El bullying no siempre termina cuando cesan las agresiones.
Aunque el menor cambie de clase, de colegio o deje de recibir mensajes, su sistema nervioso puede continuar comportándose como si el peligro siguiera presente. Puede permanecer en alerta, anticipar nuevas humillaciones, interpretar determinadas miradas como amenazas o evitar lugares y relaciones que le recuerdan lo vivido.
La victimización repetida puede funcionar como una experiencia traumática interpersonal y relacionarse con síntomas de estrés postraumático, ansiedad, depresión, aislamiento, somatización, evitación y dificultades para confiar en los demás. No todos los menores acosados desarrollarán un trauma, pero el impacto puede ser profundo y mantenerse mucho tiempo después de que el acoso haya terminado.
La terapia EMDR puede ser útil cuando esas experiencias no han quedado integradas como algo que ocurrió en el pasado, sino que siguen activándose emocional y corporalmente en el presente.
No se trabaja únicamente lo que pasó
En terapia no se atiende solo al recuerdo concreto de una agresión. También pueden trabajarse:
las burlas y humillaciones repetidas;
el miedo a acudir al colegio;
la sensación de no poder escapar;
el momento en el que nadie intervino;
la difusión de fotografías o vídeos;
el silencio de los compañeros;
la falta de respuesta de los adultos;
y las conclusiones dolorosas que el menor construyó sobre sí mismo.
Después del bullying pueden quedar creencias como:
«Soy débil».
«Hay algo malo en mí».
«No pertenezco».
«No puedo defenderme».
«No estoy seguro con otras personas».
«Si confío, volverán a hacerme daño».
«No soy suficiente».
EMDR busca que el recuerdo pueda reprocesarse y conectarse con información más adaptativa. El objetivo no es borrar lo sucedido ni convencer al menor de que no fue importante. Es ayudarle a recordar sin volver a sentir que está ocurriendo ahora.
Puede reducir la activación asociada a los recuerdos
Algunos niños y adolescentes reaccionan intensamente ante situaciones que guardan alguna relación con el acoso: entrar en el aula, escuchar risas, recibir un mensaje, exponer un trabajo, encontrarse con un grupo de compañeros o notar que alguien los observa.
Su cuerpo puede responder con taquicardia, bloqueo, temblores, dolor abdominal, llanto, rabia o necesidad de escapar.
Mediante EMDR pueden procesarse los recuerdos y desencadenantes que mantienen esa respuesta de alarma. La terapia EMDR cuenta con respaldo para el tratamiento del estrés postraumático y está contemplada por la Organización Mundial de la Salud para niños y adolescentes con TEPT.
Ayuda a trabajar la vergüenza y la culpa
Una de las consecuencias más dolorosas del bullying es que la víctima puede terminar creyendo la narración de quienes la agredieron.
Puede pensar que sufrió el acoso por su aspecto, su carácter, su cuerpo, sus dificultades, sus gustos o por no haber sabido defenderse. Incluso puede culparse por haberse quedado paralizada, haber llorado o no haber pedido ayuda antes.
EMDR permite trabajar tanto los recuerdos como esas interpretaciones:
«No fue culpa mía».
«Quedarme bloqueado fue una respuesta de supervivencia».
«Lo que hicieron habla de sus conductas, no de mi valor».
«Ahora tengo recursos y adultos que pueden protegerme».
No se trata de imponer frases positivas, sino de facilitar que la persona pueda sentirlas como verdaderas después de procesar lo vivido.
Puede reparar la sensación de indefensión
El bullying suele incluir repetición y desequilibrio de poder. La víctima puede sentir que haga lo que haga no logrará detenerlo.
Esa indefensión puede trasladarse posteriormente a otras situaciones: evitar conflictos, someterse para ser aceptada, desconfiar de los grupos o interpretar que nunca podrá protegerse.
En el trabajo con EMDR se identifican y reprocesan los momentos en los que la persona se sintió atrapada, sola o incapaz de actuar. También se fortalecen recursos de seguridad, regulación, protección y capacidad para pedir ayuda.
Permite trabajar las heridas relacionales
A veces lo más traumático no es únicamente la agresión, sino que nadie interviniera.
Puede doler que los amigos se rieran, que los compañeros difundieran el vídeo, que un profesor no se diera cuenta o que los adultos minimizaran lo ocurrido.
El aprendizaje que queda puede ser:
«Nadie me protegerá».
«No puedo confiar».
«Cuando necesito ayuda, estoy solo».
Por eso el tratamiento no debe centrarse exclusivamente en reducir el miedo. También necesita abordar la ruptura de la confianza, la pertenencia y la seguridad en las relaciones.
Puede ayudar cuando el bullying ha reactivado experiencias anteriores
El impacto no depende únicamente de lo que ocurrió, sino también de la historia previa del menor.
Una exclusión actual puede conectar con experiencias anteriores de abandono. Una humillación pública puede reactivar críticas familiares. Sentirse solo frente a un grupo puede enlazar con otras situaciones de indefensión.
EMDR permite elaborar un mapa de experiencias relacionadas, en lugar de trabajar cada síntoma como si estuviera aislado.
También puede utilizarse con quienes han agredido
EMDR no es únicamente una herramienta para las víctimas. En algunos casos puede formar parte del tratamiento de menores que han acosado cuando existen experiencias traumáticas previas, violencia sufrida, humillación, rechazo, miedo o aprendizajes relacionales que influyen en su conducta.
Pero esto requiere una aclaración fundamental: trabajar la historia de quien agrede no elimina su responsabilidad.
La intervención debe incluir límites, consecuencias, desarrollo de empatía, revisión de la presión grupal y reparación del daño cuando sea posible y seguro. Comprender el origen de la conducta no significa justificarla.
EMDR no sustituye la protección
La terapia no puede compensar un entorno en el que el acoso continúa.
Antes o junto al procesamiento terapéutico es necesario:
detener las agresiones;
activar los protocolos del centro;
proteger al menor también en el entorno digital;
preservar las pruebas sin difundirlas;
coordinarse con la familia y la escuela;
y garantizar que la víctima no tenga que exponerse continuamente a quienes la dañan.
No podemos pedirle al cerebro que procese una experiencia como pasada mientras el peligro sigue presente.
La intervención debe adaptarse a la edad, los síntomas, la estabilidad, el apoyo familiar y la capacidad de regulación. En muchas ocasiones, primero es necesario crear seguridad, fortalecer recursos y recuperar cierta sensación de control.
Lo que EMDR puede ayudar a recuperar
El objetivo no es conseguir que el menor olvide.
Es ayudarle a recuperar:
la sensación de seguridad;
la confianza en sí mismo;
la capacidad para relacionarse sin anticipar daño;
la libertad para acudir al colegio sin miedo;
una imagen propia que no esté definida por las humillaciones;
y la certeza de que lo ocurrido pertenece a su historia, pero no determina quién es.
Porque el bullying puede terminar en el exterior y continuar durante años en el interior.
EMDR puede ayudar a que aquello que todavía se vive como una amenaza presente pueda convertirse, por fin, en una experiencia pasada.
Las vacaciones suelen presentarse como ese momento del año en el que, por fin, deberíamos descansar, desconectar, disfrutar y volver completamente renovados.
Pero no siempre ocurre así.
Hay personas que regresan con más energía. Otras vuelven cansadas, irritables, tristes o con una sensación difícil de explicar. Algunas han descansado físicamente, pero su cabeza no ha parado ni un solo día. Otras han estado pendientes del trabajo, de los correos, de lo que habían dejado sin terminar o de todo lo que tendrán que afrontar al regresar.
También hay quienes, justo al empezar las vacaciones, se ponen enfermos. Aparecen migrañas, problemas digestivos, contracturas, catarros, agotamiento extremo o una necesidad enorme de dormir.
Y entonces surge la pregunta:
¿Por qué me encuentro peor justo cuando, en teoría, debería estar mejor?
Cuando el cuerpo se detiene después de sostener demasiado
Durante meses podemos funcionar en modo automático.
Cumplimos horarios, resolvemos problemas, cuidamos de otras personas, trabajamos, organizamos la casa y vamos respondiendo a lo urgente. El cuerpo se mantiene activado porque siente que todavía hay cosas que hacer.
A veces no somos plenamente conscientes del cansancio mientras estamos dentro de esa dinámica. Seguimos porque “hay que seguir”.
Pero cuando llegan las vacaciones y se produce un parón brusco, el organismo puede dejar de sostener ese estado de alerta. Al bajar el ritmo, aparece todo aquello que había quedado contenido: el agotamiento, la tensión acumulada, las emociones pendientes o las molestias físicas que no habíamos querido escuchar.
Es que llevábamos demasiado tiempo viviendo por encima de nuestras posibilidades físicas y emocionales. ¿Te ha pasado?
El cuerpo no siempre se rompe cuando estamos en plena exigencia. A veces espera hasta que siente que, por fin, puede hacerlo.
¿Has descansado o solamente has cambiado de escenario?
Irse de vacaciones no garantiza descansar.
Podemos trasladarnos a la playa, a la montaña o a otro país y seguir llevando dentro la misma prisa, la misma exigencia y la misma necesidad de control.
Podemos intentar aprovechar cada minuto, llenar todos los días de planes, visitar todos los lugares, hacer fotografías constantemente, cuidar de que todo el mundo esté contento o preocuparnos porque las vacaciones no están siendo tan perfectas como imaginábamos.
En ocasiones convertimos también el descanso en una tarea que debemos hacer bien.
Queremos disfrutar mucho, descansar mucho, aprovechar mucho y volver transformados.
Pero el descanso no siempre aparece al cambiar de lugar. Para descansar de verdad también necesitamos sentir que no tenemos que estar produciendo, complaciendo, resolviendo ni demostrando nada.
Cuando el trabajo se va de vacaciones contigo
Quizá físicamente estabas lejos, pero mentalmente seguías trabajando.
Pensabas en los asuntos pendientes, revisabas mensajes, anticipabas problemas o contabas los días que quedaban para regresar.
Puede que incluso sintieras culpa al descansar.
Hay personas que solo se sienten valiosas cuando están siendo útiles. Cuando dejan de producir, aparece inquietud, vacío o la sensación de estar perdiendo el tiempo.
Por eso desconectar puede resultar más difícil de lo esperado.
No siempre se trata de falta de voluntad. A veces el sistema nervioso se ha acostumbrado tanto a vivir en alerta que la calma resulta extraña.
Incluso puede resultar incómoda.
La vuelta también puede mostrarte lo que no encaja
Las vacaciones crean cierta distancia respecto a la vida cotidiana.
Y esa distancia puede ayudarnos a ver con más claridad cosas que durante el año normalizamos.
Quizá al volver has sentido una presión enorme al pensar en tu trabajo.
Quizá has descubierto que necesitas otro ritmo.
Puede que hayas notado cuánto te cuesta convivir con determinadas personas, cuánto esfuerzo haces por evitar conflictos o cuánto te desconectas de ti para que los demás estén bien.
Tal vez durante estos días has comido de otra manera, has dormido más, has caminado, has hablado con calma o has tenido tiempo para actividades que te hacen sentir vivo.
Y al regresar aparece el contraste.
No porque las vacaciones sean la vida real y el resto del año no lo sea, sino porque a veces el descanso nos recuerda necesidades que llevábamos tiempo ignorando.
Lo que las vacaciones pueden mostrarte sobre tus relaciones
Viajar o pasar más tiempo juntos también puede intensificar la convivencia.
Las vacaciones no solucionan los problemas de pareja. En ocasiones los hacen más visibles.
Al desaparecer las rutinas, podemos descubrir que apenas sabemos compartir tiempo sin obligaciones. Surgen discusiones por los planes, el dinero, la organización, las familias, la crianza o las distintas formas de descansar.
También puede aparecer la sensación de que una persona sostiene toda la carga mental mientras la otra simplemente “está de vacaciones”.
No es necesario dramatizar cada conflicto, pero sí escuchar lo que se repite.
¿Habéis podido disfrutar juntos?
¿Habéis respetado las necesidades de ambos?
¿Había espacio para el descanso individual?
¿Os habéis sentido acompañados o más solos estando juntos?
Las vacaciones también pueden mostrar cómo nos relacionamos cuando ya no existen tantas distracciones.
Amistades, familia y el derecho a elegir
Durante las vacaciones muchas personas pasan más tiempo con familiares o amistades.
Y eso puede ser agradable, pero también agotador.
Tal vez has vuelto a ocupar papeles antiguos: la persona que organiza, la que cede, la que evita que haya problemas, la que escucha a todo el mundo o la que nunca dice que no.
Puede que hayas aceptado planes que no deseabas para no decepcionar. Quizá te has relacionado desde la obligación y no desde el deseo.
No todas las relaciones que forman parte de nuestra historia continúan siendo lugares seguros en el presente.
Las vacaciones pueden ayudarte a observar con quién puedes ser tú mismo, con quién te sientes en tensión y qué límites necesitas empezar a construir.
Alimentación, cuerpo y culpa
Durante las vacaciones suelen cambiar los horarios, la alimentación y las rutinas de movimiento.
Eso forma parte de salir de la vida habitual.
El problema aparece cuando la vuelta se convierte en un castigo.
Dietas extremas, ejercicio compulsivo, culpa por haber comido, rechazo hacia el cuerpo o necesidad de compensar rápidamente.
Tu cuerpo no necesita que lo castigues por haber disfrutado.
Quizá necesita recuperar poco a poco sus horarios, hidratarse, descansar, moverse de una manera amable y volver a una alimentación que le siente bien.
Cuidarse no debería ser una forma de pagar por haberse permitido vivir.
El “síndrome” de la vuelta no siempre habla de falta de adaptación
Es normal que los primeros días cueste recuperar horarios, concentración y energía.
Pasar del descanso a la exigencia requiere un periodo de ajuste.
Pero si la angustia al regresar es muy intensa, se mantiene durante semanas o aparece cada vez que piensas en tu vida cotidiana, puede ser importante no reducirlo todo a “síndrome posvacacional” (síndrome que no existe como tal).
A veces no sufrimos únicamente porque las vacaciones hayan terminado.
Sufrimos porque volvemos a una realidad que nos desgasta.
A un trabajo sin límites.
A una relación en la que no nos sentimos vistos.
A una agenda imposible.
A una forma de alimentarnos o cuidarnos que no nos hace bien.
A vínculos que sostenemos por costumbre.
A una vida organizada alrededor de lo que debemos hacer y muy poco alrededor de lo que necesitamos.
Algunas preguntas para reflexionar tras las vacaciones
No necesitas responderlas todas de una vez. Puedes elegir aquellas que más te remuevan.
Sobre el descanso
¿He conseguido descansar de verdad o solamente he cambiado de actividad?
¿En qué momento sentí que mi cuerpo empezaba a relajarse?
¿Qué me impedía desconectar?
¿He necesitado varios días para dejar de sentirme en alerta?
¿Me he permitido no hacer nada sin sentir culpa?
¿Cómo ha respondido mi cuerpo cuando he parado?
Sobre el trabajo y la vuelta
¿Cuántas veces pensé en el trabajo durante las vacaciones?
¿Qué era exactamente lo que me preocupaba?
¿Qué siento cuando pienso en volver?
¿Qué parte de mi trabajo me desgasta más?
¿Qué límites necesito proteger?
¿Estoy sosteniendo una carga que ya no puedo mantener?
¿Mi vida laboral está ocupando demasiado espacio mental?
Sobre tu cuerpo y tu salud
¿Cómo he dormido durante estos días?
¿Qué síntomas han aparecido al bajar el ritmo?
¿Cuánto cansancio acumulado estaba ignorando?
¿Qué hábitos hacen que mi cuerpo se sienta mejor?
¿Qué señales físicas llevo tiempo minimizando?
¿Necesito consultar algún síntoma en lugar de seguir posponiéndolo?
Sobre la alimentación
¿He podido comer disfrutando o he estado pendiente de controlar y compensar?
¿Qué relación he tenido con mi cuerpo durante estos días?
¿Qué rutinas alimentarias me ayudan a sentirme bien?
¿Estoy cuidándome o castigándome?
¿Qué necesitaría cambiar desde la amabilidad y no desde la culpa?
Sobre la pareja
¿Cómo me he sentido compartiendo más tiempo con mi pareja?
¿Hemos podido descansar ambos?
¿Cómo hemos repartido la organización y la carga mental?
¿Qué conflictos se han repetido?
¿Hemos sabido escucharnos?
¿He tenido que callarme necesidades para evitar discusiones?
¿Qué conversación importante estamos posponiendo?
Sobre amistades y familia
¿Con qué personas me he sentido tranquilo y auténtico?
¿Con quién he estado más pendiente de agradar?
¿Qué encuentros me han dado energía?
¿Cuáles me han dejado agotado?
¿He aceptado planes que realmente no quería?
¿Qué límites necesito poner a partir de ahora?
¿Qué relaciones quiero cuidar más y cuáles necesito revisar?
Sobre la vida que estás construyendo
¿Qué he echado de menos durante las vacaciones?
¿Qué no he echado de menos en absoluto?
¿Qué parte de estos días me gustaría incorporar a mi vida habitual?
¿Qué ritmo necesito para sentirme más presente?
¿Qué estoy haciendo por obligación, miedo o costumbre?
¿Qué aspecto de mi vida ya no está alineado conmigo?
¿Qué pequeño cambio podría empezar esta semana?
¿Estoy viviendo de una forma que puedo sostener durante todo el año?
No vuelvas exactamente igual
Las vacaciones no tienen que cambiarte la vida.
Pero quizá pueden ayudarte a mirarla con un poco más de honestidad.
No se trata de tomar decisiones impulsivas, abandonar todas tus responsabilidades ni convertir cada malestar en una señal de que debes cambiarlo todo.
Se trata de escuchar.
Escuchar qué te ha hecho bien.
Qué te ha agotado.
Qué has necesitado.
Qué has tolerado demasiado tiempo.
Qué quieres conservar.
Y qué ya no deseas seguir sosteniendo de la misma manera.
Puede que no puedas vivir todo el año como si estuvieras de vacaciones.
Pero tampoco deberías necesitar escapar de tu vida para poder sentirte bien.
Quizá la verdadera reflexión después del descanso no sea únicamente:
“¿He disfrutado de mis vacaciones?”
Sino también:
“¿Qué me están enseñando estas vacaciones sobre la vida a la que estoy volviendo?”
Cada vez que se hace viral una agresión entre menores sentimos una mezcla de rabia, tristeza e incomprensión. Vemos cómo una niña es rodeada, insultada o golpeada mientras otras personas observan, ríen, graban o animan, y nos preguntamos cómo alguien tan joven puede llegar a actuar con tanta crueldad.
Ante escenas así, nuestra mente busca rápidamente una explicación. Necesitamos ordenar lo que estamos viendo y encontrar responsables. Aparecen entonces frases como: «Son malas personas», «sus padres no las han educado» o «seguro que lo hacen porque tienen baja autoestima».
Sin embargo, el acoso escolar no surge por una única causa y tampoco existe un perfil psicológico que permita identificar fácilmente a todos los menores que acosan. Es un fenómeno complejo en el que pueden confluir características personales, necesidades emocionales, experiencias familiares, dinámicas grupales, respuestas escolares y factores sociales y digitales.
Comprender estos factores no significa disculpar la violencia ni restarle gravedad. Significa intervenir sobre algo más profundo que la conducta visible para poder proteger a la víctima, exigir responsabilidad y evitar que vuelva a ocurrir.
No toda agresión es bullying, aunque toda agresión debe preocuparnos
Antes de hablar de acoso escolar, conviene diferenciar una agresión puntual, una pelea o un conflicto entre iguales de una situación de bullying.
El acoso suele incluir tres elementos:
Existe intención de causar daño.
Se produce un desequilibrio de poder.
La conducta se repite o tiene capacidad para mantenerse y repetirse.
El poder no depende únicamente de la fuerza física. Puede proceder de la popularidad, del número de personas que forman el grupo, de la capacidad para influir en los demás, del acceso a información íntima o de la posibilidad de humillar públicamente a alguien a través de las redes sociales.
Esta distinción no resta gravedad a una agresión aislada. Una sola agresión puede ser profundamente dañina y debe recibir respuesta. Pero para hablar con rigor de bullying necesitamos conocer la historia completa: si existían amenazas anteriores, exclusión, burlas, rumores, mensajes, difusión de imágenes, persecución digital u otras conductas mantenidas en el tiempo.
No existe un único perfil del menor que acosa
Algunos menores que acosan presentan inseguridad, impulsividad, dificultades emocionales o experiencias adversas. Otros son sociables, populares, tienen habilidades para relacionarse y saben utilizar su influencia dentro del grupo.
También hay niños que sufren acoso en un contexto y, en otro, agreden a compañeros sobre los que tienen más poder. Algunos lideran la conducta, otros colaboran, ríen, graban, difunden o permanecen en silencio.
Por eso debemos desconfiar de afirmaciones como:
«Una niña feliz no haría eso».
«En su casa nunca ha visto violencia».
«Mi hijo es muy cariñoso conmigo, así que es imposible».
Un menor puede querer a su familia, comportarse correctamente con los adultos y, al mismo tiempo, participar en conductas muy dañinas con sus iguales. No siempre se comporta de la misma manera en casa, en clase, con su grupo de amigos o en internet.
1. La búsqueda de poder y estatus social
Durante la adolescencia, la pertenencia y la posición dentro del grupo adquieren una enorme importancia. Algunos menores descubren que ridiculizar, excluir o controlar a otra persona les proporciona atención, popularidad o una posición dominante.
El acoso puede convertirse así en una estrategia social:
«Si los demás me temen, nadie me cuestionará».
«Si decido quién entra y quién queda fuera, tengo poder».
«Si todos se ríen conmigo, soy importante».
Cuando esa conducta consigue su objetivo y no encuentra consecuencias claras, puede repetirse y volverse cada vez más grave. El menor aprende que humillar, amenazar o intimidar funciona.
2. La necesidad de pertenecer
No todos los participantes inician el acoso. Algunos se suman porque temen quedarse fuera del grupo, perder una amistad o convertirse en el siguiente objetivo.
Pueden pensar:
«Si no participo, se enfadarán conmigo».
«Todo el mundo lo hace».
«Solo estaba siguiendo la broma».
«Yo no le pegué; solamente grabé».
La presión grupal no elimina la responsabilidad, pero ayuda a comprender por qué jóvenes que quizá nunca actuarían así estando solos pueden participar en comportamientos crueles cuando se encuentran dentro de un grupo.
Cada uno puede sentir que su aportación es pequeña. Sin embargo, para la víctima, todas esas participaciones forman una experiencia conjunta de intimidación, aislamiento y humillación.
3. El miedo a convertirse en la próxima víctima
En determinados grupos, colocarse al lado de quien intimida puede convertirse en una forma de protección.
El mensaje implícito es: «Si estoy con quien tiene poder, no me lo harán a mí».
Algunos menores ríen, difunden rumores, graban o colaboran con el acoso no porque sientan un rechazo personal hacia la víctima, sino porque tienen miedo de perder su posición o convertirse en el siguiente objetivo.
Este mecanismo se fortalece cuando los adultos no intervienen con claridad. Si nadie garantiza la seguridad, algunos niños pueden aprender que la mejor manera de sobrevivir socialmente es alinearse con quien agrede.
4. Dificultades relacionadas con la empatía
Algunos menores tienen dificultades para reconocer las emociones de los demás, imaginar las consecuencias de sus actos o conectar con el dolor que están provocando.
Otros sí perciben el sufrimiento, pero lo minimizan o se desconectan de él para poder continuar. Llaman a la víctima exagerada, débil, rara, pesada o provocadora. De este modo, dejan de verla como una persona completa y la convierten en una etiqueta.
La empatía no consiste únicamente en darse cuenta de que alguien está llorando. Significa permitir que ese sufrimiento influya en nuestra conducta.
Y la empatía necesita educación, modelado y práctica. No se desarrolla mediante una única charla después de una agresión. Se construye diariamente a través de la forma en que los adultos hablan de otras personas, resuelven los conflictos, reconocen el daño y reparan sus propios errores.
5. Dificultades para regular las emociones
La rabia, la frustración, los celos, la vergüenza y el miedo al rechazo pueden vivirse con mucha intensidad durante la infancia y la adolescencia.
Cuando un menor no sabe identificar lo que siente, tolerar la frustración, resolver un conflicto, aceptar un límite o pedir ayuda, puede descargar esas emociones sobre alguien a quien percibe como más vulnerable.
Esto no significa que los niños con dificultades emocionales sean violentos. La inmensa mayoría no lo son. Significa que una regulación emocional insuficiente, combinada con otros factores, puede aumentar el riesgo de determinadas conductas.
La emoción puede explicar una parte del comportamiento, pero no lo justifica ni lo convierte en inevitable.
6. Haber sufrido violencia, rechazo o humillación
Algunos menores que agreden han sido previamente dañados, rechazados, humillados o expuestos a relaciones violentas.
Pueden haber aprendido que solo existen dos posiciones: dominar o ser dominado. Para no volver a ocupar el lugar vulnerable, intentan colocarse en el poderoso.
En algunos casos aparece una identificación con quien agrede: reproducen sobre otra persona aquello que antes vivieron porque ese fue el modelo de relación que aprendieron.
Sin embargo, debemos evitar una generalización injusta. Haber sufrido violencia o acoso no convierte automáticamente a nadie en agresor. Muchas víctimas desarrollan una gran sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Hablamos de un posible factor de riesgo, nunca de un destino.
7. Modelos familiares basados en el desprecio o el poder
Los niños aprenden no solo de lo que les decimos, sino también de lo que observan.
Cuando viven en un entorno donde los conflictos se resuelven mediante gritos, amenazas, desprecio, burlas, castigos humillantes o violencia, pueden interiorizar que someter al otro es una forma válida de relacionarse.
No es necesario que exista violencia física. También educan los comentarios despectivos sobre otras personas, las bromas crueles, la intolerancia hacia quien es diferente, la humillación como forma de corregir o la idea de que pedir perdón es un signo de debilidad.
Esto no significa que todo menor que acosa proceda de una familia violenta o negligente. Culpar automáticamente a las familias simplifica demasiado el problema y puede hacer que los padres se defiendan en lugar de colaborar.
La pregunta más útil no es únicamente qué ha ocurrido en la familia, sino qué necesita revisar y aprender ahora todo el sistema que rodea al menor.
8. Falta de límites, supervisión o consecuencias coherentes
Los menores necesitan saber que los adultos conocen su vida, establecen límites y actúan cuando se cruzan determinadas líneas.
Una educación excesivamente permisiva, una supervisión insuficiente, unas normas cambiantes o unas consecuencias que nunca se cumplen pueden dificultar la interiorización de la responsabilidad.
Pero también puede ocurrir lo contrario. Una educación autoritaria basada en el miedo, el control y la obediencia puede transmitir que quien tiene más poder está legitimado para imponerse sobre quien tiene menos.
Un límite adecuado no abandona ni humilla. Detiene la conducta, protege a la víctima y ayuda al menor responsable a comprender lo sucedido, asumir las consecuencias y reparar el daño cuando sea posible.
9. La diferencia entre el hijo que conocemos y su comportamiento con el grupo
Cuando una madre o un padre afirma que no sabía nada, es posible que esté diciendo la verdad.
Los adolescentes pueden ocultar conversaciones, borrar mensajes, utilizar cuentas alternativas y comportarse de forma diferente según el contexto. En casa pueden mostrarse tranquilos y afectuosos; con determinados amigos, participar en dinámicas que su familia no reconocería.
No haberse enterado antes no convierte automáticamente a los padres en negligentes.
La cuestión decisiva es qué hacen cuando se enteran.
Negar los hechos, minimizar la conducta, culpar a la víctima o preocuparse únicamente por defender la imagen del hijo impide cualquier cambio. Una respuesta responsable comienza aceptando la posibilidad de que el menor haya hecho algo grave, aunque resulte doloroso y no encaje con la imagen que la familia tenía de él.
10. Una cultura escolar que no interviene a tiempo
El acoso no se mantiene únicamente por la conducta de quien agrede. Necesita un contexto que permita su continuidad.
Cuando las burlas se consideran «cosas de niños», las peticiones de ayuda se interpretan como exageraciones, la víctima debe demostrar repetidamente lo sucedido o las medidas se limitan a pedir que ambas partes «hagan las paces», el desequilibrio de poder permanece.
Los centros educativos necesitan protocolos claros, vías seguras para comunicar lo que ocurre, supervisión de los espacios menos estructurados y una intervención que incluya al grupo.
No basta con trasladar a la víctima de clase, pedirle que ignore las provocaciones o aconsejarle que se defienda. La responsabilidad de detener el acoso nunca puede recaer sobre quien lo está sufriendo.
11. El papel de quienes observan
El bullying no es solamente una relación entre quien agrede y quien es agredido. En muchas situaciones hay otras personas que observan y cuya reacción influye directamente en lo que sucede.
Algunas ayudan activamente a quien agrede. Otras ríen, animan, graban o comparten. Muchas permanecen en silencio porque tienen miedo o no saben qué hacer.
La risa proporciona aprobación.
La grabación ofrece una audiencia.
La difusión multiplica la humillación.
El silencio puede ser interpretado como permiso.
No todas estas conductas tienen la misma gravedad, pero ninguna es completamente neutral.
También debemos reconocer que muchos espectadores sienten miedo. Por eso no basta con decirles: «Deberías haberlo impedido». Necesitan aprender formas seguras de actuar: pedir ayuda, acompañar a la víctima, informar a un adulto de confianza, conservar pruebas sin difundirlas y negarse a convertir el daño en entretenimiento.
El grupo puede reforzar el acoso, pero también puede detenerlo.
12. Las redes sociales y la conversión del daño en espectáculo
Antes, algunas agresiones terminaban cuando la víctima regresaba a casa. Hoy el daño puede continuar durante las veinticuatro horas.
Las redes sociales amplían la audiencia, aceleran la difusión y generan una falsa sensación de distancia. A través de una pantalla, el sufrimiento puede parecer menos real. Los comentarios, las visualizaciones y los «me gusta» pueden convertir la humillación en una forma de reconocimiento social.
Grabar una agresión no es un acto neutral. Puede aumentar el poder de quien agrede y prolongar el daño mucho después de que termine el ataque.
Compartir un vídeo para denunciar lo ocurrido también puede perjudicar a la víctima. Aunque la intención sea condenar la violencia, cada reproducción vuelve a exponer su miedo, su dolor y su humillación.
Denunciar no exige difundir.
13. Los prejuicios y el rechazo hacia la diferencia
El aspecto físico, el origen, la orientación sexual, la identidad, la discapacidad, la manera de hablar, la situación económica, los gustos o cualquier característica percibida como diferente pueden utilizarse para seleccionar a una víctima.
Pero la diferencia no provoca el acoso.
Lo provoca quien decide convertirla en motivo de desprecio y el contexto que lo consiente.
Cuando en una familia, un centro educativo o una comunidad se normalizan comentarios racistas, clasistas, machistas, homófobos, capacitistas o humillantes, los menores reciben el mensaje de que algunas personas merecen menos respeto.
Prevenir el bullying también exige educar activamente en diversidad, dignidad y convivencia.
14. La deshumanización de la víctima
Para mantener la violencia, quien agrede suele construir una narración que la justifique:
«Se lo buscó».
«Es insoportable».
«Todo el mundo la odia».
«Solo era una broma».
«Exagera para llamar la atención».
Estas frases reducen la culpa y permiten continuar. La víctima deja de ser percibida como una persona con emociones, vínculos, miedo y dignidad, y se convierte en «la rara», «la pesada» o «la que sobra».
Una intervención eficaz debe romper esa deshumanización. Pero no debe hacerlo obligando prematuramente a la víctima a enfrentarse a quienes la dañaron, perdonar o aceptar una mediación para la que todavía no está preparada.
No solo debemos preocuparnos de que nuestros hijos no sufran bullying
Cuando se habla de acoso escolar, es comprensible que las familias se pregunten primero si su hijo puede estar siendo víctima:
¿Lo excluyen?
¿Se burlan de él?
¿Le amenazan?
¿Está sufriendo en silencio?
Son preguntas necesarias, pero no pueden ser las únicas.
También debemos preguntarnos cómo trata nuestro hijo a los demás cuando no estamos delante.
¿Se ríe cuando humillan a alguien?
¿Participa en grupos donde se señala o se excluye?
¿Difunde rumores, fotografías o vídeos?
¿Graba en lugar de pedir ayuda?
¿Utiliza información íntima para hacer daño?
¿Se une al grupo para no quedarse fuera?
¿Guarda silencio por miedo?
¿Llama «broma» a algo que está haciendo sufrir a otra persona?
A menudo los adultos nos preocupamos por criar hijos capaces de defenderse, poner límites y pedir ayuda. Pero también necesitamos educarlos para que no utilicen su fuerza, su popularidad, su grupo o las redes para dañar a otros.
La tarea de una familia no consiste únicamente en proteger a su hijo de quienes puedan hacerle daño. También consiste en enseñarle a no convertirse en quien humilla, excluye, amenaza, graba, comparte o celebra el sufrimiento ajeno.
No basta con decir:
«Mi hijo nunca haría eso».
«Lo conozco perfectamente».
«Seguro que le provocaron».
«Solo estaba mirando».
«Él no pegó a nadie».
Negar lo ocurrido puede proteger momentáneamente a los padres de la culpa, la vergüenza o el desconcierto, pero deja desprotegida a la víctima e impide que el propio hijo asuma responsabilidades y cambie.
Educar también es atreverse a formular una pregunta incómoda:
¿Cómo trata mi hijo a los demás cuando cree que ningún adulto está mirando?
Estas conversaciones deben producirse antes de que aparezca un problema. Podemos preguntar:
«¿Hay alguien en vuestra clase a quien estén dejando de lado?».
«¿Qué ocurre en vuestro grupo cuando alguien es diferente?».
«¿Alguna vez te has reído para que no se rieran de ti?».
«¿Se ha compartido algún vídeo para avergonzar a alguien?».
«¿Qué podrías hacer sin ponerte en peligro si presenciaras una agresión?».
«¿A qué adulto pedirías ayuda?».
«¿Cómo crees que se siente esa persona cuando los demás se ríen?».
Educar no es asegurarle a un hijo que siempre tiene razón. Tampoco es evitarle cualquier consecuencia. En ocasiones, la forma más responsable de proteger su desarrollo consiste en ayudarle a mirar de frente lo que ha hecho, asumir el daño causado y aprender otra manera de relacionarse.
No solo necesitamos criar hijos que sepan pedir ayuda cuando los dañan. También hijos capaces de reconocer cuándo están dañando, detenerse, reparar y no utilizar al grupo como excusa.
¿Qué deben hacer los padres cuando descubren que su hijo ha participado?
El primer impulso puede ser negarlo, justificarlo o sentir que lo sucedido cuestiona toda la educación familiar.
Pero defender a un hijo no significa protegerlo de las consecuencias de sus actos.
Significa ayudarlo a detener una conducta que puede dañar gravemente a otra persona y comprometer su propio desarrollo.
Los padres necesitan conocer los hechos completos, hablar con el centro educativo y con los profesionales implicados, revisar el teléfono y las redes cuando sea necesario y establecer límites claros.
Conviene evitar dos extremos: la minimización y la humillación.
Decir «no ha sido para tanto» impide asumir el daño. Pero decirle «eres una persona horrible» tampoco enseña responsabilidad. Una persona no es exactamente lo mismo que la conducta que ha realizado, aunque esa conducta sea grave.
Es más útil transmitir:
«Lo que has hecho es grave».
«No voy a justificarlo».
«Necesito comprender qué ocurrió».
«Vas a asumir las consecuencias».
«Vamos a trabajar para que no vuelva a suceder».
«Reparar no consiste únicamente en pedir perdón».
Una disculpa puede formar parte del proceso, pero no debe utilizarse como una manera rápida de cerrar el caso. La víctima no tiene obligación de aceptarla, perdonar ni participar en una mediación.
Cuando existe un desequilibrio de poder, forzar un encuentro entre ambas partes puede aumentar el daño. La reparación debe estar guiada por profesionales, respetar la seguridad de la víctima y no responder solamente a la necesidad de aliviar la culpa de quien agredió.
Quien acosa también necesita intervención
Proteger prioritariamente a la víctima no está reñido con ayudar al menor que ha agredido.
Una sanción puede ser necesaria, pero difícilmente será suficiente si no se trabaja aquello que sostiene la conducta: la búsqueda de poder, la presión del grupo, la falta de empatía, la impulsividad, la necesidad de aprobación, la exposición a violencia, las dificultades familiares o la ausencia de límites.
El objetivo no es evitarle las consecuencias. Es conseguir que comprenda el daño, desarrolle responsabilidad, aprenda formas diferentes de relacionarse y pueda cambiar.
El menor que acosa necesita límites, consecuencias, supervisión y ayuda. Comprender su historia no significa situarlo al mismo nivel que la víctima ni confundir las responsabilidades.
Los comportamientos de acoso no tienen por qué definir para siempre la identidad de un menor. Pero el cambio exige una intervención adulta firme, sostenida y coordinada.
La víctima no necesita consejos para ser más fuerte: necesita estar segura
Ante el acoso todavía se escuchan frases como:
«No les hagas caso».
«Defiéndete».
«Tienes que hacerte respetar».
«Procura no quedarte sola».
«Seguro que algo habrás hecho».
Estas respuestas desplazan la responsabilidad hacia quien está sufriendo y pueden hacer que se sienta culpable por no haber sabido detener algo que estaba fuera de su control.
La prioridad debe ser interrumpir el contacto, valorar el riesgo, preservar las pruebas, proteger su intimidad, ofrecer apoyo psicológico cuando sea necesario y garantizar que pueda continuar su vida escolar sin miedo.
La víctima necesita ser creída.
Necesita escuchar con claridad que no es culpable.
Necesita saber que no tiene que resolver sola la situación.
Y necesita comprobar que los adultos no se limitan a escuchar, sino que actúan.
Comprender no es justificar
Preguntarnos por qué un niño o un adolescente hace bullying no pretende suavizar la gravedad de sus actos.
Comprender permite intervenir antes y mejor.
Podemos reconocer que un menor tiene una historia, unas necesidades y unas dificultades y, al mismo tiempo, afirmar con absoluta claridad que ninguna de ellas le da derecho a humillar, amenazar, excluir o agredir.
Podemos proteger a la víctima sin deshumanizar a quien agrede.
Podemos exigir responsabilidad sin convertir a un menor en un monstruo irrecuperable.
Podemos ayudar a quien ha agredido sin confundirlo con quien ha sufrido la agresión.
Y podemos pedir a las familias, los centros educativos, las instituciones, las plataformas digitales y al conjunto de la sociedad que dejen de tratar el bullying como un problema privado entre menores.
El acoso es una dinámica colectiva.
Se alimenta del poder, el miedo, la necesidad de pertenecer, los prejuicios, la ausencia de límites, la pasividad de los espectadores, la difusión digital y la tardanza de los adultos.
Por eso también debe detenerse colectivamente.
-No compartamos las imágenes.
-No mostremos los rostros.
-No investiguemos la vida de los menores en las redes.
-No convirtamos el dolor de una víctima en entretenimiento.
Utilicemos estos casos para mirar más allá del vídeo y formularnos preguntas más incómodas y necesarias:
¿Están haciendo daño a mi hijo?
Pero también:
¿Podría mi hijo estar dañando a alguien?
¿Qué estamos enseñando, permitiendo o dejando de ver para que un menor llegue a sentir que humillar a otra persona le proporciona poder?
Comprender no es justificar.
Es proteger, responsabilizar, educar e intervenir.
La confianza es una consecuencia de cómo interpreta el cerebro la experiencia, de cómo responde el sistema nervioso al error y de las creencias que la persona ha construido sobre sí misma. Desde una perspectiva de psicología deportiva y EMDR, el trabajo puede ser muy profundo y, en muchos casos, más eficaz que limitarse a enseñar técnicas de motivación o pensamiento positivo.
Y aunque este artículo está centrado en el deporte seguro que aunque no seas deportista te puedes sentir identificada/o
Algunas de las áreas más importantes serían:
1. ¿Qué ha roto la confianza?
La confianza casi nunca desaparece de la nada. Conviene explorar cuándo comenzó.
Una lesión.
Un error importante.
Una mala temporada.
Un cambio de entrenador.
Haber pasado de ser el mejor a competir con deportistas de mayor nivel.
Críticas constantes.
Fracasar en una competición importante.
Compararse continuamente.
Con EMDR muchas veces encontramos que el cerebro sigue reaccionando como si aquel error siguiera ocurriendo hoy.
2. Experiencias anteriores que siguen activas
A veces el problema no nace en el deporte.
Puede haber recuerdos de infancia como:
“Nunca haces nada bien.”
Comparaciones con hermanos.
Padres muy exigentes.
Entrenadores humillantes.
Bullying.
Fracasos escolares.
Cada nueva competición reactiva esas antiguas experiencias.
El deportista cree que tiene miedo a competir, cuando en realidad su sistema nervioso está reviviendo sensaciones mucho más antiguas.
3. Creencias negativas sobre uno mismo
Es frecuente encontrar pensamientos como:
No soy suficiente.
Voy a fallar.
Todos son mejores.
No puedo con la presión.
Tengo que demostrar constantemente mi valor.
Si fallo decepcionaré a todos.
Solo valgo cuando gano.
EMDR permite trabajar el origen de estas creencias y sustituirlas por otras que el cerebro pueda integrar de forma auténtica, no como simples afirmaciones positivas.
4. El miedo al error
Muchos deportistas no juegan para ganar.
Juegan para no equivocarse.
Y eso cambia completamente la manera de competir.
Cuando el objetivo pasa a ser evitar el fallo:
aumenta la tensión,
disminuye la creatividad,
aparecen bloqueos,
se juega con miedo.
5. Regulación del sistema nervioso
La confianza también es fisiología.
Si el sistema nervioso entra en hiperactivación:
aumenta la tensión muscular,
empeora la coordinación,
disminuye la atención,
aparecen pensamientos catastróficos.
Por eso se trabaja con:
respiración,
mindfulness,
grounding,
regulación vagal,
conciencia corporal,
recuperación tras errores.
No solo para relajarse, sino para mantener un nivel óptimo de activación.
6. El diálogo interno
Muchos deportistas hablan consigo mismos de una forma que jamás utilizarían con un compañero.
Se dicen:
Eres un desastre.
Ya la has vuelto a liar.
No sirves para esto.
Aprender a cambiar ese diálogo no significa engañarse, sino desarrollar una voz interna que ayude a rendir incluso cuando las cosas no salen como esperan.
7. Perfeccionismo
Detrás de muchas faltas de confianza encontramos un perfeccionismo muy elevado.
No disfrutan.
Solo evalúan.
Cada entrenamiento es un examen.
Cada competición es un juicio.
Cada error confirma que “no son suficientes”.
8. Identidad
Algunos deportistas dejan de ser personas para convertirse únicamente en deportistas.
Su valor depende del resultado.
Cuando pierden sienten que fracasan ellos, no que han perdido una competición.
Uno de los trabajos más importantes consiste en separar:
Soy una persona que practica un deporte.
No:
Mi valor depende de cómo compita.
9. Presión externa
Familia.
Entrenadores.
Redes sociales.
Expectativas.
Patrocinadores.
A veces el problema no es competir.
Es sentir que cualquier fallo decepcionará a alguien.
10. Atención y concentración
Cuando la confianza baja, la atención suele dirigirse a:
lo que puede salir mal,
el rival,
el marcador,
el error anterior,
el juicio de los demás.
El entrenamiento psicológico busca devolver la atención al presente y a aquello que el deportista puede controlar en cada momento.
11. Lesiones y miedo a recaer
Tras una lesión es frecuente que el cuerpo esté recuperado, pero el cerebro no.
El deportista puede:
evitar ciertos movimientos,
competir con miedo,
perder agresividad,
sentir que “ya no es el mismo”.
EMDR cuenta con evidencia para ayudar a reprocesar experiencias traumáticas relacionadas con lesiones y facilitar una vuelta más segura desde el punto de vista psicológico.
12. Recuperarse después del error
Los grandes deportistas no son los que nunca fallan.
Son los que consiguen volver al presente rápidamente.
Se entrena:
aceptar el error,
regular la activación,
recuperar el foco,
evitar que un fallo provoque una cadena de errores.
Porque muchas competiciones no se pierden por el primer error, sino por todo lo que ocurre mentalmente después.
El objetivo final
El objetivo no es que el deportista deje de sentir nervios. Los nervios forman parte de competir.
El verdadero objetivo es que pueda confiar en sí mismo incluso cuando aparecen dudas, cometer errores sin que estos definan quién es y rendir desde la presencia, no desde el miedo. Cuando el sistema nervioso deja de vivir la competición como una amenaza constante y las experiencias que alimentaban la inseguridad se procesan adecuadamente, la confianza deja de depender del último resultado y empieza a convertirse en una forma más estable de relacionarse consigo mismo.
Si quieres saber más de EMDR además del enlace que te dejé arriba tienes un podcast aquí
Suena el pitido final y, casi de inmediato, miles de personas salen a las calles. Se abrazan desconocidos, las plazas se llenan de banderas, los teléfonos no dejan de sonar y durante unas horas parece que el país entero respira al mismo ritmo. Hay niños que saltan sobre el sofá como si ellos hubieran marcado el gol decisivo, personas mayores que vuelven a emocionarse como hacía años que no lo hacían y amigos que hacía meses que no hablaban y se envían un mensaje con una sola frase: “¡Lo hemos conseguido!”
No decimos: “La selección ha ganado el Mundial.”
Decimos: “Hemos ganado.”
Y esa pequeña palabra, “hemos”, dice mucho más sobre el cerebro humano que sobre el fútbol.
Porque, objetivamente, ninguno de nosotros ha entrenado durante años, ha soportado la presión de una final o ha levantado la copa. Sin embargo, sentimos una alegría auténtica, un orgullo difícil de explicar y una sensación de victoria que parece también nuestra.
¿Por qué ocurre?
La respuesta tiene mucho menos que ver con el deporte de lo que imaginamos y mucho más con algo profundamente humano: la necesidad de pertenecer.
Desde que nacemos buscamos formar parte de algo. Primero de una familia, después de un grupo de amigos, de una clase, de un equipo, de una ciudad o de un país. Nuestro cerebro evolucionó durante miles de años aprendiendo que pertenecer a un grupo aumentaba las posibilidades de sobrevivir. Quedarse solo suponía un enorme riesgo. Por eso hoy seguimos sintiendo un bienestar especial cuando experimentamos que compartimos una identidad con otras personas.
Cuando un equipo con el que nos identificamos consigue una victoria histórica, el cerebro interpreta, en cierta medida, que ese éxito también fortalece al grupo del que formamos parte. No es extraño, por tanto, que vivamos esa alegría como algo propio. Es un mecanismo profundamente humano.
Quizá por eso suceden escenas que solo vemos en momentos muy concretos. Personas que jamás se habían visto terminan abrazándose en una plaza. Alguien celebra con quien tiene al lado sin preguntarse quién es, qué piensa o a qué se dedica. Durante unas horas desaparecen muchas de las diferencias que normalmente nos separan. La edad, la profesión, las ideas políticas o el lugar de origen pasan a un segundo plano porque hay algo que nos une por encima de todo: una emoción compartida.
Y pocas cosas tienen tanto poder psicológico como sentir que pertenecemos.
Pero hay algo todavía más fascinante. Incluso quienes apenas siguen el fútbol pueden terminar emocionándose viendo una celebración así. No hace falta ser un gran aficionado para notar un nudo en la garganta cuando todo un estadio canta al unísono o cuando un jugador rompe a llorar después de años de esfuerzo.
Las emociones son contagiosas.
Nuestro cerebro está continuamente observando las expresiones de quienes nos rodean. Interpreta sus gestos, sus voces, sus sonrisas y sus lágrimas para comprender qué ocurre en el entorno. Esa capacidad de sincronizarnos emocionalmente con los demás ha sido esencial para nuestra evolución y sigue formando parte de nuestra vida cotidiana. Cuando miles de personas ríen, saltan y celebran juntas, resulta muy difícil permanecer completamente indiferente.
La alegría también se contagia.
Y quizá la necesitamos más de lo que pensamos.
Vivimos en una época en la que estamos expuestos constantemente a noticias preocupantes. Abrimos el móvil y encontramos conflictos, enfermedades, problemas económicos, violencia o incertidumbre. Nuestro sistema nervioso dedica una enorme cantidad de energía a procesar amenazas, muchas de ellas lejanas, pero presentes cada día en nuestra mente.
Por eso, cuando aparece un acontecimiento positivo que millones de personas viven al mismo tiempo, ocurre algo muy interesante. No desaparecen los problemas, pero durante unas horas dejamos de mirar únicamente hacia aquello que preocupa. El cerebro encuentra un espacio para la esperanza, para la ilusión y para la conexión. Es como si pudiera descansar brevemente de estar siempre alerta.
También nuestro organismo participa en esa experiencia. Durante situaciones de celebración aumentan las probabilidades de liberar sustancias relacionadas con el bienestar, como la dopamina, implicada en la sensación de recompensa y motivación. Los abrazos, el contacto físico o el sentimiento de unión favorecen procesos en los que interviene la oxitocina, relacionada con el vínculo social. Reír, cantar, bailar o saltar juntos también puede contribuir a la liberación de endorfinas.
Todo ello nos recuerda que nuestro cerebro necesita experimentar emociones positivas compartidas para mantener un cierto equilibrio.
Sin embargo, toda emoción intensa tiene otra cara.
Estamos acostumbrados a pensar que solo el miedo o la ira alteran nuestra forma de decidir, pero la euforia también lo hace. Cuando nos sentimos extremadamente felices tendemos a percibir menos los riesgos, a confiar más en nuestras capacidades y a pensar que las consecuencias negativas son menos probables. Es entonces cuando algunas personas conducen de forma temeraria, consumen alcohol en exceso, realizan conductas peligrosas o se dejan arrastrar por la multitud sin detenerse a pensar.
La euforia no es un problema. Lo problemático es cuando dejamos que la emoción sustituya completamente al juicio.
Celebrar es sano pero perder la capacidad de cuidarnos no.
Y, curiosamente, hay otro momento del que casi nunca hablamos: el día después.
Cuando las plazas vuelven a estar vacías, las banderas regresan a los cajones y la rutina vuelve a ocupar su sitio, muchas personas experimentan una ligera sensación de bajón. Después de un pico emocional tan intenso, el sistema nervioso necesita volver poco a poco a su nivel habitual de activación. Algunas personas incluso describen una cierta nostalgia o vacío.
No significa que ocurra nada malo.
Significa, simplemente, que el cerebro no está diseñado para vivir permanentemente en estado de euforia.
Los propios deportistas conocen muy bien esta experiencia. Después de años persiguiendo un sueño, muchos describen una pregunta inesperada que aparece pocos días después de alcanzar el éxito: “¿Y ahora qué?” Por eso la psicología del deporte insiste tanto en que la identidad de un deportista no puede depender únicamente de las medallas o de los títulos. Cuando todo nuestro valor personal se apoya en un único objetivo, incluso la mayor de las victorias puede dejar un vacío difícil de entender.
Quizá esa reflexión también nos sirva al resto.
La verdadera riqueza emocional de un Mundial no está solo en levantar una copa. Está en los recuerdos que construimos, en las personas con las que compartimos ese momento, en las conversaciones que surgirán dentro de veinte años cuando alguien diga: “¿Te acuerdas de aquella final?”
Porque probablemente olvidemos el minuto exacto de un gol.
Pero difícilmente olvidaremos con quién estábamos cuando ocurrió.
Y eso nos recuerda algo profundamente humano. Las personas no necesitamos vivir permanentemente eufóricas para ser felices. Lo que realmente necesitamos son momentos que den sentido a nuestra historia, personas con las que compartirlos y emociones que nos hagan sentir que, por un instante, formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos.
Quizá ese sea el verdadero legado de una victoria como esta. No el trofeo que queda en una vitrina, sino la certeza de que seguimos necesitando celebrar juntos, emocionarnos juntos y recordar que, incluso en tiempos difíciles, todavía somos capaces de mirar a un desconocido, abrazarlo y sentir que, durante unos minutos, pertenece a nuestro mismo equipo.
Una nueva fecha inolvidable 19 de julio de 2026.
¿Dónde y con quién estabas?
Nos vemos en España para el Mundial 2030 siendo campeones del mundo.
No solo en esto también en donación de órganos y en investigación con bajos presupuestos…
No todos los equipos juegan en un estadio. Algunos juegan cada día en casa, en el trabajo, con la pareja o entre amigos. La diferencia entre desgastarse o crecer juntos suele depender de cómo jugamos ese partido. Estas preguntas pueden ayudarte a mirar a tu equipo con otros ojos.
❤️ Pareja
¿Estamos jugando en el mismo equipo o intentando ganar discusiones?
¿Nuestro objetivo es tener razón o entendernos?
¿Qué podríamos conseguir si colaboráramos más y compitiéramos menos?
¿Nos recordamos que estamos en el mismo lado del campo?
👨👩👧 Familia
¿En casa se siente que todos remamos en la misma dirección?
¿Qué une realmente a nuestra familia además de compartir un apellido?
¿Cómo resolvemos los conflictos: como rivales o como un equipo?
¿Qué necesita nuestra familia para sentirse más unida?
💼 Trabajo
¿Mi equipo comparte un propósito o solo comparte una oficina?
¿Celebramos los logros de los demás o competimos constantemente?
¿Qué cambiaría si todos sintiéramos que el éxito es colectivo?
¿Estoy contribuyendo al equipo o solo cumpliendo mi parte?
👥 Amigos
¿Con qué personas siento que puedo ser yo sin competir?
¿Quién celebra mis éxitos como si fueran propios?
¿Estoy cuidando las amistades que realmente suman a mi vida?
¿Qué hace que un grupo de amigos se convierta en un verdadero equipo?
⚽ Reflexión final
Si el fútbol puede unir a millones de personas durante 90 minutos… ¿qué podría unir más a las personas que forman parte de tu vida?
¿Cuál es el objetivo común que une a tu pareja, tu familia, tus amigos o tu equipo de trabajo?
¿Qué pasaría si dejáramos de preguntarnos quién tiene razón y empezáramos a preguntarnos qué necesita nuestro equipo para ganar?
¿En qué equipo de tu vida hace falta empezar a jugar juntos y dejar de jugar unos contra otros?
Nuestro organismo nació para moverse. No para permanecer diez horas sentado delante de una pantalla.
Caminar.
Bailar.
Montar en bicicleta.
Nadar.
Hacer fuerza.
Todo movimiento ayuda a descargar tensión acumulada y favorece la regulación del sistema nervioso. No hace falta hacerlo perfecto.
Hace falta hacerlo con cierta frecuencia.
4. Regálate naturaleza
¿Has notado alguna vez cómo cambia tu respiración cuando caminas por un bosque o escuchas el mar? La naturaleza disminuye la activación fisiológica y facilita que nuestro organismo salga del modo supervivencia.
Diez minutos bajo un árbol hacen más por nuestro sistema nervioso que una hora mirando el móvil.
5. Aprende a poner límites
Decir siempre que sí también cansa al sistema nervioso.
Vivir intentando agradar.
Responder inmediatamente.
Estar disponible para todo el mundo.
No querer decepcionar.
Todo eso mantiene al organismo en un estado continuo de exigencia.
Los límites no alejan a las personas adecuadas.
Protegen tu bienestar.
6. Rodéate de personas con las que puedas bajar la guardia
Nos regulamos mucho más de lo que imaginamos a través de otras personas. Una conversación tranquila.
Una mirada de comprensión.
Un abrazo.
Sentirnos escuchados.
El sistema nervioso también aprende seguridad a través del vínculo.
Por eso elegir bien con quién compartimos la vida también es autocuidado.
7. Haz pausas antes de que tu cuerpo las imponga
Muchas personas solo descansan cuando ya no pueden más.
Cuando aparece la ansiedad.
Cuando enferman.
Cuando el cuerpo dice basta.
Pero el descanso no debería llegar solo después del agotamiento.
Las pausas pequeñas también regulan.
Cinco minutos respirando.
Un café sin móvil.
Mirar por la ventana.
Caminar un poco.
No hace falta esperar a romperse para empezar a cuidarse.
8. Practica mindfulness
Mindfulness no consiste en dejar la mente en blanco.
Consiste en volver al momento presente una y otra vez.
Cuando entrenamos la atención dejamos de vivir constantemente atrapados entre el pasado y el futuro.
Y eso también ayuda al sistema nervioso a encontrar momentos de calma.
No necesitamos meditar una hora.
A veces bastan cinco minutos de presencia real.
Como instructora en mindfulness acompañado con diferentes iniciativas online en vivo. Si estás interesada escríbeme yolanda@yolandacuevas.es
9. Procesa aquello que todavía duele
Hay experiencias que el tiempo no termina de resolver.
Infancias difíciles.
Pérdidas.
Accidentes.
Abandono.
Situaciones de miedo.
Nuestro cerebro puede seguir reaccionando como si aquello todavía estuviera ocurriendo.
Por eso descansar, respirar o hacer ejercicio a veces no es suficiente.
En esos casos necesitamos procesar lo vivido. Aquí es donde terapias como EMDR pueden marcar una gran diferencia. No porque borren el pasado sino porque ayudan al cerebro a dejar de vivirlo como si siguiera ocurriendo hoy.
Muchas personas describen ese cambio con una frase preciosa:
“Lo recuerdo… pero ya no lo siento igual.” Y eso transforma profundamente la manera de vivir.
“No llego.” “Soy un desastre.” “Nunca hago suficiente.”
Nuestro diálogo interno también regula nuestro sistema nervioso.
Cada palabra que nos dirigimos deja una huella.
La amabilidad no elimina los problemas. Pero crea un lugar mucho más seguro desde el que afrontarlos.
Una pregunta que puede cambiar muchas cosas. La próxima vez que notes ansiedad, tensión o agotamiento…
En lugar de preguntarte “¿Qué me pasa?”
Prueba a preguntarte:
“¿Qué necesita mi sistema nervioso en este momento?”
Quizá necesite descanso.
Quizá movimiento.
Quizá compañía.
Quizá silencio.
Quizá ayuda.
Quizá simplemente sentirse seguro.
Vivimos en una sociedad que nos enseña a exigirnos mucho. Pero muy pocas veces nos enseña a regularnos.
Nos esforzamos por ser más productivos. Más eficientes. Más fuertes. Cuando quizá la verdadera pregunta sea otra.
¿Estoy cuidando el sistema que sostiene toda mi vida?
Porque un sistema nervioso regulado no hace que desaparezcan los problemas. Pero sí cambia profundamente la forma en que somos capaces de afrontarlos.
Y quiero que recuerdes algo:
Tu sistema nervioso no necesita que seas más fuerte. Necesita sentirse más seguro.
Y esa seguridad, poco a poco, también puede aprenderse. Porque sanar no siempre consiste en hacer más. Muchas veces consiste en empezar a tratarnos con la calma, el cuidado y la comprensión que llevamos tanto tiempo necesitando.
Un abrazo y espero que te ayude a reflexionar, entenderte y saber por donde empezar.
Cada vez que ocurre una tragedia, además del dolor aparecen las preguntas.
¿Por qué no salieron antes? ¿Por qué no hicieron caso a las recomendaciones? ¿Cómo pudieron tomar esa decisión?
Son preguntas profundamente humanas. Nuestro cerebro necesita encontrar una explicación cuando ocurre algo tan difícil de comprender. A veces, incluso buscamos una causa sencilla que nos haga sentir que algo así podría evitarse siempre.
Sin embargo, la psicología, la neurociencia y el estudio del trauma nos recuerdan algo importante: el cerebro que toma decisiones en una situación de peligro extremo no funciona igual que el cerebro con el que ahora analizamos lo sucedido desde la calma.
Comprender esto no significa justificar decisiones equivocadas ni evitar analizar responsabilidades cuando corresponda. Significa entender cómo responde un ser humano cuando siente que su vida está amenazada.
Cuando la supervivencia toma el control
Ante un incendio u otra situación de emergencia, el cerebro detecta una posible amenaza en cuestión de milisegundos.
La amígdala, una estructura especializada en detectar el peligro, activa rápidamente el sistema de supervivencia. El organismo libera hormonas del estrés, aumenta la frecuencia cardiaca, la respiración se acelera y todo el cuerpo se prepara para proteger la vida.
En ese momento el objetivo principal ya no es analizar todas las posibilidades de forma racional.
El objetivo es sobrevivir.
Nuestro cerebro intenta encontrar una solución rápida utilizando los recursos que considera más accesibles en ese instante.
Pensar bajo estrés no es pensar peor, es pensar diferente
Muchas personas imaginan que, en una emergencia, basta con “pensar con lógica”. Sin embargo, el elevado nivel de activación afecta al funcionamiento de la corteza prefrontal, la región implicada en valorar alternativas, inhibir impulsos y tomar decisiones complejas.
No deja de funcionar por completo, pero puede verse limitada por la intensidad del estrés.
Es como intentar resolver un problema muy complejo mientras suena una alarma ensordecedora y alguien nos grita que corramos.
El cerebro sigue tomando decisiones, pero dispone de menos recursos para hacerlo de forma reflexiva.
La visión en túnel: cuando el mundo se estrecha
Otro fenómeno frecuente es la llamada visión en túnel.
La atención deja de abarcar todo lo que ocurre y se concentra en una única posibilidad.
La persona puede pensar:
“Por aquí he entrado, por aquí salgo.”
“Si me quedo aquí quizá esté más protegido.”
“Siempre se ha controlado el fuego.”
“Voy a esperar un poco antes de moverme.”
No necesariamente porque sea la mejor opción, sino porque el cerebro reduce el número de alternativas para responder con rapidez.
Desde fuera puede parecer incomprensible.
Desde dentro, puede sentirse como la única posibilidad imaginable.
Nuestro cerebro también utiliza lo que ya conoce
Cuando disponemos de poca información, el cerebro completa los huecos utilizando experiencias previas.
Si una persona ha vivido pequeños incendios que terminaron controlándose rápidamente, es posible que interprete la situación actual desde ese aprendizaje.
Los modelos mentales que hemos construido durante años influyen enormemente en cómo interpretamos el peligro.
El cerebro no analiza únicamente lo que está ocurriendo.
También intenta predecir lo que ocurrirá basándose en lo que ya conoce.
Y esas predicciones, en ocasiones, pueden alejarnos de la realidad del momento.
Cuando el riesgo tarda en parecer real
Existe otro fenómeno psicológico muy conocido: la normalización del riesgo.
Durante los primeros momentos de una amenaza grave, algunas personas minimizan lo que ocurre.
No porque sean irresponsables.
Sino porque aceptar que el peligro es real implica enfrentarse a una situación emocionalmente abrumadora.
Pensamientos como:
“Seguro que no será para tanto.”
“Ahora enseguida lo controlarán.”
“Esperemos un poco.”
son intentos del cerebro de reducir el impacto emocional de una realidad difícil de asumir.
Paradójicamente, esa estrategia de protección puede retrasar decisiones que deberían tomarse con rapidez.
No solo decide la razón
En situaciones extremas también influyen muchos otros factores:
-El apego a la vivienda.
-La preocupación por familiares o mascotas.
-La dificultad para abandonar pertenencias importantes.
-La confianza en una interpretación propia.
-La información incompleta.
-El miedo.
El bloqueo.
Todo ello forma parte del proceso de toma de decisiones.
Por eso, reducir una tragedia a un simple “no hicieron caso” suele dejar fuera gran parte de la complejidad psicológica que existe detrás.
El peligro de juzgar desde después
Cuando conocemos el desenlace, nuestro cerebro cae fácilmente en un fenómeno llamado sesgo retrospectivo.
Es la tendencia a pensar que el resultado era mucho más evidente de lo que realmente era.
Entonces aparecen frases como:
“Era obvio lo que había que hacer.”
“Yo habría salido inmediatamente.”
“¿Cómo no se dieron cuenta?”
Pero esa valoración se realiza con una ventaja enorme: conocemos el final de la historia.
Las personas que estaban allí no disponían de esa información.
Tomaban decisiones con incertidumbre, miedo, información parcial y un sistema nervioso completamente activado.
Nuestro cerebro necesita creer que el mundo es predecible porque esa sensación nos aporta seguridad.
Pensar que “era evidente” nos hace sentir que nosotros actuaríamos mejor.
Sin embargo, esa sensación suele ser una ilusión creada por el conocimiento posterior.
Comprender no significa justificar
Explicar cómo funciona el cerebro en situaciones extremas no elimina la responsabilidad cuando existan errores, negligencias o decisiones que deban investigarse.
La psicología no sustituye al análisis de los hechos. Lo complementa.
Nos recuerda que hay personas que no toman decisiones desde la calma cuando sienten que su vida corre peligro. Las toman con un cerebro diseñado, desde hace miles de años, para sobrevivir.
Y ese cerebro, aunque extraordinariamente eficaz en muchas ocasiones, también tiene limitaciones o está condicionado en esos momentos por otras vivencias y circunstancias.
Quizá una de las mayores enseñanzas que podemos extraer de estas tragedias sea esta:
Antes de juzgar una decisión tomada bajo un miedo extremo, conviene recordar que nosotros la analizamos desde un lugar seguro, con toda la información y con un sistema nervioso en calma.
Ellos no.
En una emergencia hay incertidumbre. Las personas no tienen una visión completa de lo que está ocurriendo: no conocen la evolución del fuego, las condiciones exactas del lugar ni las consecuencias de cada alternativa. El sesgo retrospectivo: juzgar con información que antes no existía Después de una tragedia aparece con frecuencia el sesgo retrospectivo, también llamado sesgo de “lo sabía desde el principio”. Es la tendencia del cerebro a creer que un acontecimiento era más predecible de lo que realmente era antes de que ocurriera.
Cuando conocemos el desenlace, miramos hacia atrás y pensamos: “Era evidente”. “Lo lógico era salir”. “¿Cómo no se dieron cuenta?”. Pero olvidamos algo fundamental: quienes tomaron esas decisiones no tenían la información que tenemos nosotros después. Juzgamos el pasado con el mapa completo, mientras que la persona tuvo que decidir cuando solo tenía una parte del camino.
Comprender no significa justificar Explicar cómo funciona el cerebro en una emergencia no significa quitar responsabilidad ni afirmar que todas las decisiones fueron adecuadas. Significa añadir una capa necesaria de comprensión.
La conducta humana no puede analizarse únicamente desde el resultado final. También hay que mirar el contexto: el nivel de amenaza, la información disponible, el estado emocional, la historia de aprendizaje y la respuesta del sistema nervioso.
La psicología nos recuerda que una persona en una situación extrema no está tomando decisiones como lo haría en un día normal sentado tranquilamente en casa. La pregunta más humana Quizás, ante una tragedia, además de preguntarnos “¿por qué no hicieron caso?”, podemos hacernos una pregunta más profunda: “¿Qué estaba percibiendo esa persona en ese momento para que esa decisión tuviera sentido desde su cerebro?”
Comprender cómo funciona el cerebro humano no borra el dolor ni cambia el desenlace. Pero sí nos ayuda a mirar estas situaciones con más conocimiento, más humanidad y menos simplificaciones.
Porque detrás de cada decisión tomada en una emergencia hay una persona intentando sobrevivir con el cerebro que la evolución le ha dado para hacerlo.
DEP y un abrazo a sus familias y amigos en estos momentos tan duros, difíciles.
Una invitación para profesores que empiezan y para quienes llevan años enseñando
Junio llega y, para muchos docentes, aparece una mezcla difícil de explicar.
Alivio por terminar. Cansancio acumulado. Satisfacción por algunas cosas. Frustración por otras. La sensación de no haber llegado a todo.
Y, a veces, una necesidad enorme de desconectar y no pensar más. Es comprensible.
La docencia es una profesión apasionante, pero también una de las más exigentes emocionalmente. No solo se enseña una materia. Se acompaña, se contienen emociones, se gestionan conflictos, se sostienen familias, se atiende la diversidad, se responde a cambios continuos y, mientras tanto, se intenta no perder la ilusión.
Por eso, quizá terminar el curso no debería ser únicamente sobrevivir hasta las vacaciones.
También puede ser una oportunidad para hacer una pausa y preguntarnos:
¿Cómo estoy yo después de todo lo vivido?
Porque un curso no es solo una sucesión de clases. Es una parte importante de nuestra vida. Y merece ser mirada más allá de las notas y los resultados.
Es fácil acabar el curso centrándonos únicamente en lo que salió mal:
Los conflictos. La burocracia. La falta de recursos. Los alumnos difíciles. Las familias exigentes. El cansancio.
Y todo eso es real. Pero si únicamente hacemos balance desde el agotamiento, corremos el riesgo de olvidarnos de algo importante:
También hemos aprendido, crecido y sostenido mucho más de lo que solemos reconocer.
Preguntas para hacer balance del curso: ¿Cómo llegué y cómo termino? ¿Con qué ilusión empecé septiembre? ¿Cómo me siento ahora? ¿Qué emociones predominan? ¿Estoy cansada o profundamente agotada? ¿Necesito descansar o necesito algo más? ¿Qué ha sido lo más difícil para mí?
No siempre es lo mismo. Quizá ha sido:
La sobrecarga administrativa. La convivencia en el aula. La falta de motivación del alumnado. Las exigencias externas. La presión por llegar a todo. La relación con compañeros o familias. Sentir que no tienes tiempo para enseñar como te gustaría.
Pregúntate:
-¿Qué me ha hecho sufrir más este curso?
-Porque identificarlo es el primer paso para cuidarlo.
-¿Qué me ha sostenido?
A veces olvidamos mirar los recursos.
¿Qué alumnos me han emocionado? ¿Qué compañeros me han hecho sentir acompañada? ¿Qué momentos me recordaron por qué elegí esta profesión? ¿Qué fortalezas descubrí en mí? La profesión docente necesita mucho más que conocimientos. Enseñar requiere habilidades emocionales constantemente:
-Flexibilidad
-Porque ningún día sale exactamente como estaba previsto.
-Regulación emocional
Para gestionar la frustración, los conflictos y la incertidumbre.
-Comunicación: Con alumnos, familias y compañeros.
-Paciencia: Porque los resultados no siempre son inmediatos.
-Capacidad de adaptación: Porque la educación cambia continuamente.
-Empatía: Sin perderse uno mismo.
-Capacidad para poner límites: Porque cuidar no significa poder con todo.
-Autocompasión: Porque ser buen profesor no significa ser perfecto.
Algunas preguntas incómodas, pero necesarias ¿Estoy intentando salvar a todo el mundo? ¿Me exijo más de lo que le exigiría a otro compañero? ¿Siento culpa cuando no llego a todo? ¿Me llevo el trabajo a casa constantemente? ¿He confundido vocación con sacrificio? ¿Hace cuánto tiempo que no disfruto enseñando? ¿Estoy dando desde la ilusión o desde la supervivencia? ¿Quién cuida al que cuida?
Si eres un profesor que empieza…
Quizá este curso te haya hecho dudar.
Puede que hayas sentido:
Miedo a equivocarte. Síndrome del impostor. Sensación de no saber suficiente. Agotamiento. Comparaciones con otros docentes.
Nadie aprende a ser profesor en un año.
La experiencia no se construye en los cursos de formación, sino en las miradas, los errores, los grupos difíciles, las dudas y las pequeñas victorias cotidianas.
No necesitas hacerlo perfecto. Necesitas tiempo, formarte con corazón más allá del conocimiento.
Si llevas muchos años enseñando…
Quizá hayas notado:
Más cansancio que ilusión. Menos paciencia. Desgaste emocional. Desmotivación. La sensación de que todo cambia demasiado rápido.
Y quizá te preguntas:
¿Sigo siendo el profesor que quería ser?
La experiencia es una enorme fortaleza, pero también necesita ser cuidada.
No es fracasar reconocer que algo pesa.
No es debilidad admitir que estás cansado.
El peligro de normalizar el agotamiento
Hay frases que se escuchan mucho en educación:
“Es lo que hay.”
“Todos estamos igual.”
“Ya descansaré en verano.”
“Esto forma parte del trabajo.”
Pero normalizar el agotamiento no lo convierte en saludable.
Un docente agotado no necesita únicamente vacaciones, necesita espacios donde sentirse acompañado, reconocido y cuidado. Porque detrás de cada profesor hay una persona:
-Con miedos.
-Con preocupaciones.
-Con una vida fuera del aula.
-Con emociones.
Y con una salud mental que también merece atención.
Algunas preguntas para cerrar el curso con conciencia ¿De qué me siento orgullosa este año? ¿Qué he aprendido de mis alumnos? ¿Qué quiero seguir haciendo el próximo curso? ¿Qué necesito cambiar? ¿Qué límites necesito cuidar mejor? ¿Qué me gustaría dejar atrás? ¿Qué necesito para disfrutar más de mi profesión? ¿Cómo quiero llegar a septiembre?
Quizá no podamos cambiar todas las dificultades de la educación. Pero sí podemos evitar pasar por un curso más sin detenernos a mirar cómo estamos.
Porque enseñar deja huella. Pero enseñar también desgasta.
Y cuidar a quienes educan no es un lujo. Es una necesidad.
Ojalá este verano no sea solo una pausa para recuperar fuerzas.
Ojalá sea también un espacio para reconocer todo lo vivido, agradecer lo que sí salió bien y recordar que, antes de ser profesor, eres persona.
¿Y si lleváramos años midiendo el éxito de la forma equivocada?
Vivimos en una sociedad que aplaude las medallas, los títulos, los ascensos y los récords. Pero pocas veces hablamos de todo lo que no se ve: los miedos, las renuncias, los errores, las lesiones, las dudas o la capacidad de levantarse una vez más.
Como psicóloga, me interesa especialmente esa parte invisible del rendimiento. Porque una persona no vale más por ganar ni vale menos por perder.
El éxito no debería definir quién eres.
En este artículo comparto una reflexión sobre la psicología del deporte, la presión por rendir y por qué aprender a relacionarnos de forma más sana con el éxito y el fracaso puede cambiar no solo nuestra vida deportiva, sino también nuestra manera de vivir.
Si alguna vez has sentido que solo eras suficiente cuando conseguías resultados, creo que estas líneas pueden ayudarte.