Yolanda Cuevas Ayneto

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Después de un terremoto: cómo ayudar a los niños a recuperar la seguridad

Llevar a un niño unos días con familiares a otra ciudad no es necesariamente malo ni necesariamente bueno. Depende de para qué se hace, de las condiciones de seguridad y, sobre todo, de cómo se encuentre el niño y de qué estabilidad pueda ofrecer ese entorno.

Tras un terremoto, los niños pueden expresar el impacto de forma muy corporal y conductual: dormir peor, despertarse, llorar más, estar más pegados a sus padres, tener miedo a separarse, irritarse, hacerse pis, jugar repetitivamente al terremoto o volver temporalmente a conductas de etapas anteriores. Son respuestas que pueden aparecer después de una situación de amenaza. 

¿Mejor quedarse o irse?

Si el lugar donde viven es seguro y las autoridades no indican evacuar, no recomendaría trasladar a un niño únicamente por miedo de los adultos.

¿Por qué?

Porque para un niño pequeño, después de que “la tierra haya dejado de ser segura”, perder además su casa, sus rutinas, su colegio, sus juguetes​, ciertos ensere y sus figuras de referencia puede añadir más cambios e incertidumbre.

Se recomienda, siempre que sea posible, mantener a los niños junto a sus cuidadores y conservar rutinas; si hay que cambiar de entorno, es importante crear nuevas rutinas y mantener las figuras de cuidado estables. 

Pero si la vivienda no es segura, hay riesgo de réplicas, las autoridades recomiendan salir o el entorno está objetivamente comprometido, marcharse es una medida de protección física, no una evitación psicológica. La seguridad física va primero. 

¿Qué necesitan especialmente los niños?

1. Un adulto regulado.
No necesitan que les digamos “no tengas miedo”. Necesitan percibir:
“Mamá/papá está aquí. Los adultos estamos ocupándonos de esto.”

2. Información sencilla y verdadera.
Sin detalles innecesarios ni imágenes.
“Ha temblado la tierra. Es normal que te hayas asustado. Ahora estamos aquí y estamos seguros.”

3. Contacto físico y cercanía.
Si quieren estar pegados, abrazados o dormir cerca unos días, podemos acompañarlos. No hay que interpretar automáticamente esa necesidad como “dependencia”​ como término negativo.

4. Rutinas.
Comer, dormir, jugar, bañarse, leer un cuento… Las pequeñas rutinas devuelven previsibilidad al cerebro infantil. 

5. Juego.
El juego es una de las formas que tienen los niños de procesar experiencias que todavía no pueden explicar con palabras. Podemos dejarles jugar, dibujar o hablar, sin dirigirles constantemente hacia el terremoto.

6. Menos exposición a vídeos y noticias.
Un niño no necesita ver una y otra vez imágenes de edificios cayéndose para comprender que ha ocurrido algo grave. Se recomienda proteger a los niños de escenas, relatos e imágenes especialmente perturbadoras. ​Al igual que recomendamos a los medios de comunicación a la hora de informar. Y a los adultos con la infoxicación y no informarse de noche que es cuando vamos a dormir.

​Importante:

No intentemos que nuestros hijos no tengan miedo.​ Se trata de acompañarles ​y se sientan seguros.​ Para ellos los adultos tienen que saber regularse y compartir su propia experiencia.

Y si después de las primeras semanas el miedo continúa siendo muy intenso, aparecen pesadillas frecuentes, ataques de pánico, evitación marcada, regresiones persistentes o el malestar interfiere claramente en su vida, conviene consultar con un profesional. Importante recomienda pedir ayuda cuando la ansiedad no remite o aparecen síntomas graves. 

Después de un terremoto, un niño no necesita una vida sin miedo. Necesita adultos que le ayuden a volver a sentir que el mundo puede ser seguro.

Una situación difícil también puede convertirse en una oportunidad psicológica

Un terremoto no es una experiencia que debamos minimizar ni convertir en algo positivo a la fuerza. Ha sido una situación potencialmente amenazante y es normal sentir miedo.

Pero, especialmente con los niños, podemos aprovechar estos días para enseñarles algo que les servirá para toda la vida:​ sentir miedo no significa no poder afrontarlo.

Podemos enseñarles que:

  • Las emociones intensas se pueden atravesar acompañados.
  • Podemos pedir ayuda cuando la necesitamos.
  • Nuestro cuerpo puede activarse ante el peligro y después aprender a recuperar la calma.
  • No todo lo que sentimos significa que algo malo esté ocurriendo ahora.
  • Podemos hablar de lo que nos pasa sin avergonzarnos.
  • Después de algo difícil podemos volver poco a poco a nuestras rutinas.
  • La familia puede convertirse en un lugar de seguridad y regulación.
  • No podemos controlar todo lo que ocurre, pero sí podemos aprender qué hacer cuando ocurre algo que nos asusta.

Y hay algo especialmente importante:

Los niños aprenden de cómo los adultos afrontamos el miedo.

Si ante cada pequeño ruido el adulto entra en pánico, busca constantemente información, habla continuamente del terremoto o transmite que “aquí puede pasar cualquier cosa”, el niño puede aprender:

“El mundo es peligroso y necesito estar alerta.”

Pero si el adulto puede decir:

“Sí, nos hemos asustado. Ha sido fuerte. Vamos a comprobar que estamos seguros y ahora vamos a seguir juntos.”

el mensaje cambia:

“Puedo sentir miedo y, aun así, estar acompañado. Los adultos saben qué hacer. El miedo pasa.”

Por eso, quizá estos días no se trate solamente de proteger a nuestros niños del miedo, sino también de enseñarles, con nuestro ejemplo, qué hacer con él.

Esta situación puede convertirse en una oportunidad para entrenar seguridad, regulación emocional, resiliencia, comunicación y confianza.

Sin negar lo ocurrido.
Sin forzarles a estar bien.
Sin sobreexponerles.

Acompañándoles.

​Un abrazo y mi anterior artículo relacionado AQUÍ

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Cuando la tierra tiembla, también puede temblar nuestra mente: impacto psicológico de un terremoto y cómo prevenir que se convierta en trauma.

Un terremoto no solo puede mover el suelo. Puede alterar, durante un tiempo, nuestra sensación más básica de seguridad: “estoy a salvo”.

Desde la psicología del trauma sabemos que una experiencia potencialmente traumática no depende únicamente de lo que ocurre, sino también de cómo nuestro cerebro y nuestro sistema nervioso consiguen procesarlo después.

Por eso, tras un terremoto, algunas personas pueden recuperarse progresivamente y volver a sentirse seguras, mientras que otras pueden quedar atrapadas en un estado de alarma, miedo o evitación.

Y algo importante: tener reacciones intensas después de un terremoto no significa necesariamente haber desarrollado un trauma psicológico. Tras una emergencia, el malestar psicológico es muy frecuente y, en muchas personas, disminuye con el tiempo. (Organización Mundial de la Salud)

¿Qué ocurre psicológicamente después de un terremoto?

Un terremoto tiene una característica especialmente impactante: puede romper nuestra sensación de control y predictibilidad.

Estamos acostumbrados a pensar que nuestra casa, nuestra cama, nuestro barrio o el suelo que pisamos son lugares relativamente seguros. De repente, esa seguridad puede desaparecer en segundos.

El cerebro puede registrar:

● “Mi casa ya no es segura”.

● “El suelo puede volver a moverse”.

● “No puedo controlar lo que ocurre”.

● “Podría pasar otra vez”.

● “No sé cuándo volverá a suceder”.

● “Si cierro los ojos, podría ocurrir algo”.

Estas conclusiones pueden ser adaptativas inmediatamente después del desastre. El problema aparece cuando el sistema nervioso continúa comportándose como si el peligro siguiera presente cuando ya no lo está.

1. Cómo puede cambiar nuestra forma de pensar

Después de un terremoto pueden aparecer pensamientos repetitivos y una vigilancia constante.

La persona puede empezar a interpretar pequeñas señales como amenazas:

“¿Has notado que se ha movido?”
“¿Y si vuelve a temblar?”
“¿Y si este ruido significa algo?”
“¿Y si el edificio no aguanta?”

También pueden aparecer:

● dificultad para concentrarse;

● problemas para tomar decisiones;

● pensamientos catastróficos;

● preocupación constante;

● recuerdos intrusivos;

● imágenes mentales del terremoto;

● dificultad para pensar en el futuro;

● sensación de que “algo malo va a pasar”.

En algunas personas aparece además una modificación de sus creencias sobre sí mismas y sobre el mundo:

“El mundo no es seguro.”
“No puedo confiar en nadie.”
“No tengo control.”
“Si me relajo, ocurrirá algo.”
“Debería haber hecho algo diferente.”

Esta última idea es especialmente importante.

Después de una catástrofe, el cerebro puede intentar reconstruir la sensación de control buscando constantemente qué podríamos haber hecho para evitarla.

2. Cómo puede cambiar nuestra forma de sentir

El miedo es probablemente la emoción más evidente, pero no es la única.

Puede aparecer:

● ansiedad;

● irritabilidad;

● tristeza;

● impotencia;

● culpa;

● rabia;

● sensación de vulnerabilidad;

● angustia;

● desconexión emocional;

● sensación de irrealidad;

● sobresaltos frecuentes.

También puede existir una aparente contradicción:

personas que no sienten nada.

Pueden decir:

> “Estoy bien. No me ha afectado.”

Pero sentirse emocionalmente anestesiadas, desconectadas o funcionando en “piloto automático”.

Esto también puede formar parte de una respuesta de protección del organismo.

3. Cómo puede cambiar nuestra forma de comportarnos

Cuando el cerebro interpreta que existe peligro, modifica nuestra conducta para aumentar las posibilidades de supervivencia.

Por eso, después de un terremoto podemos observar:

-Evitación

-No querer entrar en casa, dormir solo, utilizar ascensores, permanecer en determinados edificios o estar lejos de otras personas.

-Hipervigilancia

-Comprobar constantemente puertas, paredes, estructuras, noticias, aplicaciones sísmicas o pequeños movimientos.

-Conductas de seguridad

-Dormir vestido, preparar una mochila permanentemente, dormir cerca de la salida o no separarse de los hijos.

-Alteraciones del sueño

-Dificultad para conciliar el sueño, despertares frecuentes, pesadillas o miedo a quedarse dormido.

-Cambios sociales

-Algunas personas buscan constantemente compañía; otras se aíslan.

-Cambios en el funcionamiento cotidiano

-Puede costar trabajar, estudiar, conducir, concentrarse o realizar actividades que antes eran normales.

Estas respuestas no deben interpretarse automáticamente como “debilidad”. Muchas son intentos del cerebro de recuperar una sensación de seguridad.

4. ¿Qué ocurre en el sistema nervioso?

Aquí aparece una de las claves para comprender el trauma.

Ante una amenaza, nuestro organismo activa sistemas destinados a detectar peligro y responder rápidamente.

El sistema nervioso autónomo participa en esta respuesta, aumentando la activación fisiológica: corazón acelerado, tensión muscular, respiración más rápida, sudoración, vigilancia y preparación para actuar.

Después de un terremoto, el problema puede aparecer cuando esta alarma no termina de apagarse.

La persona puede continuar sintiendo:

“Tengo que estar preparado por si vuelve a ocurrir.”

Es como si el cuerpo hubiera aprendido:

> **peligro = terremoto = tengo que estar alerta.**

Por eso un ruido, una vibración, una puerta que se mueve o incluso hablar del terremoto puede desencadenar una respuesta física intensa.

No es que la persona “esté exagerando”.

Su sistema nervioso está respondiendo a una señal que ha aprendido a interpretar como peligrosa.

5. ¿Qué ocurre en el cerebro?

No existe una única “zona del trauma”. Lo que ocurre es una modificación de la interacción entre diferentes sistemas cerebrales implicados en la detección de amenaza, memoria, regulación emocional y contextualización.

La amígdala

Participa en la detección y respuesta ante señales de amenaza.

Después de una experiencia traumática puede aumentar la reactividad ante estímulos asociados al peligro.

Por eso, después de un terremoto, un sonido o movimiento que antes era neutro puede convertirse en una señal de alarma.

El hipocampo

Ayuda a contextualizar los recuerdos y a diferenciar “esto ocurrió entonces” de “esto está ocurriendo ahora”.

Cuando una experiencia queda mal integrada, algunos recuerdos pueden sentirse especialmente vívidos o actuales.

La persona no solo recuerda.

Puede sentir que vuelve a estar allí.

La corteza prefrontal

Participa en procesos como la regulación, la toma de decisiones, la atención y la valoración de la situación.

Cuando el sistema de amenaza está muy activado, puede resultar más difícil utilizar estas capacidades con normalidad.

Por eso una persona muy asustada puede saber racionalmente que está a salvo y, sin embargo, seguir sintiéndose en peligro.

La ínsula

Participa, entre otras funciones, en la percepción e interpretación de señales internas del cuerpo.

Esto ayuda a comprender por qué después de una experiencia traumática algunas personas pueden prestar mucha atención a su corazón, respiración, tensión muscular, mareos o cualquier pequeña sensación corporal.

El cuerpo se convierte en un detector permanente de señales de peligro.

6. ¿Por qué algunas personas desarrollan trauma y otras no?

Esta es una pregunta fundamental.

No todas las personas expuestas a un terremoto desarrollan TEPT.

Influyen numerosos factores: la intensidad y duración de la exposición, haber sufrido lesiones o pérdidas, la sensación de amenaza vital, experiencias traumáticas previas, recursos personales, apoyo social, condiciones posteriores al desastre y la posibilidad de recuperar seguridad y estabilidad.

Por eso no debemos patologizar automáticamente las reacciones normales después de una catástrofe.

El objetivo inicial no es conseguir que alguien “no sienta nada”.

Es ayudarle a recuperar progresivamente:

seguridad + regulación + conexión + funcionamiento.

7. ¿Podemos prevenir que un terremoto se convierta en trauma?

No podemos garantizar que una persona no desarrolle un trastorno de estrés postraumático.

Pero sí podemos reducir factores de riesgo y favorecer la recuperación natural.

Y esto empieza incluso antes del terremoto.

Prepararse también es una intervención psicológica

Conocer qué hacer durante una emergencia, tener un plan familiar, saber dónde reunirse, disponer de información fiable y preparar recursos básicos puede disminuir la sensación de indefensión.

La preparación no elimina el miedo.

Pero puede aumentar la percepción de capacidad:

“No sé qué ocurrirá, pero sé qué puedo hacer.”

8. Después del terremoto: primero seguridad, después procesamiento

En las primeras horas y días, la prioridad no debería ser obligar a la persona a contar una y otra vez lo sucedido.

Necesitamos:

● garantizar seguridad física;

● cubrir necesidades básicas;

● proporcionar información fiable;

● favorecer el contacto con personas de confianza;

● recuperar rutinas progresivamente;

● facilitar descanso y sueño;

● reducir la exposición constante a imágenes y noticias;

● permitir que la persona hable si quiere, sin presionarla para hacerlo.

La Organización Mundial de la Salud recomienda la denominada Primeros Auxilios Psicológicos, que consisten en ofrecer apoyo humano, práctico y respetuoso, atender necesidades, escuchar sin forzar a hablar, favorecer la calma y conectar a la persona con recursos y apoyos. (Organización Mundial de la Salud)

Y hay algo especialmente importante:

No necesitamos hacer un “interrogatorio emocional” inmediatamente después.

La evidencia no apoya realizar de forma universal sesiones únicas de debriefing en las que se obliga a las personas a reconstruir detalladamente lo ocurrido. Las intervenciones preventivas deben adaptarse a las necesidades y síntomas de cada persona. (SIETE)

9. ¿Cuándo puede ser necesario pedir ayuda psicológica?

Conviene prestar atención cuando, después de las primeras semanas, las reacciones continúan siendo intensas o interfieren significativamente en la vida cotidiana.

Por ejemplo:

● pesadillas frecuentes;

● recuerdos intrusivos;

● sensación constante de peligro;

● ataques de pánico;

● evitación intensa;

● miedo incapacitante a permanecer en edificios;

● hipervigilancia permanente;

● alteraciones importantes del sueño;

● irritabilidad intensa;

● desconexión emocional;

● dificultad para trabajar o cuidar de uno mismo;

● aislamiento;

● sensación de que el acontecimiento sigue ocurriendo.

No hay que esperar necesariamente a que pasen meses si el sufrimiento es intenso.

La intervención temprana puede ser especialmente importante en personas que presentan síntomas significativos o un riesgo elevado. Las guías de la International Society for Traumatic Stress Studies señalan que las intervenciones deben dirigirse especialmente a quienes presentan mayor sintomatología, y consideran el EMDR entre las intervenciones con recomendación para el tratamiento temprano del estrés postraumático clínicamente significativo.

10. ¿Qué papel puede tener EMDR?

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, para mí esta es una distinción esencial:

EMDR no consiste simplemente en hacer que una persona cuente lo que le ocurrió y mover los ojos.

Es un abordaje estructurado que busca ayudar al cerebro a reprocesar recuerdos traumáticos que continúan generando una respuesta de amenaza en el presente.

La OMS incluye EMDR entre las intervenciones psicológicas con evidencia para el tratamiento del TEPT. (Organización Mundial de la Salud)

Después de un desastre también se han estudiado protocolos de EMDR adaptados a acontecimientos traumáticos recientes. En personas afectadas por el terremoto de Emilia-Romaña de 2012, por ejemplo, se investigó el protocolo R-TEP de EMDR dentro de los primeros meses posteriores al acontecimiento.

Pero hay una idea que considero fundamental:

no todas las personas que viven un terremoto necesitan EMDR.

La mayoría puede recuperarse de forma natural con seguridad, apoyo, recursos y tiempo. La intervención psicológica debe responder a las necesidades de la persona y no convertir una reacción humana normal en una enfermedad.

11. ¿Qué podemos hacer para favorecer la recuperación?

Después de un terremoto, cuidar el sistema nervioso también significa volver poco a poco a la vida.

Mantener rutinas dentro de lo posible.

Dormir y descansar, aunque el sueño pueda estar alterado inicialmente.

Mover el cuerpo de manera adaptada a las circunstancias.

Respirar y utilizar estrategias de regulación cuando aparezca activación.

Limitar la exposición continua a noticias e imágenes del desastre.

Hablar con personas de confianza, sin obligarnos a relatar lo sucedido.

Aceptar las reacciones emocionales sin interpretarlas automáticamente como una señal de que estamos empeorando.

Y, sobre todo: volver progresivamente a aquellas actividades que transmiten normalidad y seguridad.

Una última reflexión

Un terremoto puede enseñarnos algo que también observamos en consulta:la seguridad no es solamente una idea; también es una experiencia corporal.

Podemos decirnos:

“Ya ha pasado.” Pero si el sistema nervioso continúa interpretando el mundo como peligroso, necesitaremos algo más que razonamientos para volver a sentirnos seguros.

Por eso, después de una experiencia potencialmente traumática, no se trata de obligarnos a olvidar.

Se trata de ayudar al cerebro y al cuerpo a aprender: “Eso ocurrió. Fue real. Fue difícil. Pero ahora estoy aquí.”

Y cuando el recuerdo deja de sentirse como una amenaza presente y empieza a ocupar su lugar en nuestra historia, podemos volver a mirar hacia delante.

Prevenir el trauma no significa evitar sentir.
Significa crear las condiciones para que aquello que hemos vivido pueda ser integrado sin quedarse viviendo dentro de nosotros.

Un abrazo a todos. Con cariño deseo que haya sido inspirador y os ayude.

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Cuando quien enseña también sabe lo que duele: docentes que sufrieron bullying

Hay profesoras y profesores que, cuando observan a un alumno sentado solo en el recreo, no ven únicamente a un niño apartado.

Reconocen una postura, una forma de bajar la mirada, un silencio demasiado largo, una risa del grupo que desde fuera podría parecer inofensiva. Perciben algo que quizá no saben explicar del todo, pero que su historia identifica antes que sus palabras.

Porque algunos docentes también fueron esos niños.

También sintieron miedo al entrar en clase. También intentaron pasar desapercibidos. También supieron lo que era comprobar quién había llegado antes al patio, buscar un lugar seguro o fingir que preferían estar solos. Algunos escucharon insultos, sufrieron burlas, fueron excluidos o descubrieron que nadie parecía darse cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Con los años eligieron una profesión que los llevó de nuevo a las aulas. Pero esta vez regresaron como adultos capaces de mirar, intervenir y proteger.

Su experiencia puede convertirse en una fuente extraordinaria de sensibilidad. Aunque también puede reactivar heridas que todavía necesitan ser atendidas.

Cuando la experiencia propia permite detectar lo que otros no ven

El bullying no siempre se presenta de manera evidente.

No siempre hay golpes, amenazas directas o una agresión que un adulto pueda presenciar. En muchas ocasiones aparece en pequeños gestos repetidos:

Una silla que nadie quiere ocupar.

Un grupo que se calla cuando llega alguien.

Una alumna que siempre se queda sin pareja.

Un mote disfrazado de broma.

Una mirada compartida antes de que todos se rían.

Un adolescente que deja de participar, pide ir al baño con frecuencia o comienza a faltar los días en que hay educación física, exposiciones orales o trabajos en grupo.

Quienes sufrieron acoso pueden ser especialmente sensibles a estas señales. Saben que una víctima no siempre pide ayuda de forma clara. Comprenden que el silencio no significa que no esté ocurriendo nada y que un menor puede negar lo sucedido porque siente vergüenza, miedo a las represalias o desconfianza hacia los adultos.

También saben que la frase «solo están jugando» puede esconder una realidad mucho más dolorosa.

Esta mirada entrenada por la experiencia puede permitirles intervenir antes, preguntar de otra manera y ofrecer al alumno algo que quizá ellos mismos necesitaron en su momento: un adulto que se da cuenta.

La importancia de sentirse visto

Para un niño que está sufriendo acoso, descubrir que un profesor ha percibido lo que ocurre puede ser profundamente reparador.

No porque una conversación resuelva por sí sola la situación, sino porque rompe uno de los mensajes más dañinos del bullying:

«Estoy solo».

Cuando un docente se acerca con respeto y dice «he observado que últimamente te quedas aparte», «me preocupa cómo te están tratando» o «no tienes que contarme todo ahora, pero quiero que sepas que estoy aquí», está ofreciendo seguridad sin forzar.

Está diciendo:

«Te veo».

«Lo que ocurre importa».

«No tienes que resolverlo solo».

«Hay adultos dispuestos a actuar».

A veces, una intervención temprana evita que una dinámica se consolide. Otras veces, no puede borrar lo vivido, pero impide que el menor siga interpretando que nadie lo protegió porque no merecía ser protegido.

Del dolor vivido a la capacidad de proteger

Algunas personas transforman su experiencia de bullying en una sensibilidad especial hacia los alumnos más vulnerables.

Prestan atención a quien queda fuera.

Organizan los grupos procurando que nadie sea siempre el último elegido.

No utilizan la humillación como forma de corregir.

Cuidan el tono con el que se dirigen al alumnado.

Evitan exponer innecesariamente a quien se siente inseguro.

Observan no solo quién agrede, sino también quién ríe, quién graba, quién calla por miedo y quién intenta ayudar.

Comprenden que el clima del aula se construye en detalles cotidianos y que la prevención no comienza el día en que aparece una denuncia. Comienza mucho antes, en la forma en que se corrige una burla, se habla de las diferencias, se distribuye el poder y se responde ante el sufrimiento.

Estos docentes pueden ofrecer algo especialmente valioso: la certeza de que haber sido víctima no condena a una persona a sentirse indefensa para siempre.

Su propia presencia puede transmitir un mensaje esperanzador:

«Lo que te están haciendo ahora no determina quién serás».

Pero haberlo vivido no siempre facilita la intervención

La experiencia propia puede aumentar la sensibilidad, pero también puede activar recuerdos, emociones y respuestas corporales.

Un profesor que sufrió bullying puede sentir una reacción especialmente intensa al presenciar una humillación. Puede aparecer rabia, ansiedad, bloqueo, ganas de intervenir de forma inmediata o una sensación de urgencia difícil de regular.

Quizá el tono de un alumno, una risa colectiva o una escena en el pasillo le devuelva, por un instante, a su propia adolescencia.

No se trata de que esté confundiendo conscientemente el pasado con el presente. Es posible que su sistema nervioso reconozca señales asociadas a una experiencia que en su momento se vivió con miedo, vergüenza o indefensión.

Puede sentir:

«Esto no puede volver a pasar».

«Tengo que protegerlo ahora mismo».

«Nadie hizo nada por mí».

«No soporto ver esta situación».

También puede ocurrir lo contrario: que la experiencia propia provoque evitación. Algunos docentes pueden minimizar lo que observan porque reconocerlo les resulta demasiado doloroso. Otros pueden pensar que el alumno debe resistir como ellos resistieron o interpretar determinadas conductas desde su propia historia.

Haber vivido bullying no convierte automáticamente a nadie en experto ni garantiza que siempre pueda intervenir con calma. La experiencia personal puede ofrecer comprensión, pero necesita acompañarse de formación, protocolos, apoyo institucional y, en ocasiones, un trabajo terapéutico propio.

Cuando la historia personal entra en el aula

Los docentes no dejan su biografía en la puerta del centro.

Entran en clase con sus conocimientos, sus valores, sus recursos y también con sus heridas. Esto no los hace menos profesionales. Los hace humanos.

La cuestión no es evitar que una experiencia personal produzca emoción, sino aprender a reconocer cuándo esa emoción está ayudando a comprender al alumno y cuándo puede interferir en la intervención.

Pueden resultar útiles algunas preguntas:

¿Qué parte de esta situación pertenece al alumno y cuál conecta con mi propia historia?

¿Estoy reaccionando solo ante lo que está ocurriendo ahora o también ante lo que me ocurrió a mí?

¿Puedo mantenerme disponible sin asumir que su experiencia será idéntica a la mía?

¿Estoy escuchando lo que este menor necesita o intentando ofrecerle lo que yo habría necesitado?

¿Necesito compartir esta situación con el equipo de orientación o pedir apoyo?

¿Estoy actuando desde la protección serena o desde una urgencia emocional que me desborda?

Estas preguntas no pretenden cuestionar la capacidad del docente. Ayudan a que la sensibilidad se convierta en una herramienta de protección y no en una fuente de desgaste.

No todos los alumnos necesitan conocer la historia del profesor

Algunos docentes se plantean contar al alumnado que ellos también sufrieron acoso.

Compartir una experiencia personal puede humanizar, ofrecer esperanza y reducir la sensación de aislamiento. Escuchar a un adulto decir «yo también pasé por algo parecido y pedir ayuda fue importante» puede ser muy significativo.

Pero la revelación debe estar al servicio del menor, no de la necesidad emocional del adulto.

Conviene preguntarse:

¿Contarlo ayudará realmente a este alumno?

¿Puedo compartirlo sin colocarle en la posición de cuidarme o consolarme?

¿Puedo hablar de ello sin desbordarme?

¿Estoy respetando mi propia intimidad?

¿Existe una forma más útil de transmitir apoyo sin narrar detalles personales?

No hace falta contar la propia historia para demostrar comprensión. A veces basta con estar presente, creer, escuchar y actuar.

La empatía no sustituye el protocolo

La sensibilidad de un profesor puede ser decisiva, pero no debería convertirlo en la única persona responsable de proteger al menor.

El bullying necesita una respuesta coordinada. No puede depender exclusivamente de que un docente tenga una historia personal que le permita detectarlo.

Hace falta:

Activar los protocolos del centro.

Registrar los hechos.

Escuchar por separado a las personas implicadas.

Valorar el riesgo y la continuidad de las conductas.

Proteger a la víctima también en los espacios digitales.

Trabajar con las familias.

Intervenir con quien agrede y con el grupo.

Supervisar patios, pasillos, vestuarios y otros espacios menos estructurados.

Evitar mediaciones prematuras cuando existe un desequilibrio de poder.

Realizar seguimiento, aunque aparentemente la situación haya cesado.

Un profesor sensible puede abrir la puerta. Pero necesita que detrás exista una institución preparada para responder.

El riesgo de cargar en soledad con cada historia

Los docentes que han sufrido bullying pueden implicarse profundamente con el alumnado que atraviesa experiencias similares. Esa implicación es valiosa, pero también puede generar desgaste.

Sentir que deben salvar a todos los niños, estar disponibles en todo momento o compensar aquello que los adultos no hicieron por ellos puede conducir a una sobrecarga emocional importante.

Además, presenciar repetidamente relatos de humillación, violencia o exclusión puede despertar recuerdos propios y generar fatiga por empatía, tristeza, irritabilidad, dificultades para desconectar o sensación de impotencia.

Cuidarse no significa volverse menos comprometido.

Significa poder seguir estando disponible sin quedar atrapado en cada situación.

Puede ayudar:

Compartir la responsabilidad con el equipo.

Respetar los límites profesionales.

Buscar supervisión o asesoramiento.

Reconocer las propias señales de activación.

Pedir ayuda psicológica cuando una situación despierta recuerdos intensos o interfiere en la vida cotidiana.

No asumir que ser fuerte consiste en soportarlo todo en silencio.

Los docentes también necesitan espacios seguros donde hablar de lo que viven.

La formación puede transformar la intuición en una intervención eficaz

La experiencia personal ofrece una sensibilidad que ningún manual puede reproducir. Pero la formación permite ordenar esa intuición y actuar con mayor seguridad.

Es importante que el profesorado conozca:

Las diferencias entre conflicto, agresión y acoso.

Las formas menos visibles de exclusión.

El papel de los espectadores.

El impacto de la difusión digital.

Las respuestas de bloqueo, huida o sometimiento.

Las razones por las que una víctima puede callar o retractarse.

La manera de preguntar sin culpabilizar.

Las medidas que protegen y las que pueden aumentar la exposición.

Los límites de la confidencialidad cuando existe riesgo.

Cómo documentar y comunicar lo observado.

La sensibilidad y el conocimiento no compiten. Se complementan.

También pueden ser referentes para quienes han acosado

La ayuda docente no se limita a la víctima.

Un profesor que conoce el daño que produce el acoso puede mantener una posición firme frente a la conducta sin reducir al alumno agresor a una identidad fija.

Puede transmitirle:

«Lo que has hecho es grave».

«No voy a justificarlo».

«Vas a asumir consecuencias».

«También voy a ayudarte a comprender por qué has actuado así».

«Esta conducta no tiene que definir quién serás, pero cambiar exige responsabilidad».

Quien sufrió bullying puede saber que deshumanizar a una persona es parte del problema. Por eso puede proteger a la víctima sin convertir al menor que agrede en un monstruo irrecuperable.

Esto no significa colocarlos al mismo nivel ni confundir responsabilidades. Significa comprender que una intervención completa debe detener el daño, proteger, responsabilizar y educar.

A quienes lo vivieron y hoy enseñan

A todas las profesoras y profesores que alguna vez sintieron miedo al entrar en clase y hoy procuran que nadie atraviese solo un pasillo.

A quienes fueron excluidos y ahora observan con cuidado quién se queda fuera.

A quienes no encontraron palabras para pedir ayuda y hoy saben escuchar incluso lo que un alumno todavía no puede contar.

A quienes recuerdan lo que dolía una risa y por eso no permiten que la humillación se disfrace de broma.

A quienes intervienen, preguntan, documentan, acompañan y vuelven a comprobar días después que el menor sigue estando bien.

Gracias.

Gracias por convertir una parte dolorosa de vuestra historia en una forma de cuidado.

Gracias por ofrecer una mirada que no se limita a enseñar una asignatura, sino que protege la dignidad de quienes están aprendiendo.

Y también gracias a quienes reconocen que algunas escenas todavía les afectan y deciden pedir ayuda. Atender las propias heridas no resta valor profesional. Permite acompañar desde un lugar más seguro, libre y consciente.

Una experiencia dolorosa no tiene que ser únicamente una herida

Haber sufrido bullying puede dejar miedo, vergüenza, desconfianza o una sensibilidad especial ante el rechazo. Pero también puede convertirse, cuando ha sido comprendido y elaborado, en una forma profunda de conciencia.

No porque el daño haya sido necesario.

No porque debamos agradecer haberlo vivido.

Sino porque una persona puede decidir qué hacer hoy con aquello que nunca debió ocurrir.

Algunos docentes transforman su experiencia en atención.

La indefensión, en protección.

El silencio, en preguntas.

La soledad, en presencia.

Y quizá una de las reparaciones más poderosas consiste precisamente en eso: convertirse en el adulto que uno necesitó cuando era niño.

No para salvar a todos en soledad.

No para revivir continuamente la propia historia.

Sino para poder mirar a un alumno y transmitirle, con palabras y con acciones:

«Te veo. Te creo. Lo que te ocurre importa. Y no vamos a dejarte solo».

Aquí más enlaces relacionados.

¿Por qué EMDR puede ayudar en casos de bullying?

¿Por qué algunos niños y adolescentes hacen bullying?

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¿Por qué EMDR puede ayudar en los casos de bullying?

El bullying no siempre termina cuando cesan las agresiones.

Aunque el menor cambie de clase, de colegio o deje de recibir mensajes, su sistema nervioso puede continuar comportándose como si el peligro siguiera presente. Puede permanecer en alerta, anticipar nuevas humillaciones, interpretar determinadas miradas como amenazas o evitar lugares y relaciones que le recuerdan lo vivido.

La victimización repetida puede funcionar como una experiencia traumática interpersonal y relacionarse con síntomas de estrés postraumático, ansiedad, depresión, aislamiento, somatización, evitación y dificultades para confiar en los demás. No todos los menores acosados desarrollarán un trauma, pero el impacto puede ser profundo y mantenerse mucho tiempo después de que el acoso haya terminado.

La terapia EMDR puede ser útil cuando esas experiencias no han quedado integradas como algo que ocurrió en el pasado, sino que siguen activándose emocional y corporalmente en el presente.

No se trabaja únicamente lo que pasó

En terapia no se atiende solo al recuerdo concreto de una agresión. También pueden trabajarse:

  • las burlas y humillaciones repetidas;
  • el miedo a acudir al colegio;
  • la sensación de no poder escapar;
  • el momento en el que nadie intervino;
  • la difusión de fotografías o vídeos;
  • el silencio de los compañeros;
  • la falta de respuesta de los adultos;
  • y las conclusiones dolorosas que el menor construyó sobre sí mismo.

Después del bullying pueden quedar creencias como:

«Soy débil».

«Hay algo malo en mí».

«No pertenezco».

«No puedo defenderme».

«No estoy seguro con otras personas».

«Si confío, volverán a hacerme daño».

«No soy suficiente».

EMDR busca que el recuerdo pueda reprocesarse y conectarse con información más adaptativa. El objetivo no es borrar lo sucedido ni convencer al menor de que no fue importante. Es ayudarle a recordar sin volver a sentir que está ocurriendo ahora.

Puede reducir la activación asociada a los recuerdos

Algunos niños y adolescentes reaccionan intensamente ante situaciones que guardan alguna relación con el acoso: entrar en el aula, escuchar risas, recibir un mensaje, exponer un trabajo, encontrarse con un grupo de compañeros o notar que alguien los observa.

Su cuerpo puede responder con taquicardia, bloqueo, temblores, dolor abdominal, llanto, rabia o necesidad de escapar.

Mediante EMDR pueden procesarse los recuerdos y desencadenantes que mantienen esa respuesta de alarma. La terapia EMDR cuenta con respaldo para el tratamiento del estrés postraumático y está contemplada por la Organización Mundial de la Salud para niños y adolescentes con TEPT.

Ayuda a trabajar la vergüenza y la culpa

Una de las consecuencias más dolorosas del bullying es que la víctima puede terminar creyendo la narración de quienes la agredieron.

Puede pensar que sufrió el acoso por su aspecto, su carácter, su cuerpo, sus dificultades, sus gustos o por no haber sabido defenderse. Incluso puede culparse por haberse quedado paralizada, haber llorado o no haber pedido ayuda antes.

EMDR permite trabajar tanto los recuerdos como esas interpretaciones:

«No fue culpa mía».

«Quedarme bloqueado fue una respuesta de supervivencia».

«Lo que hicieron habla de sus conductas, no de mi valor».

«Ahora tengo recursos y adultos que pueden protegerme».

No se trata de imponer frases positivas, sino de facilitar que la persona pueda sentirlas como verdaderas después de procesar lo vivido.

Puede reparar la sensación de indefensión

El bullying suele incluir repetición y desequilibrio de poder. La víctima puede sentir que haga lo que haga no logrará detenerlo.

Esa indefensión puede trasladarse posteriormente a otras situaciones: evitar conflictos, someterse para ser aceptada, desconfiar de los grupos o interpretar que nunca podrá protegerse.

En el trabajo con EMDR se identifican y reprocesan los momentos en los que la persona se sintió atrapada, sola o incapaz de actuar. También se fortalecen recursos de seguridad, regulación, protección y capacidad para pedir ayuda.

Permite trabajar las heridas relacionales

A veces lo más traumático no es únicamente la agresión, sino que nadie interviniera.

Puede doler que los amigos se rieran, que los compañeros difundieran el vídeo, que un profesor no se diera cuenta o que los adultos minimizaran lo ocurrido.

El aprendizaje que queda puede ser:

«Nadie me protegerá».

«No puedo confiar».

«Cuando necesito ayuda, estoy solo».

Por eso el tratamiento no debe centrarse exclusivamente en reducir el miedo. También necesita abordar la ruptura de la confianza, la pertenencia y la seguridad en las relaciones.

Puede ayudar cuando el bullying ha reactivado experiencias anteriores

El impacto no depende únicamente de lo que ocurrió, sino también de la historia previa del menor.

Una exclusión actual puede conectar con experiencias anteriores de abandono. Una humillación pública puede reactivar críticas familiares. Sentirse solo frente a un grupo puede enlazar con otras situaciones de indefensión.

EMDR permite elaborar un mapa de experiencias relacionadas, en lugar de trabajar cada síntoma como si estuviera aislado.

También puede utilizarse con quienes han agredido

EMDR no es únicamente una herramienta para las víctimas. En algunos casos puede formar parte del tratamiento de menores que han acosado cuando existen experiencias traumáticas previas, violencia sufrida, humillación, rechazo, miedo o aprendizajes relacionales que influyen en su conducta.

Pero esto requiere una aclaración fundamental: trabajar la historia de quien agrede no elimina su responsabilidad.

La intervención debe incluir límites, consecuencias, desarrollo de empatía, revisión de la presión grupal y reparación del daño cuando sea posible y seguro. Comprender el origen de la conducta no significa justificarla.

EMDR no sustituye la protección

La terapia no puede compensar un entorno en el que el acoso continúa.

Antes o junto al procesamiento terapéutico es necesario:

  • detener las agresiones;
  • activar los protocolos del centro;
  • proteger al menor también en el entorno digital;
  • preservar las pruebas sin difundirlas;
  • coordinarse con la familia y la escuela;
  • y garantizar que la víctima no tenga que exponerse continuamente a quienes la dañan.

No podemos pedirle al cerebro que procese una experiencia como pasada mientras el peligro sigue presente.

La intervención debe adaptarse a la edad, los síntomas, la estabilidad, el apoyo familiar y la capacidad de regulación. En muchas ocasiones, primero es necesario crear seguridad, fortalecer recursos y recuperar cierta sensación de control.

Lo que EMDR puede ayudar a recuperar

El objetivo no es conseguir que el menor olvide.

Es ayudarle a recuperar:

  • la sensación de seguridad;
  • la confianza en sí mismo;
  • la capacidad para relacionarse sin anticipar daño;
  • la libertad para acudir al colegio sin miedo;
  • una imagen propia que no esté definida por las humillaciones;
  • y la certeza de que lo ocurrido pertenece a su historia, pero no determina quién es.

Porque el bullying puede terminar en el exterior y continuar durante años en el interior.

EMDR puede ayudar a que aquello que todavía se vive como una amenaza presente pueda convertirse, por fin, en una experiencia pasada.

Yolanda Cuevas Ayneto

Terapeuta EMDR

Colegiada A-02084 Aragón

Yolanda@yolandacuevas.es

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Artículos bienestar Psicología y Salud

Volver de vacaciones también puede ayudarte a entender cómo estás viviendo

Las vacaciones suelen presentarse como ese momento del año en el que, por fin, deberíamos descansar, desconectar, disfrutar y volver completamente renovados.

Pero no siempre ocurre así.

Hay personas que regresan con más energía. Otras vuelven cansadas, irritables, tristes o con una sensación difícil de explicar. Algunas han descansado físicamente, pero su cabeza no ha parado ni un solo día. Otras han estado pendientes del trabajo, de los correos, de lo que habían dejado sin terminar o de todo lo que tendrán que afrontar al regresar.

También hay quienes, justo al empezar las vacaciones, se ponen enfermos. Aparecen migrañas, problemas digestivos, contracturas, catarros, agotamiento extremo o una necesidad enorme de dormir.

Y entonces surge la pregunta:

¿Por qué me encuentro peor justo cuando, en teoría, debería estar mejor?

Cuando el cuerpo se detiene después de sostener demasiado

Durante meses podemos funcionar en modo automático.

Cumplimos horarios, resolvemos problemas, cuidamos de otras personas, trabajamos, organizamos la casa y vamos respondiendo a lo urgente. El cuerpo se mantiene activado porque siente que todavía hay cosas que hacer.

A veces no somos plenamente conscientes del cansancio mientras estamos dentro de esa dinámica. Seguimos porque “hay que seguir”.

Pero cuando llegan las vacaciones y se produce un parón brusco, el organismo puede dejar de sostener ese estado de alerta. Al bajar el ritmo, aparece todo aquello que había quedado contenido: el agotamiento, la tensión acumulada, las emociones pendientes o las molestias físicas que no habíamos querido escuchar.

Es que llevábamos demasiado tiempo viviendo por encima de nuestras posibilidades físicas y emocionales. ¿Te ha pasado?

El cuerpo no siempre se rompe cuando estamos en plena exigencia. A veces espera hasta que siente que, por fin, puede hacerlo.

¿Has descansado o solamente has cambiado de escenario?

Irse de vacaciones no garantiza descansar.

Podemos trasladarnos a la playa, a la montaña o a otro país y seguir llevando dentro la misma prisa, la misma exigencia y la misma necesidad de control.

Podemos intentar aprovechar cada minuto, llenar todos los días de planes, visitar todos los lugares, hacer fotografías constantemente, cuidar de que todo el mundo esté contento o preocuparnos porque las vacaciones no están siendo tan perfectas como imaginábamos.

En ocasiones convertimos también el descanso en una tarea que debemos hacer bien.

Queremos disfrutar mucho, descansar mucho, aprovechar mucho y volver transformados.

Pero el descanso no siempre aparece al cambiar de lugar. Para descansar de verdad también necesitamos sentir que no tenemos que estar produciendo, complaciendo, resolviendo ni demostrando nada.

Cuando el trabajo se va de vacaciones contigo

Quizá físicamente estabas lejos, pero mentalmente seguías trabajando.

Pensabas en los asuntos pendientes, revisabas mensajes, anticipabas problemas o contabas los días que quedaban para regresar.

Puede que incluso sintieras culpa al descansar.

Hay personas que solo se sienten valiosas cuando están siendo útiles. Cuando dejan de producir, aparece inquietud, vacío o la sensación de estar perdiendo el tiempo.

Por eso desconectar puede resultar más difícil de lo esperado.

No siempre se trata de falta de voluntad. A veces el sistema nervioso se ha acostumbrado tanto a vivir en alerta que la calma resulta extraña.

Incluso puede resultar incómoda.

La vuelta también puede mostrarte lo que no encaja

Las vacaciones crean cierta distancia respecto a la vida cotidiana.

Y esa distancia puede ayudarnos a ver con más claridad cosas que durante el año normalizamos.

Quizá al volver has sentido una presión enorme al pensar en tu trabajo.

Quizá has descubierto que necesitas otro ritmo.

Puede que hayas notado cuánto te cuesta convivir con determinadas personas, cuánto esfuerzo haces por evitar conflictos o cuánto te desconectas de ti para que los demás estén bien.

Tal vez durante estos días has comido de otra manera, has dormido más, has caminado, has hablado con calma o has tenido tiempo para actividades que te hacen sentir vivo.

Y al regresar aparece el contraste.

No porque las vacaciones sean la vida real y el resto del año no lo sea, sino porque a veces el descanso nos recuerda necesidades que llevábamos tiempo ignorando.

Lo que las vacaciones pueden mostrarte sobre tus relaciones

Viajar o pasar más tiempo juntos también puede intensificar la convivencia.

Las vacaciones no solucionan los problemas de pareja. En ocasiones los hacen más visibles.

Al desaparecer las rutinas, podemos descubrir que apenas sabemos compartir tiempo sin obligaciones. Surgen discusiones por los planes, el dinero, la organización, las familias, la crianza o las distintas formas de descansar.

También puede aparecer la sensación de que una persona sostiene toda la carga mental mientras la otra simplemente “está de vacaciones”.

No es necesario dramatizar cada conflicto, pero sí escuchar lo que se repite.

¿Habéis podido disfrutar juntos?

¿Habéis respetado las necesidades de ambos?

¿Había espacio para el descanso individual?

¿Os habéis sentido acompañados o más solos estando juntos?

Las vacaciones también pueden mostrar cómo nos relacionamos cuando ya no existen tantas distracciones.

Amistades, familia y el derecho a elegir

Durante las vacaciones muchas personas pasan más tiempo con familiares o amistades.

Y eso puede ser agradable, pero también agotador.

Tal vez has vuelto a ocupar papeles antiguos: la persona que organiza, la que cede, la que evita que haya problemas, la que escucha a todo el mundo o la que nunca dice que no.

Puede que hayas aceptado planes que no deseabas para no decepcionar. Quizá te has relacionado desde la obligación y no desde el deseo.

No todas las relaciones que forman parte de nuestra historia continúan siendo lugares seguros en el presente.

Las vacaciones pueden ayudarte a observar con quién puedes ser tú mismo, con quién te sientes en tensión y qué límites necesitas empezar a construir.

Alimentación, cuerpo y culpa

Durante las vacaciones suelen cambiar los horarios, la alimentación y las rutinas de movimiento.

Eso forma parte de salir de la vida habitual.

El problema aparece cuando la vuelta se convierte en un castigo.

Dietas extremas, ejercicio compulsivo, culpa por haber comido, rechazo hacia el cuerpo o necesidad de compensar rápidamente.

Tu cuerpo no necesita que lo castigues por haber disfrutado.

Quizá necesita recuperar poco a poco sus horarios, hidratarse, descansar, moverse de una manera amable y volver a una alimentación que le siente bien.

Cuidarse no debería ser una forma de pagar por haberse permitido vivir.

El “síndrome” de la vuelta no siempre habla de falta de adaptación

Es normal que los primeros días cueste recuperar horarios, concentración y energía.

Pasar del descanso a la exigencia requiere un periodo de ajuste.

Pero si la angustia al regresar es muy intensa, se mantiene durante semanas o aparece cada vez que piensas en tu vida cotidiana, puede ser importante no reducirlo todo a “síndrome posvacacional” (síndrome que no existe como tal).

A veces no sufrimos únicamente porque las vacaciones hayan terminado.

Sufrimos porque volvemos a una realidad que nos desgasta.

A un trabajo sin límites.

A una relación en la que no nos sentimos vistos.

A una agenda imposible.

A una forma de alimentarnos o cuidarnos que no nos hace bien.

A vínculos que sostenemos por costumbre.

A una vida organizada alrededor de lo que debemos hacer y muy poco alrededor de lo que necesitamos.

Algunas preguntas para reflexionar tras las vacaciones

No necesitas responderlas todas de una vez. Puedes elegir aquellas que más te remuevan.

Sobre el descanso

  • ¿He conseguido descansar de verdad o solamente he cambiado de actividad?
  • ¿En qué momento sentí que mi cuerpo empezaba a relajarse?
  • ¿Qué me impedía desconectar?
  • ¿He necesitado varios días para dejar de sentirme en alerta?
  • ¿Me he permitido no hacer nada sin sentir culpa?
  • ¿Cómo ha respondido mi cuerpo cuando he parado?

Sobre el trabajo y la vuelta

  • ¿Cuántas veces pensé en el trabajo durante las vacaciones?
  • ¿Qué era exactamente lo que me preocupaba?
  • ¿Qué siento cuando pienso en volver?
  • ¿Qué parte de mi trabajo me desgasta más?
  • ¿Qué límites necesito proteger?
  • ¿Estoy sosteniendo una carga que ya no puedo mantener?
  • ¿Mi vida laboral está ocupando demasiado espacio mental?

Sobre tu cuerpo y tu salud

  • ¿Cómo he dormido durante estos días?
  • ¿Qué síntomas han aparecido al bajar el ritmo?
  • ¿Cuánto cansancio acumulado estaba ignorando?
  • ¿Qué hábitos hacen que mi cuerpo se sienta mejor?
  • ¿Qué señales físicas llevo tiempo minimizando?
  • ¿Necesito consultar algún síntoma en lugar de seguir posponiéndolo?

Sobre la alimentación

  • ¿He podido comer disfrutando o he estado pendiente de controlar y compensar?
  • ¿Qué relación he tenido con mi cuerpo durante estos días?
  • ¿Qué rutinas alimentarias me ayudan a sentirme bien?
  • ¿Estoy cuidándome o castigándome?
  • ¿Qué necesitaría cambiar desde la amabilidad y no desde la culpa?

Sobre la pareja

  • ¿Cómo me he sentido compartiendo más tiempo con mi pareja?
  • ¿Hemos podido descansar ambos?
  • ¿Cómo hemos repartido la organización y la carga mental?
  • ¿Qué conflictos se han repetido?
  • ¿Hemos sabido escucharnos?
  • ¿He tenido que callarme necesidades para evitar discusiones?
  • ¿Qué conversación importante estamos posponiendo?

Sobre amistades y familia

  • ¿Con qué personas me he sentido tranquilo y auténtico?
  • ¿Con quién he estado más pendiente de agradar?
  • ¿Qué encuentros me han dado energía?
  • ¿Cuáles me han dejado agotado?
  • ¿He aceptado planes que realmente no quería?
  • ¿Qué límites necesito poner a partir de ahora?
  • ¿Qué relaciones quiero cuidar más y cuáles necesito revisar?

Sobre la vida que estás construyendo

  • ¿Qué he echado de menos durante las vacaciones?
  • ¿Qué no he echado de menos en absoluto?
  • ¿Qué parte de estos días me gustaría incorporar a mi vida habitual?
  • ¿Qué ritmo necesito para sentirme más presente?
  • ¿Qué estoy haciendo por obligación, miedo o costumbre?
  • ¿Qué aspecto de mi vida ya no está alineado conmigo?
  • ¿Qué pequeño cambio podría empezar esta semana?
  • ¿Estoy viviendo de una forma que puedo sostener durante todo el año?

No vuelvas exactamente igual

Las vacaciones no tienen que cambiarte la vida.

Pero quizá pueden ayudarte a mirarla con un poco más de honestidad.

No se trata de tomar decisiones impulsivas, abandonar todas tus responsabilidades ni convertir cada malestar en una señal de que debes cambiarlo todo.

Se trata de escuchar.

Escuchar qué te ha hecho bien.

Qué te ha agotado.

Qué has necesitado.

Qué has tolerado demasiado tiempo.

Qué quieres conservar.

Y qué ya no deseas seguir sosteniendo de la misma manera.

Puede que no puedas vivir todo el año como si estuvieras de vacaciones.

Pero tampoco deberías necesitar escapar de tu vida para poder sentirte bien.

Quizá la verdadera reflexión después del descanso no sea únicamente:

“¿He disfrutado de mis vacaciones?”

Sino también:

“¿Qué me están enseñando estas vacaciones sobre la vida a la que estoy volviendo?”

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¿Por qué algunos niños y adolescentes hacen bullying?

Cada vez que se hace viral una agresión entre menores sentimos una mezcla de rabia, tristeza e incomprensión. Vemos cómo una niña es rodeada, insultada o golpeada mientras otras personas observan, ríen, graban o animan, y nos preguntamos cómo alguien tan joven puede llegar a actuar con tanta crueldad.

Ante escenas así, nuestra mente busca rápidamente una explicación. Necesitamos ordenar lo que estamos viendo y encontrar responsables. Aparecen entonces frases como: «Son malas personas», «sus padres no las han educado» o «seguro que lo hacen porque tienen baja autoestima».

Sin embargo, el acoso escolar no surge por una única causa y tampoco existe un perfil psicológico que permita identificar fácilmente a todos los menores que acosan. Es un fenómeno complejo en el que pueden confluir características personales, necesidades emocionales, experiencias familiares, dinámicas grupales, respuestas escolares y factores sociales y digitales.

Comprender estos factores no significa disculpar la violencia ni restarle gravedad. Significa intervenir sobre algo más profundo que la conducta visible para poder proteger a la víctima, exigir responsabilidad y evitar que vuelva a ocurrir.

No toda agresión es bullying, aunque toda agresión debe preocuparnos

Antes de hablar de acoso escolar, conviene diferenciar una agresión puntual, una pelea o un conflicto entre iguales de una situación de bullying.

El acoso suele incluir tres elementos:

  • Existe intención de causar daño.
  • Se produce un desequilibrio de poder.
  • La conducta se repite o tiene capacidad para mantenerse y repetirse.

El poder no depende únicamente de la fuerza física. Puede proceder de la popularidad, del número de personas que forman el grupo, de la capacidad para influir en los demás, del acceso a información íntima o de la posibilidad de humillar públicamente a alguien a través de las redes sociales.

Esta distinción no resta gravedad a una agresión aislada. Una sola agresión puede ser profundamente dañina y debe recibir respuesta. Pero para hablar con rigor de bullying necesitamos conocer la historia completa: si existían amenazas anteriores, exclusión, burlas, rumores, mensajes, difusión de imágenes, persecución digital u otras conductas mantenidas en el tiempo.

No existe un único perfil del menor que acosa

Algunos menores que acosan presentan inseguridad, impulsividad, dificultades emocionales o experiencias adversas. Otros son sociables, populares, tienen habilidades para relacionarse y saben utilizar su influencia dentro del grupo.

También hay niños que sufren acoso en un contexto y, en otro, agreden a compañeros sobre los que tienen más poder. Algunos lideran la conducta, otros colaboran, ríen, graban, difunden o permanecen en silencio.

Por eso debemos desconfiar de afirmaciones como:

«Una niña feliz no haría eso».

«En su casa nunca ha visto violencia».

«Mi hijo es muy cariñoso conmigo, así que es imposible».

Un menor puede querer a su familia, comportarse correctamente con los adultos y, al mismo tiempo, participar en conductas muy dañinas con sus iguales. No siempre se comporta de la misma manera en casa, en clase, con su grupo de amigos o en internet.

1. La búsqueda de poder y estatus social

Durante la adolescencia, la pertenencia y la posición dentro del grupo adquieren una enorme importancia. Algunos menores descubren que ridiculizar, excluir o controlar a otra persona les proporciona atención, popularidad o una posición dominante.

El acoso puede convertirse así en una estrategia social:

«Si los demás me temen, nadie me cuestionará».

«Si decido quién entra y quién queda fuera, tengo poder».

«Si todos se ríen conmigo, soy importante».

Cuando esa conducta consigue su objetivo y no encuentra consecuencias claras, puede repetirse y volverse cada vez más grave. El menor aprende que humillar, amenazar o intimidar funciona.

2. La necesidad de pertenecer

No todos los participantes inician el acoso. Algunos se suman porque temen quedarse fuera del grupo, perder una amistad o convertirse en el siguiente objetivo.

Pueden pensar:

«Si no participo, se enfadarán conmigo».

«Todo el mundo lo hace».

«Solo estaba siguiendo la broma».

«Yo no le pegué; solamente grabé».

La presión grupal no elimina la responsabilidad, pero ayuda a comprender por qué jóvenes que quizá nunca actuarían así estando solos pueden participar en comportamientos crueles cuando se encuentran dentro de un grupo.

Cada uno puede sentir que su aportación es pequeña. Sin embargo, para la víctima, todas esas participaciones forman una experiencia conjunta de intimidación, aislamiento y humillación.

3. El miedo a convertirse en la próxima víctima

En determinados grupos, colocarse al lado de quien intimida puede convertirse en una forma de protección.

El mensaje implícito es: «Si estoy con quien tiene poder, no me lo harán a mí».

Algunos menores ríen, difunden rumores, graban o colaboran con el acoso no porque sientan un rechazo personal hacia la víctima, sino porque tienen miedo de perder su posición o convertirse en el siguiente objetivo.

Este mecanismo se fortalece cuando los adultos no intervienen con claridad. Si nadie garantiza la seguridad, algunos niños pueden aprender que la mejor manera de sobrevivir socialmente es alinearse con quien agrede.

4. Dificultades relacionadas con la empatía

Algunos menores tienen dificultades para reconocer las emociones de los demás, imaginar las consecuencias de sus actos o conectar con el dolor que están provocando.

Otros sí perciben el sufrimiento, pero lo minimizan o se desconectan de él para poder continuar. Llaman a la víctima exagerada, débil, rara, pesada o provocadora. De este modo, dejan de verla como una persona completa y la convierten en una etiqueta.

La empatía no consiste únicamente en darse cuenta de que alguien está llorando. Significa permitir que ese sufrimiento influya en nuestra conducta.

Y la empatía necesita educación, modelado y práctica. No se desarrolla mediante una única charla después de una agresión. Se construye diariamente a través de la forma en que los adultos hablan de otras personas, resuelven los conflictos, reconocen el daño y reparan sus propios errores.

5. Dificultades para regular las emociones

La rabia, la frustración, los celos, la vergüenza y el miedo al rechazo pueden vivirse con mucha intensidad durante la infancia y la adolescencia.

Cuando un menor no sabe identificar lo que siente, tolerar la frustración, resolver un conflicto, aceptar un límite o pedir ayuda, puede descargar esas emociones sobre alguien a quien percibe como más vulnerable.

Esto no significa que los niños con dificultades emocionales sean violentos. La inmensa mayoría no lo son. Significa que una regulación emocional insuficiente, combinada con otros factores, puede aumentar el riesgo de determinadas conductas.

La emoción puede explicar una parte del comportamiento, pero no lo justifica ni lo convierte en inevitable.

6. Haber sufrido violencia, rechazo o humillación

Algunos menores que agreden han sido previamente dañados, rechazados, humillados o expuestos a relaciones violentas.

Pueden haber aprendido que solo existen dos posiciones: dominar o ser dominado. Para no volver a ocupar el lugar vulnerable, intentan colocarse en el poderoso.

En algunos casos aparece una identificación con quien agrede: reproducen sobre otra persona aquello que antes vivieron porque ese fue el modelo de relación que aprendieron.

Sin embargo, debemos evitar una generalización injusta. Haber sufrido violencia o acoso no convierte automáticamente a nadie en agresor. Muchas víctimas desarrollan una gran sensibilidad ante el sufrimiento ajeno. Hablamos de un posible factor de riesgo, nunca de un destino.

7. Modelos familiares basados en el desprecio o el poder

Los niños aprenden no solo de lo que les decimos, sino también de lo que observan.

Cuando viven en un entorno donde los conflictos se resuelven mediante gritos, amenazas, desprecio, burlas, castigos humillantes o violencia, pueden interiorizar que someter al otro es una forma válida de relacionarse.

No es necesario que exista violencia física. También educan los comentarios despectivos sobre otras personas, las bromas crueles, la intolerancia hacia quien es diferente, la humillación como forma de corregir o la idea de que pedir perdón es un signo de debilidad.

Esto no significa que todo menor que acosa proceda de una familia violenta o negligente. Culpar automáticamente a las familias simplifica demasiado el problema y puede hacer que los padres se defiendan en lugar de colaborar.

La pregunta más útil no es únicamente qué ha ocurrido en la familia, sino qué necesita revisar y aprender ahora todo el sistema que rodea al menor.

8. Falta de límites, supervisión o consecuencias coherentes

Los menores necesitan saber que los adultos conocen su vida, establecen límites y actúan cuando se cruzan determinadas líneas.

Una educación excesivamente permisiva, una supervisión insuficiente, unas normas cambiantes o unas consecuencias que nunca se cumplen pueden dificultar la interiorización de la responsabilidad.

Pero también puede ocurrir lo contrario. Una educación autoritaria basada en el miedo, el control y la obediencia puede transmitir que quien tiene más poder está legitimado para imponerse sobre quien tiene menos.

Un límite adecuado no abandona ni humilla. Detiene la conducta, protege a la víctima y ayuda al menor responsable a comprender lo sucedido, asumir las consecuencias y reparar el daño cuando sea posible.

9. La diferencia entre el hijo que conocemos y su comportamiento con el grupo

Cuando una madre o un padre afirma que no sabía nada, es posible que esté diciendo la verdad.

Los adolescentes pueden ocultar conversaciones, borrar mensajes, utilizar cuentas alternativas y comportarse de forma diferente según el contexto. En casa pueden mostrarse tranquilos y afectuosos; con determinados amigos, participar en dinámicas que su familia no reconocería.

No haberse enterado antes no convierte automáticamente a los padres en negligentes.

La cuestión decisiva es qué hacen cuando se enteran.

Negar los hechos, minimizar la conducta, culpar a la víctima o preocuparse únicamente por defender la imagen del hijo impide cualquier cambio. Una respuesta responsable comienza aceptando la posibilidad de que el menor haya hecho algo grave, aunque resulte doloroso y no encaje con la imagen que la familia tenía de él.

10. Una cultura escolar que no interviene a tiempo

El acoso no se mantiene únicamente por la conducta de quien agrede. Necesita un contexto que permita su continuidad.

Cuando las burlas se consideran «cosas de niños», las peticiones de ayuda se interpretan como exageraciones, la víctima debe demostrar repetidamente lo sucedido o las medidas se limitan a pedir que ambas partes «hagan las paces», el desequilibrio de poder permanece.

Los centros educativos necesitan protocolos claros, vías seguras para comunicar lo que ocurre, supervisión de los espacios menos estructurados y una intervención que incluya al grupo.

No basta con trasladar a la víctima de clase, pedirle que ignore las provocaciones o aconsejarle que se defienda. La responsabilidad de detener el acoso nunca puede recaer sobre quien lo está sufriendo.

11. El papel de quienes observan

El bullying no es solamente una relación entre quien agrede y quien es agredido. En muchas situaciones hay otras personas que observan y cuya reacción influye directamente en lo que sucede.

Algunas ayudan activamente a quien agrede. Otras ríen, animan, graban o comparten. Muchas permanecen en silencio porque tienen miedo o no saben qué hacer.

La risa proporciona aprobación.

La grabación ofrece una audiencia.

La difusión multiplica la humillación.

El silencio puede ser interpretado como permiso.

No todas estas conductas tienen la misma gravedad, pero ninguna es completamente neutral.

También debemos reconocer que muchos espectadores sienten miedo. Por eso no basta con decirles: «Deberías haberlo impedido». Necesitan aprender formas seguras de actuar: pedir ayuda, acompañar a la víctima, informar a un adulto de confianza, conservar pruebas sin difundirlas y negarse a convertir el daño en entretenimiento.

El grupo puede reforzar el acoso, pero también puede detenerlo.

12. Las redes sociales y la conversión del daño en espectáculo

Antes, algunas agresiones terminaban cuando la víctima regresaba a casa. Hoy el daño puede continuar durante las veinticuatro horas.

Las redes sociales amplían la audiencia, aceleran la difusión y generan una falsa sensación de distancia. A través de una pantalla, el sufrimiento puede parecer menos real. Los comentarios, las visualizaciones y los «me gusta» pueden convertir la humillación en una forma de reconocimiento social.

Grabar una agresión no es un acto neutral. Puede aumentar el poder de quien agrede y prolongar el daño mucho después de que termine el ataque.

Compartir un vídeo para denunciar lo ocurrido también puede perjudicar a la víctima. Aunque la intención sea condenar la violencia, cada reproducción vuelve a exponer su miedo, su dolor y su humillación.

Denunciar no exige difundir.

13. Los prejuicios y el rechazo hacia la diferencia

El aspecto físico, el origen, la orientación sexual, la identidad, la discapacidad, la manera de hablar, la situación económica, los gustos o cualquier característica percibida como diferente pueden utilizarse para seleccionar a una víctima.

Pero la diferencia no provoca el acoso.

Lo provoca quien decide convertirla en motivo de desprecio y el contexto que lo consiente.

Cuando en una familia, un centro educativo o una comunidad se normalizan comentarios racistas, clasistas, machistas, homófobos, capacitistas o humillantes, los menores reciben el mensaje de que algunas personas merecen menos respeto.

Prevenir el bullying también exige educar activamente en diversidad, dignidad y convivencia.

14. La deshumanización de la víctima

Para mantener la violencia, quien agrede suele construir una narración que la justifique:

«Se lo buscó».

«Es insoportable».

«Todo el mundo la odia».

«Solo era una broma».

«Exagera para llamar la atención».

Estas frases reducen la culpa y permiten continuar. La víctima deja de ser percibida como una persona con emociones, vínculos, miedo y dignidad, y se convierte en «la rara», «la pesada» o «la que sobra».

Una intervención eficaz debe romper esa deshumanización. Pero no debe hacerlo obligando prematuramente a la víctima a enfrentarse a quienes la dañaron, perdonar o aceptar una mediación para la que todavía no está preparada.

No solo debemos preocuparnos de que nuestros hijos no sufran bullying

Cuando se habla de acoso escolar, es comprensible que las familias se pregunten primero si su hijo puede estar siendo víctima:

¿Lo excluyen?

¿Se burlan de él?

¿Le amenazan?

¿Está sufriendo en silencio?

Son preguntas necesarias, pero no pueden ser las únicas.

También debemos preguntarnos cómo trata nuestro hijo a los demás cuando no estamos delante.

¿Se ríe cuando humillan a alguien?

¿Participa en grupos donde se señala o se excluye?

¿Difunde rumores, fotografías o vídeos?

¿Graba en lugar de pedir ayuda?

¿Utiliza información íntima para hacer daño?

¿Se une al grupo para no quedarse fuera?

¿Guarda silencio por miedo?

¿Llama «broma» a algo que está haciendo sufrir a otra persona?

A menudo los adultos nos preocupamos por criar hijos capaces de defenderse, poner límites y pedir ayuda. Pero también necesitamos educarlos para que no utilicen su fuerza, su popularidad, su grupo o las redes para dañar a otros.

La tarea de una familia no consiste únicamente en proteger a su hijo de quienes puedan hacerle daño. También consiste en enseñarle a no convertirse en quien humilla, excluye, amenaza, graba, comparte o celebra el sufrimiento ajeno.

No basta con decir:

«Mi hijo nunca haría eso».

«Lo conozco perfectamente».

«Seguro que le provocaron».

«Solo estaba mirando».

«Él no pegó a nadie».

Negar lo ocurrido puede proteger momentáneamente a los padres de la culpa, la vergüenza o el desconcierto, pero deja desprotegida a la víctima e impide que el propio hijo asuma responsabilidades y cambie.

Educar también es atreverse a formular una pregunta incómoda:

¿Cómo trata mi hijo a los demás cuando cree que ningún adulto está mirando?

Estas conversaciones deben producirse antes de que aparezca un problema. Podemos preguntar:

«¿Hay alguien en vuestra clase a quien estén dejando de lado?».

«¿Qué ocurre en vuestro grupo cuando alguien es diferente?».

«¿Alguna vez te has reído para que no se rieran de ti?».

«¿Se ha compartido algún vídeo para avergonzar a alguien?».

«¿Qué podrías hacer sin ponerte en peligro si presenciaras una agresión?».

«¿A qué adulto pedirías ayuda?».

«¿Cómo crees que se siente esa persona cuando los demás se ríen?».

Educar no es asegurarle a un hijo que siempre tiene razón. Tampoco es evitarle cualquier consecuencia. En ocasiones, la forma más responsable de proteger su desarrollo consiste en ayudarle a mirar de frente lo que ha hecho, asumir el daño causado y aprender otra manera de relacionarse.

No solo necesitamos criar hijos que sepan pedir ayuda cuando los dañan. También hijos capaces de reconocer cuándo están dañando, detenerse, reparar y no utilizar al grupo como excusa.

¿Qué deben hacer los padres cuando descubren que su hijo ha participado?

El primer impulso puede ser negarlo, justificarlo o sentir que lo sucedido cuestiona toda la educación familiar.

Pero defender a un hijo no significa protegerlo de las consecuencias de sus actos.

Significa ayudarlo a detener una conducta que puede dañar gravemente a otra persona y comprometer su propio desarrollo.

Los padres necesitan conocer los hechos completos, hablar con el centro educativo y con los profesionales implicados, revisar el teléfono y las redes cuando sea necesario y establecer límites claros.

Conviene evitar dos extremos: la minimización y la humillación.

Decir «no ha sido para tanto» impide asumir el daño. Pero decirle «eres una persona horrible» tampoco enseña responsabilidad. Una persona no es exactamente lo mismo que la conducta que ha realizado, aunque esa conducta sea grave.

Es más útil transmitir:

«Lo que has hecho es grave».

«No voy a justificarlo».

«Necesito comprender qué ocurrió».

«Vas a asumir las consecuencias».

«Vamos a trabajar para que no vuelva a suceder».

«Reparar no consiste únicamente en pedir perdón».

Una disculpa puede formar parte del proceso, pero no debe utilizarse como una manera rápida de cerrar el caso. La víctima no tiene obligación de aceptarla, perdonar ni participar en una mediación.

Cuando existe un desequilibrio de poder, forzar un encuentro entre ambas partes puede aumentar el daño. La reparación debe estar guiada por profesionales, respetar la seguridad de la víctima y no responder solamente a la necesidad de aliviar la culpa de quien agredió.

Quien acosa también necesita intervención

Proteger prioritariamente a la víctima no está reñido con ayudar al menor que ha agredido.

Una sanción puede ser necesaria, pero difícilmente será suficiente si no se trabaja aquello que sostiene la conducta: la búsqueda de poder, la presión del grupo, la falta de empatía, la impulsividad, la necesidad de aprobación, la exposición a violencia, las dificultades familiares o la ausencia de límites.

El objetivo no es evitarle las consecuencias. Es conseguir que comprenda el daño, desarrolle responsabilidad, aprenda formas diferentes de relacionarse y pueda cambiar.

El menor que acosa necesita límites, consecuencias, supervisión y ayuda. Comprender su historia no significa situarlo al mismo nivel que la víctima ni confundir las responsabilidades.

Los comportamientos de acoso no tienen por qué definir para siempre la identidad de un menor. Pero el cambio exige una intervención adulta firme, sostenida y coordinada.

La víctima no necesita consejos para ser más fuerte: necesita estar segura

Ante el acoso todavía se escuchan frases como:

«No les hagas caso».

«Defiéndete».

«Tienes que hacerte respetar».

«Procura no quedarte sola».

«Seguro que algo habrás hecho».

Estas respuestas desplazan la responsabilidad hacia quien está sufriendo y pueden hacer que se sienta culpable por no haber sabido detener algo que estaba fuera de su control.

La prioridad debe ser interrumpir el contacto, valorar el riesgo, preservar las pruebas, proteger su intimidad, ofrecer apoyo psicológico cuando sea necesario y garantizar que pueda continuar su vida escolar sin miedo.

La víctima necesita ser creída.

Necesita escuchar con claridad que no es culpable.

Necesita saber que no tiene que resolver sola la situación.

Y necesita comprobar que los adultos no se limitan a escuchar, sino que actúan.

Comprender no es justificar

Preguntarnos por qué un niño o un adolescente hace bullying no pretende suavizar la gravedad de sus actos.

Comprender permite intervenir antes y mejor.

Podemos reconocer que un menor tiene una historia, unas necesidades y unas dificultades y, al mismo tiempo, afirmar con absoluta claridad que ninguna de ellas le da derecho a humillar, amenazar, excluir o agredir.

Podemos proteger a la víctima sin deshumanizar a quien agrede.

Podemos exigir responsabilidad sin convertir a un menor en un monstruo irrecuperable.

Podemos ayudar a quien ha agredido sin confundirlo con quien ha sufrido la agresión.

Y podemos pedir a las familias, los centros educativos, las instituciones, las plataformas digitales y al conjunto de la sociedad que dejen de tratar el bullying como un problema privado entre menores.

El acoso es una dinámica colectiva.

Se alimenta del poder, el miedo, la necesidad de pertenecer, los prejuicios, la ausencia de límites, la pasividad de los espectadores, la difusión digital y la tardanza de los adultos.

Por eso también debe detenerse colectivamente.

-No compartamos las imágenes.

-No mostremos los rostros.

-No investiguemos la vida de los menores en las redes.

-No convirtamos el dolor de una víctima en entretenimiento.

Utilicemos estos casos para mirar más allá del vídeo y formularnos preguntas más incómodas y necesarias:

¿Están haciendo daño a mi hijo?

Pero también:

¿Podría mi hijo estar dañando a alguien?

¿Qué estamos enseñando, permitiendo o dejando de ver para que un menor llegue a sentir que humillar a otra persona le proporciona poder?

Comprender no es justificar.

Es proteger, responsabilizar, educar e intervenir.

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Cuando tu mente no confía ¿cómo puedes rendir?

La confianza es una consecuencia de cómo interpreta el cerebro la experiencia, de cómo responde el sistema nervioso al error y de las creencias que la persona ha construido sobre sí misma. Desde una perspectiva de psicología deportiva y EMDR, el trabajo puede ser muy profundo y, en muchos casos, más eficaz que limitarse a enseñar técnicas de motivación o pensamiento positivo.

Y aunque este artículo está centrado en el deporte seguro que aunque no seas deportista te puedes sentir identificada/o

Algunas de las áreas más importantes serían:

1. ¿Qué ha roto la confianza?

La confianza casi nunca desaparece de la nada. Conviene explorar cuándo comenzó.

  • Una lesión.
  • Un error importante.
  • Una mala temporada.
  • Un cambio de entrenador.
  • Haber pasado de ser el mejor a competir con deportistas de mayor nivel.
  • Críticas constantes.
  • Fracasar en una competición importante.
  • Compararse continuamente.

Con EMDR muchas veces encontramos que el cerebro sigue reaccionando como si aquel error siguiera ocurriendo hoy.

2. Experiencias anteriores que siguen activas

A veces el problema no nace en el deporte.

Puede haber recuerdos de infancia como:

  • “Nunca haces nada bien.”
  • Comparaciones con hermanos.
  • Padres muy exigentes.
  • Entrenadores humillantes.
  • Bullying.
  • Fracasos escolares.

Cada nueva competición reactiva esas antiguas experiencias.

El deportista cree que tiene miedo a competir, cuando en realidad su sistema nervioso está reviviendo sensaciones mucho más antiguas.

3. Creencias negativas sobre uno mismo

Es frecuente encontrar pensamientos como:

  • No soy suficiente.
  • Voy a fallar.
  • Todos son mejores.
  • No puedo con la presión.
  • Tengo que demostrar constantemente mi valor.
  • Si fallo decepcionaré a todos.
  • Solo valgo cuando gano.

EMDR permite trabajar el origen de estas creencias y sustituirlas por otras que el cerebro pueda integrar de forma auténtica, no como simples afirmaciones positivas.

4. El miedo al error

Muchos deportistas no juegan para ganar.

Juegan para no equivocarse.

Y eso cambia completamente la manera de competir.

Cuando el objetivo pasa a ser evitar el fallo:

  • aumenta la tensión,
  • disminuye la creatividad,
  • aparecen bloqueos,
  • se juega con miedo.

5. Regulación del sistema nervioso

La confianza también es fisiología.

Si el sistema nervioso entra en hiperactivación:

  • aumenta la tensión muscular,
  • empeora la coordinación,
  • disminuye la atención,
  • aparecen pensamientos catastróficos.

Por eso se trabaja con:

  • respiración,
  • mindfulness,
  • grounding,
  • regulación vagal,
  • conciencia corporal,
  • recuperación tras errores.

No solo para relajarse, sino para mantener un nivel óptimo de activación.

6. El diálogo interno

Muchos deportistas hablan consigo mismos de una forma que jamás utilizarían con un compañero.

Se dicen:

  • Eres un desastre.
  • Ya la has vuelto a liar.
  • No sirves para esto.

Aprender a cambiar ese diálogo no significa engañarse, sino desarrollar una voz interna que ayude a rendir incluso cuando las cosas no salen como esperan.

7. Perfeccionismo

Detrás de muchas faltas de confianza encontramos un perfeccionismo muy elevado.

No disfrutan.

Solo evalúan.

Cada entrenamiento es un examen.

Cada competición es un juicio.

Cada error confirma que “no son suficientes”.

8. Identidad

Algunos deportistas dejan de ser personas para convertirse únicamente en deportistas.

Su valor depende del resultado.

Cuando pierden sienten que fracasan ellos, no que han perdido una competición.

Uno de los trabajos más importantes consiste en separar:

Soy una persona que practica un deporte.

No:

Mi valor depende de cómo compita.

9. Presión externa

Familia.

Entrenadores.

Redes sociales.

Expectativas.

Patrocinadores.

A veces el problema no es competir.

Es sentir que cualquier fallo decepcionará a alguien.

10. Atención y concentración

Cuando la confianza baja, la atención suele dirigirse a:

  • lo que puede salir mal,
  • el rival,
  • el marcador,
  • el error anterior,
  • el juicio de los demás.

El entrenamiento psicológico busca devolver la atención al presente y a aquello que el deportista puede controlar en cada momento.

11. Lesiones y miedo a recaer

Tras una lesión es frecuente que el cuerpo esté recuperado, pero el cerebro no.

El deportista puede:

  • evitar ciertos movimientos,
  • competir con miedo,
  • perder agresividad,
  • sentir que “ya no es el mismo”.

EMDR cuenta con evidencia para ayudar a reprocesar experiencias traumáticas relacionadas con lesiones y facilitar una vuelta más segura desde el punto de vista psicológico.

12. Recuperarse después del error

Los grandes deportistas no son los que nunca fallan.

Son los que consiguen volver al presente rápidamente.

Se entrena:

  • aceptar el error,
  • regular la activación,
  • recuperar el foco,
  • evitar que un fallo provoque una cadena de errores.

Porque muchas competiciones no se pierden por el primer error, sino por todo lo que ocurre mentalmente después.

El objetivo final

El objetivo no es que el deportista deje de sentir nervios. Los nervios forman parte de competir.

El verdadero objetivo es que pueda confiar en sí mismo incluso cuando aparecen dudas, cometer errores sin que estos definan quién es y rendir desde la presencia, no desde el miedo. Cuando el sistema nervioso deja de vivir la competición como una amenaza constante y las experiencias que alimentaban la inseguridad se procesan adecuadamente, la confianza deja de depender del último resultado y empieza a convertirse en una forma más estable de relacionarse consigo mismo.

Si quieres saber más de EMDR además del enlace que te dejé arriba tienes un podcast aquí

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¿Por qué sentimos que “Hemos ganado” un Mundial si no hemos jugado ni un solo minuto? La psicología de la euforia colectiva.

España gana su segundo Mundial.

Suena el pitido final y, casi de inmediato, miles de personas salen a las calles. Se abrazan desconocidos, las plazas se llenan de banderas, los teléfonos no dejan de sonar y durante unas horas parece que el país entero respira al mismo ritmo. Hay niños que saltan sobre el sofá como si ellos hubieran marcado el gol decisivo, personas mayores que vuelven a emocionarse como hacía años que no lo hacían y amigos que hacía meses que no hablaban y se envían un mensaje con una sola frase: “¡Lo hemos conseguido!”

No decimos: “La selección ha ganado el Mundial.”

Decimos: “Hemos ganado.”

Y esa pequeña palabra, “hemos”, dice mucho más sobre el cerebro humano que sobre el fútbol.

Porque, objetivamente, ninguno de nosotros ha entrenado durante años, ha soportado la presión de una final o ha levantado la copa. Sin embargo, sentimos una alegría auténtica, un orgullo difícil de explicar y una sensación de victoria que parece también nuestra.

¿Por qué ocurre?

La respuesta tiene mucho menos que ver con el deporte de lo que imaginamos y mucho más con algo profundamente humano: la necesidad de pertenecer.

Desde que nacemos buscamos formar parte de algo. Primero de una familia, después de un grupo de amigos, de una clase, de un equipo, de una ciudad o de un país. Nuestro cerebro evolucionó durante miles de años aprendiendo que pertenecer a un grupo aumentaba las posibilidades de sobrevivir. Quedarse solo suponía un enorme riesgo. Por eso hoy seguimos sintiendo un bienestar especial cuando experimentamos que compartimos una identidad con otras personas.

Cuando un equipo con el que nos identificamos consigue una victoria histórica, el cerebro interpreta, en cierta medida, que ese éxito también fortalece al grupo del que formamos parte. No es extraño, por tanto, que vivamos esa alegría como algo propio. Es un mecanismo profundamente humano.

Quizá por eso suceden escenas que solo vemos en momentos muy concretos. Personas que jamás se habían visto terminan abrazándose en una plaza. Alguien celebra con quien tiene al lado sin preguntarse quién es, qué piensa o a qué se dedica. Durante unas horas desaparecen muchas de las diferencias que normalmente nos separan. La edad, la profesión, las ideas políticas o el lugar de origen pasan a un segundo plano porque hay algo que nos une por encima de todo: una emoción compartida.

Y pocas cosas tienen tanto poder psicológico como sentir que pertenecemos.

Pero hay algo todavía más fascinante. Incluso quienes apenas siguen el fútbol pueden terminar emocionándose viendo una celebración así. No hace falta ser un gran aficionado para notar un nudo en la garganta cuando todo un estadio canta al unísono o cuando un jugador rompe a llorar después de años de esfuerzo.

Las emociones son contagiosas.

Nuestro cerebro está continuamente observando las expresiones de quienes nos rodean. Interpreta sus gestos, sus voces, sus sonrisas y sus lágrimas para comprender qué ocurre en el entorno. Esa capacidad de sincronizarnos emocionalmente con los demás ha sido esencial para nuestra evolución y sigue formando parte de nuestra vida cotidiana. Cuando miles de personas ríen, saltan y celebran juntas, resulta muy difícil permanecer completamente indiferente.

La alegría también se contagia.

Y quizá la necesitamos más de lo que pensamos.

Vivimos en una época en la que estamos expuestos constantemente a noticias preocupantes. Abrimos el móvil y encontramos conflictos, enfermedades, problemas económicos, violencia o incertidumbre. Nuestro sistema nervioso dedica una enorme cantidad de energía a procesar amenazas, muchas de ellas lejanas, pero presentes cada día en nuestra mente.

Por eso, cuando aparece un acontecimiento positivo que millones de personas viven al mismo tiempo, ocurre algo muy interesante. No desaparecen los problemas, pero durante unas horas dejamos de mirar únicamente hacia aquello que preocupa. El cerebro encuentra un espacio para la esperanza, para la ilusión y para la conexión. Es como si pudiera descansar brevemente de estar siempre alerta.

También nuestro organismo participa en esa experiencia. Durante situaciones de celebración aumentan las probabilidades de liberar sustancias relacionadas con el bienestar, como la dopamina, implicada en la sensación de recompensa y motivación. Los abrazos, el contacto físico o el sentimiento de unión favorecen procesos en los que interviene la oxitocina, relacionada con el vínculo social. Reír, cantar, bailar o saltar juntos también puede contribuir a la liberación de endorfinas.

Todo ello nos recuerda que nuestro cerebro necesita experimentar emociones positivas compartidas para mantener un cierto equilibrio.

Sin embargo, toda emoción intensa tiene otra cara.

Estamos acostumbrados a pensar que solo el miedo o la ira alteran nuestra forma de decidir, pero la euforia también lo hace. Cuando nos sentimos extremadamente felices tendemos a percibir menos los riesgos, a confiar más en nuestras capacidades y a pensar que las consecuencias negativas son menos probables. Es entonces cuando algunas personas conducen de forma temeraria, consumen alcohol en exceso, realizan conductas peligrosas o se dejan arrastrar por la multitud sin detenerse a pensar.

La euforia no es un problema. Lo problemático es cuando dejamos que la emoción sustituya completamente al juicio.

Celebrar es sano pero perder la capacidad de cuidarnos no.

Y, curiosamente, hay otro momento del que casi nunca hablamos: el día después.

Cuando las plazas vuelven a estar vacías, las banderas regresan a los cajones y la rutina vuelve a ocupar su sitio, muchas personas experimentan una ligera sensación de bajón. Después de un pico emocional tan intenso, el sistema nervioso necesita volver poco a poco a su nivel habitual de activación. Algunas personas incluso describen una cierta nostalgia o vacío.

No significa que ocurra nada malo.

Significa, simplemente, que el cerebro no está diseñado para vivir permanentemente en estado de euforia.

Los propios deportistas conocen muy bien esta experiencia. Después de años persiguiendo un sueño, muchos describen una pregunta inesperada que aparece pocos días después de alcanzar el éxito: “¿Y ahora qué?” Por eso la psicología del deporte insiste tanto en que la identidad de un deportista no puede depender únicamente de las medallas o de los títulos. Cuando todo nuestro valor personal se apoya en un único objetivo, incluso la mayor de las victorias puede dejar un vacío difícil de entender.

Quizá esa reflexión también nos sirva al resto.

La verdadera riqueza emocional de un Mundial no está solo en levantar una copa. Está en los recuerdos que construimos, en las personas con las que compartimos ese momento, en las conversaciones que surgirán dentro de veinte años cuando alguien diga: “¿Te acuerdas de aquella final?”

Porque probablemente olvidemos el minuto exacto de un gol.

Pero difícilmente olvidaremos con quién estábamos cuando ocurrió.

Y eso nos recuerda algo profundamente humano. Las personas no necesitamos vivir permanentemente eufóricas para ser felices. Lo que realmente necesitamos son momentos que den sentido a nuestra historia, personas con las que compartirlos y emociones que nos hagan sentir que, por un instante, formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos.

Quizá ese sea el verdadero legado de una victoria como esta. No el trofeo que queda en una vitrina, sino la certeza de que seguimos necesitando celebrar juntos, emocionarnos juntos y recordar que, incluso en tiempos difíciles, todavía somos capaces de mirar a un desconocido, abrazarlo y sentir que, durante unos minutos, pertenece a nuestro mismo equipo.

Una nueva fecha inolvidable 19 de julio de 2026.

¿Dónde y con quién estabas?

Nos vemos en España para el Mundial 2030 siendo campeones del mundo.

No solo en esto también en donación de órganos y en investigación con bajos presupuestos…

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Los mejores equipos no solo existen en el deporte.

No todos los equipos juegan en un estadio. Algunos juegan cada día en casa, en el trabajo, con la pareja o entre amigos. La diferencia entre desgastarse o crecer juntos suele depender de cómo jugamos ese partido. Estas preguntas pueden ayudarte a mirar a tu equipo con otros ojos.

❤️ Pareja

  • ¿Estamos jugando en el mismo equipo o intentando ganar discusiones?
  • ¿Nuestro objetivo es tener razón o entendernos?
  • ¿Qué podríamos conseguir si colaboráramos más y compitiéramos menos?
  • ¿Nos recordamos que estamos en el mismo lado del campo?

👨‍👩‍👧 Familia

  • ¿En casa se siente que todos remamos en la misma dirección?
  • ¿Qué une realmente a nuestra familia además de compartir un apellido?
  • ¿Cómo resolvemos los conflictos: como rivales o como un equipo?
  • ¿Qué necesita nuestra familia para sentirse más unida?

💼 Trabajo

  • ¿Mi equipo comparte un propósito o solo comparte una oficina?
  • ¿Celebramos los logros de los demás o competimos constantemente?
  • ¿Qué cambiaría si todos sintiéramos que el éxito es colectivo?
  • ¿Estoy contribuyendo al equipo o solo cumpliendo mi parte?

👥 Amigos

  • ¿Con qué personas siento que puedo ser yo sin competir?
  • ¿Quién celebra mis éxitos como si fueran propios?
  • ¿Estoy cuidando las amistades que realmente suman a mi vida?
  • ¿Qué hace que un grupo de amigos se convierta en un verdadero equipo?

⚽ Reflexión final

  • Si el fútbol puede unir a millones de personas durante 90 minutos… ¿qué podría unir más a las personas que forman parte de tu vida?
  • ¿Cuál es el objetivo común que une a tu pareja, tu familia, tus amigos o tu equipo de trabajo?
  • ¿Qué pasaría si dejáramos de preguntarnos quién tiene razón y empezáramos a preguntarnos qué necesita nuestro equipo para ganar?
  • ¿En qué equipo de tu vida hace falta empezar a jugar juntos y dejar de jugar unos contra otros?

Un abrazo.

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10 formas de cuidar tu sistema nervioso

Porque muchas veces el problema no es que seas débil. Es que llevas demasiado tiempo viviendo en alerta.

“Solo quiero sentirme tranquila.”

Es una de las frases que más escucho en consulta.

Y normalmente llega acompañada de otras muchas:

“Estoy siempre cansada.”

“Me sobresalto por cualquier cosa.”

“No consigo desconectar.”

“Mi cabeza no para.”

“Sé que no hay peligro, pero mi cuerpo actúa como si lo hubiera.”

Si alguna de estas frases resuena contigo, quiero decirte algo importante:

Quizá no necesites esforzarte más.

Quizá tu sistema nervioso necesite sentirse más seguro.

Durante mucho tiempo hemos pensado que la ansiedad, el estrés o el agotamiento eran simplemente problemas de la mente.

Hoy sabemos que también tienen mucho que ver con nuestro cuerpo y con nuestro sistema nervioso.

Como psicóloga especializada en trauma y EMDR, hay algo que repito con frecuencia:

No podemos pedir calma a un sistema nervioso que siente que sigue en peligro.

Y esa diferencia cambia completamente la forma de entender lo que nos ocurre.

¿Qué es exactamente el sistema nervioso?

Imagina que dentro de ti existe un gran detector de seguridad. Su trabajo consiste en responder continuamente a una pregunta:

“¿Estoy a salvo?”

Si la respuesta es sí…

Respiras con calma.

Piensas con claridad.

Duermes mejor.

Te relacionas con facilidad.

Disfrutas.

Aprendes.

Creas.

Pero si interpreta que existe una amenaza…Todo cambia.

Tu corazón se acelera.

Tus músculos se tensan.

Respiras peor.

La mente empieza a anticipar problemas.

Y tu cuerpo entra en modo supervivencia.

Lo curioso es que ese peligro no siempre está delante de nosotros.

A veces pertenece al pasado. Y el sistema nervioso sigue reaccionando como si todavía estuviera ocurriendo.

Por eso comprenderlo es tan importante.

Porque dejamos de preguntarnos:

“¿Qué me pasa?”

Para empezar a preguntarnos:

“¿Qué necesita mi sistema nervioso?”

1. Dormir lo suficiente

Dormir no es un lujo.

Es el momento en que el cerebro se limpia, reorganiza recuerdos, regula emociones y recupera energía.

de una mala noche solemos estar más irritables, más impulsivos y más sensibles al estrés.

No es casualidad. Nuestro sistema nervioso tiene menos recursos para responder.

Dormir bien es uno de los mejores regalos que podemos hacerle.

2. Respirar despacio y por la nariz

Respiramos miles de veces al día.

Pero pocas personas saben que la forma en que respiramos cambia la forma en que se siente nuestro sistema nervioso.

Cuando respiramos rápido y por la boca enviamos una señal de alerta.

Cuando respiramos lentamente y por la nariz favorecemos un estado de mayor seguridad fisiológica.

No solucionará todos los problemas. Pero sí puede ayudar a que tu cuerpo deje de interpretar que necesita estar preparado para sobrevivir.

Tienes aquí mi taller Aprender a respirar por la nariz.

3. Mueve tu cuerpo

Nuestro organismo nació para moverse. No para permanecer diez horas sentado delante de una pantalla.

Caminar.

Bailar.

Montar en bicicleta.

Nadar.

Hacer fuerza.

Todo movimiento ayuda a descargar tensión acumulada y favorece la regulación del sistema nervioso. No hace falta hacerlo perfecto.

Hace falta hacerlo con cierta frecuencia.

4. Regálate naturaleza

¿Has notado alguna vez cómo cambia tu respiración cuando caminas por un bosque o escuchas el mar? La naturaleza disminuye la activación fisiológica y facilita que nuestro organismo salga del modo supervivencia.

Diez minutos bajo un árbol hacen más por nuestro sistema nervioso que una hora mirando el móvil.

5. Aprende a poner límites

Decir siempre que sí también cansa al sistema nervioso.

Vivir intentando agradar.

Responder inmediatamente.

Estar disponible para todo el mundo.

No querer decepcionar.

Todo eso mantiene al organismo en un estado continuo de exigencia.

Los límites no alejan a las personas adecuadas.

Protegen tu bienestar.

6. Rodéate de personas con las que puedas bajar la guardia

Nos regulamos mucho más de lo que imaginamos a través de otras personas. Una conversación tranquila.

Una mirada de comprensión.

Un abrazo.

Sentirnos escuchados.

El sistema nervioso también aprende seguridad a través del vínculo.

Por eso elegir bien con quién compartimos la vida también es autocuidado.

7. Haz pausas antes de que tu cuerpo las imponga

Muchas personas solo descansan cuando ya no pueden más.

Cuando aparece la ansiedad.

Cuando enferman.

Cuando el cuerpo dice basta.

Pero el descanso no debería llegar solo después del agotamiento.

Las pausas pequeñas también regulan.

Cinco minutos respirando.

Un café sin móvil.

Mirar por la ventana.

Caminar un poco.

No hace falta esperar a romperse para empezar a cuidarse.

8. Practica mindfulness

Mindfulness no consiste en dejar la mente en blanco.

Consiste en volver al momento presente una y otra vez.

Cuando entrenamos la atención dejamos de vivir constantemente atrapados entre el pasado y el futuro.

Y eso también ayuda al sistema nervioso a encontrar momentos de calma.

No necesitamos meditar una hora.

A veces bastan cinco minutos de presencia real.

Como instructora en mindfulness acompañado con diferentes iniciativas online en vivo. Si estás interesada escríbeme yolanda@yolandacuevas.es

9. Procesa aquello que todavía duele

Hay experiencias que el tiempo no termina de resolver.

Infancias difíciles.

Pérdidas.

Accidentes.

Abandono.

Situaciones de miedo.

Nuestro cerebro puede seguir reaccionando como si aquello todavía estuviera ocurriendo.

Por eso descansar, respirar o hacer ejercicio a veces no es suficiente.

En esos casos necesitamos procesar lo vivido. Aquí es donde terapias como EMDR pueden marcar una gran diferencia. No porque borren el pasado sino porque ayudan al cerebro a dejar de vivirlo como si siguiera ocurriendo hoy.

Muchas personas describen ese cambio con una frase preciosa:

“Lo recuerdo… pero ya no lo siento igual.” Y eso transforma profundamente la manera de vivir.

Aquí te dejo un podcast donde hablo sobre ello.

10. Háblate como hablarías a alguien que quieres

Hay personas que hacen meditación.

Respiran.

Van al gimnasio.

Pero después se pasan el día diciéndose:

“No llego.” “Soy un desastre.” “Nunca hago suficiente.”

Nuestro diálogo interno también regula nuestro sistema nervioso.

Cada palabra que nos dirigimos deja una huella.

La amabilidad no elimina los problemas. Pero crea un lugar mucho más seguro desde el que afrontarlos.

Una pregunta que puede cambiar muchas cosas. La próxima vez que notes ansiedad, tensión o agotamiento…

En lugar de preguntarte “¿Qué me pasa?”

Prueba a preguntarte:

“¿Qué necesita mi sistema nervioso en este momento?”

Quizá necesite descanso.

Quizá movimiento.

Quizá compañía.

Quizá silencio.

Quizá ayuda.

Quizá simplemente sentirse seguro.

Vivimos en una sociedad que nos enseña a exigirnos mucho. Pero muy pocas veces nos enseña a regularnos.

Nos esforzamos por ser más productivos. Más eficientes. Más fuertes. Cuando quizá la verdadera pregunta sea otra.

¿Estoy cuidando el sistema que sostiene toda mi vida?

Porque un sistema nervioso regulado no hace que desaparezcan los problemas. Pero sí cambia profundamente la forma en que somos capaces de afrontarlos.

Y quiero que recuerdes algo:

Tu sistema nervioso no necesita que seas más fuerte. Necesita sentirse más seguro.

Y esa seguridad, poco a poco, también puede aprenderse. Porque sanar no siempre consiste en hacer más. Muchas veces consiste en empezar a tratarnos con la calma, el cuidado y la comprensión que llevamos tanto tiempo necesitando.

Un abrazo y espero que te ayude a reflexionar, entenderte y saber por donde empezar.

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