Yolanda Cuevas Ayneto

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Septiembre y la prisa por llenar sus tardes: ¿extraescolares para quién?

Llega septiembre y, casi al mismo tiempo que compramos cuadernos, revisamos horarios y recuperamos los despertadores, aparece otra tarea en muchas familias:

¿A qué le apuntamos este año?

Inglés.

Fútbol.

Baile.

Robótica.

Piano.

Natación.

Refuerzo.

Teatro.

Judo.

Ajedrez.

Y empieza una especie de puzle familiar en el que intentamos encajar horarios, trabajo, colegio, hermanos, desplazamientos y actividades.

A veces cuesta más cuadrar la semana de un niño de ocho años que la agenda de un adulto.

Las actividades extraescolares pueden aportar muchísimo. Sería injusto presentarlas como algo negativo. Pueden descubrir intereses que el colegio no alcanza a mostrar, favorecer relaciones sociales, ofrecer experiencias de competencia y autonomía, permitir movimiento, creatividad, expresión artística, pertenencia a un equipo o simplemente proporcionar un espacio en el que un niño se siente bien.

Hay niños que encuentran en una cancha, en una piscina, en una escuela de música o en un taller de teatro una parte importante de sí mismos.

El problema empieza cuando dejamos de mirar al niño que tenemos delante y comenzamos a organizar su infancia desde las necesidades, los temores o las expectativas de los adultos.

Y septiembre se presta mucho a eso.

Antes de preguntarnos a qué apuntarle, quizá convendría preguntarnos por qué.

Las razones pueden ser muy diferentes.

Y no todas dependen realmente de una elección.

Muchas familias necesitan cubrir las horas que quedan entre la salida del colegio y el final de su jornada laboral. No tienen abuelos disponibles, redes de apoyo ni posibilidades reales de reducir horarios.

En esos casos una extraescolar también cumple una función de cuidado.

Conviene decirlo porque resulta muy fácil recomendar “más tardes libres” cuando alguien tiene a otra persona esperando a sus hijos a las cinco.

La conciliación continúa siendo, para muchas familias, un problema estructural que termina resolviéndose como se puede.

Hay otras razones.

Queremos que hagan deporte porque pasan demasiadas horas sentados.

Que aprendan inglés porque sabemos que les será útil.

Que conozcan la música.

Que prueben actividades diferentes.

Que hagan amigos fuera del colegio.

Que tengan un espacio propio.

Todo eso puede tener sentido.

Pero hay motivos menos visibles que también merecen ser observados.

A veces apuntamos a nuestros hijos a cosas que nosotros hubiéramos querido hacer.

“A mí nunca me llevaron a música y siempre me quedó esa espinita.”

O intentamos evitarles algo que nos dolió.

“Yo lo pasé fatal porque no sabía inglés y no quiero que le ocurra.”

O imaginamos que empezar muy pronto les dará una ventaja en el futuro.

“Si empieza ahora, llegará mucho más lejos.”

Incluso podemos buscar, sin ser del todo conscientes, sentirnos buenos padres a través de sus oportunidades.

Queremos ofrecerles todo aquello que quizá nosotros no tuvimos.

Es comprensible.

El problema aparece cuando confundimos dar oportunidades con asegurarnos de que las aprovechen como nosotros imaginamos.

Porque nuestros hijos no han venido a completar nuestra biografía.

Puede que aquello que a ti te hubiera hecho inmensamente feliz a los diez años a tu hijo le aburra soberanamente.

Y también puede ocurrir al revés.

“Quiero que aproveche el tiempo”

Esta frase merece un momento.

¿Qué significa exactamente aprovechar el tiempo cuando hablamos de infancia?

Hacer inglés puede ser aprovecharlo.

Entrenar también.

Aprender piano.

Leer.

Pero pasar una hora construyendo una cabaña con cojines también.

Bajar al parque sin ningún objetivo.

Inventar un juego absurdo.

Aburrirse durante un rato.

Dibujar sin que nadie le enseñe cómo hacerlo.

Hablar con su hermano.

Estar en casa.

No hacer nada especialmente productivo.

Una parte de la infancia necesita espacios que no estén organizados por adultos.

No porque todo el tiempo libre vaya a transformarse mágicamente en creatividad o en una experiencia maravillosa. A veces los niños se aburrirán, protestarán, discutirán o pedirán una pantalla.

También eso forma parte de aprender a gestionar el tiempo propio.

Cuando cada tarde tiene horario, profesor, equipación, instrucciones y objetivos, quedan menos oportunidades para decidir:

“¿Y ahora qué hago?”

Esa pequeña pregunta tiene bastante más valor del que parece.

Las extraescolares pueden ser extraordinarias

Cuando una actividad encaja con el niño, puede convertirse en una fuente enorme de bienestar.

Un deporte puede ayudarle a descubrir que su cuerpo es fuerte y capaz.

El teatro puede ofrecer un lugar inesperado a un niño tímido.

La música puede convertirse en una forma de expresar emociones que todavía no sabe explicar.

Un equipo puede darle sentido de pertenencia.

Una disciplina artística o deportiva también enseña algo que hoy cuesta especialmente: repetir, frustrarse, esperar, practicar y comprobar que mejorar requiere tiempo.

Y hay profesores, entrenadores y monitores que se convierten en adultos significativos en la vida de un niño.

Adultos que ven capacidades que quizá todavía nadie había visto.

Que acompañan.

Que ponen límites.

Que enseñan.

Que hacen sentirse competente a alguien que en otros contextos no se siente así.

Eso también es infancia.

Por eso sería simplista concluir que “los niños tienen demasiadas extraescolares” como una verdad universal.

Hay niños con agendas aparentemente intensas que están encantados.

Y otros que con una sola actividad ya están desbordados.

Hay adolescentes que entrenan muchas horas porque aman profundamente su deporte y encuentran allí amigos, identidad y bienestar.

No podemos decidir si una agenda es excesiva contando únicamente las actividades.

Tenemos que mirar cómo está viviendo ese niño esa agenda.

Porque una actividad buena también puede empezar a pesar

A veces lo vemos poco a poco.

El niño sale del colegio, merienda deprisa en el coche, se cambia mientras llega al entrenamiento, vuelve a casa tarde, cena, hace deberes, prepara la mochila y se acuesta.

Al día siguiente, otra vez.

Y otra.

Desde fuera parece organizado.

Por dentro puede estar agotado.

Entonces aparecen irritabilidad, discusiones por cualquier cosa, dificultad para levantarse, dolores de barriga antes de una actividad, problemas para dormir, lloros que parecen desproporcionados, más enfados, rechazo constante a salir de casa o una frase repetida:

“No quiero ir.”

Eso merece ser escuchado.

Pero escuchar tampoco significa cancelar una actividad cada vez que un niño dice que no quiere ir.

Hay días en que tampoco nosotros queremos trabajar.

Un niño puede resistirse porque está cansado, porque ha discutido con un compañero, porque atraviesa una fase de inseguridad o porque aprender algo difícil también frustra.

Abandonar inmediatamente ante cualquier incomodidad tampoco le enseña demasiado.

Necesitamos mirar el conjunto.

¿Es una protesta puntual o lleva semanas así?

¿Cuando llega disfruta aunque le costara salir de casa?

¿Se siente seguro?

¿Hay algún problema con compañeros o adultos?

¿La actividad le sigue interesando?

¿Está pudiendo descansar?

¿Está viviendo la experiencia como suya o como algo que tiene que hacer para no decepcionarnos?

Ahí suele estar mucha de la información.

Cuando la afición empieza a convertirse en una deuda con los padres

Hay frases que muchos niños conocen muy bien:

“Con lo que cuesta y ahora dices que no quieres ir.”

“Fuiste tú quien pidió apuntarte.”

“No puedes dejar todo lo que empiezas.”

“Tienes unas condiciones increíbles, sería una pena desaprovecharlas.”

“Yo a tu edad hubiera dado cualquier cosa por tener esta oportunidad.”

Algunas contienen una parte razonable.

Claro que podemos enseñar compromiso.

Claro que conviene aprender que una decisión tiene cierta continuidad.

Claro que muchas habilidades requieren atravesar momentos en los que apetece abandonar.

Pero hay una diferencia importante entre enseñar perseverancia y convertir una actividad infantil en una obligación emocional hacia los padres.

Un niño no debería continuar durante años haciendo algo que detesta porque sus padres han invertido dinero, porque tiene talento o porque abandonar se interpreta automáticamente como falta de constancia.

A veces dejar una actividad también es aprender.

Aprender qué me gusta.

Qué no.

Qué estoy dispuesto a esforzarme por conseguir.

Qué etapa ha terminado.

Incluso los adultos cambiamos de gimnasio, de aficiones, de proyectos y de trabajos.

Curiosamente, a veces pedimos a los niños una certeza vocacional que nosotros tampoco tenemos.

El peligro de convertir todas sus capacidades en rendimiento

Hay niños rápidos.

Ágiles.

Musicales.

Buenos dibujando.

Con facilidad para los idiomas.

Y enseguida aparece alrededor una maquinaria adulta:

“Tiene potencial.”

Entonces vienen más entrenamientos.

Más clases.

Competiciones.

Exámenes.

Pruebas.

Objetivos.

Aquello que empezó como placer puede convertirse lentamente en evaluación.

No ocurre siempre. Hay niños y adolescentes que disfrutan muchísimo de la competición y quieren avanzar, entrenar más y asumir desafíos mayores.

Pero conviene comprobar de vez en cuando que detrás del rendimiento sigue existiendo una persona.

Una persona que necesita saber que su valor no cambia si queda primero, cuarto o último.

Que puede tener talento y decidir no convertirlo en profesión.

Que puede tocar bien el piano sin querer presentarse a un concurso.

Que puede jugar extraordinariamente al fútbol y, aun así, preferir jugar por placer.

Los dones de nuestros hijos no son proyectos familiares.

Hay otro extremo que tampoco ayuda demasiado

También podemos equivocarnos intentando protegerles de cualquier exigencia.

Si dejamos que abandonen cada actividad cuando llega la frustración, si evitamos todo aquello que les cuesta o si pensamos que disfrutar significa estar motivado permanentemente, podemos privarles de aprendizajes importantes.

Aprender algo requiere momentos aburridos.

Hay entrenamientos malos.

Días en los que no sale una pieza.

Clases en las que uno se siente torpe.

Partidos que se pierden.

Compañeros mejores que nosotros.

El bienestar infantil no consiste en eliminar cualquier incomodidad.

Consiste también en que puedan atravesarla acompañados y descubrir que son capaces.

Por eso necesitamos algo bastante más difícil que decidir entre “muchas” o “pocas” extraescolares.

Necesitamos observar.

¿Cómo saber si quizá estamos llenando demasiado su semana?

No existe un número perfecto de actividades que sirva para todas las familias.

Dos extraescolares pueden ser excesivas para un niño que sale tarde del colegio, necesita mucho descanso y tiene desplazamientos largos.

Cuatro pueden funcionar para otro adolescente que ha elegido esas actividades, disfruta con ellas y conserva tiempo suficiente para dormir, estudiar, estar con amigos y descansar.

Más útil que contar actividades es revisar de vez en cuando algunas cosas:

  • ¿Duerme las horas que necesita o estamos robándole sueño para que todo quepa?
  • ¿Tiene algún rato durante la semana que no esté decidido de antemano?
  • ¿Puede jugar, hablar, descansar o simplemente quedarse en casa?
  • ¿La mayoría de las actividades responden a intereses suyos o fundamentalmente nuestros?
  • ¿Cómo está emocionalmente desde que empezó el curso?
  • ¿Hay demasiadas prisas, trayectos y conflictos familiares alrededor de sus horarios?
  • ¿Tiene tiempo para relacionarse con nosotros sin que todo consista en “date prisa”, “llegamos tarde”, “haz los deberes” y “prepara la mochila”?
  • ¿Sabe que puede decirnos que algo no le gusta sin sentir que nos decepciona?
  • ¿Seguimos escuchando lo que necesita este año o mantenemos automáticamente la agenda del año pasado?
  • Y una especialmente incómoda: si esta actividad desapareciera mañana, ¿a quién le daría más pena, a nuestro hijo o a nosotros?

Septiembre también despierta nuestros miedos como padres

Queremos prepararles para un futuro incierto.

Idiomas.

Tecnología.

Deporte.

Habilidades sociales.

Disciplina.

Creatividad.

Todo parece necesario.

Y es fácil sentir que, si no ofrecemos suficientes oportunidades, nuestros hijos se quedarán atrás.

Pero una infancia no puede construirse permanentemente alrededor del miedo a quedarse atrás.

No todo tiene que empezar a los cuatro años.

No todas las habilidades necesitan cultivarse desde pequeños.

No perderán necesariamente su oportunidad porque empiecen más tarde.

Y quizá tampoco necesiten ser buenos en tantas cosas.

Hay algo agotador en esa idea contemporánea de que cada capacidad debe desarrollarse, cada tarde debe aprovecharse y cada interés infantil debería convertirse rápidamente en una clase.

A veces un niño necesita simplemente tener diez años.

También deberíamos preguntarnos cómo están viviendo las familias esta carrera

Porque las agendas infantiles afectan a toda la casa.

Hay padres que salen del trabajo corriendo para convertirse durante tres horas en conductores.

Hermanos esperando entrenamientos.

Cenas tardías.

Conversaciones dentro del coche.

Fines de semana organizados alrededor de competiciones.

Presupuestos familiares sometidos a un esfuerzo considerable.

Y una sensación frecuente de no llegar a nada.

Si una actividad genera bienestar en el niño pero está dejando exhausta a toda la familia, también merece revisarse.

No porque los adultos tengan que estar cómodos permanentemente.

Criar implica renuncias.

Pero el bienestar familiar es un sistema. Lo que ocurre a uno afecta a los demás.

A veces necesitamos aceptar algo muy poco espectacular:

no podemos ofrecerles todo.

Y probablemente tampoco lo necesitan.

¿Y qué podemos hacer desde los colegios?

Los centros educativos también pueden ayudar a cambiar cierta cultura de hiperocupación.

Recordando a las familias que el descanso forma parte del desarrollo.

Evitando transmitir que un buen alumno es aquel que además hace idiomas, deporte, música, tecnología y cualquier otra actividad disponible.

Mirando con atención a esos niños que llegan cansados.

Hablando con las familias cuando observan cambios importantes.

Coordinando, cuando sea posible, las demandas académicas para que las tardes no se conviertan simplemente en una prolongación del colegio.

Y ofreciendo actividades desde una mirada educativa, no exclusivamente competitiva.

Una extraescolar puede ser un lugar maravilloso para aprender.

También debería poder seguir siendo un lugar donde jugar.

Quizá la pregunta de septiembre no sea “¿a qué le apuntamos?”

Podríamos probar con otra conversación.

Sentarnos.

Mirar el horario real.

Escuchar al niño.

Explicar también nuestras necesidades.

“Necesitamos que dos tardes estés aquí porque nosotros estamos trabajando.”

“Sabemos que te apetece probar baloncesto.”

“Este año vas a tener más deberes.”

“Queremos proteger algún día para que puedas descansar.”

No hace falta fingir que los hijos toman todas las decisiones de una familia. No es así.

Los adultos organizamos, ponemos límites, decidimos cuestiones económicas y conciliamos necesidades que los niños todavía no pueden comprender completamente.

Pero sí podemos hacerles partícipes de su propia vida.

Y revisar.

Porque lo que funcionaba con siete años quizá no funcione con nueve.

Porque un niño puede enamorarse de una actividad que inicialmente no quería probar.

Y puede cansarse de otra que adoró durante tres años.

Porque crecer también consiste en cambiar.

Este septiembre, antes de llenar todos los huecos de la agenda, quizá merezca la pena dejar alguno sin resolver.

No necesariamente para hacer algo extraordinario.

Precisamente para lo contrario.

Para volver del colegio y merendar sin correr.

Para quedarse jugando.

Para hablar.

Para aburrirse un poco.

Para descansar después de un día difícil.

Para que aparezca espontáneamente un amigo.

Para que una tarde pueda cambiar de planes.

Para poder decir:

“Hoy no tenemos nada.”

Y que eso no nos parezca tiempo perdido.

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Artículos autocuidado bienestar Psicología del Deporte Trauma

Cuando se lesiona el cuerpo, también se lesiona algo por dentro: la recuperación psicológica del deportista

Una lesión deportiva nunca afecta únicamente a un músculo, un tendón, una articulación o un hueso.

A veces rompe también un proyecto.

Un comienzo de temporada.
Una convocatoria.
Una marca que parecía cercana.
Un fichaje.
Una renovación.
Una beca.
Una competición que llevaba meses preparando.
La posibilidad de demostrar algo.
O simplemente ese lugar en el que una persona se sentía fuerte, competente y feliz.

Por eso, cuando un deportista se lesiona, podemos estar muy pendientes de la resonancia, del diagnóstico, de los plazos, de la fisioterapia, de la fuerza, de la movilidad y de cuándo podrá volver a entrenar.

Y olvidarnos de preguntarle algo mucho más sencillo:

“¿Cómo estás llevando todo esto?”

Porque mientras rehabilitamos el cuerpo, puede estar ocurriendo otra rehabilitación mucho menos visible.

La de la mente.

Una lesión puede sentirse como una pequeña ruptura en la propia vida

Desde fuera puede parecer:

“Son unas semanas”.

“Ya volverás”.

“Podría haber sido peor”.

“Tienes que pensar en positivo”.

Pero quien se lesiona no vive solamente el número de semanas que aparece en el informe médico.

Vive lo que esas semanas significan.

Para un deportista profesional pueden significar contrato, rendimiento, dinero, posición dentro del equipo o miedo a perder una oportunidad.

Para un adolescente pueden significar quedarse fuera mientras sus compañeros siguen jugando, perder su sitio o sentir que está decepcionando a su entrenador.

Para un niño puede significar no entender por qué ya no puede hacer aquello que más le gusta.

Para un deportista amateur puede significar perder su principal forma de desconectar, relacionarse, regular el estrés o sentirse bien consigo mismo.

Por eso dos personas con exactamente la misma lesión pueden vivirla psicológicamente de maneras completamente diferentes.

La evidencia científica reconoce que las respuestas emocionales y cognitivas después de una lesión influyen en el proceso de rehabilitación y en el regreso al deporte. Pueden aparecer miedo, frustración, ansiedad, tristeza, irritabilidad, pérdida de confianza o preocupación por una nueva lesión.

Y ninguna de estas respuestas significa que el deportista sea débil.

Significa que aquello que acaba de ocurrir importa.

Cuando aparece el “¿por qué ahora?”

Hay lesiones que duelen especialmente por el momento en el que llegan.

Justo cuando estabas mejor.

Cuando acababas de subir de categoría.

Cuando habías conseguido un contrato.

Cuando empezabas a ganar minutos.

Cuando te habían aumentado el sueldo.

Cuando habías trabajado todo el verano.

Cuando por fin estabas disfrutando otra vez.

Y entonces la pregunta no es solamente:

“¿Cuánto tardaré en recuperarme?”

Aparecen muchas más:

“¿Y si pierdo mi puesto?”

“¿Qué pensará el club?”

“¿Y si he decepcionado a quienes confiaron en mí?”

“¿Y si ahora no doy el nivel?”

“¿Y si fichan a otra persona?”

“¿Y si no vuelvo a ser el mismo?”

“¿Por qué me pasa justo ahora?”

“¿Y si vuelvo y me rompo otra vez?”

Ahí empieza una parte de la lesión que no aparece en ninguna resonancia.

La culpa del deportista lesionado

Hay algo que veo especialmente importante trabajar: la culpa.

El deportista puede sentirse culpable por lesionarse.

Y racionalmente resulta extraño: nadie decide lesionarse.

Pero emocionalmente pueden aparecer pensamientos como:

“Acaban de confiar en mí y ahora no puedo responder”.

“Me están pagando y no estoy jugando”.

“Estoy fallando al equipo”.

“Mis compañeros están haciendo el trabajo y yo no”.

“He defraudado al entrenador”.

“Tenía que haber hecho algo diferente”.

La responsabilidad profesional no debe confundirse con culpabilidad.

Lesionarse forma parte del riesgo inherente al deporte.

Un contrato no se firma únicamente con el deportista sano de hoy. Se firma con una persona que practica una actividad en la que existen rendimiento, carga, incertidumbre, enfermedad y lesión.

Estar lesionado no convierte al deportista en menos comprometido.

Y recuperarse adecuadamente también forma parte de su trabajo.

Hay un duelo deportivo

Sin necesidad de patologizar una lesión, sí podemos entender que contiene elementos propios de una pérdida.

Temporalmente se pierde algo.

La rutina.

El entrenamiento.

La competición.

La sensación de progreso.

El contacto diario con determinados compañeros.

La autonomía.

La confianza en el cuerpo.

A veces incluso se pierde momentáneamente una parte de la identidad.

Y pueden aparecer tristeza, rabia, incredulidad, frustración, negociación mental o momentos de aceptación y otros de desesperanza.

No necesariamente en un orden determinado.

La recuperación emocional tampoco es lineal.

Puedes estar animado el lunes y hundirte el miércoles después de ver entrenar al equipo.

Puedes avanzar físicamente mucho y sentirte peor psicológicamente.

Puedes recibir una buena noticia médica y continuar teniendo miedo.

Todo eso puede formar parte del proceso.

Cuando “soy deportista” ocupa demasiado espacio

Para muchos deportistas el deporte no es simplemente algo que hacen.

Es una parte fundamental de quienes son.

“Soy futbolista.”

“Soy nadadora.”

“Soy corredor.”

“Soy gimnasta.”

“Soy tenista.”

Desde edades muy tempranas, gran parte de su tiempo, amistades, reconocimiento, objetivos y autoestima pueden haberse construido alrededor del rendimiento deportivo.

Esto tiene aspectos maravillosos.

Pero también puede hacer especialmente difícil una lesión.

Si una persona siente que vale principalmente por lo que consigue deportivamente, cuando temporalmente deja de competir puede aparecer una pregunta muy dolorosa:

“¿Quién soy cuando no puedo hacer lo que mejor sé hacer?”

La identidad deportiva es uno de los factores psicológicos relevantes en la experiencia de una lesión y en sus consecuencias.

Por eso una rehabilitación completa también puede ayudar al deportista a recordar:

Practicas deporte. Te apasiona. Puede ser incluso tu profesión. Pero eres mucho más que tu rendimiento.La lesión también puede romper la confianza en el cuerpo

Antes de lesionarte corrías, saltando, girabas o chocabas sin analizar cada movimiento.

Después, el cerebro puede empezar a vigilar.

“¿He notado algo?”

“¿Eso ha tirado?”

“¿Estaré forzando?”

“¿Y si vuelve a pasar?”

El cuerpo que antes era aliado puede convertirse durante un tiempo en algo que inspeccionar constantemente.

Y esto es especialmente frecuente cuando la lesión fue importante, dolorosa, inesperada o recurrente.

Una persona puede estar físicamente preparada para realizar un movimiento y, sin embargo, frenar inconscientemente.

No entrar igual al contacto.

No apoyar igual.

Reducir velocidad.

Dudar antes de saltar.

Evitar determinadas acciones.

El miedo a una nueva lesión es uno de los factores psicológicos más estudiados en el retorno deportivo y aparece con frecuencia entre las razones por las que algunos atletas no recuperan su nivel previo de participación.

Esto nos lleva a una idea fundamental:

Estar recuperado físicamente y sentirse preparado psicológicamente no son exactamente lo mismo.

La preparación psicológica para volver al deporte se relaciona con el retorno deportivo y constituye una dimensión relevante de la recuperación.

Y si además es una recaída…

Una segunda lesión o una lesión que aparece poco después de recuperarse puede tener un impacto diferente.

Porque el deportista ya sabe lo que viene.

Conoce las pruebas.

La rehabilitación.

Las semanas sin competir.

Los ejercicios repetidos.

La pérdida de condición física.

La espera.

Y puede aparecer rápidamente:

“Otra vez no.”

También puede romperse una creencia que se había reconstruido:

“Ya estaba bien.”

“Pensaba que esto había terminado.”

“Había vuelto a confiar.”

Por eso, ante una recaída, no siempre funciona decir:

“Ya lo superaste una vez, lo volverás a hacer.”

Probablemente sea cierto.

Pero antes puede necesitar escuchar:

“Entiendo que esta vez te duela especialmente porque acababas de recuperar tu vida deportiva.”

Validar no significa alimentar el miedo.

Significa no obligar a la persona a esconderlo.

El peligro de convertir cada día de rehabilitación en un examen

Hay deportistas que afrontan la recuperación con la misma exigencia con la que compiten.

Y entonces aparece otra trampa:

“Hoy tendría que estar mejor.”

“Debería doblar más.”

“Debería correr ya.”

“Fulano volvió antes.”

“Si me duele significa que voy mal.”

“Necesito recuperar cuanto antes el tiempo perdido.”

Pero el organismo no funciona siguiendo nuestra impaciencia.

Una recuperación contiene avances, estancamientos y días mejores o peores.

Por eso conviene sustituir:

“¿Cuánto me falta?”

por preguntas como:

“¿Qué toca trabajar hoy?”

“¿Qué pequeña mejora puedo observar?”

“¿Qué depende de mí?”

“¿Qué necesita mi cuerpo ahora?”

El objetivo psicológico no es dejar de desear volver.

Es conseguir que el deseo de volver no sabotee el proceso necesario para hacerlo bien.


Lo que sí ayuda psicológicamente durante una lesión

1. Tener información clara

La incertidumbre alimenta la ansiedad.

Necesitamos que el deportista pueda comprender qué lesión tiene, qué se está haciendo, qué se espera aproximadamente en cada fase y cuáles son los criterios de progresión.

No se trata de prometer fechas imposibles.

Se trata de reducir incertidumbre innecesaria.

2. Dividir una recuperación larga en objetivos pequeños

Pensar:

“Me quedan seis meses”

puede resultar abrumador.

Pensar:

“Esta semana el objetivo es recuperar este rango de movimiento”

resulta mucho más manejable.

El establecimiento de objetivos se utiliza como una de las estrategias psicológicas dentro de la rehabilitación deportiva.

No todo progreso se mide en partidos jugados.

A veces progreso significa doblar cinco grados más.

Dormir mejor.

Sentir menos dolor.

Volver al gimnasio.

Correr diez minutos.

Hacer un cambio de dirección.

Entrenar parcialmente con el grupo.

3. Mantener al deportista conectado con su entorno

Cuando un jugador se lesiona existe el riesgo de que desaparezca también socialmente.

El equipo entrena.

Viaja.

Compite.

Celebra.

Y el lesionado comienza otro calendario completamente diferente: médicos, gimnasio, fisioterapia y casa.

Siempre que las circunstancias lo permitan, sentirse parte del grupo importa.

Una lesión debería apartar temporalmente al deportista de determinadas tareas físicas.

No necesariamente del equipo.

4. Permitir emociones desagradables

Un deportista puede estar enfadado.

Triste.

Asustado.

Cansado.

Envidiar durante un momento a quien está jugando.

No querer ver un partido algún día.

Sentirse harto de rehabilitar.

Tener pensamientos negativos.

La salud psicológica no consiste en mantenerse permanentemente motivado.

Consiste en poder experimentar esas emociones sin quedarse atrapado en ellas ni interpretar su aparición como fracaso.

5. Trabajar lo que sí depende de él

Una lesión contiene muchas variables incontrolables.

Pero todavía existen parcelas de control:

Cumplir la rehabilitación.

Dormir.

Alimentarse adecuadamente.

Comunicar dolor y sensaciones.

Mantener las rutinas posibles.

Trabajar psicológicamente.

Cuidar otras áreas de la vida.

Preparar mentalmente el retorno.

La sensación de agencia protege frente a esa experiencia tan desagradable de sentir que “mi carrera está ahora en manos de algo que no controlo”.

6. Utilizar entrenamiento psicológico

La rehabilitación puede incorporar herramientas como:

  • establecimiento de objetivos;
  • técnicas de relajación;
  • visualización e imaginería;
  • regulación emocional;
  • trabajo con pensamientos;
  • autodiálog
  • mindfulness;
  • manejo de incertidumbre;
  • exposición progresiva a movimientos temidos;
  • entrenamiento de confianza.

Estas estrategias forman parte de las intervenciones psicológicas descritas en rehabilitación deportiva.

La visualización no consiste simplemente en imaginar que ganas

Puede utilizarse de una forma mucho más específica.

Imaginar:

el movimiento que empieza a dar miedo;

una incorporación progresiva al entrenamiento;

un salto;

un apoyo;

un giro;

una entrada;

una salida de tacos;

un gesto técnico;

un contacto físico;

la vuelta al escenario donde se produjo la lesión.

La finalidad no es convencer al cerebro de que “todo irá bien”.

Es ayudarle progresivamente a recuperar familiaridad y seguridad ante aquello que ahora interpreta con mayor amenaza.

Volver al lugar de la lesión

A veces el problema aparece de forma muy concreta.

La misma curva.

El mismo terreno.

El mismo pabellón.

El mismo salto.

El mismo rival.

El mismo gesto.

El deportista sabe racionalmente que está recuperado, pero su cuerpo responde con tensión, miedo o bloqueo.

Esto merece atención.

Porque algunas lesiones suceden en circunstancias que se viven con gran sensación de amenaza: una caída grave, una luxación impactante, una fractura, una colisión, pérdida de consciencia o escenas con mucho dolor.

En algunos casos pueden quedar recuerdos especialmente perturbadores o respuestas de alarma vinculadas al accidente.

Cuando esto ocurre, además del trabajo habitual de psicología deportiva, puede ser conveniente valorar un tratamiento psicológico específico centrado en el procesamiento del acontecimiento traumático.

EMDR puede ser una de las intervenciones a considerar cuando existe una experiencia traumática que continúa generando una respuesta significativa, siempre dentro de una valoración clínica individual.

No toda lesión produce trauma psicológico.

Pero tampoco debemos asumir que ninguna lo hace.

El día del alta médica no termina necesariamente la lesión

Este punto me parece esencial.

Imaginemos que el médico dice:

“Puedes volver.”

Todo el mundo celebra.

Pero el deportista piensa:

“¿Seguro?”

La recuperación física puede haber avanzado más deprisa que la seguridad subjetiva.

Por eso el retorno debería plantearse como un proceso, no únicamente como una fecha.

Primero determinadas acciones.

Después entrenamiento parcial.

Después entrenamiento completo.

Después competición.

Y progresivamente, recuperación de ritmo, confianza y automatismos.

La literatura sobre retorno al deporte lleva años señalando la relevancia de la preparación psicológica junto a los criterios físicos y funcionales.

“Ya puedes jugar” no significa “ya eres el mismo jugador”

Este mensaje también evita mucha angustia.

Después de meses parado, el primer partido no tiene por qué demostrar nada.

Probablemente falten:

ritmo;

automatismos;

condición física específica;

lectura de juego;

confianza;

tolerancia al contacto;

sensaciones competitivas.

Pretender regresar exactamente al nivel previo desde el primer día puede transformar cada entrenamiento en una evaluación.

Volver a competir también forma parte de la rehabilitación.

No es el examen final de la rehabilitación.

El miedo a recaer no debe avergonzar al deportista

A veces el deportista piensa:

“Antes hacía esto sin pensar.”

“Ahora dudo.”

“Me estoy volviendo cobarde.”

No.

Tu cerebro ha aprendido que ese movimiento, contexto o situación estuvo asociado a daño.

Ahora necesita experiencias progresivas que le permitan actualizar esa información.

La respuesta no debería ser:

“No tengas miedo.”

Sino:

“Vamos a conseguir que vuelvas a sentirte seguro haciéndolo.”

Cuidado con la presión invisible del entorno

No toda presión se expresa diciendo:

“Tienes que volver ya.”

A veces aparece en pequeñas frases:

“Te necesitamos.”

“A ver si llegas para el domingo.”

“Ya llevas bastante, ¿no?”

“Fulano tuvo lo mismo y volvió en cuatro meses.”

“Pareces estar perfectamente.”

O en preguntas diarias:

“¿Cuándo vuelves?”

“¿Cuánto te queda?”

Aunque exista buena intención, escuchar constantemente estas preguntas puede convertir la recuperación en una cuenta atrás.

A veces es mucho más útil preguntar:

“¿Cómo vas?”

o incluso:

“¿Qué necesitas de nosotros durante este proceso?”

Entrenadores: vuestra reacción importa más de lo que parece

Un deportista lesionado observa.

Observa si seguís hablándole.

Si preguntáis cómo está.

Si continúa sintiéndose miembro del equipo.

Si vuestra atención desaparece porque ya no puede aportar rendimiento.

Especialmente en niños y adolescentes, esto deja huella.

El mensaje debería ser:

“Ahora no puedes competir, pero sigues formando parte de nosotros.”

Porque cuando el vínculo depende únicamente del rendimiento, la lesión puede ser vivida también como exclusión.

Padres de jóvenes deportistas: no tengáis más prisa que su cuerpo

Cuando se lesiona un hijo aparecen también miedo, frustración e impotencia.

Pero conviene vigilar algunos mensajes:

“Con todo lo que habías conseguido…”

“Justo ahora que estabas jugando tan bien…”

“Vas a perder la temporada.”

“Espero que no pierdas el sitio.”

Aunque reflejen preocupaciones reales, pueden añadir al dolor físico el miedo a decepcionar.

Un niño o adolescente necesita saber:

“Queremos que te recuperes bien. No necesitamos que vuelvas antes.”

Y también:

“Lo importante que eres para nosotros no cambia porque estés jugando o estés lesionado.”

En deporte juvenil se reconoce cada vez más la importancia de proteger la salud psicológica, el disfrute, el desarrollo personal y la identidad más allá del resultado deportivo.

¿Cuándo pedir ayuda psicológica?

No hace falta esperar a que el deportista esté completamente desbordado.

Conviene consultar cuando aparecen, por ejemplo:

miedo intenso y persistente a volver;

ansiedad elevada

tristeza mantenida;

aislamiento;

culpabilidad excesiva;

irritabilidad muy marcada;

alteraciones importantes de sueño;

pérdida profunda de motivación;

rumiación constante sobre la lesión;

obsesión con los plazos;

conductas de rehabilitación excesivas o demasiado evitativas;

dificultad para acudir al lugar donde ocurrió;

recuerdos intrusivos del accidente;

pánico ante determinados movimientos;

pérdida importante de autoestima;

sensación de no saber quién se es fuera del deporte.

Las lesiones pueden desencadenar o hacer visibles dificultades psicológicas que necesitan atención clínica, incluida ansiedad o síntomas depresivos.

Pedir ayuda psicológica no significa que la rehabilitación esté yendo mal.

Puede significar precisamente que estamos haciendo una rehabilitación completa.

Preguntas que pueden ayudar a un deportista lesionado

Más que decirle constantemente lo que debería sentir, podemos preguntarle:

¿Qué es lo que más te está doliendo de esta lesión aparte del dolor físico?

¿Qué es lo que más miedo te da ahora mismo?

¿Qué significa para ti estar lesionado en este momento concreto de tu carrera?

¿Sientes que has decepcionado a alguien?

¿Te estás culpando por algo?

¿Qué pensamientos aparecen cuando imaginas tu vuelta?

¿Qué movimiento o situación te genera más inseguridad?

¿Sientes que sigues perteneciendo al equipo?

¿Qué parte de todo esto sí depende de ti?

¿Qué estás aprendiendo de ti durante esta recuperación?

¿Quién eres además de deportista?

¿Qué necesitarías escuchar ahora de tu entrenador, familia, club o compañeros?

Una lesión no tiene por qué convertirse en “algo bueno”

A veces se romantiza demasiado la adversidad.

“Volverás más fuerte.”

“Todo pasa por algo.”

“Esto te hará mejor.”

Quizá.

Pero no tenemos que exigirle a nadie que encuentre inmediatamente una enseñanza en algo que le duele.

Una lesión puede ser simplemente una experiencia difícil.

Y después, con tiempo, quizá permita descubrir cosas.

Aprender a escuchar el cuerpo.

Conocer mejor los propios límites.

Entrenar la paciencia.

Ampliar la identidad.

Aprender a pedir ayuda.

Entender cómo responde la mente ante la incertidumbre.

Descubrir una fortaleza que antes no había necesitado utilizar.

Pero ese significado no se impone.

Se construye.

No preguntes solamente cuándo podrá volver

Tal vez deberíamos empezar a cambiar una pregunta muy habitual en deporte.

Cuando alguien se lesiona preguntamos:

“¿Cuánto tiempo tiene?”

Quizá habría que añadir:

“¿Y cómo está?”

Porque podemos reparar perfectamente un ligamento y dejar intacto el miedo.

Podemos recuperar la fuerza y no recuperar la confianza.

Podemos dar el alta médica a un cuerpo que todavía no se siente seguro.

Podemos conseguir que un deportista vuelva al campo sin haberle ayudado a volver psicológicamente.

Por eso la recuperación deportiva debería contemplar a la persona completa.

Cuerpo.

Mente.

Identidad.

Emociones.

Entorno.

Confianza.

Y proyecto de futuro.

Para el deportista que ahora mismo está lesionado

Puede que hoy estés viendo entrenar a otros mientras tú haces rehabilitación.

Puede que acabases de conseguir una oportunidad y sientas que se te escapa.

Puede que estuvieras viviendo tu mejor temporada.

Puede que sea tu primera lesión.

O quizá estés pensando desesperadamente:

“Otra vez.”

No necesitas fingir que esto no te importa.

Puedes estar enfadado.

Puedes tener miedo.

Puedes sentir incertidumbre.

Puedes preguntarte qué ocurrirá contigo.

Pero intenta no confundir este momento con toda tu historia deportiva.

Estás lesionado. No eres una lesión.

Tu valor no disminuye porque durante un tiempo no puedas competir.

Ahora tu trabajo quizá no sea marcar, correr, saltar, ganar o mejorar una marca.

Ahora tu trabajo es otro:

recuperarte.

Cuidar el cuerpo.

Cuidar la cabeza.

Aceptar ayuda.

Tener paciencia.

Avanzar etapa a etapa.

Y cuando llegue el momento, no solo volver a estar físicamente preparado.

Volver a confiar.

Porque una verdadera recuperación no termina solamente cuando el cuerpo puede hacerlo.

Termina cuando, poco a poco, tú también vuelves a sentir:

“Puedo hacerlo.”

Recuerda: Estás lesionado. No eres una lesión.

​Deseo que este artículo sea inspirador aquí otra entrada relacionad que escribí en el 2013 

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50 cosas que puedes hacer cuando ha muerto tu padre o tu madre

Tras el anterior artículo puedes leerlo aquí.

Te comparto actividades que pueden ayudar en estos momentos.

Esta lista no es un tratamiento ni un calendario. No necesitas hacer estas 50 cosas. En duelo, a veces lo más saludable es sentir; otras veces distraerse; otras recordar; otras dejarse cuidar; y otras simplemente sobrevivir al día. Se trata de saber qué y cómo hacer, reconocerte y ayudarte o pedir ayuda.

Para cuando necesito sentir

  1. Escribirle una carta.
  2. Llorar sin intentar detenerte.
  3. Escribir cómo fue el día de su muerte.
  4. Anotar todo lo que echas de menos.
  5. Escribir también aquello que te enfada.
  6. Hablar en voz alta como si pudieras contarle cómo estás.
  7. Escuchar una canción que te conecte con esa persona.
  8. Mirar fotografías y permitir que aparezca lo que tenga que aparecer.
  9. Escribir qué habría necesitado decirle.
  10. Poner nombre a lo que sientes, aunque haya emociones contradictorias.

Para cuando necesito distraerme
11. Ver una película o serie sencilla.
12. Salir a caminar sin ningún objetivo.
13. Cocinar algo.
14. Ordenar un espacio pequeño, sin entrar todavía en sus pertenencias si no quieres.
15. Hacer una actividad manual.
16. Leer algo que no tenga relación con el duelo.
17. Escuchar un pódcast.
18. Estar con alguien con quien no tengas que hablar necesariamente de la pérdida.
19. Ir a tomar un café o sentarte un rato fuera de casa.
20. Permitirte unas horas en las que el duelo no sea el centro de todo.

Para cuando necesito recordar
21. Crear una caja de recuerdos.
22. Hacer un álbum con fotografías de distintas etapas de su vida.
23. Guardar alguna nota escrita de su puño y letra.
24. Recuperar recetas que preparaba.
25. Preguntar a familiares por anécdotas que quizá no conocías.
26. Hacer una lista de expresiones o frases que decía mucho.
27. Escuchar su música favorita.
28. Visitar algún lugar importante para vuestra historia.
29. Escribir diez cosas que aprendiste de él o de ella.
30. Crear un pequeño ritual para alguna fecha significativa.

Para cuando necesito compañía
31. Decirle a alguien claramente: “Hoy necesito que estés conmigo”.
32. Pedir que te acompañen a hacer un trámite.
33. Comer con alguien aunque no tengas muchas ganas de hablar.
34. Llamar a una persona que también conociera a tu padre o a tu madre.
35. Compartir recuerdos con hermanos u otros familiares, si la relación lo permite.
36. Pedir ayuda práctica con compras, comida, niños o gestiones.
37. Dar un paseo acompañado.
38. Decirle a alguien qué necesitas y también qué no necesitas escuchar.
39. Buscar un grupo de duelo si compartir con otras personas te ayuda.
40. Pedir ayuda psicológica cuando sientas que necesitas un espacio propio para todo lo que está ocurriendo.

Para cuando necesito descansar del dolor
41. Dormir o tumbarte si tu cuerpo lo pide.
42. Ducharte con calma.
43. Comer algo sencillo que te siente bien.
44. Salir al sol o al aire libre unos minutos.
45. Hacer respiraciones lentas sin exigirte sentirte mejor.
46. Reducir compromisos que puedan esperar.
47. Apagar el teléfono durante un rato si las llamadas te saturan.
48. Poner límites a visitas o conversaciones cuando estés agotado.
49. Hacer algo agradable sin interpretar que disfrutar significa olvidar.
50. Recordarte algo esencial: hoy no tienes que resolver tu duelo; solo atravesar este día como puedas.

Espero que te ayuden a ti y a los tuyos. Si sabes de alguien que esté pasando por una perdida compártelo.

Si dudas si necesitas ayuda psicológica en estos momentos en mi próximo artículo trataré el tema.

Aquí artículos relacionados:

Cuando muera un padre o una madre

Carta para quienes no pudieron tener con sus padres la relación que necesitaban.

Abrazo

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Carta para quienes no pudieron tener con sus padres la relación que necesitaban

Hay pérdidas de las que se habla mucho y otras de las que cuesta bastante más hablar.

Cuando muere un padre o una madre, parece que alrededor existe una especie de guion sobre cómo debería sentirse una persona. Se espera tristeza, vacío, añoranza, desconsuelo. Y muchas veces aparece todo eso. Pero no siempre.

A veces muere un padre o una madre y no lloras como pensabas que ibas a llorar. No sientes ese vacío del que hablan los demás. Incluso puedes notar alivio. Y entonces, además de la muerte, aparece otra cosa: la sensación de que quizá hay algo extraño en ti por no estar sintiendo lo que se supone que deberías sentir.

Pero quizá tu historia con ellos fue distinta.

Quizá hubo cariño, sí, pero también mucha distancia. O años de discusiones, silencios, críticas, rechazo, negligencia, inestabilidad, adicciones, enfermedad mental o situaciones que te hicieron daño. Tal vez hubo una relación que desde fuera podía parecer normal y, sin embargo, dentro de casa faltaron cosas muy importantes.

Porque un hijo puede haber tenido comida, estudios, vacaciones y una casa donde vivir y, aun así, haber crecido sintiendo que no podía apoyarse emocionalmente en sus padres. Puede haber faltado sentirse visto, escuchado, protegido, aceptado. Puede haber faltado algo tan básico como poder acercarse sin miedo o sentir que uno era importante tal y como era.

Y cuando una relación ha sido así, la muerte también puede sentirse de una manera distinta.

A veces no solo muere la persona.

Muere la posibilidad.

La posibilidad de que algún día las cosas fueran diferentes. De que tu padre pudiera reconocer aquello que te hizo daño. De que tu madre pudiera escucharte de otra manera. De tener esa conversación que llevabas años imaginando. De escuchar un “lo siento”. De preguntar algo que nunca te atreviste a preguntar. De entender. De acercaros. De reparar algo. O simplemente de comprobar si todavía quedaba alguna forma de encontraros.

Mientras alguien está vivo, incluso cuando la relación es muy mala, puede quedar una pequeña puerta abierta en algún lugar de nuestra cabeza.

“Algún día.”

“Quizá más adelante.”

“Cuando pueda hablar de esto.”

“Cuando esté preparado.”

“Cuando deje de doler tanto.”

Y de pronto esa persona muere.

Y esa puerta se cierra.

A veces ese es el verdadero golpe.

Porque no siempre lloramos a la persona que tuvimos. En ocasiones lloramos al padre o a la madre que necesitábamos y nunca llegamos a tener.

Y ese duelo puede ser especialmente solitario.

Porque desde fuera alguien puede decirte: “Pero si casi no teníais relación”. Como si la distancia protegiera del dolor. O quizá escuches: “Después de todo lo que te hizo, casi mejor”. Como si una historia afectiva pudiera resumirse así.

Pero las relaciones importantes casi nunca son tan sencillas.

Podemos querer a alguien y estar profundamente heridos por él. Podemos haber necesitado alejarnos y seguir deseando que algún día algo cambiara. Podemos echar de menos a una persona con la que apenas podíamos estar. Podemos sentir alivio porque se ha terminado una relación que nos hacía daño y, al mismo tiempo, sentir tristeza porque también se ha terminado para siempre cualquier posibilidad de que fuera distinta.

Todo eso puede convivir.

También puede ocurrir que, cuando muere, sientas descanso.

Que tu cuerpo se relaje de una forma que te sorprenda. Que desaparezca una tensión que llevaba años contigo. Que ya no tengas miedo de una llamada, de una discusión, de una exigencia, de una humillación o de volver a entrar en una dinámica que te hacía daño.

Y entonces quizá aparezca la culpa.

“¿Cómo puedo sentir alivio porque ha muerto mi padre?”

“¿Qué clase de hija soy si no estoy destrozada?”

Pero el alivio no siempre habla de falta de amor. A veces habla de cuánto habías sufrido. De cuánto tiempo llevabas protegiéndote. De la energía que necesitabas para sostener esa relación o para defenderte de ella.

Hay personas que, además, apenas sienten nada cuando sus padres mueren. Y eso también puede resultar desconcertante.

Pero a veces la distancia emocional empezó mucho antes de la muerte.

Quizá llevabas años despidiéndote de esa relación sin saber que estabas haciéndolo. Cada decepción fue cerrando un poco más la puerta. Cada intento fallido. Cada límite que tuviste que poner. Cada vez que asumiste que no ibas a recibir aquello que necesitabas.

En algunas historias, la muerte física llega mucho después de que el vínculo ya hubiera cambiado profundamente.

No necesitas fabricar tristeza para demostrar que eres una buena persona. Ni sentir más para cumplir con la imagen de lo que debería ser perder a un padre o a una madre.

Tu duelo tiene que ver con vuestra historia real, no con la historia que se suponía que deberíais haber tenido.

Hay personas que pueden revisar esa relación antes de que sus padres mueran. Hablan, preguntan, confrontan, ponen límites, entienden algunas cosas. A veces consiguen acercarse. Otras veces deciden mantener distancia, pero lo hacen desde un lugar diferente. Algunas pueden reparar algo.

Pero no todo el mundo tiene esa oportunidad.

A veces el padre o la madre no quiere hablar. Niega lo ocurrido. No puede asumir responsabilidad. El contacto sigue siendo perjudicial. Hay demasiado daño. O simplemente la muerte llega antes de que todo eso pueda suceder.

Y entonces puede aparecer otra sensación difícil: “Ahora ya no puedo hacer nada”.

Pero sí hay algo que todavía puede hacerse.

No con esa persona.

Contigo.

Porque una relación puede terminar con la muerte y, sin embargo, seguir viviendo durante mucho tiempo en la forma en la que te miras, te relacionas, pones límites, eliges pareja, reaccionas ante el rechazo o interpretas lo que los demás sienten hacia ti.

Puede seguir en la culpa. En la vergüenza. En la sensación de no ser suficiente. En la necesidad de agradar. En el miedo a decepcionar. En la rabia que nunca pudiste expresar o en una tristeza que quizá llevabas años apartando.

Y todo eso se puede mirar después.

A veces, incluso, es después cuando uno empieza a poder hacerlo.

No porque tengas que “cerrar” la historia ni porque exista una forma perfecta de resolverla. Tampoco porque tengas que perdonar si no quieres hacerlo.

Sanar una historia puede significar muchas otras cosas.

Puede ser entender mejor lo que ocurrió y dejar de justificar aquello que te hizo daño. Reconocer lo que necesitaste y no recibiste. Darle un lugar a la rabia sin vivir atrapado en ella. Poder recordar sin volver emocionalmente al mismo punto. Aprender a tratarte de una manera distinta a como quizá te trataron.

Y también puede significar aceptar algo muy doloroso: que hay respuestas que nunca van a llegar.

No siempre sabremos por qué hicieron lo que hicieron.

No siempre habrá una disculpa.

No siempre podremos entenderlo todo.

Pero nuestra vida no tiene por qué quedarse detenida esperando esas respuestas.

Si tu padre o tu madre ha muerto y no sientes lo que creías que ibas a sentir, no hace falta que te fuerces.

Si lloras mucho, está bien.

Si lloras poco, también.

Si sientes alivio, quizá convenga escuchar qué te cuenta ese alivio sobre lo que viviste.

Si aparece rabia, quizá tenga algo que decir.

Si sientes culpa, merece ser mirada con cuidado, no obedecida automáticamente.

Y si lo que más te duele es lo que nunca ocurrió entre vosotros, eso también forma parte del duelo.

Tal vez ahora, cuando esa relación ya no puede cambiar fuera, puedas empezar a trabajar cómo quieres vivir tú con ella por dentro.

A veces eso necesitará tiempo. A veces necesitará ayuda profesional, especialmente cuando hay trauma, maltrato, negligencia o recuerdos que siguen teniendo demasiado peso. No porque haya nada que corregir en ti, sino porque algunas historias son demasiado complejas para seguir cargándolas siempre de la misma manera.

Y quizá haya algo que puedas empezar a hacer ahora por ti.

Escucharte de una forma en la que no te escucharon.

Creerte.

Protegerte.

Poner límites sin sentir que estás haciendo algo malo.

Tratar con más cuidado esa parte tuya que durante tantos años siguió esperando que algún día las cosas fueran diferentes.

La muerte de un padre o de una madre puede cerrar definitivamente una relación.

Pero no tiene por qué decidir para siempre cómo vas a vivir con lo que ocurrió en ella.

Un abrazo.

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Cuando muere un padre o una madre: todo lo que necesitamos saber sobre una de las pérdidas más profundas de la vida

Hay pérdidas que nos cambian.

Y perder a un padre o una madre es una de ellas.

Da igual que tengamos 20, 45 o 70 años. Da igual que nuestro padre tuviera 60 o 95. Da igual incluso que supiéramos que iba a ocurrir.

Hay algo que se rompe cuando muere una de las personas que estuvo en el origen de nuestra propia historia.

Para algunas personas supone perder a su mayor apoyo. Para otras, a su confidente. Para otras, a la persona que siempre estaba “ahí”, incluso aunque la relación no fuera especialmente cercana. Y para algunas supone también enfrentarse a una historia complicada, a conversaciones pendientes, a heridas antiguas o a una relación que nunca llegó a ser la que necesitaban.

Por eso no existe una única forma de vivir la muerte de un padre o una madre.

No existe un duelo “correcto”.

Y, sobre todo, no existe una edad a partir de la cual perder a tus padres deje de doler.

La muerte de un padre o una madre no solo significa perder a una persona

Cuando muere un padre o una madre, muchas veces perdemos varias cosas al mismo tiempo.

Podemos perder:

  • A la persona concreta.
  • Una figura de referencia.
  • Un apoyo emocional.
  • Parte de nuestra historia.
  • Los recuerdos compartidos.
  • La sensación de tener un lugar al que volver.
  • A alguien que nos conocía desde antes de que nosotros mismos pudiéramos recordarlo.
  • La idea de seguir siendo “hijo” o “hija” de alguien que está en el mundo.

A veces la muerte de un progenitor nos enfrenta también a nuestra propia mortalidad.

De repente pensamos:

“Ahora me toca a mí ser la siguiente generación”.

O:

“Ya no queda nadie que me recuerde como era de pequeña”.

La muerte de los padres puede provocar cambios profundos en la identidad, especialmente en la edad adulta. La pérdida del último progenitor, además, puede tener un significado especialmente intenso porque modifica la percepción de pertenencia, familia y continuidad generacional. 

No es lo mismo perder a un padre a los 15 que a los 50

La edad del hijo o hija importa. No porque determine cuánto se va a sufrir, sino porque determina qué significa esa pérdida en ese momento vital.

Cuando se pierde a un padre o madre siendo niño

El niño no solo pierde a una persona querida.

Puede perder seguridad, estabilidad y una figura necesaria para su desarrollo.

Además, su comprensión de la muerte dependerá de su edad y de su capacidad para entender que la ausencia es definitiva.

Necesitará adultos que puedan explicarle lo ocurrido con claridad, responder a sus preguntas y permitirle expresar el dolor sin obligarle a hacerlo de una manera determinada.

Un niño puede llorar intensamente y, media hora después, querer jugar.

Eso no significa que no le importe.

Significa que los niños entran y salen del dolor de una forma diferente a los adultos.

Perder a un padre o madre en la adolescencia

La adolescencia ya es una etapa de enormes cambios.

La muerte puede llegar en un momento en el que la persona está intentando construir su propia identidad, separarse de sus padres y, al mismo tiempo, todavía los necesita profundamente.

Puede aparecer rabia.

Puede haber sensación de injusticia.

Puede surgir miedo a perder también al otro progenitor.

Y, en ocasiones, el adolescente puede sentir que tiene que hacerse mayor demasiado deprisa.

Perder a un padre o madre siendo adulto

A menudo se minimiza este dolor.

Se escucha:

“Bueno, ya era mayor”.

“Es ley de vida”.

“Por lo menos lo has tenido muchos años”.

Pero haber tenido a alguien durante muchos años no hace que su ausencia sea más sencilla.

A veces ocurre precisamente lo contrario.

Décadas de conversaciones, costumbres, llamadas, comidas familiares y experiencias compartidas dejan una huella enorme.

Puedes tener 50 años y sentirte huérfano.

Puedes tener 65 y sentirte de repente profundamente solo.

Porque, aunque seamos adultos, seguimos siendo hijos.

Y una parte de nosotros puede seguir necesitando a nuestros padres incluso cuando ya no dependemos de ellos.

Tampoco es lo mismo cómo murió

Las circunstancias de la muerte influyen profundamente en la experiencia del duelo.

La muerte repentina

Un accidente, un infarto inesperado o una muerte súbita pueden dejar a la persona con una sensación de irrealidad.

No hubo tiempo para prepararse.

No hubo despedida.

No hubo oportunidad de decir determinadas cosas.

La mente puede quedarse atrapada intentando reconstruir lo ocurrido:

“¿Y si hubiera hecho algo?”

“¿Y si hubiera llegado antes?”

“¿Y si hubiera insistido?”

El duelo puede mezclarse con shock y, en algunos casos, con elementos traumáticos.

Cuando la muerte llega después de una enfermedad larga

Aquí aparece algo que muchas personas no saben nombrar.

El duelo puede comenzar antes de la muerte.

Durante meses o años, la familia puede ir viendo cómo esa persona cambia, pierde capacidades o se deteriora.

Hay ingresos.

Altas.

Recaídas.

Esperanza.

Miedo.

Hospitales.

Pruebas.

Esperas.

Llamadas a cualquier hora.

Y una incertidumbre constante.

A esto puede sumarse lo que conocemos como duelo anticipado: empezar a experimentar pérdidas emocionales mientras la persona todavía está viva.

Pero que hayas ido preparándote no significa que la muerte duela menos.

Muchas personas sienten:

“Sabía que iba a pasar, pero no estaba preparada”.

Y ambas cosas pueden ser verdad.

Cuando has sido cuidador o cuidadora: el duelo tiene una dimensión más.

Esta es una parte especialmente importante.

Cuando una persona ha dedicado meses o años a cuidar de su padre o madre, la muerte no solo supone perderle.

También supone perder una función que ocupaba gran parte de su vida.

Durante mucho tiempo todo ha podido organizarse alrededor de esa persona:

Las citas médicas.

Los hospitales.

Los medicamentos.

Las visitas.

Las llamadas.

La preocupación.

La vigilancia.

La incertidumbre.

De repente, todo se detiene.

Y puede aparecer una sensación extraña:

“¿Y ahora qué hago?”

Incluso puede sentirse vacío, desorientación o una especie de ausencia de propósito.

No significa que queramos recuperar la enfermedad.

Significa que nuestro cuerpo y nuestra mente llevaban mucho tiempo viviendo en un estado de alerta y responsabilidad.

Después de la muerte, no siempre llega inmediatamente el descanso.

A veces llega el derrumbe.

A veces el cuerpo se permite sentir lo que no pudo sentir mientras tenía que seguir funcionando.

Y, en ocasiones, aparece incluso alivio.

Esto también puede generar culpa.

Pero sentir alivio porque alguien ha dejado de sufrir, o porque ha terminado una situación agotadora, no significa querer menos a la persona.

En el duelo pueden convivir emociones aparentemente contradictorias.

Amor y alivio.

Tristeza y descanso.

Dolor y agradecimiento.

Rabia y culpa.

Nada de eso invalida el vínculo.

La relación que tenías con tu padre o tu madre cambia el duelo

No todas las personas lloran la muerte de sus padres por las mismas razones.

Cuando había una relación cercana y segura

La pérdida puede sentirse como perder un refugio.

Una persona a la que llamar.

Alguien que conocía nuestra historia.

Alguien que celebraba nuestros logros y nos acompañaba en los fracasos.

La ausencia puede aparecer en miles de pequeños momentos:

“Esto se lo tendría que contar”.

“Le habría gustado esto”.

“¿Qué pensaría?”

Y esa es una de las formas en las que la ausencia continúa apareciendo.

Cuando la relación era complicada

Aquí el duelo puede ser especialmente confuso.

Porque no solo se llora lo que existió.

A veces también se llora lo que nunca existió.

La conversación que nunca se tuvo.

El abrazo que nunca llegó.

El reconocimiento esperado durante años.

La posibilidad, aunque fuera pequeña, de que algún día la relación cambiara.

Cuando una persona muere, también puede morir la esperanza de reparar determinadas cosas.

Por eso pueden aparecer rabia, tristeza, culpa o incluso alivio.

Y ninguna de estas emociones convierte a alguien en mala hija o mal hijo.

Las relaciones ambivalentes o conflictivas pueden añadir complejidad al duelo. 

La edad con la que murió tu padre o tu madre también importa

Cuando alguien muere joven, suele aparecer una sensación intensa de ruptura del orden esperado.

“No le tocaba todavía”.

“Era demasiado pronto”.

Cuando muere una persona muy mayor, socialmente se tiende a pensar que la pérdida debería ser más fácil de aceptar.

Pero comprender racionalmente que una muerte forma parte del ciclo vital no elimina el dolor emocional.

Una persona puede pensar:

“Ha vivido una vida larga y bonita”.

Y, al mismo tiempo:

“No quiero que no esté”.

Ambas cosas pueden coexistir.

Antes de que muera: qué podemos hacer cuando sabemos que se acerca el final

No siempre tenemos esta oportunidad.

Y es importante decirlo: quien no pudo despedirse no tiene que sentirse culpable.

Muchas muertes son inesperadas.

Y, además, incluso cuando sabemos que alguien está muy enfermo, nunca sabemos realmente cuándo será el último día.

Pero cuando existe tiempo, algunas cosas pueden ayudarnos.

Hablar, si la situación lo permite

No hace falta tener “la conversación perfecta”.

A veces basta con decir:

“Te quiero”.

“Gracias”.

“Me alegro de haber sido tu hija”.

“Hay algo que siempre recordaré de ti”.

“¿Hay algo que quieras decirme?”

No todas las despedidas tienen que ser dramáticas.

Una conversación cotidiana también puede convertirse después en un recuerdo importante.

Preguntar por su historia

Una de las cosas más bonitas que podemos hacer es preguntar.

¿Cómo fue su infancia?

¿Cómo conoció a nuestra madre o padre?

¿Qué recuerda de nosotros cuando éramos pequeños?

¿Cuál fue uno de los momentos más felices de su vida?

¿Qué le hubiera gustado hacer?

¿Qué consejo nos daría?

Podemos grabar algunas conversaciones, si la persona está de acuerdo.

No para convertir los últimos días en un proyecto.

Sino para conservar su voz, su manera de contar las cosas y parte de su historia.

Recuperar recuerdos

Mirar fotografías.

Escuchar música.

Volver a lugares importantes.

Cocinar algo que le guste.

Recordar anécdotas familiares.

A veces, cuando la enfermedad ha ocupado todo el espacio, es importante recuperar a la persona más allá de su condición de enferma.

Recordar quién era antes de los hospitales.

Decir lo pendiente

No siempre será posible.

Y no siempre será conveniente.

Pero algunas personas necesitan aprovechar ese tiempo para expresar agradecimiento, pedir perdón o perdonar.

Otras no.

No existe la obligación de reconciliarse antes de una muerte.

Las relaciones humanas son complejas.

Y una despedida no tiene que cumplir con un guion ideal.

Después del entierro: cuando todo el mundo vuelve a casa

Esta es, para muchas personas, una de las partes más difíciles.

Durante los días anteriores hay mucho que hacer.

Llamadas.

Hospital.

Trámites.

Familia.

Preparar el funeral.

Recibir a la gente.

Tomar decisiones.

Pero después del entierro llega el silencio.

Y muchas personas describen ese momento como el verdadero comienzo de la ausencia.

Todo el mundo vuelve poco a poco a su vida.

Pero tú no.

Tu vida acaba de cambiar.

Es frecuente que el primer día después del funeral resulte especialmente duro.

Ya no hay nada urgente que organizar.

Y entonces aparece la realidad.

Ha muerto. Y ahora tengo que aprender a vivir en un mundo en el que esa persona no está.

Qué hacer los primeros días después del entierro

No existe una fórmula.

Pero sí algunas cosas que pueden ayudar.

1. Reduce las exigencias

No es momento de pedirte productividad.

Ni decisiones importantes si pueden esperar.

Ni volver inmediatamente a ser “la de siempre”.

El duelo consume mucha energía.

Tu concentración puede disminuir.

Puedes olvidar cosas.

Sentirte cansado.

Dormir mal.

O no tener ganas de nada.

El cuerpo también está viviendo la pérdida.

2. No llenes todos los silencios

Muchas personas intentan ocupar cada minuto.

Trabajar.

Limpiar.

Organizar.

Salir.

Estar continuamente con gente.

Las distracciones pueden ser necesarias y saludables en determinados momentos.

Pero intentar escapar constantemente del dolor puede hacer más difícil procesar lo ocurrido.

No tienes que estar todo el día llorando.

Pero tampoco tienes que huir de cada emoción.

El duelo necesita momentos para sentirse y momentos para descansar de él.

3. Cuida las necesidades básicas

Parece algo pequeño, pero en los primeros días puede ser difícil.

Comer.

Beber agua.

Dormir.

Ducharte.

Salir a caminar.

Respirar aire libre.

No solucionan el duelo.

Pero ayudan a sostener un cuerpo que está atravesando una experiencia emocional enorme. Las recomendaciones generales incluyen mantener rutinas básicas, actividad física adaptada, alimentación y apoyo social, sin pretender hacerlo todo de golpe. 

4. Deja que alguien te ayude

Y, si puedes, pide ayuda concreta.

No solo:

“Estoy mal”.

Sino:

“¿Puedes venir esta tarde?”

“¿Puedes hacerme la compra?”

“¿Podemos salir a caminar?”

“¿Puedes acompañarme a hacer este trámite?”

Cuando estamos en duelo, incluso las tareas sencillas pueden resultar agotadoras.

Actividades que pueden ayudar después de perder a un padre o una madre

No son obligaciones.

No hay que hacerlas todas.

Son posibilidades.

Escribirle una carta

Puedes escribir:

Lo que no pudiste decir.

Lo que agradeces.

Lo que te enfada.

Lo que echas de menos.

Lo que está pasando desde que se fue.

No tienes que enseñársela a nadie.

Crear una caja de recuerdos

Puedes guardar:

Fotografías.

Cartas.

Objetos.

Una receta escrita de su puño y letra.

Una prenda.

Una entrada.

Una nota.

Algo que tenga significado.

Hacer un álbum de su vida

No solo de su muerte. De su vida.

Recoger fotografías y pedir a familiares que escriban recuerdos o anécdotas.

A veces ayuda reconstruir la historia completa de una persona.

Hablar de él o de ella

Muchas personas dejan de mencionar al fallecido porque tienen miedo de hacer daño.

Pero, a menudo, lo que más duele no es escuchar su nombre.

Es sentir que el mundo empieza a olvidarlo.

Hablar de la persona.

Contar anécdotas.

Decir su nombre.

Recordar.

Todo esto puede formar parte de mantener un vínculo significativo con quien ha muerto.

Las actividades de recuerdo y homenaje pueden ayudar a integrar la relación y honrar la vida de la persona fallecida. 

Mantener algún ritual

Puede ser:

Encender una vela en determinadas fechas.

Escuchar una canción.

Cocinar su comida favorita.

Ir a un lugar especial.

Hacer algo que le gustaba.

No se trata de quedarse atrapado en el pasado.

Se trata de encontrar una nueva manera de relacionarnos con el recuerdo.

¿Hay que retirar inmediatamente sus cosas?

No. No existe ninguna norma que diga cuándo hay que hacerlo. Algunas personas necesitan guardar determinadas cosas rápidamente.

Otras necesitan meses. O años.

Algunas conservan objetos concretos toda su vida.

No hay una manera psicológicamente correcta.

Lo importante es que las decisiones no se tomen únicamente por presión externa. Por eso no es tampoco tarea del entorno.

“No puedes tener su habitación así”.

“Ya deberías quitar sus cosas”.

“Te estás agarrando al pasado”.

Cada persona necesita su propio tiempo.

Los trámites pueden ser una segunda fuente de agotamiento

Después de una muerte hay una cantidad enorme de cuestiones prácticas.

Documentación.

Bancos.

Herencias.

Seguros.

Objetos.

Viviendas.

Papeles.

Y muchas veces hay que hacerlo mientras emocionalmente apenas podemos pensar.

Si es posible, repartir responsabilidades entre familiares puede evitar que una sola persona cargue con todo.

También es importante entender que los conflictos familiares pueden intensificarse en estos momentos.

El duelo no convierte automáticamente a las familias en un lugar de armonía.

A veces activa antiguas heridas, rivalidades y diferencias.

Intentar resolver todos los conflictos familiares en los primeros días no siempre es una buena idea.

La culpa: una de las emociones más frecuentes

“Debería haber ido más”.

“Podría haberme dado cuenta antes”.

“Ese día estaba cansada”.

“No le llamé”.

“Discutimos”.

“No estuve cuando murió”.

La culpa suele buscar una sensación de control.

Porque a veces resulta insoportable aceptar que no podíamos evitar lo ocurrido.

La mente revisa.

Busca errores.

Construye escenarios alternativos.

Pero cuidar de alguien, amar a alguien o ser su hijo no significa haberlo hecho todo perfectamente.

Ninguna relación humana es perfecta.

Y ninguna muerte deja todo perfectamente cerrado.

Cuando aparece alivio

Esto merece decirse claramente. Puedes sentir alivio.

Especialmente después de una enfermedad larga, dolorosa o con mucho sufrimiento.

Puedes sentir alivio porque tu padre o tu madre ya no sufre.

Porque ha terminado una agonía.

Porque tú ya no vives pendiente de una llamada del hospital.

Porque tu cuerpo ha dejado de estar en alerta permanente.

Y después sentir culpa por ese alivio.

Pero el alivio no borra el amor.

Puedes echar muchísimo de menos a alguien y, al mismo tiempo, sentir que descansar de una situación extremadamente dura ha supuesto un cambio físico y emocional.

Las emociones en el duelo no son coherentes ni ordenadas.

Son humanas.

Los aniversarios y las fechas importantes

El primer cumpleaños.

La primera Navidad.

El primer cumpleaños tuyo sin esa persona.

El Día del Padre o de la Madre.

El aniversario de la muerte.

Estas fechas pueden anticiparse con ansiedad.

Puede ayudar decidir previamente qué quieres hacer.

No dejarlo siempre al azar.

Puedes elegir:

  • Estar acompañado.
  • Estar solo.
  • Hacer un homenaje.
  • Evitar determinados compromisos.
  • Ir a un lugar significativo.
  • Hablar de esa persona.
  • No hacer nada especial.

También puedes cambiar de opinión.

El duelo no avanza en línea recta

Habrá días mejores. Y después, días terribles.

Puedes pensar que estás mejorando y llorar desconsoladamente porque has encontrado una chaqueta, escuchado una canción o visto su número en el teléfono.

Eso no significa que hayas retrocedido. El duelo suele funcionar más como olas que como una escalera.

Con el tiempo, generalmente las olas no desaparecen por completo.

Pero aprendemos a reconocerlas. A saber que vienen.

Y, poco a poco, suelen dejar de arrasarnos con la misma intensidad.

No existe un calendario universal ni unas fases obligatorias que todas las personas deban atravesar en orden. 

¿Cuándo conviene pedir ayuda psicológica?

Estar destrozado después de perder a un padre o una madre no significa necesariamente que necesites terapia.

El duelo no es una enfermedad. Y sentir dolor no es algo que haya que eliminar rápidamente.

Sin embargo, pedir ayuda puede ser importante cuando:

  • El dolor no permite funcionar mínimamente durante un tiempo prolongado.
  • Existe una sensación de bloqueo que no disminuye.
  • La muerte fue traumática.
  • Hay imágenes o recuerdos intrusivos.
  • Aparece una culpa intensa y persistente.
  • Existe una relación previa muy conflictiva que complica la elaboración.
  • Hay aislamiento total.
  • Aparecen pensamientos de muerte o de no querer seguir viviendo.
  • El sufrimiento, con el paso de los meses, sigue siendo igual o aumenta en intensidad.
  • Resulta imposible aceptar la realidad de la muerte o retomar aspectos básicos de la vida cotidiana.

Las muertes repentinas o traumáticas y determinados factores relacionales o circunstanciales pueden aumentar la vulnerabilidad a un duelo más complicado. 

Pedir ayuda no significa que estés haciendo mal el duelo.

A veces significa simplemente que no quieres atravesar solo algo que es demasiado grande.

Quizá lo más importante: no tienes que “superar” a tu padre o a tu madre

Hay una idea que hace mucho daño:

“Algún día lo superarás”. Quizá no se trata de superar. Porque no queremos superar a las personas que hemos amado como si fueran una enfermedad o un obstáculo. Se trata de otra cosa. De aprender a vivir con una ausencia.

De construir una vida en la que esa persona ya no está físicamente, pero en la que su historia sigue formando parte de nosotros.

Al principio, la ausencia ocupa todo el espacio.

Después, poco a poco, la vida empieza a crecer alrededor del dolor.

No porque olvidemos.

No porque queramos menos.

Sino porque sobrevivir también es una forma de amor.

Si acabas de enterrar a tu padre o a tu madre:

No tienes que saber qué hacer mañana.

No tienes que gestionar perfectamente lo que sientes.

No tienes que ser fuerte.

No tienes que consolar a todo el mundo.

No tienes que ordenar sus cosas.

No tienes que volver a trabajar emocionalmente como si nada hubiera ocurrido.

No tienes que dejar de llorar porque “ya ha pasado el funeral”.

No tienes que estar triste todo el tiempo.

No tienes que sentir solo tristeza.

Puedes estar roto.

Puedes estar enfadado.

Puedes sentir alivio.

Puedes no sentir nada durante unas horas.

Puedes reírte y sentirte culpable después.

Puedes echarle de menos incluso cuando llevabas años preparándote para su muerte.

Puedes descubrir que el verdadero dolor ha empezado ahora, cuando se han acabado las visitas, los hospitales, las llamadas y las decisiones.

Cuando todo el mundo se ha ido.

Cuando vuelves a casa.

Y ya no está.

No hay una forma correcta de querer a alguien después de que haya muerto.

Solo hay una tarea lenta y profundamente humana:

aprender a seguir viviendo sin tener que dejar de amar y recordar.

Aquí comparto ideas para lo primeros 30 días después de perder a una madre o padre.

Una lista: “50 cosas que puedes hacer cuando alguien que quieres acaba de morir”

  • Para cuando necesito sentir.
  • Para cuando necesito distraerme.
  • Para cuando necesito recordar.
  • Para cuando necesito compañía.
  • Para cuando necesito descansar del dolor.

En mi próximo artículo te las comparto.

Y para finalizar: Cosas que nadie te cuenta sobre perder a un padre o una madre”

Por ejemplo:

  • Que el funeral no es el final, sino muchas veces el principio real del duelo.
  • Que puedes sentir alivio y dolor a la vez.
  • Que puedes tener 60 años y sentirte huérfano.
  • Que la relación cambia, pero no desaparece necesariamente de tu vida interior.
  • Que puedes empezar a echarle más de menos meses después.
  • Que ver sufrir a un padre durante años también deja huella.
  • Que cuidar puede hacer que después no sepas quién eres sin esa responsabilidad.
  • Que a veces lloras más por cosas pequeñas que por el momento de la muerte.
  • Que no todo el mundo de la familia hará el duelo igual.
  • Que no tienes que dejar de nombrarlo para “seguir adelante”.

Cualquier duda o si quieres compartir tu experiencia puedes dejarlo en comentarios. Te leo con cariño y te mando un abrazo.

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No todos los veranos se disfrutan. Algunos se atraviesan.


Y atravesarlos también es vivir.

Este verano no solo pacientes sino amigas, conocidas se han debatido entre la vida y la muerte y siguen haciéndolo. O han acompañado a sus padres en sus últimos meses, semanas y días…

Desde aquí quiero dedicar unas palabras a todas aquellas personas que este verano han estado enfermas, ingresadas, esperando un diagnóstico, recuperándose de una intervención, afrontando un empeoramiento o simplemente intentandolo un día más.

Y también a quienes han estado al otro lado: acompañando a una persona querida, pasando noches en un hospital, esperando resultados, cuidando, preocupándose, intentando transmitir calma cuando por dentro también tenían miedo.

Sé que mientras alrededor se hablaba de vacaciones, viajes, terrazas, fiestas y momentos felices, para algunas personas el verano ha significado hospitales, incertidumbre, cansancio, dolor y muchas emociones difíciles de nombrar.

Y no siempre es fácil ver cómo la vida parece continuar para los demás cuando la propia vida se ha detenido.

Es normal sentir tristeza.
Es normal tener miedo.
Es normal estar cansado.
Es normal preguntarse «¿por qué a nosotros?».
Es normal incluso no tener fuerzas para agradecer, sonreír o mostrarse fuerte.

No hay una manera correcta de vivir una enfermedad ni de acompañar a alguien que queremos.

Desde la psicología sabemos que atravesar una situación de enfermedad no afecta únicamente al cuerpo. También puede sacudir nuestra sensación de seguridad, nuestra percepción del futuro, nuestras rutinas, nuestras relaciones y nuestra manera de mirar la vida.

Por eso, si este verano ha sido así para ti, no te exijas volver a ser quien eras antes de que todo esto ocurriera de un día para otro.

Date tiempo y cuídate. Pide ayuda no tienes que hacerlo sola.

Y si has estado acompañando, recuerda también que cuidar no significa olvidarte de ti. Quien acompaña también necesita descanso, apoyo, espacios para desahogarse y permiso para reconocer que no siempre puede con todo.

Quizá este verano no ha dejado las fotografías que imaginabas.

Quizá ha dejado otras: conversaciones en pasillos, manos que sostienen, silencios compartidos, lágrimas escondidas, pequeñas mejorías, personas que estuvieron, gestos que no olvidarás.

Y eso también forma parte de la vida.

No quiero decirte que «todo pasa por algo».
Ni que tienes que encontrarle un aprendizaje.
Ni que tienes que ser fuerte. etc etc…

Solo quiero recordarte algo:

Has hecho lo que has podido con lo que te ha tocado vivir. Y eso merece ser reconocido primero por ti.

A quienes habéis estado enfermos.
A quienes habéis estado ingresados.
A quienes habéis cuidado.
A quienes habéis esperado.
A quienes habéis tenido miedo.

O aún estáis ahí.

Ojalá poco a poco llegue el momento de volver a respirar con un poco más de calma.

Y cuando llegue, no tengas prisa.

También mereces recuperarte de todo lo que has tenido que atravesar.

Te abrazo fuerte.

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Final de curso: no cierres el curso sin mirar todo lo que has vivido

Una reflexión para alumnos y familias antes de empezar una nueva etapa

Termina un curso y parece que lo único importante es saber si has aprobado, suspendido, pasado de curso o conseguido las notas que esperabas.

Pero un curso escolar es mucho más que unas calificaciones.

Durante estos meses has tenido que aprender contenidos, organizarte, levantarte muchos días sin ganas, conocer profesores nuevos, convivir con compañeros, afrontar exámenes, gestionar nervios, tomar decisiones, equivocarte, solucionar problemas, soportar decepciones y adaptarte a situaciones que probablemente en septiembre todavía no sabías cómo ibas a afrontar.

Por eso, antes de guardar la mochila y pasar página, merece la pena detenerse un momento.

No para juzgarte.

Para entenderte.

Porque mirar lo vivido puede ayudarte mucho más de lo que imaginas a empezar el próximo curso.

¿Recuerdas cómo te sentías hace un año?

Intenta volver mentalmente al comienzo del curso.

Quizá tenías miedo.

A los profesores nuevos.

A que las asignaturas fueran demasiado difíciles.

A no encajar.

A separarte de algunos amigos.

A conocer compañeros nuevos.

A no estar a la altura.

A suspender.

A equivocarte.

A que ocurriera algo que ni siquiera sabías explicar.

Hay comienzos que despiertan mucha incertidumbre porque nuestro cerebro se siente más tranquilo cuando sabe qué va a ocurrir.

Lo nuevo no siempre es peligroso, pero todavía no tenemos información suficiente para saber cómo será. Y por eso pueden aparecer nervios, inseguridad o pensamientos como:

“No voy a poder.”

“Va a ser demasiado difícil.”

“Seguro que me va mal.”

“No voy a conocer a nadie.”

“Los demás estarán más preparados que yo.”

Dentro de poco probablemente volverás a enfrentarte a algo parecido.

Un nuevo curso.

Quizá profesores diferentes.

Más dificultad.

Otros compañeros.

Un nuevo instituto.

Bachillerato.

La universidad.

Formación profesional.

O simplemente otro año en el mismo centro.

Y si aparecen los nervios, recuerda algo importante:

Ya has vivido otros comienzos que también parecían difíciles antes de conocerlos.

Piensa en todo lo que en septiembre te preocupaba y que después acabaste haciendo con normalidad.

Aquella clase a la que no querías entrar.

Ese profesor que te imponía.

Ese examen que parecía imposible.

La presentación delante de los demás.

Hablar con alguien nuevo.

Ir solo a algún sitio.

Organizarte con más asignaturas.

Pedir ayuda.

Superar una decepción.

No significa que todo haya salido bien.

Probablemente algunas cosas fueron incluso más difíciles de lo que esperabas.

Pero tú tampoco eres exactamente la misma persona que empezó el curso. Has vivido cosas que entonces todavía no sabías que eras capaz de afrontar.

Y eso también cuenta.

No todo lo que salió mal significa que hayas fracasado

Quizá este curso no ha sido como imaginabas.

Puede que hayas suspendido.

Que hayas estudiado menos de lo que necesitabas.

Que te hayas confiado.

Que hayas procrastinado.

Que hayas tenido problemas con compañeros.

Que hayas perdido una amistad.

Que hayas pasado por dificultades familiares.

Que te hayas sentido solo.

Que hayas tenido ansiedad.

Que hayas estado desmotivado.

Que no hayas conseguido organizarte.

Que tu teléfono, las redes sociales, los videojuegos o cualquier otra distracción te hayan quitado más tiempo del que querías reconocer.

O quizá has hecho un esfuerzo enorme y aun así los resultados no han sido los esperados.

No todas las dificultades dependen de nosotros.

Y tampoco todas nuestras decisiones son completamente conscientes.

Nuestro estado emocional, la presión, el cansancio, nuestra historia, el ambiente familiar, las amistades, nuestras inseguridades o la necesidad de sentirnos aceptados pueden influir muchísimo en lo que hacemos.

Pero entender por qué hiciste algo no significa justificarlo todo.

Significa poder aprender.

Una de las preguntas más importantes al terminar el curso no es solamente:

“¿Qué me ha pasado?”

También es:

“¿Qué parte de lo ocurrido dependía de mí?”

Y esa pregunta necesita responderse sin machacarte, pero también sin engañarte.

Responsabilizarte no significa culparte

Hay una diferencia enorme entre culpa y responsabilidad.

La culpa suele decir:

“Soy un desastre.”

“Soy vago.”

“No sirvo para estudiar.”

“Siempre lo hago todo mal.”

“Soy peor que los demás.”

La responsabilidad pregunta:

“¿Qué hice?”

“¿Qué no hice?”

“¿Por qué ocurrió?”

“¿Qué estaba necesitando?”

“¿Qué decisión tomé?”

“¿Qué consecuencias tuvo?”

“¿Qué puedo hacer de otra manera la próxima vez?”

Cuando conviertes un error en una etiqueta sobre quién eres, es difícil cambiar.

Cuando lo conviertes en información, puedes aprender.

Quizá descubriste que dejarlo todo para el último día no te funciona.

Que necesitas pedir ayuda antes.

Que estudiar mirando continuamente el móvil te hace tardar el doble.

Que hay compañeros con los que te diviertes pero con los que acabas haciendo cosas que después no te gustan.

Que dormir poco te afecta mucho más de lo que pensabas.

Que cuando algo te sale mal enseguida piensas que no eres capaz.

Que has dedicado muchas horas a preocuparte y pocas a empezar.

Que necesitas aprender a organizarte.

O quizá descubriste algo completamente diferente:

Que eras mucho más responsable de lo que pensabas.

Que supiste reaccionar ante un problema.

Que conseguiste pedir ayuda.

Que te atreviste a hacer algo que te daba miedo.

Que mejoraste una asignatura.

Que pusiste límites a alguien.

Que sobreviviste a una etapa personal complicada mientras seguías intentando estudiar.

Eso también necesitas verlo.

No hagas balance únicamente mirando las notas

Las notas importan porque aportan información sobre determinados aprendizajes.

Pero no cuentan toda la historia de un curso.

Hay aprendizajes que nunca aparecerán en un boletín.

Aprender a hablar con alguien cuando tienes un problema.

Alejarte de una amistad que te hacía daño.

Reconocer que necesitas ayuda.

Tolerar una mala nota sin pensar que todo está perdido.

Descubrir que una asignatura que odiabas puede interesarte.

Atreverte a preguntar en clase.

Ser capaz de defender a un compañero.

Aprender a organizarte un poco mejor.

Aceptar que no siempre puedes hacerlo todo perfecto.

Volver después de haber suspendido.

Seguir intentándolo cuando estabas pasando por una etapa difícil.

Todo eso también es crecimiento.

Mira también tus decisiones

Durante el curso tomas cientos de pequeñas decisiones.

Algunas parecen poco importantes.

Estudio ahora o después.

Pregunto o me quedo con la duda.

Duermo o sigo con el móvil.

Voy a clase o falto.

Hago el trabajo o lo dejo para mañana.

Copio o intento hacerlo.

Me junto con estas personas o con otras.

Participo en una burla o me aparto.

Pido ayuda o escondo que estoy mal.

Le digo a alguien lo que me está molestando o acumulo hasta explotar.

Una decisión aislada probablemente no determina tu futuro.

Pero muchas pequeñas decisiones repetidas terminan construyendo hábitos.

Y los hábitos sí pueden cambiar mucho nuestra vida.

Por eso, quizá el final de curso sea un buen momento para preguntarte:

¿Qué decisiones me acercaron a la persona que quiero ser y cuáles me alejaron?

No se trata de exigirte perfección.

Se trata de conocerte mejor.

Si algo no salió bien, intenta comprender qué había detrás

Decir simplemente “no estudié” explica muy poco.

Puedes investigar un poco más.

¿Por qué no estudiabas?

¿Te aburría?

¿No entendías y te daba vergüenza preguntar?

¿Pensabas que aunque estudiaras suspenderías igualmente?

¿Te costaba empezar?

¿Te distraías constantemente?

¿Estabas agotado?

¿Dormías mal?

¿Estabas viviendo algo que ocupaba casi toda tu cabeza?

¿Necesitabas sentir que decidías tú y estudiar se había convertido en una batalla con tus padres?

¿Habías perdido la motivación?

¿Te comparabas continuamente?

¿Te daba miedo esforzarte mucho y descubrir que aun así podías suspender?

Dos alumnos pueden hacer exactamente lo mismo y tener motivos completamente diferentes.

Comprender el motivo es importante porque la solución también será diferente.

Y si este curso fue muy difícil…

Hay alumnos que terminarán el curso pensando:

“Lo he superado.”

Y otros quizá estén pensando:

“No he podido.”

También para ellos tiene que existir esta reflexión.

No siempre se supera todo a la primera.

A veces repetir, suspender, cambiar de centro, necesitar apoyo psicológico, recibir ayuda educativa o reconocer que algo nos supera forma parte del camino.

Lo importante es intentar que la experiencia no termine únicamente en:

“Me fue mal.”

Pregúntate:

¿Qué ocurrió?

¿Qué estaba atravesando?

¿Qué me faltó?

¿Qué ayuda necesitaba?

¿Qué intenté?

¿Qué hubiera podido hacer diferente?

¿Qué necesito cambiar ahora?

¿Qué necesito que cambien también los adultos que me acompañan?

Responsabilizar a un adolescente de lo que puede hacer no significa dejarle solo con lo que no puede resolver.

Para las familias: cuidado con convertir esta conversación en otro examen

Cuando un hijo termina el curso, los adultos podemos caer rápidamente en:

“Te lo dije.”

“Si hubieras estudiado…”

“Ya veremos el año que viene.”

“Con el móvil todo el día era normal.”

“Tu primo sí que…”

Probablemente ninguna de estas frases produzca demasiada reflexión.

Cuando una persona siente que va a ser juzgada, suele defenderse.

Minimiza.

Oculta.

Discute.

Se justifica.

O deja de hablar.

Si queremos que nuestros hijos desarrollen responsabilidad, necesitamos permitir que puedan pensar sobre sus errores sin sentir que reconocerlos va a convertirse inmediatamente en un castigo o un sermón.

Podemos preguntar:

“¿Qué crees que te ha funcionado este año?”

“¿Qué cambiarías?”

“¿Dónde crees que podemos ayudarte?”

“¿Qué necesitas empezar a hacer tú?”

“¿Hubo algo que nosotros no supimos ver?”

Escuchar sus respuestas puede enseñarnos mucho.

Incluso cuando no nos gustan.

No prepares septiembre únicamente comprando libros

Preparar un nuevo curso también puede significar conocerte mejor.

Puedes preguntarte:

¿Cómo estudio mejor?

¿A qué hora me concentro más?

¿Qué cosas me distraen?

¿Cómo sé que estoy empezando a saturarme?

¿A quién puedo pedir ayuda?

¿Qué asignaturas necesitarán más atención desde el principio?

¿Qué ocurrió el año pasado cuando empecé a dejarme llevar?

¿Qué hábitos quiero cambiar antes de que vuelvan a convertirse en un problema?

¿Qué personas me hacen bien?

¿Qué límites necesito aprender a poner?

¿Qué quiero hacer diferente cuando algo me dé miedo?

Cuando aparezca el miedo al nuevo curso

Quizá dentro de unas semanas empieces a pensar:

“No sé cómo será.”

“Seguro que será dificilísimo.”

“No voy a poder.”

Cuando ocurra, prueba a mirar hacia atrás.

Recuerda septiembre del año pasado.

Tampoco sabías todo lo que iba a ocurrir.

Y aun así fuiste avanzando día tras día.

Hubo cosas que salieron bien.

Otras regular.

Algunas mal.

Pero de todas ellas puedes sacar información.

La confianza no consiste en tener la seguridad de que todo va a salir bien.

Consiste en saber que, si aparecen dificultades, puedes intentar afrontarlas, pedir ayuda, aprender, corregir y volver a intentarlo.

No necesitas empezar septiembre sintiéndote completamente seguro.

Solo necesitas recordar que ya no empiezas desde cero.

Empiezas con la experiencia de todo lo vivido este año.

Preguntas para cerrar el curso

Busca un momento tranquilo. No necesitas responderlas todas de una vez.

Sobre cómo empezaste

¿Cómo me sentía al comenzar el curso?

¿Qué era lo que más miedo me daba?

¿Qué imaginaba que iba a ser muy difícil?

¿Qué terminó siendo más sencillo de lo que esperaba?

¿Qué fui aprendiendo a hacer con el paso de los meses?

Sobre lo que salió bien

¿De qué me siento orgulloso?

¿Qué conseguí que al principio parecía difícil?

¿Qué asignatura, habilidad o situación mejoré?

¿Qué hice bien aunque nadie me felicitara por ello?

¿Qué miedo conseguí afrontar?

¿Cuándo fui responsable?

¿Cuándo ayudé a alguien?

¿Qué descubrí sobre mí?

Sobre lo difícil

¿Qué fue lo que peor llevé este curso?

¿Qué situaciones me hicieron sufrir?

¿Cuándo pensé en abandonar o dejar de intentarlo?

¿Qué necesitaba en esos momentos?

¿Pedí ayuda?

Si no la pedí, ¿qué me lo impedía?

Sobre mis decisiones

¿Qué decisiones me ayudaron?

¿Qué decisiones terminaron perjudicándome?

¿Qué hice sabiendo que probablemente tendría consecuencias?

¿Por qué lo hice?

¿Qué estaba buscando en ese momento?

¿Qué podría hacer diferente si volviera a ocurrir?

Sobre mis hábitos

¿Cómo he dormido durante el curso?

¿Cuánto ha influido el móvil en mi concentración?

¿He dejado demasiadas cosas para el último momento?

¿He sabido organizarme?

¿Qué método de estudio me ha funcionado?

¿Cuándo rendía mejor?

¿Qué hábito debería empezar antes de septiembre?

Sobre mis relaciones

¿Con quién me he sentido yo mismo?

¿Qué amistades me han hecho bien?

¿Alguna relación me ha hecho sentir pequeño, inseguro o incómodo?

¿He hecho alguna cosa para encajar que realmente no quería hacer?

¿He tratado a los demás como me gustaría que me trataran?

¿Hay alguien a quien debería pedir perdón?

¿Hay alguien a quien debería dar las gracias?

¿Necesito alejarme de alguna relación o poner algún límite?

Sobre mis emociones

¿Qué emoción he sentido más este curso?

¿Qué situaciones me provocaban ansiedad?

¿Qué hacía cuando estaba enfadado?

¿Qué hago cuando estoy triste?

¿Sé reconocer cuándo necesito parar?

¿Qué hago cuando algo me sale mal?

¿Cómo me hablo cuando me equivoco?

Sobre el próximo curso

¿Qué quiero repetir?

¿Qué quiero dejar atrás?

¿Qué quiero empezar a hacer diferente?

¿Qué tres cosas dependen principalmente de mí?

¿Qué cosas necesitaré pedir a otros?

¿A quién puedo acudir si empiezo a sentirme desbordado?

¿Qué miedo tengo respecto al próximo curso?

¿Qué pruebas tengo de que quizá sea capaz de manejarlo mejor de lo que imagino?

¿Qué me gustaría poder decir de mí mismo cuando termine el próximo curso?

Una última pregunta

Imagina que puedes hablar durante cinco minutos con la persona que eras al empezar este curso.

Probablemente podrías contarle muchas cosas.

Podrías avisarle de errores.

Tranquilizarle respecto a algunos miedos.

Decirle que disfrute determinados momentos.

Animarle a pedir ayuda antes.

Recordarle que algunas personas que parecían imprescindibles dejarán de serlo.

O explicarle que aquello que ahora parece enorme terminará haciéndose más pequeño.

Ahora piensa en ti dentro de un año.

¿Qué crees que tu “yo” del futuro agradecería que empezaras a hacer desde hoy?

Quizá esa sea una buena manera de cerrar el curso.

No preguntándote únicamente qué nota has sacado.

Sino preguntándote:

¿Qué he aprendido de mí?

Porque aprobar asignaturas es importante.

Pero aprender a conocerte, responsabilizarte de tus decisiones, pedir ayuda cuando la necesitas, tolerar los errores y confiar poco a poco en tu capacidad para afrontar lo desconocido también forma parte de crecer.

No empiezas el próximo curso desde cero.

Empiezas desde todo lo que este año te ha enseñado.

Una reflexión para alumnos y familias antes de empezar una nueva etapa

Termina un curso y parece que lo único importante es saber si has aprobado, suspendido, pasado de curso o conseguido las notas que esperabas.

Pero un curso escolar es mucho más que unas calificaciones.

Durante estos meses has tenido que aprender contenidos, organizarte, levantarte muchos días sin ganas, conocer profesores nuevos, convivir con compañeros, afrontar exámenes, gestionar nervios, tomar decisiones, equivocarte, solucionar problemas, soportar decepciones y adaptarte a situaciones que probablemente en septiembre todavía no sabías cómo ibas a afrontar.

Por eso, antes de guardar la mochila y pasar página, merece la pena detenerse un momento.

No para juzgarte.

Para entenderte.

Porque mirar lo vivido puede ayudarte mucho más de lo que imaginas a empezar el próximo curso.

¿Recuerdas cómo te sentías hace un año?

Intenta volver mentalmente al comienzo del curso.

Quizá tenías miedo.

A los profesores nuevos.

A que las asignaturas fueran demasiado difíciles.

A no encajar.

A separarte de algunos amigos.

A conocer compañeros nuevos.

A no estar a la altura.

A suspender.

A equivocarte.

A que ocurriera algo que ni siquiera sabías explicar.

Hay comienzos que despiertan mucha incertidumbre porque nuestro cerebro se siente más tranquilo cuando sabe qué va a ocurrir.

Lo nuevo no siempre es peligroso, pero todavía no tenemos información suficiente para saber cómo será. Y por eso pueden aparecer nervios, inseguridad o pensamientos como:

“No voy a poder.”

“Va a ser demasiado difícil.”

“Seguro que me va mal.”

“No voy a conocer a nadie.”

“Los demás estarán más preparados que yo.”

Dentro de poco probablemente volverás a enfrentarte a algo parecido.

Un nuevo curso.

Quizá profesores diferentes.

Más dificultad.

Otros compañeros.

Un nuevo instituto.

Bachillerato.

La universidad.

Formación profesional.

O simplemente otro año en el mismo centro.

Y si aparecen los nervios, recuerda algo importante:

Ya has vivido otros comienzos que también parecían difíciles antes de conocerlos.

Piensa en todo lo que en septiembre te preocupaba y que después acabaste haciendo con normalidad.

Aquella clase a la que no querías entrar.

Ese profesor que te imponía.

Ese examen que parecía imposible.

La presentación delante de los demás.

Hablar con alguien nuevo.

Ir solo a algún sitio.

Organizarte con más asignaturas.

Pedir ayuda.

Superar una decepción.

No significa que todo haya salido bien.

Probablemente algunas cosas fueron incluso más difíciles de lo que esperabas.

Pero tú tampoco eres exactamente la misma persona que empezó el curso.

Has vivido cosas que entonces todavía no sabías que eras capaz de afrontar.

Y eso también cuenta.

No todo lo que salió mal significa que hayas fracasado

Quizá este curso no ha sido como imaginabas.

Puede que hayas suspendido.

Que hayas estudiado menos de lo que necesitabas.

Que te hayas confiado.

Que hayas procrastinado.

Que hayas tenido problemas con compañeros.

Que hayas perdido una amistad.

Que hayas pasado por dificultades familiares.

Que te hayas sentido solo.

Que hayas tenido ansiedad.

Que hayas estado desmotivado.

Que no hayas conseguido organizarte.

Que tu teléfono, las redes sociales, los videojuegos o cualquier otra distracción te hayan quitado más tiempo del que querías reconocer.

O quizá has hecho un esfuerzo enorme y aun así los resultados no han sido los esperados.

No todas las dificultades dependen de nosotros.

Y tampoco todas nuestras decisiones son completamente conscientes.

Nuestro estado emocional, la presión, el cansancio, nuestra historia, el ambiente familiar, las amistades, nuestras inseguridades o la necesidad de sentirnos aceptados pueden influir muchísimo en lo que hacemos.

Pero entender por qué hiciste algo no significa justificarlo todo.

Significa poder aprender.

Una de las preguntas más importantes al terminar el curso no es solamente:

“¿Qué me ha pasado?”

También es:

“¿Qué parte de lo ocurrido dependía de mí?”

Y esa pregunta necesita responderse sin machacarte, pero también sin engañarte.

Responsabilizarte no significa culparte

Hay una diferencia enorme entre culpa y responsabilidad.

La culpa suele decir:

“Soy un desastre.”

“Soy vago.”

“No sirvo para estudiar.”

“Siempre lo hago todo mal.”

“Soy peor que los demás.”

La responsabilidad pregunta:

“¿Qué hice?”

“¿Qué no hice?”

“¿Por qué ocurrió?”

“¿Qué estaba necesitando?”

“¿Qué decisión tomé?”

“¿Qué consecuencias tuvo?”

“¿Qué puedo hacer de otra manera la próxima vez?”

Cuando conviertes un error en una etiqueta sobre quién eres, es difícil cambiar.

Cuando lo conviertes en información, puedes aprender.

Quizá descubriste que dejarlo todo para el último día no te funciona.

Que necesitas pedir ayuda antes.

Que estudiar mirando continuamente el móvil te hace tardar el doble.

Que hay compañeros con los que te diviertes pero con los que acabas haciendo cosas que después no te gustan.

Que dormir poco te afecta mucho más de lo que pensabas.

Que cuando algo te sale mal enseguida piensas que no eres capaz.

Que has dedicado muchas horas a preocuparte y pocas a empezar.

Que necesitas aprender a organizarte.

O quizá descubriste algo completamente diferente:

Que eras mucho más responsable de lo que pensabas.

Que supiste reaccionar ante un problema.

Que conseguiste pedir ayuda.

Que te atreviste a hacer algo que te daba miedo.

Que mejoraste una asignatura.

Que pusiste límites a alguien.

Que sobreviviste a una etapa personal complicada mientras seguías intentando estudiar.

Eso también necesitas verlo.

No hagas balance únicamente mirando las notas

Las notas importan porque aportan información sobre determinados aprendizajes.

Pero no cuentan toda la historia de un curso.

Hay aprendizajes que nunca aparecerán en un boletín.

Aprender a hablar con alguien cuando tienes un problema.

Alejarte de una amistad que te hacía daño.

Reconocer que necesitas ayuda.

Tolerar una mala nota sin pensar que todo está perdido.

Descubrir que una asignatura que odiabas puede interesarte.

Atreverte a preguntar en clase.

Ser capaz de defender a un compañero.

Aprender a organizarte un poco mejor.

Aceptar que no siempre puedes hacerlo todo perfecto.

Volver después de haber suspendido.

Seguir intentándolo cuando estabas pasando por una etapa difícil.

Todo eso también es crecimiento.

Mira también tus decisiones

Durante el curso tomas cientos de pequeñas decisiones.

Algunas parecen poco importantes.

Estudio ahora o después.

Pregunto o me quedo con la duda.

Duermo o sigo con el móvil.

Voy a clase o falto.

Hago el trabajo o lo dejo para mañana.

Copio o intento hacerlo.

Me junto con estas personas o con otras.

Participo en una burla o me aparto.

Pido ayuda o escondo que estoy mal.

Le digo a alguien lo que me está molestando o acumulo hasta explotar.

Una decisión aislada probablemente no determina tu futuro.

Pero muchas pequeñas decisiones repetidas terminan construyendo hábitos.

Y los hábitos sí pueden cambiar mucho nuestra vida.

Por eso, quizá el final de curso sea un buen momento para preguntarte:

¿Qué decisiones me acercaron a la persona que quiero ser y cuáles me alejaron?

No se trata de exigirte perfección.

Se trata de conocerte mejor.

Si algo no salió bien, intenta comprender qué había detrás

Decir simplemente “no estudié” explica muy poco.

Puedes investigar un poco más.

¿Por qué no estudiabas?

¿Te aburría?

¿No entendías y te daba vergüenza preguntar?

¿Pensabas que aunque estudiaras suspenderías igualmente?

¿Te costaba empezar?

¿Te distraías constantemente?

¿Estabas agotado?

¿Dormías mal?

¿Estabas viviendo algo que ocupaba casi toda tu cabeza?

¿Necesitabas sentir que decidías tú y estudiar se había convertido en una batalla con tus padres?

¿Habías perdido la motivación?

¿Te comparabas continuamente?

¿Te daba miedo esforzarte mucho y descubrir que aun así podías suspender?

Dos alumnos pueden hacer exactamente lo mismo y tener motivos completamente diferentes.

Comprender el motivo es importante porque la solución también será diferente.

Y si este curso fue muy difícil…

Hay alumnos que terminarán el curso pensando:

“Lo he superado.”

Y otros quizá estén pensando:

“No he podido.”

También para ellos tiene que existir esta reflexión.

No siempre se supera todo a la primera.

A veces repetir, suspender, cambiar de centro, necesitar apoyo psicológico, recibir ayuda educativa o reconocer que algo nos supera forma parte del camino.

Lo importante es intentar que la experiencia no termine únicamente en:

“Me fue mal.”

Pregúntate:

¿Qué ocurrió?

¿Qué estaba atravesando?

¿Qué me faltó?

¿Qué ayuda necesitaba?

¿Qué intenté?

¿Qué hubiera podido hacer diferente?

¿Qué necesito cambiar ahora?

¿Qué necesito que cambien también los adultos que me acompañan?

Responsabilizar a un adolescente de lo que puede hacer no significa dejarle solo con lo que no puede resolver.

Para las familias: cuidado con convertir esta conversación en otro examen

Cuando un hijo termina el curso, los adultos podemos caer rápidamente en:

“Te lo dije.”

“Si hubieras estudiado…”

“Ya veremos el año que viene.”

“Con el móvil todo el día era normal.”

“Tu primo sí que…”

Probablemente ninguna de estas frases produzca demasiada reflexión.

Cuando una persona siente que va a ser juzgada, suele defenderse.

Minimiza.

Oculta.

Discute.

Se justifica.

O deja de hablar.

Si queremos que nuestros hijos desarrollen responsabilidad, necesitamos permitir que puedan pensar sobre sus errores sin sentir que reconocerlos va a convertirse inmediatamente en un castigo o un sermón.

Podemos preguntar:

“¿Qué crees que te ha funcionado este año?”

“¿Qué cambiarías?”

“¿Dónde crees que podemos ayudarte?”

“¿Qué necesitas empezar a hacer tú?”

“¿Hubo algo que nosotros no supimos ver?”

Escuchar sus respuestas puede enseñarnos mucho.

Incluso cuando no nos gustan.

No prepares septiembre únicamente comprando libros

Preparar un nuevo curso también puede significar conocerte mejor.

Puedes preguntarte:

¿Cómo estudio mejor?

¿A qué hora me concentro más?

¿Qué cosas me distraen?

¿Cómo sé que estoy empezando a saturarme?

¿A quién puedo pedir ayuda?

¿Qué asignaturas necesitarán más atención desde el principio?

¿Qué ocurrió el año pasado cuando empecé a dejarme llevar?

¿Qué hábitos quiero cambiar antes de que vuelvan a convertirse en un problema?

¿Qué personas me hacen bien?

¿Qué límites necesito aprender a poner?

¿Qué quiero hacer diferente cuando algo me dé miedo?

Cuando aparezca el miedo al nuevo curso

Quizá dentro de unas semanas empieces a pensar:

“No sé cómo será.”

“Seguro que será dificilísimo.”

“No voy a poder.”

Cuando ocurra, prueba a mirar hacia atrás.

Recuerda septiembre del año pasado.

Tampoco sabías todo lo que iba a ocurrir.

Y aun así fuiste avanzando día tras día.

Hubo cosas que salieron bien.

Otras regular.

Algunas mal.

Pero de todas ellas puedes sacar información.

La confianza no consiste en tener la seguridad de que todo va a salir bien.

Consiste en saber que, si aparecen dificultades, puedes intentar afrontarlas, pedir ayuda, aprender, corregir y volver a intentarlo.

No necesitas empezar septiembre sintiéndote completamente seguro.

Solo necesitas recordar que ya no empiezas desde cero.

Empiezas con la experiencia de todo lo vivido este año.

Preguntas para cerrar el curso

Busca un momento tranquilo. No necesitas responderlas todas de una vez.

Sobre cómo empezaste

¿Cómo me sentía al comenzar el curso?

¿Qué era lo que más miedo me daba?

¿Qué imaginaba que iba a ser muy difícil?

¿Qué terminó siendo más sencillo de lo que esperaba?

¿Qué fui aprendiendo a hacer con el paso de los meses?

Sobre lo que salió bien

¿De qué me siento orgulloso?

¿Qué conseguí que al principio parecía difícil?

¿Qué asignatura, habilidad o situación mejoré?

¿Qué hice bien aunque nadie me felicitara por ello?

¿Qué miedo conseguí afrontar?

¿Cuándo fui responsable?

¿Cuándo ayudé a alguien?

¿Qué descubrí sobre mí?

Sobre lo difícil

¿Qué fue lo que peor llevé este curso?

¿Qué situaciones me hicieron sufrir?

¿Cuándo pensé en abandonar o dejar de intentarlo?

¿Qué necesitaba en esos momentos?

¿Pedí ayuda?

Si no la pedí, ¿qué me lo impedía?

Sobre mis decisiones

¿Qué decisiones me ayudaron?

¿Qué decisiones terminaron perjudicándome?

¿Qué hice sabiendo que probablemente tendría consecuencias?

¿Por qué lo hice?

¿Qué estaba buscando en ese momento?

¿Qué podría hacer diferente si volviera a ocurrir?

Sobre mis hábitos

¿Cómo he dormido durante el curso?

¿Cuánto ha influido el móvil en mi concentración?

¿He dejado demasiadas cosas para el último momento?

¿He sabido organizarme?

¿Qué método de estudio me ha funcionado?

¿Cuándo rendía mejor?

¿Qué hábito debería empezar antes de septiembre?

Sobre mis relaciones

¿Con quién me he sentido yo mismo?

¿Qué amistades me han hecho bien?

¿Alguna relación me ha hecho sentir pequeño, inseguro o incómodo?

¿He hecho alguna cosa para encajar que realmente no quería hacer?

¿He tratado a los demás como me gustaría que me trataran?

¿Hay alguien a quien debería pedir perdón?

¿Hay alguien a quien debería dar las gracias?

¿Necesito alejarme de alguna relación o poner algún límite?

Sobre mis emociones

¿Qué emoción he sentido más este curso?

¿Qué situaciones me provocaban ansiedad?

¿Qué hacía cuando estaba enfadado?

¿Qué hago cuando estoy triste?

¿Sé reconocer cuándo necesito parar?

¿Qué hago cuando algo me sale mal?

¿Cómo me hablo cuando me equivoco?

Sobre el próximo curso

¿Qué quiero repetir?

¿Qué quiero dejar atrás?

¿Qué quiero empezar a hacer diferente?

¿Qué tres cosas dependen principalmente de mí?

¿Qué cosas necesitaré pedir a otros?

¿A quién puedo acudir si empiezo a sentirme desbordado?

¿Qué miedo tengo respecto al próximo curso?

¿Qué pruebas tengo de que quizá sea capaz de manejarlo mejor de lo que imagino?

¿Qué me gustaría poder decir de mí mismo cuando termine el próximo curso?

Una última pregunta

Imagina que puedes hablar durante cinco minutos con la persona que eras al empezar este curso.

Probablemente podrías contarle muchas cosas.

Podrías avisarle de errores.

Tranquilizarle respecto a algunos miedos.

Decirle que disfrute determinados momentos.

Animarle a pedir ayuda antes.

Recordarle que algunas personas que parecían imprescindibles dejarán de serlo.

O explicarle que aquello que ahora parece enorme terminará haciéndose más pequeño.

Ahora piensa en ti dentro de un año.

¿Qué crees que tu “yo” del futuro agradecería que empezaras a hacer desde hoy?

Quizá esa sea una buena manera de cerrar el curso.

No preguntándote únicamente qué nota has sacado.

Sino preguntándote:

¿Qué he aprendido de mí?

Porque aprobar asignaturas es importante.

Pero aprender a conocerte, responsabilizarte de tus decisiones, pedir ayuda cuando la necesitas, tolerar los errores y confiar poco a poco en tu capacidad para afrontar lo desconocido también forma parte de crecer.

No empiezas el próximo curso desde cero.Empiezas desde todo lo que este año te ha enseñado.

Te deseo lo mejor en tu verano y en tu nuevo curso.

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Volver al “cole” sin ilusión: cuando septiembre pesa antes de empezar

Hay profesores que, cuando se acerca septiembre, empiezan a preparar materiales, imaginar proyectos nuevos, pensar en su alumnado y sentir esa mezcla de nervios e ilusión que acompaña a los comienzos.

Y hay otros que sienten algo muy diferente.
Un nudo en el estómago.
Más irritabilidad.
Problemas para dormir.
Pereza al pensar en volver al centro.
La sensación de que las vacaciones han pasado demasiado rápido.

Pensamientos como:
“No tengo ganas.”
“No sé si puedo con otro curso igual.”
“Solo de pensarlo me agobio.”“Todavía no he empezado y ya estoy cansada.”

Y, junto a todo ello, puede aparecer además cierta culpa.

Porque se supone que septiembre es comienzo.
Nuevos alumnos.​ Nuevos proyectos.​ Nuevas oportunidades.

Se supone que debería haber ilusión.​ Pero no siempre la hay.

Y quizá una de las primeras cosas que necesitamos comprender es precisamente esta:
No sentir ilusión por volver no significa necesariamente que hayas dejado de querer tu profesión.

A veces significa que hay algo que pesa y merece ser escuchado.
Después de varias semanas de vacaciones, volver puede costar.

Volver al trabajo después de un periodo de descanso implica siempre una transición.

Cambian los horarios.
La manera de dormir.
El ritmo de los días.
Las responsabilidades.
Las demandas cognitivas.
La cantidad de decisiones que tenemos que tomar.
El nivel de estimulación.

Y nuestro cerebro necesita volver a adaptarse.

Por eso puede aparecer cierta resistencia, incluso aunque tengamos un trabajo que nos gusta.
No es algo exclusivo de los profesores.
Le ocurre a muchas personas después de las vacaciones.
De hecho, hay quien está deseando volver porque durante las vacaciones se siente peor.
Quizá ha habido conflictos familiares.
Soledad.
Problemas de pareja.

Dificultades económicas.
Enfermedad.
Cuidado de familiares.

O simplemente demasiado tiempo para pensar.

Para algunas personas, la estructura del trabajo organiza, distrae, conecta socialmente y proporciona sentido.

Por eso no todos vivimos las vacaciones ni la vuelta de la misma manera.

Y eso nos recuerda algo importante:

muchas veces no hablamos únicamente de profesiones, hablamos de personas.

Personas que llegan a septiembre con historias diferentes.

Pero en la docencia hay algo más

Aunque cierta resistencia a volver sea normal, en algunos profesores el malestar empieza bastante antes de pisar el aula.
Aparece simplemente al pensar en el centro.

Al recibir el primer correo.
Al entrar en el grupo de WhatsApp.

Al ver el calendario.
Al pensar en determinadas familias.
En determinados compañeros.
En determinadas clases.

En determinados conflictos que quedaron asociados al curso anterior.

Y ahí conviene preguntarse:
¿Qué es exactamente lo que me agobia de volver?
Porque decir simplemente:​ “no tengo ganas de empezar”puede esconder muchas cosas diferentes.

A veces no pesa septiembre. Pesa lo que dejamos en junio.

Durante las vacaciones podemos alejarnos físicamente del centro, pero no necesariamente procesamos todo lo que ocurrió durante el curso.

Quizá hubo una familia que cuestionó continuamente tu trabajo.
Un alumno que te desafió durante meses.
Una situación de acoso.
Una denuncia.
Un conflicto con dirección.
Un compañero con el que la relación se deterioró.
Una clase que te hizo sentir que no eras capaz.
Un alumno al que intentase ayudar y no pudiste.
Un problema que acabó formalmente, pero emocionalmente siguió abierto.

Cuando volvemos al mismo lugar donde vivimos situaciones que generaron tensión, frustración o impotencia, nuestro cerebro puede anticipar que algo parecido volverá a ocurrir.

Y esa anticipación puede sentirse como ansiedad.​ No porque esté sucediendo algo en ese momento.

Sino porque nuestro sistema está diciendo:
“No quiero volver a pasar por aquello.”

A veces el cuerpo recuerda antes de que sepamos explicar qué estamos sintiendo.


La incertidumbre también agota


Los comienzos implican incertidumbre.
¿Qué grupo tendré?
¿Cómo serán mis alumnos?
¿Cómo será la relación con las familias?
¿Tendré apoyos?
¿Habrá cambios en el centro?
¿Conseguiré gestionar bien ese grupo complicado?
¿Llegaré a todo?
¿Volverán los mismos problemas?

Nuestro cerebro intenta reducir la incertidumbre anticipándose.
El problema aparece cuando esa anticipación se convierte en un desfile de escenarios negativos.

Todavía no ha empezado el curso y mentalmente ya hemos discutido con tres familias, tenido problemas con dos alumnos y terminado agotados en diciembre.

La mente intenta protegernos preparándonos para lo peor.

Pero muchas veces consigue lo contrario:​ nos hace empezar a sufrir antes de que ocurra nada.

Quizá estás cansada de luchar contra cosas que no dependen de ti.

Una parte importante del desgaste docente no procede únicamente de enseñar.

Procede de intentar enseñar dentro de determinadas circunstancias.
Falta de recursos.
Ratios elevadas.
Necesidades educativas complejas.
Burocracia.
Cambios legislativos.
Falta de especialistas.
Poco tiempo.
Dificultades para coordinarse.
Exigencias de familias.
Conflictos entre compañeros.
Sensación de falta de reconocimiento.
Decisiones que se toman lejos del aula pero afectan directamente a quien está dentro de ella.

Puede llegar un momento en el que el profesor no esté cansado de enseñar.

Está cansado de intentar enseñar como cree que debería hacerse sin disponer de los medios necesarios para hacerlo.

Y eso genera mucha frustración.

Porque cuando una persona es muy comprometida puede acabar intentando compensar personalmente las carencias de todo un sistema.

Trabajando más.
Preparando más.
Dando más horas.
Pensando más en casa.
Asumiendo responsabilidades que no le corresponden.
Pero hay algo importante que recordar: tu compromiso no puede solucionar todas las deficiencias del sistema educativo.

Y reconocerlo no significa desentenderse.​ Significa saber dónde termina tu responsabilidad.
A veces detrás del agobio hay exceso de responsabilidad.

Muchos profesores tienen un nivel de exigencia muy alto.

Quieren llegar a todos.
Motivar a todos.
Atender individualmente.
Preparar buenas clases.
Responder bien a las familias.
Estar disponibles.
Resolver conflictos.
Detectar problemas emocionales.
Adaptarse a las necesidades individuales.
Innovar.
Formarse.
Ser pacientes.
Ser comprensivos.

Y además hacerlo manteniendo siempre una actitud positiva.

Pero una persona no puede sostener permanentemente tantas demandas sin coste.

Hay docentes que entran cada curso con una especie de mandato interno:

“Tengo que hacerlo todo bien.”

Y quizá septiembre podría empezar de otra manera:

“Voy a hacer mi trabajo lo mejor que pueda dentro de las circunstancias que tenga.”

Parece una diferencia pequeña.​ Psicológicamente no lo es.

Quizá no es el trabajo.

​ También conviene hacerse una pregunta que muchas veces olvidamos:

¿Cómo estoy yo fuera del colegio?

Porque podemos atribuir todo nuestro malestar al trabajo cuando quizá estamos atravesando:

Problemas familiares.
Una separación.
Una enfermedad.
El cuidado de padres mayores.
Dificultades económicas.
Problemas con los hijos.
Duelo.
Cambios hormonales.
Falta de descanso.
Soledad.
Insatisfacción personal.
Una etapa vital complicada.

A veces el curso empieza exactamente en el momento en que nuestros recursos personales están más bajos.

Y entonces cualquier demanda parece mucho mayor.

No significa necesariamente que haya algo mal en tu trabajo.

Quizá significa que ahora mismo estás sosteniendo demasiado en otros lugares de tu vida.

¿Y si llevas años sintiéndote así?

Hay una diferencia importante entre sentir cierta pereza o resistencia al volver y llevar mucho tiempo sintiendo rechazo, agotamiento o desconexión.

Si cada septiembre empiezas peor.
Si necesitas meses para recuperarte del curso anterior.
Si las vacaciones ya no parecen suficientes.
Si has perdido la paciencia casi constantemente.
Si te notas emocionalmente distante del alumnado.
Si todo te irrita.
Si la sensación de agotamiento aparece incluso antes de empezar.

Quizá no necesites simplemente “ponerle ganas”.

Puede haber un desgaste emocional acumulado que merece atención.

Porque la motivación no siempre se recupera obligándonos a estar motivados.
A veces necesitamos comprender primero qué la ha ido apagando.

Antes de empezar: recuerda también lo que sí funcionó.

Cuando estamos cansados, nuestro cerebro tiende a recordar con facilidad aquello que salió mal.

El conflicto.
​La familia difícil.
El alumno que nos desafió.
La clase que nunca terminó de funcionar.
La reunión desagradable.
Pero probablemente el curso anterior también tuvo otros momentos.
Un alumno que avanzó.
Una conversación que ayudó.
Una familia que agradeció tu trabajo.
Un proyecto que salió bien.
Una clase en la que disfrutaste.
Un compañero que estuvo ahí.
Una dificultad que ahora gestionarías de otra manera.

En mi artículo “Final de curso: una oportunidad para la reflexión como profesora” proponía precisamente hacer ese balance antes de cerrar el curso.

Si lo hiciste, quizá este sea un buen momento para recuperarlo.

Y si no lo hiciste, todavía puedes preguntarte:

¿Qué hice bien el curso pasado?
¿Qué aprendí?
¿Qué situación que antes me desbordaba ahora sé manejar mejor?
¿Qué alumnos recuerdo con cariño?
¿De qué me siento orgullosa?
¿Qué quiero volver a hacer este año?

Porque empezar un nuevo curso no significa empezar de cero.
Llegas con todo lo que aprendiste durante los anteriores.

No necesitas sentir una gran ilusión para empezar.

Existe cierta presión por comenzar septiembre tremendamente motivados.

Pero las emociones no funcionan por obligación.

Decirte:
“debería estar contenta”
“tengo que motivarme”
“venga, cambia el chip”​ no suele generar motivación.

A veces genera más rechazo.
Puedes empezar simplemente reconociendo:

“Ahora mismo me cuesta volver.”​ Sin dramatizarlo.

Sin juzgarte.​ Sin convertirlo automáticamente en:

“ya no me gusta mi profesión”.

Quizá la ilusión aparezca después.
Cuando conozcas al grupo.
Cuando conectes con un alumno.
Cuando una clase salga bien.
Cuando vuelvas a reírte con tus compañeros.
Cuando algo que preparaste funcione.

La motivación no siempre precede a la acción.
A veces aparece mientras estamos actuando.


Haz más pequeño el curso.
Pensar:
“tengo nueve meses por delante”
puede resultar abrumador.​ No necesitas gestionar hoy todo lo que ocurrirá hasta junio.

Solo necesitas gestionar el comienzo.​ La primera semana.​ El primer grupo.​ La primera reunión.​ El primer día.

Cuando estamos ansiosos tendemos a adelantarnos demasiado.

Volver al presente reduce mucho la sensación de amenaza.

Pregúntate:

¿Qué necesito resolver realmente esta semana?​ No todo el curso.​ Esta semana.

Diferencia lo que depende de ti de lo que no depende de ti,
Probablemente no puedas decidir:

La ratio.
La legislación.
Los recursos disponibles.
Las decisiones de la administración.
La personalidad de determinadas familias.
El comportamiento de todos los alumnos.
La actitud de todos tus compañeros.

Pero quizá sí puedas decidir:

Cómo organizar determinadas tareas.
Qué límites poner.
Cuándo contestar correos.

A quién pedir ayuda.
Cómo hablarte después de cometer un error.
Qué conflictos merecen tu energía.
Cuándo parar.
Qué cosas dejar de hacer igual que el año pasado.
Qué compañeros buscar cuando necesites apoyo.
Dónde proteger mejor tu vida personal.

Esta distinción es fundamental.​ Porque dedicar constantemente energía a lo que no podemos controlar genera mucha impotencia.

Habla antes de estar desbordada.

A veces los profesores intentan aguantar demasiado.

“Ya se solucionará.”
“No quiero molestar.”
“Todos estamos igual.”
“Debería poder manejarlo.”

Pero pedir apoyo pronto puede evitar que una dificultad pequeña termine convirtiéndose en un problema enorme.

Habla con tu equipo.
Con orientación.
Con jefatura.
Con dirección.Con aquellos compañeros con los que puedas sentirte segura.

Pedir ayuda no significa que no sepas hacer tu trabajo.

La docencia es demasiado compleja como para ejercerla completamente en solitario.

Organízate pensando también en tu energía
No todo se organiza únicamente por horas.

También necesitamos organizarnos según la carga mental y emocional.

Quizá puedas preguntarte:

¿Qué tareas me agotan más?
¿Cuáles puedo simplificar?
¿Qué hago por costumbre aunque ya no tenga sentido?
¿Qué puedo preparar con antelación?
¿Qué estoy haciendo de manera demasiado perfeccionista?
¿Qué podría compartir o coordinar con compañeros?
¿Qué necesito dejar de llevarme a casa?

Ser buen profesor no significa dedicar todas las horas posibles a ser profesor.

También necesitas ser tú.​ Cuida cómo te hablas

Durante un curso ocurrirán errores.

Habrá clases malas.
Días en los que perderás la paciencia.
Decisiones que después tomarías de otra manera.
Alumnos con los que te costará conectar.
Familias que interpretarán algo de forma diferente.

Si cada dificultad se convierte en:

“soy mala profesora”
​”no sé gestionar una clase”
“esto me viene grande”
“no debería haber reaccionado así”

tu profesión se convierte en una evaluación permanente de tu valía personal.

Intenta cambiar la pregunta.

En lugar de:

“¿Qué dice esto de mí?”

pregúntate:

“¿Qué puedo aprender de esto?”

Porque la experiencia docente también se construye reparando.

Recupera tu propia manera de enseñar

Después de años de exigencias, protocolos, evaluaciones y obligaciones podemos alejarnos de aquello que inicialmente nos conectó con la profesión.

Pregúntate:

¿Qué disfruto enseñando?
¿Qué tipo de actividades me hacen sentir más yo?
¿Qué momentos con los alumnos me gustan especialmente?
¿Qué quiero aportar además de contenidos?
¿Qué profesor quiero ser este año?

No el profesor perfecto.
No el que esperan todos.

El profesor que tú quieres intentar ser.

Quizá la motivación no aparezca intentando hacerlo todo.
Quizá aparezca recuperando algo que para ti tiene sentido.

Y pregúntate qué quieres hacer diferente este curso

No necesitas cambiar diez cosas.

Elige una o dos.

Quizá:

No responder correos a cualquier hora.
Pedir ayuda antes.
No llevarte todos los conflictos a casa.
Preparar menos y confiar más en tu experiencia.
Dedicar más tiempo a aquello que sí funciona.
Compararte menos con otros profesores.
Poner límites antes de llegar al enfado.
Hablar con dirección de una situación que el año pasado callaste.
Reservarte un espacio real de descanso durante la semana.

Celebrar más lo que funciona.

Una pequeña modificación mantenida durante meses puede cambiar mucho más que una lista enorme de propósitos de septiembre.

Un nuevo curso no tiene que parecerse al anterior.

Puede que vuelvas al mismo centro.
Al mismo despacho.
Al mismo aula.

Incluso a algunos de los mismos alumnos.

Pero tú ya no eres exactamente la misma persona que llegó allí hace un año.
Sabes cosas que entonces no sabías.​ Has aprendido de algunos errores.

Has comprobado que puedes afrontar situaciones que en su momento parecían enormes.

Has descubierto límites.
Fortalezas.
Necesidades.

También quizá heridas.

Y todo eso forma parte del profesional que vuelve ahora.

Por eso, si septiembre te genera agobio, no necesitas obligarte a sentir entusiasmo.

Quizá necesitas escucharte.
Preguntarte qué te preocupa.
Diferenciar qué pertenece al presente y qué estás anticipando.
Recordar qué funcionó.
Pedir apoyo donde lo necesitas.
Organizar mejor aquello que sí depende de ti.

Y entrar poco a poco.

Porque la ilusión no siempre llega el 1 de septiembre.
A veces aparece días después.
En una conversación.
En una mirada.
En una clase que funciona.
En un alumno que empieza a confiar.
En ese instante pequeño en el que recuerdas por qué elegiste enseñar.

Y si tarda en aparecer, tampoco significa que hayas fracasado.

Quizá sea simplemente una señal de que necesitas cuidarte de otra manera este curso.

En junio te invité a preguntarte cómo terminabas.

Ahora, antes de volver, quizá la pregunta sea otra:

¿Cómo quiero empezar sin abandonarme a mí misma por el camino?

No todo depende de ti.​ Pero algunas cosas sí.

Y quizá ahí esté un buen lugar para comenzar.

Porque cuidar al profesor no es separar a la persona de su profesión.

Es precisamente recordar que detrás de quien enseña siempre hay alguien que también necesita sentirse sostenido, respetado, acompañado y cuidado.

​Deseo que este artículo haya sido inspirador para seguir o también reconocer qué queda pendiente y hay que trabajar de algún modo.

Abrazo a todos los profesores y mis pacientes.

Os deseo el mejor inicio de curso posible.

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En verano aumentan las pantallas… ¿y el cerebro de nuestros hijos qué pierde?

Las vacaciones son, para muchas familias, una mezcla de descanso, conciliación imposible y búsqueda constante de actividades para entretener a niños y adolescentes. Los horarios cambian, desaparece la rutina escolar, los padres trabajan o necesitan un respiro, hace calor y las pantallas terminan ocupando un lugar mucho mayor del habitual.

No es extraño que durante el verano aumente significativamente el tiempo que niños y adolescentes pasan frente al móvil, la tablet, la consola o la televisión.

Y aquí aparece una pregunta importante.

No tanto cuánto tiempo pasan delante de una pantalla, sino qué dejan de hacer mientras están delante de ella.

Porque el cerebro infantil no solo se desarrolla por lo que recibe. También se construye gracias a todo aquello que experimenta: jugar, aburrirse, moverse, leer, conversar, explorar, imaginar, equivocarse, esperar, frustrarse y volver a intentarlo.

Cada hora tiene un coste de oportunidad.

No se trata de demonizar la tecnología. Vivimos con ella y aporta muchas cosas positivas cuando se utiliza de forma adecuada. El problema aparece cuando ocupa tanto espacio que desplaza experiencias imprescindibles para el desarrollo cerebral y emocional.

Como psicóloga, cada verano escucho frases muy parecidas en consulta:

“Solo está tranquilo cuando tiene el móvil.”

“Se enfada muchísimo cuando se lo quitamos.”

“Ya no sabe entretenerse solo.”

“Antes jugaba todo el día; ahora solo quiere la consola.”

“No aguanta cinco minutos sin mirar una pantalla.”

Muchas familias sienten culpa. Otras piensan que son cosas normales de la edad. La realidad suele estar en un punto intermedio.

No se trata de buscar culpables, sino de comprender qué ocurre para poder tomar mejores decisiones.

El cerebro infantil aprende con aquello que más repite

El cerebro funciona adaptándose.

Aquello que repetimos una y otra vez fortalece determinadas conexiones neuronales.

Si un niño pasa horas resolviendo problemas, su cerebro practica la planificación.

Si pasa horas jugando con otros niños, practica habilidades sociales.

Si pasa tiempo leyendo, fortalece la atención y el lenguaje.

Si juega al aire libre, integra información sensorial, mejora la coordinación, regula el estrés y desarrolla creatividad.

Y si durante gran parte del día recibe estímulos rápidos, recompensas inmediatas, cambios constantes de imágenes y sonidos, también se adapta a ese tipo de funcionamiento.

No porque las pantallas “estropeen” el cerebro.

Sino porque el cerebro siempre aprende del entorno en el que vive.

¿Qué puede ocurrir cuando las pantallas ocupan demasiado espacio?

1. Disminuye la capacidad para mantener la atención

Muchos contenidos digitales están diseñados para cambiar constantemente de estímulo.

Vídeos de pocos segundos, cambios rápidos de imagen, recompensas inmediatas…

Después, tareas como leer un libro, estudiar o escuchar una explicación durante varios minutos requieren un esfuerzo mucho mayor.

No porque el niño no pueda hacerlo.

Sino porque su cerebro se ha acostumbrado a otro ritmo de estimulación.

2. Aumenta la necesidad de recompensa inmediata

Muchos videojuegos, vídeos cortos y redes sociales activan repetidamente el sistema de recompensa cerebral.

Esperar cuesta más.

La paciencia disminuye.

Todo parece aburrido si no ofrece una gratificación rápida.

Y la vida real rara vez funciona con la velocidad de una pantalla.

3. Cuesta más regular las emociones

Cuando cada vez que aparece aburrimiento, tristeza o frustración se ofrece una pantalla para aliviar ese malestar, el niño deja de practicar otras formas de regularse.

No aprende que las emociones pueden atravesarse.

Aprende que deben desaparecer inmediatamente.

Y esa diferencia es enorme.

4. Aparece más irritabilidad al terminar

Muchos padres conocen perfectamente esta escena.

Se acaba el tiempo de pantalla.

Empiezan las protestas.

Las discusiones.

El enfado.

No significa necesariamente que exista una adicción.

Pero sí puede indicar que al cerebro le cuesta pasar de un nivel alto de estimulación a otro mucho más tranquilo.

5. Empeora la calidad del sueño

Especialmente cuando las pantallas se utilizan durante la tarde-noche.

La luz, la activación mental y el contenido dificultan que el cerebro entre progresivamente en un estado de descanso.

Y un cerebro que duerme peor también aprende peor, regula peor sus emociones y presta menos atención.

6. Se entrenan menos las funciones ejecutivas

Planificar.

Esperar.

Controlar impulsos.

Organizarse.

Resolver problemas.

Mantener un objetivo.

Todas estas capacidades necesitan práctica.

Y gran parte de esa práctica aparece precisamente durante el juego libre, las responsabilidades cotidianas y las actividades fuera de las pantallas.

7. Puede aumentar la impulsividad

Cuando casi todo sucede inmediatamente, esperar se vuelve más difícil.

El cerebro necesita entrenar la demora de la recompensa.

Aprender que no todo ocurre al instante.

Que algunas cosas importantes requieren tiempo.

8. Disminuyen las oportunidades para desarrollar la creatividad

El aburrimiento suele tener muy mala fama.

Sin embargo, es uno de los mejores escenarios para que aparezca la imaginación.

Inventar juegos.

Construir historias.

Resolver problemas.

Crear.

Cuando siempre existe una pantalla disponible, el cerebro tiene muchas menos oportunidades de generar sus propias ideas.

9. Hay menos movimiento físico

Cada hora sentado suele ser una hora menos corriendo, saltando, montando en bicicleta, jugando o explorando.

Y el movimiento no solo fortalece músculos.

También favorece el desarrollo cerebral, la regulación emocional, el aprendizaje y la salud mental.

10. Disminuyen las experiencias sociales reales

Las conversaciones cara a cara siguen siendo insustituibles.

Mirar expresiones.

Esperar turnos.

Resolver pequeños conflictos.

Negociar.

Compartir.

Todo ello construye habilidades sociales que ninguna pantalla puede reemplazar completamente.

11. Aumentan las comparaciones sociales

Especialmente durante la adolescencia.

Las redes muestran vidas editadas, cuerpos ideales, éxito constante y felicidad permanente.

Compararse continuamente puede afectar a la autoestima, la imagen corporal y el bienestar emocional.

12. Puede aumentar la ansiedad

No ocurre en todos los niños.

Pero un uso muy elevado de determinadas plataformas se ha asociado con mayores niveles de ansiedad, preocupación y dependencia del móvil, especialmente cuando las pantallas se convierten en la principal fuente de entretenimiento o validación.

13. Se pierde la capacidad para aburrirse

Y esto merece una reflexión.

El aburrimiento no es un enemigo.

Es un entrenamiento.

Cuando un niño se aburre…

…empieza a pensar.

A crear.

A imaginar.

A buscar soluciones.

A observar.

A conocerse.

Si cada momento vacío se llena automáticamente con una pantalla, esa habilidad deja de ejercitarse.

14. El sistema nervioso permanece más activado

La sucesión constante de imágenes, sonidos, cambios de escena y recompensas mantiene al cerebro en un estado de alerta durante mucho más tiempo.

No significa que el niño esté “nervioso”.

Pero sí que le cuesta más bajar el ritmo cuando necesita descansar.

15. Se reducen las experiencias que verdaderamente construyen el cerebro

Quizá esta sea la consecuencia más importante.

Porque el problema nunca ha sido únicamente la pantalla.

El verdadero problema es aquello que deja de ocurrir mientras la pantalla está encendida.

Leer.

Jugar.

Hablar.

Abrazar.

Aburrirse.

Dormir.

Hacer deporte.

Subirse a un árbol.

Construir una cabaña.

Perseguir una pelota.

Mirar las estrellas.

Escuchar una historia.

Reír con amigos.

Todo eso también alimenta el cerebro.

Y probablemente mucho más de lo que imaginamos.

No se trata de prohibir. Se trata de equilibrar.

Las pantallas forman parte de nuestra vida.

También de la de nuestros hijos.

La solución no pasa por eliminarlas completamente.

Pasa por preguntarnos si están ocupando un espacio que pertenece a otras experiencias igual o más importantes.

Como padres, quizá una buena pregunta este verano no sea:

“¿Cuánto tiempo lleva hoy con el móvil?”

Sino:

“¿Qué experiencias está dejando de vivir porque ese tiempo lo ocupa una pantalla?”

Porque el cerebro no crece únicamente mirando una pantalla.

Crece viviendo.

Y muchas de las experiencias que más ayudan a construir un cerebro sano no necesitan batería, conexión a internet ni la última actualización.

Solo necesitan tiempo, presencia y oportunidades para descubrir el mundo real.

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El poder del contacto: por qué los besos, abrazos y caricias son tan importantes.

En un mundo cada vez más rápido y digital, a veces olvidamos algo profundamente humano: necesitamos el contacto físico. Un abrazo, una caricia o un beso no son solo gestos de afecto, son herramientas biológicas y emocionales que influyen directamente en nuestro bienestar.

Screenshot

🧠 ¿Qué ocurre en nuestro cerebro cuando nos abrazamos?

Cuando tenemos contacto físico afectivo, mutuo y de una forma determinada nuestro cerebro se activa de una forma muy especial:

-Liberamos oxitocina, conocida como la hormona del vínculo, que nos ayuda a sentirnos seguros, conectados y en calma.

-Aumenta la dopamina, relacionada con el placer y la motivación.

-Se regula la serotonina, favoreciendo el equilibrio emocional.

-Disminuye el cortisol, la hormona del estrés.

Es decir, el contacto físico actúa como una especie de “regulador natural” de nuestro sistema emocional.

Un abrazo sincero puede reducir la ansiedad, mejorar el estado de ánimo y generar una sensación inmediata de bienestar.

✋ La piel: mucho más que una barrera

La piel es el órgano más grande del cuerpo y también uno de los más sensibles. Está llena de receptores que no solo detectan el tacto, sino también la intención.

Nuestro cuerpo puede diferenciar entre un toque neutro, sin más  y una caricia afectiva. Existen fibras nerviosas especializadas en percibir el contacto emocional, lo que explica por qué una caricia puede calmarnos profundamente.

El contacto físico, por tanto, es una forma de comunicación emocional silenciosa, pero muy poderosa.

🧬 Una necesidad evolutiva, no un capricho

Desde el punto de vista evolutivo, el contacto físico ha sido clave para nuestra supervivencia.

Los seres humanos nacemos completamente dependientes. Un bebé no solo necesita alimento, necesita contacto para que su cerebro y su sistema nervioso se desarrollen adecuadamente. El abrazo regula, calma y organiza.

Antes de poder hablar, ya nos regulábamos a través del contacto.

Además, en términos evolutivos, el contacto físico ha favorecido la cohesión social. Igual que otros primates se acicalan para fortalecer vínculos, los seres humanos utilizamos el abrazo, la caricia o el beso como formas de generar confianza, pertenencia y seguridad.

En la vida adulta, el contacto también cumple una función importante en la pareja: fortalece el vínculo, aumenta la intimidad y favorece relaciones más estables.

❤️ Beneficios emocionales del contacto afectivo

El contacto físico saludable:

-Reduce la sensación de soledad

-Disminuye la ansiedad

-Aumenta la sensación de seguridad

-Refuerza los vínculos afectivos

-Nos ayuda a regular el sistema nervioso

En definitiva, nos conecta con nosotros mismos y con los demás.

🤔 ¿Por qué a algunas personas no les gusta el contacto físico?

Es importante entender que no todas las personas viven el contacto de la misma manera, y eso también es válido.

Algunas de las razones pueden ser:

-Haber crecido en entornos con poco contacto físico

-Experiencias negativas o traumáticas

-Alta sensibilidad a los estímulos

-Diferentes formas de expresar el afecto

-Necesidad de proteger el espacio personal

El cuerpo de cada persona tiene su propia historia, y el contacto solo es saludable cuando se vive desde la seguridad y el consentimiento.

El cariño no solo se expresa con el tacto. También puede mostrarse con palabras, gestos o presencia.

Tan importante como dar un abrazo, es saber cuándo no darlo.

El respeto por los límites del otro también es una forma de cuidado emocional.

Aun así, no debemos olvidar que el contacto físico forma parte de nuestra naturaleza. Nos regula, nos calma y nos conecta.

Porque, al final, algo tan sencillo como un abrazo no es solo un gesto es una necesidad humana.

Pero…

Cuando la necesidad de contacto se vuelve excesiva

Cuando la necesidad de contacto es muy intensa o constante, y no tiene en cuenta los límites del otro, puede volverse invasiva.

En muchos casos, esta necesidad elevada no habla tanto de “demasiado cariño”, sino de una necesidad emocional no cubierta.

Puede estar relacionada con:

-Carencias afectivas tempranas: personas que no recibieron suficiente contacto, seguridad o disponibilidad emocional en la infancia pueden buscar en la vida adulta ese “llenado” a través del contacto físico.

-Apego inseguro: especialmente en estilos de apego ansioso, donde hay una fuerte necesidad de cercanía, validación y miedo a la distancia o al abandono.

-Dificultades en la regulación emocional: el contacto se convierte en una forma rápida de calmar la ansiedad, la inseguridad o el malestar interno.

-Sensación de vacío o soledad: el cuerpo busca conexión cuando emocionalmente se siente desconectado.

-Necesidad de reafirmación: el contacto físico puede vivirse como una prueba de amor, aceptación o presencia del otro.

El problema aparece cuando esa necesidad no se regula internamente y se deposita completamente en el otro, sin atender a su comodidad o consentimiento. En esos casos, el contacto deja de ser un puente y se convierte en una forma de invadir.

Es importante entender que la necesidad es legítima, pero la forma de satisfacerla necesita ser consciente y respetuosa.

En estos casos se puede aprender a:

-Identificar qué emoción hay detrás (¿soledad, miedo, inseguridad?)

-Desarrollar recursos propios de regulación

-Respetar los límites del otro

-Y construir vínculos donde el contacto sea compartido, no impuesto

Todo ello permite transformar esa necesidad en una forma de conexión más sana y segura.

Porque el contacto que realmente suma no es el que se necesita desesperadamente, sino el que se ofrece y se recibe desde la calma, el respeto y la presencia.

Como ves en tu forma de abrazar tienes pistas para saber qué puedes trabajar.

Y para mucho más te doy a conocer este libro El cerebro necesita abrazos de Ana Asensio.

Un abrazo!

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