Yolanda Cuevas Ayneto

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Si como niño o adolescente no te apetece ir al psicólogo, quiero decirte algo.

Si estás leyendo esto, o te lo están leyendo quizá eres uno de esos niños o adolescentes a los que no les hace demasiada ilusión venir al psicólogo.

Y quiero empezar diciéndote algo importante: lo entiendo. De verdad. Muchas veces no sois vosotros quienes habéis decidido venir. A veces son vuestros padres, un profesor o alguien que os quiere y está preocupado por vosotros. Y es normal que aparezcan dudas. Quizá te preguntas si tendrás que contar cosas que no quieres contar.

Quizá te da vergüenza.

Quizá piensas que ir al psicólogo es para personas que tienen problemas muy graves, y lo tuyo no es para tanto.

O quizá simplemente estás cansado. Cansado/a de que te pregunten cómo estás, de que te digan lo que tienes que hacer o de sentir que nadie entiende realmente lo que te pasa.

Si es así, quiero que sepas que no eres el único.Muchos niños y adolescentes llegan a consulta con pocas ganas y con muchas preguntas. ¿También los adultos!

Es entendible y uno está incómodo o confundida. No hace falta que vengas convencido/a.

Solo te pediría una cosa: que me des una oportunidad.

Algunas promesas que quiero hacerte

No voy a obligarte a hablar de nada para lo que no estés preparado.

No espero que el primer día me cuentes toda tu vida.

Me gusta ir poco a poco. Así me gustaría que lo hicieran conmigo.

A veces empezamos hablando de fútbol, de videojuegos, de música, de aficiones, moda o de cualquier otra cosa.

Lo importante no es correr.

Lo importante es que te sientas en seguridad.

Tampoco voy a juzgarte.

Da igual si te enfadas mucho, si lloras con facilidad, si te cuesta concentrarte, si tienes conductas, comportamientos que no gustan, si tienes miedos, si te preocupa lo que los demás piensen o si ni siquiera sabes explicar qué te pasa.

Mi trabajo no es decirte lo que haces mal. Mi trabajo es ayudarte a comprenderte y ver cómo podemos estar y ser mejor. Porque muchas veces detrás de las cosas que hacemos hay razones que merecen ser entendidas, no castigadas.

En consulta no solo hablamos

Hay personas que imaginan una consulta con una silla y un montón de preguntas. Casi casi como un interrogatorio como en las pelis.

Pero trabajar con niños y adolescentes es mucho más que eso.

Utilizamos dibujos, metáforas, juegos, historias, ejercicios y recursos que nos ayudan a entender mejor lo que ocurre por dentro.

Aprendemos cómo funciona el cerebro.

Por qué a veces el corazón se acelera.

Por qué aparecen los miedos.

Por qué cuesta concentrarse o por qué hay días en los que uno está enfadado/a y ni siquiera sabe muy bien por qué.

También aprendemos qué son los pensamientos y las emociones.

Porque a veces creemos que somos nuestros pensamientos. Y no es así.

Los pensamientos son cosas que aparecen en nuestra mente, pero no siempre dicen la verdad.

Y las emociones no son enemigas.

La rabia, el miedo, la tristeza o la ansiedad no son malas. Son mensajes pero en idiomas a veces desconocidos…y yo conozco muchos de esos mensajes. Juntos lo vamos a descubrir.

Y cuando aprendemos a escucharlos y entenderlos, y acompañarlos dejan de dar tanto miedo.

Tu cuerpo también habla

Seguro que alguna vez has sentido un nudo en el estómago antes de un examen, el corazón acelerado cuando te asustas o ganas de llorar sin saber muy bien por qué.

Significa que tu cuerpo está intentando protegerte.

En consulta también aprendemos cómo funciona el sistema nervioso.

Entendemos por qué a veces vivimos en alerta, por qué nos bloqueamos o por qué reaccionamos sin querer hacerlo.

Y aprendemos recursos para volver a sentir calma y seguridad.

Porque nadie os enseña estas cosas en el colegio y, sin embargo, son herramientas que os acompañarán toda la vida. Por eso a mi me gustaría que en los coles hubiera una asignatura que se llamara Psicología para la vida.

¿Y qué es eso del EMDR?

Como terapeuta EMDR, una de las cosas que más me gusta es ayudar a los niños y adolescentes a entender que no hay nada defectuoso en ellos.

A veces vivimos experiencias difíciles, sustos, cambios, pérdidas o momentos que nos desbordan.

Y nuestro cerebro, intentando protegernos, puede quedarse funcionando como si el peligro siguiera ahí.

EMDR es una terapia que ayuda al cerebro a procesar esas experiencias y a quedarse tranquilo de nuevo.

Pero quiero que sepas algo importante. Nunca se trata de obligarte a recordar cosas ni de hacerte sufrir.

Antes de trabajar cualquier experiencia difícil, aprendemos recursos, construimos seguridad y vamos siempre a tu ritmo.

Porque para mí es más importante que te sientas acompañado que ir deprisa.

Y tus padres también forman parte del equipo

A veces los niños llegan pensando que vienen porque ellos son el problema.

Y quiero decirte algo que considero muy importante.

Tú no eres el problema.

Por eso, además de trabajar contigo, también trabajo con tus padres en la medida que sea. Lo digo porque a veces por horarios, separaciones etc no es fácil.

Les ayudo a entender cómo funciona tu cerebro, tus emociones y tu sistema nervioso.

Les acompaño para que puedan comprender mejor lo que necesitas y para que todos aprendamos nuevas formas de relacionarnos.

Porque cuando los adultos entienden más, suelen enfadarse menos y acompañar mejor. Ellos lo intentan hacerlo bien pero no siempre lo consiguen y hay que explicarlo.

Y porque en esto no se trata de buscar culpables, sino de sumar.

Y si no sabes qué decir, tampoco pasa nada

De verdad.

No hace falta que vengas con las respuestas. No hace falta que sepas explicar lo que te pasa.

Incluso puedes decirme:

“No sé por qué estoy aquí.”

“No me apetece hablar.”

“Estoy nervioso.”

“O simplemente… no sé.”

Con eso es suficiente.

Porque precisamente para eso estamos los psicólogos.

Para acompañaros a entender lo que os pasa, para ayudaros a sentiros más seguros y para recordaros algo que nunca deberíais olvidar:

No tenéis que poder con todo vosotros solos.

Con cariño, te espero.

Yolanda Cuevas
Psicóloga y terapeuta EMDR
Instructora de mindfulness

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Por qué la primera atención psicológica tras una catástrofe influye en la recuperación posterior

Cuando ocurre una catástrofe, un accidente grave, muertes repentinas, situaciones de amenaza extrema, solemos pensar que el impacto psicológico dependerá únicamente de la magnitud de lo vivido. Sin embargo, desde la psicología del trauma sabemos que no solo importa lo que pasó, sino cómo fue acompañada la persona en los momentos posteriores.

La manera en que se actúa a nivel psicológico en las primeras horas y días tiene un peso determinante en la recuperación a medio y largo plazo.

El cerebro necesita saber si el peligro ha terminado

Ante una situación extrema, el cerebro entra en modo supervivencia. La amígdala activa la alarma y prioriza la protección, mientras que las áreas encargadas del razonamiento y la organización de la experiencia reducen su funcionamiento.

En ese estado, el cerebro lanza una pregunta fundamental:
“¿Sigo en peligro o ya estoy a salvo?”

Si el entorno ofrece seguridad, calma y presencia humana regulada, el sistema nervioso empieza a desactivar la alarma. Si, por el contrario, la persona permanece expuesta al caos, la soledad, las imágenes o la presión emocional, el cerebro mantiene la alerta, aunque el peligro objetivo ya haya pasado.

Cómo se consolida la memoria traumática

Las experiencias traumáticas no se almacenan como recuerdos normales. Cuando hay una activación muy elevada, el recuerdo queda grabado de forma fragmentada: imágenes sueltas, sonidos, sensaciones corporales o emociones intensas, sin una narrativa clara.

La forma de intervenir psicológicamente al inicio influye directamente en este proceso:

  • Alta activación mantenida → recuerdos intrusivos, reviviscencias, hipervigilancia.
  • Regulación temprana → mayor integración del recuerdo y menor carga emocional posterior.

No se trata de borrar lo ocurrido, sino de cómo queda registrado en el cerebro.

El cuerpo también necesita completar la respuesta

En una catástrofe, muchas respuestas naturales del cuerpo (huir, protegerse, gritar, moverse) quedan bloqueadas. Si el sistema nervioso no puede descargar esa activación, el cuerpo permanece en un estado de tensión crónica.

Por eso, las intervenciones tempranas que incluyen respiración, contacto con el suelo, movimientos suaves o sensación de abrigo no son “detalles”: ayudan a que el cuerpo entienda que ya no está en peligro y pueda volver progresivamente al equilibrio.

Indefensión y soledad: factores que agravan el trauma

Uno de los factores que más aumenta el riesgo de trauma posterior es la sensación de indefensión: sentirse solo, desbordado o sin control.

Las actuaciones psicológicas que:

  • Devuelven sensación de elección
  • Respetan el ritmo de la persona
  • Cubren necesidades básicas
  • Ofrecen presencia calmada

reducen significativamente el impacto traumático y favorecen la recuperación.

Por qué no siempre es bueno forzar a hablar

Durante las primeras horas o días, el recuerdo aún no está organizado. Forzar el relato o revivir detalles con alta activación puede fijar aún más las imágenes traumáticas.

Hoy sabemos que hablar no siempre ayuda en caliente. Acompañar, escuchar si la persona lo necesita y respetar silencios es, muchas veces, la intervención más protectora.

El apoyo social como factor protector

La presencia de otras personas calmadas y disponibles regula el sistema nervioso. El trauma se cronifica con más facilidad cuando se vive en aislamiento. El acompañamiento temprano, incluso sin palabras, actúa como un potente factor de protección psicológica.

La ventana temprana de recuperación

En los primeros días existe una ventana de plasticidad: el recuerdo aún no está completamente consolidado. Esto hace que la atención psicológica temprana, respetuosa y reguladora tenga un impacto real en la evolución posterior.

Desde enfoques como el trauma y terapias como EMDR, entendemos que el problema no es el recuerdo en sí, sino que quede almacenado como si siguiera ocurriendo ahora. La intervención adecuada reduce la probabilidad de que ese recuerdo quede “atascado”.

La primera respuesta psicológica tras una catástrofe no es secundaria ni opcional. Es el terreno sobre el que se construye la recuperación.

Actuar desde la seguridad, la regulación y la humanidad puede marcar la diferencia entre un dolor que se procesa con el tiempo y un trauma que se cronifica.

Yolanda Cuevas
Psicóloga experta en trauma y EMDR

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10 excusas que te pones para no hacer ejercicio.


Y por qué quizá no tienen que ver con la pereza…

“Debería hacer más ejercicio.”

Es una frase que escucho mucho. O que todas nos hemos dicho alguna vez. Y también una frase que muchas personas se repiten con culpa.

Porque sabemos que nos va bien.
Porque cada vez conocemos los beneficios.
Porque leemos artículos, vemos vídeos y escuchado consejos.

Y, sin embargo, pasan los días, las semanas o incluso los años y siguen y muchas personas siguen sin empezar.

Entonces aparecen conclusiones y monólogos internos que machacan:

“Soy un desastre.”
“No tengo fuerza de voluntad.”
“Soy muy vaga.”

Pero, ¿y si el problema no fuera la falta de voluntad?

¿Y si simplemente estamos intentando empezar de una forma demasiado exigente?

Como psicóloga, veo con frecuencia que muchas personas convierten el ejercicio en una obligación más de la lista. Algo que hacer perfecto, durante una hora, cinco días por semana y con resultados rápidos. Y cuando no pueden mantenerlo, concluyen que han fracasado.

Pero quizá la pregunta no es:

“¿Por qué no soy capaz?”

Sino:

“¿Qué me está impidiendo empezar de una manera más amable conmigo?”

No fuimos diseñados para vivir sentados Nuestro cuerpo está diseñado para moverse. Sí o sí. NO ES OPCIONAL.

No necesariamente para correr maratones o levantar grandes pesos.

Sino para caminar.
Estirarse.
Respirar.
Bailar.
Subir escaleras.
Jugar.
Moverse.

Sin embargo, vivimos muchas horas sentados.

-Trabajamos sentados.
-Conducimos sentados.
-Descansamos sentados.
-Nos entretenemos sentados con tv, libros, ordenadores, móviles…

Y poco a poco hemos normalizado un estilo de vida que nuestro cuerpo no reconoce como natural. Y el cuerpo y la mente lo paga, lo chilla, enferma.

También hay personas que viven agotadas.

-Trabajan y en muchos más de lo deseado bien por tareas o bien por horas.
-Cuidan de otros.
-Llegan a casa y se unen otras responsabilidades

Y cuando por fin tienen un rato libre, lo único que desean es descansar.

Y es comprensible. Porque nadie puede dar desde un depósito vacío.

Por eso, antes de exigirte más, quizá merece la pena preguntarte:

-¿Cómo estoy realmente?
-¿Qué nivel de energía tengo?
-¿Necesito empezar por descansar mejor?
-¿Estoy esperando tener motivación para empezar?

Porque la motivación es maravillosa…pero suele ser una visitante caprichosa.

Los hábitos, en cambio, permanecen.

La trampa del “todo o nada”

Muchas personas además creen que si no pueden hacer una hora de ejercicio, entonces no merece la pena hacer nada.

Pero caminar veinte minutos cuenta.

Subir escaleras cuenta.

Bailar mientras haces las tareas de casa cuenta.

Mover el cuerpo diez minutos cuenta.

Cualquier snack deportivo saltar, sentadillas, giros de brazos…

Porque el cerebro no necesita perfección. Necesita repetición.

Y el hábito se construye con pequeños pasos, no con grandes esfuerzos imposibles de mantener en muchos casos.

El ejercicio no es un castigo

Durante años nos han vendido el ejercicio como una forma de adelgazar, compensar excesos, de jóvenes o corregir nuestro cuerpo.

Pero el movimiento es mucho más que eso.

Es una forma de cuidar:

🧠 Tu cerebro.

❤️ Tu corazón.

😌 Tu ansiedad.

💤 Tu sueño.

😊 Tu estado de ánimo.

🦴 Tus huesos.

🌿 Tu sistema nervioso.

El ejercicio es prevención. Es dignidad hacia futuro como insistimos en nuestro espectáculo: Autocuidado para la vida real. Es un seguro de vida.

No tienes que ganarte el derecho a moverte. Tu cuerpo merece movimiento porque está vivo.

Te planteo algunas preguntas para reflexionar

Antes de pensar en qué ejercicio hacer, quizá puedes preguntarte:

¿Qué relación tengo con mi cuerpo?
¿Hago ejercicio desde el amor o desde la exigencia?
¿Estoy esperando hacerlo perfecto?
¿Qué actividad disfrutaba cuando era niño o niña?
¿Qué movimiento podría incorporar a mi vida sin agobiarme?
¿Qué me impide empezar?
¿Qué excusa aparece con más frecuencia?
¿Y qué necesitaría para ayudarme a dar el primer paso?


Cómo empezar sin agobiarte.

-Olvídate de hacerlo perfecto.

-Empieza pequeño.

– Camina diez minutos al día.
-Aparca un poco más lejos.
-Sustituye el ascensor por las escaleras. Sube y baja escaleras. Deja el ascensor antes de que llegue a tu planta y escaleras!
-Haz ejercicios de fuerza dos veces por semana.

-Compra unas gomas elásticas.
-Pon música y baila, salta.

-Haz unos snacks cada hora.
-Aprovecha para quedar caminando con alguien.
-Celebra la constancia, no la intensidad.

Porque muchas veces no necesitamos más motivación. Necesitamos menos exigencia. Y también aprender a hacer las cosas sin ganas, pero sí tirar de responsabilidad.

Y si un día no tienes ganas además de preguntarte tus razones si decides no hacer lo que te proponías, no pasa nada. La disciplina no consiste en hacerlo perfecto todos los días. Puedes hacer tu mínimo o cambiar de actividad.

Consiste en volver.

Volver al día siguiente.

Volver la semana siguiente.

Volver sin castigarte.

Volver sin empezar desde cero.

Porque un mal día no borra todo lo anterior.

Quizá no necesitas convertirte en una persona deportista.

Quizá solo necesitas convertirte en una persona que se cuida un poco más.

Porque no se trata de correr una maratón. De competir en natación o en partidos de baloncesto…Se trata de llegar a mayor con más salud, más energía y una mejor calidad de vida. Con más dignidad. De qué nos van a servir más esperanza de vida si no tenemos calidad de vida. No quiero vivir mi vejez de la cama al sofá y del sofá a la cama, Hoy construimos nuestro musculo futuro, agilidad, flexibilidad futura. Quiero salir del coche sin ayuda, quiero agacharme a por algo sin ayuda, quiero pode recoger un tarro del armario, o llevar una bolsa de la compra con peso.

Y quiero hacerte una última pregunta:

Si dentro de diez años pudieras agradecerle algo a tu yo actual…
¿Le agradecerías haber esperado otro lunes?
¿O le agradecerías haber empezado poco a poco?

Porque el cuerpo y la mente agradecen mucho más la constancia que la perfección. Necesitan movimiento.

Deseo que esta entrada haya sido inspiradora para mejorar tu vida.

Sea para deporte o cualquier otra actividad o cambio te podría ayudar el nuevo reto en la APP PATRIPSICOLOGA que comienza en julio.

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autocuidado bienestar Mindfulness

Un espacio para volver a ti

Vivimos rodeados de estímulos, prisas, obligaciones y pensamientos que no siempre nos permiten escucharnos. A veces seguimos adelante sin parar, atendiendo a todo y a todos, mientras nos vamos alejando de nosotros mismos.

Por eso, detenerse unos minutos no es perder el tiempo. Es una forma de cuidarse.

Las meditaciones que encontrarás aquí son una invitación a hacer una pausa, respirar y reconectar con aquello que muchas veces queda en un segundo plano: tu cuerpo, tus emociones, tus necesidades y el momento presente.

No hace falta hacerlo perfecto ni tener experiencia previa. Solo necesitas regalarte unos minutos y permitirte estar.

A lo largo de los años, como psicóloga especializada en trauma y terapeuta EMDR, e instructora de mindfulness, he podido comprobar cómo pequeños momentos de presencia pueden convertirse en grandes aliados para afrontar el estrés, la ansiedad, las dificultades emocionales y también para vivir con más calma y consciencia.

¿Qué encontrarás?

-Meditaciones guiadas para diferentes momentos y necesidades.

-Prácticas para aprender a respirar, relajarte y regular tu sistema nervioso.

-Recursos para cultivar una relación más amable contigo.

-Reflexiones y ejercicios para integrar el mindfulness en la vida cotidiana.

-Información sobre talleres, programas e iniciativas relacionadas con el bienestar emocional y el autocuidado.

Porque mindfulness no consiste en dejar la mente en blanco ni en escapar de la vida, sino en aprender a estar presentes en ella con más conciencia, amabilidad y equilibrio.

Si te interesan mis iniciativas y contenido:

Suscríbete a mi web y recibirás las nuevas meditaciones, artículos, talleres y recursos que vaya compartiendo.

Este es un espacio de calma, autocuidado y crecimiento personal.

Gracias por estar aquí y valorar mi trabajo.

Quizá hoy solo necesites eso: parar, respirar y volver a casa, a ti.

Meditaciones aquí

Para suscribirte aquí

Yolanda Cuevas
Psicóloga · Terapeuta EMDR · Instructora de Mindfulness

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La importancia de saber acompañar las emociones y las sensaciones difíciles.

Hay momentos en los que las emociones llegan con tanta intensidad que nuestra primera reacción es intentar quitárnoslas de encima.

La ansiedad.
La tristeza.
La incertidumbre.
El miedo.
La angustia.

Y es comprensible.

Nadie nos enseñó a relacionarnos con el malestar. Nos enseñaron a distraernos, a ser fuertes, a no llorar demasiado, a pensar en otra cosa o a intentar controlar lo que sentimos.

Sin embargo, las emociones no son enemigas. Son experiencias humanas que necesitan ser escuchadas, entendidas, trabajadas y acompañadas.

Por eso, una de las habilidades más importantes que podemos desarrollar es aprender a estar con aquello que sentimos sin luchar continuamente contra ello.

Y para eso, bajar al cuerpo suele ser una de las mejores decisiones que podemos tomar.

Porque cuando una emoción es intensa, no siempre necesitamos entenderla con la cabeza. Necesitamos sentir que podemos sostenerla. Que no nos domina,

La atención plena y la conciencia corporal nos ayudan precisamente a eso: a observar con amabilidad lo que está ocurriendo dentro de nosotros, sin juzgarnos, sin exigirnos estar bien y sin tener que resolverlo todo inmediatamente. Diversos estudios muestran que las prácticas de mindfulness y la conciencia corporal favorecen la regulación emocional y una relación más saludable con las experiencias difíciles.

No esperes a que la emoción sea insoportable para practicar.

No hace falta estar desbordado para empezar.

De hecho, cuanto más entrenamos cuando las emociones tienen una intensidad pequeña o moderada, más capacidad desarrollamos para reconocerlas en el cuerpo y responder con aquello que realmente necesitamos.

Poco a poco aprendemos a identificar el nudo en el estómago, la presión en el pecho, la tensión en la garganta o la agitación interna.

Y entonces dejamos de reaccionar automáticamente para empezar a responder con más conciencia y amabilidad.

La práctica que te comparto a continuación es una invitación a acompañarte.

No pretende eliminar lo que sientes.

No pretende que dejes de tener miedo, tristeza o ansiedad.

Pretende recordarte algo profundamente humano:

Que puedes aprender a estar con lo que sientes sin sentirte sola, sin pelearte contigo y sin perderte en ello.

Deseo de corazón que esta practica te ayude a conectar con tu cuerpo, a tratarte con más ternura y a descubrir que incluso las emociones difíciles pueden ser escuchadas y acompañadas.

– Respira.

– No tienes que hacerlo perfecto.

– Solo necesitas estar presente.

Y dejar que, poco a poco, tu cuerpo y tu corazón encuentren el camino hacia una mayor calma.

Aquí la practica

Aquí el escaneo corporal

Aquí un artículo MUY IMPORTANTE sobre la ansiedad

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Vacaciones: mucho más que viajar


Una reflexión sobre el descanso, la vida que llevamos y la necesidad de volver a nosotros mismos

Hace unos días escuché a alguien decir:

“Este año no voy a tener vacaciones de verdad porque no me voy a ningún sitio.”

Y me hizo pensar. Porque hemos llegado a asociar tanto las vacaciones con viajar, hacer maletas, coger aviones o llenar las redes sociales de fotografías bonitas, que a veces olvidamos algo importante:

Las vacaciones no son un lugar. Son una necesidad. Y quizá también una oportunidad.

Una oportunidad para detenernos un momento y preguntarnos cómo estamos viviendo. Porque si algo observo como psicóloga es que muchas personas llegan al verano agotadas.

No cansadas. Agotadas.

-Agotadas de correr.
-De producir.
-De cumplir.
-De responder mensajes.
-De atender responsabilidades.
-De estar disponibles para todo y para todos.

Vivimos en una sociedad que premia la productividad y que, muchas veces, mira el descanso con sospecha. Parece que siempre hay algo pendiente.

-Algo que hacer.
-Algo que mejorar.
-Algo que resolver.

Y poco a poco acabamos viviendo con la sensación de que parar es perder el tiempo.

Sin embargo, nuestro cuerpo y nuestra mente cuentan una historia diferente. No estamos diseñados para permanecer siempre en modo rendimiento.

Necesitamos alternar esfuerzo y recuperación. Acción y pausa. Exigencia y descanso.

Igual que el corazón se contrae y se relaja para seguir latiendo, nosotros también necesitamos momentos para recuperarnos.

Y las vacaciones pueden ser precisamente eso.

Un espacio para volver a respirar.

Descansar no es un premio

A veces vivimos el descanso como una recompensa.

“Cuando termine esto descansaré.”

“Cuando llegue agosto me relajaré.”

“Cuando solucione este problema pararé.”

Pero siempre aparece algo nuevo.

Y así pasan los meses.

Y los años.

Y seguimos posponiendo el cuidado personal.

La realidad es que descansar no debería ser un premio por haber aguantado mucho.

Debería ser una parte natural de la vida.

Porque descansar no es dejar de avanzar. Descansar es recuperar la energía necesaria para seguir caminando.

Las vacaciones no tienen que ser perfectas

Quizá una de las mayores trampas actuales son las expectativas.

Las redes sociales nos muestran vacaciones espectaculares.

-Playas paradisíacas.
-Atardeceres perfectos.
-Viajes increíbles.

Y sin darnos cuenta podemos empezar a pensar que nuestras vacaciones deberían parecerse a eso.

Pero la vida real es diferente.

-Hay familias con presupuestos ajustados.

-Personas que cuidan de familiares.

-Personas que trabajan parte del verano.

-Personas que atraviesan momentos difíciles.

Y aun así pueden encontrar espacios de descanso.

Porque descansar no siempre significa viajar lejos.

-A veces significa levantarse sin despertador.

-Dar un paseo sin mirar el reloj.

-Leer un libro.

-Dormir una siesta.

-Tomar un café con calma.

-Conversar sin prisas.

-Escuchar el silencio.

-Volver a mirar el cielo.

Hay descansos que no caben en una fotografía y, sin embargo, transforman profundamente cómo nos sentimos.

Lo que recuperamos cuando descansamos

Cuando aflojamos el ritmo ocurren cosas importantes.

Nuestra mente se vuelve más clara.

Las emociones encuentran espacio para procesarse.

La creatividad reaparece.

Dormimos mejor.

Tenemos más paciencia.

Nos sentimos más presentes.

Incluso nuestras relaciones suelen mejorar porque dejamos de vivir permanentemente en modo urgencia.

Muchas veces no nos damos cuenta de cuánto necesitábamos parar hasta que por fin lo hacemos.

Y descubrimos que llevábamos demasiado tiempo funcionando en automático.

Volver a uno mismo

Quizá una de las cosas más valiosas que pueden ofrecernos las vacaciones es la posibilidad de reencontrarnos.

Durante el año es fácil perder contacto con nosotros mismos.

Con nuestras necesidades.

Con nuestros valores.

Con aquello que realmente nos importa.

Las obligaciones ocupan tanto espacio que apenas queda tiempo para escucharnos.

Por eso las vacaciones también pueden ser una invitación.

No solo a descansar.

Sino a preguntarnos:

¿Estoy viviendo la vida que quiero vivir?

¿Hay algo que necesito cambiar?

¿Qué me está quitando energía?

¿Qué me ayuda a sentirme bien?

¿Dónde me siento realmente yo?

Porque a veces lo que necesitamos no es únicamente descansar unos días.

A veces necesitamos revisar cómo estamos viviendo el resto del año.

Algunas preguntas para este verano

No para responderlas deprisa.

Sino para sentarte con ellas y escucharte.

¿Qué significa para mí descansar de verdad?

¿Cuándo fue la última vez que sentí calma?

¿Qué actividades me ayudan a recargar energía?

¿Qué personas me hacen sentir más en paz?

¿Qué estoy necesitando en este momento de mi vida?

¿Qué quiero llevarme de este año?

¿Qué me gustaría dejar atrás?

¿Qué estoy agradeciendo últimamente?

¿Qué espacio me estoy dando para mí?

Si pudiera escuchar a mi cuerpo, ¿qué me estaría pidiendo?

Recuerda:

-No todas las vacaciones serán iguales.

-No todas serán perfectas.

-No todas estarán llenas de momentos extraordinarios.

Y no pasa nada.

Porque el verdadero valor de las vacaciones no está en el destino.

Está en el permiso.

El permiso para bajar el ritmo.

Para respirar más despacio.

Para recordar que somos algo más que nuestras obligaciones.

Para conectar con quienes queremos.

Y para volver a nosotros mismos.

Quizá este verano no necesites hacer más.

Quizá necesites sentir más.

Mirar más.

Escuchar más.

Descansar más.

Y recordar algo que olvidamos con demasiada frecuencia:

Tu bienestar no es un lujo. Es una necesidad.

Y cuidar de ti nunca debería quedarse para el final de la lista.

Te deseo de corazón que en estas vacaciones te permitas lo que necesitas.

Abrazo.

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Agresiones sexuales en adolescentes: impacto psicológico, prevención e intervención temprana.

Cada vez que aparece una noticia relacionada con una agresión o abuso sexual entre adolescentes, es normal que como sociedad sintamos indignación, preocupación e incluso miedo.

Se habla de denuncias, de centros educativos, de protocolos, de responsabilidades legales y de las consecuencias para quienes han cometido la agresión.

Y todo ello es necesario.​ Pero como psicóloga especializada en trauma y EMDR, hay algo que me preocupa especialmente: lo que ocurre después con los adolescentes que han sufrido esa experiencia y con las familias que intentan acompañarlos sin saber muy bien cómo hacerlo.

Porque cuando una agresión sexual sucede, no estamos hablando únicamente de un hecho.​ Estamos hablando de una experiencia que puede impactar profundamente en la forma en que una persona se relaciona consigo misma, con los demás y con el mundo.

​El impacto es siempre importante sea la edad que sea ​pero cuando ocurre en la adolescencia, una etapa tan importante para el desarrollo, el impacto puede ser aún mayor.

La adolescencia es mucho más frágil de lo que a veces pensamos

Desde fuera podemos ver adolescentes que salen con sus amigos, utilizan redes sociales, estudian, practican deporte o parecen seguir con su vida normal.
Pero por dentro están construyendo aspectos fundamentales de quienes serán en el futuro.

​-Están desarrollando su identidad.
​-Aprenden a relacionarse con su cuerpo.

​-Descubren la intimidad, el afecto y la sexualidad.
​-Buscan pertenecer a un grupo.
​-Intentan sentirse aceptados.
​-Aprenden a confiar en sí mismos y en los demás.

Cuando una agresión o abuso irrumpe en este proceso, puede alterar muchas de esas bases.​ Por eso es tan importante no minimizar lo ocurrido ni pensar que el tiempo, por sí solo, lo resolverá.

El trauma no siempre se ve​ y una de las dificultades que encontramos muchas veces es que las consecuencias no siempre aparecen de forma inmediata.

Hay adolescentes que lloran, hablan y expresan su sufrimiento.​ Pero también hay otros que parecen seguir adelante.

Vuelven al instituto.​ Salen con sus amigos.​ Incluso dicen que están bien.

Y sin embargo, por dentro, pueden estar librando una batalla enorme.

​-Ansiedad constante.
​-Problemas para dormir.
​-Pesadillas.
​-Miedo a determinadas situaciones o personas.
​-Ataques de pánico.
​-Irritabilidad.
​-Dificultades de concentración.
​-Tristeza profunda.
​-Sentimientos de culpa o vergüenza.
​-Desconexión emocional.
​-Consumo de alcohol o sustancias.
​-Conductas de riesgo.
​-Autolesiones.

A veces los padres observan cambios y no consiguen entender qué está ocurriendo.​ Porque no siempre dicen lo ocurrido nada más que sucede. El miedo, la vergüenza-, el bloqueo, las amenazas no dejan hablar.

Su hijo o hija ya no es el mismo.
​-Se aísla.
​-Se enfada con facilidad.
​-Parece distante.
​-Pierde interés por actividades que antes disfrutaba.

Y muchas veces detrás de estos cambios encontramos un sistema nervioso que sigue sintiéndose en peligro.

Lo que más duele no siempre es la agresión

Aunque pueda resultar difícil de comprender, en consulta vemos con frecuencia que algunas de las heridas más profundas no proceden únicamente de lo ocurrido.

También aparecen por cómo se interpreta lo ocurrido.

Muchos adolescentes desarrollan pensamientos como:

“Podría haberlo evitado.”
“Fue culpa mía.”
“No debería haber estado allí.”
“Seguro que hice algo mal.”
“Ahora nadie me va a entender.”

La culpa y la vergüenza suelen convertirse en compañeras silenciosas del trauma.
Y son especialmente dañinas porque aíslan.
Hacen que la persona deje de pedir ayuda.
Hacen que se esconda.​ Que dude de sí misma.
Que piense que tiene que cargar sola con el dolor.

Por eso una de las primeras tareas terapéuticas consiste en ayudarles a comprender que la responsabilidad siempre pertenece a quien agrede.

Nunca a quien sufrió la agresión.

Un mensaje para los padres

Si eres madre o padre y estás leyendo estas líneas, probablemente una de las emociones que más te acompañe sea la impotencia.

Es normal.
Nadie nos prepara para ver sufrir a nuestros hijos.​ Y mucho menos para afrontar una situación así.

Muchos padres se preguntan:
“¿Qué tendría que haber hecho?”
“¿Cómo no me di cuenta?”
“¿Y si hubiera estado más pendiente?”

La culpa también suele aparecer en las familias.
Sin embargo, en este momento lo más importante no es buscar culpables.
Lo más importante es convertirse en una base segura para el adolescente.
​-Escuchar sin juzgar.
​-Creer lo que cuenta.
​-Respetar sus tiempos.

​-Acompañar sin presionar.

Y transmitir un mensaje fundamental:​ “No estás sol​a/o. Vamos a atravesar esto juntos.”

Muchas veces los adolescentes no necesitan respuestas perfectas.

Necesitan sentir que alguien permanece a su lado incluso cuando ellos mismos no entienden lo que sienten.

¿Por qué es importante intervenir cuanto antes?

Porque el cerebro tiene una enorme capacidad de recuperación cuando recibe la ayuda adecuada.

Las experiencias traumáticas pueden quedar almacenadas de una forma diferente en nuestro sistema nervioso.
Es como si una parte del cerebro siguiera reaccionando como si el peligro todavía estuviera presente.
Por eso algunas personas siguen sintiendo miedo, vergüenza o inseguridad meses e incluso años después de que la situación haya terminado.

No porque sean débiles.​ N​i porque quieran llamar la atención.

Sino porque su cerebro sigue intentando protegerlas.

La intervención temprana puede reducir enormemente el impacto a largo plazo.
Puede ayudar a recuperar la sensación de seguridad.
Puede prevenir dificultades futuras en las relaciones, la autoestima o la salud mental.
Y puede evitar que el sufrimiento se cronifique.

El papel de EMDR en la recuperación

Una de las herramientas que utilizo habitualmente en consulta es EMDR.
EMDR no busca borrar recuerdos.​ Tampoco pretende que la persona olvide lo sucedido.

Lo que hace es ayudar al cerebro a procesar una experiencia que quedó bloqueada.

Cuando esto ocurre, el recuerdo deja de vivirse como una amenaza constante.
La persona puede recordar lo ocurrido sin quedar atrapada emocionalmente en ello.​ Poco a poco recupera sensación de control, seguridad y confianza.

Y algo muy importante: vuelve a conectar con la idea de que su vida es mucho más grande que aquello que le ocurrió.

La prevención empieza mucho antes

Cuando hablamos de prevención solemos pensar en protocolos o medidas de seguridad.​ Pero la prevención empieza mucho antes.

Empieza cuando enseñamos a nuestros hijos a reconocer sus emociones.
Cuando les enseñamos a poner límites.
Cuando hablamos de consentimiento.

Cuando fomentamos el respeto.
Cuando les ayudamos a diferenciar presión de cariño.
Cuando les enseñamos que tienen derecho a decir no.
Cuando construimos espacios donde puedan hablar sin miedo.

La prevención también es educación emocional.​ Y es responsabilidad de ​TODOS.

He acompañado a muchas personas que llegaron a consulta pensando que jamás volverían a sentirse seguras.
Personas que creían que aquella experiencia las definiría para siempre.

Y quiero decir algo importante.

Lo ocurrido importa.​ Las consecuencias importan.​ El dolor importa.

Pero la historia no termina ahí.

Con apoyo, comprensión y ayuda especializada, muchas personas consiguen reconstruirse.
Sino porque aprenden a vivir sin que el trauma dirija cada paso de su vida.

Si tú, tu hijo​/a o alguien cercano está atravesando una situación así, no esperéis a que el tiempo lo cure todo.

Pedir ayuda no es una señal de debilidad.​ Es una forma de proteger el presente y también el futuro.

​Un abrazo.

Aquí un podcast sobre trauma Conoce el trauma y como limita y condiciona

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Lo que la ansiedad quiere que sepas

“Estoy cansada de sentirme así.”

Es una de las frases que más escucho en consulta.

Personas que viven pendientes de todo.
Que anticipan problemas constantemente.
Que sienten tensión aunque aparentemente todo vaya bien.
Que se despiertan cansadas.
Que notan el corazón acelerado.
Que no consiguen desconectar.

Y muchas llegan pensando que tienen un problema llamado ansiedad. Pero con frecuencia les digo algo que les sorprende: La ansiedad no suele ser el problema. La ansiedad suele ser la señal.

Una señal de que algo dentro de nosotros lleva tiempo intentando ser escuchado.

Porque la ansiedad no aparece para fastidiarnos la vida. Aparece para protegernos.

El problema es que, a veces, nuestro sistema nervioso sigue funcionando como si existiera un peligro aunque ese peligro ya no esté presente.

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, he aprendido que detrás de muchas ansiedades hay historias, experiencias, aprendizajes y heridas que todavía siguen activando la alarma.

Por eso hoy quiero compartir contigo diez cosas que la ansiedad querría que supieras.

  1. La ansiedad no es tu enemiga

Sé que probablemente no se siente así. Cuando te cuesta respirar, cuando el pecho se aprieta o cuando tu mente no deja de dar vueltas, es difícil pensar que la ansiedad intenta ayudarte.

Pero la ansiedad es una respuesta de supervivencia.Tu cerebro cree que necesita protegerte.

El problema aparece cuando esa alarma permanece activada más tiempo del necesario. No se trata de luchar contra ella. Se trata de comprender qué intenta decirte.

  1. Tu cuerpo también habla

Muchas personas creen que la ansiedad ocurre únicamente en la mente. Sin embargo, la ansiedad también vive en el cuerpo.

Tensión muscular.
Dolor de estómago.
Nudo en la garganta.
Cansancio constante.
Palpitaciones.
Sensación de falta de aire.

Tu cuerpo no está exagerando. Está comunicando algo. A veces lo que no hemos podido expresar con palabras aparece a través de sensaciones físicas.

Por eso en terapia no trabajamos únicamente con pensamientos. También escuchamos al cuerpo.

  1. No todo es racional

¿Te ha pasado alguna vez pensar:

“Sé que no tiene sentido preocuparme tanto, pero no puedo evitarlo”?

Eso ocurre porque la ansiedad no siempre nace en la parte racional del cerebro.

Muchas respuestas de ansiedad se activan desde sistemas mucho más antiguos relacionados con la supervivencia. Tu cuerpo puede reaccionar antes de que tu mente comprenda lo que está ocurriendo.

Por eso no siempre basta con repetirse que todo está bien.

Cuando el sistema nervioso está en alerta, necesita sentirse seguro, no solo convencerse de que debería estarlo.

  1. La evitación alimenta la ansiedad

La ansiedad nos empuja a evitar.

Evitar conversaciones.
Evitar lugares.
Evitar situaciones.
Evitar decisiones.

Y aunque a corto plazo parece aliviar, a largo plazo fortalece el miedo.

Cada vez que evitamos algo, nuestro cerebro aprende:”Menos mal que no fui. Era peligroso.” Y la próxima vez la alarma sonará todavía más fuerte.

Por eso uno de los caminos hacia la recuperación implica recuperar espacios, experiencias y situaciones que la ansiedad nos ha ido quitando.

Paso a paso. Con seguridad. Pero sin dejar que sea ella quien dirija nuestra vida.

  1. Respirar puede ayudarte

Respiramos unas veinte mil veces al día.

Y, sin embargo, pocas veces prestamos atención a cómo lo hacemos.

Cuando estamos ansiosos solemos respirar más rápido, más superficialmente y con mayor tensión.La buena noticia es que la respiración es una de las puertas de entrada más accesibles para influir sobre el sistema nervioso.

Una respiración lenta, nasal y consciente puede ayudar a enviar una señal de calma al cerebro.

No porque elimine todos los problemas. Sino porque le recuerda al organismo que, en este momento, está a salvo. Aquí mi taller Aprender a respirar

  1. Dormir importa más de lo que imaginas

Cuando dormimos poco, el cerebro interpreta el mundo como un lugar más amenazante.

Nos volvemos más reactivos.
Más sensibles.
Más impulsivos.

La amígdala cerebral, implicada en la detección de amenazas, se activa con mayor facilidad.

Y la corteza prefrontal, encargada de regular emociones y tomar decisiones, funciona peor.

Por eso muchas personas sienten que todo les supera cuando llevan semanas descansando mal. Dormir no es un lujo. Es una necesidad emocional.

  1. Los pensamientos no son hechos

Uno de los mayores engaños de la ansiedad es hacernos creer que todo lo que pensamos es verdad.

“Seguro que algo irá mal.”
“No voy a poder.”
“Me va a pasar algo.”
“Voy a decepcionar a todo el mundo.”

La ansiedad suele hablar en forma de predicciones. Pero una predicción no es una realidad.

Aprender a observar los pensamientos sin obedecerlos automáticamente es una habilidad que transforma profundamente la relación con la ansiedad. Te recomiendo el libro Sal de tu mente entra en tu vida.

  1. Tu historia influye

A veces la ansiedad parece no tener explicación.

Pero cuando exploramos la historia de la persona empiezan a aparecer pistas.

Infancias donde hubo mucha incertidumbre.
Experiencias de rechazo.
Situaciones de pérdida.
Entornos impredecibles.
Momentos de miedo intenso.

El cerebro aprende. Y si aprendió que el mundo podía ser peligroso, seguirá intentando protegerte incluso muchos años después. No porque estés roto.

Porque está haciendo exactamente aquello para lo que fue diseñado: sobrevivir.

  1. EMDR puede ayudarte

Aquí es donde muchas personas empiezan a entender por qué llevan años luchando contra la ansiedad sin obtener resultados duraderos. Porque a veces el problema no está en el presente.

Está en experiencias del pasado que continúan activando la alarma.

EMDR permite procesar recuerdos, experiencias y situaciones que quedaron almacenadas de forma disfuncional en el sistema nervioso.

No se trata de olvidar lo vivido. Se trata de que deje de activar tu cuerpo como si siguiera ocurriendo hoy.

Muchas personas describen el proceso diciendo:

“Ahora entiendo lo que pasó, pero ya no lo siento igual.”

Y esa diferencia puede cambiar profundamente la forma de vivir.

Aquí te dejo un podcast relacionado. Aquí.

  1. Se puede superar

Quizá llevas años sintiendo ansiedad. Quizá has llegado a pensar que siempre serás así.

Pero la ansiedad no tiene por qué ser tu identidad. No eres una persona ansiosa. Eres una persona que está experimentando ansiedad.

Y eso marca una gran diferencia.

Tu cerebro puede aprender.
Tu sistema nervioso puede regularse.
Tu cuerpo puede recuperar la calma.

Hay esperanza.

Y no porque la vida vaya a dejar de tener dificultades. Sino porque puedes aprender a vivirlas desde un lugar muy diferente.

Si has llegado hasta aquí y te has sentido identificado, quiero decirte algo.

No estás exagerando.
No estás imaginando cosas.
No te falta fuerza de voluntad.

Probablemente llevas demasiado tiempo sosteniendo más de lo que tu sistema nervioso puede gestionar solo.

La ansiedad no siempre habla de peligro.

A veces habla de cansancio de exigencia, de heridas, de pérdidas, de necesidades no atendidas.

Y quizá ha llegado el momento de escucharla de otra manera.

Porque cuando comprendemos lo que la ansiedad intenta contarnos, dejamos de luchar contra nosotros mismos y comenzamos, por fin, a sanar.

Te abrazo y deseo que esta entrada haya sido inspiradora para ti.

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“Quiero controlar mi ansiedad”

Hola Yolanda:

“Llevo meses sintiéndome nerviosa casi todo el tiempo. Mi cabeza no para. Me preocupo por cosas que todavía no han ocurrido y siento que estoy siempre en alerta. Estoy cansada de darle vueltas a todo y me gustaría aprender a controlar mi ansiedad.”

Cuando leo mensajes así, lo primero que pienso es que detrás de esas palabras suele haber mucho cansancio.

El cansancio de intentar estar bien y no conseguirlo.

El cansancio de decirse a una misma que debería relajarse.

El cansancio de escuchar consejos que no terminan de funcionar.

Y también el cansancio de sentir que algo tan cotidiano como descansar, desconectar o disfrutar se ha convertido en una tarea difícil.

Por eso, si tú también te reconoces en estas líneas, quiero compartir que cada semana escucho a personas que describen sensaciones muy parecidas. Personas que viven con la sensación de tener la cabeza siempre ocupada, de estar pendientes de todo, de anticipar problemas o de sentir una inquietud constante incluso cuando aparentemente todo va bien.

Muchas veces llegan preocupadas porque creen que tienen un problema de ansiedad.

Y aunque la ansiedad está presente, con frecuencia descubrimos que la historia es bastante más compleja.

La ansiedad no suele ser el problema. Suele ser la señal.

Imagina por un momento la alarma de una casa. Su función es avisarnos cuando existe una amenaza. Gracias a ella podemos reaccionar, protegernos y actuar.

El problema aparece cuando la alarma sigue sonando aunque ya no haya ningún peligro.

Eso es lo que les ocurre a muchas personas.

Su sistema nervioso ha aprendido a permanecer atento, vigilante y preparado para reaccionar. Y aunque racionalmente saben que están a salvo, su cuerpo sigue actuando como si tuviera que defenderse de algo.

Por eso aparecen pensamientos repetitivos, preocupación constante, tensión muscular, dificultad para descansar o esa sensación de estar siempre aceleradas.

No porque sean débiles.

No porque estén exagerando.

No porque les falte fuerza de voluntad.

Sino porque su organismo lleva demasiado tiempo funcionando en modo supervivencia.

Cuando vivir en alerta se convierte en una costumbre

Algo que me llama la atención en consulta es que muchas personas ni siquiera son conscientes de cuánto tiempo llevan viviendo así.

Se han acostumbrado a preocuparse.

A anticiparse.

A controlar.

A revisar todo varias veces.

A pensar en todos los escenarios posibles.

A sentirse responsables de todo.

Y como llevan años haciéndolo, terminan creyendo que esa es su forma de ser.

Sin embargo, cuando profundizamos un poco más solemos encontrar algo diferente. Encontramos historias.

Historias de personas que crecieron en entornos muy exigentes.

Personas que aprendieron pronto a no molestar.

Personas que tuvieron que asumir responsabilidades demasiado pronto.

Personas que recibieron muchas críticas.

Personas que pasaron por experiencias dolorosas que dejaron una huella emocional importante.

Personas que aprendieron que relajarse podía ser peligroso porque cuando bajaban la guardia ocurrían cosas que les hacían daño.

Y entonces todo empieza a tener sentido.

Porque la ansiedad deja de parecer un enemigo y empieza a mostrarse como una estrategia de protección.

Una estrategia que quizá fue útil en algún momento, pero que hoy está generando sufrimiento.

Lo que me interesa comprender cuando alguien me habla de ansiedad

Cuando una persona entra en consulta diciendo que tiene ansiedad, mi primera pregunta no es cómo quitarla.

Mi primera pregunta suele ser otra.

¿Qué está intentando proteger esa ansiedad?

¿Qué teme?

¿Qué ha vivido?

¿Qué ha aprendido sobre sí misma y sobre el mundo?

¿Qué necesita para sentirse segura?

Porque detrás de la ansiedad casi siempre hay algo que merece ser escuchado.

A veces es miedo.

A veces es inseguridad.

A veces es agotamiento.

A veces son heridas emocionales que nunca tuvieron espacio para sanar.

Y otras veces son años de autoexigencia y presión interna que han terminado pasando factura.

Más allá de aprender técnicas

Por supuesto que existen herramientas que ayudan.

La respiración.

El mindfulness.

La regulación emocional.

Los recursos corporales.

Todo ello puede ser muy útil y forma parte del proceso.

Pero mi experiencia me ha enseñado que muchas personas no necesitan únicamente aprender a relajarse.

Necesitan comprender por qué no consiguen relajarse.

Necesitan entender qué mantiene encendida esa alarma.

Necesitan reconstruir la sensación de seguridad que quizá se perdió en algún momento del camino.

Por eso, además de trabajar herramientas prácticas, exploramos las experiencias, aprendizajes y creencias que siguen influyendo en el presente.

Y cuando es adecuado, utilizamos EMDR para ayudar al cerebro a procesar aquellas vivencias que continúan activando respuestas emocionales de forma automática.

La buena noticia

Después de muchos años trabajando con personas que sufren ansiedad, hay algo que me gusta recordarles.

Tu ansiedad no es tu identidad.

No naciste siendo ansiedad.

No eres una persona rota.

No estás condenada a vivir así para siempre.

Tu cerebro aprendió a protegerte de una determinada manera.

Y del mismo modo puede aprender nuevas formas de sentirse seguro.

Si te has sentido identificada con estas palabras, quizá ha llegado el momento de dejar de luchar contra ti misma.

Quizá ha llegado el momento de escuchar qué está intentando decirte esa ansiedad.

Porque vivir no debería consistir únicamente en sobrevivir.

Y pedir ayuda no es una señal de debilidad.

Muchas veces es el primer paso para recuperar la calma, la confianza y la libertad que llevas demasiado tiempo buscando.

Yolanda Cuevas
Psicóloga especializada en EMDR y trauma.
Instructora en mindfulness y respiración

Yolanda@yolandacuevas.es

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