Yolanda Cuevas Ayneto

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Qué decir (y qué no decir) cuando un amigo tiene problemas psicológicos.

Reflexión para adolescentes y jóvenes, y para todos.

Durante la adolescencia y la juventud se viven muchas cosas intensas: cambios, dudas, presión social, expectativas, miedos, primeras pérdidas. No es extraño que, en algún momento, un amigo o una amiga empiece a apagarse, a aislarse, a estar triste casi todo el tiempo o a decir que no puede más. En unos casos se tiene un amigo/a con depresión en otras ansiedad, trastornos alimentarios, trastornos de conducta…y no sé sabe qué hacer, decir, no decir…en definitiva acompañar en un momento tan difícil a un amigo/a.

Una pregunta muy común:
¿Cómo le ayudo sin empeorar las cosas? Porque ni en el cole, instituto o en casa me lo han enseñado.

Cuando alguien que quieres no está bien

La mayoría de jóvenes quiere ayudar. El problema es que nadie nos enseña cómo acompañar el sufrimiento emocional. Aprendemos a escuchar problemas prácticos, pero no emociones profundas como la tristeza, la ansiedad o la desesperanza.

Por eso, muchas veces, desde el cariño, decimos frases que parecen positivas pero que pueden doler:

  • “No es para tanto”
  • “Tienes que ser fuerte”
  • “Todo el mundo pasa por eso”
  • “Pon más de tu parte”
  • “Anímate”

Estas frases no suelen ayudar porque hacen que la persona se sienta incomprendida o invalidada, como si lo que siente estuviera mal o fuera exagerado. Lo que genera rabia, frustración, impotencia, distancia…

Lo que sí ayuda: aprender a estar

Acompañar a alguien con depresión o malestar psicológico no es tener las palabras perfectas, es tener una actitud clara.

Algunas claves importantes:

  • Escucha más de lo que hablas. No hace falta responder a todo.
  • Valida lo que siente, aunque no lo entiendas del todo:
    “Siento que estés así”, “Debe ser muy duro para ti”.
  • Evita comparar con otras personas o situaciones.
  • Respeta su ritmo, pero no desaparezcas.

A veces, un simple “Estoy aquí contigo” es más poderoso que cualquier consejo.

Acompañar no es cargar con todo

Algo muy importante: no eres responsable de curar a tu amigo o amiga.
Acompañar no significa convertirte en su terapeuta ni guardar secretos que te superan.

Si tu amigo/a:

  • habla de hacerse daño
  • dice que no quiere vivir
  • se aísla completamente
  • o notas que la situación te desborda,

pedir ayuda a un adulto de confianza o a un profesional no es traicionar. Es cuidar. A veces, es la mejor forma de ayudar de verdad.

Cuidarte también es importante

Estar cerca de alguien que sufre puede afectar mucho. Puedes sentir culpa, miedo, cansancio o frustración. Eso no te hace mala persona, te hace humano.

Pregúntate también:

  • ¿Cómo estoy yo con esto?
  • ¿Tengo con quién hablar?
  • ¿Hasta dónde puedo acompañar sin hacerme daño?

Cuidar de otro no debería implicar dejarte de lado.

En un mundo donde parece que siempre hay que estar bien, hablar de depresión sigue siendo difícil. Pero el silencio duele más que la imperfección.

Aprender qué decir, qué no decir y cuándo pedir ayuda es una habilidad emocional fundamental.
Hablar de salud físico-mental entre amigos puede fortalecer vínculos, aliviar soledad y, en algunos casos, salvar vidas.

Si eres adolescente o joven, recuerda:
👉 No necesitas saberlo todo para acompañar bien.
👉 Tu presencia importa.
👉 Y pedir ayuda también es una forma de querer.

Un abrazo a todos.

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Día del padre, una oportunidad.

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Hoy, en el Día del Padre, es una oportunidad para mirar esta relación con más profundidad. Porque hablar de padres no es hablar solo de amor incondicional o de agradecimiento, también es abrir espacio a la complejidad.

Hay padres que han sabido acompañar, sostener y validar. Padres que enseñaron a expresar emociones, a confiar, a sentirse suficiente. Y hay otros que, desde sus propias limitaciones, ausencias o heridas, no pudieron hacerlo de la manera que un hijo necesitaba, necesita.

Y ambas realidades dejan huella.

La relación con nuestro padre influye en cómo nos comunicamos, en cómo gestionamos lo que sentimos, en la forma en que nos tratamos a nosotros mismos y a los demás. Puede marcar nuestra autoestima, nuestra forma de vincularnos, nuestra necesidad de control o nuestro miedo al rechazo. A veces, incluso, ese impacto aparece en forma de dolor que no siempre sabemos nombrar.

Pero entender esto no es para quedarnos atrapados en el pasado, sino para darle sentido.

Hablar de la relación entre padres e hijos es hablar de una de las experiencias más influyentes en la vida de una persona. No es una relación estática, cambia con el tiempo, evoluciona… pero también arrastra huellas que, si no se revisan, pueden acompañarnos durante años.

En la infancia, los hijos necesitan sentirse seguros, vistos y validados. Cuando esto ocurre, se construyen bases sólidas: una autoestima más sana, una mayor confianza en el mundo y una mejor capacidad para identificar y expresar emociones. Sin embargo, cuando predominan las críticas, la exigencia, la ausencia emocional o la invalidación, pueden aparecer sentimientos de inseguridad, miedo o la sensación de no ser suficiente. Muchos niños aprenden a silenciar lo que sienten o a adaptarse en exceso para recibir amor, sin entender del todo qué les ocurre.

Durante la adolescencia, la necesidad principal cambia: aparece la búsqueda de identidad y autonomía. Es una etapa intensa, donde las emociones se viven con mayor fuerza y la necesidad de ser comprendido se vuelve clave. Aquí, los conflictos con los padres suelen girar en torno a la comunicación, el control o la falta de límites claros. Algunos adolescentes se sienten incomprendidos o poco escuchados; otros, excesivamente controlados o, por el contrario, desorientados ante la falta de guía. En este momento vital, la forma en que los padres acompañan puede influir directamente en cómo el joven se percibe a sí mismo y en cómo aprende a relacionarse con la autoridad, los límites y su propio mundo emocional.

En la edad adulta, la relación con los se transforma. Es frecuente que emerjan con más claridad las heridas no resueltas: emociones como el resentimiento, la tristeza o la distancia. También pueden aparecer patrones aprendidos que se repiten en otras relaciones, como en la pareja o en la propia crianza. Dificultades para poner límites, una autoestima frágil o una necesidad constante de aprobación pueden tener su origen en esas primeras experiencias. A veces, además, surge un proceso más profundo: el duelo por lo que no fue, por aquello que se necesitó y no estuvo disponible.

Porque ser padre no es fácil. Cada uno educa con lo que recibió, con lo que pudo aprender y con las herramientas que tiene en ese momento. Pero tampoco es fácil ser hijo. Especialmente cuando lo emocional no ha sido acompañado como se necesitaba.

Por eso, este día puede ser también un espacio de conciencia.
Para agradecer lo que sí estuvo.
Para reconocer lo que dolió.
Y, sobre todo, para responsabilizarnos de lo que hacemos hoy con esa historia. Porque hoy hay muchos más recursos disponibles para hacerlo mejor.

Porque aunque no elegimos de dónde venimos, sí podemos elegir cómo seguimos. Podemos aprender a comunicarnos de otra manera, a relacionarnos desde un lugar más sano, a tratarnos con más respeto y a cortar dinámicas que no queremos repetir.

Y en ese proceso, a veces, también aparece algo importante: la posibilidad de mirar a nuestros padres con más humanidad. No para justificarlo todo, sino para comprender que, detrás de su forma de ser padres, también hay una historia. Y que no se trata de quien tienen razón sino de querer entender y respetar las razones por las que cada parte actúa como actúa.

Ahí es donde aparece la verdadera oportunidad: no en tener una historia perfecta, sino en ser capaces de comprenderla, integrarla y transformarla. Por ambas partes.

Hoy no es solo un día para celebrar.
Es un día para comprender, integrar y, si hace falta, empezar a sanar.

Te abrazo si eres padre, te abrazo si eres hijo.

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10 motivos para acudir a terapia de pareja

Muchas personas piensan que la terapia de pareja solo es necesaria cuando la relación está al borde de romperse. Sin embargo, la realidad es muy diferente. La terapia no solo sirve para “arreglar” problemas graves, sino también para entender la relación, mejorar la comunicación y fortalecer el vínculo emocional.

Cada relación atraviesa momentos de dificultad o desacuerdo, y muchas veces las parejas se ven atrapadas en patrones que se repiten: discusiones que no se resuelven, distancia emocional, sentimientos de incomprensión o conflictos que parecen no tener salida. Estos patrones no significan necesariamente que la relación esté “fracasando”, sino que existe un espacio de mejora y aprendizaje que, con ayuda profesional, puede transformarse en crecimiento para ambos.

Además, la terapia ofrece un espacio neutral, seguro y respetuoso para expresar emociones, reflexionar sobre necesidades propias y de la pareja, y tomar decisiones conscientes sobre la relación, lejos de juicios y reproches.

A continuación, algunos de los motivos más frecuentes por los que las parejas acuden a terapia:

1. Dificultades en la comunicación

Muchas parejas no tienen necesariamente grandes problemas, pero sí formas de comunicarse que terminan generando distancia o conflicto:

  • discusiones que se repiten una y otra vez
  • sentirse poco escuchado o comprendido
  • evitar ciertos temas por miedo a discutir
  • conversaciones que terminan en reproches o silencios

La terapia ayuda a aprender nuevas formas de comunicarse y escucharse.

2. Conflictos recurrentes que no se resuelven

Hay temas que se repiten durante años: organización de la casa, familia política, dinero, tiempo juntos, crianza…
La sensación suele ser: “Siempre acabamos discutiendo por lo mismo”.

La terapia permite entender qué hay realmente debajo de esos conflictos y cambiar la dinámica.

3. Distanciamiento emocional

Algunas parejas no discuten demasiado, pero sienten que la relación se ha vuelto más fría o distante:

  • menos conversaciones profundas
  • sensación de vivir como compañeros de piso
  • pérdida de complicidad o intimidad

La terapia puede ayudar a reconectar emocionalmente.

4. Crisis importantes en la relación

Algunas situaciones generan un impacto fuerte en la pareja:

  • infidelidades
  • mentiras o pérdida de confianza
  • crisis vitales o cambios importantes
  • momentos de replanteamiento de la relación

La terapia ofrece un espacio seguro para procesar lo ocurrido y decidir cómo seguir.

5. Diferencias en valores o proyectos de vida

A veces aparecen desacuerdos importantes sobre temas como:

  • tener o no hijos
  • forma de educarlos
  • estilo de vida
  • prioridades laborales o personales

La terapia ayuda a explorar estas diferencias y encontrar acuerdos o comprensiones mutuas.

6. Problemas relacionados con la intimidad o la sexualidad

Las dificultades en la vida sexual son más frecuentes de lo que se suele hablar y pueden generar frustración, inseguridad o distancia.
La terapia permite abordar estos temas con respeto y sin juicio.

7. Momentos de transición vital

Algunas etapas ponen a prueba la relación:

  • nacimiento de un hijo
  • adolescencia de los hijos
  • cambios laborales
  • enfermedad
  • duelo
  • jubilación

La terapia ayuda a adaptarse juntos a estos cambios.

8. Sentimiento de soledad dentro de la relación

Una de las frases más dolorosas que se escucha en consulta es:
“Me siento solo/a aunque esté en pareja.”

La terapia puede ayudar a comprender por qué aparece esa sensación y cómo reconstruir el vínculo.

9. Dudas sobre continuar o no con la relación

En ocasiones uno o ambos miembros de la pareja se plantean si quieren seguir juntos.
La terapia puede ayudar a clarificar sentimientos y tomar decisiones más conscientes, ya sea para fortalecer la relación o, si es necesario, despedirse de ella de manera respetuosa y sana, evitando heridas innecesarias y promoviendo un cierre que favorezca el crecimiento personal de ambos.

10. Crecer como pareja

No todas las parejas llegan en crisis. Algunas simplemente desean:

  • mejorar su relación
  • conocerse mejor
  • prevenir conflictos futuros
  • fortalecer su vínculo

La terapia puede ser un espacio de cuidado y crecimiento relacional, donde ambos miembros aprenden a comprenderse y acompañarse mutuamente de manera más consciente.

Una idea importante

Ir a terapia de pareja no significa que la relación esté fracasando.
Muchas veces significa justo lo contrario: hay suficiente compromiso como para querer entender lo que ocurre y cuidar el vínculo.

Y algo que muchas parejas descubren cuando empiezan es que no se trata de encontrar culpables, sino de comprender las dinámicas que se han ido creando entre ambos y decidir cómo evolucionar juntos… o separarse de manera consciente y respetuosa si eso es lo más saludable.

Te puede interesar leer la anterior entrada Aquí Cuando una quiere ir a terapia de pareja y el otro no.

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Cambio de amistades en la adolescencia

Querido padre y madre:

La adolescencia es una etapa en la que las amistades empiezan a tener un peso muy importante en la vida de los hijos. A través de ellas no solo comparten tiempo y experiencias, sino que también van construyendo su identidad, su autoestima y su manera de relacionarse con los demás.

En este proceso es normal que aparezcan cambios en los grupos de amigos, conflictos, decepciones o momentos en los que se sienten excluidos o tratados de una forma que les hace daño. Aunque para los adultos pueda parecer algo “propio de la edad”, para ellos suele ser vivido con mucha intensidad.

Por eso, más que intentar resolver rápidamente la situación o decirles qué deberían hacer, es muy valioso acompañarles a reflexionar sobre lo que sienten y sobre cómo les tratan las personas con las que se relacionan. Estas conversaciones les ayudan a desarrollar algo fundamental para su vida: aprender a reconocer relaciones que les hacen bien, fortalecer su autoestima y empezar a poner límites cuando algo no les hace sentir respetados.

Cuando los padres cuentan con herramientas para escuchar, preguntar y acompañar sin juzgar, se convierten en una base segura desde la que los hijos pueden aprender a elegir amistades más sanas y a cuidarse en sus relaciones.

Acompañar estos procesos no significa evitarles todas las dificultades, sino ayudarles a comprender lo que viven, poner palabras a sus emociones y aprender poco a poco a darse el valor que merecen en sus relaciones.

¿Estás preparado/a? ¿Sientes que antes necesitas trabajarte en ciertas habilidades?

Para ti, adolescente:

A lo largo de la vida vamos conociendo a muchas personas y no todas las amistades nos hacen sentir igual. Algunas nos hacen sentir tranquilas, valoradas y libres para ser quienes somos. Otras veces, en cambio, podemos sentirnos confundidas, poco escuchadas o como si tuviéramos que esforzarnos mucho para encajar.

Cuando algo así pasa, no significa que haya “algo mal” en ti. A veces simplemente estamos aprendiendo qué tipo de relaciones nos hacen bien y cuáles no encajan tanto con lo que necesitamos.

Por eso vamos a hacer un pequeño ejercicio de reflexión. La idea no es juzgar a nadie ni decidir rápidamente quién es bueno o malo, sino mirar con calma cómo te has sentido tú en tus diferentes amistades desde tu infancia. A veces, cuando comparamos nuestras experiencias, podemos entender mejor qué cosas nos hacen sentir bien, qué cosas nos duelen y qué tipo de personas nos gustaría tener cerca.

Tus sentimientos son una información muy valiosa. Escucharlos te puede ayudar a cuidarte, valorarte más y elegir relaciones donde te sientas respetada y tranquila siendo tú misma.

Vamos a empezar pensando primero en cómo fue tu experiencia con tus amigas anteriores y después en cómo te sientes con tus nuevas amigas.

Preguntas sobre sus amigas anteriores

  • ¿Cómo te sentías normalmente cuando estabas con tus amigas anteriores?
  • ¿Qué cosas te gustaban de esa amistad?
  • ¿Qué cosas te hacían sentir incómoda o triste?
  • ¿Te sentías escuchada cuando contabas algo importante para ti?
  • Cuando había un problema, ¿cómo lo resolvíais?
  • ¿Sentías que podías ser tú misma o a veces tenías que adaptarte para encajar?
  • ¿Había momentos en los que te sentías excluida o poco importante?
  • ¿Qué aprendiste de esas amistades?
  • Si pudieras cambiar algo de cómo te trataron, ¿qué sería?

Preguntas sobre las nuevas amigas

  • ¿Cómo te sientes cuando estás con tus nuevas amigas?
  • ¿Qué cosas hacen que te hacen sentir bien?
  • ¿En qué momentos sientes que te escuchan o te tienen en cuenta?
  • ¿Te sientes más libre para ser tú misma con ellas?
  • ¿Qué tipo de cosas hacéis juntas que disfrutas?
  • Cuando no estás con ellas, ¿cómo te quedas emocionalmente?
  • ¿Sientes que te respetan cuando dices lo que piensas?
  • ¿Qué es lo que más valoras de estas nuevas amistades?

Preguntas para comparar y tomar conciencia

  • Si comparas cómo te sentías antes y cómo te sientes ahora, ¿qué notas diferente?
  • ¿Con qué grupo te has sentido más tranquila siendo tú misma?
  • ¿Dónde has sentido más respeto hacia ti?
  • ¿En qué grupo te has sentido más valorada?
  • ¿Con quién te sientes más libre de decir lo que piensas?
  • ¿Qué tipo de amistades te gustaría seguir teniendo en tu vida?
  • ¿Qué has aprendido sobre lo que necesitas en una amistad?

¿Cómo te gustaría que fueran las amistades que te acompañen en tu vida?

Esta pregunta está creada para ayudarte  a conectar con sus valores y no solo con lo que ha pasado.

Ahora te propongo 3 ejercicios sencillos y muy poderosos.

  1. El termómetro de las amistades

Te invito a indagar como estásdespués de estar con cada grupo de amigas/os.

  • Cuando quedabas con tus amigas anteriores, ¿cómo te sentías al volver a casa?
  • ¿Con más energía o más cansada emocionalmente?
  • ¿Te sentías tranquila o con muchas dudas en la cabeza?
  • ¿Sentías que podías ser tú misma o que tenías que esforzarte mucho para encajar?

Ahora con las nuevas amigas/os:

  • ¿Cómo te sientes después de estar con ellas?
  • ¿Qué emociones aparecen más: alegría, tranquilidad, inseguridad, presión…?


¿Qué tipo de personas hacen que tu “termómetro emocional” suba y cuáles lo bajan?

2. Las amistades que suman y las que restan

Puedes dibujar dos columnas:

Amistades que suman                                         Amistades que restan

Preguntas para ayudarle a reflexionar:

  • ¿Qué hacen las personas que te hacen sentir bien?
  • ¿Cómo te tratan cuando cometes un error?
  • ¿Cómo te hablan?
  • ¿Cómo te sientes cuando estás con ellas?
  • ¿Qué hacen las personas que te hacen sentir pequeña o incómoda?
  • ¿Qué cosas hacen que te hagan dudar de ti?
  • ¿Qué comportamientos te hacen daño?


¿En qué columna pondrías a tus antiguas amigas? ¿Y a las nuevas?

3. La prueba de la mejor amiga

Este ejercicio ayuda mucho a despertar autoestima y límites.

Pregúntate:

  • Si tu mejor amiga estuviera viviendo exactamente lo que tú viviste con tus antiguas amigas, ¿qué le dirías?
  • ¿Le dirías que merece ese trato o que merece algo mejor?
  • ¿Qué consejo le darías?

Después:

  • ¿Te mereces tú algo diferente?
  • ¿Qué tipo de personas crees que encajan más con lo que tú mereces?

Crecer también significa ir descubriendo qué tipo de personas queremos cerca en nuestra vida. No todas las amistades duran para siempre, y eso no es un fracaso, sino parte del camino de conocernos mejor.

Cada experiencia con otras personas nos enseña algo: qué nos hace sentir bien, qué nos duele y qué tipo de relaciones nos ayudan a ser nosotros mismos. Escuchar cómo te sientes cuando estás con alguien es una forma muy importante de cuidarte.

Recuerda que mereces amistades donde te sientas respetado, escuchado y valorado. Personas con las que puedas reír, equivocarte, ser tú mismo y sentirte tranquilo.

A veces crecer también implica tomar decisiones valientes: poner límites, alejarte de lugares donde no te sientes bien y acercarte a quienes sí te tratan con respeto.

Porque rodearte de personas que te hacen bien no es solo una elección…
es una forma de darte el valor que mereces.

Te abrazo,

Yolanda Cuevas

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Cuando una quiere ir a terapia de pareja y el otro no.

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En consulta es muy frecuente escuchar una frase parecida a esta:

“Yo quiero que vayamos a terapia, pero mi pareja dice que él no tiene ningún problema.”

Muchas mujeres llegan con frustración, tristeza o sensación de soledad en la relación. Sienten que algo no está funcionando, que la comunicación se ha deteriorado o que ciertos conflictos se repiten una y otra vez. Pero cuando plantean la posibilidad de acudir a terapia, se encuentran con una negativa.

Esto puede generar mucho dolor y desconcierto.
¿Cómo es posible que uno quiera cuidar la relación y el otro no quiera hablar de lo que ocurre?

Sin embargo, la realidad suele ser bastante más compleja.

Detrás de esa resistencia, muchas veces no hay desinterés ni falta de amor por la relación, sino miedos, aprendizajes emocionales y mecanismos de defensa profundamente arraigados.

Por qué muchas mujeres están más predispuestas a acudir a terapia

No es casualidad que, en la mayoría de los casos, sea la mujer quien propone acudir a terapia.

Esto tiene mucho que ver con cómo hemos sido educados emocionalmente.

Tradicionalmente, las mujeres han recibido más permiso social para hablar de lo que sienten, compartir preocupaciones o pedir apoyo. Desde pequeñas suelen estar más expuestas a conversaciones emocionales: con amigas, familiares o en espacios de cuidado.

Esto hace que, cuando aparece un malestar en la relación, tiendan a buscar ayuda o espacios de reflexión con más facilidad.

No significa que sufran más que los hombres, pero sí que tienen más práctica en poner palabras a lo que sienten y en buscar apoyo cuando algo duele.

Por qué muchos hombres muestran más resistencia

Muchos hombres han crecido con mensajes muy distintos sobre el mundo emocional.

A muchos se les ha enseñado que:

  • hablar de emociones es innecesario o incómodo
  • mostrar vulnerabilidad es signo de debilidad
  • los problemas se solucionan solos o “tirando hacia adelante”
  • pedir ayuda significa que algo en uno está mal

Cuando una persona ha crecido con estas ideas, la terapia puede percibirse como una amenaza, incluso aunque no sea consciente de ello.

Pueden aparecer pensamientos como:

  • “Van a pensar que yo soy el problema”
  • “Me van a juzgar”
  • “No quiero remover cosas”
  • “Si hablamos de esto igual todo empeora”
  • “Yo estoy bien, no hace falta”

Desde fuera puede parecer desinterés, pero muchas veces se trata de un sistema de defensa que intenta protegerse de emociones que nunca aprendieron a manejar.

En términos de apego, no es extraño encontrar estrategias más evitativas, donde la persona ha aprendido a regularse distanciándose del malestar en lugar de explorándolo. Dejamos de hablar del tema.

La terapia no es un juicio

Una de las creencias más extendidas sobre la terapia de pareja es que se trata de un espacio donde alguien determina quién tiene razón y quién se equivoca.

Pero la terapia no funciona así. No es un juicio. No es un lugar para señalar culpables.

Es un espacio seguro y neutral donde poder comprender lo que está pasando entre los dos.

Muchas veces las parejas llegan pensando que su problema es la comunicación, pero en realidad detrás suele haber necesidades emocionales no expresadas, heridas antiguas o dinámicas relacionales que se han ido consolidando con el tiempo.

La terapia permite mirar esas dinámicas con más claridad y con menos defensividad.

Tener un espacio para pensar, sentir y expresar

En el día a día es muy difícil tener conversaciones profundas sin que aparezcan reproches, malentendidos o emociones intensas.

Las prisas, el cansancio, las responsabilidades familiares o laborales hacen que muchas conversaciones importantes se queden a medias o terminen en discusiones.

La terapia ofrece algo que muchas parejas no han tenido nunca:

un espacio protegido para parar y escucharse de verdad.

Un lugar donde cada persona pueda:

  • expresar lo que siente sin ser interrumpida
  • comprender qué le está pasando al otro
  • explorar necesidades emocionales que nunca se han puesto en palabras
  • identificar patrones que se repiten
  • aprender nuevas formas de comunicarse

A menudo, solo el hecho de poder hablar con calma y sentirse escuchado ya produce cambios importantes.

Cuando comprendemos, las defensas bajan

Desde enfoques basados en el apego y en el trabajo con trauma relacional, sabemos que muchas discusiones de pareja no son realmente sobre lo que parecen.

No se trata solo de quién recoge más en casa, quién dedica más tiempo a la familia o quién se equivoca en una discusión.

Muchas veces, debajo de esos conflictos aparecen preguntas mucho más profundas:

  • ¿Soy importante para ti?
  • ¿Puedo contar contigo cuando te necesito?
  • ¿Me ves y me entiendes?
  • ¿Estoy solo en esto o estamos juntos?

Cuando estas necesidades no se sienten seguras, el sistema nervioso se activa y aparecen defensas como el ataque, la crítica, la evitación o el silencio.

La terapia ayuda a entender estas reacciones desde otro lugar, reduciendo la sensación de amenaza y permitiendo que aparezcan conversaciones más honestas.

Los beneficios que muchas parejas descubren

Aunque al principio algunas personas llegan con dudas o incluso cierta resistencia, muchas parejas descubren que la terapia les ofrece algo muy valioso.

Entre los beneficios más habituales se encuentran:

  • comprender mejor las necesidades emocionales del otro
  • aprender a comunicarse sin entrar en escaladas de conflicto
  • identificar patrones que generan distancia
  • reparar heridas acumuladas en la relación
  • fortalecer la sensación de equipo
  • recuperar cercanía, intimidad y complicidad

En muchos casos, la terapia no solo mejora la relación de pareja, sino también la forma en que cada persona se comprende a sí misma.

A veces el proceso empieza por uno

También es importante saber que no siempre la pareja empieza la terapia al mismo tiempo.

En muchas ocasiones, una persona comienza el proceso individualmente, reflexiona sobre su forma de relacionarse, aprende nuevas maneras de comunicarse y esto poco a poco genera cambios en la dinámica de la relación.

Cuando la conversación cambia y el clima emocional se vuelve más seguro, muchas parejas terminan animándose a dar ese paso juntos.

Pedir ayuda es un acto de cuidado

Acudir a terapia no significa que la relación esté rota.

Significa que hay algo lo suficientemente importante como para querer entenderlo y cuidarlo. Y no olvidemos Momentos de transición vital que ponen a prueba la relación:

-nacimiento de un hijo

-adolescencia de los hijos

-independencia de los hijos

-cambios laborales

-enfermedad

-duelo

-jubilación

Las relaciones no vienen con un manual de instrucciones.
Todos traemos historias, aprendizajes emocionales y heridas que influyen en cómo nos relacionamos.

La terapia es simplemente un espacio para comprender mejor todo eso y encontrar nuevas formas de estar juntos.

Y muchas veces, el primer paso no es convencer al otro, sino abrir la posibilidad de mirar la relación con curiosidad y sin juicio.

Aquí te enlazo a otra entrada Diez motivos para acudir a terapia de pareja

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Para momentos de confusión por maltrato.

Querida,

Antes de hablar de ti, necesito hablar de algo importante: qué es realmente el maltrato.

El maltrato no es solo un golpe. No empieza necesariamente con violencia física. Muchas veces comienza con algo mucho más sutil: control, celos, críticas constantes, aislamiento, manipulación emocional.

El maltrato puede ser:

  • Psicológico: hacerte dudar de tu percepción, minimizar lo que sientes, llamarte exagerada, volverte insegura.
  • Emocional: alternar cariño con frialdad, castigarte con silencios, hacerte sentir culpable por su enfado.
  • Verbal: gritos, humillaciones, burlas disfrazadas de broma.
  • Económico: controlar el dinero, aprovecharse del negocio común, generar dependencia financiera.
  • Social: aislarte poco a poco de amistades o familia.
  • Físico: empujones, golpes, intimidación corporal.
  • Sexual: presión, chantaje o imposición.

El maltrato no es un momento puntual. Es un patrón.
Y suele seguir un ciclo: tensión, explosión, arrepentimiento, promesas, calma… y vuelta a empezar.

Muchas mujeres no lo identifican al principio porque el agresor no es violento todo el tiempo. Puede ser encantador, atento, vulnerable incluso. Puede tener heridas profundas, una biografía traumática, dificultades emocionales reales. Puede dar pena. Y tú quererle salvar, que contigo sea diferente.

Pero hay algo esencial que no debe confundirse nunca: comprender su dolor no significa justificar su violencia.

Nada justifica que alguien te controle, te haga sentir miedo, te quite dinero, limite, te reduzca o te dañe.

Y ahora quiero hablar de ti.

Sé que estás confundida.

Una parte de ti se pregunta cómo no lo vio antes.
Otra parte recuerda momentos bonitos y piensa que quizá podría cambiar.
Una parte siente rabia. Otra siente culpa.
Y en medio de todo eso, sientes vergüenza de que se sepa lo que ha pasado, y por si vuelves.

Primero, algo importante: no eres ingenua por no haberte dado cuenta. El maltrato se instala progresivamente poco a poco. Nadie entra en una relación pensando que va a ser maltratada. Entras porque hay amor, ilusión, conexión, necesidades y dependencia.

Que hoy mires atrás y te preguntes “¿cómo permití esto?” no significa que seas débil. Significa que estás empezando a tomar conciencia. Que en el fondo sabes que no quieres esto para ti.

También es normal que dudes en denunciar. Denunciar implica reconocer públicamente algo doloroso. Implica asumir que esto es real. Y una parte de ti todavía está vinculada emocionalmente, en shock, que no se cree lo que finalmente es.

Estás partida porque hay dos realidades conviviendo dentro de ti: La que recuerda momentos buenos, planes y sueños. Y la que recuerda el miedo.

El vínculo traumático hace que ambas convivan. El cerebro se aferra a los recuerdos positivos porque necesita esperanza. Eso no invalida lo que sentiste cuando estabas asustada.

Hay algo delicado que quiero decirte con respeto:
no solo es importante preguntarte por qué él actúa así, sino también por qué tú has tolerado ciertas cosas.

No desde la culpa, ni el juicio. Sino desde la comprensión.

Quizá aprendiste que amar es aguantar.
Quizá priorizas el vínculo por encima de tu bienestar.
Quizá el miedo a la soledad pesa más que el miedo al daño.
Quizá tu historia te enseñó a normalizar ciertas dinámicas.

Eso no te convierte en responsable del maltrato.
Pero sí es una oportunidad para que trabajes esas raíces y no repitas el patrón.

Si no miras eso, el riesgo no es solo volver con él. Es volver a una dinámica similar en otro rostro a futuro.

Él puede tener trauma. Puede tener heridas. Puede incluso tener un trastorno etc Pero sus heridas no son tu responsabilidad. Sanar a alguien no puede implicar destruirte a ti.

Y pregúntate algo en silencio:

¿Te sentías libre?
¿Podías ser tú sin miedo a su reacción?
¿Tu autoestima creció o disminuyó desde que estás con él?
¿Has tenido que esconder lo que pasa por si decides volver?

El amor sano no genera miedo.
No te hace dudar de tu percepción.
No te obliga a proteger su imagen mientras tú cargas con el dolor.

No tienes que decidir hoy.
Pero sí necesitas empezar a elegirte.

Estás confundida porque estás en un proceso de despertar. Y despertar duele. Duele aceptar que alguien a quien quisiste también te hizo daño.

Pero la claridad, aunque asuste, siempre es más segura que la negación.

Sea cual sea tu ritmo, que cada paso que des sea hacia tu dignidad, tu seguridad y tu salud emocional.

No estás loca.
No estás exagerando.
No estás sola en lo que sientes.

Estás en un momento crucial de tu vida.

Y mereces un amor donde no tengas que sobrevivir, sino vivir.

Apóyate en los tuyos, quizá tendrán que pensar por ti, tomar decisiones de protección porque no puedes por ti misma. A veces no hay tiempo para las dudas, ciertas decisiones no pueden esperar.

Denunciar y buscar ayuda profesional es una forma de protegerte, de poner límites claros y de empezar a reconstruir tu vida desde un lugar seguro.

Confía en tu familia, en las personas de confianza y en los recursos especializados. Ellos pueden ayudarte a planificar, acompañarte y sostenerte mientras decides cada paso. No tienes que hacerlo sola; tu seguridad y tu dignidad importan más que cualquier miedo o vergüenza.

Te abrazo con todo el corazón y con la certeza de que puedes salir de esto más fuerte, más consciente y más dueña de tu vida.

Tu vida merece ser vivida con libertad y cuidado.

016 el teléfono que te ayuda.

Lee estas líneas en diferentes momentos, a veces las defensas no nos permiten llegar hasta el fondo de lo que hay y verdaderamente importa.

Yolanda Cuevas

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autocuidado Mindfulness

Meditación para aprender a cuidarse

A veces, cuidar de uno misma no resulta fácil.
Nos enseñaron a estar para los demás, a cumplir, a rendir… pero no siempre a detenernos, escucharnos y atender lo que necesitamos.
Sin embargo, el autocuidado no es un acto egoísta: es una forma de respeto, una manera de decirnos “también merezco descanso, ternura y tiempo para mí”.

Esta meditación es una invitación a reconectar con ese espacio interno donde puedes cuidarte sin culpa, sin exigencias, y con amabilidad.
Durante los próximos minutos, te propongo soltar la prisa y darte permiso para estar contigo.
Simplemente escuchar, respirar y recordar que cuidarte también es parte de vivir plenamente.

Prepárate para comenzar… busca una postura cómoda…
Y deja que, poco a poco, el cuerpo y la mente empiecen a descansar.

Escucha AQUÍ https://www.ivoox.com/player_ej_161561437_6_1.html?c1=f47b0c

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Artículos autocuidado bienestar Psicología y Salud Trauma

Una nueva mirada para la salud

He tenido la oportunidad de compartir una jornada con el Dr. José Luis Marín organizada por la Asociación TCA de Aragón. Tras su intervención pude felicitarle, agradecerle su labor y compartir también mi propia experiencia profesional cuando decides trabajar “a contracorriente”.

En 2012 tomé la decisión de trabajar desde el abordaje del trauma y las experiencias adversas, incorporando EMDR a mi práctica clínica. En aquel momento, se me miraba “raro”. Hablar de trauma, de apego, de historia vital, no era lo habitual en muchos contextos clínicos. Catorce años después, algunos de aquellos colegas hoy se están formando precisamente en trauma y apego.

Eso me reafirma en algo profundamente importante: la ciencia evoluciona, pero también lo hace nuestra mirada.

Elegí mirar a la persona, no a la etiqueta diagnóstica. Elegí no reducir el sufrimiento a un manual. Elegí no depositar toda la esperanza en la medicación, ni asumir como incuestionable lo que durante décadas se dio por sentado. Y eso me permitió trabajar desde otro lugar: desde el vínculo, desde la comprensión, desde la historia.

Para mí hay ideas que son clave:

  • La historia de nuestra vida cuenta más de lo que creemos. Por eso la pregunta “¿qué te pasa?” necesita transformarse en “¿qué te ha pasado?”. No es lo mismo hablar de un fallo que de una herida.
  • La medicación puede ser un recurso valioso, pero no es un milagro. No debería haber medicación sin un espacio terapéutico que escuche, integre y dé sentido. Cuando solo tratamos el síntoma, sin ir a la raíz, el alivio puede convertirse en dependencia.
  • El motivo de consulta suele ser el síntoma, pero el síntoma no es el problema: es la señal. Es el lenguaje del cuerpo y del sistema nervioso intentando adaptarse a algo que fue demasiado.
  • Medicalizar y patologizar el sufrimiento humano no siempre es la solución. A veces lo que llamamos “trastorno” es una respuesta coherente a experiencias incoherentes.
  • No existe salud mental por un lado y salud física por otro. Existe salud. Cuerpo y mente están profundamente unidos. El cuerpo recuerda. El cuerpo revive. El cuerpo reacciona a la historia vivida, incluso cuando la mente intenta olvidar.
  • El trauma y las experiencias adversas necesitan ser escuchadas, comprendidas, elaboradas y procesadas. No desaparecen porque las ignoremos. El pasado no está pasado, está presente.
  • La etiqueta diagnóstica puede aliviar a corto plazo porque ofrece una explicación, pero también puede limitar y condicionar la identidad si no se maneja con cuidado. El objetivo no es que alguien “aprenda a convivir con su etiqueta”, sino que gane autonomía y capacidad de autorregulación.
  • Detrás del malestar siempre hay múltiples factores: biológicos, psicológicos, relacionales, sociales y estructurales. Solo una mirada amplia permite una intervención profunda y cambios a futuro.

Trabajar desde el trauma no es buscar culpables, es buscar comprensión. No es revivir el dolor, es integrarlo. No es anclarse en el pasado, es liberar el presente.

Y lo más esperanzador de todo: el sistema nervioso puede repararse. El vínculo sana. El cerebro cambia incluida la química. La persona no está rota; se adaptó como pudo.

Seguir apostando por ver personas y no enfermedades, historias y no etiquetas, procesos y no solo síntomas, es para mí un compromiso ético y humano.

Y cada vez somos más.

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Primeros pasos de atención psicológica en las primeras 24 horas tras una catástrofe

Tras una catástrofe, un accidente grave o una situación altamente impactante, el sistema nervioso de las personas se encuentra en estado de alarma. En esas primeras horas, la prioridad no es comprender lo ocurrido ni elaborar emocionalmente el suceso, sino proteger, contener y regular. Lo que hagamos y lo que evitemos en las primeras 24 horas puede marcar una gran diferencia en la forma en que el impacto traumático se asienta o se amortigua.

En las primeras 24 horas no se hace terapia, se protege, contiene y regula.
El objetivo es reducir el impacto traumático, no elaborar lo ocurrido.

1.Garantizar seguridad real y percibida

Antes de cualquier intervención emocional:

  • Confirmar que la persona está a salvo
  • Alejarla de estímulos estresantes (ruido, imágenes, caos)
  • Proporcionar abrigo, agua, comida si es posible

👉 El cerebro no puede calmarse si no percibe seguridad.

2.Contacto humano tranquilo y respetuoso

  • Presentarse con nombre y función
  • Hablar despacio, tono bajo
  • Mantener contacto visual sin invadir
  • Respetar el espacio personal

La regulación se transmite de sistema nervioso a sistema nervioso.

3.Normalizar sin minimizar

Frases útiles:

  • “Lo que estás sintiendo es una reacción normal ante algo muy duro”
  • “No hay una forma correcta de reaccionar”
  • “Ahora mismo no tienes que entender nada”

Evitar:

  • “Tienes que ser fuerte”
  • “Todo pasa por algo”
  • “Cálmate”

4️.Regular el cuerpo (intervención clave)

Antes de preguntar o hablar del suceso:

  • Invitar a apoyar los pies en el suelo
  • Respiraciones lentas, acompañadas
  • Pedir que mire alrededor y nombre objetos
  • Facilitar movimientos suaves

👉 Esto reduce la activación y previene fijación traumática.

5.No forzar el relato

  • No pedir detalles del evento
  • No hacer preguntas innecesarias
  • Escuchar solo si la persona necesita hablar

Contar no siempre ayuda en las primeras horas.

6.Identificar necesidades básicas inmediatas

Preguntas simples:

  • “¿Hay alguien a quien necesites avisar?”
  • “¿Necesitas medicación, agua, abrigo?”
  • “¿Hay algún familiar o persona de apoyo?”

Cubrir lo práctico es intervención psicológica.

7. Proteger de la sobreexposición

  • Limitar acceso a imágenes o noticias
  • Evitar que la persona vuelva al lugar del impacto si no es necesario
  • Proteger especialmente a niños

8.Favorecer el contacto con figuras de apego

  • Reunir a familiares cuando sea posible
  • Facilitar que no estén solos

El trauma se amortigua en vínculos seguros.

9.Cerrar la intervención con orientación clara

Antes de terminar el contacto:

  • Explicar posibles reacciones normales en las próximas horas o días
  • Indicar qué señales requieren ayuda profesional
  • Asegurar continuidad de apoyo si es posible

10.Cuidar a los intervinientes

En las primeras 24 h también es clave:

  • Rotar turnos
  • Pausas de regulación
  • No acumular exposición continua

El trauma vicario también cuenta.

Señales de alarma inmediatas

Derivar de forma prioritaria si aparece:

  • Desorientación severa
  • Conductas de riesgo
  • Bloqueo extremo o disociación intensa
  • Riesgo suicida
  • Pérdida total de contacto con la realidad

En las primeras 24 horas tras una catástrofe, la mejor atención psicológica es presencia calmada, seguridad, cuerpo regulado y acompañamiento humano.

La próxima entrada: Por qué la primera atención psicológica tras una catástrofe influye en la recuperación posterior

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Artículos autocuidado bienestar Respiración

Respiración consciente y regulación del sistema nervioso.

Como psicóloga especializada en regulación del sistema nervioso, acompaño a diario a personas que viven en estados de alerta, ansiedad o agotamiento sin ser del todo conscientes de ello. Una de las herramientas más sencillas, accesibles y a la vez más potentes para ayudar al cerebro y al cuerpo a regularse es la respiración consciente.

Respirar no es solo un acto automático que nos mantiene con vida. La respiración es una vía directa de comunicación con el sistema nervioso. A través de ella podemos enviarle al cerebro un mensaje claro: “no hay peligro, puedes bajar la guardia”.

¿Cómo ayuda la respiración consciente al cerebro?

Cuando una persona está estresada, ansiosa o emocionalmente desbordada, su sistema nervioso simpático está activado. Este sistema prepara al cuerpo para la acción: acelera el ritmo cardíaco, la respiración se vuelve superficial, aumenta la tensión muscular y el cerebro prioriza la supervivencia frente a la reflexión.

La respiración consciente, lenta y profunda estimula el nervio vago, un componente clave del sistema nervioso parasimpático. Este sistema es el encargado de la calma, la reparación, la digestión y la recuperación.

Al respirar de forma consciente:

  • Disminuye la activación de la amígdala (centro del miedo).
  • Aumenta la sensación de seguridad interna.
  • Mejora la comunicación entre el cuerpo y el cerebro.
  • Se facilita el acceso a áreas cerebrales relacionadas con la toma de decisiones y la regulación emocional.

En otras palabras, respirar conscientemente ayuda al cerebro a salir del modo alarma y entrar en modo regulación.

Beneficios de activar el sistema parasimpático a través de la respiración

Practicar respiración consciente de forma regular puede aportar beneficios tanto a corto como a largo plazo:

  • Reducción del estrés y la ansiedad.
  • Mayor capacidad para autorregular emociones intensas.
  • Disminución de la tensión muscular y del cansancio acumulado.
  • Mejora del sueño y de la calidad del descanso.
  • Mayor claridad mental y capacidad de concentración.
  • Sensación de calma, presencia y conexión con el cuerpo.

La respiración no elimina los problemas, pero nos coloca en un estado interno más adecuado para afrontarlos.

20 tipos de respiración para practicar regulación

A continuación, comparto diferentes prácticas de respiración que utilizo habitualmente en consulta y en programas de regulación. No es necesario hacerlas todas: basta con elegir una o dos y practicarlas con constancia. Hacerlas tuyas para ayudar a tu S.N..

1. Respiración abdominal o diafragmática

Coloca una mano en el pecho y otra en el abdomen. Inhala por la nariz llevando el aire al abdomen y exhala lentamente por la boca. El pecho se mueve poco, el abdomen se expande.

2. Respiración 4-6

Inhala contando 4 segundos y exhala contando 6. La exhalación más larga favorece la activación parasimpática.

3. Respiración 5-5 (coherencia cardíaca)

Inhala 5 segundos y exhala 5 segundos durante 3–5 minutos. Ayuda a equilibrar el sistema nervioso y el ritmo cardíaco.

4. Respiración con exhalación sonora

Inhala por la nariz y exhala por la boca emitiendo un sonido suave (suspiro, “aaa”, “mmm”). El sonido ayuda a soltar tensión y la vibración masajea al nervio vago que pasa por la garganta.

5. Respiración en caja (4-4-4-4)

Inhala 4 segundos, mantén 4, exhala 4 y mantén 4 antes de volver a inhalar. Aporta estructura, reduce el estrés aportando sensación de control. Y¡Utilizada por los Navy Seals.

6. Respiración lenta nasal

Respira únicamente por la nariz, de forma lenta y suave, sin forzar. Ideal para estados de hiperactivación.

7. Suspiro fisiológico

Realiza una inhalación por la nariz, añade una pequeña inhalación más y luego exhala lentamente por la boca. Muy eficaz para reducir estrés agudo.

8. Respiración con manos en el cuerpo

Coloca las manos en el pecho o el abdomen mientras respiras lentamente. El contacto físico aumenta la sensación de seguridad.

9. Respiración contando exhalaciones

Inhala sin contar y exhala contando mentalmente hasta 6 u 8. Centrar la atención en la exhalación calma el sistema nervioso.

10. Respiración consciente con atención plena

Observa cómo entra y sale el aire sin modificarlo. Cuando la mente se distraiga, vuelve amablemente a la respiración.

11. Respiración 3-6-9

Inhala contando 3, exhala contando 6 y descansa 9 segundos antes de volver a inhalar. Muy reguladora para estados de ansiedad elevada.

12. Respiración con visualización descendente

Inhala y, al exhalar, imagina que el aire baja por el cuerpo como si descendiera por una escalera. Ayuda a salir de la rumiación mental.

13. Respiración pausada con manos frías o calientes

Respira lentamente mientras sostienes algo frío o caliente en las manos. La combinación de estímulo sensorial y respiración favorece la regulación.

14. Respiración 2-4 suave

Inhala 2 segundos y exhala 4, sin esfuerzo. Útil para introducir la respiración consciente en personas muy activadas.

15. Respiración alterna nasal (adaptada)

Tapa suavemente una fosa nasal al inhalar y cambia al exhalar. Realízala despacio y sin retenciones. Equilibra y centra.

16. Respiración con balanceo corporal

Acompaña la inhalación con un pequeño balanceo hacia delante y la exhalación hacia atrás. Integra cuerpo y respiración.

17. Respiración en susurro

Inhala por la nariz y exhala por la boca como si empañaras un espejo, con un susurro suave. Facilita la descarga de tensión.

18. Respiración contando ciclos

Cuenta mentalmente cada ciclo completo de respiración hasta llegar a diez y vuelve a empezar. Mejora la atención y la calma.

19. Respiración con palabra reguladora

Inhala y, al exhalar, repite mentalmente una palabra como “calma”, “seguridad” o “aquí”. Refuerza la sensación de sostén interno.

20. Respiración libre consciente

Durante uno o dos minutos, permite que la respiración encuentre su propio ritmo, observando sin intervenir. Ideal para cerrar una práctica.

La respiración es una herramienta siempre disponible, pero requiere práctica y amabilidad. Porque además es probable que la boicotee por ser novedoso o por estar acostumbrada a la alerta. No se trata de hacerlo perfecto, sino de crear pequeños momentos de regulación a lo largo del día.

Respirar conscientemente es un acto de autocuidado, de prevención y de conexión con el cuerpo. Es recordarle al sistema nervioso que, aquí y ahora, puede sentirse a salvo.

En breves habrá otro artículo sobre la importancia de respirar por la nariz.

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