significa que hayas fracasado.

Quizá sea simplemente una señal de que necesitas cuidarte de otra manera este curso.

En junio te invité a preguntarte cómo terminabas.

Ahora, antes de volver, quizá la pregunta sea otra:

¿Cómo quiero empezar sin abandonarme a mí misma por el camino?

No todo depende de ti.​ Pero algunas cosas sí.

Y quizá ahí esté un buen lugar para comenzar.

Porque cuidar al profesor no es separar a la persona de su profesión.

Es precisamente recordar que detrás de quien enseña siempre hay alguien que también necesita sentirse sostenido, respetado, acompañado y cuidado.

​Deseo que este artículo haya sido inspirador para seguir o también reconocer qué queda pendiente y hay que trabajar de algún modo.

Abrazo a todos los profesores y mis pacientes.

Os deseo el mejor inicio de curso posible.

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En verano aumentan las pantallas… ¿y el cerebro de nuestros hijos qué pierde?

Las vacaciones son, para muchas familias, una mezcla de descanso, conciliación imposible y búsqueda constante de actividades para entretener a niños y adolescentes. Los horarios cambian, desaparece la rutina escolar, los padres trabajan o necesitan un respiro, hace calor y las pantallas terminan ocupando un lugar mucho mayor del habitual.

No es extraño que durante el verano aumente significativamente el tiempo que niños y adolescentes pasan frente al móvil, la tablet, la consola o la televisión.

Y aquí aparece una pregunta importante.

No tanto cuánto tiempo pasan delante de una pantalla, sino qué dejan de hacer mientras están delante de ella.

Porque el cerebro infantil no solo se desarrolla por lo que recibe. También se construye gracias a todo aquello que experimenta: jugar, aburrirse, moverse, leer, conversar, explorar, imaginar, equivocarse, esperar, frustrarse y volver a intentarlo.

Cada hora tiene un coste de oportunidad.

No se trata de demonizar la tecnología. Vivimos con ella y aporta muchas cosas positivas cuando se utiliza de forma adecuada. El problema aparece cuando ocupa tanto espacio que desplaza experiencias imprescindibles para el desarrollo cerebral y emocional.

Como psicóloga, cada verano escucho frases muy parecidas en consulta:

“Solo está tranquilo cuando tiene el móvil.”

“Se enfada muchísimo cuando se lo quitamos.”

“Ya no sabe entretenerse solo.”

“Antes jugaba todo el día; ahora solo quiere la consola.”

“No aguanta cinco minutos sin mirar una pantalla.”

Muchas familias sienten culpa. Otras piensan que son cosas normales de la edad. La realidad suele estar en un punto intermedio.

No se trata de buscar culpables, sino de comprender qué ocurre para poder tomar mejores decisiones.

El cerebro infantil aprende con aquello que más repite

El cerebro funciona adaptándose.

Aquello que repetimos una y otra vez fortalece determinadas conexiones neuronales.

Si un niño pasa horas resolviendo problemas, su cerebro practica la planificación.

Si pasa horas jugando con otros niños, practica habilidades sociales.

Si pasa tiempo leyendo, fortalece la atención y el lenguaje.

Si juega al aire libre, integra información sensorial, mejora la coordinación, regula el estrés y desarrolla creatividad.

Y si durante gran parte del día recibe estímulos rápidos, recompensas inmediatas, cambios constantes de imágenes y sonidos, también se adapta a ese tipo de funcionamiento.

No porque las pantallas “estropeen” el cerebro.

Sino porque el cerebro siempre aprende del entorno en el que vive.

¿Qué puede ocurrir cuando las pantallas ocupan demasiado espacio?

1. Disminuye la capacidad para mantener la atención

Muchos contenidos digitales están diseñados para cambiar constantemente de estímulo.

Vídeos de pocos segundos, cambios rápidos de imagen, recompensas inmediatas…

Después, tareas como leer un libro, estudiar o escuchar una explicación durante varios minutos requieren un esfuerzo mucho mayor.

No porque el niño no pueda hacerlo.

Sino porque su cerebro se ha acostumbrado a otro ritmo de estimulación.

2. Aumenta la necesidad de recompensa inmediata

Muchos videojuegos, vídeos cortos y redes sociales activan repetidamente el sistema de recompensa cerebral.

Esperar cuesta más.

La paciencia disminuye.

Todo parece aburrido si no ofrece una gratificación rápida.

Y la vida real rara vez funciona con la velocidad de una pantalla.

3. Cuesta más regular las emociones

Cuando cada vez que aparece aburrimiento, tristeza o frustración se ofrece una pantalla para aliviar ese malestar, el niño deja de practicar otras formas de regularse.

No aprende que las emociones pueden atravesarse.

Aprende que deben desaparecer inmediatamente.

Y esa diferencia es enorme.

4. Aparece más irritabilidad al terminar

Muchos padres conocen perfectamente esta escena.

Se acaba el tiempo de pantalla.

Empiezan las protestas.

Las discusiones.

El enfado.

No significa necesariamente que exista una adicción.

Pero sí puede indicar que al cerebro le cuesta pasar de un nivel alto de estimulación a otro mucho más tranquilo.

5. Empeora la calidad del sueño

Especialmente cuando las pantallas se utilizan durante la tarde-noche.

La luz, la activación mental y el contenido dificultan que el cerebro entre progresivamente en un estado de descanso.

Y un cerebro que duerme peor también aprende peor, regula peor sus emociones y presta menos atención.

6. Se entrenan menos las funciones ejecutivas

Planificar.

Esperar.

Controlar impulsos.

Organizarse.

Resolver problemas.

Mantener un objetivo.

Todas estas capacidades necesitan práctica.

Y gran parte de esa práctica aparece precisamente durante el juego libre, las responsabilidades cotidianas y las actividades fuera de las pantallas.

7. Puede aumentar la impulsividad

Cuando casi todo sucede inmediatamente, esperar se vuelve más difícil.

El cerebro necesita entrenar la demora de la recompensa.

Aprender que no todo ocurre al instante.

Que algunas cosas importantes requieren tiempo.

8. Disminuyen las oportunidades para desarrollar la creatividad

El aburrimiento suele tener muy mala fama.

Sin embargo, es uno de los mejores escenarios para que aparezca la imaginación.

Inventar juegos.

Construir historias.

Resolver problemas.

Crear.

Cuando siempre existe una pantalla disponible, el cerebro tiene muchas menos oportunidades de generar sus propias ideas.

9. Hay menos movimiento físico

Cada hora sentado suele ser una hora menos corriendo, saltando, montando en bicicleta, jugando o explorando.

Y el movimiento no solo fortalece músculos.

También favorece el desarrollo cerebral, la regulación emocional, el aprendizaje y la salud mental.

10. Disminuyen las experiencias sociales reales

Las conversaciones cara a cara siguen siendo insustituibles.

Mirar expresiones.

Esperar turnos.

Resolver pequeños conflictos.

Negociar.

Compartir.

Todo ello construye habilidades sociales que ninguna pantalla puede reemplazar completamente.

11. Aumentan las comparaciones sociales

Especialmente durante la adolescencia.

Las redes muestran vidas editadas, cuerpos ideales, éxito constante y felicidad permanente.

Compararse continuamente puede afectar a la autoestima, la imagen corporal y el bienestar emocional.

12. Puede aumentar la ansiedad

No ocurre en todos los niños.

Pero un uso muy elevado de determinadas plataformas se ha asociado con mayores niveles de ansiedad, preocupación y dependencia del móvil, especialmente cuando las pantallas se convierten en la principal fuente de entretenimiento o validación.

13. Se pierde la capacidad para aburrirse

Y esto merece una reflexión.

El aburrimiento no es un enemigo.

Es un entrenamiento.

Cuando un niño se aburre…

…empieza a pensar.

A crear.

A imaginar.

A buscar soluciones.

A observar.

A conocerse.

Si cada momento vacío se llena automáticamente con una pantalla, esa habilidad deja de ejercitarse.

14. El sistema nervioso permanece más activado

La sucesión constante de imágenes, sonidos, cambios de escena y recompensas mantiene al cerebro en un estado de alerta durante mucho más tiempo.

No significa que el niño esté “nervioso”.

Pero sí que le cuesta más bajar el ritmo cuando necesita descansar.

15. Se reducen las experiencias que verdaderamente construyen el cerebro

Quizá esta sea la consecuencia más importante.

Porque el problema nunca ha sido únicamente la pantalla.

El verdadero problema es aquello que deja de ocurrir mientras la pantalla está encendida.

Leer.

Jugar.

Hablar.

Abrazar.

Aburrirse.

Dormir.

Hacer deporte.

Subirse a un árbol.

Construir una cabaña.

Perseguir una pelota.

Mirar las estrellas.

Escuchar una historia.

Reír con amigos.

Todo eso también alimenta el cerebro.

Y probablemente mucho más de lo que imaginamos.

No se trata de prohibir. Se trata de equilibrar.

Las pantallas forman parte de nuestra vida.

También de la de nuestros hijos.

La solución no pasa por eliminarlas completamente.

Pasa por preguntarnos si están ocupando un espacio que pertenece a otras experiencias igual o más importantes.

Como padres, quizá una buena pregunta este verano no sea:

“¿Cuánto tiempo lleva hoy con el móvil?”

Sino:

“¿Qué experiencias está dejando de vivir porque ese tiempo lo ocupa una pantalla?”

Porque el cerebro no crece únicamente mirando una pantalla.

Crece viviendo.

Y muchas de las experiencias que más ayudan a construir un cerebro sano no necesitan batería, conexión a internet ni la última actualización.

Solo necesitan tiempo, presencia y oportunidades para descubrir el mundo real.

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El poder del contacto: por qué los besos, abrazos y caricias son tan importantes.

En un mundo cada vez más rápido y digital, a veces olvidamos algo profundamente humano: necesitamos el contacto físico. Un abrazo, una caricia o un beso no son solo gestos de afecto, son herramientas biológicas y emocionales que influyen directamente en nuestro bienestar.

Screenshot

🧠 ¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando nos abrazamos?

Cuando tenemos contacto físico afectivo, mutuo y de una forma determinada nuestro cerebro se activa de una forma muy especial:

-Liberamos oxitocina, conocida como la hormona del vínculo, que nos ayuda a sentirnos seguros, conectados y en calma.

-Aumenta la dopamina, relacionada con el placer y la motivación.

-Se regula la serotonina, favoreciendo el equilibrio emocional.

-Disminuye el cortisol, la hormona del estrés.

Es decir, el contacto físico actúa como una especie de “regulador natural” de nuestro sistema emocional.

Un abrazo sincero puede reducir la ansiedad, mejorar el estado de ánimo y generar una sensación inmediata de bienestar.

✋ La piel: mucho más que una barrera

La piel es el órgano más grande del cuerpo y también uno de los más sensibles. Está llena de receptores que no solo detectan el tacto, sino también la intención.

Nuestro cuerpo puede diferenciar entre un toque neutro, sin más  y una caricia afectiva. Existen fibras nerviosas especializadas en percibir el contacto emocional, lo que explica por qué una caricia puede calmarnos profundamente.

El contacto físico, por tanto, es una forma de comunicación emocional silenciosa, pero muy poderosa.

🧬 Una necesidad evolutiva, no un capricho

Desde el punto de vista evolutivo, el contacto físico ha sido clave para nuestra supervivencia.

Los seres humanos nacemos completamente dependientes. Un bebé no solo necesita alimento, necesita contacto para que su cerebro y su sistema nervioso se desarrollen adecuadamente. El abrazo regula, calma y organiza.

Antes de poder hablar, ya nos regulábamos a través del contacto.

Además, en términos evolutivos, el contacto físico ha favorecido la cohesión social. Igual que otros primates se acicalan para fortalecer vínculos, los seres humanos utilizamos el abrazo, la caricia o el beso como formas de generar confianza, pertenencia y seguridad.

En la vida adulta, el contacto también cumple una función importante en la pareja: fortalece el vínculo, aumenta la intimidad y favorece relaciones más estables.

❤️ Beneficios emocionales del contacto afectivo

El contacto físico saludable:

-Reduce la sensación de soledad

-Disminuye la ansiedad

-Aumenta la sensación de seguridad

-Refuerza los vínculos afectivos

-Nos ayuda a regular el sistema nervioso

En definitiva, nos conecta con nosotros mismos y con los demás.

🤔 ¿Por qué a algunas personas no les gusta el contacto físico?

Es importante entender que no todas las personas viven el contacto de la misma manera, y eso también es válido.

Algunas de las razones pueden ser:

-Haber crecido en entornos con poco contacto físico

-Experiencias negativas o traumáticas

-Alta sensibilidad a los estímulos

-Diferentes formas de expresar el afecto

-Necesidad de proteger el espacio personal

El cuerpo de cada persona tiene su propia historia, y el contacto solo es saludable cuando se vive desde la seguridad y el consentimiento.

El cariño no solo se expresa con el tacto. También puede mostrarse con palabras, gestos o presencia.

Tan importante como dar un abrazo, es saber cuándo no darlo.

El respeto por los límites del otro también es una forma de cuidado emocional.

Aun así, no debemos olvidar que el contacto físico forma parte de nuestra naturaleza. Nos regula, nos calma y nos conecta.

Porque, al final, algo tan sencillo como un abrazo no es solo un gesto es una necesidad humana.

Pero…

Cuando la necesidad de contacto se vuelve excesiva

Cuando la necesidad de contacto es muy intensa o constante, y no tiene en cuenta los límites del otro, puede volverse invasiva.

En muchos casos, esta necesidad elevada no habla tanto de “demasiado cariño”, sino de una necesidad emocional no cubierta.

Puede estar relacionada con:

-Carencias afectivas tempranas: personas que no recibieron suficiente contacto, seguridad o disponibilidad emocional en la infancia pueden buscar en la vida adulta ese “llenado” a través del contacto físico.

-Apego inseguro: especialmente en estilos de apego ansioso, donde hay una fuerte necesidad de cercanía, validación y miedo a la distancia o al abandono.

-Dificultades en la regulación emocional: el contacto se convierte en una forma rápida de calmar la ansiedad, la inseguridad o el malestar interno.

-Sensación de vacío o soledad: el cuerpo busca conexión cuando emocionalmente se siente desconectado.

-Necesidad de reafirmación: el contacto físico puede vivirse como una prueba de amor, aceptación o presencia del otro.

El problema aparece cuando esa necesidad no se regula internamente y se deposita completamente en el otro, sin atender a su comodidad o consentimiento. En esos casos, el contacto deja de ser un puente y se convierte en una forma de invadir.

Es importante entender que la necesidad es legítima, pero la forma de satisfacerla necesita ser consciente y respetuosa.

En estos casos se puede aprender a:

-Identificar qué emoción hay detrás (¿soledad, miedo, inseguridad?)

-Desarrollar recursos propios de regulación

-Respetar los límites del otro

-Y construir vínculos donde el contacto sea compartido, no impuesto

Todo ello permite transformar esa necesidad en una forma de conexión más sana y segura.

Porque el contacto que realmente suma no es el que se necesita desesperadamente, sino el que se ofrece y se recibe desde la calma, el respeto y la presencia.

Como ves en tu forma de abrazar tienes pistas para saber qué puedes trabajar.

Y para mucho más te doy a conocer este libro El cerebro necesita abrazos de Ana Asensio.

Un abrazo!

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Después de un terremoto: cómo ayudar a los niños a recuperar la seguridad

Llevar a un niño unos días con familiares a otra ciudad no es necesariamente malo ni necesariamente bueno. Depende de para qué se hace, de las condiciones de seguridad y, sobre todo, de cómo se encuentre el niño y de qué estabilidad pueda ofrecer ese entorno.

Tras un terremoto, los niños pueden expresar el impacto de forma muy corporal y conductual: dormir peor, despertarse, llorar más, estar más pegados a sus padres, tener miedo a separarse, irritarse, hacerse pis, jugar repetitivamente al terremoto o volver temporalmente a conductas de etapas anteriores. Son respuestas que pueden aparecer después de una situación de amenaza. 

¿Mejor quedarse o irse?

Si el lugar donde viven es seguro y las autoridades no indican evacuar, no recomendaría trasladar a un niño únicamente por miedo de los adultos.

¿Por qué?

Porque para un niño pequeño, después de que “la tierra haya dejado de ser segura”, perder además su casa, sus rutinas, su colegio, sus juguetes​, ciertos ensere y sus figuras de referencia puede añadir más cambios e incertidumbre.

Se recomienda, siempre que sea posible, mantener a los niños junto a sus cuidadores y conservar rutinas; si hay que cambiar de entorno, es importante crear nuevas rutinas y mantener las figuras de cuidado estables. 

Pero si la vivienda no es segura, hay riesgo de réplicas, las autoridades recomiendan salir o el entorno está objetivamente comprometido, marcharse es una medida de protección física, no una evitación psicológica. La seguridad física va primero. 

¿Qué necesitan especialmente los niños?

1. Un adulto regulado.
No necesitan que les digamos “no tengas miedo”. Necesitan percibir:
“Mamá/papá está aquí. Los adultos estamos ocupándonos de esto.”

2. Información sencilla y verdadera.
Sin detalles innecesarios ni imágenes.
“Ha temblado la tierra. Es normal que te hayas asustado. Ahora estamos aquí y estamos seguros.”

3. Contacto físico y cercanía.
Si quieren estar pegados, abrazados o dormir cerca unos días, podemos acompañarlos. No hay que interpretar automáticamente esa necesidad como “dependencia”​ como término negativo.

4. Rutinas.
Comer, dormir, jugar, bañarse, leer un cuento… Las pequeñas rutinas devuelven previsibilidad al cerebro infantil. 

5. Juego.
El juego es una de las formas que tienen los niños de procesar experiencias que todavía no pueden explicar con palabras. Podemos dejarles jugar, dibujar o hablar, sin dirigirles constantemente hacia el terremoto.

6. Menos exposición a vídeos y noticias.
Un niño no necesita ver una y otra vez imágenes de edificios cayéndose para comprender que ha ocurrido algo grave. Se recomienda proteger a los niños de escenas, relatos e imágenes especialmente perturbadoras. ​Al igual que recomendamos a los medios de comunicación a la hora de informar. Y a los adultos con la infoxicación y no informarse de noche que es cuando vamos a dormir.

​Importante:

No intentemos que nuestros hijos no tengan miedo.​ Se trata de acompañarles ​y se sientan seguros.​ Para ellos los adultos tienen que saber regularse y compartir su propia experiencia.

Y si después de las primeras semanas el miedo continúa siendo muy intenso, aparecen pesadillas frecuentes, ataques de pánico, evitación marcada, regresiones persistentes o el malestar interfiere claramente en su vida, conviene consultar con un profesional. Importante recomienda pedir ayuda cuando la ansiedad no remite o aparecen síntomas graves. 

Después de un terremoto, un niño no necesita una vida sin miedo. Necesita adultos que le ayuden a volver a sentir que el mundo puede ser seguro.

Una situación difícil también puede convertirse en una oportunidad psicológica

Un terremoto no es una experiencia que debamos minimizar ni convertir en algo positivo a la fuerza. Ha sido una situación potencialmente amenazante y es normal sentir miedo.

Pero, especialmente con los niños, podemos aprovechar estos días para enseñarles algo que les servirá para toda la vida:​ sentir miedo no significa no poder afrontarlo.

Podemos enseñarles que:

  • Las emociones intensas se pueden atravesar acompañados.
  • Podemos pedir ayuda cuando la necesitamos.
  • Nuestro cuerpo puede activarse ante el peligro y después aprender a recuperar la calma.
  • No todo lo que sentimos significa que algo malo esté ocurriendo ahora.
  • Podemos hablar de lo que nos pasa sin avergonzarnos.
  • Después de algo difícil podemos volver poco a poco a nuestras rutinas.
  • La familia puede convertirse en un lugar de seguridad y regulación.
  • No podemos controlar todo lo que ocurre, pero sí podemos aprender qué hacer cuando ocurre algo que nos asusta.

Y hay algo especialmente importante:

Los niños aprenden de cómo los adultos afrontamos el miedo.

Si ante cada pequeño ruido el adulto entra en pánico, busca constantemente información, habla continuamente del terremoto o transmite que “aquí puede pasar cualquier cosa”, el niño puede aprender:

“El mundo es peligroso y necesito estar alerta.”

Pero si el adulto puede decir:

“Sí, nos hemos asustado. Ha sido fuerte. Vamos a comprobar que estamos seguros y ahora vamos a seguir juntos.”

el mensaje cambia:

“Puedo sentir miedo y, aun así, estar acompañado. Los adultos saben qué hacer. El miedo pasa.”

Por eso, quizá estos días no se trate solamente de proteger a nuestros niños del miedo, sino también de enseñarles, con nuestro ejemplo, qué hacer con él.

Esta situación puede convertirse en una oportunidad para entrenar seguridad, regulación emocional, resiliencia, comunicación y confianza.

Sin negar lo ocurrido.
Sin forzarles a estar bien.
Sin sobreexponerles.

Acompañándoles.

​Un abrazo y mi anterior artículo relacionado AQUÍ

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Cuando la tierra tiembla, también puede temblar nuestra mente: impacto psicológico de un terremoto y cómo prevenir que se convierta en trauma.

Un terremoto no solo puede mover el suelo. Puede alterar, durante un tiempo, nuestra sensación más básica de seguridad: “estoy a salvo”.

Desde la psicología del trauma sabemos que una experiencia potencialmente traumática no depende únicamente de lo que ocurre, sino también de cómo nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso consiguen procesarlo después.

Por eso, tras un terremoto, algunas personas pueden recuperarse progresivamente y volver a sentirse seguras, mientras que otras pueden quedar atrapadas en un estado de alarma, miedo o evitación.

Y algo importante: tener reacciones intensas después de un terremoto no significa necesariamente haber desarrollado un trauma psicológico. Tras una emergencia, el malestar psicológico es muy frecuente y, en muchas personas, disminuye con el tiempo. (Organización Mundial de la Salud)

¿Qué ocurre psicológicamente después de un terremoto?

Un terremoto tiene una característica especialmente impactante: puede romper nuestra sensación de control y predictibilidad.

Estamos acostumbrados a pensar que nuestra casa, nuestra cama, nuestro barrio o el suelo que pisamos son lugares relativamente seguros. De repente, esa seguridad puede desaparecer en segundos.

El cerebro puede registrar:

● “Mi casa ya no es segura”.

● “El suelo puede volver a moverse”.

● “No puedo controlar lo que ocurre”.

● “Podría pasar otra vez”.

● “No sé cuándo volverá a suceder”.

● “Si cierro los ojos, podría ocurrir algo”.

Estas conclusiones pueden ser adaptativas inmediatamente después del desastre. El problema aparece cuando el sistema nervioso continúa comportándose como si el peligro siguiera presente cuando ya no lo está.

1. Cómo puede cambiar nuestra forma de pensar

Después de un terremoto pueden aparecer pensamientos repetitivos y una vigilancia constante.

La persona puede empezar a interpretar pequeñas señales como amenazas:

“¿Has notado que se ha movido?”
“¿Y si vuelve a temblar?”
“¿Y si este ruido significa algo?”
“¿Y si el edificio no aguanta?”

También pueden aparecer:

● dificultad para concentrarse;

● problemas para tomar decisiones;

● pensamientos catastróficos;

● preocupación constante;

● recuerdos intrusivos;

● imágenes mentales del terremoto;

● dificultad para pensar en el futuro;

● sensación de que “algo malo va a pasar”.

En algunas personas aparece además una modificación de sus creencias sobre sí mismas y sobre el mundo:

“El mundo no es seguro.”
“No puedo confiar en nadie.”
“No tengo control.”
“Si me relajo, ocurrirá algo.”
“Debería haber hecho algo diferente.”

Esta última idea es especialmente importante.

Después de una catástrofe, el cerebro puede intentar reconstruir la sensación de control buscando constantemente qué podríamos haber hecho para evitarla.

2. Cómo puede cambiar nuestra forma de sentir

El miedo es probablemente la emoción más evidente, pero no es la única.

Puede aparecer:

● ansiedad;

● irritabilidad;

● tristeza;

● impotencia;

● culpa;

● rabia;

● sensación de vulnerabilidad;

● angustia;

● desconexión emocional;

● sensación de irrealidad;

● sobresaltos frecuentes.

También puede existir una aparente contradicción:

personas que no sienten nada.

Pueden decir:

> “Estoy bien. No me ha afectado.”

Pero sentirse emocionalmente anestesiadas, desconectadas o funcionando en “piloto automático”.

Esto también puede formar parte de una respuesta de protección del organismo.

3. Cómo puede cambiar nuestra forma de comportarnos

Cuando el cerebro interpreta que existe peligro, modifica nuestra conducta para aumentar las posibilidades de supervivencia.

Por eso, después de un terremoto podemos observar:

-Evitación

-No querer entrar en casa, dormir solo, utilizar ascensores, permanecer en determinados edificios o estar lejos de otras personas.

-Hipervigilancia

-Comprobar constantemente puertas, paredes, estructuras, noticias, aplicaciones sísmicas o pequeños movimientos.

-Conductas de seguridad

-Dormir vestido, preparar una mochila permanentemente, dormir cerca de la salida o no separarse de los hijos.

-Alteraciones del sueño

-Dificultad para conciliar el sueño, despertares frecuentes, pesadillas o miedo a quedarse dormido.

-Cambios sociales

-Algunas personas buscan constantemente compañía; otras se aíslan.

-Cambios en el funcionamiento cotidiano

-Puede costar trabajar, estudiar, conducir, concentrarse o realizar actividades que antes eran normales.

Estas respuestas no deben interpretarse automáticamente como “debilidad”. Muchas son intentos del cerebro de recuperar una sensación de seguridad.

4. ¿Qué ocurre en el sistema nervioso?

Aquí aparece una de las claves para comprender el trauma.

Ante una amenaza, nuestro organismo activa sistemas destinados a detectar peligro y responder rápidamente.

El sistema nervioso autónomo participa en esta respuesta, aumentando la activación fisiológica: corazón acelerado, tensión muscular, respiración más rápida, sudoración, vigilancia y preparación para actuar.

Después de un terremoto, el problema puede aparecer cuando esta alarma no termina de apagarse.

La persona puede continuar sintiendo:

“Tengo que estar preparado por si vuelve a ocurrir.”

Es como si el cuerpo hubiera aprendido:

> **peligro = terremoto = tengo que estar alerta.**

Por eso un ruido, una vibración, una puerta que se mueve o incluso hablar del terremoto puede desencadenar una respuesta física intensa.

No es que la persona “esté exagerando”.

Su sistema nervioso está respondiendo a una señal que ha aprendido a interpretar como peligrosa.

5. ¿Qué ocurre en el cerebro?

No existe una única “zona del trauma”. Lo que ocurre es una modificación de la interacción entre diferentes sistemas cerebrales implicados en la detección de amenaza, memoria, regulación emocional y contextualización.

La amígdala

Participa en la detección y respuesta ante señales de amenaza.

Después de una experiencia traumática puede aumentar la reactividad ante estímulos asociados al peligro.

Por eso, después de un terremoto, un sonido o movimiento que antes era neutro puede convertirse en una señal de alarma.

El hipocampo

Ayuda a contextualizar los recuerdos y a diferenciar “esto ocurrió entonces” de “esto está ocurriendo ahora”.

Cuando una experiencia queda mal integrada, algunos recuerdos pueden sentirse especialmente vívidos o actuales.

La persona no solo recuerda.

Puede sentir que vuelve a estar allí.

La corteza prefrontal

Participa en procesos como la regulación, la toma de decisiones, la atención y la valoración de la situación.

Cuando el sistema de amenaza está muy activado, puede resultar más difícil utilizar estas capacidades con normalidad.

Por eso una persona muy asustada puede saber racionalmente que está a salvo y, sin embargo, seguir sintiéndose en peligro.

La ínsula

Participa, entre otras funciones, en la percepción e interpretación de señales internas del cuerpo.

Esto ayuda a comprender por qué después de una experiencia traumática algunas personas pueden prestar mucha atención a su corazón, respiración, tensión muscular, mareos o cualquier pequeña sensación corporal.

El cuerpo se convierte en un detector permanente de señales de peligro.

6. ¿Por qué algunas personas desarrollan trauma y otras no?

Esta es una pregunta fundamental.

No todas las personas expuestas a un terremoto desarrollan TEPT.

Influyen numerosos factores: la intensidad y duración de la exposición, haber sufrido lesiones o pérdidas, la sensación de amenaza vital, experiencias traumáticas previas, recursos personales, apoyo social, condiciones posteriores al desastre y la posibilidad de recuperar seguridad y estabilidad.

Por eso no debemos patologizar automáticamente las reacciones normales después de una catástrofe.

El objetivo inicial no es conseguir que alguien “no sienta nada”.

Es ayudarle a recuperar progresivamente:

seguridad + regulación + conexión + funcionamiento.

7. ¿Podemos prevenir que un terremoto se convierta en trauma?

No podemos garantizar que una persona no desarrolle un trastorno de estrés postraumático.

Pero sí podemos reducir factores de riesgo y favorecer la recuperación natural.

Y esto empieza incluso antes del terremoto.

Prepararse también es una intervención psicológica

Conocer qué hacer durante una emergencia, tener un plan familiar, saber dónde reunirse, disponer de información fiable y preparar recursos básicos puede disminuir la sensación de indefensión.

La preparación no elimina el miedo.

Pero puede aumentar la percepción de capacidad:

“No sé qué ocurrirá, pero sé qué puedo hacer.”

8. Después del terremoto: primero seguridad, después procesamiento

En las primeras horas y días, la prioridad no debería ser obligar a la persona a contar una y otra vez lo sucedido.

Necesitamos:

● garantizar seguridad física;

● cubrir necesidades básicas;

● proporcionar información fiable;

● favorecer el contacto con personas de confianza;

● recuperar rutinas progresivamente;

● facilitar descanso y sueño;

● reducir la exposición constante a imágenes y noticias;

● permitir que la persona hable si quiere, sin presionarla para hacerlo.

La Organización Mundial de la Salud recomienda la denominada Primeros Auxilios Psicológicos, que consisten en ofrecer apoyo humano, práctico y respetuoso, atender necesidades, escuchar sin forzar a hablar, favorecer la calma y conectar a la persona con recursos y apoyos. (Organización Mundial de la Salud)

Y hay algo especialmente importante:

No necesitamos hacer un “interrogatorio emocional” inmediatamente después.

La evidencia no apoya realizar de forma universal sesiones únicas de debriefing en las que se obliga a las personas a reconstruir detalladamente lo ocurrido. Las intervenciones preventivas deben adaptarse a las necesidades y síntomas de cada persona. (SIETE)

9. ¿Cuándo puede ser necesario pedir ayuda psicológica?

Conviene prestar atención cuando, después de las primeras semanas, las reacciones continúan siendo intensas o interfieren significativamente en la vida cotidiana.

Por ejemplo:

● pesadillas frecuentes;

● recuerdos intrusivos;

● sensación constante de peligro;

● ataques de pánico;

● evitación intensa;

● miedo incapacitante a permanecer en edificios;

● hipervigilancia permanente;

● alteraciones importantes del sueño;

● irritabilidad intensa;

● desconexión emocional;

● dificultad para trabajar o cuidar de uno mismo;

● aislamiento;

● sensación de que el acontecimiento sigue ocurriendo.

No hay que esperar necesariamente a que pasen meses si el sufrimiento es intenso.

La intervención temprana puede ser especialmente importante en personas que presentan síntomas significativos o un riesgo elevado. Las guías de la International Society for Traumatic Stress Studies señalan que las intervenciones deben dirigirse especialmente a quienes presentan mayor sintomatología, y consideran el EMDR entre las intervenciones con recomendación para el tratamiento temprano del estrés postraumático clínicamente significativo.

10. ¿Qué papel puede tener EMDR?

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, para mí esta es una distinción esencial:

EMDR no consiste simplemente en hacer que una persona cuente lo que le ocurrió y mover los ojos.

Es un abordaje estructurado que busca ayudar al cerebro a reprocesar recuerdos traumáticos que continúan generando una respuesta de amenaza en el presente.

La OMS incluye EMDR entre las intervenciones psicológicas con evidencia para el tratamiento del TEPT. (Organización Mundial de la Salud)

Después de un desastre también se han estudiado protocolos de EMDR adaptados a acontecimientos traumáticos recientes. En personas afectadas por el terremoto de Emilia-Romaña de 2012, por ejemplo, se investigó el protocolo R-TEP de EMDR dentro de los primeros meses posteriores al acontecimiento.

Pero hay una idea que considero fundamental:

no todas las personas que viven un terremoto necesitan EMDR.

La mayoría puede recuperarse de forma natural con seguridad, apoyo, recursos y tiempo. La intervención psicológica debe responder a las necesidades de la persona y no convertir una reacción humana normal en una enfermedad.

11. ¿Qué podemos hacer para favorecer la recuperación?

Después de un terremoto, cuidar el sistema nervioso también significa volver poco a poco a la vida.

Mantener rutinas dentro de lo posible.

Dormir y descansar, aunque el sueño pueda estar alterado inicialmente.

Mover el cuerpo de manera adaptada a las circunstancias.

Respirar y utilizar estrategias de regulación cuando aparezca activación.

Limitar la exposición continua a noticias e imágenes del desastre.

Hablar con personas de confianza, sin obligarnos a relatar lo sucedido.

Aceptar las reacciones emocionales sin interpretarlas automáticamente como una señal de que estamos empeorando.

Y, sobre todo: volver progresivamente a aquellas actividades que transmiten normalidad y seguridad.

Una última reflexión

Un terremoto puede enseñarnos algo que también observamos en consulta:la seguridad no es solamente una idea; también es una experiencia corporal.

Podemos decirnos:

“Ya ha pasado.” Pero si el sistema nervioso continúa interpretando el mundo como peligroso, necesitaremos algo más que razonamientos para volver a sentirnos seguros.

Por eso, después de una experiencia potencialmente traumática, no se trata de obligarnos a olvidar.

Se trata de ayudar al cerebro y al cuerpo a aprender: “Eso ocurrió. Fue real. Fue difícil. Pero ahora estoy aquí.”

Y cuando el recuerdo deja de sentirse como una amenaza presente y empieza a ocupar su lugar en nuestra historia, podemos volver a mirar hacia delante.

Prevenir el trauma no significa evitar sentir.
Significa crear las condiciones para que aquello que hemos vivido pueda ser integrado sin quedarse viviendo dentro de nosotros.

Un abrazo a todos. Con cariño deseo que haya sido inspirador y os ayude.

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¿Por qué EMDR puede ayudar en los casos de bullying?

El bullying no siempre termina cuando cesan las agresiones.

Aunque el menor cambie de clase, de colegio o deje de recibir mensajes, su sistema nervioso puede continuar comportándose como si el peligro siguiera presente. Puede permanecer en alerta, anticipar nuevas humillaciones, interpretar determinadas miradas como amenazas o evitar lugares y relaciones que le recuerdan lo vivido.

La victimización repetida puede funcionar como una experiencia traumática interpersonal y relacionarse con síntomas de estrés postraumático, ansiedad, depresión, aislamiento, somatización, evitación y dificultades para confiar en los demás. No todos los menores acosados desarrollarán un trauma, pero el impacto puede ser profundo y mantenerse mucho tiempo después de que el acoso haya terminado.

La terapia EMDR puede ser útil cuando esas experiencias no han quedado integradas como algo que ocurrió en el pasado, sino que siguen activándose emocional y corporalmente en el presente.

No se trabaja únicamente lo que pasó

En terapia no se atiende solo al recuerdo concreto de una agresión. También pueden trabajarse:

  • las burlas y humillaciones repetidas;
  • el miedo a acudir al colegio;
  • la sensación de no poder escapar;
  • el momento en el que nadie intervino;
  • la difusión de fotografías o vídeos;
  • el silencio de los compañeros;
  • la falta de respuesta de los adultos;
  • y las conclusiones dolorosas que el menor construyó sobre sí mismo.

Después del bullying pueden quedar creencias como:

«Soy débil».

«Hay algo malo en mí».

«No pertenezco».

«No puedo defenderme».

«No estoy seguro con otras personas».

«Si confío, volverán a hacerme daño».

«No soy suficiente».

EMDR busca que el recuerdo pueda reprocesarse y conectarse con información más adaptativa. El objetivo no es borrar lo sucedido ni convencer al menor de que no fue importante. Es ayudarle a recordar sin volver a sentir que está ocurriendo ahora.

Puede reducir la activación asociada a los recuerdos

Algunos niños y adolescentes reaccionan intensamente ante situaciones que guardan alguna relación con el acoso: entrar en el aula, escuchar risas, recibir un mensaje, exponer un trabajo, encontrarse con un grupo de compañeros o notar que alguien los observa.

Su cuerpo puede responder con taquicardia, bloqueo, temblores, dolor abdominal, llanto, rabia o necesidad de escapar.

Mediante EMDR pueden procesarse los recuerdos y desencadenantes que mantienen esa respuesta de alarma. La terapia EMDR cuenta con respaldo para el tratamiento del estrés postraumático y está contemplada por la Organización Mundial de la Salud para niños y adolescentes con TEPT.

Ayuda a trabajar la vergüenza y la culpa

Una de las consecuencias más dolorosas del bullying es que la víctima puede terminar creyendo la narración de quienes la agredieron.

Puede pensar que sufrió el acoso por su aspecto, su carácter, su cuerpo, sus dificultades, sus gustos o por no haber sabido defenderse. Incluso puede culparse por haberse quedado paralizada, haber llorado o no haber pedido ayuda antes.

EMDR permite trabajar tanto los recuerdos como esas interpretaciones:

«No fue culpa mía».

«Quedarme bloqueado fue una respuesta de supervivencia».

«Lo que hicieron habla de sus conductas, no de mi valor».

«Ahora tengo recursos y adultos que pueden protegerme».

No se trata de imponer frases positivas, sino de facilitar que la persona pueda sentirlas como verdaderas después de procesar lo vivido.

Puede reparar la sensación de indefensión

El bullying suele incluir repetición y desequilibrio de poder. La víctima puede sentir que haga lo que haga no logrará detenerlo.

Esa indefensión puede trasladarse posteriormente a otras situaciones: evitar conflictos, someterse para ser aceptada, desconfiar de los grupos o interpretar que nunca podrá protegerse.

En el trabajo con EMDR se identifican y reprocesan los momentos en los que la persona se sintió atrapada, sola o incapaz de actuar. También se fortalecen recursos de seguridad, regulación, protección y capacidad para pedir ayuda.

Permite trabajar las heridas relacionales

A veces lo más traumático no es únicamente la agresión, sino que nadie interviniera.

Puede doler que los amigos se rieran, que los compañeros difundieran el vídeo, que un profesor no se diera cuenta o que los adultos minimizaran lo ocurrido.

El aprendizaje que queda puede ser:

«Nadie me protegerá».

«No puedo confiar».

«Cuando necesito ayuda, estoy solo».

Por eso el tratamiento no debe centrarse exclusivamente en reducir el miedo. También necesita abordar la ruptura de la confianza, la pertenencia y la seguridad en las relaciones.

Puede ayudar cuando el bullying ha reactivado experiencias anteriores

El impacto no depende únicamente de lo que ocurrió, sino también de la historia previa del menor.

Una exclusión actual puede conectar con experiencias anteriores de abandono. Una humillación pública puede reactivar críticas familiares. Sentirse solo frente a un grupo puede enlazar con otras situaciones de indefensión.

EMDR permite elaborar un mapa de experiencias relacionadas, en lugar de trabajar cada síntoma como si estuviera aislado.

También puede utilizarse con quienes han agredido

EMDR no es únicamente una herramienta para las víctimas. En algunos casos puede formar parte del tratamiento de menores que han acosado cuando existen experiencias traumáticas previas, violencia sufrida, humillación, rechazo, miedo o aprendizajes relacionales que influyen en su conducta.

Pero esto requiere una aclaración fundamental: trabajar la historia de quien agrede no elimina su responsabilidad.

La intervención debe incluir límites, consecuencias, desarrollo de empatía, revisión de la presión grupal y reparación del daño cuando sea posible y seguro. Comprender el origen de la conducta no significa justificarla.

EMDR no sustituye la protección

La terapia no puede compensar un entorno en el que el acoso continúa.

Antes o junto al procesamiento terapéutico es necesario:

  • detener las agresiones;
  • activar los protocolos del centro;
  • proteger al menor también en el entorno digital;
  • preservar las pruebas sin difundirlas;
  • coordinarse con la familia y la escuela;
  • y garantizar que la víctima no tenga que exponerse continuamente a quienes la dañan.

No podemos pedirle al cerebro que procese una experiencia como pasada mientras el peligro sigue presente.

La intervención debe adaptarse a la edad, los síntomas, la estabilidad, el apoyo familiar y la capacidad de regulación. En muchas ocasiones, primero es necesario crear seguridad, fortalecer recursos y recuperar cierta sensación de control.

Lo que EMDR puede ayudar a recuperar

El objetivo no es conseguir que el menor olvide.

Es ayudarle a recuperar:

  • la sensación de seguridad;
  • la confianza en sí mismo;
  • la capacidad para relacionarse sin anticipar daño;
  • la libertad para acudir al colegio sin miedo;
  • una imagen propia que no esté definida por las humillaciones;
  • y la certeza de que lo ocurrido pertenece a su historia, pero no determina quién es.

Porque el bullying puede terminar en el exterior y continuar durante años en el interior.

EMDR puede ayudar a que aquello que todavía se vive como una amenaza presente pueda convertirse, por fin, en una experiencia pasada.

Yolanda Cuevas Ayneto

Terapeuta EMDR

Colegiada A-02084 Aragón

Yolanda@yolandacuevas.es

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¿Por qué algunos niños y adolescentes hacen bullying?

Cada vez que se hace viral una agresión entre menores sentimos una mezcla de rabia, tristeza e incomprensión. Vemos cómo una niña es rodeada, insultada o golpeada mientras otras personas observan, ríen, graban o animan, y nos preguntamos cómo alguien tan joven puede llegar a actuar con tanta crueldad.

Ante escenas así, nuestra mente busca rápidamente una explicación. Necesitamos ordenar lo que estamos viendo y encontrar responsables. Aparecen entonces frases como: «Son malas personas», «sus padres no las han educado» o «seguro que lo hacen porque tienen baja autoestima».

Sin embargo, el acoso escolar no surge por una única causa y tampoco existe un perfil psicológico que permita identificar fácilmente a todos los menores que acosan. Es un fenómeno complejo en el que pueden confluir características personales, necesidades emocionales, experiencias familiares, dinámicas grupales, respuestas escolares y factores sociales y digitales.

Comprender estos factores no significa disculpar la violencia ni restarle gravedad. Significa intervenir sobre algo más profundo que la conducta visible para poder proteger a la víctima, exigir responsabilidad y evitar que vuelva a ocurrir.

No toda agresión es bullying, aunque toda agresión debe preocuparnos

Antes de hablar de acoso escolar, conviene diferenciar una agresión puntual, una pelea o un conflicto entre iguales de una situación de bullying.

El acoso suele incluir tres elementos:

  • Existe intención de causar daño.
  • Se produce un desequilibrio de poder.
  • La conducta se repite o tiene capacidad para mantenerse y repetirse.

El poder no depende únicamente de la fuerza física. Puede proceder de la popularidad, del número de personas que forman el grupo, de la capacidad para influir en los demás, del acceso a información íntima o de la posibilidad de humillar públicamente a alguien a través de las redes sociales.

Esta distinción no resta gravedad a una agresión aislada. Una sola agresión puede ser profundamente dañina y debe recibir respuesta. Pero para hablar con rigor de bullying necesitamos conocer la historia completa: si existían amenazas anteriores, exclusión, burlas, rumores, mensajes, difusión de imágenes, persecución digital u otras conductas mantenidas en el tiempo.

No existe un único perfil del menor que acosa

Algunos menores que acosan presentan inseguridad, impulsividad, dificultades emocionales o experiencias adversas. Otros son sociables, populares, tienen habilidades para relacionarse y saben utilizar su influencia dentro del grupo.

También hay niños que sufren acoso en un contexto y, en otro, agreden a compañeros sobre los que tienen más poder. Algunos lideran la conducta, otros colaboran, ríen, graban, difunden o permanecen en silencio.

Por eso debemos desconfiar de afirmaciones como:

«Una niña feliz no haría eso».

«En su casa nunca ha visto violencia».

«Mi hijo es muy cariñoso conmigo, así que es imposible».

Un menor puede querer a su familia, comportarse correctamente con los adultos y, al mismo tiempo, participar en conductas muy dañinas con sus iguales. No siempre se comporta de la misma manera en casa, en clase, con su grupo de amigos o en internet.

1. La búsqueda de poder y estatus social

Durante la adolescencia, la pertenencia y la posición dentro del grupo adquieren una enorme importancia. Algunos menores descubren que ridiculizar, excluir o controlar a otra persona les proporciona atención, popularidad o una posición dominante.

El acoso puede convertirse así en una estrategia social:

«Si los demás me temen, nadie me cuestionará».

«Si decido quién entra y quién queda fuera, tengo poder».

«Si todos se ríen conmigo, soy importante».

Cuando esa conducta consigue su objetivo y no encuentra consecuencias claras, puede repetirse y volverse cada vez más grave. El menor aprende que humillar, amenazar o intimidar funciona.

2. La necesidad de pertenecer

No todos los participantes inician el acoso. Algunos se suman porque temen quedarse fuera del grupo, perder una amistad o convertirse en el siguiente objetivo.

Pueden pensar:

«Si no participo, se enfadarán conmigo».

«Todo el mundo lo hace».

«Solo estaba siguiendo la broma».

«Yo no le pegué; solamente grabé».

La presión grupal no elimina la responsabilidad, pero ayuda a comprender por qué jóvenes que quizá nunca actuarían así estando solos pueden participar en comportamientos crueles cuando se encuentran dentro de un grupo.

Cada uno puede sentir que su aportación es pequeña. Sin embargo, para la víctima, todas esas participaciones forman una experiencia conjunta de intimidación, aislamiento y humillación.

3. El miedo a convertirse en la próxima víctima

En determinados grupos, colocarse al lado de quien intimida puede convertirse en una forma de protección.

El mensaje implícito es: «Si estoy con quien tiene poder, no me lo harán a mí».

Algunos menores ríen, difunden rumores, graban o colaboran con el acoso no porque sientan un rechazo personal hacia la víctima, sino porque tienen miedo de perder su posición o convertirse en el siguiente objetivo.

Este mecanismo se fortalece cuando los adultos no intervienen con claridad. Si nadie garantiza la seguridad, algunos niños pueden aprender que la mejor manera de sobrevivir socialmente es alinearse con quien agrede.

4. Dificultades relacionadas con la empatía

Algunos menores tienen dificultades para reconocer las emociones de los demás, imaginar las consecuencias de sus actos o conectar con el dolor que están provocando.

Otros sí perciben el sufrimiento, pero lo minimizan o se desconectan de él para poder continuar. Llaman a la víctima exagerada, débil, rara, pesada o provocadora. De este modo, dejan de verla como una persona completa y la convierten en una etiqueta.

La empatía no consiste únicamente en darse cuenta de que alguien está llorando. Significa permitir que ese sufrimiento influya en nuestra conducta.

Y la empatía necesita educación, modelado y práctica. No se desarrolla mediante una única charla después de una agresión. Se construye diariamente a través de la forma en que los adultos hablan de otras personas, resuelven los conflictos, reconocen el daño y reparan sus propios errores.

5. Dificultades para regular las emociones

La rabia, la frustración, los celos, la vergüenza y el miedo al rechazo pueden vivirse con mucha intensidad durante la infancia y la adolescencia.

Cuando un menor no sabe identificar lo que siente, tolerar la frustración, resolver un conflicto, aceptar un límite o pedir ayuda, puede descargar esas emociones sobre alguien a quien percibe como más vulnerable.

Esto no significa que los niños con dificultades emocionales sean violentos. La inmensa mayoría no lo son. Significa que una regulación emocional insuficiente, combinada con otros factores, puede aumentar el riesgo de determinadas conductas.

La emoción puede explicar una parte del comportamiento, pero no lo justifica ni lo convierte en inevitable.

6. Haber sufrido violencia, rechazo o humillación

Algunos menores que agreden han sido previamente dañados, rechazados, humillados o expuestos a relaciones violentas.

Pueden haber aprendido que solo existen dos posiciones: dominar o ser dominado. Para no volver a ocupar el lugar vulnerable, intentan colocarse en el poderoso.

En algunos casos aparece una identificación con quien agrede: reproducen sobre otra persona aquello que antes vivieron porque ese fue el modelo de relación que aprendieron.

Sin embargo, debemos evitar una generalización injusta. Haber sufrido violencia o acoso no convierte automáticamente a nadie en agresor. Muchas víctimas desarrollan una gran sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Hablamos de un posible factor de riesgo, nunca de un destino.

7. Modelos familiares basados en el desprecio o el poder

Los niños aprenden no solo de lo que les decimos, sino también de lo que observan.

Cuando viven en un entorno donde los conflictos se resuelven mediante gritos, amenazas, desprecio, burlas, castigos humillantes o violencia, pueden interiorizar que someter al otro es una forma válida de relacionarse.

No es necesario que exista violencia física. También educan los comentarios despectivos sobre otras personas, las bromas crueles, la intolerancia hacia quien es diferente, la humillación como forma de corregir o la idea de que pedir perdón es un signo de debilidad.

Esto no significa que todo menor que acosa proceda de una familia violenta o negligente. Culpar automáticamente a las familias simplifica demasiado el problema y puede hacer que los padres se defiendan en lugar de colaborar.

La pregunta más útil no es únicamente qué ha ocurrido en la familia, sino qué necesita revisar y aprender ahora todo el sistema que rodea al menor.

8. Falta de límites, supervisión o consecuencias coherentes

Los menores necesitan saber que los adultos conocen su vida, establecen límites y actúan cuando se cruzan determinadas líneas.

Una educación excesivamente permisiva, una supervisión insuficiente, unas normas cambiantes o unas consecuencias que nunca se cumplen pueden dificultar la interiorización de la responsabilidad.

Pero también puede ocurrir lo contrario. Una educación autoritaria basada en el miedo, el control y la obediencia puede transmitir que quien tiene más poder está legitimado para imponerse sobre quien tiene menos.

Un límite adecuado no abandona ni humilla. Detiene la conducta, protege a la víctima y ayuda al menor responsable a comprender lo sucedido, asumir las consecuencias y reparar el daño cuando sea posible.

9. La diferencia entre el hijo que conocemos y su comportamiento con el grupo

Cuando una madre o un padre afirma que no sabía nada, es posible que esté diciendo la verdad.

Los adolescentes pueden ocultar conversaciones, borrar mensajes, utilizar cuentas alternativas y comportarse de forma diferente según el contexto. En casa pueden mostrarse tranquilos y afectuosos; con determinados amigos, participar en dinámicas que su familia no reconocería.

No haberse enterado antes no convierte automáticamente a los padres en negligentes.

La cuestión decisiva es qué hacen cuando se enteran.

Negar los hechos, minimizar la conducta, culpar a la víctima o preocuparse únicamente por defender la imagen del hijo impide cualquier cambio. Una respuesta responsable comienza aceptando la posibilidad de que el menor haya hecho algo grave, aunque resulte doloroso y no encaje con la imagen que la familia tenía de él.

10. Una cultura escolar que no interviene a tiempo

El acoso no se mantiene únicamente por la conducta de quien agrede. Necesita un contexto que permita su continuidad.

Cuando las burlas se consideran «cosas de niños», las peticiones de ayuda se interpretan como exageraciones, la víctima debe demostrar repetidamente lo sucedido o las medidas se limitan a pedir que ambas partes «hagan las paces», el desequilibrio de poder permanece.

Los centros educativos necesitan protocolos claros, vías seguras para comunicar lo que ocurre, supervisión de los espacios menos estructurados y una intervención que incluya al grupo.

No basta con trasladar a la víctima de clase, pedirle que ignore las provocaciones o aconsejarle que se defienda. La responsabilidad de detener el acoso nunca puede recaer sobre quien lo está sufriendo.

11. El papel de quienes observan

El bullying no es solamente una relación entre quien agrede y quien es agredido. En muchas situaciones hay otras personas que observan y cuya reacción influye directamente en lo que sucede.

Algunas ayudan activamente a quien agrede. Otras ríen, animan, graban o comparten. Muchas permanecen en silencio porque tienen miedo o no saben qué hacer.

La risa proporciona aprobación.

La grabación ofrece una audiencia.

La difusión multiplica la humillación.

El silencio puede ser interpretado como permiso.

No todas estas conductas tienen la misma gravedad, pero ninguna es completamente neutral.

También debemos reconocer que muchos espectadores sienten miedo. Por eso no basta con decirles: «Deberías haberlo impedido». Necesitan aprender formas seguras de actuar: pedir ayuda, acompañar a la víctima, informar a un adulto de confianza, conservar pruebas sin difundirlas y negarse a convertir el daño en entretenimiento.

El grupo puede reforzar el acoso, pero también puede detenerlo.

12. Las redes sociales y la conversión del daño en espectáculo

Antes, algunas agresiones terminaban cuando la víctima regresaba a casa. Hoy el daño puede continuar durante las veinticuatro horas.

Las redes sociales amplían la audiencia, aceleran la difusión y generan una falsa sensación de distancia. A través de una pantalla, el sufrimiento puede parecer menos real. Los comentarios, las visualizaciones y los «me gusta» pueden convertir la humillación en una forma de reconocimiento social.

Grabar una agresión no es un acto neutral. Puede aumentar el poder de quien agrede y prolongar el daño mucho después de que termine el ataque.

Compartir un vídeo para denunciar lo ocurrido también puede perjudicar a la víctima. Aunque la intención sea condenar la violencia, cada reproducción vuelve a exponer su miedo, su dolor y su humillación.

Denunciar no exige difundir.

13. Los prejuicios y el rechazo hacia la diferencia

El aspecto físico, el origen, la orientación sexual, la identidad, la discapacidad, la manera de hablar, la situación económica, los gustos o cualquier característica percibida como diferente pueden utilizarse para seleccionar a una víctima.

Pero la diferencia no provoca el acoso.

Lo provoca quien decide convertirla en motivo de desprecio y el contexto que lo consiente.

Cuando en una familia, un centro educativo o una comunidad se normalizan comentarios racistas, clasistas, machistas, homófobos, capacitistas o humillantes, los menores reciben el mensaje de que algunas personas merecen menos respeto.

Prevenir el bullying también exige educar activamente en diversidad, dignidad y convivencia.

14. La deshumanización de la víctima

Para mantener la violencia, quien agrede suele construir una narración que la justifique:

«Se lo buscó».

«Es insoportable».

«Todo el mundo la odia».

«Solo era una broma».

«Exagera para llamar la atención».

Estas frases reducen la culpa y permiten continuar. La víctima deja de ser percibida como una persona con emociones, vínculos, miedo y dignidad, y se convierte en «la rara», «la pesada» o «la que sobra».

Una intervención eficaz debe romper esa deshumanización. Pero no debe hacerlo obligando prematuramente a la víctima a enfrentarse a quienes la dañaron, perdonar o aceptar una mediación para la que todavía no está preparada.

No solo debemos preocuparnos de que nuestros hijos no sufran bullying

Cuando se habla de acoso escolar, es comprensible que las familias se pregunten primero si su hijo puede estar siendo víctima:

¿Lo excluyen?

¿Se burlan de él?

¿Le amenazan?

¿Está sufriendo en silencio?

Son preguntas necesarias, pero no pueden ser las únicas.

También debemos preguntarnos cómo trata nuestro hijo a los demás cuando no estamos delante.

¿Se ríe cuando humillan a alguien?

¿Participa en grupos donde se señala o se excluye?

¿Difunde rumores, fotografías o vídeos?

¿Graba en lugar de pedir ayuda?

¿Utiliza información íntima para hacer daño?

¿Se une al grupo para no quedarse fuera?

¿Guarda silencio por miedo?

¿Llama «broma» a algo que está haciendo sufrir a otra persona?

A menudo los adultos nos preocupamos por criar hijos capaces de defenderse, poner límites y pedir ayuda. Pero también necesitamos educarlos para que no utilicen su fuerza, su popularidad, su grupo o las redes para dañar a otros.

La tarea de una familia no consiste únicamente en proteger a su hijo de quienes puedan hacerle daño. También consiste en enseñarle a no convertirse en quien humilla, excluye, amenaza, graba, comparte o celebra el sufrimiento ajeno.

No basta con decir:

«Mi hijo nunca haría eso».

«Lo conozco perfectamente».

«Seguro que le provocaron».

«Solo estaba mirando».

«Él no pegó a nadie».

Negar lo ocurrido puede proteger momentáneamente a los padres de la culpa, la vergüenza o el desconcierto, pero deja desprotegida a la víctima e impide que el propio hijo asuma responsabilidades y cambie.

Educar también es atreverse a formular una pregunta incómoda:

¿Cómo trata mi hijo a los demás cuando cree que ningún adulto está mirando?

Estas conversaciones deben producirse antes de que aparezca un problema. Podemos preguntar:

«¿Hay alguien en vuestra clase a quien estén dejando de lado?».

«¿Qué ocurre en vuestro grupo cuando alguien es diferente?».

«¿Alguna vez te has reído para que no se rieran de ti?».

«¿Se ha compartido algún vídeo para avergonzar a alguien?».

«¿Qué podrías hacer sin ponerte en peligro si presenciaras una agresión?».

«¿A qué adulto pedirías ayuda?».

«¿Cómo crees que se siente esa persona cuando los demás se ríen?».

Educar no es asegurarle a un hijo que siempre tiene razón. Tampoco es evitarle cualquier consecuencia. En ocasiones, la forma más responsable de proteger su desarrollo consiste en ayudarle a mirar de frente lo que ha hecho, asumir el daño causado y aprender otra manera de relacionarse.

No solo necesitamos criar hijos que sepan pedir ayuda cuando los dañan. También hijos capaces de reconocer cuándo están dañando, detenerse, reparar y no utilizar al grupo como excusa.

¿Qué deben hacer los padres cuando descubren que su hijo ha participado?

El primer impulso puede ser negarlo, justificarlo o sentir que lo sucedido cuestiona toda la educación familiar.

Pero defender a un hijo no significa protegerlo de las consecuencias de sus actos.

Significa ayudarlo a detener una conducta que puede dañar gravemente a otra persona y comprometer su propio desarrollo.

Los padres necesitan conocer los hechos completos, hablar con el centro educativo y con los profesionales implicados, revisar el teléfono y las redes cuando sea necesario y establecer límites claros.

Conviene evitar dos extremos: la minimización y la humillación.

Decir «no ha sido para tanto» impide asumir el daño. Pero decirle «eres una persona horrible» tampoco enseña responsabilidad. Una persona no es exactamente lo mismo que la conducta que ha realizado, aunque esa conducta sea grave.

Es más útil transmitir:

«Lo que has hecho es grave».

«No voy a justificarlo».

«Necesito comprender qué ocurrió».

«Vas a asumir las consecuencias».

«Vamos a trabajar para que no vuelva a suceder».

«Reparar no consiste únicamente en pedir perdón».

Una disculpa puede formar parte del proceso, pero no debe utilizarse como una manera rápida de cerrar el caso. La víctima no tiene obligación de aceptarla, perdonar ni participar en una mediación.

Cuando existe un desequilibrio de poder, forzar un encuentro entre ambas partes puede aumentar el daño. La reparación debe estar guiada por profesionales, respetar la seguridad de la víctima y no responder solamente a la necesidad de aliviar la culpa de quien agredió.

Quien acosa también necesita intervención

Proteger prioritariamente a la víctima no está reñido con ayudar al menor que ha agredido.

Una sanción puede ser necesaria, pero difícilmente será suficiente si no se trabaja aquello que sostiene la conducta: la búsqueda de poder, la presión del grupo, la falta de empatía, la impulsividad, la necesidad de aprobación, la exposición a violencia, las dificultades familiares o la ausencia de límites.

El objetivo no es evitarle las consecuencias. Es conseguir que comprenda el daño, desarrolle responsabilidad, aprenda formas diferentes de relacionarse y pueda cambiar.

El menor que acosa necesita límites, consecuencias, supervisión y ayuda. Comprender su historia no significa situarlo al mismo nivel que la víctima ni confundir las responsabilidades.

Los comportamientos de acoso no tienen por qué definir para siempre la identidad de un menor. Pero el cambio exige una intervención adulta firme, sostenida y coordinada.

La víctima no necesita consejos para ser más fuerte: necesita estar segura

Ante el acoso todavía se escuchan frases como:

«No les hagas caso».

«Defiéndete».

«Tienes que hacerte respetar».

«Procura no quedarte sola».

«Seguro que algo habrás hecho».

Estas respuestas desplazan la responsabilidad hacia quien está sufriendo y pueden hacer que se sienta culpable por no haber sabido detener algo que estaba fuera de su control.

La prioridad debe ser interrumpir el contacto, valorar el riesgo, preservar las pruebas, proteger su intimidad, ofrecer apoyo psicológico cuando sea necesario y garantizar que pueda continuar su vida escolar sin miedo.

La víctima necesita ser creída.

Necesita escuchar con claridad que no es culpable.

Necesita saber que no tiene que resolver sola la situación.

Y necesita comprobar que los adultos no se limitan a escuchar, sino que actúan.

Comprender no es justificar

Preguntarnos por qué un niño o un adolescente hace bullying no pretende suavizar la gravedad de sus actos.

Comprender permite intervenir antes y mejor.

Podemos reconocer que un menor tiene una historia, unas necesidades y unas dificultades y, al mismo tiempo, afirmar con absoluta claridad que ninguna de ellas le da derecho a humillar, amenazar, excluir o agredir.

Podemos proteger a la víctima sin deshumanizar a quien agrede.

Podemos exigir responsabilidad sin convertir a un menor en un monstruo irrecuperable.

Podemos ayudar a quien ha agredido sin confundirlo con quien ha sufrido la agresión.

Y podemos pedir a las familias, los centros educativos, las instituciones, las plataformas digitales y al conjunto de la sociedad que dejen de tratar el bullying como un problema privado entre menores.

El acoso es una dinámica colectiva.

Se alimenta del poder, el miedo, la necesidad de pertenecer, los prejuicios, la ausencia de límites, la pasividad de los espectadores, la difusión digital y la tardanza de los adultos.

Por eso también debe detenerse colectivamente.

-No compartamos las imágenes.

-No mostremos los rostros.

-No investiguemos la vida de los menores en las redes.

-No convirtamos el dolor de una víctima en entretenimiento.

Utilicemos estos casos para mirar más allá del vídeo y formularnos preguntas más incómodas y necesarias:

¿Están haciendo daño a mi hijo?

Pero también:

¿Podría mi hijo estar dañando a alguien?

¿Qué estamos enseñando, permitiendo o dejando de ver para que un menor llegue a sentir que humillar a otra persona le proporciona poder?

Comprender no es justificar.

Es proteger, responsabilizar, educar e intervenir.

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Artículos autocuidado bienestar Psicología del Deporte

Cuando tu mente no confía ¿cómo puedes rendir?

La confianza es una consecuencia de cómo interpreta el cerebro la experiencia, de cómo responde el sistema nervioso al error y de las creencias que la persona ha construido sobre sí misma. Desde una perspectiva de psicología deportiva y EMDR, el trabajo puede ser muy profundo y, en muchos casos, más eficaz que limitarse a enseñar técnicas de motivación o pensamiento positivo.

Y aunque este artículo está centrado en el deporte seguro que aunque no seas deportista te puedes sentir identificada/o

Algunas de las áreas más importantes serían:

1. ¿Qué ha roto la confianza?

La confianza casi nunca desaparece de la nada. Conviene explorar cuándo comenzó.

  • Una lesión.
  • Un error importante.
  • Una mala temporada.
  • Un cambio de entrenador.
  • Haber pasado de ser el mejor a competir con deportistas de mayor nivel.
  • Críticas constantes.
  • Fracasar en una competición importante.
  • Compararse continuamente.

Con EMDR muchas veces encontramos que el cerebro sigue reaccionando como si aquel error siguiera ocurriendo hoy.

2. Experiencias anteriores que siguen activas

A veces el problema no nace en el deporte.

Puede haber recuerdos de infancia como:

  • “Nunca haces nada bien.”
  • Comparaciones con hermanos.
  • Padres muy exigentes.
  • Entrenadores humillantes.
  • Bullying.
  • Fracasos escolares.

Cada nueva competición reactiva esas antiguas experiencias.

El deportista cree que tiene miedo a competir, cuando en realidad su sistema nervioso está reviviendo sensaciones mucho más antiguas.

3. Creencias negativas sobre uno mismo

Es frecuente encontrar pensamientos como:

  • No soy suficiente.
  • Voy a fallar.
  • Todos son mejores.
  • No puedo con la presión.
  • Tengo que demostrar constantemente mi valor.
  • Si fallo decepcionaré a todos.
  • Solo valgo cuando gano.

EMDR permite trabajar el origen de estas creencias y sustituirlas por otras que el cerebro pueda integrar de forma auténtica, no como simples afirmaciones positivas.

4. El miedo al error

Muchos deportistas no juegan para ganar.

Juegan para no equivocarse.

Y eso cambia completamente la manera de competir.

Cuando el objetivo pasa a ser evitar el fallo:

  • aumenta la tensión,
  • disminuye la creatividad,
  • aparecen bloqueos,
  • se juega con miedo.

5. Regulación del sistema nervioso

La confianza también es fisiología.

Si el sistema nervioso entra en hiperactivación:

  • aumenta la tensión muscular,
  • empeora la coordinación,
  • disminuye la atención,
  • aparecen pensamientos catastróficos.

Por eso se trabaja con:

  • respiración,
  • mindfulness,
  • grounding,
  • regulación vagal,
  • conciencia corporal,
  • recuperación tras errores.

No solo para relajarse, sino para mantener un nivel óptimo de activación.

6. El diálogo interno

Muchos deportistas hablan consigo mismos de una forma que jamás utilizarían con un compañero.

Se dicen:

  • Eres un desastre.
  • Ya la has vuelto a liar.
  • No sirves para esto.

Aprender a cambiar ese diálogo no significa engañarse, sino desarrollar una voz interna que ayude a rendir incluso cuando las cosas no salen como esperan.

7. Perfeccionismo

Detrás de muchas faltas de confianza encontramos un perfeccionismo muy elevado.

No disfrutan.

Solo evalúan.

Cada entrenamiento es un examen.

Cada competición es un juicio.

Cada error confirma que “no son suficientes”.

8. Identidad

Algunos deportistas dejan de ser personas para convertirse únicamente en deportistas.

Su valor depende del resultado.

Cuando pierden sienten que fracasan ellos, no que han perdido una competición.

Uno de los trabajos más importantes consiste en separar:

Soy una persona que practica un deporte.

No:

Mi valor depende de cómo compita.

9. Presión externa

Familia.

Entrenadores.

Redes sociales.

Expectativas.

Patrocinadores.

A veces el problema no es competir.

Es sentir que cualquier fallo decepcionará a alguien.

10. Atención y concentración

Cuando la confianza baja, la atención suele dirigirse a:

  • lo que puede salir mal,
  • el rival,
  • el marcador,
  • el error anterior,
  • el juicio de los demás.

El entrenamiento psicológico busca devolver la atención al presente y a aquello que el deportista puede controlar en cada momento.

11. Lesiones y miedo a recaer

Tras una lesión es frecuente que el cuerpo esté recuperado, pero el cerebro no.

El deportista puede:

  • evitar ciertos movimientos,
  • competir con miedo,
  • perder agresividad,
  • sentir que “ya no es el mismo”.

EMDR cuenta con evidencia para ayudar a reprocesar experiencias traumáticas relacionadas con lesiones y facilitar una vuelta más segura desde el punto de vista psicológico.

12. Recuperarse después del error

Los grandes deportistas no son los que nunca fallan.

Son los que consiguen volver al presente rápidamente.

Se entrena:

  • aceptar el error,
  • regular la activación,
  • recuperar el foco,
  • evitar que un fallo provoque una cadena de errores.

Porque muchas competiciones no se pierden por el primer error, sino por todo lo que ocurre mentalmente después.

El objetivo final

El objetivo no es que el deportista deje de sentir nervios. Los nervios forman parte de competir.

El verdadero objetivo es que pueda confiar en sí mismo incluso cuando aparecen dudas, cometer errores sin que estos definan quién es y rendir desde la presencia, no desde el miedo. Cuando el sistema nervioso deja de vivir la competición como una amenaza constante y las experiencias que alimentaban la inseguridad se procesan adecuadamente, la confianza deja de depender del último resultado y empieza a convertirse en una forma más estable de relacionarse consigo mismo.

Si quieres saber más de EMDR además del enlace que te dejé arriba tienes un podcast aquí

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Los mejores equipos no solo existen en el deporte.

No todos los equipos juegan en un estadio. Algunos juegan cada día en casa, en el trabajo, con la pareja o entre amigos. La diferencia entre desgastarse o crecer juntos suele depender de cómo jugamos ese partido. Estas preguntas pueden ayudarte a mirar a tu equipo con otros ojos.

❤️ Pareja

  • ¿Estamos jugando en el mismo equipo o intentando ganar discusiones?
  • ¿Nuestro objetivo es tener razón o entendernos?
  • ¿Qué podríamos conseguir si colaboráramos más y compitiéramos menos?
  • ¿Nos recordamos que estamos en el mismo lado del campo?

👨‍👩‍👧 Familia

  • ¿En casa se siente que todos remamos en la misma dirección?
  • ¿Qué une realmente a nuestra familia además de compartir un apellido?
  • ¿Cómo resolvemos los conflictos: como rivales o como un equipo?
  • ¿Qué necesita nuestra familia para sentirse más unida?

💼 Trabajo

  • ¿Mi equipo comparte un propósito o solo comparte una oficina?
  • ¿Celebramos los logros de los demás o competimos constantemente?
  • ¿Qué cambiaría si todos sintiéramos que el éxito es colectivo?
  • ¿Estoy contribuyendo al equipo o solo cumpliendo mi parte?

👥 Amigos

  • ¿Con qué personas siento que puedo ser yo sin competir?
  • ¿Quién celebra mis éxitos como si fueran propios?
  • ¿Estoy cuidando las amistades que realmente suman a mi vida?
  • ¿Qué hace que un grupo de amigos se convierta en un verdadero equipo?

⚽ Reflexión final

  • Si el fútbol puede unir a millones de personas durante 90 minutos… ¿qué podría unir más a las personas que forman parte de tu vida?
  • ¿Cuál es el objetivo común que une a tu pareja, tu familia, tus amigos o tu equipo de trabajo?
  • ¿Qué pasaría si dejáramos de preguntarnos quién tiene razón y empezáramos a preguntarnos qué necesita nuestro equipo para ganar?
  • ¿En qué equipo de tu vida hace falta empezar a jugar juntos y dejar de jugar unos contra otros?

Un abrazo.

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10 formas de cuidar tu sistema nervioso

Porque muchas veces el problema no es que seas débil. Es que llevas demasiado tiempo viviendo en alerta.

“Solo quiero sentirme tranquila.”

Es una de las frases que más escucho en consulta.

Y normalmente llega acompañada de otras muchas:

“Estoy siempre cansada.”

“Me sobresalto por cualquier cosa.”

“No consigo desconectar.”

“Mi cabeza no para.”

“Sé que no hay peligro, pero mi cuerpo actúa como si lo hubiera.”

Si alguna de estas frases resuena contigo, quiero decirte algo importante:

Quizá no necesites esforzarte más.

Quizá tu sistema nervioso necesite sentirse más seguro.

Durante mucho tiempo hemos pensado que la ansiedad, el estrés o el agotamiento eran simplemente problemas de la mente.

Hoy sabemos que también tienen mucho que ver con nuestro cuerpo y con nuestro sistema nervioso.

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, hay algo que repito con frecuencia:

No podemos pedir calma a un sistema nervioso que siente que sigue en peligro.

Y esa diferencia cambia completamente la forma de entender lo que nos ocurre.

¿Qué es exactamente el sistema nervioso?

Imagina que dentro de ti existe un gran detector de seguridad. Su trabajo consiste en responder continuamente a una pregunta:

“¿Estoy a salvo?”

Si la respuesta es sí…

Respiras con calma.

Piensas con claridad.

Duermes mejor.

Te relacionas con facilidad.

Disfrutas.

Aprendes.

Creas.

Pero si interpreta que existe una amenaza…Todo cambia.

Tu corazón se acelera.

Tus músculos se tensan.

Respiras peor.

La mente empieza a anticipar problemas.

Y tu cuerpo entra en modo supervivencia.

Lo curioso es que ese peligro no siempre está delante de nosotros.

A veces pertenece al pasado. Y el sistema nervioso sigue reaccionando como si todavía estuviera ocurriendo.

Por eso comprenderlo es tan importante.

Porque dejamos de preguntarnos:

“¿Qué me pasa?”

Para empezar a preguntarnos:

“¿Qué necesita mi sistema nervioso?”

1. Dormir lo suficiente

Dormir no es un lujo.

Es el momento en que el cerebro se limpia, reorganiza recuerdos, regula emociones y recupera energía.

de una mala noche solemos estar más irritables, más impulsivos y más sensibles al estrés.

No es casualidad. Nuestro sistema nervioso tiene menos recursos para responder.

Dormir bien es uno de los mejores regalos que podemos hacerle.

2. Respirar despacio y por la nariz

Respiramos miles de veces al día.

Pero pocas personas saben que la forma en que respiramos cambia la forma en que se siente nuestro sistema nervioso.

Cuando respiramos rápido y por la boca enviamos una señal de alerta.

Cuando respiramos lentamente y por la nariz favorecemos un estado de mayor seguridad fisiológica.

No solucionará todos los problemas. Pero sí puede ayudar a que tu cuerpo deje de interpretar que necesita estar preparado para sobrevivir.

Tienes aquí mi taller Aprender a respirar por la nariz.

3. Mueve tu cuerpo

Nuestro organismo nació para moverse. No para permanecer diez horas sentado delante de una pantalla.

Caminar.

Bailar.

Montar en bicicleta.

Nadar.

Hacer fuerza.

Todo movimiento ayuda a descargar tensión acumulada y favorece la regulación del sistema nervioso. No hace falta hacerlo perfecto.

Hace falta hacerlo con cierta frecuencia.

4. Regálate naturaleza

¿Has notado alguna vez cómo cambia tu respiración cuando caminas por un bosque o escuchas el mar? La naturaleza disminuye la activación fisiológica y facilita que nuestro organismo salga del modo supervivencia.

Diez minutos bajo un árbol hacen más por nuestro sistema nervioso que una hora mirando el móvil.

5. Aprende a poner límites

Decir siempre que sí también cansa al sistema nervioso.

Vivir intentando agradar.

Responder inmediatamente.

Estar disponible para todo el mundo.

No querer decepcionar.

Todo eso mantiene al organismo en un estado continuo de exigencia.

Los límites no alejan a las personas adecuadas.

Protegen tu bienestar.

6. Rodéate de personas con las que puedas bajar la guardia

Nos regulamos mucho más de lo que imaginamos a través de otras personas. Una conversación tranquila.

Una mirada de comprensión.

Un abrazo.

Sentirnos escuchados.

El sistema nervioso también aprende seguridad a través del vínculo.

Por eso elegir bien con quién compartimos la vida también es autocuidado.

7. Haz pausas antes de que tu cuerpo las imponga

Muchas personas solo descansan cuando ya no pueden más.

Cuando aparece la ansiedad.

Cuando enferman.

Cuando el cuerpo dice basta.

Pero el descanso no debería llegar solo después del agotamiento.

Las pausas pequeñas también regulan.

Cinco minutos respirando.

Un café sin móvil.

Mirar por la ventana.

Caminar un poco.

No hace falta esperar a romperse para empezar a cuidarse.

8. Practica mindfulness

Mindfulness no consiste en dejar la mente en blanco.

Consiste en volver al momento presente una y otra vez.

Cuando entrenamos la atención dejamos de vivir constantemente atrapados entre el pasado y el futuro.

Y eso también ayuda al sistema nervioso a encontrar momentos de calma.

No necesitamos meditar una hora.

A veces bastan cinco minutos de presencia real.

Como instructora en mindfulness acompañado con diferentes iniciativas online en vivo. Si estás interesada escríbeme yolanda@yolandacuevas.es

9. Procesa aquello que todavía duele

Hay experiencias que el tiempo no termina de resolver.

Infancias difíciles.

Pérdidas.

Accidentes.

Abandono.

Situaciones de miedo.

Nuestro cerebro puede seguir reaccionando como si aquello todavía estuviera ocurriendo.

Por eso descansar, respirar o hacer ejercicio a veces no es suficiente.

En esos casos necesitamos procesar lo vivido. Aquí es donde terapias como EMDR pueden marcar una gran diferencia. No porque borren el pasado sino porque ayudan al cerebro a dejar de vivirlo como si siguiera ocurriendo hoy.

Muchas personas describen ese cambio con una frase preciosa:

“Lo recuerdo… pero ya no lo siento igual.” Y eso transforma profundamente la manera de vivir.

Aquí te dejo un podcast donde hablo sobre ello.

10. Háblate como hablarías a alguien que quieres

Hay personas que hacen meditación.

Respiran.

Van al gimnasio.

Pero después se pasan el día diciéndose:

“No llego.” “Soy un desastre.” “Nunca hago suficiente.”

Nuestro diálogo interno también regula nuestro sistema nervioso.

Cada palabra que nos dirigimos deja una huella.

La amabilidad no elimina los problemas. Pero crea un lugar mucho más seguro desde el que afrontarlos.

Una pregunta que puede cambiar muchas cosas. La próxima vez que notes ansiedad, tensión o agotamiento…

En lugar de preguntarte “¿Qué me pasa?”

Prueba a preguntarte:

“¿Qué necesita mi sistema nervioso en este momento?”

Quizá necesite descanso.

Quizá movimiento.

Quizá compañía.

Quizá silencio.

Quizá ayuda.

Quizá simplemente sentirse seguro.

Vivimos en una sociedad que nos enseña a exigirnos mucho. Pero muy pocas veces nos enseña a regularnos.

Nos esforzamos por ser más productivos. Más eficientes. Más fuertes. Cuando quizá la verdadera pregunta sea otra.

¿Estoy cuidando el sistema que sostiene toda mi vida?

Porque un sistema nervioso regulado no hace que desaparezcan los problemas. Pero sí cambia profundamente la forma en que somos capaces de afrontarlos.

Y quiero que recuerdes algo:

Tu sistema nervioso no necesita que seas más fuerte. Necesita sentirse más seguro.

Y esa seguridad, poco a poco, también puede aprenderse. Porque sanar no siempre consiste en hacer más. Muchas veces consiste en empezar a tratarnos con la calma, el cuidado y la comprensión que llevamos tanto tiempo necesitando.

Un abrazo y espero que te ayude a reflexionar, entenderte y saber por donde empezar.

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